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“El imperialismo, fase superior del capitalismo”, de Lenin, ayer y hoy

Por Marcelo Ramal

El presente texto es un desarrollo de la exposición del autor como panelista en la mesa “Imperialismo y Revolución”, en el Seminario por los Cien Años de la Revolución Rusa realizado en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en noviembre de 2017

 

Entre tantas revalorizaciones históricas, el centenario de la revolución de Octubre es también una oportunidad para poner en su lugar a El Imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin (1916), una de las obras que contribuyeron decisivamente al programa y la acción de quienes iban a encabezar la revolución de Octubre. Esa contribución, por parte de Lenin, se completaría con las Tesis de Abril (1917), y El Estado y la Revolución (agosto 1917).

El lugar del El imperialismo… ha sido a veces minimizado y, muchas otras, malversado. La más común de estas presentaciones engañosas se escuda en su carácter breve o en el estilo popular de su redacción. En otros casos, se presenta a la obra de Lenin como la mera enumeración de un conjunto de transformaciones que caracterizaron al capitalismo del último cuarto del siglo XIX: la concentración del capital industrial y la emergencia del monopolio capitalista; la consiguiente concentración del capital de los bancos y sus consecuencias -la “unión personal” de los bancos con la industria y el surgimiento del capital financiero-; el tránsito de la exportación de mercancías -característico del capitalismo de la libre competencia- a la exportación de capitales; el reparto del mundo entre los grupos monopolistas; el copamiento definitivo del mundo colonial entre las grandes potencias que albergan a aquellas corporaciones y la lucha -política y militar- por “un nuevo reparto del mundo”.

Pero ¿es éste todo el aporte de El imperialismo…, de Lenin? Si fuera por la mera presentación de las transformaciones capitalistas de fines del siglo XIX, el propio Lenin admite haberlas recogido, en importante medida, de dos obras que precedieron a la suya. En primer lugar, el Estudio del imperialismo (1902), del liberal John A. Hobson, un trabajo monumental -en términos de compilación de evidencias y denuncias- respecto del acaparamiento del mundo por parte de las grandes potencias capitalistas y las corporaciones que emergieron en ellas. Luego, y en todo lo referido a la articulación entre el capital bancario y el capital industrial, Lenin tuvo como referencia a El capital financiero (1913), del socialista austro-alemán Rudolf Hilferding. El carácter singular de la obra de Lenin no reside en la pretendida ‘popularización’ de esas elaboraciones anteriores, sino en lo que él denominó la “crítica del imperialismo” o, más adelante en el mismo texto, el “lugar histórico del imperialismo”.

Otra de las vulgarizaciones del trabajo de Lenin consiste en presentarlo como la mera descripción del pasaje “del capitalismo de la libre competencia al monopolio[1]”. Si se tratara de ello, no habría nada de original en ese texto: el propio Marx, tanto en Miseria de la Filosofía como en El capital, había desarrollado la relación contradictoria entre competencia y monopolio en el devenir del desarrollo capitalista.

Transición histórica

Por cierto, el imperialismo de “Lenin” no se refiere a una “forma de mercado” -tal como presenta al monopolio la economía neoclásica- sino a una transición histórica. El capitalismo ha completado su labor ‘civilizatoria’, la acumulación de capital se ha extendido al conjunto del planeta. La lucha encarnizada por un “nuevo reparto del mundo” abre un período histórico de “guerras y revoluciones”.

En su texto, Lenin advirtió sobre la tentativa de convertir a esta categoría histórica en una mera taxonomía: “Los publicistas burgueses (…) defienden el imperialismo en una forma encubierta, velando (…) sus raíces profundas, esforzándose en colocar en primer plano las particularidades y los detalles secundarios”[2]. Lenin asociaba estas interpretaciones a las tentativas de reforma del capitalismo monopolista, tales como “el control policíaco a cartels y trusts”, una referencia a las llamadas “regulaciones anti-trust”. En oposición a estas visiones, señala que “las relaciones de economía y propiedad privadas constituyen una envoltura que no corresponde ya al contenido, que debe inevitablemente descomponerse si se atrasa artificialmente su supresión, que puede permanecer en largo estado de descomposición durante un período relativamente largo (en el peor de los casos, si la curación del tumor oportunista se prolonga demasiado) pero que, sin embargo, será ineluctablemente suprimida”. Surge de aquí la conclusión central de El imperialismo…, ya planteada en su título -o sea, la etapa “superior” del capitalismo- o en las palabras del propio Lenin, “un capitalismo en transición, o más propiamente, agonizante”.

El capitalismo inaugura un nuevo desarrollo, caracterizado por la expansión del capital monetario que circula como mero derecho o promesa a la percepción de una renta (capital ficticio), y muy por encima de sus posibilidades de intercambio con el capital productivo; por la hipertrofia del crédito como recurso para cubrir el antagonismo entre producción y consumo; por la militarización y la tendencia a la guerra que añade, a los ‘viejos’ objetivos de pillaje y acaparamiento, la ‘nueva’ función de liquidar fuerzas productivas y habilitar -al costo de catástrofes sociales y humanitarias- a un nuevo equilibrio en la acumulación de capital. Este es el contenido del capitalismo declinante o maduro que caracteriza Lenin.

Es cierto que El imperialismo... constituyó un arma de lucha política y teórica en torno de la gran divisoria de aguas de esos años -entre el oportunismo que acompañó a las burguesías imperialistas en la carnicería de la Primera Guerra, de un lado, y el puñado de revolucionarios que llamó a transformar a la guerra imperialista en guerra contra la propia burguesía, del otro. Pero en la medida que Lenin acertó en asociar la guerra y la barbarie con la definitiva decadencia del capitalismo, su “imperialismo” se proyecta, con más fuerza todavía, en el presente.

Imperialismo, ultraimperialismo, “globalización”

Una de las conclusiones centrales de El imperialismo… refiere a la imposibilidad de su “reforma” o “corrección” pacífica. Esta fue, precisamente, la visión de Hobson, cuando caracteriza al imperialismo británico como “un mal negocio, ya que, tras exigir enormes costos, no ha significado sino un incremento pequeño, malo e inseguro de los mercados, y ha puesto en peligro toda la riqueza de la nación al suscitar la animadversión de otros países. Podemos preguntarnos, ¿qué indujo a la nación británica a embarcarse en tan mal negocio? La única respuesta posible es que los intereses económicos de la nación están subordinados a los de ciertos grupos privados que usurpan el control de los recursos nacionales y los usufructúan en beneficio personal”.[3] Hobson no puede percibir el carácter históricamente necesario del acaparamiento perpetrado por tales “grupos privados” (los monopolios capitalistas) y le “recomienda” al imperio británico una vía de reforma o corrección de sus abusos.

Pero Lenin es aún más implacable con Karl Kautsky, el cual en 1914/1915 declara que el imperialismo es sólo la “política preferida” del capitalismo de entonces. En la visión de Kautsky, el imperialismo se caracteriza “por la tendencia de cada nación industrial a anexionarse o a someter regiones agrarias cada vez mayores”. Lenin califica a esta definición cuanto menos como unilateral. Señala que no es el capital industrial el que predomina, sino el financiero sobre las otras formas del capital -sean agrarios o industriales y, principalmente, la lucha de rapiña por los mercados, signada por la violencia y la reacción política. En su crítica a Kautsky, Lenin lo coloca incluso ‘por detrás’ del liberal Hobson, el cual, con los límites señalados, había destacado la tendencia a la disputa entre los ‘imperios rivales’ y visualizado -al menos descriptivamente- el predominio del capital financiero sobre las otras formas del capital.

Contra la pretensión reformista de un desarrollo “armónico” de todas las formas de producción -industrial y agraria- en los países donde se genera un exceso de capital, Lenin señala que, si ello fuera posible, “el capitalismo dejaría de ser capitalismo, pues el desarrollo desigual y el nivel de vida de las masas semihambrientas son las condiciones y las premisas básicas, inevitables de este modo de producción”[4]. Y concluye: “En los países atrasados, el beneficio es ordinariamente elevado, pues los capitales son escasos, el precio de la tierra relativamente poco considerable, los salarios bajos, las materias primas baratas. (…) La (...) exportación de capital se halla determinada por el hecho que en algunos países el capitalismo ha ‘madurado’ excesivamente, y (en las condiciones creadas por el desarrollo insuficiente de la agricultura y por la miseria de las masas) no dispone de un terreno para la colocación ‘lucrativa’ del capital”[5].

Este fundamento plantea la necesidad -y no la mera posibilidad- histórica del imperialismo, y está en ‘línea directa’ con el desarrollo de Marx sobre la caída tendencial de la tasa de ganancia y sus causas contrarrestantes. Lenin atribuye la exportación de capitales a la búsqueda de medios de producción no producidos (tierra, recursos naturales) y fuerza laboral baratos; es decir, un recurso para oponer al rendimiento declinante del capital, que es resultado del reemplazo creciente de trabajo vivo -creador de valor- por trabajo muerto -sólo transmisor de valor.[6]

Enseguida, Lenin arremete contra las consecuencias más generales del planteo de Kautsky: es que si el imperialismo no es la forma necesaria de la declinación capitalista, entonces puede conducir a una nueva fase progresiva: “la aplicación de la política de los cartels a la política exterior, el ultraimperialismo” (Kautsky). La concentración “final” del capital conduciría así “a la unión de los imperialismos de todo el mundo, la fase de la cesación de las guerras y de la explotación general del mundo por el capital financiero unido internacionalmente”[7]. De acuerdo con ello, la dominación mundial del capital financiero atenuaría las contradicciones de la economía mundial. Los cartels actuarían, así, como un factor morigerador de las crisis.

Lenin rechaza esta visión de Kautsky, demostrando que “el capital financiero y los trusts acentúan la diferencia en el ritmo de crecimiento de las distintas partes de la economía mundial”. Y describe, en este punto, el saqueo despiadado de las potencias imperialistas sobre colonias y semicolonias. Lenin, se pregunta, entonces, sobre las posibilidades de una alianza duradera y estable entre potencias imperialistas para el reparto “pacífico” del mundo colonial. Y responde del siguiente modo: “El reparto del mundo se relaciona con la fuerza económica general, financiera, militar, etc. Y la fuerza no se modifica de un modo idéntico. Es imposible bajo el capitalismo el desarrollo igual de las distintas empresas, de los distintos trusts, etc. (…) las alianzas pacíficas preparan las guerras y, a su vez, surgen del seno de la guerra, condicionándose mutualmente, engendrando una sucesión de formas de lucha pacífica y no pacífica sobre una misma base de relaciones imperialistas y de relaciones recíprocas en la política y la economía mundiales”.[8] Como veremos enseguida, esta crítica del “ultraimperialismo” cobrará enorme vigencia un siglo después.

Imperialismo, monopolio y competencia

La pretensión de reducir la categoría histórica del imperialismo a una suerte de teoría del monopolio ha llevado a otras tergiversaciones de la obra de Lenin. Por ejemplo, la que atribuye a la teoría del imperialismo una “dualidad teórica” y un distanciamiento respecto de la teoría marxista del valor. Según Rolando Astarita[9], existirían dos teorías: la de “Hilferding y Lenin, (que) sostienen que los precios se establecen por el poder de mercado de las corporaciones”, y la de “Marx, que sostiene que los precios se determinan de manera objetiva en los mercados”.[10] La teoría del imperialismo, de este modo, sería contradictoria con la propia ley del valor.

Pero la pretendida oposición entre precios fijados por el “poder de las corporaciones” y otros por el “mercado” es ajena a El Imperialismo…, el cual, siguiendo a Marx, desarrolla la unidad dialéctica entre monopolio y competencia. En el capítulo referido al “parasitismo y descomposición del capitalismo”, Lenin menciona a los ‘precios monopolistas’ -los cuales rigen “temporalmente”- y a las barreras a la competencia -como las patentes- que “hacen desaparecer hasta cierto punto las causas estimulantes del progreso técnico”. Pero, enseguida, añade que “el monopolio no puede suprimir la competencia en el mercado mundial de un modo permanente y por un período prolongado (en esto consiste, dicho sea de paso, una de las causas de lo absurdo de la teoría del ultraimperialismo)”.[11] Para Lenin, el capitalismo monopolista, que emerge como negación de la competencia, la termina replanteando en una fase más aguda y encarnizada: la de la lucha entre monopolios respaldados por sus Estados, donde el despotismo económico debe cobrar necesariamente la forma de la reacción política y de la guerra.

El vínculo entre el imperialismo y la ley del valor existe, entonces, de una forma muy diferente de cómo es presentada en el texto citado. En verdad, el monopolio es una tentativa extrema, por un lado, de controlar o anular la acción de la ley del valor, que opera en el marco de la competencia y que conduce a la declinación de la tasa de ganancia. Y del otro, un intento de superar la anarquía propia del régimen de producción capitalista, que opera por fuera de todo plan o regulación.

La gran corporación capitalista, con su división interior del trabajo y su rigurosa planificación estratégica, constituye un ‘ensayo general’ de la sociedad sometida a un plan consciente[12]. Para alcanzarlo, sin embargo, la gigantesca base material y técnica existente deberá romper con la “envoltura” de la propiedad privada, la cual relanza todo el tiempo la anarquía y el dispendio a una escala superior -la de la competencia entre monopolios, corporaciones y sus Estados.

En relación con la ley del valor, el monopolio viola su vigencia temporalmente cuando, por medio de la formación de cartels o acuerdos de otro tipo, se autoasigna precios que aseguran a sus participantes un rendimiento superior a la tasa de ganancia media. Al frenar la competencia, los capitalistas retrasan la tendencia a incorporar medios técnicos para superar a sus rivales: con ello, contienen el reemplazo de trabajo vivo -creador de valor- por aquel que sólo lo transmite, y retrasan, por lo tanto, la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. Pero como señala Lenin, los acuerdos son sólo treguas precarias. Contradictoriamente, la obtención de beneficios extraordinarios al interior de los cartels monopolistas constituye un formidable estímulo para que los capitales ajenos a él intenten ingresar en sus mercados[13].

Por otra parte, los “arreglos” monopolistas de precios o repartos de mercados, que preservan la tasa de ganancia de los capitalistas involucrados, bloquean la acumulación de capital en la medida que anulan a su fuerza motriz -la competencia. Esta es la razón por la cual han surgido las legislaciones antitrusts -desde la ley Sherman (1890, Estados Unidos) en adelante. Los grandes litigios relacionados con maniobras monopolistas -desde la disolución de Standard Oil, de Rockefeller, hasta las recientes sanciones a Microsoft- son el escenario “judicializado” de esta lucha despiadada de monopolios capitalistas, entre los que blindan su mercado para obtener superganancias y los que pugnan por romper esas barreras para poder ingresar. Es de notar, en este punto, que el arbitraje del Estado capitalista -que siempre es presentado como un factor morigerador o regulador del ‘mercado’ o la competencia- actúa en este caso para promoverla, confesando así que el capitalismo monopolista -presentado por el reformismo como un principio o garantía de acumulación armónica- es, en última instancia, un factor de retraso o bloqueo a tal acumulación. Pero como señalara Lenin, las treguas entre monopolistas son efímeras, apenas otorgan el tiempo para el “rearme” y la lucha renovada por el acaparamiento de los mercados. La ley del valor, a pesar de los intentos por contenerla y regularla, se termina imponiendo y opera a través del despotismo y la violencia.

Por otra parte, y contra la pretensión de que la teoría del imperialismo sería contradictoria con la ley del valor, es el propio Marx el que demuestra que la ley se cumple en la interacción -contradictoria- de los “muchos” capitales. Su cumplimiento se verifica sobre el capital considerado en su conjunto o, si se quiere, a escala mundial. Al interior de él operan ramas más o menos monopolizadas, y de mayor o menor tecnificación (composición orgánica). La transferencia de plusvalor entre unas y otras no desmiente que, en su conjunto, la riqueza social producida es la representación del trabajo general invertido en ellas. Pero la ley del valor, bajo la actual transición histórica, opera bajo la forma convulsiva de la competencia entre monopolios, de la disparidad entre ramas y países, de la vigencia del desarrollo desigual.

Como bien destaca el historiador marxista Richard Day[14], Lenin desenvolvió este punto de vista, incluso en oposición a otras visiones del imperialismo que existían al interior del bolchevismo, por caso, la de Nicolás Bujarin. En efecto, éste último sostenía que “la combinación de los sindicatos de industrias y bancos unifican a la totalidad de la producción nacional, la cual asume la forma de una compañía de compañías, convirtiéndose en un trust capitalista de Estado”[15]. Day señala que, para Bujarin, el imperialismo exacerba la competencia sólo en el plano de los antagonismos entre las naciones imperialistas, y sus respectivos “capitalismos de Estado”. Lenin, por el contrario, señala que “los monopolios no eliminan la competencia, sino que existe por encima y junto a ella, dando lugar a un cúmulo de muy agudos e intensos antagonismos, fricciones y conflictos”[16].

En la misma línea de Astarita, el economista mexicano Diego Guerrero[17] fustiga a la ‘corriente teórica’ que alimentó los conceptos de capitalismo monopolista y, luego, de imperialismo, y califica a Lenin como “su exponente más vulgar”. Como Astarita, Guerrero opone la ley del valor a las “relaciones de fuerza” que prevalecen en el capitalismo de los monopolios. Pero en la era del imperialismo, la guerra y la reacción política son la manifestación, no de la negación de la ley del valor, sino de su vigencia. Es la competencia en su forma extrema -la guerra- que se termina imponiendo por sobre los “controles” y acuerdos de los monopolios capitalistas. La pretensión de que la ley del valor sólo podría operar como un fenómeno ‘metabólico’ o abstracto de la regulación mercantil, con independencia de la superestructura y de la acción política de las clases, o sea, de las guerras comerciales, políticas o militares, reduce el marxismo a un “modelo económico”, y lo sustrae de una comprensión general de la dinámica de la sociedad humana a través de la lucha de clases.

En ocasión de las crisis capitalistas -que reflejan siempre un exceso de capital en relación a las condiciones de valorización vigentes- la ley del valor opera bajo la acción de catástrofes sociales, guerras, devaluaciones y destrucción de fuerzas productivas. De conjunto, el imperialismo expresa la tentativa más extrema del capital por dominar sus contradicciones insuperables. Por un lado, el monopolio y la centralización del capital imponen la socialización más extrema, en un intento por superar la anarquía que terminará reabriéndose en términos más intensos y agudos. Del otro, el capital financiero, y las formas más sofisticadas del crédito, intentan superar la contradicción entre una producción ascendente y un consumo necesariamente restringido por la magnitud creciente del trabajo no retribuido. Las crisis capitalistas, finalmente, reencuentran al capitalismo imperialista con la ley del valor.

Imperialismo y declinación capitalista

La publicación de El imperialismo… tiene lugar en el marco de los primeros pasos de la III internacional, y de su oposición a la guerra imperialista. Pero establece también el marco histórico de la revolución de octubre: la extensión del capitalismo y de la propia clase obrera a la escala de todo el planeta; en consecuencia, la indiferenciación entre naciones maduras e inmaduras para la revolución social; la penetración del capital en las naciones atrasadas, que acentúa el desarrollo desigual de sus fuerzas productivas y signa la incapacidad de las clases dominantes nativas para emanciparse de la dominación imperialista. Esa emancipación, y la superación del atraso, pasarán a ser un episodio de la revolución socialista. Pero a su vez, la revolución de octubre sólo podía ser concebida como el primer paso de la revolución mundial.

El imperialismo, como debut de la declinación del capitalismo y de la necesidad histórica de la revolución socialista, ¿es un escenario históricamente superado? Es el punto de vista de un texto de Claudio Katz[18], que señala que el imperialismo “como etapa superior del capitalismo, caracterizada por la declinación histórica, estuvo condicionada por la catástrofe bélica de entreguerra”. Así, y en lugar de una óptica centrada en una “mega-etapa de descenso histórico”, propone estudiar “las distintas etapas que atravesó el capitalismo”, rechazando la tesis de una declinación histórica de este régimen social. Para sustentarlo, Katz afirma que “tal decadencia no figuraba en la visión de Marx, que había limitado sus periodizaciones a los procesos de gestación de este sistema (acumulación primitiva) y a modalidades de su desarrollo fabril (cooperación, manufactura, gran industria)”[19].

A contramano de este señalamiento, El capital contiene una monumental previsión sobre el devenir del capitalismo y la tendencia a su disolución, como resultado de las propias leyes que signan su desarrollo. El tomo III desarrolla las condiciones que conducen al derrumbe del sistema estudiado -el capitalismo- bajo el peso de la propia acumulación del capital.

Pero vayamos más lejos: la caracterización del capitalismo maduro o superior como “punto de inflexión” y transición histórica hacia otro régimen social está presente incluso en Hilferding. Su desarrollo sobre la función de los carteles y trusts y la transformación del capital en capital financiero da cuenta de cómo el imperialismo ‘prepara’ objetivamente las condiciones de su superación. “El capital financiero -afirma Hilferding- significa la creación del control social sobre la producción. Pero es una socialización en forma antagónica; la dominación sobre la producción social queda en manos de una oligarquía. La lucha por su desposesión constituye la última fase de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado”[20]. La conclusión de Hilferding, sin embargo, será la de “transformar con la ayuda del Estado, con la ayuda de la regulación consciente, está economía organizada y dirigida por los capitalistas en una economía dirigida por el Estado democrático”[21] -o sea, que el socialismo devendría, en forma armónica e indolora, del propio desarrollo del capitalismo monopolista. ¡Pero incluso esta visión reformista admitía que el capitalismo había llegado “a su punto más alto”! El rechazo de Katz al imperialismo como transición histórica no sólo se contrapone a Lenin. Deja de lado al más importante pilar de la “crítica de la economía política” -a saber, la caracterización del capitalismo como régimen transitorio, cuyo desarrollo es al mismo tiempo el de las condiciones históricas de su negación y superación.

La pretensión de presentar al imperialismo como un período histórico “acotado” a los tiempos de Lenin lleva a Katz a otras afirmaciones caprichosas. Por caso, la de cuestionar el dominio del capital financiero sobre las otras formas del capital, lo cual estaría refutado “por la supremacía industrial durante el boom de posguerra”. Pero no puede presentarse como “supremacía industrial” a la reconstrucción del parque industrial de las principales potencias imperialistas al cabo de la fantástica destrucción de fuerzas productivas durante la Segunda Guerra. Esa reconstrucción, la cual, por otra parte, sólo abarcó a dos décadas del último siglo, fue disparada a través de un programa de créditos orientados a asegurar la penetración política y económica del imperialismo yanqui en Europa (Plan Marshall) -o sea, que se trató de una ‘supremacía industrial’ guiada por el capital financiero. Apenas ese proceso concluyó, emergieron todas las tendencias a la sobreacumulación -o sea, al exceso de capital monetario en relación a sus posibilidades de valorización.

En ese mismo trabajo, Katz presenta a la caracterización de Lenin sobre la declinación capitalista como una hipótesis de “estancamiento perdurable”, lo cual, como ya desarrollamos, es otra tergiversación de El imperialismo…, Lenin, por el contrario, señala que “sería un error creer que esta tendencia (a la creación de Estados-usureros) descarta el rápido desenvolvimiento del capitalismo. No: ciertas ramas industriales, ciertos sectores de la burguesía, ciertos países, manifiestan, en la época del imperialismo, con mayor o menor fuerza, ya una, ya otra de esas tendencias. En su conjunto el capitalismo crece con una rapidez incomparablemente mayor que antes, pero este crecimiento no sólo es cada vez más desigual, sino que esa desigualdad se manifiesta asimismo, de un modo particular, en la descomposición de los países más fuertes en capital”.[22]

Siguiendo a Marx, Lenin deduce la tendencia a la declinación del capitalismo, no de su estancamiento, sino del carácter más intenso de la acumulación de capital, que es, a la vez, una acentuación de todos los desequilibrios preexistentes. El imperialismo no es “estancamiento”, sino la reproducción ampliada de todas las contradicciones del régimen social imperante. Finalmente, Katz concluye en que la visión del imperialismo como “mega-etapa de descenso histórico” “exagera el alcance de las crisis y olvida el papel determinante de la acción política”. Las cosas son al revés: es la comprensión de la descomposición capitalista -la “recontramadurez” de las condiciones objetivas- lo que pone al rojo vivo la cuestión de una dirección revolucionaria. Cuando esto se soslaya, entonces el retraso de la revolución se atribuye a una supuesta vitalidad que el capitalismo ha dejado largamente de ofrecer.

Imperialismo y revolución socialista

La lucha política que trasunta El imperialismo… -entre el marxismo y el oportunismo”- se replanteó vivamente en nuestra época. La teoría de la globalización abrió la ilusión de un período prolongado de desarrollo armónico e integrado del mundo bajo la éjida de las corporaciones. A las ilusiones sobre el fin de la historia, se añadieron la fundación de la Organización Mundial de Comercio y la Unión Europea y la creación del euro.

Aunque no le reconocían derechos de autor a Kautsky, la “explotación general del mundo por parte del capital financiero unido” parecía haber tenido lugar. Los teóricos de la ‘mundialización del capital’ previeron, a su turno, una armonización política que podría poner fin a las disputas políticas internacionales y a las guerras. La teoría de la globalización sirvió de cobertura y justificación a las burocracias restauracionistas para su entrelazamiento con el capital mundial, ello, con el argumento de que sus estados no podrían competir con el capital “globalmente articulado”. Y, del mismo modo, amparó al reciclaje teórico y político de los stalinistas de todo el planeta, los cuales, después de la bancarrota de los regímenes que apoyaban, dieron por clausurada la etapa histórica de la revolución de octubre y pasaron a revistar como apologistas directos del capital. En este campo se anotó también el ‘trotskismo’ que ‘resignificó’ el papel de la democracia burguesa e incluso caracterizó a la Unión Europea como la “superación necesaria” de los antagonismos nacionales, y no como la nueva envoltura opresiva del capital financiero sobre los pueblos de Europa.

Pero muy pronto, la “globalización” y el “fin de la historia” se dieron de cabeza con sus pronósticos: la pretendida ‘nueva’ etapa histórica agravó todos los desequilibrios económicos y políticos, por la multiplicación de las guerras y los más intensos desmembramientos nacionales. Todavía ‘brillaba’ la teoría de la globalización cuando el mundo asistió a la “balcanización” de los Balcanes, en el marco de la guerra de rapiña por el acaparamiento de las economías y mercados de Europa del Este.

La historia volvió a confirmar a Lenin, no sólo en la pintura general de una “época de guerras y revoluciones” sino también en los fundamentos que había empleado para caracterizar esa transición histórica. En efecto: no es posible entender el carácter convulsivo de la restauración capitalista sin ver que ésta opera en el marco de un capitalismo “senil, maduro, en declinación”, como lo caracterizó Lenin. De vía de salida para los capitales sobrantes, el copamiento capitalista de la URSS y China terminó acentuando las tendencias a la sobreproducción y sobreacumulación, y generando antagonismos agudos al interior de los estados donde había sido expropiado el capital. La penetración capitalista en China empujó a las ciudades a una masa campesina que sirvió de mano de obra semiesclava a los enclaves industriales exportadores. La restauración, por lo tanto, siguió las leyes brutales de la era imperialista, que son las del desarrollo desigual, y no las de la creación progresiva y “armónica” de un mercado interior, como ocurriera bajo el capitalismo en ascenso. Así, la acumulación de capital en China financió, por una parte, a la ola especulativa que rescató a la economía norteamericana en el comienzo de este siglo, pero que concluyó en la bancarrota de 2007/2008, cuyas consecuencias económicas y políticas aún están en pleno desarrollo. Y por el otro, desenvolvió al interior de las fronteras chinas una sobrecapacidad industrial y burbuja inmobiliaria de alcances explosivos.

Los partidarios de la “globalización” se enfrentan hoy al colapso de sus instituciones -al empantanamiento de la Organización Mundial del Comercio; a la crisis de la Unión Europea, a los tiempos del Brexit y de Trump. Los choques entre las pretensiones librecambistas y el proteccionismo recurrente acentúan otra contradicción -entre la acumulación de capital, que necesita de un marco mundial, y los Estados nacionales.

El escenario presente, de acentuación de la guerra comercial y de multiplicación de las guerras localizadas, añade a la lucha por el “reparto del mundo” la cuestión del destino definitivo de la restauración capitalista en la URSS y China, que no podrá resolverse sin pasar por mayores enfrentamientos políticos y militares y, eventualmente, por otra guerra de carácter general.

A la luz de este escenario, El imperialismo… de Lenin debería ser leído y caracterizado como una anticipación fantástica del devenir del capitalismo en descomposición: la disputa imperialista por los mercados -con su secuela de 100 millones de muertos en dos guerras mundiales y las guerras sucesivas posteriores; el dominio del capital financiero y la exacerbación de la opresión nacional, expresada en la llamada ‘economía de la deuda’; la hipertrofia de los medios de pago, donde los derivados financieros se han multiplicado varias veces por encima del producto bruto y del comercio mundiales; finalmente, la acentuación de la polarización social y las rebeliones de los explotados contra el capital.

La construcción de una subjetividad revolucionaria es la comprensión de esta transición histórica, y de sus consecuencias en términos de programa y acción política.

 

[1]. Guerrero, Diego: “Competencia y monopolio en el capitalismo globalizado”, Marxismo crítico, febrero 2007.

[2]. Lenin, V.I.: El imperialismo, fase superior del capitalismo, Ed. Anteo, 1973, pág. 139.

[3]. Hobson, John A.: Estudio del imperialismo, Ed. Alianza Madrid, 1981. Cap. 4.

[4]. Lenin, V.I., ob. cit., pág. 78.

[5]. Lenin, V.I., ob. cit., pág. 78.

[6]. Este señalamiento le quita sustento a la afirmación de Rolando Astarita, con quien luego polemizaremos, cuando señala que la visión de Lenin del imperialismo estaría apoyada en una visión “subconsumista” de las crisis capitalistas. Lenin ya había polemizado con las visiones subconsumistas de los narodniki rusos, que derivaban de la “inviable realización” de las mercancías la propia inviabilidad del capitalismo en Rusia. Luego, y aunque Rosa Luxemburgo y Lenin coincidieron en la crítica y la función política del imperialismo, Lenin -y Nicolás Bujarin- rechazaron -por “subconsumista”- la fundamentación económica de Luxemburgo, que atribuía la expansión imperialista a la imposibilidad de una acumulación sostenida en un entorno capitalista “puro”, y a la necesidad de continuar tal acumulación avanzando hacia regiones “no capitalistas”.

[7]. Kautsky, K.: Die Neue Zeit (1915), citado por Lenin en El imperialismo…, op. cit., pág. 119.

[8]. Lenin, V.I., ob. cit., pág. 152.

[9]. Astarita, Rolando: “Imperialismo en Lenin, análisis crítico” (2011), en www.rolandoastarita, blog.

[10]. Aunque sólo mencionamos a Rolando Astarita, este punto de vista está ampliamente difundido entre economistas “críticos” contemporáneos, como el caso ya citado de Diego Guerrero.

[11]. Lenin, V.I., ob. cit., pág. 126.

[12]. Sorprendentemente, y en oportunidad de recibir el premio Nobel (1991), el economista anglo-norteamericano Ronald Coase (1910-2013), profesor de la Universidad de Chicago y apologista del monopolio como factor de “eficiencia y organización económica”-parangonó a la URSS como “una suerte de fábrica única”. Ver. Coase, R.: La empresa, el mercado y la ley, Alianza Editorial.

[13]. Esta cuestión ha sido estudiada por economistas industriales no marxistas como Joe Bain (1912-1991). Ver “Barriers to New Competition” (1956).

[14]. Day, Richard: “Dialectical Method in Political writtings of Lenin and Bukharin”, Canadian Journal of Political Science, junio de 1976.

[15]. Bujarin, Nicolás: El imperialismo y la economía mundial, 1915, citado por Richard Day.

[16]. Lenin, V.I., citado por Richard Day.

[17]. Guerrero, D., ob. cit.

[18]. ¿Etapa final o temprana del imperialismo?, Claudio Katz (2011), especial para Argenpress.

[19]. Katz, C., ídem 4.

[20]. Hilferding, Rudolf: El capital financiero, Tecnos, Madrid, 1973.

[21]. Hilferding, ob. cit.

[22]. Lenin, V.I., ob. cit., pág. 159.            

 

* Marcelo Ramal es economista y docente en la Universidad de Buenos Aires y de Quilmes, ex legislador por el Partido Obrero de la Ciudad de Buenos Aires.

Sobre el Autor

Marcelo Ramal

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