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“O Brasil pos-milagro”

Por Mario dos Santos
El libro que aquí comentamos apareció algunos meses atrás, acompañando la “rentrée” política de su autor. Celso Furtado fue el Ministro de Planeamiento en el gobierno de Joao Goulart; luego del golpe militar de 1964, que proscribió sus derechos políticos, se dedicó fundamentalmente a la actividad académica en universidades americanas y europeas. Ahora se ha afiliado al PMDB, por el cual se lanzará como candidato en las próximas elecciones de 1982. En este contexto, su última obra tiene un propósito político bien claro; de entrada el propio autor nos indica que pretende “sugerir líneas de acción para rescatar al país del enmarañado al que lo llevó una práctica política que se niega a ver problemas estructurales” (pág. 15). Se trata, por lo tanto, de una propuesta alternativa frente a la crisis del régimen militar vigente.
 
El libro está dividido en tres partes. La primera, concentrada en el análisis de la política económica reciente, culmina con un planteo global sobre los "desafíos para la década del 80” y el “esbozo de una estrategia”. La segunda, está dedicada a las vicisitudes del actual “cuadro internacional” y la tercera está volcada al análisis del atrasado y miserable Nordeste brasileño.
 
En un reciente reportaje Furtado señalaba que el país "se encuentra administrado por la deuda externa en lugar de administrarla”. Es también un resumen de la caracterización central del libro, cuyo planteamiento básico es que "las deformaciones del Estado brasileño actual son, en lo esencial, reflejo de la subordinación de ese Estado a la lógica de un estilo de desarrollo que patrocinan las empresas transnacionales y sirve a una minoría de la población” (pág.
76). De ahí que el objetivo central de una estrategia alternativa a la actual sería -según las palabras del autor- el de “restituir al Estado autonomía de acción y eficacia en lo que respecta a los instrumentos clásicos de política económica en el campo fiscal, en el monetario y crediticio, y en el cambiado” (pág. 77). Para esto "el primer estadio de la acción política debería concentrarse en un esfuerzo por desendeudar al estado de intereses y grupos (...) y someterlo al control de la sociedad” (ídem). De qué manera podría alcanzarse tal objetivo el libro no nos lo informa; lo que nos indica son apenas líneas de acción que debería encarar un Estado como el propuesto. Estas pueden ser resumidas en tres puntos básicos: a) elevar la tasa de ahorro para la inversión productiva, desestimulando el crédito para el consumo de bienes durables (automóviles, electrodomésticos, etc.); b) renegociar la deuda externa; c) transferir recursos hacia la agricultura para elevar su productividad y promover la descentralización industrial con vistas a eliminar las disparidades regionales.
 
El objetivo central de esta política sería el de avanzar en la industrialización del país, para lo cual Furtado estima como punto clave su orientación hacia los mercados externos para conseguir lo que se denomina “economías de escala”. Consiente del proteccionismo reinante en los principales mercados y de la impasse generalizada del capitalismo a nivel mundial, Furtado postula que no existe otra solución que buscar “nuevas formas de cooperación” "entre el Tercer Mundo” y los “países capitalistas avanzados”, de los cuales surgirá “el embrión de la estructura de poder que finalmente disciplinará el proceso de interdependencia al que están condenados todos los pueblos, como condición de sobrevivencia” (pág. 114). El remate del razonamiento concluye, así, con una expresión de deseos.
La esencia del libro consiste en plantear como alternativa a la dictadura y su política de miseria para la mayoría nacional, otra vía de desarrollo capitalista. Por esto habla del “estilo” de desarrollo patrocinado por las transnacionales: no se refiere al capitalismo como tal sino a lo que entiende como una de sus variantes. Para Furtado existiría otro estilo capitalista que "homogeniza los patrones de consumo” y permitiría reducir los desequilibrios sociales. Sería el estilo de los países capitalistas desarrollados e inclusive del propio Brasil en la época del gobierno desarrollista de Kubitschek (1955-60), cuando se procuró compatibilizar el ingreso de capital extranjero con un cierto disciplinamiento del mismo y con políticas estatales de desarrollo industrial. Furtado no explicita esto último pero surge claramente del tono apologético con el cual se refiere a este período. En cambio, el entreguismo del gobierno actual a las transnacionales impediría —en los términos de Furtado- que el Estado maneje cualquier variable de política económica en favor de un desarrollo más equilibrado Este eje del planteamiento de Furtado es doblemente falso. En primer lugar no es cierto que el capitalismo adelantado tienda a homogeneizar los patrones de consumo. En la actualidad, por ejemplo, en los países más desarrollados del capitalismo occidental el 10 por ciento más rico de la población detenta un porcentaje de la renta similar al del 60 por ciento más pobre, según las informaciones del Banco Mundial. Por otra parte, la tendencia manifiesta del capital es la dirigida a profundizar la tasa de explotación de la clase obrera en los propios países metropolitanos, tendencia que se materializa en el presente en la búsqueda sistemática de ajustes de salarios por debajo de la inflación y del aumento de la productividad del trabajo, en el alcance monstruoso del desempleo (25 millones de trabajadores) y en el ataque en toda la línea al llamado salario “indirecto” (sistema previsional, beneficios y seguros sociales, etc.). Que el movimiento sindical y el desarrollo histórico de la lucha obrera en estos países ponga un límite a la explotación capitalista no debe acreditarse en la cuenta del desarrollo del capital sino en el de los explotados por el mismo.
En segundo lugar, el sistema capitalista es una poderosa realidad mundial y, por lo tanto, la capacidad de los países imperialistas en tolerar un mejor nivel de vida de sus trabajadores está asociado a su misma capacidad por oprimir y someter a los pueblos de las naciones periféricas. Desde el punto de vista del conjunto del sistema la tendencia del capital no es a “homogeneizar” sino a “heterogeneizar” los patrones de consumo y a polarizar los desequilibrios sociales.
 
Aunque carezca de rigor, la oposición entre un capitalismo bueno y otro malo es necesario al análisis de Furtado, cuyo propósito es plantear una alternativa capitalista "nacional”. En este sentido el autor retoma, en lo esencial, los planteos del moderado nacionalismo que caracterizaron su propia gestión gubernamental, aunque no existe en todo el trabajo ningún balance al respecto, por lo que no se discute la viabilidad de las propuestas formuladas en la actualidad. Por otro lado, todo esto se presenta de una forma mistificada, es decir, como una lucha por someter al "Estado al control de la sociedad y desendeudarlo de intereses de grupos”. Como si el propio Estado -en general- fuera un organismo neutro y como si el Estado brasileño -en concreto- no fuera, además, un Estado dictatorial. Pero justamente, una de las características reiteradas del pensamiento político burgués es la de presentar al Estado como un atributo general de la sociedad para ocultar su específico carácter clasista.
 
Impasse de la burguesía
 
Furtado denuncia que las tendencias propias del desarrollo del país bajo el dominio de las "transnacionales" conduce a la superexplotación de las masas y a una depredación brutal del medio ambiente. Sin embargo, a esto opone un nacionalismo de intenciones pero ninguna propuesta nacionalista real. Así, en todo el libro, no se propone ninguna medida de ataque al capital externo -expropiación de los grandes truts, estatización del comercio exterior, etc. — y todas las sugerencias de Furtado -aumento de la tasa de ahorro, desarrollo tecnológico, más exportaciones— son “líneas de acción” que giran absolutamente en el aire. Furtado revela, en esto, toda la impasse de sectores de la burguesía nativa que se halla endeudada hasta el cuello y se limita a pedir modificaciones tibias de política económica destinadas a disputar algunas migajas de la plusvalía obtenida por el capital extranjero en el país. Furtado expresa este impasse en el plano teórico, negándose a considerar al capital extranjero como expresión de una relación social: el imperialismo, o sea, la opresión económica y política de la mayoría nacional. Por esto no menciona la palabra imperialismo y habla de "estilo de desarrollo de las multinacionales” como si se tratara apenas de un problema de "empresas” y de un arreglo comercial.
 
Existe en todo esto también un elemento utópico, la pretensión de corregir y disciplinar al capital extranjero sobre la base de nuevas "formas de cooperación”. Esto aparece con más claridad en el capítulo sobre el "cuadro internacional” donde Furtado retoma los planteos básicos del "Informe Brandt” (ver "Crítica de Libros” en "Internacionalismo” Nro. 3): los impasses del mundo capitalista deben resolverse en la mesa de negociaciones, convenciendo a los grandes monopolios y a las metrópolis imperialistas que es de su propio interés ayudar a la periferia atrasada a industrializarse y resolver los desequilibrios sociales que conducen a explosiones revolucionarias de los explotados. Como si la conciencia del estallido bastase para eliminarlo, como si con buenas intenciones pudiera anularse la lógica propia del desarrollo del capital: la explotación del trabajo humano, la profundización de las diferencias de productividad entre sectores y naciones para obtener superbeneficios, la depredación ecológica al servicio del lucro privado optimizado, la barbarie bélica como válvula de escape a las dificultades de valorización del propio capital.
 
La lógica del nacionalismo... o de la adaptación
 
Para Furtado el dato fundamental que explica el desarrollo social en los países avanzados es "la fuerte creación de empleo en el sector industrial, donde se concentraba el aumento de la productividad física, que permitió a la masa asalariada ganar la fuerza necesaria para pesar en la estructura de poder" (pág. 69). Ya, “en las sociedades de industrialización tardía, como es el caso brasileño, se presenta un cuadro diverso... el núcleo de trabajadores industriales no tiene la misma función de liderazgo en la organización del conjunto de la masa trabajadora, la masa asalariada fuera de la industria crece con gran rapidez y se mantiene ampliamente mayoritaria” (ídem). Así, las conquistas obreras no se generalizan, la mayoría nacional subsiste en un cuadro de marginalidad en sectores económicos atrasados porque "la lucha de clases dentro del sistema económico tiende a permanecer circunscripta, sin poder de irradiación” (pág. 74). Conclusión: en el Brasil "el papel de la lucha de clases será más modesta (que en los países avanzados), lo que exige nuevas formas de acción política, si se pretende que las estructuras sociales evolucionen en el sentido de una amplia mejoría de las condiciones de vida de las masas de la población trabajadora” (ídem).
 
Ahora bien, esta especie de antagonismo que Furtado postula entre "lucha de clases” y "acción política" carece completamente de rigor. La lucha de clases es esencialmente lucha y acción política. Implícitamente Furtado identifica lucha de clases con lucha sindical, sindicatos desarrollados y la capacidad de la sociedad burguesa para asimilar ciertas conquistas obreras. Por eso destaca la lucha de clases en los países adelantados. El fenómeno en la realidad es diferente: la capacidad de absorción de algunas reivindicaciones obreras por par te de los países imperialistas neutraliz3 la delimitación política clasista y, por tanto, la lucha de clases. Los sindicatos tienden a integrarse a la política Pura mente burguesa y los propios partidos obreros se constituyen en "gerentes de Estado burgués”. Esto es colaboración y no lucha de clases. Al revés, en los países atrasados su propia pobre base material tiende a impedir relativamente un desarrollo orgánico y estable de las políticas colaboracionistas y, por eso, la lucha de clases y las convulsiones políticas adquieren muchas veces un carácter más violento. El debate real no es entre "lucha de clases" y “acción política” porque esta formulación del problema es equivocada -ficticia-; la discusión gira en torno al contenido y a la dirección de clase de la acción política a emprender en los países dominados por el imperialismo como Brasil.
 
Dos cuestiones básicas caracterizan a estos países. En primer lugar, haber sido integrados al mercado mundial en función de los monopolios de los países avanzados. En segundo lugar, la ausencia histórica de una revolución burguesa, la inexistencia de una transformación revolucionaria de las relaciones sociales pre- capitalistas. Así, el no cumplimiento de las tareas burguesas clásicas -revolución agraria e independencia nacional- marca el atraso y los formidables desequilibrios sociales que caracteriza a las naciones oprimidas. ¿Quién puede encabezar y dirigir el proceso de liberación nacional de estas lacras? ¿La burguesía, incapaz de estimular una amplia movilización nacional, o el proletariado, separándose y delimitándose de los explotadores nativos, apoyándose en el conjunto de las masas explotadas y desarrollando la lucha de clases? ¿Cuál es la viabilidad real de los términos de esta alternativa? Esta es la forma real en la cual se ha desarrollado el debate sobre el carácter de la transformación social en los países atrasados.
 
Furtado no explícita y confunde los términos de la cuestión pero da una respuesta precisa: una acción desde arriba, desde el Estado – como el mismo afirma – que reposa en un frente amplio de “fuerzas sociales” (incluye aquí a la burguesía y habla de la necesidad de estimular la iniciativa empresarial). En este sentido, retoma el viejo planteo nacionalista de que la lucha de clases no puede desarrollarse en los países atrasados por la debilidad del proletariado, el peso del atraso, etc. La alternativa sería la de conformar un frente nacional entre explotados y explotadores nativos para el desarrollo de un verdadero capitalismo nacional. La experiencia histórica nunca confirmo esta teoría. Al contrario, en la época contemporánea, en los únicos países atrasados en los cuales se procesó una real transformación social en favor del pueblo – como Frutado postula – fue en aquellos en los cuales la lucha de clases se desarrolló en toda su plenitud hasta quebrar la “acción política” de conciliación de clases con la burguesía (China, Cuba, etc.). Otro problema es que en un cuadro de aislamiento y presiones del imperialismo estos países tengan un claro límite al desarrollo de sus propias fuerzas productivas: el socialismo nacional es tan inviable como el capitalismo nacional.
 
Las burguesías nacionales han demostrado una incapacidad congénita para dirigir los procesos de emancipación nacional de sus países atrasados por su temor histórico a ser desbordada por la insurgencia de la mayoría nacional explotada. De ahí que los movimientos nacionalistas de contenido burgués concluyan siempre en los momentos decisivos capitulando frente al imperialismo. Exactamente esta fue la experiencia del gobierno de Goulart, cuyos planteamientos políticos Furtado replantea ahora sin ningún balance crítico.
 
Furtado se refugia en fórmulas libres-cas contra la lógica propia de la lucha de clases. Representa en este sentido a toda la corriente intelectual que en el seno del PMDB brasilero pretende construir una “alternativa nacional” para los explotados, en un país en el cual la lucha de clases no tendría base para desarrollarse. El carácter concretamente reaccionario del planteo reside en que es la base teórica del trabajo de sabotaje contra el Partido de los Trabajadores -PT-. Que en el propio PT la mayoría de intelectuales y diputados se alineen detrás de variantes de las propuestas aquí analizadas indica que en sus propias filas es necesario un trabajo de clarificación por una estrategia de acción basada en la lucha de clases liderada por la clase obrera, única vía para la transformación radical de las relaciones sociales vigentes en favor de la mayoría oprimida.
 
15/12/81
 

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