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Petrogrado en 1917: el panorama desde abajo

La ciudad, su industria y los trabajadores
Por Steve A. Smith
Petrogrado fue la capital del Imperio Ruso y el centro financiero e industrial más importante en una sociedad primordialmente agraria. En 1917 tenía una población de 2,4 millones de habitantes, llegando así a ser la ciudad más grande de Rusia. La ciudad había sido construida por Pedro el Grande como la “ventana al Oeste” de Rusia. Su arquitectura y diseño occidentales simbolizaban la incorporación de Rusia a la cultura occidental y al sistema europeo de estados. Aquí se encontraba el asiento del gobierno, la corte de Nicolás y Alejandra, las más importantes instituciones de la educación y de las artes, las leyes, el comercio y la industria. En los barrios centrales del Almirantazgo, Kazan y Litcinyi, se erigían los palacios de las familias aristocráticas más eminentes, los departamentos de la nobleza y burguesía acaudalada, las tiendas elegantes, los bancos y las oficinas de las empresas. Sin embargo, apenas al otro lado del río Neva, al nordeste, se encontraban los barrios pobres y las abundantes fábricas del barrio Vyborg, y rodeando la ciudad (en el sentido de las agujas del reloj) se encontraban los barrios predominantemente proletarios de Okhta, Nevski, Moscú, Narva-Peterhofy Vasilevsld, donde abundaban la pobreza, el hacinamiento y las enfermedades.
 
Con el estallido de la guerra en 1914, Petrogrado llegó a ser el centro de producción de armamentos más importante de Rusia -abasteciendo los dos tercios de las necesidades nacionales de defensa. La fuerza laboral creció en un 60%, hasta alcanzar 392.800 obreros en 1917 (ó 417.000, si se incluyen las fábricas de los suburbios de la ciudad). La mayor parte de esta expansión tuvo lugar en las industrias que producían directamente para la guerra. En 1917, no menos del 60% de los trabajadores estaban empleados en las industrias metalúrgicas, en comparación con el 11% en las textiles y el 10% en las químicas. Aproximadamente la mitad de la fuerza laboral era novata en la industria, compuesta por campesinos, atraídos por la perspectiva de un trabajo remunerativo en la industria, y por las mujeres, que mantenían a sus familias, ahora que sus maridos y hermanos se encontraban en el frente. Muchos de estos obreros novatos tenían fuertes lazos con el campo y su experiencia de la vida urbana y fabril era limitada. Eran muy diferentes de los obreros calificados que habían trabajado en las fábricas durante muchos años, con sueldos bastante buenos y que tenían un nivel razonable de educación y eran políticamente despiertos. No menos del 68% de la fuerza laboral de la ciudad trabajaba en empresas de más de mil obreros -un grado de concentración sin paralelo en todo el mundo. La concentración de obreros experimentados y politizados en grandes unidades de producción fue crítica para facilitar la movilización de la clase obrera de 1917.
 
Bajo el antiguo orden, los obreros rusos gozaban de pocos de los derechos que sí gozaban los obreros de occidente —el derecho a huelga, a formar gremios independientes y a negociar colectivamente con la patronal. Durante la guerra, el régimen disciplinario en la industria —especialmente en aquellas empresas de propiedad del mismo gobierno— se tornó especialmente represivo. Aunque los salarios de la mayoría de los obreros de Petrogrado subieron hasta el invierno de 1916-17, por lo general las condiciones de trabajo se deterioraban. Los horarios de trabajo se incrementaron junto con la intensidad del trabajo, dando como resultado un salto enorme en la cantidad de accidentes industriales. Los que tenían el coraje suficiente para cuestionar la situación, corrían el riesgo de ser transferidos al frente, arrestados o despedidos. Los trabajadores con conexiones conocidas con el movimiento revolucionario clandestino se encontraban en una situación especialmente arriesgada. Sin embargo, a pesar de las represalias despiadadas de la patronal y del estado, el nivel de huelgas y de actividades revolucionarias subió progresivamente, de acuerdo con el deterioro en las condiciones de trabajo y con el crecimiento en los niveles de exterminio en el frente. Aun así, en el invierno de 1916, a pesar de las ruidosas protestas contra la falta de pan, las subas en los precios de los comestibles y la guerra, que parecía no tener fin, pocos se hubieran atrevido a vaticinar que la dinastía Romanov caería estrepitosamente en los próximos meses.
 
La Revolución de Febrero: relevo en las fábricas
 
La Revolución de Febrero de 1917 llegó inesperadamente.Comenzó el 23 de febrero (8 de marzo), el Día Internacional de la Mujer, cuando miles de amas de casa y obreras, desoyendo los llamados de los dirigentes sindicales de mantener la calma, ganaron las calles. Un obrero de los talleres mecánicos Nobel, en el barrio Vyborg, recordaba:
“Podíamos oír las voces de las mujeres en el callejón al que daban las ventanas de nuestra sección. ‘¡Abajo la carestía!', ‘¡Abajo el hambre!’, ‘¡Pan para los trabajadores!’. Varios camaradas y yo nos asomamos de golpe a las ventanas... Las puertas del molino número 1 Bolshaia Sampsonievskaia se abrieron estruendosamente. Masas de obreras con un espíritu militante llenaron el callejón. Las que nos vieron comenzaron a agitar las manos, gritando '¡Salgan!' ‘¡Paren!’. Por las ventanas entraron bolas de nieve. Decidimos unimos a la manifestación”.
 
Al día siguiente, 200.000 obreros estaban en huelga en Petrogrado. Para el 25 de febrero, ejércitos de manifestantes chocaban contra las tropas; había comenzado la revolución. El 27 de febrero llegó al punto culminante, cuando regimientos enteros de la guarnición desertaron y pasaron al lado de los insurgentes. El mismo día, los altamente respetables líderes de la Duma rehusaron obedecer una orden del zar de dispersarse y, con el apoyo a regañadientes de los generales del ejército, se declararon Comité Provisional (“Gobierno”, después del 3 de marzo). El 3 de marzo, finalmente, Nicolás II aceptó abdicar y Rusia fue Ubre.
 
En 1905. la autocracia había soportado al movimiento revolucionario por casi doce meses antes de tomar finalmente la iniciativa de aplastarlo; en febrero de 1917, la autocracia capituló en menos de doce días. La diferencia se hallaba en el hecho de que en 1905 el ejército había sido básicamente leal al zar, mientras que en 1917, después de tres años de guerra sangrienta y sin sentido, los soldados hicieron causa común con los insurgentes en las calles. La victoria quedó asegurada cuando la oposición liberal-conservadora accedió a desprenderse del zar, creyendo que solamente así se podía ganar la guerra y frenar al movimiento revolucionario.
 
La caída de Nicolás ‘El Sangriento’ llenó de júbilo y exaltación a los obreros y soldados de Petrogrado. Para ellos no tenía sentido entender la revolución como 4burguesa* todo lo que eso implicaba. En vez de eso creían que Rusia se embarcaba en una revolución democrática que traería enormes beneficios al pueblo. Una asamblea en los talleres Dínamo declaró: “El pueblo y el ejército salieron a las calles no para reemplazar un gobierno por otro, sino para implementar nuestras consignas. Las consignas son: ‘Libertad.’, ‘Igualdad’, ‘Tierra y Libertad’ y ‘Fin de la Guerra Sangrienta’. Para nosotros, las clases desposeídas, la masacre sangrienta es innecesaria”.
En esta etapa, la mayoría de los trabajadores, confiando sin reservas en el Soviet como 'su’ representante, y renuentes a provocar desacuerdos en las filas revolucionarias, apoyaba la política de los socialistas moderados de dar su apoyo incondicional al Gobierno Provisional. No ocultaban, sin embargo, su desconfianza en éste. La actitud típica se sintetiza perfectamente en una resolución de los talleres Izhora:
“Todas las medidas del Gobierno Provisional que destruyen los restos de la autocracia y fortalecen la libertad del pueblo deben ser totalmente apoyadas por la democracia. Todas las medidas que llevan a la conciliación con el antiguo régimen y que van contra el pueblo deben enfrentarse con protestas decididas y represalias”.
 
Desde el comienzo, entonces, los trabajadores desconfiaban en el Gobierno Provisional, al que veían atado con mil hilos a los intereses comerciales y de los dueños de la tierra.
 
Con respecto al problema acuciante de la guerra, los obreros en Petrogrado también tendían en esta etapa a consentir la política del Comité Ejecutivo de los Soviets. En contraste con los bolcheviques, quienes después de abril denunciaron la guerra como “imperialista” y llamaron a los trabajadores a impulsar la guerra civil contra sus propios gobiernos, los mencheviques y socialistas-revolucionarios -a pesar de estar divididos en alas 'defendisteis’ e 'internacionalistas’- tendieron a no hacer hincapié en la oposición a la guerra, sino en trabajar para la paz. Presionaron al nuevo gobierno a trabajar seriamente para conseguir una paz democrática entre los beligerantes, quienes renunciarían a las reparaciones y anexiones. La Revolución de Febrero fortaleció el apoyo a esta política entre los trabajadores y soldados de Petrogrado. Lenin describió esta política como “defensismo revolucionario”, en tanto aceptaba seguir la guerra hasta tal momento en que se alcanzara la paz, con el objeto de defender la Rusia revolucionaria frente al militarismo austro-alemán.
 
Revolución en las fábricas
 
Al volver a sus puestos de trabajo después de las huelgas de febrero, los trabajadores procedieron a desmantelar la estructura autocrática de dirección en las fábricas, de la misma manera en que había sido desmantelada en la sociedad de conjunto. La creación de una fábrica ‘constitucional’ fue vista como el pre-requi-sito de una mejora en el prestigio y la dignidad de los obreros dentro de la sociedad. La democratización de las relaciones laborales en las fábricas asumió formas variadas. Primero, los capataces y los administradores odiados huyeron o fueron expulsados. En los gigantescos talleres Putilov, por ejemplo, trabajaban aproximadamente 30.000 obreros; los trabajadores metieron al antiguo líder de las ‘Centurias Negi'as’ (1) de la fábrica, Puzanov, en una carretilla, le untaron la cabeza con plomo rojo y lo llevaron á un canal cercano, donde le amenazaron con arrojarlo en castigo por sus antiguas fechorías. Segundo, fueron anulados los reglamentos de las fábricas, con sus multas punitivas y la práctica frecuente y humillante de palpar a los trabajadores. Tercero, y más importante, se crearon comités de fábrica para representar los intereses de los obreros frente a la dirección.
 
En las grandes empresas del estado, los nuevos comités tomaron provisoriamente la administración de las fábricas, ya que la antigua administración había huido. El 13 de marzo, miembros de los comités de fábricas pertenecientes al Departamento de Artillería definieron el objetivo del nuevo orden fabril como la “autogestión de los obreros en la escala más amplia posible”, y las funciones de los comités fueron especificadas como la “defensa de los intereses del trabajo frente a la dirección de la fábrica y el control sobre sus actividades”. A nuestros oídos, la palabra ‘control’ suena como si los obreros echaran a los gerentes y manejaran ellos mismos la administración de todo, pero en Rusia la palabra 'control’ tiene el sentido más modesto de supervisión o inspección. Lo que estos obreros de las plantas estatales pretendían no era que los comités manejasen las empresas en forma permanente, sino que tuvieran el derecho de supervisar las actividades de la administración oficial y de ser informados de todo lo que pasaba.
 
En el sector privado, las actividades de los comités durante la primavera de 1917 no llegaron tan lejos. Allí funcionaban virtualmente como sindicatos, dado que los sindicatos propiamente dichos no se establecieron hasta principios del verano. La primera medida de los comités fue la introducción unilateral de la jornada de trabajo de ocho horas, algo que se les había negado en 1905, y la limitación o abolición de horas extras. Bajo presiones enormes, el Soviet y la Sociedad de Dueños de Fábricas y Talleres de Petrogrado aceptaron formalmente la introducción de la jornada laboral de ocho horas el 10 de marzo. Los comités luego exigieron grandes aumentos salariales para compensar la carestía del período de guerra. En los seis meses anteriores a la Revolución de Febrero, los salarios habían caído un 10% en términos reales, como resultado de los enormes y repentinos aumentos de precios. Entonces, una acción combinada de comités y huelgas espontáneas obligó a la patronal a acordar aumentos en los salarios de entre 30 y 50%. Después de haber logrado estos aumentos, los comités se dedicaron a un amplio espectro de actividades, incluyendo la protección de la propiedad de la fábrica y el mantenimiento de la paz y el orden en los barrios obreros; el con-trol de eximición legítima de servicio militar entre los trabajadores; la organización del suministro de comestibles; el mantenimiento de la disciplina laboral en los talleres; la organización de actividades educativas y culturales, y la campaña contra el alcoholismo.
 
Los trabajadores y el Gobierno Provisional
 
Las primeras señales de una creciente ruptura entre las masas y el Gobierno Provisional aparecieron en abril – sobre la cuestión de la guerra. Aunque el gobierno había afirmado su apoyo a la política de paz del Comité Ejecutivo de los Soviets, el 18 de abril, el ministro de Asuntos Externos, P. N. Miliukov, envió una nota a los Aliados, que se hizo pública el día veinte, en la que se retiró la determinación de Rusia de continuar su participación en la guerra hasta conseguir la victoria, y de cumplir los tratados con los Aliados, según los cuales Rusia obtendría Constantinopla y los Dardanelos. La publicación de esta nota fue la chispa de una explosión de indignación en las fábricas y en los cuarteles. Obreros y soldados salieron a las calles el 20 y 21 de abril, y se registraron violentos choques con ‘contra manifestantes burgueses. El efecto de las ‘Jornadas de Abril’ fue profundizar la desconfianza popular en el gobierno. Dos mil trabajadores de la planta de Siemens-Halske reclamaron “el fortalecimiento del control sobre el gobierno” por parte del Comité Ejecutivo de los Soviets, y “la exclusión de los partidarios de la guerra anexionista”, en particular Guchkov (ministro de Guerra en el primer gobierno Provisional) y Miliukov. Resoluciones de “otros trabajadores” reclamaron la denuncia de los trabajadores secretos y la formulación de una propuesta de paz inmediata.
 
En un esfuerzo por recuperar su popularidad entre las masas, el Gobierno Provisional propuso al Comité Ejecutivo de los Soviets que se le uniera en una nueva coalición gubernamental. Al principio, los líderes del Soviet se opusieron a la propuesta, porque temían quedar comprometidos a los ojos de las masas actuando como ministros. El líder del Comité Ejecutivo, I. G. Tsreteli, sin embargo, pronto se convenció de las ventajas de un gobierno de coalición y, el 1° de mayo, el Comité Ejecutivo acordó con la propuesta por cuarenta y cuatro votos contra diez, con dos abstenciones (la oposición provino de los bolcheviques internacionalistas y los socialistas revolucionarios de izquierda). Seis socialistas, entonces, ocuparon caros en el gobierno, junto con los diez ministros ‘capitalistas’. Parece que la mayoría de los trabajadores consideró que el Comité Ejecutivo había tomado la decisión correcta para, como lo señalaron los trabajadores del Almirantazgo, “aumentar la influencia socialista sobre los órganos de poder”. Sin embargo, una muy importante minoría condenó la coalición como “un ministerio de compromiso con la burguesía”.
 
Al momento de la Revolución de Febrero, el Partido Bolchevique estaba en una considerable confusión Sus líderes más capaces estaban en el exterior o en el exilio; sus miembros habían disminuido como resultado de la persecución de tiempos de guerra, y la organización del partido estaba fragmentada, tanto geográfica (había poca coordinación centralizada de las organizaciones regionales) como políticamente (el faccionalismo era corriente). La Revolución de Febrero tomó a los bolcheviques por sorpresa, y su actitud ante el Gobierno Provisional fue dividida. Sólo después del regreso de Lenin desde Suiza, el 4 de abril, se restauró un grado significativo de unidad política en el partido. Las Tesis de Abril de Lenin representaban un extremo pero perspicaz análisis de la situación política en Rusia, que romp10 agudamente con la concepción socialdemócrata ortodoxa de la revolución en dos etapas. Lenin considero que la Vieja fórmula bolchevique es que “la revolución burguesa todavía no está completada” era “obsoleta”. Argumentó que una transición a socialismo estaba a la orden del día en Rusia, porque era el eslabón más débil en la cadena del imperialismo y porque la revolución en Rusia podrís precipitar la revolución en los países más avanzados. En consecuencia, no debería apoyarse al Gobierno Provisional capitalista: en su lugar, el poder debía pasar a las manos del proletariado y del campesinado pobre por la vía de la república de los soviets. Mientras tanto, argumentaba Lenin, la guerra continuaba siendo un “bandidaje imperialista”, al cual los bolcheviques debían oponerse inflexiblemente. El partido aceptó esta nueva perspectiva estratégica en su Conferencia de Abril sólo después de superar una considerable oposición; la nueva visión se concretaba en las consignas: ‘Todo el poder a los soviets” y “Abajo la guerra”.
 
Estas perspectivas tuvieron un tremendo impacto, porque concordaban con las aspiraciones más profundas de los elementos más radicales del proletariado de Petrogrado -los metalúrgicos calificados del distrito de Vyborg y, en un grado menor, de la isla de Vasilievski. Las actitudes de esos trabajadores encuentran una vivida expresión en la resolución aprobada por las asambleas generales de los trabajadores de las fábricas Puzyrev y Ekval, durante las ‘Jornadas de Abril’:
“El gobierno no puede y no quiere representar los intereses del conjunto del pueblo trabajador, y por lo tanto demandamos su inmediata abolición y el arresto de sus miembros, con el objeto de neutralizar su ataque a la libertad. Reconocemos que el poder debe pertenecer sólo al pueblo mismo, es decir, al Soviet de Diputados Obreros y Soldados como la única institución con autoridad que goza de la confianza del pueblo”.
 
El apoyo a los bolcheviques comenzó a crecer a partir de ese momento, no sólo en reacción a los acontecimientos políticos sino también a los económicos. En el verano, la economía nacional desfallecía bajo las aplastantes cargas de la guerra. La producción de combustible y materias primas se desplomó, provocando una aguda escasez en los centros de producción industrial -escasez que la parálisis del sistema de transporte agravaba. El resultado fue que las fábricas comenzaron a cerrar, y miles de trabajadores enfrentaron la sombría perspectiva del desempleo. Mientras tanto, la declinación de la producción de granos, combinada con el caos de los ferrocarriles y las vías de agua, provocaron una creciente escasez de pan y alimentos básicos en las ciudades. Finalmente, la carestía de los artículos de primera necesidad, junto con una mal concebida política financiera del gobierno, impulsaron la inflación al punto que el sistema monetario colapso. El historiador soviético Z. V. Stepanov, estima que en Octubre de 1917 el costo de vida en Petrogrado fue 14,3 veces más alto que en 1913, y que los salarios reales de los trabajadores habían caído entre el 10 y el 60% de su nivel de febrero  de 1917. Algunos trabajadores estaban al borde de la indigencia.
 
Los sindicatos fueron restablecidos en el verano de 1917 y fueron los que encabezaron la batalla por la recuperación de los niveles de vida de los trabajadores. A lo largo de 1917 ejercieron una menor influencia que los comités de fábrica, pero se habían convertido en importantes organizaciones de masas. La mayoría eran sindicatos industriales, representantes de los intereses de todos los trabajadores en una industria dada, sin importar su oficio. Al principio del verano, comenzaron a negociar con la respectiva sección de la Sociedad de Propietarios de Fábricas y Talleres para alcanzar contratos en el ámbito de la ciudad, que regularan los salarios de todos los trabajadores de una rama determinada de la industria. A pesar de las duras negociaciones con los empleadores, la mayoría de los sindicatos tuvo éxito en alcanzar tales contratos; pero aunque parecían acordar importantes aumentos de sueldos, especialmente para los peor pagos, una destructiva inflación devoró estos aumentos casi antes de que se secara la tinta del contrato.
 
El deterioro de la condición material de los trabajadores, especialmente los de bajos salarios, produjo una radicalización en las actitudes políticas de los menos calificados, de los mal remunerados trabajadores provenientes del campo y de las mujeres trabajadoras. Esto fue especialmente manifiesto en la fábrica Putilov, donde los trabajadores de bajos salarios expresaron su bronca y frustración contra los dirigentes del sindicato y del comité de fábrica, a los que juzgaban como demasiado dilatorios en la defensa de sus intereses. I. N. Sokolov, un bolchevique de Putilov, informó: “La masa de trabajadores de la fábrica ... está en estado de agitación como consecuencia de los bajos salarios, al punto que, incluso a nosotros, miembros del comité de fábrica, nos tomaron por el cuello, nos arrastraron a los talleres y nos gritaron ‘dénnos dinero’.
 
En general, sin embargo, el descontento económico tendía a hacer a los trabajadores receptivos a los ataques de los bolcheviques contra el sistema capitalista, la guerra imperialista y el gobierno de la burguesía y los terratenientes. El 20 de junio, S. M. Gessen informó al comité bolchevique de la ciudad que:
“La fábrica Putilov se ha puesto decisivamente de nuestro lado. El espíritu militante de la fábrica tiene profundas raíces económicas. La cuestión de los aumentos salariales es aguda. Desde el mismo comienzo de la revolución, las demandas de los trabajadores por aumentos salariales no han sido satisfechas. Gvozdev (un menchevique y adjunto del ministro de Trabajo) vino a la fábrica y prometió satisfacer las demandas, pero no cumplió sus promesas. En la demostración del 8 de junio (organizada por el Comité Ejecutivo de los Soviets, supuestamente en su apoyo), los trabajadores de Putilov llevaban carteles que decían 'Ustedes nos han decepcionado’.
La creciente corriente de militan-cia entre los trabajadores alcanzó un pico al comienzo de julio.
 
Las manifestaciones armadas del 3 y 4 de julio -conocidas como "Jornadas de Julio’- tuvieron como trasfondo las dificultades económicas que empeoraban, el funesto fracaso de la ofensiva lanzada por Kerensky para impresionar a los aliados, el intento del gobierno de enviar al frente a los regimientos estacionados en Petrogrado, y la quiebra del gobierno de coalición después de la renuncia de cuatro ministros kadetes. Las demostraciones fueron organizadas desde abajo, pero el partido bolchevique, después de una vacilación inicial, aceptó asumir su liderazgo. Los deseos de los miles de trabajadores y soldados que salieron a la calle eran aparentemente claros -forzar la renuncia de los “diez ministros capitalistas” y obligar al Comité Ejecutivo de los Soviets (o más correctamente, desde el primer Congreso de los Soviets de todas las Rusias, el Comité Ejecutivo Central) a formar un gobierno. Los acontecimientos rápidamente tomaron un rumbo avieso. Se registraron choques entre los manifestantes, contra manifestantes y tropas del gobierno, en los cuales murieron o fueron heridas al menos 400 personas. En la noche del 4 al 5 de julio, el gobierno —ahora bajo el liderazgo de Kerensky—, en un evidente esfuerzo para mostrar a las clases poseedoras su capacidad de gobierno, arrestó a importantes líderes bolcheviques como Trotsky y Lunacharski, forzó a Lenin y a Zinoviev a ocultarse, saqueó la sede del partido bolchevique, cerró Pravda y requisó las armas en poder de los trabajadores. Poco después, el gobierno de Kerensky reinstauró la pena de muerte en el frente y anunció su intención de restaurar la disciplina en las fuerzas armadas. Las Jornadas de Julio terminaron no en un gobierno soviético, sino con un profundo giro a la derecha del Gobierno Provisional”.
 
Aunque demostraron dramáticamente la hostilidad sin reservas de la mayoría de los trabajadores y soldados hacia el gobierno, las Jornadas de Julio subrayaron su ambivalencia frente a los socialistas moderados que controlaban la red nacional de soviets. Los manifestantes esperaban forzar al Comité Ejecutivo Central a tomar el poder; pero el Comité estaba determinado a no hacerlo y denunció a los manifestantes como “contrarrevolucionarios’’. Esto creó confusión entre los trabajadores, evidenciada en la intervención de uno de los cuatro trabajadores que se presentaron ante el Comité Ejecutivo Central en representación de cuarenta y cuatro fábricas:
“Es extraño leer el llamado del Comité Ejecutivo Central: los trabajadores y soldados son llamados contrarrevolucionarios. Nuestro reclamo -el reclamo general de los trabajadores- es todo el poder a los Soviets de diputados obreros y campesinos... Reclamamos el retiro de los diez ministros capitalistas. Confiamos en el Soviet pero no en aquellos en quienes el Soviet confía. Nuestros camaradas, los ministros socialistas, entraron en un acuerdo con los capitalistas, pero esos capitalistas son nuestros enemigos mortales. ¡La tierra debe pasar inmediatamente a los campesinos! ¡El control obrero de la producción debe ser instituido inmediatamente! Reclamamos una lucha contra el hambre que nos amenaza”.
 
“Confiamos en el Soviet pero no en aquellos en quienes el Soviet confía”. En su excelente estudio, David Mandel llamó a esto la “paradoja” de las Jornadas de Julio. Los manifestantes creían que el Comité Ejecutivo Central podía ser persuadido a tomar el poder, puesto que no podían ver la otra alternativa, que el Comité Ejecutivo Central estuviera dispuesto a perder apoyo popular antes que a tomar el poder.
Es verosímil que una mayoría de los trabajadores todavía no abandonara la expectativa en el Comité Ejecutivo Central; la matanza y la lucha fraternal de las Jornadas de Julio fortalecieron el sentimiento por la unidad contra la contrarrevolución movilizada abiertamente. Por un corto tiempo, los bolcheviques perdieron apoyo porque los trabajadores reaccionaron contra sus políticas divisorias. Sin embargo, una vez que todos tuvieron tiempo de retomar la confianza, los trabajadores-especialmente los metalúrgicos- llegaron a la conclusión de que los miembros del Comité Ejecutivo Central eran ‘traidores’ que se habían unido a las filas del enemigo de clase.
 
Control de los trabajadores y Bolchevismo
 
Mientras tanto, durante el vera no fue surgiendo un movimiento por el control obrero de la producción. El control obrero es descripto frecuentemente como un ensayo de inspiración anarquista para que los trabajadores se apoderen de las fábricas. De hecho, el movimiento por el control obrero se originó en un esfuerzo eminentemente práctico por enfrentar el desorden económico y mantener las fábricas funcionando. Los agentes del control obrero, los comités de fábrica, inicialmente se limitaron a conseguir combustible y materias primas y a mantener un vigilancia general sobre los gerentes. Durante el verano, sin embargo, como la crisis económica se profundizó, los comités se convencieron de que los empleadores estaban exacerbando deliberadamente la crisis con el objeto de reprimir la militancia de los trabajadores y hacerlos 'entrar en razones’. En un intento por quebrar el ‘sabotaje capitalista’, los comités establecieron formas de control de un más amplio alcance. Comenzaron a intervenir activamente en los asuntos de dirección, examinando los libros y las cuentas contables, e insistiendo en que todas las decisiones de la administración debían ser ratificadas por los comités. Haciendo esto, los comités buscaban mantener las fábricas en funcionamiento y evitar el desempleo masivo. El historiador soviético M. L. Itkin estima que en octubre, 289.000 trabajadores de Petrogrado —o el 74% de la fuerza laboral— trabajaba en empresas bajo alguna forma de control obrero. Esto, sin embargo, debe tomarse en perspectiva, porque Itkin calcula que el control obrero operaba en sólo 96 empresas, lo que significa que cerca del 90% de las empresas de Petrogrado -principalmente las pequeñas y medianas-no estaban alcanzadas por el control obrero.
 
Los grandes empleadores no toleraron semejante incursión en su ‘derecho’ a dirigir las empresas a su voluntad. Consecuentemente, presionaron al ministro de Trabajo, M. I. Skobelev, a tomar medidas para reprimir los esfuerzos de los comités de fábrica por imponer el control obrero. Skobelev respondió redactando dos circulares que prohibían a los comités de fábrica interferir en la contratación o en el despido de trabajadores y reunirse durante el horario de trabajo —una medida que provocó ruidosas protestas entre los trabajadores.
 
Los trabajadores de Langenzippen resolvieron:
“La circular de Skobelev tiene un carácter puramente político y es contrarrevolucionaria. Impide al movimiento sindical seguir un curso organizado y apoya la marcha organizada de la contrarrevolución, que desea sabotear la industria y reducir al país al hambre. Estamos forzados a concluir que el ministro para la ‘protección del trabajo se ha convertido en el ministro de la 'protección de los intereses capitalistas’.
 
Como menchevique, Skobelev creía que el control de los trabajadores sólo agravaría el desorden económico, porque se trataba de acciones no coordinadas de grupos de trabajadores atomizados. Los socialistas moderados argumentaban que sólo una regulación centralmente planeada de la economía por el estado podía comenzar a anular el daño provocado por la guerra. Los bolcheviques, también, creían que sólo una acción centralizada podía restaurarlas fuerzas productivas destruidas, pero argumentaban que era una locura confiar esto al gobierno capitalista, porque entonces cualquier restauración del orden económico inevitablemente sería a expensas del pueblo trabajador. Apoyaban el control obrero, esencialmente como un medio para mitigar el desorden económico hasta el momento en que un gobierno de los trabajadores tomara el poder. Su apoyo al control obrero fue la causa del mayor crecimiento de su popularidad. En realidad, los comités de fábrica fueron las primeras organizaciones populares en pronunciarse en favor de las políticas de los bolcheviques. Tan pronto como a fines de mayo, en la primera Conferencia de Comités de Fábrica de Petrogrado, una resolución redactada por Lenin “sobre las medidas para combatir la desorganización de la economía” ganó por 297 votos contra 21, con 44 abstenciones. La oposición de los mencheviques y socialrevolucionarios al control obrero, por su parte, les hizo perder una gran parte de su apoyo popular.
 
Como el conflicto de clases se polarizaba cada vez más profundamente, el gobierno de Kerensky fue quedando desamparado, sin ningún apoyo social. Comparada con los cataclismos que convulsionaban a la sociedad, la política quedó crecientemente reducida cada vez más a una suerte de juego de sombras. Odiada por las masas radicalizadas, la nueva coalición de Kerensky buscó apoyo en la derecha, sólo para descubrir que también la derecha estaba radicalizada. Oficiales del ejército, industriales y liberales de clase media ahora despreciaban a Kerensky por considerarlo débil, irresoluto y ‘suave’ con la izquierda. Después del fracaso de la ofensiva de junio, comenzaron a coordinar la búsqueda de un hombre ‘fuerte’ que pudiera aplastar la'anarquía’ en la sociedad, revitalizar el ejército y restaurar el orden en la economía. En agosto, encontraron su'hombre en un caballo blanco* en el general Lavr Korailov, recientemente designado Comandante en Jefe por Kerensky. Korailov no escondía su deseo de imponer una dictadura militar que pudiera aplastar a los soviets, y se trazaron planes. El golpe, lanzado el 28 de agosto, fracasó a poco de iniciado, como consecuencia de la pobre organización, de las divisiones en las filas contrarrevolucionarias y de la heroica resistencia de los trabajadores ferroviarios y de los telégrafos. En Petrogrado, los soviets de distrito y los comités de fábrica ayudaron a organizar grupos de trabajadores armados para patrullar la ciudad, cavar trincheras o levantar fortificaciones en los suburbios. Aunque las fuerzas de Korailov nunca estuvieron a distancia de tiro de la capital, el espectro de la contrarrevolución asustó a los trabajadores comunes, que acusaron a Kerensky por haber permitido que las cosas llegaran a semejante trance. Muchos estaban convencidos de que la situación extrema requería una solución extrema.
Después de la rebelión de Kornilov, el apoyo a los bolcheviques creció a pasos agigantados. El 31 de agosto, el soviet de Petrogrado aprobó, por primera vez, una resolución bolchevique, por 279 votos contra 115 (con 51 abstenciones). Esta resolución llamaba a un gobierno de los representantes del proletariado revolucionario y de los campesinos, a inmediatas negociaciones de paz, a la confiscación de las grandes propiedades y a la introducción del control obrero en la industria. El 5 de setiembre, el presidium menchevique-socialista-revolucionario del Soviet renunció, y los bolcheviques fueron elegidos en la mayoría de los puestos del nuevo presidium, con Trotsky como presidente. La mayoría de los trabajadores en las fábricas ahora apoyaba el programa bolchevique. El gobierno de Kerensky —intentando desesperadamente mantener unida a la nueva coalición— fue caracterizado, en las palabras de los trabajadores del Almirantazgo, como “un gobierno de la dictadura de la burguesía y los terratenientes y de la guerra civil, que está conduciendo una política de traición a la revolución y de decepción del pueblo”. Los socialistas moderados del Comité Ejecutivo Central, por su parte, fueron inequívocamente denunciados por la “ruinosa política de compromiso con las clases propietarias, que buscan estrangular a las masas trabajadoras con la huesuda mano del hambre”. Los bolcheviques habían abandonado la consigna “Todo el poder a los Soviets” después de las Jornadas de Julio, porque no había ninguna posibilidad de que los soviets asumieran el poder bajo el liderazgo de los socialistas moderados, llamando en su lugar a un “gobierno revolucionario del proletariadoylos campesinos pobres”. Algunas fábricas siguieron este cambio de táctica, y la hostilidad de clase con la burguesía y el capitalismo se volvió mucho más explícita. El 10 de agosto, por ejemplo, los trabajadores de la Erikson reclamaron “la organización de un genuino poder revolucionario apoyado en los obreros, los soldados y los campesinos pobres, es decir, un poder que será una dictadura dirigida directamente contra la burguesía contrarrevolucionaria”. No todas las fábricas los siguieron: muchas continuaron llamando a un gobierno basado en los soviets, o a un “gobierno socialista homogéneo”, o a un “gobierno homogéneo de la democracia revolucionaria”.
 
Un nuevo tema surgió en el discurso de los trabajadores en setiembre, a saber, la necesidad de los trabajadores de armarse a sí mismos para prevenir una repetición de la aventura de Korailov. Junto a los reclamos de la libertad de los bolcheviques todavía presos desde las Jomadas de Julio, de la destitución de los mandos kornilovistas, de la abolición de la pena de muerte, y de la disolución de la Duma del estado y del Consejo del Estado, figuraba el reclamo “la entrega de armas a los trabajadores para que podamos organizar una Guardia Roja”. Las Guardias Rojas eran destacamentos armados basados en las fábricas, formadas principalmente por jóvenes leales a los bolcheviques. Las Guardias Rojas se describían a sí mismas como una “organización de las fuerzas armadas del proletariado para la lucha contra la contrarrevolución y por la defensa de las conquistas del proletariado”. Pero se volvió evidente, cuando setiembre se convirtió en octubre, y Kerensky continuaba aferrándose a los vestigios del poder, que las unidades que se entrenaban cada tarde en los patios de las fábricas se impacientaban.
 
Así como aumentaba el apoyo al programa de los bolcheviques, así los trabajadores afluían a unirse al partido. En abril, la organización de Petrogrado tenía alrededor de 16.000 miembros; en octubre, sus miembros habían crecido a 43.000, de los cuales las dos terceras partes eran trabajadores. La mayoría de esos reclutas eran varones jóvenes (había relativamente pocas mujeres) que se unían a un partido político por primera vez. Algunos, sin embargo, venían de otros partidos. Una mujer menchevique de la fábrica Siemens-Schuckert, interrogada sobre su ingreso al partido, respondía: “Los líderes del partido menchevique han olvidado su programa y no están dando satisfacción a los intereses del proletariado y de los campesinos pobres. Han restaurado la pena de muerte y han metido a nuestros líderes más populares en ‘cárceles democráticas’. Un socialista-revolucionario de la fábrica Aivaz, escribió al periódico Rabocii (El Obrero), puntualizando: “Como consecuencia de una profunda incomprensión, me uní al partido socialista-revolucionario, que ahora se ha pasado al lado de la burguesía y tiende su mano a nuestros explotadores. Por eso, no me quedaré clavado a este mástil de la vergüenza, abandono las filas de los chovinistas. Como un proletario consciente, me uno a los camaradas bolcheviques que son los únicos genuinos defensores del pueblo oprimido”.
 
Es fácil, en retrospectiva, asumir ahora que la victoria bolchevique era inevitable, pero ciertamente Lenin no lo creía así. Su profunda comprensión de la dinámica social que sostenía por la base el sistema de ‘poder dual’, permitió al partido sacar ventajas de las sucesivas crisis políticas y ganar un cada vez más amplio círculo de apoyo popular, pero Lenin estaba convencido que el poder no caería en el regazo de los bolcheviques. Había que tomarlo. Desde fines de setiembre, en consecuencia, desde su escondite Lenin, impulsó implacablemente al Comité Central a preparar el levantamiento armado.
 
El derrocamiento del gobierno de Kerensky resultó ser un asunto relativamente indoloro. A las 10 de la mañana del 25 de octubre, el Comité Militar Revolucionario emitió el siguiente mensaje triunfal:
“El Gobierno Provisional ha sido derrocado. El poder del estado ha pasado a manos del órgano del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado: el Comité Militar Revolucionario, que está a la cabeza del proletariado de Petrogrado y de la guarnición.
“La causa por la cual el pueblo luchó —mía inmediata propuesta de paz democrática, abolición de los derechos de propiedad de los terratenientes sobre la tierra, control obrero sobre la producción, la creación de un gobierno soviético—, esta causa está asegurada.
“Viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos”.
 
Las mayores fábricas de Petrogrado y las principales organizaciones sindicales dieron la bienvenida al nuevo gobierno. Es verdad que una minoría de trabajadores se opuso a lo que veían como una toma del poder violenta e ilegal que amenazaba con sumir a Rusia en la guerra civil. Estos fueron principalmente los tipógrafos, cerca de la mitad de los trabajadores ferroviarios, la mayoría de los trabajadores de oficina (por ejemplo, los empleados de banco), y una singular fábrica como la textil Pal, ubicada en el distrito mayoritariamente burgués de Alejandro-Nevski. Hay pocas dudas, sin embargo, de que la mayoría de los trabajadores estuvieron complacidos al escuchar que Kerensky había huido de la ciudad. Sentían que finalmente un gobierno genuinamente revolucionario, representante de los obreros y campesinos y basado en los soviets, había llegado al poder. Las tareas inmediatas de este gobierno eran claras: poner fin a la guerra, dar la tierra a los campesinos y restaurar el orden en la economía. Pero observando las tareas de largo plazo, había menos acuerdo. Algunas resoluciones aprobadas por los trabajadores percibían al nuevo gobierno como una simple administración temporaria hasta que se reuniera la Asamblea Constituyente. En el otro extremo, algunos percibían al gobierno bolchevique como una dictadura del proletariado que podría reordenar rápidamente la sociedad de acuerdo a lineamientos socialistas. Entre una y otra posición, la mayoría de las resoluciones eran muy vagas: algunas hablaban de socialismo, otras de democracia revolucionaria. La mayoría -al menos inicialmente-favorecía una coalición gubernamental que comprendiera a todos los partidos soviéticos, porque, a pesar de la masiva desilusión con los mencheviques y los socialistas-revolucionarios, continuaban siendo vistos como legítimos partidos democráticos. Al comienzo de noviembre, sin embargo, nadie preveía que el país pronto sería gobernado por una dictadura unipartidista y estaría suspendido en el umbral de la guerra civil.
 
Conclusión
 
Hasta hace poco, muchos historiógrafos occidentales presentaron la insurrección de Octubre como un golpe militar llevado a cabo por un partido minoritario unido estrechamente, dirigido por un hombre con un deseo casi nietzcheano del poder. Hay un importante grado de verdad en esta visión. El derrocamiento de Kerensky fue en verdad un bien organizado golpe de estado llevado a cabo por el partido bolchevique bajo el mando de Lenin. En este sentido, la Revolución de Octubre fue muy diferente a la Revolución de Febrero, cuando las masas por sí mismas precipitaron directamente la crisis final del ancien regime. Pero describir la insurrección de Octubre como un golpe puro y simple es desconocer completamente su esencia. La caracterización dominante de los hechos del 24/25 de octubre merece un estudio más cuidadoso.
 
En octubre de 1917, los bolcheviques todavía eran un partido minoritario. En las elecciones nacionales para la Asamblea Constituyente en noviembre, ganaron sólo una cuarta parte de los votos, contra 38% para los socialistas-revolucionarios y 13% para los kadetes. El sentimiento popular, sin embargo, estaba cambiando en favor de los bolcheviques. En junio, sólo 105 bolcheviques fueron elegidos al Primer Congreso de los Soviets de todas las Rusias, contra 283 socialistas revolucionarios, 248 mencheviques y 73 delegados sin partido. En el segundo Congreso de los Soviets de todas las Rusias, el 25 de octubre —antes del abandono de los soviets por los socialistas moderados— había 390 bolcheviques, 160 socialistas revolucionarios, 72 mencheviques, 14 intemacionalistas, 6 socialdemócratas unidos, 7 socialde-mócratas ucranianos. En octubre, el apoyo a los bolcheviques era abrumador en las grandes ciudades industriales, especialmente en Petrogrado, en las guarniciones de la retaguardia y en el frente. Los obreros y los soldados eran los más sólidos apoyos del partido. La mayoría de los grupos de trabajadores —con la excepción de ciertos ‘aristócratas obreros’ y trabajadores de oficina—había girado hacia el partido, comenzando con los calificados metalúrgicos, pero rápidamente seguidos por los campesinos sin calificación y las mujeres. Era en las vastas áreas rurales donde las fuerzas de los bolcheviques continuaban siendo débiles. Pero incluso allí, los campesinos que votaron por el partido socialista-revolucionario en las elecciones de la Asamblea Constituyente, votaron por las políticas del ala izquierda de ese partido (que ya había roto con el ala ‘conciliacionista’) y, en las cruciales cuestiones de la tierra y de la guerra, las políticas de la izquierda de los socialistas-revolucionarios no diferían de las de los bolcheviques.
Hasta hace poco, en Occidente se veía el papel que jugaron los obreros, soldados y campesinos en la revolución como esencialmente destructivo, anarquista y elemental. Esas son las “masas sombrías” capaces de demoler, pero no de construir. Un exponente típico de esta visión es el comentario de Theodore von Laue de que “la política rusa desde mayo de 1917 a la primavera de 1921... debe ser vista primeramente en los términos de un mecanismo social hobbesiano, en términos de cruda violencia entre masas desarraigadas por la guerra y la revolución”. Los trabajos recientes de historiadores como Diane Koenker, David Mandel, Ronald Suny, William Rosenberg y Alexander Rabinowitch, disienten de esta visión. Las cambiantes actitudes y actividades de los obreros de Petrogrado, en última instancia, son perfectamente comprensibles en términos esencialmente racionales, sin recurrir a algún modelo hobbesiano. Los obreros tenían necesidades y expectativas muy concretas, que el Gobierno Provisional fracasó en satisfacer. Se volvieron hacia los bolcheviques porque sus políticas parecían representar la única alternativa política viable.
 
Por supuesto, los intereses propios y nacionales no agotan el significado de la revolución: no son más que una insípida explicación de la conducta de la clase trabajadora en 1917. Los obreros estaban motivados por más que meros cálculos de medios y fines. Su racionalidad estaba profundamente imbuida con moralidad e incluso con utopismo. La conciencia revolucionaria tiene bases tanto emocionales y morales como racionales. La esperanza, el sentido de justicia, de odio, de miedo, de indignación, jugaron su parte en la movilización de los trabajadores. Sin embargo, en un análisis final, la radicalización de los obreros de 1917 puede ser explicada muy simplemente: creció como consecuencia de que sus esperanzas en que el Gobierno Provisional pudiera defender los intereses del pueblo y la situación de los trabajadores en sus trabajos y en la sociedad, alcanzar un rápido acuerdo de paz y darle la tierra a los campesinos, fueron amargamente decepcionadas. Por el contrario, di Gobierno parecía defender los intereses de los privilegiados y del sistema de explotación y militar en el cual se apoyaba su poder. Como los empleadores y terratenientes eran percibidos como prolongando deliberadamente la guerra, perpetrando sabotajes en la industria y creando artificialmente escasez de alimentos, creció la hostilidad de la clase obrera a las clases propietarias y se incrementó el apoyo a los bolcheviques.
 
Relacionada con la visión de las ‘masas sombrías’ está la noción de que los bolcheviques ganaron su influencia 'manipulando’ los instintos básicos de las masas mediante una temible combinación de demagogia y mentiras. Seguramente, la agitación y organización bolcheviques jugaron un papel crucial en la radicalización de las masas. Pero los bolcheviques por sí mismos no crearon el descontento popular o el sentimiento revolucionario. Este creció desde la propia experiencia de las masas ante los complejos sucesos económicos, sociales y políticos. La contribución de los bolcheviques fue formar a los trabajadores en la comprensión de la dinámica social de la revolución y nutrir su conocimiento de cómo los problemas urgentes de la vida cotidiana estaban relacionados con el orden político y social más amplio. Los bolcheviques ganaron apoyo como consecuencia de que sus análisis y sus propuestas de solución parecían tener sentido. Un trabajador del taller Orudniinyi, anteriormente un bastión del defensismo, donde incluso a los bolcheviques no se les permitía hablar, declaró en septiembre que “los bolcheviques siempre dicen: no seremos nosotros los que te convenceremos sino la vida misma. Y ahora los bolcheviques han triunfado porque la vida ha probado que sus tácticas son correctas”.
 
Respecto de la misma cuestión, es claro que más que el partido bolchevique, fue la propia clase obrera el mayor factor en la política de Petrogrado en 1917. Los trabajadores crearon una gama de organizaciones y una inmensa variedad de prácticas revolucionarias que, en cierto grado, constituyeron el embrión de un nuevo orden social. No sólo pusieron en pie la red nacional de los soviets, primero los obreros, luego los soldados y más tarde los campesinos, sino también comités de fábrica (probablemente la más importante de las organizaciones proletarias), sindicatos, milicias obreras, Guardias Rojas, cooperativas de consumidores y organizaciones educativas y culturales. Medido en referencia a esta poderosa red de organizaciones interrelacionadas, el aparato del partido bolchevique era pequeño. Los bolcheviques no estaban en consecuencia, antes de octubre, en ninguna posición efectiva para manipular o controlar las organizaciones populares. En realidad, los bolcheviques ganaron el apoyo de esas organizaciones tomando sus preocupaciones como propias, y gradualmente ascendieron a posiciones de dirección dentro de las organizaciones, en gran medida por medios democráticos. Por relacionarse exitosamente con las organizaciones populares, los bolcheviques, en un sentido, ya habían ‘tomado el poder’ incluso antes de derrocar al Gobierno Provisional.
 
Finalmente, la noción del partido bolchevique como el ‘manipulador’ de las masas tiene otra fuente en la imagen estereotipada del propio partido. Esta visión proyecta al partido en 1917 como si hubiera sido la exacta réplica del modelo de partido delineado por Lenin en 1902 en ¿Qué hacer? En su folleto, Lenin argumentaba a favor de un partido de revolucionarios profesionales, altamente disciplinado y centralizado y con métodos conspirativos. En 1917, para mejor o para peor, la realidad del partido bolchevique era muy diferente. En primer lugar, era un partido de masas, con quizá más de 300.000 miembros para el mes de octubre, trabajando abiertamente. En segundo lugar, era una organización débilmente estructurada, en la que el Comité Central tenía sorprendentemente poco control sobre las organizaciones de las ciudades y provincias. Tercero, la muy renombrada disciplina del partido era una ficción. En cada cuestión importante del día, había agudas divergencias y facciones que no se detenían ante desafíos frontales al liderazgo de Lenin (más dramáticamente, la oposición de Kamenev y Zinoviev a la toma del poder en octubre). El partido, entonces, estaba caracterizado en 1917 por un debate vigoroso, a la medida de la democracia interna, y una considerable flexibilidad en sus relaciones con las masas. En relación a sus rivales (que sufrieron fatales fracturas y masiva hemorragia de miembros), es verdad que el partido bolchevique estaba más unificado y centralizado, pero había una gran distancia de la dilecta 'arma organizacional’ de ciertos sociólogos políticos.
 
Haciendo una consideración final de la toma del poder en Octubre, uno está forzado a concluir que los hechos del 24/25 fueron mucho más que un golpe militar. Fueron la resolución de una larga y extendida crisis social, cuyos orígenes se remontan tan lejos como 1905. La guerra liberó las tensiones dentro de la sociedad rusa, y la Revolución de Febrero profundizó la división entre las masas populares y la sociedad propietaria. Esta división corrió tan profundamente a través de la sociedad que, la posibilidad de superarla, incluso en marzo de 1917, eran muy limitadas. El Gobierno Provisional, ayudado por el Comité Ejecutivo de los Soviets, intentó hacerlo durante varios meses, pero fracasó en resolver con la suficiente rapidez y energía las cuestiones que preocupaban a las masas. Perdió por lo tanto toda base social potencial que pudiera haber tenido. En realidad, se condenó a sí mismo hacia un único objetivo —la preservación de su alianza con los propietarios—y fracasó incluso en eso. Cuando en octubre, los bolcheviques derrocaron al gobierno de Kerensky, a las sufridas masas les pareció menos un soplo letal de la muerte para el cuerpo político que un acto de eutanasia. 

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