El carácter social de la Rusia actual

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Introducción


 


Con el ascenso al poder de Boris Yeltsin, la burocracia del Kremlin proclamó abiertamente su objetivo de restaurar el capitalismo en Rusia.


 


Pasados ya seis años, ¿cuál es el balance de esta restauración? En otras palabras, ¿qué tipo de sociedad está emergiendo de la conciente destrucción de lo que aún quedaba en pie del Estado Obrero soviético después de más de medio siglo de dominación burocrática?


 


Para la mayoría de los observadores burgueses, la respuesta es inequívoca. Las privatizaciones, la penetración del imperialismo, la especulación bursátil y financiera, la apertura al mercado mundial, la creación de una capa de nuevos rusos supermillonarios (incluso para los patrones occidentales), la salvaje pauperización de las masas y su aparente desinterés político y, por sobre todo, la continuidad de la dominación de la camarilla restauracionista, habrían implantado definitivamente el capitalismo en Rusia.


 


La apreciación de una restauración irreversible del capitalismo en la ex URSS domina, incluso, en buena parte de la izquierda.


 


Aun cuando algunos sostienen que "puede tomar más de una generación antes de que se pueda responder en qué clase de sociedad se ha convertido Rusia" (1), el interrogante a develar se refiere tan sólo a lo que el diario de los especuladores londinenses califica como una "segunda gran cuestión": si el capitalismo que se habría implantado en Rusia tendrá "características latinoamericanas, (es decir) corrupto y mafioso" (2), u "occidentales". Se trata, claramente, de una disyuntiva falsa y no sólo porque los grandes monopolios norteamericanos y europeos son los que dominan al corrupto capitalismo latinoamericano. Es que para los propios imperialistas, este "capitalismo mafioso (ruso), de formas corruptas y monopolistas (es) políticamente necesario (porque) era parte del precio a pagar" para el éxito de la restauración (3).


 


Señalemos de paso, que la dominación de un capitalismo corrupto, mafioso y monopolista, según los términos comunes de los observadores internacionales, liquida cualquier pretensión de que en Rusia exista un régimen político democrático, como repiten a diario esos mismos observadores.


 


Pero incluso dentro de los estrechos límites de esta falsa disyuntiva, se afirma que Rusia avanza decididamente hacia un "capitalismo normal" por obra del gobierno que surgió después de las últimas elecciones, es decir, por obra del propio régimen de los mafiosos y corruptos.


 


En esta dirección, la prensa internacional y los grandes capitalistas no ahorran elogios. Para algunos, "las reformas empiezan a dar frutos" (4). Otros señalan el boom de la Bolsa de Moscú que se valorizó más del 200% desde 1996 como un síntoma de un siempre inminente renacimiento económico. Para el Financial Times, la última privatización de importancia, la del monopolio de las telecomunicaciones Svyazinvest, fue "la primera subasta relativamente libre de una de las joyas de la corona del Estado" (5). El financista George Soros, principal inversor externo en Rusia, sostiene por su parte que "hay un serio intento de progresar de un capitalismo de ladrones a un capitalismo legítimo" (6).


 


Una perspectiva tan idílica como interesada choca con la realidad de un marasmo económico sin fin y de una devastación social sin precedentes en la historia moderna. Su función ideológica es ocultar la manifiesta incapacidad del capital financiero mundial para dar una salida al derrumbe de las economías donde había sido expropiado el capital. "Faltan palabras para describir este desastre", confiesa un corresponsal que ha viajado por el interior de Rusia (7). Esta incapacidad no puede sorprender, porque el derrumbe de las economías de los Estados obreros burocratizados es consecuencia y expresión de la propia crisis capitalista mundial, que a través de la deuda externa, el comercio y la masiva aplicación de los planes fondomonetaristas golpeó brutalmente a las economías de los llamados países socialistas, integradas parcialmente por la burocracia al mercado mundial. El fracaso del capital financiero mundial para sacar a Rusia del marasmo cuestiona sus pretensiones de dominarla pero, por sobre todo, pone en evidencia su senilidad y su agotamiento histórico.


 


El objetivo del presente trabajo es demostrar que la transición al capitalismo de Rusia no es un proceso acabado e irreversible; que la desintegración del Estado Obrero como consecuencia de la política restauracionista no ha logrado establecer un nuevo régimen social; que las reformas no han logrado echar raíces en la economía rusa y que, por lo tanto, no alcanzan a definir el destino de la transición; que la razón última de este fracaso es la propia crisis capitalista mundial, y que el pronóstico fundamental de León Trotsky sobre la URSS que su naturaleza social definitiva, si capitalista o socialista, debería resolverse en la arena de la lucha de clases mundial sigue en pie, pasados cinco años de restauración capitalista en la ex URSS.


 


La cuestión de la propiedad


 


Desde el ascenso de Yeltsin, el 89% de los activos industriales de Rusia han sido privatizados; más del 60% están total o mayoritariamente en manos privadas (8).


 


Los beneficiarios han sido un reducido grupo de banqueros y gerentes comunistas todos ellos provenientes de los altos escalones de la burocracia del Kremlin que se apropiaron de empresas industriales y yacimientos de dimensiones mundiales a precios de regalo, cuando no simplemente simbólicos. La privatización la mayor transferencia de activos de la historia abarcó 120.000 empresas, algunas de enormes dimensiones como la Gazprom (ex ministerio soviético del gas), poseedora de la tercera parte de las reservas mundiales conocidas; grandes yacimientos petrolíferos, de minerales estratégicos, de oro y de piedras preciosas; grandes fábricas de aluminio.


 


En este proceso "rápido y sucio" (9), los burócratas accedieron a la propiedad por medios puramente mafiosos. No sólo las conexiones con el poder político sino también la violencia más brutal fueron utilizadas para la apropiación de los activos: cada año, decenas de banqueros, gerentes comunistas y funcionarios son asesinados por las bandas de sus competidores.


 


Esta capa de nuevos propietarios es la base social del régimen yeltsiniano. Esto se hizo evidente en las elecciones presidenciales del año pasado, cuando la catástrofe de la guerra de Chechenia, el hundimiento económico sin límites y el desplome de la popularidad del gobierno hacían prever una derrota de Yeltsin. Ante el peligro, los grandes banqueros que se habían beneficiado con la parte del león de las privatizaciones se unieron para sostener política y financieramente la reelección de Yeltsin. Pusieron a uno de sus hombres, Anatoly Chubais el llamado arquitecto de las privatizaciones como jefe de la campaña reeleccionista y dos de estos grandes banqueros entraron al gobierno: Vladimir Potanin, del Oneximbank, como viceprimer ministro, y Boris Berezovski, del grupo Logovaz, en el Consejo de Seguridad. Tan poderosa resultó la influencia de los grandes banqueros sobre el gobierno yeltsiniano que los rusos inventaron una nueva palabra para definir al nuevo régimen: la semibankirschchina, la era de los siete banqueros (10).


 


La privatización de los grandes medios de producción está lejos, sin embargo, de haber creado un régimen social acabado.


 


No hay inversión en la industria privatizada; por lo tanto, no hay reproducción requisito básico de cualquier régimen social estable sino una mera utilización, verdadero saqueo, de los activos y reservas ya existentes. "La industria rusa, dice un informe del Banco Mundial, sigue haciendo lo mismo que la soviética: utiliza mano de obra y recursos naturales para producir polución y productos que no se venden" (11).


 


La penuria de inversiones se evidencia en la industria petrolera, una de las más disputadas por los privatizadores y con más perspectivas en el mercado mundial: "La producción rusa de petróleo se ha reducido más de la mitad desde el pico de 11,47 millones de barriles por día en 1987 … " (12). La industria petrolera, sólo ella, necesita para mantener los actuales niveles de producción (¡no los de 1987!) inversiones equivalentes a la mitad de todos los activos bancarios rusos (13).


 


Mientras la industria carece de las mínimas inversiones necesarias para mantener los niveles de producción existentes (y que en promedio son, apenas, el 50% de los de 1989), se ha producido una impresionante fuga de divisas: 200.000 millones de dólares desde 1991 (14), una cifra que supera en varias decenas de veces el total de la inversión externa en Rusia en el mismo período. La masiva fuga de divisas es una evidencia irrefutable de que las privatizaciones son, antes que nada, un proceso de saqueo de los activos heredados y de disolución del régimen social vigente bajo el Estado obrero burocratizado, y de ninguna manera la estructura de un nuevo régimen social. Como se ve, es la propia burocracia sacando del país los grandes beneficios que ha realizado en estos años la que cuestiona la tesis de la irreversibilidad del proceso de la restauración capitalista en Rusia.


 


Bajo el capitalismo, la fuerza ciega del mercado compele al propietario de los medios de producción a acumular capital, ampliar su escala de producción y desplazar del mercado a sus competidores. Quien no lo logra, está condenado a la quiebra, es decir, a la negación capitalista de la propiedad privada de los medios de producción por las propias leyes del capital. Nada de esto existe en Rusia, donde ninguna empresa industrial ha ido a la quiebra a pesar de que la inmensa mayoría la excepción son un puñado de productoras de materias primas para el mercado mundial está técnicamente en bancarrota, produciendo mercancías que no tienen lugar en los mercados, incluso en el propio mercado ruso.


 


La propiedad, en Rusia, ha sido obtenida por medios mafiosos y es por estos métodos que se mantiene y se defiende. Esto explica la sistemática queja de la prensa imperialista acerca del pobre respeto de los derechos de propiedad. Aunque los inversores privados (rusos y extranjeros) poseen el 54,8% de las acciones de las cien mayores empresas industriales (15), apenas "el 11% de las empresas están manejadas por gerentes designados por los accionistas (…) El 80% de las compañías rusas está controlado por insiders (los propios gerentes comunistas)" y "aunque un tercio de estos gerentes ha sido reemplazado desde 1992, la mayoría de sus reemplazos ha sido designada por los propios insiders " (16). La prensa abunda sobre historias en las cuales los accionistas han visto su capital licuado por emisiones clandestinas de acciones ordenadas por los administradores o, directamente, las han visto desaparecer por la falsificación de los libros de las empresas o el desconocimiento de los contratos. Según un estudio, en la inmensa mayoría de las grandes empresas rusas se libran batallas abiertas y sangrientas, en el sentido más textual de la palabra entre los accionistas y los administradores (17). El propio responsable de la Comisión Federal de Acciones, Dimitry Vasiliev, reconoce que "estamos en el punto más alto de la lucha entre administradores y accionistas" (18).


 


¿Es posible calificar como irreversiblemente capitalista un régimen donde la propiedad de los medios de producción está en una disputa aguda y donde, como consecuencia de "la administración corrupta y un sistema judicial débil", la "redistribución de los activos del Estado es todavía insegura" (19)?


 


"La economía actual dice el privatista y liberal Georgy Yavlinsky es la descendiente lineal de la economía soviética" (20). Efectivamente, en la época final de la URSS, el control de los organismos estatales centrales sobre los gerentes comunistas colapsó. En su lugar, crecieron estrechas relaciones de mutua apoyatura entre los gerentes e intermediarios, que se ayudaron entre sí para evadir el plan del Estado y para beneficiarse individualmente de las oportunidades creadas por sus posiciones. La perestroika de Gorbachov potenció la tendencia de los gerentes a escapar del plan, al establecer la autonomía financiera y productiva de las empresas. Para quien en aquel momento quisiera haberlo visto, resultaba evidente que esta autonomía dada a los gerentes alcanzaba para definir la naturaleza restauracionista de la perestroika, a la que la inmensa mayoría de la izquierda, incluso en las filas trotskistas, calificó sin embargo como una renovación del socialismo.


 


Las redes financieras y de intereses que se formaron en la etapa final de la URSS y bajo la perestroika son el corazón de la nueva economía. Los Potanin, los Berezovski y los nuevos ricos de Rusia comenzaron privatizando los beneficios de sus empresas; luego privatizaron los activos. Por eso, "todavía se comportan más como depredadores que como propietarios" (21), es decir, como burócratas, no como capitalistas.


 


Todo esto permite concluir que, aunque la masiva privatización de la propiedad en Rusia entraña un cambio jurídico fundamental, esa alteración de los títulos de propiedad, con toda la importancia que tiene, no alcanza para definir al régimen social creado como capitalista. El simple cambio de títulos jurídicos es, por sí mismo, incapaz de crear el conjunto de relaciones sociales que están, por decirlo de alguna manera, adheridas a la propiedad privada capitalista de los medios de producción. Esto porque el capital contra lo que dice la ciencia social burguesa no es una cosa que se pueda poseer, sino que es una relación social históricamente determinada, precisa, entre los propietarios y los no-propietarios de los medios de producción, y entre esos propietarios entre sí. Como hace ciento cincuenta años, el análisis capitalista no logra superar el fetichismo de la mercancía, descripto por Marx en El Capital: la identificación de las relaciones sociales relaciones entre los hombres y entre las clases con los objetos que son su producto.


 


Fractura


 


La lucha por la monopolización de la propiedad llevó a la formación del bloque de los siete banqueros que respaldó la reelección de Yeltsin; la agudización de esa misma lucha también provocó su fractura.


 


El ascenso, a fines de marzo, del nuevo gobierno Chubais-Nemtsov, marca esta ruptura. Uno de estos grandes banqueros, Vladimir Potanin, del Oneximbank, abandonó su puesto de viceprimer ministro; el otro representante de los banqueros en el gobierno, Boris Berezovski, del grupo Logovaz, mantuvo su puesto en el Consejo de Seguridad.


 


Esta fractura se hizo evidente en las últimas grandes privatizaciones, en las que se quebró el "acuerdo tácito" entre los banqueros para una "distribución cordial" (22) de las principales empresas. Berezovski logró derrotar a Potanin en la privatización de la petrolera Sibneft. En las siguientes, sin embargo, Potanin, asociado con Soros, Deutsche Morgan Grenfell y la banca Morgan Stanley, se apoderó de Norilsk (el mayor productor mundial de níquel) y de Svyazinvest, el monopolio de telecomunicaciones ruso. 


 


Como lo reconoce el propio Financial Times (23), las menciones de Soros sobre la supuesta evolución de un capitalismo de ladrones a uno normal son "auto-justificatorias", porque se asoció con uno de ellos. Potanin obtuvo de allí los fondos para apoderarse de la telefonía, que ganó a precios de regalo, y de la aduana, que el gobierno le entregó a cambio de préstamos. Más aún, se benefició de la amistad de Chubais y Nemtsov (24): dos semanas después de esta privatización, fue despedido del gobierno Alfred Kokh, ministro del ramo y hombre de Chubais, acusado de favorecer a Potanin (25). Poco después fue asesinado otro hombre de Chubais, Mijail Manevic, responsable de las privatizaciones en la ciudad de San Petersburgo. En cuanto a Norilsk, Potanin que ya administraba la empresa desde hacía dos años pagó 8,85 dólares por cada acción que ahora se cotiza a 15 en la Bolsa (26).


 


Como se ve, bajo el nuevo gobierno nada ha cambiado: la propiedad se sigue obteniendo por medios mafiosos, y por las conexiones y el entrelazamiento entre los nuevos capitalistas y el aparato del Estado.


 


La "guerra de los banqueros" (27) entraña una fractura de la base social del régimen de Yeltsin. El propio Nemtsov "advirtió que esta lucha puede llevar a un realineamiento de las fuerzas políticas, con algunos de los grandes bancos cambiando su apoyo del presidente Yeltsin a comunistas y fascistas. Incluso sugirió que Chernomyrdin, el primer ministro, podría romper con sus dos viceprimeros ministros y hacer jugar su influencia detrás de este nuevo agrupamiento" (28). En otras palabras, desde el propio poder se anuncia una severa crisis política, como consecuencia de la agudización de la lucha por la propiedad entre los grandes beneficiarios de las reformas que incluso puede llevar a la caída del gobierno al que, oportunamente, se calificó como "la segunda y última oportunidad para Yeltsin y las reformas en Rusia" (29).


 


¿"Soldatis" rusos?


 


Durante los cinco años de las reformas yeltsinianas, se ha asistido a un proceso conciente y deliberado de desorganización y destrucción económicas de dimensiones, simplemente, colosales: "entre diciembre de 1991 (ascenso al poder de Yeltsin) y diciembre de 1996, los precios al consumidor aumentaron 1.700 veces (¡un 1.700.000 %!), devorando los ahorros de toda la vida de cualquiera que no tuviera activos reales. Según la edición del último trimestre de 1996 de Tendencias Económicas de Rusia, la relación de los activos en poder de las familias respecto del PBI colapsó del 100% en diciembre de 1990 al 10% a fines de 1993. Hoy, el 80% de la población no tiene ningún ahorro" (30).


 


La hiperinflación, la especulación contra el rublo, el manejo de la deuda pública, el mercado negro y el desvío de los fondos destinados al pago de jubilaciones y salarios, permitieron un fenomenal enriquecimiento especulativo de una delgada capa de burócratas a costa de una también fenomenal pauperización de la población. Por su posición, los bancos fueron sus principales beneficiarios. La llamada estabilización del rublo que redujo la inflación del 2.500 al 20% anual no alteró en nada este festival especulativo, porque "nacen nuevos instrumentos especulativos a cada momento" (31). La Bolsa es uno de ellos.


 


Importa destacar, sin embargo, la manifiesta debilidad económica de los bancos rusos, a pesar de las grandes confiscaciones populares con que se han beneficiado. El capital total de los bancos rusos es menor que el de los bancos finlandeses (32), lo que basta para caracterizarlos como pigmeos a escala mundial. Sus activos alcanzaban, en 1995, al 34% del PBI, contra el 155% de la República Checa (33). El mayor banco ruso, el banco estatal de depósitos Sverbank, tiene activos seis veces mayores que el mayor banco privado. En los últimos años, han desaparecido más de 450 bancos, incluidos algunos grandes bancos regionales (34).


 


Si se examina detenidamente, no existe en realidad un real sistema bancario en Rusia, es decir, un intermediario financiero dedicado a canalizar el ahorro nacional hacia los demandantes de crédito. Uno, porque "sólo los bancos cuya función ha sido desde el inicio servir a los intereses del Estado (es decir, a manipular la deuda pública y el presupuesto, a administrar las aduanas y a pagar las jubilaciones y los salarios de los trabajadores estatales) han logrado sobrevivir a la concurrencia y afirmarse en el mercado financiero" (35). Dos, porque estos bancos carecen de depósitos, ya que los ahorros de la población han sido evaporados por la hiperinflación y fugados por los propios bancos al exterior. Tres, porque los bancos rusos no prestan dinero a terceras compañías a causa de las "pobres garantías" y de la insolvencia generalizada; en Rusia sólo las compañías relacionadas obtienen créditos de sus propios bancos (36). Se trata, por lo tanto, no de auténticos bancos, sino de simples compañías financieras adosadas a alguno de los grandes grupos industriales y que usufructúan el presupuesto estatal.


 


Todo esto permite afirmar que existe una manifiesta contradicción entre la debilidad económica de los bancos y la masa de activos industriales que se han apropiado mediante las privatizaciones. ¿Tendrán los bancos rusos el músculo financiero suficiente para sostener los imperios que han montado? ¿O la privatización en beneficio de los bancos es, apenas, un punto de partida cuya estación final es el copamiento de estos grandes medios de producción por parte de rivales más poderosos?


 


Es muy significativo entonces que, en la más reciente de las privatizaciones, la de la telefónica Svyazinvest, el banquero Potanin se haya visto obligado a asociarse con verdaderos pesos pesados de las finanzas mundiales como Soros, la banca alemana Deutsche Morgan Grenfell y la norteamericana Morgan Stanley para derrotar a sus competidores, también asociados a otros grandes bancos internacionales.


 


No hay que olvidar que el endeudamiento externo para intervenir en las privatizaciones de las que fueron inicialmente sus principales beneficiarios convirtió a los capitalistas argentinos en rehenes de sus acreedores, a quienes rápidamente debieron ceder la parte del león de esas privatizaciones para saldar sus deudas. La adjudicación inicial de las empresas públicas a los grandes capitalistas argentinos significó un intento de defensa, por parte del Estado, de sus propios privilegiados frente a la competencia del capital financiero. Esa defensa, sin embargo, no logró impedir que los Soldati y otros beneficiarios de las privatizaciones fueran desplazados de las propias empresas, recientemente capturadas, por el gran capital imperialista. ¿Están condenados los grandes banqueros moscovitas a convertirse, a su turno, en la versión rusa del argentino Soldati?


 


Un espejo del futuro de los bancos rusos bien puede ser lo que está ocurriendo con la banca polaca, que ha comenzado a sufrir después de varios años de reformasun agudo proceso de extranjerización y de expulsión de su propio mercado por parte de la banca extranjera. Como los rusos, los bancos polacos están subcapitalizados y carecen de depósitos. El banco norteamericano J.P. Morgan y el sueco Swedbank ya se han apoderado de uno de los mayores bancos polacos; el Citibank domina la banca minorista y los grandes bancos alemanes Dresdner y Deutsche los negocios corporativos; el holandés ING y el irlandés Allied Irish se están apropiando de los bancos regionales. Según el Banco Mundial, la apertura a la libre competencia de los bancos del exterior, establecida para fines de 1998, provocará "una situación volátil, con reestructuraciones y liquidaciones" (37). En este cuadro, los banqueros polacos han debido "resignarse a dejar el lugar a los bancos extranjeros" y refugiarse en la banca regional es decir, en los pequeños negocios de provincias y "en los nichos de negocios más al Este (en las repúblicas bálticas) donde todavía pueden tener un papel dirigente" (38).


 


En cierta medida, este mismo proceso ya se ha iniciado en la propia banca rusa, con la penetración de los grandes bancos de inversión internacionales como Merryll Lynch y Goldman Sachs, la participación del capital financiero en las grandes privatizaciones (hasta ahora, un coto cerrado de los banqueros rusos), la penetración masiva en la Bolsa moscovita y las adquisiciones de los paquetes accionarios de algunos bancos rusos por parte de grandes bancos europeos (39).


 


Todo esto explica que una especialista califique a los banqueros rusos, a pesar de los enormes activos industriales de los que se han apoderado y de los fenomenales beneficios especulativos que han obtenido (y siguen obteniendo) como "la más inestable de todas las elites" creadas con las reformas (40).


 


Un boom artificial


 


Otra expresión significativa de la penetración imperialista es el boom de la Bolsa de Moscú, cuya valorización en los últimos doce meses supera la de cualquier otra Bolsa del mundo: sus 50 acciones principales se valorizaron un 140% en términos de dólar, sólo en el primer semestre de este año. Algunos fondos de inversión obtuvieron beneficios superiores al 300% en ese mismo período, y determinadas acciones, en particular las de las compañías de segunda calidad, crecieron entre el 1.000 y el 2.800% (41). Para establecer una medida de los fenomenales beneficios especulativos que produjo la Bolsa moscovita en los primeros seis meses de este año, basta señalar que la que le sigue en el ranking de crecimiento, la de San Pablo, registró un aumento del 60%, menos de la mitad que la de Moscú.


 


El motor del boom bursátil son los fondos de inversión externos, en particular los norteamericanos: el 80% de las inversiones proviene de ellos. Apenas el 20% restante ha sido aportado por los fondos de inversión y los bancos rusos, que han desviado hacia la Bolsa la masa de fondos especulativos que antes destinaban a la compra de títulos públicos.


 


Se trata de un fenómeno puramente especulativo, "basado más en motivos externos que internos" (42): "las grandes ganancias (en la Bolsa de Moscú) son un producto del dinero barato que está inflando los precios de las acciones desde Wall Street a Varsovia". Una revista de negocios resalta su carácter "artificial": está centrado en las "empresas de segunda línea (es decir, en acciones-basura) () la producción continúa cayendo en muchas industrias; la escasez de capital de trabajo es rampante y las empresas no han sido reestructuradas" (43).


 


El ingreso de capitales externos ha servido para estabilizar al rublo, pero la inevitable pinchadura de la burbuja moscovita "que puede ocurrir si las tasas de interés aumentan en los Estados Unidos o si los inversores abandonan los mercados emergentes" (44) lo derrumbaría inmediatamente. Así, después de recorrer los cinco continentes, la crisis de los tigres asiáticos podría sumar una nueva víctima en Rusia.


 


Para algunos observadores, "la conclusión" del repentino interés de los fondos de inversión norteamericanos por algunos de los llamados mamuts industriales rusos es que "la desindustrialización no es una fatalidad" (45). Es notable cómo unos cuantos millones de beneficios especulativos bastan para hacer olvidar las experiencias más evidentes y recientes.


 


En la República Checa, reputada hasta ayer nomás como uno de los modelos de la transición al capitalismo, la inmensa mayoría de los activos industriales está administrada, desde 1991, por un conjunto de fondos de inversión, controlados por los grandes bancos locales. ¿Cuál es el balance? "Según los analistas, el 40% de las grandes empresas está técnicamente en quiebra, cargando a los bancos con montañas de préstamos incobrables y garantías sin valor () la razón es que los bancos estuvieron más interesados en prestarles a las compañías a tasas altas que en elevar su productividad" (46).


 


La República Checa combinó una industria estancada y dominada por los fondos de inversión, con una burbujeante Bolsa de Valores, que produjo fenomenales beneficios especulativos con las acciones de las empresas técnicamente en quiebra. El masivo ingreso de capitales externos que nutrió a la Bolsa provocó "uno de los mayores déficits de balanza de pagos del mundo, en proporción" (47). La fuga de los inversores externos, como consecuencia de los primeros shocks de la crisis asiática, hundió la Bolsa en horas y provocó una fuerte devaluación de la moneda.


 


En este cuadro de derrumbe, la receta capitalista para salvar a los fondos de inversión checos y a los bancos que los dominan es, precisamente, la desindustrialización: "cerrar las empresas que pierden dinero, despedir a los empleados sobrantes, impedir que los bancos sigan financiando a empresas que de otra manera no podrían sobrevivir" (48). La experiencia checa muestra las insuperables limitaciones de la furia inversora que se ha desatado sobre la Bolsa de Moscú para promover el siempre anunciado renacimiento económico ruso; al contrario, por su carácter parasitario y artificial, el boom bursátil es una fuente de nuevas y violentas contradicciones.


 


¿Capitalismo de ladrones? Made in USA


 


Lo que mejor demuestra, sin embargo, el papel que está jugando el imperialismo en la transición rusa, es el escándalo que se ha desatado con los asesores de Harvard.


 


Los dos principales encargados de la más importante misión de asesoramiento enviada por el gobierno norteamericano a Rusia acaban de ser despedidos después de comprobarse que habían utilizado sus "estrechas conexiones" con los más altos escalones del gobierno, en especial con el viceprimer ministro Chubais, para su enriquecimiento personal. Mientras se llenaban los bolsillos, estos profesores de Harvard diseñaron el programa de privatizaciones que les permitió a los grandes banqueros quedarse con las empresas, y pusieron en pie los mercados de acciones y de bonos del gobierno, además de diseñar el sistema legal que defendería a los nuevos propietarios (49). El escándalo, reconoce otro profesor de Harvard, "alimenta las peores fantasías de los rusos: que todo el esfuerzo de la reforma es un intento de robo y pillaje" (50).


 


La paternidad intelectual, compartida entre la burocracia y el imperialismo norteamericano, del esquema que permitió a los grandes bancos apoderarse de los principales activos industriales y a los principales asesores norteamericanos, embolsar gruesas sumas por comisiones, da una contundente respuesta a la falsa disyuntiva planteada por la prensa internacional: si en Rusia se impondrá un capitalismo de ladrones o un capitalismo occidental: ¿Capitalismo de ladrones? Sí, pero made in USA.


 


Catástrofe económica


 


Así como los decretos de Yeltsin, las bondades del mercado no se extienden más allá de los límites de Moscú y San Petersburgo, donde están las oficinas centrales de los bancos, de la Bolsa y de los asesores externos. "Moscú es la excepción. Rusia hoy es un país de salarios impagos, impuestos impagos, huelgas, subsistencia, privatizaciones dudosas, industrias golpeadas, crimen, corrupción, polución y pobreza. Es una tierra de exceso de vodka y muerte temprana () miseria y desesperación" (51). La catástrofe económica que ha provocado semejante cuadro de disolución social no tiene precedentes en la historia moderna.


 


Según el propio viceprimer ministro Chubais, el déficit fiscal es "monstruoso". Para contenerlo, "el Ministerio de Finanzas simplemente secuestró las partidas presupuestarias" (52): el gobierno dejó de pagar los salarios de sus empleados y las jubilaciones. Las empresas, confrontadas con la restricción monetaria, dejaron de pagar a sus proveedores, a sus trabajadores y los impuestos al Estado. El total de los salarios y jubilaciones atrasadas, como porcentaje del PBI, saltó entonces del 14% en julio de 1996, al 26% en marzo de 1997; los atrasos afectan a 65 millones de trabajadores y a 36 millones de jubilados.


 


El no pago de los salarios y las jubilaciones fue otra oportunidad para el enriquecimiento de los banqueros y los directores de empresas: "cualquiera que pudiera tener algo de efectivo en sus manos lo que significa los directores de todo tipo de empresa y los burócratas cercanos al presupuesto simplemente ahorraron moneda (retrasando el pago de salarios y jubilaciones) e invirtieron en bonos del Tesoro (que) el año pasado pagaban intereses del 350% contra una inflación del 22%" (53).


 


Es imposible, por lo tanto, medir el déficit fiscal: la cifra oficial, que lo sitúa en el 9% del PBI, carece de sentido, porque el Estado se encuentra desde hace meses en cesación de pagos.


 


En realidad, el déficit estructural del Estado se ha agravado notablemente, como lo revela el hecho de que algunos pequeños, pero publicitados, pagos de jubilaciones atrasadas, han debido financiarse con préstamos externos.


 


La "desaparición de la moneda" (54) que llevó a la reaparición del trueque, que da cuenta del 40% de las transacciones, incluso en la gran industria, para el pago de proveedores y salarios, y hasta en ciertas ramas del comercio exterior es un síntoma inocultable de la disolución del Estado que la emite. Más aún, si las cifras del presupuesto y del déficit público son "más ficticias que otras estadísticas rusas" (55), la más ficticia de todas ellas es la cotización del rublo. El valor de la moneda rusa no es mantenido por la economía rusa, en cesación de pagos, sino por el sistemático ingreso de fondos del exterior. Es el imperialismo mundial, en consecuencia, el que sostiene el valor estable del rublo.


 


"El año pasado, los ingresos impositivos del gobierno central alcanzaron apenas al 12,4% del PBI, demasiado poco para cumplir incluso sus obligaciones mínimas" (56). El régimen yeltsiniano ha fracasado en la tarea de cobrar impuestos a los nuevos privilegiados, otro síntoma de la disolución del Estado: un total de 73 grandes empresas es responsable del 40% del total de la deuda impositiva (57). La promocionada reforma impositiva que el FMI y el Banco Mundial le reclaman al gobierno no logrará, sin embargo, despejar el camino: ¿cómo cancelar las mutuas deudas atrasadas del Estado y las empresas, sin provocar una quiebra generalizada?


 


Salta a la vista, que el secuestro del presupuesto y la desaparición de la moneda son insostenibles; por eso, hay quien teme que "será imposible mantener baja la inflación en el largo plazo" (58). La transición al capitalismo en Rusia no logra superar la alternancia de la hiperinflación y la híper-recesión. Son apenas dos caras del mismo proceso social: la disolución del Estado Obrero.


 


Derrumbe productivo


 


Después de tres años de reformas gorbachovianas y de cinco de reformas yeltsinianas, el derrumbe productivo no tiene pausas. El PBI cayó por octavo año consecutivo; hoy es apenas la mitad del de 1989. Respecto de 1995 cuando comenzó a anunciarse la inminencia de la recuperación en 1996 la producción industrial cayó un 10%; la de nuevos equipamientos y construcciones se redujo todavía más: un 15%. La industria, incluso, no logra defenderse frente a la creciente penetración de mercancías importadas.


 


Es tan brutal el derrumbe productivo ruso que, según los expertos del Banco Mundial, Rusia necesitaría dos décadas de crecimiento continuo a una tasa anual del 7% para recuperar el potencial económico perdido bajo el régimen de Yeltsin (59).


 


En el campo, las cosechas del 95 y el 96 fueron las peores de varias décadas; apenas alcanzaron los 69 y 76 millones de toneladas, contra 128 millones en 1990. Las importaciones de carne, harina y otros comestibles crecen año a año.


 


La descripción de un corresponsal sobre la situación rural en Rusia es aterradora. "El resultado más visible de las reformas en la agricultura ha sido la creación de una nueva clase sumergida de pobres rurales, ligados a la tierra porque no tienen dinero para irse, con menos esperanza de libertad o bienestar que la que tuvieron sus antecesores siervos un siglo atrás. De alguna manera, los nuevos siervos de Rusia están incluso peor que sus antecesores esclavos, que estaban atados a las tierras de sus señores por las leyes feudales () Los que permanecen en el campo están viendo la lenta muerte de su sistema agrícola en un creciente aislamiento. Todo el que tuviera el ingenio, el coraje o el dinero necesarios para escapar, voló a las ciudades hace tiempo () Bajo el régimen de Yeltsin, la población rural se redujo en 3,5 millones de personas, casi el 10% () Incluso durante la guerra, las cosas estaban mejor, declara un campesino de la vasta zona agrícola del Volga" (60).


 


El fracaso del régimen restauracionista en el campo es tan evidente que hasta sus propios apologistas lo reconocen: abortada la reforma de 1992, apenas el 5% de las tierras se encuentra en manos privadas; sólo el 3% de los trabajadores rurales son propietarios privados de sus tierras y su número continúa cayendo (61).


 


La razón de fondo de la continuidad del derrumbe productivo ruso, tanto en la industria como en la agricultura, es que su producción es excedentaria en el mercado mundial, sobresaturado de mercancías. Con la excepción de un pequeño número de empresas que pueden ser ligadas fácilmente como proveedoras de materias primas (y sólo con la característica de un brutal saqueo), la producción rusa no tiene lugar en el mercado mundial. ¿Cómo podrían mantenerse las empresas rusas de automóviles, de químicos, de acero o los astilleros, si la crisis mundial está barriendo a algunos de los grandes pulpos mundiales de estas ramas? Esta "dificultad (de las empresas rusas) para competir no es estrictamente económica: obedece a la estructuración monopólica (sostenida por los Estados) del mercado mundial" (62).


 


La asimilación de la privatizada industria rusa al mercado mundial y, consecuentemente, la plena transformación capitalista de Rusia requeriría un mercado mundial en expansión, capaz de recibir sus mercancías y abrir un curso de desarrollo productivo e industrial. Así se extendió históricamente el capitalismo por el mundo. El carácter destructivo y parasitario que ha asumido la transición rusa obedece, en cambio, a una de las características esenciales de la crisis capitalista, de la cual la propia transición es un componente fundamental: la destrucción de una parte sustancial de la capacidad productiva instalada a nivel mundial.


 


Así, la propia crisis capitalista mundial que a través de las deudas externas, la monopolización del comercio mundial y los planes fondomonetaristas (y las rebeliones populares contra ellos) llevó al derrumbe de las economías en las que se había expropiado el capital, se ha convertido, al mismo tiempo, en un obstáculo para la restauración del capitalismo en Rusia.


 


La presión del mercado mundial está provocando la masiva desindustrialización de Rusia, como antes provocó la de la RDA. Se trata de un proceso enormemente convulsivo, que llevado hasta el final, entrañaría la expropiación de un sector fundamental de la burocracia y una todavía más brutal devastación social: existen en Rusia más de 70 ciudades de más de 50.000 habitantes que dependen de una única industria.


 


El capital financiero alemán pudo llevar hasta el final la desindustrialización de la región Oriental, a pesar de las brutales contradicciones que desató, porque antes había capturado el poder político del Estado mediante la anexión de la RDA. En Rusia, por el contrario, el Estado todavía está en manos de la burocracia. Es por esto que no puede excluirse la posibilidad de que para proceder al salvataje de sus industrias ¡sus activos tan duramente conseguidos! al borde del colapso, la propia burocracia se decida a renacionalizar parcialmente la industria, es decir, volver al estatismo.


 


No se trata de una simple hipótesis; esto ya ha ocurrido con la empresa productora de los camiones Kamaz, ubicada en la república de Tatarstán, una de las más ricas de la Federación Rusa. Cuando fue inaugurada, en 1975, era la mayor planta de camiones del mundo. Fue privatizada en 1990 en beneficio de sus administradores; en ese entonces, el gobierno de Tatarstán retuvo apenas el 8% de las acciones. En 1993, con serias dificultades financieras, se asoció con una empresa norteamericana, KKR, encargada de gestionar préstamos internacionales para Kamaz a cambio de una promesa de venta de una parte minoritaria de su paquete accionario. Cuatro años después, y a pesar de haber recibido cuantiosos créditos, la empresa seguía en una crisis profunda; el gobierno de Tatarstán resolvió entonces retomar su control accionario, haciéndose cargo de sus pasivos. Lejos de protestar por la estatización, la norteamericana "KKR apoyó la transacción" (63).


 


La renacionalización de Kamaz respaldada por el capital financiero muestra el empantanamiento de conjunto de la transición.


 


La desintegración del Ejército


 


Si hay que señalar un terreno donde el fracaso de los restauracionistas expone abiertamente su incapacidad para crear a partir de la desintegración del Estado Obrero un nuevo régimen social y, consecuentemente, un nuevo aparato estatal, es el de la llamada reforma militar. Esto porque si el Estado es, fundamentalmente, "un destacamento de hombres armados", la desintegración del Ejército es un sinónimo de desintegración estatal.


 


La humillación rusa en Chechenia puso en evidencia la desintegración del Ejército como fuerza de combate, su penuria material, las fracturas de su alto mando, la desmoralización de sus tropas y la masiva evasión juvenil al servicio militar. Los sucesivos planes de reforma todos los cuales preveían distintas dosis de reducción de efectivos, reorganización de las regiones militares y del alto mando y de asignación de nuevos recursos han fracasado, arrastrando consigo a los respectivos ministros de Defensa y jefes del Ejército.


 


La desintegración del Ejército ruso es, antes que nada, una cuestión presupuestaria: el Ejército Rojo ha pasado a ser un ejército en rojo. El Estado es incapaz de sostener a 1,7 millón de hombres que se encuentran bajo bandera: los salarios y las jubilaciones militares arrastran varios meses de atraso, los servicios sociales de las fuerzas armadas han colapsado y una gran masa de oficiales y suboficiales provenientes de antiguos emplazamientos del Ejército Rojo en la ex URSS o en Europa Oriental están obligados a vivir en carpas, porque el Estado no ha podido después de siete años proveerles vivienda.


 


La última versión de la reforma militar, que prevé el licenciamiento de medio millón de hombres, entre oficiales y suboficiales, en los próximos 18 meses, "llevó la tensión al límite" (64): se realizaron asambleas en los cuarteles y el Sindicato Militar de Rusia (legalmente reconocido) llamó a "resistir e impedir" los despidos. El Movimiento de Apoyo al Ejército, que engloba a un conjunto de altos jefes militares devenidos diputados y que está encabezado por un ex ministro de Defensa de Yeltsin, el general Lev Rojlin, llamó, por su parte, a "forzar la renuncia de Yeltsin como se forzó la de Nicolás II" (65).


 


Con todo, "la reducción de medio millón de hombres no será suficiente para compensar la baja (anunciada por Yeltsin) del presupuesto militar al 3,5% del PBI Aun cuando se gastara el 8%, esto significaría una cifra similar a la que gasta Gran Bretaña para sostener a un ejército siete veces menor" (66). Esto explica por qué "es muy grande el temor a sucesos incontrolables en las fuerzas armadas" (67).


 


El presupuestario, claro, no es el único factor de desintegración de las fuerzas armadas.


 


La propia fractura de la burocracia gobernante, enfrentada en una lucha a muerte por la apropiación y conservación de la propiedad, lleva a la aparición de numerosos ejércitos particulares: la tercera parte de las fuerzas armadas de Rusia no son militares, sino que obedecen a los distintos ministerios de fuerza como el de Interior, la ex KGB o la propia Guardia Presidencial. El poder de fuego de estos ejércitos paralelos para no hablar de la moral de sus tropas o de su unidad de mando supera en muchos casos al de las propias fuerzas armadas.


 


Otro factor de disolución de las fuerzas armadas es la fenomenal diferenciación social establecida en su seno, que se ha agudizado como consecuencia de las reformas. La alta oficialidad participa activamente en el comercio (legal e ilegal) de armas y obtiene grandes beneficios de las cuotas de exportación de petróleo que el gobierno le ha otorgado al Ejército (embolsándose la diferencia entre el precio internacional del crudo y su precio interno, alrededor de 8 dólares por barril a principios de año). En cuanto al comercio ilegal de armas con que se benefician los jefes militares, basta citar el escándalo que estalló a principios de julio cuando se descubrió que "jefes, anónimos, de la flota del Pacífico cuyos conscriptos han muerto de hambre en las islas Russki vendieron como chatarra dos portaviones (con sus sistemas de combate incluidos) a Corea" (68). Ni qué hablar del robo sistemático de los suministros militares para su venta en beneficio propio. En defensa de sus privilegios de casta, la alta oficialidad ha formado el "Movimiento de Apoyo al Ejército", que cuenta con el respaldo de sectores desplazados de la propia burocracia yeltsiniana, como el general Korjakov -jefe durante años de la Guardia Presidencial y el general Lebed, ex jefe del Consejo de Seguridad, del PC y de la ultraderecha.


 


Mientras tanto, la masa de oficiales medios, suboficiales y soldados se encuentra en la miseria. Esto ha provocado que muchos de ellos se unieran a distintas bandas mafiosas o se conchabaran como guardaespaldas y matones; "otra salida, más drástica, son los suicidios, de los que hubo 438 el año pasado, comparados con 280 en las fuerzas armadas norteamericanas" (69).


 


"La paciencia de la oficialidad joven y de la suboficialidad, muchos de ellos sin botas y a medio alimentar, ha sido inmensa. Pero no es infinita y puede estar rompiéndose ahora" (70). Por eso, el gobierno teme tanto a "un motín armado que suscite el apoyo popular como a una revuelta de la población que encuentre apoyo armado" (71). No es un temor vano: a principios de julio, los trabajadores de una planta de reparación de submarinos en el Extremo Oriente, dependiente de la armada, con atrasos salariales de ocho meses, fueron a la huelga juntamente con los médicos y los docentes de la región y se enfrentaron, también en conjunto, contra la policía. En otros lugares de Rusia, trabajadores de los arsenales militares también salieron a la huelga en reclamo de los salarios impagos.


 


El fracaso de los restauracionistas para formar un ejército a su imagen y semejanza contrasta notoriamente con la experiencia histórica de los regímenes políticos que llegaron al poder como portadores de nuevas relaciones sociales. La burguesía revolucionaria francesa del siglo XVIII, los bolcheviques rusos, Cromwell, los comunistas chinos, por citar apenas a algunos, supieron crear, bajo el fuego de los acontecimientos (y en medio de penurias económicas quizá peores), ejércitos que tenían en común el hecho de ser el aparato militar de un Estado que defendía nuevas relaciones sociales.


 


Un Estado que es incapaz de sostener a su fuerza armada es decir, que es incapaz de sostenerse a sí mismo y que incluso es incapaz de establecer la disciplina en sus filas es, claramente, un Estado en disolución. La desintegración del Ejército ruso es la confirmación más rotunda de la caracterización del PO de que el elemento dominante en Rusia no es la supuesta edificación de un régimen social capitalista. Los restauracionistas no han logrado crear un nuevo ejército porque el proceso de desintegración del Estado Obrero es, por sí mismo, incapaz de crear nuevas relaciones sociales: se limita a un saqueo, parasitario y destructivo, de la riqueza social acumulada.


 


La situación de las masas


 


El proceso de la restauración del capitalismo en Rusia es una contrarrevolución política iniciada por la burocracia comunista con el concurso del imperialismo para acabar integralmente con las conquistas sociales de la Revolución de Octubre, transformándose así en clase propietaria. Por su amplitud y su profundidad, la confiscación de las masas que entraña este proceso no tiene precedentes históricos.


 


Hoy, el 32% de la población, está por debajo de la línea de pobreza. Los salarios y las jubilaciones, de miseria, se pagan con varios meses de atraso e, incluso, en especies. La desocupación se ha duplicado en los últimos años y "crecerá mucho más todavía" (72). Los ahorros de toda la vida de la población trabajadora han sido confiscados por la hiperinflación y por sonadas estafas financieras. Para Alexandr Solyenitzin, "la brecha entre los ricos y los pobres es mayor hoy que en 1917" (73).


 


Una de las evidencias más impresionantes de la destrucción de las condiciones de vida de las masas bajo el régimen restauracionista son las estadísticas demográficas. En menos de una década, según la Organización Mundial de la Salud, la expectativa de vida de los hombres ha caído de 62 a 58 años, y la de las mujeres de 74 a 72.


 


"La tasa de mortalidad de 15,1 por cada mil personas pone a Rusia sólo detrás de Afganistán y Cambodia entre los países de Europa, Asia y América (la tasa de los Estados Unidos es de 8,8 por mil); la tasa de mortalidad entre los rusos en edad de trabajar es hoy más alta que un siglo atrás () para los rusos varones de entre 40 y 49 años fue del 16,3% en 1995, un 77% más alta que la de 1990 () De los 3,5 millones de personas de menos de 60 años que murieron en Rusia en los últimos 5 años un número semejante sólo hubo en la historia moderna durante las grandes hambrunas o las guerras prolongadas la mayoría han sido personas en edad de trabajar" (74). Para la vida cotidiana de las masas, la experiencia de la restauración resulta una calamidad de dimensiones superiores a las hambrunas que siguieron a la guerra civil y la intervención imperialista contra el naciente Estado soviético, o las que produjo la colectivización stalinista e, incluso, superiores a las de las dos guerras mundiales.


 


En cuanto a los niños, "el número bruto de enfermos, espantosamente alto para cualquier estándar, parece ser un poco más bajo este año sólo porque nacieron muy pocos chicos en los últimos años" (75).


 


Según los propios médicos rusos, "los hombres se están muriendo en su edad madura, a una tasa sin paralelo en la historia moderna, por fumar mucho, por beber demasiado vodka, por las dietas dañosas, el poco ejercicio y el enorme stress que producen el rápido cambio económico y la dislocación social desde la disolución de la URSS () los suicidios están en aumento; también los asesinatos" (76).


 


La "asombrosa caída en la expectativa de vida () combinada con una de las menores tasas de nacimiento del mundo convirtieron a este país en una muestra de anormalidad demográfica () el más reciente informe sugiere que si no hay nuevas iniciativas de salud y educación, la población de Rusia disminuirá en 30 millones de personas en los próximos 50 años" (77). Para encontrar un retroceso poblacional tan pronunciado en tiempos de paz hay que retroceder a la época de la descomposición del Imperio Romano, a los tiempos de la peste negra en el Medioevo europeo o al despoblamiento indígena de América Latina. Un demógrafo ruso sostiene que "ninguna sociedad puede vivir mucho tiempo con estos parámetros".


 


Una catástrofe demográfica de tales dimensiones tipifica a un régimen social en violenta disolución, sometido a un saqueo brutal e impiadoso.


 


¿Apatía o desarrollo de la conciencia política?


 


La burguesía mundial y también la burocracia encuentran en este verdadero genocidio un motivo para el optimismo: "Aquellos que esperan otra revolución pueden razonablemente rastrear sus comienzos en tres aspectos de la situación rusa: pobreza, atropellos y opresión. Cada una ofrece tanta abundancia que aterra () Y sin embargo, a pesar de la miseria y de la desesperación, la revolución no está en el aire. Lejos de ello () Los motivos para el optimismo no radican tan sólo en el estado exhausto y desmoralizado de la nación" (78).


 


Que una buena parte si no todo del optimismo del imperialismo mundial en las posibilidades de la restauración en Rusia radique en el hecho de que el estado de ánimo de las masas no es hoy revolucionario, es una confesión impensada de la enorme fragilidad de los publicitados logros económicos, políticos y sociales de la transición. Bastaría un pequeño cambio en el estado de ánimo de las masas para que todo ese optimismo se transformara, súbitamente, en pesimismo y hasta en estampida. Los optimistas de hoy parecen olvidar la catarata de editoriales del tipo "Occidente ha fracasado en Rusia" (79) que se encontraban diariamente en la prensa internacional en los meses previos a las elecciones presidenciales del año pasado.


 


"La revolución no está en el aire", dicen hoy los optimistas. ¿Estaba en el aire en Albania un año antes de que las masas salieran a la calle a asaltar los cuarteles y tomaran las armas? En esa época, los editorialistas de la gran prensa mundial también eran optimistas respecto de Albania, a la que se calificaba como el ejemplo más exitoso de la restauración del capitalismo.


 


Los imperialistas caracterizan a las masas trabajadoras rusas como "apáticas" y "crónicamente fatigadas" (80). No es posible, sin embargo, caracterizar así a trabajadores que han protagonizado y protagonizan huelgas y marchas y que han organizado comités de huelga en todo el país por el pago de sus salarios. No pasa un día en Rusia sin que estalle una nueva huelga de los obreros industriales, los mineros, los docentes, los médicos, y hasta los trabajadores de las industrias militares.


 


El carácter parcial, limitado y hasta episódico del movimiento huelguístico no obedece a una supuesta apatía, sino al grado de organización, y en última instancia, al grado de desarrollo de una conciencia política independiente de los trabajadores de Rusia. No fue la fatiga, sino el carácter yeltsiniano de su dirección y la confianza en determinadas fracciones de la burocracia, lo que llevó a la frustración de las grandes huelgas del carbón y de los sindicatos independientes.


 


Es indudable que el desarrollo de una conciencia política independiente, revolucionaria, en la clase obrera rusa y en su vanguardia, es uno de los factores más determinantes del futuro destino de la transición: si la vanguardia obrera logra desarrollar esa conciencia política y, a través de la acción y de la organización, sacude el estado de ánimo de las grandes masas trabajadoras, saltará por los aires el optimismo de los capitalistas y los burócratas.


 


¿Cómo puede preverse que se desarrolle esta conciencia revolucionaria? La clase obrera rusa es una fracción de la clase obrera internacional. Por este motivo y por la naturaleza esencialmente mundial de los desafíos que enfrenta, la evolución de su conciencia política no puede independizarse de la evolución de la conciencia de las clases obreras de los grandes países capitalistas y de sus vanguardias. A los golpes de la crisis capitalista mundial y de la experiencia de los grandes proletariados del mundo, la clase obrera rusa deberá ir desarrollando una conciencia revolucionaria que la ponga a la altura de su enorme fortaleza social: se trata de un proletariado de cientos de millones de hombres y mujeres, altamente educado y concentrado.


 


En este sentido, la lucha por una organización internacional de la vanguardia obrera mundial que clarifique sistemáticamente la experiencia de las luchas de clases mundial y que actúe como una ligazón para los elementos revolucionarios que actúan en los proletariados de todos los países, incluida Rusia es un aspecto fundamental de la lucha por el desarrollo de una conciencia revolucionaria en Rusia. La experiencia revolucionaria de las últimas cinco décadas confirma que, por su programa, la única corriente del movimiento obrero que puede cumplir ese papel es la IV° Internacional, lo que la convierte en un factor objetivo de la crisis mundial y de la transición en Rusia.


 


Conclusiones


 


En un reciente reportaje, Boris Nemtsov, uno de los dos viceprimeros ministros rusos, declaró que "el período de acumulación inicial del capital () siempre fue acompañado, incluso en los Estados Unidos, de robos, bandidismo, corrupción y tráfico de influencias" (81).


 


¡Pero no todo robo es una acumulación originaria, capaz de abrir una vía para el desarrollo capitalista! Para ello son necesarias determinadas condiciones históricas que hoy no existen.


 


La acumulación capitalista originaria separó a los trabajadores de los medios de producción, creando un proletariado urbano dócil e inexperto que sería explotado en las fábricas por una burguesía en ascenso y cuya producción se enfrentaba con un mercado mundial ávido de mercancías. Hoy, los mercados mundiales están saturados de mercancías y capitales; el proletariado tiene tras de sí una experiencia de lucha y organización sindical y política mundial de más de un siglo y medio, y la burguesía mundial es una clase históricamente agotada. Estas condiciones históricas específicas explican por qué la acumulación inicial rusa el saqueo de la riqueza social acumulada no ha logrado definir la transición hacia un régimen social capitalista en Rusia.


 


Rusia continúa siendo una sociedad transitoria. La burocracia y el imperialismo se han apropiado de la propiedad, pero no han logrado establecer en Rusia relaciones sociales que correspondan a una organización capitalista de la sociedad. Los burócratas no han invertido un solo dólar en las empresas privatizadas; carentes de capital, estas empresas sólo logran sobrevivir gracias a la cesación de pagos generalizada. Las empresas privatizadas carecen de mercados en el exterior (sólo los grandes pulpos energéticos pueden acceder al mercado mundial) y en el interior están obligadas a competir con las importaciones del mercado mundial. Rusia carece de un sistema bancario y de un sistema legal que garantice la propiedad y hasta el simple cumplimiento de los contratos lo que permite que las empresas no paguen a sus acreedores. Las empresas no pagan el salario de sus obreros. Rusia no tiene un sistema monetario, ya que el valor del rublo es sostenido por los préstamos internacionales y la entrada de capital especulativo. El Estado ruso está en bancarrota y su dependencia del crédito externo es mayor que nunca; el retraso relativo de la economía rusa respecto del mercado mundial se ha agudizado. La fuga de divisas es monumental. Después de diez años de reformas de mercado, el mercado no es el elemento unificador de la economía rusa; ese papel de unificación lo juega la intervención directa de los Estados imperialistas.


 


El Estado Obrero ha dejado de existir, como consecuencia de los ataques conscientes del régimen político restauracionista. Como se ha señalado en otros trabajos de nuestra corriente (82), la crisis política de estos regímenes, el brutal hundimiento de las fuerzas productivas y la tendencia a la guerra civil no son más que la consecuencia, en última instancia, de la lucha entre los regímenes políticos dedicados a destruir la nacionalización de la propiedad y el conjunto de las relaciones sociales establecidas por esa nacionalización de la propiedad, que no han sido superadas.


 


Para que este saqueo pueda abrir paso a una restauración plena del capitalismo en Rusia son necesarias, todavía, condiciones políticas y económicas precisas que harán crujir al capitalismo mundial en su conjunto.


 


En el cuadro actual de la crisis mundial, el capital es incapaz de integrar plenamente a Rusia o, mejor dicho, sólo puede integrarla destruyéndola. Las enormes contradicciones de este proceso plantean una todavía más violenta confiscación de las masas trabajadoras. Como señaló el VIII° Congreso del PO, "las conquistas democráticas de las masas de Occidente que obligan al imperialismo a jugar la carta democratizante son una limitación fundamental a los intentos del imperialismo de resolver por la fuerza la cuestión de la restauración del capitalismo en los Estados Obreros degenerados. En la medida en que el imperialismo no pueda ajustar las cuentas con sus propios proletariados, será completamente impotente para resolver la cuestión de la restauración () Para producir una derrota duradera de la clase obrera, la burguesía necesita imponer una completa alteración de las relaciones políticas con el proletariado, lo que necesariamente debe manifestarse en el plano político del Estado (modificación del régimen político, liquidación de las libertades democráticas)" (83).


 


Para León Trotsky, la vigencia de la Revolución de Octubre radicaba en tres factores: en las relaciones de propiedad, en la conciencia del proletariado y en las condiciones de la crisis mundial, es decir, en la perspectiva de la superación de la crisis capitalista por la revolución mundial. La propiedad estatizada ha desaparecido por obra de la burocracia restauracionista y las generaciones que conocieron la victoria de la Revolución y su fase de ascenso han desaparecido. Pero la crisis asiática, el empantanamiento de la Unión Europea, la agudización de la guerra comercial y el giro en la situación mundial, provocado por los levantamientos de los explotados contra los regímenes fondomonetaristas en Albania y Ecuador, revelan que la crisis capitalista está muy lejos de haberse cerrado.


 


Esta conexión íntima entre la lucha de la clase obrera en los países adelantados y la suerte del proceso de la restauración capitalista confirma la unidad mundial de la lucha de clases y el pronóstico fundamental de León Trotsky, de que la cuestión de la naturaleza social definitiva de las sociedades de transición sería definido a escala mundial.


 


 


Notas:


1 . Financial Times, 9/4/97.


2 . Idem.


3 . Idem.


4 . Le Monde, 10/8/97.


5 . Financial Times, 3/8/97.


6 . Financial Times, 30/7/97.


7 . K. S. Karol, en Le Monde Diplomatique, agosto de 1997.


8 . Financial Times, 9/4/97.


9 . Idem.


10 . Financial Times, 3/8/97.


11 . The Economist, 12/7/97.


12 . International Herald Tribune, 21/8/97.


13 . Le Monde, 10/8/97.


14 . Idem.


15 . Financial Times, 25/3/97.


16 . The Economist, 12/7/97.


17 . Financial Times, 9/4/97.


18 . Idem.


19 . Idem.


20 . Idem.


21 . Idem.


22 . Le Monde, 9/8/97.


23 . Financial Times, 30/8/97.


24 . The Economist, 2/8/97.


25 . Financial Times, 14/8/97.


26 . Financial Times, 21/8/97.


27 . Le Monde, 9/8/97.


28 . Financial Times, 3/8/97.


29 . Financial Times, 14/4/97.


30 . Financial Times, 18/3/97.


31 . Le Monde, 10/8/97.


32 . The Economist, 12/7/97.


33 . Le Courier des Pays de l´Est, noviembre de 1996.


34 . Financial Times, 9/4/97.


35 . Idem.


36 . Financial Times, 9/4/97.


37 . Financial Times, 27/8/97.


38 . Idem.


39 . La Nación, 30/8/97.


40 . Natalia Lapina, "Elites económicas rusas y modelo de desarrollo nacional", en Le Courier des Pays de l´Est, noviembre de 1996.


41 . Le Monde, 10/8/97.


42 . Business Week, 5/5/97.


43 . Business Week, 24/3/97.


44 . Idem.


45 . Le Monde, 10/8/97.


46 . The Wall Street Journal, 15/8/97.


47 . Idem.


48 . Idem.


49 . The Wall Street Journal, 13/8/97.


50 . Idem.


51 . The Economist, 12/7/97.


52 . Idem.


53 . Idem.


54 . The Economist, 15/3/97.


55 . The Economist, 12/7/97.


56 . Financial Times, 9/4/97.


57 . Idem.


58 . Idem.


59 . Le Monde Diplomatique, agosto de 1997.


60 . Los Angeles Times, 2/4/97.


61 . The Economist, 12/7/97


62 . Archibaldo Mompez, "¿Existió la Revolución de Octubre?"; en En Defensa del Marxismo, n° 17, julio de 1997.


63 . Business Week, 11/8/97.


64 . Página/12, 28/8/97.


65 . La Nación, 21/9/97.


66 . Idem.


67 . Le Monde, 5/7/97.


68 . Idem.


69 . Página/12, 28/8/97.


70 . The Economist, 2/8/97.


71 . Página/12, 28/8/97.


72 . The Economist, 12/7/97.


73 . Idem.


74 . The New York Times, 9/6/97.


75 . Idem.


76 . Idem.


77 . Idem.


78 . The Economist, 12/7/97.


79 . Financial Times, 7/5/96.


80 . The Economist, 12/7/97.


81 . Financial Times, 31/7/97.


82 . Archibaldo Mompez, Op. Cit.


83 . En Defensa del Marxismo, n° 16, diciembre de 1996.


 


 

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