La huelga de los mineros rusos de febrero de 1996

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La huelga de los mineros rusos del carbón que comenzó el 1º de febrero de 1996 fue extensa y dramáticamente presentada por los medios occidentales como una potencial y decisiva intervención a favor de todas las víctimas de "la terapia de mercado", que podría haber concluido poniendo el último clavo en el ataúd de la reforma. En realidad, la huelga fue levantada a las 3 de la madrugada; el fin de la huelga apenas fue informado en Rusia, solamente un periodista aburrido por no tener noticias había informado antes de irse a dormir que la huelga continuaba. Técnicamente, la huelga fue suspendida hasta el 1º de marzo, pero la continuación de la huelga fue apenas discutida en la reunión del presidium de los sindicatos del 28 de febrero. ¿Cómo pudo una huelga comenzar como un estallido y finalizar tan pronto casi con un gemido?


 


Los mineros en el movimiento obrero


 


Desde la huelga minera que abrazó a toda la Unión Soviética en julio de 1989, los mineros del carbón han sido considerados, incluso por ellos mismos, como la vanguardia del movimiento obrero. Las huelgas de los mineros de 1989 y 1991 jugaron un papel decisivo, acelerando la desintegración del sistema soviético y de la misma Unión Soviética. Desde 1992, apoyados en sucesivas huelgas y amenazas de huelgas, los mineros obtuvieron concesiones del gobierno, que les posibilitó reducir el impacto de la catastrófica disminución de la producción sobre el empleo y su standard de vida. Aunque el gobierno, consecuentemente, trató de aislar sin cesar a los mineros, siguiendo el ejemplo de Margaret Thatcher, primero accediendo a sus peticiones, mientras aplastaba a otros trabajadores acusándolos de egoístas y sectarios, las sucesivas huelgas de los mineros obtuvieron el apoyo de las masas, tanto en la sociedad en general como en los medios políticos. De esta manera, los mineros han sido capaces de presentarse como la vanguardia de la clase trabajadora, luchando no solamente por sus intereses sectoriales sino también por los intereses de conjunto. El hecho de que el Banco Mundial haya dirigido su atención a esta industria en los últimos tres años, proponiendo un acabado programa de cierre de minas, modelado en relación a lo llevado adelante en Gran Bretaña), eleva el significado de la lucha de los mineros a una amplia escala.


 


Al mismo tiempo, la organización de los gremios es, en muchos aspectos, muy débil. En primer lugar, los mineros están divididos en dos sindicatos. Uno es la Unión Independiente de los mineros (NPG), que emergió de los comités de trabajadores surgidos de la huelga de 1989. Aunque es mucho menor que el "Rosugleprof", el NPG se formó por fuera del antiguo sindicato estatal el citado antes y aunque sus miembros estén irregularmente distribuidos, tiene una fuerza desproporcionada respecto a su número, porque organiza a los obreros que trabajan en el subsuelo. El liderazgo del NPG estuvo siempre firmemente asociado a Yeltsin; el presidente del sindicato, Alexsander Sergev, es miembro del consejo consultivo de Yeltsin, y recibió un sustancial apoyo de la AFL-CIO (1), de la que comenzó a depender estrechamente (2). Por consiguiente, la NPG ha tendido a apoyar la economía de mercado, a defender al gobierno, y a culpar por los problemas de la industria carbonífera a la dirección de ésta, en todos los niveles. La mayoría de los líderes de Rosugleprof, como los de la NPG, surgieron del movimiento huelguístico de 1989, pero la Rosugleprof se identifica mucho más con la gerencia de la industria y dirige el grueso de los reclamos por las condiciones laborales sobre el gobierno. Aunque en las minas y en los niveles regionales (a excepción de Kuzbass), los dos sindicatos cooperan frecuentemente en estos días, y los miembros de la NPG participan en las acciones de la Rosugleprof (3), la división política entre sus dirigentes representa una seria barrera para la colaboración en la representación sindical de los intereses comunes de sus miembros (4).


 


Segundo, ninguno de los sindicatos tiene una organización sindical verdaderamente efectiva. Por un lado, ambos sindicatos dependen excesivamente de la gerencia en todos los niveles: la principal función del sindicato a nivel de la empresa sigue siendo la de administrador del aparato de la obra social y asistencial. Los líderes sindicales, por lo general, se consideran ellos mismos como parte del aparato gerencial (5). Donde la NPG ha establecido grupos primarios, generalmente están también asimilados al cuerpo directivo; las oficinas de la NPG fueron provistas por la Rosugol, el cuerpo directivo de la industria carbonífera. Como una reacción contra el "centralismo democrático" de la era soviética, ambos sindicatos han descentralizado sus estatutos, de manera tal que la mayor parte de las cuotas sindicales permanece en el nivel local, donde se utilizan principalmente para pagar beneficios sociales. Hay una limitada comunicación entre el centro y la base, y las decisiones de los cuerpos superiores no son obligatorias para las inferiores. En estas circunstancias, se ha probado muy difícil conducir huelgas organizadas y disciplinadas como un instrumento sindical.


 


La huelga de 1989 fue simplemente una explosión espontánea, con los dirigentes del sindicato oficial sentándose en las negociaciones del lado opuesto a los huelguistas, como miembros de la delegación común gobierno-partido-sindicato.


 


La huelga de 1991 comenzó como una huelga de un día y se desarrolló espontánea y ampliamente más allá del control de los comités de los trabajadores y de la recién fundada NPG. Entre 1991 y 1994, la mayoría de las huelgas, o llamados de huelga, eran huelgas de los directores , huelgas que fueron estimuladas, o al menos tenían el apoyo tácito de éstos, en su lucha por obtener recursos de Moscú. La huelga de febrero de 1996 fue la primera huelga nacional de los mineros convocada por el sindicato frente a la expresa oposición de la gerencia de la industria.


 


Tercero, el triunfo de los mineros, a pesar de la debilidad de su organización, debió en gran parte su éxito al apoyo que recibieron de otros trabajadores. Sin embargo, aunque los mineros gozan de un amplio apoyo a sus peticiones, han mostrado escasa solidaridad hacia otros grupos de trabajadores. Durante la huelga de los mineros de 1989, en todas las regiones carboníferas, trabajadores de otras industrias, del transporte y la construcción, de servicios municipales, de la salud y la educación, ofrecieron a los mineros su apoyo y les propusieron parar en solidaridad. Sin embargo, los mineros rechazaron todas estas ofertas argumentando que ellos podían resolver todos los problemas (no solamente los de ellos, sino también los de toda la población) mediante sus esfuerzos, y que era mejor que los demás trabajadores continuaran trabajando para garantizar las necesidades de la población (6). En 1989 se dio el caso de que la huelga fue decidida en base a un pliego de reclamos redactado no sólamente por los mineros, sino también por las autoridades locales a favor de toda la población, pero la exclusión de otros grupos de trabajadores del movimiento privó a los últimos de la experiencia de lucha a través de la cual podrían surgir dirigentes, desarrollar sus propios conocimientos, organizacionales y de negociación, y construir sus propias organizaciones.


 


Mientras tanto, los empleadores y las autoridades políticas aprendieron rápidamente y se fueron preparando para sofocar los siguientes intentos para poner en pie organizaciones independientes de trabajadores, ni bien aparecían. Por ejemplo, muchas de las huelgas de maestros y trabajadores de la salud, que sacudieron a Rusia en la primavera de 1992, tuvieron un origen espontáneo pero fueron rápidamente controladas por el cuerpo directivo y los burócratas del viejo sindicato, que las usaban para sus propósitos de obtener recursos del gobierno, de manera que el impulso para desarrollar una organización independiente de los trabajadores fue neutralizada.


 


No podemos culpar sólamente a los mineros por el desigual desarrollo del movimiento de los trabajadores, pero su vanguardismo jugó ciertamente su papel, reproduciendo y reforzando la pasividad de otros grupos de trabajadores. Por otra parte, a pesar de la dependencia de los mineros del sostenimiento de otros trabajadores para su triunfo, no conocemos un solo caso en el que los mineros hayan actuado en solidaridad a otros grupos de trabajadores, más allá de enviar ocasionales mensajes de apoyo. En las regiones carboníferas, los maestros y trabajadores de la salud estaban muy afectados en 1991 por tener que pagar precios inflacionados por los altos salarios de los mineros, y se encontraban empeñados en una acción sindical para obtener incrementos salariales y compensar la inflación. Pero lejos de apoyar a los obreros del sector estatal, en 1991 y 1992, la NPG y los comités de trabajadores se oponían activamente a sus reclamos (fundamentalmente en el terreno político). En las huelgas regionales de setiembre de 1995 en Kuzbass, había al menos muestras de solidaridad entre mineros y maestros, pero en enero de 1996 no había coordinación, ni siquiera comunicación entre maestros y mineros, que estaban simultáneamente en huelga por los mismos reclamos de pago dirigidos al gobierno (tampoco hubo ninguna comunicación o coordinación entre los mineros de la ucraniana Donbass, que estaban en huelga exactamente al mismo tiempo, aunque una declaración de solidaridad fue recibida de los mineros de Kazakhstan).


 


El vanguardismo de los mineros es una ilusión, no solamente en el sentido que da una engañosa impresión de su fuerza y de su grado de organización, sino también porque da una falsa impresión de su independencia respecto a otros grupos de trabajadores. Ha sido sólamente cuando sus demandas lograron un amplio apoyo social y político, que los mineros tuvieron éxito. Aunque rechazaron las consignas políticas y la colaboración de algunas incipientes agrupaciones políticas y democráticas en 1989, el movimiento de los mineros obtuvo un amplio apoyo como un movimiento naciente obviamente democrático. En el curso de 1991, el movimiento de los mineros se politizó cada vez más, tal es así que forjó vínculos con el ampliamente respaldado movimiento por la reforma democrática, y, aunque fueron Yeltsin y los demócratas los que más se beneficiaron, los mineros fueron retribuidos en mayo de 1991 con generosos incrementos salariales, que muy pronto fueron erosionados por la inflación.


 


Desde 1991 a 1993, los mineros rápidamente se desilusionaron de los políticos y se volcaron cada vez más hacia formas sindicales de lucha, con la Rosugleprof desplazando gradualmente a la NPG como la representación dominante de los trabajadores. Sin embargo, el éxito de los mineros en este período no dependió de la fuerza de su sindicato, sino del apoyo que recibieron, por un lado, de sus empleadores, los que tenían igual interés en arrancar subsidios de Moscú y, por otro lado, las coyunturas políticas en las que los mineros presionaron por sus demandas. Así, la huelga del 6 de febrero de 1993 coincidió con la confrontación entre Yeltsin y el Soviet Supremo, y fue de acuerdo a los intereses del Ejecutivo que se pagó a los mineros para asegurar que no jugaran un papel político activo en un momento tan delicado. En forma similar, sólo fue necesaria una pequeña huelga local para obtener sustanciales concesiones de Gaidar, en la víspera de la elección de diciembre de 1993. Una relativa estabilidad política a lo largo de 1994 significó que los mineros no podían llevar a cabo acciones efectivas y estuvieron mayormente confinados a un papel de apoyo al cuerpo directivo de la industria. Sin embargo, la huelga de febrero de 1995 correspondió a una más amplia polarización política, en este caso vinculada al comienzo de la guerra de Chechenia, y atrajo mucho más apoyo político, asegurando a los mineros un masivo incremento en los subsidios estatales a la industria, que antes habían sido recortados según recomendaciones del Banco Mundial. Pero la huelga de Kuzbass del 12 de octubre de 1995, que se esperaba que llevaría a todos los rusos a la acción, casi no provocó ninguna reacción, porque coincidió con la puja por posiciones en el período pre-electoral, en el cual los mineros no tenían ningún papel para jugar.


 


La huelga minera de febrero de 1996


 


La huelga minera de febrero de 1996 se desató en un momento especialmente delicado, en una situación en la cual el Partido Comunista estaba en un giro que siguió a su triunfo electoral (con el 51 por ciento de los votos en la región carbonífera de Kuzbass). Anatoli Chubais, el último reformista en el gobierno, acababa de ser echado, y Yeltsin iba a anunciar su candidatura para la elección presidencial de junio. Todo el mundo estaba desesperado por aparentar su compromiso en el pueblo, y los mineros, una vez más con su huelga, se presentaron ellos mismos como representantes del pueblo. El trasfondo de esta huelga, como todas las de los últimos tres años, se encontraba en las demandas económicas de los mineros centradas en el pago de los subsidios estatales adeudados a esta industria.


 


La industria carbonífera rusa es dependiente de los subsidios gubernamentales en un grado sólo comparable con la agricultura y el sector militar, por lo que el gobierno desvió subsidios correspondientes a la generación eléctrica y el transporte ferroviario hacia el carbón. Como parte de su programa de estabilización, para cumplir los reclamos del FMI y el Banco Mundial, el gobierno intentó reducir la magnitud de los subsidios año tras año, lo cual implica el cierre de minas y recortes salariales, manteniendo a la industria bajo presión, a través de diferimientos y pagos en cuotas de los subsidios tanto tiempo como lo soportara. Por otra parte, la industria carbonífera sufrió también el no pago por parte de sus clientes, sobre todo de las plantas municipales de calefacción y generadoras de electricidad, porque los propietarios de estas últimas no cumplieran con la cancelación de sus cuentas. La baja en los subsidios, los retrasos en su pagos y el crecimiento de las deudas comerciales están asociados a la declinación de los salarios reales y al nivel de vida de los mineros, al deterioro de las condiciones laborales y a los grandes atrasos en los pagos de sus salarios; retrasos de tres y cuatro meses eran normales, sin indexación frente a la inflación cuando eventualmente eran pagados.


 


Las huelgas mineras se convirtieron en un aspecto del proceso regular de regateo entre los sindicatos mineros, la industria carbonífera y el gobierno sobre la magnitud, el pago y la distribución de los subsidios. En los últimos dos años, las huelgas espontáneas por el pago de salarios atrasados fueron la norma en la industria, tanto en las minas como a nivel de secciones. Por un período, esas huelgas espontáneas fueron exitosas en asegurar el pago de los salarios de las secciones o minas que paraban, pero esto tendió a implicar el desvío de los pagos de un grupo a otro de trabajadores. En este cuadro, el Rosugleprof se oponía a esas huelgas, mientras la NPG las apoyaba para construir su autoridad, afirmando que la causa del no pago de los salarios era la incompetencia gerencial y la corrupción, y no la resultante del no pago de los subsidios por parte del gobierno. A la inversa, el Rosugleprof focalizaba la responsabilidad en la política y la conducta gubernamentales y se concentraba en llamar a huelgas regionales y nacionales, que las instancias nacionales de la NPG se negaban a apoyar.


 


La decisión de cercar con piquetes el parlamento del 24 al 26 de enero de 1996 y parar desde el 1º de febrero en el caso de que el gobierno no cumpliera sus obligaciones, fue tomada por la dirección del Rosugleprof en su reunión del 11 de enero. Las negociaciones con el gobierno fueron complicadas por la renuncia del viceprimer ministro Anatolii Chubais, con quien se había firmado un acuerdo el 16 de enero. Recién el 23 de enero la dirección sindical se encontró con el primer ministro Chernomyrdin, en una reunión a la que asistió acompañado por el líder de la NPG, Aleksandr Sergeev, aunque la NPG no era parte de la disputa. El gobierno prometió preparar en el término de dos semanas una resolución preliminar concerniente a la distribución de un adicional de 3 billones de rublos para 1996, y la prórroga de un arreglo especial para la industria carbonífera conforme al cual, el 50 por ciento del dinero recibido de su actividad podría ser usado para sus propias necesidades empresarias, fundamentalmente para el pago de salarios, mientras que en otras industrias el 80 por ciento de sus recursos son derivados al pago de deudas impositivas. Sin embargo, los mineros no estaban dispuestos a esperar dos semanas. La reacción común fue que "el gobierno se estaba comportando como si fuera la primera vez que escuchaba sobre los problemas de la industria carbonífera. ¿Qué significa considerarlos dentro de dos semanas? ¿Qué han estado haciendo estos últimos cuatro años?; Tenemos que ir a la huelga!".


 


Desde el 24 al 26 de enero, alrededor de 900 mineros participaron de los piquetes frente a los edificios gubernamentales. Uno de los reclamos mineros era que Yeltsin se reuniera con ellos, ya que el gobierno se había mostrado renuente o incapaz de comprender los problemas de la industria. El 25 de enero, el presidente del Rosugleprof, Vitalii Budko, fue invitado a reunirse al día siguiente con uno de los principales asistentes de Yeltsin, Aleksandr Livshits. En ese encuentro, Livshits confirmó que 600 mil millones de rublos serían transferidos a las minas a fin de mes y que el presidente estaba dispuesto a garantizar a la industria el subsidio de 10 billones de rublos para 1996, igual en términos nominales al de 1995. Budko informó sobre los resultados de su encuentro a los piquetes mineros. El principal punto era que todas las promesas habían sido formuladas de palabra, pero faltaban en el papel. Esto era necesario para levantar los piquetes, retornar a sus regiones y para que todos abandonaran la huelga. Esta propuesta de mantener la huelga recibió aprobación. Después, los mineros apilaron sus carteles frente al parlamento y les prendiendon fuego, y dejaron sus cascos en forma de cerco.


 


En la mañana del 31 de enero, Yurii Malishev, director general de Rosugol (el cuerpo que administra la industria del carbón), consultó con los directores y presidentes de los sindicatos de empresas a través de una comunicación. La mayoría de los presidentes de los sindicatos confirmó que llevarían a la práctica la decisión del presidium de sus sindicatos, que había sido respaldada por una reunión de representantes de los mineros que participaban en los piquetes frente al parlamento. Yurii Malishev recurrió a esos dirigentes para tratar de dar vuelta la decisión, o al menos para posponer la huelga hasta el 10 de febrero, dándole tiempo a Rosugol para alcanzar una resolución constructiva al problema.


 


De acuerdo a las cifras de los sindicatos, alrededor del 87 por ciento de los empleados de la industria se unieron a la huelga nacional del 1º de febrero. Aunque hay probablemente una sobreestimación, la huelga fue, sin embargo, la más grande en la historia del sindicato. En respuesta, la Duma del Estado emplazó a los dirigentes del gobierno a dar cuenta del estado de los asuntos de la industria del carbón.


 


A pesar de la masiva respuesta, la huelga de febrero reveló la misma debilidad y falta de adecuación en la organización de los sindicatos que se había revelado en las huelgas anteriores. Así, tan pronto como las empresas comenzaron a pagar los salarios atrasados, sus colectivos de trabajo espontáneamente abandonaron la huelga y retornaron al trabajo. Este comportamiento, simplemente, ponía en peligro a los restantes mineros y a sus organizaciones; los dirigentes sindicales tenían que negociar con el gobierno frente a una huelga que se desmoronaba y que no estaba bajo su control.


 


El presidium del sindicato se reunió en la tarde del 2 de febrero para decidir qué hacer. El estado de ánimo entre los representantes regionales era continuar la huelga, aun cuando sus propios mineros estaban volviendo ya al trabajo. La dirección nacional del sindicato, mientras tanto, era favorable a terminar la huelga antes que colapsara. Como le dijo Budko a uno de los dirigentes regionales "¡Cómo puede usted votar por continuar la huelga nacional cuando usted no puede mantener en ella a los trabajadores de su empresa!". La discusión duró hasta la noche; el presidium votó a las tres de la mañana, por una mayoría de sólo un voto, por suspender la huelga. La decisión fue impopular, particularmente en ciertas regiones mineras, como Rostov, que se mantenían sólidas.


 


La debilidad de la huelga tiene numerosas fuentes. Primero, la ausencia de cualquier disciplina sindical; las minas volvían al trabajo sin esperar las decisiones de los cuerpos ejecutivos o las reuniones de los representantes de la mina. Esta falta de disciplina estaba estimulada por el hecho que los estatutos de los sindicatos, adoptados en reacción contra el centralismo de la era soviética, dejaban a cada colectivo con libertad para tomar sus propias decisiones, en todas las cuestiones. De manera que las decisiones de los cuerpos ejecutivos del sindicato no eran obligatorias para las organizaciones primarias, e incluso el sindicato no sancionaba a los rompehuelgas.


 


Segundo, muchas de las más rentables minas a profundidad o a cielo abierto no tenían interés en el resultado de la disputa, desde el momento que no dependían de los subsidios gubernamentales. De otro lado, los reclamos sindicales no tenían en cuenta el principal problema enfrentado por esas minas, que era la falta de pago de sus clientes comerciales. A pesar de las apariencias, el gobierno tenía responsabilidad por esta última situación, ya que el problema surge, en primer lugar, porque las empresas mineras no pueden sancionar a los clientes que no pagan. A la industria del carbón el gobierno le prohibió cortar el suministro del mineral a las plantas de energía. Muchas de estas minas no sólo no se unieron a la huelga, sino que incluso aumentaron su producción en un intento de expandir sus mercados. Entonces, tan pronto como comenzó la huelga, la asociación carbonífera a cielo abierto de Siberia occidental, Kuzbassrazrezugol, comenzó a abastecer de carbón a los complejos metalúrgicos de Novolipetsk y Cherepovets, tradicionales clientes de los yacimientos carboníferos de Vorkuta, cuyos trabajadores decidieron entonces volver al trabajo. Esta actitud no sólo debilitó la solidaridad sindical, sino que también repercutió negativamente en el impacto de la huelga en su conjunto (7).


 


Tercero, las líneas de demarcación entre empleado y empleador todavía no están claramente delineadas, particularmente en la industria del carbón. Esta, aunque formalmente privatizada, permanece bajo el control del Estado. Así, en todas las reuniones entre representantes del sindicato y directores de minas, directores generales de la asociación carbonífera y representantes de Rosugol, estos últimos constantemente enfatizaban sus intereses comunes con los trabajadores, en el sentido que todos estaban en el mismo barco, que sólo eran un único equipo negociando con el gobierno en beneficio de la industria en su conjunto, y que todos seguían siendo miembros del sindicato como en la época soviética. Sin embargo, cuando las fichas caían y los trabajadores necesitaban real apoyo para obtener concesiones del gobierno, los gerentes de varios niveles aparecían del otro lado de las barricadas. Entonces, mientras los directores estaban muy felices de contar con el apoyo del sindicato en sus negociaciones con el gobierno, las cosas cambiaban una vez que se llegaba a la huelga y los directores quedaban bajo la presión del gobierno, usando los fraudes en los libros comerciales de la industria para presionar a los representantes de los sindicatos en todos los niveles y levantar la huelga, poniéndolos bajo fuerte presión personal, diseminando falsas informaciones acerca de los objetivos de la huelga, deflacionando las cifras de huelguistas para fomentar un espíritu derrotista entre los trabajadores y pagando los salarios con el objeto de debilitar la huelga. De este modo, Victor Nekrasov, el director general de una de las más poderosas asociaciones carboníferas, Kuznetskugol, tomó prestado dinero a altas tasas de interés para pagar los salarios y para impulsar el retorno al trabajo en varias minas. Esto provocó una reacción en cadena en la región, debilitando la huelga y al sindicato, del cual Nekrasov es un afiliado, (el que, sin embargo, no tiene aún poder para sancionar a un miembro que comete un acto semejante. De la misma manera, como hemos visto, Kuzbassrazrezugol vendió carbón a los clientes tradicionales de Vorkutaugol. Malyshev, director general de Rosugol, antes y durante la huelga, fijó toda su atención sobre el sindicato en lugar de presionar al gobierno para que cumpliera las demandas de los trabajadores, argumentando que la acción del sindicato era irresponsable y provocaría una crisis en la industria de la que sería difícil recobrarse.


 


El colapso de la huelga produjo muchas recriminaciones, pero para muchos dirigentes del sindicato la principal lección de la huelga fue que el sindicato tiene todavía un largo camino por recorrer, antes de poder considerarse una fuerza efectiva, capaz de representar a sus miembros. Difícilmente los mineros puedan reclamar ser vanguardia de la clase trabajadora cuando no pueden sostener siquiera su propia huelga por más de 24 horas. La realidad es que si el sindicato de los mineros va a contribuir a construir el movimiento de los trabajadores en Rusia, primero tiene que poner su casa en orden. Rosugleprof tendrá su segundo congreso en Moscú del 22 al 24 de abril de 1996, en el cual muchas de las cuestiones planteadas más arriba serán discutidas. Dos problemas en particular, casi con seguridad, serán planteados: primero, la exclusión del sindicato de todos los que cumplen funciones de empleador, comenzando por los directores de las minas, miembros de asociaciones empresarias y la misma Rosugol. Segundo, la restauración del centralismo democrático en el sindicato, como base sobre la cual se debe construir una organización disciplinada que efectivamente sea capaz de cumplir con sus funciones sindicales.


 


Marzo de 1996


 


 


 


Notas:


1. AFL-CIO: Central Obrera de los Estados Unidos, cuya dirección es afín al Partido Demócrata.


2. El retiro del apoyo de la AFL-CIO a comienzos de 1996, seguido del posterior cambio de política por la remoción de su antiguo jefe, Lane Kirkland, determinó probablemente un golpe fatal a la dirección nacional de la NPG.


3. La NPG vio bastante debilitada su propia iniciativa para alguna acción nacional desde 1994. La huelga de febrero de 1996 fue apoyada por la mayoría de las regionales de la NPG, pero no por la de Kuzbass. Los representantes de la NPG articularon los piquetes frente al parlamento, pero la Rosugleprof no les permitía llevar sus carteles, debido a que sus sindicatos no habían contribuido a la organización de la acción.


4. Para un amplio informe sobre el desarrollo de la NPG, ver Simon Clarke, Peter Fairbrother y Vadim Borisov (1995), The Workers Movement in Russia, Edward Elgar, Cheltenham: capítulos 1 y 2.


5. Sobre el desarrollo de los sindicatos oficiales ver Simon Clarke, Peter Fairbrother, Michael Burawoy y Pavel Krotov (1993) What about the Workers? Workers and the Transition to Capitalism in Russia, Verso, London; Simon Clarke y Peter Fairbrother (1994) "The Emergence of Industrial Relations in the Workplace", en Richard Hyman y Anthony Ferner (editores) New Frontiers in European Industrial Relations, Blackwell, Oxford; Simon Clarke, Vadim Borisov y Peter Fairbrother (1994), "Trade Unions, Industrial Relations and Politicas in Russia", en Martin Myint y Paul Lewis (editores), Parties, Trade Unions and Society in East Central Europe, Frank Cass, London; Simon Clarke, Vadim Borisov y Peter Fairbrother (1994) "Does Trade Unionism have a Future in Russia?", en Industrial Relations Journal 25/1, Glasgow: 15-25; Vladimir Ilyn (1996), "Russian trade unions and the management apparatus in the transition period", y Vladimir Ilyin (1996), "Social contradictions and conflict in Russian state entreprises in the transition period", ambos en Simon Clarke (editores), Conflict and Change in the Russian Industrial Entreprise, Edward Elgar, Cheltenham.


6. Lo mismo sucedió en Donbass, donde en 1989 los mineros no permitían la entrada de trabajadores extraños en las cuadras de la ciudad donde tenían lugar las permanentes reuniones por la huelga. En la huelga de 1993 en Donbass, la situación fue muy diferente; allí los activistas mineros promovieron la generalización de la huelga (Simon Clarke y Vadim Borisov, 1994, "Reform and Revolution in the Comunist National park", en Capital & Class 53, Nº de Verano: 9-13; Vadim Borisov (1996) "The Strike as a form of labour activity in the period of economic reform", en Simon Clarke, editor, Labour Relations in Transition, Edward Elgar, Cheltenham).


7. Tanto la NPG como Rosugleprof rechazaron apoyar la huelga espontanea en la mina Yuzhnaya en Vorkuta, que duró desde el 14 al 20 de noviembre de 1995. Ambas organizaciones llamaron a los trabajadores a retomar el trabajo a la espera de una gran huelga que iba a tener lugar el 1º de diciembre en Vorkuta, convocada por Rosugleprof el 14 de noviembre y apoyada por la NPG el día siguiente. En un acto el 15 de noviembre los trabajadores rechazaron con gritos los pedidos de ambos sindicatos y de los Comités de trabajadores de la ciudad. El director de la mina paró entonces la producción de la mina cerrándola por reparación, y usó una pequeña cantidad de dinero que llegó para pagar a los huelguistas, como había sucedido otras veces en el pasado, no para ese fin sino para pagar a los trabajadores que repararon la mina (V.Ilyin: Vorkuta, sept-nov. 1995. Quarterly Report of the Information-Analitical Centre for the Coal-Mining Industry, ISITO, Moscow. El Information Analytical Centre es apoyado por un convenio con la Westminster Foundation).

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