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1 de agosto de 2018

Separación tajante entre las mujeres de las clases explotadoras y explotadas

Por Olga Viglieca
Tenemos el privilegio de vivir un período de grandes luchas de las mujeres y somos testigos de algo que no sucedió ni durante el auge del movimiento sufragista ni durante la llamada segunda ola del feminismo en los años ’60: es el curioso empeño por fundir en uno solo al movimiento de mujeres -incluidas las mujeres socialistas- y al movimiento feminista. Y en renombrar al primero como segundo.
 
Del mismo modo, existe el propósito de categorizar a toda lucha de las mujeres por sus propias reivindicaciones como una “lucha feminista”. Sin embargo, el feminismo es sólo una de las fragmentadas corrientes políticas que existen dentro del movimiento de mujeres. 
 
Este intento de apropiación olvida que los caminos de las mujeres trabajadoras y del movimiento feminista no sólo no fueron siempre coincidentes sino que muchas veces han sido enfrentados. Un ejemplo clarísimo es el de las socialistas y anarquistas en relación con el sufragismo a principios del siglo XX. O el de las huelguistas del Centenario y el Primer Congreso Internacional Feminista, realizado en Buenos Aires en 1910. O el de las trabajadoras y el feminismo ruso entre febrero del ’17 y después. Y vale la pena detenerse un minuto en esto, porque el documento que se leyó en Plaza Congreso el 8 de marzo afirma que la revolución de febrero en Rusia fue una revolución “feminista”. Y no es verdad: La Liga Rusa por la Igualdad de las Mujeres, que agrupaba decenas de grupos feministas o sufragistas en todo el Imperio, estaba a favor de continuar la guerra, porque sostenía, como gran parte del movimiento sufragista, que la oportunidad de entrar al mercado de trabajo y ocupar puestos en la gestión del Estado le iba a garantizar más tarde a las mujeres el derecho al voto, los derechos políticos. Las obreras rusas, en cambio, y las soldatki -las mujeres que tenían a los hombres de la familia en el frente- anhelaban desesperadamente que volvieran a casa, que la guerra se terminara, que se terminara la carestía. Y en el camino para conseguir esto, lograron derribar, como sabemos, un milenio de zarismo. 
 
También hubo diferencias entre el amplio movimiento de mujeres y el movimiento feminista en la segunda ola. Un ejemplo es la relación de las feministas norteamericanas y las mujeres negras de Estados Unidos, que denunciaron el racismo y el clasismo del “feminismo blanco”.
 
Otro ejemplo son los pequeños grupos en Buenos Aires de los años ’70, como la Unión Feminista Argentina, que llegaron al extremo -según cuentan dos de sus integrantes, la psicoanalista Nancy Caro Hollander o la poeta Hilda Rais-, de negarse a repudiar la masacre de Trelew o el golpe de Pinochet en Chile porque los hombres de izquierda también tenían prácticas patriarcales.
 
Tampoco las organizaciones feministas se sintieron atraídas por el alza del movimiento de mujeres que se expresó con el movimiento piquetero. ¿Y la incomodidad que generó el ingreso de miles de piqueteras en los Encuentros Nacionales de Mujeres, donde se pretendió que hablaran como individuas, controlar sus intervenciones para que hablaran “de cuestiones de género y no sociales” y se despojaran de sus identificaciones políticas? ¿Alguien vio a grupos feministas en la Comisión de mujeres de la III Asamblea Nacional de Trabajadores, que elaboró el más acabado programa de género de la clase obrera desde fines del siglo XIX a la fecha? 
 
Sin embargo, las diferentes corrientes feministas suelen reivindicar como propia la lucha de todas las mujeres. Un ejemplo es el de las hermanas Mirabal, asesinadas por su resistencia a la dictadura de Trujillo en República Dominicana. No por reivindicaciones específicas de género. 
 
Todas las corrientes feministas sostienen que las mujeres tenemos intereses comunes, estamos unidas por la sororidad, por el sisterhood, más allá de nuestra pertenencia de clase. La unidad de género, y consecuentemente el enfrentamiento sexo contra sexo y no clase contra clase, está colocada por encima de la lucha de clases y, a veces, hasta por encima de nuestra expresa voluntad. 
 
Para que la noción de sororidad sea creíble es necesario borrar -¿resignificar?- la historia de las explotadas. La de la socialista utópica franco-peruana, Flora Tristán, y en su llamado a construir partidos obreros que integraran a las trabajadoras a la lucha por el socialismo en la primera parte del siglo XIX.
 
Para que la sinonimia lucha de las mujeres/lucha feminista sea posible tenemos que olvidar 150 años de militancia de las socialistas, desde la I Internacional a la anarquista Luisa Mitchel, en la Comuna de París y, por supuesto, al programa de liberación de las mujeres, llevado a la práctica por la clase obrera rusa en la Revolución de Octubre.
 
Y por último, pero no menos importante, travestir a las ideólogas y protagonistas de esas batallas de la clase obrera. Por eso muchos historiadores “con perspectiva de género” presentan como feministas desde las obreras rusas que iniciaron la revolución de Febrero hasta Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, o Alexsandra Kollontai, Inessa Armand, la propia Krupskaia. Todas militantes socialistas que han escrito lo suficiente como para disipar cualquier confusión respecto de cuál era su compresión sobre la opresión de lax mujeres y el camino de su emancipación. 
 
Y por casa, también se han convertido en feministas post mórtem a las obreras anarquistas de la época heroica -Virginia Bolten, Juana Rouco Buela, Pepita Guerra-, militantes de la clase obrera, juzgadas por la Ley de Residencia, oradoras de actos del 1° de mayo desde 1890 y durante las dos primeras décadas del siglo XX. ¡Ninguna de ellas -a diferencia de las dirigentes del Partido Socialista- participó del Primer Congreso Internacional Femenino, celebrado en Buenos Aires durante los fastos de 1910. Estaban ocupadas en las huelgas del Centenario.
 
Este tipo de confusiones son las que el libro de Cintia Frencia y Daniel Gaido viene a reparar. Un libro que salda una deuda pendiente con Clara Zetkin, seguramente la constructora más importante del movimiento de mujeres socialistas de los siglos XIX y XX. No hemos trabajado lo suficiente para rescatar ni su historia militante ni sus aportes teóricos. Eso permitió que algunas biógrafas definan como una “feminista sin fronteras” a la informante de la Tesis para la propaganda entre las mujeres en III Congreso de la III Internacional. 
 
La iniciativa de Cintia Frencia y de Daniel Gaido reubica a Zetkin, a Kollontai, a Armand, en el lado de la vereda de donde tienen que estar y no donde las colocaron las corrientes feministas, que quisieron ver en ella feministas socialistas, como si las socialistas no fuéramos socialistas y las feministas, feministas. Muchas veces, mujeres muy combativas, mujeres claramente compañeras de ruta, pero que creen que la opresión femenina se resuelve por la vía de la conciliación de clases hacia adentro del universo de mujeres, y en lucha, por lo tanto, contra los hombres, sean de la clase que fueren, que serían los ejecutores universales de la opresión de un sistema social transhistórico, el patriarcado. 
 
Cintia y Daniel rescatan una definición luminosa de Zetkin: “separación tajante” entre las mujeres de las clases explotadoras y explotadas, y este principio -dicen los autores- sentó las bases programáticas para el desarrollo de un movimiento de masas de trabajadoras. Porque la condición de existencia de un movimiento de las mujeres trabajadoras es su conciencia de clase, la autonomía política, la delimitación “tajante” de las corrientes que promueven el enfrentamiento entre explotadas y explotados, y la alianza de explotadas y explotadoras.
 
Clara Zetkin no cuestiona la demanda de las mujeres feministas de las clases acomodadas, su deseo de no vivir encerradas -dice ella- como si fuera en una casa de muñecas. Considera que sus aspiraciones de participar en el desarrollo de la cultura, tanto en el aspecto económico como desde el punto de vista moral o espiritual, están totalmente justificadas. Pero destaca que “la lucha por la liberación de la mujeres proletarias no tiene nada que ver con la lucha por la liberación de la mujeres burguesas contra el hombre de su clase. No tiene nada que ver con la libre competencia. El objetivo final de la lucha de las trabajadoras -dice la alemana- es la conquista del poder político por parte del proletariado, y la mujer proletaria combate, codo a codo, con el hombre de su clase”. 
 
Y hace hincapié en los límites infranqueables de la igualdad legal y la democracia para sacar a las mujeres de la doble opresión. Sus análisis son de una actualidad feroz: “En este período revolucionario, las ideologías feministas de todos los partidos y poderes burgueses son utilizadas para impedir que las mujeres del pueblo trabajador se agrupen bajo las banderas del comunismo, para el asalto contra el capital y su Estado. Las concepciones feministas que los partidos burgueses solían repudiar antes como una herejía, son hoy en día atesorados como una piedra basal del muro ante el cual se romperá la marea roja del bolchevismo. El feminismo les sirve para inocular entre las masas más amplias de mujeres, la fe supersticiosa en la democracia burguesa” (Zetkin, 1921, pág. 665). Casi un siglo después, el feminismo de la igualdad sigue reclamando que el capitalismo le otorgue “una ciudadanía de mujeres” y se reconvierta a un capitalismo con cara de mujer -¿de qué clase sería esa mujer -por la vía de la “perspectiva de género”?
 
El libro parte de analizar la traición de la burguesía a las mujeres a pesar de que fueron protagónicas en el derrocamiento de absolutismo: la prohibición de participar en la cosa pública, la privación al derecho a trabajar, a estudiar, a la herencia, sobre sus hijos. Muestra una burguesía que encerró a las hermanas de clase en la minoridad, la salita, el bordado, la obediencia. Pero arrojó a las obreras a los talleres y al socavón, y en el mismo acto en que instauró la doble opresión, les dio, nos dio, la llave maestra para intervenir en la producción social, combatir el capital, avanzar en la construcción de un régimen sin opresores ni oprimidos. 
 
Desde allí, Cintia y Daniel nos llevan a la Comuna de París y a las Luisa Mitchel -otra feminista post mortem-, a los debates respecto de cómo acercar a las mujeres trabajadoras en las distintas Internacionales. Zetkin, Luxemburgo, el periódico La Igualdad, las conferencias anteriores a la guerra, las bolcheviques, la delimitación socialista con el sufragismo y con la misma dirección del Partido Socialdemócrata, la revolución de Febrero, el Octubre rojo, el Estado obrero. 
 
En El marxismo y la liberación de las mujeres trabajadoras, Gaido y Frencia trabajaron en la reconstrucción de nuestro linaje, del linaje de las trabajadoras socialistas construyendo una visita guiada por nuestro pasado, pero que habla y ordena las tareas de nuestro presente. Esas discusiones son el fundamento de una organización como el Plenario de Trabajadoras. Y estamos frente a un trabajo meticuloso y medular que viene con regalo incluido, porque los compañeros tradujeron textos que ni siquiera se hallan en inglés. Ante los reproches -algunos de mala fe, otros pura ignorancia- de que la izquierda se acerca como recién llegada y de forma oportunista a medrar de la lucha “feminista” por los derechos de las mujeres, podemos responder que la cuestión de la mujer recorre la historia entera de las corrientes socialistas desde su génesis. 
 
La diferencia es que, para los marxistas, la doble opresión y la esclavitud doméstica son la marca distintiva de la situación de las mujeres bajo este el capitalismo, que devolvió a mujeres a la producción social como parte de la clase obrera pero sin relevarnos de la esclavitud doméstica. Al trabajo asalariado se sumó el trabajo en el hogar para la reproducción de la fuerza trabajo -o sea, también en beneficio del capital- aunque el hombre sea un beneficiario indirecto de esta situación. 
 
Tempranamente, Marx advierte, en las Cartas al Dr. Kugelmann que “la mujer se ha convertido en parte activa de nuestra producción social. Alguien que sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la agitación entre las mujeres”. Un protagonismo evidente en todas las revoluciones de la edad época: en la Revolución Francesa, en la Primavera de los Pueblos en el ’48, en la Comuna de París y, desde luego, en las revoluciones de Febrero y Octubre. 
 
Cintia y Daniel hacen un relevamiento riguroso de los debates en las Internacionales sobre el lugar de las trabajadoras, cómo ganarlas a una perspectiva revolucionaria, las formas organizativas que debe adquirir este propósito. 
 
El Tercer Congreso de la III Internacional, la de Lenin y Trotsky, en 1920, es una respuesta ejemplar a esas preguntas. Las tesis sobre la mujer, presentadas por Zetkin y defendidas por Lenin, son de una actualidad estremecedora. Las tesis “deben subrayar con rigor que la verdadera emancipación de la mujer sólo es posible a través del comunismo. Es preciso esclarecer profundamente el nexo indisoluble entre la situación de la mujer como persona y miembro de la sociedad y la propiedad privada sobre los medios de producción. Así
delimitaremos con toda precisión los campos entre nosotros y el movimiento burgués por la ‘emancipación de la mujer’”. 
 
Sus resoluciones “proponen educar a las mujeres en las ideas comunistas, atraerlas a las filas del partido”, “luchar contra los prejuicios existentes entre el proletariado masculino hacia las mujeres, e incrementar la conciencia de los trabajadores y trabajadoras para hacerles comprender que tienen intereses comunes”, “poner el tema en el orden del día del partido”, “llevar adelante una lucha organizada contra el poder de la tradición, las costumbres burguesas y las ideas religiosas, preparar el camino para unas relaciones entre los sexos más sanas y armoniosas, garantizando la vitalidad física y moral de la clase obrera” .
 
La revolución de Octubre, va a decir Trotsky, cumplió honradamente el programa de la mujer. El termidor estalinista hizo añicos estas conquistas y disolvió los organismos que debían ocuparse de organizar y orientar la lucha de las mujeres trabajadoras. Eso explica la fuerza del feminismo de la segunda ola en el alza impresionante de las mujeres en los años ’60. La politización de la sexualidad, de la estructura familiar, de la vida cotidiana, los derechos de la diferencia sexual, la impugnación de la biología como un destino, la impugnación de la maternidad como función social primordial de las mujeres, no hubieran sido novedad ni para Zetkin ni Kollontai, ni Inessa Armand ni Eliazarova. Tampoco para las anarquistas, pioneras en los debates sobre
esos aspectos de la opresión femenina desde fines del siglo XIX.
 
El marxismo y la emancipación de las mujeres trabajadoras es una hoja de ruta, una reconstrucción de nuestra historia que yo invito a leer, a discutir y también a completar, porque mucha parte de nuestra historia necesita ser restaurada. Los debates que tenían lugar en París, en Londres, en Berlín, también estaban siendo dados en la clase obrera argentina en 1890, en 1900. Las organizaciones sindicales fundacionales en la Argentina, como la Fora y la UGT, no establecían un distingo entre el programa general de la clase obrera y el programa de las mujeres: la lucha contra la trata, el derecho al divorcio, la lucha contra la prostitución, por la salud, por la educación, estaban presentes y sólo se perdieron en el proceso de burocratización de los sindicatos y de la injerencia del Estado y del clero en ellos. 
 
Lo que está en discusión, hoy como entonces, es si la opresión de clases es la dominación sobre la que se levantan cualquiera de las otras dominaciones. O si, como sostiene el feminismo y explicó taxativamente Shulamith Firestone: “El patriarcado es un sistema de dominación sexual, que es el sistema básico de dominación sobre el que se levanta el resto de las dominaciones, como el de la clase y de la raza”. El libro de Cintia y Daniel es una sólida respuesta a esa pregunta.
 
 
* Olga Viglieca es periodista y escritora, fundadora y dirigente nacional del Plenario de Trabajadoras. Guionista de La cena blanca de Romina y de Nenina.
 
2. Elvira López, en el discurso de apertura: con respecto al congreso expresó: “En su programa se ha dado cabida a todos los asuntos de interés humano y para proponerlos no se necesita estar afiliado a ninguna secta determinada, ni profesar ningún credo... No 

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