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El debate sobre la democracia en Brasil

Por Mario dos Santos

Introducción

La cuestión de la democracia ocupa en el momento presente un primer plano en el panorama político brasileño. Su actualidad está determinada por la crisis del régimen militar vigente desde 1964 y por la recuperación del movimiento obrero. El país atraviesa un período de transición política y se plantea, por lo tanto, la dirección y las perspectivas que marcan la dinámica de la actual etapa. Las formulaciones en pro de la democracia, como meta del proceso político en curso, aparece -con matices y características propias— no sólo en los partidos de la oposición burguesa al gobierno militar sino también en el PT. Los ideólogos de este último provienen del viejo MDB (dividido luego de la reformulación partidaria regimentada por el gobierno en el último año) y son los autores de los documentos programáticos del partido dirigido por Lula, máximo dirigente obrero del país. Esta corriente que podríamos denominar de un modo genérico como “democratizante", detenta el dominio del pensamiento político del país y prima en la orientación que sigue la abundante mayoría de las corrientes que se reclaman del movimiento obrero y de los explotados brasileños, todas ellas ancladas en la izquierda pemedebista o en el propio PT. El camino de la democracia y del “Estado de derecho”, que se presenta como el terreno propio para el desarrollo de la sociedad en beneficio de los oprimidos en el próximo período histórico, informa, por lo tanto, la práctica política de las direcciones de la izquierda brasileña y su conducta frente a los propios planes de “aperturismo político”.

Existen dos planos en los cuales estos planteamientos deben ser considerados. El primero, referido a si la oposición combate realmente por lo que propugna, esto es, la democracia política. El segundo plano tiene que ver con el contenido de clase y con la perspectiva histórica de la democracia, en el cuadro del imperialismo y en las condiciones de un país atrasado y oprimido como Brasil.

Los ideólogos de la democracia procuran hacer pasar sus propuestas en nombre de los intereses de la clase obrera y de los explotados y-frecuentemente- como resultado de la renovación y actualización del pensamiento marxista. Por esto mismo, la construcción del partido y el programa revolucionarios en el Brasil reclama una delimitación clara de esta corriente democratizante, que es ajena al proletariado y a la doctrina que guía el combate por su emancipación, el marxismo. Tal delimitación implica tanto la crítica política e ideológica a sus planteos como la confrontación práctica, en el propio movimiento obrero y de masas, con las líneas de intervención que de aquellos se derivan. Por eso, no se trata apenas de combatir una serie de argumentos sino de caracterizar el origen y la función que cumple la corriente democratizante en el actual período que atraviesa el país. En este trabajo tomaremos como referencia los trabajos de los representantes de la izquierda del PMDB, el sociólogo Fernando Henrique Cardoso y Carlos Nelson Coutinho -“euro-comunista”, dirigente del PCB- como también una serie de documentos programáticos del PT.

La democracia como valor universal

Una de las primeras características de las formulaciones en boga sobre la cuestión de la democracia es aquella que pretende definirla como una categoría atemporal, como un régimen político eterno que no tiene una connotación específica de clase. La “democracia como valor universal” es, justamente, el título de un libro reciente del citado Carlos Nelson Coutinho, y la definición fue tomada de Berlinguer, secretario del PC italiano, según el cual la democracia es hoy “no apenas el terreno en el cual el adversario de clase es obligado a retroceder, sino también el valor históricamente universal sobre el cual fundar una original sociedad socialista”. Tal la fórmula que Coutinho pretende fundamentar en la tradición del propio marxismo. En ese intento, Coutinho no hace otra cosa que convertir al marxismo en una metafísica liberal. Ya la empresa de intentar descubrir “valores universales” en las relaciones sociales y políticas humanas nos indica el despropósito teórico de un autor que se pretende marxista. El marxismo es, precisamente lo contrario, porque parte del punto de vista opuesto: las relaciones sociales y su representación en el plano del pensamiento están caracterizadas, por sobre todas las cosas, por su esencia histórica y transitoria: “todo lo que existe merece perecer” tal es el principio de la dialéctica hegeliana retomada por Marx y Engels. La democracia como ideal que representa y formaliza una relación política determinada entre los hombres, en un momento histórico de su desarrollo, carece de todo valor universal: “Los hombres, al establecer las relaciones sociales, de acuerdo con el desarrollo de su producción material, crean también los principios, las ideas y las categorías, conforme a sus relaciones sociales. Por lo tanto, esas ideas, esas categorías, son tan poco eternas como las relaciones a las cuales sirven de expresión: son productos históricos y transitorios. Existe un movimiento continuo de crecimiento de las fuerzas productivas, de destrucción de las relaciones sociales, de formación de ideas; lo único inmutable es la abstracción del movimiento: mors inmortalis” (subrayados del autor; Marx en "Miseria de la Filosofía”).

Nuestro autor “eurocomunista” afirma que es innegable que la democracia encuentra en el surgimiento de la sociedad burguesa las “condiciones históricas de su génesis”, pero, continúa, "es igualmente verdad que, para el materialismo histórico, no existe identidad entre génesis y validez...: ni objetivamente, con el desaparecimiento de la sociedad burguesa que les sirvió de génesis, ni subjetivamente, para las fuerzas enfrentadas en este desaparecimiento, pierden su valor universal muchas de las objetivaciones o formas de relacionamiento social que componen el andamiaje institucional de la democracia política... valor universal en la medida en que contribuyeron y continúan contribuyendo, para explicitar las componentes esenciales contenidas en el ser genérico del hombre social, en la medida en que son capaces de promover sea explicitación en formaciones económico-sociales diferentes, o sea, tanto en el capitalismo como en el socialismo”.

Así, la democracia tendría un origen terreno, la sociedad capitalista, pero se elevaría a las cumbres estelares de la "universalidad” para encontrarse con el “ser genérico” de “hombre social” y acompañarlo hasta el fin de sus días como uno de sus componentes “esenciales”. Se trata de una construcción puramente ideal pero cuyo origen es tan material como el oportunismo político del autor. Coutinho no se refiere aquí a la democracia como definición genérica de la vida social sino a la democracia como régimen político y su respectivo “andamiaje institucional”. Todo el largo discurso sobre el valor universal de la democracia tiene el objetivo de embellecer el parlamentarismo como la forma precisamente “universal” a través de la cual se procesaría la transformación social. El largo discurso de su ensayo (que se detiene para considerar filosóficamente si el concepto de “valor” puede escapar a la determinación kantiana de la “cosa en sí" para ubicarse en una “ontología” (?) marxista) no dedica media letra al "valor” de la dictadura del proletariado o del soviet, que no sabemos por qué no podrían continuar a “explicitar el ser genérico del hombre social” según la terminología del autor. Es que la preocupación pseudo teórica está enteramente dirigida a hacer pasar por marxismo las vulgaridades burguesas más triviales sobre la esencia universal del parlamento y su valor insustituible para imponer la “progresiva hegemonía de las clases trabajadoras en la vida política”. Cuando el autor presiente que lo que afirma no tiene nada que ver con la doctrina revolucionaria de la clase obrera, nos remite a una nota de pie de página en la cual se afirma: “la posibilidad de que el parlamento desempeñe esas nuevas funciones, evidentemente, no podía ser prevista en el tiempo de Lenin”. Pero ¿por qué las potencialidades “universales” del parlamento “evidentemente” (sic) no podían ser previstas en el tiempo de Lenin? Cuando sabemos que la relación entre el parlamentarismo y la clase obrera fue uno de los temas más debatidos en la época de Lenin, no podemos menos que concluir que el autor “eurocomunista” une a su oportunismo político, una orgánica deshonestidad intelectual.

El planteamiento de la democracia como “valor universal” tiene el objetivo de montar un esquema teórico destinado a anular el “valor” de la revolución proletaria como instrumento necesario de la transformación radical de la sociedad. El socialismo entonces se realizaría “mediante la creación de una democracia de masas que invierte progresivamente (!) la tendencia a la burocratización y a la alienación del poder (estatal)”. En esta concepción, el Estado ha dejado de ser un órgano de dominación de clase para convertirse en un terreno neutro que comportaría tanto la democracia capitalista como la socialista “progresivamente instituida”. Ya no se trata de destruir el Estado burgués, de acuerdo al planteamiento acabado de Marx luego de la experiencia de la Comuna de París, sino de “eliminar el dominio burgués sobre el Estado, para que las instituciones políticas democráticas puedan alcanzar pleno florecimiento y, así, servir integralmente a la liberación de la humanidad trabajadora”. De acuerdo a esto, el Parlamento, el Ejército, la Justicia burguesa, no son el propio Estado burgués sino instituciones que no pueden florecer porque están “dominadas” por la burguesía. El Estado y el dominio burgués aparecen como algo externo a sus propias determinaciones concretas, se convierten en una entelequia, en una abstracción idéntica a las instituciones democráticas consideradas como valores universales. En la mecánica del pensamiento especulativo la realidad ha desaparecido.

No se trata aquí de “demostrar” que los teóricos eurocomunistas se oponen radicalmente al postulado de la dictadura del proletariado y la revolución, pues lo dicen explícitamente pero importa indicar que esto significa la ruptura total con el marxismo en cuyo nombre se pretendía hablar.

La absoluta inconsistencia de todo el llamado discurso “eurocomunista” es un reflejo de que no constituye una nueva tendencia del movimiento obrero mundial sino una expresión empírica de las crisis del aparato stalinista, internacional. La aparición de un sector disidente de la democracia de Moscú, dispuesto a doblegarse en mayor medida que ésta frente al imperialismo (recordemos que entre los valores “universales” descubiertos por el eurocomunismo se encuentran también cosas más prosaicas que la democracia, tales como la NATO); esta disidencia se corresponde con el desarrollo de una corriente similar en la propia jerarquía rusa. Se trata de una lucha interna al aparato, y de ahí las volteretas de los propios eurocomunistas frente a los acontecimientos (Afganistán, Polonia, etc.), que no responden a ningún principio o teoría novedosa.

El recurso de la verborragia “democrática” debe entenderse no como un redescubrimiento teórico o de actualización del marxismo sino como una tentativa de ampliar su capacidad de maniobra frente a las masas, presentando como ruptura con el "totalitarismo stalinista”, lo que no es más que una recolección de formulaciones burguesas de fachada liberal.

¿Más allá de la democracia?

El planteamiento sobre la universalidad de la democracia es, con diversos matices, patrimonio común de la izquierda “democratizante”. No es otra cosa que un planteo contrarrevolucionario en el sentido estricto del término, ya que se trata del rechazo orgánico a la revolución a través de la mistificación del Estado burgués. Así como el teórico eurocomunista que acabamos de ver, los ideólogos de la izquierda pemedebista, o del PT, indican también la necesidad de “controlar” el Estado, de “asegurar en la participación política” de los trabajadores, etc.... El Estado burgués como tal, aún en su variante más democrática como organismo de explotación, como máquina de opresión que debe ser destruida, es una idea extraña para quienes consideran a la dictadura del proletariado como una reliquia de pasado o como un paso en falso de Marx, que ni siquiera debe ser considerado y, por esto, jamás es discutido explícitamente. Sobre el Estado de Derecho, la representación, la participación, el consenso social y todas las categorías de la sociología burguesa corren, en cambio, ríos de tinta.

Fernando Henrique Cardoso, (libro “Democracia ya”) renombrado intelectual y líder ideológico de la corriente de izquierda del PMDB, no alineada con el stalinismo, retoma el planteo de la democracia, batiendo la misma tecla que e1 eurocomunista Coutinho: “Existen valores universales que resguardan la libertad, la intangibilidad de los derechos humanos, el orden jurídico”. De la misma manera, tratará de presentar su versión de la democracia como una superación del viejo esquema liberal. Lo que ahora se propone es una “nueva” democracia, una democracia “social” o “sustantiva”: “democracia no es apenas la forma de organizar el Estado..., democracia es un proceso que va a la raíz de las relaciones sociales”(pág. 21). Se trataría, entonces de una formulación novedosa, que iría más allá del liberalismo clásico. Esta forma de presentar la cuestión, de “vender” a la democracia como un producto novedoso, de descubrir sus potencialidades es una forma de ocultar que, al revés, el democratismo que ahora se pregona es pre-rousseanismo, o mejor dicho, representa un punto de vista reaccionario frente a los planteos del revolucionarismo burgués de dos siglos atrás. Tomemos a Cardoso en este caso, porque tiene la virtud de explicitar esta concepción cuando afirma que “el democratismo radical de Rousseau, uno de los clásicos del pensamiento democrático, lo llevó a rechazar la idea de representación (de diputados, de Cámaras, etc.), para él sólo la expresión directa e individual sería capaz de dar legitimidad al orden público... Paradojalmente, el democratismo radical de un Rousseau, inspiró históricamente momentos políticos que podrían ser clasificados como ‘democracias totalitarias. La forma pleibiscitaria, el rechazo de la representación, la desconfianza de los partidos, llevarían a la búsqueda de consensos que pueden aplastar la opinión organizada y restringir la libertad”, (pag. 33).

El rechazo de Cardoso hacia Rousseau se explica por el repudio visceral de este último al parlamentarismo y la democracia representativa: ‘‘el pueblo inglés piensa ser libre —decía— pero se engaña totalmente; no lo es sino durante la elección de los miembros del parlamento; después que estos son elegidos es esclavo, no es nada... La soberanía no puede ser representada..., consiste esencialmente en la voluntad general y la voluntad no se representa, es ella misma o es otra cosa: no hay término medio”. Mientras que Rousseau se preocupó con el tamaño óptimo del Estado en el cual la voluntad general pudiera expresarse sin mediaciones o intermediaciones, la historia resolvió a su modo la superación de la representación política manipulada del parlamentarismo burgués: fueron los consejos obreros, los soviets, los organismos nuevos de la democracia directa que Rousseau propugnaba. Los bolcheviques se reivindicaron entonces como los jacobinos del siglo XX; por la misma razón los demócratas como Cardoso deben defender su “nueva” democracia en oposición al “democratismo radical” de quienes representaron desde un punto de vista revolucionario el ascenso de la sociedad burguesa.

En realidad la “nueva” democracia que proponen los hombres como Cardoso no es otra cosa que una adaptación a las tendencias corporativas de la evolución del propio capitalismo. El monopolio y los trusts, nuevos personajes del capitalismo, implican la tendencia a la supresión de la libertad en todos los niveles. El fascismo lleva a las últimas consecuencias estas tendencias, buscando la atomización del proletariado y sus organizaciones y la disciplina militar sobre toda la sociedad, utilizando a la pequeño burguesía como fuerza de choque. La democracia de “ciudadanos” es aplastada por la centralización y concentración del capital y por la tendencia de los explotados a organizarse, a actuar como una fuerza social, no como una masa de individuos, que para emanciparse precisan expropiar colectivamente al capital y destruir su Estado.

La “superación” de la democracia liberal que Cardoso plantea toma en cuenta esta realidad, no para superar el régimen burgués anacrónico sino para superar, en el cuadro del propio régimen burgués, la inviabilidad de la democracia clásica. La “nueva” democracia propuesta es una democracia mutilada, adaptada a las tendencias corporativistas: “si en las economías competitivas, el liberalismo político parecía viable... en las economías oligopólicas, fuertemente estatizadas, la centralización tornó más visible la desproporción objetiva entre los que controlan las informaciones, el saber, las empresas, el mercado de trabajo, etc., y la masa de la sociedad que no dispone de los mismos recursos. Para quien no es ingenuo la propuesta de la cuestión de la democracia debe partir de estas consideraciones”. En la misma medida en que la centralización de la propiedad lleva al paroxismo la contradicción esencial entre el carácter privado de la apropiación y el carácter social de la producción, creando la base para la expropiación del capital y la liquidación del Estado burgués; en la misma medida el ideólogo pemedebista retrocede para reinventar la democracia que, sin tocar la propiedad capitalista, se adapte a las nuevas características del capitalismo reaccionario actual. En este sentido, se trata de una democracia que va a la “raíz de las relaciones sociales”, pero no para extirpar las bases de la desigualdad sino para perpetuarlas en un contexto supuestamente democrático. No se trata más de la democracia de ciudadanos, de la sociedad civil contra el Estado sino de la democracia de organizaciones: las grandes empresas, los grandes sindicatos, los movimientos llamados autónomos (por los derechos de las minorías, mujer, negro, etc.) compitiendo entre sí en una especie de “fair play” por el control del Estado existente: "democracia es el reconocimiento de la legitimidad del conflicto, la búsqueda de negociación en procura de un acuerdo, siempre provisorio, en función de la correlación de fuerzas... la cuestión -agrega Cardoso en un texto sobre “Régimen Político y cambio social”- no es apenas la de garantizar la autonomía de la sociedad civil en sí, sino la de replantear la cuestión del control democrático del estado, sin imaginar que éste esté en fase de desaparición”.

El intelectual construye su propio mundo y razona enteramente sobre el esquema arbitrario que se construye: supongamos que el Estado no pueda ser destruido, supongamos que los representantes de los trusts y monopolios acepten sentarse de igual a igual en la mesa de las negociaciones, supongamos que reconozcan a sus enemigos el libre derecho de disponer libremente de sus organizaciones, supongamos una profesión de fe común sobre el valor universal del Estado de derecho; ¿por qué entonces la democracia no puede funcionar en el reconocimiento mutuo del “conflicto”, sobre la base del "acuerdo” y en función de la "correlación de fuerzas”? Esto corresponde plenamente al diletantismo de la intelectualidad y de una franja social de la pequeño burguesía que ha conseguido algunas migajas en el banquete del "milagro brasileño”, y que ahora teme perder. Estos son los sectores que el propio Cardoso representa y de los cuales recogió, fundamentalmente, los votos que en 1978 lo llevaron a la condición de senador suplente por el MDB paulista. Lucha, enfrentamientos violentos, prepararse para la guerra que es, en definitiva, la lucha de clases, sale por completo del esquema académico intelectual en el cual quieren enclaustrar la propia realidad, los ideólogos de la reducida, pero rica, pequeño burguesía urbana del Centro Sur brasileño.

Los ideólogos del PT y la democracia

Los intelectuales emigrados del antiguo MDB, artífices de los principales documentos políticos del PT, afirman, a su turno, defender "una propuesta que rechaza las tendencias corporativas propuestas por el sistema capitalista, propugnando una total democratización de la vida social”. Estas tendencias corporativas se deben a que "la burguesía abandonó hace mucho tiempo el Parlamento, desviando del mismo, en la misma medida en que la representación popular crecía, la función básica de regular la vida social y económica. Estas funciones... deben volver al Parlamento como medio de efectivizar el control popular sobre el Estado y la vida social”. Este es el contenido del planteo que el PT "inscribe como una de sus luchas fundamentales: la de la democratización del Estado”.

Lo que se destaca en primer lugar es el cuadro enteramente burgués en el cual se coloca el programa de un partido que se pretende de los trabajadores. Esto, porque se postula que la democratización de la vida social, o “la democracia que los trabajadores quieren” como se la define alternativamente, es compatible con el régimen estatal capitalista “democratizado”. El principio elemental de un programa obrero, de que la más democrática de las repúblicas es una dictadura de la burguesía, ha desaparecido del mapa. Por otra parte, la “democratización del Estado” que se propugna en el programa del PT es completamente mezquina. En el más democrático de los Estados burgueses el Parlamento es la ficción del “poder popular”, la base real del poder se encuentra fuera del parlamento: en los destacamentos armados profesionales del Estado, en el Ejército y la Policía, ¿Por qué, entonces, el programa para la “democratización del Estado” del PT se limita a la cuestión del Parlamento y no hace ninguna referencia, por ejemplo, a la “democratización” de las fuerzas armadas, reclamando el derecho a la sindicalización de la tropa, la elegibilidad del cuerpo de oficiales, las milicias populares, etc....?

Examinemos de todas formas este “anticorporativismo” limitado que plantean los ideólogos del PT, asumiendo la defensa del régimen parlamentario. En este caso, se trata apenas de una utopía reaccionaria, es decir, que pretende volver las ruedas de la historia para atrás. Porque lo que aquí se plantea no es un problema táctico respecto a la participación o no en el parlamento sino la apreciación general sobre el lugar histórico que ocupa el parlamentarismo y la actitud de los trabajadores frente a esta forma de régimen político en el plano de su programa independiente. Más de sesenta años atrás el movimiento obrero revolucionario ya había planteado la cuestión con extrema claridad. En primer lugar: “el parlamentarismo no es la forma de gobierno ‘proletario en el período de transición de la dictadura de la burguesía hacia la dictadura del proletariado En el momento más álgido de la lucha de clases, cuando ésta se transforma en guerra civil, el proletariado debe, inevitablemente, construir su propia organización gubernamental como una organización de combate en la que los antiguos representantes de las clases dominantes no sean admitidos; en esta fase toda la ficción de la voluntad popular es perjudicial al proletariado; esta no precisa la separación parlamentaria de los poderes, que sólo puede resultarle nefasta. La república de los Soviets es la forma de la dictadura del proletariado” En segundo lugar: “los Parlamentos burgueses, que constituyen uno de los principales engranajes del aparato del Estado de la burguesía, no pueden ser conquistados por el proletariado tal como el Estado burgués en general. La tarea del proletariado es la de hacer estallar el aparato del estado de la burguesía, destruirlo, incluyendo las instituciones parlamentarias, tanto la de las repúblicas como las de las monarquías constitucionales”. En tercer lugar: “El comunismo se niega a ver en el Parlamentarismo una de las formas de la sociedad futura; se niega a ver en él la forma de dictadura de clase del proletariado; niega la posibilidad de la conquista durable de los Parlamentos; tiene por objetivo la abolición del parlamentarismo. Por lo tanto, no se puede plantear el problema de la utilización de las instituciones del Estado burgués sino con el objetivo de su destrucción. Y en este, sólo en este sentido, es que debe encararse el problema”. (III Internacional, 1920).

Pues bien, el punto de vista con el cual es encarada la cuestión de la democracia y el parlamentarismo, en todas las vertientes de la izquierda brasileña que acabamos de analizar, es exactamente o-puesto al apuntado por el marxismo. Que esto, inclusive, se haga en nombre del propio marxismo, es apenas un factor para agravar la confusión existente. Lo que importa, en este punto del análisis, es observar como toda esta deformación y retroceso teórico se expresan en el plano político, en las perspectivas que se plantean en la actualidad al combate de los explotados brasileños.

La cuestión de la democracia en el Brasil de hoy

El hecho de que la democracia burguesa y el parlamentarismo estén históricamente superados no significa que estén políticamente liquidados, que las masas hayan agotado su experiencia respecto al régimen de libertades formales que los demócratas burgueses o pequeño burgueses presentan como única y mejor alternativa para los propios explotados. El debate de Lenin contra los ultraizquierdistas —que se negaban, por principio, a participar en los parlamentos burgueses- versaba sobre esta cuestión. Las posiciones de la izquierda brasileña nos han obligado a concentrarnos en lo que en Lenin y los ultraizquierdistas de su época era el punto de partida común (una apreciación justa sobre las características históricas y de clase del parlamentarismo burgués); esto para destruir los planteamientos que embellecen a la democracia y al parlamento y plantean su conquista —no su superación— como la tarea última del proletariado y las masas.

Ahora, sin embargo, es conveniente abordar el aspecto de la superación política de la democracia burguesa, tal como está planteado en la actualidad en el Brasil. La vigencia de las reivindicaciones democráticas en el Brasil está vinculada a dos problemas básicos. Por un lado, al hecho de que se trata de un país capitalista atrasado, que no realizó las tareas propias de una revolución burguesa (revolución agraria, independencia nacional) y que se encuentra sometido a la opresión del imperialismo. En este sentido vale para Brasil la afirmación de que sufre tanto los males del desarrollo capitalista como los que corresponden a la insuficiencia de su desarrollo. Por otro lado, al agotamiento de una dictadura militar contrarrevolucionaria que se impusiera con el golpe del 64. En estas condiciones, una serie de banderas democráticas constituyen un instrumento imprescindible en la lucha política por la liquidación del régimen vigente. A partir de que la clase obrera y los explotados tomen en sus manos tales banderas (expropiación del gran capital agrario e industrial, ruptura de todos los pactos con el imperialismo, desconocimiento de la deuda externa, vigencia plena de las libertades) y las impulsen de manera consecuente, la alternativa que se abre para Brasil no es la de democracia burguesa vs. dictadura, sino la de revolución proletaria, apoyada en la mayoría nacional vs. contrarrevolución burguesa. Pero esta es la perspectiva y lo que está planteado, como puente necesario para llegar a ella, es justamente la emancipación política del proletariado de la política burguesa que domina su movimiento y que pretende frustrar el alcance de su recuperación.

La perspectiva de una revitalización del parlamentarismo está excluida en un país atrasado como Brasil en un sentido histórico. Desde el punto de vista de la experiencia de las masas, sin embargo, puede llegar a tener una importancia mayúscula el resurgimiento transitorio de formas de dominio burgués, en las cuales prevalezcan métodos parlamentarios de control. Si p1 proceso histórico puede saltar etapas, el partido revolucionario no puede saltarse las etapas de desandar la conciencia de las masas. Esto debe considerarse que el atraso teórico y político, el planteamiento contrarrevolucionario de los ideólogos democratizantes, toma en cuenta esta realidad para pregonar el fetiche de las virtudes universales de la democracia. En este sentido, es necesario también poner de relieve la absoluta inconsecuencia de los propios supuestos campeones de la democracia en el combate por su imposición real contra la camarilla militar actualmente en el poder. Es decir, si las reivindicaciones democráticas que plantean, expresan, de un lado, la realidad de un país en el que está planteada la conquista de la libertad política, estas mismas reivindicaciones aparecen hoy plenamente adaptadas a la total incapacidad de la burguesía nativa.

Esto aparece claramente en las características con las cuales la izquierda pemedebista levanta la bandera de la Asamblea Constituyente. ¿Es que acaso, esta Constituyente es levantada en oposición al régimen militar, como expresión de la voluntad soberana de la mayoría nacional? No, “la Constituyente difícilmente refleja la opinión de la mayoría, es un compromiso y debemos decir las cosas como son” (F.H. Cardoso) ¿Qué tipo de compromiso? ‘‘Este tipo de compromiso es el siguiente: las oposiciones brasileñas, a pesar de extremadamente sufridas, a pesar que ese sufrimiento costó mucho, hasta la vida de muchos, están dispuestas, sin embargo, en lugar de llevar una guerra de muerte contra el sistema dominante, a decir: tenemos todavía una chance, una oportunidad de construir un pacto constitucional que nos permita reglamentar la vida política brasileña por una década, dos décadas, en fin, por la duración que una Constitución pueda tener” (ídem). El punto de vista de Coutinho es, si es posible, más explícito todavía en este punto: el PCB defiende públicamente la consigna de Constituyente con Joao (Figueiredo) como salida política a la impasse en la que se encuentra el régimen dictatorial.

En verdad, en estos razonamientos tenemos presentes la lógica de la revolución permanente... invertida O sea: puesto que la movilización democrática consecuente contra la dictadura implicaría no parar necesariamente en la estación de la democracia y plantearía la dictadura del proletariado, renunciemos pues a la democracia y admitamos aquellos límites que la propia burguesía quiera imponer. Dejemos la democracia para teorizar al respecto y vayamos al “compromiso” con el “sistema dominante” o con Figueiredo (léase dictadura militar). Para la izquierda embanderada con la metafísica de la “democracia”, su “valor universal” se ha transferido a la propia camarilla militar, susceptible de incorporarse en el pacto constitucional "democrático” propugnado.

En lo que hace al PT, éste se ha pronunciado contra la Constituyente por una cuestión de “oportunidad”, planteando que ésta sólo sería posible luego de la “caída del régimen”. Al explicar la cuestión, los ideólogos del mismo se han declarado a favor del “principio” de la Constituyente porque “las sociedades modernas precisan ser reglamentadas por un contrato social que nazca del consenso entre sus miembros y que establezca las grandes reglas económicas, políticas, sociales, jurídicas, culturales, institucionales” (documento de la Comisión Ejecutiva, enero 1981). El formalismo leguleyo de esta petición de principios escamotea lo fundamental, porque -primero- nada garantiza que después de una “caída del régimen” una Constituyente sea un instrumento de desarrollo  de la lucha de los explotados (puede ser exactamente lo contrario, un mecanismo de reconstitución del frente burgués para regimentar el movimiento de masas) y -segundo- porque el significado político de la constituyente como regulador social (los ideólogos del PT han sacado su definición de algún manual en derecho constitucional burgués) es, precisamente, aceptar la constituyente retaceada, reaccionaria, “frankfurtiana”, en las palabras de Marx.

Lo que nadie plantea es lo elemental: que la democratización real del país implica la quiebra y derrocamiento de la camarilla militar, como resultado de la movilización independiente de los explotados y que es en este contexto que la cuestión de la Constituyente -temo de las reivindicaciones democráticas en general— deben ser entendidas. Como se afirmara en el número anterior de esta misma revista (“La cuestión de la Constituyente en Brasil”) “el aparente enigma del huevo y la gallina (o se exige primero la caída de la dictadura para después convocar la Constituyente, o se levanta la Constituyente para oponerla a la continuidad del régimen) se resuelve planteando cuál es el contenido y el carácter de esta reivindicación: la Constituyente Democrática y Soberana en oposición a la dictadura, con libertades democráticas plenas, con voto para analfabetos, con derecho de organización para los soldados y en estrecha relación con las reivindicaciones democráticas, agrarias y antiimperialistas de la mayoría nacional -expropiación del gran capital agrario e industrial, ruptura de todos los tratados de subordinación al imperialismo, sindicatos independientes del Estado y de la burguesía, etc.’’. El planteo de la Constituyente democrática y soberana debe dejar claro que su valor como consigna no reside en las formas jurídicas que realizaría; su utilidad y eficacia está determinada por el hecho de servir como instrumento para movilizar a las masas contra el régimen dictatorial. En este sentido la reivindicación de Constituyente está subordinada a la acción directa y a la organización independiente de los explotados. En otras palabras: luchando por la Constituyente, recuperando sus organizaciones de clase, delimitándose de la burguesía, la clase obrera y la mayoría oprimida deben llegar a imponer su propio gobierno —el gobierno obrero campesino.

El hecho de que los “demócratas” brasileños postulen una parodia de democracia, cuya función es el salvataje de un régimen dictatorial en agotamiento, y no la imposición de un verdadero régimen democrático, es un testimonio de la inviabilidad de la democracia brasileña. Valen aquí, a modo de conclusión las consideraciones simples y claras de Guillermo Lora:

“Las metrópolis enriquecidas con el saqueo de todo el mundo pueden corromper las camadas elevadas de la clase obrera y convertirlas en una verdadera aristocracia, al mismo tiempo en que ponen en pie una amplia clase media económicamente poderosa, llena de privilegios e interesada en preservar el orden existente, porque en ella encuentra la fuente de su propio bienestar. Es esta clase media la que desempeña la función de amortiguador de las contradicciones de clases, que redondea las agudas aristas de los polos extremos de la sociedad. Estas circunstancias estimulan el reformismo y el colaboracionismo clasista.

Es la clase media rica la que se convierte en un pilar vigoroso del parlamentarismo, no sólo por ser el instrumento que permite funcionar la democracia, no sólo por haberse convertido en divulgador de las ideas del legalismo burgués, sino también porque proporciona a este sistema todos los argumentos que lo justifican, y puede pasar como fuerza social avanzada y hasta izquierdista, siguiendo el camino de las reformas dentro de la manutención de la propiedad privada, punto de partida del auge parlamentarista. Trotsky tiene toda la razón cuando afirma que la democracia es un lujo y que sólo puede darse en los países imperialistas... El democratismo burgués y el generoso florecimiento del parlamentarismo se muestran inviables debido a la extrema pobreza del país, que es el resultado de la imposibilidad de tener en el país un pleno desarrollo independiente del capitalismo. Se puede pronunciar discursos a favor del proceso democrático, e inclusive practicar periódicamente elecciones generales, pero no será posible sustituir la base material, o sea, la estructura económica, por declaraciones abstractas sobre los beneficios de la democracia. Aquellos que alientan la esperanza de llegar a conocer un largo período democrático, en el cual la clase obrera podrá educarse para hacer posible, en un futuro indeterminado, una revolución puramente socialista, parten implícitamente de la convicción de que todavía es posible un desarrollo capitalista independiente del país, lo que supone la plena realización de la revolución burguesa. De esta forma, desembocan en la revolución por etapas y en las proposiciones comunes al nacionalismo y al stalinismo. De la misma forma que no conocemos un florecimiento pleno del capitalismo (el capitalismo ya se da cómo economía combinada o coexistencia de diversos modos de producción), también tendremos que estructurar la dictadura del proletariado para que las masas puedan conocer los beneficios de la democracia".

La experiencia histórica de los pueblos oprimidos por el imperialismo ha demostrado que cuando la clase obrera y los explotados se ponen en movimiento y amenazan con desbordar el orden existente, no conocen los límites democráticos que se les quiere imponer en el marco de un supuesto Estado de derecho, que reglaría, con sus sabias leyes el “conflicto social". Los explotados en movimiento buscan instintivamente la destrucción de sus enemigos e Imponer la democracia que corresponde a sus genuinos intereses, democracia obrera que pasa por la liquidación del órgano de dominación de los explotadores y por la expropiación de su base social: el capital. Que esta tendencia instintiva no tenga una expresión consciente en el movimiento de masas es el resultado de la crisis de dirección del mismo y es esta crisis la que se manifiesta en la vigencia de direcciones que buscan limitarlo y desviarlo al cuadro del respeto al Estado burgués y de compromiso con sus enemigos de clase. Todo el arsenal ideológico en defensa de la “democracia” y sus virtudes eternas cumple exactamente esta función en la actual situación política brasileña.

Sao Paulo, 26 de Junio de 1981

 

 

Mario Dos Santos (del Buró político de la Organización cuartainternacionalista)

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