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Una revolución proletaria en Polonia

Por Aldo Ramírez
El Congreso del Partido Comunista polaco acaba de expulsar a E. Gierek (ex secretario general y otros miembros de su gobierno, culpable -se dice- de la política que condujo a la actual crisis económica y social. Designando un "chivo emisario”, el actual equipo dirigente trata de escamotear al movimiento iniciado en agosto de 1980 su significado histórico: es que, en realidad, es toda la historia contemporánea de Polonia la que sirve de antesala al "verano polaco", y son sus tendencias fundamentales las que se concretan en el estallido huelguístico.
 
Polonia quedó, en la inmediata posguerra, dentro del área de influencia de la URSS, prevista en los acuerdos de Yalta y Postdam celebrados entre ésta y el imperialismo mundial. Luego de un breve interregno bajo un gobierno burgués títere la URSS impuso una dictadura burocrática directamente integrada por los stalinistas locales. La instauración de este gobierno estuvo basada en la presencia del Ejército Rojo de ocupación. La fuerza militar de la URSS garantizó el monopolio político de la burocracia stalinista, que procedió a expropiar el capital, y a integrar la economía polaca dentro del área denominada por la burocracia del Kremlin (URSS y Europa del Este).
La principal tarea del nuevo gobierno fue liquidar todo vestigio de movimiento obrero independiente. Durante 1945 y 1946 los stalinistas se encontraban en minoría dentro 'de los sindicatos y comités de fábrica, que habían sido reconstituidos luego de la derrota del nazismo. La burocracia debió apelar a la represión para liquidar a todas las direcciones sindicales independientes, y convertir a los sindicatos en instituciones del Estado totalitario. Esta regimentación permitió establecer un régimen de trabajo forzado con la finalidad de industrializar al país en términos de una industria ligada a las necesidades militares de la URSS. Todavía en el avanzado período 1966-1970, el crecimiento anual de la producción industrial fue del 8,4 por ciento, mientras los salarios sólo crecían a un ritmo del 2,1 por ciento. (1)
 
Con menos éxito, la burocracia intentó liquidar totalitariamente la cuestión campesina. Las tentativas de ‘‘colectivización forzosa” puestas en práctica durante 1947-1955 (cuyo objetivo era integrar a los campesinos en granjas estatales donde serían sometidos a similar explotación que la clase obrera) fueron duramente resistidas por el campesinado independiente. De resultas de ello, el sector colectivizado se vio obligado a coexistir con un sector privado de estructura minifundiaria, lo cual llevó los costos de la producción (costo de la fuerza de trabajo) más allá de lo previsto. El conjunto de la planificación de la burocracia introdujo graves deformaciones en el desarrollo económico, pues la industrialización fue realizada atendiendo las necesidades de la URSS, embarcada en un desarrollo autárquico del mercado mundial (era la época en que Kruschev anunciaba periódicamente la "superación económica del capitalismo” por la URSS); varias ramas de la industria (electromecánica por ejemplo) experimentaron un desarrollo desproporcionado en relación al resto del conjunto económico.
 
La miseria económica y el totalitarismo político ocasionaron la primera gran revuelta antiburocrática en Poznan, en 1956. La burocracia ahogó en sangre el levantamiento, pero introdujo una serie de reformas económicas. Una nueva política agrícola fue adoptada, dejando supuestamente un margen mayor a los mecanismos de mercado y a la iniciativa privada. En realidad, no se trató de un abandono de la colectivización forzosa, sino del reemplazo de los métodos de la coacción física por los del ahogo económico sobre los campesinos independientes (restricción de crédito, no otorgamiento de seguridad social). El resultado fue una verdadera hecatombe agrícola: multiplicación del minifundio (las exportaciones de menos de dos hectáreas cubrían el 20 por ciento de la superficie en 1950, treinta años después, cubren el 30,5 por ciento), caída de la productividad, lo que sumado a la baja productividad del sector estatal, produjo un déficit alimentario cada vez más grande, cubierto por importaciones crecientes. Todo ello repercutió en una elevación de los costos industriales.
 
La burocracia trató de resolver el problema haciendo caer los salarios reales (sin cesar de aumentar constantemente sus privilegios). 
 
Sucesivos “planes de austeridad” fueron puestos en práctica, que fueron resistidos de diversos modos por la clase obrera (huelgas esporádicas, trabajo “a tristeza”). La rebelión de Poznan no había pasado en vano, abriendo una brecha decisiva entre el proletariado y la burocracia. En 1970, la resistencia se concentra en un nuevo estallido huelguístico en los astilleros del Báltico. Nuevamente hay despidos y represión, pero la burocracia debe retroceder en algunos puntos de su “austeridad” a ultranza, e inicia una limitada “apertura”. Esto no impide que las huelgas continúen, y se produzca un nuevo movimiento hacia la huega general en 1976, nuevamente reprimido, pero que consigue que la burocracia de marcha atrás en los aumentos de precios previstos. Todo esto confirma que el proceso abierto en 1956 es de recomposición independiente del proletariado. Pese a las derrotas parciales, el tejido social de la clase obrera se reconstituye, y se va produciendo una lenta acumulación de fuerzas. Este proceso no hará sino ampliarse y profundizarse a partir de 1976.
 
La crisis económica
 
La crisis de 1970 originó un recambio en el equipo burocrático, que pasó a ser encabezado por Gierek. Al mismo tiempo que la resistencia obrera se acrecienta, el desarrollo industrial a ultranza comienza en esa época a presentar signos de estancamiento. El nuevo equipo intentó resolver el problema reformulando, en 1971, el plan económico. En el nuevo “plan”, el acento es puesto en una “mayor integración en la división internacional del trabajo”: quiere decir que se intenta preservar los ritmos de crecimiento industrial, apoyándose ahora en las industrias susceptibles de exportar hacia Occidente. El financiamiento de las industrias exportadoras sería realizado con créditos provenientes de los consorcios capitalistas. “En cuanto al reembolso de los créditos, la solución parecía muy simple: con las tecnologías y los equipos más avanzados y una mano de obra muy barata, los productos polacos podrían competir con los productos occidentales y permitir equilibrar la balanza comercial” (2). En ese momento, la deuda externa polaca no alcanzaba a mil millones de dólares. También se estipuló un aumento del consumo, lo que apareció como una concesión a la agitación huelguística del año anterior.
 
Se trata de un verdadero salto en el vacío de la burocracia frente a la crisis económica. El desenvolvimiento de la economía polaca choca ahora ya abiertamente con el autarquismo del COMECON (sistema de acuerdos económicos que agrupa a los países de Europa Oriental y la URSS). Para mantener los ritmos de desarrollo, la burocracia no encuentra otra salida que integrar crecientemente la economía del Estado Obrero al mercado mundial dominado por los capitalistas. Polonia encabeza audazmente este proceso, pero se trata de una tendencia del conjunto de la burocracia, incluyendo la del Kremlin. En 1970 han sido firmados los Acuerdos de Varsovia y Bonn (normalización con Alemania). Estos acuerdos forman parte de una redefinición de las relaciones entre el imperialismo y el Kremlin que tiene su punto culminante en los acuerdos de Helsinki (1975). En su parte económica, estos últimos comportan una mención explícita a la “libre circulación de mercancías entre Oriente y Occidente . Se comprende la estafa que significa que ahora el Kremlin y los stalinistas polacos atribuyan al equipo de Gierek la culpa por el monstruoso endeudamiento de Polonia con el imperialismo occidental.
 
Bajo esta orientación, durante el quinquenio 1971-75, el ritmo de crecimiento de la industria polaca pasó al 10,5 por ciento anual. El incremento anual de los salarios reales se mantuvo, como siempre, por detrás, pero el hecho de que salte al 7, 2 por ciento (contra un 2 por ciento el quinquenio anterior) brinda un Índice del fortalecimiento del movimiento obrero.
 
La crisis del plan y el escapismo de la burocracia
 
La misma publicación ya citada señala: “Ahora bien, los cambios que se produjeron en el meneado mundial, sobre todo después de la alza de los precios del petróleo en 1973, han transformado el sistema de precios en el comercio exterior, aún para los países del COMECON, y han reducido de una manera sensible, el ritmo de la actividad económica en varios países”. Como veremos, esto no es todo, pero los resultados están allí: en 1975 la deuda externa ha crecido considerablemente, pero también ha aumentado el saldo negativo de la balanza comercial con Occidente: en 1970 ésta era favorable a Polonia en 170 millones de dólares, en 1975 es negativa en 2.310 millones. La producción industrial de Polonia ha crecido hasta ser el 2,5 por ciento del total mundial, pero su parte en el comercio mundial sólo ha llegado al uno por ciento. Las razones que se apuntan son el alto costo de producción, la mala calidad de los productos destinados a la exportación y, finalmente, “errores importantes cometidos tanto en la planificación como en la gestión de los asuntos económicos” (3). Esto último se refleja sobre todo en el desequilibrio creciente entre las ramas de la industria: el total de la industria ha crecido a un ritmo del 10,5 por ciento anual, la electromecánica (en la que estaban depositadas las esperanzas de exportación) a un 14,4 por ciento y la de energía y combustibles (responsable por los altos costos y que es aquélla cuyos precios más han aumentado en el mercado mundial) sólo a un 6,6 por ciento anual.
 
Confrontada esta situación, la burocracia decidió tentar la aventura de seguir adelante. La reformulación del “plan” de 1976 insiste en el reforzamiento del sector exportador, en el endeudamiento, y se propone “limitar las importaciones” y “detener la tasa de crecimiento del poder adquisitivo por un congelamiento de salarios y una limitación del empleo”. Para un comentarista, “la dependencia frente al extranjero es ahora demasiado fuerte, sobre todo respecto al Occidente, y es difícil renunciar a las compras en el Oeste porque ello puede poner en cuestión el crecimiento difícilmente comenzado” (5). A notar que ese mismo año uno de los pilares del "plan” -reducir relativamente el consumo interno, para exportar- comienza a hacer agua: "La tentativa hecha en junio de 1976 de aumentar los precios de los productos alimenticios se saldaba por un fracaso. La amenaza de huelga general de los obreros obligaba al gobierno a retirar sus proposiciones” (6).
 
Plan y burocracia
 
Así, durante el último quinquenio, la burocracia condujo alegremente al país a la catástrofe, mesurable en algunas cifras:
 
                Tasas de crecimien to de                       Tasas de crecimiento de
                 la producción industrial                        las inversiones en la industria
 
1976               9,3                                                               3,2
 
1977              6,9                                                              -0,8
 
1978               4,9                                                               -2,1
 
1979               2,8                                                               -8,2
 
 
Todo ello acompañado de un déficit cada vez más grande de la balanza comercial y de un endeudamiento fabuloso respecto a Occidente: Polonia concentra un tercio de la deuda externa de los países del Este.
 
La tentativa de integración al mercado mundial ha puesto de relieve algunas taras crónicas de la economía polaca, que la burocracia se muestra incapaz de corregir:
 
a) El desequilibrio entre las ramas de la industria: la industria electromecánica, que es una herencia de la “división del trabajo” del COMECON, continúa creciendo a un ritmo demasiado alto (el doble de la energética y la metalúrgica), pese a que “ella no ha podido responder a la demanda de los países occidentales (...) la escasa especialización de sus empresas no les permite darse por vocación producir para la exportación” (7). Del 22,5 por ciento de la estructura industrial que ocupaba en 1970, pasa a ocupar el 30,8 por ciento en 1978.
 
b) El bajo nivel tecnológico de la industria: “la cantidad de materias primas consumidas depende de la tecnología aplicada (...) para obtener 1.000 dólares de producto nacional, se utilizan metales por un valor de: 19 dólares en Francia, 33 dólares en Alemania e Inglaterra, 31 dólares en Italia, 56 dólares en Polonia"(8). "Se producían a veces situaciones extrañas había máquinas, equipos, mano de obra, pero no materias primas”. (9)
 
c) La obsolescencia de la industria: el consumo energético de la industria polaca es 24 veces superior al de los países occidentales industrializados. "Los precios de la energía son fijados ‘desde arriba' , administrativamente... Las instalaciones son, en general, obsoletas; es así que sobre 11.000 calderas en servicio, 5.000 no funcionan más que al 60 por ciento de su capacidad (10). "La ausencia de medidas para aumentar la producción de energía resultó en la situación presente en que la mayoría de las fábricas sufren cortes de corriente durante 300 días del año". (11)
 
d) Como consecuencia de todo ello, "la productividad del trabajo, mientras los salarios no han cesado de aumentar durante años, marca una fuerte tendencia a la caída”. Durante 1971-75, su crecimiento anual promedio fue del 8 por ciento, durante 76-80 del 5,7 por ciento, durante 1979 del 2 por ciento.
 
Esta baja de la productividad llevó a que el rendimiento del capital fijo, situado en 100 en 1970, y luego de subir para 109 en 1975, cayese para 95 en 1978, o sea que ha habido una caída absoluta de la productividad de la industria polaca.
 
Como lo afirmaba el comentarista citado, esta situación no es debida sólo al "schock” provocado por la apertura económica hacia el mundo capitalista, sino también a la “mala gestión de los asuntos económicos”. ¿Qué se esconde tras esta púdica definición? Ni más ni menos que los privilegios de la burocracia son un componente orgánico preponderante en la elaboración del ‘plan”, lo que implica una carencia de racionalidad. Algunos ejemplos permiten verificarlo: los artículos cuya producción aumentó más en los últimos años son los coches de turismo (5 por cada 100 familias en 1970, 19 en 1979) y los equipos musicales (4 por cada 100 en 1970, 38 en 1979). Ahora bien, se trata de una producción accesible sólo a los sectores de altos ingresos: “el acceso a la propiedad de un automóvil es todavía difícil, lo que explica que el precio de los vehículos de ocasión en el mercado libre supere el 50 al 100 por ciento de los precios oficiales de los coches nuevos (!) (12). Agréguense que para conseguir un coche nuevo es necesario poseer, además del dinero, “conexiones”. Estas cifras hay que entenderlas junto al comentario de una “personalidad” polaca: “Los años 70 fueron marcados por el rápido crecimiento de los ingresos, pero éstos crecieron mucho más rápido en el estrato de altos ingresos de nuestra sociedad, un hecho que llevó al surgimiento de un abanico salarial de 1 a 20” (13). La producción se orientó a satisfacer las necesidades de esta capa privilegiada (la de ingresos 20 veces superior). No sólo eso: como es público, y como lo denunció el sindicato Solidaridad, los sectores más privilegiados abrían cuentas bancarias y adquirían grandes propiedades en Occidente. Dos ex ministros, denunciados como “chivos emisarios” de esta situación, prefirieron recientemente suicidarse antes que presentarse al juzgado para responder a las acusaciones de “corrupción”.
 
La crisis agraria
 
Uno de los rubros fundamentales en el déficit de comercio exterior y en el alto costo de la industria es el de los productos alimenticios, que están subordinados por el Estado (pues de lo contrario se encontrarían fuera del alcance de los trabajadores). Los planes de la década del 70 también han hecho agua por este lado. Las importaciones masivas de cereales fueron sistemáticas y crecientes: en 1978 alcanzaron 8 millones de toneladas (equivalentes al 40 por ciento de la producción polaca). Por el lado de la carne, el plan preveía una tropa de 15 millones y medio de cabezas bovinas en 1980: las existencias para esa fecha eran inferiores a 13 millones (por debajo del nivel de 1974).
 
La burocracia se planteó una modernización de la agricultura que resultó en un completo fracaso. El plan incluyó la compra de maquinarias y fábricas "llave en la mano" a la firma Massey-Ferguson-Perkins. El parque de tractores pasó de 224.531 en 1971, a 573.000 en 1979. La gran mayoría de este esfuerzo fue canalizado hacia el sector agrícola estatal y cooperativo (que recibió el 66 por ciento del presupuesto agrícola estatal) que cubre sólo el 20 por ciento de las tierras cultivables. Pese a todo este esfuerzo, una gestión despilfarradora similar a la de la industria hace que en este sector, el costo de un kilo de carne sea dos veces más alto que en el sector privado (que se caracteriza por su atraso), y el de un litro de leche cuatro veces. Para cubrir este desastre intervienen los subsidios y el racionamiento: los sectores de “altos ingresos" resuelven su problema de aprovisionamiento en el “mercado libre" (donde los precios son 6 y 7 veces más altos que en las expendedoras del Estado).
 
Toda tentativa de modernización agrícola está comprometida por la extensión y estructura del sector privado. Este no sólo cubre la mayor parte de las tierras, sino que su superficie está conformada en un 30,5 por ciento por explotaciones menores de... 2 hectáreas (las de 2 a 5 son el 30,2 por ciento del resto). Esto toma imposible la utilización de maquinaria moderna en gran escala.
 
En la "base de esta crisis se encuentra la incapacidad crónica de las burocracias de los Estados Obreros para resolver la cuestión agraria, es decir, integrarla al desarrollo industrial, base de la superación del antagonismo campo-ciudad.
 
En Polonia, el período de 1947-1955 se caracterizó por tentativas de "colectivización forzosa” que terminaron en el fracaso. Luego la burocracia cambió de táctica, optando por el ahogo económico del sector privado (al que se niegan créditos, servicios sociales, jubilación, etc.). La movilización de los campesinos pobres, su organización en sindicatos y soviets, está excluida para la burocracia, cuyo dominio se basa en la liquidación de toda organización de las masas: sólo conoce los métodos de la coacción económica y física. Esto condujo al mantenimiento del sector privado, a reforzar su división (en 1950, las explotaciones de menos de dos hectáreas cubrían el 20 por ciento de la superficie, es decir, un 10 por ciento menos que treinta años después —30,5 por ciento), a despoblar el campo y a tornar a los campesinos restantes en refractarios a todo tipo de modernización. En suma, en cualquiera de sus variantes, la política de la burocracia no tía hecho sino aumentar el atraso agrario relativo. Este se constituyó en uno de los "cuellos de botella fundamentales del desarrollo económico, implicando un costo cada vez más alto de la fuerza de trabajo.
 
¿Hay un plan?
 
Todo lo dicho revela hasta qué punto —si bien la centralización estatal de los medios de producción es un hecho en Polonia— es impropio hablar de una planificación económica centralizada. En un “Informe sobre el estado de la República” elaborado por el grupo "Experiencias y Futuro" (compuesto por intelectuales del PC y católicos), dos “personalidades polacas entrevistadas, afirmaban: “En nuestro real mundo social y económico no existe una cosa como un “plan central"..-Lo que tenemos en cambio, es una amalgama heterogénea de instituciones centrales que emplean una vasta gama de standards diferentes para llegar a sus decisiones (...) No sabemos de dónde vienen las iniciativas que dan lugar a decisiones estratégicas de planeamiento, qué rol es jugado en este proceso por los miembros individuales del gobierno central, cuál es el alcance de los derechos y responsabilidades de esos componentes en la toma de tales decisiones (...) No sólo visto desde afuera, sino también desde dentro (subrayado nuestro) del gobierno central, hay una remarcable ausencia de una clara delimitación de derechos, deberes y responsabilidades entre sus componentes individuales. Los defectos son sólo admitidos oficialmente cuando salen a luz bajo la presión de conflictos entre el gobierno y la sociedad (...) El centro no quiere o no puede regular claramente sus propias relaciones internas (...) Literalmente cada elemento de nuestro sistema de gestión está enfermo. El plan no parece continuar llamándose plan, la coordinación es imposible, y es completamente ilusorio creer que es posible vigilar el cumplimiento de los planes" (14). La situación de la producción industrial y agraria polaca arriba descripta, se encuentra aquí condensada en la versión de estos “personajes”. En cuanto a la comercialización, basta señalar que una encuesta oficial del gobierno polaco, en 1979, constató que una tienda de alimentos sobre 4, y una tienda de artículos durables sobre 3, practicaban la venta “bajo el mostrador”, es decir, la existencia de un verdadero sistema de “desvío” de los productos subvencionados (en realidad la proporción es mayor). El “plan”, bajo la gestión burocrática, independiente del control de las masas, está mucho más próximo de la anarquía capitalista que de una planificación centralizada de la economía.
 
La burocracia stalinista: parásito del Estado Obrero
 
El resultado de la anarquía y el aventurerismo propios de la gestión burocrática no sólo fue la actual catástrofe económica, sino el reforzamiento de la vulnerabilidad y dependencia de la economía polaca respecto del imperialismo. Por un lado la fabulosa deuda externa, que dota al imperialismo de un instrumento de presión y de control, por encima del monopolio del comercio exterior y de la propiedad estatal de los medios de producción. Por otro, la necesidad imperiosa de mercados exteriores lleva a la industria polaca a realizar “acuerdos de cooperación con monopolios occidentales. “Esos acuerdos proveen el suministro de fábricas, de equipos, de procedimientos, de asistencia técnica y aún de comercialización sobre terceros mercados —contra reembolso en forma de productos”(15). Tal tipo de acuerdos existen en casi todas las ramas industriales polacas, que se van convirtiendo de este modo, al mejor estilo semicolonial, en verdaderos subcontratistas de los grandes monopolios capitalistas.
 
 “industrialización autárquica" en el cuadro del COMECON y del burocratismo, la integración al mercado mundial apareció como la única salida para el desarrollo de las fuerzas productivas. Ahora bien, la estructura del COMECON (esa especie de "socialismo en una sola región" de la burocracia del Kremlin), con sus acuerdos de especialización regional, se reveló contradictoria con la integración al mercado mundial. La baja productividad y la obsolescencia de la industria polaca se puso de relieve en competencia con la potencia industrial imperialista. El viejo análisis de Trotsky para la URSS confirmó su plena actualidad: La diferencia entre los precios internos y los del mercado mundial constituye uno de los índices más importantes de la relación de fuerzas. (...) A despecho de su marasmo y de su estancamiento, el capitalismo posee aún una enorme superioridad en la técnica, la organización y en la cultura del trabajo (...) La técnica moderna se encuentra lejos de dar en la URSS los mismos resultados que en su patria capitalista (...) Todo esto se expresa, ahora, en precios de costo muy elevados para una producción de baja calidad” (16). Un poderoso factor suplementario de deformación es la carrera armamentista impuesta por el imperialismo (¡las bendiciones de la “coexistencia pacífica Y), a la que los Estados Obreros deben consagrar un porcentaje muy superior de su producto nacional que el que consagran las potencias capitalistas (17).
 
La crisis económica en Polonia expresa ante todo la contradicción alcanzada por el desarrollo de las fuerzas productivas, impulsadas por la estatización de los medios de producción, y su superestructura: las relaciones de producción adulteradas por el dominio de una burocracia privilegiada, que se ha emancipado del control de los trabajadores. Tal contradicción plantea la incompatibilidad entre esa burocracia parasitaria y la sociedad. Ello se expresa en la extrema desigualdad social a la que llegó un país supuestamente basado en el igualitarismo. En el “Informe...” polaco ya mencionado se lee: “la percepción por la sociedad de esta situación es tan real como si fuera de la existencia de clases sociales". El mismo texto concluía que, en las condiciones de crisis económica y social creadas, “la caída en el standard de vida que se esperaba para los próximos dos o tres años puede llegar a superar todos los límites del poder público de resistencia psicológica” (18) (el “Informe” es de principios de 1980). Así fue, y antes de lo que los autores del texto esperaban...
 
La preparación del verano polaco
 
De 1976 a 1980 se produce un intenso fortalecimiento del movimiento obrero independiente, y de la resistencia de todas las capas de la población contra la burocracia, que recoge la experiencia de todas las luchas anteriores.
 
En 1976 nace el KOR -Comité de Defensa de los Obreros- que agrupa a viejos militantes antiburocráticos en su inicio. Su acción intenta ordenar la lucha, hasta entonces desarticulada, de la clase obrera contra la burocracia. Editan un periódico clandestino -“Robotnik" (El Obrero)-que luego de modestos comienzos, llegará a distribuir 40.000 ejemplares en los meses previos a las huelgas de agosto. Alrededor del periódico se establece un sistema de corresponsales obreros, con el fin de informar sobre la situación del conjunto de la clase obrera. El KOR intenta superar el carácter espontáneo de los levantamientos anteriores: "no queme los comités del partido, construya sus propios comités”, es la consigna, que será adoptada masivamente en 1980.
 
En el Báltico surgen también los “Comités por la fundación de sindicatos libres”. A la par de desarrollar una labor clandestina de agrupamiento de la vanguardia obrera, realizan una acción de oposición dentro de los sindicatos de la burocracia. Walesa, miembro de los “Comités”, fue delegado de los sindicatos oficiales hasta 1979, en que fue despedido.
 
Otros sectores de la población comienzan a seguir al movimiento obrero. El KOR se expande hacia las Universidades (su nombre cambia, en 1978 por el de “Comité de Autodefensa Social”). Comienza a cobrar vuelo la creación de “Universidades libres”, donde son realizados cursos paralelos (muchas veces impartidos por profesores expulsados por la burocracia). Un rol importante lo cumplen los cursos sobre historia de Polonia, donde se cuestiona el papel de la burocracia rusa en la partición de Polonia con Hitler. Se estudian aspectos de la historia polaca que han sido borrados del catecismo de la burocracia. En 1977, es creado el "Comité de Solidaridad Estudiantil" (SKS).
El propio movimiento campesino presenta signos de recomposición. Se forman núcleos en el campo (las "Universidades Campesinas”) que estudian la historia del movimiento campesino, el origen del Partido de los Campesinos Unidos (stalinista, supuesto representante del campesinado en el gobierno), y a los partidos campesinos existentes en la preguerra. Se va elaborando un programa de reivindicaciones campesinas.
 
El conjunto de los sectores oprimidos se preparan para una batalla contra la burocracia. Nuevamente, los obreros del Báltico serán los que van a abrir la compuerta a la voluntad de lucha acumulada.
 
La revolución política
 
 
Las primeras huelgas
 
En febrero de 1980, la crisis económica lleva al Congreso del PC a reformular, por tercera vez, y a estructurar el Buró Político y el gobierno. El acento en la reformulación es puesto en un “plan de austeridad” y nuevamente en la promoción de las exportaciones. El objetivo es reducir el consumo y por ende las importaciones, aumentar las exportaciones, y obtener así los fondos necesarios al pago de los servicios de la deuda externa. El primer ministro Jarosewicz es destituido y un nuevo gobierno es formado con Babiuch a la cabeza, que debe “preparar psicológicamente a la población" para las medidas de austeridad que se avecinan: un gobierno de combate contra la clase obrera. A mediados de año comienzan los grandes aumentos: el precio de la carne aumenta en un 60 por ciento, y se inauguran medidas de racionamiento.
 
Las primeras huelgas se producen en Ursus (en los suburbios de Varsovia) y Radom, pero pronto el movimiento huelguístico tiene su epicentro en Lublin, importante centro industrial de 300 mil habitantes. Allí se constituye un Comité de Huelga, y lo notable es que el movimiento tiene desde su inicio un carácter antiburocrático: no sólo se reclama la supresión de los aumentos y el racionamiento, sino también la equiparación salarial con la policía y la milicia. La burocracia intenta frenar el movimiento, que comienza a expandirse a diferentes ciudades, combinando las concesiones y la represión, y sobre todo tratando de impedir una articulación nacional de las huelgas. Varios “disidentes’ (en general, militantes del KOR, que a través de sus materiales centralizan V difunden las informaciones sobre las huelgas) son encarcelados. Al propio tiempo, las reivindicaciones salariales y el abastecimiento son satisfechas en Lublin, con lo que la huelga es levantada. La burocracia replantea entonces su vieja táctica de “recuperar” el movimiento: un 15 por ciento de los cargos sindicales son ofrecidos al Comité de Huelga de los ferroviarios de Lublin, que no sólo los rechazan, sino que imponen nuevas elecciones al sindicato oficial en las que se adjudican todos los puestos directivos (“Journal do Brasil”, 20/08/80). El movimiento de expulsión de la burocracia de las organizaciones obreras ha comenzado.
 
Hacia fines de julio, varias huelgas han sido levantadas al precio de grandes concesiones económicas (en Tczew, en la fábrica de automóviles Zoran, en la fábrica Rosa Luxemburg, etc.). Pero la onda continúa su marcha: el 29 de julio se produce una “huelga de advertencia” de los obreros del transporte en Gdansk; en la fábrica Dolmol, en Wroclaw, los obreros adoptan el pliego de reivindicaciones de Lublin: “Le Monde informa que “en las empresas de esa ciudad, los trabajadores rehúsan a los sindicatos (oficiales) el derecho a defender sus reivindicaciones” (1/8/80). Aún disperso y desarticulado, el movimiento huelguístico prosigue sin solución de continuidad, adoptando cada vez más claramente el carácter de una lucha antiburocrática, es decir, de una huelga política contra el Estado.
 
Gdansk: de la huelga a la revolución política
 
Sin embargo, a mediados de agosto, la burocracia cree, o pretende hacer creer, que ha dominado el movimiento. El 12 de agosto, Lukasowicz, secretario de Propaganda del BP, convoca a los corresponsales de la prensa extranjera para anunciarles que las “huelgas masivas” han terminado, y que sólo se registran pequeños movimientos de carácter económico. Al día siguiente es despedida de su trabajo, en los astilleros de Gdansk, Anna Valentinowicz, vieja activista y dirigente de las huelgas de julio. El 14, los 17 mil obreros de los Astilleros Lenin entran en huelga contra ese despido y por aumentos salariales, seguidos rápidamente por todas las fábricas de la ciudad y por los de la vecina ciudad de Szcezcin (donde se encuentran los Astilleros Warski, centro de las luchas de 1970). Anna Valentinowicz es reincorporada, y el día 15 Babiuch anuncia por televisión que los precios de la carne no aumentarán hasta fin de año. Pero todo este recule no alcanza para frenar el movimiento. El 16, todas las empresas de Gdansk designan delegados para un Comité Regional de Huelga (al que se adhieren las de Sczeczin), y elaboran un pliego de 21 reivindicaciones, de las que la primera es el derecho a formar sindicatos independientes, del partido stalinista y del Estado.
 
La importancia y la tradición de los astilleros del Báltico (bastiones de todas las rebeliones contra la burocracia) hacen que comience de inmediato un movimiento nacional de solidaridad en otras regiones, que adopta sus reivindicaciones. La burocracia vacila sobre la línea a seguir. Gierek, que vuelve catastróficamente de la URSS, lanza un discurso en el que distingue a los “honestos trabajadores” de los "elementos antisocialistas”. El 20, los líderes del KOR (Kuron y Michnik) son arrestados. Un negociador gubernamental (Pyka) es enviado a Gdansk, dispuesto a hacer concesiones económicas, pero negociando con cada empresa separadamente, sin reconocer al Comité de Huelga ni el derecho a los sindicatos independientes. Fracaso total: la huelga continúa unánime, y continúa extendiéndose nacionalmente: el 25 de agosto, los huelguistas eran entre 200 y 250 mil, el 27 ya suman los 500 mil. A esta altura, la división de la burocracia ya es pública: por un lado, los partidarios de la represión (con los que se embloca Gierek), por el otro, los defensores de la negociación con el Comité de Huelga, incluyendo la cuestión de los sindicatos independientes. Es esta última tesis la que triunfa: la represión no haría sino precipitar la huelga general nacional. Un nuevo negociador (Jagielski) es nombrado. De entrada tiene que retroceder: los obreros le imponen como condición para la negociación el restablecimiento de las comunicaciones telefónicas de Gdansk con el resto del país y la transmisión de las negociaciones por radio. Casi de inmediato-el 27- un acuerdo es firmado entre el Comité de Huelga y los delegados gubernamentales, el derecho a formar sindicatos independientes es reconocido.
 
En las palabras del corresponsal de “N.Y.Times” (23/11), “lo que hizo diferente la acción de los huelguistas de Gdansk fue que, en lugar de largar sus herramientas y salir del trabajo, simplemente cerraron las puerta? del astillero y esperaron para ver qué pasaba. Y lo que pasó fue que el gobierno vaciló, la prensa internacional llegó, las fábricas de todo el país cerraron en señal de solidaridad y, en un momento, los huelguistas de Gdansk iniciaron una revolución proletaria nacional”.
 
Los acuerdos de Gdansk
 
La división de la burocracia, la caída de Babiuch, durante, y la de Gierek, poco después de la huelga de Gdansk el deshechamiento de su línea represiva en medio de la huelga indican que los métodos de dominación de la burocracia han entrado en erras, que las relaciones de fuerza creadas por la huelga son incompatibles con las instituciones del Estado burocrático, que se ha iniciado, en fin, una situación revolucionaria.
 
¿Qué es lo que ha llevado a la burocracia a buscar un acuerdo? La amenaza de una huelga general nacional inmediata. En el momento previo a firmarse los Acuerdos, un 10 por ciento del proletariado polaco se encuentra en huelga. Por todas partes se eligen delegados, que intentan llegar a Gdansk para entregar su solidaridad al Comité de Huelga: la perspectiva de la formación de un Comité Nacional de Huelga está abierta. Mediante los Acuerdos, los negociadores de la burocracia pretenden llegar a un acuerdo con la dirección emergente de la huelga para que ésta llame a levantar todas las huelgas del país.
 
Pero el acuerdo entre la nueva dirección obrera y la burocracia es mucho más amplio. Junto al reconocimiento de los sindicatos independientes, se ha incluido el reconocimiento por los huelguistas del “rol dirigente del PC en el Estado”. Esto tiene el significado de que el movimiento de los obreros contra la burocracia, que comienza por la liquidación de los sindicatos oficiales, no debe plantearse la liquidación de la burocracia, es decir, que se plantea la coexistencia y la colaboración. En última instancia, la integración.
 
Esta cláusula da a los acuerdos el carácter de un verdadero “pacto social” entre la burocracia y la dirección obrera, que intenta fijar un nuevo cuadro político, caracterizado por la coexistencia de los sindicatos libres y el Estado burocrático. Esta cláusula fue seriamente resistida por la base obrera de Gdansk. Para imponerla fue necesario que se produjese una verdadera expropiación de la dirección de la huelga, a través de los “intelectuales” designados para asesorar a la nueva dirección. Estos pertenecen en su totalidad a la Iglesia, y habían cumplido o estaban cumpliendo funciones gubernamentales o parlamentarias. Llevados por el propio gobierno a Gdansk, fueron ellos quienes presionaron para la inclusión del punto. Varios delegados obreros declararon que esos “intelectuales” les usurparon el control de las negociaciones (“Jornal”, 31/8/80). La Iglesia católica operó así como bisagra para la creación de una cadena que, desde el poder burocrático hasta la dirección de Walesa -pasando por la Iglesia y los intelectuales- intenta asegurar el nuevo cuadro político.
 
La concesión a la burocracia que esta cláusula significa, se verifica en el tratamiento de otras importantes reivindicaciones en el acuerdo: el reconocimiento del derecho de huelga, del acceso de los nuevos sindicatos a los medios de comunicación y su derecho a editar sus propias publicaciones, la escala móvil de salarios, son todos postergados hasta la elaboración de leyes que los reglamenten por parte del Estado. Es decir que los nuevos sindicatos renuncian a determinar autónomamente las modalidades de su actuación.
 
La firma de los acuerdos constituye una monumental victoria de la clase obrera, pues impone a la burocracia el reconocimiento de los sindicatos independientes. Pero los acuerdos son un intento final de bloquear la revolución política y encuadrar a los nuevos sindicatos en la colaboración con el Estado -por mediación de la iglesia y su influencia sobre la nueva dirección obrera- esto en las condiciones revolucionarias abiertas por la huelga.
 
Se puede constatar que todo el enorme avance del proletariado polaco es independiente del acta de los acuerdos; las conquistas son la organización, de hecho, en los lugares de trabajo y su coordinación regional y nacional. El acuerdo va contra este movimiento, hace enormes concesiones a la burocracia y, lo que es peor, fue firmado apresuradamente, en puertas de una huelga general decisiva o, más precisamente, para evitar la huelga general” (“Política Obrera”, 30/9/80).
 
Un otro aspecto es que los Acuerdos, siendo válidos para la zona del Báltico intentan preservar una buena parte del sindicalismo oficial, sobre todo en aquellos lugares aún no tocados por la huelga. Al Pintear una tortuosa vía legal, que incluye el reconocimiento del rol dirigente” de la burocracia, intentan consagrar una especie de “sindicalismo paralelo”, que esterilizaría a los sindicatos independientes. “Algunas fuentes hablan de autonomía restricta para los sindicatos del Báltico dentro de la estructura existente, que sería ampliamente reformada. Otras fuentes afirman perentoriamente que el gobierno concordaría con la existencia de sindicatos paralelos a los oficiales desde que fuese adoptada aquella cláusula inicial (la del “rol dirigente” del PC)” (“Jornal”, cit.). Veamos qué es lo que perentoriamente ocurrió con esta línea de contención de la revolución política.
 
El desborde de los Acuerdos de Gdansk
 
"... una reforma dentro del sistema sindical comunista existente (...) cambios como ilimitadas candidaturas para el personal de los puestos bajos de los sindicatos, de modo que los hombres del Partido no tuviesen siempre garantida su reelección, como antes. Gierek ofreció exactamente eso, y no fue bastante. El acuerdo final permite a los trabajadores establecer sindicatos propios paralelos fuera del esquema de organización partidaria” (“N.Y.Times”, citado por “Jornal” 1/9/80). El movimiento con su epicentro en Gdansk hizo saltar la primera línea de contención del movimiento obrero. Una segunda etapa, de carácter nacional, cuestionará los acuerdos de Gdansk y el “paralelismo sindical”.
 
Al día siguiente de la firma de los acuerdos -el 28- los mineros de Silesia -el corazón económico del país- entran masivamente en huelga. Han adoptado las reivindicaciones de Gdansk y les han agregado 24 “propias”, entre las que se incluyen la liquidación de los sindicatos oficiales y la cesión de sus bienes a los sindicatos independientes. Los locales de los sindicatos oficiales son ocupados. La burocracia stalinista queda, de hecho, expulsada del movimiento obrero. Los mineros declararon a un corresponsal extranjero: “Queremos que se pare de mentirnos. Queremos sindicatos totalmente libres de toda injerencia y la supresión de los sindicatos oficiales aquí en las minas”. “¿Y si algunos mineros quisieran seguir siendo miembros de ellos?”. “Expresión contrariada de todos: -No hay mineros de ese tipo. Si los sindicatos oficiales continúan, eso va a permitir todo tipo de maniobras. Con sindicatos libres, podremos elegir democráticamente a los responsables, y cambiarlos cuando haga falta” (“Le Monde”, 5/9/80).
 
La posición de los mineros de Silesia demuestra la consciencia que posee el movimiento obrero del sentido de las maniobras de la burocracia. En esa actitud se concentra la experiencia de 35 años de lucha. La experiencia ha demostrado la incompatibilidad entre la burocracia y el movimiento obrero independiente: lo que corresponde es expulsar a la burocracia del movimiento obrero y de sus organizaciones. Se ha adoptado para efectivizarlo el método de la acción directa: ocupar los sindicatos significa recuperarlos para la clase obrera y proclamar la soberanía del movimiento obrero sobre sus organizaciones. En esto consiste la lección universal de los mineros de Silesia (que recuperaron sus sindicatos con los mismos métodos que los obreros de Fiat y de Villa Constitución emplearon en Argentina). El “sindicalismo paralelo” comienza a morir antes de nacer.
 
Otro punto en que los Acuerdos de Gdansk empiezan a ser superados, está contenido en otra respuesta del Comité de Huelga de Silesia al mismo corresponsal: “Y ahora, ustedes ¿van a tomar contacto con los sindicatos de Gdansk? - ¡Evidentemente! ¿Para crear una confederación de sindicatos libres? - ¡Por supuesto!"
 
Por todas partes surgen comités de huelga que barren a los sindicatos oficiales. La burocracia pierde todo punto de apoyo formal en el movimiento obrero: su presencia en él es incompatible con la organización independiente: es el comienzo de su muerte. Así lo comprende el Kremlin. En su primer pronunciamiento post Gdansk, acusa a los “líderes del movimiento” de querer quebrar los lazos del partido con la clase obrera, principal fuente de fuerza del partido y del Estado en Polonia” (“Pravda”, citado por “Jornal”, cit).
 
No es de extrañar que desde ese momento sea cuestionado el “rol dirigente” del PC. A principios de Septiembre los 18 mil obreros de Mielec no sólo reclaman, como todo eíl mundo, sindicatos independientes, sino que exigen también la renuncia del secretario del PC de su distrito (conocido represor antiobrero), y la renuncia de los 70 gerentes y subgerentes de su fábrica, a ser reemplazados por 3 directores (“Jornal” 9/9/80) se trata de un ataque directo a la casta burocrática y a su representación política. En las semanas sucesivas, ese tipo de reivindicación se extenderá nacionalmente, y colocará en diciembre a Varsovia al borde de la huelga general. La burocracia debió recular una y otra vez. Entre 20 y 30 mil funcionarios fueron destituidos en los meses sucesivos (incluidos 3 mil dirigentes partidarios): el movimiento obrero arrancó jirones enteros del aparato represivo del Estado. El “rol dirigente" de la burocracia, estipulado en los Acuerdos, fue cuestionado y desbordado en los hechos.
 
Solidaridad: organismo de doble poder
 
En Octubre, se discutió en la coordinación nacional de los nuevos sindicatos si estos debían o no estructurarse nacionalmente. Se impuso la tesis de Walesa, partidario de una estructuración sólo regional, pero se decidió demandar conjuntamente la legalización. La voluntad de la fracción dirigente de Walesa de mantenerse y reencauzar la situación hacia los A-cuerdos de Gdansk se hizo aquí patente, pero también esa política sería superada. Presentada la demanda, “al rechazar los estatutos, el tribunal alegó que los mismos no hacen ninguna referencia al papel dirigente del PC y pretenden transformar los sindicatos en organizaciones de ámbito nacional, contrariando los Acuerdos de Gdansk, que prevén apenas la creación de organizaciones locales y regionales”. La actitud del Tribunal confirmó la temprana caracterización realizada por PO de los a-cuerdos; no sólo en cuanto al carácter “regional” de los sindicatos (impedir la estructuración nacional del movimiento obrero independiente), sino que, exigiendo el absurdo que un estatuto sindical se pronuncie sobre la forma del Estado, se plantea que los sindicatos deben colocarse en una línea de subordinación a éste. Pero ambas cosas ya están superadas por el movimiento: la actitud del tribunal no logra sino radicalizarlo. Una huelga nacional por la legalización comienza a ser preparada, y a mediados de Octubre la coordinación nacional adopta el nombre de Confederación Nacional “Solidaridad”, creando de hecho lo que la burocracia quería evitar. La huelga es prevista para el 12 de Noviembre: un día antes la burocracia recula, aceptando la legalización- de Solidaridad, a cambio que ésta adjunte los acuerdos de Gdansk a los estatutos. Superados en los hechos, los acuerdos mantienen una vigencia política por el carácter de la orientación de la dirección sindical, que es de mantenerse en el statu quo con la burocracia fijado por los acuerdos.
 
La progresión de Solidaridad es fulminante: a fines de Octubre ya agrupa a 8 millones de trabajadores, en Diciembre ya agrupa a 10. La burocracia ha sido exilada de la clase obrera. Pero Solidaridad no sólo concreta la estructuración nacional de la clase obrera.
 
Entre Setiembre y Noviembre, la estructuración de un poder obrero paralelo al de la burocracia cobra un perfil definitivo. En efecto, ¿que' es un organismo basado en los comités interfabriles surgidos en plena huelga, cuyos miembros son permanentemente revocables? ¿Qué es un organismo al que, pese a ser combatido por las autoridades, se han afiliado 10 millones de personas, sobré 35 millones de habitantes (es decir, todos los trabajadores del país)? Un organismo cuya construcción se extiende a todos los sectores oprimidos: los estudiantes construyen su “Solidaridad” y los campesinos comienzan a poner en pie “Solidaridad Rural” —Solidaridad ha dividido al país en dos. ¿Qué es un organismo al cual las masas cargan de todas sus aspiraciones, principalmente de aquéllas dirigidas contra los privilegios dé la burocracia, pero también de los más pequeños problemas cotidianos? Walesa sostuvo que “sólo un tercio de las peticiones que recibimos son de carácter sindical; el resto no tiene nada que ver con las funciones del sindicato, esto se debe a que otras organizaciones no atiendan los deseos de la gente” (“Clarín”* 6/3/81), llegando a afirmar que “resolvemos incluso los problemas de las parejas en crisis” (“Corriere della Sera”, 21/2/81). La respuesta es: tal organismo es un soviet, el más amplio frente único de las masas, que tienden a sustituir las funciones estatales y a derribar al Estado presente, lo quieran o no sus dirigentes, y con independencia del mayor o menor grado de conciencia de las masas. Justamente, la existencia del soviet es una palanca para la toma de conciencia del conjunto de las masas de la necesidad de adueñarse del poder, destruyendo al Estado opresor e iniciando el proceso de extinción del Estado.
 
Para el comentarista del “Corriere": “El sindicato no puede ocuparse de todo y resolver todo. Existe un Estado, hay instituciones que deben ponerse a funcionar seriamente(..J Solidaridad no puede continuar a hacer de mamá o de hermana mayor para quienquiera que -reivindicando, descontento o inquieto- golpea a sus puertas pidiendo consejos o recetas milagrosas”. Lo que no dice es que esa parálisis del Estado y esas funciones de un organismo creado por las masas, son el índice del desarrollo de una revolución proletaria en Polonia. Y que habrá milagros, porque las masas van a buscarlos a sus propias organizaciones, y no a la Iglesia...
 
El fracaso de la represión
 
La línea conjunta de la burocracia rusa y polaca, y de la Iglesia (o sea, el imperialismo) ha sido la de asociar a la fracción dirigente de Solidaridad (Walesa) al planteo de “reforma' del Estado burocrático, operando una represión selectiva sobre el movimiento obrero para imponerle un retroceso. El “International Herald Tribune” llegó a señalar (18/11/80): “Por el momento, los intereses fundamentales de la URSS, del gobierno polaco, de los EEUU, y del pueblo polaco, coinciden”. Esta línea se simbolizó en la presencia conjunta, en la ceremonia de inauguración del monumento a los caídos en la huelga de Gdansk de 1976, de la burocracia, de la Iglesia, y Walesa. Al propio tiempo, la Iglesia lanzaba un comunicado condenando a los ‘‘elementos radicalizados” pidiendo explícitamente la cabeza del KOR. La persecución contra los dirigentes del KOR desató inmediatas huelgas en Ursus y Radom, centros obreros donde su popularidad es enorme. La reacción obrera impidió que la represión burocrática pasase del nivel de la intimidación. Al mismo tiempo, Walesa fue criticado en la dirección de Solidaridad por su excesivo compromiso con la burocracia dirigente. Todas las informaciones coinciden en que fue por presión de las bases que Solidaridad lanzó en Enero un plan de lucha hacia la huelga general, por la reivindicación de los sábados libres. La huelga general fue evitada gracias a un nuevo compromiso entre el gobierno y Walesa: 3 sábados libres cada 4 (la burocracia ofrecía inicialmente 2). Pero el compromiso no logró evitar el deterioro del gobierno: en Febrero el primer ministro Pinkowski y su gobierno son destituidos y reemplazados por el general Jaruzelski, que es saludado por Walesa, quien acepta un llamado a la tregua por 90 días.
 
La tregua es aprovechada por la burocracia rusa para plantear a Kania, en visita; a la URSS, que es necesario “revertir el curso de los acontecimientos”. El gobierno acepta estudiar una propuesta de Solidaridad: la puesta en pie de una Comisión de negociación para poner en práctica los Acuerdos de Gdansk; pero despacha las milicias en Nowy Sacz y Ustrzycki Done contra los trabajadores que ocupan edificios públicos. Exitoso el primer sondeo represivo, a mediados de Marzo, la burocracia va más allá, y reprime masivamente una asamblea de Solidaridad Rural en Bydgoszcz. La respuesta no se hace esperar: huelga general en Bydgoszcz, por la liberación de los detenidos y el castigo de los responsables, rápidamente seguida dé un movimiento nacional de Solidaridad que exige la huelga general. Está es fijada para fines de Marzo. El gobierno libera a los detenidos: la huelga general se mantiene por el castigo de los culpables.
 
Finalmente, un compromiso “in extremis” es alcanzado entre Walesa y el gobierno, que realiza vagas promesas de investigación Walesa levanta la huelga bajo su responsabilidad personal, provocando una crisis en la dirección de Solidaridad: el responsable de Gdansk, Andrzej Gwiazda, se retira dé ella,y Anna Valentinowicz es separada de su cargo en los astilleros (ambos se han opuesto a la actitud de Walesa).
 
La crisis del PC
 
Al levantamiento de la huelga general de Marzo le sobreviene una nueva tregua. Pero la posibilidad de aprovecharla para reencauzar la situación por el carril de los Acuerdos de Gdansk se viene abajo por un desarrollo que pasa a primer plano: la crisis del aparato stalinista.
Esta tiene su origen mucho antes: durante la huelga de Agosto se produjeron “fugas en masa” del PC (Silesia), y un tercio de sus militantes se afiliaron a Solidaridad. Esto último, que pudo haber sido un intento de copar los nuevos sindicatos desde adentro, se transformó en su contrario, en una infiltración del PC por Solidaridad. Comenzó entonces un proceso de destitución de responsables, de designación de dirigentes locales en elecciones democráticas, y de creación de “estructuras horizontales” de militantes, fuera del control del aparato. El proceso tuvo su punto culminante en la Conferencia “horizontal" de Torun, que reunió 700 delegados de todo el país. La “rebelión de las bases” logró imponer elecciones con lista abierta y escrutinio secreto, de los delegados al próximo Congreso. Ninguno de los sectores envueltos en la crisis plantea (que se sepa), un programa cabalmente antiburocrático (por un gobierno de los Consejos Obreros). Antes bien, uno de los dirigentes “reformadores” (Lamentowicz) declaró que se proponen incluso preservar una parte del aparato dirigente, por razones de “credibilidad externa”. Es sobre esto que se apoya la fracción llamada “liberal” de la dirección del PC (Kania, Rakowski, Barcickowski) para maniobrar frente a la rebelión, haciendo concesiones para evitar una escisión, e incluso utilizándola contra los sectores “duros” partidarios de una represión a ultranza. Varios dirigentes (incluso del sector “liberal” como Barcickowski) están encontrando dificultades para hacerse elegir delegados al Congreso. El problema consiste en que el partido stalinista es incompatible con cualquier clase de democracia, cuestiones como los privilegios y prebendas de la alta burocracia, las relaciones con la URSS, etc, no pueden estar sujetas a ningún “control democrático” del aparato por su base. Así lo entiende el Kremlin, que ha pedido la postergación sine die del Congreso, sin éxito. Una fracción minúscula le hizo eco en un forum de la ciudad de Katowice, siendo repudiada por 91 de los 97 delegados al Congreso de esa zona.
 
La crisis no se ha desarrollado aún a fondo: lo que es seguro es que la imposible democratización del PC lo lleve hacia una crisis mayor, que puede provocar su estallido. Esto, junto con el fortalecimiento de Solidaridad, expresado en la realización de elecciones internas hacia su primer congreso, termine de socavar las bases sobre las que se asientan los Acuerdos de Gdansk Un nuevo movimiento de fuerza de los trabajadores pondrá de relieve la irrealidad del planteo de coexistencia de los sindicatos independientes y el Estado burocrático.
 
Las posiciones de las tendencias de Solidaridad
 
“La Iglesia perdió desde Septiembre el monopolio del contrapoder” -afirmó “Le Monde” (10/2). La afirmación es correcta si por contrapoder se entiende el contrapeso que la Iglesia ejercía (por cuenta del imperialismo) desde dentro del propio Estado burocrático, a través de su propia capacidad de manipulación, su grupo parlamentario, y otras formas de colaboración con la burocracia (como el grupo “Experiencia y Futuro” montado de concierto por la Iglesia y los sectores “liberales” de la burocracia). Para tallarse una posición en la nueva situación, la Iglesia rodeo de asesores a la nueva dirección sindical -la fracción católica de Walesa. Sus altos dignatarios (incluido el Papa)llegaron a intervenir directamente sobre ella en los momentos críticos, ante la amenaza de desbordes. La constante de la actitud de la Iglesia ha sido la defensa del Estado burocrático y de sus “alianzas internacionales” (“Un contexto geopolítico que debemos aceptar”, señaló el Episcopado polaco). Su presión sobre la dirección de Walesa se reflejó, desde la firma de los acuerdos de Gdansk, en el esfuerzo de éste por limitar al movimiento toda vez que se pusiese en peligro el poder burocrático, tratando de mantenerlo dentro del marco fijado por los Acuerdos (y pese a que la mayoría de las reivindicaciones acordadas por los Acuerdos no tienen ni viso de ser concretadas a la brevedad). Esto lo ha llevado a un compromiso cada vez más estrecho con la burocracia, que alcanzó su punto máximo en el levantamiento inconsulto de la huelga general de fines de Marzo.
 
La oposición propiamente' política a la burocracia se agrupa en el KOR. Este surgió, en 1976, a partir de la iniciativa de un sector de intelectuales más o menos marginados por el régimen, y se constituyó como "Comité de Defensa de los Obreros”. Desde entonces desarrolló una vasta actividad antiburocrática, en defensa de los obreros perseguidos y despedidos, editando el periódico “Robotnik” de informaciones sobre el movimiento obrero (y que llegó a tirar clandestinamente más de 40 mil ejemplares), organizando las “universidades paralelas”, etc. Si bien desde ese entonces se situó en una perspectiva de “reformar al Estado”, “rodearlo de instituciones libres”, la actividad de ayuda práctica a todo movimiento obrero que desarrolló fue altamente progresiva. El KOR organizó a la vanguardia obrera a escala nacional a través de un sistema de corresponsales de “Robotnik” (y que después jugaron un rol destacado en la huelga); fueron sus publicaciones las que popularizaron la consigna de “sindicatos libres”; desarrolló una tarea de organización tendiente a superar el carácter espontáneo de muchos levantamientos antiburocráticos. Cuando estallan las huelgas, el KOR planteó un plan de organización llamando a construir sindicatos libres donde fuese posible, y núcleos de oposición sindical donde la vanguardia obrera fuera más débil. Sus publicaciones fueron en ese momento un elemento fundamental de difusión nacional de la información. La labor del KOR fue un elemento clave de la recomposición independiente del movimiento obrero polaco.
 
El estallido de la revolución obligó al KOR -por la heterogeneidad de su composición- a precisar su programa político. El KOR -y esto lo diferencia de Walesa- elaboró un planteo de conjunto de superación de la crisis, que preserve al poder del PC (intocable para el KOR, por razones de “seguridad nacional”, o sea, invasión rusa). Kuron resumió este planteo adjudicando al PC las funciones de “seguridad interna y externa, dirección del Ejército y la policía”, todo ello controlado por “tribunales independientes”, y coexistiendo con una “democracia por abajo”, en la que unos “consejos de empresa” a crearse se encargarían de la autogestión de las empresas, mientras Solidaridad quedaría confinada a funciones sindicales. Kuron definió este planteo como exactamente opuesto a una revolución, es decir, al derrocamiento de la burocracia; más aún, señaló que su efectivización implica “ponerle límites a la dinámica del movimiento”.
 
Ahora bien, este planteo significa en primer lugar dejar en manos de la burocracia todos los elementos para aplastar a los sindicatos independientes —y a los “tribunales” y todo el resto- ya sea a través de una represión interna, o llamando al Pacto de Varsovia (“seguridad exterior”). Que está dispuesta a hacerlo, el KOR lo sabe en carne propia, y lo reconoce al sostener la necesidad de evitar (autolimitándose) una invasión. Pero más importante que lo ilógico del planteo es su función política. Kuron reconoce implícitamente el carácter soviético de Solidaridad (“excede sus funciones sindicales, pues es la cabeza de puente de la organización de la sociedad”, declaró en “Inprecor”, Febrero 81). Son esas funciones las que el KOR se propone dividir -los “tribunales” y “consejos” cumplirían funciones que hoy son espontáneamente cubiertas por Solidaridad- liquidando el carácter soviético de Solidaridad, es decir, su función de poder paralelo al de la burocracia. Así, la “democracia por abajo” del KOR, que volvería "inocuo” (a través de los “controles”) el poder burocrático, deja en realidad a éste como el único poder existente, y desarma a los trabajadores para enfrentarlo. Sindicatos, tribunales y consejos, quedarían sujetos al arbitrio de la burocracia.
 
El planteo del KOR no es, pues, un reflejo deformado de la revolución política, sino antirevolucionario, y un factor de confusión del movimiento obrero. Su actitud política más reciente lo confirma: también él se ha subordinado a los Acuerdos de Gdansk (Kuron llegó a definirlos como un "compromiso histórico” entre la clase obrera y la burocracia —“Le Monde , 29/11/80), y ha jugado un rol activo en "poner límites" al movimiento: fue un "factor clave” (“Jornal”, 1/4) en el levantamiento inconsulto de la huelga general de Marzo, colaborando con la incipientemente desgastada autoridad de Walesa. En las condiciones revolucionarias, el planteo reformista ha perdido toda virtud progresiva.
 
Lo notable es que el propio Kuron ha reconocido la inviabilidad de su planteo en la situación actual. "Todo este programa estalló en pedazos porque una revolución ha comenzado en el partido” -declaró (Intercontinental Press, 25/5/81)- “revolución” a la que el KOR se opuso permanentemente (“la peste democrática no debe invadir el partido”, había declarado su compañero Modzelewski, ex vocero oficial de Solidaridad, “Inprecor”, Febrero). Ante la evidencia del descalabro de los Acuerdos de Gdansk, Kuron añadió: “autolimitar la revolución pudo haber sido posible. Pero ahora no sabemos... qué hacer”. ¿Hacia dónde irá el KOR en la próxima etapa? La vía más peligrosa la abre el declarado antimarxismo de muchos de sus miembros, y su defensa estratégica de la "democracia parlamentaria”. Esto último significa que el KOR, que aglutinó a los elementos pequeño burgueses marginados por la burocracia, considera como la fuerza fundamental para la "reforma" del estado polaco al capitalismo occidental (en el que la democracia parlamentaria es sólo el lujo de un puñado de países imperialistas). El planteo del KOR acaba en una convergencia con el imperialismo. Por añadidura, esto significa también una negación de la democracia (tarea incumplida del desarrollo histórico de Polonia, y que la burocracia fue incapaz de resolver); la perspectiva del imperialismo para Polonia y Europa Oriental no es la instauración de la democracia, sino la recolonización (y en este momento, el apoyo a la burocracia para evitar la revolución).
 
Sólo el derrocamiento de la burocracia abre la perspectiva de la obtención de la democracia en Polonia. Pero la abre en un nivel superior al de la revolución democrática: se tratará de una democracia soviética, que aceptará al pluralismo político basado en un régimen de Consejos Obreros. Pero el primer paso hacia esa única democracia posible en Polonia es la toma del poder por Solidaridad.
 
La salida del imperialismo y la burocracia
 
En el curso de la crisis actual, la deuda externa polaca aumentó de 20 a 25 mil millones de dólares. El imperialismo salió al rescate del régimen polaco, concediéndole más préstamos. En primer lugar, su objetivo es evitar el agujero en el mercado financiero internacional que provocaría un colapso de un régimen tan endeudado (si se decretase, por ejemplo, una moratoria de la deuda externa). Esta es una de las razones por las que el imperialismo se ha venido oponiendo a una invasión rusa: "los eurobanqueros prefieren ni pensar en eso porque las consecuencias sobre el escenario financiero internacional serían incalculables. No se pueden borrar de un golpe de varita mágica 23 billones de dólares” (“Le Monde”, 5/4/81).
 
Su objetivo de fondo (y sobre él hay entablada una disputa entre diferentes sectores imperialistas) es proceder a un desmantelamiento de los mecanismos de defensa del Estado Obrero, obteniendo palancas de control sobre su economía, hipotecando sus recursos, y preparando el terreno para una recolonización imperialista. Gran parte de los préstamos han sido concedidos para financiar exportaciones de materias primas (especialmente carbón, cuyas minas polacas son objeto de la codicia imperialista en este período de alza de los precios de los combustibles). Los préstamos son condicionados a un derecho creciente de control para el imperialismo, y a un plan económico de progresivo desmantelamiento de la centralización económica, consentido por la burocracia. "J.Y. Haberer, director del Tesoro francés, ha sido encargado de recoger de los polacos las informaciones necesarias para permitir a los acreedores juzgar el programa de recuperación de ese país. Los expertos polacos están estudiando los modelos húngaro y yugoslavo que dejan a los mecanismos del mercado un rol más importante en la vida económica que la que había sucedido hasta el presente en Polonia. Los países acreedores han tomado conocimiento de las intenciones del gobierno de Varsovia y han quedado favorablemente impresionados por la amplitud del esfuerzo que los dirigentes polacos tienen la intención de llevar adelante para reencauzar los negocios. (...) Las autoridades polacas aseguran que en los próximos años van a orientar sus inversiones hacia las actividades exportadoras, lo que implica un esfuerzo para restringir aunque sea relativamente el consumo interno” (“Le Monde", 27/2/81).
 
El proyecto de "reforma económica” que sería presentada al próximo Congreso del PC polaco refleja toda esta presión imperialista y la adaptación de la burocracia. El acento está puesto en la paulatina liquidación de la economía planificada. Propone "acrecentar el rol de los bancos, llamados a favorecer por su intervención la racionalización y rentabilización de las industrias (...) de plantear a cierto plazo la convertibilidad del zloty (moneda polaca)” (“Le Monde”, 13/1). Es un plan de reforzamiento de la penetración capitalista, a través del ingreso del zloty al área monetaria capitalista, que precedería al de Polonia al Fondo Monetario Internacional (como ya es el caso de Yugoslavia). El mismo “Le Monde” 'Comenta que esta “reforma” depende “de una modificación profunda de la estructura de los precios de consumo. Las explosiones sociales de 1956, 1970, 1976 y 1980 han sido todas provocadas por medidas de aumentos de precios, y es poco probable, en el clima que se desarrolla, que una cuarta tentativa sea mejor aceptada'.’ Es por ello que el primer objetivo común del imperialismo y la burocracia es imponer una derrota a Solidaridad y un reflujo al movimiento obrero. En ocasión de la lucha por los “sábados libres”, otro vocero imperialista ( el “International Herald Tribune”, 11/1/81) señaló que "Solidaridad, y todos los obreros y campesinos polacos, deben entender hasta qué punto sus intereses son inseparables de la recuperación polaca (...) el costo anual de la deuda polaca es de 6 billones de dólares. Polonia no está en situación de aminorar su producción y de aumentar la inflación, que es lo que una semana laboral más corta va ciertamente a provocar".
 
La Iglesia, que representa directamente al imperialismo, a-provecha la crisis para acrecentar su rol de arbitraje, aunque unida a la burocracia en evitar un derrumbamiento del Estado y en contener al movimiento obrero. La perspectiva de restauración capitalista se va pavimentando con la creciente dependencia de la economía polaca respecto al capital financiero, y de su régimen político respecto de la Iglesia. Es justamente en la medida que considera que este proceso no está agotado, que el imperialismo se opone a una invasión de la URSS. El enemigo común de ambos es, sin embargo, la revolución política de los obreros por lo que para el imperialismo una eventual invasión sería finalmente un “mal menor” frente al triunfo de la revolución, que no sólo abatiría a la burocracia sino que cortaría de raíz los proyectos restauracionistas.
 
La burocracia del Kremlin presiona para que el POUP utilice los órganos represivos del Estado contra el movimiento obrero. Ha venido denunciando a “Solidaridad” como organización “antisocialista”, y ha hecho la apología del Ejército polaco como el único sector que no se dejó ganar por la “agitación”. Últimamente, una fracción pro URSS se ha manifestado abiertamente en el POUP: reunida en un “forum” en Katowice, reclamó al Estado medidas represivas contra los “elementos antisocialistas”, y criticó a su dirección por sus vacilaciones en aplicarlas. Esto revela que las posiciones del Kremlin son de crisis y retroceso: sus orientaciones por momentos, ya no se expresan directamente a través de la dirección del POUP, a la que en su momento aprobó en la búsqueda de una conciliación con la nueva dirección sindical. Como la perspectiva de superar la crisis por los propios recursos del Estado polaco (que se encuentra quebrado) es más que dudosa ("The Economist” -11/4- señaló que es muy difícil que el Ejército no se quiebre por la acción de Solidaridad) el Kremlin también prepara activamente -con las maniobras del Pacto de Varsovia y la presencia de unidades del Ejército Rojo en Polonia- el dispositivo militar de la invasión.
 
Crisis del orden contrarrevolucionario internacional
 
El órgano imperialista citado más arriba manifestó una amable comprensión de los problemas provocados al Kremlin por la revolución polaca: "El dilema que tiene por delante Brezhnev es horrible (...) Si Rusia invade Polonia, quizá encuentre que ha cambiado la relativamente pasiva Europa del Este de 1945-1981, por una Europa del Este con un centro encendido en Polonia”. Es que la revolución política ha estallado en el marco de una creciente recomposición del movimiento obrero de Europa Oriental y de una tendencia a la desestabilización de los regímenes burocráticos. A principios de año, fueron señaladas huelgas de transporte en algunas ciudades húngaras. En Rumania, el último congreso del PC resolvió proceder a una reforma de la estructura de los sindicatos, medida preventiva para evitar un “contagio polaco” (los últimos dos años hubo huelgas mineras en ese país). En Yugoslavia, el régimen tuvo que reprimir una revuelta en la provincia de Kossovo, que fue cerrada para los visitantes. La agitación parece ganar a la propia URSS, donde grupos “disidentes” organizados difunden los acontecimientos polacos, y donde han sido señaladas movilizaciones en Ucrania.
 
Lo que el imperialismo teme, es que el orden político y militar impuesto por la URSS en Europa Oriental está siendo fisurado, no como producto de su penetración en la región —en la línea de los acuerdos de Bonn, Varsovia y Helsinski— sino por la irrupción revolucionaria de los trabajadores. En los A-cuerdos de Helsinki (1975), el imperialismo le arrancó a la burocracia la concesión de la “libre circulación de las mercancías y los capitales entre el Este y el Oeste, lo que es un arma para derribar el monopolio del comercio exterior como mecanismo de defensa de los Estados Obreros. En medio de la revolución política, en cambio, los aliados del imperialismo han llamado a respetar el contexto geopolítico” y las “alianzas internacionales” de Polonia (o sea, el Pacto de Varsovia), lo que significa que la “libre circulación” no se extiende al movimiento obrero independiente, que debe continuar aplastado por los regímenes burocráticos.
 
La revolución obrera en Polonia no sólo es una palanca para el desarrollo revolucionario en Europa del Este y la URSS. También es un punto de apoyo para la revolución en Europa Occidental, cuyo proletariado se encuentra maniatado por las burocracias socialdemócrata y stalinista. Recientemente, los obreros de la Fiat italiana condenaron la conducta capituladora de la dirección sindical (del PC) al grito de Danzica!” (Gdansk). El desarrollo de la revolución política plantea la liquidación de la división artificial del proletariado europeo operada con los acuerdos de Yalta (1945), en los que el imperialismo y la burocracia se dividieron Europa en áreas de influencia, colaborando para evitar el estallido de revoluciones proletarias en la inmediata postguerra.
 
La dirección de Solidaridad invoca el peligro de invasión rusa para plantear el “respeto de las alianzas internacionales” (punto incluido en los Acuerdos de Gdansk). El KOR la señala como el motivo por el cual el movimiento debe “autolimitarse”. ¡Cómo si una autolimitación que se impusiese el movimiento obrero para no atacar los intereses del Kremlin significara automáticamente una “autolimitación” del Kremlin para no atacar al movimiento obrero! Checoslovaquia en 1968 probó que no es la búsquedas de un statu quo con la URSS lo que va a impedir una invasión.
 
Ninguna revolución en la historia se ha detenido ante el peligro de una invasión exterior. Lo que está planteado para la revolución polaca es la ruptura con el Pacto de Varsovia, y la extensión de la revolución, al Este y al Oeste, como el verdadero programa de su defensa militar. Una dirección revolucionaria debe plantear desde ya este objetivo. A la convergencia del imperialismo y la burocracia, es necesario oponer la unidad de todo el proletariado de Europa Oriental y Occidental, bajo el programa de los Estados Unidos Socialistas de Europa, retomando la vieja tradición bolchevique abandonada por el stalinismo.
 
10/7/81
 
 
Aldo Ramírez (militante de Política Obrera)

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