Segundo Congreso de Política Obrera (Carta s. N°1)

A 45 años del golpe genocida. Reproducimos uno de los documentos del 2do Congreso de Política Obrera (antecesor del Partido Obrero) realizado en 1977 bajo la clandestinidad.

Al cabo de una serie de discusiones hemos llegado a la conclusión de que existen lagunas en nuestra formulación programática referida a la nueva situación política creada con el golpe militar. EI objetivo principal del presente texto es superar esas deficiencias. Con esa finalidad, debemos volver al análisis de las caracterizaciones políticas volcadas en los documentos para el Congreso.

Situación, etapa, gobierno

Existe entre nosotros un acuerdo en el sentido de que la victoria del golpe del 24 de marzo revirtió la situación revolucionaria que había comenzado a desarrollarse con la huelga política de masas de junio-julio de 1975. Ahora bien: ¿Cuál es la situación política exacta que se crea con el golpe?, ¿cuál es la naturaleza del nuevo régimen gubernamental, ¿cómo hay que definir la nueva etapa que se ha abierto?

Fuimos perfectamente claros desde un comienzo en trazar la diferencia entre la situación post-golpista argentina y la de Chile luego do 1973. Dijimos: 1) que no habla tenido lugar un aplastamiento de los trabajadores, como podía haber resultado de un enfrentamiento abierto con el golpe militar; 2) que no se había producido una derrota decisiva do las masas, entendiendo por tal una anulación prolongada de la capacidad de resistencia de los explotados. Destacamos la enorme importancia que jugó la ruptura política del proletariado con el gobierno peronista (huelgas de junio-julio y posteriores) en limitar la desmoralización de los trabajadores frente al triunfo golpista. De tal manera que el golpe so produjo en condiciones de relativa clarificación política de los trabajadores, que hablan comprendido la responsabilidad del gobierno peronista y de la burocracia sindical en la victoria del golpe. Estas acertadas caracterizaciones nos hicieron prever antes que nadie el proceso de resistencia obrera que se abrirla con las luchas de abril y de setiembre-octubre del año pasado (metalúrgicos, mecánicos, Luz y Fuerza).

La diferencia entre los golpes de Estado de Argentina y Chile ha sido utilizada, sin embargo, para producir una colosal distorsión en la caracterización de la situación de la etapa y del régimen político que nacen el 24 de marzo. Es así que el PST y el PC sostienen que estaríamos ante un gobierno, si no redondamente democrático, al menos ambiguo, indefinido, y de ninguna manera contrarrevolucionario. Obsérvese bien que esta posición teórica corresponde por entero a la posición real que ocupan la burocracia sindical y el stalinismo (y que pretende ocupar el PST) como sostenes de izquierda del gobierno militar, es decir, como instrumento de éste para derrotar la resistencia de las masas (caso flagrante: la lucha de Luz y Fuerza).

Pero no se puede hacer de los importantes rasgos diferenciales entre Chile y Argentina una oposición absoluta. EI hecho mismo de que se justifique la comparación entre Uno y otro responde a que sus fuerzas motrices son similares: la contrarrevolución burguesa. Para el PC y el PST, el golpe del 24 de marzo tiene por causa el “caos” creado por el gobierno de Isabel, las “contradicciones” del peronismo, ocultando así que la razón principal de aquél fue la necesidad de quebrar la situación revolucionaria creada a partir de junio-julio. Es justamente esto lo que diferencia al golpe del 24 de marzo del de la “libertadora” y Onganía. La “libertadora” fue el producto de la necesidad de terminar con un régimen de arbitraje excepcional entre le imperialismo y las masas, esto para dar paso a una amplia colonización del imperialismo yanqui. No estuvo motivada esencialmente por un ascenso revolucionario de masas que escapara al control gubernamental. EI golpe de Onganía representó una continuidad de objetivos con la “libertadora”, por el fracaso de todos los planes políticos para resolver el problema de la integración ‘democrática’ del peronismo. Ambos fueron, en líneas generales, golpes reaccionarios que expresaban la incapacidad de las burguesías semicoloniales para estructurar regímenes democráticos estables. EI golpe del 24 de marzo incorpora las características de los golpes anteriores, pero se diferencia en este hecho fundamental: surge para liquidar por la fuerza un movimiento histórico excepcional de las masas, luego del fracaso de todos los métodos “políticos” de contención. Se diferencia de los anteriores en un rasgo preciso y fundamental: debe hacer frente, no a la necesidad de integrar al peronismo, sino a una situación de liquidación política de éste producida por una movilización independiente de las masas.

En Chile, el pinochetismo ha logrado dar cuenta de la resistencia de los trabajadores, creando una situación contrarrevolucionaria acabada. En Argentina, la asistencia las masas al gobierno militar es una de las contradicciones fundamentales de la nueva situación política. Pero ambos golpes son contrarrevolucionarios burgueses (a diferencia de los puramente oligárquicos) en alianza con el imperialismo. Sería un crimen esperar que el gobierno argentino acabe con sus planes de aplastamiento de las masas para reconocer entonces que el golpe del 24 de marzo es contrarrevolucionario.

Ocurre que hay golpes contrarrevolucionarios y golpes contrarrevolucionarios. EI fascismo en Italia no fue igual al nazismo en Alemania; el golpe do Chiang-Kai-Sek en China en 1927, no dejó de ser la expresión de la victoria de la contrarrevolución por el hecho de que la resistencia de las masas siguió manifestándose en el curso de los años siguientes (al igual que las crisis gubernamentales), al punto que en 1932 Trotsky llegó a definir la situación china como prerrevolucionaria. Una situación no deja de ser contrarrevolucionaria por el hecho de que las consecuencias de la derrota de las masas aún no se hayan agotado, pues lo que importa es la tendencia dominante en una situación política dada, y ésta es la victoria de la contrarrevolución contra el ascenso de las masas.

Se pueden distinguir tres factores que explican la diferencia de grado en la victoria de la contrarrevolución en Argentina y Chile: 1) la menor polarización directamente política en la Argentina, como consecuencia de la ausencia de partidos obreros y de un gobierno de Frente Popular (último recurso del imperialismo) en nuestro país, así como el hecho de que la situación revolucionaria no se habla desarrollado a un plano de doble poder; 2) la ausencia de un movimiento pequeño burgués contra la clase obrera en la Argentina (como hubo en Chile), determinada, entre otras, por el papel motriz jugado por el proletariado contra el gobierno peronista; 3) la diferente situación internacional que se crea luego de la derrota del imperialismo yanqui en Vietnam.

En todos nuestras documentos fuimos los primeros y los más consecuentes en establecer la contradicción de fondo del régimen militar, esto es la resistencia de las masas y la proyección que ésta tenía en los roces y choques de las distintas fracciones gubernamentales. En su momento, para definir esta situación, utilizamos la expresión “situación escasamente prerrevolucionaria” la que entendemos ahora que es completamente equívoca ya que toma sólo algunos elementos importantes de la situación, pero no abraza al conjunto de ellos, excluyendo los fundamentales. Lo correcto es decir que el golpe sustituyó una situación revolucionarla relativamente incipiente (dijimos en el primer congreso que junio-julio constituye un primer nivel de desarrollo de la situación revolucionaria) por otra contrarrevolucionaria, pero inacabada, incompleta e inestable y que además contiene elementos de una situación prerrevolucionaria, esto por la resistencia creciente de la clase obrera, por una cierta tendencia a la incorporación a la lucha de la pequeña burguesía y por el aumento de la crisis en las esferas del poder. Esta no es una definición simple, no se limita a fijar un encasillamiento, sino que da cuenta de las características esenciales de la situación, de sus tendencias dominantes, así como de las que las contrarrestan, y cumple el propósito de recoger teóricamente sus contradicciones.

Rechazamos la alternativa de referirnos a una “situación no revolucionaria”, ya que esta significa una situación de pasividad relativa de las masas y de una estabilidad relativamente orgánica del Estado burgués, y no puede señalar las contradicciones fundamentales de la actual situación política. Una definición como ésta niega la hondura de la crisis heredada por el golpe, y que éste en ningún caso puede atenuar en un plazo corta

¿De qué modo se refleja en plano del poder esta nueva y precisa situación política que se ha creado con el golpe militar?

Hemos señalado en otros documentos que el gobierno militar es un gobierno burgués contrarrevolucionario de tipo semi-bonapartista, es decir, orientado a destruir toda organización independiente del proletariado, y que juega un papel de arbitraje entre la burguesía nacional y el imperialismo. Descartamos la caracterización de fascista debido a que el gobierno no cuenta con el apoyo de un movimiento contrarrevolucionario pequeño burgués y a que tampoco constituye la dictadura militar de un solo partido (con lo que esto supone como unidad de objetivos y disciplina de organización) contra el resto de los partidos burgueses y las organizaciones obreras. Las fuerzas armadas no representan un partido político (ni han logrado crear un gobierno institucionalmente definido, dando pie a los roces entre la Junta militar y la presidencia de la república).

Pero entendemos que es necesario completar todavía esta definición enteramente correcta, a partir de los elementos que surgen al cabo de un año con mayor claridad

Nos referimos al hecho de que, aunque el gobierno militar no es un gobierno bonapartista, contiene sí elementos de bonapartismo. Careciendo de la más mínima base social para una práctica de arbitraje, el gobierno militar se encuentra objetiva y subjetivamente (es decir, por la presión do la crisis económica y por la acción de las clases) entre la presión del imperialismo y la presión de la resistencia de las masas. De allí que no se deban excluir tendencias a arbitrar entre las clases en determinado momento, como lo ejemplifica la negativa a emprender un aplastamiento directo de las huelgas de mecánicos y de Luz y Fuerza, así como la declaración de la “tregua de precios” y la intervención a los mercados de concentración. Más acusada es esta tendencia en el intento que se arrastra desde hace un ano de crear un régimen sindical superregimentado que ayude a la destrucción de las organizaciones obreras independientes en desarrollo, con el concurso de la burocracia sindical. Forma parte de esto mismo la represión limitada que sufre el stalinismo.

¿Cuál es la perspectiva más o menos inmediata de esta situación política? ¿Se ha agotado, o van camino de agotarse las consecuencias de la derrota de marzo del 76? ¿La burguesía ha dilapidado el capital político que ha ganado con el golpe, entendiendo por esto una pérdida de iniciativa política, un fracturamiento de fondo del frente burgués, un completo desprestigio ante la pequeña burguesía?

Es cierto que el gobierno militar se encuentra en una encrucijada. Si lo comparamos con su ímpetu inicial, el proceso de reversión de la crisis económica es muy lento y según los más autorizados informes las perspectivas de una reactivación industrial han quedado desplazadas para 1978. La fenomenal elevación de la tasa de plusvalía (debida a la colosal caída del salario) no ha sido suficiente para impulsar la inversión nacional y extranjera. La razón estriba en las inciertas perspectivas comerciales internacionales que forman parte del conjunto de la crisis económica internacional iniciada en 1973, y en la rabiosa política capitalista del equipo económico con tasas de interés incompatibles con una reactivación industrial.

De otro lado la división en las filas de los altos mandos no se ha cerrado, como lo prueban los crecientes actos de terrorismo dirigidos contra personeros del ala videlista o lanussista, o que tienden a bloquear un proceso de discusión con los partidos políticos.

Estos factores, sin embargo, no son suficientes para asegurar que se creará una situación prerrevolucionaria en un período más o menos inmediato. La desorganización del movimiento obrero es muy grande y la represión sigue golpeando duramente a los activistas y a los elementos descontentos de la pequeña burguesía.

No se puede excluir una brusca aceleración de todos los factores de crisis, como lo dice el documento del congreso, en especial como resultado de un derrumbe del programa de Martínez de Hoz. De todos modos, las salidas posibles de la situación actual sólo pueden ser conjeturadas y por el momento lo más sabio es dejar abierta la puerta para diversas alternativas, desde un agravamiento del retroceso y de los golpes contra las masas, hasta el debut de una nueva situación.

Pero lo que está claro de todo esto es que no podemos caracterizar al período abierto con el golpe como contrarrevolucionario, es decir, como de inexorable consolidación de gobierno totalitario que habría aplastado por un tiempo prolongado a las masas.

Es inevitable que la situación conozca tendencias objetivas hacia una estabilización económica y política de la dictadura (esto por las excepcionales condiciones que se han creado para superexplotar a las masas). Pero aún en el caso de que esta estabilización adquiera el vigor que hoy no tiene, ello no redundará necesariamente en un retornamiento de las tendencias totalitarias. Un incremento de la actividad económica significa también un reforzamiento social del proletariado, este puede aprovechar para reorganizarse sindical y políticamente. EI periodo que se ha abierto está dominado por la contradicción de que el imperialismo no ha dejado fuera de combate a las masas, que éstas resisten y la lucha se agrava, y que, con mayor o menor reactivación económica, la burguesía sigue encontrándose en una posición muy débil frente a la presión acrecentada del imperialismo por la crisis mundial y sus derrotas políticas (Vietnam).

No se ha abierto una etapa contrarrevolucionaria sino que de tipo transitoria, mejor dicho interevolucionaria, de tremendos combates defensivos y de posibles crisis explosivas en la cúspide.

Para precisar más aún tenemos que ligar la situación contrarrevolucionaria inestable en Argentina con el período netamente pre -revolucionario a escala mundial. Los regímenes que se consolidaron contrarrevolucionariamente en la década del 30 contaron, en ese entonces, con un período internacional de neta reacción política. EI caso actual es el inverso, y esto se aprecia también en América del Sur con la visible descomposición de la situación en Brasil.

EI renacimiento de una situación revolucionaria sólo puede ser el resultado de una serie de cambios tanto “arriba” como “abajo”. “Abajo”: 1) recomposición de las filas del activismo obrero y juvenil; 2) revitalización de las organizaciones de las misas, concretamente los sindicatos; 3) la claridad de la intervención del partido revolucionario en relación a las cuestiones de fondo, que lo prepare para un rol dirigente. “Arriba”; 1) agudización de las divergencias interburguesas y con el imperialismo; 2) realineamientos de fuerzas en el seno del poder; 3) repercusión sobre la pequeño burguesía de las disgregaciones y recambios en el frente burgués.

Una cuestión Fundamental: Asamblea Constituyente.

Esta es una de las cuestiones tratadas en forma más negligente en los documentos del congreso, y cuya discusión detallada se impone con toda urgencia. Nos adelantamos en decir que en el curso de las discusiones que hemos tenido pudimos constatar que este punto tiene no sólo una importancia nacional sino referida a la mayor parte de América Latina, cubierta por dictaduras militares que expresan el alte grado de descomposición alcanzado por los regímenes políticos que datan del período de la organización nacional.

EI primer aspecto a considerar es cuál debe ser la posición del p.r. frente a los debates concretos que tienen lugar en el campo de la burguesía y, específicamente, en las filas de las fuerzas armadas, en relación al carácter del régimen político del Estado que debería estructurar el actual gobierno militar. Es un hecho que el Ministerio de Planeamiento ha planteado la consideración de un “proyecto nacional”, que Videla acaba de reclamar la elaboración del “proyecto de unión nacional” (PUN), que “Carta Política” propone convocar a elecciones municipales apolíticas (es decir, sin intervención de partidos) y que se habla, incluso, del plebiscito de una reforma constitucional para 1978 o, en su defecto, de la convocatoria a una Convención Constituyente que sería elegida a través de la digitación previa de una lista única. Es necesario fijar una posición concreta ante todo esto; tenemos la obligación de orientar a los explotados frente a los planteos que emanan de los representantes de los explotadores, y que, por este sólo hecho, producen toda una serie de posiciones políticas por parte de los representantes contrarrevolucionarios de la pequeña burguesía y del proletariado (peronismo, stalinismo, UCR, burocracia sindical, etc.),

EI lugar concreto del problema constitucional en Argentina se deriva directamente del hecho fundamental de su vida política, la liquidación del ciclo histórico dominado por el peronismo.

EI origen aproximado de la crisis histórica del Estado argentino (tal como éste salió del período de “la organización nacional”, 1853-80) se encuentra en el golpe de Estado de 1930, que demostró -bajo los golpes de la crisis mundial- que ese Estado de raíz oligárquica era incompatible con la democracia burguesa, según ésta se ha desarrollado “clásicamente” en Europa Occidental y en los Estados Unidos. La fractura política de ese Estado -que entre 1930 y 1943 representó casi exclusivamente a la camarilla de oligarcas “invernadores” aliados al imperialismo inglés, y que se mantuvo por medio del fraude patriótico’- fue superada por medio de un recurso excepcional: el extraordinario arbitraje del peronismo entre el imperialismo y las masas y entre todas las fracciones de los explotadores. Este papel excepcional del peronismo era la contra-prueba de la incapacidad de la burguesía para dirigir orgánicamente al Estado burgués. Pero como el peronismo no superó, ni podía superar: a) el atraso capitalista del país en relación a las grandes potencias; b) la falta de real autonomía para resistir las presiones del imperialismo; c) el raquitismo social de la burguesía nacional (en relación al poder económico del imperialismo y al peso social del proletariado); tampoco pudo estructurar una variante de régimen democrático estable. Es instructivo subrayar que, a diferencia del bonapartismo mejicano del General Cárdenas en 1945, el peronismo nunca tuvo una base social de apoyo propia (en México el campesinado vinculado a las aspiraciones y realizaciones de la revolución de 1910-17), por lo que su labor de mediación entre el imperialismo y el proletariado siempre tuvo un carácter inestable y crítico, parcialmente oculto por las ventajas económicas excepcionales que la Argentina tuvo en la posguerra. Es por eso, entre otros factores, que la eficacia de la regimentación sindical fue tan intensamente más lograda en México que en la Argentina.

Desde un punto de vista general, el problema político de todo régimen burgués es el de disciplinar a las distintas fracciones de la burguesía en el aparato centralizado del Estado. En esto consiste, en definitiva, la constitución del estado como tal, y es el remate natural de la unificación del mercado nacional.

En los países semicoloniales, que son tales por no haber alcanzado una real autonomía nacional, esta tarea es una condición imprescindible para no caer bajo el efecto disgregador de las poderosas presiones antagónicas del imperialismo y del proletariado. Para presentar sus reclamaciones económicas más apremiantes al imperialismo, la burguesía no puede pasarse del disciplinamiento de todas sus fracciones al aparato centralizado del Estado. Es bajo esta forma circunscripta a sus intereses de clase más urgentes que la burguesía argentina se ha visto obligada a plantear y replantear en una infinita cantidad de oportunidades en los últimos 50 años la cuestión del régimen estatal, las cuestiones institucionales, que pasaron a ser un tema de todos los golpes de estado.

Desde 1955 en adelante la unidad política del Estado fue todavía más precaria que en el pasado, y se expresó en el fracaso de todos los gobiernos para asimilar orgánicamente al peronismo: reagrupándolo en torno al “desarrollismo” en 1958-62, integrándolo electoralmente en 1963-65, integrándolo “corporativamente” en 1966-69.

EI fracaso de estos planes tiene una causa fundamental: la fenomenal presión imperialista y la resistencia permanente de los trabajadores quitaron toda estabilidad a e-sos gobiernos. EI propósito de instrumentar la impuesta entrega del gobierno al peronismo en 1973 para disciplinarlo a las necesidades de la burguesía, fracasó por la presión imperialista y la crisis económica mundial y fue reventado por la resistencia obrera y la huelga general.

EI gobierno militar actual hereda ese problema crónico, pero bajo circunstancias diferentes que abren una nueva oportunidad. Nos referimos a la muerte de Perón y a la debacle del peronismo. Es cierto que esta última no fue una conquista política de la burguesía sino el resultado de una derrota propinada por los trabajadores a los explotadores. Pero es igualmente cierto que con la victoria del golpe del 24 de marzo y el consecuente retroceso de las masas el capital tiene una nueva oportunidad, y lo que discute ahora el justamente como sacarle todo el jugo posible a la nueva situación para montar un régimen estatal fuerte, que someta a todas las fracciones al imperativo del aparato centralizado del estado. Que lo consiga, que los intereses divergen-tea y las diferentes estrategias se concilien, es otra cosa: pero por eso justamente la cuestión está en debate, como una consecuencia natural del golpe militar. Es ilustrativo dejar apuntado que días apenas después del golpe, el semanario conservador inglés “The Economist” publicó un editorial que decía, precisamente, que Argentina tenía la oportunidad de cerrar el ciclo abierto en 1955 de opción entre el peronismo y los gobiernos militares.

No es posible caer, entonces, en el error ingenuo de suponer que todas las discusiones en curso son sólo maniobras para distraer a las masas, o peor aún, que la burguesía no sabe de lo que está hablando. EI debate sobre el plan político” y, más en general, sobre la cuestión constitucional, está en el centro de los problemas políticos actuales.

Ahora bien, la burguesía no quiere, ni remotamente una Asamblea Constituyente. Es interesante a este respecto el planteo de Aguado (presidente de la CARBAP): su reclamo de darle “sentido político al proceso” estuvo referido solamente a una participación directa de la oligarquía agraria en la determinación de la política económica. Por e-eo puso de inmediato el énfasis en la reorganización de las entidades empresarias, de donde puede deducirse fácilmente la finalidad de su propuesta: armar una especie de Consejo Económico combinado con un largo período de gobierno militar, esto hasta alcanzar una situación de estabilidad que permitirá pasar luego a un plan propiamente político. Este tipo de propuestas puede ser caracterizado así: poner al alto mando militar bajo el control orgánico de la gran burguesía, de modo de poder contrarrestar o limitar los “desvíos” bonapartistas en que pueda incurrir aquél. El programa de este régimen estatal de “transición” puede resumirse en esto: ” racionalizar” el aparato económico del Estado (eliminando las resistencias nacionalistas de los militares que dirigen las empresas estatales); acelerar los cambios capitalistas en el campo para elevar su “competitividad”; negociar coa el imperialismo el ingreso de capitales extranjeros y una mayor cuota del mercado internacional para la burguesía argentina.’

Pero estos planteamientos no flotan en el vacío: están sometidos: 1) a la lucha de intereses dentro de la misma clase capitalista oligarquía agraria y burguesía agraria; burguesía industrial versus intereses agrarios; “desarrollistas” versus sectores vinculados al comercio exterior industrial; tendencias estatistas versus librecambistas’; 2) a la evolución Interior dentro de las fuerzas armadas, sometidas a la presión del capital y de las masas; 3) a la intervención que pueden tener la pequeño burguesía y el proletariado, motivados por la crisis económica y por la discusión de las alternativas políticas en el campo burgués. No se deben dejar pasar dos observaciones de Videla en su reciente discurso a los gobernadores: se pronunció contra el “corporativismo”, un planteo que afecta a la propuesta de Aguado; y contra una reorganización basada en los municipios, lo que es un rechazo en bloque a la tesis de “Carta Política”. Estas divergencias demuestran que no existe ninguna alquimia política que pueda confinar la discusión sobre el régimen del Estado al estrecho círculo de la gran burguesía. Otro ejemplo es la revitalización de 1a actividad de la UCR, que reclama tener en cuenta a los partidos en cualquier negociación política. Finalmente, la Junta militar tiene que tomar posición sobre el grado de “rescate” o “recuperación” del peronismo, en especial para hacerlo valer en los planes de regimentación sindical. La discusión de la “ley de asociaciones profesionales” está terriblemente influida por las divergencias respecto al “plan político” tomado de conjunto y respecto al futuro político del peronismo desmembrado.

Estamos ante una cuestión concreta y de fondo, de la cual es sencillamente criminal excusarnos. ¿Qué orientación brinda el p. a las masas? Insistimos: éste es el primer aspecto del problema. Es cierto que el proletariado se halla relativamente apartado (¿también de la ley de asociaciones y sus artículos políticos’?) de las discusiones en las altas esferas. La razón de esto es la descomunal traición de todas sus direcciones y la ausencia de una vanguardia obrera independiente organizada, y también por encontrarse duramente absorbido en las luchas elementales de subsistencia. Pero de lo que no. se puede dudar es que, al Igual que en pasado, pero en una escala mayor, será atraído a terciar en todo este debate, como resultado de diversos procesos concurrentes: una generalización de sus luchas, la repercusión del debate político en las filas pequeño-burguesas y entre los representantes contrarrevolucionarios de la clase obrera, la labor del partido revolucionarlo. Una vez más: no se puede omitir un planteamiento político de conjunto de nuestra parte, como ocurre en los documentos del congreso presentados hasta ahora. ¿Cuál debe ser nuestra actitud? Este es el primer aspecto.

Ahora veamos el segundo aspecto de este mismo problema.

La modificación de la situación política después de marro de 1976, con la derrota y reflujo de las masas, ha puesto a la lucha de los trabajadores en un plano defensivo, en tomo a la brutal pérdida ‘de sus conquistas laborales y nivel de vida y en lo referente a los derechos humanos, libertades democráticas y derechos de organización independiente. Los marxistas debemos jugar un papel eminente en todos estos combates, formulando del modo más consecuente sus reivindicaciones y poniéndonos a la cabeza de las luchas. Pero es justamente por esto que estamos obligados a sistematizar estas reivindicaciones democráticas alrededor de un planeamiento central, como oposición política directa al gobierno militar.

No es suficiente decir que hay que abatir a la dictadura: por sí sola esta idea está sujeta a una desviación ultraizquierdista, debido a que las masas no están hoy en condiciones de librar una lucha más o menos directa por él poder. Lo que tenemos la obligación de decir es de qué modo, por qué caminos, la lucha defensiva del presente período puede convertirse en una lucha por el poder, agrupando todas las fuerzas que combaten, que están obligados a combatir y que sienten la necesidad de combatir por la plena vigencia de la democracia política.

La reivindicación política de la Asamblea Constituyente soberana, elegida por el sufragio universal, secreto y directo responde por entero a todas estas necesidades. Centraliza las reivindicaciones democráticas en un plano político, y se contrapone con claridad contra el régimen de dictadura militar vigente, así como contra todas las propuestas prescriptivas y archirestrictivas que emanan del campo de la burguesía.

EI planteo de Asamblea Constituyente subraya esta idea elemental y terriblemente conveniente para los trabajadores: ¿quiénes deben decidir: el cenáculo de privilegiados explotadores o la población laboriosa, el conjunto de la ciudadanía? ¿Quiénes pueden reparar el desastre de la “corrupción económica” y de la arbitrariedad y el asesinato políticos: los cómplices de todos los gobiernos burgueses anteriores, o los trabajadores que los han combatido y derrotado?¿Los que liberaron a los Vázquez, Villone, López Rega; los que comandan o encubren los peores asesinatos, el mayor empobrecimiento del pueblo y la más brutal entrega del patrimonio nacional; o los que reventaron al lopezrreguismo, los que producen la riqueza del país y los verdaderos perjudicados por el terrorismo y la dictadura?

Es cierto que la consigna de Asamblea Constituyente tiene un poderoso componente de ilusión política, como ocurre con todas las consignas relativas a la democracia: a saber, que los antagonismos de clase puedan ser conciliados en el marco de las instituciones representativas. Pero también es cierto que esas ilusiones tienen una poderosa fuerza animadora, pues convocan a las masas a movilizarse por su derecho a voz propia, con sus organizaciones -frente al régimen exclusivista de la dictadura militar burguesa. La política socialista debe apoyarse en Ias ilusiones democráticas, para corregirlas en el curso de la experiencia misma de las masas, pero no puede simplemente omitirlas, pues en tal caso se convierte (en nombre del socialismo) en una fuerza conservadora, pasiva y sectaria.

La reivindicación de la Asamblea Constituyente debe ir acompañada simultáneamente de las reivindicaciones nacionales, democráticas y transitorias que una Asamblea Constituyente debería sancionar, única forma de presentar el punto de vista proletario (es decir, los intereses de clase del proletariado y de las masas contrapuestos a los de la burguesía) en esa lucha democrática general (es decir, no específicamente obrera) de la constituyente. Esto significa ligar a cada momento y manifestación de la crisis del capitalismo (inflación, endeudamiento y concesiones con el capital extranjero, la oligarquía y gran burguesía, condiciones de trabajo y vivienda, misérrima situación de ciertas capas de obreros, campesinos y jubilados, superexplotación moral y económica de la juventud y de la mujer, el feudo del militarismo y del oscurantismo clerical, etc.), a cada agudización de la lucha de clases, y a cada fase de la agitación de la reivindicación de la Asamblea Constituyente, el programa que ésta debería resolver: nacionalización de la gran industria; confiscación del gran capital y la gran propiedad agrarios; estatización de la banca; vigencia y acrecentamiento de todas las conquistas de legislación laboral; recuperación del poder adquisitivo; derecho a la organización independiente de las masas; electividad de todos los cargos gubernamentales, judiciales y de las fuerzas armadas; organización política y sindical de soldados y suboficiales; separación de la Iglesia del Estado y laicidad y estatización de la enseñanza. En estas reivindicaciones está expresado el aspecto democrático y nacional de la revolución en nuestro país, y sólo interesando sistemáticamente en ellas a la clase obrera y a los trabajadores se impulsa el combate por la Asamblea Constituyente y se prepara el enlace con la organización de los soviets y el gobierno obrero y campesino.

(Todo esto nos introduce ante una responsabilidad política de primer orden: no se trata de convertir el programa en un conjunto de slogans vulgares, como caracteriza a los grupos tipo sectario: se trata de explicar sistemáticamente cada problema incluso en sus aspectos y formas legislativas, para presentar el programa como una auténtica plataforma para la Constituyente y como una potencial alternativa gubernamental. Un programa agrario, por ejemplo, no puede ser un simple proyecto de socialización, pues debe tener en cuenta la posición y necesidades de los campesinos pobres, así como la conveniencia de un régimen de control sobre la burguesía agraria media). Entonces: a la crítica implacable de los proyectos super-proscriptivos de la gran burguesía y de los planteamientos restrictivos y conciliadores con la dictadura de la pequeña-burguesía y el stalinismo (por ejemplo, acuerdo con una “convergencia cívico-militar”) -crítica que debe oponer sistemáticamente la reivindicación de Asamblea Constituyente- es necesario unir estrechamente la propaganda y agitación ordenada y científica de los objetivos del proletariado en esa lucha por la democracia política, es decir un programa antiimperialista y transicional. Este programa es una fuerza impulsora central en la reclamación de la Constituyente que, por transitoria que termine siendo, se plantea como una alternativa ejecutora, es decir, gubernamental. Sin este programa, la Constituyente aún tendría sus méritos, pero sería más fácilmente utilizada por los partidos burgueses y el stalinismo, en el momento oportuno, como un instrumento para desviar a las masas desarmadas políticamente.

Ahora bien: ¿cuál es la relación política entre esta consigna y la consigna de terminar con el gobierno militar? Dicho de otra manera: ¿puede la dictadura convocar a la Constituyente? ¿En caso afirmativo: no sería ésta completamente impotente frente al monopolio del poder real por las fuerzas armadas? ¿Deberíamos acaso formular el planteo así: por una Asamblea Constituyente convocada por un gobierno obrero y campesino? Más en general: ¿No es la Asamblea Constituyente completamente irrealizable, dado el antagonismo alcanzado entre la burguesía y el proletariado?

Plantear la condición del derrocamiento del gobierno militar para convocar a una Asamblea Constituyente soberana y democrática es poner, en la actual situación política, el carro delante del caballo. Las masas libran una lucha defensiva bajo los slogans generales de la democracia: someter la reclamación de la Constituyente a la previa eliminación de la dictadora es esterilizarla por completo. EI objetivo de la consigna es dotar a los trabajadores en lucha de una perspectiva política unificada, centralizada, que ayude a oponerlos centralizadamente contra el gobierno militar. Poner el requisito de la eliminación de éste significa suponer que esta centralización ya está cristalizada y que se puede empeñar la lucha directa por el poder.

Se pueden Imaginar fácilmente las siguientes alternativas: 1) que el gobierno militar logre derrotar, detener o aminorar la lucha de las masas. En este caso, el gobierno puede aprovechar esta ventaja para dar curso a algunos de sus planes “constitucionales”. En una situación así estaríamos obligados a luchar por el derecho de participación política independiente de la clase obrera en cualquier asamblea restrictiva que se convoque, mientras los trabajadores no estén en condiciones de desbaratarla, para utilizarla como tribuna política de educación y agitación; 2) el movimiento de masas toma un curso ascendente y el gobierno resiste o es incapaz de efectuar propuestas liberalizan que los desvíen o atenúen su ritmo. En este caso se va a un choque frontal. Si la dictadura es derrotada, la Asamblea Constituyente podría ser convocada por otro gobierno o éste repetiría el enfrentamiento con un proletariado en ofensiva revolucionaria. Mientras no haya un gobierno obrero y campesino constituido y la Constituyente convocada por un gobierno burgués no aparezca claramente enfrentada a ese gobierno, debemos participar en esa Constituyente para desnudar el rol de la burguesía y acelerar el pase completo de las masas hacia la dictadura del proletariado; 3) no se puede descartar que, previniendo un ascenso de masas o bajo la presión ya desencadenada de éste, el gobierno militar busque frenar la situación con una constituyente, en un “modelo” parecido a la institucionalización lanussista. Aquí habría que apreciar tácticamente la relación de fuerzas y, sobre esta base, decidir, si la situación debe ser utilizada para eliminar al gobierno (que estaría tambaleante) o si corresponde ir a la Constituyente para oponerla revolucionariamente a la dictadura que tiene aún el monopolio del poder.

Aquí está resumida la forma concreta de la relación entre Constituyente y lucha por el derrocamiento de la dictadura. EI PST plantea también, en la actualidad, una Asamblea Constituyente convocada por un “gobierno provisional” y ello sirve para ilustrar toda su política. Al colocar el carro delante del caballo, la reivindicación de la Constituyente pasa a segundo plano, lo que esteriliza a la consigna como factor de oposición militante a la dictadura. EI tipo de planteo gubernamental (no obrero y campesino, entonces “popular”, burgués) corrobora esa orientación: todo el eje del planteo está desplazado hacia una conciliación con los partidos liberales y el stalinismo, como ya ocurrió con la “institucionalización”. Para nosotros, la Asamblea Constituyente debe ser opuesta al gobierno militar y a los planteos proscriptivos y conciliadores, para dar una perspectiva militante centralizada a los explotados, en este periodo defensivo. Pero esta consigna no es un fetiche que deba oponerse en abstracto a las convocatorias que puedan emanar del gobierno: en tanto el proletariado no las puede disolver, se deberá luchar por el derecho a la participación independiente en todo tipo de asamblea o elección, con vistas a desarrollar la agitación revolucionaria y la organización de la clase obrera.

No seríamos realmente revolucionarios si al denunciar la arbitrariedad y el terror gubernamentales no planteáramos, en nuestra agitación, la idea de que hay que terminar con la dictadura. Sería una vulgar inconsecuencia si no buscáramos llegar a la misma conclusión cuando denunciamos la hipocresía, la naturaleza proscriptiva y el carácter esencialmente continuista de las llamadas “aperturas” oficiales. Hay que seguir una implacable política de hostilidad a la dictadura y mostrar que mientras tenga el poder en sus manos no habrá ninguna democracia. Que la ultraizquierda haga un uso discrecional del planteo de echar al gobierno no es ningún motivo para que nosotros no llevemos esa misma conclusión a los trabajadores como derivación lógica de todas nuestras denuncias. Pero lo que hay que comprender es que lo que planteamos para el momento actual no es la tarea de derrocar al gobierno y, como resultado de esto, de llamar a construir soviets para crear un doble poder, sino que la tarea actual es centralizar las reivindicaciones de orden democrático, antiimperialista y transicional en la consigna de Asamblea Constituyente, para orientar al proletariado en la presente etapa política y contribuir a que juegue un rol dirigente conciente de las masas todas contra la dictadura. Sólo en determinado momento de ascenso de la lucha la consigna de los soviets será fundamental, pero sin abandonar el slogan democrático general de la Constituyente.

EI rechazo de plano de la tesis de que la consigna de la Constituyente sea, irrealizable no significa de modo alguno que será un curso obligatorio de la lucha de clases, ni mucho menos.

Los futuros acontecimientos pueden tomar la forma más diversa, aunque siempre alrededor del problema del régimen futuro del Estado.

EI golpe de 1943 desembocó en elecciones y sólo en 1949 se produjo una convocatoria constitucional regimentada. La “libertadora” convocó a una Convención no soberana con la proscripción del peronismo. Lanusse adoptó un acta de reforma de la Constitución y luego llamó directamente a elecciones. Lo que hay que comprender es que el enorme valor político de la consigna Constituyente es independiente por completo de su “realizabilidad”: ese valor reside en que contrapone a la arbitrariedad sin límite de la dictadura la idea movilizadora de que es el pueblo, y no un puñado de explotadores. quien debe decidir. Una consigna o reivindicación programática es genéricamente irrealizable cuando postula suprimir tendencias esenciales del capitalismo respetando el cuadro de la propiedad privada. Pero no cuando sirve para impulsar la lucha de clases del proletariado en la ruta de su propia futura dictadura. Si por medio de esta consigna se logra abrir la movilización política de las masas e impulsar la organización independiente del proletariado, ella habrá cumplido su función, aunque nunca veamos una Constituyente. En lugar de un tema para la especulación sobre bu realizabilidad o probabilidad, esta consigna es un instrumento para la acción.

Si fuera incorrecto todo lo dicho hasta aquí, este solo hecho (el servir como consigna de combate) la justificaría plenamente desde un punto de vista revolucionario.

Estamos obligados a plantear la Asamblea Constituyente: 1) porque estamos obligados a fijar una posición en el debate “político” o ” constitucional” de la burguesía para clarificar al proletariado; 2) porque debemos sistematizar las reivindicaciones de la democracia en un planteo político central de oposición militante a la dictadura; 3) porque en este período defensivo de la lucha los grandes problemas de la revolución (agrarios, antiimperialistas y transicionales) sólo pueden ser planteados en ligazón estrecha con las reclamaciones por la democracia política; 4) porque el planteo de la Constituyente prepara a la vanguardia y a la clase para luchar por su derecho a la participación independiente en toda convocatoria “constitucional” del gobierno; 5) porque la consigna como tal tiene una tremenda fuerza de movilización al oponer la sencilla idea de la soberanía popular al despotismo de militares y grandes capitalistas.

La consigna de la Constituyente no es antagónica con los objetivos de la dictadura del proletariado: la lucha por esta debe ir poderosamente unida a la de recuperar los sindicatos y liberarlos de toda tutela estatal; en determinado momento ascendente del combate la consigna de los soviets debe ocupar un lugar central. La dictadura proletaria sólo puede ser establecida si el partido revolucionario es capaz de ligar correctamente las consignas de la democracia política con las propias del gobierno obrero y campesino.

La consigna de la Asamblea Constituyente deberá todavía ser tomada por las masas; esta es la situación actual.

Debemos ponerla en el primer plano de la agitación política para someterla a la prueba de la lucha de clases y al veredicto de los propios explotados. Tiene, por ahora, un papel educador; no puede ser simplemente impuesta apelando a su justeza teórica. Debemos poner toda la atención en su propaganda y agitación y medir su recepción en la clase obrera. Todo el método de exposición de nuestro programa ante las masas debe partir de esta reivindicación fundamental de la democracia.

Otro asunto fundamental: el partido obrero independiente

EI proletariado, en la lucha por la democracia, no sólo debe oponer su programa al de la burguesía, también debe oponerle su organización. el proletariado no puede dirigirse al conjunto de las masas para desbaratar el engaño de los capitalistas y postularse como caudillo nacional sin su propio partido de clase. La lucha por la democracia o la Constituyente plantea este punto de un modo directo. EI proletariado se lanzará más a fondo al combate por la Constituyente si posee el instrumento, no sólo para convertirla en realidad, sino para hacer escuchar su voz distintiva dentro de ella. EI postulado de la Asamblea Constituyente se reduce a un mero propagandismo si no está completado con el planteamiento de la organización política independiente de la clase obrera, en contraposición abierta a la burguesía y a la pequeña-burguesía.

En Argentina la consigna de la Asamblea Constituyente no puede vincularse directamente con el planteo de reforzar el partido obrero de masas, por la razón de que éste no existe. Luego de un período relativamente largo de predominio del partido socialista y del partido comunista en el movimiento obrero organizado (pero sin llegar a constituir partidos dirigentes de la mayoría del proletariado), la clase obrera quedó políticamente subordinada al movimiento nacionalista burgués. La constitución del partido de clase se presenta, desde entonces, en Argentina, como una lucha por librar al proletariado de la tutela del nacionalismo.

La tendencia del proletariado a la conquista de su autonomía política ha estado presente en toda la historia de loso últimos 30 años. Salvo en los pocos años que van desde 1950 a 1953, la clase obrera se insurreccionó constantemente contra el control y contra la política de la burocracia sindical, a través de poderosos movimientos huelguísticos. A cada paso de esta lucha se constituyeron “comités de base” o de “huelga” que sustituyeron a los burócratas y organizaron los combates del momento. Cualquiera haya sido el grado de Ilusión de la base de esos movimientos en Perón (y era muy fuerte), el carácter de la tendencia a la autonomía de clase es innegable. La débil proyección final de esta tendencia no puede ser considerada al margen de la crisis colosal de dirección del proletariado mundial, reflejada en el peso contrarrevolucionario del stalinismo y en la mentecatez política de los representantes de entonces de la IV Internacional.

Esta tendencia objetiva hacia la autonomía política se desarrolla estrechamente vinculada a otra tendencia fundamental: la crisis del peronismo, con la que tiene varias causas comunes. La liquidación de las condiciones del arbitraje bonapartistas de Perón libera las tendencias evidentes pero larvadas hacia la independencia política. En oportunidad de las elecciones de 1958, un millón de trabajadores peronistas votan en blanco en repudio al acuerdo Perón-Frondizi (también apoyado por el PC). Esto da una idea de la perspectiva que hubiera tenido la conformación de una candidatura obrera independiente. Ninguna corriente obrera propuso esta alternativa en aquel momento, y esta es la demostración contundente del carácter liquidacionista del “entrismo” del morenismo en el peronismo (el morenismo llamó a votar a Frondizi para -textual- “no romper la unidad política del movimiento obrero”).

A partir del “cordobazo” la tendencia hacia la autonomía política es más profunda, y se manifiesta en la conquista de posiciones sindicales dirigentes por parte de organizaciones que se reclaman marxistas. Una oportunidad fundamental para concretar una organización política independiente lo constituye la iniciativa de Sitrac-Sitram para conformar una corriente nacional clasista en el plano sindical, en el cuadro de la crisis política del lanussismo y de la llamada “institucionalización”.

En todo este proceso la tendencia hacia la independencia política se expresa por sobre todo de un modo negativo, como la frustración de todo un movimiento todavía elemental de la lucha de las masas. Por oponerse a esta tendencia el PC quedó como una fuerza nacional crónicamente raquítica; el morenismo llegó hasta la casi disolución luego de 1958-1959; Sitrac-Sitram se desvaneció. Pero en 1973 se realiza, aunque en forma oportunista, una experiencia positiva: gracias a su presentación como candidatura independiente en marzo y setiembre el morenismo pasa del anonimato a cobrar una proyección nacional. Nosotros, al revés, por no haber comprendido la situación quedamos paralizados (y en retroceso en relación a las nuevas relaciones de fuerza) hasta la huelga general. Para completar esta puntualización del desarrollo de la tendencia hacia la independencia política, señalemos la significación que tuvo la frustrada alternativa de la candidatura de Tosco-Jaime para las elecciones de setiembre de 1973.

EI desenvolvimiento de este proceso histórico ce encuentra hoy en punto culminante, esto por la debacle del peronismo como resultado de la insurgencia de masas que fue la huelga general de junio-julio. La manifestación de las poderosas tendencias de clase hacia su plena independencia sólo se encuentra atenuadas por la situación de reflujo y retroceso. EI gobierno militar es plenamente conciente de todo esto, por eso contra todo su esfuerzo en quebrar hasta la raíz cualquier desenvolvimiento independiente de los sindicatos, y busca la colaboración de la “corrupta” burocracia.

Igual grado de claridad tienen la socialdemocracia internacional (CIOSL) y el stalinismo, como que han declarado su apoyo a un nuevo régimen de asociaciones profesionales. Y obsérvese esto en última instancia, la importancia del problema constitucional para el imperialismo y la burguesía argentina consiste en crear un régimen proscriptivo que logre dilatar por el mayor tiempo posible la cristalización de un partido obrero independiente de masas.

La “izquierda” peronista, ayudada en ello por los infaltables “teóricos” marxistas (entre otros Ramos “Pasado y Presente”) repuso en circulación, al calor de la victoria del camporismo, la tesis de que en los países atrasados se puede evitar la organización del proletariado en un partido propio de clase. Según el nacionalismo pequeño burgués, el partido obrero es un fenómeno de las “sociedades europeas” cuyo “modelo de desarrollo no tienen por qué repetir las naciones rezagadas. Pretender construir un partido específicamente obrero sería no tener en cuenta la situación de explotación excepcional común a todas las clases de la población de estos países, ejercida por el imperialismo. Sería, en otras palabras, no tener en cuenta la fuerza unitaria de los Intereses nacionales en contraposición a los clasistas. De acuerdo con estas tesis, en los países atrasados sólo pueden tener un carácter de masas real los movimientos nacionales organizados en “partidos de trabajadores” o “del pueblo”, y sólo estos podrían jugar un papel dirigente en la lucha por una emancipación y un “socialismo” estrictamente nacional.

Este planteo no es nada nuevo y se procesó hace bastante tiempo en los “laboratorios” del Kuomintang, del APRA, del MNR, y del peronismo desde su primera hora. Cualquiera sea el grado de su radicalismo, o incluso de real combatividad, que pueda llegar a manifestar una dirección nacionalista burguesa o pequeño burguesa, esta oposición a la independencia obrera es un rasgo específicamente reaccionario de esos movimientos y detrás de ellos se ve la ambición de tener las manos completamente libres para aplastar toda tentativa de acción autónoma de los explotados.

En todas partes el veredicto histórico ha sido el mismo: la revolución sólo puede ser victoriosa dirigida por el proletariado a través de su partido. Disuelto en las organizaciones, burguesas o pequeño burguesas, el proletariado es carne de cañón de los explotadores nativos en los ciclos de negociación y alianza firme de éstos con el imperialismo.

Los países atrasados no escapan a la diferenciación entre las clases en su interior, y eso ocurre desde que son impelidos a insertarse en la economía mundial. La opresión del imperialismo agudiza los enfrentamientos dentro de las naciones atrasadas y de ningún modo los atenúa, y la explicación es que esta opresión restringe la participación de la burguesía, nacional en los beneficios de la explotación de la clase obrera y estimula a ésta a encabezar una resistencia activa. Es a partir de este proceso objetivo que se acentúa el antagonismo entre el proletariado y la burguesía nacional, de modo que, cualquiera sea la importancia de los primeros pasos que la clase obrera pueda dar de la mano del nacionalismo, la tendencia hacia la escisión con éste existe desde el primer día y debe concluir por imponerse. EI stalinismo se ha empeñado en frenar este desenvolvimiento (disolución del PC en China en 1924-28, en Egipto bajo Nasser, planteo de formar un partido único con el peronismo en el XII° Congreso de 1963 en Argentina, disolución en el APR en 1973 y oposición a Tosco-Jaime, apoyo a toda costa a los gobiernos de turno y a las políticas de estos de destrucción de los movimientos obreros de independencia), pero no puede evitar la existencia de esta poderosa tendencia histórica y, en determinado momento, deberá adaptar su táctica para tratar de controlarlos por arriba.

Lo notable en nuestro país no es que confirme la experiencia histórica internacional; lo notable es que la escisión con el nacionalismo burgués haya llegado a su punto actual con tanto retraso, si tenemos en cuenta el gran desarrollo social de la clase obrera, lo temprano de su desarrollo político (situado en el siglo pasado) y las profundas crisis por las que ha pasado el capitalismo nacional.

La cuestión de la organización del proletariado en partido propio se presenta en la Argentina en referencia al nacionalismo burgués, como un planteo de ruptura con el peronismo como una lucha por la autonomía política respecto de éste. Este es el punto capital que debe ser subrayado a fondo y que no debe ser confundido con la forma que pueda adoptar esa lucha en diversas situaciones políticas. En el pasado, tanto Moreno como Posadas plantearon la cuestión del partido obrero independiente, pero no como oposición al nacionalismo burgués, no como una lucha política contra el peronismo, sino adaptándose a él. EI método de estos consistía en prejuzgar que la presión “objetiva” de la lucha de clases debía imponer una evolución Independiente de la burocracia sindical peronista, que quedaba como la condición de un partido obrero independiente. EI posadismo, que jugó un rol importante entre 1948 y 1958, planteó por esto “el partido obrero basado en los sindicatos” (dirigidos por el peronismo), y el morenismo dio una versión similar: organizar “el bloque obrero peronista”, el “partido obrero de la CGT”, el “partido obrero de Vandor”, el partido obrero de los 8 (sindicatos “participacionistas”). El posadismo y el morenismo se orientaban, ambos, en una línea de “labor party”, según lo había preconizado Trotsky para los sindicatos norteamericanos. Pero el problema del partido obrero en un país imperialista no está vinculado a la conquista de la autonomía respecto al nacionalismo burgués que ha intervenido directamente en su organización sindical. Los sindicatos norteamericanos no estaban ni dirigidos por una burocracia disciplinada a un partido burgués, ni controlados por un aparato burgués que escapara en una medida importante a esa misma burocracia (en particular al consolidarse el primer gobierno peronista). Es indudable que la lucha por un partido obrero independiente dentro de los sindicatos es fundamental y es una condición política para la formación de una amplia fracción de activistas que disputen la dirección de los gremios. Pero, por un lado, no puede plantearse como una proyección de la independencia obrera conquistada en los sindicatos al plano político (como ocurrió en Inglaterra -partido laborista- y como se propone para Estados Unidos), por el hecho justamente de que nuestros sindicatos obreros (que siguen alendo para la clase obrera su aparato de defensa contra la patronal y, en su momento culminante, contra el Estado) han caído bajo la dependencia (no absoluta -no han sido absorbidos al estilo franquista) política del nacionalismo burgués.

La lección que nos dejan el posadismo y el morenismo en el período 1955-69 deberá ser estudiado. Contra todo lo que sostiene el folklore político nacional, la burocracia sindical fue en esta etapa el instrumento político y el aparato organizativo que mantuvo al proletariado encuadrado tras el peronismo y no al revés, a saber, que era el pobre reflejo de la potente luz que brillaba desde Madrid. EI aparato burocrático conservó la hegemonía de Perón en un período de completo ocaso de éste. A través del seguidismo a la burocracia sindical el morenismo y el posadismo bloquearon la ruta hacia la independencia política del proletariado. En el caso del posadismo, su “p.o.b.s.” concluyó en un puro slogan de propagada que servía para tapar el real carácter sectario del grupo, que en la práctica se presentaba a sí mismo como partido obrero. En el caso del morenismo, este selló su capitulación ante el peronismo con la tesis de que este era el factor de la unidad de la clase obrera, es decir del frente único de la clase y de la burocracia, ocultando que esto era en realidad la forma de la tutela del nacionalismo burgués sobre el proletariado. Ya dijimos antes que las elecciones de 1958 fueron una gran oportunidad para conformar una lista obrera: el morenismo votará a Frondizi siguiendo la orden de Perón, argumentando que lo hacía para defender la “unidad obrera”, y es muy poco sabido que este hecho concretó el derrumbe del grupo de Moreno, que comenzó un retroceso implacable hasta 1965. En 1972 Coral volverá a utilizar lo del peronismo como “prenda de unidad” al fundamentar el apoyo al retomo (no al derecho al retorno) de Perón, y esto se repetirá con Penissi en junio y julio.

La esencia de la lucha por un partido obrero independiente consiste en esto: en llevar a cabo una intensa labor de propaganda sobre la necesidad de que el proletariado se organice en un partido propio y en oponer una alternativa organizada en cada ocasión políticamente apropiada (tanto desde el punto de vista de las condiciones objetivas como del grado de nuestra preparación). Los sindicatos son un terreno fundamental de combate para crear un partido obrero independiente de masas, y es imposible disputar la dirección de los sindicatos a la burocracia colaboracionista sin la conquista de los activistas sindicales para una perspectiva política de clase. Toda, la idea del partido obrero independiente es, desde Marx, simplemente ésta: El proletariado sólo existe como clase cuando está organizado en partido rival de todos los partidos burgueses y pequeño-burgueses.

Se plantea, ahora, esta cuestión fundamental: ¿es correcta, o incluso posible, la perspectiva de un partido obrero independiente en una época de degeneración de las direcciones obreras tradicionales, en la que por esto mismo se impone la construcción de partidos revolucionarios de la IV° Internacional? ¿No debilitaremos la construcción de este partido trotskista y no corremos el riesgo de trabajar por un monstruo que terminará por devorarnos? ¿No es una aberración luchar por dos partidos diferentes? ¿Cuál es el aspecto que tendría un P.O.I. construido?

Es incuestionable que el pasaje de los partidos obreros tradicionales al campo del orden burgués es un fenómeno internacional que pone a la orden del día la construcción de la IV Internacional. Pero tenemos que tener presente que ésta es una caracterización viviente, no momificada, es decir que está sujeta a la lucha de clases; las leyes de la historia son más fuertes que los aparatos, se puede leer en el programa de transición. Junto a los partidos revolucionarios y contrarevolucionarios se encuentran las organizaciones centristas, que expresan la transición entre unos y otros. Por un lado, están las crisis de los pc y de los ps que dan lugar a agrupamientos que buscan una salida al impasse del stalinismo y del reformismo. También tenemos las corrientes revisionistas en la IV° Internacional o que coquetearon un tiempo con ésta, y que evolucionan hacia una colaboración con la burguesía. A los primeros se los ha calificado de centristas de izquierda y a los segundos de centristas de derecha. Por su misma naturaleza el centrismo es netamente transitorio, pero si no se tienen en cuenta estos procesos no se podrá construir ningún partido revolucionario en ningún país del mundo. EI C. de O. refleja su comprensión de este desarrollo viviente cuando propone la línea de trabajar por una “conferencia internacional abierta” de los partidos, fracciones o grupos que rompen con el stalinismo, el reformismo y el nacionalismo burgués.

La crisis política del movimiento obrero, que internacionalmente se expresa como la tendencia al choque entre el proletariado y sus direcciones traidoras (en un período internacional de avance revolucionario), tiene lugar en Argentina bajo la forma de la desperonización de la clase obrera, de la quiebra de la tutela del nacionalismo sobre el proletariado.

Por razones históricas precisas el heredero directo de esto no es PO, que no ha logrado someter a la experiencia de las masas el programa cuartainternaciolista, pero tampoco el stalinismo, comprometido ante los ojos de las masas por una infinita gama de traiciones. La envergadura de la debacle del nacionalismo, por un lado, y el raquitismo del partido revolucionario, por el otro, crean la posibilidad mayor (pero no la fatalidad) de un estadio transicional en el desarrollo político de la clase obrera argentina.

Es alrededor de este fenómeno central que se desarrollan gran parte de las discusiones políticas entre los enemigos del proletariado revolucionarlo. EI gobierno, de una parte, viene tratando de efectuar una labor de “recomposición” de una parte de la burocracia sindical que pueda ser utilizada para frenar y desorganizar políticamente a la clase obrera.

La burocracia sindical de los sindicatos norteamericanos y de la socialdemocracia europea, por otra parte, también han acrecentado su interés por darle un respaldo internacional a los burócratas argentinos, para que sigan sirviendo como barrera contra la independencia de clase y como puentes para un amplio trabajo de penetración imperialista en las organizaciones sindicales y en el país. EI stalinismo, por su lado, plantea la colaboración directa con un plan de regimentación obrera directamente controlado por él gobierno militar. EI “gran acuerdo nacional e internacional” totalitario tiene por objetivo común la destrucción de toda organización obrera independiente.

Esto mismo nos demuestra que no es cierto que en tanto la situación sea de retroceso y los trabajadores se encuentren empleados en batallas defensivas, la cuestión de la organización política independiente no se plantea de modo alguno. Se trata de un error que pierde de vista el carácter de la etapa actual.

Como parte del debate sobre el régimen estatal provisorio y el futuro del país, todas las fuerzas políticas sin excepción toman posición, o están obligadas a hacerlo, respecto al encuadramiento de los partidos políticos. Se discute el régimen de proscripciones y en esto están involucrados no sólo los “subversivos”, sino también sectores del peronismo y el Partido Comunista. Para el ala ‘dura’ el reconocimiento de estos equivaldría a “pactar” con la ‘subversión’. Todas las alas de la burocracia peronista y el stalismo se arrogan la representación de la clase obrera.

¿Qué posición tenemos nosotros frente a este debate concreto? Estamos obligados a dar una posición, y debe ser esta: los trabajadores deben opinar con su propia voz y no por medio de los burócratas digitados o auto-digitados del color que sean. Por el derecho pleno de todo el mundo (incluido expresamente PO) a las libertades políticas, “y por el derecho también de la clase obrera para organizarse en partido propio. No sólo debemos oponer la consigna de Constituyente a la dictadura, sino también debemos plantear el derecho a organizarse en partido obrero en oposición a todos los intentos) de la dictadura de someter al proletariado a la tutela de los dirigentes contrarrevolucionarios. Por la situación de retroceso y la ilegalidad no podemos aún postular una forma de organización concreta del p.o.i., pero ésta debe jugar ya un papel en la educación política, oponiéndolo sistemáticamente a la usurpación de la clase obrera por los traidores, que utilizan para ello la vigencia de una dictadura militar.

También hay que considerar la acción todavía incipiente de las llamadas “agrupaciones socialistas” (López Accoto, Moreau de Justo, Boero, García Costa) por conformar un partido socialista que intentaría recuperar, gracias a la debacle del peronismo, una posición electoral de significación.

Sus patrocinadores son bien concientes de que buscarían aprovechar -en una “apertura”- una brecha legal que les sería negada a otras corrientes obreras; e incluso al PC. EI PST parece apoyar resueltamente estos movimientos, porque son conformes a su línea de construir un partido centrista, no importa cuán a la derecha se coloque y cuánta sea su conciliación con el gobierno militar.

¿Cómo actuamos ante todo esto?

Estamos obligados a plantear el p. o. i. y a preparar políticamente su construcción, si queremos quebrar la política de regimentación y ponernos a la cabeza del proceso objetivo (independiente de nuestra voluntad) hacia la independencia de clase. Sólo nosotros, el partido revolucionario, PO, estamos realmente interesados en que se conforme y se desarrolle un p.o.i. como partido de lucha consecuente contra el capital.

EI hecho de que el p.o.i. represente a un reagrupamiento político independiente del proletariado distinto del partido revolucionarlo, no significa bajo ningún punto de vista que postulemos la construcción de un partido reformista o incluso centrista. EI programa que levantamos para la construcción de este partido es el sistema de reivindicaciones del programa de transición, que corresponde exactamente al nivel de conciencia de un p.o.i., pues dirige a las masas desde sus necesidades más inmediatas de lucha a la lucha por el gobierno obrero y campesino a nivel internacional. A todas las propuestas definitivamente centristas o reformistas debemos oponer el programa transitorio y tomar la iniciativa. EI p.o.i. lo debemos definir por el lado negativo: como una ruptura con el nacionalismo burgués y con todo tipo de tutela del capital. SI decimos en cambio que nos proponemos construir un partido centrista, por ejemplo, lo estamos planteando bajo la forma de una oposición a la construcción del partido revolucionario, lo que equivale a sabotear a este último.

Una cosa distinta será el definirnos frente a un p.o.i. ya construido: como en éste pueden llegar a intervenir toda una gama de corrientes, su caracterización variará dentro de todas las variantes del centrismo, que en su forma más avanzada será la de un p.o.i. que agrupará a fuerzas variadas, pero con nosotros en la dirección, lo que acelerará el tránsito hacia un p.o.r. de masas.

Pero no se trata de especular sobre todas las alternativas posibles: el carácter del p.o.i. dependerá de su programa. Para nosotros el p.o.i. debe ser un partido que tenga por programa las reivindicaciones antiimperialistas y transitorias, y en su dirección a la vanguardia revolucionaria. EI planteo de construir un p.o.i. no debe ser de ninguna manera un planteo clandestino: debemos propugnarlo abiertamente en calidad de PO, y vincularlo de un modo especifico en cada etapa al reforzamiento de nuestro partido. EI p.o.i. no es un frente único con otros partidos, sino la organización de lucha por la independencia política del proletariado sobre la base de un programa, en un cuadro de libertad para tendencias obreras que defiendan al p.o.i., aunque sean divergentes entre sí y con el programa de la IV Internacional.

La lucha por un p.o.i. debe ser distinguida de la oportunidad de su proclamación como tal, que debe estar condicionada por entero a la situación política y subordinada al interés de la victoria de la revolución proletaria. Parece más o menos claro, por ejemplo, el rol inmensamente progresivo que tendría la proclamación de un p.o.i. en una nueva etapa de “desvio democrático”, para agrupar a las masas contra la burguesía; pero la emergencia de una etapa así no es fatal y la caída de la dictadura podría ser seguida de una situación de crisis revolucionaria avanzada y de doble poder. En este caso, un desarrollo de los soviets, que serían una expresión revolucionaria directa de independencia política, podría obligarnos a una abierta proclamación de P.O. como partido revolucionario sobre la base de un programa de defensa consecuente de los soviets y la dictadura proletaria, en oposición no ya solo a los partidos de la burguesía, sino también a los obreros contrarevolucionarios y centristas. EI trabajo por el p.o.i. se cristalizarla de esta manera concreta en una lucha directa por el p.o.r, de masas. La lucha por el p.o. i. debe estar subordinada a los intereses supremos de la victoria de la revolución y la construcción del p.o.r.

La consigna del p.o.i. se desprende de las características de la etapa política, a saber, de la necesidad de contraponer al fracaso y a la debacle del nacionalismo burgués la conquista de la organización política autónoma del proletariado. Este planteo tiene una gran importancia orientadora en la situación política presente y es un instrumento de educación para los obreros de vanguardia, así como para su acercamiento a nuestro partido. La consigna del p.o.i. tiene un lugar destacado en la agitación política como un punto del programa de acción, es decir, como un punto que surge de la situación política. Pero no debe figurar en el programa de nuestro partido, el que deberá señalar con toda claridad que la victoria completa de la revolución socialista internacional depende de la construcción de la IV° Internacional y de partidos obreros revolucionarios que sean sus secciones.

EI trabajo entre las masas

Está fuera de nuestro alcance poder determinar la duración de esta etapa interrevolucionaria, ni el ritmo del renacimiento de las condiciones revolucionarias. Lo que sí está claro es que el ascenso de la dictadura militar no ha abolido los problemas de orden político (muchos de ellos se han exacerbado). Estamos obligados a definirnos frente a ellos y a intervenir activamente a través de la propaganda y la agitación. Pero esta intervención política sólo puede tener fundamentos serios si se apoya en la constante observación y análisis de la situación económica y política; en una firme intervención de nuestra parte en todos los movimientos defensivo; actuando como organizadores inteligentes y dirigentes responsables de las huelgas; jugando un papel de primer orden en la recuperación de los sindicatos y de las organizaciones de la juventud; impulsando la lucha por el aumento salarial, la libre contratación, y la vigencia de las conquistas laborales derogadas; ocupando un lugar destacado en la resistencia a los atropellos y asesinatos y en la defensa consecuente de todo derecho democrático de cualquier clase social de la población. En el curso de este período defensivo y de represión debemos reforzar y mejorar nuestra organización clandestina. Pero esto es imposible al margen de la lucha de las masas. EI aparato ilegal tendrá mayores posibilidades de desarrollo si más profunda es la penetración del partido entre las masas y cuanto más rodeado se encuentre por organizaciones de masas legales e ilegales (comités unitarios, sindicatos combativos, comités estudiantiles, comisiones de defensa de los presos, organización de la juventud, periferia organizada de simpatizantes, etc.).

La crisis política gubernamental no ha cesado un solo día desde el momento del golpe, agravada por la extrema lentitud de la recuperación económica y la resistencia obrera incipiente.

En distintas oportunidades, pero en particular con el “caso Graiver”, el P.C. ha lanzado declaraciones sobre el peligro de un golpe de estado pinochetista.

En nuestra opinión no existe el riesgo inminente de un golpe de estado, debido a que todas las fracciones militares comprenden que ello entrañaría la seria posibilidad de un dislocamiento de las fuerzas armadas. Por otro lado, el llamado pinochetismo no tiene posiciones en la Junta Militar (actúa en minoría en los Consejos de Generales y probablemente de almirantes y brigadieres, aunque es más fuerte en los mandos inmediatamente inferiores), ni un programa político o económico alternativo al del videlismo. La ofensiva derechista contra todo tipo de “apertura” está impulsada por una tendencia real del gobierno militar, es decir, la necesidad de dar cuenta de la resistencia de masas y superar las divergencias interburguesas mediante una dictadura sin máscaras. EI ala videlista, lejos de resistir estas presiones se pliega ante ellas para evitar una escisión militar. Todo esto no significa que deba descartarse en forma absoluta la posibilidad de que la diferencia entre las fracciones militares escape de control. Es un hecho que el “asunto Graiver” le fue impuesto al gobierno por la derecha militar, que tiene por uno de sus objetivos hacer saltar al lanuassismo y a todos los representantes directos del ex GAN y de la “institucionalización”. Pero el peligro está en que llevado hasta sus últimas consecuencias el “asunto Graiver” debe comprometer a todo el alto mando militar que fijó la política del gobierno de Lanusse y la de los comandantes en jefe bajo Cámpora y Perón (Carcagno, Anaya). equivale a poner a juicio a las fuerzas armadas. Por esto, no es suficiente decir que el “asunto Graiver” es un asunto urdido por el golpismo derechista; también hay que señalar que encierra en potencia una división militar. Nuestra política no debe ser la de denunciar el peligro del golpe, aunque sí debemos reclamar,ante quienes lo denuncian una política antigolpista independiente de todo apoyo a Videla y enérgicamente crítica del gobierno de éste como encubridor del terror y como cabeza de la dictadura asesina. Pero al mismo tiempo debemos denunciar que el gobierno no quiere ir al fondo del “caso” y de que lo quiere tapar, y debemos mostrar (que Graiver, Gelbard y compañía fueron en su momento uno de los ejes políticos y económicos de toda la burguesía sin excepción (militares, políticos, empresarios) para prevenir un estallido revolucionario mediante el GAN y el regreso de Perón. Hay que denunciar la complicidad de todos ellos en el gobierno peronista y en la corrupción y el terror que los caracterizó. La ofensiva derechista puede escapar al control de sus iniciadores. A diferencia del Stalinismo no tenemos nada que perder con una división militar.

EI gobierno sigue una política de intervención indefinida de los sindicatos y de ilegalización por tiempo indeterminado de la CGT. Su finalidad es un sindicalismo regimentado y desmembrado, bajo digitación militar. La constitución de “comisiones asesoras” de burócratas para formar el relevo futuro de los militares está relacionada con lo anterior y busca la creación, no ya de una dirección colaboracionistas, sino títere.

La consigna de “legalidad para una CGT y Sindicatos totalmente independientes de los patronos y del Estado” time para nosotros una enorme validez. Debe servir para denunciar el carácter destructor de las organizaciones obreras de la dictadura, así como el compromiso con esto por parte de la burocracia y el stalinismo. Debe servir para orientar a los trabajadores ante las discusiones sobre la “legislación sindical”. Pero no puede reducirse a esto: la reconquista de los sindicatos sólo será el resultado de la lucha, y debe ser planteada en conexión directa con ella. Todo petitorio, todo reclamo debe dar pie a la elección de representantes y delegados, y a la formación de comités de éstos por fábrica. Cuando las movilizaciones por reclamos abarquen al conjunto de un gremio o regional, habrá que conectar el reclamo de funcionamiento de los sindicatos por medio de plenarios o congresos de delegados o representantes. Las iniciativas prácticas en este sentido dependerán de factores que serán examinados en cada circunstancia, pero ello no es obstáculo para que aparezca en la forma de agitación y sea sometido al juicio de los trabajadores en lucha. Debemos aprovechar toda brecha en la represión oficial o burocrática para promover el funcionamiento de los sindicatos (cosa que puede darse en regionales y en los de CTERA).

La función principal de la burocracia sindical en todo este año ha sido bloquear el movimiento de resistencia huelguística e impedir la revitalización de las organizaciones sindicales. Esta ha sido la experiencia de los conflictos de Luz y Fuerza y Telefónicos, entre otros. En ninguno de los dos casos la burocracia ofreció un programa de lucha sino de rendición: abandono de los 200 despidos a cambio de la no aplicación de la ley; admisión de la aplicación de ésta, pero con modificaciones; rendición incondicional, finalmente tampoco jugó un papel organizador; no asambleas, no plenarios de delegados sistemáticos, no comisiones de lucha, no asamblea general para decidir. La capitulación y la desorganización no son las características de una política progresiva, que es como el P.S.T. ha definido la conducta de la burocracia. Luego de estas luchas el colaboracionismo de la burocracia con la dictadura se ha intensificado y no atenuado, por la mayor presión militar y por la necesidad de acentuar la labor de dislocamiento preventivo de nuevas huelgas.

Nuestra organización no puede limitarse a la propaganda y a la agitación, ni tampoco a la ligazón en el momento oportuno entre las luchas obreras y la revitalización de los sindicatos, al margen de la autorización oficial. Es necesario unir en forma permanente la propaganda, la agitación y la organización, de modo de preparar las batallas futuras y reforzar al p.r.

La formación de comités unitarios responde enteramente a esa necesidad. No se trata todavía de organismos de frente único (es decir, que involucren a los otros partidos que militan en el campo obrero), sino del agrupamiento de los activistas interesados en reorganizar las organizaciones de fábrica tras un programa de reivindicaciones inmediatas y de libertades democráticas. Pero debemos considerar la presencia y la actividad de los otros partidos y desplegar un trabajo especial por el frente único con estos (sea dentro de los c.u., o formando parte estos del frente común). La campaña por el frente único de defensa debe ser constante por parte nuestra, y debemos precisar las iniciativas prácticas de organización y de lucha que las organizaciones debieran emprender unidas: por actos y manifestaciones por los desaparecidos y por las libertades; por el sostenimiento y apoyo a un movimiento de huelga, por la reorganización sindical en las fábricas y en los lugares de estudio; por la formación de comisiones de investigación y castigo de los crímenes derechistas.

Una campaña por comités unitarios sólo puede emprenderse alrededor de un eje político de dimensiones nacionales. Este no puede ser ni la Asamblea Constituyente, ni el p.o.i., pues estos tienen un carácter de esclarecimiento y preparación políticos; querer imponerlos aprovechando el prestigio de nuestros cuadros será convertirlos en pequeños núcleos títeres de nuestro partido, o de lo contrario introducir un factor de choque y división.

En nuestra opinión existen tres puntos que sirven adecúa da mente para la campaña nacional: 1) Aumento salarial del 100% y libre negociación de los convenios; 2) por la legalidad para la CGT y los sindicatos independientes de los patrones y del Estado; 3) por la libertad de los compañeros presos y la plena vigencia de los derechos constitucionales.

Esta campana todavía requiere mucha preparación, y un paso en este sentido podría ser una conferencia obrera ampliada de nuestra organización -dedicada a discutir la situación y la política a seguir en el movimiento obrero en un sentido tanto estratégico como táctico- en la que tendrían participación los cuadros más destacados de los c.u.

Los c.u. no son fracciones sindicales sino organismos políticos unitarios de la clase obrera. En determinado momento podrán jugar un gran rol en la formación de agrupaciones o listas dirigidas a aprovechar emergencias electorales en los sindicatos. En la medida que se destaquen y se desarrollen podrán ocupar un lugar excepcional en el reagrupamiento nacional del movimiento clasista en los sindicatos. Un método análogo puede aplicarse en el movimiento de la juventud, en relación a sus ejes, y en una etapa más avanzada, prerrevolucionaria, podría proyectarse un movimiento nacional común. Una recomendación práctica que podría ser de gran utilidad sería que se confeccione una lista de las 15 principales fábricas por su importancia en nuestra actividad, reservada a la dirección, para seguir de un modo sistemático la progresión de nuestro trabajo construcción de los c.u. y reclutamiento para el p.

Descuidaríamos bastante la atención de los ejes de nuestra actividad en el presente período si no tomáramos en cuenta la necesidad de un trabajo político sobre la izquierda peronista, el P.C. y el P.S.T. -todos afectados en distinto grado por su capitulación en el período anterior al golpe y por la adaptación ante el golpe y el gobierno militares. En el caso de montoneros su desmantelamiento no ya militar sino principalmente político no deja lugar a dudas, y constituyen legión los que se cuestionan el papel que ha jugado esa organización.

En el caso del P.C. tenemos una situación de crisis potencial por los zigzags de Isabel a Videla, así como por el fracaso de las perspectivas que se forjaron a sí mismos de tolerancia legal por parte de la dictadura. En el caso del PST existe una generalizada disconformidad con la orientación de la dirección y con el balance apologético que ésta ofrece de su trayectoria desde el bloque de los 8 hasta hoy. No se trata solo de que nuestra prensa haga un trabajo político sistemático de las posiciones de estas corrientes; tenemos que ir más allá: abordar sistemáticamente a sus militantes, presentar cuidadosamente nuestra crítica (adaptada para cada caso) y establecer relaciones orgánicas con los disidentes. En el caso de montos tenemos que tener en cuenta el peligro de ir a verlos y la situación de fundición de los disidentes, lo que determina que sean secundarios en esta etapa. EI PC y el PST son fundamentales: en el caso de este último debemos emprender los mayores esfuerzos porque puede rendimos frutos más inmediatos.

“… aquellos que tuvieron que pasar por los largos años de batallas revolucionarias -dice L. – en el período de ascenso de la revolución y en el período cuando la revolución entró en declinación, cuando las masas no respondían a los llamados revolucionarios, saben que de cualquier manera la revolución siempre vuelve a levantarse”.

Esta es la carta s. N°1 de 1977. Su carácter excepcionalmente largo se debe a que constituye un reencuadramiento de la situación política. Esto explica la tardanza en sacarla después del verano: porque debía comenzar por un análisis de fondo que estaba en curso en el seno de la dirección. Esta CS está propuesta a la discusión del CEN y del CC para que figure como documento de congreso. Se basa, en una parte considerable, en discusiones habidas en estos organismos sobre la base de un informe de JA.

20/4/77

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