Los intelectuales ante la crisis (sobre la ‘intelligentsia’ latinoamericana)


La ‘intelligentsia’ latinoamericana está en el gobierno. Son los intelectuales contestatarios o críticos de la década del 60 y del 70, muchos de ellos víctimas de los regímenes militares de la época, perseguidos y desterrados. Fueron opositores a las dictaduras, coquetearon o adhirieron a la izquierda, se proclamaron nacionalistas y socialistas —o ambas cosas a la vez— y aun revolucionarios. Formaron parte de la generación que fue testigo y protagonista del impacto continental de la revolución cubana del '59. Es la intelectualidad que frecuentó las aulas de la Universidad cuando, a partir de la posguerra, una verdadera explosión de la matrícula se extendió por todos los poros de la enseñanza superior.


 


Son, entonces, los intelectuales que se formaron en una época muy particular de este siglo, la del ‘boom’ económico que sigue a las dos guerras mundiales y a la crisis generalizada que dominó la primera mitad del novecientos. En la Universidad se generaliza el estudio del ‘desarrollo’ como una rama específica de la economía y aun de la ciencia social. Mientras los economistas se preocupan con el atraso y el crecimiento, con la ‘dependencia’ y el despegue del proceso de desenvolvimiento, los sociólogos buscan una órbita mayor para explicar el acceso a la ‘modernización’. El contexto general es de optimismo, de creencia en el progreso. Se fundan nuevas carreras y disciplinas en el área de las denominadas ciencias humanas y se renuevan las instituciones heredadas de la etapa más conservadora y elitista de la enseñanza superior, normalmente entrelazada con la reacción política o el clero.


 


La intelectualidad que nos ocupa es, en consecuencia, la que constituye las primeras ‘promociones’ de ‘dentistas sociales’ de esta época. Es la ‘intelligentsia’ que debutará con sus cursos de ‘posgrado' en el exterior y ostentará su diploma respectivo en una universidad anglosajona o europea como distinción casi jerárquica; la que inaugurará el ‘modelo’ de los títulos de ‘master’ y los ‘doctorados’ en suelo nativo.


 


Son, también, los intelectuales que en el 68 simpatizaron o se embanderaron con la revuelta obrero-estudiantil del ‘mayo francés'. Fueron víctimas de la Universidad golpeada en la ‘noche de los bastones largos’ en la Argentina de 1966, masacrada poco después en la plaza mexicana de Tlatelolco (donde la represión policial se cobró la vida de decenas de estudiantes), reprimida en el mismo año 1968 en la ‘rúa María Antonia' —sede de una facultad de la Universidad de San Pablo en Brasil. Fueron éstos, que acabamos de citar, los antecedentes del 70, de los Pinochet y Videla, por cuya sustitución la ‘intelligentsia’ latinoamericana trabajó a su modo. Fue como parte de tal labor que comenzó a salir del aula y la academia para integrarse a los partidos que se reclamaban de la democracia, someterse al voto de la ciudadanía en algunos casos, conformar las asesorías de los nuevos administradores civiles, etc…


 


Cualquiera sea la dificultad para definir con rigor sociológico a los intelectuales que retratamos, el proceso vivo de la historia reciente ilustra sobre su trayectoria con más claridad que cualquier preciosismo conceptual. Es la ‘intelligentsia' que hoy enfrenta la crisis desde el poder. Desde aquella fortaleza que alguna vez imaginó destruir y que hoy la cobija. En Brasil, esta evolución de los intelectuales, de la oposición al poder, tiene un carácter casi emblemático por la peculiar tradición de Fernando Henrique Cardoso, un representante muy calificado de la ‘intelligentsia’ de izquierda continental, expulsado de la Universidad y de su país por los golpistas del 64 y que gozaba ya de un amplio reconocimiento internacional en los medios académicos, universitarios y profesionales desde varios años atrás.


 


Pero, claro está, no se trata de un fenómeno nacional, propio del gigantesco país latinoamericano. En Argentina, la intelectualidad ‘progresista’ se sumó en masa al gobierno de Raúl Alfonsín y actuó inclusive como grupo en la trastienda del ‘palacio’, redactando discursos presidenciales, actuando como usina ideológica, copando ámbitos culturales de las más diversas características. En tales ámbitos, en fundaciones y organismos internacionales, se movió también muy tempranamente el exilio de la ‘intelligentsia’ chilena y desde allí pasó al poder en la coalición cristiano socialista que ahora co-gobierna en Chile con el viejo general Pinochet. Del exilio, y de la cárcel, volvieron asimismo los intelectuales de la Banda Oriental para integrarse en el Frente Amplio uruguayo y alcanzar de este modo sus propias posiciones en el aparato del Estado: en el gobierno de la capital del país — Montevideo— y como parte de un acuerdo general para darle una base tripartita al régimen político nacional, tradicionalmente bimembre, con los partidos Blanco y Colorado. En Bolivia, el gobierno ‘neoliberal’, presidido por un hombre que habla mejor el inglés que el español, se dice heredero del nacionalismo más radicalizado y cuenta con el respaldo del MIR, ‘Movimiento de Izquierda Revolucionaria’. Es un signo de estos tiempos, algo que indudablemente no es un atributo específico del suelo latinoamericano—si para alguien sirve tan triste consuelo.


 


Partidos de Estado, intelectuales del Estado. Su discurso y su acción de fin de siglo no ofrecen demasiados misterios, porque forman parte de nuestra cotidianeidad: son las ‘privatizaciones’ para rescatar los mercados cautivos en favor del capital financiero con garantía estatal; es el pago del endeudamiento fraudulento y el operativo de salvataje de la banca y el negocio de la usura internacional (consumado bajo la denominación de ‘Plan Brady’ en los últimos años), es —también— la abolición del derecho laboral con más de un siglo de existencia y —por último— el encubrimiento, protección y complicidad con los crímenes, pasados y presentes, de los ‘guardianes del orden’.


 


El abordaje pertinente


 


¿De qué se trata? ¿Servilismo, sometimiento, traición? De todo esto hay un poco. Pero no es sólo quiebra y ruptura, porque este cambio de actitudes y posiciones de los intelectuales está recorrido por una cierta racionalidad que debe ser explicada. Importa examinar, en consecuencia, e cuadro más general que explica la evolución citada; un proceso que, además, no tiene siquiera el mérito de la originalidad histórica, puesto que el examen del pasado brindaría innumerables ejemplos de la adhesión de la intelectualidad ‘critica’ al orden establecido y de abanderamiento con políticas reaccionarias, antiobreras y antipopulares.


 


Concretamente: el pasaje del campo del progreso social o la izquierda —apelando deliberadamente a la ambigüedad de las palabras—, al terreno del comando del aparato estatal de los explotadores no es una mera retirada. Es necesario —y posible— entenderlo a partir, inclusive, de las limitaciones de los anteriores planteamientos de la ‘intelligentsia‘ y extraer, al respecto algunas conclusiones significativas.


 


Naturalmente, la crítica a los intelectuales encuentra una barrera relativamente natural para desarrollarse en el propio medio, un obstáculo que remite a la articulación corporativa y a la característica específica de su existencia social. Los ‘cientistas sociales’ cultivan el mito según el cual la ‘intelligentsia’ detenta el privilegio epistemológico de aproximarse a la verdad sin los condicionamientos propios de quienes se encuentran atados a intereses materiales específicos de la sociedad civil. El planteo es, en realidad, ficticio porque los intelectuales que aquí retratamos están vinculados por innumerables y diversos eslabones a la cadena de mandos de la sociedad clasista, a su Estado, a sus instituciones y -— por supuesto— a sus mecanismos particulares de financia- miento y administración de recursos.


La ‘intelligentsia’ no escapa, por lo tanto, a la determinación básica —en materia de ciencia social, precisamente según la cual es la existencia la que determina la conciencia y no lo contrario. Un principio que choca casi visceralmente con la percepción que la mayoría de los intelectuales tienen de sí mismos y de su modo de vida.


 


Una reflexión sobre el tema ‘los intelectuales y la crisis debiera proceder, entonces, a explicar a los primeros por la especificidad de la segunda. No es posible analizar la trayectoria de la ‘intelligentsia', devenida en personal de gobierno, sin mencionar, por ejemplo, el derrumbe del stalinismo y su vinculación con la crisis, la miseria social y la descomposición que dominan la economía mundial capitalista en plena proximidad del siglo XXI. El propósito de estos apuntes es, por lo tanto, descubrir el significado de la ‘evolución intelectual’, por así llamarla, de los propios intelectuales en relación con el cuadro político y social en el cual se procesó. Comenzaremos, en este sentido, analizando algunas ideas de los trabajos de Fernando Henrique Cardo- so, no con el propósito de concretar un ‘estudio de caso’, sino con la finalidad de valernos de su significado más general como testimonio de los planteos de gran parte de los intelectuales latinoamericanos a los que aludimos.


 


Sobre la burguesía nacional…


 


Para nuestro cometido podemos tomar como punto de partida una de las primeras investigaciones que realizó, precisamente, el entonces joven profesor Fernando Henrique Cardoso. Su objetivo era analizar las pautas de conducta y de creencias del empresariado argentino y brasileño. Este trabajo, realizado a fines de la década del 50, le permitió observar algo que muchas veces Cardoso juzgó como una sorpresa en relación a sus propias ideas previas. Básicamente, el estudio de campo y las encuestas formuladas no revelaban la existencia de una ‘burguesía nacional’ con tintes antiimperialistas, capaz de liderar un proceso de independencia y autonomía respecto a la opresión metropolitana y del capital financiero.


 


Es decir, los resultados del estudio cuestionaban el planteo central de los movimientos nacionalistas y del stalinismo, entonces muy en boga, que proclamaban precisamente la necesidad de que el movimiento obrero, en particu-lar, y el pueblo en general, debían someterse a la dirección de la mentada ‘burguesía nativa’ para consumar una ‘revolución nacional’ que abriera un desarrollo capitalista independiente a nuestros países. Este último sería, a su turno, la condición de un ulterior desarrollo más puro de la confrontación entre los polos sociales opuestos de la sociedad burguesa (proletarios y capitalistas). Para esa etapa histórica posterior, en consecuencia, quedaría relegada una eventual revolución socialista, es decir, bajo el liderazgo de la propia clase obrera.


 


Desde el punto de vista teórico, esta formulación —que Fernando Henrique entendió poner en duda con su propia investigación— reiteraba los puntos de vista de las corrientes premarxistas y antisocialistas de principios de siglo y negaba la lección de la primera revolución socialista victoriosa de la historia, es decir, del ‘octubre’ ruso de 1917. Pero esta observación escapó por completo al Cardoso investigador juvenil, lo que reflejaba la débil asimilación del marxismo al cual los intelectuales decían entonces adherir.


 


Fue el propio Marx el que estableció el carácter conservador e inclusive contrarrevolucionario que adoptaba la burguesía frente a su propia ‘revolución nacional'. Marx explicó la contradicción como un resultado del propio proceso histórico: en la medida en que la revolución se demoraba, la burguesía debía enfrentarse no sólo con los representantes del 'ancien régime’ sino con el movimiento obrero, con el proletariado que crecía a la sombra del desarrollo capitalista en el seno de la vieja sociedad, todavía medieval y monárquica en sus instituciones políticas fundamentales. Esta fue la principal lección que Marx llamó a considerar luego de la experiencia sobre el papel jugado por la burguesía alemana en los episodios de la revolución europea de 1848 (opuesto a la conducta revolucionaria de su congénere francesa en 1789)


Más importante todavía, en segundo lugar, es que la propia idea de una ‘revolución nacional' implica una completa regresión en relación al análisis marxista de la última etapa de desarrollo del capitalismo, la denominada fase imperialista El mercado capitalista y las relaciones sociales que le son propias se expanden, entonces, fuera de los marcos puramente nacionales en que se habían originalmente desenvuelto. La cuestión de la transformación social en un país se torna inabordable si no es a la escala de una caracterización concreta de este desarrollo internacional del capital.


Por eso, cuando a los líderes de la revolución de octubre del 17 se les indagó sobre si Rusia estaba madura para el socialismo, la respuesta fue: no; lo que está maduro para el socialismo no es Rusia sino el mundo. La revolución rusa se consumó conscientemente como episodio de una revolución internacional y no como posibilidad de construcción del socialismo ‘nacional’, es decir, al interior de un solo país. Metodológicamente, por lo tanto, la definición sobre el carácter socialista de la revolución que encabezó el bolchevismo no suponía en absoluto el negar el atraso del país, la insuficiencia de su desarrollo capitalista, el peso de las clases sociales resultantes de ese atraso, etc. La mecánica de clase de la revolución debía establecerse, sin embargo, a la luz de la naturaleza específica del imperialismo como forma de existencia del capital.


 


…la dependencia y el desarrollo


 


La conclusión que Cardoso y la mayoría de la ‘intelligentsia’ latinoamericana extrajeron de su propia experiencia se encuentra, sin embargo, en las antípodas de lo que acabamos de indicar. Esperaban ver una burguesía belicosa y ‘nacional’ como testimonio mismo de la existencia de la opresión imperialista. No comprobaron lo primero y concluyeron negando lo segundo: el problema imperialista no existía, la llamada ‘cuestión nacional’ era, prácticamente, un invento del propio nacionalismo o un planteamiento errado, fruto de sus limitaciones. Se creía ver la confirmación de estas tesis en la conducta de la propia burguesía nacional, así como en el fracaso de los gobiernos nacionalistas y desarrollistas del 50 y el 60. Todo esto fue expuesto de una forma tortuosa, no de manera directa y transparente, pero informa todo el contenido del muy conocido libro —escrito por el propio Cardoso y Enzo Falleto, sobre el final de la década de los 60— que lleva como título “Dependencia y desarrollo en América Latina: un ensayo de interpretación sociológica"— y que es una suerte de best-seller de toda facultad de ciencias humanas del continente, aún en la actualidad.


 


El trabajo de Cardoso y Faletto se concentra en establecer una tipología de las economías latinoamericanas, en las cuales el ‘atraso‘ aparece como resultado de un proceso histórico de 'dependencia’ en el que se combinan las variables económicas, sociales y políticas en una ‘estructura’ determinada (economías de control nacional, economías de enclave, etc.). El punto fundamental, sin embargo, es la ausencia en todo el análisis de una adecuada caracterización del fenómeno imperialista, con lo cual todo el ‘modelo’ tiene un carácter abstracto, es decir, ahistórico. Su pretendida apelación a la historicidad para comprenderla dinámica de las sociedades latinoamericanas queda reducida a una crónica vacía de referencia conceptual.


 


Resultará sorprendente que en un texto considerado clave para comprender la ‘dependencia’, pongamos de relieve, sin embargo, la ignorancia sobre el imperialismo Si uno aborda de manera superficial la obra, la impresión inclusive, es la contraria: los autores explicitan su voluntad de establecer la dependencia como un dato ‘estructural’ esto es, del conjunto de las determinaciones económicas y sociales de los países latinoamericanos. Por ende, la apariencia es no sólo que no se ignora al imperialismo sino que se lo incorpora como algo omnipresente en los conflictos de clases de nuestras naciones. Pero el imperialismo no puede reducirse a un problema de ‘dependencia’, y aun desde esta limitada óptica, el enfoque de Cardoso está totalmente falseado, se contrapone a lo sucedido en la historia real


Esto último se verifica en un error muy grosero de la obra que sirve como prueba de la total incomprensión del problema nacional y del imperialismo. Nos referimos al análisis de la coalición que se formara en la Argentina de posguerra entre el stalinismo —Partido Comunista— y los partidos oligárquicos, como una expresión de ‘política obrera' contra el nacionalismo burgués. Lo cierto es que tal coalición se formó, con el apoyo de la embajada norteamericana para enfrentar el ascenso del general Perón desde el punto de vista del propio imperialismo y contó con el apoyo del Partido Comunista nativo no como expresión de la ‘política obrera’ sino como evidencia de la naturaleza antiobrera del stalinismo. Esta definición tan enormemente equivocada de la reaccionaria Unión Democrática argentina de 1945 —tal el nombre de la célebre alianza- llama la atención más todavía si se tiene en cuenta que el fuerte de ‘Desarrollo v dependencia…’ pretende ser el enfoque sociológico y político de la historia latinoamericana.


 


Imperialismo, historia y capital


 


La omisión sobre el significado del imperialismo en una obra que se presentó como la última palabra en materia de comprensión del vínculo entre los países latinoamericanos y las grandes potencias tiene, en este caso, una importancia completamente decisiva. El imperialismo es, antes de todo un estadio de desarrollo del capitalismo en el cual éste agota sus posibilidades históricas, que consisten justamente en el establecimiento de la gran industria y la creación del mercado mundial.


 


El capitalismo se transforma en imperialismo sólo en una fase muy alta del desarrollo; cuando algunas de sus características originales se transforman de tal modo que devienen en la negación del propio mercado y aun del capital, reclamando de este modo nuevas relaciones sociales de producción entre los hombres. La libre competencia da lugar al monopolio; la violencia y la fuerza sustituyen al progreso técnico como recurso de existencia del capital, el reparto del mundo se acaba. El mercado mundial se impone cuando el propio mercado tiende a ser superado por la dimensión adquirida por las gigantescas corporaciones empresarias, que operan a escala planetaria; cuando las formas parasitarias del capital dominan en forma creciente y se desenvuelve el capital financiero; cuando llega al paroxismo la contradicción entre el carácter social de la producción y la naturaleza privada de la apropiación de los medios productivos. Como parte de estas transformaciones y de la internacionalización de las fuerzas productivas, el imperialismo cancela la posibilidad del acceso independiente al mercado mundial de la nuevas naciones, invadidas por el capital metropolitano cuando se encuentran en un estadio de desarrollo más primitivo.


 


Todo esto está ausente en el muy leído ‘Desarrollo y dependencia…’, lo que significa que gira en el aire porque carece de una apreciación del momento histórico. En su comienzo define su objeto de investigación como el referido al ‘desarrollo autosostenido’ de los países latinoamericanos, una categoría no ya ahistórica sino asocial. La idea, en la época contemporánea, de un desarrollo autosostenido de cualquier país— incluidos los llamados ‘desarrollados’—, es un desatino debido, justamente, al fenómeno de internacionalización de las fuerzas productivas.


 


No es casualidad que todo el libro de Cardoso y Faletto se incubara en la usina ideológica de la CEPAL, un organismo de las Naciones Unidas cuyos funcionarios son designados por los gobiernos latinoamericanos, y que se especializó en tejer una versión inconexa y ecléctica de la dependencia (ausencia de un parque industrial integrado, inexistencia de mecanismos de incorporación del progreso tecnológico, producción predominantemente agropecuaria, inadecuación institucional, etc.), a la cual se le intentó dar un tono progresista en los medios académicos. El líder de este organismo —Raúl Prebisch— era un argentino, cuyo paso más notorio por el escenario político de su país fue como autor del ‘plan económico’ de uno de los gobiernos más reaccionarios y antipopulares del país, como es el que emergió del golpe militar de la llamada Revolución Libertadora que derrocara al general Perón, y que muy tempranamente asociara a la Argentina al Fondo Monetario Internacional. Es bajo el ala del ‘cepalismo’ y de Prebisch que la ‘intelligentsia’ latinoamericana abandonó sus posiciones afines al viejo nacionalismo y a la retórica antiimperialista e inició el rumbo de su modernización, con fraseología demo-crática e incluso socializante.


 


En consonancia con este planteo, el progreso dejó de ser concebido en términos de independencia nacional, en la medida en que esto significara lucha contra el imperialismo como expresión de la forma específica de la explotación capitalista y de la división del mundo en naciones desarrolladas opresoras y países atrasados oprimidos. El cometido de la independencia nacional fue sustituido por el 'desarrollo autosostenido’ de marras. Un desarrollo que comienza a concebirse en la época, como el resultado posible de una empresa común y viable entre la burguesía nacional y la extranjera. En estos términos, precisamente, ‘dependencia y desarrollo’ dejarían, por lo tanto, de ser conceptos antagónicos, una de las conclusiones que Cardoso consideraba como la tesis fuerte de su propia obra.


 


La reinvención de Keynes


 


En este contexto, el eje de gravitación del análisis se desplazó, casi naturalmente, a la posibilidad del arbitraje estatal para instrumentar la cooperación entre el capital nativo y el foráneo; esto en la medida adecuada, para “preservar el interés nacional y popular” (algo indispensable para asegurar el ‘marketing’ del discurso teórico y político correspondiente). En ese terreno, los ‘politicólogos’ de la intelectualidad modernizante se sintieron llamados a actuar como si estuvieran en su propia casa, como si fuera la consumación propia de su tarea de ‘dentistas sociales’. Un paso importante en la fundamentación de las posibilidades de la utilización del Estado como agente del ‘cambio social’ fue, a este fin, la revalorización, desde la izquierda académica, del keynesianismo. Keynes —caballero inglés, intelectual acabado por formación, por sus relaciones y por su forma de vida— es quien, algunos años antes, frente a las evidencias de derrumbe capitalista había planteado la necesidad de una política activa de intervención del Estado en la economía.


La intelectualidad brasileña volvió a liderar en este caso la moda respectiva: la compatibilidad entre Keynes y Marx, las ventajas de la economía ‘mixta’, la capacidad regulatoria del Estado, se transformaron entonces en los temas del momento. En la universidad brasileña, los textos de Kalecki —un economista polaco que intentó justamente traducir a Keynes en lenguaje marxista— aparecían como lo auténticamente novedoso. La política keynesiana fue presentada como una suerte de regeneración posible del capitalismo, de su capacidad de recuperar una dimensión abandonada cuando regía apenas el mercado. Con Keynes se habría producido —se decía— ni más ni menos que una revolución teórica de la economía como ciencia, equiparable en su significado a los planteos fundacionales de Adam Smith y David Ricardo.


 


No obstante, desde el punto de vista histórico, el agotamiento del mercado como regulador de la distribución del trabajo social es un síntoma del propio agotamiento de las posibilidades del capital. La eliminación del mercado, el predominio de la gran corporación y el monopolio son manifestaciones de que ya no es la llamada libre competencia lo que domina la vida económica. Pero ésta fue una de las características revolucionarias del capitalismo, porque constituía el mayor estímulo para el desarrollo de las fuerzas productivas: se imponía el que consiguiera, progreso técnico mediante, abaratar sus productos ante los competidores. Como este proceso conduce a la concentración y centralización del capital, es la libre competencia la que crea las condiciones para su propio entierro: el dominio del mercado por un número reducido de empresas de dimensiones planetarias.


 


Esta tendencia del mercado a desaparecer como resultado del propio desarrollo del capital es otra prueba de que las relaciones de producción capitalistas han cumplido su función histórica. El capitalismo 'reclama' un nuevo orden social, cuya base debe ser acabar con la anarquía de la producción y de la propiedad privada de los gigantescos medios de esa misma producción. La emergencia del estatismo es una confesión de este proceso, claro que no para terminar con la ‘prehistoria’ de la explotación del trabajo humano sino para preservarla en una etapa de descomposición del capital. La creciente intervención del Estado en la vida económica puede tomar la forma que adquirió en Alemania con el nazismo o, en la misma época, con el ‘new deal’ de Roosevelt en los EE.UU. Cualquiera sea la diferencia de ambos regímenes políticos, y son muy importantes, no es menos cierto que son las manifestaciones diversas de un fenómeno único y que, no por casualidad, sucedieron a la catastrófica crisis mundial del ‘29.


 


Tal catástrofe es el telón de fondo de la obra del propio Keynes, después que las políticas ‘keynesianas’ se hubieran puesto en marcha… y hubieran fracasado, en la propia década del 30. Lo que dio una nueva 'chance' al capitalismo no fue el economista inglés ni los alcances antes ignorados de la posible intervención del Estado en la economía. Fue la destrucción provocada por la guerra y la colaboración de la entonces burocracia dirigente de la URSS, que aseguró, con los acuerdos de la posguerra (Yalta), la supervivencia del mundo capitalista, garantizando el desarme de la revolución europea.


 


Estado, democracia y reacción política


 


El desconocimiento del lugar histórico de la política keynesiana condujo directamente al embellecimiento del Estado, puesto que se trataba -según este punto de vista- de la institución humana dotada de racionalidad y voluntad, dirigida a suplantar al ‘mercado’, es decir, su incapacidad para establecer la asignación de factores productivos conforme previsiones, horizontes y secuencias temporales. Esta (re)presentación del Estado requería un operativo teórico dirigido a cuestionar la clásica definición del aparato estatal como instrumento de opresión, comité ejecutivo de la clase dominante, etc.


 


En esta dirección, la tarea 'intelectual' que siguió fue la de rescatar una visión primitiva del Estado, como una suerte de ángel sin sexo, entenderlo como algo lleno de sutilezas y complejidades; pero, sobre todo, susceptible de una suerte de utilización alternativa en provecho propio por clases sociales antagónicas, según su capacidad de maniobra, las alianzas que pudieran articular, la claridad de sus objetivos, la coyuntura económica, etc. Importa destacar el significado reaccionario de este embellecimiento del Estado, en particular cuando supuestamente proviene de la izquierda, no digamos ya del marxismo cuya aspiración a la libertad pasa no por el fortalecimiento sino por la destrucción de la maquinaria represiva que es  sinónimo de Estado.


También en este caso, sin embargo la ‘intelligentsia‘ se las arregló para presentar el problema de una manera deliberadamente oscura. No se desconocerá, por ejemplo, el carácter ‘burgués’ del Estado pero en alarde de ‘dialéctica’ se postulará la posibilidad de que no sea la burguesía, sino las clases explotadas quienes lo utilicen en su favor. Tal planteo se formuló en total oposición al propósito de sustitución del aparato estatal de los explotadores por instituciones, representaciones y mecanismos de poder propios de la clase obrera y los explotados.


 


En lo que respecta a este tema específico, se trata de una nueva regresión del pensamiento y de la ciencia social de más de un siglo, pues fue a partir del proceso revolucionario de mediados del ochocientos —y de la Comuna de París de 1871—, que la izquierda socialista concluyó en el planteo exactamente opuesto. Es decir, que la máquina estatal de la clase capitalista no revestía una plasticidad infinita, susceptible de tornarla útil también para el dominio y el gobierno de su clase enemiga. La experiencia histórica demostró que, por el contrario, debía acabarse con la división ficticia de poderes, que el proceso electivo debía terminar con la capa burocrática característica del Estado burgués, que los principios de irrevocabilidad, de control y de retribución de los funcionarios debían ser totalmente modificados, etc. Un Estado de esta naturaleza, sin burócratas, con salarios iguales a los de los obreros, sin el peso del militarismo represivo contra la mayoría, es la solución al problema del ‘gobierno barato’, algo parecido a la cuadratura del círculo para toda la ‘ciencia social y económica’ contemporánea.


 


El paso siguiente a la mistificación del Estado consistió en otra empresa ‘intelectual’ para descubrir las determinaciones ‘universales’ que detentaría el Estado burgués ‘democrático’… que, por ese mismo descubrimiento, dejaba de revestir precisamente un carácter clasista particular. De este modo, el poder ejecutivo incontrolado, el parlamentarismo engañoso, la burocracia dominante, pero por sobre todas las cosas, las corporaciones armadas y su monopolio de la represión, acabaron siendo considerados como la forma última e insuperable de la dominación política… ‘democrática’.


 


Este escalón final (?) de la evolución dio lugar a una enorme literatura, que también debutó en Brasil —en lo que se refiere a nuestro continente— aunque fuera importada de Europa, en particular de los ideólogos de esa variante episódica del stalinismo que se dio en llamar ‘eurocomunismo’. Pero no hay nada más anticientífico —y este es un principio que debe extenderse ya no a la ciencia social, sino a la ciencia en general— que la pretensión de establecer valores 'universales‘, es decir, absolutos para la comprensión de la realidad. La realidad es movimiento e historia y, por lo tanto, lo contrario a la cristalización de cualquiera de sus manifestaciones en el limbo de la eternidad.


 


Uno de los mejores ejemplos de lo contrario a la universalidad es la propia… democracia. Fue una bandera revolucionaria de lucha contra el orden establecido en todo el período en el cual la burguesía pugnaba por liquidar el poder de la nobleza, la Iglesia y los representantes políticos de la propiedad rural y el latifundio pre-capitalista. Ha sido —y es— una arma reaccionaria cuando se la reclama, al revés, como defensa del orden establecido contra los oprimidos o explotados, en el cuadro de ese mismo orden. La democracia es un régimen político y no puede ser comprendida al margen del contenido social y de la función histórica de ese mismo régimen.


 


No se trata, por otra parte, de una entelequia: la política contrarrevolucionaria ha sido predominantemente desenvuelta en las últimas décadas bajo la bandera de la… democracia. Su expresión política más significativa fueron Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Pero no es menos cierto que los regímenes latinoamericanos ‘democráticos’ vienen consagrando, en esta década del 90, una política de exterminio social que no tiene nada que envidiar a la que ejecutaron las dictaduras militares que los precedieron.


 


En esa misma medida, por supuesto, tienen que violentar la propia democracia que dicen defender, como se verifica en las modificaciones ‘constitucionales’ desarrolladas en todos los países con el objeto de asegurar la reelección de los mandatarios, espaciar las elecciones, asegurar el monopolio de los partidos en el manejo del Estado, consagrar la intangibilidad de los cuerpos armados, asegurar los privilegios del clero reaccionario, etc.


 


Equívocos sobre el socialismo y el neoliberalismo


 


Es verdaderamente notable que sea, justamente, la revalorización progresiva del mercado y de la democracia lo que haya acompañado todo el proceso de descomposición de los llamados Estados obreros del Este europeo. En primer lugar, evidencia que en la misma medida en que la ‘intelligentsia’ progresista tendió a identificar el socialismo con la obra de la burocracia que comandaba los destinos de la ex- Unión Soviética; en esa misma medida, el desencanto posterior con el mal llamado ‘socialismo real’ siguió el sendero recorrido por aquella burocracia ‘soviética’.


 


A nadie debe escaparle el hecho de que quienes comandan el destino de la actual Rusia, en pleno proceso de restauración capitalista, son exactamente los mismos que, en nombre del ‘comunismo’, cometían todo tipo de fechorías para asegurar sus privilegios en el antiguo régimen político. Esta maleabilidad de la burocracia para asegurar sus negocios en nombre de planteos y conceptos formalmente antagónicos, demuestra, entre otras cosas, que la burocracia, como tal, carece de ideología propia y que su terreno natural es el pragmatismo autojustificatorio. Pero lo que aquí queremos subrayar es la ‘dependencia' de los intelectuales del stalinismo, al punto de asociarse a la cobertura 'ideológica’ con la cual la burocracia de la ex-URSS abrió paso a una política totalmente restauracionista, de completa liquidación de las bases sociales del antiguo Estado obrero. Los intelectuales encubrieron, además, su retirada convirtiendo al socialismo en una ‘utopía’, lo que quiere decir fuera del tiempo y el espacio.


En segundo lugar, asociar al mercado y a la democracia con los fines del proceso en curso en Rusia y en los países del Este europeo —y también en China—, es una completa arbitrariedad. Tiene el mismo carácter ficticio que tenía, antes, la identificación del socialismo con la obra de la dictadura burocrática que regía los destinos en la URSS. Ni antes lo uno, ni ahora lo otro; es decir, el stalinismo fue la sepultura del socialismo y no es la democracia y el mercado lo que buscan imponer los Yeltsin y compañía. Al contrario, se procura un Estado ‘fuerte’, se desarrolla una política criminal en relación a las ‘nacionalidades’, y la maquinaria del poder está distribuida conforme las relaciones de fuerza entre las mafias y los clanes rivales. El objetivo no es la implantación del mercado, sino la extensión del negocio del gran monopolio y el capital financiero.


 


Por lo que venimos de señalar, importa aquí cuestionar uno de los mitos más extendidos de la época: el que postula que estaríamos bajo el auge de un supuesto neoliberalismo, que revalorizaría las relaciones mercantiles y el ‘retiro’ del Estado de la economía. Es exactamente lo opuesto de lo que está sucediendo: la política de los mal llamados ‘gobiernos neoliberales' sólo ha podido ser viabilizada mediante el más violento despotismo estatal, para garan-tizar la violación de constituciones, leyes, decretos, normas e, inclusive, disposiciones del código penal, que caracterizaron sistemáticamente el proceso económico, social y político de nuestras actuales ‘democracias’. Por esta misma razón la base de tales ‘democracias’ consistió en establecer el cuadro más general de impunidad y amnistía para todo el aparato represivo responsable de los bárbaros crímenes que signaron el dominio de las dictaduras militares en nuestro continente.


 


A esta versión mítica del ‘neoliberalismo’ se ha prestado inclusive la ‘intelligentsia’ que, en nuestros países, se encuentra vinculada a partidos de oposición a los gobiernos centrales y también al castrismo. La función de este planteo es presentar los males sociales de esta época no como un resultado de la explotación capitalista, sino de una variante particular de la misma. En consecuencia, tales males podrían ser evitados con un cambio de política o de 'modelo’, pero sin alterar las bases de la dominación general del capital. A esta tendencia se suman ideólogos del PT brasileño, del Frente Amplio uruguayo, de los ex-partidos u organizaciones guerrilleras en América Central, del cardenismo en México: todos los cuales actúan en común en el denominado ‘Foro de San Pablo’, un encuentro periódico de organizaciones de izquierda latinoamericana que, originalmente, en los inicios de los años 90, fuera convocado por el propio PT, entonces dirigido por ‘Lula’, en la ciudad que acabó dando su nombre al mentado ‘Foro’.


 


De conjunto, la evolución de este sector no ofrece sino variantes de grado respecto al panorama aquí indicado. Una evidencia es que en el último encuentro del Foro…’, realizado en la ciudad de Montevideo en 1995, los trabajos fueron presididos por, entre otros, una organización que, como parte del gobierno boliviano, acababa de decretar el Estado de Sitio, enviar al destierro en la selva a dirigentes sindicales, y militarizar al país en defensa de una plan económico ‘neoliberal’ —el llamado Movimiento Bolivia


Libre.


 


Intelectuales y miseria social


 


De todos modos, no es una evolución puramente conceptual la que explica la trayectoria de los intelectuales de la generación que hoy ya es parte del personal político del Estado. Han cambiado mucho las condiciones en que esa misma generación se desarrolló. Los equilibrios entre clases y naciones propios de la posguerra han desaparecido por completo. El clima social y económico de los años 50 y 60 es cosa del pasado.


 


Desde la crisis económica mundial de 1975, la primera que afectó de un modo generalizado a las economías capitalistas luego de la Segunda Guerra Mundial, las tendencias a la descomposición económica se han venido acentuando de manera notoria en el escenario internacional pero indudablemente, con manifestaciones más graves en los países más atrasados y en nuestro continente latinoamericano en particular. En 1982, con la declaración de bancarrota de la economía mexicana, se inició lo que ha dado en conocerse como la 'década perdida’, con un retroceso y destrucción de fuerzas productivas de características históricas. La miseria social alcanzó una magnitud desconocida en el pasado, mientras como contrapartida, los países latinoamericanos garantizaban, con la repatriación de beneficios, la recomposición de la tasa de beneficio de los más importantes bancos privados, en particular norteamericanos. Los índices de pobreza e indigencia crecieron en la misma proporción que ciertas enfermedades como el cólera, la tuberculosis, etc., aparecían como una suerte de nueva ‘peste’, pero ahora como puro resultado del alcance descomunal de la propia explotación del hombre por el hombre.


 


En el mundo ‘desarrollado’, la euforia provocada en los medios capitalistas por el derrumbe de la URSS y la caída del muro de Berlín, no tuvo sino un alcance episódico. Las crisis bursátiles internacionales, las rivalidades comerciales entre las grandes naciones, el contexto de un ritmo de actividad económica con marcadas tendencias al estancamiento, recuperaciones sin perspectiva y una explosión financiera de naturaleza especulativa que no tiene precedentes en el pasado, dominan el panorama. La desocupación, la pobreza, los estallidos de rebeldía, se comenzaron a manifestar en el llamado primer mundo.


 


El cuadro es el de una polarización social creciente, de debilidad de los regímenes políticos y de manifestaciones de insurgencia popular. El escenario internacional está signado por la volatilidad y la incertidumbre. Es un clima clásico de final de época. Entonces, la intelectualidad, que es una delgada capa superior de la pequeña burguesía, ha renunciado definitivamente a entender, ha elegido su campo en la mesa bien servida del señor. Expulsada de la Universidad, recaló en los organismos de las instituciones internacionales, asomó a los pasillos de las fundaciones financiadas por las corporaciones del norte, se entusiasmó con los seminarios y los congresos, en los cuales se la trataba con el afecto propio con el cual se recibe a un converso, se cultivó en el ejercicio de una ‘democracia prevista para evitar el desborde revolucionario, a la hora del derrumbe de los generales de tumo. Entonces, la intelligentsia volvió a la Universidad para predicar la autocrítica por su pasado. Es, también, una nueva Universidad, cada vez más dependiente del subsidio empresario, del negocio o convenio compartido con la corporación o la fundación privada, y de la buena voluntad’ del Banco Mundial. El conocimiento, entonces, también se ‘privatiza’.


 


Democracia y contrarrevolución


 


La ‘intelligentsia' respondió muy eficazmente a la política del gran capital: procesar sus objetivos de un modo 'democrático’, para evitar el costo de una confrontación más abierta, y ante la evidencia de que los recursos de fuerza y dictatoriales se habían agotado. Naturalmente, es una tontería suponer que los objetivos del capital financiero, es decir, del imperialismo, sólo pueden procesarse mediante la acción del militar, el terror y la tortura.


 


Lo que pudo en algún momento ser motivo de digresión teórica hoy es apenas una tarea de verificación práctica: nunca, como bajo los actuales ‘regímenes democráticos’, el imperialismo ha conseguido desenvolver su dominio con tanta amplitud. El ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina —un hombre rico, profesor universitario que ha hecho un culto de la ironía cínica que no pocas veces caracteriza al intelectual— no ha vacilado en definir como ‘relaciones carnales’ los vínculos entre Argentina y EE.UU. Es una especie de confesión que vale como prueba.


 


El contenido económico de esas ‘relaciones’ se concentra en dos grandes áreas. En primer lugar, la confiscación de un patrimonio público de décadas en beneficio de los grandes grupos capitalistas. Esta operación financiera, consumada en los últimos años, carece de antecedentes, puesto que se han transferido activos históricos mediante la garantía estatal de ganancias, subsidios y precios impensables en los gobiernos más entreguistas del pasado (a esta confiscación, violatoria de cualquier procedimiento mercantil de compra-venta de valores, se la ha denominado ‘privatización’).


 


En segundo lugar, el rescate de una deuda desvalorizada, inclusive inexistente, como requisito para relanzar un proceso de endeudamiento que, por su envergadura y precariedad, es: a) una operación financiera en favor de la banca privada que tampoco registra precedentes en la historia continental; b) el emergente de una segura bancarrota en un futuro no muy lejano, con consecuencias más vastas y profundas que las de la década anterior.


El alcance de este proceso es también una indicación de los extremos de explotación que requiere el capital para recomponer su tasa de beneficio. Se trata de una evidencia, de las más importantes, sobre la naturaleza de la época actual del capital, porque es la ganancia el motivo de su existencia, y porque son las dificultades para producirla y realizarla lo que mejor caracteriza lo que al principio calificamos como la fase histórica de descomposición y agotamiento de sus posibilidades históricas. La búsqueda de oportunidades para mantener y elevar la tasa de beneficio del capital, más allá de los países en los cuales se desarrolló originalmente el capitalismo, es la base misma de la expansión imperialista. En la lucha por los mercados para concretar esta ganancia, está el fundamento de las grandes guerras de este siglo y de las crisis mundiales que lo marcaron definitivamente.


 


Pero, llamamos la atención sobre este punto, no hubo crisis mundial de la envergadura y el alcance de la que vivimos en la actualidad. Está definitivamente quebrado el 'orden mundial’ de la posguerra, esto es, todo el sistema de relaciones políticas, sociales y económicas heredadas del compromiso, entonces establecido, entre las potencias victoriosas y la dirigencia soviética, para contener la revolución ascendente y brindar al capitalismo un terreno para aprovechar la destrucción provocada en las décadas anteriores.


 


Este período se terminó. La peculiaridad de la nueva etapa es la destrucción de fuerzas productivas que se manifiesta en la ex-URSS y también en China. En el caso chino, el fenómeno a que aludimos está simplemente encubierto por la colonización capitalista del país, un recurso extremo del propio capital metropolitano, ante los obstáculos para su valorización. Donde se pretende ver el fin del socialismo, lo que está presente es el escenario de contradicciones insalvables del capital.


 


Conclusión


 


La incomprensión del fenómeno capitalista contemporáneo en sus dimensiones esenciales está presente, omnipresente debiera decirse, en la evolución intelectual reciente de la 'intelligentsia’ latinoamericana. Hemos visto aquí el muy temprano vaciamiento que hizo la intelectualidad progresista del concepto de imperialismo. Analizamos, entonces, cómo fuera del contexto de una acción contra el capital financiero y el monopolio imperialista, la intervención del Estado dejó de concebirse como un instrumento de freno o resistencia a la opresión nacional. La ‘intelligentsia’ fue incapaz de ver los límites de los planteos nacionalistas (que consisten, precisamente, en la inviabilidad de una fase histórica de desarrollo nacional en la época imperialista). Retrocedió a un concepto del Estado como una suerte de instrumento de regulación económica y social multiuso, conforme las relaciones de poder entre los diversos ‘grupos’ sociales (concepto que, en esta marcha atrás del pensamiento, va sustituyendo progresivamente el concepto de ‘clase’, definido por las relaciones de propiedad y explotación). En este punto, la idea de una supuesta doctrina ‘ad- hoc’ que hiciera del marxismo una variante del pensamiento de lord Keynes ganó terreno. En lugar de luchar contra el capitalismo, se adoptó la tesis de su posible salvación mediante la intervención del Estado y se ornamentó esta variante con postulados pretendidamente progresistas.


 


La intelectualidad se probaba ya el traje de funcionario, administrador o consejero. Preparaba su propio asalto al poder y se redescubría como portadora privilegiada de la democracia, ahora como una suerte de religión ‘universal’. El nuevo rito incluyó, en primer lugar, la mistificación de la ‘sociedad civil’, como si ésta no fuera el paradigma mismo de la sociedad burguesa, del individualismo, del egoísmo convertido en ‘derecho’, de la propiedad privada como principio supremo. Un siglo y medio después de que la izquierda descubriera el secreto de la desigualdad real tras la igualdad formal, quienes abandonaban la izquierda hacían de esta última un motivo de infinita demagogia y oponían, en forma reaccionaria, el individuo a la sociedad, el ciudadano a la masa, es decir, la burguesía y su sociedad a la lucha por la libertad, esto es, por la expropiación de los expropiadores (capitalistas).


 


En cualquier caso, la intelectualidad no ejecuta, desde el poder al cual llegó, las fórmulas que pergeñó en el pasado. Es que su acción política reviste una lógica de clase, no la del concepto o el intelecto abstractamente definido. Por eso, no son las vagas promesas del pasado las que ahora se concretan. ¿O es que alguien supone que lo que preside la política de la 'intelligentsia', que alcanzó los puestos más encumbrados de gobierno, es la lucha por la redistribución del ingreso en favor de los pobres, por los derechos de la ciudadanía, por la promoción social, la extensión de la democracia, etc.?


 


Lo cierto es que la ‘intelligentsia' ha ascendido mientras el ‘conocimiento’ y la ‘ciencia social’ descienden a los umbrales de la barbarie: no explican nada, encubren y ocultan. Esta barbarie es lo que tienen en común la actualidad y sus intérpretes: el mundo se degrada, el pensamiento también. Es en tales circunstancias que la ‘intelligentsia’ se abocó al trabajo práctico de conducir la máquina del Estado capitalista. La base material y la lucha de clases aparecen, entonces, en la escena, para hacerla inteligible. Como siempre (la novedad consiste, en este caso, en registrar su escasa originalidad histórica), los intelectuales han mostrado su completa falta de independencia frente a las fuerzas sociales en pugna en la sociedad moderna, es decir, la determinación clasista que, entre otras cosas, explica también su conducta.


 


MAYO DE 1996


 


 


 


(*) Universidad de Buenos Aires. Texto presentado para las jornadas de la ‘‘VIIIa Semana de Ciencias Sociales” organizadas por la Pontificia Universidad Católica de San Pablo, Brasil, 20-24 de mayo de 1996


Identidad y trayectoria


 

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