La situación política en las vísperas del IXº Congreso del PO

Charla pronunciada el pasado 18 de abril en el Comité del barrio Paternal, en la Capital Federal.


El objetivo de esta charla es desarrollar un análisis de la situación política del país y exponer la política del Partido Obrero.


 


En relación a esto quiero hacer una reflexión previa. No se si habrán notado que la función de explicar la situación política del país, y sus perspectivas, prácticamente ha desaparecido de las tareas habituales de los políticos argentinos. No ofrecen un análisis; no toman en cuenta al conjunto de factores históricos que operan sobre la situación política, la situación de las diversas clases sociales, la influencia internacional; no toman el conjunto de esos factores para trazar un panorama de la situación. No lo hacen públicamente ni al interior de sus partidos. Los que hacen esa tarea para ellos son las consultoras, es decir, los grupos empresariales que tienen como función profesional pensar y analizar lo que hasta ahora se suponía debían pensar y analizar los partidos políticos. Por eso se dice que Duhalde no da un paso sin ojear las encuestas, sin ver qué es lo que dice Aurelio o Mora y Araujo. Hago esta observación porque este vaciamiento de la función de los partidos políticos retrata el parasitismo de la política oficial, de la política patronal o la política capitalista: no pueden representarse el camino a seguir, actúan de forma empírica. Buscan el slogan del día y la agresión al adversario que les suene más aconsejable, pero no actúan en función de esclarecimiento. Esto quiere decir que los partidos políticos están agotados. Son órganos que no cumplen su función, aunque estén instalados en el organismo. No tienen vitalidad porque no cumplen la función que es propia de un partido político.


 


A este extremo han llegado también algunos partidos de izquierda. Ustedes podrán observar a través de nuestra prensa, que es frecuente que el Partido Obrero realice charlas para analizar la situación política. Pero no es frecuente encontrar esta tarea proselitista, de propaganda, de parte de otros partidos de izquierda. Este tipo de análisis lleva a un partido a decir ante la gente qué es lo que se propone; a decirlo abiertamente y sin subterfugios, a dar todas las razones de sus objetivos y de la manera que pretende actuar. Por ejemplo, hay muchos compañeros de izquierda que piensan que ser clasista o tener una conciencia de clase es tener una actitud de hostilidad hacia el explotador. Alguien que intransigentemente, sistemáticamente, tiene una actitud de hostilidad hacia el explotador, ante la represión, cree que por ese motivo es un clasista. Probablemente quien tiene ese tipo de actitud tiene mucho de clasista; pero la conciencia de clase es tener una comprensión de conjunto de la situación histórica. La posibilidad de acabar con el sistema capitalista depende de la comprensión del conjunto de los factores que lo sostienen y no simplemente de la hostilidad ante la explotación, entendiéndola como una cosa injusta. Está muy bien rebelarse contra la injusticia, tener una actitud enérgica frente a todo lo que sea opresión y humillación, pero la verdadera conciencia revolucionaria, la verdadera conciencia clasista, exige comprender los problemas en su conjunto. Anoche, por ejemplo, participé de una mesa redonda sobre el Manifiesto Comunista, con un conjunto de profesores y decanos en la Universidad de Rosario, lo cual fue una ocasión también para observar que en 1848 en el primer manifiesto político y programático del movimiento obrero, Marx definía a la conciencia de clase como esa comprensión del momento histórico, y no simplemente la actitud de rebelión, de lucha que, naturalmente, es una primera manifestación de esa conciencia de clase.


 


¿Cuál es el análisis de la situación política vigente?


 


Caracterización


 


Al hacer un análisis de la situación política, me veo en la obligación de presentar los problemas actuales a la luz de nuestros análisis anteriores. Es necesario verificar el grado de acierto o de error de esos análisis.


 


En el balance de las elecciones del 26 de octubre (1), el Partido Obrero destacó tres aspectos principales de la situación política. El primero fue la posibilidad de la división del peronismo. Esta primera observación tiene toda una serie de implicancias que ya podemos ir suponiendo con sólo pensar que los trabajadores argentinos han votado o han seguido al peronismo durante muchísimos años, y que ese vínculo es uno de los factores que explica las sucesivas derrotas de la clase obrera, de los trabajadores, del pueblo argentino y de la Argentina en su conjunto.


 


La segunda observación era la inevitabilidad de algo que ya venía ocurriendo, pero que tenía que acentuarse cada vez más: la menemización de la Alianza, es decir, la tendencia a transformarse en un reemplazante o un sustituto de Menem, como portavoz de los grandes intereses capitalistas internacionales y de los grandes pulpos nacionales.


 


La tercera observación es que este conjunto de hechos, sumado a fenómenos interiores que hay en el movimiento obrero, estaban indicando que, al menos en una vanguardia, existía embrionariamente, pero en forma clara, un desplazamiento de los trabajadores, del peronismo y del seguidismo a los partidos o movimientos patronales, hacia una política de independencia de clase, de formación de un Partido Obrero. Es así como nosotros interpretamos los resultados del Partido Obrero que, por primera vez, aparece como el partido más votado de la izquierda y con una escala de crecimiento porcentual de características inusitadas, como 400% ó en el caso de los centros industriales de Córdoba, un crecimiento de votos del orden del 700%. Eran votos de trabajadores que habitualmente habían votado al peronismo. No hacía falta que hubiéramos hecho una encuesta preguntándole a la gente después de la elección cómo votó y cómo votó en la elección anterior, y comprobar que en la elección anterior la mayoría de esa gente había votado al peronismo y ahora votaba al Partido Obrero. No lo necesitábamos hacer porque ya habíamos observado durante la campaña electoral que en los actos, reuniones y manifestaciones del Partido Obrero había dos grandes características: una gran asistencia, incluso en zonas rurales, mayoría peronista, y dentro de todo eso, mayoría de mujeres.


 


El hecho de que el Partido Obrero esté impulsando hoy un movimiento independiente de mujeres trabajadoras, que acaba de sacar un periódico que se llama Trabajadoras es una expresión práctica de esta conclusión política.


 


Analicemos estos tres elementos.


 


División del peronismo


 


¿Por qué se divide el peronismo? Se plantea la posibilidad de que se divida en dos partidos. Ya es un hecho su actual división. Menem está en una franca guerra contra Duhalde y Duhalde está en una franca guerra contra Menem. Este nivel de división no es sólo una división en términos de ideas; es una división en el poder que además afecta a la sucesión de 1999.


 


La división del peronismo tiene un fundamento económico importante. En el curso de su gobierno, el menemismo, que ha representado grandes intereses patronales, privatizaciones, etc., se ha hecho representante de un círculo cada vez más estrecho de intereses capitalistas. Como consecuencia del gran endeudamiento del país, de una deuda externa que llega a los 150.000 millones de dólares, ha caído bajo una feroz dependencia de los grandes bancos y, en particular, de una constelación encabezada por el Citibank, que controla los teléfonos y que ha pasado a controlar la mayor parte de los medios de comunicación, y que pretende seguir avanzando en el campo de la prensa y de los seguros.


 


¿Cómo se observa la influencia tremenda de estos grupos económicos? En la prórroga por dos años del monopolio telefónico. Los tenedores de las acciones, el Citibank, del gran banco de inversión Merryl Lynch, advirtieron que si se terminaba con el monopolio telefónico, retirarían su dinero de la Bolsa y sus dólares del país, es decir, que provocarían la cesación de pagos. Lo mismo ocurrió con las tarifas telefónicas, donde a pesar de todas las protestas populares y a pesar de las audiencias públicas, el gobierno ha satisfecho los intereses de estos grupos monopólicos. Es un gobierno rehén del Citibank: lo demuestra un hecho, si ustedes quieren, sutil, pero que importa. A pesar de que el FMI advirtió que el principal problema económico, según ellos, era el déficit de la balanza comercial, el gobierno subsidia a Telefónica Argentina y al Citibank que no exportan nada, pero sí se endeudan sistemáticamente con el exterior. Este sector capitalista quiere ahora la privatización del Banco Nación, del Banco Provincia y del Banco Ciudad; quiere el control completo del sistema financiero del país.


 


Duhalde representa una cosa diferente. Es el jefe del Banco Provincia; como tal se rodeó de importantes grupos capitalistas que han hecho uso del Banco Provincia. Hay grandes pulpos norteamericanos metidos en la financiación de la salud; en el asunto de las aseguradoras de riesgo de trabajo; en la privatización de las prestaciones previsionales con el Banco Provincia. Y ahora mismo Duhalde pretende privatizar el 49% del Banco Provincia, lo que significa ponerlo bajo el control de la Bolsa y de Wall Street. El Banco Provincia es uno de los factores fundamentales de choque entre Menem y Duhalde. Uno representa los intereses de la colonización completa a manos del Citibank; el otro representa una constelación de intereses, incluidos capitales norteamericanos (por ejemplo, en el directorio del Banco Provincia se encuentran la Sociedad Rural, la UIA bonaerense, etc.).


 


El empantanamiento se ha agudizado por el agravamiento de los problemas; el plan económico hace tiempo que se encuentra agotado; el negocio de un capitalista sólo puede prosperar a costa del hundimiento del otro. No se trata de sacar una tajada mayor en un mercado donde hay lugar para dos; se trata de una lucha en donde hay mercado sólo para uno. Es la lucha mortal; esta es la razón por la que el grupo Citibank es el puntal de la re-reelección de Menem, de forzar el proceso político, y de forzar la interpretación constitucional. Menem dice: yo soy el único que garantiza el modelo; pero Fernández Meijide también quiere ser garante del modelo; el Chacho Alvarez también. Para garantizar el modelo hay una cola que va desde San Martín y Juan B. Justo hasta el Obelisco.


 


Tenemos que denunciar al conjunto de los capitales que copan el país. Digo esto porque una parte de la izquierda fue a abrazar al Banco Nación; como si fuera el bunker de la soberanía nacional y no como lo que realmente es, una cueva de ladrones. De esta lucha va a depender, en parte, la evolución de la crisis del peronismo.


 


Pero hay una cuestión de conjunto mucho más decisiva. El movimiento que debutó para realizar grandes conquistas populares, o para traducir al campo legal toda una serie de conquistas populares, se ha transformado en el mayor verdugo de los trabajadores en este país desde Uriburu, con lo cual quiero decir que este es peor que Videla, Galtieri y Viola en lo que hace al ataque a los trabajadores. No pasa un día sin que se dé un golpe contra los trabajadores. El peronismo está completamente agotado; la prueba de ello es que no cumple ninguna de las tareas para las que nació históricamente: la independencia burguesa del país, apoyada en un movimiento popular.


 


Para las masas y los trabajadores, el peronismo se ha convertido en una carga. El hecho significativo es que la gente que todavía en el 95 votó por Menem es la protagonista fundamental de los cortes de ruta. Las corrientes peronistas que se fueron del menemismo en el 89 no son las que cortaron las rutas; los que cortan las rutas fueron los que todavía en 1995 votaron por Menem, los que todavía creían que alguien del peronismo los podía sacar de la debacle. Por eso la brutalidad de los cortes de ruta; la reacción de la gente está en proporción directa al tamaño de su decepción y a la brusquedad de su desilusión. Hay gente que de la noche a la mañana se considera traicionada. Entonces, si el peronismo se divide, es porque no tiene una bandera, una carta o un motivo, para mostrar a nadie. Es un partido que vive del presupuesto del municipio, de la gobernación, del Estado, del robo, del privilegio, de la corruptela; la posibilidad de que se le acabe la mamadera del presupuesto lo destruye.


 


La idea de que se volatiza acelera la tendencia a la división. Hay pintadas en Rosario, a favor de Reuteman, que hablan de aumentar salarios. Es significativo: no hay la más remota posibilidad de que Reuteman haga política social y aumente los salarios. No la tienen Duhalde, ni Meijide, ni De la Rúa. Pero tienen que pintar eso, tiene que evocar la justicia social en la base del peronismo. Es decir que un peronista, para progresar, tiene que moverle el piso al peronismo gobernante. Es un dato político importante porque significa que el movimiento popular carece totalmente de una referencia propia. No hay ningún aparato que penetre, que llegue, que convoque. Porque ningún movimiento puede existir y al mismo tiempo estar agotado. No puede protagonizar ninguna movilización. Una movilización no es una concentración de personas; es una reivindicación y una causa. Un sector de la izquierda argentina, en 1989, cometió un error gravísimo. Cuando Menem ganó en 1989, el Movimiento al Socialismo dijo que se había creado una situación revolucionaria por causa de los saqueos, que Menem no iba a poder gobernar, y que el retorno del peronismo al gobierno llevaba a su división, y que con la división del peronismo, llegaría la toma del poder por el Mas. Ustedes saben que el peronismo no se dividió, pero el Mas sí. Nosotros habíamos planteado otra conclusión: que no había ninguna situación revolucionaria y que, además, los trabajadores iban a pagar con dolor y sufrimiento el haber votado por Menem. Sacamos un afiche, La Casa rosada no cambia de dueño, que decía que sólo cuando hubieran sufrido las consecuencias de haber votado como votaron, podrían los obreros empezar a rebobinar y sacarse esa porquería de encima. Nosotros, quizás, fuimos duros con la expresión pagar con dolor y sufrimiento, esa limitación de la comprensión de la situación, esa ilusión en Menem. Pero ya se ha pagado; por eso ahora se plantea la posibilidad de la derrota electoral del peronismo, la posibilidad de la división del peronismo y, según las características que adopte la crisis, que caiga Menem antes de la finalización de su mandato.


 


Menemización de la Alianza


 


La menemización de la Alianza, es una maravilla: ayer fue Graciela Fernández Meijide a ver al arzobispo Gandiz, quien le deseó la mejor de las suertes. Cualquiera que sigue la política mundial, sabe que los obispos no dicen estas cosas en forma gratuita. La iglesia es muy estricta. Días pasados Roque Fernández discrepó con el FMI, y hasta Menem discrepó con el FMI, Erman González todavía dice discrepar con el FMI. Pero el único que no discrepa es el Chacho Alvarez.


 


El punto de partida de la Alianza es el frente que una serie de partidos de izquierda formaron en 1992, el Frente del Sur. El Partido Obrero dijo en ese momento: van a terminar como agentes del FMI. Este frente tenía la pequeña característica de que no quería llevar a un militante de los partidos como candidato, sino a un director de cine, Solanas, es decir, no quería ganar a la opinión pública sobre la base de la lucha popular; le quería ahorrar al pueblo la necesidad de pensar en un programa.


 


Nosotros hicimos una campaña contra este frente; dijimos, no queremos francotiradores de candidatos. Los candidatos tienen que ser los representantes más auténticos de los movimientos de lucha. Lo contrario es el arribismo, la sustitución de los trabajadores por la pequeña burguesía democratizante. La política del Frente del Sur y de toda esta izquierda fue el arribismo. Esto volvió a repetirse con candidatos como David Viñas o como el isabeliano Alejandro Otero.


 


Hacían lo contrario de lo que dice Marx en el Manifiesto Comunista: "nos negamos a no decir lo que queremos". ¿Qué nos dice esta izquierda?: Nos negamos a decir lo que queremos; cuanto más podamos ocultar nuestros fines, mejor.


 


Pero a qué clase social pertenecen Pino Solanas, el Partido Comunista, el Frente Grande (todavía no había Frente Grande), el Chacho Alvarez, la Fernández Meijide, ¿a qué clase social pertenecen? ¿Representan al Citibank? No. ¿Representan a la burguesía industrial? No. Representan a la pequeña burguesía que dice: nosotros tenemos la salida para el país; no es el Partido Obrero el que tiene la salida; no son los representantes de los obreros, somos nosotros, los escritores, los abogados, los teólogos, los historiadores; que decimos que sí, se puede vivir en el capitalismo, un capitalismo honesto, un capitalismo sin corrupción, un capitalismo con auténtica división de los poderes, un capitalismo que respete al obrero. Y la pequeña burguesía hace una tentativa política, presenta una oferta política a las clases populares de llevarlas por un camino independiente del gran capital, del gran banquero, del gran industrial. Critican a Cavallo, hablan de lo mal que ganan los docentes, de lo mal que ganan los obreros, de que están contra de la flexibilidad laboral, contra la ley de convertibilidad.


 


Eso ocurrió en 1992. En 1998 han hecho toda una evolución política: defienden la convertibilidad, defienden el sueldo de 200 pesos de los docentes, defienden la flexibilidad, revientan la huelga de Río Turbio. Es decir, hacen un ciclo político completo y revelan una vez más a los ojos del país que la pequeña burguesía, cuando quiere cumplir una función dirigente, termina como agente del imperialismo. Nosotros esto lo sabíamos en el 92, lo dijimos abiertamente, suscitando las habituales antipatías del caso. Ayer en una mesa redonda en Rosario, el decano de Ciencias Políticas de Rosario, para ilustrar la evolución política que había habido en el país, dijo: "Altamira, en el curso de su exposición, atacó varias veces al régimen democrático. Hace tres años, terminadas las exposiciones, los oyentes hubieran pedido la palabra para atacar a Altamira; hoy hace una hora que estamos en debate y todavía nadie atacó a Altamira por atacar al régimen democrático, porque todos ustedes están convencidos de que el régimen democrático es nada más que la pantalla del dominio de los grandes capitalistas". Pero la pequeña burguesía del Frente Grande y del Frepaso evolucionó en un sentido inverso: en candidata e instrumento de los grandes capitalistas.


 


En 1992 dijimos que la pequeña burguesía terminaría en brazos del imperialismo. El comentario de moda, era que, como de costumbre, desarrollábamos un hábito imperdible por la exageración. Pero el Frepaso ha batido todas las expectativas, es un agente directo del imperialismo. La pequeña burguesía ve realizar sus intereses sociales cuando ocupa una banca en el parlamento, cuando llega a una gobernación, cuando puede repartir entre su clientela una parte de su presupuesto; y al igual que Alfonsín, que también representaba a la pequeña burguesía, se conforma si puede convertir al centro de la ciudad de Buenos Aires en una variante del centro de la ciudad de París.


 


¿Qué tenemos entonces? Que el peronismo está en crisis y puede dividirse y que las masas quedan sin referencia; y que se estructura una oposición que a una velocidad del sonido va perdiendo todo su plumaje popular. Esta combinación es históricamente explosiva, porque combinada con una organización de los trabajadores detrás de un programa consecuente, y de un partido revolucionario, crea una crisis de poder.


 


La clase obrera


 


El análisis del movimiento obrero y de las masas de este país requiere poder pensar contradictoriamente. En el curso de muchos debates pre-Congreso, observo que se acentúa un aspecto u otro, y es cuestión de unir los dos. Los trabajadores están sufriendo la peor ofensiva que hayan conocido en toda su historia. Y la única vez que se sientan con los patrones para firmar algo, es porque ceden en algún punto. Pero aunque todos los convenios son flexibilizadores al mismo tiempo hay unas luchas tremendas.


 


En los últimos días, por ejemplo, hubo dos pronunciamientos muy importantes: los presidentes de Ford y Renault amenazaron casi con retirarse del país, si no se los autorizaba a pagar los salarios (inferiores) que pagan Fiat, Toyota, Chrysler y General Motors, que ingresaron recientemente, lo hicieron con modalidades de los contratos precarios, los contratos por seis meses, las pasantías, los contratos de aprendizaje, etc. La perspectiva es de un enfrentamiento muy serio, que ya se viene desarrollando, con los obreros de Renault, y que se viene desarrollando desde hace más de un año con los de la Ford. Esto demuestra también hasta qué punto el progreso general del capitalismo en su aspecto tecnológico, es un proceso de degradación social y cultural. Porque para que un patrón le pueda pagar a un obrero 400 pesos, ¿qué clase de obrero necesita? Un obrero que solamente haya comido y dormido. No necesita un obrero que tenga algo más que su existencia física. Porque si necesitara un obrero que tenga algo más que resistencia física, le tiene que pagar más, para que se eduque, y a la hora de pagarle el salario tendría que contemplar la totalidad de sus necesidades materiales e intelectuales. El hecho de que le pueda pagar 400 pesos quiere decir que el obrero se ha transformado, como nunca, en un apéndice de la máquina. Esto desnuda la característica civilizadora propia del desarrollo capitalista. Cuando Marx dice que el burgués aún bajo el capitalismo revoluciona constantemente la producción, quiere decir que juega un papel de socavamiento del propio mundo capitalista. Al aumentar constantemente la productividad para tener obreros desempleados y para bajar los salarios, está socavando su propia dominación. Todos los obreros del mundo sufren esta ofensiva que, sin embargo, no puede ser entendida sólo como una ofensiva capitalista. También tiene que ser entendida como la consecuencia del fracaso completo de las direcciones de la clase obrera para defender a los obreros de la ofensiva capitalista. Por qué ¿para qué se hicieron los sindicatos, para qué se hicieron las comisiones internas, para qué se hicieron partidos obreros, sino precisamente, para que enfrenten la ofensiva capitalista; para que el obrero mediante la organización, la asociación y la lucha pueda resistir la ofensiva capitalista?


 


¿Cómo razona una dirección del movimiento obrero? Hay que ceder en todo para mantener un mínimo cuadro de ocupación. Si no cedemos, si luchamos por aumentos salariales, es peor; es decir, que actúan como rehenes del capital. Por lo tanto ceden en toda la línea pensado que otra alternativa sería peor; me refiero a la CGT de Daer, al MTA y a la CTA. La CTA apoya abiertamente a la Alianza, que acaba de anunciar por boca de Chacho Alvarez, que va a votar la reforma laboral que envía a Erman González al congreso. ¿Y esa reforma laboral qué hace? Incorpora todos los contratos precarios como norma general en el sistema laboral; entonces los contratos ya no son más excepciones; se transforman en la regla. La ofensiva capitalista no podría triunfar ni avanzar si no fuera por la política de las direcciones obreras.


 


Mucha gente dice que el capitalismo no puede subsistir si no incrementa la productividad; que esto es casi una obligación. Sin embargo, en el mes de febrero, la fábrica Fiat estuvo cerrada todo el mes, porque no había demanda de automóviles de Fiat en Brasil. El parate de la fábrica Fiat en el mes de febrero le hizo perder a Fiat mucha más plata que toda la que había ganado como consecuencia de la reducción de salarios. Este despilfarro capitalista es descomunal. Se calcula que la crisis asiática hizo perder al capitalismo un billón quinientos mil millones de dólares. ¿Cuánta reducción salarial será necesaria para compensar eso? La perdieron en una crisis y la crisis es totalmente ajena al obrero y hasta cierto punto al propio capitalista como persona. Es la crisis del régimen capitalista. Mucho más lógico sería luchar por un sistema social superior que no tuviera esas crisis.


 


Entonces, el movimiento obrero, como consecuencia de esa crisis del peronismo, de la crisis sindical, sufre un retroceso absolutamente extraordinaria. Pero los golpes del capitalismo hacen reflexionar a los trabajadores. Los golpes del capitalismo agudizan la obligación del trabajador de plantearse una salida. Al principio piensa que tiene una salida individual, pero ya cuando adopta una cierta escala, empieza a comprender que se transforma en un problema colectivo. Los desocupados tratan de organizarse, se forman grandes organizaciones de desocupados. La juventud trata de organizarse, se forman organizaciones juveniles, marcadas por otro tipo de orientación. En función de esto ¿qué pronóstico político hace el Partido Obrero como una salida?


 


Perspectivas


 


Pueden pasar dos cosas, es decir, puede pasar una o la otra y, en un determinado momento, una y la otra, combinadas.


 


La primera es que en el movimiento obrero se produzca, como consecuencia de la superexplotación, como consecuencia de las luchas, una creciente politización. El obrero se siente todavía sin fuerzas para hacer grandes huelgas generales, para hacer grandes ocupaciones de fabricas, pero evoluciona en el campo político. Se acerca a los partidos combativos, los vota. Esto es una ley que se ha manifestado en muchas épocas históricas anteriores. Cuando el movimiento obrero entra en un período de retroceso social puede, contradictoriamente, concentrarse en desenvolver una acción política, que prepare las condiciones para grandes luchas.


 


Es decir, el pueblo se radicaliza; los partidos crecen. Los partidos forman agrupaciones, las agrupaciones se desarrollan en las fábricas y este crecimiento de la organización prepara una nueva etapa de lucha. Por eso es importante señalar el porcentaje de votos del Partido Obrero, porque es un índice de ese interés político. Esto es lo que explica que el desarrollo de las principales agrupaciones opositoras, en todos los sindicatos, esté vinculado a organizaciones de izquierda y, principalmente, al Partido Obrero. Es por ejemplo el caso de los sindicatos de docentes regionales, que como lo desmostró el de Santa Cruz, se transforma en centro de una gran huelga minera en el Turbio. O por ejemplo el crecimiento en las fábricas gráficas; o en fábricas como Siderca, o la victoria de la Lista Blanca, que le ganó a la burocracia del Smata en todas las grandes fabricas de Córdoba en la última elección seccional. Está claro. Y esto va armando un esquema de organización, una vía de desarrollo político. El Partido Obrero impulsa esta vía de desarrollo político con la consigna de la necesidad de formar una alternativa independiente de los trabajadores, de conquistar la independencia política de la clase obrera y de formar un Partido Obrero. Que la clase obrera forme un partido de trabajadores. Esto es una vía de desarrollo y es la vía que con más tenacidad estamos desarrollando. Levantando tribunas, abriendo nuevos locales, conquistando 4.000 suscriptores, vendiendo más periódicos, armando redes de distribuidores, que no es sólo una mecánica de marketing de un diario, sino que es el método de organización de la vanguardia obrera, para que por medio de la organización, haga frente a la ofensiva capitalista.


 


Hoy, por ejemplo, en Varela, creo que hay unas 65 organizaciones reunidas. Organizaciones de desocupados, organizaciones sindicales, partidos políticos, centro vecinales, agrupamientos estudiantiles, que tienen grandes dificultades para llegar a un acuerdo para hacer un acto del 1º de Mayo. Probablemente no lleguen a un acuerdo. Pero la característica que tiene esta reunión, en la que parece no vamos a llegar a ningún acuerdo, con sucesivos cuartos intermedios para deliberar, revela ya un cuadro de intensidad, de debate de ideas, de propuestas, y de problemas. Incluso de influencias negativas. Por ejemplo, ustedes se van a sorprender, una de las influencias negativas son las Madres de Plaza de Mayo. Con todo su heroísmo, tenacidad y esfuerzo, sistemáticamente van a todos lados a decir que los partidos son todos una basura. Incluyen al PJ, a la Alianza, a Cavallo, a la izquierda y al PO. Y nosotros tenemos que organizar un acto del 1º de Mayo y lo quieren organizar contra los partidos. Y nosotros preguntamos: ¿Quién va a traer a la gente?, ¿Quién es el partido que más gente va a traer este año? El Partido Obrero, después otros partidos de izquierda. ¿Entonces, los que más van a movilizar trabajadores no van a hablar? ¿ Las Madres de Plaza de Mayo se olvidaron que los 30.000 desaparecidos eran militantes de partidos? Los 30.000 desaparecidos eran militantes de los Montoneros, que era un partido; del ERP, que era un partido; del Partido Obrero, que es un partido; de los Comunistas, que eran un partido. Todos eran militantes, todos luchaban por tomar el poder. ¿Cómo se puede defender a los 30.000 desaparecidos y atacar a los militantes políticos? Lo peor de todo es que se desarrolla en el movimiento obrero la idea de que éste se puede dedicar a cualquier cosa, menos a tomar el poder político, la idea de que no hay que ir a una elección, cuando una campaña electoral de un Partido Obrero es una forma de desenmascarar a los partidos burgueses.


 


La otra vía de desarrollo es que esta situación se derrumbe bruscamente como en Asia. Si una situación tan mala se agrava bruscamente, va a producir grandes levantamientos populares. Porque quiere decir que el que trabaja, el que consigue un puesto de trabajo, no puede decir: Y mirá, yo me quedo acá con 400 pesos, para no estar desocupado, porque lo echan igual. Una aceleración de la crisis, determina que no necesite ningún obrero. Esto también es una alternativa. Y en caso de haber una alternativa de este tipo, que es muy posible por las características de toda la crisis mundial, el propio gobierno de Menem se va a ver en figurillas para terminar su mandato. Pero de producirse esta última vía, ¿cómo puede ir a la victoria, sin desarrollar también la vía anterior? Si no hay un partido, no hay organización, ¿cómo se va a canalizar, cómo va a llegar a la victoria todo el desarrollo popular?


 


El Partido Obrero trabaja en función de esta perspectiva general, con un llamamiento sistemático a la organización. Y yo digo, alternativa obrero-independiente, partido de los trabajadores o Partido Obrero. ¿Por qué las dos cosas? ¿Por qué alternativa obrero-independiente? ¿Por qué Partido Obrero?


 


Indudablemente, la auténtica alternativa independiente es un Partido Obrero. Es la organización de los obreros en un partido propio. Digo alternativa independiente, porque hay muchos trabajadores que necesitan aún madurar la idea de un partido, pero que pueden aceptar y aceptan la idea de que las organizaciones de los trabajadores, sean reivindicativas o políticas, se unan en un trabajo común. Nosotros estamos impulsando a fondo el trabajo en común de organizaciones obreras, populares, que tienen fines puramente reivindicativos con las organizaciones partidistas. Porque es necesario insuflar en las organizaciones que tienen fines reivindicativos, la conciencia de que la salida está en un gobierno obrero y porque es necesario que los partidos comprendan que sólo se puede crear un partido, luchando profundamente en todos los movimientos reivindicativos. Es lo que llamamos un frente político-reindivicativo. Y no es sencillo, porque la idea que más ha cultivado, y que más procura cultivar la burguesía entre el movimiento obrero es que los trabajadores no deben participar en los partidos y que los sindicatos no deben actuar políticamente. Pero la economía se mete con la política; no hay fronteras. Los capitalistas las cruzan todos los días, pero a nosotros nos dicen: cuidado; si vos te pasas esta frontera te contaminás. Entonces hay que luchar contra eso, hay que insuflar una conciencia estratégica en todos los sectores de la clase obrera, de que hay que luchar por el poder. A los chicos que andan en los movimientos de protesta, de música, etc., les decimos: todo esto vale si pensás luchar por el poder. Porque mientras el poder está en manos del otro, terminará legalizando a Serrat y a Paco Ibáñez y banalizando al Che Guevara. Hay que luchar por el poder político. Es una oportunidad histórica que se le presenta al movimiento obrero en todo el mundo.


 


Termino de la siguiente manera. En 1848, en el primer programa de un partido obrero, se dice que la construcción de un partido obrero es interrumpida constantemente por la competencia entre los propios trabajadores. En 1848, ya se establecía que la construcción de un partido obrero no era un proceso lineal. Es interrumpida constantemente porque los obreros, compiten entre sí. Es interrumpida constantemente por salvajes represiones. Es interrumpida constantemente por que aparece una burocracia que traiciona el movimiento. La burocratización del movimiento obrero es una forma exacerbada y extrema de la competencia entre los trabajadores. Es interrumpida constantemente porque hay una diferenciación entre los trabajadores que están mal y los que están un poquito mejor, o los que se vinculan a la pequeña burguesía y le dan pie a la pequeña burguesía en el movimiento obrero y bloquean al movimiento obrero. En ese manifiesto de 1848 se dice que la construcción de un partido obrero, se interrumpe constantemente para renacer siempre de abajo. Es una rebobinada sistemática, en la que la única condición es tratar siempre de colocarse en un plano superior al que se había recorrido en el pasado. Por eso llamamos a colaborar en el desarrollo del frente político reindivicativo, a acciones comunes, a la distribución de la Prensa, a la difusión de la idea más simple que hay en el mundo y es el que el obrero debe organizar su propio partido político y no debe ser víctima, ni dejarse verduguear, ni hacer seguidismo a la clase que lo explota.


 


Esta idea tiene que abrirse un camino fenomenal y este es el propósito del Partido Obrero.


 


 


Notas:


1. Jorge Altamira, "El balance de las elecciones", Prensa Obrera Nº 562 (30/11/97).


 

“La CTA y el MTA deben romper con los partidos patronales”

Declaración de Córdoba Por un 1º de Mayo de unidad y lucha contra el hambre, la represión y la desocupación


Al término del acto del 1º de Mayo en Córdoba, se leyó una declaración conjunta de las organizaciones convocantes sindicatos, listas sindicales, organizaciones de desocupados y edrechos humanos, partidos políticos de izquierda. Por su importante contenido político, clasista y combativo, la reproducimos enteramente a continuación.


 


Los abajo firmantes llamamos a recuperar el 1º de Mayo como día Internacional de lucha de los trabajadores por mejores condiciones de trabajo y una sociedad sin explotados ni explotadores.


 


En esta oportunidad denunciamos al gobierno de Menem que aplica un plan de hambre , entrega y represión, cuyo blanco principal somos los trabajadores, los desocupados, jubilados y demás sectores populares. Nuestros abuelos se suicidan porque no pueden vivir con 152 pesos mensuales.


 


En Córdoba luchamos contra el gobierno de Mestre que aplica la misma política, ahora despide bancarios del mismo modo que antes cesanteó empleados públicos y aspira a privatizar EPEC. Al mismo tiempo se pierden empleos en el Correo, en la alimentación, etc.


 


Los trabajadores no podemos limitarnos a denunciar los atropellos. Nuestra obligación es movilizarnos y atraer de nuestro lado a la mayoría del pueblo para luchar y romper las cadenas de la explotación. Sobre todo cuando las patronales y el gobierno, el FMI y el Banco Mundial, quieren remacharnos el régimen esclavista de "flexibilización laboral".


 


Nuestros dramas no se solucionarán cambiando un amo por otro, o sea votando a la Alianza contra el PJ. Estos dos partidos son muy parecidos en su sumisión a los grandes capitalistas y banqueros y sostenedores del Estado opresor, como se vio en la farsesca derogación de las leyes de impunidad. Menem, Duhalde, Mestre, De la Rúa y Fernández Meijide son variantes de una misma política de sometimiento a los intereses de los grandes monopolios capitalistas y los pulpos financieros internacionales.


 


Solamente un proceso revolucionario de liberación nacional y social podrá abrir un nuevo panorama para los trabajadores.


 


Apuntando en esa dirección es que llamamos a todos los compañeros a repudiar a la burocracia sindical de la CGT, las 62 y el Moas. Hay que echar a los Daer de los gremios, entre otras cosas por haberse entrevistado con la delegación del FMI que recomienda un nuevo y brutal ataque contra el pueblo argentino y al ser también responsables de la crítica situación que vive el pueblo.


 


La CTA y el MTA deben reflexionar sobre la política de sus "aliados parlamentarios" (la UCR, el Frepaso, el duhaldismo) deben romper con los partidos patronales y reivindicar un frente político y reivindicativo de todas las organizaciones obreras y populares.


 


Debemos movilizarnos este 1º de Mayo como continuidad de los paros, puebladas, cortes de ruta y demás movilizaciones populares que desde el Santiagueñazo en adelante ganaron mayor altura. Estas luchas se reflejaron en las importantísimas movilizaciones populares en varias ciudades del país con motivo de los 22 años del golpe de estado de 1976, quedando una clara delimitación política; de un lado el pueblo en la calle reclamando el juicio y castigo, del otro el Congreso Nacional con justicialistas, aliancistas, bussistas y procesistas votando en forma unánime por la absolución de los responsables de las 30.000 desapariciones. Esta delimitación plantea para los trabajadores y el pueblo explotado actuar con total independencia política de los partidos y el Estado patronales y también su organización política propia.


 


Esta Multisectorial como continuidad de las acciones realizadas (repudio a la visita de Clinton, la movilización del 10 de diciembre, el acto contra el juicio de Oscar Martínez y demás luchadores populares y la movilización del 24 de marzo por la nulidad de las leyes de impunidad) convoca a realizar un acto combativo y unitario el próximo 30 de abril a las 19 horas en Colón y Gral. Paz, bajo estas consignas:


 


* Abajo los gobiernos de Menem y Mestre.


 


* Por la solidaridad con todos los conflictos, como el de los mineros de Río Turbio.


 


* Por un inmediato aumento de los salarios y jubilaciones. Por un salario básico igual al costo de la canasta familiar.


 


* Por el no pago de la deuda externa.


 


* Por la duplicación de los presupuestos de salud y educación. Por la derogación de las leyes Federal de Educación, de Educación Superior y la reforma educativa de Mestre


 


* Basta de suspensiones y despidos (Fiat, autopartistas, bancarios). Por el reparto de las horas de trabajo sin afectar el salario.


 


* Por un seguro de desempleo de 500 pesos para todos los desocupados mayores de 16 años.


 


* Por la reestatización sin indemnización de Lockheed, Aguas Cordobesas, centrales eléctricas y todas las empresas privatizadas.


 


* Abajo la flexibilización laboral. Convenios colectivos por industria con paritarios elegidos por asamblea.


 


* Por el desprocesamiento de los mil luchadores. Por la libertad de los presos políticos, Por la anulación efectiva del Punto Final, la Obediencia Debida y los indultos.


 


* Por una central obrera clasista, democrática y de bases, por la expulsión de los jerarcas traidores de los sindicatos y la CGT.


 


* Por un urgente plan de lucha y un paro nacional de 48 horas.


 


* Por la solidaridad internacional con los pueblos que luchan contra la opresión capitalista y el imperialismo (los campesinos brasileños, los trabajadores bolivianos, los palestinos, etc.). Por la defensa de las conquistas de la Revolución Cubana, contra el bloqueo imperialista. Defensa del pueblo iraquí contra la agresión de los imperialismos yanqui e inglés.


 


UOGC (Gráficos) Lista Blanca (Smata) Sindicato de Desocupados   Lista Marrón (UEPC) Lista Violeta (SEP)   UniDHos Partido Obrero MAS  Partido de la Liberación  Partido Revolucionario de la Liberación   MPR Quebracho Anarquistas


 

En las vísperas de otro derrumbe


Hace algunas semanas, los que saben habían dado por concluida la crisis asiática con la renegociación de la deuda externa de corto plazo entre Corea del Sur y sus acreedores. Se había acordado una refinanciación de tres años de plazo para los 21.000 millones de dólares de vencimiento inmediato. El gobierno salía como garante del acuerdo, lo que significa la potencial estatización de la deuda privada. Además, se había comprometido a liquidar los bancos y empresas insolventes, con lo que se había hecho acreedor a un préstamo de 60.000 millones de dólares organizado por el FMI. La mayor parte de este dinero estaba destinado a financiar a los acreedores de las empresas que fueran mandadas a la quiebra. Sumado todo, el estado de Surcorea, cuya deuda pública era insignificante, pasaba a convertirse en deudor potencial de cerca de 100.000 millones de dólares para rescatar a la pujante iniciativa privada.


 


Todos a sus puestos


 


Una vez concluida la ronda clásica de lamentos por lo que el pueblo debería comenzar a sufrir por la irresponsabilidad de algunos magnates, los grandes capitalistas levantaron las copas para saludar la recuperación de la estabilidad asiática. El sistema financiero internacional se había salvado una vez más, como lo demostraban las rápidas subidas de las Bolsas de Estados Unidos y de Europa. Pero no duró ni la flor de un verano, y no solamente porque las manifestaciones y las huelgas comenzaron a incrementarse o porque gobiernos como el del indonesio Suharto comenzarán a ver el fondo del precipicio. Simplemente, la mentada contención de la crisis financiera no había ocurrido.


 


El viernes pasado, el International Herald Tibune (1) consagraba su primera plana al anuncio de que "Un nuevo alerta financiero estremece a Corea del Sur", explicando en la bajada que los expertos advierten un empeoramiento de la crisis como consecuencia del aumento de las deudas empresariales. Es que la deuda externa total de Surcorea, de 150.000 millones de dólares, representa sólo un 15% del total de la deuda privada, calculada en el doble del producto bruto interno, o sea en 960.000 millones de dólares (2). "La verdad del asunto, dice el diario inglés, es que Corea no ha encarado realmente los problemas estructurales de su economía", que son los de liquidar a los grupos económicos insolventes. En lugar de eso, el gobierno ha estado inyectando dinero en esos pulpos, para lo cual tuvo que incrementar la deuda pública mediante la emisión de bonos del Estado. Así, la deuda de las empresas insolventes se ha incrementado aún más, a tasas de interés altísimas como consecuencia de la crisis financiera. Pero a pesar de esta subvención a los capitalistas en bancarrota, los despidos totalizan unas 10.000 personas por día (3).


 


Hace algunas años la prensa internacional destacaba la incursión de los capitalistas surcoreanos en Estados Unidos y en América Latina. Ahora se preguntan si no tendrán que liquidar sus inversiones exteriores para saldar las pérdidas en el país. Aunque la moneda fue fuertemente devaluada, las exportaciones no han crecido para compensar la crisis, debido a la crisis en los mercados asiáticos y Japón, y en particular debido a la falta de capital de trabajo. En el Parlamento surcoreano, los grandes pulpos tienen la suficiente fuerza para bloquear los proyectos que puedan decidir su liquidación, pero más allá de ello, el tamaño de las deudas impagas que dejarían sus quiebras ha llevado al gobierno a desoír los reclamos airados de sus rivales internacionales que manejan al FMI. Es que se calcula que ya ahora las deudas incobrables de los bancos ascienden al 40% del PBI, es decir, a 190.000 millones de dólares (4).


 


Lo que todavía puede acelerar más aún la emergencia de un nuevo derrumbe son las grandes pérdidas que están sufriendo los fondos de inversiones surcoreanos. Los tres más fuertes poseen en sus activos el 20% de los bonos de deuda emitidos por las empresas y el 5% del total de las acciones. La revista que ofrece estos datos (5), dice que las pérdidas sufridas por estos Fondos exceden en 2.600 millones de dólares a sus activos. El público, naturalmente, está retirando el dinero de los Fondos. Si esta tendencia prosigue y los Fondos se ven obligados a vender los bonos y acciones en su poder para devolver la plata a sus clientes, o sea, si "vuelve a ocurrir una onda de retiros motivados por el pánico (…), los mercados podrían derrumbarse nuevamente" (6).


 


Es natural que ante semejantes circunstancias, los capitalistas busquen una salida por el lado de la enorme economía japonesa.


 


"En el abismo"


 


Pero Japón se encuentra en una crisis aún más grave que la de Surcorea, desde que en 1990 se vinieron abajo los infladísimos precios de las propiedades, los terrenos y las acciones de las empresas. ¡La Bolsa cayó en estos ocho años de 48.000 a 15.000 puntos, o sea un 70%! Pasó de un valor de cinco billones de dólares a un billón quinientos mil millones, o sea que perdió 3.500.000 millones de dólares. Los patrimonios de los bancos que poseían esas acciones, sufrieron en consecuencia. Las deudas incobrables, sólo del sistema bancario, son estimadas en 800.000 millones de dólares.


 


Pero la crisis sigue su marcha. La producción industrial ha caído un 3%. Según el presidente del Banco Central existe un fuerte peligro de deflación como consecuencia de la caída sistemática de la demanda. Los beneficios industriales caerán, en 1998, en un 30%, aunque según el semanario The Economist (7), "Mitsubishi, Mazda y Nissan están" en realidad, "de rodillas". Como consecuencia de esto, las deudas privadas siguen creciendo. Al mismo tiempo, como resultado de los continuos subsidios del Estado, la deuda pública ya se eleva a la friolera de 5 billones de dólares, aunque el economista austro-norteamericano, Rudiger Dornbusch, la aumenta a 10 billones de dólares, al sumarle la deuda de la seguridad social. En estas condiciones, no se ve muy bien cómo podría el Estado japonés continuar sus intentos de reactivar la economía mediante subsidios públicos.


 


Japón se ha transformado en un problema, más que en una salida para el resto de Asia del sur. No solamente no puede importar mercaderías de esos países, sino que existe la evidencia de que habría retirado capitales para cubrir sus pérdidas metropolitanas. Las importaciones japonesas de Asia han caído un 18% en febrero, mientras que en el mismo período el superávit de Japón con Estados Unidos subía un 21% (8). El lunes 13, el Banco Central vendió 12.000 millones de dólares de bonos norteamericanos para comprar yenes y evitar la estrepitosa devaluación de la divisa japonesa (9). La situación comercial en la región ha llegado al punto en que una parte creciente se está realizando mediante trueques (10).


 


Un síntoma poderoso del agravamiento de la situación japonesa lo dió, a principios de abril, la agencia de evaluación, Moody´s, al rebajar la confiabilidad financiera del país y advertir la posibilidad de una fuga de capitales como consecuencia de la "fragilidad del sistema financiero" (11). Esta posibilidad se acentúa porque, a partir del 31 de marzo, ha quedado desregulada la salida de dinero al exterior.


 


Entonces, ¿Japón no tiene salida? Los Estados Unidos y el FMI no esconden su propósito de aprovechar esta crisis para "desmantelar la política industrial japonesa" (12), o sea golpear decisivamente la competencia japonesa en el mercado mundial. Para eso proponen la quiebra de todos los pulpos insolventes, en especial los bancos, la utilización del dinero del fisco para resarcir a los acreedores y la apertura ilimitada al capital extranjero. Aplicada al conjunto del sudeste asiático, esta salida debería consagrar el completo dominio del capital norteamericano, que es el menos expuesto en la región, en comparación con Japón y Europa. Para muchos, esto significaría desatar una depresión mundial. La economía japonesa no ha reaccionado a ningún estímulo sobre la demanda, a pesar de que se han inyectado un billón de dólares desde 1990, esto debido a su extraordinario endeudamiento. La situación ahora parece haber llegado al paroxismo porque, según algunos medios financieros, el Banco Central está inyectando moneda a un ritmo del 50% anual, o sea un 400% más de lo que lo está haciendo la banca central norteamericana.


 


La estampida está cercana. Es cierto que Japón es el principal acreedor internacional, pero esto no debe servir de consuelo, porque significa solamente que antes de irse a pique puede retirar sus inversiones en el resto del mundo, lo que precipitaría un derrumbe mundial.


 


Estados Unidos


 


¿Podría la saludable economía norteamericana prevenir el derrumbe de Japón y ofrecer ella misma una salida? Es lo que defienden últimamente algunos periodistas ingleses (13), que sostienen que el mercado norteamericano debería absorber todas las exportaciones japonesas y asiáticas necesarias para sacar a esa región de la crisis, sin que importe el déficit comercial que ello ocasione a los Estados Unidos, toda vez que el superávit que consigan los capitalistas asiáticos como contrapartida sea reinvertido en Norteamérica. Claro que esto no le hace ninguna gracia a los competidores norteamericanos.


 


Pero el problema no es tan fácil, porque la propia economía norteamericana enfrenta una crisis muy seria. El foco es una crisis inminente de la Bolsa como consecuencia del efecto combinado de la sobrevaloración de las acciones y las previsiones de menores beneficios empresariales. Ambos elementos se han sobredimensionado con la crisis nipona-asiática: por un lado, las devaluaciones de las monedas de esa región han aumentado las importaciones norteamericanas y disminuido sus exportaciones, perjudicando la tasa de beneficio de los capitalistas norteamericanos; por el otro lado, la crisis financiera internacional ha provocado la fuga de capitales a Estados Unidos, sobrevaluando aún más al dólar y a la Bolsa.


 


Se ha estado llamando la atención en la prensa respecto al gran crecimiento de la emisión monetaria en Estados Unidos, que es aplicada casi exclusivamente a la especulación; es decir que éstos se están endeudando a niveles extraordinarios. The Economist (14) califica a esta emisión de una suerte de "inflación rampante". Reclama abiertamente que el banco central norteamericano suba las tasas de interés para frenar el crédito. Pero no dice nada del resultado previsible de esta medida, que sería el derrumbe de los mercados de capitales en todo el mundo, hacia donde también va el dinero norteamericano que se obtiene por medio del crédito.


 


El FMI y el Banco Mundial, luego de subrayar que el déficit en cuenta corriente con el exterior de Estados Unidos es de 230.000 millones de dólares (15), advierte que esto podría provocar el fenómeno contrario al descripto anteriormente, o sea, la salida de capitales de Estados Unidos y la caída del dólar. Si se considera la totalidad de la situación, se llega fácilmente a la conclusión que se ha alcanzado un nivel de inestabilidad potencial absolutamente extraordinario que puede tirar por el suelo a las monedas y mercados de valores de todos los países.


 


The Economist (16) también destaca que la baja de la tasa de interés a largo plazo en Estados Unidos (una señal de que se financian menos inversiones) y la suba de la misma a corto plazo (una señal de que se están refinanciando deudas que cuesta pagar), indican que la economía norteamericana marcha hacia una recesión. Es difícil que una economía en recesión pueda convertirse en receptáculo de los excedentes del derrumbe de las economías asiáticas.


 


La economía mundial capitalista se enfrenta a una enorme crisis de sobreproducción y a una caída de la tasa de beneficios que es el resultado de toda una década de tentativas de salir de la crisis precedente mediante inversiones que reducen la ocupación de mano de obra y mediante el desvío de una gran parte de los beneficios hacia la especulación financiera. En ningún momento de los últimos diez años, pudo esta tendencia contrarrestante de la crisis alcanzar su plenitud, como lo demuestra la enorme desocupación mundial. Pero ahora se ha agotado. Es necesario desarrollar una comprensión del conjunto de esta situación para que los trabajadores nos capacitemos para enfrentarla con eficacia. La perspectiva de un nuevo agravamiento súbito de la situación de las masas se encuentra claramente planteada.


 


 


Notas:


 


1. International Herald Tribune, 24/4/98.


2. Financial Times, 23/4/98, suplemento sobre Corea.


3. Idem.


4. Idem.


5. Business Week, 13/4/98.


6. Idem.


7. The Economist, 11/4/98.


8. Los Angeles Times, 24/4/98.


9. Clarín, 19/4/98.


10. The Wall Street Journal, 6/4/98.


11. Le Monde, 4/4/98.


12. The Wall Street Journal, 13/4/98


13. Samuel Brittan y Martin Wolf, Financial Times, 7/4/98 y 23/4/98.


14. The Economist, 18/4/98.


15. Financial Times, 14/4/98.


16. The Economist, 18/4/98.


 

La crisis capitalista y la política social de la burguesía


En la década del 70 terminó lo que algunos economistas califican como la edad de oro del capitalismo, caracterizada por bajos niveles de desempleo y por un rápido crecimiento del comercio internacional y de la productividad. A partir de aquí, sin embargo, se produce un violento cambio de tendencias: el producto y la productividad comienzan a crecer a tasas cada vez menores y aparece un desempleo de masas, de larga duración. De manera cada vez más aguda, los trabajadores enfrentan la pesadilla de la desocupación permanente y de una regresión sin precedentes en sus condiciones de trabajo, de salario, de duración de la jornada, de flexibilidad, de cobertura social, de protección infantil, de indemnización y la pauperización lisa y llana.


 


Desempleo


 


Entre 1964 y 1992, el desempleo se multiplicó por ocho en la antigua Alemania Federal; por cuatro en Francia; se triplicó en Gran Bretaña; y se duplicó en el resto de los países del G-7 (1). La desocupación creció con independencia del ciclo económico. "Actualmente, el desempleo en Gran Bretaña es el doble del existente veinte años atrás, cuando la economía se encontraba en la misma etapa del ciclo" (2). La misma situación se reproduce en cada una de las potencias imperialistas y también en los países atrasados como Argentina (3).


 


Al mismo tiempo que crece el número total de desempleados, se alarga el tiempo en que cada trabajador permanece sin empleo. En los Estados Unidos, por ejemplo, los desempleados que pasan más de 26 semanas sin conseguir un empleo pasaron del 4% (en 1969) al 15% (en 1996), "una tasa inusualmente alta en una fase del ciclo en la que el desempleo cayó abruptamente" (4).


 


Hoy, el desempleo en Europa continental supera el 11% de la población activa, un promedio que oculta cifras catastróficas. España tiene una tasa de desocupación del 25%. El desempleo entre los jóvenes y entre las mujeres triplica en todos los países los promedios nacionales. Existen verdaderas zonas siniestradas el País Vasco en España, las regiones de Lorraine o Marsella en Francia, el este de Alemania o los alrededores de Bruselas, en Bélgica, Liverpool o Glasgow en Gran Bretaña donde el desempleo casi duplica los promedios nacionales para todas las capas de trabajadores.


 


Unos pocos países, Gran Bretaña, Holanda y Estados Unidos, presentan tasas cercanas al 6%. Se atribuye este éxito a la extrema flexibilidad de sus leyes laborales y a la caída de los salarios. La verdad está en otro lado.


 


La razón del bajo desempleo británico es, simplemente, que las estadísticas son falsas. El Financial Times sostiene que "las cifras oficiales carecen de credibilidad" y el Banco HSBC "estima que lejos de la última cifra oficial de julio (5,5%), el verdadero número de desempleados británicos es del 14%". En un esfuerzo consciente por enmascarar los verdaderos alcances del desempleo, el gobierno conservador "hizo cambiar 32 veces" el método del cálculo de desocupados. El que rige actualmente "excluye a muchos menores de 18 años, a mujeres cuya pareja recibe subsidios, a mujeres que agotaron sus contribuciones, a hombres mayores de 60 años, a aquellos que dejaron su trabajo voluntariamente, a los que reciben pagos por invalidez o vejez y sigue una lista interminable" (5). Según la metodología de la OIT, el registro oficial de 1,7 millones de desempleados de abril de 1996 debería elevarse a 2,26 millones; si se incluyera a todos los que quieren empleo, el verdadero total sería de 4,3 millones, más del 15%.


 


El falseamiento de las estadísticas es también la causa del bajo desempleo holandés. "En Holanda no se registra oficialmente más que un 6% de desocupados () gracias a una acepción particularmente extensiva de la noción de invalidez que permite dejar de lado a las casi 800.000 personas juzgadas ineptas y de las cuales una buena parte, si no la mayoría, son efectivamente desocupados disfrazados. Según la propia OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), sin esta jugarreta, el porcentaje real de desocupados alcanzaría el 20%" (6).


 


En cuanto a los Estados Unidos, según el profesor John Gray, de la London School of Economics, "la pretensión de que se ha alcanzado el pleno empleo es cuestionable. Oculta que hay más de un millón y medio de personas tras las rejas que, de otra manera, estarían buscando trabajo. Estados Unidos encarcela cuatro veces más ciudadanos que Gran Bretaña, seis veces más que otros países europeos y catorce veces más que Japón" (7). En los últimos años, la población carcelaria norteamericana se ha más que duplicado, pasando de 750.000 a 1.700.000 personas, la inmensa mayoría por pequeños crímenes contra la propiedad. Según un observador, los trabajadores norteamericanos poco calificados, en especial los negros y latinos, "enfrentan la disyuntiva de encontrar un empleo o pasar a engrosar la mayor población carcelaria del mundo" (8).


 


Gray caracteriza a este "encarcelamiento de masas" como "el mayor experimento social en los Estados Unidos desde la Prohibición (9)", es decir como una política consciente y deliberada para aterrorizar a los trabajadores menos calificados, encarcelar a los desocupados y militarizar el Estado (10). Si se tomara en cuenta el número de prisioneros, el pleno empleo norteamericano luciría menos impresionante: con 8 millones de desocupados, la tasa de desempleo alcanzaría al 10%.


 


¿Desempleo tecnológico?


 


Los economistas vulgares responsabilizan al progreso técnico que ahorra mano de obra y a la competencia del trabajo barato del Asia, por el imparable crecimiento del desempleo. La desocupación de masas no obedecería, según estas explicaciones, a una causa social sino a una impersonal razón tecnológico-comercial. Curiosamente, la solución que plantean sí tiene un contenido social preciso: la liquidación de las conquistas sociales que el movimiento obrero conquistó en décadas de lucha.


 


El progreso tecnológico reaparece como una tendencia bajo el capitalismo, un régimen de producción que ya señalaban Marx y Engels "no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los medios de producción y, por consiguiente las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales" (11). Ni la primera revolución industrial (la aplicación de la fuerza del vapor a la producción, a fines del siglo XVIII) ni la segunda (la aplicación industrial de la química, la electricidad y el petróleo, a fines del siglo XIX) crearon una masa de desocupados permanentes. Al contrario, ampliaron la masa de obreros ocupados en todo el planeta; esto porque el capitalismo se encontraba entonces en una fase de ascenso y pudo ampliando la escala de producción, conquistando nuevos mercados, abriendo nuevas ramas productivas absorber la mano de obra que había sido dejada sobrante por la aplicación de la nueva tecnología.


 


En la actualidad ocurre lo contrario. Hasta 1970, según la OCDE, "la relación entre las ganancias de productividad y el empleo era positiva" (es decir que el incremento de la productividad provocaba un crecimiento del empleo), pero "desde fines de los 70, (esta relación) se vuelve negativa" (12). La sobreproducción de mercancías y de los capitales que las producen impiden al capitalismo absorber la mano de obra puesta en excedencia por el cambio tecnológico. Se trata de una limitación social, que es puesta en evidencia por las necesidades insatisfechas de millones de seres humanos en todo el planeta. Pero bajo el capitalismo, la producción es, antes que nada, el soporte del proceso de valorización del capital; no es la tecnología considerada aisladamente (producción de valores de uso) sino la valorización del capital la que domina el proceso de la producción. La cuestión de la tecnología se reduce, de esta manera, a la del régimen social.


 


Muchos cuestionan incluso, el carácter de ese progreso tecnológico en los últimos años. Según el economista John Eatwell, "cualesquiera hayan sido los efectos del cambio tecnológico en la composición del empleo, no hay pruebas de que el aumento del desempleo en los países del G-7 obedezca a la velocidad del cambio tecnológico. Si así fuera, entre 1980 y 1990 habría habido una aceleración del aumento de la productividad (ya que las nuevas técnicas reducen drásticamente el insumo de mano de obra por unidad de volumen de producción). En realidad, sucedió lo contrario: hubo un brusco retardo del aumento de la productividad" (13). Efectivamente, comparando los períodos 1961/70 y 1981/90, las tasas de crecimiento de la productividad se redujeron en un 40% en Gran Bretaña y Estados Unidos, en el 50% en Alemania y en más del 60% en Francia, Italia y Japón. La caída en la tasa de crecimiento de la productividad se explica porque "el estancamiento económico mundial, la tendencia a la sobreproducción y sobreacumulación de capitales (que no encuentran una colocación redituable en la esfera productiva) tienden a colocar un freno a la innovación tecnológica, y por sobre todo, a su aplicación en la producción" (14).


 


Tampoco puede achacarse el desempleo en los grandes centros imperialistas al incremento de la participación de los países de Asia en el comercio internacional. Aunque la demanda de importaciones del Tercer Mundo por parte de la industria manufacturera de los países del G-7 se multiplicó por diez entre 1968 y 1996, en todo este período "si se excluye el petróleo, tendió a haber superávit comercial del G-7 respecto de los países más dinámicos del Tercer Mundo" (15). En consecuencia, los países asiáticos importaron más trabajo cristalizado en mercancías de parte de los países del G-7 que el que exportaron hacia ellos.


 


El efecto de los bajos salarios de Asia en el empleo de los grandes países imperialistas no difiere del que tuvo, a fines de la década del 50, la competencia de los países europeos meridionales. En ese período, la participación de Italia en el comercio mundial pasó del 2 al 6% pero el desempleo en el norte de Europa no aumentó. Al contrario, en las décadas del 50 y del 60, países como Alemania y Francia importaron varias decenas de miles de obreros españoles, italianos, griegos y turcos para cubrir sus faltantes de mano de obra.


 


La causa del desempleo de masas hay que buscarla en la tendencia al estancamiento de la economía mundial. Entre 1964 y 1973, los países imperialistas crecieron a una tasa promedio del 5,6%; entre 1983 y 1992, Estados Unidos creció el 1,9%, la Comunidad Económica Europea creció al 2,4% y Japón al 3,9%. Esta tendencia declinante se agudiza: entre 1991 y 1993, los países imperialistas crecieron a una tasa inferior al 1%.


 


A partir de la década del 70, los ciclos de ascenso son más cortos y débiles; las recesiones más profundas y destructivas. La razón del crecimiento del desempleo es casi obvia: "la pobre creación de empleos desde 1970, el empleo civil apenas se movió en Europa" (16). No es extraño, entonces, que la OIT sostenga que "la indigencia de los resultados de años recientes en el campo del empleo coincide con el estancamiento general de la economía mundial" (17).


 


Las salidas que ensayó el capitalismo para enfrentar la sobreacumulación de capital significaron un golpe mortal al empleo. Las fusiones (que pasaron de un valor de 20.000 millones de dólares a comienzos de la década del 80 a 800.000 millones a mediados de los 90) tuvieron como base la destrucción de millones de puestos de trabajo. El centro de las fusiones son las grandes empresas que despiden en masa: AT&T, 83.000 despidos; IBM, 40.000; Nynex, 22.000; Hughes, 21.000; GTE, 17.000; Eatsman Kodak, 14.000; Bellsouth, 20.000; Xerox, 10.000. Sólo en un año (1998) y en un Estado norteamericano (California), las fusiones provocarán 16.000 despidos. Entre 1979 y 1992, el nivel de empleo de las 500 principales empresas mundiales cayó de 16 a 12 millones de trabajadores.


 


El mero anuncio de despidos en una empresa eleva las cotizaciones de sus acciones porque se supone que "cualquier empresa grande es capaz de hacer más dinero por el simple expediente de despedir gente" (18).


 


La existencia de una masa creciente de desocupados a escala mundial es la inevitable consecuencia de la incapacidad del capitalismo para dar una salida a la sobreproducción de mercancías y capitales. Es un medio para restablecer la tasa de ganancia mediante la reducción de los salarios, sea en forma directa o por medio del alargamiento y la intensificación de la jornada de trabajo.


 


Precarización


 


"El sobrante de trabajadores debilita por medio de su competencia la fuerza de resistencia de los trabajadores ocupados. Estos se ven obligados a someterse a un exceso de trabajo; el exceso de trabajo engrosa, a su vez, las filas de la población obrera superflua. La desocupación de unos determina el exceso de trabajo de otros y recíprocamente" (19).


 


La desocupación en masa es una cara de la moneda. La otra es la fenomenal desvalorización de la fuerza de trabajo provocada por la masiva precarización del empleo, la flexibilización, la reducción de los salarios directos y diferidos (jubilación, salud, indemnizaciones por accidente), el alargamiento de las jornadas de trabajo, los empleos basura, los contratos temporarios, el empleo de tiempo parcial (part-timers) y las tercerizaciones. El punto extremo de esta verdadera barbarización de las relaciones laborales lo constituyen las maquiladoras y las zonas francas que proliferan en los países atrasados de América y Asia (pero también en algunos países europeos como Turquía), donde los trabajadores son sometidos a un verdadero "trabajo esclavo" (20), y el resurgimiento de la esclavitud lisa y llana en Africa y América latina.


 


El aumento fenomenal de la explotación obrera es la principal respuesta de la burguesía a la crisis capitalista. Se argumenta que las nuevas modalidades de contratación son necesarias para adaptar el trabajo a las nuevas tecnologías. ¡Pero ningún progreso técnico requiere que los trabajadores puedan ser despedidos sin indemnización, que se reduzcan sus salarios, que se liquiden las indemnizaciones por accidente o que deban trabajar sin relación de dependencia o cobertura de salud! La imperiosa necesidad de acelerar la valorización de capitales amenazados por la sobreacumulación y la necesidad de compensar la caída de la tasa de beneficios provocada también por la sobreacumulación de capital es la fuerza ciega que presiona a la desvalorización del trabajo asalariado.


 


El 35% de la fuerza laboral europea está precarizada (en algunos países, como Holanda, llega al 50%). Esta proporción crece aceleradamente porque la economía sólo crea empleos-basura: tres de cada cuatro nuevos puestos de trabajo en Francia, y nueve de cada diez en España, son precarios.


 


En Estados Unidos, un tercio de los trabajadores de la construcción y el comercio son part-timers. El número de estos trabajadores es tan grande que la Monthly Labor Review estima que si se calculara el número de obreros de jornada completa reemplazados por esa masa de part-timers, el índice de desocupación saltaría del 5 al 10% (21). Las agencias de empleos temporarios pasaron de 400.000 trabajadores (a fines de 1982) a 2.100.000 (en 1995); una de ellas es el mayor empleador norteamericano.


 


El reemplazo de los buenos empleos por los precarios es tan violento que, en el curso de la actual recuperación, fueron despedidos 15.000.000 de trabajadores, la misma cifra que durante la última recesión. Esto explica que la actual recuperación sea la primera en la que no creció la participación de los asalariados en el ingreso nacional.


 


La flexibilización y la precarización provocaron la reducción de los salarios y la extensión de la jornada de trabajo: "la duración anual del trabajo aumentó el equivalente a un mes desde los años 70. Según The Wall Street Journal (5 de agosto de 1996), ciertos asalariados del automóvil trabajan 84 horas por semana para compensar la baja de sus salarios" (22). Por ese mismo motivo, los part-timers se ven obligados a trabajar dos y hasta tres turnos diarios.


 


La precarización del empleo golpeó especialmente a los sectores más débiles de la clase obrera, las mujeres y los niños. En Francia el 85% de los part-timers son mujeres, "que tienen un ingreso mensual más cercano a la asistencia que al salario" (23). El trabajo infantil ha venido creciendo sistemáticamente hasta abarcar una masa de 250 millones de niños en todo el planeta. Gran Bretaña "es el campeón europeo del trabajo de los niños, como lo testimonia un abrumador informe de una comisión independiente, la Low Pay Unit: Dos millones de jóvenes entre 6 y 15 años, de los cuales 600.000 tienen menos de 13 años, tienen un empleo casi regular. No se trata sólo de changas sino de actividades que deberían ser normalmente desarrolladas por adultos y que son pagadas de manera irrisoria" (24).


 


Como consecuencia de esta fenomenal precarización, apareció una nueva pobreza. Ya no son los desocupados, los dependientes de la seguridad social o los excluidos sino obreros y sobre todo, obreras que trabajan 12 ó 14 horas diarias. En Estados Unidos, de los 38 millones de personas que se encuentran por debajo del nivel de pobreza, 22 millones (el 60%) viven en hogares donde al menos uno de sus miembros trabaja (25). En Francia, 3 millones de precarizados viven por debajo del nivel de pobreza. Algunos especialistas caracterizan a estos nuevos pobres como una casta (26) ya que sus hijos, que no tienen acceso a la educación y a la salud, crecientemente privatizadas y arancelizadas, están condenados a reproducir su misma existencia miserable.


 


"La progresión actual del fenómeno de la precarización advierte el Alto Comité de la Salud Pública en Francia que fragiliza a sectores enteros de la población, es susceptible de provocar una real degradación de la salud de las capas sociales más desfavorecidas y, más allá, de toda la población" (27).Una brutal descomposición social acompaña, como la noche al día, al crecimiento de la desocupación y la precarización: aumentan los suicidios (cuya curva sigue fielmente las variaciones de la tasa de desempleo (28), la delincuencia juvenil, el narcotráfico, la prostitución, la violencia contra las mujeres y los niños.


 


"Una economía que sólo crea empleos basura …" (29), la creciente masa de precarizados obligada a realizar un trabajo casi esclavo por salarios de asistencia y los millones que viven de la seguridad social, traducen la completa ausencia de una perspectiva mínimamente progresiva para las nueve décimas partes de la población mundial. Los trabajadores norteamericanos acuñaron una frase que define la situación social de la clase obrera precarizada: "low pay, low benefits, no future" ("bajos salarios, pocos beneficios, no hay futuro").


 


Esta impasse económica y social condena la dominación de la burguesía, "porque no es capaz de asegurar al esclavo la existencia ni siquiera dentro de un marco de esclavitud, porque se ve obligada a dejarlo caer hasta el punto de tener que mantenerlo, en lugar de ser mantenida por él. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación; lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la sociedad" (30).


 


Trabajo forzoso


 


¿Con qué política enfrenta la burguesía la explosiva situación social creada por la crisis capitalista? ¿Cuál es su política social, qué viabilidad tiene y qué perspectivas plantea a los trabajadores?


 


La tendencia dominante es ligar los beneficios de la seguridad social a la realización de una contraprestación laboral obligatoria por parte de sus beneficiarios, ya sea en empresas privadas o en programas de empleo estatal. En pocas palabras, la tendencia dominante de la burguesía mundial es a convertir la seguridad social en planes Trabajar.


 


La seguridad social deja de ser una cobertura que forma parte del valor de la fuerza de trabajo, para convertirse en la contraprestación monetaria de un nuevo trabajo. Como reconoce el Financial Times, las reformas a la seguridad social en curso en la mayoría de los países significan "una revisión del contrato según el cual el Estado debe velar por aquellos que atraviesan malas épocas" (31). De esta manera, la burguesía busca atenuar el desempleo por medio de una más pronunciada caída de los salarios y de una más inflexible precarización del empleo.


 


Donde estas reformas llegaron más lejos es en los Estados Unidos. Clinton que fue apoyado por la burocracia sindical de la AFL-CIO con la excusa de defender la seguridad social anunció una serie de reformas que, según sus propias palabras, "terminan con la seguridad social tal como la hemos conocido hasta el presente".


 


Las reformas establecidas por Clinton ponen fin a la garantía federal a la seguridad social, que fue transferida a los Estados, los que a su vez la transfirieron a los condados (municipios). Ya se sabe, tal descentralización es sinónimo de desfinanciamiento. Además, se estableció un plazo máximo en que cada trabajador podrá gozar de los beneficios de la seguridad social: dos años continuados y cinco en el curso de toda su vida. Finalmente, se impusieron restricciones globales: en el plazo de dos años, el 25% de los beneficiarios de la seguridad social deberán estar empleados; dos años después, el 75% de los hogares que reciban asistencia social deberán tener al menos un miembro ocupado (32).


 


Los Estados y municipios, por su parte, establecieron sus propias restricciones, en muchos casos todavía más duras que las del gobierno federal y endurecieron las condiciones de elegibilidad (ingreso) y los controles para evitar los fraudes.


 


Los 700.000 beneficiarios del seguro social del Estado de California, por ejemplo, deberán trabajar por lo menos 32 horas semanales para no perder sus beneficios. El Estado subsidiará a los empleadores que los contraten y los que no consigan empleo deberán realizar obligatoriamente trabajos comunitarios (33).


 


En Nueva York, los beneficiarios deben integrarse a los grupos de trabajo del municipio (para limpiar plazas u otras tareas) e inscribirse en clubes de empleo a los que las empresas de la ciudad van a reclutar trabajadores. El beneficiario que se niegue a trabajar para la municipalidad o que rechace una oferta laboral de una empresa a través de un club de empleo (no importa lo irrisorio del salario que se le ofrezca o lo penoso de la tarea a desarrollar), pierde automáticamente sus beneficios. Quienes trabajan para la ciudad cobran 68 dólares por quincena por una tarea de 20 horas semanales, es decir a razón de 1,70 dólares la hora, ¡la tercera parte de lo que se paga por los empleos peor remunerados! No extraña, entonces, que los condenados a trabajos forzosos neoyorquinos califiquen al programa laboral del municipio como "un trabajo de esclavos" (34).


 


Como resultado de estas reformas, en los dos primeros años de aplicación, el número de beneficiarios de la seguridad social se redujo, a escala nacional, en un 30%: más de tres millones de personas perdieron sus beneficios en los últimos tres años, lo que explica que el número de personas que viven por debajo del nivel de pobreza sea hoy mayor que en 1988. En algunos Estados, esta reducción llegó al 50% (35).


 


"Competencia brutal"


 


En mayo de 1999, todos los beneficiarios de la seguridad social deberán tener un empleo. Así, la seguridad social se convierte en el ejército de reserva de los empleos mal pagos, que constituyen una proporción creciente de la fuerza laboral norteamericana.


 


Las dos terceras partes de los norteamericanos que viven por debajo del nivel de pobreza tienen como único ingreso el salario de un empleo-basura. La obligación de trabajar que se impone a la otra tercera parte de los norteamericanos que se encuentran por debajo del nivel de pobreza, equivale a una ampliación del 50% de la oferta laboral para los empleos menos calificados. Por eso, se desató "una competencia brutal por los peores empleos" (36). Ya se anuncia que como consecuencia de esta competencia, se intensificará el reemplazo de trabajadores de tiempo completo por part-timers, y de buenos empleos (con seguro médico y beneficios jubilatorios) por empleos basura, se reducirán todavía más los salarios más bajos (y luego, los otros) y aumentarán la precarización y la flexibilización.


 


Como "el sobretrabajo de unos determina el desempleo de otros", el trabajo forzoso y precarizado de los beneficiarios de la seguridad social no aliviará el desempleo; al contrario, lo hará más agudo y penoso. El ejemplo de Nueva York es aleccionador: en la medida en que los grupos de trabajo municipales realizan tareas que antes realizaban los trabajadores municipales (despedidos), la única consecuencia es el reemplazo de una fracción de la fuerza laboral por otra, menos costosa. Por eso, a pesar de las masivas contrataciones a través de los clubes de empleo, el índice de desempleo en la ciudad no bajó: continúa siendo del 9%, como hace cuatro años.


 


El núcleo de la seguridad social norteamericana es la ayuda financiera a los padres con niños pequeños. En la inmensa mayoría de los casos, los beneficiarios de la seguridad social son las familias de un sólo padre, es decir las madres solteras, viudas o divorciadas. La reforma constituye, por lo tanto, un golpe demoledor para la mujer trabajadora, el estrato más explotado de la clase obrera norteamericana.


 


La reforma implica un fenomenal subsidio para los capitalistas porque el Estado subsidiará directamente a las empresas que contraten a beneficiarios de la seguridad social y porque una parte de los ingresos que reciban esos trabajadores serán pagados por el Estado bajo el rótulo de seguridad social.


 


El subsidio es mucho más vasto todavía. "Tradicionalmente las compañías no querían tomar beneficiarios de la seguridad social por sus bajos conocimientos y productividad () Pero ante la actual tirantez del mercado laboral, las compañías tienen que tomar lo que una vez rechazaron" (37). Para atraer a esos trabajadores, deberían ofrecerles salarios superiores a los ingresos de la seguridad social y beneficios más atractivos; al hacerlo, empujarían hacia arriba toda la pirámide salarial. Al subsidiar lo que de cualquier manera las empresas están obligadas a hacer (y con mayores beneficios para los trabajadores ocupados y desocupados), la reforma de Clinton amplía la oferta de trabajo para impedir el aumento general de salarios que debería ocurrir como consecuencia del libre juego de la oferta y la demanda entre obreros y patrones. Convirtiendo la asistencia social en un salario, la reforma clintoniana pretende reducir los salarios al nivel de la asistencia social.


 


"El Talón de Hierro"


 


Las perspectivas que abre la reforma de la seguridad social norteamericana son explosivas.


 


Los alcaldes (intendentes) de las principales ciudades advierten que no se podrán crear suficientes puestos de trabajo para que todos los beneficiarios de la seguridad social consigan un empleo. Una masa de millones de hombres y mujeres, en todo el país, perderá entonces sus beneficios: por eso, anticipan que "la reforma puede empujar a los pobres de la seguridad social a la miseria" (38) Esto ya ocurre: en la ciudad de Milwaukee, una de las pioneras en la reforma, el número de sin techo aumentó significativamente desde que cambiaron las leyes (39).


 


Los que consigan un empleo perderán la cobertura médica, ya que tan sólo el 27% de los empleos de bajos salarios tienen planes de salud para sus empleados. Y aunque sigan percibiendo el subsidio para los gastos de salud de los niños, este subsidio no cubre las necesidades mínimas en las dos terceras partes de las ciudades (40).


 


"En el verano de 1999 advierten los alcaldes por primera vez desde la Gran Depresión (de 1929), habrá grandes masas de norteamericanos en las grandes ciudades sin ningún tipo de pago en efectivo". En otras palabras, la reforma convierte a las grandes ciudades donde reside el 95% de los beneficiarios en gigantescos barriles de pólvora social .


 


La "verdadera prueba", advierte el ya citado John Gray, vendrá con la próxima recesión, cuando las empresas comiencen a despedir en masa y los desocupados no reciban ningún beneficio social porque no trabajan, y cuando los Estados y municipios comiencen a recortar los gastos. Entonces se desatará "una carrera hacia la miseria" (41) en una escala nunca vista en los Estados Unidos en los últimos sesenta años.


 


Para sostener la reforma, la burguesía necesitará entonces el fortalecimiento de las leyes represivas contra los pobres y los sindicatos, el estado de sitio contra la juventud y el fomento de la brutalidad e irresponsabilidad de los jueces y policías, es decir, un estado cada vez más policial. No es por una simple casualidad que las mayores denuncias sobre brutalidades policíacas se registren en Nueva York, la ciudad que llevó adelante "una reforma de la seguridad social en una escala mayor que en cualquier otro lugar del país" (42). El "experimento social" norteamericano es decir, la combinación de altas dosis de precarización laboral, polarización social y represión, advierte John Gray, "es una receta para la inestabilidad política y social" (43).


 


En 1907, cuando todavía no existía la seguridad social, el socialista norteamericano Jack London escribió la novela El Talón de Hierro, alertando sobre las características del potencial fascismo norteamericano, mucho antes de que se inventara esa palabra. El Talón de Hierro describe de una manera acabada la naturaleza del régimen político que se corresponde a la reforma de la seguridad social que lanzó el demócrata Clinton.


 


Una tendencia internacional


 


La política norteamericana de reforma de la seguridad social tiene imitadores en todas las latitudes. Como grafica un diario financiero, "hay una tendencia internacional a hacer que la gente trabaje como vía para salir de la seguridad social" (44).


 


En Suecia se estableció un límite de tres años para el seguro social. En Dinamarca, para "aumentar la oferta de trabajo", se endurecieron las condiciones de elegibilidad para la seguridad social y se establecieron plazos más cortos de beneficios (45). En Europa continental, la aplicación del modelo americano sigue una vía más perversa, la "segmentación de la fuerza de trabajo": los trabajadores ya ocupados gozan de los antiguos beneficios, pero los nuevos (part-timers, precarizados, tercerizados) no los tienen mientras se promueve activamente el reemplazo de un grupo de trabajadores por otro. En Argentina, los planes Trabajar, los planes Duhalde y los subsidios del decreto 2128 de Neuquén forman parte de esta tendencia mundial.


 


Donde más lejos llegó la reforma de la seguridad social según el modelo americano es en Gran Bretaña, de la mano del New Labour de Tony Blair. Blair acusa a la seguridad social, de crear "una cultura de dependencia del gobierno" y "una clase de desocupados". Según sus propias palabras, una de las piedras angulares de la política laborista será "sacar a la gente de la seguridad social" (46) obligándola a trabajar bajo la amenaza de perder sus beneficios.


 


La afirmación de Blair es un viejo argumento de los conservadores. La seguridad social británica es pequeña en comparación con los restantes países europeos: sobre once países de la Comunidad Económica, Gran Bretaña ocupa el noveno lugar; sólo Italia y Portugal gastan menos en la seguridad social. De ese pequeño presupuesto, "muy poco va a las familias, a los niños o a los desocupados" (47). Las mayores partidas corresponden a la ayuda a los discapacitados y a los ancianos, es decir, las franjas de trabajadores que ya no pueden volver a integrar la fuerza de trabajo.


 


El principal instrumento de la reforma de Blair es el llamado New Deal (Nuevo Contrato) que establece un subsidio a los capitalistas de cien dólares semanales (además de 1.250 dólares por única vez) por cada beneficiario de la seguridad menor de 24 años que contraten por un plazo de seis meses. El joven está obligado a aceptar cualquier oferta de empleo; si no lo hace pierde el 40% de sus ya miserables beneficios sociales. Si no obtiene un empleo en una empresa privada, está obligado a trabajar en un programa de trabajo comunitario o en una fuerza de tareas ambiental. Si lo hace, recibirá un premio de 22 dólares semanales, a razón de poco más de un dólar la hora, la cuarta parte de los salarios más bajos que se pagan en Gran Bretaña. Si se niega a trabajar por este salario de miseria, pierde el 40% de sus beneficios. Se entiende, entonces, que los beneficiarios de la seguridad social británica definan este New Deal con las mismas palabras que usan los beneficarios de la seguridad social neoyorquina: "trabajo esclavo" (48).


 


El programa laborista será financiado por un impuesto único a los beneficios extraordinarios de las empresas privatizadas, el llamado windfall tax. Pese a que Blair le mete la mano en el bolsillo a estos monopolios por más de 8.000 millones de dólares, la prensa patronal y conservadora británica se regocija de que "el laborismo funciona" (49). Esto ocurre no sólo porque "el windfall tax fue más rosado de lo que se esperaba" y la contribución de cada empresa privatizada alcanza apenas al 25% de lo originalmente estimado (50), sino también porque el laborismo bajó los impuestos a las ganancias de las grandes corporaciones (que son, ahora, los más bajos de Europa) y mantuvo el modelo del presupuesto conservador. Hay, además, una razón adicional: al igual que los conservadores, "el objetivo del gobierno (laborista) es reducir los gastos de la seguridad social, (pero) el gobierno de Blair será capaz de llevar adelante reformas que eran políticamente imposibles para los conservadores (por la resistencia de las masas)" (51). En otras palabras, la burguesía británica ve en el gobierno laborista que como el de Clinton goza de la confianza y el apoyo de la burocracia sindical una oportunidad histórica para destruir la seguridad social.


 


Además del New Deal es decir, los planes Trabajar privados Blair impulsa otras reformas igualmente antiobreras. Con la excusa de impulsar el retorno de la mujer al trabajo, ha forzado a los padres solos (en su inmensa mayoría, madres solteras o separadas) a encontrar un empleo en un plazo perentorio bajo la amenaza de perder sus beneficios sociales. Se trata de un ataque brutal para varios cientos de miles de madres trabajadoras a las que obliga a competir brutalmente por un empleo mal pago y precarizado. Blair también puso en revisión la ayuda social a los niños y a los discapacitados y suprimió la asistencia a los mayores de 16 años. El próximo paso será la revisión de los beneficios jubilatorios.


 


"Como las compañías no tienen que mantener las contrataciones por más de seis meses, no hay seguridad que esa gente mantenga sus empleos una vez que los subsidios terminen" (52). El antecedente de los múltiples planes similares que fracasaron en Europa lo confirma: un empresario francés confiesa que "algunos se benefician con cinismo de las innumerables primas gubernamentales al empleo. Contratan desocupados y embolsan la prima correspondiente; luego los despiden y contratan a otros para embolsar nuevas primas" (53). Apenas el 8% de los que participan en los programas de trabajo comunitarios logran entrar a la fuerza de trabajo real (54).


 


Además está la cuestión del presupuesto. En estos primeros meses, el gobierno laborista tiene la recaudación del windfall tax. Pero cuando esos fondos se hayan ido totalmente a los bolsillos de los capitalistas, ¿quién pondrá el dinero para que siga funcionando?


 


El recorte de los beneficios sociales para las madres solas produjo la primera crisis dentro del partido laborista (61 diputados se negaron a votarla y renunció un viceministro) y el primer choque del gobierno con los sindicatos. Las organizaciones sociales, en forma unánime, acusaron a Blair de "seguir una política conservadora". En la conferencia de las mujeres de Unison (el mayor sindicato británico, que representa a casi un millón de mujeres que trabajan en empleos sin calificación en los hospitales y en los consejos locales), fueron muy aplaudidas las delegadas que denunciaron "la traición de Blair" por "su sistemático ataque a los más pobres y a los más vulnerables de nuestra sociedad" (55).


 


La cuestión de la seguridad social será, sin dudas, uno de los campos de batalla más ásperos de la lucha de clases y del enfrentamiento entre el gobierno laborista y los millones de trabajadores que lo votaron.


 


El significado de la destrucción de la seguridad social


 


La seguridad social costó décadas de lucha. A fines del siglo pasado, los obreros conquistaron en Inglaterra la primera ley de seguro de accidentes de trabajo y en los primeros años de este siglo conquistaron una serie de leyes ampliando el seguro social a la enfermedad, la invalidez, el desempleo y la vejez. También en los primeros años de este siglo se conquistaron las primeras leyes de seguro social en Alemania y Francia.


 


El gran desarrollo de la seguridad social llega con la crisis del 29 y la segunda posguerra. En los Estados Unidos, como consecuencia de la vasta agitación obrera que provocó el desempleo de masas que siguió a la crisis de 1929, se aprobó en 1935 un vasto plan de seguridad social que proveyó seguros de vida, de salud y pensiones para la mayoría de los obreros norteamericanos. En Europa, a fines de la Guerra, la seguridad social cobró un enorme auge como una herramienta fundamental de los Estados capitalistas para enfrentar la marea revolucionaria que agitaba al continente. En este sentido, se comprende la afirmación del profesor de la Universidad de Zurich, Jean Halperin, para quien "no parece exagerado afirmar que la condición para la subsistencia del capitalismo es la seguridad social" (56). Pero incluso en estas condiciones, la seguridad social fue arrancada mediante durísimas luchas obreras: el pago de los días de enfermedad en Alemania, por ejemplo, fue impuesto luego de una gran huelga general metalúrgica en 1956, que duró 113 días y fue la lucha más prolongada, tenaz y combativa del proletariado de Alemania Occidental en la posguerra.


 


Aunque la burguesía pretendiera que al establecer el seguro para el obrero parado estaba estableciendo, también, un seguro contra la revolución para sí misma, nunca toleró la seguridad social. Porque le fue impuesta por la lucha obrera y el temor a la revolución. Por este motivo siempre intentó desnaturalizarla, traspasar la carga financiera a los trabajadores, evadir las cotizaciones, imponer reformas que las desfinanciaran o limitaran sus prestaciones.


 


La seguridad social funcionó hasta la década del 70, mientras hubo un bajo desempleo o mientras no se hubiera jubilado la primera generación de aportantes. Es decir, funcionó mientras no fue necesaria. Entonces, los enormes fondos acumulados por la seguridad social es decir, los salarios diferidos de los trabajadores fueron utilizados como un fondo de reserva gratuito por la clase capitalista. Cuando esos fondos fueron necesarios, como en el caso de las jubilaciones argentinas, habían desaparecido.


 


A partir de la década del 70, el crecimiento del desempleo y de la precarización laboral y la reducción de los salarios elevaron el número de prestaciones de la seguridad social al tiempo que redujeron sus ingresos. La seguridad social cayó en bancarrota como consecuencia de la crisis capitalista. A la confiscación de los aportes por los capitalistas le sigue, entonces, otra confiscación: la liquidación de la seguridad social para que los presupuestos del Estado puedan ser dedicados, por entero, al subsidio del capital.


 


Hay además otro aspecto por el cual la crisis le impone a la burguesía la liquidación de la seguridad social. El seguro de desempleo, el seguro de accidentes o la jubilación ponen un cierto límite a la competencia entre los trabajadores y, por lo tanto, a las rebajas salariales y a la superexplotación que les pueden imponer los capitalistas. La crisis le exige a la burguesía derrumbar todos los límites que se interpongan al aumento de la explotación obrera y a la extracción de plusvalía y se ve obligada a embestir contra la seguridad social. Pero al liquidar el seguro al desocupado, o la asistencia a la madre sola, liquida, de paso, muchas otras cosas. Liquida la base material del reformismo, es decir la ilusión de que los trabajadores pueden lograr una mejora progresiva y persistente de sus condiciones de vida en el cuadro del régimen social capitalista. Y liquida, también, su propio seguro contra la revolución.


 


Todo esto pinta el cuadro de dislocamientos políticos y de agudización de la lucha de clases que plantea la política social de la burguesía.


 


La lucha contra la destrucción de la seguridad social es una lucha contra la reducción del valor de la fuerza de trabajo por el capital. Por lo tanto, está indisolublemente ligada a todas las reivindicaciones que se derivan de esta lucha: el reparto de las horas de trabajo sin afectar los salarios; la expropiación bajo control obrero de las empresas que cierren o despidan; el control obrero de la seguridad social, financiada exclusivamente por la clase capitalista; la defensa de los convenios y la liquidación de la flexibilización y la precarización; la apertura de los libros y la abolición del secreto comercial y bancario. Se trata de reivindicaciones elementales para los explotados pero incompatibles con la continuidad de la dominación social de la burguesía. En el cuadro de la descomposición capitalista, la defensa de las posiciones conquistadas por el proletariado sólo es posible mediante una lucha, un programa y una organización revolucionarias.


 


La ilusión de las 35 horas


 


El gobierno de la izquierda plural francesa (PS, PC, verdes) encabezado por Lionel Jospin plantea una política social diferenciada de la de Gran Bretaña y Estados Unidos: reducir la semana laboral de 39 a 35 horas sin reducción de los salarios para terminar con la desocupación. La oposición entre la política social francesa y la anglo-norteamericana, sin embargo, es apenas parcial: Jospin se propone llevar adelante el plan Juppé de destrucción de la seguridad social (que provocó las grandes manifestaciones obreras de diciembre de 1995) y se niega sistemáticamente a aumentar el mínimo de asistencia social (el subsidio que reciben los desocupados después de cumplido el plazo de cobertura del seguro de desempleo), por lo que fue felicitado por las organizaciones patronales por "su apertura hacia una sociedad de trabajo y no de asistencia" (57).


 


La reducción de la jornada laboral sin afectar el salario no sólo fue la principal consigna electoral del PS y de su frente con el PC y los verdes, que ganó las elecciones de junio pasado. Es, ante todo, una consigna histórica del movimiento obrero internacional, que libró grandes luchas para imponerla.


 


En Francia, por ejemplo, hubo grandes movimientos huelguísticos por la reducción de la jornada en 1906, en 1919, en 1936 y en 1968. En Gran Bretaña, la gran ola de huelgas de 1859 que comenzó en la construcción y se extendió a otras industrias y que precedió a la fundación de la Iª Internacional reivindicó la jornada de 9 horas. La tradición histórica del 1º de Mayo está indisolublemente ligada a la lucha internacional de la clase obrera por la jornada de 8 horas.


 


La reducción de la jornada laboral es una medida tendiente a promover el progreso social del proletariado mediante la redistribución de las ganancias de la productividad producidas por el desarrollo capitalista. La explicación popular de la jornada de 8 horas ("8 horas para el trabajo; 8 horas para el descanso; 8 horas para la educación y para la organización") es por demás ilustrativa.


 


Pero no se puede pretender que la desocupación sea eliminada bajo el capitalismo por la reducción de la jornada de trabajo. Sólo sería posible si se cumplieran al mismo tiempo dos condiciones, ambas irrealizables bajo el capitalismo. La primera, que no hubiera posibilidad de progreso técnico que permita compensar mediante la elevación de la productividad y la intensificación del trabajo la reducción de las horas trabajadas. La segunda, que la burguesía fuera incapaz de aumentar la oferta de trabajo mediante el fomento de la inmigración u otras medidas y, en consecuencia, de agudizar la competencia entre los obreros. La reducción de la jornada nunca ha servido para terminar con la desocupación; ésta va pegada como la sombra al propio capitalismo.


 


El capitalismo no puede funcionar sin una tendencia abierta o espontánea al desempleo porque no puede prescindir de la competencia entre los trabajadores. Cuando por razones demográficas o de otra índole, se halla cerca del pleno empleo, acelera la innovación tecnológica el alza de los salarios actúa como un incentivo a la introducción de tecnologías que ahorren mano de obra y provoca el aumento de la oferta de trabajo. "Una hipotética eliminación definitiva de la desocupación significaría el fin del capitalismo ya que nada podría alterar el crecimiento de los salarios y la reducción de los beneficios, salvo que los obreros fueran sometidos a un régimen de trabajos forzados (fascismo)" (58).


 


La ley Jospin no establece la semana de 35 horas sino que se limita a "invitar e incitar" a los sindicatos y a las patronales para llegar a acuerdos de reducción del tiempo de trabajo; según las expresiones de la ministra de Trabajo, Madame Aubry, la ley sólo pretende establecer "un cuadro muy general" para las negociaciones. Un feroz opositor de la reducción se ve obligado a reconocer su inocuidad: "en última instancia no tiene efecto alguno" (59), ya que la propia ley establece que las modalidades efectivas de la semana laboral serán establecidas por otra ley, a dictarse en 1999, "basada en la salud de la economía y en el progreso de las negociaciones voluntarias entre los empleadores y los sindicatos". Por las dudas, el propio Jospin dejó en claro que no impondrá la ley "contra la voluntad de las empresas" y que la productividad y la competitividad de los capitalistas franceses es decir, sus beneficios no sufrirán mella: una combinación de restricción salarial, flexibilidad y subsidios estatales deberá más que compensar el sobrecosto de la reducción de la jornada legal.


 


Alrededor de la mitad de los trabajadores franceses están excluidos de las negociaciones por las 35 horas: los contratados, los precarizados y los trabajadores de tiempo parcial (alrededor del 20% de la fuerza laboral); los trabajadores de ciertas profesiones; y los que trabajan en empresas de menos de 20 empleados, que ocupan a un tercio de los trabajadores (para estos últimos, las 35 horas llegarían recién en el 2.002).


 


El proyecto no prohibe los despidos, el contrato de part-timers o precarizados ni, tampoco, que sigan imponiendo, en los hechos, la semana de 39 horas.


 


La ley se refiere, apenas, a la duración legal de la semana; no a la real. En la actualidad, la semana legal es de 39 horas pero el promedio de horas trabajadas es de 41; la diferencia entre una y otra está dada por las horas extras, que en Francia se pagan al 125%. La ley mantiene esa tasa, en lugar de aumentarla para impedir que las patronales alarguen la jornada más allá del término legal. Al contrario, establece que el costo de las horas extras "podrá ser reducido si la situación lo requiere () Incluso no está excluido que las empresas puedan mantenerse en las 39 horas sin ningún sobrecosto a partir del 2.000" (60). ¿Qué queda en pie, entonces, de la ley? La semana de 39 horas pagadas como 40 (35 más cuatro extras) e, incluso, la semana de 41 horas pagadas como 42,5 (35 más 6 extras): un aumento salarial de alrededor del 3%.


 


Finalmente, la ley establece subsidios de 14.000 francos (unos 2.800 dólares) por cada empleado para aquellas empresas que reduzcan la semana a 35 horas y que incorporen, al menos, 6% más de trabajadores. Como el aumento proporcional de trabajadores necesario para obtener el subsidio es inferior a la reducción proporcional de las horas trabajadas, está implícito que la diferencia será cubierta con los aumentos en la productividad (superexplotación).


 


¿Cómo reaccionó la burguesía francesa a la ley de reducción de la jornada? Las protestas iniciales le sirvieron para que el gobierno aumentara de 9.000 a 14.000 francos el subsidio. La burguesía, sin embargo, no ha necesitado ser muy creativa; se limitó a seguir el camino que le planteó el gobierno. Según el propio Jospin, la clave de la ley es que "los asalariados deberán aceptar la contrapartida de esta evolución social () tanto en la evolución futura de los ingresos como en las formas de organización del trabajo" (61). Sencillito: más restricción salarial y más flexibilización.


 


La adaptación de las patronales a las 35 horas es acelerada. Crece el número de patrones que ofrecen 35 horas a cambio de poner en cuestión todas las condiciones de trabajo. General des Eaux ofrece las 35 horas a cambio del congelamiento de los salarios por varios años. El comercio reclama la anualización y exige trabajar 46 horas semanales durante 16 semanas al año, incluidos los domingos. Lo mismo reclaman los bancos (62).


 


En este terreno, los sindicatos y el oficialismo se muestran compresivos. Louis Vianet, secretario general de la comunista CGT, declaró que, si las patronales aceptan discutir las 35 horas, la CGT está dispuesta a discutir la flexibilización (63). Más aún, la CGT así como también las restantes centrales sindicales ya firmaron contratos a nivel de empresas que establecen la anualización (ídem). El PS, por su parte, presentó una ley que establece el mínimo del descanso entre dos jornadas en once horas, lo que significa que está pensando en una jornada efectiva, anualizada o no, de trece horas (64).


 


La ley Jospin, que según el PC francés es "la gran conquista social de fin de siglo (que abre) una primavera económica y social" (65) no pasa de ser una operación cosmética, casi publicitaria.


 


Keynesianismo


 


La maniobra de la izquierda plural francesa no servirá para reducir la desocupación pero sirve, al menos, para clarificar la raíz de su política. La política que subyace detrás de las 35 horas es que una menor jornada laboral combinada con el mantenimiento del salario provocaría un aumento permanente de la demanda, que fomentaría a su vez la acumulación del capital y se convertiría, de esta manera, en la vía del despegue económico. Se trata de un planteo de cuño keynesiano.


 


Quienes más claramente expresan esta idea son los críticos izquierdistas que cuestionan las limitaciones del proyecto gubernamental. Gérard Filoche, un ex inspector de trabajo y cercano al Secretariado Unificado de la IV° Internacional, que publicó un muy documentado libro acerca de cómo los gobiernos de la derecha y la izquierda fomentaron la desocupación, escribe refiriéndose a las 35 horas: "Será un shock económico, sicológico, colectivo que introducirá un relanzamiento de las cotizaciones sociales, y en consecuencia de la protección social, un relanzamiento del poder de compra y de consumo. Será un viraje, una reversión de las tendencias () Se instaurará una dinámica que permitirá la salida de la espiral recesiva y creará ella misma empleos. Los nuevos salarios, las nuevas cotizaciones sociales, la transformación del dinero pasivo destinado a contener el desempleo en dinero activo, todo esto creará una corriente de aire, nuevas necesidades" (66). Salta a la vista que Filoche comparte la ilusión, muy difundida, de que la redistribución de los ingresos y el fortalecimiento de la demanda de los asalariados, sin alterar el régimen de explotación social, son la vía para resolver la crisis capitalista.


 


El planteamiento keynesiano la pretensión de inducir la acumulación del capital por la vía de la demanda fracasó en el pasado y volverá a fracasar. La experiencia keynesiana no sacó a la economía norteamericana de la depresión del 29 (recién con la Guerra se recuperaron los niveles de producción y empleo anteriores a la crisis) y funcionó ilusoriamente entre 1950 y 1970 cuando fueron el crecimiento de la economía y la acumulación del capital los que impulsaron la demanda (sobreinflada por el gasto público). A partir de la década del 70, cuando la economía se estanca y la acumulación de capital encuentra límites en sus propias contradicciones, el experimento keynesiano se hunde en medio de déficits presupuestarios monumentales, estallidos inflacionarios y derrumbe de las monedas.


 


La acumulación del capital es la fuerza motriz de la economía capitalista; es ella la que debe crear la demanda, no a la inversa. Al no alterar las relaciones entre la plusvalía extraída a los trabajadores y las masas de capital variable y constante involucrados en el proceso de la producción, el aumento de la demanda no puede elevar la tasa de beneficio capitalista y, en consecuencia, no puede relanzar la acumulación. Precisamente porque la experiencia keynesiana fracasó, la política social dominante en la burguesía no infla la demanda sino que se esfuerza por reducir los salarios (reducción del capital variable), incrementar la superexplotación del trabajador (elevación de la plusvalía) y subvencionar al capital.


 


Por su naturaleza burguesa, la política social de la izquierda plural francesa está condenada al fracaso.


 


La lucha por el poder es la politica social del proletariado


 


Frente a la realidad de la barbarie de la crisis capitalista y a la perspectiva de su agravamiento como consecuencia de la política social burguesa, es notoria la falta de realismo de las direcciones oficiales de la clase obrera.


 


Las burocracias sindicales de la AFL-CIO, en los Estados Unidos, y la de la TUC, en Gran Bretaña, apoyan a Clinton y a Blair y son, por lo tanto, cómplices de su política de destrucción de la seguridad social. Un calco de lo que ocurre con la CGT menemista en Argentina. Todas las variantes de la burocracia sindical francesa apoyan la farsa de las 35 horas y rivalizan entre sí en el montaje del engaño al pueblo trabajador.


 


No menos notoria es la falta de realismo de sus oposiciones (y aún de los opositores de esos opositores), que plantean políticas distribucionistas y de defensa del statu quo de la seguridad social, es decir de la transformación del proletariado desocupado en un lumpenproletariado que vive de la asistencia social.


 


Las políticas de las direcciones oficiales y de sus oposiciones tienen un punto esencial de acuerdo: su negativa a levantar una política anticapitalista, sin la cual no existe la menor posibilidad de luchar contra el desempleo masivo.


 


La consigna de "trabajo para todos, reparto inmediato de las horas de trabajo entre todos los trabajadores sin afectar el salario", simple y elemental para cualquier trabajador que no esté dispuesto a dejarse aplastar por la barbarie capitalista, es incompatible con la dominación de la burguesía.


 


Es precisamente esta contradicción esencial no de la consigna sino de la realidad de la descomposición capitalista la que la transforma en el núcleo de una estrategia revolucionaria para luchar contra la desocupación. Porque es un puente que lleva a la clase obrera, a través de la lucha y la organización, desde su grado actual de conciencia la necesidad de movilizarse para terminar con la desocupación a la comprensión de la necesidad de acabar con la dominación de la burguesía.


 


El grado que alcanzó el desempleo es la manifestación más elocuente de que las fuerzas productivas de la humanidad y la productividad del trabajo humano alcanzaron un grado tan alto de desarrollo que ya no pueden coexistir con la organización capitalista de la sociedad sin producir una catástrofe permanente. Para poder emplear a las decenas de millones de desocupados y subocupados y poner en funcionamiento el potencial productivo acumulado por el trabajo social de la humanidad, es imprescindible liberar a las fuerzas productivas de la obligación de producir un beneficio privado. O, en otras palabras, es necesario liberar a la principal fuerza productiva la clase obrera de la esclavitud asalariada.


 


El destino de los trabajadores desocupados pone a la sociedad ante la disyuntiva de quién debe gobernar porque "plantea la necesidad de una completa reorganización social de la sociedad y, en consecuencia, del ascenso al poder de una nueva clase, capaz de llevarla adelante: el gobierno de los trabajadores" (67).


 


Las reivindicaciones de transición y la lucha por la conquista del poder político: ésa es la política social del proletariado.


 


 


 


Notas:


1. Los integrantes del G-7 son Estados Unidos, Canadá, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Japón e Italia.


2. Financial Times, 13/1/98.


3. "(La desocupación) creció un 50% durante los dos años y medio iniciales del plan (Cavallo), que todos califican como expansivos. El enfriamiento productivo aceleró el ritmo del desempleo pero no su dirección fundamental: la desocupación creció sistemáticamente, con independencia de las alternativas del ciclo económico". Luis Oviedo, "Cuatro millones de desocupados", en En Defensa del Marxismo, n° 7, julio de 1995.


4. Financial Times, 14/4/97.


5. El Cronista, 23/9/97.


6. Le Monde Diplomatique, abril de 1998.


7. Financial Times, 23/3/98.


8. Financial Times, 28/11/97.


9. Se refiere a la prohibición de elaboración y venta de bebidas alcohólicas, vigente entre 1920 y 1933.


10. Financial Times, 23/3/98.


11. Carlos Marx – Federico Engels, El Manifiesto Comunista, Editorial Anteo, Buenos Aires, 1986.


12. Le Monde Diplomatique, abril de 1998.


13. John Eatwell, "El desempleo a escala mundial", en Ciudad Futura, 9/12/96.


14. Pablo Heller, "El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin"; en En Defensa del Marxismo, n° 18, octubre de 1997.


15. John Eatwell, Op. Cit.


16. Financial Times, 18/9/97.


17. OIT, El trabajo en el mundo, 1994.


18. The New York Times, 3/9/95.


19. Karl Kautsky, La doctrina económica de Carlos Marx, El Yunque, Buenos Aires, 1973.


20. Le Monde Diplomatique, febrero de 1998.


21. Reproducido por Le Monde Diplomatique, abril de 1998.


22. Le Monde Diplomatique, abril de 1998.


23. Le Monde Diplomatique, setiembre de 1997.


24. Le Monde Diplomatique, abril de 1998.


25. Le Monde Diplomatique, abril de 1998.


26. O Estado de Sao Paulo, 16/10/97.


27. Le Monde, 4/4/98.


28. Le Monde, 4/2/97.


29. Financial Times, 23/10/97.


30. Carlos Marx – Federico Engels, El Manifiesto Comunista, Editorial Anteo, Buenos Aires, 1986.


31. Financial Times, 10/1/98.


32. Financial Times, 23/10/97.


33. Los Angeles Times, 8/2/98.


34. Financial Times, 10/1/98..


35. Financial Times, 28/11/97.


36. Los Angeles Times, 8/2/98.


37. Financial Times, 14/4/98.


38. Financial Times, 28/11/97.


39. The New York Times, 8/5/97.


40. Idem.


41. Financial Times, 28/11/97.


42. Financial Times, 10/1/98.


43. Financial Times, 23/3/98.


44. Financial Times, 10/1/98.


45. Financial Times, 20/6/97.


46. The New York Times, 4/6/97.


47. The Guardian, 8/2/98.


48. Business Week, 14/7/97.


49. Financial Times, 21/3/98.


50. Clarín, 27/6/97.


51. The Economist, 20/12/97.


52. Business Week, 14/7/97.


53. Le Monde Diplomatique, mayo de 1996.


54. Business Week, 14/7/97.


55. Socialist Worker, 21/2/98.


56. Citado por Julio N. Magri en "¿Quiebra de la seguridad social o bancarrota del capitalismo?", En Defensa del Marxismo, n° 5, abril de 1996.


57. Le Monde Diplomatique, febrero de 1998.


58. Luis Oviedo, "Una desocupación en masa catastrófica"; en En Defensa del Marxismo, n° 13, julio de 1996.


59. Financial Times, 11/10/97.


60. Le Monde, 28/11/97.


61. Le Monde, 13/10/97.


62. Lutte Ouvrière, 27/2/98.


63. Le Monde, 13/10/97.


64. Le Monde, 8/2/98.


65. LHumanité, 11/2/98.


66. Gérard Filoche, Pour en finir avec le chômage de masse, La Découverte, Paris, 1996.


67. "Argentina: el carácter de la nueva etapa", en En Defensa del Marxismo, n° 19, febrero-abril de 1998.


 

¿Triunfo del capital o manifestación de descomposión?

Megafusiones y globalización


El proceso de mayor concentración y centralización capitalista, hasta el presente, había tenido lugar a comienzos de siglo. Se verificó así, la vigencia de las leyes expuestas por Carlos Marx en El Capital. Con la era de los monopolios se conformó definitivamente el sistema imperialista, mediante un reparto o cartelización del mercado por los grandes trusts.


 


Este fin de siglo parece estar alumbrando una nueva furia monopolizadora, equivalente o superior a aquélla. Refiriéndose a lo que acontece en los EE.UU., "la mayoría de los analistas prevé que esto va a continuar indefinidamente", señala The Economist (1), aunque lo hace con preocupación, porque esta "fiebre de fusiones" o "fusionmanía" como la denomina, "acompañada de una acelerada alza de las cotizaciones de las acciones, de los precios de la propiedad inmobiliaria y de las obras de arte, sugieren que Estados Unidos está desarrollando una burbuja económica" (2).


 


Por la vía de "fusiones", "adquisiciones", "consolidaciones", "Opas", etc., la prensa capitalista no deja de sorprenderse por la magnitud que está alcanzando este proceso. La ola de fusiones viene acompañada de nuevos paradigmas, que expresan la "creencia generalizada de que la economía de Estados Unidos ha entrado en una nueva era dorada en la que las viejas reglas (por ejemplo, que todo lo que sube puede bajar) ya no rigen" (3).


 


The Economist, que hasta hace poco era uno de los principales apologistas de ese boom, ha comenzado a virar y a alarmarse: "La reciente locura por las fusiones, incluyendo una oleada de inmensas fusiones bancarias, es una característica saliente de las economías burbuja", lo que dice la revista londinense llevó en cada una de "las oleadas previas de grandes fusiones de este siglo … a los crashes de 1904, 1929 y 1969" (4). "Así como el champagne tiene un sabor maravilloso hasta que las burbujas se le suben a uno a la cabeza, las burbujas financieras tienden a producir fuertes malestares económicos después de la borrachera" (5).


 


¿Mundialización del capital o purga intercapitalista?


 


Marx y Engels el último llegó a analizar incluso la primera fase de la gran monopolización que despuntó en la última década del siglo XIX, consideraron siempre a la concentración y centralización del capital como una manifestación de maduración de las relaciones de producción capitalista y, sobre todo, del choque irreconciliable entre las necesidades del desenvolvimiento de las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad dominantes; es decir, del carácter finito o del límite histórico al que arribaba obligadamente este modo de producción.


 


Bajo el dominio del capital financiero, las crisis de sobreproducción, de proporcionalidad entre los diversos sectores de la producción, de pauperización y polarización crecientes fenómenos característicos de la época capitalista se transforman cada vez más en crisis sistémicas, crisis estructurales de catastróficas consecuencias sociales, que colocan a su etapa imperialista bajo el signo de las guerras y las revoluciones (Lenin). Se sientan así las bases objetivas para el derrocamiento revolucionario del capitalismo.


 


Contradictoriamente con todo lo que enseñaron Marx y Engels, sin embargo, tras su muerte y en el mismo momento en que transcurría la primera fiebre de fusiones, se abrió paso en la socialdemocracia una concepción diametralmente opuesta: la de un idílico desenvolvimiento económico y social. Igual que ahora, teorías sobre la mundialización o globalización del capital, inundaron el mercado, sosteniendo que la conformación de los monopolios eran la vía para la aldea global (para la socialdemocracia se realizaría por esa vía el socialismo en forma indolora).


 


Analizando este asunto durante su época, cuando tuvo lugar la primera gran internalización del capital, Nikolai Bujarin explica que la tendencia a la monopolización, a los trusts y a la internacionalización del capital "choca con una tendencia más fuerte", la de "la nacionalización del capital y al cierre de las fronteras" (6). La socialdemocracia como la inmensa mayoría del pensamiento de izquierda de nuestros días, no sólo negaba esta dialéctica; negaba también que el capitalismo fuera un "proceso de contradicciones" que lo conduce inevitablemente a su descomposición y derrumbe. "La sociedad capitalista decía Bujarin polemizando con Rosa de Luxemburgo es una unidad de contradicciones. El proceso del movimiento de la sociedad capitalista es un proceso permanente de reproducción de contradicciones capitalistas. El proceso de reproducción ampliada es un proceso de reproducción ampliada de esas contradicciones. Si esto es así, entonces resulta evidente que estas contradicciones tienen que hacer saltar finalmente el sistema capitalista en su conjunto. Así hemos llegado al límite del capitalismo" (7).


 


Los bolcheviques, que de acuerdo a la opinión hoy dominante serían unos vulgares catastrofistas, demostraron que tenían razón. Las ilusiones de la socialdemocracia se pagaron muy caro. A pesar de las teorías de la mundialización del capital de Kautsky, la socialización de la producción ejecutada por el capital financiero no condujo a la transición pacífica al socialismo, sino a la 1ª y la 2ª Guerra Mundiales: los cárteles se deshicieron, y los diferentes trusts y Estados imperialistas se despedazaron para defender sus mercados.


 


La socialización de la producción incesante sin dudas bajo la era moderna, es sólo un polo de las contradicciones de este régimen social de producción (8). Una unidad mundial del capital es una quimera en las condiciones de este régimen social de producción (9). La finalidad ideológica de estas teorías que, de tanto en tanto se remozan, es ocultar las contradicciones insalvables del sistema imperialista y la barbarie a que conduce.


 


Las modernas teorías sobre la mundialización del capital reaparecieron, a partir de fines de los 60 y principios de los 70, con el agotamiento de la era dorada de la reconstrucción de posguerra y la emergencia de una gran crisis capitalista. Esta crisis se expresó, primero en 1971, en la quiebra de los acuerdos monetarios de Bretton Woods (1944), y después, en dos sucesivas explosiones de los precios del petróleo.


 


Como manifestación de esta primera gran crisis de posguerra, el imperialismo yanki comenzaba a victimizar a sus socios que había ayudado a reconstruir (plan Marshall).


 


Fue precisamente el período en que, en Europa, se inició un debate entre un sector de la izquierda académica, que redescubre la vigencia de ciertas imposturas kautskianas, como reacción al superimperialismo norteamericano. Desde entonces los cultores de esas teorías han ido degenerando hacia posiciones cada vez más abyectas (10).


 


Uno de los cultores de la mundialización fue Nicos Poulantzas, quien pondrá de moda la especie de "la función decisiva, dominante del capital americano a escala mundial" (11), que como fue criticado correctamente por Christian Leucate, "lo lleva paradógicamente a ignorar en lo esencial los efectos de localización y el conjunto de los problemas de circulación que resultan del carácter desigual del desarrollo del proceso productivo capitalista. ¿Es necesario recordar que el capital no solamente no está totalmente unificado, sino también que no se mueve dentro del simple espacio abstracto del mercado mundial? El sistema de las economías nacionales, concebidas como entidades territoriales y políticas, como formaciones sociales distintas, como unidades económicas unidas por el intercambio mundial de los capitales y de las mercancías sigue siendo verdaderamente el lugar principal donde se desarrollan, en formas múltiples, la contradicción entre la socialización mundial de las fuerzas productivas y un proceso de internacionalización del capital realizado bajo la dominación del imperialismo USA" (12).


 


En todas las apologías de la mundialización del capital, desde Bernstein y Kautsky a Poulantzas, hay un reduccionismo economicista que Bujarin advirtió. Bujarin demostró cómo las contradicciones y las crisis económicas se dirimen siempre en la arena política: "la contradicción entre el trabajo social mundial y la apropiación nacional-estatal se expresa en el conflicto entre las organizaciones estatales del capital y en las guerras capitalistas" (13).


 


Las ilusiones sobre un capital mundial o una burguesía cosmopolita han dado lugar históricamente a grandes unilateralidades, igualando no sólo a todas las burguesías imperialistas, también a las de los países atrasados; o colocando a esas burguesías nacionales en las antípodas de las primeras, subordinando a un segundo plano la lucha burguesía-proletariado. Ambas imposturas se han combinado, y por supuesto unas se han mutado en las otras. En Argentina hemos conocido todas ellas.


 


Helmut Kohl, el catastrofista


 


Por primera vez desde la 2ª Guerra, a fines de junio de 1997, en medio de grandes choques comerciales en Europa y de disputas por la dirección del futuro Banco Central Europeo, el jefe de la mayor potencia del viejo continente Alemania agitó el fantasma de una nueva conflagración mundial. Para Helmut Kohl "habrá guerra o paz en el siglo XXI" (14) en función dijo de cómo se arribe a los objetivos de Maastricht, es decir, la unidad europea y la fortaleza de la moneda única (el euro). Dado que esos objetivos son interpretados en forma diferente por los diversos socios europeos, es evidente que hay un conflicto en ciernes entre las burguesías alemana, francesa, inglesa e italiana, por lo menos, y especialmente, con la norteamericana, y aún la japonesa, que esperan explotar esa unidad en su beneficio (15).


 


Si el peligro de la guerra fría sirvió, entre otras cosas también, de escudo no contra el comunismo sino para ocultar las grandes contradicciones capitalistas, su desaparición las ha hecho aflorar en forma violenta. Dada la enorme crisis mundial de sobreproducción de mercancías y excedencia de capitales, la caída del socialismo real lejos de contrarrestar esta crisis la ha agravado.


 


Teóricamente, la monopolización de la concurrencia debiera llevar a la mundialización del capital; es decir, forma parte de su reproducción ampliada lógica. Sin embargo, el capital financiero no puede perder su marca de origen, o más rigurosamente, jamás podrá perder la condición nacional (imperialista) sin privarse a sí mismo de los atributos que ha creado para consagrar su dominación. Esto es, su Estado y los recursos puestos a su disposición (¡militarismo!). Tenemos así la cuadratura del círculo, o en palabras de Bujarin, la "reproducción ampliada de sus contradicciones". Trotsky lo explica a su manera, en uno de sus textos más brillantes: el capitalismo dice es "incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el final" (16).


 


Recientemente, Le Monde publicó un estudio que revelaba que lo sucedido en la industria aeronáutica con la megafusión de la Boeing y la McDonell Douglas, se estaba reproduciendo también en la industria de las telecomunicaciones. "Una tríada" (17) de tres grandes pulpos yankis, con WorldCom-MCI a la cabeza fruto de una megafusión reciente, junto a American Telegraph and Telephone (ATT) y Sprint, conformarán ya "un oligopolio mundial" (18) que "representa el 85% del mercado internacional" (19) de las telecomunicaciones. Esto ha provocado la reacción lógica de otros concurrentes del mercado, en primer lugar las burguesías imperialistas afectadas, que como "Telecom Italia decide dejar plantada a ATT" (20) tras meses de negociaciones para una alianza. Ahora, la italiana se fusionó con la inglesa Cable & Wireless para frenar las pretensiones de desembarco del pulpo yanki en Europa.


 


La tendencia a las fusiones a la concentración capitalista presupone obligadamente también la contraria (21). Por esto, los mismos estados imperialistas que alientan la concentración de sus monopolios como una vía para salvarlos de la crisis, pueden actuar y actúan en forma diferente, forzando incluso la no realización de determinadas fusiones. Es lo que seguramente está ocurriendo en la aeronáutica comercial de los EE.UU. La ola de fusiones que se desató tras la anunciada alianza de United con Delta plantea "la posibilidad de que las seis mayores aerolíneas de los EE.UU. formen tres grandes empresas que controlarían un 80% de los pasajes (dentro) del país", que según The Wall Street Journal "no le gusta al gobierno de los EE.UU." (22). Esas alianzas, además, tendrían un carácter efímero, "alianzas de marketing (que no llegan a ser fusiones)" (23).


 


The Wall Street Journal califica de "postura confusa" a la de EE.UU., porque "mientras promueve acuerdos internacionales para compartir vuelos quiere proteger a las pequeñas aerolíneas de las grandes" (24), pero omite que ello estaría dictado por el temor a la entrada de la competencia extranjera y a un sistema de fusiones tan inestable que podría desatar una guerra de tarifas en cualquier momento, derrumbando aún más los beneficios capitalistas.


 


Ciertamente, la "ola de fusiones y adquisiciones sin precedentes" (25), como la califica Fortune, "a diferencia del boom de fusiones de otras épocas, en que se combinaban compañías de distintos sectores, involucran combinaciones estratégicas de empresas de la misma industria. Su objetivo es utilizar la escala para dominar el mercado" (26).


 


La furia de fusiones es un recurso excepcional que interpone el capital financiero para evitar las crisis, pero lo que hoy puede ser un recurso contrarrestante, ulteriormente, no hace más que potenciarlas. En una nota en El Capital, Engels dice: "cada uno de los elementos que tiende a oponerse a una nueva repetición de las antiguas crisis alberga en su seno el germen de una crisis futura mucho más formidable" (27).


 


El capitalismo inglés tuvo un dominio irrestricto del planeta durante más de un siglo. El capitalismo norteamericano que ocupó su lugar a partir de la última posguerra tuvo que vérselas con sus competidores europeos y el Japón, menos de 25 años después. La tendencia a la internacionalización del capital convive obligadamente con la tendencia a su fraccionamiento: "es imprescindible tener en cuenta el desajuste estructural que se opera, en la fase imperialista, entre reproducción económica del capital (cuyo ciclo tiende a estar enteramente internacionalizado) y la reproducción social de las relaciones sociales de producción (cuyo lugar sigue siendo necesariamente la estructura de las formaciones sociales burguesas)" (28).


 


Concluimos entonces. La unificación mundial del mercado es una contradicción en sí misma. Por un lado, el capital no puede desenvolverse sin alentar y recrear sistemáticamente las desigualdades, la anarquía y el caos inherentes al régimen específico del modo de producción capitalista. Por el otro, el capital tampoco puede reproducirse y desenvolverse en forma ampliada sin provocar una creciente socialización de la producción y una extrema polarización entre un puñado de super-ricos y un inmenso mundo de miserables y explotados. Todo esto alcanza tal magnitud bajo el dominio del capital monopolista que no hace más que exponer, en forma cada vez más aguda, la caducidad histórica de este régimen social, sus tendencias a la putrefacción y a la barbarie y la necesidad ineluctable de su reemplazo.


 


"Choques sangrientos"


 


La amenaza del super-canciller alemán (reelecto cuatro veces, aunque ahora parece en caída libre), huelga casi decirlo, no fue un exabrupto. Hay quienes creen que la prepotencia entre países se ejerce sólo contra el mundo semicolonial y ahora los ex-socialistas. A estas naciones sometidas al atraso y el saqueo por el capital financiero, los globalizadores las denominan en desarrollo, no sólo para encubrir esa expoliación, sino sobretodo la propia categoría imperialismo, que han borrado de las ciencias sociales.


 


Los vendedores de espejitos dicen que la prepotencia estaría en desuso, o que sería ya un rasgo menor o hasta tolerable del mundo avanzado , el cual habría logrado la proeza de hacer desaparecer sus tendencias más destructivas (imperialistas): los choques entre potencias serían ahora civilizados.


 


Este macaneo, que domina los ámbitos académicos, incluso entre los más izquierdistas (29), no sólo fue desmentido por Kohl; es lo que demuestra el constante in crescendo de los últimos años en materia de choques comerciales y prácticas de dumping (colocación de la producción en el mercado por debajo de su precio de producción) entre los EE.UU., Europa y Japón (30).


 


La prensa mundial registra así algunas de las más importantes disputas intermonopólicas: "guerra sangrienta" (31) y "jungla por los mercados" (32), por el que protagonizan los grandes pulpos de las telecomunicaciones; "fusión para matar a Airbus" (33), por la unión de los dos grandes de la aeronáutica norteamericana, Boeing-McDouglas, en 1997; "contraataque europeo" (34) por el reciente anuncio de los gobiernos inglés, alemán y francés respaldando la proyectada "fusión de las tres grandes, British Aerospace, Daimler Benz Aero-space y Aerospatiale" (35), socias de Airbus y respectivamente las principales compañías europeas afectadas por la fusión anterior; "racionalizarse o morir" (36), les dijo el ministro de Defensa inglés, George Robertson, a los fabricantes de armamentos y aviones militares de su país. En esas circunstancias, un editorial del Financial Times comparó el "salvataje" que se proponía en el Reino Unido con lo sucedido en EE.UU., donde se logró algo "óptimo según el diario inglés: En cuatro años, las fusiones redujeron la industria de armamentos americana, haciéndola accesible sólo para un puñado de fabricantes" (37); "guerra a muerte" (38) ha titulado Le Monde lo que pasa en la industria del neumático, entre la Bridgeston (japonesa), la Michelin (francesa) y la Goodyear (norteamericana), las tres grandes del sector; "baño de sangre" (39) anunciaba Business Week hace ya siete meses, previendo lo que está ocurriendo en el ámbito financiero y de los seguros.


 


A pesar de esto, en la prensa capitalista domina un lenguaje lavado o alambicado para referirse a este proceso. Lo que se llaman "fusiones", "consolidaciones" o "adquisiciones" son frecuentemente, en realidad, "take-overs", adquisiciones hostiles o capturas dirigidas a hundir a los competidores para hacerlos desaparecer. No son compras para facilitar la ampliación de la producción, sino para eliminar capitales excedentes del mercado. Lo que se está persiguiendo es el cierre de plantas, la modificación radical de las relaciones laborales (flexibilización, tercerizaciones, etc.) y, sobre todo, una expulsión masiva de trabajadores que dejará las cifras de desempleo actuales que ya alcanzan niveles sin precedentes en toda una serie de países como un recuerdo de buenos tiempos. Este es el gran objetivo que incentiva las fusiones, como lo dicen sin escrúpulos los gerentes de los grandes pulpos.


 


Se trata de una destrucción masiva de riqueza y fuerzas productivas ¡en medio de un mar de necesidades básicas insatisfechas a escala mundial! Los monopolios no tienen como transformar esa riqueza en capital productivo, los capitales entonces sobran. Las mercancías que ese capital produce no las acepta el mercado, por lo tanto no se verifican como mercancías, es capital muerto.


 


En estos cierres fabriles y achiques, lo que se envía a la basura no son maquinarias o equipos tecnológicamente obsoletos. Lo sucedido con la planta belga de la Renault reveló que lo que se desecha son plantas ultramodernas.


 


El Financial Times describió este proceso en lo que se refiere al sector de los seguros y las administradoras de fondos jubilatorios británicos: las "consolidaciones dice tratan de paliar el dolor mortal" que provoca la "sobreexpansión" del mercado (40). Lo que esas consolidaciones persiguen es la reestructuración, la purga de los capitales sobrantes. Lo mismo sucede con las recientes megafusiones financieras: en los últimos años, en los EE.UU., dice The Wall Street Journal, "la facturación (de los bancos) casi no ha crecido. Ni siquiera los bancos más rentables han logrado aumentar su facturación en más de unos cuantos puntos porcentuales por año" (41). Como hemos dicho en Prensa Obrera, "estas concentraciones reflejan la disputa por un mercado que tiene demasiados bancos, demasiadas financieras y demasiados especuladores" (42).


 


Ya no bastan los viejos recursos de las naciones poderosas para contrarrestar las crisis de sobreproducción y las bancarrotas. No basta con descargarlas sobre la inmensa masa de los pordioseros del tercer mundo. Por la magnitud de sus contradicciones y de las del régimen imperialista en su conjunto, las potencias imperialistas están obligadas a despedazarse y a atacar, fundamentalmente, a sus propios trabajadores.


 


Quiere decir entonces que las megafusiones las que se realizan, y también las que fracasan están indicando una impresionante escalada de toma de posiciones en el mercado, por la vía de recursos extraordinarios. El más importante de estos es la acción de cada estado imperialista, que, como vimos, salen abiertamente a resguardar los intereses de sus monopolios. Se delata así que los pulpos tienden a operar no a través de las leyes de la competencia mercantil, sino de leyes extraeconómicas.


 


La afamada superioridad del mercado se deschava como un gigantesco fraude. Ya demostró Engels que el darwinismo mercantil que "los economistas celebran como la más grande conquista histórica, es el estado natural no de la civilización sino del reino animal" (43).


 


Por la vía del monopolio se expresa, en último término, no el dominio de las leyes del mercado, sino la tendencia a su disolución y la del régimen social en que se asienta. Es esto precisamente lo que señalaron las vetustas leyes descubiertas por Marx.


 


"Ola de fusiones que podría superar la de los barones ladrones…"


 


Pues bien, en la base de todo este proceso sangriento de fin de siglo reaparece esa tendencia a una furiosa monopolización capitalista como la que se vivió en su momento entre 1890 y 1905/10.


 


En los EE.UU.,"la magnitud de su volumen está dejando estupefactos a los banqueros de inversión. La intensidad del negocio casi da miedo dice Steve Koch, codirector de fusiones y adquisiciones en Credit Suisse First Boston. Simplemente hay una actividad asombrosa…" (44). Esto se decía un mes antes de desatada la ola de megafusiones bancarias que provocó la de Citicorp el segundo banco comercial con Travelers Group firma Nº 1 en servicios financieros que, cuando se anunció, The Wall Street Journal dijo que "estremece al mundo de las finanzas" y calificó como "la mayor fusión de la historia" (45). A ésta siguió, inmediatamente, la del BankAmerica y NationsBank, quinto y tercer banco comerciales de los EE.UU. y "segunda fusión más grande de la historia de los EE.UU." (46), y, el mismo día, la de Banc One y First Chicago, que seguían a los anteriores en el ránking de los mayores bancos comerciales norteamericanos. "La velocidad vertiginosa de (estos acuerdos) … comenzó, según The Wall Street Journal, hace más de una década" y "en cinco años", dice el ex-presidente del ahora fusionado Banc One, sólo "habrá cinco o seis grandes bancos" (47).


 


A principios de marzo se decía que "probablemente nos encontremos en medio del mayor auge de uniones en la historia de Estados Unidos. En 1997, hubo una actividad de fusiones y adquisiciones jamás vista anteriormente. Según Securities Data, el valor total de todos los acuerdos anunciados en EE.UU. alcanzó los u$s 908.000 millones, un 47% más que el total de 1996, que fue en sí un año récord. En total se cerraron 11.029 tratos" (48). The Economist lleva las fusiones en los EE.UU. en 1997 hasta "957.000 millones de dólares (equivalente al 12% del PBI), más que los que los 138.000 millones de 1991 (2% del PBI). Este promete ser otro año récord" (49).


 


También "las fusiones y adquisiciones europeas alcanzaron un nivel récord en 1997, totalizando 419.000 millones de dólares incluyendo a la unión entre los bancos suizos UBS y SBC a principios de diciembre" (50). A pesar de estas cifras, en diciembre, "Philip Keevil, encargado de fusiones y adquisiciones en Salomon Smith Barney uno de los principales bancos de inversión de New York", decía que "sin embargo, Europa, representa la nueva frontera para la expansión de los negocios el próximo año" (51). Así "prevén boom (de fusiones) en Europa en 1998" (52).


 


Japón parecía refractario hasta hace poco a este proceso. En 1997, las fusiones ascendieron sólo a "10.500 millones de dólares" según Daiwa Securities (53), pero también aquí parece que "la hora de las fusiones ha llegado": una "fiebre de fusiones contagia" a Japón (54). Hasta ahora, "en Japón las fusiones suelen decepcionar a los inversionistas, porque generalmente no resultan en la clase de despidos masivos que pueden aumentar las ganancias de una empresa" (55). Claro que el incremento esperado de las fusiones aquí, también, tiene como "principal motivo la desesperación de muchas compañías japonesas" (56).


 


A escala de los EE.UU., "para encontrar un período similar de cambio económico y de fiebre por las fusiones, hay que remontarse al siglo pasado, en la década de 1890" (57), dice Fortune, aunque es evidente que se trata de un fenómeno que se reproduce a escala mundial. Para EE.UU., en moneda a valor constante y con relación a su PBI, esta fiebre de fusiones está ya al nivel de la que la precedió entre 1984 y 1988 (tomando cifras de 1993 a 1997), con un volumen equivalente al 24/25% del PBI. Sólo la fiebre histórica que alumbró con el siglo XX, cuyo punto más alto se alcanzó entre los años 1898 y 1902 tuvo un volumen equivalente al 34% del PBI de la época (58) (entonces, la economía norteamericana no tenía aún la dimensión que alcanzó en los últimos 50 años; mucho mayor en la actualidad de lo que era a principios de siglo, comparada en términos relativos con las otras naciones imperialistas.


 


"Esta ola" de fusiones, dice Fortune respecto a los EE.UU. "podría sobrepasar la bonanza de la época de los barones ladrones…" (59) (así pasaron a la historia los que protagonizaron la primera gran ola). Ya "las transacciones anunciadas este año ascienden a 444.330 millones de dólares, según Securies Data, una cifra que representa casi la mitad del total récord de 1997" (60); esto en sólo 3 meses y medio de 1998. Está claro que la frontera de las fusiones tampoco ha llegado a los EE.UU.


 


Por otra parte, la revista de las grandes finanzas yankis que venimos citando se refiere a esas "tres grandes oleadas" (61) cuatrianuales como a procesos independientes, cuando existe plena evidencia que las dos últimas forman parte de un único proceso que estamos recorriendo.


 


Otro aspecto que estaría indicando que la tendencia presente a las "fusiones" y "consolidaciones" va más allá de todo lo conocido en el pasado es que "ahora se anuncia la fusión de los mercados (las bolsas), que marcaría otro paso en la historia" (62). Las bolsas donde cotizan las acciones y los títulos de la deuda pública de los estados, se encontraban en los EE.UU. ya suficientemente concentradas: "entre 1940 y 1980 … cayeron de 18 a 7" (63). Ahora se anunció la fusión del American Stock Exchange (AMEX), "la segunda Bolsa de los EE.UU." (64), con Nasdaq, importante bolsa surgida de otro proceso de fusiones en los 60, lo que todavía "favorece más la consolidación de las bolsas de EE.UU." (65). Como ha sucedido en todo el mundo, este proceso tiene que ver también con el retroceso relativo de las Bolsas como ámbito natural para la comercialización de las acciones, las que en forma creciente se efectúa a través de los llamados fondos comunes de inversiones y mercados terciarios, que operan no sólo en acciones, sino también el floreciente negocio de opciones y derivados. Por la vía de su fusión los grandes agentes de Bolsa están peleando su tajada del mercado accionario, aunque siguen monopolizando el filón de la especulación financiera internacional que se da a través de títulos y bonos públicos y que ha crecido exponencialmente en los últimos 20 años.


 


El proceso de fusiones de los mercados de valores se ha extendido, también, al de los llamados derivados: "Hace dos años, la New York Merchantile Exchange, que se concentra en productos de energía, se fusionó con la Commodities Exchange, más fuerte en metales. El año pasado, las bolsas de café y algodón de Nueva York también anunciaron una fusión" (66).


 


Como se ve, la historia parece configurar una parábola: la monopolización de los barones ladrones ya es un poroto al lado de la actual.


 


 


Notas:


 


1. The Economist, 18/4/98.


2. Idem.


3. Idem (el párrafo entre paréntesis forma parte del texto original). En adelante, de no mediar una explicación como la anterior, los párrafos entre paréntesis dentro de párrafos encomillados, son de N.Mj. Las citas que en adelante se transcriben entre comillas dobles son textuales (respetándose siempre itálicas o encomillados del original).


4. Idem.


5. Idem.


6. Nikolai Bujarin, El Imperialismo y la Economía Mundial, Ed. Pasado y Presente, 1971.


7. Nikolai Bujarin, El Imperialismo y la acumulación del capital, Ed. Tiempo Contemporaneo, 1974.


8. En el Manifiesto Comunista de 1848, Marx y Engels ya decían que "La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, y con él todo el régimen social … La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes". La conclusión que sacaban Marx y Engels de esto, se oponía por el vértice a la de sus epígonos socialdemócratas: llegado a un determinado punto de desarrollo afirman en el Manifiesto "la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiados poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociadad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remienda una crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas" (Versión tomada de "Biografía del Manifiesto Comunista", Ed. Quimantú, 1972).


9. Lenin destruyó la definición de Kautsky acerca de una época ultraimperialista que presentababa idílicamente como "una fase de unión y no de lucha de los imperialismos del mundo entero, una fase de la cesación de las guerras en el régimen capitalista, una fase de explotación en común del universo por el capital financiero unido a escala mundial", y como antesala … del socialismo (Lenin, El Imperialismo, fase superior del capitalismo).


10. Entre estos figuraban los fundadores de la escuela que domina el pensamiento crítico de las universidades francesas, el regulacionismo (Aglieta y Cía.). Oriunda del marxismo, terminó siendo fiel servidora del imperialismo patrio. Incluso la mayoría de sus críticos de izquierda han sido impregnados por sus vicios (lo veremos más adelante, a la luz de las explicaciones que dan al proceso de fusiones que estamos estudiando). El pasaje de los regulacionistas al campo abierto del imperialismo francés, para cuyas fundaciones trabajan, se operó bajo el primer gobierno socialista de Miterrand, lo que coincidió con el pasaje de muchos ex-trotskistas a esta escuela (Pierre Salama entre los más destacados).


11. Christian Leucate, Internacionalización del capital e imperialismo, Ed.Fontamara, 1978. N.Poulantzas va a redescubrir en las naciones imperialistas golpeadas por la crisis aliados del movimiento popular en Europa, una burguesía nacional.


12. Nikolai Bujarin, Teoría Económica del Período de Transición, Ed. Pasado y Presente, 1972.


13. Idem.


14. International Herald Tribune, 3/7/97.


15. En el curso de 1997 Prensa Obrera analizó esos choques en una serie de artículos: "La burguesía europea contra las cuerdas" (Luis Oviedo, Nº 534, 10/4/97), en el que se analizó la fusión de los pulpos siderúrgicos alemanes Thissen y Krupp y el cierre de Renault-Vivorde; "La norteamericanización del mercado mundial" (Jorge Martín, Nº 533, 3/4/97), sobre el acuerdo mundial de desregulación de las telecomunicaciones; "La nacionalización del capital mundial: la fusión de Boeing y McDonell-Douglas" (Luis Oviedo, Nº 525, 2/1/97) y "Estados Unidos versus Europa" (Luis Oviedo, Nº 550, 31/7/97) referido a la misma fusión, donde ya se señaló que: "Nunca en los últimos cincuenta años, la tensión comercial entre Europa y los Estados Unidos había alcanzado tal punto de violencia".


16. El pensamiento de Marx, prefacio al resumen del primer volumen de El Capital realizado por Otho Rühle, Ed.Abraxas, 1974.


17. Le Monde Diplomatique, marzo 1998.


18. The Wall Street Journal, 16/4/98.


19. Idem.


20. Idem.


21. En este punto recomendamos especialmente el texto clásico de Rosa de Luxemburgo, Reforma o Revolución.


22. The Wall Street Journal, 27/4/98.


23. Idem (texto entre paréntesis del original).


24. Idem.


25. Fortune, 12/3/98.


26. Idem.


27. El Capital, Tomo III.


28. Christian Leucate, op. cit. Párrafos entre paréntesis del original.


29. La revista Herramienta que responde al ex-trotskista Mas (no es una chicana) es un receptáculo privilegiado de este tipo de posiciones. En su ejemplar Nº 5, "primavera-verano 1997/98", se reproducen cuatro ponencias de calificados profesores marxistas en una mesa debate sobre "mundialización-globalización del capital" que organizó la revista, donde sus invitados no dejaron ni siquiera algún ícono del marxismo en pie: Astarita "no advierte un curso hacia una nueva guerra interimperialista", hay "bloques comerciales proteccionistas", "devaluaciones competitivas", "lucha por las zonas de influencia entre las grandes potencias" … pero todo esto "puede prolongar un modo de acumulación débil, pero ya no se trataría de la crisis crónica aguda de la que nos hablan las visiones catastrofistas …"; Luis Briones Rouco sostiene que "el capitalismo ha cambiado" tanto, que ataca a los "analistas marxistas (que) se resisten a que la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia no sea ya más la ley fundamental de la economía política …". "Al capital dice este profesor en esta etapa le interesa reducir al máximo el desperdicio de trabajo productor de ganancias. Este cambio es muy importante pues implica que las crisis de sobreproducción que eran una pesadilla para el sistema se han transformado sólo en un mal sueño" ¡Qué bárbaro!


30. Estos choques no hacen más que incrementarse. Antes el GATT (Acuerdo Mundial de Aranceles) y ahora su sucesor, la WTO (Organización Mundial del Comercio) han demostrado una total impotencia para zanjar las disputas en torno a las políticas agrarias, de los llamados servicios (informática, finanzas, etc.), en las telecomunicaciones y la industria automotriz, entre los más destacados. En 1997, a los choques ya citados en la nota 15, sobresalieron los siguientes: la Unión Europea volvió a frenar la entrada de chips provenientes de Japón, después de una fuerte denuncia de dumping (Financial Times, 1/4/97), mediante la aplicación de una política de precios mínimos. También la Unión Europea prohibió la importación y comercialización de carnes con hormonas, lo que según el Financial Times "constituye un precedente que puede convertirse en un boomerang para medidas sanitarias que EE.UU. podría aplicar sobre las importaciones, sobre todo en materia de métodos y procesos de producción" (11/5/97). Es decir, una tendencia sistemática entre las naciones imperialistas a todo tipo de artilugios para contrarrestar la competencia (lo que hacen sin escrúpulos, desde siempre, contra los países semicoloniales aunque cada vez más, con mayor perfidia lo hacen en nombre de la preservación de la ecología y de normas fitosanitarias). Japón y los EE.UU. tienen también grandes disputas. Una de las más importantes tiene que ver con la pretensión de la norteamericana Kodak de penetrar en ese mercado, cosa que le es vedado por Fuji, que se vale de prácticas desleales según el pulpo yanki. Los grandes pulpos japoneses, como sucede en torno a las películas, tienen todavía un virtual monopolio de su mercado interno (ídem, 4/3/97). Siendo la segunda nación del planeta por la dimensión de su producto bruto (PBI), a pesar de su estancamiento en los últimos 10 años y de su retroceso relativo en relación al PBI mundial, el 13% de este último está representado aún sólo por la economía japonesa. Yankis y europeos no sólo quieren quebrar esa reserva de mercado de los monopolios japoneses, sino que fundamentalmente, a partir de la crisis del sudeste asiático, pretenden desplazarlos de esa región, donde Japón ocupaba el lugar de potencia mayor. Ahora son también los más afectados: "En números la banca nipona ha dado al resto de Asia seis veces más crédito que la anglosajona. Según el Banco de Ajustes Internacionales (Basilea), al empezar la crisis la exposición financiera japonesa sumaba 276.200 millones de dólares, contra apenas 46.400 millones de la estadounidense" (El Economista, 3/4/98). La creciente depreciación del yen frente al dolar es una manera de hacer barata la compra de activos en Japón por parte de extranjeros, y sobre todo, provoca una mayor salida de fondos japoneses hacia los EE.UU. Martin Wolf, conocido editorialista del Financial Times ha puesto de relieve la "seria contradicción en lo que se pide a Japón desde el exterior, en particular desde los EE.UU. Por una parte, se le reclama desregular su economía y, en particular, su sistema financiero, lo que en las condiciones de alto ahorro de ese país no puede sino redundar en una fuerte salida de capital y, por lo tanto, en una debilidad de su moneda. Y por el otro, se objetan los superávits comerciales financiados por esa salida de capitales producto de este tipo de cambio deteriorado" (7/4/98). El mundo semicolonial, por último, es también un creciente coto de caza en función de esa disputa intermonopolista e interestatal. "Fabricantes de autos norteamericanos y europeos han hecho de México, y de sus salarios bajos, armas clave para contrarrestar la competencia japonesa, aprovechando los aranceles que fueron eliminados como resultado del Nafta para utilizar al país como plataforma para exportar hacia EE.UU." y donde "los trabajadores en las ensambladoras de la Chrysler ganan el 4% del salario de sus colegas norteamericanos" (The New York Times, reproducido en La Nación, 26/4).


31. Financial Times, 19/12/97.


32. The Economist, 4/4/98.


33. Le Monde, 14/7/97.


34. Financial Times, 23/3/98.


35. Financial Times, 7/10/97.


36. Idem.


37. Le Monde, 19/3/97.


38. Idem.


39. Business Week, 27/10/97.


40. Financial Times, 10/3/98.


41. The Wall Street Journal, 14/4/98.


42. Prensa Obrera, Nº 581, 16/4/98.


43. Dialéctica de la Naturaleza, Ed.Problemas, 1941, itálicas del original. El texto entre guiones, dentro del párrafo encomillado de Engels, es mío.


44. Fortune, 3/3/98.


45. The Wall Street Journal, 7/4/98.


46. Fortune, 3/3/98.


47. Idem.


48. Idem.


49. Ambito Financiero, 24/12/97.


50. Idem.


51. The Wall Street Journal, 13/4/98.


52. Idem.


53. Idem.


54. Fortune, 23/12/97.


55. Idem.


56. Idem.


57. Idem.


58. Fortune, 3/3/98.


59. The Wall Street Journal, 17/4/98.


60. Idem.


61. Fortune, 3/3/98.


62. Ambito Financiero, 17/3/98.


63. The Wall Street Journal, 16/3/98.


64. Ambito Financiero, 17/3/98.


65. The Wall Street Journal, 16/3/98.


66. Idem.


 

Los orígenes del trotskismo en Cuba

El trotskismo en Cuba tiene los antecedentes directos de sus orígenes en la existencia de una corriente discrepante dentro del Partido Comunista que surgió en 1931 y en su desarrollo muy pronto recibió la influencia de la Oposición de Izquierda Internacional.
A finales de 1930 se inició un reajuste de la línea estratégica y táctica del Partido Comunista de Cuba, sobre la base de los acuerdos del XIIº Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y de las orientaciones recibidas del Buró del Caribe de la Internacional Comunista. La reorientación de la táctica y la estrategia apuntaba a ampliar su radio de acción a todo el país, orientar su trabajo hacia los sectores más importantes de la clase obrera especialmente el azucarero, hacia el campesinado y la pequeña burguesía y a corregir sus errores de sectarismo; además, había redefinido su concepción sobre el carácter de la revolución, hasta esos momentos calificada como revolución proletaria que ahora era denominada agraria y antiimperialista. Sin embargo, el joven e inmaduro PC no podía sustraerse de la corriente sectaria de clase contra clase que dominaba en el movimiento comunista internacional por aquellos tiempos (2). Desde 1931 comenzaron a manifestarse muestras de discrepancias con la línea del PC por parte de algunos militantes que ocupaban responsabilidades de dirección en sus organizaciones colaterales, fundamentalmente en el Ala Izquierda Estudiantil (AIE) y en Defensa Obrera Internacional (DOI). Al mismo tiempo, a mediados de ese año aparecían signos de oposición a la línea sindical del PC en el seno de la Federación Obrera de La Habana (FOH) (3).
Durante todo el año 1931 y los primeros meses de 1932, la corriente de oposición, que se presentaba inicialmente como contraria a la línea del PC sólo en cuestiones de táctica y organizativos, se fue ampliando y dando nuevas señales de vida, y el arribo a Cuba de Sandalio Junco y Juan Ramón Breá la puso en contacto directo con el trotskismo internacional.
Sandalio Junco era un dirigente del PC que desde las filas sindicales había participado en la lucha contra Machado y actuado desde los primeros meses de 1928, junto a Julio Antonio Mella y otros exiliados cubanos en las actividades revolucionarias en México. Al año siguiente asistió a la Primera Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina en Buenos Aires, Argentina, en representación del PC cubano y a la Primera Conferencia Sindical Latinoamericana de Montevideo, Uruguay, representando a la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC). A inicios de 1930 fue a la URSS, donde trabajó junto a Rubén Martínez Villena en la Internacional Sindical Roja (ISR), con quien asistió al Congreso de esa organización a fines de agosto de 1930, y participó en la Segunda Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina en los primeros días de setiembre de ese mismo año, en Moscú (4). En la Unión Soviética entró en contacto con la ideas trotskistas bajo la influencia del español Andrés Nin, que había sido dirigente de la ISR, se había vinculado con la Oposición de Izquierda rusa, y más tarde sería uno de los principales dirigentes del movimiento trotskista en España y una de las figuras más destacadas del trotskismo internacional. De esta forma, cuando en los primeros meses de 1932 Sandalio Junco regresa a Cuba, lo hace como un trotskista convencido (5).
Por su parte, Juan Ramón Breá había estado vinculado al movimiento estudiantil desde 1929 junto a Raúl Roa y bajo la orientación de Rubén Martínez Villena participó en las luchas contra la dictadura machadista. Posteriormente viajó a Francia y a España y en ambos países hizo contactos con los trotskistas europeos, en particular con Andrés Nin, dirigente de la Oposición de Izquierda Internacional y de la Oposición Comunista española. Desde España, Breá envió literatura trotskista a Cuba y al regresar al país en 1932 ya era un seguidor de las ideas de Trotsky (6).
Ambos inmediatamente se vincularon a los elementos descontentos con la línea del PC y contribuyeron a que el movimiento trotskista cubano tomara fisonomía como tal.
El trotskismo en la Isla da sus primeros pasos organizativos con la creación de la Oposición Comunista de Cuba, que surge en agosto de 1932 como una fracción organizada dentro del PC (7). La Oposición Comunista no se constituyó como un nuevo partido sino como una fracción dentro del PC que, si bien en sus primeros tiempos no cuestionaba los principios ideológicos y programáticos del movimiento comunista internacional, se proponía como objetivos generales e inmediatos la lucha contra los métodos de la dirección del PC cubano por considerarlos sectarios y burocráticos.
La Oposición Comunista se integró con militantes aislados y con miembros de las organizaciones colaterales del Partido, y no pudo contar con la incorporación de células o comités seccionales, excepto el caso de Guantánamo, lo que ocurrió meses después de su fundación. La Oposición nunca fue un movimiento homogéneo, ni desde el punto de vista de su composición social ni desde el ideológico, y nunca llegó a ser un movimiento de masas. Se nutrió de miembros del AIE, de DOI y de la FOH (8).
Algunos de esos jóvenes estudiantes y obreros, revolucionarios honestos, discrepaban con la línea sectaria del PC, o rechazaban algunas de sus decisiones como la relacionada con las elecciones de noviembre de 1932, a la que consideraban no revolucionaria, reformista y que hacía el juego a la dictadura (9).
Del AIE salió el grupo principal de los que engrosaron la Oposición Comunista de Cuba. Desde mediados del año 1932, la dirección nacional de la AIE fue controlada por el grupo trotskista que en el seno de esa organización encabezaba Marcos García Villareal. El enfrentamiento abierto con el PC tuvo lugar en octubre de 1932, cuando los trotskistas miembros de la fracción comunista del AIE enviaron al Comité Central del PC una comunicación en la que manifestaban su inconformidad con la expulsión del Partido de Gómez Villar (seudónimo de Marcos Garcia Villarreal), secretario de la fracción comunista del AIE, y solicitaban una revisión total de los métodos y de la línea sindical y política del PC (10).
En setiembre, habían sido expulsados del PC además de García Villarreal, Sandalio Junco y otros militantes que habían tomado el camino del trotskismo (11). Además de los dos últimos, se destacaron en la fundación del movimiento trotskista cubano un grupo de miembros del AIE, militantes del PC y de la Liga Juvenil Comunista (LJC), así como otros que sin ser miembros del Ala, estaban vinculados a ella como Luis Busquet, Roberto Fontanillas, Juan Pérez de la Riva (La Habana), Charles Simeón, Manuel García, Bertha García (Matanzas), Carlos Padrón, Juan Ramón Breá, Carlos González Palacios, Lincoln Larramedy (Santiago de Cuba) y Eusebio Mujal (Guantánamo) (12).
Desde las páginas de Línea, órgano del AIE, de la cual era director Marcos García Villarreal, y a través de la estructura organizativa del Ala, la Oposición Comunista logró controlar e influir en esa organización estudiantil en todo el país.
Defensa Obrera Internacional organización colateral del PC que tenía entre sus tareas principales promover la ayuda a los presos políticos y la solidaridad con los movimientos progresistas fue, como ya señalamos, otro de los núcleos en que influyó el trotskismo y que nutrió a la Oposición Comunista. Los principales dirigentes de la DOI eran a la vez militantes de la Oposición Comunista, como Luis Busquet, Juan Pérez de la Riva, Vargas Gómez, Roberto Fontanillas, Gastón Medina y José Antonio Díaz Ortega. Además, algunos eran al mismo tiempo dirigentes del AIE como Busquet y Fontanillas, y otros de la FDH como Gastón Medina (13). La composición de la DOI era heterogénea, una parte de sus integrantes eran militantes del PC, otros procedían del Partido Aprista, algunos eran estudiantes, intelectuales o empleados y otros obreros; la heterogeneidad se manifestaba también en lo ideológico. Los vínculos de la Oposición Comunista con la DOI se establecieron, además de en La Habana, en otros lugares del país como Matanzas, Santiago de Cuba, Guantánamo y el norte de la provincia de Oriente (14).
La otra organización en este caso propiamente obrera en que los trotskistas lograron ganar influencia, fue la Federación Obrera de La Habana. En 1932, Sandalio Junco, Pedro Varela, Gastón Medina y otros trotskistas, lograron el control de la Mesa Ejecutiva de la FOH, que en aquellos momentos, según el propio Gastón Medina “… se limitaba a unos pequeños sindicatos supervivientes de la cruzada antiobrera del régimen de Machado” (15). Bajo la dirección de los trotskistas la FOH rompió con la CNOC y el PC, y trató de ampliar su influencia y su radio de acción sobre el movimiento sindical de La Habana y del resto del país; su mayor influencia se hizo sentir en el sindicato de empleados de comercio, tanto en la capital como en otros lugares de la Isla. Además, hicieron esfuerzos para vertebrar federaciones obreras locales paralelas a las afiliadas a la CNOC en Matanzas, Santiago de Cuba, Puerto Padre, Victoria de las Tunas y Guantánamo.
Como puede apreciarse, la presencia de la Oposición Comunista se puso de manifiesto en las organizaciones colaterales del Partido (AIE, FDH y DOI) y, además de en La Habana, en otros lugares del país: Matanzas, Santiago de Cuba, Guantánamo y el norte de la provincia de Oriente. Contó con una base social heterogénea integrada por elementos de la pequeñoburguesía (16), intelectuales y estudiantes, algunos de ellos comunistas o apristas, y obreros fundamentalmente de origen anarcosindicalista; en un informe del partido trotskista cubano a su centro internacional en París señalaban que “muy pocos de los trabajadores militantes de las fracciones del PC se unieron a la Oposición Comunista” (17). Fue esa base social original heterogénea la raíz que, junto a otros factores, condujo pocos años más tarde a las disensiones internas en el trotskismo cubano y a su crisis.
La Oposición Comunista de Cuba y el movimiento trotskista internacional
Sandalio Junco y Juan Ramón Breá, que ya poseían una formación trotskista y habían introducido en Cuba literatura con esa orientación, junto a los contactos que ya tenían con los trotskistas europeos, en especial con los españoles, contribuyeron a que la Oposición Comunista de Cuba tomara un camino definidamente trotskista y a su afiliación a la Oposición de Izquierda Internacional (OII); Marcos García Villarreal, en su condición de secretario general de la OCC, también contribuyó de manera decisiva en tal sentido (18).
Desde la constitución de la OCC, algunos de sus miembros mantuvieron correspondencia con los trotskistas españoles y norteamericanos y recibieron prensa y literatura que estos enviaban (19). Según el historiador español Pelai Pagés, la Oposición Comunista española de Asturias recibió la aportación de varios militantes cubanos, expulsados por el dictador Machado que se establecieron allí (20). Es muy probable que estos exiliados cubanos enviaran a Cuba literatura trotskista.
Estos contactos aislados, y no oficiales, de los miembros de la OCC con trotskistas del exterior contribuían a mantenerlos actualizados en cuanto a los problemas del trotskismo internacional y a ampliar sus conocimientos teóricos sobre el pensamiento de Trotsky.
La Izquierda Comunista de España (ICE) prestó especial atención al desarrollo del movimiento trotskista latinoamericano. En una carta abierta del Comité Ejecutivo de la ICE, enviada por su dirigente Henri Lacroix “A los grupos de América Latina de la Oposición Comunista de Izquierda”, informaba sobre la decisión de su IIIª Conferencia Nacional (26-28 de marzo de 1932) de crear un secretariado encargado de las relaciones con los grupos latinoamericanos, el que tendría, además, las tareas de promover la organización de nuevos grupos, difundir las ideas de la Izquierda Comunista Internacional, enviar literatura y ayudar a los grupos ya existentes a establecer relaciones entre sí; la ICE enviaba a América Latina la revista Comunismo, el Boletín hispanoamericano, así como libros y folletos de Ediciones Comunismo (21).
Fue precisamente a través de la Izquierda Comunista de España, que los trotskistas cubanos establecieron vínculos con la dirección de la Oposición de Izquierda Internacional, que tenía su sede en París.
En su carta del 31 de marzo de 1933, dirigida desde La Habana por Juan López a Andrés Nin, principal dirigente de la Izquierda Comunista española, se informaba de la existencia de la Oposición Comunista cubana, de sus principales actividades y se solicitaban materiales teóricos de los trotskistas españoles y de la Oposición de Izquierda Internacional (22).
De inmediato los españoles trasladaron la carta a la dirección de la Oposición de Izquierda Internacional y ésta escribió a los trotskistas cubanos comunicándoles que enviarían materiales en francés y en español, e informándoles las vías para mantener una comunicación estable (23); fue entonces, sólo después de nueve meses de su creación, que la OCC se afilió oficialmente a la OII.
El hecho fue reflejado por la prensa trotskista española y norteamericana. En mayo de 1933, la revista teórica de la Oposición de Izquierda española publicaba una nota en la que expresaba, entre otras cosas: “(…) ha quedado constituida en Cuba la Sección de la Oposición Comunista Internacional. Hasta ahora los camaradas cubanos se habían limitado a mantener correspondencia aislada con la sección española. Pero ahora (…) han constituido ya de una forma orgánica nuestra Sección cubana” (24).
Pocos días después aparecía en el periódico de los trotskistas norteamericanos la siguiente información:
“En La Habana, Cuba, también se ha constituido, dentro del partido oficial, una Oposición Bolchevique-Leninista. Hasta ahora es sólo un pequeño grupo, que nos pide literatura y contactos con otras secciones de la Oposición de Izquierda Internacional” (25).
La correspondencia entre la Oposición Comunista de Cuba, los trotskistas franceses y la dirección de la Oposición de Izquierda Internacional, cursada hasta finales de junio de 1933, refleja la insistencia de los cubanos para que se les envíen materiales teóricos y de propaganda, a la vez que el desenvolvimiento de su labor organizativa y de elaboración de proyecciones de estrategia política; en este sentido, por ejemplo, piden a la OII opiniones sobre su folleto programático En el camino de la Revolución (26); por su parte, los dirigentes de la OII prometen que mandarán literatura a Cuba y que se esforzarán por estudiar los problemas de América Latina, pero a la vez advierten que dudan poder hacerlo en la medida necesaria; además, expresan que ayudarán a los cubanos a ponerse en contacto con los trotskistas de otros países latinoamericanos para que intercambien experiencias y colaboren entre sí (27).
En aquellos momentos la dirección del movimiento trotskista internacional, aunque mantenía contactos con América Latina no la tenía como su principal centro de atención; los ojos, tanto de la dirección de la OII como los del propio León Trotsky estaban dirigidos hacia Europa y, fundamentalmente, hacia los problemas de Alemania y de Francia. Por esa razón, junto a factores como el idioma común en el caso de España y de la cercanía geográfica en el de Estados Unidos, fueron las secciones de la Organización de Izquierda Internacional de esos dos países, especialmente la de España, quienes ejercieron una mayor influencia sobre el movimiento trotskista cubano en sus años iniciales.
Lo anterior no fue óbice para que Trotsky prestara cierta atención a los problemas del movimiento revolucionario latinoamericano. Desde 1931 se inició una aguda disputa entre León Trotsky y la dirección de la OII de una parte, y de Andrés Nin y la Oposición de Izquierda española de la otra. La discusión giraba en torno a problemas internos de las secciones francesas y española de la OII sobre los que no nos detendremos, pues nos alejaríamos del objeto de estudio del presente trabajo (28). Trotsky sabía la influencia que ejercía la IC española sobre el movimiento trotskista latinoamericano y esto le preocupaba, pues consideraba que la literatura de los trotskistas españoles, fundamentalmente Comunismo, pudiera alejar a los trotskistas latinoamericanos de la línea política de la Oposición Internacional de Izquierda; por eso escribió: “(…) los acontecimientos en América del Sur son muy satisfactorios, pero no debemos olvidar que la mayor parte de América del Sur utiliza la literatura española. Debemos atraer la atención de todas nuestras secciones sudamericanas hacia nuestras divergencias con la sección española. Sería bueno enviarles, en español, mi correspondencia con Nin y por lo menos dos cartas sobre las cuestiones españolas (29).
Sin embargo, todo parece indicar que los ecos de la polémica Trotsky vs. Nin no llegaron a Cuba, pues no hemos encontrado ninguna referencia a la misma ni en los documentos ni en la prensa trotskista de la época; tampoco los trotskistas de aquellos años que hemos entrevistado han hecho alusión al respecto.
En el período que estudiamos, es decir hasta 1935, León Trotsky no tuvo contactos directos con los trotskistas cubanos, aunque sí escribió ocasionalmente, como veremos más adelante, sobre los problemas de Cuba.
Indudablemente fueron los trotskistas norteamericanos y los españoles los que ejercieron una mayor influencia sobre el movimiento trotskista cubano en estos años; y en mayor grado la OI española.
Estrategia y táctica
La Oposición Comunista de Cuba no fue, como tampoco lo sería más tarde el Partido Bolchevique Leninista, una fuerza política homogénea, pues en su seno se debatieron diversas tendencias discrepantes por cuestiones de objetivos y de táctica (30), que tenían su origen tanto en sus propias raíces internas como en la influencia del trotskismo internacional, especialmente del español y del norteamericano.
Los trotskistas fueron intensificando su labor de proselitismo en el movimiento obrero y estudiantil así como dentro de las propias filas del Partido Comunista y en su propaganda los ataques a la dirección del mismo se fueron haciendo cada vez más fuertes. Cuando la Oposición Comunista fue constituida en agosto de 1932, comenzó el trabajo para crear un aparato fraccional paralelo a la estructura del PC en todo el país, se formó un Comité Central de la OC de Cuba, con Marcos García Villarreal como secretario general e integrado por Sandalio Junco, Pedro Varela, Carlos González Palacios, Charles Simeón, Luis M. Busquet, Roberto Fontanillas, Armando Machado y Carlos Padrón, entre otros (31); se organizaron comités distritales en las provincias de La Habana, Matanzas y Oriente, así como comités seccionales y células en La Habana, Matanzas, Santiago de Cuba, Guantánamo, Victoria de las Tunas y Puerto Padre; a la vez, en muchos lugares fueron creados organismos paralelos de la DOI y del AIE, aunque en algunos casos ambas organizaciones eran totalmente controladas por los trotskistas. Simultáneamente, el enfrentamiento entre la Oposición Comunista y el Partido se agudizó; subió el tono de los ataques mutuos y éstos se hicieron cada vez más virulentos.
Entre los últimos meses de 1932 e inicios de 1933, los miembros de la Oposición Comunista fueron expulsados del PC (32). A pesar de esto, los trotskistas cubanos se consideraban parte del movimiento comunista internacional y proclamaban que tenían el deber de luchar para la regeneración del PC de Cuba y de la Internacional Comunista. De esta forma, siguieron la línea del movimiento trotskista internacional de no constituir partidos trotskistas independientes y de trabajar dentro de los partidos comunistas para llegar a controlarlos; esta línea, que se mantuvo a escala internacional hasta la segunda mitad de 1933, fue seguida en Cuba hasta que, una vez modificada internacionalmente, se constituyó el Partido Bolchevique Leninista en el país en setiembre de 1933.
Una de las primeras manifestaciones públicas de la Oposición Comunista que hemos podido localizar, es un manifiesto publicado en Santiago de Cuba en enero de 1933, con el título de “Partido Comunista de Cuba. Buró de Oposición Comunista. ¿Qué significa el Congreso de la UFON?”, en el que se denuncia el carácter pro-patronal, pro-machadista y antiobrero del congreso convocado por el dirigente sindical reformista Juan Arévalo para ser efectuado en la ciudad de Cienfuegos; además, en el manifiesto se llama a formar el frente único de obreros y campesinos y convoca a luchar por la jornada de ocho horas, contra los despidos, por el seguro social para los desocupados y por la expulsión de los dirigentes amarillos de las organizaciones obreras (33). Pero el primer documento publicado por los trotskistas cubanos en que se expresa una proyección política definida, fue el Manifiesto Programático del Buró de Oposición Comunista.
El Manifiesto Programático del Buró de Oposición Comunista, dado a conocer en Santiago de Cuba, en enero de 1933 (34). En el camino de la Revolución. Cuba. 1933, publicado por el Comité Central de la Oposición Comunista, el 10 de mayo de 1933, en La Habana (35) y los Estatutos de la Oposición Comunista de Cuba, fechado en La Habana, junio de 1933 (36), constituyen los tres documentos de mayor importancia de la Oposición Comunista de Cuba, pues en ellos están plasmados los fundamentos teóricos y organizativos, así como la proyección político-ideológica que servirían de guía a su acción política.
Como ya apuntamos, la Oposición trotskista se consideraba parte del movimiento comunista de hecho, hubo una serie de casos militantes de la Oposición Comunista que al mismo tiempo militaron por un tiempo en el PC o en la Liga Juvenil Comunista, hasta que fueron expulsados de estas organizaciones por su actividad trotskista, es por eso que el primero de los tres documentos aparece bajo el encabezamiento de “Partido Comunista de Cuba”. En el Manifiesto se bosquejan los principios programáticos que serían desarrollados posteriormente con mayor amplitud en el Programa del Partido Bolchevique Leninista.
En el Manifiesto Programático después de una breve introducción en la que, entre otras cosas se expresa que “(…) la Oposición Comunista ha surgido como una necesidad revolucionaria, en momentos en que toda pasividad debe interpretarse como una traición y en que toda actitud indecisa supondría un oportunismo, el peor de todos los crímenes contrarrevolucioanarios (…)” (37) y que “Es precisamente en estos momentos en que parece asomar la duda en nuestra filas (…)” (38), se pasa al análisis del devenir histórico cubano a partir de 1868, para tratar de desentrañar la estructura de clases y los intereses sociopolíticos que se mueven en los años 30.
Acertadamente, en el documento se expone cómo después de la última guerra de independencia del pasado siglo, tuvo lugar la penetración económica y la injerencia política norteamericana en Cuba, que impidió el desarrollo de una burguesía nativa lo suficientemente fuerte desde el punto de vista económico y político como para evitar la subordinación al imperialismo estadounidense, y como los gobiernos cubanos habían estado obligados a servir los intereses de Estados Unidos, afectando muchas veces a los de la propia burguesía cubana.
Pero, ¿la burguesía nativa estaba sólo subordinada a los Estados Unidos, o más bien, sus intereses se fueron relacionando estrechamente con los de la burguesía norteamericana? Lo que no llegaron a comprender los trotskistas cubanos para enero de 1933 fue que, además de subordinación, existía una estrecha vinculación de los intereses de la burguesía nativa con los de la de los Estados Unidos y de ahí, es decir, no sólo de su debilidad, se derivaba su carácter antinacional. Por otra parte, algo que tampoco llegaron a comprender fue que el gobierno de G. Machado, al menos durante una buena parte de sus existencia y hasta que perdió su base social y se transformó en un gobierno de una camarilla reducida, fue la expresión de los intereses de un sector de la burguesía nativa a la vez que estaba al servicio de los Estados Unidos. Es decir, no se tiene en cuenta que la burguesía cubana estaba integrada por diversos sectores; aunque sí se expone claramente su incapacidad para encabezar una verdadera revolución democrático burguesa.
Más adelante se hace un breve análisis de las distintas fuerzas de oposición a la dictadura machadista para, a continuación, pronosticar tres posibilidades a las que podía conducir el conjunto de contradicciones existentes en el país: 1ª) Una revuelta de la oposición burguesa, 2ª) un pacto de la oposición burguesa con Machado, y 3ª) la intervención militar de los Estados Unidos; ante estas tres posibilidades se traza como línea seguir trabajar para la formación de un frente único con el papel de luchar por la revolución popular, agraria y antiimperialista. En caso de que se produjera una revuelta de la oposición burguesa, participar en ella de manera independiente para transformarla en revolución agraria y antiimperialista; si se establecía una conciliación de la oposición burguesa con Machado, la respuesta sería: frente único para la revolución, y si los norteamericanos intervenían: “(…) otra vez la Sierra Maestra y el camarada Mauser tendrían la palabra” (39).
En el documento se define el carácter de la revolución como popular, agraria y antiimperialista, como el enemigo principal al imperialismo norteamericano y como su aliada interna a la burguesía nativa. Las fuerzas motrices de la revolución que integrarían el frente único: obreros industriales y agrícolas, pequeños campesinos, desocupados, estudiantes y empleados. Como puede apreciarse, al menos en el plano teórico, a inicios de 1933 los trotskistas cubanos habían definido con claridad y de manera acertada, tanto el carácter que debía tener la revolución antimachadista, como al enemigo principal y los aliados y enemigos de clase.
En el documento que analizamos, se afirma que existían condiciones para iniciar la revolución cuanto antes, pues: “(…) la Revolución Popular, Agraria, Antiimperialista no es un bello sueño para realizar dentro de 50 años, sino una realidad inminente que debemos acometer enseguida (…)” (40).
Pocos meses después, en mayo de 1933, se observa un cambio en sus concepciones. Así, en En el camino de la Revolución. Cuba. 1933, expresan: “(…) actualmente no está puesta a la orden del día la Revolución Agraria y Antiimperialista, sino las tareas específicas de conquistar a las masas y preparar el terreno para la Revolución” (41) y en otra parte del documento, señalaban: “(…) no existe actualmente una radicalización de las masas ni un crecimiento del movimiento obrero (…)” (42). Ahora se consideraba que aún no existían condiciones para la revolución, pues todavía no había tomado auge el movimiento obrero y popular; no se reconocía sólo tres meses antes del derrumbe de la dictadura de Machado el alza de las luchas populares que evidentemente se fortalecían cada vez más (43). Por otro lado, ahora se definía el carácter de la revolución como agraria y antiimperialista y se eliminaba el calificativo de popular.
En el camino de la Revolución, reconocían que el imperialismo intentaba la transformación pacífica de la situación política a través de la mediación, que la oposición burguesa hacía el juego a esas maniobras, que existían organizaciones de la pequeña burguesía opuestas a la mediación que continuarían en la lucha, que no era táctico plantear en aquellos momentos la consigna de gobierno obrero-campesino y que aún no existía un partido proletario lo suficientemente fuerte para lanzarse de inmediato a la conquista del poder (44). Afirmaban con acierto: “Un error que se comete aquí frecuentemente, y que es la base de todos los errores sectarios, consiste en confundir el carácter específico de las clases que luchan actualmente en Cuba, y en calificar y agrupar bajo una denominación común a todos los grupos revolucionarios adversos a la línea comunista (…) Presentar el problema de una forma tan llana, denominando socialfascistas y lacayos del imperialismo, lo mismo a Menocal que a Mendieta, que a los grupos pequeñoburgueses y estudiantiles, sin tratar de aprovechar prácticamente las divisiones internas de estos núcleos, diferenciar sus orientaciones políticas (…) es aislar a los obreros del resto de la lucha, colocarlos en un plano tal que les será imposible agrupar en derredor suyo a las masas campesinas y sectores que se sienten oprimidos y descontentos para ocupar el poder” (45).
Lo apuntado hasta aquí muestra que la dirección de la OCC hizo una correcta apreciación teórica de las fuerzas políticas y de clase actuantes en el escenario del momento y de la táctica más consecuente a seguir. Sin embargo, aunque aparentemente comprendió el papel de la pequeñoburguesía en la sociedad neocolonial cubana de los años 30, en realidad no fue así. Criticaban a la dirección del PC por sus errores de sectarismo y dogmatismo bajo la influencia de la línea de “clase contra clase” emanada de la Internacional Comunista por la época, pero ellos mismos incurrían en errores del mismo signo. En el propio documento demuestran que no llegaron a entender el papel revolucionario de los sectores más avanzados de la pequeñaburguesía cubana, y si por una parte como ya apuntamos advertían la necesidad de diferenciar a la oposición burguesa (Mendieta-Menocal) de los grupos pequeñoburgueses que luchaban contra Machado, por otra expresaban: “Esto no significa que exista un sector pequeñoburgués dispuesto a hacer causa común con el proletariado y sostener los principios de la revolución hasta el fin. Semejante aseveración sería completamente falsa y peligrosa. Los núcleos pequeñoburgueses que se sostienen en la lucha … sólo aspiran a conquistar mejores posiciones (…)” (46).
La pequeñaburguesía para ellos se encontraba excluida del concepto de masas populares; sólo pertenecían a éstas los obreros y campesinos, únicas fuerzas que consideraban revolucionarias: “Así, nosotros conquistaremos a las masas populares, y evitaremos que la pequeñaburguesía que aún se sostiene en la lucha se apodere para su beneficio de este momento trascendental e insuperable de la revolución” (47).
En ocasiones se ha tratado de presentar al movimiento trotskista cubano de los años 30 como una alternativa marxista consecuente frente a la línea sectaria del PC. Nada mas alejado de la realidad. Si bien tuvieron acertadas interpretaciones teóricas en algunos casos, desde el punto de vista teórico en general y práctico, siguieron una política no menos sectaria ni dogmática que la del PC. Se trataba de lograr una supuesta unidad, pero no entre iguales; los otros debían reconocer la hegemonía de los trotskistas, su carácter de vanguardia revolucionaria y como tal subordinárseles. Así se observa en su línea sindical; en lugar de luchar por una central sindical unitaria, como lo había sido la CNOC en los tiempos de Alfredo López, que agrupara a los obreros de diversas tendencias, para la Oposición Comunista “(…) la tarea de la unificación del movimiento sindical se presenta bajo la forma de una lucha despiadada y cruenta, contra los sectarios (léase; seguidores de la línea del PCC) de una parte, y los reformistas, sindicalistas y socialfascistas, de otra” (48). Su autotitulado carácter de única y exclusiva vanguardia revolucionaria, lo declaraban en los Estatutos de la Oposición Comunista de Cuba: “La Oposición Comunista de Cuba es la única vanguardia revolucionaria del proletariado, y la única organización capaz de conducir revolucionariamente hasta el fin las luchas de la clase trabajadora de Cuba contra sus explotadores nativos y extranjeros” (49).
A pesar de su relativa lucidez en la comprensión de la realidad nacional del momento, el sectarismo y el dogmatismo que marcaron desde su nacimiento al trotskismo cubano le impidieron junto a otros factores una efectiva inserción en el movimiento popular y revolucionario del país, pues le alejó no sólo de la pequeña burguesía sino de la mayoría de la clase obrera.
Principios organizativos y estructura
La Oposición Comunista de Cuba surge en el seno del PC como un movimiento que se autoproclama renovador, auténticamente marxista, continuador genuino del leninismo y que persigue el propósito de rescatar al Partido del proletariado cubano de las “nocivas influencias stalinistas del tercer período”. La OC no se propuso inicialmente la creación de un nuevo partido independiente del ya existente PC; sin embargo, como grupo fraccional adoptó una estructura que de hecho constituía todo un aparato organizativo paralelo dentro del PC, como ya habíamos apuntado antes.
El enfrentamiento de los trotskistas con el PC se hizo cada vez más agudo y tenso, y ya desde los últimos meses de 1932 y los primeros de 1933, los oposicionistas fueron expulsados de sus filas. De manera que, ya desde antes de constituir un nuevo partido independiente del Comunista, de hecho desde los primeros meses de 1933 los trotskistas actuaban como una organización plenamente independiente del PC, aunque continuaran considerándose como fracción del mismo y proclamando que perseguían el objetivo de su regeneración para convertirlo, según sus concepciones, en un verdadero partido leninista de la clase obrera.
Sin embargo, en la práctica el camino que siguieron sólo conducía a la creación de un nuevo partido. Un momento importante en ese tránsito fue el del establecimiento de sus propias normas de vida orgánica con la elaboración de los Estatutos de la Oposición Comunista de Cuba (50), documento que se dio a conocer en La Habana, el 30 de junio de 1933, dos meses y medio antes de constituirse el Partido Bolchevique Leninista. Desde antes de ser establecidos los estatutos, ya la OCC se había vertebrado como un organismo político independiente; así, la proclamación de los estatutos sancionó un hecho ya consumado y lo completó. Fue el punto de transición de la OCC al PBL.
Después de proclamarse “la única vanguardia revolucionaria del proletariado” que nació de las filas del PCC y que después de luchar en su seno contra la dirección sectaria y ser expulsada del mismo, expresa que “La OC se estructura ahora orgánicamente para evitar la destrucción del movimiento comunista en Cuba. Con la aplicación accional de la línea que corresponde a un Partido inspirado en los principios revolucionarios del marxismo”(51).
Los Estatutos de la Oposición Comunista de Cuba establecían la estructura, principios organizativos, disciplina así como los deberes y derechos de los miembros de la organización. Son similares a los de cualquier partido comunista del mundo por esos años.
Estructura:
La organización básica era la célula, que podía ser constituida según un criterio laboral o territorial; es decir, en fábricas, ingenios, u otros centros de trabajo, o en pueblos o barrios, y su instancia superior era la junta de célula. Los organismos intermedios eran las secciones y los distritos; la sección agrupaba a un cierto número de células y el distrito a varias secciones de un territorio dado. La máxima instancia en ambos niveles serían las conferencias seccionales, integradas por delegados de las células, y las conferencias distritales, integradas por delegados de las secciones; entre una conferencia y otra, en ambos niveles, los órganos y el comité distrital respectivamente. El Congreso Nacional debía ser el órgano supremo de la OC, formado por delegados de las células, y se encargaría de elegir al Comité Central, instancia superior de la OC entre un congreso y otro; a su vez, el Comité Central sería el encargado de elegir al Buró Político, que dirigiría a la organización en el intervalo de las reuniones del Comité Central. De no poder efectuarse el Congreso Nacional se realizarían conferencias nacionales con delegados de todas las secciones de la OC, la conferencia nacional tenía facultades para elegir al Comité Central.
En los niveles de Comité Central, comités distritales y seccionales, serían creados departamentos subordinados a sus respectivos órganos dirigentes, con el encargo de desarrollar las tareas específicas y dirigidos cada uno por un secretario; serían organizados los departamentos siguientes: organización y finanzas; propaganda y agitación; sindical, agrario y antimperialista. El trabajo de los secretarios de los departamentos sería controlado por el secretario general.
Principios de organización. Disciplina
Según los Estatutos de la Oposición Comunista:
“La OC tiene como base el centralismo democrático, único modo de mantener la unidad absoluta de la organización desde la base hasta la cima. El centralismo democrático consiste en:
a) Elección, tanto de los órganos inferiores como superiores de la OC por las juntas de células, conferencias y congresos.
b) Obligación de los organismos superiores de rendir cuentas periódicamente de sus actividades entre todos los miembros de la OC de Cuba.
c) aceptación obligatoria de las decisiones de los organismos superiores de la OC para los organismos inferiores, severa disciplina entre los afiliados, ejecución rápida y puntual de las decisiones del CC y demás órganos de la OC de Cuba. Las resoluciones tomadas en los Congresos, Conferencias o Juntas de Células de la OC deben ser absolutamente ejecutadas, a pesar de que algún miembro o grupo de miembros del organismo que las ordene o las reciba, no apruebe estas órdenes.
d) Todas las cuestiones planteadas en las células o en cualquier otro organismo de la OC provocarán discusión libre y durante el mayor tiempo posible, siempre que la discusión se realice en el seno mismo de la organización y que tenga como finalidad principal el mejoramiento de los métodos de trabajo, de la estrategia y táctica de la OC Una vez que las Conferencias o Congresos tomen una decisión sobres las cuestiones discutidas, la discusión terminará y la minoría se someterá a la decisión de la mayoría” (52).
Citamos in extenso los Estatutos en lo relacionado con el centralismo democrático, para que pueda observarse como teóricamente se establece la articulación entre la más amplia democracia interna con un estricto centralismo como garantía del mantenimiento de una sólida unidad. Sin embargo, en su actividad práctica los trotskistas, tanto dentro del PC cuando aún pertenecían a él, como fuera del mismo; es decir, en el seno de la OC, no aplicaron consecuentemente esos principios.
Muchas de las orientaciones de los organismos superiores de la OC o de los acuerdos tomados no eran cumplidos; muchos de los problemas no se discutían sólo dentro de la organización sino que se ventilaban públicamente, y esto no se refiere, insistimos, sólo a cuando aún se encontraban dentro del PC, sino ya en la época en que habían sido expulsados del mismo y actuaban en el seno de la OC y después en el PBL.
Como puede observarse, en los Estatutos no se habla de libertad de tendencias ni de libertad de fracciones; sin embargo, la propia heterogeneidad del movimiento trotskista cubano y las influencias recibidas del trotskismo internacional condujeron a la aparición como veremos más adelante de tendencias que no se ajustaron a la disciplina interna del PBL y actuaron como fuerzas centrífugas que contribuyeron a la crisis de ese partido pocos años más tarde.
Lo hasta aquí apuntado muestra claramente que el movimiento trotskista cubano en sus inicios, a pesar de todas sus inconsecuencias y de su papel disociador dentro del movimiento obrero y popular, se caracterizó por su carácter antiimperialista, su orientación revolucionaria, su adscripción al marxismo y por la defensa de los intereses nacionales. Estuvo integrado, en su mayoría, por hombres y mujeres muy jóvenes que actuaban honestamente, guiados por el afán de lograr cambios radicales en la sociedad cubana, al margen de los errores que manifestaron en su práctica política, o de los derroteros que cada uno de ellos seguiría años más tarde.
Los trotskistas consideraban en mayo de 1933 que la revolución no estaba aún a la orden del día; sin embargo, ¿cual fue su actitud ante la mediación Welles y ante la huelga que derrocó en agosto de ese año a la dictadura machadista? La respuesta a este interrogante nos permite acercarnos a la postura que adoptaron ante la injerencia imperialista en Cuba y su fiel servidor nativo.
En el ya citado En el camino de la Revolución. Cuba. 1933, en mayo de 1933, la OC desenmascara los objetivos de la mediación y la condena (53). Un mes más tarde, el 28 de junio de 1933, los trotskistas desde el Ala Izquierda Estudiantil publican un manifiesto en el que rechazan “la mediación y la claudicación que ella encierra” (54). Ya desde noviembre de 1932, en otro manifiesto del AIE habían advertido sobre los manejos que fraguaba el gobierno de los Estados Unidos.
La nueva solución que se pretende dar a los problemas de Cuba una solución impuesta por el imperialismo no puede en modo alguno satisfacer las necesidades de los obreros, campesinos y estudiantes de Cuba. (…) De llevarse a vías de hecho estos intentos pacifistas, el Gobierno asesino de Gerardo Machado, garantizada su vida y hacienda por la intervención oficial de los Estados Unidos, abandonará el país, dando paso a nuevos gobernantes, cuyo sometimiento a Wall Street por nadie es ignorado. Esto significa que el imperialismo evita a todo trance el desencadenamiento de un movimiento insurreccional de masas (55).
La mediación fue combatida desde sus inicios por la OCC y las organizaciones controladas por los trotskistas como el AIE y el FOH (56).
Desde los primeros días de julio de 1933 se inició una huelga por reivindicaciones inmediatas entre los obreros del transporte en La Habana que se fue ampliando a otros sectores laborales en todo el país hasta convertirse en una formidable huelga política general contra la dictadura de Machado, y a la que se incorpora no sólo la clase obrera sino todo el pueblo y todas las organizaciones de oposición a Machado que no habían aceptado la mediación; el PC, las CNOC, el DEU y otras organizaciones desempeñaron un destacado papel en su dirección desde sus inicios. La Federación Obrera de La Habana, dirigida por los trotskistas, también había convocado a los sindicatos bajo su control a la huelga por sus reivindicaciones inmediatas y contra la dictadura. Cuando la huelga se mostraba en su momento de mayor fuerza, el Comité Central del PC adopta la decisión de ponerle fin: ocurrió el llamado “error de agosto”. Ante la negativa de las propias organizaciones obreras de la CNOC de abandonar la huelga, el CC del PC reconoció el error y mantuvo la orientación de continuarla hasta la caída de Machado. Tanto en aquellos momentos, como en otros más recientes, los enemigos del movimiento revolucionario se aprovecharon de este error para atacar al PC acusándolo de pacto con Machado y de traición (57).
Como bien ha señalado Raúl Roa: “Aunque de monta evidente y de adversas implicaciones para el curso del movimiento revolucionario, como hubo de reconocerlo el propio Partido, en desnuda crítica y autocrítica, el “error de agosto” fue eso: una equivocación política fruto de múltiples factores y contingencias. ¿Quién podría aducir, sin faltar deshonestamente a la verdad, que es obra de mala fe o consecuencia de una distorsión moral? (58).
No nos detendremos en el análisis detallado de las circunstancias y causas del “error de agosto”, pues nos alejaríamos del objeto de este trabajo (59).
Como ya señalamos, los trotskistas desde la FOH habían llamado a la huelga y mantuvieron desde el 5 de agosto la consigna de no detener el paro hasta tanto no fueran satisfechas todas las demandas obreras y se liquidara el régimen político de opresión imperialista; en un manifiesto publicado el 12 de agosto reiteraron la consigna de huelga general y de abajo Machado a la vez que atacaban con fuertes invectivas al PC y a la CNOC (60).
Los trotskistas intentaron capitalizar el error del PC utilizándolo como argumento para presentarse a sí mismos como los principales iniciadores y conductores del formidable movimiento popular que derrocó a la dictadura machadista.
Los ataques mútuos entre trotskistas y comunistas, no sólo en torno a la cuestión de la huelga de agosto sino en general, acentuaban las contradicciones en el seno del núcleo políticamente más avanzado de los trabajadores cubanos; ya la escisión era un hecho y no había posibilidad de retroceso. Si bien el grupo trotskista era pequeño numéricamente sólo logró arrastra tras de sí a muy pocos militantes del PC, es decir no provocó un cisma en el PC sino un desgajamiento de una pequeña porción de su militancia, y no logró atraerse a grandes sectores populares en el país la división sólo serviría a los enemigos de la revolución popular.
Notas:
(*) Dr. Rafael Soler Martínez, Profesor de Historia de la Revolución Cubana, Universidad de Oriente. Director de la Revista Santiago
1. Algunos autores, entre los que se destaca Victor Alba, han sugerido que Mella se mostró partidario de las ideas trotskistas y que de alguna manera estuvo vinculado al movimiento trotskista en México; plantean, además, la tesis de que Mella fue asesinado no por agentes del dictador Machado sino por los propios comunistas con la complicidad directa de Tina Modoti (Cft.: Victor Alba: Historia del movimiento obrero en América Latina, Julián Gorkin: Cómo asesinó Stalin a Trotski, Bernardo Claraval: Cuando fui comunista). Otros se han hecho eco de esas afirmaciones (Cfr.: Octavio Paz: “Frida y Tina: vidas no paralelas” y Phillippe Cheron: “Del gusto por la mistificación: a propósito de Tina Modoti”, en Vuelta Nº 82, México, septiembre, 1983, Jorge García Montes y Alonso Avila: Historia del Partido Comunista de Cuba, Alejandro Galves Cancino: “Lauto-absolution de Vidali et la mort de Mella” en Cahiers León Trotsky, Nº 26, june 1986, Paris). Sin embargo, ninguno de estos autores ha podido demostrar una sola de esas afirmaciones y todos han presentado un denominador común: la mitología y la virulencia anticomunista. Mella desde su llegada a México en 1926, hasta su asesinato en enero de 1929, compartió la lucha contra la dictadura de Machado desde la ANERC con las tareas del Partido Comunista Mexicano, fue miembro de su Comité Central y llegó a ser su secretario general durante los meses de junio a septiembre de 1928, cuando Rafael Carrillo se encontraba en Moscú. Según afirma Arnaldo Martínez Verdugo, fue acusado por Vitorio Codovilla y por Ricardo Martínez de mantener posiciones trotskistas basándose en las discrepancias de Mella con algunas orientaciones de la Internacional Comunista, como por ejemplo las relacionadas con la creación de una tercera central sindical en México, la CESUM pero, que una vez analizado el problema en el Comité Central del PCM, este decidió dirigirse a la Internacional Comunista rechazando las acusaciones por infundadas e informarle que el propio Mella había sido el autor de la Tesis del CC en las que definía la postura del PCM contraria al trotskismo. Mella hasta su muerte se mantuvo en las filas del PCM. Por otra parte, desde hace mucho tiempo ha quedado totalmente demostrado que los responsables directos del asesinato de Julio Antonio Mella fueron José Magriñat y el pistolero López Valiña, que actuaban al servicio del dictador Machado. Un excelente y documentado análisis sobre este asunto puede encontrarse en: Arnoldo Martínez Verdugo: Historia del comunismo en México, y en Olga Cabrera: “Un crimen político que cobra actualidad”, en Nueva Antropología, Nº 27, julio 1988, México.
2. Comité Central del Partido Comunista de Cuba: El Partido Comunista y los problemas de la Revolución en Cuba, págs. 16-18. (Biblioteca del Instituto de Historia de Cuba. La Habana). Lionel Soto: La Revolución del 33, tomo II, págs. 162-163, 169-171.
3. Comité Central del Partido Comunista de Cuba, op.cit., págs. 7-8.
4. Sobre la 2ª Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina, efectuada en Moscú no se ha publicado prácticamente nada; la más estudiada hasta hoy es la 1ª, realizada en Buenos Aires en 1929, de la que fueron publicados sus documentos así como numerosos trabajos en los que se analiza su desarrollo e importancia, y en menor medida la 3ª, de Montevideo (1934) (Cfr.: Jürgen Mothes: “Los comunistas en el movimiento revolucionario latinoamericano de los años veinte y treinta”, en Problemas actuales de América Latina. y Manuel Caballero: La Internacional Comunista y la Revolución Latinoamericana. Sobre la 2ª, de Moscú, sólo se encuentra una breve referencia en B. Koval: Movimiento obrero en América Latina. 1917-1959. La participación de Rubén Martínez Villena y Sandalio Junco en la 2ª Conferencia de PC latinoamericanos, de Moscú, en la primera quincena de septiembre de 1930 hemos podido encontrarla en el libro de Raúl Roa: El fuego de la semilla en el surco, y en las cartas enviadas por Villena desde la URSS a Cuba, publicadas en Rubén Martínez Villena: Poesía y prosa, tomo II.
5. Rubén Martínez Villena: Poesía y prosa, tomo II. / Raúl Roa: El fuego de la semilla en el surco.
6. Cfr.: Anexo II y Roberto Pérez Santiesteban: “Introducción” en Breá, Juan y Mary Low, La Verdad Contemporánea, págs. 362-364.
7. Bolshevik-Leninist Party (Cuban Section of the International Communist League, B.L.) To The International Secretariat, (La Habana), March 20, 1935. The Trotsky Archives (Trotsky Archives), Houghton Library, Harvard University. 19052.
8. Ibid., pág. 7 y Comité Central del Partido Comunista de Cuba, op.cit., pág 8.
9. Cfr: Comité Central del Partido Comunista de Cuba: op.cit. págs. 31-35. Lionel Soto: op.cit., pág. 149. “Plataforma electoral del Partido Comunista de Cuba para las elecciones de 1932”, en Mirta Rosell, Luchas obreras contra Machado, págs. 188-211.
Los enemigos del movimiento comunista cubano han tratado de presentar la participación del PC en las elecciones de 1932 como una traición consciente al movimiento popular. El PC explicó, en el documento mencionado, que se trataba de combinar las diversas formas de lucha de manera flexible y utilizar la táctica leninista de lucha parlamentaria, no con el objetivo de tomar el poder sino de divulgar los objetivos revolucionarios. Es indudable que no se trató en modo alguno de una traición, pero si fue un error plantear la consigna de ir a elecciones con el “voto en la columna en blanco”, cuando la dictadura de Machado tenía entronizado un régimen de terror en el país y no existían las mínimas condiciones de “legalidad burguesa” posibles de aprovechar; la decisión no fue comprendida por muchos, a los que alejó del PC.
10. Cfr.: Anexo II. Ladislao González Carbajal: El Ala Izquierda Estudiantil y su época, págs. 78-79. Carta del Bolshevik-Leninist Party (Cuban Section of the International Communist League, B.L.) to the International Secretariat, March 20. Trotsky Archives. 19052.
11. Ladislao González Carbajal: op.cit, pág. 78. / Comité Central del Partido Comunista de Cuba: Resolución sobre la Oposición en el Partido, 9 de septiembre de 1932. Centro Ruso para la Conservación y Estudio de los Documentos de la Historia Moderna. Moscú. (Archivos de la Internacional Comunista). (RTsKhIDNI Comintern) Nº 495/106/52.
12. Cfr: Anexo II. / Comité Central del Partido Comunista de Cuba: op.cit., pág. 8-12. Carta del Bolshevik-Leninist Party (Cuban Section of the International Communista League, B.L.) to the International Secretariat, March 20, 1935. Trotsky Archives. Entrevistas realizadas por el autor a Manuel Tue Lambert, José Antonio Portuondo, Sergio Mateo, Julio Le Riveren, Abelardo Ramas Antunez, Idalberto Ferrer Acosta (La Habana), Manuel García Suárez, Barta García López (Matanzas), Pedro Verdecie Pérez, Luis Galano Torres (Las Tunas), Luis Miyares, Roberto García Ibáñez, Antonio Ferrer Cabello (Santiago de Cuba), Roberto Mineto y Luciano García (Guantánamo). Entrevista de Robert Alexander a Charles Simeón (New Jersey). Entrevista realizada por Maricela Vazquez Rodríguez a Angel Murillo Granjel (La Habana).
13. Comité Central del Partido Comunista de Cuba: op.cit., pág. 43.
14. “A los obreros y campesinos. Al pueblo trabajador”. Manifiesto del Buró Provincial de Oriente de Defensa Obrera Internacional (Oposición). Santiago de Cuba, julio 3 de 1933. Defensa Obrera. Organo de la Oposición de Defensa Obrera Internacional. Año I. Puerto Padre, agosto 27 de 1933. Archivo Histórico Provincial Santiago de Cuba (AHPSC), Audiencia Provincial de Oriente. Tribunal de Defensa Nacional, Leg. 3, Exp. 30 / Entrevistas a Manuel García (Matanzas), Luis Miyares (Santiago de Cuba), Pedro Verdecie (Las Tunas), Luciano García (Guantánamo).
15. “Was limited to a few small unions, survivors of the anti-labor crusade of the Machado regime”. (Traducido por el autor) Carta del Bolshevik-Leninist Party (Cuban Section of the International Communist League, B.L.) to the International Secretariat, march 20, 1935, pág. 8. Trotsky Archives.
16. En diversos documentos, no sólo del PC sino de los propios trotskistas, se pone de relieve la composición social mayoritariamente pequeñoburguesa de la Oposición Comunista de Cuba. Cfr.: Carta del Bolshevik-Leninist Party to the International Secretariat, march 20, 1935. Trotsky Archives, y “On the movement of the Fourth International in Latin America (March 1940). Report to Emergence Conference of the FI by the Latin American Departament. Cuba”, en Documents of the Fourth International. The formative years (1933-1940). Pathfinder Press. New York, 1973.
17. Loc.cit. (7), pág. 8.
18. Cfr.: Ibib., pág. 9. / Comunismo, Organo teórico mensual de la Izquierda Comunista Española, Madrid, Mayo de 1933. The Militant, New York, June 10, 1933.
19. Comunismo, Mayo 1933. Entrevistas a Luis Miyares (Santiago de Cuba) y Pedro Veredicie (Las Tunas). En el archivo de Luis Miyares existen ejemplares de la revista Comunismo de los años 1932 y 1933, y en el de Pedro Veredicie se encuentra literatura trotskista editada en España que él asegura recibían desde 1932.
20. El movimiento trotskista en España (1930-1935), pág. 83. P. Pages indica como fuente la carta que le envió I. Iglesias el 2 de mayo de 1975.
21. Henry Lacroix, Comité Ejecutivo de la izquierda Comunista Española: “A los grupos de América Latina de la Oposición Comunista de Izquierda”, en Bernardo Claraval: Cuando fui comunista, págs. 62-63. / Pelai Pages: op.cit., págs. 100-121. / Cfr. Anexo I.
22. Carta de Juan López a Andrés Nin, La Habana, 21 de marzo de 1933. Instituto Internacional de Historia Social (IIHS), Amsterdam (International Institute voor Sociale Geschiedenis. Amsterdam.)
23. Carta de la Opposition de Gauche Internationale (Blocheviques-leninistas) aux camarades de Habana (Cuba), s/f., IIHS.
24. Comunismo, Madrid, Mayo 1933, pág. 234.
25. “At Havana, Cuba, there has also been formed, inside the official party, a Bolshevik-Leninist Opposition. For the present, it is only a small group, wich requests us for shimpments of literature and connections with the other sections of the International Left Opposition”. The Militant (New York), June 10, 1933 (Traducido por el autor).
26. Opposition Comuniste de Cuba. Secretariat General. A la Section francaise de lOppositión de Gauche Internationale. (La Habana, s/f.), IIHS.
27. Opposition de Gauche Internationale. A lOpposition Com. de Gauche Cuba. (Paris) 29 Juin 1933. IIHS.
28. Según P. Pagés, las discrepancias Trotsky v.s. Nin se iniciaron con la separación de Alfred Rosmer de la dirección de la Liga Comunista francesa, lo que fue apoyado por el primero, pero con lo cual Nin no estuvo de acuerdo; por otra parte, Trotsky apoyaba al grupo encabezado por H. Lacroix, que constituía una minoría en la Izquierda Comunista de España, de la que había sido separado. Nin y la dirección trotskista española criticaban a Trotsky y al Secretariado Internacional por aplicar métodos incorrectos; por su parte, Trotsky acusaba a Nin de frenar la formación de la Oposición española y de hacer todo lo posible por aislarla de la Oposición Internacional.
Un análisis de las discrepancias L. Trotsky vs. A. Nin, es realizado por Pelai Pagés en op.cit., págs. 129-153.
29. “(…) succès en Amérique du Sud sont très satisfaisants, mais nous ne pouvons pas oublier que, pour la plus grand partie. lAmérique du Sud utilise la litterature espagnole. Nous devrions attirer particulièrement lAttentintion de toutes nos sections sud-américains sur nos divergences avec la section espagnole. Il serait bon de leur envoyer en espagnol ma correspondence avec Nin et au moins deux lettres treitant des questions espagnoles.” León Trotsky, Oeuvres, March-July 1933, pág. 161 (Traducido por el Dr. Herbert Pérez Concepción).
30. Entrevista de Robert Alexander a Charles Simeón, New jersey, abril de 1970. Carta del Bolshevik-Leninist Party to the International Secretariat, págs. 7-9.
31. Robert Alexander: Trotskysm in Letin America, pág. 217. / Carta del Bolshevik-Leninist Party to the International Secretariat, march 20, 1935, págs. 2-4.
32. Comité Central del partido Comunista de Cuba, op.cit., págs. 8-10. / Liones Soto: op.cit., pág. 169
33. Archivo Nacional de Cuba (ANC), Especial, Leg. 1, Exp. 194.
34. ANC, Especial, Leg. 1, Nº 193
35. ANC, Especial, Leg. 14, Nº 141.
36. AHPSC, Tribunal de Defensa Nacional, Leg. 3, Exp. 30.
37. Partido Comunista de Cuba. Manifesto Programático del Buró de Oposición Comunista, pág. 1.
38. Ibid.
39. Ibid., pág. 8.
40. Ibid., págs. 6-7.
41. Comité Central de la Oposición Comunista, pág. 6.
42. Ibid. pág. 3.
43. Cfr: Rubén Martínez Villena: “Las contradicciones internas del imperialismo yanqui en Cuba y el alza del movimiento revolucionario”, en Josefina Meza Paz: Rubén: antología del pensamiento político, págs. 437-449.
44. Loc.cit. (41), págs. 3-4.
45. Ibid., pág. 7.
46. Ibid., pág. 3.
47. Ibid., pág. 4.
48. Ibid., pág. 11.
49. Oposición Comunista de Cuba, Estatutos, pág. 1.
50. Ibid.
51. Ibid.
52. Ibid., pág. 2.
53. Loc.cit. (41), págs. 2-3.
54. “¡Al pueblo de Cuba! ¡A todos los estudiantes!”, La Habana, 28 de junio de 1933 (Manifiesto de AIE), en Pensamiento Crítico Nº 39, abril, 1970, La Habana.
55. “Ala Izquierda Estudiantil de Cuba. A todos los estudiantes de Cuba. A las masas trabajadoras”, Habana, 27 de Noviembre de 1932, Comité Central, en Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba, tomo III, pág. 540.
56. Raúl Roa: La Revolución del 30 se fue a bolina, pág. 276.
57. Cfr.: Mario Riera Hernández: Historial Obrero Cubano, págs. 80-84. Jorge García Montes Antonio Alonso Avila: Historia del Partido Comunista de Cuba, págs. 123-127.
58. El fuego de la semilla en el surco, pág. 484.
59. Para profundizar sobre este aspecto puede consultarse: Lionel Soto: op.cit., págs. 376-395. Raúl Roa: El fuego de la semilla en el surco, págs. 482-492. / Comité Central del partido Comunista: “El papel del Partido en la lucha contra Machado en agosto”, Archivo del Instituto de Historia de Cuba (AIHC), Primer Partido Marxista Leninista. Sig. 1/2:1/1.2/52-59.
60. “Federación Obrera de La Habana. Trabajadores. Continuidad el paro por vuestras demandas. Atrás los traidores que ordenan la vuelta al trabajo. Habana, 12 de agosto de 1933. Comité de Huelga” (Manifiesto de la FOH) Archivo de Evelio Tellería Toca (AET).

La Independencia de Cuba y el expansionismo norteamericano


El 15 de febrero de 1898, hace ahora cien años, una mina submarina hundió al acorazado norteamericano Maine, fondeado en el puerto de La Habana, Cuba, provocando la confrontación bélica entre Estados Unidos y España, y dando un inicio formal a la política de expansión territorial y económica de la potencia del norte en el Caribe. La guerra hispano-norteamericana fue un elemento clave en la conformación y emergencia del imperialismo yanqui, que ocupó en el lapso de dos años la isla de Cuba, Puerto Rico (sometida hasta hoy), la isla de Guam (también en el Caribe), Hawai y las Filipinas. A comienzos de siglo forzó la independencia de Panamá con respecto a Colombia para poder ocupar en forma permanente las inmediaciones del canal interoceánico. Entre 1900 y 1933 las tropas americanas fueron enviadas cuatro veces a Cuba, dos veces a Nicaragua, seis veces a Panamá, siete veces a Honduras, y a la república negra de Haití desde 1915 hasta 1934. Tan grandiosa historia de pillaje y esclavización jugó un papel central en el reparto del mundo por parte de las potencias imperialistas y en la emergencia de una nueva etapa del capitalismo mundial.


 


Cuba


 


Cuba y Puerto Rico eran las últimas colonias que permanecían en manos españolas al finalizar el siglo XIX. Los grandes terratenientes cubanos, en ocasión de las guerras de liberación del continente americano, prefirieron permanecer bajo el ala española, temerosos del volcán que podía representar la enorme base de esclavos negros sobre la que se asentaba el cultivo de café y azúcar, y mucho más imbricados económicamente con España que el resto del continente. Hacia la década de 1820 España ya concede la libertad a Cuba para comerciar con otras potencias, lo que es aprovechado por los hacendados para vender sus cultivos a Estados Unidos. Relegado el café a un segundo plano, la venta de azúcar crece paulatinamente durante todo el siglo, la refinación se maquiniza muy parcialmente a través de ingenios, muchas veces movidos con energía animal, y ya hacia la década de 1860 Cuba es una de las principales productoras de azúcar del mundo, siendo su principal comprador Estados Unidos.


 


A diferencia de las colonias americanas en momentos de las revoluciones de 1810 a 1820, una gran parte de la población cubana es española de nacimiento, y no son sólo los que están aferrados a la burocracia parasitaria. Gran cantidad de españoles, sobre todo gallegos, van a Cuba por un trabajo, y tanto entre la clase trabajadora como entre el pequeño empresariado se pueden encontrar españoles que van trabando las tendencias independentistas que anidan casi exclusivamente entre la pequeño burguesía ilustrada. Un sector de la oligarquía cubana es partidaria de la autonomía, es decir el autogobierno de la isla pero jurando fidelidad al soberano español. Pero el autonomismo es violentamente relegado (y a veces reprimido) por el intransigente gobierno español, el cual en toda su historia hasta 1931 no supo encontrar otro método que el garrote para tratar a sus sectores dominados.


 


Por otra parte, la enorme dependencia económica de Cuba con respecto a Estados Unidos va creando entre los hacendados el deseo de subordinarse a la gran potencia del norte (tendencia llamada "anexionismo"), cambiando de amo y pasando a ser una estrella más de la bandera yanqui. Hay que considerar que hacia fines de siglo la relación entre Cuba y Estados Unidos no es sólo de comercio bilateral, además el capital norteamericano se ha ido comiendo al capital nativo, invirtiendo en las grandes haciendas azucareras (el más grande inversor norteamericano es Edward Atkins), o ejerciendo el control del precio del azúcar a través de una unión de compradores llamado Trust de Havemeyer. Como afirma el mismo Atkins, "las clases altas de Cuba temen la independencia" (1).


 


Frente a una oligarquía que se dividía en su servilismo ante España o Estados Unidos, el independentismo estaba resumido a ciertos sectores de la pequeño burguesía liberal, en el seno de la cual nace José Martí, joven abogado que participa de la primera guerra contra España (1868-1878) aunque es rápidamente encarcelado y deportado a la Madre Patria.


 


La clase obrera, hacia fines de siglo, tiene un gran desarrollo (2), centrada en la industria del tabaco, del azúcar y, marginalmente, transporte, puerto y construcción. Luego de algunas décadas bajo la dirección del reformismo, hacia 1885 empiezan a prevalecer las direcciones anarquistas. En el Primer Congreso obrero de 1892 se discute y aprueba el apoyo a los intentos independentistas, que empiezan a cobrar vigor y dan nacimiento al Partido Revolucionario Cubano, dirigido por Martí en Estados Unidos.


 


La guerra de independencia


 


En mayo de 1895 desembarcan los primeros contingentes libertadores de Cuba, en el oriente de la isla, conducidos por el mismo José Martí, que muere a los dos meses de desembarcar, el viejo general Máximo Gómez (que ya había comandado la guerra de 1868) y el caudillo mulato Antonio Maceo, que morirá en una emboscada al año siguiente.


 


Su táctica, como en la guerra anterior, consistía en no ofrecer batalla abierta al ejército español, mayor en número y en preparación, sino desarrollar una guerra de destrucción: a las plantaciones que no pagaban un "impuesto revolucionario" las incendiaban, quemaban las cosechas, liberaban a los esclavos y los ganaban para la causa revolucionaria. De esta forma fueron generando el caos económico y social en la isla, eludiendo siempre al ejército enemigo y manteniéndose a través del apoyo de las masas populares y de la expoliación de las ciudades que lograban dominar.


 


La política de España se resumió en los primeros años a reprimir a sangre y fuego la sublevación. Primero a través del general Martínez Campos y, luego de un año en que el levantamiento no pudo ser sofocado, enviando al general Valeriano Weyler, quien se destacó por su salvajismo y su ferocidad en la lucha anti-insurgente. Una de sus tácticas más cuestionadas, dentro y fuera de Cuba, consistía en las llamadas "reconcentraciones": como los insurgentes eran fuertes en el campo y la sierra, pero no en las ciudades, el ejército español obligaba a toda la población rural a concentrarse en las ciudades, en especial aquellas fortificadas o amuralladas, donde se supiera que merodeaba el ejército independentista. Eso creaba un caos de hacinamiento y superpoblación, que multiplicaba la bancarrota económica que ya se hacía sentir en Cuba. La fiebre amarilla mató más soldados españoles que las balas revolucionarias. El hambre y el desabastecimiento hicieron el resto. Por otra parte, las "reconcentraciones" fueron absolutamente inútiles en la lucha contra la revolución.


 


Como Weyler reconoce, el centro de la conspiración en las ciudades son las fábricas de tabaco, y eso a pesar de que gran parte de sus obreros son gallegos, trabajadores experimentados de la fábrica de tabacos de Galicia. Por otra parte, las plantaciones de tabaco están siendo incendiadas por los rebeldes, lo cual provoca la desocupación de los obreros tabaqueros, quienes "naturalmente van a engrosar las filas de la insurrección" (3).


 


Por otra parte, ya en 1896 la guerra de independencia de Cuba se había transformado en un asunto internacional. Por un lado se despertó el interés de Estados Unidos en la suerte que correría tanto Cuba como Puerto Rico. Por otro lado, en Filipinas, colonia española en el otro extremo del mundo, estalló también una sublevación independentista dirigida por el general Emilio Aguinaldo. Por último, el destino del decaído imperio español involucraba la salud de la propia monarquía española, jaqueada por las feroz oposición de derecha (ultranacionalista e imperialista) y los cuestionamientos de la izquierda republicana.


 


Estados Unidos


 


La política de expansionismo norteamericano sobre América ya fue enunciada por el presidente Monroe en 1824: ninguna potencia europea debía tener soberanía sobre territorio americano. Con el correr del siglo, esta doctrina se iría transformando en el intento del propio Estados Unidos por hegemonizar el continente. Paralelamente, los estados de la Unión, que en principio sólo ocupaban el centro y nordeste del actual territorio norteamericano, se fueron extendiendo territorialmente no sólo hacia el centro-oeste, sino ampliando sus fronteras a través de la adquisición de territorios limítrofes en manos de otros imperios: Francia cede la Louisiana, en el sur, en 1803; la península de Florida, bajo el dominio de España desde la conquista de América, es comprada en 1821; entre 1845 y 1848 es ocupado por la fuerza el sudoeste: California, Nuevo México, Texas; en 1867, Rusia cede Alaska. Esta expansión territorial obedecía a la necesidad de consolidar sus fronteras, extenderse desde el Atlántico al Pacífico y, a la vez, correr a otras potencias que pudieran ejercer alguna competencia en la región.


 


Con respecto al problema de Cuba y Puerto Rico, siendo las últimas colonias de un imperio en decadencia, fueron varios los intentos norteamericanos por comprarlas. Ya el presidente John Q. Adams, en 1828, había dejado planteado que Cuba, más tarde o más temprano, se desprendería de su tutela española y caería bajo la órbita norteamericana. El presidente Buchanan, veinte años después, hizo el intento más serio por adquirirla, pero se encontró con la total negativa española.


 


Hasta la finalización de la guerra civil (1865) los intereses que primaban en Estados Unidos eran los de los esclavistas del sur. La vía de salida preferida para los productos de las plantaciones sureñas era el río Missisipi, cuya desembocadura estaba justamente enfrentada al extremo occidental de la isla de Cuba (4). La presencia de una potencia extranjera hostil en ese punto, económicamente estratégico para la Unión del Norte, representaba un problema a largo plazo para Estados Unidos.


 


Los planes por Cuba y Puerto Rico fueron archivados después de los primeros levantamientos independentistas en ambas islas, en 1868. Estados Unidos podía planear una colonia propia, pero no podía desear islas liberadas por sus propias fuerzas. Como dice el nacionalista mexicano Carlos Pereyra (5), "les aterrorizaba pensar que al hacerse Cuba independiente, por esfuerzos propios o con el auxilio extraño, ya de Inglaterra, ya de Colombia y Méjico, el acto de su emancipación como colonia envolviese el de la emancipación de sus negros". Una república negra en Cuba o Puerto Rico era inadmisible para Estados Unidos, por su racismo y por sus intereses. De allí que su política entre 1865 y 1895 fuera más de espera que de agresión. Esperaban que la "fruta madura" cayera del árbol español, atraída a la vez por la sumisión económica al poderoso dólar norteamericano.


 


La insurrección independentista de 1895 generó una gran expectativa en el mundo político norteamericano. El gobierno (con Cleveland como presidente hasta marzo de 1897 y, a partir de ese mes, Mac Kinley) era un claro enemigo de apoyar o reconocer al bando insurgente, pero era favorable a la desestabilización del poder español, tanto en Cuba como en Puerto Rico. La intención primera no era intervenir militarmente y apoderarse de las islas. En esto era acompañado claramente por los banqueros, Wall Street y por el gran capital invertido en la isla. Por ejemplo Edward Atkins, gran propietario del azúcar en Cuba y viejo amigo del Secretario de Estado yanqui Richard Olney, intercede directamente ante el gobierno en favor de la autonomía de Cuba y en contra de los reclamos de los insurgentes. Hay que tener en cuenta que sus plantaciones están siendo incendiadas por ellos. Como enfatiza Hugh Thomas (6), "Los barones del azúcar, Atkins y Havemeyer, no estaban especialmente interesados en la intervención de los Estados Unidos, pero querían la paz, aún si ésta sólo pudiera ser asegurada por la intervención."


 


Pero la prensa amarilla, los diarios sensacionalistas de Estados Unidos, empiezan a darle un lugar preponderante a las noticias sobre Cuba. Incluso el diario de William R. Hearst, el Journal, envía corresponsales a la isla, se dedica a excitar la indignación del pueblo norteamericano, amante de la libertad, por el "sufriente destino" de los rebeldes cubanos, objeto de los vejámenes del ejército español, patrocina en 1897 el desembarco en la isla de una delegación congresal para observar en el terreno la situación del pueblo cubano y hasta envía un periodista para liberar a la hermana de un insurrecto, detenida en una cárcel de máxima seguridad, cosa que logra sobornando a los guardacárceles. Con el cambio de mando del ejército español en Cuba, empezaron a explotar las atrocidades de Weyler y lo pintaron con sus peores colores para denunciar la política despótica de España con sus colonias americanas.


 


A la campaña de los diarios, se le sumará luego una parte del propio Estado. En marzo de 1897 cambia el gobierno en Estados Unidos y asume el presidente electo, William MacKinley. Algunos congresistas lo presionan para que elija como Secretario de Estado de la Armada al joven Theodore Roosevelt, que es un decidido y confeso partidario de la guerra contra España. No sólo encabeza la tendencia probélica en el gobierno, sino que, una vez hundido el Maine en 1898, es el principal portavoz de la histeria expansionista. Teddy Roosevelt, que es lanzado a las primeras filas de la política norteamericana a raíz del conflicto cubano, hace más popular la guerra y se monta en la cresta de la ola para dirigirla, crea un cuerpo de voluntarios (los Rough Riders) que se destaca en la única batalla terrestre que habrá en la isla de Cuba y más tarde utiliza esa popularidad para ser elegido gobernador del estado de Nueva York, inmediatamente vicepresidente de Mac Kinley y luego presidente electo, con una votación arrolladora.


 


Pero todo el clima belicista que imperaba en Estados Unidos se multiplicó enormemente con el hundimiento del acorazado Maine. El 15 de febrero de 1898 estalla la santabárbara del barco, que se quiebra en dos y se hunde rápidamente. De una dotación de 355 hombres, mueren 260.


 


España


 


La situación de España es muy difícil. Por un lado, el jefe de gobierno, Cánovas sólo quiere negociar con los rebeldes una vez que éstos hayan sido reducidos. Negociar antes de la paz, a sólo uno o dos años del levantamiento, es negociar en retirada y en debilidad. Por otro lado, la independización de las últimas colonias del otrora enorme imperio español (en 1896 se sublevan también las Filipinas), puede hacer entrar en colapso al régimen político y a la monarquía. De hecho, ante la realidad europea que se vive, la vigencia del rey de España está atada a la vigencia del imperio, y éste sin colonias ya no existe.


 


La oposición política, a la izquierda y a la derecha del gobierno, recrudece sus ataques. Tanto los carlistas (monárquicos) como la izquierda, representada por los republicanos, esperaban que la prolongación de la guerra hiciera entrar en colapso a la casa reinante. También los autonomistas catalanes empezaron a levantar cabeza. "La única esperanza para la opinión pública española era que la guerra terminara rápidamente" (7). Los métodos de Weyler parecían demasiado lentos. Si los rebeldes se escondían en el campo, ¿por qué no se los podía encontrar y batir? Sus métodos salvajes, malos en tanto eran aprovechados por la opinión pública norteamericana para descargar sus críticas sobre España, no tenían tampoco el beneficio de la efectividad. Por otra parte, los costos eran enormes, tanto en dinero como en hombres, ya que éstos caían como moscas ante la fiebre amarilla y otras enfermedades tropicales.


 


Así, los sectores belicistas eran los que marcaban el ritmo de la situación, y el gobierno caminaba por una difícil cornisa, acosado por la oposición política, por un agresivo imperialismo norteamericano, por los rebeldes cubanos y filipinos y por sus propias necesidades diplomáticas, que lo obligaban a mostrarse fuerte mientras su castillo de naipes se iba derrumbando.


 


Cánovas decide en febrero de 1897 otorgar una serie de reformas constitucionales, dando una autonomía restringida a Cuba. La isla elegiría sus propias autoridades, salvo el capitán general, que mantendría el poder militar. Por otra parte juraría lealtad al rey de España y participaría de las Cortes españolas. Pero recién se votará la propuesta en noviembre de ese año, en las Cortes, ya con el nuevo gobierno español de Sagasta y Moret. El primer gobierno autónomo asume en diciembre de 1897, encabezado por José María Gálvez y otros dirigentes del ya viejo partido autonomista.


 


La reacción tanto del gobierno como de la prensa seria de Estados Unidos fue favorable a la reforma autonomista, y a partir de esto España tuvo la esperanza de que se restringiera la actividad de la Junta de Gobierno de los rebeldes cubanos, que funcionaba en Nueva York.


 


Pero los rebeldes mantuvieron la lucha, rechazando la farsa de la autonomía y desarmando el dispositivo continuista español. Por otra parte, mientras hubiera guerra el país viviría bajo el estado de sitio y el comando militar, con lo cual la autonomía no pasaba en ese momento de ser una expresión de deseos. En España, los ultranacionalistas fueron contrarios a la autonomía, a la que vieron como una concesión a los rebeldes y a Estados Unidos.


 


En junio de 1897 es asesinado Cánovas por un anarquista italiano, en venganza por las matanzas de anarquistas en Montjuich, Barcelona. Esto conlleva profundos cambios en la política española. La Reina Madre encarga formar gabinete al líder liberal Práxedes Sagasta, Weyler renuncia a su puesto como capitán general de Cuba y es reemplazado por el General Ramón Blanco. El reemplazo de Weyler podía significar un cambio de actitud de Estados Unidos, ya que el blanco principal de los ataques de la prensa amarilla se descargaba sobre las atrocidades, algunas incluso imaginarias, de aquel general español.


 


La guerra


 


¿Quién hundió al Maine? Norteamérica no aceptó formar una comisión examinadora conjunta con España y formó la suya propia con el objeto deliberado de acusar al ejército español. La comisión formada por España concluyó que había sido una explosión accidental. Los chauvinistas y nacionalistas yanquis aprovecharon el hecho para desatar en Estados Unidos una campaña histérica de agresión a España. Un nuevo examen de 1975 hecho por el almirante norteamericano Hyman Rickover concluyó que la explosión se debió a errores de diseño del barco, pues la pólvora estaba depositada en contenedores de cobre, en el fondo del barco, al lado de los depósitos de carbón.


 


Lo concreto es que a partir del hundimiento del Maine los sucesos se precipitan. Mac Kinley, a pesar de que subjetivamente parece estar esperando la resolución pacífica del conflicto, comprende que la guerra es en ese momento enormemente popular y que, por otra parte, España tiene poco margen para maniobrar. Envía un ultimátum a España, que cede en todo: amnistía, conversaciones de paz, indemnización a Estados Unidos por el Maine, retiro de tropas, etc. Pero no cede en la independencia. La opinión pública española, al igual que la norteamericana, está histerizada por los aprestos militares y se desconfía del gobierno por su debilidad y vacilación en cuanto a encarar la guerra contra Cuba y Estados Unidos.


 


Sagasta, al igual que Cánovas, sólo teme un descalabro social que hunda a la monarquía. Encerrado entre los revolucionarios cubanos, su oposición de derecha y, fundamentalmente, Estados Unidos, al gobierno español no le queda otra opción que retroceder paulatinamente hacia una guerra en la que nada indica que España saldrá victoriosa. Como en todas estas situaciones, la guerra no es más que la continuación de la política por la cual se llegó a ella. Si España era ya un imperio en decadencia y Estados Unidos una enorme potencia emergente, las continuas vacilaciones, los retrocesos tácticos (otorgamiento de la autonomía) y las concesiones finales, minutos antes de la guerra, no llevaban a otro lugar que a la derrota militar de España.


 


Así lo reconoce John D. Long, ministro de Marina de Estados Unidos, en un artículo del Boston Journal del 15 de abril de 1898 (dos meses después del hundimiento del Maine y a días de la declaración de guerra): "¿Comprenden ustedes que el Presidente ha logrado conseguir de España una concesión en cada una de las bases presentadas, que España ha cedido en todo menos en la independencia de Cuba, que ha libertado a todos los presos norteamericanos, que ha retirado a Weyler y a De Lome, que ha modificado su orden de concentración, que ha consentido en proporcionar víveres, que ha decretado un armisticio? En la historia de los últimos seis meses no ha hecho más que acelerar su retirada de Cuba" (8).


 


El gobierno español, a esta altura, sólo quería una guerra breve, lo más incruenta posible, aun descontando un resultado negativo. Con ello lograba mantener su integridad política y desarmar los críticas de los ultranacionalistas, poniéndoles delante de la objetividad de la derrota bélica.


 


El 21 de abril Estados Unidos declara la guerra a España por la independencia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El 22, el general Blanco quizás sin la autorización del gobierno español le escribe al general rebelde Máximo Gómez y le propone un acuerdo para rechazar la invasión norteamericana. Los cubanos recibirían armas del ejército español y juntos lucharían contra los yanquis. Es interesante la respuesta de Máximo Gómez:


 


"Usted representa una vieja y desacreditada monarquía y nosotros luchamos por los mismos principios que Bolívar y Washington. Usted dice que pertenecemos a la misma raza y me invita a luchar contra el invasor foráneo. Yo sólo conozco una raza, la humanidad, y para mí sólo existen buenas y malas naciones Hasta ahora yo sólo tengo motivos de admiración hacia los Estados Unidos. He escrito al Presidente Mac Kinley y al General Miles agradeciéndoles por la intervención norteamericana Yo no veo el peligro de nuestra exterminación por los EE.UU. como usted refiere Si esto llegara a pasar, la historia me juzgará. Por el momento, sólo tengo que repetirle a usted que es demasiado tarde para entendimientos entre su ejército y el mío." (9)


 


Como se ve, la dirección del ejército independentista se entregaba atada de pies y manos a su futuro amo. Con esa ceguera política que suelen ostentar las clases dirigentes de los países atrasados, Gómez consideraba todavía que el conflicto al que se asistía ponía a Bolívar y Washington de un lado y al opresor ultramarino del otro. Con sólo conocer el ansioso expansionismo territorial y/o económico de la gran potencia del norte, Gómez y la dirección cubana habrían comprendido que una nueva situación estaba en juego. Estados Unidos ya no era una hermana mayor de las retrasadas colonias antillanas, sino que se estaba preparando desde los conceptos de Monroe para jugar en América un papel de hegemonía.


 


José Martí o Antonio Maceo seguramente no habrían sido tan favorables a una alianza con los norteamericanos. De hecho, Martí planteó la urgencia del levantamiento rebelde en Cuba ante la certeza de que Estados Unidos se aprestaba a apoderarse del Caribe y las Antillas ("impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos"). Pero el mismo Martí reconoce que nunca hizo públicas sus observaciones sobre el imperialismo norteamericano ("En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas") (10). Pero Martí fue más sigiloso con sus consideraciones geopolíticas que con la preparación de una insurrección libertadora en Cuba. De haber publicitado sus posiciones, al menos entre la dirección del Partido Revolucionario Cubano, se habrían podido anticipar los sucesos de la intervención yanqui y actuar en consecuencia. Su muerte prematura dejó al desnudo la falta de preparación política tanto de la dirección militar como de la Junta de Gobierno provisional en Nueva York, quienes se sometieron todos a los dictados del nuevo salvador.


 


Incluso el gobierno en el exilio, dirigido ahora por Bartolomé Masó, proclama la alianza de facto entre Estados Unidos y Cuba para echar a los españoles. Muchos de los restantes miembros de este gobierno en las sombras son aliados ardientes y aún agentes directos de los yanquis. Tomás Estrada Palma, jefe del gobierno en la anterior guerra, en la de 1895 hasta 1897 y que será el primer presidente de la república amordazada desde 1902 a 1906, es un aliado casi incondicional de Norteamérica. Por otra parte, no hacía falta tanta preparación política para oponerse a los yanquis y sí un poco más de sentimiento nacional. En Filipinas, el joven general Emilio Aguinaldo, que dio comienzo a la guerra de liberación en 1898, se rebeló contra la intervención norteamericana y luchó contra ella hasta que fue apresado. En su guerra de liberación antinorteamericana, más de medio millón de filipinos murieron entre 1898 y 1902, lo que demuestra que el pueblo es un decidido partidario de la libertad cuando encuentra una dirección que lo lleve a la lucha.


 


La guerra entre Estados Unidos y España es corta. Se resume a un ataque por tierra a los cuarteles de la ciudad de Santiago, batalla conocida como de las colinas de San Juan, y una batalla naval en la bahía de Santiago que echará en el olvido toda esperanza de recuperación del ejército español.


 


Rápidamente, Estados Unidos se reúne con España en París y firma el tratado de paz (10 de diciembre de 1898). Estados Unidos no sólo nunca ha reconocido a los rebeldes como fuerza beligerante, sino que se arroga el derecho de firmar el tratado de paz por encima de los intereses y deseos del pueblo cubano. A partir de ahora, Estados Unidos tiene el poder formal y real para hacer lo que quiere.


 


El ejército yanqui ocupa militarmente la isla, nombrando dos procónsules, el general Brooke en el Occidente (La Habana) y el general Wood en el Oriente (Santiago). ¿Qué hacer con el ejército rebelde? El gobierno envía 3 millones de dólares con los cuales se le "compran las armas" a los insurgentes, a razón de 75 dólares por soldado. Con esto logran desarmar a los cubanos y moderar los efectos del desabastecimiento y el hambre que han imperado en la isla durante los últimos 4 años.


 


Ni bien finaliza el conflicto armado se reanudan los conflictos obreros. Se reestructuran algunas centrales sindicales, nuevamente dirigidas por reformistas unas y por anarquistas las más, y se organizan los gremios de tipógrafos, tabaqueros, estibadores, construcción, etc. Los anarquistas reclaman que al trabajador cubano se le reconozcan los mismos derechos que tienen los trabajadores en Estados Unidos (8 horas). Por otra parte, los salarios se pagan en moneda española, moneda que se está depreciando aceleradamente. Es por ello que algunas huelgas obreras reclaman el pago en dólares y hasta la sextuplicación del salario.


 


A fines de setiembre de 1899 se llega a una huelga general. Pero las luchas son reprimidas, los dirigentes encarcelados y los más reformistas incluso son utilizados bajo coacción como frenos directos del movimiento obrero. En una manifestación ante la casa de gobierno de La Habana, dos dirigentes son retenidos y luego asomados al balcón para reclamar a los obreros que retornen a sus hogares (11).


 


El comité de la huelga, que finaliza el 29 de setiembre de 1899, termina claudicando frente a las autoridades norteamericanas. El movimiento obrero sufre un retroceso, que irá superando lentamente años después. Pero ya esta situación de fin de siglo, tomada como si fuera una instantánea, nos revela una situación de las clases sociales en Cuba que prevalecerá hasta el advenimiento al poder de la revolución castrista: terratenientes y burgueses, aliados preferentes de los yanquis, pequeño burguesía democrática borrada del mapa político (es decir, entregada a la política burguesa, sobre todo a través de los nuevos partidos democráticos de la burguesía cubana), y la clase obrera como única heredera de los ideales democráticos y progresistas, a la vez que en la lucha por sus necesidades cotidianas.


 


Una vez que Estados Unidos comprobó que la insurgencia obrera o negra no era de temer, y que todos los partidos oligárquicos aceptaban de buena gana el protectorado yanqui, se decidió a abandonar la isla, pero manteniendo un reaseguro legal para volver en cualquier momento. Los cubanos aprobaron una constitución a la que el gobierno norteamericano le agregó una cláusula (llamada Enmienda Platt por su redactor, el senador Orville Platt), por la cual "el Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos pueden ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana, el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual" (12). La Enmienda Platt también le prohibía a Cuba firmar tratados con potencias extranjeras que no fueran Estados Unidos, endeudarse por arriba de sus posibilidades de pago, le negaba la soberanía sobre la importante Isla de Pinos y le garantizaba a Estados Unidos la compra de tierras para minas de carbón o estaciones navales. Esta Enmienda fue agregada a la constitución cubana, lo cual fue condición para el retiro de las tropas yanquis. Como resultado, Cuba quedaba reducida a un estado de semiesclavitud similar a la China anterior a Mao: sin fronteras, sin aduanas, sin soberanía, con el peligro de intervención militar como una espada de Damocles pendiente sobre su cabeza en forma constante. No debía resultar sorprendente, entonces, que fuera Cuba la primera revolución socialista del continente.


 


Las Antillas y el Caribe


 


El problema de Puerto Rico fue más sencillo que el de Cuba. La oligarquía puertorriqueña se volcaba, al igual que la cubana, por el mantenimiento del sometimiento a España o por el autonomismo. El grado de oposición independentista era infinitamente menor que en Cuba. Los pocos revolucionarios que intentaron un levantamiento en 1869 fueron fácilmente reprimidos y los sobrevivientes fueron al exilio. El grado de organización obrera era insignificante (13).


 


Pero Puerto Rico tenía una posición estratégica en las Antillas que no tenía Cuba: era la isla más avanzada en el océano hacia el este, con lo cual era como la puerta de entrada para todo el Golfo de México. Por el artículo 2 del Tratado de París se afirmaba: "España cede a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones" (14). Estados Unidos optó por ocuparla en forma indefinida, a diferencia de Cuba para la que preservó el status de semicolonia legal con posibilidad de intervención permanente.


 


Pero asegurada sin batalla la puerta de entrada del Golfo de México, debía asegurarse la salida. El canal de Panamá, que ya estaba planificado desde años antes, era esa salida y comunicaría todo el comercio de Europa con Oriente. Por otra parte, era vital para el desarrollo de la costa oeste de Estados Unidos. Norteamérica no podía permitir que hubiera vacilaciones en cuanto a quién dominaría militar y comercialmente ese paso.


 


Panamá era hasta entonces una provincia colombiana. El gobierno norteamericano empezó negociaciones con Colombia de manera de lograr que el canal se construyese por el istmo panameño pero logrando la propiedad de las tierras a ambos lados del canal para Estados Unidos. El parlamento colombiano mostró ciertas reticencias, aumentó el monto exigido como indemnización, y Estados Unidos decidió entonces provocar un levantamiento en la provincia de Panamá, que llevaría a la separación de Colombia.


 


Esta operación, realizada en noviembre de 1903, fue pergeñada entre un aventurero francés, Bunau Varilla, y el inefable Teddy Roosevelt, a la sazón presidente de los Estados Unidos. Inmediatamente de producido el levantamiento en Panamá, se declaró su independencia y Bunau Varilla corrió a Estados Unidos a firmar el tratado conocido como Hay-Bunau Varilla, por el cual se le otorgaba a Estados Unidos la soberanía a ambos lados del canal a construirse. Cuando el delegado de la junta de gobierno panameño llegó a la Casa Blanca para acreditarse y negociar la construcción del canal, se encontró con que el tratado ya había sido firmado. Esto es lo que los yanquis llaman libertad en la competencia: Bunau Varilla firmó y al gobierno de Roosevelt no le importaron las acreditaciones legales correspondientes (15).


 


Tan escandalosos fueron los sucesos de Panamá, dentro y fuera de Estados Unidos (porque aun el avasallamiento y la esclavización deben mantener ciertas formas a las que Roosevelt no era afecto), que pasados algunos años Estados Unidos debió indemnizar a Colombia, expresando "un sincero pesar por lo ocurrido el 3 de noviembre en Panamá, que hubiera podido ser causa de interrupción de la relación entre los dos países" (16). Por el Tratado Thomson-Urrutia, de 1914, Colombia podía atravesar libremente el canal de Panamá, transportando armas, mercaderías o tropas, sin pagar ningún derecho a Estados Unidos. Este tratado, por el reconocimiento norteamericano que implica, debería ser denunciado ante la Corte Internacional de La Haya por conspiración, si no supiéramos que la Corte de La Haya es una reunión de los socios de todos los conspiradores del mundo.


 


Norteamérica muestra los colmillos


 


En el momento en que se precipitaba el conflicto con España, la postura frente a la guerra dividía a Estados Unidos en dos: mientras buena parte del congreso, la prensa y los jingoes expansionistas enardecían frente a lo que consideraban el magnificente destino norteamericano, desde Nueva York y Boston la plutocracia y Wall Street reclamaban la paz a toda costa. El Commercial and Financial Chronicle escribía el 2 de abril de 1898: "La propuesta de arreglar esta serie de acontecimientos por el mutuo asesinato de los ejércitos y las escuadras de las dos naciones es un borrón en el buen nombre de nuestro país" (17). Esta postura era compartida por casi todo el gabinete de Mac Kinley, hecho que permite afirmar a Leland Jenks: "Si alguna vez hubo una guerra exigida por el pueblo en desacuerdo con sus gobernantes políticos y financieros, no cabe duda de que esta guerra fue la que comenzaron los Estados Unidos el 21 de abril de 1898" (18).


 


La mística belicista llevada adelante fundamentalmente por Theodore Roosevelt tiene todas las características del nacionalismo agresivo, chauvinista y expansionista del fascismo posterior. Sin embargo, el fascismo de Hitler y Mussolini estaba basado, primordialmente, en la derrota violenta de la clase obrera del propio país con la cooperación de la pequeño burguesía, hecho que distaba mucho de ser la situación en Estados Unidos de fines del siglo XIX. Este populismo roosveltiano, que lo llevó a la presidencia en 1901 como sucesor de Mac Kinley (asesinado por un anarquista) y en 1905 ratificado por una masiva votación, estaba basado en el culto del mito del progreso económico y político individual, la desconfianza en la burguesía financiera y la exacerbación de las ínfulas imperialistas norteamericanas sobre el mundo.


 


Las dudas frente a la guerra del presidente Mac Kinley representaban la cautela de la burguesía financiera, que confiaba más en la fuerza de sus dólares y en la coerción a través del monopolio del comercio del azúcar que en una fuerza armada que a la corta o a la larga traería aparejada la resistencia del nativo. El populismo roosveltiano finalmente terminó acomodándose a una estructura perversa del imperialismo que consistió en alternar el dominio por el dinero con el dominio por el fusil, y de hecho llevó adelante la parte sangrienta del esquema.


 


Este patrioterismo, llamado "jingoísmo", recogía el legado de un "internacionalismo filantrópico" (19) de principios del siglo XIX, que consistía en llevar los ideales de libertad y justicia a todos los rincones del mundo y era contemporáneo de cierto internacionalismo liberal en Europa, que va desde Napoleón hasta los carbonarios (20). Ahora también, a fin de ese siglo, la demagogia consistía en mostrar las incursiones militares como una exportación de los principios altruistas del modo de vida americano, pero sazonados con una buena dosis de racismo y de militarismo.


 


A diferencia de los ideales primigenios, el patrioterismo ahora estaba sustentado en la idea de que las razas anglosajonas estaban destinadas por Dios para llevar a los pueblos el orden y la civilización. Como contracara de esto, las razas negras, latinas, amarillas, aborígenes, eran consideradas incapaces de administrarse a sí mismas y evolucionar en libertad. Se dio así el contrasentido, obvio para todo el mundo menos para estos norteamericanos, de justificar el asesinato, el avasallamiento y el sojuzgamiento de todo el planeta en nombre de las ideas de libertad, justicia y progreso, política llevada adelante siempre, desde el punto de vista militar, por un revoltijo de linchadores, psicópatas y drogadictos. Pero la derecha imperialista insiste: es la libertad.


 


El nuevo militarismo, elaborado teóricamente por un amigo de Theodore Roosevelt, el capitán Alfred Mahan (21), abogaba por el desarrollo de una marina de guerra fuerte, que pudiera a la vez garantizar el comercio norteamericano y llevar a todos los rincones del mundo las ideas de libertad y progreso. Pero además el militarismo se expresó también como un elogio de la guerra como purificadora de los pueblos. "Una guerra justa fomenta y conserva lo mejor y más elevado de la vida nacional", afirmaba el senador populista Harris. "La guerra no revela rasgos comerciales, pero pone de manifiesto los mejores rasgos del carácter: devoción, abnegación, valor", agregaba el senador demócrata Money. El mismo Roosevelt afirmó: "La paz es una diosa sólo cuando viene con la espada a la cintura Ningún triunfo de la paz es tan grande como el supremo triunfo de la guerra el diplomático es el sirviente, no el maestro del soldado" (22).


 


Como se puede apreciar, con la intervención yanqui en el Caribe se conforma el ideario imperialista, que dará justificación a la seguidilla de avasallamientos en toda América Latina y en el mundo. Se retoman los ideales de libertad de los padres del liberalismo americano, pero para darles ahora un significado completamente reaccionario y volcar los esfuerzos y las vidas del pueblo norteamericano en beneficio de los intereses de una clase opresora a nivel internacional.


 


 


Notas:


 


1. Thomas, Hugh, Cuba. The Pursuit of Freedom, Harper & Row, Nueva York, 1971, pág. 357.


2. Díaz, Hernán, "José Martí y el socialismo", En Defensa del Marxismo Nº 9, octubre de 1995.


3. Thomas, Hugh, op. cit., pág. 334.


4. Jenks, Leland H., Nuestra colonia de Cuba, Palestra, Buenos Aires, 1959, pág. 40.


5. Pereyra, Carlos, El mito de Monroe, Jorge Alvarez, Buenos Aires, 1969, pág. 205.


6. Thomas, Hugh, op. cit., pág. 336.


7. Thomas, Hugh, op. cit., pág. 347.


8. Jenks, Leland H., op. cit., pág. 68.


9. Thomas, Hugh, ob. cit., pág. 378.


10. "Carta a Manuel Mercado", reproducida innumerables veces, la tomamos de Ana Lamas González, Antecedentes históricos de la revolución socialista de Cuba, Ministerio de Educación, La Habana, 1987, pág. 106.


11. Melgar Bao, Ricardo, El movimiento obrero latinoamericano, tomo I, Alianza Editorial Mexicana, México, 1988, pág. 138.


12. Pichardo, Hortensia, Documentos para la historia de Cuba, tomo II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1976.


13. Maldonado Denis, Manuel, Puerto Rico, una interpretación histórico-social, Siglo XXI, México, 1969.


14. Lamas González, Ana, op. cit., pág. 121.


15. Pereyra, Carlos, op. cit., pág. 221 y ss.


16. Pereyra, Carlos, op. cit., pág. 238.


17. Citado en Jenks, Leland H., op. cit., pág. 78.


18. Jenks, Leland H., op. cit., pág. 80.


19. Curti, Merle, El desarrollo del pensamiento norteamericano, Zamora, Buenos Aires, 1956, pág. 582.


20. Hobsbawm, Eric, La era de la revolución.1789-1848, Labor Universitaria, Barcelona, 1991.


21. Curti, Merle, op. cit., pág. 583.


22. Thomas, Hugh, op. cit., pág. 342.


 

Rebelión en las colonias: Puerto Rico 1898

Reproducido de la revista Viento Sur (España, abril de 1998).


El "Número 2" en los planes del Ejército norteamericano en la guerra hispanoamericana fue invadido el 25 de julio de 1898. La resistencia del Ejercito español fue poco más que simbólica. De hecho, todo indica que la poca resistencia de las fuerzas peninsulares se debió, en buena medida, a las claras señales de que amplios sectores de la población no estaban dispuestos a sacrificar ni vidas ni propiedades en defensa del dominio español. El 12 de agosto se firma el armisticio. Para octubre se completa el traspaso de Puerto Rico a manos norteamericanas. Así terminan, sin pena ni gloria, cuatro siglos de dominio colonial español. ¿Cómo se encontraba el país en aquel momento? Durante la segunda mitad del siglo XIX, la industria del azúcar se había hundido en una profunda crisis. Diversos factores depresión de la economía internacional, desarrollo técnico de la refinación, unificación del mercado norteamericano, surgimiento de exportadores de azúcar de remolacha europeos habían implicado una creciente sobreproducción y una competencia recrudecida en el mercado mundial del azúcar. Tan sólo los más eficientes podían sobrevivir en ese ambiente. En regiones como Puerto Rico, que producían azúcar cruda de caña, ello imponía una acelerada transición del ingenio a la central que, a su vez, conllevaba una compleja y costosa transformación técnica, así como la diferenciación de la clase hacendada (entre centralistas y colonos) y la formación de una clase obrera asalariada. Para 1897 era evidente que los azucareros puertorriqueños estaban naufragando en las aguas de esa transformación. Durante esas décadas, sin embargo, la producción de café en la región central y occidental de la isla vive una expansión extraordinaria: el 98 vendría a cortar esa belle epoque cafetalera, único periodo de la historia isleña en que el centro de gravedad económico se localiza en el interior montañoso. La clase política del país entre la precariedad económica y la censura intermitente había ido coagulando una frágil esfera pública, en la que ya se movían algunas revistas de importancia, pocos pero a menudo combativos periódicos y en la que surgían elementos de una literatura que se planteaba la búsqueda de una identidad isleña. Liberal, progresista, crítica, esa fina capa letrada de las clases poseedoras generó más de un texto que todavía sorprende por su ingeniosidad. Desde la ironía de El Gibaro, de Alonso, pasando por el temprano feminismo de Póstumo el Transmigrado, de Tapia, hasta la crítica social de La charca, de Zeno, se detecta en la intelligentsia criolla una clara voluntad de mantenerse al tanto de lo que pasa en Europa y Estados Unidos, ejercicio del cual la metrópoli peninsular salía mal parada.


 


La expresión política de esta situación fue la consolidación del movimiento autonomista, que en 1887 se organiza en partido. El autonomismo insistiría en que Puerto Rico debía gozar no sólo de iguales derechos que otras regiones del reino, sino que además su gobierno merecía opciones que se adaptaran a su situación (geográfica, económica) particular. De ahí las exigencias de un régimen autonómico. Existía otra figura de la política isleña: el separatismo revolucionario, que desde el exilio dirigían figuras como Betances, Hostos y Sotero Figueroa.


 


Republicanos, radicales, incansables conspiradores y propagandistas, este sector laboró desde Nueva York, París, Haití, Tampa y diversos puntos de Sudamérica, por la independencia tanto de Puerto Rico como de Cuba y por la idea que ellos tienen el honor de haber formulado por primera vez de la Confederación Antillana. El 98 encuentra de ese modo, a diversos sectores, en diferentes quehaceres. En París y Nueva York, los separatistas se entregan a la revolución cubana que se había reiniciado en 1895 bajo la dirección del Partido Revolucionario Cubano. En Nueva York, la sección de Puerto Rico del partido reúne a un grupo de artesanos de ideas sociales avanzadas su figura más destacada es Sotero Figueroa que desconfían del sector de profesionales (Roberto H. Todd, José Julio Henna) de claras inclinaciones anexionistas que toma la dirección formal de la sección. En Puerto Rico, el autonomismo intenta usar la presión que la guerra cubana pone sobre el gobierno español para arrancar las ansiadas reformas autonómicas. Ello genera, sin embargo, una división del autonomismo. Un sector insiste en su definición republicana y se opone a todo acuerdo con partidos monárquicos en la península. Otro sector, advirtiendo la debilidad de los partidos republicanos, favorece una alianza con liberales monárquicos dispuestos a conceder la autonomía. Cuando los últimos firman el conocido Pacto con Sagasta, el Partido Autonomista se divide: a un lado, los "ortodoxos" que repudian el Pacto; al otro los "liberales", que lo defienden. El asesinato de Cánovas por el anarquista Angiolillo que poco antes se había entrevistado y probablemente recibido ayuda del separatista Betances devuelve a Sagasta al gobierno y le abre la puerta a la reforma autonómica.


 


En noviembre del 97, se promulga la autonomía. Cinco meses después Estados Unidos declara la guerra. El Gobierno autonómico nace con los días contados. Si bien las consecuencias del 98 generaron posteriormente nostalgias por la tronchada autonomía (o llamados a retomar lo que se concebiría como una evolución orgánica del país interrumpida por la invasión), lo cierto es que en el 98 mismo el sentimiento reinante en el país fue en lo fundamental de optimismo. Los demócratas confiaban en la rápida instalación de un régimen liberal. El naciente movimiento obrero atisbaba mayores espacios para desarrollarse. Los azucareros soñaban con el acceso al mercado protegido de Estados Unidos: los cafetaleros confiaban en complementar sus mercados con una mayor salida a los consumidores del Norte. Ante tales promesas, la Carta Autonómica se presentaba como pálido fósil de otra época. De ahí que los partidos que "ortodoxos" y "liberales" fundaron en 1899 formularan programas con la misma exigencia: Puerto Rico debía convertirse en Estado de Estados Unidos. Mientras esos sectores gestionaban la anexión, en el campo surge un ultimo zarpazo popular de repudio al antiguo régimen. Luego de décadas de miseria sin esperanza, bandas de sectores desposeídos las llamadas partidas sediciosas o "tiznaos" aprovechan el interregno entre el colapso del aparato represivo español y la instalación de las nuevas autoridades para asaltar propiedades y humillar propietarios en el interior del país. Algo esta claro: nadie lloró mucho el fin de la época que se cerraba en 1898. La vista estaba puesta en el futuro, no en el pasado, en Washington y no en Madrid. Para muchos, como diría una figura de la época, "el desengaño sería cruel".


 


En España, el "desastre del 98" inspiraría una angustiada reflexión. La obra de esa generación tendría un importante efecto retardado en Puerto Rico. Así, cuando en la década del treinta una importante promoción de autores con el balance de cuarenta años de colonialismo norteamericano a la vista y en medio de la depresión se replanteó el problema de la cultura y de la identidad puertorriqueña, su análisis de lo que en ese momento se bautizaría retrospectivamente como el "trauma del 98", tendría como modelo la obra de la "generación del 98". Pero se trata, como indicamos, de un efecto retardado. En 1898, la atención se dirige hacia los debates en la nueva metrópoli. Hay que recordar que Estados Unidos también tuvo, si no una generación, un gran debate del 98, en el que muchos plantearon que ese país tenia ante sí grandes definiciones.


 


¿Qué hacer con Filipinas y Puerto Rico?


 


En 1900 el Congreso dio una primera respuesta a la pregunta: aprobó la llamada Ley Foraker que establecía un gobierno civil en Puerto Rico a la vez que se rehusaba (a través de sus disposiciones arancelarias) a reconocer a Puerto Rico como parte de Estados Unidos. Esto, para los críticos de la ley, constituía un atentado a toda la tradición republicana. Según ellos, Estados Unidos podía gobernar territorios que, como futuros Estados, ya eran parte de Estados Unidos o podía y debía concederle la independencia a los territorios que no quería incorporar a la Unión. En todo caso, no podía gobernar territorios y a la vez excluirlos de la Unión: tales territorios serían colonias y Estados Unidos se convertiría en poder colonial. ¿República o poder colonial? El debate que esa pregunta desató merecería consideración aparte.


 


Es en ese contexto que Kypling redacta su White Mans Burden, invitación a que Estados Unidos asuma la "encomienda del hombre blanco" y se una al club de los poderes coloniales. Para otros, detrás del empuje colonial se encontraban los trusts e intereses financieros que también se presentaban como amenaza a la pequeña propiedad. De retazos del populismo agrario y urbano, del movimiento obrero y socialista y del reformismo anti-trust surgió así, en Estados Unidos, una no despreciable oposición a la Ley Foraker y sus aplicaciones.


 


No todos los oponentes de la ley eran demócratas consecuentes: los productores de azúcar de remolacha temían que el trust del azúcar (su competidor) se fortaleciera una vez se apoderase de la producción de caña en las islas. Por otro lado, no pocos antimperialistas se oponían a la anexión porque "razas inferiores" no debían convertirse en parte de la república anglosajona. Esa compleja coyuntura que no podemos examinar aquí enmarca las decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos, en los conocidos Casos Insulares, en los que se fijaron los límites de buena parte de la política y de la economía puertorriqueñas del siglo XIX. En esas decisiones se definió a Puerto Rico como territorio no incorporado, es decir, como posesión, pero no parte de Estados Unidos.


 


Desde hace casi cien anos Puerto Rico se mueve en esa órbita de la no incorporación. Sería difícil encontrar un debate durante este siglo sobre política salarial, fiscal, migratoria o cultural por mencionar algunos temas que no implique directamente al tema de la relación de no incorporación: nuestro siglo XX ha sido el siglo de la no incorporación. Incluso en las ultimas dos décadas, las disposiciones que han atraído a las multinacionales que hoy dominan la economía insular (las llamadas corporaciones 936) dependen del hecho de que Puerto Rico se mantiene en ese espacio jurídico-colonial de la no incorporación. Pero esa es otra historia, más reciente. Aquí conviene ver consecuencias más inmediatas del nuevo régimen. A partir de 1900, las suertes del café y del azúcar se invierten: la segunda pasa a una expansión acelerada, que se extiende hasta la "danza de los millones" al finalizar la Primera Guerra Mundial y luego gracias a la política proteccionista de Estados Unidos durante la década del veinte hasta el comienzo del plan azucarero del New Deal de Roosevelt en 1934, con su sistema de cuotas. Se completa aceleradamente la transición a la central y al trabajo asalariado en condiciones monocultivo, trabajo estacional que implican una difícil situación para el proletariado agrícola. Por su lado, los azucareros del patio centralistas y colonos tienen que acomodarse a la presencia del capital norteamericano (vinculado a los refinadores continentales), que para la década del veinte ya muele la mitad del azúcar puertorriqueña. En cuanto al café, el cambio de soberanía dificulta su acceso al mercado europeo, a la vez que en el mercado norteamericano se enfrenta a la competencia del café brasileño.


 


La Primera Guerra Mundial cierra los mercados europeos por más tiempo del que ese sector puede aguantar: la década del veinte será de crisis cada vez más aguda. Así, temas como el monocultivo azucarero, la presencia del capital norteamericano, la situación del pequeño productor y del obrero agrícola y el destino del café animaron más de un debate en la primera mitad de siglo.


 


¿Cómo se articulan estos cambios con los reclamos de tipo nacional? Irónicamente el cambio de metrópoli facilita en más de un sentido la formulación de un proyecto nacional. Si bien la renegociación autonomista de la relación política con España implicaba un complejo proceso de gradual diferenciación cultural de la clase criolla (hacia una nueva identidad cultural propia), el 98 les separaba de golpe de España, a la vez que les colocaba ante una nueva metrópoli cuya cultura empezando por el idioma era indudablemente distinta de la del criollo. Los rasgos diferenciales de una nación puertorriqueña para el que quisiera articularlos en proyecto político serían mucho más evidentes ante el régimen yanqui que ante el español. De ahí que, a pesar de todos los intentos por negarla, el siglo XX haya sido escenario de una creciente (aunque siempre heterogénea y problemática) identidad nacional de los que habitan el "Número 2". Sin embargo, esa creciente y vigorosa conciencia nacional no se ha traducido en un poderoso movimiento independentista. Si bien las transformaciones que siguieron al 98 crearon el terreno para el nacimiento del movimiento obrero como nuevo agente social, también ayudaron a que viviera sus primeras décadas vinculado al sindicalismo conservador encarnado en la American Federation of Labor. Por su lado, los sectores más beneficiados por la nueva relación (como los azucareros) prefirieron acomodarse al régimen existente. Los menos favorecidos (como los cafetaleros) no articularon más que débiles peticiones de reforma. En ambos casos, las clases poseedoras desplegaban una política de reforma colonial en el contexto de la relación de no incorporación. Así, el autonomismo que parecía muerto en 1898 gozaría de una segunda oportunidad sobre la tierra bajo el régimen colonial norteamericano. El autonomismo, que dominaría la política puertorriqueña hasta hace poco y muchos dirían hasta el presente combina políticas de subordinación colonial con afirmaciones de la diferencia nacional puertorriqueña. Insiste en garantizar espacios para la identidad puertorriqueña dentro de la relación colonial. En ese sentido constituye la política más adecuada a la reproducción de la relación de no incorporación, que de un sólo gesto define a Puerto Rico como subordinado y a la vez distinto de Estados Unidos. De ese complejo laberinto colonial en que la subordinación y la identidad han desplegado una difícil dialéctica se ha intentado salir de diversos modos: el primer proyecto antimperialista en respuesta al 98 y en desafío al colonialismo norteamericano ya surge con Hostos y la Liga de Patriotas entre 1899 y 1903, iniciativa que se prolonga, con Matienzo y López Landron, hasta la fundación del primer Partido de la Independencia en 1912. De ese independentismo pionero que, entre otras cosas se planteaba, no tanto la defensa, sino la transformación de la cultura puertorriqueña, la izquierda insular todavía tendría algunas cosas que aprender: el objetivo que aquellos demócratas radicales formularon lograr, en colaboración con las fuerzas más democráticas en la metrópoli, una independencia de avanzado contenido social como paso hacia la constitución de una confederación antillana sigue siendo, un siglo después, una agenda tan vigente como dolorosamente inconclusa.


 

Hasta el último hombre y la última peseta… para salvar la monarquía

Reproducido de la revista Viento Sur (España, abril de 1998).


A finales de julio de 1897, como todos los años, Antonio Cánova del Castillo, primer ministro del Gobierno de España y principal arquitecto de la restauración monárquica de 1875, se dispuso a iniciar sus vacaciones en el Balneario de Santa Agueda. "Santa Agueda me da la vida" había escrito en carta a uno de sus más cercanos colaboradores.


 


Los últimos dos años habían sido extenuantes para el político malagueño. La situación interna parecía consolidada en la regencia de la reina María Cristina, a la espera de la mayoría de edad de Alfonso XIII. La introducción del sufragio universal en 1890 no había alterado en lo esencial el régimen bipartidista que, apoyado en el caciquismo rural y en la represión urbana del naciente movimiento obrero (que se defendía como podía mediante la acción directa), confería un ritmo periódico de sucesión en la jefatura del Gobierno a conservadores y liberales en las figuras del propio Cánovas y Sagasta.


 


La situación económica del país, aparentemente, tampoco era mala. Los efectos de la creciente competencia económica internacional, especialmente en las exportaciones tradicionales españolas como cereales, aceites, hulla y hierro habían acabado forzando una política proteccionista que el propio Cánovas había impulsado, abandonando sus principios librecambistas. La última recesión, cuatro años antes, era ya un recuerdo.


 


En el campo, donde vivía el 70% de la población, la propiedad se caracterizaba por grandes latifundios en las zonas de secano dedicados a la producción de cereales y aceite, en Rioja, Valencia o Cataluña por propiedades de tipo medio que exportaban vinos y frutas al mercado europeo y una nube de propiedades tan pequeñas, especialmente en el norte, que hacían imposible la propia supervivencia de las familias que las cultivaban. Sobre esta base agrícola se apoyaba el sistema político de la Restauración, condicionada su capacidad fiscal y sus posibilidades de evolución política a una productividad muy baja.


 


Pero ninguno de estos problemas habían agotado a Cánovas, de nuevo al frente del Gobierno desde 1895. La cuestión más urgente era la amenaza que pendía sobre las posesiones españolas de ultramar, los restos del imperio colonial.


 


Estas posesiones comprendían las islas de Cuba y Puerto Rico en el Caribe y Filipinas, islas Marianas, islas Carolinas y el archipiélago de Palau en el Pacífico. El status político y la situación económica y social de estos territorios eran muy diversos. En Cuba, la principal de las colonias, se había desarrollado desde mediados de siglo una poderosa industria azucarera que exportaba fundamentalmente a los mercados norteamericanos y europeos. Durante 10 años, de 1868 a 1878, una durísima guerra había polarizado a la sociedad criolla entre independentistas y unionistas y había agotado a la isla hasta acabar en el Pacto de Zanjón con la derrota momentánea de los independentistas, divididos a su vez entre defensores de una República de Cuba y quienes preferían la anexión a Estados Unidos. Había sido una auténtica guerra civil que había partido a Cuba social y regionalmente. Pero en cambio, había reforzado el temor de la sociedad colonial, primero a posibles sublevaciones de esclavos negros en el fragor de la guerra y, más tarde, a los cambios económicos obligados en la industria azucarera tras la abolición de la esclavitud en 1886.


 


Puerto Rico seguía de cerca, pero claramente por detrás, la evolución social de Cuba, sin que la aparición de independentistas o anexionistas afectara más que a un pequeño sector, fundamentalmente de las clases profesionales, que se habían integrado como sección en el Partido Revolucionario Cubano de José Martí.


 


La colonización española en el Pacífico era mucho menos profunda y el principal agente de cambio habían sido las órdenes religiosas, que competían en propiedades con algunas familias españolas o tagalo-chino-españolas, también en la producción de azúcar, tabacos y otros productos de exportación agrícola. Filipinas estaba lejos de constituir una unidad cultural o política, como habían puesto de manifiesto las periódicas insurrecciones musulmanas en Mindanao, reprimidas por el poder colonial con tropas tagalas. Igual había ocurrido con la insurrección de los chamorros de Guam. El independentismo, a pesar de ello, había nacido y cuajado en Luzón, a partir del diferente status cívico que separaba a la población blanca o asimilada de lo que todavía se llamaban los indios. Una discriminación racial que afectaba, por ejemplo, a la nominación dentro de la iglesia de párrocos y otros cargos religiosos, principal forma de ascenso social de una clase de medianos propietarios agrícolas cada vez más numerosa y que controlaba los mercados locales.


 


La guerra había vuelto a estallar en Cuba en 1895, gracias al impulso de José Martí que supo organizar la insurrección desde Estados Unidos y superar las rencillas heredadas de la derrota anterior, sumando a Máximo Gómez y Antonio Maceo como principales dirigentes militares. Martí murió heroicamente en su primer combate, pero la causa independentista, esta vez con un contenido social mucho más popular y anti-anexionista, se mantuvo especialmente en las provincias de Oriente. En Filipinas, los dirigentes del partido revolucionario independentista Katipunan, los hermanos Aguinaldo, Bonifacio y Llanera, se lanzaron a la insurrección en agosto de 1896, después de largos preparativos secretos, movilizando a más de 10.000 combatientes a pesar de la dura represión colonial y el fusilamiento como escarmiento de José Rizal, la principal figura intelectual independentista.


 


A pesar del coste económico y humano, en el terreno militar la estrategia de los generales Weyler en Cuba y Fernando Primo de Rivera en Filipinas había sido capaz de aislar geográficamente la insurrección y asediarla progresivamente, separándola de la población local mediante las reconcentraciones. Ambas insurrecciones dependían en su aprovisionamiento del apoyo de lo que se llamaba el filibusterismo, es decir, la compra de armas y provisiones a agentes norteamericanos y su traslado clandestino al territorio que controlaban, rompiendo el bloqueo naval español. El Gobierno de Cánovas estaba convencido de que la ofensiva militar de verano que proyectaban Weyler en Cuba y Primo de Rivera en Filipinas sería capaz de obligar a los revolucionarios de ambos países a negociar un nuevo pacto que pacificase las posesiones de ultramar. Para ello estaba dispuesto a asumir el coste político internacional que suponía la dureza en términos humanos de la guerra colonial, denunciada por la prensa europea y americana especialmente por lo que se refiere a Cuba.


 


Allí, las reconcentraciones de Weyler, un precedente de la estrategia seguida más tarde por Gran Bretaña en la guerra contra los boers en Sudáfrica en 1900, y por Estados Unidos en Vietnam en los años 70, habían acabado por provocar un movimiento de solidaridad internacional, sobre todo en Estados Unidos, con la insurrección cubana.


 


Pocos días después, el 8 de agosto, Cánovas del Castillo moría en el Balneario de Santa Agueda en un atentado. El anarquista italiano, Miguel Angiolillo, le disparó a bocajarro tres tiros en la cabeza, el pecho y la espalda. Quería vengar así, en un acto individual, cinco penas de muerte que había firmado Cánovas contra anarquistas de Barcelona tras los Procesos de Montjuich y mostrar su solidaridad con los revolucionarios cubanos. Si había llegado a España y había elegido ese objetivo fue gracias al dinero y las instrucciones que le había proporcionado el representante del partido revolucionario cubano en París, el doctor puertorriqueño Betances.


 


La muerte de Cánovas sumió a las clases dominantes españolas en el estupor, no porque no estuvieran acostumbradas a los atentados políticos, a los pronunciamientos militares o a las crisis dinásticas. Pero la Restauración había sido su respuesta a medio siglo de guerra civil permanente entre liberales y absolutistas, republicanos y monárquicos. La Constitución de 1876, que había redactado Cánovas, suponía un amplio consenso de la oligarquía, continuamente renovado a través del juego de una soberanía compartida por el Rey y las Cortes, ambos con iniciativa legislativa, y apoyándose en el turno rotatorio de los dos principales partidos, conservadores y liberales.


 


Excluidos de este pacto habían quedado los carlistas, partidarios de una monarquía católica integrista pero foralista, que encabezaba el pretendiente Don Carlos de Borbón, autotitulado Carlos VII. Pero rápidamente en 1881 se había desgajado del carlismo un sector posibilista apoyado por el Vaticano, y que había constituido la Unión Católica. Los republicanos, los herederos del federalismo, oscilaban también entre un ala posibilista, que limitaba por el momento sus reivindicaciones a la conquista del sufragio universal y el jurado, y otra partidaria de los pronunciamientos, que encabezaría Ruiz Zorrilla. Más allá de este abanico tradicional de partidos, el movimiento obrero comenzó a organizarse lentamente, dividido entre socialistas y anarquistas.


 


Estas divisiones políticas se reproducían en gran medida en Cuba y Puerto Rico. Los partidos del régimen eran la Unión Constitucional y el Partido Liberal Autonomista. Y más allá en el exilio, como heredero de la Guerra de los Diez Años, el Partido Revolucionario de Martí.


 


La reina regente María Cristina no pudo volver a recurrir al partido conservador para formar gobierno tras la desaparición de Cánovas. Las reglas del turno constitucional exigían que llamase a los liberales y a Sagasta. Además, la muerte de Cánovas había dividido a los conservadores en la lucha por su sucesión y Silvela, que finalmente se impondría, tardaría aún meses en poder contar con el apoyo de la mayoría de los sectores del partido.


 


Pero a quien más había afectado la muerte de Cánovas era a Weyler. Sólo Cánovas tenía la autoridad política para apoyar y asumir las consecuencias de la política de reconcentración. Sin ese apoyo político, Weyler no podía lanzar su ofensiva de verano ni continuarla durante la estación seca, hasta lograr sentar en la mesa de negociaciones a Máximo Gómez. Efectivamente, lo primero que hizo el gobierno Sagasta, formado el 6 de octubre de 1897, fue cambiar radicalmente la política hacia Cuba.


 


Sagasta tenía una opinión distinta a la de Cánovas sobre las consecuencias internacionales que estaba teniendo el conflicto cubano y sobre la propia situación militar en la isla. En el primer caso no tenía la confianza de Cánovas en que las grandes potencias europeas, que gestionaban sus intereses en un equilibrio de poderes que se ha llamado el sistema bismarckiano, extendiesen su defensa del statu quo a España, a pesar de las garantías internacionales ofrecidas al gobierno español. En especial, Gran Bretaña necesitaba ahora más que nunca del apoyo de Estados Unidos para poder mantener la expansión de su imperio en Africa y el Pacífico, frente a las nuevas aspiraciones coloniales de Francia y Alemania, y el precio era ceder su hegemonía en el Atlántico a los nuevos intereses norteamericanos.


 


En segundo lugar, en el terreno militar, Sagasta no tenía dudas de los éxitos de Weyler, pero estaba convencido que la insurrección cubana podría mantenerse, aunque aislada territorialmente, por el apoyo que recibía desde Estados Unidos y que, finalmente, el propio desgaste de la guerra podía ir empujando a sectores crecientes de la población cubana a las filas de la insurrección, agudizando la guerra civil entre los españoles y anti-españoles en un momento en el que lo que podía empezar a flaquear era el apoyo al esfuerzo militar en la propia metrópoli.


 


El principal problema de Sagasta era evitar a toda costa que la crisis colonial se convirtiera en una crisis de régimen que amenazase a la Corona en el delicado momento de transición entre la regencia de la reina María Cristina y la mayoría de edad de Alfonso XIII. Si se sumaban fricciones internacionales, conflictos bélicos, alianzas entre revolucionarios cubanos y republicanos españoles y disturbios sociales, la Restauración podía acabar en una nueva revolución como la que había traído la I República. Y Sagasta estaba dispuesto a toda costa a evitarlo, ampliando la base social del régimen mediante la pretendida democratización electoral, aunque ello implicase después tener que recurrir al caciquismo en la península y al soborno de los independentistas en ultramar.


 


El programa del Partido liberal para Cuba y Puerto Rico, el Plan Moret, suponía extender la Constitución de 1876 a las colonias del Caribe, pero dotándolas de autonomía para los asuntos internos dentro de este marco, autonomía de la que no gozaba ninguna otra región del imperio. Cuba y Puerto Rico dispondrían de sufragio universal para elegir sus propios parlamentos bicamerales y el gobernador general cumpliría en sus funciones un papel constitucional similar al del Rey en la península, aunque dependiendo directamente del Gobierno de Madrid.


 


Para preparar a la opinión pública, tanto peninsular como cubana, se publicaron en la prensa las cuentas de Cuba. La guerra costaba 38 millones de pesetas oro mensuales. Se habían enviado al Caribe 190.000 soldados, de los que solamente eran capaces de combatir en primera fila 53.000, por enfermedades y bajas de los restantes. A Filipinas se habían enviado 29.000 soldados, de los que estaba en activo una fuerza inferior a los 10.000.


 


El mensaje fue entendido de manera muy diferente en La Habana entre las fuerzas pro-españolas, que hasta ese momento habían sido mayoritarias en la opinión pública urbana de la isla. Lo que entendieron no fue que iban a gozar de mayores derechos y libertades, sino que el Gobierno Sagasta no estaba dispuesto a mantener indefinidamente el esfuerzo militar, cuyos costes superaban ya en mucho a los impuestos que obtenía de la colonia.


 


Y cundió la desmoralización, a pesar de los éxitos militares de la ofensiva de Weyler.


 


Máximo Gómez, dirigente supremo de la insurrección cubana, entendió exactamente lo mismo. Y, a pesar de sus retrocesos, declaró inaceptable la tregua que se le ofrecía, amenazó con quemar las propiedades e ingenios de quienes apoyasen el plan de reformas autonomistas y fusilar a todo soldado u oficial mambí que quisiera aceptar la amnistía que se les ofrecía. Sabía perfectamente que la política colonial de Cánovas y Weyler era compatible con las consecuencias de la guerra, pero no la política autonomista de Sagasta, que necesitaba inmediatamente no triunfos militares sino la paz, sobre la que tenía veto Máximo Gómez por pequeñas y agotadas que fueran sus fuerzas, como lo demostró en los ataques suicidas a Guisa y Guamo.


 


En Filipinas la situación militar de la insurrección era bastante más difícil, porque el apoyo que recibía de los filibusteros desde Singapur y Hong Kong era mucho más débil que el que llegaba a las fuerzas mambisas, que contaban con las bases de Tampa y Cayo Largo en Estados Unidos, a 90 millas de distancia. Fernando Primo de Rivera obtuvo permiso de Madrid para negociar una tregua en las que se ofreció a los líderes de Katipunan una rendición honrosa, con subsidios económicos para el exilio, amnistía para los insurrectos y tierras para su reasentamiento. El Pacto de Biac-Na-Bató fue aceptado por Emilio Aguinaldo, que el 13 de diciembre de 1897 partió para Hong Kong, quedando sólo alzados en armas unas pequeñas partidas dirigidas por los comandantes Macabulos Solimán y Manalán. Entre los términos de la paz, el Gobierno colonial aceptó limitar el poder de las órdenes religiosas (los revolucionarios filipinos exigían su expulsión y desamortización de sus bienes), concedió pleno derecho de ciudadanía a blancos y asimilados e igualdad jurídica con ellos a los indios.


 


La guerra con Estados Unidos


 


La desmoralización en Cuba de la opinión pública pro-española fue paralela a la reafirmación de un autonomismo que empezaba a no ocultar sus simpatías por los independentistas. El 12 de enero de 1898 se produjeron toda una serie de incidentes en La Habana, provocados en primer lugar por oficiales españoles destinados en Cuba, seguidos de manifestaciones pro-autonomistas y contra la política de reconcentración. Este cambio de opinión se basaba en un creciente convencimiento de que Estados Unidos intervendría en Cuba, porque era firme la repulsa de la opinión pública norteamericana a las atrocidades que había provocado hasta entonces la campaña de Weyler y porque ya se había configurado en la prensa y en el legislativo norteamericano un lobby pro-intervencionista.


 


Los motines de enero sirvieron de excusa al cónsul norteamericano en La Habana, general Lee, para pedir la visita al puerto de barcos de guerra norteamericanos que pudieran, en última instancia, evacuar a los ciudadanos de Estados Unidos. El ministro de Asuntos Exteriores español, Gullón, que no podía hacer otra cosa, acepto la visita del Maine a La Habana como amistosa y se dieron órdenes para que el crucero español Vizcaya se dirigiese a Nueva York. Ya no había grandes ilusiones en el gobierno de Madrid sobre una neutralización diplomática de Washington. El embajador español en aquella capital, Dupuy de Lomé, había tenido que ser retirado por la filtración de un documento comprometedor, y el nuevo, Polo de Bernabé, informó inmediatamente que el ambiente que había encontrado a su llegada era de clara preparación de guerra.


 


El 15 de febrero de 1898 el Maine voló, cuatro días antes de que llegase el Vizcaya al puerto de Nueva York. Hubo cientos de muertos entre los marineros norteamericanos y se creó el motivo perfecto, en una operación de guerra psicológica, para acabar de empujar la votación en el Congreso norteamericano, el 9 de marzo, a favor de la compra de armamentos por valor de 50 millones de dólares. La insurrección en Cuba cobró nuevos bríos y en Filipinas Aguinaldo volvió a desembarcar, rompiendo el Pacto de Biac-Na-Bató, que sólo había durado seis meses, poniendo en pie de guerra a la resistencia tagala.


 


El presidente McKinley dudaba aún si las grandes potencias europeas se opondrían a la expansión de Estados Unidos en el Caribe y el Pacifico. Decidió intentar un ultimátum final, ofreciendo directamente a la reina regente María Cristina la compra de la isla de Cuba y Puerto Rico por 300 millones de dólares, reservando un millón de dólares más para comisiones a los miembros del Gobierno español que participasen en la operación.


 


Independientemente de cuáles fueran los análisis y actitudes de la reina regente María Cristina o del presidente del Gobierno Sagasta, un ultimátum de este tipo, de aceptarse, sólo podía tener como consecuencia la caída de la Monarquía. Y la salvación de ésta era el principal objetivo político tanto de conservadores como de liberales en España. Si el precio para salvar la monarquía era una guerra, aunque ésta se perdiera, la opción del gobierno era evidente. Pero en el segundo orden de prioridades inmediatamente apareció la necesidad de justificar la más que previsible derrota militar. Es decir, la guerra no se conduciría tanto con objetivos militares racionales sino para ser rentabilizada políticamente por el Gobierno liberal de Sagasta.


 


La reina María Cristina puso en conocimiento de toda la clase política el ultimátum norteamericano que, naturalmente, fue filtrado a la prensa. En las consultas que realizó fue evidente el consenso de que no cabía ninguna otra opción que la guerra y que debería ser el Gobierno Sagasta el que la dirigiera, sin cambios políticos en el gabinete. El ultimátum norteamericano fue así rechazado en medio de manifestaciones populares en la península que exigían la guerra y de una prensa que escribía que la flota española era superior a la norteamericana, por no hablar del valor de los contendientes, en una gigantesca operación de demagogia y manipulación muy similar a la que estaba teniendo lugar en Estados Unidos.


 


La guerra se desarrollaría principalmente en el mar, en el Caribe y en Filipinas, a pesar de la opinión en contra de los jefes de la Armada española que pretendían concentrar la vieja flota de que disponían para defender las costas peninsulares y las islas Canarias y Baleares, obligar a las previsibles expediciones norteamericanas a desembarcar en Cuba y Filipinas y someterlas a una guerra de guerrillas y de ataques marítimos a sus líneas de aprovisionamiento. Pero la orden de Madrid fue dirigir los barcos hacia Cuba y Manila y romper el bloqueo de la flota norteamericana, en una operación imposible, que además dejó desguarnecida la península y el eje Baleares-Estrecho-Canarias.


 


Las dos flotas españolas fueron hundidas en combate el 1 de mayo en la bahía de Manila y el 3 de julio en la de Santiago de Cuba.


 


Las tropas norteamericanas desembarcaron el la provincia de Oriente en Cuba y hubo durísimos combates en las lomas de San Juan, que ocasionaron cuantiosas bajas a ambos bandos. Pero, sin la flota, la guerra estaba perdida para España.


 


Las semanas que siguieron fueron angustiosas para el gobierno de Madrid. Constató que estaba completamente aislado internacionalmente. Temía el ataque de una flota rusa a las islas Baleares, al tener conocimiento de un pacto secreto ruso-alemán al respecto. Se empezaron a reforzar las defensas artilleras del estrecho de Gibraltar y ello provocó una crisis con Gran Bretaña, que también amenazó con enviar una flota para bombardear puertos españoles. Finalmente, lo que más asustaba era que una flota norteamericana pudiese ocupar las islas Canarias. El temor compartido de las grandes potencias europeas a que Estados Unidos se pudiera acercar al Mediterráneo, que los ataques a la metrópoli desencadenaran la caída de la monarquía y un desesperado último esfuerzo diplomático del Gobierno Sagasta evitaron estos escenarios.


 


La rendición de Santiago de Cuba fue la señal esperada de que la guerra no sólo estaba perdida sino que no se podía continuar. El Gobierno español decretó la suspensión de las garantías constitucionales el 14 de julio y se dispuso a emprender las negociaciones de paz.


 


El Tratado de París y el fin del Imperio


 


Las condiciones norteamericanas, expuestas en una nota fechada el 26 de julio de 1898 eran las siguientes: 1) renuncia de España a la soberanía y a todo derecho sobre Cuba; 2) entrega a Estados Unidos de Puerto Rico y cualquier otra posesión en el Caribe como indemnización de guerra; 3) Estados Unidos conservaría la bahía y puerto de Manila hasta la firma de un tratado de paz y la formación de un gobierno filipino.


 


Las condiciones eran ahora más duras que el ultimátum. Pero esta vez el dilema no existía porque la guerra ya no era una alternativa y, liberado en el fondo del problema de las posesiones de ultramar, todo su esfuerzo se dirigió a salvar la monarquía y evitar que el balance político de la conducción de la guerra acabase también con el partido liberal y sus prohombres. Las negociaciones de paz se iniciaron cuando aún se combatía en Manila y otros enclaves de Filipinas.


 


Las negociaciones de París del mes de diciembre fueron largas y estuvieron llenas de anécdotas, en gran medida producto de que los fines políticos y militares norteamericanos no estaban totalmente definidos, para no hablar del desconocimiento del español de la casi totalidad de los miembros de su delegación. Pero, tras la derrota española, Washington empezó a sufrir presiones, sobre todo de Gran Bretaña, para que ocupara totalmente el vacío estratégico dejado por España, especialmente en el Pacífico. Incomprensiblemente, los negociadores españoles insistieron, por ejemplo, en conservar la isla de Mindanao. Al hacer la relación de las posesiones españoles en Filipinas la delegación norteamericana se olvidó de incluir las islas de Sibutu y Kagayán, en el archipiélago de Sulu. Finalmente, se llegó a un equilibrio de intereses entre grandes potencias por el que España perdió completamente todas sus posesiones de ultramar a favor de Estados Unidos, que formalmente reconoció la independencia de Cuba y Filipinas aunque las convirtió en una especie de semi-protectorado, y se vendieron las islas Marianas, con excepción de Guam, así como Carolinas y Palau a Alemania.


 


La historiografía española, especialmente la escuela del Profesor Jover, ha subrayado la importancia del contexto internacional en el que tiene lugar la crisis del 98. De hecho, hubo otros 98s: Portugal 1890; Japón 1895; China 1896; Gran Bretaña en Venezuela 1896; Francia en Fashoda 1898 e Italia en Abisinia 1896… La distribución colonial a finales del siglo XIX respondía a una presión económica acumulada por una larga onda descendente de la economía internacional que, para los años 80, había obligado a la constitución de bloques económicos proteccionistas que buscaban mercados y materias primas en el que todavía no se llamaba Tercer Mundo. Esta respuesta a la globalización de finales del siglo XIX se articuló diplomáticamente en un equilibrio de poderes estable en el centro, la Europa de Bismarck, y conflictos y redistribuciones en la periferia, unas veces a través de conquistas coloniales, otras a través de conferencias diplomáticas (como la de Berlín en 1885 sobre Africa).


 


El mundo del imperialismo clásico estuvo acompañado de todo tipo de ideologías irracionales, basadas en paradigmas biologistas. Ciertas naciones se suponían vigorosas y capaces de imponer sus derechos por la fuerza, que al final era la única justificación. Otras, poco civilizadas o decadentes, no podían ser más que víctimas. El modelo de este pensamiento se puede encontrar en el discurso de Salisbury de 1898, Dying Nations, en las obras de Chamberlain o en las de Spencer. La literatura militar de la época, sobre todo la de las escuelas navales, intentaba explicar los condicionamientos técnicos de los buques de carbón para justificar la creación de una red de estaciones que proyectasen líneas logísticas y que asegurasen la protección de las rutas comerciales de los bloques proteccionistas que se estaban configurando. En Estados Unidos el principal exponente fue el almirante Mahan. Pero entre los oficiales de marina españoles también se pueden encontrar obras de contenido similar.


 


En este contexto, tan víctimas de la redistribución colonial imperialista fueron los soldados españoles, como los insurrectos cubanos y filipinos y la propia población de Estados Unidos. Muy pocos de ellos comprendían lo que en realidad les estaba pasando y el porqué de esta historia trágica.


 


Las interpretaciones del desastre


 


Como es bien conocido, el 98 provocó una crisis muy profunda en la política y en la sociedad española. A muy corto plazo se utilizó al Partido Liberal de chivo expiatorio para rentabilizar políticamente el desastre a favor de conservadores, carlistas e incluso algún sector republicano. Ninguna de estas fuerzas pusieron en cuestión cuál había sido el origen del problema, al menos inmediatamente, es decir, la prioridad de salvar la monarquía y con ella la estructura de intereses sociales dominantes de la Restauración.


 


Como respuesta al discurso sobre las naciones decadentes, la Generación del 98, que vivió el desastre, y la posterior de 1913, que se dejaría arrastrar a otra aventura imperialista como fue la guerra de Marruecos, inició un intenso debate intelectual sobre la esencia de España. Toda una sociología sobre los males de la patria intentó encontrar el origen de los problemas y proponer fórmulas de reforma y regeneración. En este campo, autores como Macías Picavea, Mallada, Rodríguez Martínez, Rafael María de Labra, Luis Morote y Damián Isern fueron desarrollando un paradigma ideológico que todavía perdura hasta nuestros días.


 


Este regeneracionismo, cuyo primer origen fue la obra de Joaquín Costa, evolucionaría con los años y la crisis del régimen constitucional de 1876, justificando cada una de las políticas de las distintas fracciones de la burguesía que llegarían al gobierno, hasta desembocar en la dictadura de Primo de Rivera.


 


Unos planes de modernización de un Estado de origen imperial, apoyado socialmente en una oligarquía financiera y terrateniente cuyos intereses inmediatos eran incompatibles con la separación de la Iglesia y el Estado, la reforma agraria, la reestructuración de la Administración y el Ejército, la modernización industrial y su integración en el mercado mundial o la solución de la cuestión nacional en la propia península. En esa medida, el regeneracionismo estuvo condenado al fracaso, a la tragedia y, en algún caso a la farsa de los cirujanos de hierro.


 


Además de la literatura del 98 propiamente dicha, la misma puesta en cuestión de España como Estado unitario por la insurrección cubana y la obra de Martí, alentó la aparición de respuestas regeneracionistas regionalistas o nacionalistas en Cataluña, Galicia y el País Vasco. En este sentido, el nacionalismo republicano cubano demostró ser el primero de una cepa que, a partir de la experiencia de la Primera República en 1868, se extendería a los propios componentes peninsulares de la monarquía. En todos ellos el tema predominante es la modernización, es decir, la defensa de los intereses específicos de las clases dominantes a nivel central y regional en la reestructuración internacional del mercado, eso que hoy llamamos globalización.


 


A nivel popular en España, los sectores que se mantuvieron lúcidos durante la crisis del 98 fueron muy pocos. Asombra que ese verano haya pasado a la historia también como una de las temporadas taurinas más brillantes. Y si se juzga por la evolución histórica posterior y las aventuras imperialistas marroquíes en las que se sumió la monarquía de Alfonso XIII, no es posible sino mirar con simpatía a quienes hicieron del antimilitarismo, el republicanismo y el federalismo una esperanza contra un Estado imperialista no por decadente menos opresor. Su actividad social y su empeño moral es el que nos permite finalmente especular sobre si hubiera sido posible otra vía histórica, rechazando determinismos apriorísticos, como en el fondo sustentan los que creen que el resultado estaba previsto, bien por la debilidad de los gobiernos liberales ante los independentistas cubanos, o porque así lo exigía la correlación de fuerzas en la redistribución colonial de finales del XIX.


 


Pero esa especulación tropieza con esas "tragedias de la historia" a las que se refería Jeffrey Vogel en un artículo publicado en Viento Sur, Nº 33. Los sujetos sociales capaces de imponer otros intereses, en especial la clase obrera, eran aún demasiado débiles socialmente, por no hablar políticamente. Que la campaña contra las guerras de Cuba y Filipinas, como más tarde la de Marruecos, tanto del PSOE como de los anarquistas, tuviese como eje la consigna "¡O todos o ninguno!", denunciando la redención en metálico del servicio militar, es todo un espejo de la inteligencia táctica de aquella izquierda pero también del nivel de conciencia al que se dirigían.


 


Como pondrían de relieve desde sus primeros escritos Andreu Nin y Joaquín Maurín, las gentes de las revistas Comunismo y La Nueva Era, a finales de la década de 1920 el problema sobre la "esencia de España" de regeneracionistas y noventaochista estaba, simplemente, mal planteado y mal solucionado. Mal planteado, porque el problema de verdad era el por qué no se habían resuelto desde las Cortes de Cádiz de 1812 las tareas de la revolución democrático burguesa en el Estado español. Mal solucionado, porque el sujeto de ese cambio no podía ser ninguna fracción ilustrada de la burguesía liberal, con el apoyo de las capas populares, como querían Azaña, el PSOE o el PCE, sino una alianza hegemonizada por la clase obrera.


 


En qué medida nos afecta todavía el Desastre del 98 lo demuestra el que tras haber tenido que sufrir la contrarrevolución franquista y la transición pactada, a cien años de distancia, el Estado español sigue todavía hoy en manos de una oligarquía financiera e industrial no tan distinta en muchos aspectos de aquella de la Restauración, con una monarquía borbónica y sin resolver muchas de las tareas democrático-burguesas en esta nueva fase de la globalización, aunque la liga de fútbol se haya sumado a la temporada taurina y cada año se superan en ofrecer el mejor de los espectáculos.


 

La dictadura del proletariado como un acto de cordura (y una referencia al amor)


El título de este trabajo requiere una breve explicación inicial. Para un lector poco prevenido puede sugerir una aproximación heterodoxa a un problema clásico del marxismo y poco acorde con el carácter riguroso que merece un artículo consagrado a conmemorar ni más ni menos que el siglo y medio de una obra de difusión universal, como es el Manifiesto Comunista. Importa, entonces, aclarar de entrada que, por el contrario, la propuesta es abordar la cuestión en el contexto de una visión ortodoxa, conforme la acusación que recibiera un breve trabajo sobre el capitalismo y el socialismo de este final de siglo, algún tiempo atrás (1). Ortodoxia, sin embargo, debe interpretarse como fidelidad conciente a los principios, signo de pertenencia a una causa que concierne a lo mejor del ser humano y capacidad de confrontar la acción propia y colectiva con la realidad.


 


La idea que la dictadura del proletariado corresponde a la esencia misma del pensamiento marxista se identifica en este caso con la "cordura", como antípoda de la "alienación" a la cual está sometido el hombre en la sociedad capitalista contemporánea. Pero, la "alienación" no es una referencia vaga a las evidencias de una existencia social completamente trastornada del hombre de nuestros días. Se trata de un concepto que nos parece clave a la hora de la comprensión del pensamiento marxista y de la forma acabada que reviste en el Manifiesto Comunista.


 


Del mismo modo, la referencia al "amor" carece en principio de toda connotación de romanticismo reblandecido (pero no necesariamente de romanticismo) y vale en el título como llamada de atención a una consideración del propio Marx relativa al dinero, las relaciones humanas y el amor. El lector podrá encontrar la cita en la parte final del texto, lo que no implica, obviamente, que la lectura del mismo deba comenzar por donde no corresponde.


 


La "idea fundamental"


 


La fuerza inigualable del Manifiesto Comunista es el fruto del conjunto de la obra, de la plenitud que expresa la articulación de sus planteamientos, es decir, de la integridad que desborda en su formidable síntesis del movimiento de la sociedad moderna, de su pintura deslumbrante de un desarrollo histórico cuya lógica esencial se describe con admirable sencillez. En el Manifiesto, como totalidad, parece tomar vida el pensamiento que "tiende a hacerse realidad" (Marx), como resultado de su carácter radical, es decir, de partir de la raíz del fenómeno que expone y desplegar su dinámica propia con la convicción de que es el hombre y su vida misma las que brotan en un fresco impresionante.


 


Este rigor del Manifiesto es la consecuencia de la evolución vital de sus autores, en circunstancias históricas muy precisas. Nada hay en él de improvisado porque es la labor conclusiva de un trabajo sistemático, conciente, e implacable por comprender y asimilar los resultados de la teoría y de la práctica del mundo que vivían; un mundo preñado por la revolución al finalizar la primera mitad del siglo XIX. No es algo metafórico porque, como es sabido, sus autores se formaron bajo el impacto de las enormes transformaciones surgidas en el escenario de la revolución burguesa y de sus implicancias sociales, políticas y económicas.


 


Por las características apuntadas, si se toman aisladamente los diversos planteos del Manifiesto no hay ninguno que ya no hubiera sido formulado previamente. Su originalidad debe ser valorada, en consecuencia, en la medida de su conformación misma como un programa de acción, como una "exposición abierta a la consideración de todo el mundo de los propósitos , fines y tendencias (que) oponen a la leyenda pueril del fantasma comunista un Manifiesto auténtico del partido mismo". Una tarea que sus autores se fijaron como hombres de ciencia y como revolucionarios, en lo que consideraron como la especificidad de su propia labor; tal es la materia que conforma al "partido mismo", al partido obrero. No es un Manifiesto de la clase obrera como categoría sociológica, es la afirmación de principios del proletariado revolucionario que, por esto mismo, se organiza como partido.


 


El genio propio del marxismo y de esta obra que marca su madurez debe ser apreciado como la cumbre del pensamiento y la acción humana en una época de la cual somos todavía contemporáneos: vivimos en la era del capitalismo. En esto consiste la vigencia del propio Manifiesto Comunista, cualquiera sea las novedades presentes 150 años después de su publicación.


 


Si se tratara de resumir y expresar la idea fundamental que contiene el Manifiesto, la tarea es muy simple porque fue Engels, quien 35 años después de su publicación inicial se ocupó de señalarla en el prólogo a una nueva edición. Lo hizo en los siguientes términos: a) "que la producción económica y la diferenciación social entre los hombres que, en una época dada… surge necesariamente de aquella, constituyen la base de la historia política e intelectual de esa misma época"; b) "que, a contar de la desaparición de la antigua propiedad común del suelo, la historia entera ha sido una historia de lucha de clases explotadas y explotadoras… cualquiera que fuese el grado de progreso social alcanzado por unas y otras" y c) que "finalmente, esta lucha se halla al presente en una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede emanciparse de la clase explotadora y opresora (la burguesía), sin emancipar de una vez para siempre a la sociedad entera de toda explotación, de toda opresión y de toda lucha de clases".


 


Corresponde, en consecuencia, señalar algunos de los elementos constitutivos de esta "idea fundamental" para considerar el contenido del Manifiesto. Este es el objeto, del presente trabajo. Permitirá, además, entender porque aquí se enfatiza, en particular, la necesidad, pocas veces puntualizada, de "completar" el Manifiesto con un texto que sus autores elaboraron apenas dos años después, denominado Circular de la Liga de los Comunistas.


 


El trabajo y el hombre


 


El concepto fundante de producción "económica" como "base de la historia humana" debe ser definido con amplitud para evitar todo equívoco o comprensión estrecha. Se trata, en consecuencia, de dar al significado de "producción" una dimensión desprovista de adjetivaciones limitantes. El hombre mismo, como tal, es un producto, tanto desde el punto de vista biológico como social. Un producto que se concreta, en primer lugar, mediante el intercambio de sus propias disposiciones corporales con las de la naturaleza y sin las cuales no se puede concebir su existencia. El hombre, entonces, es un producto que produce, una producción que se autorrealiza, condicionada por determinaciones históricas concretas.


 


Es en esta producción que el hombre se "exterioriza", configura su propio mundo y su propio ser: "el hombre es el mundo de los hombres". Popitz puso de relieve el reconocimiento expreso, por parte de Marx, de la significación del concepto de trabajo en la filosofía hegeliana al "comprender la autoproducción del hombre como un proceso" y "concebir al hombre objetivo, verdadero, porque es real, como el resultado de su propio trabajo". El hombre es el ser cuya relación con el mundo exterior consiste en que él debe construir su propio mundo dado que, en su forma natural, es el mundo inadecuado a sus finalidades. Por este motivo el hombre forma y transforma la relación originaria con la naturaleza en una relación con sus producciones, las producciones humanas: mediante la configuración, la obra recibe la naturaleza del configurador (2).


 


En esta perspectiva, el trabajo "es" el hombre en su manifestación real, específica, histórica. En los célebres Manuscritos de París, escritos en 1844, Marx desarrollará esta concepción: "es en su trabajo sobre el mundo objetivo como el hombre se muestra realmente como ser genérico" (3). La producción del hombre es su vida activa como especie; mediante ella, la naturaleza aparece como su obra y su realidad. El objeto del trabajo es, pues, la objetivación de la vida del hombre como especie, porque el ya no se reproduce sólo intelectualmente como en la conciencia, sino activamente y en un sentido real, y contempla su propio reflejo en un mundo que él ha construido" (4).


 


Es aquí donde el discípulo deja atrás al maestro pues para Hegel el verdadero y esencial trabajo era el "espiritual", y el mundo mismo apenas una manifestación de la "idea", el origen y el punto de llegada de todo lo que existe, lo absoluto y universal.


 


Hegel hacía, en definitiva, del mundo real una abstracción. Un recurso que le permitía resolver sus contradicciones intelectualmente, mediante el pensamiento y su elaboración especulativa, es decir, igualmente abstracta. Marx, al revés, instaló la conciencia humana en la determinación concreta del mundo real e hizo de la abstracción un instrumento de la comprensión teórica, para la transformación real y práctica del mundo práctico y real.


 


La conciencia, entonces, fue revelada como la peculiaridad propia que daba al trabajo su carácter específicamente humano. Si consideramos al trabajo como el intercambio de toda forma de vida con su medio natural, la particularidad del trabajo humano está determinado por la conciencia del hombre, por su capacidad simbólica y su producto social, el lenguaje (5). En un célebre pasaje de El Capital se afirma que, entre la peor construcción de un carpintero humano y el más armónico y perfecto panal de la abeja, la diferencia consiste en que el primero puede representarlo primero en su cabeza. "El animal se anticipa en los Manuscritos es uno con su actividad vital. No distingue la actividad de si mismo… el hombre hace de su actividad vital misma un objeto de su voluntad y su conciencia; tiene una actividad vital conciente". Por esta razón el "hombre es libre frente a su producto": mientras "los animales construyen sólo de acuerdo con las normas y necesidades de la especie a la que pertenecen, el hombre sabe producir de acuerdo con las normas de toda especie y sabe aplicar la norma adecuada al objeto… construye también de acuerdo a las leyes de la belleza". En este carácter universal de la producción humana reside la especificidad de su especie y el significado propio de su trabajo y actividad vital. El hombre hace de la naturaleza su "cuerpo inorgánico", conforma y se conforma, mediante el trabajo, una "verdadera naturaleza humana".


 


Alienación e inhumanidad


 


El "hecho contemporáneo", no obstante, es que la manifestación efectiva, real y concreta del trabajo humano se presenta como opuesta a las determinaciones que acabamos de puntualizar. El trabajo no es la vida "objetivada" sino un medio de vida. El trabajo, el mundo del trabajo, el trabajador en la sociedad moderna, no vive su trabajo como el universo de la libertad sino de la degradación, el sufrimiento, la inhumanidad. "El trabajador se vuelve más pobre a medida que produce más riqueza… en una mercancía más barata cuanto más bienes crea. La devaluación del mundo aumenta en relación directa con el incremento de valor del mundo de las cosas… el trabajador pone su vida en el objeto y su vida no le pertenece ya a él sino al objeto. Cuanto mayor sea su actividad, pues, menos poseerá… La vida que él ha dado al objeto se le opone como una fuerza ajena y hostil" (6).


 


Estamos en presencia no del trabajo en general sino del trabajo asalariado, del trabajador que carece de toda propiedad que no sea su propia capacidad para trabajar; el trabajo de quien, por lo tanto, trabaja para otro y que produce algo que es propiedad de otro. Por esta razón el "objeto producido por su trabajo, su producto, se opone a él como un ser ajeno, un poder independiente del productor".


 


En segundo lugar, este extrañamiento, esta distancia-separación del objeto producido en relación al productor es también la forma en que se manifiesta la propia actividad de trabajar. "La enajenación de la actividad es la actividad de la enajenación: el trabajador no se realiza en su trabajo sino que se niega, experimenta una sensación de malestar más que de bienestar, no desarrolla libremente sus energías mentales y físicas sino que se encuentra físicamente exhausto y mentalmente abatido… No es la satisfacción de una necesidad sino sólo un medio para satisfacer otras necesidades. Su carácter ajeno se demuestra claramente en el hecho de que, tan pronto como no hay una obligación física o de otra especie es evitado como la plaga". De este modo "el hombre se siente realmente activo sólo en sus funciones animales comer, beber y procrear o, cuando más en su vivienda y en el adorno personal mientras que en sus funciones humanas se ve reducido a la condición animal. Lo animal se vuelve humano y lo humano se vuelve animal. Comer, beber y procrear son también, por supuesto, funciones humanas genuinas. Pero consideradas en abstracto, aparte del medio de las demás actividades humanas y convertidas en fines definitivos y únicos, son funciones animales".


 


La más plena de las manifestaciones humanas, su peculiar capacidad como ser natural para transformar y transformarse mediante su propia vida productiva social aparece como su negación. La actividad vital del hombre en su trabajo se presenta, no como realización integral de sus capacidades sino como expropiación de su propia potencia: el hombre trabaja pero no le pertenece lo que trabaja, cuanto más produce, más pobre y desprovisto se encuentra respecto a su propia producción. El trabajo, en estas condiciones, es la actividad propia del empobrecimiento, una tarea que agota, que mortifica, que se revela como impropiamente humana porque es la expresión del trabajo para otro, que otro controla y manipula, de una clase de hombres que no posee el control de los medios de producción sino que los ha perdido en favor del monopolio de los mismos por otra clase de hombres. El trabajo asalariado moderno tiene su génesis en esta expropiación, en esta confiscación, en esta alienación.


 


Esta es la base del "hecho económico contemporáneo" por la cual el trabajo humano y sus "capacidades universales" se presentan no como realización positiva del trabajador sino como su completa enajenación. El trabajo no es un fin, un objetivo, la expresión creativa, en la vida material, de la distinción del hombre en el reino animal como un ser conciente y pensante. Es rebajado a la condición de mero instrumento, de herramienta, de una maquinaria ajena al productor-trabajador, de la cual éste ha sido desposeído y en un puro medio para la reproducción elemental, carenciada, de su propia capacidad de trabajar para otro, es decir, de no trabajar para sí, de no hacer de su trabajo, su vida. "La vida productiva del hombre, aparece ahora ante el hombre únicamente como medio para la satisfacción de una necesidad, la necesidad de mantener su existencia física… la vida misma aparece sólo como un medio de vida". Por eso es una vida enajenada, la vida no es vida para el trabajador moderno.


 


Cuando lo "humano se vuelve animal", "el trabajo enajenado que le arrebata al hombre el objeto de su producción también le arrebata sus vida como especie, su objetividad real como especie y transforma su ventaja sobre los animales en una desventaja, en tanto, que su cuerpo orgánico, la naturaleza (que el mismo configura humanamente) le es arrebatada". No hay en esta descripción del trabajo alienado nada de metafísico, abstracto o especulativo filosófico en el peor sentido de la palabra. Con Marx la "alienación" se prueba como mutilación del hombre de su "objetividad real", de sus determinaciones materiales y biológicas propias como ser natural, como naturaleza.


 


Es falso que inclusive en el Marx joven la naturaleza humana aparezca como indeterminada y ahistórica, como fuera de la propia vida empírica y a cuya esencia etérea y espiritual habría que remitirse para comprender a una suerte de hombre universal, idealmente definido. La oposición entre uno y otro Marx el de la juventud y el de los años maduros, el de la redacción de El Capital y organizador del movimiento obrero es un planteo de filiación staliniana para encubrir las formas del trabajo alienado en la propia Unión Soviética y presentar al stajanovismo y al embrutecido hombre de mármol como el ideal del trabajador en la sociedad comunista.


 


El hombre y la sociedad


 


Los Manuscritos relativos al "trabajo alienado" son el antecedente más importante para la comprensión de la "idea fundamental" del Manifiesto Comunista sobre el lugar determinante que ocupa la "producción económica" para entender la dinámica de la historia humana. Porque constituyen la bisagra fundamental en la evolución de Marx al comunismo, al cual se convierte definitivamente durante su estancia en París, hacia donde se dirigió en octubre de 1843. Es en la capital francesa donde Marx, embebido en su tierra natal del clima y los debates de la filosofía de la época, dominados por el "sistema" de Hegel, entrará en contacto, por un lado, con el movimiento obrero revolucionario francés y, por el otro lado, con la obra de los principales exponentes de la "economía política", en cuya elaboración encontrará los elementos para comprender la "anatomía de la sociedad civil", es decir, de la vida material del hombre contemporáneo.


 


Los Manuscritos, en consecuencia, son la primera síntesis integral a la cual arriba Marx en torno a su concepción del hombre y su vida, la que fija una suerte de programa de acción, teórico y práctico al cual se mantendrá fiel durante el resto de su vida. Debemos a un enorme trabajo de Meszaros, de la década del 70, el haber puesto de relieve este significado de los Manuscritos. "Reconociendo que la clave de toda enajenación religiosa, jurídica moral, artística, política, etcétera es el "trabajo enajenado", la forma enajenada de la actividad productiva práctica del hombre, Marx pudo basar toda su concepción en un fundamento sólido… el concepto de enajenación se convirtió en el concepto central de toda la teoría de Marx" (7).


 


Quién se atenga a la superficie o a la apariencia de la cosas puede ver en la "alienación" la última atadura de Marx a la "filosofía", es decir, a la pura especulación y a la huida metafísica, más allá de la realidad. Lo cierto es que con Marx, el concepto puramente filosófico de enajenación se convierte en algo terrenal, en una descripción ad hominem, es decir, que más allá de la morfología del fenómeno, revela sus raíces en las condiciones materiales de la vida humana, en una concepción que parte del hombre "tal como es", en el pilar de una doctrina que no va del "cielo a la tierra" sino de "la tierra al cielo" para decirlo con las palabras de La Ideología Alemana, aquel trabajo que Marx completa con Engels, apenas algún tiempo después y que, conforme la confesión de los autores, establece el "ajuste de cuentas final" con la herencia filosófica de su juventud.


 


La clave del equívoco consiste en malinterpretar el concepto de "naturaleza humana", presente reiteradamente en los Manuscritos y al cual se atribuye una filiación "antimarxista" como si fuera la definición de una "esencia" ahistórica, alguna cosa propia del reino místico o espiritual, algún a priori sobre el deber ser del hombre, en la tradición de un humanismo vago y etéreo. Lo cierto, al contrario, es que la "naturaleza humana" a la cual se refiere Marx, es, si se comprende la redundancia, perfectamente natural: "puesto que el hombre es parte de la naturaleza". El hombre es "naturalmente" un "ser social", algo que se deriva de su vida e historia real: el individuo aislado y las "robinsonadas" constituyen la abstracción "antinatural".


 


El sendero que desde los Manuscritos, pasando por La Ideología Alemana nos lleva al Manifiesto Comunista, puede recorrerse de un modo igualmente natural: "La producción de la vida, tanto de la propia en el trabajo, como de la ajena en la procreación, se manifiesta inmediatamente como una doble relación de una parte, como una relación natural, y de otra como una relación social; social en el sentido de que por ella se entiende la cooperación de diversos individuos, cualesquiera sean sus condiciones, de cualquier modo y para cualquier fin". Ahora bien, "el poder social, es decir, la fuerza de producción multiplicada… no como un poder propio, asociado, sino como un poder ajeno, situado al margen de ellos, que no saben de donde procede ni a donde se dirige y que, por lo tanto, no pueden ya dominar, sino que recorre, por el contrario, una serie de fases y etapas de desarrollo peculiar e independiente de la voluntad y los actos de los hombres y que incluso dirige esta voluntad y estos actos… esta enajenación (sic), para expresarnos en términos comprensibles para los filósofos, sólo puede acabarse partiendo de premisas prácticas… el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que haya que sujetarse la realidad… (es) el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual" (8).


 


Es sólo considerando este desarrollo previo que puede tomar plenitud la comprensión de ese magnífico final del Manifiesto, al concluir sus dos magistrales capítulos iniciales cuando indica que "a la antigua sociedad burguesa, sucederá una asociación en la que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos". Es la superación de la "enajenación humana".


 


Economía e historia


 


En los textos de París, Marx desarrolla extensamente la conclusión de su análisis: la forma positiva de superar la alienación del trabajo humano consiste en la reapropiación por parte de la sociedad de las condiciones de su propia vida y reproducción: abolir la propiedad privada de los medios de producción. Entonces el carácter social conciente del trabajo humano se realizaría sin mediaciones enajenantes.


 


La "alienación" pierde, por lo tanto, su vieja connotación filosófica cuando su superación aparece determinada por la "recuperación" material práctica del hombre de sus condiciones de vida y el trabajo, en consecuencia, recupera su dimensión auténticamente humana, "esencial" en la medida en que integra las dimensiones del hombre como ser natural, como ser dado en la materialidad propia de su actividad, social y conciente, de producción y auto-reproducción.


 


La continuidad y ruptura de este planteo con el pensamiento de la época se esclarece cuando Marx explícita el significado revolucionario y los límites insalvables de la economía política, a cuyo estudio se había consagrado. Fue Adam Smith, el que reconoció al trabajo como principio de la propiedad privada, quien reveló "la esencia subjetiva de la propiedad privada" que, en consecuencia, dejó de ser considerada "meramente como una condición externa al hombre". Marx afirma que Engels tiene razón cuando indica que Smith es el Lutero de la Economía Política: así como Lutero reconoció la religión y la fe como la esencia del mundo real y, en consecuencia, anuló la religiosidad externa convirtiendo a la religiosidad en la esencia interna del hombre; así Adam Smith negó la riqueza como algo externo al hombre e independiente de este. "Pero como resultado, el hombre mismo es incorporado a la esfera de la producción privada así como con Lutero, es incorporado a la esfera de la religión. Con la apariencia de un reconocimiento del hombre la economía política, cuyo principio es el trabajo, lleva a su conclusión lógica la negación del hombre" (9).


 


Esto significa, parafraseando un trabajo previo del propio Marx sobre "la cuestión judía", que: a) el aburguesamiento de la religión transforma a ésta en un asunto humano pero no libera al hombre de la religión y b) que la economía burguesa admite a la propiedad privada como resultado del trabajo pero no libera al hombre de la propiedad privada. Una de las confusiones claves de la economía política consiste en no distinguir entre la propiedad privada fundada en el trabajo propio y en la propiedad privada fundada en el trabajo ajeno, de modo tal que el acto práctico-histórico que convierte a la propiedad en propiedad burguesa es ignorado: la expropiación de los campesinos y artesanos que originalmente transforma a los trabajadores pre-capitalistas en clase obrera, en proletarios modernos, condición de existencia del propio capital. Es por eso que, de un modo polémico, en el Manifiesto Comunista, se ironiza sobre la "acusación" a los comunistas de pretender expropiar la propiedad privada como sinónimo de la apropiación de los resultados del trabajo individual: "el desarrollo de la industria (capitalista) ha decretado su abolición, y todos los días la va suprimiendo gradualmente… el comunismo no quita a nadie la facultad de apropiarse de los productos sociales; lo que si impide es la facultad de esclavizar, apropiándoselo, el trabajo ajeno".


 


Puede afirmarse que el "programa" del Manifiesto está esencialmente resumido en los Manuscritos, cuando en éstos se afirma que para superar la idea de la propiedad privada bastan las ideas comunistas pero para superar la propiedad privada real es necesaria la actividad comunista: "la historia la producirá y el desarrollo que ya reconocemos en el pensamiento como voluntad autotrascendente supondrá, en realidad, un proceso duro y prolongado". El Marx filósofo se metamorfosea en el activista del comunismo. Riazanov (10), es quien puso de relieve que el Manifiesto Comunista se inscribe en esta tarea de Marx, como organizador práctico del movimiento obrero de su época. En el Manifiesto la alienación del trabajo se presenta de un modo directo como el resultado de la historia, de la historia de la lucha de clases, de "toda la historia de la sociedad humana hasta nuestros días". La enajenación no necesita aquí ser predicada porque se transforma en materia, en el hombre real en su desenvolvimiento histórico. La alienación es la marcha hacia la construcción humana del mundo mediante la inhumanidad, mediante la historia necesaria de la explotación del hombre por el hombre.


 


Por eso, el Manifiesto es energía pura, es la declaración de propósitos de la actividad y la actividad de propósitos que se presentan como resultado de la evolución de la historia humana tal como fue, tal como es. Por eso, también, celebra el significado "revolucionario" de la burguesía y del universo que crea a su "imagen y semejanza", "porque implica una transformación incesante en los instrumentos de producción, y por tanto, de las condiciones de la producción y de toda la organización social" mientras que "condición esencial de todas las clases industriales del pasado, era el estacionamiento, la inmutabilidad del antiguo modo de producción". La burguesía "ya ha creado fuerzas productivas cuya prodigiosa variedad y colosal poder exceden a todo cuanto han sabido hacer todas las generaciones que nos han precedido"… fuerzas que el régimen de propiedad de la burguesía no puede contener porque reclaman un orden social superior, una apropiación social de los productos sociales. Un "reclamo" de la historia que se expresan en las crisis, "la propagación de una epidemia social que en épocas pasadas se hubiera juzgado insensata, la epidemia de la superproducción". Civilización y crisis, poder social de la producción y barbarie de miseria y destrucción: "la burguesía forjó las armas a que ha de sucumbir y, además, engendró los hombres que han de manejarlas… los obreros modernos, los proletarios" (11).


 


Lo objetivo se transforma en subjetivo, la historia toma un carácter conciente cuando el proletariado como sujeto termina con la "prehistoria" de explotación del hombre y forja la nueva "historia" de una humanidad sin clases antagónicas, la "historia", entonces real, porque la conciencia y la potencia social del ser humano se realizan de un modo complementario, armónico: "el proletariado suprimirá las condiciones que determinan el antagonismo de clases, la existencia de las clases mismas y quitará de este modo su propia supremacía el carácter de una supremacía de clase".


 


Dictadura del proletariado


 


La condición práctica de este proceso es la "revolución" que "erigirá al proletariado en clase dirigente" y "suprimirá las condiciones que determinan el antagonismo de clase, la existencia de las clases mismas, y quitará de este modo a su propia supremacía el carácter de una supremacía de clase". El Manifiesto es rotundo y claro en este sentido. La idea subyacente de que la "violencia es la partera de la historia" recorre todo el texto, de un modo nada eufemístico. Si la historia fue la historia de la lucha de clases, es por medio de esa misma lucha, de las confrontaciones y choques que son sus manifestaciones particulares, que la propia historia se desembazará de su pasado de "inhumanidad". "El poder político, a decir verdad, es el poder de una clase, organizado para realizar la opresión de la otra". Sólo cuando "por la marcha de las cosas hayan desaparecido las diferencias de clase, cuando la producción entera esté concentrada en los individuos asociados, los poderes públicos perderán su carácter político". La transición entre uno y otro punto del devenir histórico es precisamente la "dictadura del proletariado" algo que, tres años después de la redacción del Manifiesto, Marx pondrá explícitamente de relieve en una célebre carta a Wiedemeyer, puntualizando que en esto consiste precisamente su "descubrimiento", puesto que la existencia de las clases y de la lucha de clases ya había sido planteada con anterioridad.


 


No son pocos los que han tratado de indagar, sin demasiado resultado el porqué de esta definición tan tajante, de un modo que, como tal, no figura enunciado en el propio Manifiesto. Sin embargo, las definiciones de este último al respecto son suficientemente claras: a) "al enumerar las fases más generales del desarrollo del proletariado, no hemos hecho sino proseguir el curso de la lucha en que está empeñada la sociedad actual hasta el momento en que ha de estallar en franca revolución y en que, por el derrumbamiento violento de la burguesía, el proletariado ha de establecer su dominación"; b) "el proletariado, constituido en clase dirigente… implicará infracciones despóticas al derecho de propiedad y a las condiciones burguesas de la producción"; c) (el proletariado) "suprimirá violentamente las condiciones antiguas de la producción". Es claro, en consecuencia, que la conclusión de la dictadura del proletariado está indisolublemente vinculada a toda la arquitectura del Manifiesto y a su conclusión inevitable.


 


Naturalmente, como lo indicara Hobsbawm (12), Marx no usó el término "dictadura" para subrayar una forma institucional específica de gobierno, sino solamente para definir el contenido que asume el dominio de una clase. Del mismo modo que la "dictadura de la burguesía" puede expresarse de las formas más diversas y que hasta la república más democrática sigue siendo una dictadura del capital. Ni Marx ni Engels pensaron en construir un modelo universalmente aplicable de la forma de la dictadura del proletariado. No se propusieron y no podían prever los varios tipos de situación en que esta pudiese imponerse, siendo su objetivo conciliar la transformación democrática de la vida política de las masas con las medidas necesarias para impedir una contrarrevolución de la clase dominante desalojada del poder.


 


No es casual que Marx haya utilizado el término "dictadura del proletariado" en 1851. Es poco después de la publicación de la Circular de la Liga Comunista de 1850, un texto que, conforme lo indicáramos más arriba, debiera ser considerado como parte integrante del propio Manifiesto. No se trata, por otra parte, de un reclamo que requiera demasiada justificación porque la propia Circular se ocupa de trazar esta continuidad: "durante los dos años revolucionarios de 1848 la Liga ha salido airosa de una doble prueba: primero porque sus miembros participaron enérgicamente en todas partes en donde se produjo el movimiento (…) en la prensa, en las barricadas y en los campos de batalla… Además, porque la concepción que del movimiento tenía la Liga, tal como fue formula en las circulares de los Congresos y del Comité Central en 1847, así como en el Manifiesto Comunista (sic) resultó ser la única acertada" (13).


 


Revolución Permanente


 


La Circular de 1850 es la elaboración de la experiencia de estos años claves, en una continuidad prácticamente inmediata con el Manifiesto. Si en éste, el cuarto y último capítulo ("La actitud de los comunistas ante los partidos de la oposición") consagra una breve página para determinar con rigor conceptual la conducta a adoptar ante la revolución en curso; la Circular complementará este texto con una detallada elaboración táctica y estratégica. Es una suerte de cuarto capítulo ampliado, si se nos permite la expresión, de una densidad tal, en términos de programa de acción política para la "vanguardia del proletariado" (término del propio documento), que Riazanov (14) afirma que Lenin "se la sabía de memoria". Por eso nos parece pertinente la definición sobre su carácter muy directamente complementario del texto de febrero del 48: formula las conclusiones derivadas de los mismos acontecimientos para los cuales el propio Manifiesto había sido publicado. Es por esto que merece ser considerado como una continuidad natural del célebre programa.


 


Si en el Manifiesto se indica que "la revolución alemana será el preludio de la revolución proletaria", la Circular considera que en la tierra de Marx y Engels, apenas se manifestó, en verdad, un pequeño amago de revolución general; o más bien un aborto de la propia revolución, determinado por la inmensa cobardía de los "liberales burgueses", temerosos, por sobre todas la cosas, de las energías incontenibles que podía desatar entre la propia clase obrera, más allá de los intereses de la misma burguesía por acabar con la herencia del viejo régimen feudal y despejar el terreno para su dominio de clase. En función de esto es que Marx y Engels esperan, en 1850, una nueva "revolución provocada, bien sea por una insurrección independiente del proletariado francés, bien por una invasión de la Babel revolucionaria (se refiere a París) por la Santa Alianza". La Circular pronostica que, en consecuencia, "el papel de traición que los liberales burgueses alemanes desempeñaron con respecto al pueblo en 1848, lo desempeñarán en la próxima revolución los pequeño burgueses democráticos". Por esta razón, la Circular está enteramente consagrada a determinar la "actitud del partido obrero revolucionario" ante la revolución que se considera inminente. Lo hace en los siguientes términos, que reproducimos con alguna extensión (y con itálicas propias) precisamente por el olvido injustificado al que normalmente se la relega y que tiende a opacar su vínculo indisociable con los "propósitos" fijados por el Manifiesto poco tiempo antes. Pero, además, por la inocultable vigencia que mantienen para todos aquellos empeñados hoy, en la misma tarea delineada desde entonces (gracias a lo cual el lector puede hacer un ejercicio práctico sobre la traducción de este texto a la realidad del período presente en numerosos países):


 


1) "Cuando la pequeña burguesía democrática es oprimida (…) exhorta en general al proletariado a la unión, a la reconciliación, le tiende la mano y trata de crear un gran partido de oposición (…) en el que las reivindicaciones especiales del proletariado han de mantenerse reservadas en aras de la tan deseada paz (…) Tal unión debe ser, por tanto, resueltamente rechazada (…), los obreros, y ante todo la Liga, deben procurar establecer junto a los demócratas oficiales una organización independiente del partido obrero, a la vez legal y secreta, y hacer de cada comunidad el centro y el núcleo de sociedades obreras, en las que la actitud y los intereses del proletariado puedan discutirse independientemente de las influencias burguesas".


 


2) "(Los obreros) deben actuar de tal manera que la excitación revolucionaria no sea reprimida (…) no sólo no deben oponerse a los llamados excesos, a los actos de venganza popular contra individuos odiados o contra edificios públicos que el pueblo sólo puede recordar con odio, no sólo deben tolerar tales actos, sino que deben tomar su dirección (…) deben exigir garantías para los obreros tan pronto como los demócratas burgueses se dispongan a tomar el poder; si fuera preciso estas garantías deben ser arrancadas por la fuerza".


 


3) Doble poder: "al lado de los nuevos gobiernos oficiales, los obreros deberán constituir inmediatamente (en el curso de la revolución) gobiernos obreros revolucionarios, ya sea en forma de comités o consejos municipales, ya en forma de clubes obreros o de comités obreros, de tal manera que los gobiernos democrático-burgueses no sólo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que se vean desde el primer momento vigilados y amenazados por autoridades tras las cuales se halla la masa entera de los obreros. En una palabra: desde el primer momento de la victoria es preciso encauzar la desconfianza no ya contra el partido reaccionario derrotado, sino contra los antiguos aliados, contra el partido que quiera explotar la victoria común en su exclusivo beneficio".


 


4) "Pero para poder oponerse enérgica y amenazadoramente a este partido, cuya traición a los obreros comenzará desde los primeros momentos de la victoria, éstos deben estar armados (…). Bajo ningún pretexto entregarán sus armas ni municiones; todo intento de desarme será rechazado, en caso de necesidad, por la fuerza de las armas".


 


5) "Nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada toda dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el Poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle y no sólo en un país, sino en todos los países predominantes del mundo, en proporciones tales, que cese la competencia entre los proletarios en estos países, y hasta que por lo menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos del proletariado. Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva".


 


En la Circular la "dictadura del proletariado" está definida "en extensión", se presenta como la tarea propia del "proletariado en armas", y de la necesidad de luchar por su "Poder", imponiendo "por la fuerza" sus reivindicaciones y sus necesidades. Cuando poco después, Marx se atribuye el descubrimiento científico de la "dictadura del proletariado" como el mecanismo político de la transición del capitalismo a un orden social superior, remataba en una síntesis conceptual el alcance de su contribución. Recordemos que si en el 48, Alemania se encuentra en las vísperas de una revolución burguesa, que finalmente no se concretó en la fecha prevista, el hecho no altera en nada el planteamiento metodológico relativo a sus diferencias con el "modelo clásico" del París de 1789: en el lapso entre una y otra época se produce el desarrollo incipiente de la clase obrera y su organización. En consecuencia, la dinámica misma del proceso social, de la lucha de clases, de la revolución se altera (15). Las palabras finales de la Circular insisten: "el grito de guerra del proletariado ha de ser: la revolución permanente".


 


Por esta misma razón, el texto se convirtió en una denuncia implacable del stalinismo, cuando en la década del 20 lanzó su campaña contra la Oposición de Izquierda en nombre de la supuesta filiación antimarxista del concepto de "revolución permanente", que se atribuyó a un desvarío, por supuesto "contrarrevolucionario", de Trotsky, asociado unilateralmente a esta supuesta novedad. Recordemos también que, en oposición a esto, los epígonos de Stalin proclamaron la "revolución por etapas" y en nombre de la necesidad de cumplir con la correspondiente a la "revolución burguesa" obligaron entonces al PC chino a disolverse en "un gran partido de oposición", en el partido nacionalista burgués, a desarmarse y a renunciar a cualquier forma de doble poder. En 1927, como se sabe, los dirigentes del PC chino fueron liquidados a mansalva por sus aliados: el marxismo de Stalin se transformaba en política de desarme contrarrevolucionario de la clase obrera; esto, en el escenario de la mayor revolución, posterior a la gesta del 17.


 


Dictadura y poder político


 


No es el propósito de este trabajo desenvolver la relación que guarda el planteo de la dictadura del proletariado con la teoría marxista del Estado, para el cual sigue siendo insustituible el afamado texto de Lenin (16), escrito en las vísperas mismas de la Revolución de Octubre. En todo caso, vale la pena precisar, en primer lugar, que el derrotero de Octubre del 17 siguió la senda trazada por la Circular. No como resultado de una evolución puramente objetiva, sino como consecuencia del empeño del propio Lenin por traducir en la práctica, las lecciones del movimiento obrero revolucionario, llevando a su partido a sacar todas las conclusiones de la situación. En abril del 17, Lenin vuelve del exilio (luego de la revolución que al derrocar al zarismo dio lugar a la victoria de la burguesía liberal) y proclama que aquella no es más que el preludio de la "revolución de los soviets". Entonces, inclusive en los círculos más altos del partido bolchevique, se pensó que el hombre se había extraviado.


 


Lenin tuvo que conquistar a su propio partido para la revolución socialista, para que ésta se abriera paso objetivamente. Sujeto y objeto se funden en la labor teórico-práctica, no en la interpretación sino en la transformación del mundo, parafraseando al Marx de la época de los Manuscritos. La exteriorización del pensamiento, su terrenalidad transformadora en el plano de las relaciones sociales es la "dictadura del proletariado" que en Rusia tomará la forma, en octubre del 17, de un gobierno obrero y campesino (anticipado en la elaboración y balance que hará Trotsky de la "primera revolución rusa" de 1905, cuando debutaron históricamente los consejos obreros, los soviets).


 


Pero un punto sí tiene que ser explicitado, en lo que se refiere a la dictadura del proletariado, para que su significación plena no sea completamente distorsionada. Los acontecimientos del siglo XX han contribuido a difundir la especie de que la dictadura del proletariado (que no es otra cosa que la victoria de la revolución obrera como acto y el inicio del proceso de transformación material hacia una nueva sociedad), es apenas el comienzo de un proceso de fortalecimiento del Poder, del aparato estatal, de sus instrumentos represivos, de su capacidad coactiva como herramienta peculiar separada y perfeccionada por encima de la propia sociedad. Esto es stalinismo puro, es decir, antimarxismo, confusión de esta época.


 


La peculiaridad específica de la dictadura del proletariado es que debuta para morir, es decir, para desenvolver el itinerario de su propia agonía, de su progresiva extinción. Es el acto de fuerza que acaba con la "prehistoria" y da el primer paso de la "historia humana" porque tiende a disolver el Poder en la sociedad, en la misma medida en que desarrolla las premisas materiales de un mundo en el cual el aporte de cada cual corresponderá a sus capacidades y el retorno a sus necesidades; o sea, el universo de la creación de relaciones humanas no mediadas por la explotación y por la lucha de clases irreconciliablemente opuestas. Claro que la sociedad marchará por este camino con los recursos iniciales bárbaros de la violencia y la fuerza, como parto inevitable, dictado por la herencia del pasado (¿con que otra herencia puede contar el hombre en su trabajo en cualquier esfera de su actividad vital?). Nos encontramos así, nuevamente, con la "idea fundamental" del Manifiesto.


 


No está mal, en consecuencia, definir a la dictadura del proletariado como un acto de cordura, de acción plenamente humana para acabar con la enajenación del hombre por el hombre, para terminar con la alienación mediante la cual el hombre es dominado por las cosas, por la hambruna que provoca la sobreproducción, por la perversión social de un sistema que acumula montañas de riqueza, material y dineraria en un polo de la sociedad y miseria incalculable en el polo opuesto (según una reciente información divulgada por el Financial Times las 346 mayores fortunas personales del mundo acumulan un monto equivalente a lo que dispone para subsistir mejor sería decir para no subsistir el 40% "más pobre" del planeta entero). Es un acto de sanidad social contra esta locura; es la tarea de hombres cuerdos, es decir, realistas, concientes, revolucionarios, en la medida que se revelan contra esta barbarie. Los "propósitos" del Manifiesto mantienen su total actualidad.


 


Final amoroso


 


En los Manuscritos, un capítulo especial está dedicado al dinero, a esa mercancía especial y única, al equivalente universal de todos los valores, al valor como tal en la sociedad capitalista, a esa "divinidad visible… alcahuete y prostituta universal entre los hombres y las naciones", conforme los versos de Shakespeare, que el propio Marx cita.


 


"El dinero lo es todo en la sociedad capitalista, porque es el medio real, concreto y único, que para bien o para mal, liga el hombre a la vida, a sus posibilidades y a sus carencias". Si aspiro a algo pero no tengo el dinero para apropiarlo, mi aspiración no es nada. A la inversa puedo tener el dinero para poseer todo y no aspirar a nada, pero mi apropiación ser igualmente real. "Si tengo vocación para el estudio pero carezco de dinero para estudiar, entonces, no tengo vocación, es decir, no tengo vocación para el estudio. A la inversa, si realmente no tengo vocación para el estudio, pero poseo el dinero y la voluntad para hacerlo, tengo una vocación efectiva… Lo que yo como hombre soy incapaz de hacer y, por lo tanto, lo que todas mis facultades individuales son incapaces de hacer, es hecho posible por el dinero".


 


El dinero es el medio y el fin por el cual este mundo aparece invertido, el símbolo mismo del fetiche del capital, es decir, de su apariencia de sujeto y hacedor de nuestra sociedad que es el resultado del trabajo y del trabajador; de aquello que el capitalismo explota y que, por eso mismo, aparece como mero objeto, como cosa.


 


El dinero invierte todo, es "la confusión y el cambio de todas las cualidades naturales y humanas (…) transforma la fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud, en vicio, el vicio en virtud, el siervo en amo, la estupidez en inteligencia y la inteligencia en estupidez". Esto sucede cuando el hombre es hombre, por medio y a través del dinero, de la representación misma de la alienación, del hombre que no es hombre porque no puede expresarse como tal, objetivamente como es.


 


Algo cuya superación, sin embargo, puede imaginarse, más allá de la alienación, en una sociedad que sea humana, en que "el hombre es hombre y que su relación con el mundo es una relación humana". "Entonces, el amor sólo puede intercambiarse por amor, la confianza por confianza, etcétera. Si quieres gozar del arte tienes que ser una persona artísticamente cultivada; si quieres influir en otras personas debes ser una persona que estimule e impulse realmente a otros hombres. Cada una de tus relaciones con el hombre y la naturaleza deben ser una expresión específica, correspondiente al objeto de tu voluntad, de tu verdadera vida individual. Si amas sin evocar el amor como respuesta, es decir, si no eres capaz, mediante la manifestación de ti mismo como hombre amante, de convertirte en persona amada, tu amor es impotente y una desgracia".


 


Este es también el Marx descubridor de la dictadura del proletariado, en el cruce de caminos hacia su conformación como revolucionario acabado, a los 26 años. Así es: la dictadura del proletariado, la cordura y el amor. Ciento cincuenta años después del Manifiesto Comunista.


 


 


Notas: 


 


1. Rieznik, Pablo; "Capitalisme et socialisme, décennie 90" en Actuel Marx Nº 16 de Presses Universitaires de France, deuxième semestre l994, París.


2. Popitz, Heinrich; El hombre alienado, Ed. Sur, Buenos Aires, 1971.


3. Feuerbach, del cual Marx toma el término "ser genérico" establecía así una distinción entre la conciencia del hombre y de los animales. El hombre tiene conciencia de sí mismo como individuo y como especie. Ver Fromm, Erich; Marx y su concepto del hombre, Ed. Fondo de Cultura Económica, Bs. As., 1966.


4. Marx, Carlos; Manuscritos económico-filosóficos, ediciones varias.


5. ver Braverman, Harry, Trabajo y capital monopolista, Ed. Nuestro Tiempo, México, 1980.


6. Marx, Carlos; op. cit. La citas que siguen en este capítulo corresponden todas a los Manuscritos…


7. Meszaros, Itzvan; La teoría de la enajenación en Marx, Ed. Era, México, 1971.


8. Marx, Carlos y Engels, Federico; La ideología alemana, ediciones varias.


9. Marx, Carlos; Manuscritos…, op.cit.


10. Riazanov, David, Ed. Antrhropos, París, 1979.


11. Todas las citas de este párrafo corresponden al Manifiesto Comunista.


12. Hobsbawm, Eric J.; "Sobre la dictadura del proletariado" en la antología del mismo autor Historia do Marxismo, Ed. Paz e Terra, Rio de Janeiro, 1979.


13. La Circular… puede encontrarse en la mayoría de las ediciones de las Obras Escogidas de Marx y Engels.


14. Riazanov, David, op. cit.


15. Ver Trotsky, León; Resultados y Perspectivas, Ed. El Yunque, Buenos Aires, 1975.


16. Lenin, Vladimir I., El Estado y la Revolución, ediciones varias.


 

La vigencia del Manifiesto

Conferencia pronunciada en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Rosario, 17 de abril de 1998.


Sin pretender agotar la descripción de cómo fue recibida la celebración del 150º aniversario del Manifiesto Comunista, se pueden observar dos tendencias en su abordaje; un abordaje de izquierda y un abordaje de derecha.


 


El abordaje de la izquierda se manifestó en algunos artículos que fueron publicados en Página 12, tanto de autores nacionales como internacionales. Digamos simplemente que esta izquierda saluda al Manifiesto Comunista y lo considera casi una pieza de extrema actualidad, porque en el Manifiesto Comunista se exalta el rol revolucionario de la burguesía. Estos izquierdistas dicen: "que el Manifiesto anticipó la globalización, como un fenómeno del capitalismo que no cesa de renovarse". Según esta izquierda, en esto consiste la actualidad del Manifiesto Comunista. Lo que no sería actual del Manifiesto es lo que ellos llaman la parte utópica del texto, aquella que dice que la consecuencia del desenvolvimiento capitalista, la polarización social, las crisis periódicas, la revuelta de las fuerzas productivas contra las relaciones de producción existentes, llevan a la revolución, al derrocamiento violento del régimen existente, a la conquista del poder por parte de la clase obrera y a la destrucción del Estado burgués. Esta es la parte utópica que, naturalmente, quedó como una utopía. Lo que no habría quedado como utopía es la parte analítica que exalta a la burguesía con verbo y estilo.


 


Pero otro sector recibió este aniversario de un modo diferente. Un cubano anticastrista exiliado en la Argentina, miembro de la Ucedé, Armando Ribas, publicó un artículo en La Prensa. Ribas, se hace la siguiente pregunta: ¿Estamos asistiendo a la verificación de las tesis fundamentales de Marx sobre las crisis sin salida del régimen capitalista con este derrumbe de todos los países asiáticos? ¿Es verdad entonces, se interroga, que el capitalismo conduce a la sobreproducción, a la destrucción de riqueza, al derrumbe económico y, por lo tanto, a la revolución? Es decir que, a un sector de la burguesía que procura ver un poco hacia adelante le motivó preocupación la vigencia de la parte utópica, y no de la parte analítica; y a la izquierda la parte analítica, y el rechazo de la utópica. Esto también ayuda a explicar lo que se dijo recién sobre Chacho Alvarez y Menem ¿no es cierto? Porque Chacho Alvarez formó parte de esa izquierda, aunque sea la extrema derecha de toda esa izquierda; reivindica la parte analítica y no reivindica la utópica. En una mesa redonda reciente sobre el Che Guevara que tuve con un miembro del Frepaso, Jozami, y cuyo moderador era el periodista Eliachev, Jozami declaró abiertamente: "el Che Guevara era un utópico como todo el marxismo, mientras que nosotros estamos buscando las soluciones posibles. Esta es la diferencia radical que tengo con Altamira".


 


Quiere decir que en medio de la disolución de la URSS, la caída del Muro de Berlín, la muerte del comunismo, etc., una parte importante de la burguesía ve que las profecías que convirtieron al Manifiesto Comunista en un gran texto revolucionario podrían estar más vigentes que nunca. En tanto que la izquierda, la izquierda que Marx describe en ese mismo texto cuando analiza las distintas literaturas socialistas de la época y que ya tenía esas características pusilánimes en aquel momento; la izquierda considera que el Manifiesto Comunista no tiene actualidad en lo que se refiere a la exposición de los objetivos revolucionarios de la clase obrera. En los próximos años va a quedar claro si lo que está realmente o no vigente es la parte revolucionaria, esa que ha hecho temer a Ribas, que la crisis de sobreproducción produzca revueltas sociales, que por otra parte están ocurriendo: hay sublevaciones constantes en China, sublevaciones estudiantiles en Indonesia, huelgas más o menos importantes pero todavía parciales en Corea, cortes de ruta y huelgas en Argentina, levantamientos agrarios en Brasil, Paraguay, Colombia y Bolivia, siempre en respuesta al mismo fenómeno de la crisis.


 


El Manifiesto Comunista debe ser juzgado, en primer lugar, como la primer expresión del programa político conciente de la clase obrera. En realidad, hasta la aparición del Manifiesto Comunista la clase obrera existía como clase en sí, pero la clase obrera es realmente tal cuando tiene conciencia de su situación en la sociedad. Cuando esto no ocurre, y lo dice el propio Manifiesto Comunista, el trabajador es arreado por una de las fracciones de la clase dominante para luchar contra otra fracción de la clase dominante. En lugar de luchar contra su enemigo, dice el Manifiesto Comunista, el obrero lucha contra el enemigo del enemigo, es decir, hace un trabajo servicial para la clase opresora, y dice también que si ese sector de la burguesía triunfa con el apoyo de los obreros, la victoria resultante es una victoria burguesa, sin que importe que los obreros hayan hecho todo el gasto de la movilización y de la lucha para conseguir esa victoria.


 


Entonces, el Manifiesto Comunista le da al proletariado la conciencia de la situación en la que se encuentra, de las relaciones sociales que engendra con otros sectores de la sociedad, de las contradicciones que sufre, y le ofrece un programa político, lo cual transforma al proletariado moderno, por lo menos potencialmente, en una clase conciente. Empieza a existir, no para servir inconcientemente a sus adversarios, sino que existe y puede asociarse para perseguir sus propios objetivos como clase. Esto es fundamental, porque en realidad una clase social no es tal sino tiene un programa, es decir, si no tiene una comprensión de su situación histórica y de cómo debe abordarla.


 


Después de 1848 no hay ningún documento político del movimiento obrero que llegue a tener este alcance o que pretenda tener este alcance, hasta que en 1938, la IVª Internacional produce el Programa de Transición, porque tanto el Manifiesto Comunista como el Programa de Transición pretenden igualmente ser, en dos épocas diferentes, los programas internacionales del proletariado. No quiere decir que no se elaboró nada políticamente en el medio; existió el Manifiesto (de Marx) de la Iª Internacional, existieron los programas nacionales de los partidos socialistas; existieron las Resoluciones internacionales de la IIIª Internacional, que todavía no eran un programa. No tenemos, entonces, manifestaciones tan frecuentes de un programa de conjunto en el plano internacional. El Manifiesto Comunista tiene ese carácter, es un programa, por eso podemos discutir si es vigente o no es vigente. Esto es algo fundamental a destacar, en un momento en que, en general, en la izquierda que lucha y combate, predomina el empirismo; no existe una estrategia política. Pero cuando no existe una estrategia política se reproducen las propias condiciones de dispersión, de falta de conciencia y de claridad que puede tener el obrero aisladamente o algunos grupos obreros. Lo que se necesita para que la clase actúe como tal, para que pueda haber una lucha de clase y no un enfrentamiento personal o de grupo, es esa comprensión, es ese programa. Marx lo señala cuando habla de la asociación voluntaria de los trabajadores.


 


El otro aspecto que tenemos que destacar del Manifiesto Comunista es la aplicación del material histórico. Esto significa que las diferentes formaciones sociales, y por lo tanto el capitalismo, tienen un carácter transitorio. La clase dominante pretende que no es así; como es el régimen que le conviene, elabora naturalmente una idea o una ideología del absolutismo social. Marx dice no, este régimen social tiene un carácter transitorio como lo han tenido otras sociedades. Para las clases explotadas este descubrimiento es fundamental, porque quiere decir que en la propia Historia está inscripta la posibilidad de emanciparse de este régimen de explotación. Esta definición del Manifiesto Comunista es un arma científica poderosa para la clase obrera, porque le permite no solamente proclamar la justicia moral de su causa, sino también su carácter de necesidad histórica.


 


La burguesía se representa el problema de otra manera; para la burguesía en todas las sociedades hubo un núcleo capitalista que procuró abrirse paso y que culminó en el capitalismo moderno. Por esto es que todos los libros burgueses de economía arrancan del cambio de mercancías como un fenómeno natural. Mientras el marxismo habla de formas históricamente determinadas, los burgueses dicen que el capitalismo es la expresión de una curva del pasado remoto que busca abrirse camino. Hay intelectuales burgueses que dicen que ha triunfado esta concepción lineal de la historia, que no hay fenómenos históricamente condicionados y que el régimen burgués sería el estadio final. Entonces el marxismo vuelve a colocarse a prueba como se colocó a prueba permanentemente porque es un documento vivo, eso es por lo menos lo que no tiene en común con la Biblia, es decir, lo tiene en popularidad de ediciones pero no lo tiene en común como instrumento de acción.


 


Si se examina la intervención del capitalismo en la ex Unión Soviética, en los países de Europa Oriental, en China, etc., vemos algo que, con ayuda del Manifiesto Comunista, podemos entender muy bien: una gigantesca destrucción del proceso productivo. No vemos lo que dice el Manifiesto Comunista para 1848, o sea que el capitalismo se abre paso en América, reemplaza a la pequeña propiedad, transforma una nación agraria en industrial, concentra la producción, revoluciona la técnica; así describe Marx la penetración del capital europeo en América. ¿Cómo describiríamos nosotros hoy la penetración del capital europeo y norteamericano en Rusia? Destrucción de las fábricas, cierres de las empresas, retroceso de las escalas productivas, en la calidad de la producción social, primarización de la economía, desindustrialización. Entonces, el Manifiesto Comunista como aplicación del materialismo histórico, a partir de la crítica a la filosofía clásica ayuda profundamente a comprender el carácter del momento histórico actual. Es un momento en que la crisis del capitalismo se hace más inmensa que nunca; 800 millones de desocupados, las fuerzas productivas de la sociedad que se rebelan más brutalmente que nunca contra las relaciones de producción en la forma de crisis, estancamiento, guerras y levantamientos y la prueba mayor es que al invadir un terreno que tuvieron largo tiempo vedado, en la ex Unión Soviética, el capital no ejerce una acción civilizadora sino destructiva. Esto nos permite meternos en este famoso problema sobre el carácter revolucionario de la burguesía.


 


¿Qué quiere decir Marx cuando afirma que la burguesía revoluciona constantemente los medios de producción o las condiciones sociales, disuelve las viejas formas, etc.? ¿Hay un afán apologético? No. El mismo Manifiesto lo clarifica con enorme precisión al referirse a la burguesía como un "agente pasivo e involuntario … del progreso de la industria". Es decir, que la burguesía no organiza en forma conciente el desarrollo de las fuerzas productivas; el mercado es un proceso inconciente que tiene lugar a espaldas de la organización productiva. Cuando Marx habla del carácter revolucionario de la burguesía quiere decir esencialmente que el régimen burgués funciona de un modo diferente a como funcionaban las otras sociedades explotadoras. Las otras sociedades explotadoras eran fijas y estables, mientras que el capitalismo se ve obligado a estar en permanente movimiento. Lo que Marx dice es que la burguesía anda en bicicleta, y que si no pedalea se cae. Estamos ante una sociedad dinámica. Esta observación tiene un valor excepcional. En un primer momento el capitalismo destruye todas las formaciones anteriores. Pero luego destruye sus propias formas y cuando destruye sus propias forma sociales actúa también en forma revolucionaria, ya que prepara las condiciones para su derrocamiento. Un ejemplo: ¿qué tiene de revolucionario despedir masivamente? Simplemente llevar la alienación a un extremo insoportable y empujar a las masas a la insurrección; eso es lo que tiene de revolucionario, que es al mismo tiempo, una manifestación del agotamiento del sistema capitalista, porque no le puede dar de comer ni siquiera a sus propios esclavos. Marx señala que el desempleo masivo, la pauperización, la pérdida del trabajo, es prácticamente un toque de difuntos del capitalismo, porque como consecuencia de esto, en lugar de que el explotado le dé ganancia al capitalista, es éste el que debe darle al explotado su manuntención; en lugar de que el obrero alimente al capitalista, el capitalista tiene que alimentar al obrero. Esta es una situación final, desde el punto vista del régimen capitalista. En este sentido es que sigue siendo revolucionario. Pero el sistema como tal ya no produce transformaciones revolucionarias en el sentido de nuevos saltos en el desarrollo de las fuerzas productivas. Por ejemplo, cualquier análisis que se haga del porcentaje de inversión en investigación y desarrollo de un gran monopolio, va a descubrir que es absolutamente mínimo; cualquier análisis que se haga sobre el uso de la informática en el proceso económico descubrirá que la informática está aplicada en un 90% a los procesos parasitarios del capitalismo, es decir, las finanzas, al comercio, a la intermediación. No ha sido capaz de llevar la informática hasta sus últimas consecuencias, al propio proceso productivo; hay una desrobotización en las fábricas capitalistas. Quiere decir que cuando en Página 12 se exalta el Manifiesto Comunista porque la burguesía cumple un papel revolucionario, no sólo tienen una posición de derecha los que escriben; manifiestan una ignorancia supina del pensamiento fundamental de Marx.


 


El mismo orden de reflexión se puede hacer sobre la globalización. Porque la globalización debería significar básicamente una universalización de todas las conquistas de la humanidad, y lo que vemos es la exclusión social, que es exactamente lo contrario de la globalización, una privación creciente de las conquistas de la humanidad para una masa creciente de la población. Es decir, hoy tenemos analfabetos en la época de la informática, en una mayor medida que la que teníamos en la época de la tinta china, la plumita y el lapicero. ¿Qué es la globalización desde el punto de vista del capital mundial? ¿Los capitalistas se han reconciliado entre sí y forman un capital mundial?. No. Tenemos una acentuación de la rivalidad nacional entre los capitalistas. El capital, Marx lo dice en el Manifiesto, es personal, no colectivo; es personal aunque se manifieste como una relación social. Una propiedad que es personal y que se concentra se contrapone a su universalización. ("En la sociedad burguesa el capital es independiente y personal, al paso que el individuo que trabaja es dependiente e impersonal"). El capital es cada vez más nacional, en una economía cada vez más internacional, y por eso el capital mundial es cada vez más norteamericano, y en parte, alemán o japonés, y si no hay que preguntarles a los capitalistas asiáticos, coreanos, indonesios, etc., que están siendo desplazados por el capital norteamericano.


 


Marx escribe inmediatamente después del Manifiesto, la Circular de 1850, que hace el balance de la Revolución del 48. La circular explica que la clase obrera debe tener su partido propio independiente, y que tiene que organizarse con un objetivo estratégico. Marx pone énfasis en esa Circular en la necesidad de que los obreros se organicen en partido, separados de la pequeñaburguesía democratizante, es decir, del Frepaso, del Frente Grande, del Frente del Sur, de los cuales dice que por su charlatanería democrática y su proximidad social a las masas son el peor peligro para la organización obrera.


 


Para terminar, quiero leer a los docentes un párrafo que revela la fuerza de previsión del materialismo histórico. Al descubrir las tendencias históricas en la raíz, puede proyectarlas con fuerza extraordinaria hacia el futuro. "La cultura , dice el Manifiesto, es para la inmensa mayoría de los hombres sólo un adiestramiento que los transforma en máquinas". ¿La Reforma Educativa y el polimodal no pretenden simplemente con la salida laboral organizar una educación para que la cultura del trabajador consista simplemente en actuar como una máquina"? La Decibe dice que la suya es la última palabra de la Pedagogía moderna; Marx ya lo denunciaba como un aspecto de la barbarie, en 1848.


 


La Reforma Educativa reivindica la prioridad educativa de los padres y, entonces, dirigiéndose a la burguesía Marx dice: "Ustedes dicen también que destruimos las relaciones más íntimas al sustituir la educación doméstica por la educación social". Marx ataca, en 1848, a la educación doméstica, en estos términos: "¿Y vuestra educación no está también determinada por la sociedad, por las condiciones sociales en que educáis a vuestros hijos, por la intervención directa o indirecta de la sociedad, por medio de las escuelas?". La diferencia, con los comunistas, dice Marx, no es que la burguesía sea partidaria de la educación doméstica y los comunistas de la social, porque la de la burguesía también es social, tiene una escuela controlada por ellos, lo que los padres enseñan también es social. Marx dice: "los comunistas no inventaron la intromisión de la sociedad en la educación. Eso existe bajo el capitalismo; lo único que buscamos es modificar su carácter, arrancando a la educación de la influencia de la clase dominante". Qué arma extraordinaria es el Manifiesto en la lucha en el campo de la cultura.


 

Lutte Ouvrière frente a la liquidación de la LCR de Francia

Reproducido de la revista Lutte de Classes.


El último congreso de la LCR, que tuvo lugar del 29 de enero al 1º de febrero pasados, tenía por objetivo esencial decidir el cambio de nombre de la organización. Su dirección afirmaba con insistencia la necesidad y la urgencia de tal cambio, dando a este trámite el máximo de publicidad. La cuestión, explicaban, es que el nombre y la etiqueta de la organización constituyen un obstáculo para su desarrollo y se llega, según ella, a esta situación paradójica donde hay, para retomar los términos repetidos constantemente en la tribuna del congreso, "un desfasaje creciente entre la presencia de los militantes de la LCR en los movimientos de masas (AC!, Ras le Front, CADAC), que contrasta con la debilidad de su aparición en el plano político". La causa de este desfasaje, enunciado en todos los tonos por los partidarios del abandono del nombre de la organización, era entonces esta etiqueta que, siguiendo sus planteos, da una imagen superada, negativa e incluso repulsiva de la Liga Comunista Revolucionaria, particularmente en desventaja por su referencia comunista.


 


Finalmente, el rebautismo no se produjo. La propuesta no fue adoptada, a pesar de haber recogido casi los dos tercios de los mandatos estatutariamente necesarios. Pero faltó muy poco, ya que hubo un 64,8% de mandatos en favor del cambio, mientras que hubiera sido necesario el 66%. Rápidamente, la dirección de la LCR declaró que era solamente una cuestión aplazada, indicando que un congreso excepcional sería convocado en los meses venideros para volver sobre esta cuestión.


 


Pero, en este caso, lo importante no es que todavía durante algunos meses la LCR seguirá siendo la Liga Comunista Revolucionaria. Lo importante son las intenciones manifestadas por la mayoría de sus dirigentes y aprobadas por casi los dos tercios de los delegados al congreso. Para ellos, la etiqueta no es más que un vestigio provisorio que les fue impuesta por una minoría de bloqueo. Moral y políticamente, ya no están en una organización que se reivindique partidaria del comunismo, sino de la "izquierda revolucionaria", o "izquierda democrática revolucionaria", nombres propuestos por los partidarios del cambio.


 


A decir verdad, hace años que la dirección de la LCR proclama a los cuatro vientos que esta referencia comunista es inadecuada, contraproducente y propone en consecuencia desembarazarse de ella. Pues contribuye, explica, a aislarse, descartando el concurso de los "actores de los movimientos sociales", los jóvenes, que no se abstendrían de integrar la organización si no se contara con esta maldita etiqueta obstaculizadora y si no existieran al mismo tiempo las estructuras organizativas heredadas, ellas también, de un pasado revolucionario.


 


Ya en los textos preparatorios de su congreso de 1992, la mayoría de la LCR de entonces que contaba claramente con los mismos dirigentes de hoy explicaba: "El término comunista ha sido corrompido y desnaturalizado a los ojos de millones de hombres y mujeres", y es necesario entonces que se lo abandone, agregando que tal decisión se inscribiría en la voluntad de construir una organización más amplia, más abierta, que no suponga para sus miembros "un acuerdo completo ni sobre la interpretación del pasado ni sobre la visión del mundo". La viabilidad de una organización tal debía forzosamente reposar, explicaban entonces esos dirigentes, "sobre una comprensión común de los grandes acontecimientos en curso y de las tareas que se derivan". Tal organización debía enriquecerse "con las definiciones nuevas sobre la base de experiencias comunes en la acción emprendida". Lo que resumía la fórmula: "Construir un partido no delimitado programáticamente".


 


Ese congreso no pudo decidir el cambio de nombre de la organización (la mayoría retiró esta propuesta a último momento), y tampoco el congreso siguiente que tuvo lugar en 1996. Pero la idea del cambio de nombre y, detrás de esta idea, el proyecto de una ruptura formal con el pasado comunista, quedaba en el aire. Los dirigentes de la LCR seguían lamentándose en alta voz del hecho de que la sigla comunista y revolucionaria constituía un fardo "pesado para sobrellevar".


 


Si hay un reproche que no se le puede hacer a los dirigentes de la LCR es el de no haberlo previsto. El viraje semántico, al contrario, ha sido largamente negociado desde el principio de los años 90, después de la caída del muro de Berlín y el hundimiento de la URSS.


 


Pero, de hecho, si la cuestión del rechazo de la etiqueta ha sido planteada recién hace pocos años, el proceso que condujo a esta ruptura con el comunismo y no simplemente con una etiqueta se remonta, en nuestra opinión, mucho más atrás. No está en nuestra intención, en el cuadro de este artículo, recordar en detalle los análisis y las opciones pasadas que llevaron a la LCR, que no se llamaba todavía así, a bautizarse comunista; o el de otros movimientos y regímenes que no lo eran de ninguna manera, y que hasta se defendían de que se los denominara así. Citemos el FLN argelino o incluso, más próximo en el tiempo, el movimiento sandinista de Nicaragua. Sin hablar de regímenes que se reclamaron del comunismo, como el régimen castrista, pero cuyas prácticas se emparentaban, en ciertos aspectos, a las prácticas stalinistas y que no tenían absolutamente nada que ver con el comunismo. Tales desviaciones, que a diferencia de las de hoy, se traducían en una tendencia sistemática a proceder a bautismos abusivos y sumarios así como hoy se "desbautizan", muestran una misma actitud, que consiste en definir el comunismo a partir de apreciaciones impresionistas y circunstanciales, que no tienen nada que ver con los criterios de los dirigentes de la Revolución Rusa y que la experiencia de esta misma revolución han validado.


 


A otro nivel, en verdad más prosaico, el de la intervención política en Francia, las exigencias de la LCR no se han caracterizado por un mayor rigor. Si hacemos excepción de la elección presidencial de 1969, donde la LCR presentó la candidatura de Alain Krivine, de allí en más este partido ha multiplicado los esfuerzos por no aparecer bajo sus propias banderas. Muy pronto, en ocasión de la elección presidencial de 1974, se intentó hacer de Piaget, líder de la huelga ejemplar de Lip, militante que no era ni comunista ni aún revolucionario y se defendía de serlo, el candidato único de la extrema izquierda. En 1981, la LCR no se presentó, a pesar, dijo en su momento, de haber obtenido los 500 padrinazgos necesarios. De todas formas, sin disgusto, puesto que ello les evitó definirse pública y políticamente respecto de Mitterrand. Luego, en la elección presidencial de 1988, se hicieron campeones entusiastas y vehementes de la candidatura de Juquin. Y, último episodio de la serie, fue el ofrecimiento de servicios a Dominique Voynet en 1995, que esta última rechazó con desprecio. En cada una de estas ocasiones, se trataba de ganar la simpatía de personalidades que se suponía encarnaban una concentración más amplia, del hecho que era lo más confuso posible políticamente, lo menos "delimitado programáticamente". Durante todo este período, la Liga preservó su etiqueta "comunista revolucionaria", pero para tratar de abandonarla cada vez que hubiera una ocasión de aparecer política y organizativamente, a escala nacional, frente a la oposición amplia. Como se puede observar, la LCR trató sistemáticamente de librarse de esa etiqueta.


 


Todo esto nos hace decir que el fondo de la transformación tiene raíces antiguas, que se inscriben, a nuestro parecer, en relaciones con el comunismo que no son las nuestras y que favorecen todas las desviaciones, para llegar, al cabo de algunos meses sin duda, a una ruptura formal.


 


Es entonces a partir del comienzo de los años 90 que la dirección de la LCR se ha comprometido en la campaña que pronto va a concluir por franquear el paso. Pero este último paso, si es la conclusión de una larga aversión cuyo resultado era previsible, no es menos un paso decisivo, cargado de significación y de consecuencias.


 


Si esto no fuera más que una cuestión de etiqueta, una elección inspirada por la oportunidad del momento, casi no valdría la pena discutirla. Pero no se trata de eso.


 


Los argumentos adelantados en la discusión para justificar esta mudanza de la LCR digamos, para ser más precisos, esta mutación, para retomar un vocablo que los dirigentes del PCF han puesto de moda en los últimos tiempos se sitúan en muchos niveles. Algunos dan cuenta de consideraciones tácticas que no tienen otro objetivo que engañar sobre las razones profundas que motorizan a los dirigentes de la LCR. Así, entre los sostenedores del cambio, se han podido escuchar intervenciones afirmando que si la LCR no llegaba a sobresalir electoralmente la causa era la palabra comunista, que horrorizaría a los electores. Pero entonces habría que explicar por qué el Partido Comunista Francés recibe aún hoy, años más años menos, alrededor del 10% de los sufragios, más de dos millones de votos. Los dirigentes de la LCR estarían más inspirados si se interrogaran, a propósito de esto, sobre todas las veces que su organización eludió los desafíos en las consultas nacionales, defecciones que no resultan ni de la falta de medios militantes ni de la falta de medios financieros, sino de una elección política.


 


Los camaradas de la LCR explican todavía que a causa de la connotación negativa que habría tomado la palabra comunismo con la revelación de los crímenes stalinistas, se ha hecho difícil, casi imposible incluso, lograr que la gente los escuche y comprenda. ¿Pero no era mucho más difícil, y en ciertos períodos peligroso, reclamarse del comunismo revolucionario, es decir del trotskismo, cuando el stalinismo reinaba como jefe absoluto en la URSS y en los países del Este y cuando imponía su influencia sobre la mayor parte del movimiento obrero en Francia? Decir que reclamarse del comunismo provocaría un obstáculo tal que los militantes no podrían ya comunicarse con su entorno no nos parece convincente. Sin duda es verdad que en el seno de la intelectualidad, sensible a los vientos dominantes, que a menudo son originados por ella misma, la palabra y las ideas comunistas hoy provocan náuseas en la medida de los entusiasmos que se manifestaban cuando la adulación servil a la URSS estaba de moda. Pero generalmente no es lo mismo en los barrios populares y en las empresas. En estos medios, un militante que se reivindica comunista aparece más bien como alguien que se encuentra del lado de los trabajadores, contra los patrones y los ricos. Aparece como un militante con el cual no se está siempre de acuerdo, pero al que no se le hace un vacío alrededor. Se podría agregar que si el término comunista ha sido prostituido por el stalinismo y sería demasiado pesado para llevar, el término "izquierda", con el que la LCR desearía adornarse de aquí en más, tiene un prontuario bien frondoso de traiciones y de crímenes con respecto a la clase obrera y a los pueblos coloniales.


 


De hecho, este muestreo de razones expuestas, y que resumen los debates del reciente congreso de la LCR, actúan como una pantalla ante las verdaderas razones de la dirección de la LCR. A la pregunta: "¿qué organización construir y por qué hacerlo?", la respuesta de los camaradas de la LCR consiste en decir que hace falta una organización abierta, receptora, lo que no significa simplemente que los hombres y las mujeres deban encontrarse cómodos, sino que políticamente debe abrirse a todos aquellos que lo deseen, desde el momento que participan condición suficiente en los combates contra la injusticia social, como los que llevan adelante los movimientos llamados asociativos. La LCR ya no pedirá, para adherir a la organización, que se sea comunista, o incluso que se lo desee para un futuro, ni marxista. Se pedirá simplemente que se digan revolucionarios, pero sin precisar lo que este término abarca. Y no es la historia de la LCR, y de sus organizaciones hermanas en el seno del Secretariado Unificado de la IVª Internacional, lo que nos enseña sobre lo que abarca precisamente el término revolucionario, y aún menos determina de qué terreno de clase se trata.


 


Los "actores del movimiento de masas" que los dirigentes de la LCR quieren desde ahora atraer a la organización nueva no rechazan el comunismo a causa de la imagen que ha dado de él el stalinismo. La mayor parte de esos militantes asociativos que la LCR quiere atraer y que son en gran medida ex militantes de la extrema izquierda, incluso de la LCR no se reivindican comunistas y no tienen intención de reivindicarse como tales. Muchos de ellos han elegido con toda conciencia ser reformistas, sindicalistas, anarquistas en lo que concierne a militantes de base, y en muchos casos, políticos arribistas en lo que concierne a ciertos dirigentes. Esta gente, de buena o mala fe, no sólo se puede decir que no son comunistas, sino que en gran medida son adversarios del comunismo. Las elecciones recientes de los Verdes, que la dirección de la LCR consideraba y considera aún como uno de los componentes deseados de su futuro partido, o las elecciones de los dirigentes del MDC no dejan, a este respecto, ningún resquicio para la duda. Esto no impide a la dirección de la LCR abrigar esperanzas en el reclutamiento de esta gente. Esperanzas tanto más vanas cuanto que muchos de estos militantes asociativos rechazan entrar en una organización política, a causa del rechazo de la acción política en un cuadro organizativo que consideran que los inmovilizaría.


 


La Liga explica que su proyecto consiste en apostar a las contradicciones que aparecen en el seno de los componentes de la izquierda plural, contradicciones que no cesarán de estallar, si pensamos en la evolución previsible de la situación económica y social. Y por ello, sería necesario situarse en el corazón del debate que fractura a esta izquierda plural, se trate de los Verdes, del PCF o del PS. Este pronóstico se realizará o no. Veremos. No es el único escenario posible. Y no es el centro del problema. Pues, suponiendo que una crisis política haga estallar las contradicciones en corrientes que busquen una salida política a su izquierda, es entonces que se necesitará que exista un polo, creíble política y organizativamente a la vez, para pesar en un sentido radical, revolucionario, que se sitúe sin ambigüedades en un terreno anticapitalista. De otra manera, una crisis tal se hundirá una vez más en el pantano reformista, a remolque de políticos carreristas.


 


Ciertamente, la preocupación de ganar militantes que no sean revolucionarios al combate de los revolucionarios y, a través de ello, a las ideas y a la organización revolucionaria, es completamente legítima. Pero no se la puede concretar vistiéndose con el disfraz reformista. Esta pretendida táctica, además de revelarse cada vez más inoperante en lo que concierne a su capacidad de agrupamiento, no digamos ya alrededor de la LCR sino en una formación que incluyera a la LCR, es una impasse política. Al menos para los que quieren sinceramente ofrecer una salida a la futura radicalización proletaria, sobre un terreno de clase.


 


El problema no es ser más numerosos en los "movimientos sociales", en las luchas de la clase clase obrera aún si ser ser lo más numeroso posible es necesario sino ofrecer una perspectiva que se sitúe fuera de las trampas reformistas.


 


La LCR se compromete abiertamente en la vía diametralmente opuesta, en tanto que pretende abrirse. Es dudoso que tal apertura semántica y organizativa se traduzca en una afluencia de militantes, en el período actual. Pero aún si el nuevo emblema "Izquierda revolucionaria" atrajera más militantes, ¿en qué concluiría la cuestión que plantean sus dirigentes, a saber, en sustancia, "la articulación entre la presencia de los militantes de la LCR en los movimientos de masas y su aparición en el plano político"?


 


Una organización amplia en sus concepciones políticas, no definida programáticamente, sin la menor exigencia en lo que concierne a su reclutamiento, no tendría ningún medio real ni de pesar en la orientación de los futuros combates sociales, si éstos toman envergadura, ni de pesar sobre la fracción de la opinión, y en particular de la opinión obrera, que tiene aún mayor o menor confianza en las organizaciones reformistas, sea en las elecciones o en las luchas.


 


Por esto, hace falta que exista un polo delimitado programáticamente, y definido políticamente, que construya una relación de fuerzas que pueda ser reconocida cuando los trabajadores y los militantes de las organizaciones tradicionales del movimiento obrero busquen la respuesta a sus aspiraciones y la defensa de sus intereses, que no encontrarán en las organizaciones tradicionales. Es esta perspectiva la que torna necesaria la construcción de un partido comunista digno de este nombre. Este camino, que la LCR está en vías de abandonar, incluso en la forma, pensamos que no sirve para mejor responder a las necesidades de la hora, sino para tratar de insertarse en esta izquierda llamada plural, tratar de ser reconocido como uno de sus componentes. Los que aspiren sinceramente a defender los intereses de la clase obrera, tanto sus intereses inmediatos como sus intereses históricos, no tienen nada que esperar de esta desviación. Si no, será una organización de izquierda más, en un momento en que no hace falta, y, lamentablemente, militantes que le dan abiertamente la espalda a la necesaria construcción de una organización comunista revolucionaria, lo cual es una falta que, por nuestra parte, lamentamos sinceramente.


 


20 de febrero de 1998


 

La revolución inconclusa


En el tema de la Revolución Rusa, podría parecer que todo lo digno de decirse ya fue dicho. Tanto los críticos como los defensores de la revolución repiten una y otra vez lo que ya fue dicho y escrito en los años 20. Durante las décadas del Soviet, los izquierdistas citaron repetidamente los pronunciamientos de Trotsky y de su biógrafo Isaac Deutscher sobre la degeneración burocrática del régimen, sobre el carácter incompleto del proceso revolucionario y sobre la posibilidad de que fuera derribado. Los socialdemócratas repiten los argumentos de Kautsky y Martov concernientes a la naturaleza prematura del experimento bolchevique y su carácter anti-democrático, mientras que los liberales insisten en que una economía no construida sobre los firmes cimientos del mercado y la propiedad privada no puede ser viable. Parecería como si el colapso del sistema soviético entre los años 1989 y 1991 hubiera puesto los puntos sobre todas las íes y se terminara la discusión. Al menos en el plano emocional, sin embargo, los acontecimientos de esos años se convirtieron en una verdadera sorpresa para los ideólogos. A los propagandistas del capitalismo, el destino del experimento ruso les resultaba absolutamente natural, pero desde 1989 pareció como si la historia se estuviera burlando de los liberales; después de confirmar todas sus teorías y pronósticos, inmediatamente comenzó a refutarlos. Todas las promesas de un futuro brillante, de un crecimiento dinámico y de una economía normal, se convirtieron en su opuesto. Ninguna de sus positivas recetas funcionó, mientras que progresivamente los valores liberales dejaron de interesar a alguien, excepto a los intelectuales profesionales.


 


Es notable cómo los ideólogos liberales fueron forzados a volver al lenguaje del comunismo soviético, copiando sus argumentos. Los liberales hablaron de las dificultades del período de transición, de la insuficiente e inconsistente implementación de las políticas reformistas, de errores específicos, y finalmente, de la resistencia y sabotaje de fuerzas hostiles estancadas en el camino de la historia o incluso tratando de hacerla retroceder. Esto no es simplemente porque todos los ideólogos del capitalismo en Rusia, y en la mayoría de los demás países de Europa del Este, estudiaron en las escuelas del Partido Comunista. Expertos occidentales que nunca se graduaron en las escuelas del partido soviético dicen lo mismo. Detrás de esto está su impotencia frente a los incomprendidos mecanismos de la historia, junto a la falta de habilidad y de voluntad para dar respuestas claras a cuestiones concretas.


 


No resulta sorprendente que, frente a este trasfondo, el debate sobre los resultados de la Revolución Rusa se desarrolle nuevamente. La incertidumbre sobre el estado de una sociedad explica que la gente esté continuamente forzada a mirar atrás. Si todo está supuestamente tan claro, entonces ¿por qué todo es realmente incomprensible? Examinar el pasado esconde un temor al futuro. La discusión está aún a escala de círculos. Cada uno repite sus viejos argumentos, esperando encontrar sus viejas tesis confirmadas por los eventos de 1989/91. Mientras tanto, la gente se enfrenta a la paradoja de que para entender el pasado, es necesario primero intentar entender mejor el presente.


 


El colapso del sistema soviético no sólo fue un golpe fatal para el movimiento comunista, en cuya ideología la Revolución rusa de 1917 jugó un rol central y para lo cual fue creado todo un sistema de mitos. El daño sufrido por la socialdemocracia no fue menor, y en cierto sentido fue incluso mayor. Ahora que los gobiernos centro-izquierdistas han tomado el poder en muchos países de Europa, esto es incluso más obvio que hace algunos años, en la época de la hegemonía indisputada del neoliberalismo. Los izquierdistas están llegando al poder, no para implementar sus propios programas, sino para continuar con las políticas de los neoliberales. De muchas maneras, estos neófitos del capitalismo son más peligrosos que los políticos burgueses normales. ¿Por qué la derrota del comunismo viene acompañada del colapso moral de la socialdemocracia, que no perdió oportunidad para condenar al comunismo?


 


Las condiciones para el compromiso


 


Aunque los ideólogos del ala derecha de la socialdemocracia en Occidente, en los primeros años del siglo, se empeñaron en mostrar que los partidos de izquierda podrían, a través del incremento constante del número de votantes, más tarde o más temprano, ganar el apoyo de la mayoría del pueblo y llegarían pacíficamente al gobierno, el hecho es que ningún gobierno de izquierda ganó el poder en Europa después de la Revolución Rusa de 1917. Tal vez esto no sea más que una coincidencia. Pero los acontecimientos que se desarrollaron en Rusia no podrían dejar de tener una enorme influencia tanto en la clase burguesa, como en la clase obrera de Occidente. Después de 1917, la ideología del reformismo social se basó en tres premisas principales: que una sociedad cualitativamente diferente del capitalismo es, en principio, posible; que el proceso de transformación social no tiene que ser revolucionario; y que dentro de la estructura de la economía mixta era esencial unir los logros democráticos de Occidente con las conquistas sociales de Oriente. Mientras tanto, el movimiento obrero de Occidente rechazó la vía revolucionaria y optó por el compromiso social. Pero el compromiso requiere una disposición para las concesiones por parte de ambos lados. Los acontecimientos en Rusia asustaron no sólo a los burgueses, sino también a un numero significativo de trabajadores. Cuantos más trabajadores descubrieron la crueldad de los bolcheviques y luego, del régimen soviético, más fuerte se volvió la orientación reformista de la mayoría de los trabajadores.


 


En esencia, lo que nosotros vemos hoy no es otra cosa que la crisis de las consecuencias históricas de la Revolución Rusa de 1917. Las reformas sociales de la posguerra representaron una reacción de la sociedad occidental a esta revolución. El príncipe Kropotkin le recordó a Lenin que el terror revolucionario retardó la extensión de los principios de la Revolución Francesa en Europa por ochenta años. En la óptica de Kropotkin, lo mismo ocurriría con el socialismo ruso. Indudablemente, Lenin vio las cosas de manera diferente. Pero por supuesto, los acontecimientos subsiguientes determinaron no sólo el terror, sino también el sistema y las estructuras que surgieron de la revolución. El modelo soviético era claramente inapropiado para ser reproducido a lo largo de Europa.


 


Como los jacobinos franceses del siglo dieciocho, los bolcheviques fueron rigurosos, autoritarios, y a veces incompetentes. Pero al mismo tiempo, procuraron alcanzar cambios tan trascendentes que su significado completo será claro sólo después de siglos. A pesar de sus errores y crímenes, tanto los jacobinos como los bolcheviques inspiraron a millones de personas, dándoles autoestima y confianza en su propia fuerza. A este nivel, la Revolución Rusa, por todo su autoritarismo, tuvo un inmenso significado liberador. El hecho de que el pueblo haya ganado el sentido de estar en la dirección, que hayan tomado conciencia de sí mismos como participantes y no como meros espectadores de los sucesos históricos, predeterminó la victoria de los rojos en la Guerra Civil y más tarde los éxitos de la URSS. Esto puede ser llamado el impulso revolucionario. Por paradójica que pueda parecer, la ideología comunista sirvió durante el período de industrialización como una suerte de sustituto ruso de la bien conocida ética protestante. Es por esto que luego de 1991 las elites rusas a diferencia de las chinas al poner fin al comunismo, simultáneamente suprimieron la única precondición ética y psicológica posible para el desarrollo del capitalismo. Aquí reside la razón por la cual las reformas rusas han fracasado, mientras que en China triunfaron. Y esto, quizás, representa el único servicio histórico que ha desempeñado el presente régimen en Moscú.


 


La revolución pospuesta


 


La influencia de la Revolución Rusa de 1917 en la sociedad occidental fue enorme, pero terminó siendo muy diferente de lo que los ideólogos de Octubre esperaban. La experiencia rusa impulsó a las clases dominantes a hacer concesiones, y a la vez actuó como un obstáculo en la búsqueda de un modelo europeo distinto de cambio social radical. Se encontró una solución en el reformismo. El éxito del intento reformista fue directamente proporcional a la seriedad del chantaje revolucionario corporizado en el movimiento comunista mundial y en la amenaza soviética. El socialismo fue capaz de jugar un fuerte rol en mejorar el funcionamiento del capitalismo precisamente por su esencia anticapitalista. Si el socialismo no hubiera sido una alternativa real, si no hubiera tenido su propia lógica social y económica que sirviera como una real base para la creación de una nueva sociedad, entonces no habría sido capaz de desarrollar las ideas y acercamientos necesarios para una reforma exitosa. Para poder reformar el sistema, un impulso ideológico de afuera era necesario. Si la ideología socialista hubiera dejado de ser una alternativa al capitalismo, si el movimiento obrero hubiera perdido su capacidad de una militancia agresiva y no hubiera sido capaz de una lucha determinada contra la burguesía, no habría sido capaz de conquistar a nadie o a nada. Sin hostilidad de clase, no hubiera habido ninguna reforma social o colaboración social. La colaboración en este caso no surge de la simpatía mutua entre las partes, sino de la comprensión de que rechazar la colaboración podría tener resultados catastróficos. Esto puede ser llamado la revolución pospuesta


 


Cuando se examina todo el período desde 1917, a la luz de los acontecimientos y desde el punto de vista del sentido común liberal, éste se presenta como una cadena de errores y crímenes. Esta impresión es de hecho errada; el impulso de 1917 duró mucho porque a lo largo de esta senda había también impresionantes victorias, incluidas las económicas. Sin embargo, mirando hacia atrás desde 1990, es fácil tomar el punto de vista de que mientras Rusia recibía shocks, terror rojo, colectivización, termidor stalinista, represión masiva de los años 30, horrores de la guerra, y el esfuerzo del período de reconstrucción de posguerra, Occidente tuvo una sociedad de consumo, un sistema democrático viable, y capitalismo civilizado. El punto que escapa al observador superficial es que uno no es posible sin el otro. La historia de los éxitos de Occidente hubiera sido imposible sin nuestra trágica historia. A partir de los años 30, la Unión Soviética ya no estuvo gobernada por un régimen revolucionario. Correctamente, Trotsky calificó al nuevo orden político como el termidor soviético, en el cual la nueva elite ya no servía a la revolución proletaria sino que se servía a sí misma. En los años 40, con el ascenso del super-poder soviético, el régimen tomó formas crecientemente bonapartistas. Aunque gravemente debilitado, el impulso revolucionario todavía se hacía sentir, y fue el secreto de los éxitos socio-económicos de la URSS en el período de posguerra, y el atractivo de nuestro país para el mundo en desarrollo. Sin embargo, este impulso finalmente se extinguió. A fines de los años 80 teníamos un país inmenso con una economía ineficiente, super-centralizada y no particularmente planeada, y una burocracia inflada, hipertrofiada, que soñaba con adquirir tanto propiedad como poder. La época del termidor soviético había llegado a su fin. Había llegado el momento de la restauración. La tarea histórica fue tomada por el régimen de Yeltsin, con el apoyo de Occidente.


 


Había llegado el momento para una época de la reacción, al cual la prensa por alguna razón bautizó la reforma liberal. Esta reacción no fue un asunto interno ruso, sino parte de un proceso global. Como la Santa Alianza en Europa después de las guerras napoleónicas que intentó arrancar de raíz los resultados de la Revolución Francesa, así hoy el Fondo Monetario Internacional, la Europa de Maastricht y el nuevo orden mundial norteamericano representan una respuesta reaccionaria de las viejas elites a la caída del experimento revolucionario. Es equivocado intentar justificar la reacción social sobre la base de sus éxitos tecnológicos. El período de la Santa Alianza fue también de intensivo desarrollo tecnológico, pero esto no alteró la esencia reaccionaria de la época.


 


Podría decirse que el principal logro histórico de nuestra revolución fue la reforma del capitalismo en Occidente. Ahora, como resultado del colapso del comunismo, esta conquista está amenazada. La derrota de la revolución no está simplemente debilitando al reformismo sino, en un cierto sentido, haciéndolo completamente imposible.


 


No es sorprendente que el colapso del sistema soviético haya sido, además, una catástrofe para la socialdemocracia. Desde 1989, la conducta reformista del movimiento sindical en Occidente se ha agotado totalmente, y allí no hay nueva estrategia o ideología. El resultado ha sido predecible. Mientras Occidente ha entrado en una era de agudos conflictos sociales y oscuras alternativas políticas, el lugar del reformismo y del revolucionismo ha sido tomado espontáneamente por el radicalismo, expresado en reclamos incoordinadas y agresivos, y en estallidos de protestas desorganizadas. Si la historia no ha llegado a su fin, es sencillamente porque el capitalismo, después de emerger victorioso de su guerra con el comunismo, se mantiene sujeto a sus propias tendencias, a sus propias leyes de auto-destrucción. Es como si hubiéramos retornado a la época pre-Octubre.


 


Formando nuevos intereses sociales


 


Nuestra tarea histórica en última instancia, una cuestión de supervivencia es buscar nuevas formas de existencia social, sin las cuales ni la política ni la economía son posibles. En Rusia, esta existencia social no puede ser burguesa, por la inexistencia de una burguesía plenamente realizada. Pero la creación de una burguesía retrospectivamente, sobre las bases de la privatización, es casi tan imposible como intentar revivir a alguien. Para Rusia, como para muchos países, las perspectivas del desarrollo económico no pueden ser capitalistas por la inefectividad del modelo que ha tomado forma. Consecuentemente, una alternativa radical, innovadora continúa en la agenda.


 


La ideología de la izquierda puede convertirse en un importante factor en la organización de la sociedad, precisamente por su colectivismo. La tarea de la izquierda en Rusia no es solamente la de expresar los intereses ya formados, sino la de ayudar en su formación y, al mismo tiempo, crearse a sí misma como fuerza política. Esto necesita hacerse otra vez.


 


Una renovación de la existencia social no es idéntica al triunfo de la democracia, pero ofrece la única oportunidad de desarrollo democrático. El colectivismo no siempre garantiza la libertad, pero nuestra libertad ya no puede defenderse sin él. El radicalismo de izquierda, madurado en forma natural en una tierra donde el capitalismo fracasó, puede no ser la ideología del progreso, pero sin él, el progreso es imposible.


 


El libro de Lenin ¿Qué hacer? sólo pudo haber sido escrito por un socialista de Rusia. Nunca podría haber entrado en la cabeza de un socialdemócrata europeo que era necesario crear un partido de trabajadores incluso antes del desarrollo de una clase trabajadora de masas, y entonces importar la consciencia proletaria en las filas del proletariado. Pero este evidente absurdo teórico nació de la naturaleza contradictoria y desigual del desarrollo de la historia rusa real. ¿Y esto fue verdad sólo en la historia rusa?


 


El pueblo debe organizarse a sí mismo para llevar adelante acciones conjuntas o para reconciliarse a sí mismo con sus destinos. Pero la pasividad y la sumisión de las masas no lleva a la estabilidad, porque la fuente de desestabilización es la gente que está arriba. En Europa, en la época de la Santa Alianza, era posible argumentar que el proyecto histórico de la Revolución Francesa había terminado en una total derrota. Pero la época de reacción en Europa fue seguida por una nueva onda de sacudidas revolucionarias, precondicionadas precisamente por las políticas de la restauración. Estamos asistiendo a lo mismo hoy. El nuevo orden mundial, que sistemáticamente suprime los elementos del Estado social en todos los países, está creando de hecho las condiciones para una sucesión de nuevas sacudidas revolucionarias.


 


En el inicio de la era moderna, se explicaba que después de la restauración llegaría la Gloriosa Revolución. La reacción es un fenómeno histórico natural, que se agota como lo hacen las revoluciones. Cuando este agotamiento está a la orden del día, comienza una nueva era de cambios.


 

La revolución interrumpida, de Adolfo Gilly

Reseña del libro


Desde el punto de vista formal, la edición original del libro es de 1971, y la presente edición es del año 1994, y es editada por Ediciones Era, en México. Esta última edición fue corregida y aumentada, y consta de diez capítulos, a lo largo de los cuales se va desarrollando la historia de la revolución mexicana, sus características y su dinámica. La versión original fue escrita en las condiciones de restricción impuestas por la cárcel, pero esta característica no rebaja en nada su rigor analítico y documental. Según las propias definiciones del autor, el libro es un trabajo de combate político y cultural, preparado fundamentalmente para preparar, la continuación de la lucha teórica del marxismo en México y en América Latina


 


Desde el punto de vista teórico el libro se basa en la Teoría de la revolución permanente (1), de León Trotsky. A grandes rasgos, lo que esta teoría va a plantear a los efectos de este libro, es en primer lugar, la imposibilidad, para los países oprimidos, una vez superada la primer etapa de revoluciones burguesas, e iniciada la etapa imperialista del capitalismo, de concretar e implementar revoluciones burguesas nacionales-antimperialistas, sin que éstas asuman a su vez un carácter obrero y socialista . El mejor ejemplo que apuntala esta teoría, es sin duda el de la revolución rusa: La revolución burguesa de febrero de 1917, fue incapaz de cumplir con las propias tareas burguesas que el carácter de esta revolución le asignaba (reforma agraria, etc.). Estas tareas, junto con las tareas propias de una revolución socialista, se empezaron a desarrollar con el triunfo de la revolución bolchevique. En segundo lugar, Trotsky analiza las limitaciones del campesinado impuestas por su carácter de clase, situado en una posición intermedia entre el proletariado y la burguesía, que le impide tener una política independiente, y la importancia fundamental entonces de la alianza obrero-campesina. La ausencia de esta alianza va a jugar en el análisis de Gilly, un papel central en la explicación de la interrupción de la revolución.


 


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La revolución interrumpida


 


Las grandes luchas de los liberales, y su triunfo en 1855, con la revolución de Ayala, abrieron paso al desarrollo capitalista del país. Empezando por la liberación del mercado de tierras, los liberales dictaron distintas leyes para garantizarla, atacando a las corporaciones religiosas y civiles, es decir, fundamentalmente a la Iglesia y a las comunidades indígenas. Pero el resultado de estas reformas no fue el surgimiento de una nueva clase de pequeños propietarios, sino, el reforzamiento y creación de una clase terrateniente, que concentró en sus manos enorme cantidad de tierras. De esta forma, se fueron extendiendo las relaciones capitalistas con la fuerte presencia y expansión de las haciendas, y con la combinación de estas relaciones con formas y relaciones precapitalistas de dependencia de los peones hacia la hacienda, y con el dominio local de hacendados y caciques.


 


Hacia la década de 1870, el mundo entraba en la etapa del imperialismo, y en esta etapa, bajo la éjida de Porfirio Díaz, en México se van a desarrollar los procesos económicos de expansión para la producción de materias primas y de inversión del capital imperialista. México va a ver surgir, sobre las bases desarrolladas desde la segunda mitad del siglo XIX, la moderna hacienda porfiriana, productora de azúcar, algodón, ganado, henequén y café; la economía de plantación; el desarrollo industrial en las ramas textiles, ferrocarriles, alimentación, y luego electricidad; el auge y modernización de la industria minera; y la creciente proletarización y pauperización de las masas. (Todo este desarrollo se va a dar sin que desaparezcan las formas precapitalistas de dependencia del peón a la hacienda que, junto al salario, mantienen ligada a ella a la fuerza de trabajo)


 


Con la expansión del comercio mundial, las haciendas se expandieron aún más, expropiando a las comunidades y pueblos, y generando fuertes resistencias. Pero la resistencia que se generó en los pueblos ante el avance de la hacienda no estuvo aislado, sino que se combinó con otras formas de la resistencia campesina y obrera contra la dictadura porfirista, y con la oposición de la pequeña burguesía urbana en ascenso, ligada al desarrollo de la economía, que veía limitadas sus posibilidades de ascenso. En este marco, y al no tener organismos propios, las masas intervinieron en la lucha interburguesa, pero subordinadas a una u otra facción capitalista. Las disputas entre las distintas facciones burguesas se vieron acentuadas por el contexto impuesto por la crisis mundial de 1907/1908, que repercutió en México derrumbando los precios de los principales productos de exportación.


 


En junio de 1910, Madero lanza el Plan de San Luis de Potosí. En este programa, plantea el principio de no reelección, y plantea la restitución de las tierras expropiadas injustamente a las comunidades, por medio de los tribunales, una vez que termine la revolución. Madero agrupó a un movimiento vasto y heterogéneo, que incluía a un sector importante de la burguesía cuyo eje de acumulación se iba trasladando de la propiedad agraria a la industria, a sectores de la pequeña burguesía urbana, a sectores obreros y campesinos. Tanto en el norte como en el sur los campesinos se levantaban contra la dictadura de Porfirio Díaz, enarbolando las banderas maderistas. Pero Madero, no quería encabezar una revolución. Cuando la guerra campesina se extendió a todo el país, Madero firmó con el gobierno un acuerdo (el de Ciudad Juárez), por el que Porfirio Díaz renunciaba, se convocaba a elecciones, y se desarmaba a los ejércitos campesinos. El acuerdo no mencionaba el problema de la tierra. Pero los campesinos no se detuvieron: para ellos empezaba la revolución. A lo largo y ancho del país, los campesinos tomaron las tierras de las haciendas y las protegieron con las armas en la mano


 


En Morelos, el movimiento zapatista cobraba creciente vigor. Conformado esencialmente por los campesinos de los pueblos, pero también por los obreros agrícolas, el movimiento comenzó apoyando inicialmente a Madero, pero desarrollándose en la perspectiva de contar con una dirección propia, elegida por los campesinos. A medida que los acontecimientos se iban desarrollando, esto le permitió al zapatismo convertir ese apoyo en alianza de clase, y más adelante en ruptura. Esta ruptura se va a cristalizar a las tres semanas de asumir Madero el poder, en el Plan de Ayala. Este plan, en sus aspectos fundamentales, plantea la nacionalización de los bienes de los enemigos de la revolución, es decir, de los terratenientes y capitalistas, y la toma de las tierras por los campesinos. Este plan, tiene características definitivamente revolucionarias, ya que va más allá de las reivindicaciones del ala radical pequeñoburguesa. Sus planteos son anticapitalistas, ya que atacan la base misma de la acumulación de capital. En este sentido, se puede decir que los métodos y la iniciativa del zapatismo son revolucionarias, pero se enfrentan a un límite concreto, que es la cuestión del poder. Las formulaciones campesinas, por su propio carácter de clase, no logran superar el ámbito local. Los campesinos de Morelos le dieron una salida revolucionaria a la cuestión de la tierra, pero no tenían ningún planteo de salida política a nivel nacional. La alianza con el movimiento obrero, que podría haber ofrecido este puente, y resolver la cuestión del poder en un sentido socialista, no fue posible por la debilidad del movimiento obrero, que no tenía direcciones propias ni organismos independientes. En este sentido, al no poder darle una salida a la cuestión del poder, la salida que se impone es la burguesa, como finalmente sucedió


 


En el norte, el ejército villista está caracterizado por ser un ejército campesino, con mandos y subalternos campesinos. Este movimiento, sin embargo, carece por completo de un programa propio, y por lo tanto, carece de independencia política. Frente a la lucha común contra el contrarrevolucionario Huerta (ex-general porfirista), el sector jacobino del ejército constitucionalista burgués (liderado ahora por Carranza), se siente atraído por el villismo, y presiona para lograr un acuerdo con Villa. En 1914, los vencedores constitucionalistas y villistas se reúnen en la convención de Aguascalientes, a los que poco más tarde se les van a unir los zapatistas. La delegación zapatista le impone sus perspectivas a la asamblea. Es la única tendencia que tiene un programa campesino, y logra arrastrar a toda la convención, a los villistas y a los carrancistas, dominados por su ala radical. El 28 de octubre la convención aprueba el Plan de Ayala por aclamación. Lo que esto representa es la conjunción política campesina. No existía ninguna cuña social que separara a zapatistas y villistas, y la cuña política del carrancismo, ante el avance de su ala izquierda, estaba completamente debilitada, mientras que sus cuadros militares sufrían la atracción del villismo y el zapatismo unidos. En este contexto se produce la ruptura del constitucionalismo, con Carranza y Obregón a la cabeza, que se retiran a Veracruz, dejando México en poder de los campesinos. Este es el punto en que la revolución alcanza su pico más alto.


 


Pero quienes van a asumir el gobierno de la convención no van a ser Villa ni Zapata, sino la pequeñoburguesía de la convención. Los campesinos no tienen programa ni política nacional, y como se ha dicho antes, la clase obrera era muy débil, y aunque estaba presente en los movimientos villista y zapatista, lo estaba sólo en forma de individuos, pero no como organización. El poder quedó entonces, en manos de la pequeñoburguesía, mientras los dirigentes campesinos se retiran a continuar la lucha en sus regiones. De esta manera, las limitaciones de clase le imponen al movimiento campesino su primer gran derrota política y el germen de su derrota militar: al no existir un poder campesino centralizado, no hay tampoco un ejército centralizado. Predominan las tendencias localistas y la lucha por la tierra, pero abandonan la lucha por el poder.


 


Para combatir a Villa y a Zapata, el programa del carrancismo, bajo la influencia de Obregón, tomaba las reivindicaciones campesinas, que giraban alrededor de la tierra, dándoles una formulación mas limitada, y añadían las reivindicaciones obreras ausentes en el Plan de Ayala y en los decretos zapatistas. De esta manera, la facción pequeñoburguesa radical dentro del constitucionalismo, cuya influencia fue dominante ante la situación revolucionaria, buscaba formar desde arriba y dominar, a una alianza obrera y campesina bajo su dirección, que era lo que justamente le faltaba al otro bando. Un ejemplo del éxito de esta política fue el pacto de Carranza con la Casa del Obrero Mundial, en donde estos últimos daban su apoyo al constitucionalismo para combatir al villismo, formando los famosos "Batallones rojos". Este acuerdo mostraba, por un lado, la subordinación de los obreros al programa de la pequeño burguesía, pero por el otro, mostraba la debilidad de la burguesía, que necesitaba recurrir a los obreros, haciéndoles concesiones, para derrotar a los campesinos. Una vez derrotado militarmente el villismo, a principios de 1916, Carranza le dio la espalda al movimiento obrero, disolviendo los batallones rojos, encarcelando a sus dirigentes, y olvidándose de sus promesas.


 


En 1917, con los constitucionalistas en el poder, se dictó una nueva constitución. No hay dudas de que se trata de una constitución burguesa. pero también es un testimonio de las conquistas arrancadas por las masas en lucha y de la debilidad relativa de la burguesía mexicana en las postrimerías de la revolución. Es la sanción legal del triunfo de la primera revolución nacionalista en América Latina. La historia mexicana ha demostrado, sin embargo, que las promesas democráticas no se han podido cumplir bajo los gobiernos de la burguesía nacional. Los límites y la detención posterior de las reformas cardenistas mostraron que sin atacar las prerrogativas y el poder del capital era imposible ir más lejos. Cualquier avance importante posterior ya no puede obtenerse solamente luchando por la aplicación de la constitución incumplida, sino echando abajo el régimen político y social que ha perpetuado en México la pobreza, la ignorancia, la opresión, la explotación y la injusticia.


 


***


 


La revolución interrumpida es sin ninguna duda un importante aporte teórico e historiográfico para poder comprender desde el marxismo la historia de la revolución mexicana y sus consecuencias. El potencial revolucionario de los campesinos y sus limitaciones de clase aparecen magníficamente ilustrados en el libro, de la misma manera que se ilustra la incapacidad de la burguesía para dirigir una revolución de carácter nacional antiimperialista, desnudando a su vez el carácter reaccionario de esta clase.


 


Pero las posiciones marxistas y revolucionarias sostenidas por Adolfo Gilly hasta 1971, (fecha de la primera edición de este libro), contrastan poderosamente con sus posiciones actuales. Parece difícil de creer que quien ahora integra el PRD mexicano (partido de oposición burguesa) y quien escribió el libro en cuestión sean la misma persona. Y no sólo por unirse a los sectores de la burguesía que según el propio Gilly liquidaron la revolución mexicana, sino por las posiciones abiertamente contrarrevolucionarias y democratizantes que defiende públicamente. El estallido de la rebelión zapatista en enero de 1994, expresión de la lucha campesina contra el dominio y la explotación de la oligarquía del sur de México (problema no resuelto por la revolución interrumpida), encontró a Gilly ejerciendo una encendida defensa de la democracia y de la vía pacífica. En palabras de Gilly: "…la democracia no es una vía hacia un fin.. sino que es uno de los fines. Y algunos no creemos que el fin justifica los medios…" (2). La encendida defensa de la democracia burguesa, junto con la condena implícita al levantamiento campesino en Chiapas, ubican a Gilly más allá de la frontera de clase, del lado de los explotadores y en contra de los explotados.


 


El abandono de la política revolucionaria por parte de Gilly data, sin embargo de varios años atrás. Ya en 1977, tan sólo seis años después de ser publicado el libro que analizamos, el Secretariado Unificado de la IVª Internacional, fracción trotskista-mandelista en la cual estaba alineado Gilly, publica una resolución sobre Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado (2). En dicha resolución se caracteriza a la dictadura obrera como la extensión de las libertades democráticas, y se pone en primer lugar la cuestión del respeto y la defensas de las libertades democráticas. Este engendro democratizante y contrarrevolucionario va a ser el que le va a dar al autor que analizamos el puntapié teórico para traicionar a las clases obrera y campesina y defender a la democracia burguesa. Está claro que el levantamiento del EZLN en Chiapas, constituye, desde su perspectiva, una violación de las libertades democrático-burguesas, y por lo tanto es una acción condenable. Como se ve, la teoría de la revolución permanente, que constituye la base teórica del libro, es olvidada y despreciada por completo. Ahora resulta que la burguesía sería capaz de defender y sostener las reivindicaciones democráticas y antiimperialistas, y que los campesinos, lejos de perseguir la alianza con los obreros, para darle una salida revolucionaria a la cuestión del poder, deben respetar la democracia burguesa.


 


Agreguemos, para terminar, que el completo abandono por parte de Gilly y del mandelismo todo, de la concepción marxista del Estado, en cuanto a su carácter de clase, convierte a las reacciones legítimas de las masas explotadas en violaciones a la democracia, "que es un fin y no un medio" (sic), coincidiendo así no solo con el discurso de la oposición burguesa, sino también del partido oficialista PRI y del propio imperialismo. Muy a pesar de Gilly, el único fin al que pueden aspirar las masas mexicanas y del mundo entero para liberarse del yugo de la explotación, es sí la democracia, pero la democracia obrera, o lo que es lo mismo, la dictadura del proletariado, en la perspectiva de la construcción de una sociedad sin explotadores ni explotados, sin opresores ni oprimidos, en la perspectiva, en fin, de una sociedad sin clases.


 


 


Notas:


 


1. Ver León Trotsky,La Revolución Permanente, Ed. El Yunque, Buenos Aires.


2. Ver "Sobre el libro La Dictadura Revolucionaria del Proletariado ", de Pablo Rieznik, en Jornadas de Estudio sobre la IVª Internacional, Ediciones Prensa Obrera, Bs. As.,1988, pág. 7.


 

A propósito del libro La Educación Católica, de Manuel Sánchez Márquez


En momentos en que la Iglesia esta asumiendo un mayor protagonismo en el escenario político internacional, asistimos al renovado intento de presentarla como una institución progresista.


 


Decimos renovado, porque ya en la década del 60, con motivo del Concilio Vaticano II, bajo el papado de Juan XXIII, se inauguró el llamado proceso de aggiornamiento (modernización).


 


Al igual que en ese entonces, dicha institución ha pasado a ser presentada como abanderada de los humildes, un vocero de la lucha contra el capitalismo salvaje y hasta una expresión de pluralismo y democracia.


 


Este nuevo rostro humano ha sido abonado con sucesivas manifestaciones públicas del Vaticano pidiendo perdón, ya por la conducta de la Iglesia bajo la Inquisición, con la persecución y asesinato de los denominados herejes, ya por el silencio, encubrimiento y complicidad con el holocausto bajo el nazismo. Dicha mea culpa se ha hecho extensiva a la cruzada entablada quinientos años atrás contra Galileo Galilei o siglos más tarde contra Darwin, admitiendo, por primera vez, la posibilidad acerca de la validez de la teoría de la evolución.


 


No es ajena a dicho fenómeno la izquierda, quien ha venido coqueteando con la Iglesia y ha vuelto a la carga con su vieja fantasía de conciliar al cristianismo con la revolución.


 


Este fenómeno de alcance internacional tiene entusiastas seguidores en nuestro país. Ctera (Central de trabajadores de la educación) cuya conducción es de filiación centroizquierdista, considera por ejemplo, a la institución clerical una aliada y la incluye dentro de lo que llama frente nacional.


 


Luego de semejante propaganda y calificativos, es lícito preguntarse si la Iglesia ha cambiado su carácter, si lo que históricamente fue el reducto de la reacción ha sufrido una transformación progresista.


 


Es muy revelador al respecto la publicación reciente del libro titulado Educación católica, escrito por el especialista Licenciado Manuel Sánchez Márquez, el cual ha despertado calurosos elogios y una espectacular acogida en los medios eclesiásticos, al punto tal que el Consudec ha decidido recompensarlo, publicando el libro como cabecera de la colección que acaba de lanzar a la calle. No es faltar a la verdad decir que la obra transmite con bastante fidelidad lo que es la posición oficial del clero.


 


Educación Integral


 


La Iglesia, según palabras del autor, reivindica lo que denomina educación integral. "La fe cristiana obliga a creer que la educación o es integral o no existe. Para el cristianismo es inaceptable que la formación de un espíritu pueda ser disociada de la formación de la conciencia y de la educación de las relaciones con Dios".


 


La labor educativa debe partir del reconocimiento de la "doble dimensión del hombre". La dimensión "terrenal" debe articularse con la "trascendente", que, en definitiva, es la más importante.


 


"El hombre es trascendente: supera infinitamente al hombre, pues la única manera válida de educar al hombre del mañana que el fin que pretende al lograrse a sí mismo está mas allá de sí; sólo se colma el ser del hombre cuando alcanza o es alcanzado por el infinito… por Dios".


 


Esta invocación a la "trascendencia" ha sido históricamente el instrumento para justificar la resignación. Como la salvación del hombre está en el cielo y no en la tierra, habría que aceptar las penurias, los tormentos, los atropellos y las privaciones terrenales o al menos, asumirlos como un mal transitorio en la ruta hacia la felicidad eterna.


 


"…No hay salvación sino en El (Cristo), tal cual lo expresa explícitamente la Sagrada Escritura… no existe bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual podamos alcanzar la salvación". Las desdichas de los propios explotados serían resultado de sus propios pecados y no de la estructura social.


 


"¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma?" se interroga el autor. La felicidad, el bienestar, dependerían del "perfeccionamiento interior", con lo cual se proclama la esterilidad de la lucha reivindicativa y aquélla dirigida a la transformación y trastocamiento del orden existente.


 


Procurando exaltar las supuestas ventajas que entraña la formación del espíritu, el libro cita a Paul Johnson, conocido historiador de filiación católica quien afirma que "La historia sugiere que la práctica regular de una religión estructurada impone restricciones a los apetitos humanos, tanto los individuales como los colectivos que son difíciles de implementar por otros medios".


 


La "educación integral" es una prueba de que la función que ancestralmente le ha cabido a la Iglesia no se ha alterado: el conformismo, la sumisión, el sometimiento, la pasividad de los explotados y, en particular, de la juventud frente a la voluntad de los explotadores.


 


Oscurantismo


 


La enseñanza de la fe pasa a dominar la labor educativa. El licenciado Márquez se da la licencia de presentar a aquélla como complementaria de la ciencia. "Fe y razón son dos órdenes de conocimiento, pero se deben dar la mano…".


 


"…un maestro, enseñe lo que enseñe, debe situar los fenómenos en la perspectiva de la fe, siendo objetivo, mostrando la consistencia interna de cada materia e incorporando al mismo tiempo los valores procedentes del mundo profano al cristianismo". La fe agrega "no es algo sobreimpuesto, sino que completa, termina, actúa y corona el esfuerzo plenamente de las ciencias humanas".


 


Los principios religiosos son inclusive exhibidos como fuentes rectoras para la enseñanza superior y la investigación científica: "En efecto, docencia e investigación son los dos quehaceres propios de la universidad, pero todo con espíritu científico, lo cual supone un profunda pasión por la verdad y un riguroso método científico, pero, a la vez, una sólida formación humana, un código bien claro de ética, y en nuestros centros de altos estudios, impregnación de fe, de Evangelio, dando justamente a la docencia y a la investigación un sentido evangélico, un fin social y patriótico, para servir mejor a la sociedad en que se halla inserta".


 


Uno de los grandes pasos trascendentes de la humanidad (si de "trascendencia" se habla) fue separar a la Iglesia del Estado y sustraer a la educación de las manos del clero. Estamos en presencia del fenómeno inverso. Siglos de humanidad son tirados por la borda para volver a la primacía del dogma.


 


El autor tiene la osadía de afirmar que la ciencia profana (es decir, la fe nos desayunamos sería una ciencia también, pero no profana) hasta constituiría un soporte para "alguna demostración de la religión". Márquez nos señala que "el electrón no se ve, pero existe. ¿Por qué Dios tampoco se ve y no puede existir?".


 


El licenciado, satisfecho como si hubiera hecho un gran hallazgo, delata, aunque ni siquiera lo advierta, su supina ignorancia. Las hipótesis y enunciados científicos son puestos a prueba y sometidos a verificación, confrontados una y otra vez con evidencias empíricas que los sustenten. Pero dichas evidencias no necesariamente son fenómenos observables (si por observables se entiende visibles a simple vista) y eso no implica que su presencia sea un producto de la imaginación.


 


El electrón como millones de fenómenos no observables de la física, la biología, la química o en las propias ciencias sociales tienen su base de sustentación rigurosamente en la experiencia o en la práctica o en los rastros o huellas que ésta ha dejado y su existencia es detectada a través de la variada y múltiple gama de instrumentos, pruebas, experimentación o métodos de observación (directos o indirectos) que ha ideado el hombre a lo largo de la historia.


 


Nada que ver con la fe religiosa que parte de verdades reveladas de una vez para siempre, inmodificables, indiscutibles y, como tales, al margen y fuera de cualquier constatación empírica.


 


Represión y auto-represión


 


El carácter retrógrado de la educación católica queda todavía más retratado cuando la obra aborda la cuestión de la sexualidad. "La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la sexualidad y del amor, una educación que implica la formación de la castidad como virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado esponsal del cuerpo".


 


En otras palabras, la censura y la autocensura, la prohibición de las relaciones extramaritales, el culto a la autorepresión, la negación de la libertad y del derecho de la persona a elegir sin ataduras su pareja, a gozar de la vida y disfrutar sexualmente.


 


"La ley moral les obliga (refiriéndose al matrimonio), de todos modos, a encauzar las tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas inscriptas en sus personas. Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad en la procreación, el recurso de los métodos naturales de regulación de la fertilidad; estos han sido precisados cada vez más desde el punto de vista científico y ofrecen posibilidades concretas para adoptar decisiones en armonía con los valores morales".


 


Es decir, la exclusión de los métodos anticonceptivos, ni hablar del derecho al aborto. No es un secreto que la Iglesia es el principal obstáculo para la difusión de los preservativos aunque esto implique la condena de miles de jóvenes, expuestos al contagio del SIDA, privados de una adecuada educación sexual en las escuelas y de información en los medios de comunicación.


 


Es fácil advertir que la educación católica, en lo que se refiere a este ámbito, ya no es sólo un anacronismo, reñido con las pautas básicas que emanan de la pedagogía moderna sino que la tentativa de instaurar como principio rector una moral victoriana ha pasado a ser una cuestión vital en el estricto sentido de la palabra (es decir, de vida o muerte).


 


La Iglesia no se ha dado por satisfecha con las modificaciones que logró, tiempo atrás, en los contenidos de la EGB (Educación General Básica). Ahora, ha tomado como blanco aquéllos relativos a la Polimodal (cuya implementación está prevista a partir del próximo año en varias jurisdicciones).


 


El autor cita al presbítero Jorge Luis Lona quien denuncia que "este proyecto de tratamiento profundo e integral del gran tema conjunto persona, sexo, amor, familia queda completamente revertido en la versión 2.0 de Educación Polimodal".


 


Márquez, de su propia cosecha, agrega que "se elimina en la práctica de esos contenidos el tratamiento de familia y de matrimonio, lo que parece justificarse por respeto a las uniones de hecho, separaciones y otros tipos de uniones… pero en la práctica de esta manera se cae en la discriminación hacia la mayoría argentina: casada y de recta concepción de la familia y matrimonio tradicionales".


 


Servilismo I


 


Una de las funciones principales de la educación católica apuntaría a "lograr buenos patriotas" y "obtener ciudadanos fieles a la tradición". Dicho objetivo "no significa mirar siempre y sólo al pasado, sino proyectar la acción al futuro, apoyada en la tradición asentada en las bases sólidas iniciales, no desviándose de las lecciones de la historia y sobre todo de las grandes líneas rectoras señaladas por la religión y moral católicas que los fundadores de la patria siguieron y nos legaron"


 


Esta tradición, sin embargo, es coloniaje, es decir, la negación de la patria pues la historia argentina esta signada por el sometimiento secular del país a las metrópolis extranjeras y por la incapacidad de sus clases dirigentes para abrir un desarrollo autónomo e independiente.


 


La emancipación nacional supone superar esa tradición y crear una nueva conciencia nacional, pero esa tarea esta llamada a ser consumada por los explotados y no por los explotadores.


 


La obra se refiere a la conquista colonial, a cuyos protagonistas les asistía "una preocupación de cuerpo y mente, procediendo a un plan estructural de culturalización". Es decir, la colonización fue un empresa civilizadora y no una cruzada de exterminio, pillaje y sometimiento de la población indígena.


 


Sin escandalizarse, el licenciado expresa que se "han exagerado las críticas… pues, aunque ha habido tratos condenables que no se niegan, la fe católica llamaba a descubridores y colonizadores a respetar la vida indígena y la de los nuevos seres, fueran o no hijos de español".


 


Servilismo II


 


La educación debe orientar a los jóvenes a "cumplir leyes y normas, emanadas justamente de nuestras autoridades", lo cual "no sólo es un deber, sino hasta señal de ser un buen ciudadano".


 


Pero por medio de esas normas y esas leyes se ha venido implementando la pérdida de la jubilación, las rebajas salariales, la anulación de derechos laborales, las privatizaciones y los aumentos de tarifas, el despojo del patrimonio y el erario público, es decir, el capitalismo salvaje que el Vaticano proclama combatir.


 


De la mano de la cruz no ha venido una era mas justa y humana sino la superexplotación, los planes de austeridad, la desprotección e inseguridad colectiva. La Iglesia en todos los ámbitos en que le tocó actuar, no ha fijado las bases de una nueva sociedad sino que se ha limitado a ser el vehículo de la política neoliberal.


 


Basta observar la restauración capitalista en Polonia y en otros países del Este. El Vaticano se ha revelado una vez más como un aliado estratégico del imperialismo.


 


Historia


 


La obra contiene una exposición histórica detallada del papel político y educativo de la Iglesia en nuestro país. Su rechazo al matrimonio civil en 1880; su encarnizada oposición a la promulgación de la ley 1420; su resistencia militante a la reforma universitaria del 18 que se alzó contra el dominio clerical de los claustros; la organización de brigadas en la llamada semana blanca, en septiembre de 1919, "a fin de contener el avance desintegrador de las fuerzas integradas por los hijos de las tinieblas"; su apoyo al golpe de Uriburu y el sostenimiento de los gobiernos de la década infame.


 


Con la crisis del 30, el accionar de la Iglesia toma un renovado vuelo. De esa época data la formación de la Acción Católica y la Joc (Juventud Obrera Católica), que tuvo mucho que ver "con la contención del marxismo entre los obreros". Esa época coincide también con la "aglutinación de los colegios católicos" (Consudec) y la creación del Instituto de Cultura religiosa superior y de la Universidad Católica.


 


La educación religiosa es implantada en 1936 en la provincia de Buenos Aires en las escuelas estatales. Poco después ocurría otro tanto en la Nación.


 


En la primer presidencia de Perón se ratifica por ley lo dispuesto por los regímenes de facto y se otorga la "elección de religión o moral por parte de los padres en la escuela estatal". El matrimonio de Perón con la Iglesia se rompe en 1952 (más aún, al suprimirse la enseñanza religiosa en las escuelas y votarse la ley de divorcio) y la Iglesia va a participar activamente en la Revolución Libertadora. El golpe militar "hace que dicha supresión dure poco, por la inmediata sanción de la ley 14401/55" (reimplantación de la enseñanza religiosa).


 


Una nueva etapa se abre a partir del 55. La Iglesia que había logrado un amplio desarrollo en la primaria y, particularmente en el ciclo medio, va a lograr un nuevo avance con su incursión en la Universidad y la autorización para expedir títulos habilitantes.


 


El crecimiento de la Universidad privada y la confesional en particular fue espectacular desde entonces: ya en 1968 se registraban 10 estatales y 24 privadas y en la actualidad el balance arroja 39 estatales y 44 privadas.


 


La educación católica pasó a ser un Estado dentro del Estado, al reconocérsele hasta una estructura propia e independiente, incluso dentro del Ministerio de Educación, a través de la creación del SNEP (Superintendencia Nacional de Educación Privada). Dicha nueva estructura "significó además, el aporte a los colegios no estatales", es decir, los subsidios, consagrados por el gobierno de Frondizi, Allende en la provincia de Buenos Aires, y ratificados luego por Illia.


 


Bajo la dictadura militar de Onganía se extiende dicho reconocimiento a los títulos de los profesorados de gestión privada, desde entonces de "plena validez nacional". No es un secreto, por otra parte, la connivencia con la dictadura militar videliana, la que recibió la bendición de la jerarquía eclesiástica.


 


"La Iglesia durante la época del Proceso, ha sido acusada de connivente. No lo fue, aunque pudo haber hechos dudosos, como ha confesado recientemente una Asamblea Episcopal en 1996 y obispos por su cuenta". Recientemente, se han abierto los archivos del Departamento de Estado norteamericano de la época, saliendo a luz el activo papel de la cúpula eclesiástica (y del enviado del Papa en particular) en la conspiración golpista.


 


Se llama "hechos dudosos" a la participación hasta en forma física de curas y obispos en campos de concentración, su complicidad y encubrimiento del genocidio.


 


De modo que es un acto de total hipocresía hacer una invocación al pluralismo y al respeto mutuo en lo que se refiere a las relaciones entre la sociedad civil y la Iglesia, cuando ésta ha sido una maquinaria conspirativa y antidemocrática.


 


Autoritarismo


 


La Iglesia no puede pretender una educación liberadora y democrática porque ella misma es un modelo de lo opuesto. Gobierna formalmente como una dictadura y ejerce su jefatura en forma despótica. Pregona la pobreza como virtud pero se nutre de los negociados mas podridos de la banca. Los capitostes del Vaticano estuvieron implicados en las grandes estafas financieras de la última década, vinculados a la logia P-2, al quebrado Banco Ambrosiano, al financiamiento del narcotráfico y el golpismo en América Latina. O los sonados casos del Banco de Crédito Provincial de La Plata o del desfalco descubierto en una institución crediticia cordobesa, hechos en los que aparecieron implicados respectivamente, ni más ni menos, que los cardenales Quarraccino, recientemente fallecido y Primatesta.


 


La tolerancia y la libertad de enseñanza que reclaman desaparece al interior de sus establecimientos, donde reina el autoritarismo: los docentes no pueden sindicalizarse, están sometidos a la censura y la autocensura; no se permite la organización estudiantil independiente.


 


"Se hace difícil en muchos establecimientos católicos porque han ingresado maestros mucho menos ortodoxos y homogéneos. Ya no basta el título de un Instituto del Profesorado, de una Universidad dependiente de la Iglesia Católica, puesto que eso no garantiza en el momento del ingreso y menos con el avance de los años, la permanencia del docente en la pureza de la fe y de las costumbres. Así que hay que exigir de los docentes laicos una sólida formación teológica y moral, respetando de todas formas su conciencias" (¡¡¡menos mal!!!).


 


"Siendo difícil detectar desviaciones, mientras no escandalice públicamente y sea bueno profesionalmente, habrá que contar con ese docente y apoyarse en él. Lo que sí podrá la escuela es preocuparse por la formación permanente y actualizada de sus docentes en el orden espiritual y pastoral, organizado retiros espirituales, reflexiones, jornadas, reuniones o charlas obligatorias de doctrina espiritual y de documentos pontificios".


 


El ideal eclesiástico es elevar la educación a la categoría de feudo, sustraído de cualquier regulación o norma que provenga de la sociedad civil, donde el manejo esté reservado al poder omnímodo y discrecional de la conducción clerical.


 


"La escuela católica, además de tener libertad de elegir, tiene que vigilar continuamente el que el personal docente se mantenga en los principios cristianos y dé ejemplo. Una escuela católica que detecte traición a su finalidad encontrará en ello la principal razón para prescindir de algún docente, por más que brille por el resto de sus aptitudes y capacidad. De esto dependerá la estabilidad, pues de otro modo no formará cristianamente a sus alumnos. Será como tener un gusano dentro de una manzana aparentemente sana".


 


Democracia cómplice


 


El carácter retrógrado de la Iglesia no es nuevo. Lo sorprendente es el blanqueo y el encubrimiento que los partidos del sistema vienen realizando, incluso aquellos de tradición liberal, y aún progresista.


 


El libro es ilustrativo al respecto al detenerse en el periodo histórico más reciente iniciado con el advenimiento de la democracia. El autor no ahorra elogios al radicalismo. "Los gobiernos… de ese partido, aunque con sustos por declaraciones, exabruptos… no atentaron en contra (de la educación confesional)". Particularmente, se lo rescata por su rol en el Congreso Pedagógico. "Es de destacar el discurso del Dr. Alfonsín al inaugurarlo el 4 de abril de 1986, en el teatro Cervantes, donde hizo clara alusión a nuestra educación católica con mucho respeto y muy atinadamente".


 


Ni hablar del período menemista en el cual se procede a sancionar la ley federal de educación, la reforma de la Constitución nacional y de diversas provincias, en las que se consagra en forma más o menos explícita el derecho a introducir la enseñanza religiosa en los colegios, en nombre de la "libertad de los padres de elegir la educación de sus hijos".


 


Fundamentalismo


 


La Iglesia aparece como el último recurso para salvaguardar al sistema frente al fracaso de lo que se suele llamar el modelo liberal, basado en el individualismo, la libre empresa y la iniciativa privada. Dicho modelo que tuvo su época de esplendor en los 80, ha naufragado frente a los alcances de la crisis económica capitalista, que con su secuela de desocupación, recorte salarial y trabajo precario ha hecho que la población pierda confianza y deje de identificarse con el régimen social vigente y con las posibilidades de progreso.


 


Cuando la Iglesia habla de fracaso, y en especial a aquel vinculado a la estructura escolar, no se refiere a la tendencia moderna actual a impartir una educación efímera, superficial, dirigida a hacer de los jóvenes mano de obra barata al servicio de la corporación capitalista. En lo que hace a la reducción de los costos laborales, la Iglesia se ubica en la misma longitud de onda del Banco Mundial y promueve esas mismas pautas en sus propias instituciones escolares.


 


El fundamentalismo religioso apunta a presentarse como el antídoto capaz de encauzar la marea de "insatisfacción", "violencia", prácticas "anárquicas" y "disolventes", "escepticismo", que son algunos de los tantos eufemismos para calificar la tendencia a la rebelión de los explotados, y en particular de la juventud.


 


"Si el mundo está atravesando una crisis universal tan espantosa es porque en la vida privada, familiar, pública, se ha querido prescindir de Dios y su ley. No hablar de Dios en la educación es negarlo, o considerarlo como un personaje sin importancia en la vida del joven. Callar sería la forma mas absurda de la irracionalidad".


 


La Iglesia se postula para ejercer un padrinazgo moral sobre el conjunto de la sociedad. Pero eso implica una injerencia sin precedentes en todos los poros de la vida social y, en particular, en el educativo, que es lo que ya viene ocurriendo y a una sorprendente velocidad.


 


Dichas tendencias no son solamente un fenómeno nacional sino mundial. El texto comentado pasa revista a diversas manifestaciones: en Estados Unidos, partiendo del aliento al sostenimiento económico brindado por Nixon a las escuelas cristianas, o la más reciente resolución Luster, del Parlamento Europeo, que "obliga a los países miembros a no privilegiar ningún tipo de escuela, respetándose el derecho de conciencia en todas las escuelas, estatales o no, condiciones parejas de subvenciones, poder de reclamar otras para las escuelas no estatales, el otorgamiento de títulos y, en una palabra, igualdad de trato".


 


El avance clerical en Estados Unidos puede medirse por la modificación de los planes de estudio en numerosos estados, con la introducción del estudio de la Biblia en ciencias sociales o de la concepción creacionista en ciencias naturales, incluso, en algunos casos, bajo coacción judicial.


 


La propia Unesco ha hecho suyo ese planteo al enunciar que "debe en educación tener primacía la transmisión de los valores éticos" (Declaración de la segunda reunión de la Unesco, México, 1979).


 


Copamiento de la educación


 


Acorde con las nuevas responsabilidades que se le asigna, la Iglesia ha trazado un programa de acción, cuyos lineamientos son expuestos pormenorizadamente por el autor.


 


En primer lugar, la formación docente. "La ley no basta ni alcanza, si no hay disposición interior de los docentes". De allí el énfasis puesto en el perfeccionamiento, donde la curia reclama un papel gravitante.


 


Otro aspecto es el referido a mejoras salariales, que es una pantalla para reclamar más subsidios (hay que recordar que estos están vinculados con los niveles salariales) e introducir la flexibilidad laboral. En la obra se expresa una coincidencia con el proyecto Decibe de profesionalización docente.


 


Otro blanco, como ya lo señalamos, son los CBC de los polimodales cuyo contenido "es distinto de las conclusiones del Congreso Pedagógico Nacional; distinto de la posición asumida por el Gobierno nacional en los foros internacionales, distinto de lo legislado por ley…, desligado de la dimensión espiritual y moral, con ruptura de la historia y la tradición argentina, del patriotismo argentino, con la idea peregrina de que el conocimiento se construye a partir de la sociedad, de que la cultura es relativa, por tanto global, en nada nacional".


 


La Iglesia se traza como gran objetivo en la próxima etapa un reacercamiento con los humildes y recuperar el terreno que ella misma reconoce haber perdido con respecto a otras sectas. "Todos deben hacer más. Deben ir a buscar a las ovejas afuera, como hicieron en otras partes y en otros tiempos apóstoles y misioneros católicos desde hace dos mil años y en América hace quinientos. Por ello, nuestro continente entero, de norte a sur, fue católico en menos de diez lustros".


 


En este marco, la escuela católica acusada "muchas veces de elitista, porque es frecuentada por hijos de ricos o de clase media, debe procurar borrar esas barreras".


 


Una de las claves para ello consistiría en reforzar la ayuda económica de modo de multiplicar la presencia de la escuela católica en los barrios más humildes y carenciados.


 


Pasos en esta dirección fueron dados al otorgársele, por medio de la ley federal de educación, un idéntico status que a la estatal y pasar a denominarse "escuelas publicas de gestión privada", para distinguirlas de las primeras, o como se hizo en la flamante constitución porteña, que pasó a denominar aportes a los antiguos subsidios, para enfatizar el carácter de contribución obligatoria del Estado.


 


Las medidas, con toda la relevancia que se merecen, son apenas eslabones en función de una meta mayor que consiste en el copamiento más integral de la educación con la introducción de la enseñanza religiosa en los establecimientos estatales (cosa que ya viene ocurriendo en provincias como Córdoba, Tucumán y Salta).


 


El clero se plantea como estrategia "hacer tomar conciencia de la necesidad de que en las escuelas oficiales se asegure a todos, católicos o no, la posibilidad de un necesaria formación religiosa según el propio credo, de acuerdo a los principios de una enseñanza integral, la cual incluye esencialmente la apertura a la dimensión trascendente del hombre"


 


Conclusión


 


La presencia de la Iglesia siempre estuvo asociada al sometimiento de los pueblos. Lo fue bajo el imperio romano; cuando bajo Constantino se convirtió en religión oficial; en el medioevo, bajo la unión de la nobleza y el clero, con la inquisición y las cruzadas; en los albores del capitalismo con la conquista y la expansión colonial.


 


Esta vez, no es la excepción. El papel cada vez más gravitante de la institución clerical en la escena política es una señal del agotamiento histórico del régimen social capitalista y, a la vez, un recurso último por salvarlo.


 


La "desintegración moral que se ha abierto un alarmante camino", como se dice, no es más que el eufemismo para expresar una sociedad desgarrada por sus antagonismo sociales que no encuentran contención ni salida en el marco del orden social imperante. Cuando esto ocurre toda la superestructura política se revela anticuada y cruje al calor de la convulsión social que se ahonda.


 


La entrada en escena de un aparato reaccionario como el de la Iglesia expresa el hundimiento de los regímenes políticos democratizantes y las poderosas tendencias a la facistización del estado mediante la instauración de dictaduras civiles.


 


Pero no hay que olvidarse que si hay una reacción de este calibre es porque simultáneamente hay una acción en desarrollo de los explotados. Estamos frente a un escenario de grandes confrontaciones sociales donde nuevamente emerge al rojo vivo el conocido, pero no menos actual dilema, socialismo o barbarie.


 


A la Iglesia, una vez más, le está reservada por la historia la tarea de oficiar de verdugo, participando del selecto grupo de los que conforman el estado mayor de la contrarrevolución.


 


Por eso, no es suficiente lo que se diga sobre el pecado mortal en que incurre la izquierda al hacer caso omiso a estas circunstancias y fabular una solidaridad y una identidad de intereses que no existen.


 


El rol del clero debe ser denunciado implacablemente, desenmascararlo de cara a los masas, no por lo que representó en el pasado sino por lo que representa en el presente y, más que todo, por el papel que está llamado a jugar en el futuro que se aproxima.


 

Las guerras obreras en Córdoba 1955-1976 de James P. Brenan

Acerca de El Cordobazo.


James Brenan, profesor de Historia de la Universidad de Georgetown Estados Unidos, ha escrito un pormenorizado y bien documentado estudio del movimiento obrero cordobés entre los años 1955 y 1976. A Brenan le llamó la atención la presencia, en ese período, de "una clase obrera inusualmente activa y militante" (1), por lo que se propuso "demostrar que la pronunciada militancia, e incluso la radicalización política de la clase obrera cordobesa, se debieron no sólo a los cambios ocurridos en la cultura política de la Argentina, sino también a la dinámica relación entre la fábrica y la sociedad durante esos años y las condiciones específicas de la base fabril y la cultura del lugar de trabajo que crea la producción automotriz en un país semiindustrializado como la Argentina".


 


Consecuente con su propósito Brenan realizó un profundo estudio y recopilación de información sobre la instalación de las fábricas automotrices en Córdoba; sobre los procesos de trabajo y las modificaciones producidas; sobre los conflictos gremiales: motivos, desarrollo; sobre la organización sindical y política de los trabajadores, y sobre la repercusión de todos estos factores en la sociedad cordobesa. Brenan acudió a los archivos de la Renault, de Fiat, de la embajada norteamericana, de La Voz del Interior, de los sindicatos y de algunos partidos de izquierda, así como recopiló la opinión y el relato de protagonistas directos. Todo esto da lugar a un extraordinario aporte para el conocimiento de un período de la lucha de clases en Argentina.


 


El autor se manifiesta sorprendido por la repercusión que su obra ha tenido en nuestro país. "Escribí este libro pensando en un público académico angloparlante. Nunca creí que fuera de real interés para un público argentino… (y) menos pensé aún que tendría hoy una relevancia política. Pero las circunstancias de la historia reciente le han dado una cierta actualidad: el largo dilema argentino, una vez más, se manifiesta de una forma especialmente dramática en Córdoba. La actual crisis de la provincia, los serios problemas económicos que la afligen, los brotes de protesta social y sindical han demostrado de nuevo que Córdoba tiene un protagonismo central en la historia argentina".


 


La sorpresa de Brenan por la vigencia de su obra responde fundamentalmente a las interpretaciones que el autor realiza sobre el fenómeno cordobés, a los errores que atribuye a la izquierda y a los sindicatos independientes y, por último, a las tareas que hoy tiene planteado el movimiento obrero y particularmente a la posibilidad de desarrollar "sindicatos honestos, democráticos, combativos y fuertemente politizados" en nuestros días.


 


El fenómeno cordobés


 


¿En qué consistió el fenómeno de Córdoba? El proletariado industrial, perteneciente fundamentalmente a las fábricas automotrices Fiat y Renault que se habían instalado en la provincia, ocupó la escena política, convirtiéndose en el líder del conjunto de los explotados, del estudiantado y de un pueblo agobiado por la dictadura de Onganía. En la lucha por la defensa de sus condiciones y puestos de trabajo y de su salario recuperaron los sindicatos, desalojando a la burocracia sindical que actuaba como agente de la patronal y el Estado. Así fue con los sindicatos de Fiat Concord y Materfer (Sitrac-Sitram) y con la seccional cordobesa del Smata, donde la lista Marrón (formada por la izquierda) derrotó en dos oportunidades a la burocracia "torrista" (por Elpidio Torres, secretario general en la década del 60). Brenan reconoce el peso preponderante del proletariado de las fábricas mecánicas y metalúrgicas y dedica varios capítulos a analizar la evolución de esas industrias y sus trabajadores. Sin embargo, reconoce, "En Córdoba, la militancia no se limitó a los trabajadores mecánicos; en rigor de verdad, los sindicatos con la historia más larga de militancia fueron algunos que ya existían antes del boom industrial. Gremios como los de Luz y Fuerza y el de choferes de ómnibus habían sido conductores de la militancia obrera años antes que, a principios de la década del 70, surgiera el sindicalismo clasista en los complejos de Fiat e IKA-Renault… Los trabajadores de Luz y Fuerza eran capaces de realizar apagones en toda la ciudad (aunque no hacían uso de ello, agregado mío, E.S.) y tenían un peso estratégico del que carecía la mayoría de los demás sindicatos, como lo demostró de modo alarmante el Cordobazo".


 


¿A qué se debió este fenómeno? Brenan reconoce muchas razones, varias de ellas valederas. Como la crisis desatada en la industria automotriz; la pretensión de las patronales de hacer pagar el costo de la situación a los trabajadores en una lucha denodada por los ritmos de trabajo (para aumentar la productividad), por los puestos de trabajo, etc.; la "ausencia de una burguesía local poderosa que hiciera de contrapeso" en el enfrentamiento entre dos colosos, la clase obrera, por un lado, y las multinacionales por el otro, etc. Casi un calco de la situación en nuestros días.


 


La identidad peronista


 


Brenan entiende que un aspecto distintivo de la política obrera cordobesa es que un proletariado con "una identidad abrumadoramente peronista" haya elegido en sus conducciones gremiales a sectores de izquierda: "Los mecánicos cordobeses parecen no haber tenido dificultades para conciliar sus profundas lealtades (itálicas mías, E.S.) peronistas con el apoyo a una conducción gremial clasista y, en su mayor parte, marxista. La clave para entender la militancia obrera cordobesa debe encontrarse, por lo tanto, no en la infructuosa búsqueda de una conversión ideológica de la clase obrera al clasismo, sino más bien en el análisis de las condiciones que posibilitaron la conciliación de una identidad peronista y una dirigencia gremial no peronista y que condujeron a los trabajadores a apoyar tácticas más militantes que las defendidas nacionalmente por Vandor y sus herederos".


 


Para Brenan una de las "condiciones que posibilitaron la conciliación" es "la influencia de la independencia en el proletariado cordobés, la fuerte identidad regional de los trabajadores de Córdoba y su oposición a la interferencia porteña… la clase obrera local pensaba de sí misma que era tanto cordobesa como peronista".


 


Para Brenan "las rivalidades políticas y la lucha por el poder dentro del movimiento obrero parecen ser el gran factor que con mayor frecuencia se pasa por alto en esta historia". Es así que el autor a lo largo de su libro y en las conclusiones asigna una vital importancia a las distintas divisiones dentro de la burocracia sindical, asignando un carácter independiente y progresista a aquellos sectores que se desprendían del vandorismo. Tal es su visión, que define al "clasismo" como el intento de "romper con el estilo gremial que había surgido con el vandorismo" y critica a la izquierda por no haber atendido a las "corrientes disidentes de la clase obrera peronista".


 


La llamada identidad peronista de la clase obrera es para Brenan un dato inamovible de todo este período. Si bien considera que "En Argentina, la cooptación gubernamental del movimiento obrero fue más problemática (en relación a otros estados latinoamericanos Brasil y México, en particular) y nunca se realizó del todo", señala, sin embargo, que había una unidad de propósitos entre los dirigentes gremiales peronistas y la base obrera en torno a la colaboración con el Estado: "En cierta medida, los caciques gremiales peronistas eran responsables ante las bases, en las que, por otra parte, hacia comienzos de los años sesenta existía un consenso en favor de cierto nivel de diálogo y cooperación con el Estado y la patronal".


 


Lo cierto es que el peronismo estaba en una aguda crisis y Brenan la describe con lujo de detalles. Pero esta crisis no resultaba sólo de "rivalidades políticas y la lucha por el poder" o del enfrentamiento entre el "interior" y el "puerto". El peronismo había revelado su agotamiento antes del 55, "después del famoso Braden o Perón, ya en el 47, Perón suscribe el TIAR bajo la tutela de Braden que somete a la Argentina a la diplomacia yanqui" (2). La lucha de los trabajadores en todo este período era por mantener las conquistas obreras, mientras que la burocracia "peleaba" su asimilación al Estado y lo hacía con políticas abiertamente colaboracionistas, lo que lógicamente provocaba un enfrentamiento entre las filas burocráticas. Como bien describe Brenan, las luchas de este período surgían al margen de las direcciones sindicales, las cuales eran sorprendidas por los conflictos, es decir, ellas no jugaban un papel organizador. La burocracia corría atrás de los hechos. (Fue la gran crisis de la industria metalúrgica las "quitas zonales", salarios inferiores en la industria metalúrgica del interior del país lo que provocó las luchas de los metalúrgicos cordobeses y llevó a Simó secretario general de la UOM Córdoba a abandonar momentáneamente el vandorismo para entrar a la CGTA de Ongaro). Esta ausencia de la burocracia fue cubierta por un activismo ligado a la izquierda. La iniciativa de los trabajadores caracterizó al fenómeno cordobés, frente al cual la burocracia trató de acomodarse para acogotarlo.


 


Las divisiones dentro de la burocracia sindical eran la expresión del papel que la burguesía le había asignado al peronismo después del 55. "El peronismo está irreversiblemente agotado porque ha dado todo lo que podía dar y en esta larga agonía fue convocado por la burguesía para quitar hasta lo mínimo que hubiera podido dar en su período de ascenso" (3), por ello las alianzas de "legalistas" e "independientes"; así como la división de la CGT quedaron definitivamente resueltas cuando la presencia de Perón se convirtió en una necesidad impostergable para la burguesía. Brenan señala: "Como resultado, el retorno de Perón se convirtió en el único tema de conflicto real entre los sindicatos legalistas y los de izquierda, que durante un tiempo trabajaron juntos en una especie de alianza revolucionaria sindicalista. Sin embargo, con la restauración del gobierno peronista y el restablecimiento del verticalismo, estos gestos independientes se hicieron más difíciles, y en última instancia imposibles". Pero esta política fue desacatada por los obreros peronistas que durante la primera etapa del gobierno peronista del 73 voltearon delegados, comisiones internas y dirigentes burocráticos por doquier, estallaron miles de conflictos y fue necesario apelar a la represión más sangrienta y brutal (la Triple A, la dictadura militar) para frenar este proceso.


 


Cordobazo, ¿huelga revolucionaria?


 


A partir del derrocamiento de Perón (y más precisamente desde antes) la burguesía se propuso lo que Brenan denomina "una ruptura final e irrevocable con las muchas herencias del peronismo". En relación a la clase obrera la consigna era reventar las conquistas laborales y de organización. "Una meta clave en el programa de Onganía era redifinir el papel de la clase obrera en la vida económica, social y política del país. La necesidad de crear un mercado laboral flexible y eliminar el considerable poder que el movimiento obrero organizado ejercía en la sociedad civil fue una prioridad para el nuevo régimen". Como se ve, el largo objetivo acariciado por la burguesía fue cumplido por un gobierno peronista, el de Menem: "Para las nuevas generaciones el peronismo será recordado como el que destruyó los convenios, robó a los jubilados y terminó por demoler la jubilación, destrozó la estabilidad laboral y se arrodilló al imperialismo asociándose, incluso, en las operaciones masacre propiciadas por los yanquis" (4).


 


El peronismo se acopló a la tarea de la dictadura, "el movimiento obrero peronista, alentado por la propia respuesta inicialmente positiva de Perón a Onganía (desensillar hasta que aclare, fue la orden de Perón desde el exilio) maniobró para congraciarse con el nuevo régimen. Tanto la facción de Vandor como la de José Alonso elogiaron el cambio de gobierno, y la Confederación General del Trabajo, bajo el control del primero, publicó al día siguiente del golpe un documento con sugerencias políticas para Onganía, una clara insinuación de su disposición para trabajar con el régimen". Pero no fue sólo la burocracia peronista la que decidió dar un aval al nuevo régimen: "Luego del golpe, Tosco regresó brevemente a Córdoba (era representante de Luz y Fuerza de Córdoba en la FATLYF) para dar parte a los dirigentes lucifuercistas de los recientes acontecimientos. Para sorpresa de todos los presentes, en una reunión imprevista convocada por él, Tosco urgió a actuar con cautela y pidió un período de gracia para ver qué tipo de políticas iba a seguir realmente Onganía". Tosco en este aspecto seguía la política del secretario general de la FATLYF, Félix Pérez, y de Taccone (de la seccional Buenos Aires) que "también creían que el gobierno de Onganía ofrecía nuevas posibilidades y hasta habían llegado a asumir el liderazgo de los participacionistas, el sector del movimiento obrero que más apoyaba al nuevo gobierno". Según Brenan, la vacilación de Tosco duró muy poco.


 


Brenan describe con mucha precisión el proceso que llevó a desencadenar el Cordobazo (y el conjunto de las luchas del movimiento obrero argentino de la época). Onganía, a sólo dos meses del golpe, establece el arbitraje obligatorio, "una medida que eliminaba efectivamente el derecho de huelga". El arbitraje obligatorio fue mantenido por todos los gobiernos, de todos los pelajes y formas, hasta nuestros días. Después del paro del 1º de marzo de 1967, Onganía le quitó la personería gremial a seis sindicatos, entre ellos la UOM y la Unión Ferroviaria y suspendió todas las negociaciones colectivas hasta fines del 68.


 


Durante este período se desarrollaron luchas del movimiento obrero, fundamentalmente en la industria automotriz, "los despidos, el incremento de los ritmos de producción y un deterioro general de las condiciones de trabajo en las plantas fueron las chispas de grandes protestas obreras en las fábricas de IKA-Renault, Chrysler, Ford, Citroën y Peugeot a lo largo de 1967 y 1968".


 


La situación de la industria automotriz y metalúrgica comenzaba a agravarse y se rompieron los acuerdos de la patronal con la burocracia ("el cómodo arreglo que el Smata había elaborado con IKA a lo largo de los años, con la estabilidad laboral garantizada y generosos aumentos salariales en cada nuevo contrato se derrumbó"). Por presión del gobierno, la seccional cordobesa del Smata es intervenida por el Smata central, lo que garantizaba la paz laboral necesaria para el desembarco de Renault que compró las acciones a IKA, y junto con ello nuevos ataques (rebaja de salario, reducción de la semana laboral, etc.).


 


En 1969, la situación tendía a agravarse y las condiciones para una intervención del proletariado estaban madurando aceleradamente; "el deterioro de las condiciones de IKA-Renault motivó al menos que un sector del proletariado mecánico cordobés tuviera un campo propicio para una futura militancia obrera". Dejemos a Brenan describir la situación previa al Cordobazo: "Las políticas económicas de Onganía afectaban adversamente los intereses obreros en general, pero algunas industrias locales estaban experimentando lo que podría describirse justificadamente como una crisis. La industria automotriz y metalúrgica atravesaban los peores años de la historia; las compañías intentaban aprovechar la situación de debilidad del SMATA y la constante posición de indefensión de los trabajadores de Fiat para disminuir los costos laborales mediante la reducción de la jornada de trabajo y las suspensiones temporarias de la producción. Ante los trabajadores de los talleres de partes y componentes pequeños de la ciudad se levantó la perspectiva de una pérdida de los medios de vida, dado que a principios de 1969 los siempre frágiles empresarios metalúrgicos atravesaron una serie de quiebras. Los propietarios de los talleres y las pequeñas fábricas autopartistas que constituían la industria local eran inflexibles a todas las demandas sindicales, incluyendo la controversia de las quitas zonales, una cuestión que se erigió en uno de los mayores reclamos de la UOM y alentó su constante colaboración con los sindicatos de la CGTA (Simó se había alejado de Vandor y se había unido a Ongaro)… Los problemas de la UOM con las quitas zonales se convirtieron en uno de los puntos de reagrupamiento del movimiento obrero cordobés en las semanas que culminaron en el Cordobazo".


 


Las reivindicaciones y los ataques del gobierno iban mucho más allá del proletariado industrial: "Luz y Fuerza también sintió el peso de los planes de racionalización de Onganía antes que otras seccionales de trabajadores de la energía. Las suspensiones del personal, las semanas laborales reducidas y los planes para transferir la jurisdicción de la Epec sobre el desarrollo de la energía nuclear en la provincia al gobierno central, considerados por muchos en el sindicato como un ardid para permitir la posterior privatización de la empresa". Un objetivo que se apresta a consumar el menemista Mestre.


 


La dictadura de Onganía se había convertido en una losa pesada e insostenible para el conjunto de la población: "Caballero (el interventor en Córdoba de Onganía) agravó la desafectación obrera y estudiantil al encolerizar a los habitantes de la clase media cuando a comienzos de 1969 incrementó los impuestos a la propiedad (otra similitud con Mestre), enajenándose aun más a un gran segmento de la población ya descontenta con la suspensión de las libertades cívicas y la participación política bajo el régimen autoritario de Onganía".


 


La gota que colmó el vaso fue la decisión del gobierno de derogar el "sábado inglés", que estaba en vigor en Córdoba, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero y Tucumán. Una asamblea general de los mecánicos realizada el 14 de mayo en el Córdoba Sporting Club fue disuelta violentamente por la policía, pero reveló que la decisión de ir a una lucha frontal contra el régimen estaba tomada por las bases obreras: el cordobazo estaba cantado.


 


Brenan ha historiado ricamente el proceso previo al Cordobazo y su propio desarrollo. De su crónica se desprende con claridad que las reivindicaciones de las masas fueron el gran motor de la lucha, también la experiencia que éstas fueron desarrollando sobre un conjunto de luchas fracasadas y la adaptación permanente de las direcciones sindicales. En el marco de una crisis económica generalizada, el régimen político había entrado en crisis, las movilizaciones recorrían el país y la fuerte presión de las mismas llevaron a la CGT de Vandor y a la de Ongaro a decretar un paro general para el 30 de mayo. Pero en Córdoba el alza obrera, un creciente y destacado activismo independiente, es decir, no controlado por las direcciones gremiales, llevó a la CGT local a decretar un paro a partir de las 10 de la mañana del 29 de mayo con abandono de fábrica. Por todo esto, el Cordobazo fue mucho más que una huelga, fue la acción independiente de la clase obrera (al frente del conjunto de los explotados) frente a una crisis económica y política de la burguesía, lo que le da la característica de una huelga revolucionaria ya que planteaba objetivamente una salida obrera a la crisis.


 


Pero ésta no es la caracterización de Brenan, para él "lo que mejor explica las causas del Cordobazo dentro de la clase obrera (aunque no sus consecuencias últimas, que sin duda fueron potencialmente revolucionarias) es una serie de crisis más concretas producidas en varias industrias locales, combinadas con las rivalidades de poder entre los peronistas cordobeses y sus centrales gremiales de Buenos Aires y especialmente las influencias políticas y culturales locales a la que estaban sometidos los trabajadores". Y más adelante "lo que el Cordobazo definitivamente no fue es lo que a menudo se supone que fue: una especie de huelga revolucionaria conducida por los mecánicos clasistas. En ese momento el Smata estaba firmemente en manos peronistas" (itálicas mías, E.S.).


 


La recurrente mención de Brenan a las "rivalidades peronistas", al enfrentamiento entre las centrales en Buenos Aires y las seccionales del Interior, y a la filiación peronista de la mayoría de los dirigentes gremiales le ha hecho perder de vista el creciente activismo, que se nucleaba en la izquierda, y el hecho de que el Cordobazo no fue el resultado de un papel firmado por Tosco y Torres decretando el paro del 29; fue el resultado de la ya declarada decisión de las bases obreras y del pueblo en general (el 23 de mayo ya había habido movilizaciones de los estudiantes en el barrio Clínicas) de irrumpir en la escena política. La contradicción entre la filiación peronista de la dirección del Smata y las direcciones propatronales y amarillas del Sitrac-Sitram y la acción independiente de los trabajadores fue resuelta a posteriori del Cordobazo con el triunfo de la lista Marrón en el Smata y con las de las direcciones clasistas del Sitrac-Sitram. Lo que los trabajadores hicieron después del 29 de mayo fue ajustar una situación que era previa.


 


Izquierda, partido de los trabajadores y peronismo


 


Brenan saca, sin embargo, una aguda conclusión que ningún partido de izquierda (a excepción del PO) ha siquiera insinuado. ¿Por qué un movimiento "cuyas consecuencias fueron sin duda potencialmente revolucionarias" llevó a una hecho "fatal" para los trabajadores, "la reinstalación del peronismo en el poder político"? "Es evidente que la ausencia de un genuino partido de los trabajadores obstaculizó sus esfuerzos desde el principio" (y más adelante) "en ausencia de un partido de los trabajadores de estatura nacional tuvieron que asumir la formidable tarea de combinar el trabajo político con la representación gremial efectiva".


 


El Cordobazo hirió de muerte a la dictadura de Onganía, abrió una situación revolucionaria en el país. En la burguesía se operó un cambio de frente para atender a la grave crisis económica y al alza de las masas ante el peligro de quiebra del estado patronal. Por lo tanto estaba planteada una cuestión clave: la del poder, y esto no sólo para las distintas fracciones de la burguesía y el imperialismo sino también para la clase obrera. Cerrar la crisis mortal del Estado implicaba terminar con la iniciativa de los trabajadores, con los sindicatos, comisiones internas y delegados antiburocráticos, en fin, doblegar al movimiento obrero para imponerle un feroz retroceso de sus condiciones de vida y laborales. Para ello se lo trajo a Perón y para ello se masacró a 30.000 trabajadores. El problema para los trabajadores era con qué política, con qué programa enfrentaban la nueva situación que la lucha por sus reivindicaciones y la crisis patronal habían creado. La ausencia del partido implicaba la ausencia de un objetivo de poder para los trabajadores, de una perspectiva propia, es decir, quedaban sometidos a las distintas salidas patronales.


 


La conclusión de Brenan es importantísima. Pero, ¿cuál es la concepción que Brenan tiene de un partido de los trabajadores? Aunque el autor no lo dice, de su crítica a la izquierda se desprende que él lo concebía como un partido que partiera de reconocer la "fuerte identidad peronista de los trabajadores", que uniera a la izquierda con los sectores "disidentes" del sindicalismo peronista. Brenan dice: "… el clasismo fracasó por motivos muy específicos. Su fracaso fue en gran medida político, debido a la incapacidad o falta de voluntad de la izquierda marxista para resolver su sectarismo crónico y aliarse efectivamente en el plano nacional con las corrientes disidentes de la clase obrera peronista". Pero, ¿fue realmente así?


 


¿Cuál fue la posición de la izquierda frente al peronismo? En el propio terreno sindical, tanto Tosco como Salamanca, privilegiaron su alianza con los sindicatos peronistas. "El nuevo secretario general del Smata, René Salamanca, había expresado la intención de la dirigencia del Smata de seguir una política no sectaria en la administración y de cooperar con todos los sectores progresistas del movimiento obrero cordobés". De la alianza entre la izquierda y los sectores peronistas disidentes Brenan da un testimonio: "La fortaleza de esta alianza había sido demostrada el 15 y 16 de enero de 1972 en el congreso de las Agrupaciones Peronistas Combativas, una reunión nacional de los sindicatos peronistas presidida por López y los legalistas cordobeses que había elegido al no peronista Tosco como presidente honorario".


 


Si en alguna cuestión gravitó esta alianza fue en relación a la conducción clasista del Sitrac-Sitram, que había hecho de la lucha contra la burocracia sindical una bandera y que avanzó hasta donde nadie había llegado: plantear la cuestión del partido revolucionario. Dice Brenan, "Salamanca y el nuevo comité ejecutivo del Smata (decidieron) apoyar la afiliación de los trabajadores de Fiat a su sindicato (el Sitrac-Sitram había sido disuelto por la dictadura y la mayor parte de sus dirigentes encarcelados, la UOM había obtenido el apoyo patronal para afiliar a los trabajadores) a pesar de los extendidos recelos por la experiencia del Sitrac-Sitram existentes en sus filas. El propio partido de Salamanca, el PCR, era un crítico deslenguado del clasismo de Fiat. Durante mucho tiempo había pintado a la rebelión de los trabajadores de esa empresa como un movimiento de bases bien intencionada y honesto que habían echado a perder su ingenuidad y aislacionismo políticos, específicamente manifiestos en su supuesta negativa a cooperar con los elementos progresistas del movimiento obrero cordobés de la CGT local" (itálicas sin comillas mías, E.S.). Más adelante el autor relata las quejas de los clasistas de Fiat por la poca "fuerza" que el Smata ponía a la campaña de afiliación. Brenan también señala que "tanto López como Tosco… ninguno estaba complacido con las posiciones clasistas con las que el Sitrac-Sitram se identificaban cada vez más". ¿Cuáles eran estas posiciones? "… la lucha contra las soluciones burguesas o pequeño burguesas en función de la clase obrera acaudillando a las masas interesadas en la lucha anticapitalista y antiimperialista, la destrucción de las fuerzas armadas,… una dirección clasista y revolucionaria en las organizaciones obreras,… la expulsión del imperialismo" (5).


 


Brenan coincide en parte con las críticas que la "izquierda" y los "sectores progresistas" tenían hacia la conducción clasista del Sitrac-Sitram, a quienes achaca que "subestimaron la profundidad de la lealtad peronista en las bases", por lo que rescata como lo fundamental del clasismo "su espíritu democrático y su defensa fiel de los derechos de los trabajadores". Sin embargo, fueron las posiciones clasistas de la conducción del Sitrac-Sitram las que lo convirtieron dice Brenan "como un precedente perturbador, y así otros movimientos clasistas inspirados en el ejemplo de los trabajadores de Fiat habían comenzado a aparecer en todo el país". Los sindicatos clasistas de Fiat "instalaron en los trabajadores la sensación de poder (dada por) la rebelión sindical…. y la conciencia de la propia valía", condiciones necesarias para una acción y organización independiente de los trabajadores. En contraposición a esto, Tosco y Salamanca marchaban abiertamente a la ligazón con los sectores peronistas y con el propio gobierno de Perón, es decir, lo opuesto al desarrollo de "una conciencia de la propia valía" de los trabajadores. "Salamanca se mantuvo evasivo en la cuestión de la afiliación (de los trabajadores de Fiat al Smata) al mismo tiempo que hacía hincapié en el compromiso de su gremio de cultivar relaciones amistosas con los otros sindicatos no clasistas de la CGT cordobesa", y más adelante "activistas clasistas de todos los sindicatos de la ciudad atraídos al Frente Unico Clasista hicieron de la afiliación de los trabajadores de Fiat al Smata uno de sus principales objetivos. Sin embargo el ardor de Salamanca se había enfriado, dado que las presiones de Perón habían desvanecido definitivamente toda posibilidad de apoyo por parte de Rodríguez y el Smata central en la cuestión. En el enrarecido clima político de fines de 1973, la conducción clasista del Smata creyó, indudablemente, que impulsar el tema constituía una provocación innecesaria a Perón y al movimiento obrero peronista" (itálicas mías, E.S.). Tosco, por su parte, "dentro de su sindicato (impulsó) la actitud inicialmente conciliadora… hacia el nuevo gobierno peronista… Si bien nunca se convirtió en miembro del partido, y a pesar de que tenía algunas diferencias importantes con éste, las cautelosas políticas del PC coincidían con frecuencia con las suyas, en especial en lo que se refiere a sus recelos acerca del clasismo y su oposición a la lucha armada como estrategia revolucionaria legítima para la izquierda argentina".


 


En contraposición a los planteos de la dirección clasista del Sitrac-Sitram todos los sindicatos cordobeses apoyaron la conformación del frente burgués La Hora de los Pueblos. Tosco (al que Brenan convierte en el paradigma del independiente) defendía "el pluralismo en los sindicatos" y trasladó los acuerdos "tácticos" al terreno político, hizo de su alianza con los sectores burocráticos disidentes toda su política, lo que lo llevó a impulsar el voto por Obregón Cano y Atilio López (del sector legalista de la 62 Organizaciones), los candidatos del justicialismo para la gobernación de Córdoba, en la segunda vuelta de 1973. Tosco, por otro lado, rechazó su candidatura, junto a Jaime (secretario general de la CGT Salta), para enfrentar en las elecciones de septiembre de 1973 a Perón. El Partido Comunista (Brenan habla de los fuertes lazos de Tosco con el PC) votó a la fórmula Perón-Perón el 23 de setiembre del 73. El PCR con fuerte injerencia en la conducción del Smata local (Salamanca, el secretario general, era de ese partido), llamó a votar en blanco el 11 de marzo de 1973, pero el 23 de setiembre votó Perón-Perón (y después defendió al gobierno de Isabel-López Rega). Todos los partidos de izquierda a excepción de PO caracterizaron el triunfo del peronismo como una victoria popular. La izquierda hizo seguidismo al movimiento nacionalista burgués, con tanta o más fuerza con la que en el pasado había apoyado la Unión Democrática, obnubilada por la identidad peronista y el desarrollo de la izquierda peronista.


 


Vigencia del clasismo. Conclusión


 


Brenan declara su "obvia simpatía por el movimiento" obrero cordobés, por sus luchas, por sus organizaciones "combativas". Pero, ¿es hoy posible recrear un movimiento sindical como el de esa época, puede éste servir como modelo "para el sindicalismo argentino de fines del siglo XX"? Para Brenan, "básicamente no". "El contexto nacional e internacional ha cambiado radicalmente en los últimos veinte años. En lo nacional el actual contexto democrático, con todas sus fallas, está muy lejos de los gobiernos militares en los cuales floreció el sindicalismo cordobés. Los cambios ideológicos dentro del peronismo y en el mundo en general también parecen poco apropiados para una simple reencarnación del sindicalismo cordobés de los años sesenta y setenta. En rigor de verdad, la transnacionalización de la producción, el poder ascendente de las grandes concentraciones de poder económico y la desarticulación del estado que cuenta cada vez menos como árbitro de las relaciones sociales van a hacer que cualquier sindicalismo, en el mejor de los casos, sea simplemente defensivo."


 


Gregorio Flores sostiene que "las expectativas de la clase en el peronismo, que todavía no había entrado en descomposición, actuaban como un dique de contención que impedía la penetración de las ideas clasistas en el plano político" (6), pero como dice Christian Rath, "la enorme militancia clasista y antiburocrática de la década del setenta fue canalizada por organizaciones que no planteaban la independencia de clase como viga maestra de su estrategia, pero éste fue un fenómeno transitorio como se reveló en la propia maduración de la dirección del Sitrac-Sitram. El resultado último de la evolución política de esta generación sólo se puede prejuzgar, porque lo que acabó con ella fue la dictadura militar" (7).


 


Si no fuera porque Brenan no se declara marxista, ni socialista, ni revolucionario, sus conclusiones son las de un quebrado. Su pormenorizado análisis de la fábrica, de la unidad de ésta con la sociedad, no le han permitido ver que el motor de la lucha de clases no es la ideología sino las relaciones de producción. Brenan se ha comprado enteras las teorías de la globalización, del neoliberalismo, etc., que es el argumento típico de los intelectuales izquierdistas devenidos a funcionarios del capitalismo. La acción de la clase obrera, su perspectiva como clase (el socialismo), a su entender, deben ser mandadas al museo de la historia por el advenimiento de la democracia ("Si su impulso revolucionario y su fe ciega en la capacidad del socialismo para resolver las inequidades del capitalismo parecen hoy un poco ingenuos y añejos", refiriéndose a los "clasistas", itálicas mías, E.S.). Brenan no ve en ella un instrumento de la clase capitalista para ejercer su dictadura, por ello afirma que el Estado se ha desarticulado cuando éste juega un papel aún más desembozado para asegurar la expropiación cada vez mayor del capital sobre el trabajo y sin cuya presencia esto sería directamente imposible. La crisis capitalista que hoy envuelve al planeta, las luchas cada vez más ofensivas de las masas no entran en su análisis.


 


Al margen de las conclusiones, Brenan ha hecho un gran aporte para las tareas que hoy tiene planteadas el activismo. Leyendo su libro, las luchas de Fiat, de Ciadea se comprenden aún más. La necesidad de construir el partido revolucionario de la clase obrera se fortalece con las conclusiones que el relato de las "guerras obreras en Córdoba" permite sacar el lector.


 


 


Notas:


 


1. Todas las citas salvo indicación contraria son del libro Las guerras obreras en Córdoba, de James P. Brenan, Editorial Sudamericana (1994) (Labor Wars in Córdoba, 1955-1976, título original).


2. Emilio Martín; "El peronismo es un cadáver insepulto", en Prensa Obrera Nº 574, 19 de febrero de 1998.


3. Idem.


4. Idem.


5. Citas de la Declaración del Sitrac-m al Congreso de Sindicatos Combativos, Agrupaciones Clasistas y Obreros Revolucionarios, agosto de 1971, citado por Christian Rath en En Defensa del Marxismo Nº 19, febrero-abril de 1998.


6. Gregorio Flores; Sitrac-m; del Cordobazo al Clasismo, Editorial Magenta, Bs. As. 1995.


7. Christian Rath; "Un balance de en serio de la derrota de Fiat", en En Defensa del Marxismo Nº 19, febrero-abril de 1998.


 

Una revolución sin sujeto y un sujeto sin revolución (sobre el libro de Robert Kurz, El colapso de la modernización)


El libro de Robert Kurz "El colapso de la modernización" no tuvo demasiado eco en nuestras tierras. No obstante, su impacto fue muy significativo en algunos medios europeos y latinoamericanos en Brasil, en particular a principios de esta década. No es para menos. Sobre el filo mismo de los acontecimientos, el autor salió a enfrentar de plano el sentimiento, sea de euforia o de lamento, con el cual en el ámbito académico, político e intelectual se proclamaba el "fin del socialismo" y se celebraba o sufría la "victoria del capitalismo globalizado". Mientras a diestra y siniestra se difundían los planteos sobre la inevitable superioridad histórica del mercado y mientras la utopía se transfiguraba en elegía del "Occidente triunfante"; Kurz, desde la entraña misma del derrumbe la ex-Alemania oriental y en el mismo momento que se planteaba la "disolución" de la URSS 1991, se plantó para decir exactamente lo contrario.


 


Con desprecio por la izquierda que lloronamente se desvivía por aggiornarse y adoptar como propio al capital (por supuesto, con algunas dosis convenientes de ética y de justicia social), nuestro hombre indicó que la caída del Este, era apenas el inicio de un proceso de absoluta decadencia del Oeste victorioso, el punto de partida de una gigantesca crisis mundial. Tal era, además, el subtítulo de su propia obra ("del derrumbe del socialismo de cuartel a la crisis de la economía mundial"). La profecía de Fukuyama sobre el "fin de la historia" encontraba, entonces, un oponente que la presentaba con el signo totalmente invertido: "la llamada Era Moderna entrará, antes de terminar el siglo XX, en una Era de la Oscuridad, del caos y la decadencia de las estructuras sociales, tal como jamás existió en la historia del mundo; el carácter singular de este desastre de la modernización, que alcanzará a quien lo causó Occidente consiste… en su dimensión social mundial". Para iluminar este escenario, Kurz apela a Marx, despotrica contra los marxismos y hasta se eleva en un intento por resolver las contradicciones pendientes en el análisis del autor de El Capital. Los ingredientes de un producto resonante estaban todos presentes y el cocinero recorrió, en su oportunidad, universidades, sindicatos y centros de estudio de varias partes del mundo para difundir su nueva receta.


 


El derrumbe de la burocracia


 


Kurz describe en su obra, con trazos gruesos pero enérgicos, el "colapso del socialismo real", en virtud de la "quiebra dramática de sus mecanismos de funcionamiento interno". Los capítulos más logrados son los que consagra a describir la irracionalidad y el despilfarro sin igual de la gestión de la burocracia soviética; la realidad de los planes que, para cumplir con los objetivos de la jefatura oficial, se nutrían de estadísticas de productos crecientemente inservibles; números y registros sobre metas exitosas que no eran, en verdad, más que una enorme cantidad de chatarra improductiva que bloqueaba todo tipo de articulación del sistema económico y acababa, consecuentemente, hundiendo en la miseria y la pobreza al productor-trabajador. La planificación del desastre.


 


Las citas, bien ponderadas y poco frecuentadas en los materiales más habituales que podemos seguir en estas latitudes, pintan, en este aspecto, un cuadro desolador:


 


"Cuando las cifras oficiales de la producción miden máquinas industriales terminadas, el resultado es la falta de piezas de reserva. Cuando las metas del plan para la organización del transporte se miden en toneladas por kilómetro, se desplaza la carga en distancias sin sentido. Cuando se registra la producción por peso, los productos se elaboran innecesariamente pesados. Cuando se evalúa la producción textil de telas por longitud, terminan siendo anormalmente estrechas (…) en la agricultura los trabajadores tienen que desmontar los tractores y las máquinas agrícolas que acaban de recibir, recién salidas de fábrica, reparar sus piezas o instalar aquellas que faltan, rearmar todo sus dispositivos y adaptarlos a las necesidades de su labor… (Con este planeamiento el desperdicio es inconmensurable): hay una pérdida media del 20% de la producción de cemento, de más de un cuarto de los productos agrícolas y de más de la mitad de la producción de madera. En muchas empresas se acumulan máquinas y equipamiento nuevos a la espera de entrar en funcionamiento. En virtud del almacenamiento inadecuado, la maquinaria se arruina y tiene que ser desechada sin haber funcionado nunca. El caso es peor cuando se trata de máquinas importadas, compradas con divisas".


 


Esta descarnada radiografía de las economías soviéticas de la década pasada corresponde a la época del glasnost (transparencia), cuando los PCs del mundo entero y hasta algún trotskista festejaban a Gorbachov como el modernizador del socialismo, resucitado con el linfa revitalizante de la democracia. Ernest Mandel no vaciló en medir al mismo Gorbachov con la estatura de Roosevelt, su par gemelo que habría resucitado al capital, en su oportunidad, con el adecuado injerto de la intervención estatal. Mientras tanto, se recuerda en el libro de Kurz citando fuentes del momento, "después de casi media década de perestroika (reestructuración), la situación del abastecimiento es más funesta y amenazadora que en cualquier otra época de la post-guerra. En algunos lugares y en la propia capital, el colapso ya se anuncia hacia el mediodía, cuando en barrios repletos de niños se acaba la leche…en las farmacias faltan los remedios más elementales, en los hospitales, gasas y jeringas; azúcar, jabón y detergente están racionados en casi todas partes y, en vastas regiones, también la manteca, la carne y el queso (…) en la capital soviética se habla de un déficit total, lo que significa que no se compra nada más…"


 


En "El colapso…" se indica, acertadamente, que la apertura iniciada por la dirigencia de la URSS al mercado mundial fue el cambio dramático que aceleró el proceso de total descomposición. Es un punto de vista que no puede extrañar a nuestros lectores, seguidores de la elaboración política e intelectual del Partido Obrero. Pero, claro está, suena a herejía para la izquierda académica, stalinista o liberal, para quien los tratados de Helsinki (1975), mediante los cuales la URSS se comprometió a integrarse al comercio y a la democracia propia del mundo occidental constituían la superación misma del stalinismo y el reencauzamiento de la experiencia socialista.


 


(Entonces, en la Argentina, otra corriente trotskista, liderada por Nahuel Moreno, descubrió que su "desideratum" era, también, una mezcla armónica de la planificación soviética lo mejor del Este, y de la democracia lo mejor del Oeste-. A este cocktail lo denominó, como los gorbachovianos, socialismo con democracia. Era el comienzo de los 80. Un periodista, ajeno al marxismo, indagó sobre la naturaleza de este mix: ¿es algo así como reunir a los sandinistas y a los contras en Nicaragua?, preguntó en un reportaje al líder público de aquella organización)


 


Habría que agregar que más de medio siglo antes que Kurz, Trotski, polemizando contra la idea de que la única amenaza seria a la URSS podía ser una invasión militar externa, sostuvo que el mayor peligro sería la invasión de mercancías baratas en el caso del aislamiento continuo de la revolución soviética. De todos modos, casi 60 años después no fueron las mercancías sino el entrelazamiento con el capital financiero, la especulación y la deuda externa, la prematura asociación de los clanes burocráticos con las corporaciones monopólicas y la aguda descomposición de los planes productivos lo que detonó la caída final. La burocracia se transformó en agente directo y privilegiado de la restauración capitalista. Ni socialismo ni democracia sino mero encubrimiento de una política antiobrera y contrarrevolucionaria.


 


Catástrofe general


 


El interés que el libro comentado procura provocar reside en la asociación de tal caída con el desastre más general al cual está siendo arrastrada la economía mundial como resultado del propio agotamiento del capitalismo. La originalidad de Kurz, en lo que respecta a este tópico, no reside tanto en su enfática descripción de la enorme polarización social que está provocando el capitalismo globalizado, así como en la aguda división internacional entre países ricos y pobres, ni en su pronóstico de un "colapso definitivo de la especulación global que causará la ruina del sistema internacional de crédito" bajo la forma de un crash que se manifestará con "toda fuerza en una reacción en cadena" y que tendrá alcances universales, abriendo paso a la "Era de la oscuridad", ya mencionada con anterioridad.


 


La novedad del análisis que nos brinda Kurz reside, en cambio, en la tentativa de una explicación abarcativa del conjunto de esta catástrofe: "la causa de la crisis es la misma para todas las partes del sistema mundial productor de mercancías: la disminución histórica de la sustancia de trabajo abstracto, como consecuencia de la alta productividad alcanzada (por el trabajo)". Esto significa que, con el desarrollo de las fuerzas productivas, es cada vez menor la proporción del trabajo vivo que valoriza las sumas crecientes de capital. La tasa de ganancia, el motor de la producción capitalista se agota, en consecuencia, como resultado del propio desarrollo del capital. La crisis, entonces, aflora como testimonio de una impasse histórica de las relaciones de producción burguesas. Por esto el capital busca una salida, entre otros recursos, en la restauración de los viejos mercados donde el capital había sido expropiado.


 


Pero es precisamente esto lo que Kurz no puede admitir ni reconocer, porque sostiene que nunca dejó de haber allí un régimen capitalista. Si Lenin y Trotski pretendían haber iniciado la tarea propia del proletariado moderno, expropiando al capital, lo que en realidad hicieron fue poner en marcha una de las variantes posibles del propio sistema que entendían liquidar, la del mercado bajo comando estatista (por oposición a la alternativa del "comando monetario o competitivo"). Fue la propia precariedad, el atraso y el primitivismo del viejo imperio de los zares, dice Kurz, lo que impuso esta suerte de hipertrofia del Estado en la gestión del "sistema burgués productor de mercancías" (del mismo modo que el Estado, con su intervención y sus reglamentos impulsó la acumulación de capital en los albores del propio capitalismo, en la época del mercantilismo y las monarquías absolutas). Nada demasiado nuevo bajo el sol.


 


Todos los gatos son pardos


 


Es en este punto donde el análisis de Kurz se transforma en un fraude y su hilo conductor en una distorsión gigantesca de la historia real. En definitiva, la pretensión de explicar la evolución del mundo contemporáneo, apelando genéricamente a lo que el autor denomina la dinámica del "sistema productor de mercancías" se transforma en un movimiento de sombras chinescas, en una abstracción que concluye por no dar cuenta de nada relativo al movimiento concreto de la historia y de las fuerzas sociales actuantes. Es por este motivo que, según Kurz, no hubo revolución social ni en Rusia, ni en parte alguna. Para no quedarse a mitad de camino Kurz impugna el concepto mismo de revolución social. También el de contrarrevolución (que es lo que elevó a la cúpula del poder al stalinsimo en la URSS). Todos los gastos son pardos. Para Kurz, Trotski y Stalin son apenas variantes de la misma incomprensión del funcionamiento…del "sistema productor de mercancías". Regímenes democráticos y dictaduras no son el resultado de la lucha de clases, de victorias y derrotas sino meras posibilidades del mismo sistema para realizar la mercancía por la vía de un circuito estatizado o mediante la "competencia y el mercado". Socialdemócratas y bolcheviques no representan tampoco sino un gran equívoco, en la medida en que, bajo la apariencia de una oposición irreductible, siguen encadenados al movimiento obrero, que como tal es una creación del propio…"sistema productor de mercancías" y no puede encarnar, en consecuencia, una alternativa al sistema del cual forma parte.


 


Unir los contrarios mediante la pretensión de una abstracción lógica; tal es el procedimiento de nuestro autor, que no vacila en enmendarle la plana al propio Marx, corrigiendo el "dilema hasta hoy (es decir, hasta Kurz) no superado de su teoría". El hombre sostiene que hablar de trabajadores, posición de clase, etc. es "irreconciliable con la crítica de la economía política que desenmascara a la clase trabajadora como categoría social constituida, a su vez, por el capital". Aunque el lenguaje de Kurz tienda a un barroquismo casi ininteligible, su planteo es de un primitivismo sorprendente. La clase obrera no puede superar al capital porque ha sido constituida por el propio capital, de donde se deduce que afirmarse como clase obrera conduce no a emanciparse del capital sino para el capital, como afirma Kurz que sucedió en la experiencia de la URSS.


 


La lógica de Kurz es prehegeliana, no percibe el movimiento de las cosas como transformación, como unidad de los opuestos, como realidad que se supera a si misma, en la dinámica propia de las tendencias contradictorias que implica el desarrollo de la materia. Para Kurz, un huevo es un huevo y no puede entender que la afirmación del huevo conduzca al ser adulto, animal o humano, y… a la destrucción del huevo; para decirlo en los términos de la pedagogía del Anti-Dhuring. Por eso no entiende la afirmación de la clase obrera como un movimiento que, por la vía de la expropiación del capital, la destrucción del estado capitalista y la dictadura del proletariado, conduce a la negación de la clase obrera y a la "emancipación de toda forma de explotación del hombre por el hombre", para repetir al Manifiesto. Porque no entiende el ABC de la dialéctica, o sea, que A se transforma en no A, es que niega que la parte (clase obrera) pueda conducir a la emancipación del todo (la humanidad) como producto de su propia lucha.


 


Este mecanicismo elemental aparece encubierto en "El colapso…" por la utilización de una dialéctica aparente, abstracta, limitada al movimiento de la… mercancía y del dinero como equivalente general de los valores de cambio. Por eso, la posibilidad de superar al sistema no puede venir de la acción de los proletarios y los explotados sino "del movimiento del dinero y su límite propio, inmanente". Pues bien, Kurz nos informa que tal límite inmanente sólo se alcanzó en la segunda mitad del siglo, luego de la II Guerra, cuando "el desarrollo de las fuerzas productivas alcanzó el punto a partir del cual se tornó obsoleto el principio básico de la sociedad del trabajo"; esto como consecuencia de las enormes posibilidades que brinda la aplicación de la ciencia al sistema productivo y, por lo tanto, de avanzar hacia una sociedad sin trabajo.


 


Este es el colapso… de Kurz: medio siglo de barbarie, de dos guerras planetarias con 50.000.000 de cadáveres, de un crash internacional el del inicio de la década del 30, el del auge de la reacción fascista y nazi, de explotación inmisericorde del imperialismo sobre los países atrasados; todo esto no sería la expresión del choque de las fuerzas productivas contra las agotadas relaciones de producción capitalista sino, al revés, de la pujanza de las primeras y de la inevitabilidad de las segundas. Kurz, desde su hipercriticismo se suma al coro de los que consideran a la Revolución de Octubre como un error histórico o un extravío propio de Lenin y sus seguidores, de los cuales la propia historia se vengó haciendo de la URSS un país…capitalista. Acá tampoco hay nada nuevo bajo el sol, pero esta vez en el análisis del propio autor de "El colapso…", que repite una de las tantas variantes de defensa incondicional del progreso capitalista en su época de decadencia: como una necesidad de la extensión universal de la… mercancía.


 


Lo cierto es que ni el Estado Burgués ni el capital pueden derivarse de manera puramente lógica de la mercancía, del mismo modo que una golondrina no hace verano. Bajo la autocracia zarista y a pesar de todos los esfuerzos de su propio Estado, el capitalismo ruso no podía despegar. La burguesía, demasiado frágil y, por sobre todas las cosas, temerosa de la potencia social del proletariado, carecía ya del impulso histórico para acometer su propia revolución. Pero, en estas condiciones, las tareas propias de la burguesía fueron ejecutadas como producto de una revolución obrera que expropió rápidamente al gran capital. Aún en estas condiciones y bajo la tutela del Estado obrero, creció la circulación monetaria y mercantil; condición para que las fuerzas productivas se desenvolvieran, la contabilidad nacional se pudiera hacer sobre una base realista y para que la alianza entre la clase obrera y el campesinado pudiera consolidarse en pugna contra las tendencias burguesas y restauracionistas. Todo esto ocupa páginas y páginas de los debates conocidos en el partido bolchevique y de los planteamientos de Trotski en La revolución traicionada, que Kurz ignora olímpicamente porque no encaja en su esquema.


 


Impotencia


 


Bajo la fórmula lógica de la mercancía todo desaparece como en un triángulo de la Bermudas. Kurz nos plantea, por ejemplo, que la idea de un gobierno de trabajadores es intrínsecamente irrealizable: "los trabajadores no pueden establecer su dominio sobre la sociedad porque para poder dominar es preciso, primero, parar de trabajar y si esto fuera posible, la dominación ya no sería necesaria". En consecuencia, lo que las revoluciones socialistas del siglo XX desenvolvieron bajo el disfraz ideológico del dominio de los trabajadores fue la modernización burguesa. El esquematismo formal, linda aquí con el ridículo. Para poder "dejar de trabajar", el requisito es un desarrollo de las fuerzas productivas que jamás podrá salir como producto armónico y completo de la sociedad burguesa y, por supuesto, no a la escala de un país sino del mercado mundial, creado por el propio capital. El "dominio de lo trabajadores" puede crear las condiciones para que tales premisas de la sociedad sin trabajo se hagan realidad. Por eso mismo Marx, Lenin y Trotski concibieron a la dictadura del proletariado como una transición del capitalismo hacia un orden social superior en el cual desaparecería toda forma de poder político y de explotación. Fuera de esto, fuera de la lucha de clases, lo que queda es apenas el mundo abstracto de las ideas y, en la mayoría de los casos de ideas completamente desvariadas, como es el caso del trabajo que nos ocupamos de comentar.


 


Por esto mismo el final del libro de Kurz es y no podía dejar de ser completamente decepcionante. Condena la revolución de una clase y plantea una alternativa cuya "fuerza social sólo puede alcanzarse por medio de la conciencia" (es decir, de la lectura de los libros de Kurz) para no quedar encerrados en la lógica inviable de la propia mercancía y de la lucha de clases a ella asociada. Un revolución sin sujeto y un sujeto sin revolución.


 

Aniversario: 80 años de la Reforma Universitaria Fundación del movimiento estudiantil latinoamericano


Hace 80 años los estudiantes cordobeses encendieron la llama de la Reforma Universitaria. Aunque este proceso comenzó en la atrasada y clerical provincia de Córdoba, no tardó en extenderse a las otras universidades del país y desde ahí a toda América Latina y el mundo. Con la bandera de la Reforma Universitaria se funda el movimiento estudiantil americano y toma forma su programa por la participación estudiantil en el gobierno de casas de altos estudios, la autonomía universitaria, la docencia libre y la extensión universitaria. La Reforma representó, sin embargo, mucho más que un mero episodio estudiantil. Tuvo presente desde un primer momento el ímpetu de los sectores medios en un contexto más general determinados por la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa y el ascenso general de la clase obrera europea de la primera posguerra. Si este proceso influirá decididamente en el auge del movimiento reformista, la derrota de la revolución y el equilibrio capitalista que se dará a mediados de la década del 20 jugarán en su contra.


 


La reforma Universitaria es parte fundamental de la historia de América Latina. Varias generaciones posteriores fueron tributarias de este movimiento: de sus filas surgirá en la década del 20 el planteamiento de formar un movimiento nacionalista de contenido burgués capaz de viabilizar un desarrollo capitalista similar al de los países centrales en nuestro atrasado y semicolonial continente. Este será el programa del APRA peruano, fundado por uno de los máximos dirigentes reformistas, Haya de la Torre. También de las filas de la Reforma surgirá el cubano Mella, fundador del PC cubano, que pasará por arriba del reformismo y proclamará la inviabilidad de los objetivos de la Reforma fuera del cuadro de la revolución social acaudillada por la clase obrera.


 


Por último, a modo de introducción, debemos señalar que uno de los mayores méritos de la Reforma es que puso de manifiesto la unidad de la transformación educativa y cultural con la transformación social y política de la sociedad. Nada más alejado para un estudiante reformista que el apoliticismo o el academicismo, entendidos como variantes que rechazan la vinculación del movimiento estudiantil con la lucha política y social. Los reformistas no dudaron en apoyar a partidos políticos cuando pensaban que estos favorecían su lucha; de la misma manera cuando consideraron que éstos no existían resolvieron fundarlos, e incluso llegaron a combatir los partidos que ellos habían fundado cuando vieron que no respondían a sus intereses y se lanzaron a construir otros nuevos. Es por eso que el estudio de la Reforma y de los diversos caminos que eligieron sus protagonistas mantienen hoy todo su interés para la juventud.


 


La universidad anterior a la Reforma


 


Las universidades argentinas se regían por una ley dictada en 1885. Valía tanto para las universidades de Córdoba, La Plata o Buenos Aires. En estas dos últimas, sin embargo, se habían realizado reformas para darle una cierta participación al cuerpo docente compuesto por la elite liberal. La intención de la clase dominante era limitar las atribuciones del clero que hasta el momento gozaba de toda clase de prebendas y dotar al estado de un personal político propio. Esto llevo a que en el terreno educativo los institutos dependientes del episcopado perdieran la atribución de expedir títulos habilitantes, atribución que se le dio a la Universidad de Buenos Aires.


 


Los cambios en la educación superior fueron reflejando los cambios en las principales ciudades del país, principalmente en Buenos Aires. "Desde 1869 a 1914, la población argentina casi se había quintuplicado. Los extranjeros, que en 1869 no pasaban de 210.292 , cuarenta y cinco años más tarde sumaban 2.357.292. o sea el 30 % de la población total"(1). Con el aumento de la población se fue gestando una clase media urbana que empezó por presionar para una democratización del acceso y la organización misma de la universidad. Esto produjo que en las universidades, que hasta el momento eran un coto cerrado de las clases dominantes, la matrícula tienda a un crecimiemto incorporando a nuevos sectores. En la universidad de Buenos Aires, por ejemplo, la matrícula pasó de 4.000 estudiantes en 1910 a 10.000 en 1918. Para contrarrestar esta tendencia surgieron los proyectos educativos para introducir en el educación media la enseñanza técnica para alivianar la presión sobre la educación superior. En forma simultánea aparecía en escena una nueva clase social, el proletariado, que ya tenía para principios de siglo una fuerte organización gremial; en 1896 se había fundado el primer partido obrero del país, el Partido Socialista.


 


En la universidad de Buenos Aires ya se habían manifestado los primeros signos de malestar. En 1871 a raíz del suicidio de un estudiante provinciano aplazado en la facultad de Derecho los estudiantes realizaron una reunión y "osaron votar en favor de ciertas reformas del régimen de estudio"(2). La protesta, sin embargo, no pasó a mayores. Desde 1903 hasta 1906, un movimiento huelguístico paralizó la Universidad de Buenos Aires e inspiró la fundación del centro de estudiantes de Medicina e Ingeniería, en 1904, de Derecho al año siguiente, y la Federación Universitaria de Buenos Aires el 11 de setiembre de 1908. Ante estos acontecimientos el diario La Nación recomendaba eliminar a los "elementos hetereogéneos" que "invaden la Universidad".


 


La universidad de Córdoba


 


Estos antecedentes ordenaron la rebelión que iba a producirse en 1918. No era casual, tampoco, que esta estallara en Córdoba. "La ciudad es un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro con monjas y frailes; los colegios son claustros; toda la ciencia escolástica de la Edad Media es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia, contra todo lo que salga del texto y el comentario. Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que no sea Córdoba"(3). Este comentario de Sarmiento coincide con el clima que nos transmite J.B. Justo sobre su universidad: "Entrar en la vetusta casa en que funciona la universidad de Córdoba es caer bajo la obsesión de imágenes eclesiásticas. En medio del patio nos encontramos con una gran estatua de fray Trejo y Sanabria, estatua bastante pesada para que no pudiera ser volteada a lazo en la última revuelta estudiantil"(4) . No fue casualidad que una de las consignas coreadas por los estudiantes cordobeses era "Frailes NO".


 


Los cambios que se habían realizado en las otras universidades ya para 1917 no habían llegado a Córdoba. Desde su fundación, en 1614, por los jesuitas la universidad no había perdido su aspecto monacal. Se estudiaba todavía el derecho público eclesiástico y canónico, y se enseñaba en filosofía del derecho que "la voluntad divina era el origen de los actos de los hombres". El juramento profesional se prestaba indefectiblemente sobre los evangelios. Sus estatutos establecían que "los cuerpos directivos no se renovarán jamás" y solo un tercio de los mismos eran ocupados por profesores que tenían clases a cargo. Sus integrantes eran designados por las denominadas "academias", corporaciones completamente dominadas por el clero y la reacción. Una suerte de logia secreta, denominada "Corda Frates"(5), vinculada al arzobispado, tutelaba de hecho la casa de estudios.


 


1917- Comienzo de la Reforma


 


Cuando transcurría el año 1917 comienzan los primeros signos de renovación. En el país crecía el número de huelgas y la fuerza de los sindicatos. El Partido Socialista aumentaba su representación parlamentaria e Hipólito Yrigoyen, candidato de un partido nuevo, la Unión Cívica Radical, era consagrado presidente de la nación por el sufragio universal, desplazando a los sectores más conservadores del gobierno.


 


Las movilizaciones estudiantiles se concentraron especialmente en dos reclamos: el del centro de estudiantes de Ingeniería contra la "ordenanza de decanos", que establecía nuevas condiciones de asistencia a clases; y el centro de estudiantes de Medicina que denunciaba la supresión del régimen de internado en el hospital de Clínicas. Esta protesta se amplió luego a otros aspectos de la organización y funcionamiento de la Escuela de Medicina y de su régimen docente.


 


En 1918, al iniciarse nuevamente las clases, los estudiantes vuelven a plantear sus reclamos. Se realizaron las primeras asambleas convocadas por los centros de estudiantes de Medicina e Ingeniería y se resolvió ir a la huelga si no se cumplían sus reclamos. El 10 de marzo se realiza una movilización callejera, de la que participa también la facultad de Derecho. Se funda el Comité Pro-Reforma que dirigió el movimiento hasta que se fundó la Federación Universitaria de Córdoba (F.U.C.) el 16 de mayo de 1918. 


 


Como las autoridades habían resuelto no tomar en cuenta los reclamos estudiantiles, el 14 de marzo el Comité pro Reforma da a conocer su primer documento en el que llama a la huelga general por tiempo indeterminado. El documento denunciaba que la " La Universidad Nacional de Córdoba amenaza ruina" y que el "estado de cosas imperante en lo relativo a los planes de estudio, como la organización docente y disciplinaria dista en exceso de lo que debe constituir el ideal de universidad argentina" . El objetivo inicial, entonces, trata de provocar modificaciones frente a una situación docente insostenible, pero no incorpora todavía el reclamo de la participación estudiantil en el gobierno universitario. En definitiva, lo que se buscaba era que la Universidad cordobesa se pusiese a la altura de las de Buenos Aires y la Plata, mediante el camino de presionar al gobierno de Yrigoyen obligándolo a intervenir.


 


El 1 de abril, día de comienzo de clases, era un fecha clave para los estudiantes. Se iba a comprobar si la orden de huelga era escuchada o no. La huelga fue total; ni un estudiante concurrió a clases. Las autoridades deciden contratacar y resuelven clausurar la universidad debido a "los reiterados actos de indisciplina que públicamente vienen realizando los estudiantes". Las autoridades le comunican al ministro de instrucción que "los jóvenes huelguistas firmes en su empeño revolucionario y de franca rebeldía, pronunciándose en reuniones públicas con graves dicterios contra las autoridades de la casa, cometiendo atropellos contra los estudiantes pacíficos que desean inscribirse, llegaron el día 1, señalado para la inauguración de los cursos a los mayores extremos de insubordinación.


 


También el Comité pro Reforma se dirige al gobierno nacional solicitando la intervención. Esta es decretada el 11 de abril y es nombrado para la tarea José N. Matienzo. Los estudiantes ven a la intervención como un triunfo y resuelven levantar la huelga. El gobierno radical es considerado como un aliado para terminar con la vieja dirección clerical y conservadora. Los estudiantes esperan que a partir de una colaboración mútua de los estudiantes y el interventor se puedan imponer hombres que compartan sus principios en la dirección de la Universidad.


 


15 de junio, huelga general


 


Córdoba entra nuevamente en un período de calma. El 19 de abril se reanudan las clases y las primeras medidas de Matienzo son similares a las que solicitan los estudiantes. El interventor anuncia un proyecto de reformas de los estatutos que termina con la inamovilidad de los cargos directivos ya que estos han "producido una verdadera anquilosis al organismo universitario". Las reformas de los estatutos (Reforma Matienzo) dan participación en la elección de consejeros y del rector al cuerpo de profesores. Con este cambio los estudiantes se mostraban satisfechos. Aunque la reforma no les daba participación, ellos tampoco la solicitaron.


 


Matienzo resuelve decretar vacantes todos los cargos de rector, decanos y académicos con antigüedad mayor a 2 años; sólo 7 quedaron en sus puestos! Se convocan elecciones para todos los cargos vacantes. En la primera elección, realizada el 28 de mayo, para elegir a todos los decanos, vice-decanos e integrantes de los Consejos Directivos triunfan los candidatos que contaban con el apoyo estudiantil. Matienzo considera que se "abre una nueva época de existencia" para la universidad de Córdoba y da por finalizada la intervención.


 


Quedaba por cubrir el cargo principal, el de rector, para lo cual se convocó a la Asamblea Universitaria (reunión de todos los Consejos Directivos) para el 15 de junio. Los estudiantes, aunque no tenían participación directa, sabían que su presión iba a ser fundamental. Decidieron participar de lleno en la campaña electoral y postularon como su candidato a Enrique Martínez Paz, "Joven profesor destacado por su ilustración, desvinculado de los antiguos círculos universitarios y de una reconocida y probada orientación liberal"(6) Un día antes, el 14 de junio, en el teatro Rivera Indarte, la F.U.C. realizó un acto público para defender su candidatura.


 


La composición mayoritariamente liberal de la asamblea hacía prever un triunfo del candidato apoyado por los estudiantes. La Corda Frates levantaba como candidato a Antonio Nores. Los estudiantes habían concurrido en masa a la universidad esperando festejar el triunfo de su candidato. Pero en contra de lo previsto, luego de dos votaciones fallidas la Asamblea Universitaria elige como rector al candidato de la Corda Frates, Antonio Nores. Cuando los estudiantes se enteraron de lo que sucedía en la Asamblea invadieron la sala, desalojaron a la "canalla" y no dieron tiempo a la consumación legal del triunfo. Los gendarmes, que rechazan la intimación para abandonar la universidad, son arrollados hasta la puerta de la calle (7). La juventud se radicaliza cuando elementos mercenarios que actuaban como guardaespaldas intentan sacar sus cuchillos para agredir a los estudiantes. Los estudiantes, incluso, intentan incendiar el viejo edificio de la Compañía de Jesús. Cuando esto sucedía, y los consejeros se escondían de los tumultuosos, Horacio Valdés, dirigente de la Federación Universitaria de Córdoba, ocupando el pupitre del rector, escribe en un papel unas frases y lee la orden del día: "La asamblea de todos los estudiantes de la Universidad de Córdoba decreta la huelga general. Junio 15 de 1918".


 


Los estudiantes ganan la calle y recorren la ciudad de Córdoba vivando la huelga general. Se dirigen al movimiento estudiantil del país: "Necesitamos saber que no estamos solos, que es uno el honor de los estudiantes argentinos. Reclamamos con urgencia de nuestros camaradas el pronunciamiento de la huelga general universitaria". La adhesión no se hace esperar y se decreta la huelga en todas las universidades del país. Rápidamente, el movimiento gana la adhesión de los sindicatos obreros de la provincia y del conjunto de la población. La prensa de la época testimonia de marchas de simpatía en diferentes provincias y ciudades como Rosario, Corrientes, Paraná, Bahía Blanca, San Juan, Catamarca, Santiago del Estero, etc. En Córdoba las movilizaciones superan las 10.000 personas (los estudiantes universitarios no superan los 1.500). El movimiento estudiantil secundario también se pliega a la lucha y realiza su primer huelga general de la historia.


 


Programa. El demos universitario


 


Los acontecimientos del 15 de junio sepultan la ilusión de que es posible concretar las reivindicaciones de los reformistas a través de la intervención desde arriba del gobierno radical. La alianza entre el movimiento estudiantil y la docencia liberal se fractura. El movimiento reformista entra en una nueva etapa.


 


El programa de la Reforma va tomando forma a partir de la propia experiencia del movimiento de lucha de la juventud. El movimiento reformista se considera como la fuerza vital de la universidad, inviriendo el planteo que hacía del "cuerpo de profesores" el depositario natural de la autoridad y del sentido mismo de la existencia de la enseñanza. Si la finalidad de las escuelas y universidades es que la juventud adquiera los conocimientos acumulados por la humanidad, razonaron los reformistas, nadie más que la juventud sabe como organizarse para realizar esta tarea. Este fue el criterio que prevaleció en las primeras universidades aunque en otro contexto histórico. Se trataba todavía de la sociedad medieval y la Universidad era el reducto privilegiado de los hijos de las nobles clases dominantes: eran los únicos que podían elegir y ser elegidos para los organismos directivos. Sin embargo, cuando en la universidad empezaron a entrar miembros de otras clases sociales el estado le dió el mando de la universidad al "cuerpo de profesores" para regimentar a los nuevos contigentes juveniles. Fue un interés político y social y no pedagógico el que determinó la composición del gobierno universitario. El espíritu medieval y de casta fué encarnado ahora por la "oligarquía docente" asociadas estrechamente con el clero.


 


Los estudiantes del 18 debieron hacer su propia experiencia. Intentaron primero ejercer presión sobre la intelectualidad liberal del propio "cuerpo de profesores" para designar a un Rector afín a sus reclamos. Sin emabrgo, en el momento de votar, los profesores se habían inclinado por el candidato de la reacción (8). Entonces, los estudiantes se levantaron y declararon su propia revolución universitaria: ¨La Federación Universitaria de Córdoba reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el ´demos´universitario´, el derecho a darse el propio gobierno radica principalmente en los estudiantes¨ (Manifiesto Liminar). Surgió de esta manera el planteamiento del cogobierno tripartito e igualitario (docente-graduados y estudiantes). Este principio, sin embargo, no tuvo nunca vigencia ya que todos los gobiernos hicieron de la limitación y hasta de la eliminación de la participación estudiantil una cuestión de estado.


 


Democracia, autonomía, docencia libre y cátedra paralela


 


La crítica reformista al sistema educativo fué tomando, entonces, una dimensión más general: ¨Exigimos una educación sin pretales ni antiojeras, que prepare a los hombres para la vida en lugar de acondicinarlos para todos los despotismos. Por eso penetramos a los templos deslumbrantes de luces y oro y rompimos en las manos de los charlatanes de feria el instrumento del vasallaje con que atan las conciencias a todos los dolores y las miserias de este mundo ensombrecido por la bajeza y la mentira cristiana¨ (9). La crítica al sistema educativo se proyectó como crítica al régimen social, en función de un ¨ideal democrático¨(poco a poco y en virtud de la diferenciación interna del movimiento reformista, sus planteamientos empezaron a abordar las contradicciones mismas de la propia ¨democracia¨, la realidad del antagonismo entre las clases sociales, la unidad del estudiantado con la clase obrera en torno a una transformación global de los fundamentos de la sociedad burguesa moderna). Desde un pricipio, entonces, la democracia estudiantil se planeó desenmascarando el papel contrarrevolucionario del clero, su alianza con los sectores conservadores. Se denunció la ¨mentira cristiana¨ como un dogma anticientífico, cuya función es la de propagandizar entre las masas un espíritu conformista a cambio de una realización futura en el ¨mundo de los cielos¨.


 


La autonomía fue concebida, en este contexto, como la facultad de los estudiantes de dirigir la Universidad sin la intromisión de los poderes del estado, en el ámbito propio de la deliberación y la decisión libre de los alumnos y maestros despojados de toda otra autoridad que su propia capacidad docente. El movimiento estudiantil sentó así las bases para la autodisciplina, asentada en un aspiración y una lucha común : ¨El concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la sustancia misma de los estudios. La autoridad en un hogar de estudiantes no se ejercita mandando, sinó sugiriendo y amando: enseñando ¨(Manifiesto Liminar). Es decir, convivencia de estudiantes y docentes sin necesidad de¨reglamentos disciplinarios¨. Estos son extraños a ¨la sustancia misma de los estudios¨, su función es la represión y la regimentación de la juventud. Consecuentes, los reformistas plantearon el principio de la libre asistencia a clases, para que ninguna compulsión reglamentaria forzara el presentismo.


 


Los planteamientos reformistas apuntaban a quebrar el monopolio político y cultural del estado en la educación. Por eso mismo se introdujo en el ámbito docente un principio imnovador: la docencia libre. Esta establecía que cualquier persona que acredite los conocimientos necesarios para ejercer la docencia puediera hacerlo aun en el caso de que no formare parte de la ¨estructura docente¨ manipulada por la burocracia estatal. La selección de los docentes


 


debía darse por concurso, en el que os estudiantes debían tener participación. Se garantizaba la libertad de pensamiento tanto para el docente como para el estudiante que podía elegir entre diferentes cátedras. A la vigencia práctica de este reclamo se lo denomina ¨cátedra paralela¨.


 


Extensión universitaria


 


Otro de los principios más importantes de la Reforma es el de la extensión universitaria. Los estudiantes no debían recluirse en los claustros sinó vincularse ¨al conjunto del pueblo¨. Como dijo Deodoro Roca, una de las figuras más destacadas del movimiento juvenil, ¨el solo universitario es una cosa espantosa¨. La extensión universitaria era consideraba una obligación del estudiante que debía devolver al ¨pueblo¨ los conocimientos que había podido adquirir en la universidad.


 


De este modo todavía vago y genérico el movimiento estudiantil de la Reforma planteó la necesidad de unirse al resto de la sociedad como una herramienta para desarrollar su propio movimiento. Surgieron así las ¨universidades populares¨, a las que accedían sectores de los trabajadores para tomar clases dictadas por los estudiantes. Es en el desarrollo mismo de este movimiento que se evidenció rapidamente una división. Por un lado, una tendencia (la mayoritaria) que vió en la extensión universitaria una suerte de filantropía social y pedagógica como sinónimo de la transformación social. Por el otro, como fué el caso del movimiento estudiantil cubano dirigido por Mella, se partió de la idea de que la revolución de la sociedad sin la revolución de la clase obrera. En consecuencia, el planteamiento de las extensión universitaria y de las Universidades Populares se percibió como una forma de unidad obrero estudiantil de carácter revolucionario, o sea de lucha contra el capitalismo.


 


Las universidad bajo poder estudiantil


 


Luego del 15 de junio la situación había entrado en una impasse. El Rector de la Corda Frates había renunciado luego de que los estudiantes le impidieron asumir su cargo. De esta forma, otra vez las miradas iban hacia Yrigoyen. Los estudiantes, que lo consideraban su aliado, reclaman nuevamente la intervención para que se cumplieran sus reclamos. El gobierno accede y el 2 de agosto gobierno nombra a Susini como interventor. Pero su persona, por ser considerado muy izquierdista, desató la crítica de los sectores clericales que lograron que la intervención no lleguará a efectivizarse.


 


Yrigoyen decide entonces nombrar al propio ministro de educación, José Salinas, como interventor. Sin embargo, pasan los días y la intervención no llega. Los estudiantes que comprenden que el tiempo conspiraba contra ellos deciden dar uno de sus pasos más audaces. El 9 de setiembre ocupan la universidad y deciden asumir la función de gobierno de la misma. "Mientras llega la intervención… -decía un comunicado de la Federación-… se coloca a la universidad bajo superintendencia de la federación". Se nombran a 3 estudiantes como decanos y se procede a nombrar a los profesores interinos. Se constituyen mesas de examen y, contra lo esperado, muchos estudiantes reprueban. La facultad estaba en manos de los estudiantes. Para demostrarlo el prosecretario de la Universidad fue descendido a mayordomo y su lugar ocupado por un estudiante.


 


Los estudiantes habían invitado "al pueblo a la inauguración de las clases". Pero esta no pudo realizarse porque el ejército, enviado por el gobierno nacional, ocupó la universidad siendo detenidos todos los ocupantes. Sin embargo, esa misma tarde, el interventor informó a la Federación que "saldrá el miércoles 11". Los estudiantes habían cumplido su objetivo. El proceso contra los detenidos fue pronto olvidado.


 


La llegada del interventor Salinas es festejada por los estudiantes como un triunfo. Pronto se modifican los estatutos y se incorporan todos los principios de la Reforma: autonomía, participación estudiantil en el gobierno universitario, docencia libre, extensión universitaria y asistencia libre a clases. Después de varios meses de lucha la Reforma Universitaria parecía un hecho. Rápidamente la Reforma se extiende por todo el país. En las Universidades de Buenos Aires, La Plata, Litoral y Tucumán los estudiantes logran imponer los principios reformistas. Hacia 1921 la Reforma regía en todas las universidades argentinas.


 


Con el prestigio de la Reforma a su favor los estudiantes argentinos son recibidos con gran entusiasmo en el Congreso Internacional de Estudiantes que se reúne en México en 1921. "Mexicanos y argentinos dominaron el congreso con su devoción ardiente a las ideas de regeneración social e impusieron las resoluciones adoptadas al fin y publicadas como fruto de aquella asamblea" (10). Así la reforma adquiere prestigio mundial y rápidamente se expande durante más de una década por los países de América Latina.


 


Contrarreforma


 


Cuando en 1922 Yrigoyen es sucedido en el cargo por Alvear la situación nacional e internacional estaba dando un viraje. La guerra mundial había finalizado. EL capitalismo a nivel mundial estaba logrando cierta estabilización. La revolución, que había nacido en Rusia en 1917, no logró, como esperaban sus máximos dirigentes, triunfar en los principales países europeos. Aparecía, por primera vez, la sombra del fascismo en Europa. En el ámbito local la situación también tendía a estabilizarse y disminuían el número de huelgas.


 


Alvear, que pertenecía al ala derecha del radicalismo, se apoyó en los sectores conservadores enemigos de la reforma. En noviembre de 1922 decide tomar la ofensiva y ocupa con el ejército la Universidad del Litoral. La misma suerte corre la Universidad cordobesa. El poder en la universidad vuelve a estar en manos de las camarillas de profesores. Para esto se reforman los estatutos limitando la participación estudiantil en el cogobierno. Los estudiantes pueden elegir 3 de los 11 miembros de los consejos directivos, pero estos 3 deben ser profesores. También en la Universidad de Buenos Aires y en la de Tucumán se modifican los estatutos con un sentido antirreformista. Una a una las conquistas estudiantiles son eliminadas de las universidades argentinas.


 


En 1928, con el regreso de Yrigoyen a la presidencia, la Reforma parece recuperar terreno pero rápidamente vuelve a ser pisoteada cuando, en 1930, Uriburu, con un golpe de estado derriba al caudillo radical. En solo dos meses interviene todas las universidades del país, elimina las conquistas reformistas y somete al movimiento estudiantil a una intensa represión.


 


Las conquistas democráticas de la reforma solo pudieron sostenerse con la movilización intensa de los estudiantes y dentro de un contexto internacional favorable. Ni bien estos factores no estuvieron presentes los gobiernos eliminaron las reformas establecidas y colocaron el poder de la universidad en manos de las castas de profesores. Como ahora vamos a ver, este proceso no se limitó a nuestro país sino que se repitió en otros países. La Reforma mostró, entonces, su incompatibilidad con el régimen social vigente. Esta incompatibilidad exige superar los límites de la propia reforma, es decir su pretensión de hacer de la universidad y del mismo estudiantado la fuerza social dirigente de la transformación social. Este debate es el que ganará rápidamente la atención de los dirigentes reformistas.


 


La reforma cobra dimensión continental


 


Desde finales del siglo pasado la penetración del capital extranjero había creado en las grandes ciudades del continente una clase media que pugnaba por ingresar en la universidad. Su pretensión, sin embargo, chocaba la estructura medieval de éstas, que tenían como función formar a los hijos de las clases dominantes. Esta contradicción fue la base para que la chispa que se encendió en Córdoba en 1918 prendiera rápidamente hasta expandirse durante más de una década por todo el continente. El fuego sacudió primero al Perú, luego a Chile y Cuba, a Colombia, Guatemala y Uruguay. Una segunda oleada, se dará en la década del 30 en el Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Venezuela y México.


 


Los acontecimientos en los otros países del continente mantienen una similitud con los ocurridos en Argentina. En Perú, por ejemplo, en las universidades que eran "acaparadas intelectual y materialmente por una casta generalmente desprovista de impulso creador no podían aspirar siquiera a una función más alta de formación y selección de capacidades" (11) estalló en 1919 la rebelión estudiantil. Con su vista puesta en Córdoba, la juventud peruana levantó las banderas de la Reforma Universitaria.


 


En el país también el proceso político más general mantenía semejanzas con el argentino. La casta de los "civilistas", representantes de los sectores más conservadores de la oligarquía era derribada para dejar el poder a los sectores más liberales comandados por Augusto Leguía, que asume el gobierno en julio de 1919. Leguía, llega al poder apoyado por los estudiantes que lo consideran "maestro de la juventud". Rápidamente las demandas estudiantiles son cumplidas y se dicta una ley universitaria que incorpora las pretensiones estudiantiles.


 


Sin embargo, el gobierno de Leguía, ni bien desplazó del poder al sector conservador se convirtió él mismo en representante de las clases dominantes aliadas al imperialismo y al clero. En 1923, el gobierno reprime una movilización estudiantil matando a 2 estudiantes. Las reformas son eliminadas de la Universidad. Haya de la Torre, el máximo líder estudiantil, se debe exiliar en México.


 


En Chile, los estudiantes también habían proclamado su lucha por la Reforma de las universidades. Decidieron apoyar, para esto, a un candidato liberal, Arturo Alessandrini, que disputaba el poder con el sector más conservador. Luego de ganar las elecciones, Alessandrini seguirá el ejemplo de los gobiernos de Argentina y Perú, y negará la posibilidad de cualquier reforma. Una situación similar se dio en otros países dejando en claro la imposibilidad de viabilizar la reforma a través de los políticos liberales, que se veían rápidamente pasados al campo de la reacción.


 


La situación obligaba, entonces, a desplazar la atención de las modificaciones internas de las estructuras de la universidad para poner toda la energía en la lucha política. Es en este terreno donde el movimiento reformista se va a escindir entre dos tendencias cada vez más definidas.


 


Los estudiantes crean sus partidos


 


La experiencia había demostrado que sin una transformación profunda de las atrasadas sociedades latinoamericanas no era posible que la Reforma pudiera sostenerse en el tiempo. Ahora bien: ¿Qué tipo de transformación tenía que darse? ¿Cuál era la clase social llamada a encabezarlo? y ¿qué papel tenían reservados los estudiantes en esa transformación? El aprismo, encabezado por el peruano Haya de la Torre y los partidos comunistas nacientes le darán distintas respuestas a estas preguntas.


 


El aprismo, había elevado al estudiante al papel dirigente en el cambio social. Se basaba para esto en una teoría elitista de la nueva generación como motor de los cambios históricos. Esta teoría había sido elaborada por el filósofo español Ortega y Gasset: "las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en la historia se presentan bajo la forma de generación" (12) y concluye "el revolucionario y el reaccionario del siglo XIX son mucho más afines entre sí que cualquiera de ellos con cualquiera de nosotros" (13.). Al entender la historia como una sucesión de sensibilidades encarnadas por cada generación se desplaza al conflicto social del ámbito de las clases al de las edades.


 


Pero para Ortega y Gasset dentro de cada generación también había diferencias que no estaban motivadas por las clases sociales sino por "la distancia permanente entre los individuos permanentes y selectos". Dentro de estos últimos se encontraban, claro está, los estudiantes, que formarían luego el APRA peruano, y que se postulaban como los dirigentes del cambio social. Este mesianismo estudiantil presente en todos los documentos de los reformistas, gustoso de la exaltación del verbo y de la palabra inflamada, sin embargo, se dará contra la pared al comprobar en la realidad la incapacidad de la pequeña burguesía para desempeñar un papel independiente.


 


Es que en nuestro continente la pequeño-burguesía había surgido directamente de la penetración imperialista, que había creado en las principales ciudades ciertos extractos medios que se beneficiaban por el comercio de las ciudades puertos. Surgían, a su vez, algunas industrias livianas, que aprovechaban los recursos naturales y las materias primas y a una clase obrera más barata que en las metrópolis imperialistas. Este fenómeno de desarrollo desigual y combinado daba por resultado débiles mercados internos que no permitían a la pequeño-burguesía convertirse en burguesía industrial y liderar un proceso de revolución democrática.


 


Esta limitación estructural estará presente en el APRA peruano y en todos los partidos que surgen bajo su influencia como el MNR boliviano, el PRA en Cuba, Acción Democrática de Venezuela, etc. Haya de la Torre toma como modelo para la creación del APRA al Kuomintang chino, al que consideraba un movimiento policlasista dirigido por la pequeño-burguesía. El objetivo inicial que se propone no es la revolución socialista porque "nuestros pueblos tienen deben pasar por períodos de previos de transformación económica y política y quizás por una revolución social -no socialista- que realice la emancipación nacional contra el yugo imperialista y la unificación económica y política indoamericana. La revolución proletaria, socialista, vendrá después…" (14). Sin embargo, el planteamiento nacionalista pronto es abandonado: "Nuestro capitalismo nace con el advenimiento del imperialismo moderno" (15) transformando al imperialismo en agente de la modernización de los países semicoloniales.


 


La respuesta vendrá de las filas del comunismo, y más precisamente de dos protagonistas de la Reforma, el peruano Mariátegui y el cubano Mella. En primer lugar, atacan la teoría de la joven generación. Mariátegui consideró que no era la "nueva sensibilidad" de la juventud lo que había encendido su entusiasmo revolucionario sino que "era la desesperada lucha del proletariado en las barricadas, en las huelgas, en los comicios, en las trincheras. La acción heroica, operada con desigual fortuna, de Lenin y su aguerrida fracción en Rusia, de Liebneckt, Rosa Luxemburgo y Eugenio Leviné en Alemania, de Bela Kun en Hungría, …" (16).


 


A partir de las divergencias expuestas, Mariátegui, que en un momento había sido solidario con Haya de la Torre, decide fundar el Partido Socialista peruano (ligado a la III Internacional) en 1928, al que define como un "partido de clase y por consiguiente repudia toda tendencia que signifique fusión con las fuerzas u organismos políticos de otras clases" y denuncia que "el APRA constituye una tendencia confusionista y demagógica contra la cual el partido luchará vigorosamente" (17). La Reforma se dividen en dos caminos irreconciliables.


 


El fundador del P.C. Cubano, Mella, también parte de la crítica a la teoría de la joven generación: "La lucha social dirá no es cuestión de glándulas, canas y arrugas, sino de imperativos económicos y de fuerza de las clases, totalmente consideradas". Para él, la liberación nacional no podrá ser obtenida por la pequeño-burguesía sino por la clase obrera.


 


La concepción de Mella se basaba en la experiencia directa de los sucesos argentinos y peruanos. Analizándolos se pregunta: "¿Puede ser un hecho la reforma universitaria? Vemos muchas dificultades se implanten totalmente. Para un cambio radical, de acuerdo con las bases reformistas, es necesario el concurso del gobierno. ¿Es capaz un gobierno de los que hoy tiene América en casi todas sus naciones de abrazar íntimamente los principios de la reforma universitaria? Afirmamos que es imposible. ¿Puede la juventud universitaria imponer ella, de por si, los principios nuevos en las universidades? En algunas de sus partes si, pero en otras no. En lo que a Cuba se refiere es necesario primero una revolución social para hacer una revolución universitaria"(18).


 


El camino que trazó Mella, si bien el no lo pudo recorrer en su totalidad, será seguido décadas más tarde por un movimiento naciente dirigido también, en gran parte, por jóvenes universitarios. Fueron ellos los que crearon el Movimiento 26 de Julio, bajo el liderazgo de Fidel Castro, que realizó la primer revolución obrera del continente. En el patria de Mella, la Reforma triunfo como Revolución.


 


Balance. Vigencia de la Reforma


 


Deodoro Roca, una de las figuras características de la Reforma, tuvo razón cuando, en 1936, al trazar un balance de los sucesos del 18, comentó: "La reforma fue todo lo que pudo ser. No pudo ser más de lo que fue, en dramas y actores. !Dio de si todo!" (19) Esta convicción, compartida por el resto de sus compañeros, significó que la Reforma superaría el terreno puramente universitario y se abría a la lucha política más general. Pero al hacerlo comprobó rápidamente sus propios límites. El movimiento reformista no pudo desempeñar un papel independiente en la escena política, y rápidamente se dividió entre los que se pasaron al terreno de la burguesía y los que abrazaron la causa del proletariado.


 


Pero si la reforma como movimiento social ha sido superado, sus reivindicaciones democráticas que le dieron vida mantienen hoy toda su vigencia. La lucha por la autonomía, el cogobierno, la docencia libre, la cátedra paralela, debe ser integrada a un planteamiento de conjunto de la cuestión educativa. Esta lucha debe partir de la conclusión a la que arribaron los sectores más avanzados del movimiento reformista: la transformación educativa es inseparable de la transformación social dirigida por la clase obrera contra la opresión y la miseria capitalista. La Revolución educativa solo puede realizarse como revolución social.


 


 


 


Notas:


1. A. Ciria y H. Sanguinetti, La Reforma Universitaria, Tomo 1, pág. 21.


2. T. Halperín Donghi, Historia de la Universidad de Buenos Aires.


3. Domingo F. Sarmiento, Facundo.


4. Juan B. Justo, Discursos y escritos políticos, pág. 280.


5- La Nación, se preguntaba "¿Qué es la Corda? -y respondía- "No es un partido, ni club, ni una sociedad, ni nada que se le parezca. Es una tertulia de doce caballeros, católicos -este es su más fuerte vínculo espiritual- y de edades aproximadas, muy unidos entre si por lazos de amistad y aun de parentesco, que se reúnen en comidas y almuerzos periódicos, ya en un hotel, ya en casa particular de alguno de ellos. Universitarios en su mayoría, políticos casi todos, funcionarios y ex funcionarios, legisladores y ex legisladores, los asuntos públicos los ocupan desde luego,…Allí hay independientes, radicales azules, algún simpatizante con los rojos, algún platónico amigo de los demócratas… Tienen gente en todos los partidos, tienen diputados de todos los rumbos. Así, caiga el que caiga, triunfe el que triunfe, la Corda sale siempre parada" (La Nación, 16/6/1917).


6. Julio V. González, La Reforma Universitaria, pág. 46


7- La Prensa, 16/6/1917.


8. Ver La Caldera, nº 25.


9. Julio V. González, La Reforma Universitaria, pág. 92.


10- Pedro Henríquez Ureña, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, pág. 140.


11- Mariátegui, La Reforma Universitaria


12- Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, pág 6.


13- ídem.


14- Haya de la Torre, El antiimperialismo y el APRA, pág 68.


15- Haya de la Torre, ¿Adónde va Indoamérica?, pág. 41.


16- Mariátegui, Defensa del marxismo, pág 93.


17- R. Martínez de la Torre, Apuntes para una interpretación marxista de la historia del Perú, tomo 1, pág. 208-209.


18- Mella, ¿Puede ser un hecho la reforma Universitaria?


19- Deodoro Roca, ¿Qué es la Reforma Universitaria?


 

Psicoanálisis y Marxismo: ¿Un diálogo imposible?


Si la piedra dice que caerá al suelo si tu la arrojas al aire,


créele.


 


Si el agua dice que te mojaras si te sumerges en ella,


créele.


 


Si tu amiga te escribe que volverá,


no le creas:


no es una ley de la naturaleza


 


Bertolt Brecht


 


 


 


1° parte: Planteo del problema


 


Los fracasos del freudomarxismo


 


W. Reich fue le primero que pensó que un diálogo entre el psicoanálisis y el marxismo era posible. Aún más, no sólo un diálogo era posible, sino también una acción común.


 


Este joven psicoanalista, que se venía formando junto a Freud y su entorno, no vaciló en adherir a las filas del Partido Comunista luego de participar en la marcha del 15 de julio de 1927, en Viena, cuya represión provocó la mayor masacre en la historia de esa ciudad desde 1848: en total hubo 83 muertos.


 


Esa misma noche se inscribió en las filas del pequeño PC austríaco, a pesar de haber sido hasta entonces socialista, reprochándoles a estos últimos su ausencia en dicha movilización.


 


Su militancia se organizó desde su práctica psicoanalítica. Con un pequeño equipo compuesto por un pediatra, una ginecóloga y algunas amigas maestras jardineras recorre los barrios obreros de Viena organizando charlas y conferencias y organizando dispensarios de salud e higiene sexual donde la principal demanda que se reiteraba una y otra vez era la de aborto y contracepción, motivo por el cual fue perseguido u hostigado legalmente más de una vez.


 


Luego de su viaje a la URSS, en 1929, emigrará a Alemania, donde con el apoyo del PC creará una Asociación socialista para la higiene sexual y la investigación sexológica, a partir de las organizaciones de este tipo que ya habían sido fundadas, entre otros por Helen Stocken y Magnus Hirschfeld. Esta famosa SEXPOL de W. Reich llegó a nuclear, en torno a sus dispensarios, a más de 200.000 adherentes.


 


El texto paradigmático de esta época es La lucha sexual de los jóvenes. Este libro fue discutido y aprobado por el Comité Central del PC alemán, pero Moscú vetó la posibilidad de que el mismo fuera publicado por la editorial oficial del PC: Reich había osado discutir algunas de las posiciones sostenidas por Lenin en su conversación con Clara Zetkin.


 


El texto principal en cuanto a su concepción de las relaciones entre el psicoanálisis y el marxismo es Psicoanálisis y Materialismo Dialéctico.


 


Su gran ambición fue alcanzar un conocimiento "completo" de la condición humana, donde el marxismo cubriría el estudio de los fenómenos sociales y el psicoanálisis el de los fenómenos individuales. Una ciencia que cubriera ambos aspectos sería, en ese sentido, exhaustiva y completa.


 


Pero la hipoteca de su psicosis y los errores conceptuales de partida, tanto de su concepción del psicoanálisis como del marxismo (1), fueron insuperables.


 


La influencia de la vida en Estados Unidos, que tanto incidió, también en muchos otros psicoanalistas emigrados por la guerra, completó un cuadro de situación donde Reich, luego de ser expulsado, tanto de la Internacional Comunista como de la psicoanalítica, terminará intentado hacer llover en el desierto de Arizona, con sus cañones concentradores de "orgon", la famosa energía cósmica en torno a cuyos balances se ordenarían, para Reich, los males y la felicidad de los seres humanos.


 


Su expulsión de las dos internacionales marcó un punto de corte, desde cada una de dichas orillas, a partir del cual, todo puente fue imposible. No obstante, no ha dejado de haber intentos por reconstruirlo. Pero la fisura entre estos dos continentes que nunca se habían asociado no ha hecho más que agrandarse con cada uno de ellos.


 


En esto contribuyó el hecho de que cada uno de estos continentes ha tenido, a su vez, múltiples fracturas. Ni el campo que se reclama de Marx es homogéneo, ni lo es el que se reclama de Freud.


 


Por lo tanto, en la consideración y análisis de cada uno de los intentos de freudomarxismo no debe olvidarse precisar claramente qué fracciones de cada campo son las que han intervenido en cada caso. En otros términos, hay muchas corrientes que se reclaman de Marx y que no tienen nada que ver con Marx, y lo mismo respecto de Freud. Por lo tanto, la denominación de freudomarxismo arrastra consigo todas las ambigüedades que podrían tener, respectivamente, las orientaciones de sus componentes del marxismo o del freudismo.


 


El común denominador de todas estas experiencias ha sido, sin excepción, terminar desamarrados, o del psicoanálisis, o del marxismo, cuando no de ambos. Por eso puede decirse que, al menos hasta ahora, el freudomarxismo ha sido un fracaso. Y lo mismo puede decirse de sus propulsores.


 


Es claramente el caso de los más famosos, Fromm y Marcuse, que poco tienen que ver con el psicoanálisis y que políticamente han terminado rechazando el rol histórico de la clase obrera en la revolución.


 


Es también el caso del último (e insospechado de tal) freudomarxista: J.A. Miller, el yerno de Lacan, y actual presidente de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis), la principal internacional lacaniana.


 


Miller escribió un sólo texto en el que plantea algún tipo de asociación entre el psicoanálisis y el marxismo: "Acción de la estructura". Este artículo fue publicado originalmente en el número 9 de "Cahiers pour l analyse", y termina con la siguiente declaración, "sostenemos que los discursos de Marx y de Freud son susceptibles de comunicarse por medio de transformaciones reguladas y de reflejarse en un discurso teórico unitario" (2).


 


Era en los tiempos en que este típico normalien, estudiante de filosofía, comenzaba su asociación con Lacan, quien para ese entonces había mudado su seminario a la Sorbone, por invitación de Althusser, luego de su expulsión de Sainte Anne y de su excomulgación de la internacional psicoanalítica (es el propio Lacan quien caracteriza así su expulsión de la IPA International Psychoanalytical Association y la prohibición que dictó esta para cualquier tipo de asistencia o aproximación a su enseñanza).


 


Esto era en el 64. Alumno de Althusser, como la mayoría de los marxistas de esa época en Francia, aunque sin las ataduras al PC de su maestro, Miller optará, como la mayoría de los jóvenes radicalizados de ese entonces, bajo la influencia de la Revolución Cultural China, por la vía del maoísmo, sumándose a uno de los principales grupos estudiantiles maoístas que intervinieron en el mayo 68: "Izquierda proletaria" ("Gauche proletarienne"), uno de cuyos objetivos era "destruir la universidad".


 


El fracaso del maoísmo y de las vertientes estructuralistas del marxismo, incluso las graves contradicciones entre estas dos corrientes, condujeron a Miller a dejar el marxismo y dedicarse al psicoanálisis.


 


En ese sentido, a diferencia de otros freudomarxistas, nunca se reclamó tal. Sin embargo esta formación y origen político parecen marcar la última etapa de su periplo, expresado en la construcción de una nueva internacional que, si bien se reclama sólo del psicoanálisis, se caracteriza más por sus planteamientos políticos y por su proceso de institucionalización que por su producción teórica o clínica en el campo del psicoanálisis.


 


Su planteamiento político básico es que el capitalismo habilita un nuevo tipo de discurso (discurso entendido como lazo social) que permitiría una reunión del sujeto con el objeto de goce, y en ese sentido, promueve un circuito indestructible. Por lo tanto la revolución no tendría ningún sentido y la única alternativa es el psicoanálisis individual. La paralela asociación de los analizados (o en trámite) en el grupo analítico, constituido entonces, en los hechos, en un nuevo partido político, no es más que la consecuencia lógica de este planteo. En ese sentido, la internacional de Miller tiene varios aspectos políticamente similares a la de Derrida.


 


La nueva línea está claramente expresada por Miller en un reportaje que le hiciera uno de sus súbditos en Página 12, en ocasión del reciente congreso de la EOL (Escuela de la Orientación Lacaniana, la sección argentina de la AMP). Plantea, por un lado, que la vieja confrontación con la IPA ya no tendría sentido (motivo por el cual él y Echegoyen actual presidente de la IPA son mutuamente invitados en los congresos de sus opuestas organizaciones), y por el otro, con la consigna de tener que estar a la altura de las circunstancias mundiales, se plantea la cuestión de que el psicoanálisis siga siendo contemporáneo, es decir, mantenga su influencia y desarrollo. Es muy aleccionador el modelo de éxito cultural del psicoanálisis que presenta Miller: es el caso de Eslovenia, caracterizado como un país lacaniano, y cuyo vicepresidente es un psicoanalista de su escuela. El coordinador general de este grupo lacaniano (es el propio Miller quien le asigna ese rol) es el conocido psicoanalista y crítico de cine Slavoj Zizek, quien milita activamente en las filas del partido gobernante (entre otras cosas es el redactor de muchos de los discursos oficiales) y cuyas posiciones podrían ejemplificarse con alguna de sus declaraciones, por ejemplo las realizadas en el reportaje que le hiciera Geert Loovink en Linz en junio del 95 y que fue publicada en el número 14 de la edición electrónica de la revista Inter Communications (3):


 


"Fue nuestro partido el que salvó a Eslovenia de la fe de los tres que formaron la República Yugoslava, donde ellos tienen el modelo del partido único (…) con nosotros es una diferencia real, una escena pluralista, abierta a los extranjeros".


 


"Yo creo que la ghetoización, como la mitad de los Angeles, es mucho más fuerte que la lucha de clases marxista"


 


"Siempre estuve a favor de la intervención militar de Occidente [en la guerra de los Balcanes]. Alrededor de 1992, con un poco de presión, la guerra habría terminado. Pero perdieron el momento".


 


Volviendo a Miller, a pesar de las grandes diferencias con otros freudomarxistas, él también completa un periplo que lo termina alejando, tanto del marxismo (hace ya mucho tiempo) como del psicoanálisis, y llevándolo a posiciones políticamente reaccionarias y psicoanalíticamente adaptativas.


 


En síntesis, hay una pregunta que se siguen planteando muchos psicoanalistas: ¿es acaso irremediablemente imposible ser psicoanalista y marxista sin dejar de ser o lo uno, o lo otro, o ambas cosas a la vez?


 


La mayoría de los psicoanalistas parece responder que sí. Y la mayoría de las corrientes de izquierda también.


 


En ese sentido, veamos un poco que dice la izquierda.


 


Las posiciones de la izquierda


 


Ya mencionamos la expulsión de Reich de las filas del PC alemán en los años 30.


 


Por otra parte, es por todos conocida la prohibición y persecución que se impuso contra el psicoanálisis en la URSS y demás países sometidos por la burocracia stalinista.


 


Las posiciones de todas las corrientes stalinistas, en general, han sido hostiles al psicoanálisis.


 


En cambio, las corrientes de izquierda democratizantes lo han visto con simpatía. Ello por una razón muy precisa: estas corrientes políticas siempre valoran positivamente cualquier abordaje que subraye la individualidad, puesto que su planteo político de base consiste en reivindicar la democracia burguesa como una forma de organización política absoluta (y por ende abstracta).


 


Habría muchas más situaciones y posiciones que reseñar. Pero por una cuestión de espacio, voy a dirigirme directamente al debate que se ha planteado en las páginas de En Defensa del Marxismo puesto que, de últimas, en ellas se concentran los problemas centrales, que han sido también los ejes de otros debates en otros momentos históricos y entre otros interlocutores.


 


Los artículos a los que me referiré son: en el número 13, un artículo de Eduardo Sartelli (4), en el 16 un artículo de Fougeyrollas (5), y en el 17, un artículo de Marcelo Novello (6).


 


Sin perder de vista las grandes diferencias que hay entre uno y otro, no obstante puede encontrarse en todos ellos, un elemento común: una ponderación política del psicoanálisis, o al menos de las posiciones que habrían sostenido personas que se reclaman de tal práctica, respectivamente Suely Rolnik, en el artículo de Sartelli, Sigmund Freud y Jacques Lacan en el de Fougeyrollas, y Bonvecchi en el de Novello.


 


Evidentemente, el artículo más brutal es el de Fougeyrollas, quien no duda en calificar a Lacan de reaccionario ("el lacanismo es una ideología cristiana, clerical y oscurantista") y a Freud de pobre idiota (como se desprende del hecho de afirmar que luego de más de 40 años de práctica psicoanalítica, no habría entendido un pepino acerca de la cuestión de la sexualidad femenina, no habría sabido descentrarse geográficamente, y se habría extraviado en delirantes divagaciones psicologistas cada vez que se le ha ocurrido hacer alguna consideración sociológica) y por esa vía, de ponderar al psicoanálisis de conjunto.


 


El artículo de Sartelli también concluye en una operación de ponderación política del psicoanálisis: "Toda la caterva de personajones que cobran fama por torturar el lenguaje constituye un partido político: el anarquismo conservador" (itálicas mías). Podría decirse que esta frase no se refiere al psicoanálisis, o por lo menos al psicoanálisis como teoría, sino sólo a la parte del conjunto de los psicoanalistas que eventualmente integrasen la mencionada caterva. Las palabras subrayadas por mí apuntan a señalar, justamente, que la extensión del objeto sobre el que recae la caracterización política de Sartelli no está dada tanto por los términos con que compone la primera parte del sujeto de la misma, caterva de personajones que cobran fama (que aunque son los que más pudieran llamar la atención basta leer las cosas dos veces para darse cuenta que no están ahí tanto para definir la extensión del objeto de análisis como para agregar a la caracterización política una valoración moral) sino por los que componen la segunda parte, torturar el lenguaje, que son los que realmente definen la extensión del conjunto, y lo hacen en función de un criterio mucho más preciso e importante que los simples vituperios morales: la concepción del lenguaje.


 


En ese sentido, aunque la crítica de Sartelli se centre en el trabajo de una psicoanalista brasileña, su caracterización implica una ponderación política, no solo de ese personajón en particular, sino de un cúmulo de prácticas definidas a partir de cierta concepción del lenguaje, lo que, por añadidura, alcanza al psicoanálisis en su conjunto


 


El caso del artículo de Novello es el más ambiguo. Pero también es por ello mismo el más ilustrativo de la actitud que hay en la izquierda respecto del psicoanálisis. A primera vista, no se entiende porque, para discutir de política con Althusser, se las agarra con un libro destinado a realizar un análisis psicoanalítico de la vida de Althusser. Novello señala que Bonvecchi plantea "una complicidad entre el drama íntimo del filósofo francés y su labor teórico-política: la impostura". Podría pensarse que entonces Novello va a criticar la lectura que hace Bonvecchi de esta relación, poniendo el acento quizás sobre aquellos aspectos que eventualmente dieran cuenta de un error de apreciación del análisis de conjunto de Bonvecchi por errores de apreciación política. Pero no, rápidamente Novello aclara que "se ocupará sólo de la labor teórico-política del filósofo comunista". Entonces, ¿a qué viene la referencia al libro de Bonvecchi? ¿Por qué referir el título del artículo a este libro cuando el mismo se desarrollará básicamente a partir de los libros de Althusser? La única manera de no faltarle el respeto a la inteligencia del artículo de Novello, así sea implícitamente, es suponer que esa referencia está ahí por alguna razón.


 


Quizás esta razón esté dada en forma indirecta, en el comentario que sigue inmediatamente a la mencionada autolimitación de objetivos de su artículo.


 


Dice Novello: "Esta recensión se ocupará sólo de la labor teórico-política del filósofo comunsta que fascinó a gran parte de la intelligentsia, por el coqueteo de Althusser con teóricos de otras disciplinas, como Levi-Strauss, Lacan, Bachelard, etc., puesto que la inteligencia latinoamericana de izquierda, en su albosluta mayoría, cultiva con particular entusiasmo todo tipo de eclecticismo que aparezca como innovador, superando lo que sería el carácter arcaico del marxismo clásico…" (itálicas sin comillas simples mías), siendo esta última parte una referencia a un texto de P. Rieznik


 


Este párrafo, con el "puesto que" articulando, de un lado, la autolimitación temática que se impone Novello acompañada del comentario respecto de la fascinación ejercida por Althusser sobre la intelingentsia y sus coqueteos con algunos teóricos de ese entonces, y del otro, la cita de Rieznik, es aparentemente incomprensible.


 


¿Porque la cita de Rieznik habría de justificar ("puesto que") la autolimitación en el análisis de Novello? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?


 


Si se presta un poco de atención se verá que lo que importa acá no es tanto lo que piensa Rieznik como la cuestión de precisar cual es la función que tiene esta cita en el artículo de Novello.


 


La única manera de que este párrafo tenga una coherencia lógica es entenderlo de la siguiente manera: Bonvecchi habría cometido el siguiente error: no habría sabido hacer una crítica política correcta de los planteos de Althusser, esto por formar parte de esa intelingentsia latinoamericana (está por verse si de izquierda en el caso de Bonvecchi) a la que Rieznik caracteriza por cultivar el eclecticismo. En otras palabras, lo que Novello vendría a subsanar es esta falta de crítica política. Y la función de la cita de Rieznik en el artículo de Novello no es la de explicar algo sino sólo la de descalificar la referencia psicoanalítica del trabajo de Bonvecchi, para así justificar la autolimitación temática de Novello.


 


El mensaje de Novello, en síntesis, es este: mejor hubiera hecho Bonvecchi en atenerse a la ortodoxia marxista que al eclecticismo aparentemente innovador que representaría, para el caso, su referencia psicoanalítica. Por eso a Novello no le caben dudas a la hora de sentenciar desde dónde hay que pararse para poder "comprender, en síntesis, el final de la odisea althusseriana": el problema central de Althusser es haber intentado un revisionismo del marxismo. Sólo desde los impasses a los que esta tarea debía conducirlo podría comprenderse a Althusser. Otro punto de vista, en particular el psicoanalítico, sería, amen de estéril para poder comprender algo del asunto, una desviación política y teórica.


 


Pero entonces, más hubiera valido que Novello se centrará en la demostración de este planteo, en vez de repetir, una vez más, las consabidas críticas que le hace el trotskismo a Althusser.


 


En síntesis, aunque lo central del artículo de Novello se desarrolle como una crítica a los planteos de Althusser, subyace otra crítica más de fondo, expresada como una actitud desvalorizante antes que como una exposición de razones, a los análisis que pudieran originarse desde una posición psicoanalítica. Y esta crítica, por lo tanto, también implica una ponderación política del psicoanálisis (eclecticismo que pretendería superar al marxismo, es decir, antimarxismo o, en el mejor de los casos, producción intelectual estéril y superflua).


 


Resumiendo, de acuerdo a lo publicado por En Defensa del Marxismo en este último año sobre algún tipo de temática que de un modo u otro ataña al psicoanálisis (incluso, salvo error de mi parte, creo que es lo único que ha sido publicado al respecto en dicha revista), podría decirse, tomando palabras de Sartelli, que el psicoanálisis no sería mas que una expresión intelectual más de "la burguesía desencantada", y sus practicantes no serían más que una de las partes de "una especie de aristocracia en decadencia".


 


Pero si fuera así, habría que plantearlo claramente, es decir, en términos de acción política práctica. Habría que hacer, por ejemplo, algo parecido a lo que hacía la juventud del Pts (hablo en pasado no tanto porque el Pts haya dejado de hacerlo sino porque, por lo que veo, ha dejado prácticamente de existir, entre otras cosas, por asumir este tipo de planteos), que en las facultades de psicología sumaba a su plataforma política la reivindicación de la exclusión de toda referencia lacaniana en la formación de los psicólogos, por tratarse de una teoría "reaccionaria".


 


En otras palabras, en una ciudad como Buenos Aires, donde el psicoanálisis en general, y el de orientación lacaniana en particular, tienen una influencia cultural tan grande, donde no hay prácticamente servicio de salud mental de hospital alguno donde no se trabaje con estas referencias teóricas, donde los psicoanalistas son uno de los principales sectores de la llamada clase media profesional, no veo como se puede abordar una política cultural que no contemple en algún punto una delimitación sobre este punto. Si realmente el psicoanálisis lacaniano es una teoría reaccionaria, entonces se impone demostrarlo y plantearlo en forma precisa.


 


Si Lacan forma parte de esa caterva de personajones que cobran fama por torturar el lenguaje, no veo como se podría obviar plantearlo en forma sistemática e inclusive con relación a puntos o acciones concretos.


 


De lo contrario, sería como intervenir en algún otro ámbito similar, por ejemplo, la facultad de ciencias económicas, sin capacidad de crítica seria y consistente a los economistas y a la teorías económicas burguesas.


 


Más allá de la generalidad de las consignas de tipo gremial o político, no veo como se puede intervenir seriamente en estos ámbitos sin abordar estas cuestiones académicas e ideológicas.


 


En síntesis, hacer una ponderación política del psicoanálisis implica que habría, al respecto, un debate en juego, respecto del cual lo menos que se podría decir, si fuera así, es que el Partido Obrero llega tarde, y mal. Creo que, para el caso, lo menos que correspondería, entonces, parafraseando otros debates desarrollados en esta revista, es tratar de levantar la puntería.


 


Lo que quisiera delimitar en este artículo, justamente, sería lo que por ahora llamaré las "condiciones de borde" entre psicoanálisis y marxismo.


 


Voy a retomar entonces, más en detalle, los debates en juego.


 


2° parte: La cuestión del lenguaje


 


Lo que aparece en primer plano en el artículo de Sartelli es la cuestión de la identidad, asociada a la noción de libertad.


 


Para Sartelli lo que es inconcebible en el planteo de su interlocutora, la psicoanalista brasileña Suely Rolnik, es que se pueda sostener la posibilidad de que "la identidad" pueda ser, en algún nivel, "el resultado de una elección personal", es decir, de algún tipo de libertad.


 


Al parecer (no he podido leer su nota en la Folha de Sao Paulo) Rolnik caracterizaría a la subjetividad moderna a partir de lo que sería una crisis de referencias identitarias, lo cual, a su juicio, abriría, e incluso facilitaría, las vías para un proceso de singularización mas allá de toda referencia identitaria sea local o global. En otros términos, Rolnik plantearía la posibilidad de una vía que no sea la de la saturación de esa experiencia de vacío, saturación que actualmente se daría o por la vía identificatoria, o por la vía de lo que ella agrupa como diferentes técnicas de drogadicción: la química (narcóticos, productos psiquiátricos, alcohol, etc.), los audiovisuales, las religiones (literatura y escuelas de autoayuda, evangelistas, etc.) o las de la salud (diet, cuerpo sano; etc.).


 


La crítica de Sartelli es muy concreta: pretender erigir esta eventual alternativa individual (ligada, obviamente, al psicoanálisis individual) en alternativa política es una posición reaccionaria.


 


Hasta aquí podría coincidir con Sartelli. En realidad, él irá más lejos, pues cuestionará la posibilidad misma de cualquier tipo de alternativa individual, punto sobre el cual discreparé.


 


Pero veamos primero esta cuestión de erigir una eventual alternativa individual en alternativa política.


 


Particularidad y Universalidad


 


Hay un punto que hay que tener claro: la visión psicoanalítica siempre se organiza desde el caso individual. El psicoanálisis se constituyó desde sus comienzos como una práctica de la particularidad del sujeto.


 


Ese es el sentido más estricto que se le puede dar a la consigna freudiana de no hacer del psicoanálisis una cosmovisión. Muchas veces se ordena dicha consigna en el campo generalizado de la caída de los ideales y del pseudo escepticismo posmoderno, es decir, en la idea de que no habría que hacer del psicoanálisis una cosmovisión de la misma manera que no habría que hacerlo con cualquier otra teoría (por ejemplo el marxismo). Pero el sentido freudiano de esa consigna no se ordena en un pesimismo generalizado sobre la comprensión de los fenómenos sociales, sino que apunta a subrayar, a recordar, que el psicoanálisis es básicamente una práctica del caso por caso, del uno por uno. Lo que vale para uno no vale forzosamente para el otro.


 


Por eso, la mayor dificultad teórica del psicoanálisis ha estado siempre, justamente, en torno a este problema de cómo hacer teoría, es decir, algo general, para una práctica que en cada caso encuentra una situación diferente.


 


Este punto es importante, porque es el que diferencia al psicoanálisis de todos los demás saberes que de un modo u otro se agrupan en las llamadas ciencias sociales o humanísticas, donde, de una u otra manera, el acento está puesto en lo universal (de ahí su reclamo de ser considerados ciencia).


 


La ciencia, sea la dura o la humanística, siempre implica una exclusión de la particularidad subjetiva.


 


El psicoanálisis, en cambio, es la práctica que toma a su cargo el problema de esta particularidad subjetiva.


 


En este sentido, el problema en que cae Rolnik es el mismo en que caen tantos otros psicoanalistas (sobre todo por los tiempos que corren en que el slogan del fin de los ideales autoriza a cualquiera para los análisis sociológicos, no tanto en el sentido de que esto sea un derecho reservado para algunos solamente, sino en el sentido de que, muy al estilo Feyerabend, es habilitado cualquier discurso, cualquier decir, no importa su consistencia, para opinar del tema) de olvidar la consigna freudiana y pretender hacer de su saber sobre los casos particulares un discurso universal sobre los fenómenos sociales.


 


¿Dónde se origina, en parte, este problema?


 


En que el psicoanálisis no deja de hacer teoría. Y que una vez hecha la misma, no siempre se recuerda ni su origen ni sus límites.


 


El psicoanálisis debe, forzosamente, para poder realizar algún tipo de transmisión de su saber, de un modo que no sea el de la iniciación religiosa, despejar elementos comunes a todos los casos. Y ese carácter general de la teoría no deja de invitarnos, a su vez, a la cosmovisión y a las explicaciones universales. Máxime cuando las extensiones del psicoanálisis se han revelado, muchas veces, fértiles y enriquecedoras. Por ejemplo, se puede decir que el psicoanálisis ha sido el interlocutor por excelencia de poetas, artistas y locos, en la medida en que permite la formalización (con la consiguiente degradación que esta implica) de lo que funciona como universal (hace eco en los demás) en la particularidad de sus decires o sus haceres. Punto donde los discursos sociológicos, muchas veces, permanecen mudos y desorientados.


 


Veremos, más adelante, con más detalle, que lo que el psicoanálisis ha descubierto es cierta relación esencial del hombre con el lenguaje y los problemas que el mismo acarrea para cada individuo. En ese sentido, este es un punto que autoriza ciertas extensiones del psicoanálisis en los campos de la cultura, en la medida en que su saber sobre el problema de las relaciones del sujeto con el lenguaje presenta los rasgos universales de toda teoría.


 


Es esta situación la que lleva a muchos psicoanalistas a hacer extrapolaciones de su saber del uno por uno, pensando que uno, más uno, más uno, más uno, puede llegar en algún momento a ser equivalente al todos.


 


Si a eso se le suma una formación o una posición política democratizante, es decir, la adhesión a los principios de la democracia burguesa en tanto suposición de que la sociedad se conforma por la sumatoria de individuos, es decir, de uno, más uno, más uno, etc., entonces la sintonía termina siendo perfecta.


 


En síntesis, la ambición de Reich se revela una tentación a la que más de uno sucumbe, no importa su orientación política: intentar una explicación general de los seres humanos, tanto de lo individual como de lo social.


 


A falta de una formación marxista, los psicoanalistas no dejan de tentarse en estas extensiones y desarrollar, a partir de su saber teórico, una cosmovisión que, por su punto de origen en la particularidad y sus presupuestos teóricos, no deja de culminar, sistemáticamente, en posiciones democratizantes (cuando no reaccionarias).


 


Pero el problema está también en que del lado del marxismo tampoco se tiene idea alguna de los descubrimientos reales del psicoanálisis y se siguen repitiendo prejuicios y mitos acerca de la naturaleza del lenguaje y la relación de los hombres con el mismo.


 


Más precisamente, y tal como lo mostraremos mas adelante, el marxismo, en general, incluido el trotskista, no ha dejado de sostener, consciente o inconscientemente, respecto de las teorías del lenguaje, las posiciones que fijara Stalin en la década del 30.


 


Por eso digo que el problema que se plantea es el de las condiciones de borde entre psicoanálisis y marxismo.


 


Veamos entonces que es lo que ha descubierto el psicoanálisis, en que consiste su práctica, y en que sentido, el psicoanálisis puede autorizarse ciertas extensiones sobre los campos de la cultura


 


Sujeto y lenguaje


 


Lo que el psicoanálisis ha descubierto de común en todos los hombres, como campo para formalizar y teorizar acerca de una serie de problemas, es su condición de seres parlantes. Lo que el psicoanálisis descubre es que el lenguaje tiene efectos sobre aquellos que lo habitan, que el lenguaje no es una herramienta o un objeto a disposición de la voluntad de cada cual, sino que cada sujeto es determinado por el lenguaje, que el lenguaje es tan determinante sobre aquellos que hablan como las relaciones de producción pueden ser determinantes sobre aquellos que trabajan.


 


Este habitar el lenguaje es a lo que Freud llamaba el inconsciente.


 


Evidentemente, no fue un nombre afortunado. Entre otras cosas porque ayudó a mantener el mito de su definición por relación a la consciencia (punto respecto del cual no hacía falta Freud para descubrir algo puesto que esa noción de inconsciente ya existía desde hacía mucho).


 


Pero ubicar la relación al saber en función del plano de la consciencia oscurece el problema.


 


Esto por la sencilla razón que implica la suposición de que el inconsciente es solo un problema de ignorancia.


 


Con lo cual un psicoanalista no sería más que aquel que ve las cosas correctamente y le enseña a su paciente a verlas del mismo modo. Obviamente que si las cosas fueran así, el rol del psicoanalista sería básicamente pedagógico y por lo tanto cultural, y por lo tanto ideológico.


 


Un ejemplo de este tipo de idea o interpretación de lo que es el psicoanálisis es aquella película que ganara tantos premios y que se llamaba "Gente como uno", donde un chico, típico clase media, vivía el trauma culpabilizante de haber sido el único sobreviviente del naufragio del bote en que navegaba con su hermano mayor y preferido de la madre. Aquí tendríamos un ejemplo de cómo, según esta interpretación típica de la escuela yanqui, afectos personales dificultarían una percepción correcta de la realidad, siendo la tarea del terapeuta, permitir una correcta apreciación de la misma. Para el caso, que el personaje de la película había sido más fuerte que su hermano y había podido mantenerse agarrado del bote hasta la llegada del socorro.


 


En otros términos, el plano de la consciencia ordena las relaciones entre lo sabido y lo no sabido en términos de ignorancia, es decir, en referencia a una verdad externa y objetiva que se encontraría distorsionada por alguna dimensión afectiva. Con lo cual, la particularidad subjetiva queda reducida a este desajuste afectivo que enturbia la referencia externa y objetiva.


 


La terapia analítica, entonces, no sería mas que una reeducación emocional.


 


Pero entonces, la relación al lenguaje no tendría nada de especial. El lenguaje no sería mas que un instrumento del conocimiento. Y el obstáculo al conocimiento se ubicaría en otro nivel; justamente, en el de las perturbaciones afectivas, cuyo origen y causalidad, entonces, permanecerían inexplicados.


 


Esto no es lo que plantea Freud.


 


Cuando él plantea, entre otros, conceptos, como por ejemplo el de la represión primordial (contra el que tanto despotrica Fougeyrollas en el artículo en En Defensa del Marxismo), lo que busca subrayar es esta cuestión del estatuto fundamental de lo no sabido.


 


Para Freud el concepto de inconsciente viene a dar cuenta de una relación más esencial y general del hombre con el lenguaje. No se trata de un no sabido sobre alguna cosa externa y objetiva que ha sido ocultada o no aprehendida (reprimida) sino de una subjetivación particular de un problema general que podría ejemplificarse con la situación en la que tan a menudo nos encontramos de no poder decir lo que supuestamente se quiere decir (motivo por el cual tantas veces debemos recurrir al agregado de "lo que quise decir es…").


 


En cierto nivel es imposible decir lo que supuestamente se quiere decir, al mismo tiempo que siempre se está diciendo algo más de lo que supuestamente se quiere decir. La polisemia del lenguaje, no sólo permite los chistes y los usos del doble sentido. También implica una dimensión estructural que plantea ciertos problemas en la inserción de cada sujeto en el lenguaje.


 


Si la neurosis es una condición que no discrimina entre clases sociales, credos o razas, es porque no es la expresión acotada de la patología de una minoría que tiene su percepción de la realidad desviada, sino que da cuenta del modo en que cada uno resolvió una impasse general que le impone la condición de ser parlante, es decir, el lenguaje.


 


Por eso Lacan dirá que Freud se anticipó a los desarrollos tanto de la lingüística como de la lógica, en particular a los desarrollos originados a partir de Saussure y las lógicas desarrolladas a partir del teorema de Gödel.


 


Para abordar estas relaciones del sujeto con el lenguaje, conviene que hagamos un nuevo rodeo por el texto de Sartelli


 


En retirada


 


Habíamos visto que Sartelli caracterizaba a la postura tendiente a erigir las alternativas individuales en alternativas políticas como anarquismo conservador.


 


¿Que es el anarquismo conservador?


 


"Es una manifestación específica de la realidad académica burguesa".


 


La crítica de Sartelli pretenderá recorrer estos tres ítems. Lo cual implicará abordar tres puntos:


 


 el de los contenidos académicos


 


 el de la composición social de sus sostenedores


 


y el de la función política de los dos anteriores en la lucha de clases


 


La combinación de los dos primeros le permitirá a Sartelli remontar desde la Rolnik hacia quienes serían sus mentores ideológicos. En definitiva, los planteos de la Rolnik habrían sido creados en "la matriz de pensamiento desarrollada por Foucault, Deleuze y los nuevos filósofos franceses", quienes constituirían la fuerza de choque intelectual de la burguesía en el campo académico (espacio donde, por eso mismo, recibirían su tributo o pago, una de cuyas expresiones sería monopolio de que disfrutarían en el control del mismo).


 


¿Cuál seria su función o utilidad?


 


Ofrecer a la burguesía una crítica por izquierda del marxismo, ocupar la extrema izquierda del discurso.


 


¿Cuál es esa crítica por izquierda?


 


¿Qué significa ocupar la extrema izquierda del discurso?


 


¿Qué significa discurso?


 


Si alguno pensaba encontrar desarrollado este debate y rebatidos los planteos de estos nuevos filósofos franceses, no saldrá mas que frustrado y tendrá que ir a buscar a otro lado.


 


Sartelli no sostiene el desafío. Se limita a desarrollar una fulgurante prosa que pretende retratar los fangos y pestes a los que, cual un Caronte guiando su barca a través del Aqueronte, nos conducirían estos franceses demoníacos. Pero esa prosa está más destinada a disimular su propia retirada que a probar algún argumento. Y no porque no tenga validez el temperamento en la exposición de los argumentos, sino porque, en este caso, no hay argumentos desarrollados (en otras palabras más le habría convenido aplicarse a sí mismo la máxima a la que nos referiremos dentro de una líneas).


 


Pero quizás esto no alcanzaría para hablar de retirada. Podría pensarse que, más que una retirada, estos párrafos de Sartelli testimoniarían una escaramuza, una batalla no emprendida, sea por razones de tiempo, espacio, o lo que fuera.


 


Pero hay un punto que da cuenta claramente que se trata de una retirada. Y es que Sartelli no ha dejado de plantar su bandera en el medio del campo de batalla. Sartelli subrayará lo que para él es el principal error teórico de sus adversarios: errar radicalmente sobre la concepción del lenguaje. Para Sartelli, estos agentes académicos de la burguesía "han olvidado" la máxima de que "lo que se concibe bien se expresa claramente". Por eso no duda en caracterizarlos como "torturadores del lenguaje". En otras palabras, en el campo de las teorías del lenguaje, Sartelli alinea al proletariado y al marxismo junto a su referenciada adhesión al Arte de la poética de Boileau, un estilista francés del siglo XVII.


 


Sartelli plantea entonces una tesis muy fuerte: defender una u otra concepción del lenguaje es equivalente a defender una posición política u otra. La posición que se tenga respecto del lenguaje implicaría una posición en el campo de la lucha de clases.


 


El debate que habría que desarrollar con los teóricos franceses de las décadas del 60 y 70 en torno a la cuestión del lenguaje tendría la naturaleza de un debate político entre la burguesía y el proletariado. En consecuencia, habría concepciones del lenguaje reaccionarias y otras revolucionarias.


 


Obviamente que si es así, la intervención del partido revolucionario se impone. Es más, habría tardado demasiado en hacerse presente, dejando el campo orégano para la acción de otras corrientes.


 


Veremos que ese es el núcleo del problema, puesto que si esta tesis es válida, entonces podrían ser válidos los demás razonamientos de Sartelli acerca de la función política tanto de los desarrollos teóricos como del accionar político de los nuevos filósofos franceses.


 


Incluso, sería completamente válido (veremos cómo y porqué) poder llegar a una conclusión radical, como, por ejemplo, la que sostiene Fougeyrollas, acerca del psicoanálisis lacaniano.


 


Pero, precisamente, es respecto de esta tesis que Sartelli abandona la lucha.


 


Ni siquiera intenta retomar las críticas que han desarrollado otros marxistas, aunque sean limitadas, como por ejemplo, los planteos de P. Anderson, quien es mucho más preciso (y por supuesto, sin necesidad de recurrir a una verba tan exaltada) tanto a la hora de definir su enemigo, el estructuralismo, como a la hora de dar cuenta del punto donde se plantearía el problema: "esencialmente, la naturaleza de las relaciones entre la estructura y el sujeto en la sociedad y la historia humanas" (7).


 


Veremos que Sartelli no es el único que emprende este tipo de retiradas, sino que expresa una actitud general de la izquierda frente a este problema.


 


La cuestión del lenguaje: abordemos el problema


 


Abordemos entonces las cuestiones de fondo planteadas por Sartelli con relación a la tesis de que en el campo de las teorías y concepciones del lenguaje también se juega la lucha de clases, es decir, habría posiciones reaccionarias y posiciones revolucionarias.


 


Estoy lejos de ser un especialista en los textos de Stalin, pero a la hora de discutir acerca de las teorías del lenguaje, llama la atención que los trotskistas, tan meticulosos en la imprescindible tarea de demoler todos y cada uno de los prejuicios que han resultado de la asociación de la Revolución de Octubre con el stalinismo, no recuerden que fue él quien sentó precedentes sobre este tema, en un debate que, como habitualmente ocurría entonces, no se limitó a la simple verba intelectual sino que terminó con altas y bajas en el campo de sus interlocutores.


 


Parece ser que, allá por los años 30, hubo en la URSS todo un debate acerca de la cuestión del lenguaje, más precisamente del idioma.


 


Las intervenciones de Stalin al respecto se concentran en un texto titulado Acerca del marxismo en la lingüística y en una parte de su informe al XVI Congreso del PC de la URSS.


 


Sólo dispongo del primero, en una edición del año 50 de la editorial Anteo.


 


Como no soy especialista en historia de la Revolución Rusa, me limitaré al comentario de dicho texto y dejaré la puerta abierta para que otros compañeros, mejor formados en ese rubro, nos ilustren sobre los pormenores de ese fragmento de aquella historia. En particular, parece que el tema tiene que ver también con la cuestión de las nacionalidades en la ex-URSS.


 


El texto de Stalin está plagado de contradicciones (es evidente que las lides intelectuales y el rigor teórico no eran su fuerte). Pero más allá de las mismas, de sus idas y vueltas, Stalin fija posición, al menos sobre los siguientes puntos:


 


El idioma no es una superestructura


 


El idioma no puede asimilarse a los medios de producción


 


Respecto del primero de ellos, Stalin dirá que "el idioma se diferencia de modo radical de la superestructura. El idioma no es engendrado por una u otra base [infraestructura] (…) El idioma no es creado por una sola clase sino por toda la sociedad, por todas las clases de la sociedad, por los esfuerzos de centenares de generaciones. Es creado, no para satisfacer las necesidades de una sola clase sino de toda la sociedad, de todas las clases de la sociedad" (8). Subrayo esta cuestión de que "el lenguaje es creado para satisfacer necesidades".


 


¿Creado por quién y para satisfacer qué necesidades?


 


Respecto de la creación dirá que "el idioma, su estructura, no pueden ser considerados como el producto de una sola época. La estructura del idioma, su sistema gramatical y el fondo básico de palabras son el producto de una serie de épocas" (9).


 


En cuanto a las necesidades, se trataría de necesidades universales, necesidades de todos: "El idioma [idioma y lenguaje no son lo mismo, pero, no hay mayores distingos en el texto de Stalin] existe y ha sido creado precisamente para servir a la sociedad en su conjunto como instrumento de comunicación entre los hombres (…) sirviendo por igual a sus miembros, independientemente de su situación de clase" (10).


 


"El idioma es el medio, el instrumento con el que los hombres se comunican entre sí" (11).


 


Obviamente, Stalin no deja de reconocer las variaciones del lenguaje, ubicando las mismas, básicamente, al nivel de las variaciones de vocabulario. Pero en ese punto, sigue ubicando al lenguaje al nivel de un instrumento, pues dichas variaciones de vocabulario responderían, precisamente, a las diferentes necesidades comunicacionales de los diferentes sectores de la sociedad. Justamente, el concepto de comunicación es el de un sistema de signos sin autonomía propia destinado a designar objetos y cosas (eventualmente aún en la ausencia de dichas cosas).


 


En síntesis, la posición de Stalin, que es la misma que la del común de la izquierda, es la idea clásica y vulgar de que el lenguaje es segundo respecto de las cosas y que la palabra mesa, por ejemplo, adquiere su sentido por su relación a la supuesta cosa que designa antes que por sus relaciones con las demás palabras.


 


Es increíble como los marxistas, tan acostumbrados, se supone, a entender que "la esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo", "es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales" (12) puedan ser tan duros de entendederas a la hora de percibir que algo similar puede plantearse al nivel de las palabras y puedan ser, en este punto también, furgón de cola del stalinismo.


 


Respecto del segundo punto, Stalin planteará que el lenguaje tampoco podría asimilarse a los medios de producción (tal como lo habría sostenido N.Y. Marr, contra cuyos discípulos se desarrollaba el eje del debate en ese entonces) pues, mas allá de ciertas analogías aparentemente válidas, "entre el idioma y los instrumentos de producción existe una diferencia radical. Esta diferencia consiste en que los instrumentos de producción crean bienes materiales, mientras que el idioma no produce nada, o solo produce palabras" (13).


 


Ahora bien, hay un punto, acá, en que Stalin entra en marcadas contradicciones, pero cuya posición final podremos deducir en función de los planteos anteriores.


 


Es la cuestión de la materialidad del lenguaje. Como vimos recién, la producción de palabras o de significados, no tendría ningún carácter material, puesto que es equivalente a nada.


 


Más adelante dirá que, gracias a la gramática, "el idioma obtiene la posibilidad de revestir a los pensamientos humanos con una envoltura lingüística material" (14).


 


Esta posición tan evidentemente idealista aparece refutada en otros párrafos, como por ejemplo, cuando reconoce que "el carácter real de las ideas se revela en el idioma. Unicamente los idealistas pueden hablar acerca del pensamiento sin asociarlo a la materia natural del idioma, acerca del pensamiento sin idioma (…) Cualesquiera que sean las ideas que surjan en la cabeza del hombre, únicamente pueden surgir y existir sobre la base del material idiomático, sobre la base de los términos y de las frases idiomáticos" (15).


 


Hay aquí planteadas secuencias diferentes. Si el lenguaje es un mero instrumento de comunicación, es decir, un medio de expresión, entonces los pensamientos son, lógicamente, previos al lenguaje, ergo, todo lo que habría por decir del lenguaje no alcanzaría a los procesos mentales. Aún más, el pensamiento, y su subjetividad asociada, permanecen en un limbo inmaterial, lejos de toda determinación que no sea la propia libertad y la propia voluntad. En cambio, si la materialidad del lenguaje precede al pensamiento entonces lo determina de un modo mucho más radical y estructural que el simple condicionamiento expresivo que podría implicar para el caso en que el pensamiento lo antecediera.


 


¿Cuál es la posición que finalmente adopta Stalin?


 


Para entenderlo lo que hay que tener presente es a qué nos referimos cuando hablamos de alguna materialidad del lenguaje. La materialidad que Stalin le otorga al lenguaje en las últimas citas, por la lógica de su texto, debe subordinarse a la tesis del lenguaje como instrumento de comunicación. Por lo tanto, dicha materialidad es pensada en la forma vulgar de la existencia de hecho y no en el sentido de las determinaciones que la misma pudiera implicar.


 


En otros términos, para Stalin, la dependencia del pensamiento respecto de las palabras es una dependencia al nivel expresivo, algo similar a la dependencia que podamos tener en cuanto a los instrumentos disponibles para, por ejemplo, transportar un objeto o construir una casa. Pero jamás una determinación que coloque al pensamiento en una posición segunda respecto del lenguaje.


 


Es una concepción materialista burda. Pues supone una materialidad que no determina.


 


Es lo mismo que pensar que la construcción de una casa es independiente de las herramientas que se tengan para construirla.


 


El problema es que, en el caso del lenguaje, es esta una posición compartida por casi toda la izquierda, en particular por Sartelli. Por eso, como buen stalinista en el lenguaje, adhiere al estilista francés ya referenciado.


 


En efecto, Boileau plantea lo mismo que Stalin. La cita completa es la siguiente:


 


"Avant donc que décrire, apprenez à penser


 


Selon que votre idée est plus ou moins obscure


 


lexpression la suit, ou moins nette ou plus pure.


 


Ce que lon conçoit bien sénonce clairement


 


et les mots pour le dire arrivent aisément…"


 


Al menos así figura en su LArt poétique, de 1674 (16).


 


Como vemos, aquí también se plantea la idea de que los pensamientos, las ideas, preceden a la expresión, a las palabras, al significante. Lo que debe comprenderse es que toda postura que haga anteceder las ideas al significante, por más materialidad que le asigne a dichos significantes, comulga con el idealismo (y como vemos, ello no es forzosamente contradictorio con ser, además, stalinista o tan solo izquierdista).


 


La única posición claramente materialista es la que subordina el pensamiento y las ideas a la causa material del significante (de ahí la crítica que Lacan desarrolla a esa cita de Boileau en la séptima pregunta de su texto titulado Televisión).


 


Lenguaje y psicoanálisis


 


Volvamos entonces a lo que descubre el psicoanálisis. La relación del hombre al lenguaje no es de dominio ni de instrumento. El hombre habita el lenguaje como podríamos decir que habita las relaciones de producción, más actuado que actor, sin comprender las determinaciones que lo rigen.


 


El lenguaje no es un instrumento que vendría a dar expresión a una idea, es decir, a un concepto, a algún significado, previo. Los significados, las ideas, son generados, producidos, por el lenguaje.


 


Basta escuchar a los niños para percibir que, lejos de aprender a usar el lenguaje para expresar sus ideas, van construyendo el mismísimo mundo junto con su uso.


 


Si el lenguaje fuera un instrumento de comunicación no existirían ni la poesía, ni la literatura, ni el arte. Si existe la poesía es porque una misma palabra puede decir infinidad de cosas, y no por nombrarlas, sino por crearlas. El arte del poeta consiste en jugar con la esencia misma del lenguaje, es decir, con su capacidad creadora de sentidos, y no en expresar con el lenguaje lo que serían ideas.


 


Si el arte fuera sólo un expresar ideas, un darle forma a un contenido previo, el planteo del realismo socialista sería absolutamente válido, pues la forma sería algo totalmente subordinado al contenido. La forma sólo puede tener valor si es ella misma creadora de contenido.


 


No hay descubrimiento que no requiera la invención de nuevas palabras y nuevos conceptos. Se puede decir que la plusvalía existía desde antes de Marx. Pero es obvio que dicha existencia no era más que una cuestión abstracta y que sólo cobra dimensión real a partir de su descubrimiento/invención por Marx.


 


El lenguaje recorta los objetos y las cosas. Por ejemplo, en el Japón, además de la brutal crisis económica, hay casi 30 maneras de decir que no. Se le dice no de modo diferente a una esposa que a una hija. Y ya que estamos con mujeres, ahí también hay una gran cantidad de modos de decir mujer. Es decir, el objeto o la cosa mujer, no existe en Japón de la misma manera que aquí. Si las mujeres japonesas acostumbran a caminar unos pasos detrás de su esposo no es por una simple cuestión cultural. Ello responde a toda una delimitación de lo que significa ser esposa.


 


Lo que la práctica del psicoanálisis descubre, precisamente, es que el lenguaje, lejos de ser un instrumento al servicio de nuestra voluntad es un espacio que nos constituye, con esa particularidad de confrontarnos a una pérdida de todo pretendido ser previo (sea biológico, anatómico, etc.), a una pérdida de naturalidad, de la que no hay dialéctica hegeliana que nos pueda restituir, bajo la forma de un saber absoluto, es decir, una reconstrucción en el significante, ese ser natural perdido. Somos a partir de un decir.


 


Una de las maneras de entender el problema, para los hombres, con el lenguaje, es percibir lo imposible que es poder decir yo en él (tan imposible como poder decir yo en las relaciones de producción). Al intentar decir yo no hay otro ser para designar que el que resulta de una situación esencialmente relacional (como en las relaciones de producción). No soy más que lo que resulta de mi relación con otros. No soy un obrero o un pequeño burgués en forma abstracta, sino en función del lugar que ocupo en las relaciones de producción. De la misma manera, no puedo ubicarme en el lenguaje más que en forma relacional. Soy alto si otro es bajo, soy triste si otro es alegre, soy lindo si otro es feo, soy hombre si otro es mujer, soy niño si otro es adulto (motivo por el cual no es hasta avanzada la edad media que los niños comienzan a existir como niños), soy hijo si otro es padre, etc.


 


La lista es infinita, y no habrá absolutamente ninguna palabra, término, signo, o lo que fuese, que me pueda designar en forma absoluta y no relativa. En ese sentido, el lenguaje es sólo un campo donde perderme, un campo donde el sujeto aparece como un vacío de ser, un puro elemento faltante en el conjunto de los elementos. En otras palabras, no hay un significante que designe al sujeto. Ni siquiera el nombre supuestamente propio.


 


Sin embargo, de alguna manera, cada sujeto habrá de resolver este impasse, habrá de dotarse de referencias, así sea apelando para ello a significantes no propios.


 


La neurosis, en cierto sentido, puede definirse como la solución que cada sujeto instrumenta para dotarse de una identidad que el lenguaje le escamotea. Y no va a ser su condición de obrero o de burgués, es decir, su ubicación en el campo de las relaciones de producción, la que le va a dar la respuesta, por ejemplo, a cuales son los pares que supuestamente conformarían la relación sexual.


 


Este es quizás este el terreno donde más claramente puede ilustrarse el problema.


 


¿Por qué los hombres no pueden aparearse como los animales?


 


Al respecto, cabe subrayar la posición de la Iglesia, quien tiene la posición más sólida acerca de la función del sexo entre los hombres: la reproducción. Ergo, quedan definidos los partenaires: un hombre y una mujer quedan definidos a partir de su función biológica en la reproducción. Y también queda definido el modo y la regularidad de la relación sexual: el coito, algunas veces en la vida.


 


Sin embargo, la realidad de los hombres parece ser otra. Y más por los tiempos modernos que corren. Los hombres no se sienten atraídos por un patrón sexual biológico. A diferencia de, por ejemplo, los perros, que salen corriendo detrás de cuanta perra en celo se les cruce, no importa si grande, chica, cuzca o de raza, los hombres requerirán de muchos más complementos. Por ejemplo, que tenga un brillo en la nariz, o que se maneje con elegancia, etc.


 


Puede haber ciertos parámetros culturales que simulen sustituir, en su supuesta universalidad, al patrón biológico. Es algo que funcionará, llamativamente, más para los hombres que para las mujeres. Se podrá decir un buen par de tetas o cosas similares, como criterio para los hombres. Ya no será tan fácil decir algo similar para las mujeres: habrá que ser más abstractos, por ejemplo, que sea tierno (con las obvias diferencias que hay a la hora de tener que precisar qué son un buen par de tetas o la ternura, motivo por el cual en general los hombres se conformarán con casi cualquier par en tanto que la mujeres acostumbraran encontrarle siempre algún pero a las intenciones que verificaran como acompañantes inseparables la ternura). Pero aún así, esto no funciona universalmente. En un país será de una manera y en otro de otra, en un grupo social de una manera y en otro de otra, etc.


 


Por eso, todas esas referencias pueden volverse, tantas veces, insuficientes para sostener una relación sexual, con los consiguientes síntomas y problemas. Porque para cada partenaire de la misma, lo que hay enfrente no es el objeto de su instinto sexual, sino algo cuyas significaciones vienen determinadas por toda una historia particular antes que por los simples clichés culturales.


 


Lenguaje y trabajo


 


En síntesis, lo que el psicoanálisis descubre es que el significante actúa como una causa material sobre los sujetos. Y este es un punto que el marxismo en general no considera.


 


Obviamente, el problema político que puede plantearse es la extensión de esta causalidad.


 


Para P. Anderson, "toda la confusión del paradigma del lenguaje general radica en el desplazamiento del medio al fundamento" (17). En cierto sentido, esto es parcialmente cierto: el psicoanálisis encuentra en la relación al lenguaje una cuestión de fundamento.


 


En lo que no acuerdo con Anderson es en que su referencia al medio remite a su adhesión al planteo de Stalin de que el lenguaje no es mas que un medio de comunicación. Anderson, en ese sentido, es un perfecto stalinista.


 


Podríamos decir que el trabajo y el lenguaje son las dos dimensiones que caracterizan al ser humano.


 


Marx decía en Formaciones económicas precapitalistas que "un individuo aislado no podría ser propietario de la tierra, de la misma manera que no podría hablar. A lo sumo podría vivir en ella como fuente de abastecimiento, como los animales". Lo que cabría preguntarse es si, no estando aislado, podría igualmente ser propietario de la tierra sin intervención del lenguaje. O bien, a la inversa, qué incidencia pueden tener las relaciones de producción sobre el lenguaje.


 


En síntesis, lo que importaría precisar es qué relaciones pueden establecerse entre el lenguaje y el trabajo que no se reduzcan al remanido cuento del lenguaje como un instrumento de comunicación.


 


Han habido algunas corrientes de izquierda que han intentado retomar los análisis del lenguaje por la vertiente de asociarlo a los medios de producción. Por ejemplo, la corriente semiológica italiana de Ferrucio Rosi-Landi. O el mismo Althusser, quien probó, más allá de las críticas que se le quieran hacer sobre sus posiciones políticas y su adhesión al PC, que la idea de abordar la cuestión del pensamiento según la fórmula de "un modo de producción determinado de conocimientos" (18) podía ser un instrumento muy poderoso. También es el caso de algunos de esos mismos nuevos filósofos franceses contra los que Sartelli despotrica, como por ejemplo Deleuze, coautor con Guatari del famoso Anti-Edipo, donde intentan asociar los mecanismos neuróticos y esquizofrénicos al modo de producción capitalista.


 


Es una lástima que quienes han escrito sobre temas afines en las páginas de En defensa del Marxismo no hayan optado, al menos, por bordear alguna de estas variantes.


 


En ese sentido, si se considera que el lenguaje no es un tema relevante para la política, es de tontos criticarle a los estructuralistas y otras corrientes de pensamiento de ahí derivadas el haber ocupado en forma preeminente los espacios intelectuales y académicos como si esto se debiera a los favores y prebendas otorgados por la burguesía por alguna función política. Tan tonto como sería recriminarles a los físicos que ocupen en forma preeminente los espacios académicos científicos. Si se piensa que los problemas del lenguaje no incuben mayormente a la política y a la lucha de clases, ¿por qué lamentarse que otros monopolicen ese tema?


 


En cambio, si se piensa lo contrario, también es de tontos hacer esa crítica cuando es obvio que la ausencia del marxismo en esos espacios antes que el fruto de censura alguna es el resultado de una autoexclusión.


 


Desde el tiempo en que Sartre, tan famoso por responder y polemizar con cuanto texto y/o artículo se le cruzaba, permaneciera en silencio ante el texto fundador del estructuralismo, el famoso libro de Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje, cuyo último capítulo está enteramente dedicado a discutir otro igualmente famoso enfoque de las relaciones entre sujeto y estructura, a saber, el propio libro de Sartre, Crítica de la razón dialéctica, desde ese entonces que el marxismo, casi en su conjunto, ha permanecido mudo sobre estos problemas, a pesar del despliegue e importancia que los mismos fueron adquiriendo. Obviamente, si vamos a abordar esta tarea, les pediría a los compañeros Sartelli y demás que traten del asunto, que, como decía anteriormente, trataran de levantar un poco la puntería.


 


Puedo asegurarles que desde el psicoanálisis, más de uno ha intentado pensar estas cosas y sólo espera encontrar un interlocutor válido para poder desarrollar un trabajo de conceptualización que permita precisar mejor estas condiciones de borde.


 


Pasemos entonces a la tercera y última parte. (*)


 


 


Notas:


1. Reich no comprendió ni acordó con el concepto freudiano de represión. Su planteo era que la represión es básicamente cultural. Por lo tanto no acordaba ni con el planteo de una "represión primordial" ni con los desarrollos del llamado "giro de los años 20" de Freud en torno a la noción de "pulsión de muerte". Veremos más adelante que el artículo de Fougeyrollas, en la En Defensa del Marxismo Nº 16 es tributario de esta misma incompresión de los fundamentos del psicoanálisis.


En cuanto al marxismo, no comprendió el concepto de alienación basado en las relaciones de producción. Su planteo en ese terreno fue también de tipo culturalista.


El legado final de su vida es ilustrativa de su posición: una fundación dedicada a la profilaxis de las neurosis y los males humanos fundada en la educación "libre" de los niños.


La conocida escuela de Summerhill, en Inglaterra, fundada por Alexnadre S. Neill (1883-1971) fue una aplicación práctica de estas ideas, adaptadas por el propio Neill.


2. J. A. Miller, Matemas I, Ed. Manantial, pág. 19/20.


3. http://www.ntticc.or.jp/pub/ic_mag/ic014/zizek/zizek_e.html.


4. Eduardo Sarteli, "La multiplicación que divide: breves notas sobre el anarquismo conservador"; en En Defensa del Marxismo Nº 13, Julio de 1996.


5. Pierre Fougeyrollas, Psicoanálisis, formación de la personalidad y educación. Freud y Lacán; en En Defensa del Marxismo Nº 16, Marzo de 1997.


6. Marcelo Novello, "Sobre Althusser: Estrategia del impostor de Alejandro Bonvecchi"; en En Defensa del Marxismo Nº 17, Julio de 1997.


7. P. Anderson, Tras las huellas del materialismo histórico, Ed. Siglo XXI, página 36.


8. J. Stalin, Acerca del marxismo en la lingüística, Editorial Anteo, Bs.As., págs. 7/8.


9. Idem, pág. 28.


10. Idem, pág. 8.


11. Idem, pág. 24.


12. Marx, "Tesis sobre Feuerbach", La ideología alemana, Ed. Pueblo y Educación, pág. 633.


13. Idem, pág. 41.


14. Idem, pág. 25.


15. Idem, pág. 43.


16. "Antes, entonces, de escribir, aprended a pensar / Si vuestra idea es más o menos oscura / la expresión que continua, (será) o menos neta o más pura. / Lo que se concibe bien, se enuncia claramente / y las palabras para decirlo llegan fácilmente…" (NdeR.).


17. P. Anderson, Tras las huellas del materialismo histórico, Ed. Sigo XXI, pág. 77.


18. L. Althusser y E. Balibar, Para leer El Capital, Ed. Siglo XXI, págs. 47/9.


 


 


(*) Continúa en la próxima edición de En Defensa del Marxismo.