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Un nuevo-viejo imperialismo

Por Savas Michael-Matsas
Durante los años '90, la globalización fue el tema dominante en el discurso corriente de la burguesía y de la izquierda radical. Después del 11 de septiembre de 2001, el lanzamiento de la "guerra mundial contra el terror", por el gobierno neo- conservador de Bush, con las desastrosas campañas en Afganistán e Irak, ha cambiado el foco de los debates, que ahora se centran en el imperialismo y el "neo imperialismo".
 
Sin embargo, los años '90, la "década fabulosa" para el capital financiero, estuvieron lejos de ser un período de paz y prosperidad: el colapso de la URSS y de los regímenes estalinistas de Europa central y del Este fue seguido por el brutal desmembramiento de Yugoslavia, la guerra de la Otan en Kosovo, las masacres en el Cáucaso y sangrientos levantamientos en todos lados, en los que se incluyen los caóticos conflictos en el Cuerno de África y genocidios como el de Ruanda.
 
Hay una continuidad entre las guerras del Golfo en 1991 y 2003, señalada sobre todo por los efectos directos de la desaparición de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría. Pero también hay una discontinuidad obvia: el alcance de las confrontaciones se extiende más allá de los límites iniciales y se convierte en global. La iniciativa para la guerra se traslada, desde 1999 en adelante, de Europa a América. La política exterior de los Estados Unidos se desplazó desde el multilateralismo de Clinton al unilateralismo neoconservador, de tipo agresivo, de Cheney-Rumsfeld.
 
¿Cuál es entonces la naturaleza del cambio en los primeros años del siglo XXI, que vuelve a focalizar el debate en las políticas imperialistas, o neoimperialistas?
¿Cuáles son las bases materiales del cambio en términos de economía política? ¿Existe alguna característica que defina la época? ¿Es el comienzo de una época histórica totalmente nueva, o la última explosión violenta de todas las contradicciones de una época ya caracterizada por Lenin como "el imperialismo, la fase superior y última del capitalismo"; y por Trotsky, como "la época de la decadencia del capitalismo"?
 
Esta caracterización "clásica" del imperialismo como la época histórica de declinación del capitalismo ha sido aparentemente descartada o revisada, tanto por el discurso radical sobre la globalización como por las teorías acerca del "nuevo imperialismo".
 
"Imperio", de Negri y Hardt, describe una etapa post-imperialista de dominio del capital trasnacional y no centralizado, mientras que las guerras imperialistas posteriores al 11 de septiembre de 2001, son consideradas como un tipo retrógrado de golpe de Estado de las elites, las que miran hacia atrás para reproducir las condiciones anteriores al imperio. La naturaleza arbitraria y artificial de esta construcción intelectual puede ser demostrada fácilmente, dado que carece de una base real para un análisis apropiado de economía política. A pesar de su lenguaje exótico y atractivo -y de algunas interesantes y a veces incluso brillantes introspecciones- se agota en sí mismo en generalidades abstractas y lugares comunes.
 
En una discusión anterior sobre "El imperialismo hoy" (Actuel Marx N° 18, 1995), Michel Husson, Pierre Salama y Gilbert Achcar -al mismo tiempo que trataban de reconectarse con el legado "clásico" de los debates teóricos marxistas sobre el imperialismo de Lenin, Luxemburgo y Bujarin para analizar los rasgos de lo que Husson llama "neoimperialismo"- no han ocultado que encontraron obsoleto el concepto de Lenin de la etapa imperialista del capitalismo como la época de su declinación histórica. Achcar reconoce como importante todavía la definición sistemática de cinco puntos del imperialismo dada como un resumen del análisis completo por Lenin, pero encuentra anticuado el concepto de "la fase superior" de un capitalismo "moribundo", decadente, agonizante, parasitario (op. cit. p. 103).
 
Pero, de hecho, es imposible separar la comprensión de Lenin acerca de la naturaleza de la época de los cinco aspectos esenciales en que se manifestaban en el momento particular en el que él los compendia (concentración de capitales en monopolios dominantes, fusión de la banca y el capital industrial, y creación del capital financiero, la primordial importancia de la exportación de capitales en relación con la exportación de materias primas, que es el comienzo de la división del mundo por los monopolios capitalistas internacionales; y la completa división territorial de todo el mundo entre las más grandes potencias capitalistas).
 
El argumento de Achcar para demostrar el carácter "anticuado" del concepto leninista de decadencia capitalista es la "onda larga" de la expansión del capitalismo después de la Segunda Guerra Mundial. No es coincidencia que el mismo auge prolongado posterior a la guerra sea tomado como un hito por David Harvey para distinguir entre el imperialismo "clásico" del período 1885-1945 y el "nuevo" imperialismo, posterior a 1945, bajo la hegemonía mundial de los Estados Unidos.
 
La contribución teórica de Harvey es rica, penetrante y contradictoria. No puede ser tratada en pocas líneas (ver la discusión en Materialismo Histórico, volumen 14, tomo 4, 2006; y la crítica de Peter Kennedy en Critique, vol 34, N° 3, diciembre 2006, pp. 347-353, cuyos puntos principales compartimos). El punto central que se enfoca aquí es la idea de Harvey de que detrás del esfuerzo imperialista de los Estados Unidos, incluyendo la guerra en Irak, hay un intento de la elite política estadounidense de contrarrestar, por medios político-militares, la amenaza que significa para los Estados Unidos perder el dominio territorial y político en el contexto de una declinación económica en desarrollo; y de reinstalar su supremacía en el mundo, por encima de potenciales rivales como potencias hegemónicas, es decir la Unión Europea y, sobre todo, China.
 
Peter Kennedy señala correctamente que el análisis de Harvey del "nuevo" imperialismo omite completamente la lucha de clases y la contradicción principal capital/trabajo. Harvey la reemplaza con dos lógicas de poder entrelazadas, pero bien diferenciadas (la lógica del poder territorial y la lógica de la acumulación de capital) dentro del polo de la contradicción principal: el capital en sí mismo. Siguiendo el mismo razonamiento de Arrighi, Harvey ve la decadencia en una forma limitada, argumenta Kennedy, como "una posible decadencia de una hegemonía imperialista (Estados Unidos) y una transición (abierta) hacia la posibilidad de otra hegemonía (China)... Las ideas de Harvey acerca del desarrollo capitalista son esencialmente ideas acerca de ciclos y ondas de la misma relación sin final del capital" (op. cit., p. 351).
 
El mito del eterno retorno no es exclusivamente central en las tempranas formaciones pre-capitalistas; reaparece nuevamente, como agudamente lo demuestra Walter Benjamin en su Passagenwerk-El proyecto Arcades, con el histórico agotamiento de la burguesía, la clase gobernante de "la última forma de una sociedad de clases antagónica". Desde la perspectiva mundial de una clase gobernante moribunda, formas diferentes están ascendiendo y declinando, pero nunca rompiendo la continuidad de un tiempo cíclico donde la misma relación social fundamental se reestablece eternamente. El eterno retorno es el mito que ensombrece a un mundo capitalista en decadencia, desde los tiempos de Nietzche hasta hoy.
 
El mito fue desafiado y sacudido en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial por la revolución socialista de octubre de 1917, como el poderoso acto inicial de una época de transición hacia la abolición del capitalismo y de la sociedad de clases a escala mundial, así como del surgimiento de una sociedad emancipada, sin clases: la sociedad comunista sin Estado. Los siguientes levantamientos, una ola de revoluciones en Europa y Asia, las derrotas históricas de la clase obrera, el alza del estalinismo y el fascismo, la Gran Depresión y el deslizamiento hacia una nueva y aún más devastadora guerra mundial tornaron bastante convincente la visión de un capitalismo decadente y agonizante.
 
Pero en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, "los treinta gloriosos años dorados" de la expansión capitalista -sobre las bases keynesianas del acuerdo de Bretton Woods- han cambiado todo el panorama del mundo y alimentado las ilusiones del eterno retorno a una nueva juventud del sistema capitalista bajo nuevas formas. Esta falsa conciencia mítica estaba compuesta por el fetichismo del "fetiche final" (Marx, El Capital, vol. III), capital ficticio, con su globalización por un período de un cuarto de siglo, desde la última parte del siglo XX hasta hoy.
 
Hubo solamente un período relativamente corto en el que la "eternidad" del capitalismo fue nuevamente desafiada: en la explosiva década entre el final del sistema de Bretton Woods y antes de la dominación de la globalización del capital financiero, cuando las formas pasadas de control social habían colapsado y las nuevas no estaban todavía firmemente establecidas: durante la oleada revolucionaria de los años 60' y 70' (movimientos de derechos civiles y contra la guerra de Vietnam en los Estados Unidos, Mayo de 1968 en Francia, el Cordobazo en la Argentina y la insurgencia revolucionaria en toda América Latina; la Primavera de Praga, el "otoño caliente" italiano, la revolución portuguesa y la caída de las dictaduras en Grecia y España, la histórica derrota del imperialismo en Vietnam, el revolucionario derrocamiento del régimen del Sha en Irán, etc.).
 
Pero incluso en esos años -a pesar de que el capitalismo, el imperialismo y el estalinismo fueron desafiados y una perspectiva revolucionaria volvió a ser una alternativa de emancipación creíble- faltaba una teorización real y cohesiva de esas luchas, si bien hubo una corriente de ideas nuevas que reflejaba las necesidades revolucionarias en los países capitalistas desarrollados y algunas contribuciones creativas importantes, aunque no decisivas. En general, esos eventos, cuando no fueron simplemente desechados por el ambiente político- académico controlado por estalinismo, fueron tratados ya sea en forma impresionista o transcriptos en una codificación "marxista" dogmáticamente rígida por la izquierda anti-estalinista. Nunca fueron adecuadamente teorizados.
Esas experiencias estratégicas representan un momento crucial en la transición a la actual etapa de la lucha de clases. No pueden ser desechados, sino que deben ser teorizados en el contexto más amplio de la teoría dialéctico-histórica de la revolución, cuyo núcleo debería ser una teoría marxista de la época del capitalismo en declinación, su auto-reflejo.
 
Una conciencia teórica de la época, basada en una continua crítica marxista de la economía política y una concepción de la historia no lineal, debe necesariamente incluir la teorización de las rupturas del continuum histórico, las principales experiencias de la lucha por la emancipación, toda la "tradición de los oprimidos" (Benjamin). Acontecimientos cruciales, como revoluciones y contrarrevoluciones, comenzando con la Revolución de Octubre o el subsiguiente ascenso y caída del estalinismo, no son sólo figuras superficiales, sino componentes integrales e interactivos de la época en sí misma.
 
Se debe precisar el concepto de declinación: es la declinación de la ley fundamental del movimiento del capital, la relación de valor que manifiesta una incapacidad creciente para funcionar como el principio regulador de la vida económica y social. Llega a sus límites históricos, desde la última parte del siglo XIX en adelante, con la tendencia hacia la universalidad generada por la relación del capital, en los conflictos de la modernidad, con los límites externos y territoriales, y también con sus propios límites internos: los de la acumulación del capital, los límites históricos en la relación capital/trabajo. El desarrollo de nuevas formas de control social sobre la clase obrera rebelde, sobre todos los aspectos de la vida de la población trabajadora; el rechazo a la amenaza de revolución social en las metrópolis y a las revueltas de los pueblos al exterior de ellas se convierten, particularmente luego de octubre de 1917, en la principal preocupación del imperialismo, del capitalismo en declinación y su decadente clase gobernante.
 
El concepto de imperialismo, no como una política expansionista sino como una época específica en el desarrollo capitalista, que introdujo por primera vez Lenin, está vigente hoy en día como nunca antes y es fundamental como perspectiva histórica. Solamente con una teoría unificada de este tipo es posible evitar ver a la segunda parte del siglo XX como una negación formal de su primera parte y más bien comprenderla como una negación dialéctica, un momento de conexión, de transición a la situación mundial actual que surge a principios del siglo XXI. Es la única manera de comprender la lógica en la locura del imperialismo actual, y de tomar medidas para escapar del círculo vicioso del mito dominante de su eterno retorno.
 
La globalización no es una nueva etapa de fines del siglo XX. Es un proceso con diferentes fases a través de toda la época imperialista, en la cual se ha establecido una división mundial del trabajo, un mercado mundial y el carácter mundial de las fuerzas productivas modernas y de las luchas políticos y de clase.
 
La transición de una fase a la otra se determina por la necesidad del capital de restablecer su control sobre el trabajo en una nueva forma, luego de que la contradicción entre trabajo y capital había tomado un carácter explosivo y revolucionario.
 
En una ocasión anterior, hemos presentado una periodización de las diferentes fases de la época imperialista (Savas Michael-Matsas, "La mundialización como fantasma del comunismo", Marx Ahora N° 6-7/1998-9, La Habana, Cuba).
 
La primera fase va desde fines del siglo XIX a la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre (debatida por Hilferding, Lenin, Luxemburgo, Bujarin y otros).
 
El intento de restablecer el control con los viejos medios del período del patrón oro y de la protección de la Nación-Estado llevó a la catástrofe, la Gran Depresión y a la Segunda Guerra Mundial.
 
El viraje al keynesianismo, ya propuesto por Keynes en la Conferencia de Versalles (1919) como respuesta al desafío que representaba la Revolución de Octubre, fue introducido primero en los Estados Unidos con el "Nuevo Trato" (New Deal) y, con posterioridad, después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, a escala internacional por el acuerdo de Bretton Woods. La supremacía incuestionable de los Estados Unidos en relación con los devastados Europa y Japón, también reflejó que era posible (ya que las dos terceras partes de las reservas mundiales de oro estaban acumuladas en Fort Knox) establecer una convertibilidad fija entre el dólar estadounidense y el oro a 35 dólares por onza de oro. La incapacidad de retornar al patrón oro -el sistema monetario internacional utilizado durante toda la época de ascenso del capitalismo mundial- y el viraje hacia un patrón de intercambio de oro basado en el dólar estadounidense, fue en sí mismo un síntoma claro de la declinación histórica del propio sistema.
 
El acuerdo de Bretton Woods, junto a los acuerdos de Yalta-Potsdam, para la división de Europa en zonas de influencia entre la burocracia estalinista del Kremlin y sus aliados en la guerra imperialista, se convirtieron en la base para controlar una explosión revolucionaria de posguerra en la Europa devastada, donde los partisanos comunistas surgieron como la fuerza dominante de la resistencia en Francia, Italia, Grecia y el sudeste de Europa. Detrás del marco establecido por 30 años de concesiones keynesianas a la clase obrera, hubo un cambio en la relación de fuerzas entre las clases, el fortalecimiento renovado de la clase obrera, la amenaza de un nuevo Octubre, de una repetición de los acontecimientos revolucionarios que siguieron a la Primera Guerra Mundial. La revolución fue repelida con medios económicos pero, sobre todo, por las condiciones políticas que produjo la colaboración del estalinismo en Yalta y luego, durante la Guerra Fría.
 
El "nuevo imperialismo" de Harvey, posterior a 1945, pone el principal énfasis en el ascenso de los Estados Unidos a la dominación mundial a expensas de los poderes europeos que dominaban anteriormente, ahora en declinación, sin tomar en consideración esos parámetros políticos y la lucha de clases, y sin ver debajo de la superficie del auge posterior a la guerra el funcionamiento de las leyes del movimiento de un sistema capitalista mundial en declinación. El imperialismo estadounidense sabía muy bien que sin el restablecimiento del capitalismo en Europa y Japón, sin hacer de gendarme del mundo contra la "amenaza comunista" y las rebeliones de las ex colonias y de los países semi-coloniales, sin la supervivencia del capitalismo como sistema mundial, su propia supervivencia en el territorio americano estaba en peligro. En el período posterior a la guerra, se tornó obvia no sólo la decadencia de Inglaterra y Francia, con el desmantelamiento de sus imperios coloniales, sino la dependencia de Estados Unidos de la economía mundial, de la política mundial y de la lucha de clases mundial, de la existencia de un equilibrio capitalista mundial, los que revelan, a pesar de todos sus recursos, los límites históricos del capitalismo estadounidense atado a un sistema mundial en un proceso de declinación histórica.
 
Esos límites se hicieron visibles nuevamente cuando la expansión capitalista sin precedentes posterior a la guerra condujo a una crisis, también sin precedente, de sobreacumulación de capital a fines de los años '60 y principios de los '70, que desestabilizó toda la situación social y política a nivel internacional y desencadenó la ola revolucionaria que siguió a Mayo de 1968. Se manifestó una crisis de poder político en el centro y en la periferia del capitalismo mundial, a la par que se hizo obvio que los aparatos de los Estados y partidos estalinistas no podían más controlar, como había ocurrido en el pasado, los movimientos de las masas radicalizadas.
 
Es el espectro de una revolución en ascenso el que llevó al viraje en la expansión del capital financiero, la globalización de las finanzas y la estrategia política que tomó el a menudo engañoso nombre de "neo-liberalismo". La liberalización y la globalización de los mercados financieros dieron una salida al excedente de capital, la especulación ayudó a la formación de una base de clase media de nuevos ricos, a los regímenes de derecha y su ofensiva neo-liberal contra el "Estado de bienestar" y los sindicatos, mientras el papel de las burocracias y las limitaciones políticas de los propios movimientos radicales tuvieron como resultado la desmoralización y una prolongada retirada. La culminación de este proceso de una progresiva globalización capitalista fue el colapso del estalinismo en Europa Central y del Este, la implosión de la Unión Soviética, el giro hacia la restauración capitalista en el ex espacio soviético, Rusia y China.
 
Pero la euforia en el imperialismo occidental y las ilusiones en "una victoria completa y final del capitalismo liberal" demostró ser de corto aliento. La tercera fase de la globalización capitalista no solucionó, sino que globalizó las contradicciones capitalistas que comenzaron nuevamente a estallar, particularmente en la última parte de la década del '90.
 
La globalización de las finanzas no resolvió la crisis de sobre-acumulación del capital y, por el contrario, la exacerbó al agregar gigantescas sumas de capital ficticio que tenían derecho sobre una masa declinante de plusvalía disponible. Lo demostró una serie de sacudidas financieras. En los años '80, los costos de la destrucción del excedente de capital fueron pagadas por los llamados LDC's (países poco desarrollados), los países sobre-endeudados de América Latina, África y Asia. A fines de los años '90, los costos de la crisis, con centro en los países del sudeste asiático, fueron pagados principalmente en principio por los llamados NIC's (países recientemente industrializados) del este asiático. Pero, en concordancia con la crisis internacional, moviéndose en espiral por todo el mundo, con la cesación de pagos de Rusia en agosto de 1998 y el colapso de los más importantes fondos de inversión de alto riesgo (hedge funds), el LTCM en los Estados Unidos en septiembre- octubre del mismo año, la perspectiva de una desintegración a escala mundial se hizo visible. El estallido de la burbuja de la economía de las "punto com" en los Estados Unidos en el año 2000, la recesión que siguió, la bancarrota de corporaciones gigantescas como Enron y de países enteros considerados como "la historia exitosa del neo-liberalismo", como Argentina en 2001, convirtieron a esta perspectiva en algo palpable.
 
Desde mediados de 2002 hasta 2006, hubo una mejoría relativa y despareja en la economía mundial. Su eje fue el rápido crecimiento de la peculiar formación económica y social de China, que financia con sus enormes reservas excedentes en dólares, provenientes de sus exportaciones masivas (actualmente alrededor de 1 trillón de dólares), los gigantescos déficit de la economía estadounidense, invirtiendo en bonos del Tesoro norteamericano.
 
Los rasgos históricos de una declinación sistémica ya son visibles en estos enormes y precarios desequilibrios alrededor de los cuales la economía mundial evoluciona: el parasitismo sin precedentes de los Estados Unidos, la economía capitalista más poderosa del mundo; en la economía mundial, su dependencia y la dependencia de la mejoría mundial de China, una economía híbrida con un sector no capitalista que sustenta un sobrecrecimiento económico orientado hacia el capitalismo.
 
Pero el ciclo 2002-2006, sustentado por el eje China-Wall Street, ha terminado. El desastre financiero internacional disparado por la crisis de la bolsa de Shangai el 27 de febrero de 2007, junto a las afirmaciones de Alan Greenspan acerca de la perspectiva de una declinación de la economía de los Estados Unidos a fines de ese mismo año muestran las fisuras en este eje.
 
Durante la crisis asiática de 1997, China pudo escapar de sus consecuencias gracias a las peculiaridades de su formación socio-económica, que en su cristalización contiene un sector no capitalista con origen en la Revolución China. Una década después, las mismas peculiaridades hacen de China el disparador de un torbellino financiero internacional. El proceso de restauración capitalista "con características chinas" ha socavado el sector de la banca y empresas estatales, ha producido una enorme crisis de sobreinversión, burbujas de inversiones financieras y, al mismo tiempo, monstruosas desigualdades sociales, cavando una brecha abismal entre la devastación social en el campo y la acumulación de riqueza por parte de los mandarines locales, las corruptas burocracias del Estado-Partido y empresarios extremadamente ricos. La integración de China en el capitalismo mundial no ha creado una nueva superpotencia imperialista capaz de reemplazar a los Estados Unidos como poder hegemónico mundial (de acuerdo con un escenario demasiado publicitado, teorizado también por Arrighi, Harvey y otros), sino que se ha convertido en un factor de desestabilización, tanto para China como para la economía capitalista mundial. Si la crisis del verano de 1997 destruyó el mito de los NIRCs, los "tigres asiáticos", como las nuevas superpotencias del siglo XXI, el shock de febrero de 2007 es un golpe poderoso al mito del "Dragón Chino".
 
La premonición es clara: ni la restauración capitalista en China ni en Rusia, después de 16 años del colapso de la URSS, pudieron rejuvenecer el capitalismo mundial, o salvarlo de su inexorable declinación.
 
La globalización de las finanzas no pudo solucionar la crisis de sobreacumulación de capital que surgió luego del colapso del sistema de Bretton Woods. La ha exacerbado. También ha fallado la estrategia neo-liberal insolublemente ligada a ella. No funciona más como una política económica eficiente, pero, por sobre todo, como una forma de control social y de domino de clase. La crisis de gobernabilidad política, que el capital financiero y el neo-liberalismo trataron de desactivar en las últimas décadas del siglo XX, reaparece con más fuerza a principios del siglo XXI.
 
Sin una teoría marxista de la declinación capitalista, todos estos fracasos continúan siendo una adivinanza sin solución. Lo mismo se aplica al nuevo impulso guerrero en Medio Oriente, Asia Central y a nivel internacional.
 
La última década del siglo XX ha demostrado, nuevamente, tanto la debilidad político-militar de la Europa capitalista como su declinación histórica. La respuesta del eje franco-alemán de integración capitalista europeo al colapso de la Unión Soviética y su bloque de Europa oriental, fue asumir el desafío mediante la unificación de todo el continente en una gran superpotencia, con un reclamo hegemónico en el mundo posterior a la Guerra Fría contra los Estados Unidos.
 
Este es el lineamiento estratégico desde el Tratado de Maastricht (1992) al Plan Lisboa (2000), desde el rol desastroso jugado en el desmembramiento de Yugoslavia hasta la integración de los países de Europa del Este y Central como miembros de la Unión Europea.
 
La línea estratégica ha fracasado miserablemente. La intervención europea en Yugoslavia terminó en un sangriento callejón sin salida, que permitió a los Estados Unidos tomar el papel conductor desde Bosnia y Kosovo en adelante, mientras la grandiosa expansión de la Unión Europea hacia el Este terminó con una problemática integración económica y política de una cantidad de Estados "clientes" de los Estados Unidos, emplazamientos de nuevas bases misilísticas y militares de los Estados Unidos, incluyendo cárceles de la CIA y centros de interrogatorios para su utilización en la "guerra global contra el terror, y como una amenaza para la renaciente Rusia.
 
La debilidad de Europa en relación con Estados Unidos se ha reafirmado. Pero esta debilidad, que manifiesta definitivamente la declinación del capitalismo europeo, no impide que un proceso histórico similar, con un ritmo y en forma diferentes, involucre también a Estados Unidos. Es el capitalismo como sistema mundial, no uno u otro centro metropolitano, el que está en decadencia.
 
Los fracasos de Europa en los años '90 alentaron el cambio en la política exterior de Estados Unidos desde el multilateralismo al unilateralismo, expresado mediante los arrogantes y estúpidos comentarios de Donald Rumsfeld acerca de la "vieja Europa" en las vísperas de la guerra contra Irak. Pero su relativa ventaja frente a Europa no protege a Estados Unidos de las fuerzas sistémicas de la declinación. Con diferentes "tempos", Europa y América se encuentran sumergidas en las mismas dificultades.
 
El parasitismo económico en la economía mundial, el agotamiento de la globalización financiera como una salida temporaria de la crisis, el miedo a una renovada radicalización social y al activismo, exacerban la urgente necesidad de los Estados Unidos de reformular un nuevo orden mundial bajo su hegemonía en el mundo caótico posterior a la Guerra Fría. La decadencia sistémica empuja al capitalismo estadounidense a tomar el camino de un renovado militarismo y llevar a cabo agresivas guerras imperialistas.
 
La guerra se convierte en un medio de control social externa e internamente. La "guerra global contra el terror" está íntimamente ligada a la declaración de un "estado de emergencia" interno, que estrangula las libertades civiles en nombre de una decadente democracia burguesa. El Acta Patriótica es la otra cara de Guantánamo.
 
Pero este modo extremo de dominio de clase también ha fracasado. Está en un punto muerto en el ocupado y resistente Irak, que se ha convertido en una pesadilla para el imperialismo de Estados Unidos y su "Coalición de los Voluntarios", bajo la forma de un espectro mucho más amenazador que el de la derrota en Vietnam. Afganistán es incontrolable, lo cual desestabiliza también a Asia central, Pakistán y todo el subcontinente indio. La guerra del sionismo israelí -apoyada por los Estados Unidos- contra el Líbano, en el verano de 2006, encontró por primera vez una derrota militar y un desastre político.
 
No hay duda de que el imperialismo yanqui y sus aliados están perdiendo esta "guerra global" con consecuencias políticas globales desastrosas (Ver Savas Matsas,
"La guerra contra el terrorismo cinco años después", En Defensa del Marxismo N° 34, Buenos Aires, 2006). Los coletazos de las derrotas en las guerras imperialistas han producido una crisis de régimen, como se ha visto en el "CIA-gate" y en las elecciones en Estados Unidos en noviembre de 2006, la crisis del "New Labor" (Nuevo laborismo) de Blair, la caída de Aznar en España, la del primer gobierno centroizquierdista de Prodi en Italia, etc.
 
Las derrotas no conducen directamente a la paz, sino todo lo contrario. Cuando la derrota en Vietnam se hizo visible en el horizonte, Estados Unidos extendió la guerra en Camboya y Laos. Actualmente, la administración de Bush ignoró el Informe Baker y aumentó los preparativos de guerra contra Irán y Siria, mientras fogonea el conflicto civil dentro de Irak, Líbano y Palestina.
 
La tarea del movimiento antibélico, que surge de este análisis, es transformar, mediante la acción de clase, la crisis del régimen político en los países capitalistas beligerantes en una crisis política revolucionaria que derrote al imperialismo dentro de su país y derroque el sistema que en su descomposición genera guerras, catástrofes sociales y barbarie.
 
Las posibilidades son enormes, dado que el pueblo está afectado profunda y gravemente por una guerra continua y los sentimientos antibélicos están aumentando en situaciones donde la crisis imperialista ya ha empujado a la arena de la lucha de clases masiva a millones de jóvenes y trabajadores. Los conflictos sociales se agudizan tanto en Europa (en Francia en la lucha anti-CPE de febrero-marzo 2006, en Grecia en las luchas contra la privatización de la educación con manifestaciones masivas, huelgas y ocupaciones desde mayo 2006 a marzo 2007), como en los Estados Unidos (por ejemplo, el movimiento de millones de trabajadores inmigrantes del "Sí Se Puede" en 2006).
 
Las clases gobernantes, conscientes de la amenaza, tratan de neutralizarlos, tanto por medio de la represión del Estado y la cooptación de la izquierda en todo tipo de frentes de colaboración de clases y gobiernos de centroizquierda. La alianza con fuerzas burguesas, tales como la británica Respect, en nombre de la lucha contra la guerra, sólo puede ayudar a los belicistas mediante el desarme político de la única fuerza social capaz de derrotarlos: la clase obrera.
 
El período que enfrentamos nos probó, más allá de toda duda, que el nuevo-viejo imperialismo no es sólo una época de guerras sino, por sobre todo ¡una época de revoluciones!
 

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