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Marx, Engels y la democracia de este fin de siglo

Por Jorge Altamira
En los últimos 25 ó 30 años fue publicado abundantísimo material sobre la cuestión de la democracia prácticamente en el mundo entero. Podría decirse que ha sido el tema preferido de los dentistas políticos. Aunque parezca pedante, casi la totalidad de ese material es irrelevante desde el punto de vista teórico, y una de las manifestaciones más impresionantes de desperdicio intelectual. ¿Qué es lo que tiene que ver todo lo escrito en ese período con las conclusiones realmente científicas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky? Un ejemplo ilustrativo ha sido la reivindicación de la democracia como un valor universal. Cualquier cosa que se catalogue un valor universal, y no sólo la democracia, es obvio que no está relacionada a la historia. La historia no acepta valores universales. En la historia, según las características de sus diferentes períodos históricos, de la conciencia acerca de ellos, según el nivel del desenvolvimiento a de las fuerzas productivas y del nivel  correspondiente de civilización, la producción intelectual varía, cambia, adquiere su peculiaridad. Postularla democracia como un valor universal es un retroceso grotesco a Hegel, para quien la realidad era la manifestación de una idea absoluta aunque, incluso para Hegel, forzada a moverse en el espacio y el tiempo. Hegel era un idealista, pero era al mismo tiempo realista. Entonces, la reivindicación de la democracia como un valor universal, una idea completamente ajena a Marx y Engels, no tiene status teórico, es una idea ahistórica, que puede corresponder a una utopía, a algunos valores éticos particulares o incluso a fantasías de algunas personas. 
 
Otra característica del pensamiento de moda del último cuarto siglo fue clasificar como derechos ciudadanos (o civiles) las reivindicaciones sociales parciales de los explotados contra la explotación capitalista. Por ejemplo, el campesino brasileño y su lucha por la tierra, que fue rebajado de su condición de lucha de clase contra el gran capital latifundista al carácter de reivindicación ciudadana o de igualdad civil. Pero la ciudadanía es una categoría política que tiene que ver son las relaciones mercantiles y la organización constitucional del Estado. Si la condición ciudadana no es capaz de superar la relación de explotación existente, ello no quiere decir que pueda ser extendida, como categoría, hasta incluir la utopía de la igualdad social bajo el capitalismo. Las reivindicaciones sociales contra el capitalismo no son reivindicaciones ciudadanas (civiles). No se las puede hacer entrar forzadamente en las categorías del Estado burgués. Es, en ese sentido, diría que como consideración filosófica, una idea kantiana, quiero decir, anterior a Hegel, que consiste en atribuir subjetivamente imperativos morales a las acciones de los hombres. Sin embargo, en la inmensa mayoría de los países, el derecho político ciudadano no existe como tal y es obvio que su conquista representaría un gran progreso, pero aun así no deja de ser una forma determinada y más precisamente alienada de la existencia social en la esfera del Estado.
 
Esa reivindicación de la democracia, esa revaluación de la democracia carente de status teórico, es decir, sin que ella esté colocada en la historia, sin que sea la expresión del desenvolvimiento de la propia historia, por lo tanto de las condiciones materiales y espirituales que caracterizan cada período histórico, esa revaluación fue inspirada, en cierto modo, por lo que en cierta época fue llamado el eurocomunismo. En las usinas intelectuales del PCI (Partido Comunista Italiano) se cocinó el tema de la revaluación de la democracia. La falta de ese status teórico se revela también aquí en el hecho de que el PCI de ningún modo aspiraba a una reformulación de la idea comunista, como que era en verdad una manifestación de travestismo político para dejar afuera cualquier ideal comunista y convertirse en lo que es ahora, el Partido Democrático de Izquierda, un partido burgués como cualquier otro, que después de un cuarto de siglo de revaluación de la democracia participa de las trenzas propias del régimen italiano, donde la mitad son pactos políticos espurios y la otra mitad es corruptela y clientelismo.
 
Otra manifestación de esa ausencia de status teórico del charlatanerismo democrático se manifiesta en su reivindicación de la preeminencia de la sociedad civil. Es decir que el Estado Moderno podría ser cambiado radicalmente si, por lo menos, se impusiese esa preeminencia. Esa es una idea notable porque, en verdad, en el Estado Moderno, domina precisamente la sociedad civil. Es lo que Marx explicó en sus Escritos de Juventud. El dominio de la sociedad civil significa el dominio del interés particular, y como esa sociedad civil no es otra cosa que la expresión jurídica de las relaciones económicas capitalistas, consagra la hegemonía del capital y la explotación del trabajo por el capitalista. Marx escribió un documento impresionante, tan impresionante que fue ocultado durante un cuarto de siglo, la Crítica del Programa de Ghota, donde refuta de un modo definitivo la idea del proyecto del programa de la socialdemocracia respecto del Estado del pueblo entero, la idea de que el Estado debería ser la representación de la sociedad civil, esto significa de todo el pueblo, cuando en verdad, todo el pueblo, o la sociedad civil, no son más que la preeminencia o dominio, la hegemonía, del interés particular, burgués, lo cual queda más claro en alemán, donde la misma palabra se usa para civil y para burgués.
 
Durante treinta años la humanidad fue azotada por una literatura completamente anticientífica que, en ciertos casos, representaba un retroceso fantástico. Por ejemplo, la división constitucional de la organización del Estado en tres poderes era confundida con la libertad. Naturalmente que quien hacía esa confusión era diputado o senador, el único completamente libre en un régimen parlamentario. Es curioso que se hubiera discutido tanto sobre antigüedades, superadas en el terreno teórico y en el terreno práctico. No importa para el caso que las grandes revoluciones que en la práctica superaron la democracia burguesa hubieran retrocedido ulteriormente: ello es perfectamente posible. ¿O la Revolución Inglesa del siglo XVII, que impulsó enormemente el desarrollo democrático, no retrocedió y la monarquía volvió a Inglaterra por varios siglos todavía, bajo el dominio de la aristocracia? El desenvolvimiento de la humanidad no es lineal. ¿O la Revolución Francesa no conoció después de Robespierre un Napoleón Bonaparte, no conoció un Luis XVIII, o no conoció un Carlos X? Puede retroceder, pero la Revolución Francesa acabó con el régimen feudal, mostró la superioridad de un tipo de sociedad en relación a otra; la misma cosa aconteció en Inglaterra y lo mismo ocurrió en la Revolución de Octubre. Las causas de su degeneración son una cosa diferente que para nada invalida lo que fue superado por los acontecimientos revolucionarios, entre otras cosas, la democracia.
 
Actualidad
 
Entonces: ¿cuál es la actualidad de un debate que, desde el punto de vista teórico, es completamente estéril? Porque es cierto que las personas pueden hablar tonterías pero, ¿por qué concentraron sus energías en un asunto que procuraba involucionar el proceso teórico? En los años 30, la literatura política había dejado la cuestión de la democracia completamente de lado. Se hablaba, en la literatura política burguesa, de las ‘revoluciones totalitarias’. Y no sólo ocurría esto en la literatura académica. En países como Bolivia, Argentina, Brasil y Paraguay, los movimientos nacionalistas proclamaban con orgullo formar parte del proceso de “la revolución totalitaria contemporánea”. La democracia burguesa y su hijo reformista habían caducado a ojos vistas, atenazados por el derrumbe económico, el desmoronamiento político y las guerras civiles.
 
Con el desenlace de la II Guerra Mundial, reaparecen los planteos de características democráticas. Hay un político, ya fallecido, Nahuel Moreno, que definió al año ‘45 como el comienzo de “una revolución democrática”. Interesa el planteo, porque es la primera vez que un dirigente marxista admite el florecimiento de la democracia en los países imperialistas, teniendo en cuenta que, para Lenin, el imperialismo era la negación de la democracia. Y no sólo por eso: el imperialismo, incluso cuando defiende la democracia en la metrópolis, niega completamente esa democracia para los países que oprime. Se da curiosamente, el caso de una persona que proclama la ‘revolución democrática’ en Francia, donde cae el régimen de Vichy y se va a formar la IV República, en el mismo momento en que esa IV República, está aplastando a los tunecinos, a los marroquíes, argelinos, vietnamitas... en África y Asia.
 
Este replanteo de la democracia sirve para una función política excepcional. Es con esas consignas de la democracia que el imperialismo-que vence en la II Guerra Mundial, combate a la revolución proletaria en los países de Europa. Hay una película que relata el atentado contra Palmiro Togliati en 1948 y cómo Togliati, al borde de la muerte, cuando la noticia del atentado ya había provocado una sublevación general en Italia, llama a que se detenga ese levantamiento popular y que se asegure el plebiscito que iría a escoger entre la monarquía y la república. En nombre de la república, contra la monarquía, los dirigentes de la clase obrera italiana frenan la sublevación de masas, mayoritaria, del proletariado y de las masas oprimidas de Italia.
 
Es con esas importantes consignas democráticas que el imperialismo enfrenta la gran crisis revolucionaria de pos-guerra. Y vemos aquí una conclusión a la cual Engels ya había llegado en sus escritos finales sobre la formación del partido social demócrata alemán: que la consigna de la contrarrevolución, en las vísperas de la revolución proletaria, iba a ser la democracia. Un análisis teórico, para ser tal, debe plantearse en un terreno concreto, no basta para desenvolver una categoría política adjudicarle a determinadas palabras un juicio de valor. Ellas deben ser analizadas en su contenido, por lo que representan en el movimiento histórico concreto.
 
Aquí, en Brasil, se estableció en 1946 un régimen oligárquico que puso fin a una tentativa totalitaria, que había sido, por otra parte, una tentativa de independencia nacional. Las consignas democrático-formales, como la consigna de Constituyente, fueron aquí, en Brasil, como en Argentina y Bolivia, las consignas del imperialismo norteamericano para colocar a América Latina a remolque del imperialismo norteamericano. El caso de Perón en Argentina, un caso claro de totalitarismo, pero al mismo tiempo un caso de tentativa de independencia nacional, fue enfrentado por el imperialismo y por la embajada norteamericanos con consignas democráticas. Y, de un modo general, las consignas democráticas tuvieron esa función en Europa y en los EE.UU., y en la política de esos estados para las colonias y semicolonias. En un balance político general tendríamos que discutir si esos procesos democráticos de posguerra tuvieron éxito. En los EE.UU., su resultado práctico, hasta casi los años 60, fue el macartismo, la mayor caza de brujas de la historia norteamericana. Nadie podría hablar de una victoria de la democracia en los EE.UU. desde 1945 hasta los años 60. Esto fue sufrido fundamentalmente por el movimiento obrero; finalmente las libertades democráticas son un instrumento que importa especialmente a los oprimidos como medio de defensa frente a la explotación. Y el movimiento obrero norteamericano sufrió una dura represión interna en el período del macartismo.
 
Con relación al destino de la democracia en F rancia, la IV" República fue de crisis en crisis hasta acabar con un golpe de estado en 1958, que instauró, hasta los días de hoy, un régimen bonapartista (presidencialista), donde el parlamento es una cámara de registro de los planteos del presidente de la república. En relación a Alemania (Federal), fue considerada por todo el mundo como un Estado policial. Por ejemplo, las personas con ideas marxistas no podían ser funcionarios públicos y la represión ideológica, de un modo general, era impresionante. En esa época, Italia era el país más democrático de Europa, pero era un régimen de opereta, porque la democracia italiana era una ficción, en el sentido de que era un sistema de trenzas, maniobras, pactos espurios. De otro lado, el patrón de la democracia italiana era el Vaticano, que por primera vez en la historia tenía un partido político propio, la democracia cristiana, que quedó vitalicia en el poder político.
 
Ha sido examinado este hecho de que la reivindicación de la democracia fue la consigna de la contrarrevolución; fue la manera en que el imperialismo defendió sus propias fortalezas. No es que eso sea una novedad. De un modo general, son excepcionales los casos históricos en que la democracia no sea una expresión de la contrarrevolución. Por ejemplo, es el caso del único país independiente de América Latina en el período de emancipación de España y Portugal, que es Paraguay. Paraguay fue una nación independiente y al mismo tiempo una dictadura feroz. Cuando los ejércitos de Brasil, Argentina y Uruguay acabaron con la dictadura y con la independencia de Paraguay, este país conoció la democracia. Sólo que era una democracia de mujeres, pues los hombres habían sido muertos en la carnicería de los ejércitos de 'nuestra’ Triple Alianza. En la Argentina, la organización nacional a partir de los años de 1853 y 1860, sobre la base de las consignas democráticas, fue la tentativa más profunda y, en ese caso, la de mayor éxito del imperialismo inglés, que transformó a la Argentina en su colonia. La democracia francesa (IIIo República) fue 'conquistada’ por las armas de Bismarck, quien impuso, con la derrota de Francia en 1871, la República Francesa, después de haber acabado con la Comuna de París. Sobre la tumba del proletariado parisino, se proclamó la III° República francesa. No es el primer caso, pero debe ser observado, pues en los comienzos de las grandes luchas obreras (cartismo, 1846), la burguesía rechazó los planteos democráticos, porque temía que fueran un paso en la completa destrucción del régimen de explotación. Pero cuando las masas fueron aplastadas, cuando la posibilidad de una revolución victoriosa no afectaba la imaginación de la burguesía, entonces la burguesía puso en práctica esas tentativas democráticas (limitándolas).
 
Democracia y Restauración
 
Cuál es el significado del de bate democrático en el último cuarto de siglo, específicamente, y cuál es la pertinencia de esa cuestión para el pensamiento marxista y para el programa socialista? Las consignas democráticas, que parecen oriundas del eurocomunismo, en realidad tienen su origen en otro lado. El eurocomunismo fue apenas el mensajero de un planteamiento fundamental del imperialismo para imponer la restauración del capitalismo en Europa del Este y en la URSS. Será una ofensiva ideológica, mediática y diplomática. Porque de esa ofensiva van a salir los famosos tratados de Helsinki (1975), que la burocracia de la Unión Soviética va a firmar con las principales potencias imperialistas, donde reconoce la vigencia del derecho internacional (imperialista) y del estado de derecho (burgués). En esa época, pocas organizaciones políticas, o casi ninguna, hicieron una evaluación de su significado. Organizaciones adversarias del PO en la actualidad, pero aliadas en esa época, tuvieron la perspicacia de señalar que aquellos tratados internacionales delataban la tendencia de la burocracia stalinista a la restauración capitalista en la Unión Soviética. Esos tratados internacionales de la década del 70, la firma de los pactos de Alemania Federal con la URSS (1970) y con Polonia (1972), y el Tratado de Helsinki (1975), transformaron en derecho nacional de la URSS el derecho internacional (capitalista). Por ejemplo, la libertad de comercio, el derecho de propiedad, la libre circulación económica —que el imperialismo encubría con la libre circulación de las personas, aunque ahora no le importa impedir la inmigración de personas de Yugoslavia, de Turquía y hasta la expulsión de ciudadanos de Alemania de origen no alemán. Circulación de personas, para el capital, es su circulación en calidad de mercancías. Si la Peugeot de Francia precisaba mano de obra barata para la producción, había libre circulación, pero si la fuerza de trabajo es excedente, terminó la libre circulación. Por lo tanto, para el derecho internacional, las personas son fuerza de trabajo. El gran significado de la literatura democrática fue acompañar este fenómeno internacional mucho más amplio, de una importancia histórica extrema, que era la organización de la restauración capitalista en Europa del Este.
 
Ese fue el servicio de la ‘teoría’ de la democracia como valor universal, del predominio de la sociedad civil y de la ciudadanía. Cumplía una función ideológica, es decir, encubierta, de un planteo donde el imperialismo y la burocracia andaban del brazo. Esos tratados no sólo estaban mostrando un esquema internacional dirigido a la instauración del régimen capitalista en la URSS y en Europa del Este, sino que estaban revelando un hecho aún más profundo: la tendencia a la restauración capitalista de la propia burocracia, la cual procuraba apoyos legales, de derecho, diplomáticos e internacionales, para proceder ella misma al proceso de restauración capitalista. En la literatura de mi partido político se puede encontrar ese pronóstico ya en 1973, 1975, 1977 y así en adelante. Lo que importa en política, porque los historiadores pueden analizar incluso con brillantez sólo los hechos consumados, es la capacidad, incluso corriendo el riesgo de errores groseros, de hacer pronósticos alternativos y formular las líneas principales tentativas de los procesos históricos en curso.
No podemos dejar de mencionar el caso de China, bajo el liderazgo de Mao, que en esa misma época firma los acuerdos con Nixon y Kissinger y entra en el juego de la diplomacia de la restauración capitalista, porque ayuda al imperialismo en ese juego de roces entre dos Estados donde la propiedad capitalista había sido abolida. Diría que hasta podemos fechar el comienzo del proceso de restauración capitalista en China, que es evidente en la actualidad, en los acuerdos entre el gobierno chino y Margaret Thatcher, que cede Hong-Kong a China, y en los cuales el Estado chino se compromete a respetar la propiedad privada y los monopolios de los capitalistas de Hong-Kong, lo que quiere decir lo siguiente: que el Estado chino, re-unificado con Hong-Kong, ya es un Estado capitalista, porque protege en una parcela de su territorio las relaciones capitalistas de producción.
 
Creo que ahora se entiende mejor lo que en un comienzo pudo haber chocado en mi ataque a la literatura democrática. Es una literatura anticientífica, apologética, al servicio de ciertos intereses, que cobró actualidad y una vigencia tan aguda porque respondía a un proceso que estaba desarrollándose a espaldas incluso de sus propios apologistas, de una importancia colosal, la restauración capitalista.
La democracia no es lo mismo que el Estado capitalista, la democracia es una forma de organización del Estado, es un régimen político. No podemos confundirla con el Estado, porque hay estados capitalistas que son democracias y hay estados capitalistas que son dictaduras; hay estados que son bonapartistas, semi- constitucionales, y algunos constitucionales. De otro lado, esa organización del Estado puede estar descripta en una Constitución y con seguridad en un conjunto de normas (códigos) que resumen el estado de derecho, es decir, un conjunto de normas que reglan la organización política del Estado y la organización jurídica de la sociedad, donde la ley reglamenta y, por lo tanto, protege relaciones que en verdad se han estructurado en la base social, incluso antes del surgimiento o del pleno desenvolvimiento del Estado.
 
Desde 1960, la burocracia de la URSS comenzó a desenvolver una teoría que cobró un desarrollo pleno con Gorbachov, referida a un “estado de derecho socialista”, que traducía, y así fue calificado al menos por nosotros en su momento, como una manifestación de la tendencia a la restauración capitalista en el seno de la burocracia soviética. Para otros, como el recientemente fallecido Mandel, eran manifestaciones de una tendencia a la ‘autorreforma’ o ‘democratización’. Porque socialismo y estado de derecho es una contradicción en sus términos: el estado de derecho es el estado de derecho individual; por lo tanto, es la reglamentación de antagonismos de los individuos entre sí: el socialismo sólo puede ser tal cuando significa la abolición de los antagonismos sociales, por lo tanto, la ausencia de una lucha de clases, por lo tanto, la falta de necesidad de un Estado que reglamente esos antagonismos de clase inexistentes y, por lo tanto, el carácter superfluo del derecho en general. En este último caso, las relaciones entre las personas adoptan un carácter práctico y positivo, consciente, no reglamentado por una fuerza exterior a la vida social, sino surgido espontáneamente de la propia vida social. La burocracia — ella que es totalitaria, ella que ha regimentado a toda la sociedad, ella que no autoriza las libertades de expresión y de prensa, de organización partidaria, ella que es una feroz dictadura—, cuando habla de estado de derecho, está pensando en el reconocimiento formal, jurídico, de los derechos que ha acumulado después de 40 años de existencia del Estado obrero en aquellos países. Derechos en la forma de privilegios en la apropiación de bienes de consumo, posiciones de mando, mayores ingresos, diferenciación social.
 
La burocracia proclama la necesidad de un estado de derecho y se integra con el derecho internacional para defender sus derechos acumulados como privilegios frente a las masas trabajadoras y, por lo tanto, explotadas, del régimen burocrático. Se trató, por lo tanto, de una manipulación ideológica y de modo alguno de un proceso real de democracia. Se puede percibir ahora que la burocracia, tomando esos derechos y el aparato del Estado anterior que no fue destruido ni desmantelado, se está apropiando de los medios de producción en calidad de propiedad privada y se está transformando en capitalista: éste ha sido el sentido fundamental del ‘estado de derecho socialista (perestroika).
 
Hay muchas personas que critican el capitalismo mañoso en la Unión Soviética. ¿Pero por qué la sorpresa? Necesariamente tiene que ser mañoso. No podría ser de otra manera. Porque con un capitalismo que baja del Estado, la apropiación privada de los medios de producción es el resultado de trenzas entre fracciones, mafias, grupejos, que envuelven incluso a los organismos de seguridad y donde el proceso de acumulación privada capitalista sólo puede ser asegurado o por el Estado, o por el capital internacional. Naturalmente, tiene y tendrá ese carácter por mucho tiempo, sino por la vida entera. Lo que en una época fue considerado como un proceso progresivo de las libertades individuales, etcétera, oculta, en realidad, el proceso de restauración capitalista . ¿Pero entonces no hay ahora libertades que no existían en el pasado? Sí, existen: se puede gritar, pero el derecho de prevalecer con el grito, el derecho a que la opinión mayoritaria se imponga, esto es, el derecho que arranca de la soberanía popular, no existe en la ex-URSS, es una manipulación mediática, organizativa, estatal, en una escala absolutamente impresionante.
 
Marxismo y revolución
 
Marx y Engels ya habían señala do estas características alienantes, manipuladoras de la democracia. Está en la Crítica al Programa de Gotha, está en la crítica de Engels al Programa de Erfurt, está en la visión aguda de Marx, pero especialmente de Engels, que después va a ser profundamente desarrollada tanto por Lenin como por Trotsky, acerca de la importancia de la intervención de los partidos obreros en las instituciones del Estado (incluidas las fuerzas armadas) para agudizar al máximo la posibilidad de delimitación de las masas explotadas en relación a la burguesía, y no, como plantean los partidos reformistas, como un escalón de arribismo y de privilegios del Estado. Sino de aprovechar las elecciones, el parlamento, las cámaras municipales, la participación en las guerras y luchas armadas, para forzar a la burguesía a discutir con el partido obrero, a desenmascararse ante la actividad de ese partido y, por lo tanto, desnudar el verdadero carácter de esos partidos burgueses ante los ojos de las masas obreras. Esa es la función que el partido obrero debería tener para Marx y Engels en el seno de la democracia, nunca reivindicada como un valor universal.
 
Para Marx y Engels, los procesos políticos son procesos históricos, por lo tanto condicionados, y el proceso político debe culminar en su propia abolición, es decir, eliminando el carácter de poder de la organización de la sociedad, que no es más que la expresión del antagonismo que está en la base de esa sociedad. Corresponde la distinción entre la democracia y el estado de derecho, porque uno y otro son dos aspectos ligados, aunque diferentes, de los regímenes constitucionales. La Constitución es al mismo tiempo la definición de la democracia y la proclamación de los derechos y garantías. La división de poderes tiene la función de adaptar la organización del Estado a la preservación de los derechos ‘fundamentales’ (propiedad, circulación). La función principal de esta división es impedir que el régimen electivo o el sufragio universal adquirieran supremacía sobre el derecho existente, o sea que se consagre la soberanía popular. Es la soberanía popular la que se divide en tres o en cuatro (últimamente aparecieron los Tribunales Constitucionales, distintos del poder judicial). Por ejemplo, si aquí en Brasil el gobierno o el congreso decidiesen una expropiación de tierras en favor de los campesinos que no las poseen, los latifundistas recurrirían al Tribunal Superior y con certeza ganarían la causa o serían, por lo menos, escandalosamente indemnizados a costas del contribuyente brasileño. Esta división de los poderes es la organización que corresponde al derecho de propiedad.
 
Lo que Marx señala después de la experiencia de la Comuna de París, es que la clase obrera que lucha por la expropiación de la burguesía opone a la democracia la soberanía popular. Esto quiere decir, dentro de ciertos límites (¡los propios derechos de las masas!), que el derecho surge de la soberanía popular, no al revés, no es anterior a ella ni reduce su posibilidad de decisión a los condicionamientos supra-políticos de un derecho. Es el régimen que en la Revolución Rusa fue conocido como el régimen de los soviets. Es el régimen de la Comuna de París, donde la división de poderes es abolida, donde se busca abolir la burocracia mediante la revocación de los cargos, esto es, el derecho a la revocabilidad y la igualdad de remuneraciones. La producción del derecho (leyes) está condicionada a la voluntad mayoritaria, es decir, a la soberanía popular, y en esa medida se trata del tránsito a una sociedad donde el derecho gradualmente deja de existir y deja de existir el Estado. Porque en verdad, derecho y Estado, presentados por la teoría política como antagónicos —el derecho frente a la prepotencia del Estado—, son sinónimos. El Estado sólo existe para hacer cumplir los derechos y es la expresión material de la realidad jurídica. Naturalmente, la experiencia rusa ha producido una literatura crítica, como los trabajos de León Trotsky, La Revolución Traicionada, donde se interroga, sin dar respuesta concluyente, sobre los mecanismos que puedan evitar la burocratización del nuevo Estado, que emerge en condiciones de atraso y diferenciación social agudos. Naturalmente, tenemos que tener en cuenta que una experiencia internacional común de las naciones más avanzadas impediría el proceso de la burocratización, debido al mayor desenvolvimiento cultural, económico y político de los países que están al frente en el desenvolvimiento histórico.
 
¿Qué significa todo esto para el proceso convulsivo que la humanidad está viviendo en el momento? El proceso de restauración capitalista está lejos de haber terminado. La contrarrevolución todavía no consumó sus propósitos y sólo podría lograrlo, no a través de la democracia, sino de una contrarrevolución directa. Así como para el proletariado, algunas veces las consignas democráticas son un paso en la lucha por la revolución social, también para la burguesía la cuestión democrática es un intermedio, un interregno. Los burócratas rusos, que procuran transformarse en capitalistas privados, precisan aplastar a las masas para poder imponer un plan político y económico que prevé un desempleo del 20 al 50%. En este proceso, ¿cuáles deberían ser las consignas de los explotados? ¿El estado de derecho? No. Tienen que ser las consignas soviéticas, porque estas consignas soviéticas significan, en primer lugar, la expropiación de la burocracia. El primer acto democrático de una revolución en Europa del Este y en la Unión Soviética debe ser la proscripción política de los que aprovecharon el totalitarismo para consagrar sus derechos a expensas de la población. Sólo acabando con estos derechos burocráticos y con la burocracia es que puede desenvolverse un sistema socialista. La consigna en la ex-URSS, en relación a un desarrollo histórico progresivo, son los soviets, no los soviets de Stalin, que en verdad no existían sino los soviets de la revolución. Esto ya existe como una tendencia. En la huelga de los mineros rusos, de 1991 en todas las ciudades mineras se formaron comités de huelga a los que la población recurría para resolver sus problemas más elementales. Esto fue característico de los soviets anterior mente existentes en Rusia, y lo mismo en Bolivia de 1952 con la COB y en 1971 con la Asamblea Popular.
 
La discusión que rodea a este seminario de Engels, acerca de las nuevas tecnologías, es ociosa, pues ninguna es discutida desde el punto de vista que debería ser tenido en cuenta. Discuten las nuevas tecnologías para explicar una crisis del movimiento obrero, que existe naturalmente, pero como resultado del hundimiento de las mayores tentativas históricas que ese proletariado procuró en escala mundial. El problema de la clase obrera mundial no es un resultado de la tercerización… es esa crisis histórica, esa cuestión de la democracia, del estado de derecho; sociedad civil, democracia o dictadura del proletariado. 

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