Las “Memorias” de Gorbachov-Shevardnadze

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A fines de 1991 aparecieron “El futuro pertenece a la libertad” (Ediciones B, Barcelona), de Eduard Shevardnadze, ex canciller de la ex URSS, y “El golpe de agosto” (Editorial Atlántida, Buenos Aires) de Mi-jail Gorbachov, último secretario general del autodisuelto PCUS y último presidente de la también au-todisuelta Unión Soviética.


 


El alcance que los autores pretenden dar a sus obras es bien diferente. Mientras Shevardnadze intenta presentar ‘la historia de la perestroika”, Gorbachov se limita a ensayar una defensa de su actuación personal en los días del golpe y a defender su propuesta de una nonata Unión de Estados Soberanos (UES) que deberíahaberreemplaza-do a la URSS. Colaboradores políticos íntimos en el pasado, adversarios en el presente, uno y otro muestran acabadamente —tanto en sus coincidencias como en sus divergencias— el contenido social restauracionista de la perestroika.


 


El libro de Shevardnadze viene a confirmar que la perestroika fue concebida como una preparación de la política restauracionista abierta que siguen hoy los Yeltsin y compañía.


 


La perestroika nació como el intento de la burocracia de inyectar un orden jurídico a su propia dictadura, es decir consagrar sus privilegios y establecer las garantías a la propiedad privada. Pero esta política debía implementarse en el marco de un completo desmoronamiento de las posibilidades de desarrollo de la URSS por parte del régimen burocrático. “Vastos territorios —afirma Shevardnadze— han sufrido tal presión por parte de un centralismo imprudente que se han convertido en zonas muertas a causa del desastre ecológico. Habiendo ganado ciento ochenta mil millones de dólares con el ‘rápido y fácil’ petróleo, la nación no mejoró por ello ni sus habitantes vieron mejorar su nivel de vida”. La burocracia había convertido a la URSS en un “país del Tercer Mundo”, pero no por “centralismo imprudente” sino saqueando conscientemente a la propiedad del Estado.


 


Paralelamente al estancamiento económico, el régimen político burocrático sufría una acelerada descomposición política que se ponía de manifiesto en que “la mafia se había infiltrado en (todas) las estructuras (estatales) y las mantenía bajo su control. Se había destruido la confianza en el gobierno, el dinero se había convertido en juez supremo y la sociedad se había envuelto en una atmósfera de desesperanza”.


 


Según Shevardnadze, miembro prominente de la “nomenklatura”, la causa del estancamiento soviético no habría sido otra que la "competencia militar”. El canciller no elabora esta premisa, porque ello lo hubiera llevado a cuestionar el pilar estatégico de stalinismo: la coexistencia pacífica, es decir la posibilidad de saltar la vía revolucionaria para terminar con el capitalismo y reemplazarla por la pretensión de que un país atrasado supere a los países desarrollados por medio de la autarquía económica. La “competencia militar” es el complemento natural de la estrategia del “socialismo en un solo país” y tiene un carácter inconfundiblemente nacionalista y opresor.


¡Pero más aún que la “competencia militar”, Shevardnadze confiesa a su modo que la “perestroika” fue determinada por el temor a las masas, es decir a la revolución.


 


La burocracia asistió aterrorizada a los acontecimientos polacos de 1980 “un movimiento apoyado por la clase proletaria y la intelligentsia (o clase intelectual) (que) constituyó una verdadera amenaza capaz de desestabilizar el poder”. Shevarnadze reconoce que ya en 1980 la burocracia moscovita no tema condiciones, ni internas ni internacionales, para intervenir militarmente Polonia y dudaba enormemente de la posibilidad del ejército polaco de llevar a cabo la represión. Once años después, el “demócrata” Shevardnadze sostiene que la “decisión” de Jaruzelsky (¡el golpe!) “salvó” a Polonia y no deja de recordar el terror de Moscú porque “Jaruzelski también podría haber fracasado”. “¿Fue la perestroika la que contribuyó al surgimiento de Solidaridad?”—es la réplica de Shevardnadze a los “con-servadores” que acusan a la perestroika de “haber abierto las puertas del infierno”. “La perestroika nació —remacha con razón Shevardnadze— por la necesidad objetiva de superar la situación de crisis que amenazaba tanto a la seguridad nacional como a los intereses nacionales”.


 


La perestroika nace de las filas del “viejo régimen”, porque “era imposible actuar al antiguo modo bajo condiciones que impiden cualquier posibilidad de actuar de tal manera”.


 


Shevardnadze defiende la perestroika para el presente y al stalinismo para el pasado, cada uno a “su tiempo”. Así afirma que “en cualquier caso, el sistema administrativo de mando, denunciado ampliamente hoy en día, fue capaz de activar ese enorme potencial (para repeler la invasión nazi y emprender la reconstrucción del país) y por lo tanto sería equivocado afirmar que lo hizo sólo por medio de la coacción”. El hilo conductor entre una etapa y otra es la vigencia de los intereses de la burocracia. Shevardnadze se lanza incluso a la apología: “Kruschov expresó las emociones de una persona largo tiempo humillada y lanzó degradantes invectivas contra su “maestro”. Despreciaba a Stalin, no sólo como tirano, lo que por supuesto había sido, sino también como una persona profundamente ignorante y estúpida. No obstante, si tal había sido, ¿cómo pudo crear un estado tan poderoso y convertirse en un dios para millones de personas? ¿Cómo había conseguido ser reconocido como digno interlocultor y colega por muchos de los políticos más destacados del mundo? (¡especialmente esto!) ¿Acaso lo había logrado mediante la mera insidia, crueldad, coacción y astucia? ¡No, era imposible!”.


 


Han sido los más "duros” stalinistas —recuerda Shevardnadze— los que dieron el puntapié inicial de la perestroika (la que, por otro lado, no hubiera podido ver la luz sin el “visto bueno” de la KGB y el alto mando militar). El ex canciller revela, por ejemplo, que el “conservador” Brezhnev fue el primer “perestroiko” en la dirección del PCUS porque “apoyó nuestros experimientos en Georgia” (donde Shevardnadze era secretario general del PC) que consistían nada menos que en “atraer capital extranjero para financiar la construcción de centros vacaciona-les y de deporte en las montañas”.


 


Shevardnadze destaca también el papel jugado en la génesis de la perestroika por otro “duro”, Andrei Gromiko, semi-centenario diplomático de Stalin y canciller de Kruschov y Brezhnev. Gromiko firmó en 1975 los “acuerdos de Helsinki”, de Seguridad y Colaboración Este-Oeste, donde la URSS realizó “concesiones claves”(International Herald Tribu-ne, 4/6/89) en materia de derechos de propiedad. Sin este trabajo preparatorio no habría habido perestroika: “el número de contactos, consultas y negociaciones … el potencial acumulado durante años… para dar un salto hacia adelante era muy sustancial”. Pero Gromiko —un sobreviviente de los “Procesos de Moscú”— no sólo creó el “potencial para el salto” sino que obtuvo que Gorbachov fuera nombrado secretario general del PCUS en 1985, apoyó luego la candidatura de Shevardnadze a la cancillería y hasta diseñó lo que “él creía que debía ser la política exterior de la nación en la etapa de la perestroika”. En ningún momento, Shevardnadze señala haberse apartado un milímetro de esas “directivas”.


 


La diplomacia “perestroika”


 


“La tarea estratégica (de la diplomacia “perestroika”), según Shevardnadze, (era) crear las condiciones externas favorables al máximo para la reforma interior”, que Shevardnadze resume en como “desmantelar las viejas barreras que se interponían a nuestras relaciones con Occidente”. Pero “desmantela-miento de las barreras” sólo puede significar derribarlas diferencias de principios sociales entre los Estados, es decir, restaurar el capitalismo en la URSS y en el “glacis”.


 


Shevardnadze enfatiza que este “nuevo pensamiento diplomático" fue un patrimonio común de todo el PCUS. Recuerda que en febrero de 1986, en el 2T* Congreso, “la parte dedicada a la política exterior del informe fue aplaudida” y que más tarde, en julio de 1988, “la 19Q Conferencia del Partido había precisamente confirmado nuestra prioridad fundamental: fomentar las condiciones externas de paz favorables a las reformas internas La verdadera “novedad” de la diplomacia perestroika era que venía a liquidar las “posiciones externas” que la burocracia había considerado hasta entonces como la salvaguarda de su “seguridad”'.


 


Los “acuerdos armamentísticos” fueron consagrando la superioridad estratégica del imperialismo norteamericano en materia de armas nucleares. Por eso “el método secular de reafirmar la seguridad mediante las armas… ya no garantizaba ni nuestra seguridad nacional ni garantizaba nuestros intereses nacionales”. El “desarme unilateral” de la URSS, se regocija Schavardnadze, fue impulsado por el “complejo militar-industrial” : las razones de “la destrucción del complejo de misiles Oka, (hay que preguntarlas) no a mí sino al mariscal Ajromeiev, que se sentó junto al secretario general durante las negociaciones acerca de este tipo de misiles. El mariscal sabe tan bien como yo, o incluso mejor, quién dió su consentimiento y por qué: también es conciente de que tales decisiones no se toman sin el consentimiento del ministro de Defensa y del jefe del estado mayor”. Cuando saca los trapitos al sol, el libro de Schevardnadze es invalorable.


 


Pero tampoco Europa Oriental servía ya como tapón de seguridad. “Las fortificaciones exteriores creadas para defender la causa por la que trabajábamos mis colegas y yo se desmoronaban…. en casi todos los países de Europa (oriental) los dirigentes políticos estaban perdiendo rápidamente el control de la situación y no podían encontrar respuestas adecuadas a las peticiones de los defensores de los cambios democráticos. En algunos casos, en su persistencia de rechazar las reformas … fortalecían a la oposición desorganizada”. “Oposición desorganizada” es el eufemismo de Schevardnadze para revolucionaria. No, la burocracia no se bancaba más una revolución en sus fronteras. ¡La amenaza a la seguridad del régimen venía de los trabajadores, no del imperialismo!


 


La diplomacia del “nuevo pensamiento” se limitó a llevar a cabo una liquidación "ordenada” y pautada con el imperialismo de los regímenes sociales anticapitalistas para preservar el aparato de estado de estos regímenes, es decir, la burocracia.


 


La burocracia calculaba que el "retiro” soviético serviría como una válvula de escape a la presión de las masas, pero en realidad la activó. Esto se vió al final en Rumania, pero antes que nada en Alemania, a la cual, no casualmente, Shevardnadze dedica dos capítulos de su libro.


 


La llamada “crisis de refugiados” de 1989 en la RDA que obligó a Honnecker a renunciar y a sus sucesores a intentar realizar “su” perestroika fue tramada por Moscú, en colaboración con el imperialismo norteamericano y alemán. Pero esta "operación quirúrgica” estuvo a punto de convertirse en sangría y el temor visceral de Gorbachov —que “el poder quede en las calles”— pareció estar a punto de materializarse.


 


La caída del Muro planteó objetivamente (es decir como una alternativa) el “peligro” de una unidad revolucionaria de Alemania. La política de la burocracia soviética era marchar a una "unificación” pautada, con “garantíasy reaseguros”y en el plazo de varias décadas. Pero en el apremio de elegir entre el peligro a la revolución y la anexión como salida de emergencia, la burocracia se jugó a muerte por esta última. Alemania no es entonces de ningún modo, como sostienen algunos trotskistas, un “caso atípico”. Es en realidad el único modelo normativo de restauración capitalista. Alemania es demasiado importante para convertirla en “excepción”. Shevardnadze la califica como “la única opción racional”… después de haber obtenido de Kohl una buena suma de dinero. El tratado de anexión fue ratificado por el Soviet Supremo de la URSS, naturalmente con el voto de los “duros”.


 


Si la “política alemana” de la burocracia moscovita fue una expresión del carácter restauracionista de la perestroika, otra expresión —y de no menores dimensiones— fue su política frente a la guerra del Golfo. Con un cinismo sin igual, Shevardnadze acusa a Saddam de “imperialista” y califica a los reyezuelos kuwaitíes como gobernantes de un país “débil”. Naturalmente, el ex canciller pasa por alto las provocaciones sauditas-kuwaitíes contra Irak e incluso la “cama” que le tendió la diplomacia norteamericana, y también pasa por alto la invasión de Estados Unidos al “débil” Panamá.


 


La burocracia soviética no sólo “'justificó” esta agresión contrarrevolucionaria estratégica del imperialismo norteamericano. “Mijail Gorbachov—recuerda Shevardnadze.— advirtió seriamente a Tarek Azis (canciller irakí) que su país se encontraría en una posición desastrosa a menos que los líderes iraquíes tomaran la decisión de retirarse de Kuwait … Informamos al gobierno iraquí que no habría límites al empleo de lafuerza contra Irak (es decir, que el imperialismo no descartaba la “opción atómica”) (porque) la resolución 678 de la ONU no establecía límite alguno”.


 


El salvaje bombardeo “aliado” contra las ciudades iraquíes causó más de 300.000 muertos entre la población civil, lo cual no impide al hombre que declaró “que la vida humana debe ser el valor supremo de la política internacional” asegurar, al mismo tiempo, que “tampoco cabe duda de que preparar un cese el fuego en las etapas finales de las hostilidades (como lo había planteado Gorbachov y el nuevo canciller soviético que sustituyó a Schevardnadze) era un error”. Schevardnadze no dedica una sola línea a los intereses “nacionales” de la burocracia que justificasen la alianza contra Irak. Si se tiene en cuenta que la burocracia quiere explotar el petróleo siberiano con la Esso, la Oxy y la Chevron, es indudable que al menos por el momento Gorbachov no podía chocar con los intereses petroleros norteamericanos que determinaron la guerra contra Irak. Pero todavía más importante para la burocracia era la necesidad de alinearse con Arabia Saudita, Egipto, Turquía, etc. para hacer frente a la crisis revolucionaria en sus repúblicas “islámicas” . Gorbachov y el georgiano Schevardnadze apoyan al imperialismo contra Irak para obtener de ésta el apoyo contra los pueblos árabes, musulmanes y asiáticos de la ex-URSS.


 


El golpe de Agosto


 


El libro de Shevardnadze termina exactamente donde comienza el de Gorbachov, en el golpe de agosto, alrededor del cual los antiguos colaboradores se libran a una encarnizada disputa.


 


Shevardnadze acumula evidencias de la participación de Gorbachov en los “preparativos” del golpe (apañamiento de los golpistas y despido de los “demócratas” del gobierno), del los cuales sólo se habría “despegado” cuando los golpistas se “despegaron”de él. El libro de Gorbachov parece ser una respuesta a las acusaciones de Shevardnadze. Pero incluso en la defensa de su papel personal frente al golpe, Gorbachov no puede aventar las acusaciones de Shevardnadze. En efecto, Gorbachov relata que —a la llegada de los representantes del “Comité” que venían a detenerlo— intentó mantener una negociación con los golpistas. “Propongo —les dijo— que convoquemos a una reunión del Soviet Supremo y del Consejo y lo resolvamos todo allí. ¿A ustedes les preocupa la situación actual? También nos preocupa a todos nosotros. Ustedes creen que son necesarias medidas urgentes. Yo comparto su opinión. De modo que reunámonos y tomemos algunas decisiones. Estoy dispuesto a acceder ala convocatoria del Congreso de Delegados del Pueblo y del Soviet Supremo, dado que muchos líderes del país tienen dudas.


 


Reunámonos, discutamos las cosas. Demos algunos pasos”. No se trata, sin duda, del lenguaje de un “antigolpista”.


Shevardnadze sostiene que el golpe fue la consecuencia de la política de “concesiones y demoras” de Gorbachov frente a los “conservadores y reaccionarios”. Por el contrario, Gorbachov afirma que esta política de “concesiones” permitió avanzar sin que los “conservadores y reaccionarios” “sacaran los pies del plato”. Shevardnadze sostiene que el golpe demuestra el fracaso de la perestroika mientras que, inversamente, Gorbachov afirma que la derrota del golpe evidencia la victoria de la perestroika. El primero no logra explicar porqué Yeltsin se ha lanzado a recorrer —tanto en el terreno interno como en el externo— el camino abierto por la “fracasada” perestroika. El segundo no consigue explicar porqué no logró sobrevivir al “triunfo” de su política.


 


La discusión entablada entre Gorbachov y Shevardnadze —íntimos colaboradores políticos poco tiempo atrás— pone al descubierto la imparable disgregación de la burocracia soviética. Pero es completamente insustancial en lo que respecta al golpe de agosto.


 


El fracaso del golpe de agosto puso al desnudo el completo agotamiento del régimen político existente; fue una manifestación insuperable de que las relaciones del “estado obrero degenerado” ya no servían para mantener la unidad de la burocracia. Debía marchar rápidamente ala restauración abierta, ya sea mediante una dictadura militar, ya sea mediante una “dictadura civil” de los “demócratas”. Por eso debió “enterrar” a la perestroika —es decir, a la restauración con métodos “liberales” y elecciones periódicas.

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