“El Mal», de Miguel Bonasso

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El libro de Bonasso (El Mal. El modelo K y la Barrick Gold, amos y servidores en el saqueo de la Argentina. Editorial Planeta) apareció hace dos años, en septiembre de 2011, poco antes de que su autor completara su segundo mandato como diputado y un año después de que la ley de Glaciares fuera aprobada por el Congreso, el 30 de septiembre de 2010. Es un libro con un buen ritmo para sus casi 500 páginas, casi periodístico en ese sentido. Pero además en algunos temas parece un ensayo o un libro de denuncias y también tiene un gran sentido autobiográfico. Gran parte del libro está contado en primera persona y el balance de la actuación del autor en los sucesos que se relatan no puede estar ajeno a un comentario del libro, porque además, es lo que Bonasso deliberadamente busca. Si bien gran parte está dedicado a la campaña del propio Bonasso como presidente de la Comisión de Recursos Naturales de la Cámara de Diputados por la primera ley de protección de Glaciares -que Cristina K vetó en 2008- y, en especial, por su segunda versión aprobada, como dijimos en septiembre de 2010, el libro es de alguna manera, un intento de balance de la presencia de la Barrick, de la minería, del rol de los K y del propio Bonasso en este presente tomado como historia. De todo eso trata el libro.

Barrick Gold

Bonasso despliega una crítica demoledora de Barrick Gold y de sus fuertes entrelazamientos con el gobierno K. El título de su libro lo anticipa: El Mal y su bajada es «El modelo K y la Barrick Gold, amos y servidores en el saqueo de la Argentina». Si de «titulares y suplentes» se trata, Bonasso coloca claramente a Barrick del lado de los titulares.

Bonasso va a hurgar en los orígenes de Barrick situados en las décadas del 70 y 80, con fuertes vínculos con traficantes de armas, con la CIA, con George Herbert Walker Bush (como lo llama reiteradamente en su libro para distinguirlo de su hijo George W.), fugaz director de la CIA en 1976, vicepresidente de Reagan (1981-89) y, finalmente, presidente de los Estados Unidos entre 1989 y 1993, y -según Bonasso-, lobbista de Barrick, mientras fue funcionario y desde entonces. Las denuncias de Bonasso vinculan a la Barrick con el affaire Irán-contras durante el gobierno de Reagan. El dueño de Barrick, Peter Munk, tras algunos fracasos comerciales, pasó a convertirse en poco más de veinte años en titular de una de las empresas líderes en la extracción de oro en el mundo. El punto de partida habría sido la compra por 63 millones de dólares de una mina de oro en Nevada (Estados Unidos), una cifra irrisoria si se tiene en cuenta que sus reservas saltaron «mágicamente» de 650 mil onzas en 1986 a 24 millones (es decir, 60 veces) poco después. La operación fue facilitada por el gobierno de Reagan-Bush que le permitió patentar la titularidad del yacimiento por monedas.

El libro recoge fuertes denuncias que circulan sobre Barrick en sus yacimientos en Tanzania (la masacre de Bulyanhulu en 1996) y en Papúa Nueva Guinea (violaciones en masa en febrero de 2009). También sus arreglos corruptos en República Dominicana. Barrick se convirtió en poco más de veinte años en líder mundial en la extracción de oro con 27 minas de oro y dos de cobre, la mayoría de ellas en Australia, y sólo una en Canadá, que, sin embargo, es el país donde está radicada su sede mundial.

La minería en la Argentina de los ’90

Para explicar los vínculos de Barrick con Argentina, el libro va a partir de las grandes modificaciones de las normas para la explotación minera, operadas por el tándem Menem- Cavallo, que abrieron el camino para las grandes inversiones mineras de los pulpos internacionales: El proyecto de ley sobre el nuevo régimen de inversiones para la actividad minera fue aprobado en abril de 1993 por unanimidad en el Senado, y tuvo a los Kirchner como uno de sus protagonistas, al punto que fue en Santa Cruz donde se instaló la segunda mina en importancia de ese período, Cerro Vanguardia de la sudafricana Anglo Ashanti y que cuenta con la participación minoritaria de Fomicruz, empresa estatal de la provincia de los Kirchner. Bonasso va a resaltar la colaboración que Gioja ya prestaba desde el Congreso a esta política de entrega. También denuncia las concesiones coloniales que se les otorga a los pulpos mineros en términos de un tope extremadamente bajo a las regalías, estabilidad fiscal, libre uso de divisas, ventajas impositivas, etcétera.

El autor vincula tempranamente a Barrick como una de las impulsoras de esta política, a partir de la compra de tierras con grandes reservorios de oro en ambos lados de la frontera argentino-chilena en el norte de San Juan. Son las tierras que hoy abarcan a Veladero y Pascua Lama. El problema para que esa explotación fuera viable y para que la propia adquisición de las tierras fuera legal es que se requería un acuerdo con Chile. Acotemos por nuestra parte que Chile y Argentina arrastraban numerosas disputas limítrofes desde el siglo XIX y que bajo las dictaduras de Videla y Pinochet estuvieron a punto de llegar a un conflicto armado.

Bonasso resalta que fue a partir de la presión de Barrick y de su lobbista Bush, que el 29 de diciembre de 1997, los presidentes Menem, de Argentina, y Frei, de Chile, firmaron el Tratado minero argentino-chileno que, entre otras cosas, derogaba las restricciones para que extranjeros tuvieran propiedades en las zonas fronterizas y lo habilitaba específicamente para los emprendimientos mineros. Como señala el libro, este tratado no hacía más que legalizar las compras que Barrick ya había efectuado unos años antes de las tierras que son el asiento de los proyectos de Veladero y Pascua Lama, y algunos miles de kilómetros cuadrados más que albergan seguramente más yacimientos de oro aun no declarados. Bonasso denuncia que un senador chileno, Jorge Lavandero -que se opuso al tratado y presentó una apelación al Tribunal Constitucional chileno- fue injustamente encarcelado durante el gobierno «socialista» de Lagos, y que las sanciones y persecuciones continuaron durante el mandato de Bachelet. Bonasso relata que Lavandero le contó que Lagos había salido en defensa del tratado y que Luksic -uno de los más grandes ricachones chilenos y dueño de la mina de cobre Pelambres, pegada a la frontera con Argentina (y al proyecto de Pachón, hoy día propiedad de Glencore)- financió la campaña de Lagos. Naturalmente, Luksic se benefició del tratado que ampara la zona binacional de Pelambres-Pachón, en la zona de Calingasta en el sur sanjuanino.

Tratado con Chile

Los Kirchner continuaron y profundizar esta política «noventista». En primer lugar a poco de asumir a principios de 2004, Kirchner presentó con toda la pompa y desde la Casa Rosada el Plan Minero nacional. También ratificó la política de excepción que había establecido Duhalde y que eximía a las mineras de liquidar las divisas a través del Banco Central, que duró hasta fines de 2011, cuando Cristina impuso el cepo cambiario, también para la minería. Y en especial al suscribir acuerdos específicos para dotar de un marco jurídico especial al proyecto de Pascua Lama. Entre ellos, el tratado firmado por Cristina y Bachelet en abril de 2009, que incluyó cláusulas impositivas especiales que como denuncia Bonasso no fueron avaladas por Cristian Modolo -subsecretario de Ingresos Públicos de la Secretaría de Hacienda-, que se negó a firmar el acuerdo por considerar que violaba leyes argentinas, otorgándole a Barrick privilegios especiales tanto en IVA como en ganancias, tal como lo denunciara en su momento el periodista del diario La Nación, citado por Bonasso. Recién a partir de la firma de ese tratado impositivo secreto, el proyecto de Pascua Lama pudo ser anunciado coincidentemente con la celebración, en Argentina, del día de la minería, el 7 de mayo de 2009.

Aunque volveremos más adelante sobre la relación entre Bonasso y los Kirchner, vale citar aquí una reflexión de Bonasso: «compartimos algunos posicionamientos históricos de la pareja, como la histórica defensa de los Hielos Continentales y su oposición a esa poligonal acordada entre Bush, Menem y Frei, para cederle a Chile más de 1.000 kilómetros cuadrados de territorio nacional» (pág. 186). ¿Habrá reparado Bonasso que el tratado de los Hielos Continentales fue parte de la estrategia que culminó con el Tratado minero binacional que los K perfeccionaron durante sus mandatos? ¿Y que la Barrick se quedó con bastante más de 1.000 kilómetros cuadrados para su «tercer país», como lo llama el propio Bonasso?

Bonasso y los Kirchner

Bonasso no se priva de criticar duramente la política de los Kirchner en relación con la minería, especialmente en los últimos años, pero esta crítica debemos analizarla cuidadosamente, pues en el libro, Bonasso hace un balance en cierto modo crítico de su amplia colaboración con el matrimonio K. Bonasso retornó de su exilio en marzo de 1997 y cuenta que al poco tiempo, tras el gran éxito de ventas que significó su libro Héctor Cámpora, el presidente que no fue, fue citado por la entonces diputada por Santa Cruz, Cristina, que le contó que su hijo Máximo casi la había obligado a sumergirse en la historia de Cámpora. A partir de entonces, comenzaron a reunirse regularmente y en muchas de esas reuniones participaba Néstor, en aquel momento gobernador de la lejana Santa Cruz.

Por entonces, los Kirchner participaban de un armado político con sectores duhaldistas, el grupo Calafate, que Bonasso decidió no integrar. Cuenta en especial su enfrentamiento con un integrante clave de ese grupo, Alberto Fernández, que venía del cavallismo. Bonasso terminó firmando una solicitada de intelectuales en apoyo a la Alianza de la UCR y el Frepaso que llevaron a De la Rúa y a «Chacho» Alvarez, a la presidencia y señala en el libro que el propio grupo Calafate fue marginado durante ese período por el propio Duhalde.

Durante el gobierno de De la Rúa siguieron reuniéndose y, según Bonasso, «donde coincidimos de manera más estrecha» fue en el apoya a los fiscales que investigaban las coimas en el Senado, cuya denuncia fue el detonante de la renuncia de «Chacho» Alvarez a la vicepresidencia. Después de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, en las que Bonasso había participado en la calle, tuvieron balances disímiles. Según Bonasso para Kirchner «fue un complot de Duhalde y Ruckauf para voltear a De la Rúa». Para Bonasso fue una pueblada. Hoy, Bonasso cree que ambas visiones eran parciales, y en ese sentido estaban equivocadas, y que habría que conjugar ambas.

Cuando Kirchner se largó a hacer campaña para presidente, Bonasso se integró orgánicamente en un comando de campaña conducido por Cristina, y donde Alberto Fernández tenía una posición destacada. Según Bonasso, el primer sapo que tuvo que tragar fue la alianza con Duhalde «tejida astutamente por Alberto». Pero siguió. En cambio, cuando se enteró de que el candidato a vice era Daniel Scioli, «tuvo una larga y áspera discusión» con ambos y rompió. Pero… cuando quedó en el balotaje con Menem, volvió a apoyarlo y participó el 25 de mayo en todas las ceremonias de asunción. Bonasso cuenta que lo entusiasmaron «los gestos contra la impunidad del estado terrorista de ese presidente que, en una cierta medida, habíamos ayudado a llegar». En su apoyo, Bonasso coloca una afirmación sobre la que volveremos: «(Me emocionó) la manera en que Kirchner devolvía respeto a la figura presidencial».

La esposa de Bonasso, que había trabajado en televisión durante el exilio fue designada directora informativa de canal 7. En defensa de su mujer que «(padecía) la guerra secreta de los inmorales de siempre» tuvo una nueva y fuerte discusión con Kirchner. En ese diciembre de 2003 estalló el escándalo de las denuncias de Mario Pontaquarto sobre las coimas en el senado. Según el libro, Pontaquarto le confirmó que Gioja fue uno de los senadores que cobró (50.000 dólares) y que, por eso, ni Néstor ni Cristina fueron a la ceremonia de su juramento ese 10 de diciembre de 2010.

Comisión de Recursos Naturales

De acuerdo con el relato de Bonasso, sus relaciones en los primeros meses del gobierno de Néstor siguieron siendo bastante fluidas aunque no exentas de algunas discusiones. Hay un viaje a Venezuela en el que tanto Alicia Castro como Bonasso son tildados de «chavistas», mientras que el entonces canciller Bielsa arma una reunión con los opositores a Chávez y se queja de que el presidente venezolano financia a piqueteros anti K.

Pero la prueba de sus fuertes vínculos con el gobierno durante esa primera etapa lo cuenta el propio Bonasso. Fue Néstor quien el ofreció la presidencia de la Comisión de Recursos Naturales y Conservación del Ambiente Humano de Diputados y, ante su aceptación, lo mandó a hablar con Díaz Bancalari, el duhaldista que en 2004 manejaba el bloque de diputados y repartía las comisiones.

Así, casi de casualidad, Bonasso se involucró en la problemática medio ambiental. A pesar de lo cual, Bonasso, que reconoce que no era un ambientalista, afirma que «intuía lo que ahora me consta: la lucha auténtica por los recursos naturales y la preservación del ambiente es la versión actual de la vieja lucha contra el imperialismo, la vieja lucha de los trabajadores por una sociedad sin explotadores ni explotados. Más intensa -afirma- que la lucha librada por nuestros abuelos, porque ahora se trata de la supervivencia de la raza humana» (pág. 218).

Concluye con lo que es casi un balance del libro. «Lo que no sabía entonces era que la defensa del ambiente me llevaría a una situación impensable y no deseada: el enfrentamiento con el matrimonio Kirchner».

Ruptura con los Kirchner

Bonasso sitúa su ruptura formal y pública con los Kirchner a fines de 2008, cuando dio una conferencia de prensa junto a Humberto Tumini, de Patria Libre. Si bien el tema central fue el veto a la ley de Glaciares y el tema ambiental, Bonasso señala que sus diferencias fueron madurando a partir de otros tres elementos, «una corrupción desbordaba, que en 2005 ó 2006 aún podía constituir un temor más que una certeza» (pág. 245), «su frustración como diputado al comprobar durante dos períodos que el Parlamento era una escribanía de gobierno» y el tercero el caso de Hilda Molina, quien, según Bonasso, «envenenó las relaciones con Cuba durante más de dos años y facilitó una provocación de elementos anticastristas enquista- dos en el gobierno K, demasiado malévola para no pensar que, por detrás, se movía la eterna mano que mece la cuna» (pág. 246).

De paso, Bonasso cuenta que la invitación a Fidel para participar de la jura de Néstor, el 25 de mayo de 2003 que dio lugar al discurso de Fidel en las escalinatas de la Facultad de Derecho, no fue resultado de una invitación de Kirchner, que no la quiso hacer, sino de Duhalde. Cuando Fidel concurrió a la reunión cumbre del Mercosur en julio de 2006 en Córdoba, el tema de Hilda Molina emponzoñó toda la relación al punto que Fidel se quedó en el hotel y no fue al banquete en el Palacio Ferreyra.

Bonasso concluye: «Nunca sabré en qué medida el estrés tremendo de ese viaje, al que se sumó después el calor y el trajín que lo esperaba en Santiago de Cuba, acabaron por mellar la salud del Comandante y colocarlo literalmente al borde de la muerte» (pág. 256). Después de concurrir a una reunión de No Alineados en La Habana, en representación de Kirchner, cuenta Bonasso que Néstor le «lanzó una pregunta sin respuesta posible: «¿Por qué sos más leal con Fidel que conmigo?».

Diálogo por Buenos Aires

Bonasso cuenta en el libro que a fines de 2006 junto con Ibarra se propusieron ni más ni menos que «conformar algo más que la mera ‘transversalidad’ como rueda de auxilio del kirchnerismo; organizar un frente social y político que pudiera superar los límites corporativos del bipartidismo» (pág. 279). Para eso convocaron a

Carlos Heller para incluir a un sector de la izquierda no peronista. Así fue que en su presentación se definieron como no «opositores, pero tampoco oficialistas, sino autónomos». Pero, como reconoce inmediatamente Bonasso, las elecciones a jefe de Gobierno en junio de 2007 los sacaron del limbo y se decidieron a cerrar filas junto a Filmus, el candidato del gobierno. Lo que destaca Bonasso es que inicialmente Heller era más reacio a sumarse al oficialismo y lo cita: »¿Cómo vamos a acordar nosotros con el peronismo?» (pág. 280). Pero, una semana más tarde, pasó a candidatearse como vicejefe de Filmus. Heller había cerrado todo el paquete con el gobierno lo que Bonasso califica como «la lógica del pícaro gordito».

Después de tormentosas reuniones y mucha tensión con Filmus, Bonasso considera que cedió y todos juntos integraron una coalición FpV-Diálogo por BA. Bonasso resalta que, en la primera vuelta, la lista de DxBA le aportó a Filmus 14,44% de los votos y le permitió ir a la segunda vuelta contra Macri (aunque perdió). DxBA se convirtió, fugazmente claro acotemos, en la segunda fuerza en la Capital.

En octubre fueron las elecciones a diputados. DxBA que encabezaba Bonasso logró renovar su banca pegada a la lista de Cristina presidenta. Y se defiende de ciertos stalinistas de cabotaje (se refiere a Verbitsky), que lo critican por haber sacado la banca gracias a los Kirchner y luego romper. Pero importa su balance. «Puedo decir que mis cuentas están en orden: a pesar de disentir con algunas orientaciones decisivas de este proyecto, voté a favor de todas las leyes que me parecieron realmente progresistas y me enfrenté a insultos y amenazas de algunos ofuscados chacareros por defender la resolución 125». Lo que aclara es que se abstuvo en la Ley de Medios y denuncia que por esto está censurado en Página/12, y no porque Clarín le haya abierto sus puertas.

Finalmente, la experiencia de DxBA terminó a las peleas. Según Bonasso, a fines de 2008, la convivencia era imposible. Heller y su segundo, Junio, se habían convertido en fieles soldados de Kirchner. Ibarra y él estaban a punto de dar el portazo. Bonasso destaca una frase de Junio: «¿De dónde sacaron ustedes que en San Juan hay glaciares?» (pág. 286) y otra de Heller: «¡Ustedes nos convencieron de hacernos kirchneristas y ahora se van!». Y para rematar una confidencia de Ibarra. «¿Sabés por qué Kirchner estaba enojado conmigo? No por mis críticas a la forma en que manejaron el despelote del campo. Fue por el juego. Por la concesión a Cristóbal López. Por las 2.000 máquinas tragamonedas más que iban a meter en el Hipódromo. Quería que yo convalidara el decreto que estaba por sacar. O, de mínimo, que no lo atacara… (y reveló) todos los detalles del decreto que firmó Kirchner pocos días antes de terminar su mandato».

Leiva y el sindicalismo de base en Veladero

En el libro hay un rescate y una defensa de la principal batalla que se ha librado contra la Barrick Gold. Y es la que libraron y libran sus trabajadores en la mina Veladero, que está en operaciones desde 2005. Acotemos que Veladero, es hoy la quinta mina de oro del mundo por volumen de producción y que por sí sola representó, en 2011, el 34% del PBI de la provincia de San Juan. Los mineros se fueron organizando, primero, en forma clandestina para luego dar a conocer una organización sindical, la Osma (Organización sindical mineros argentinos) afiliada a la CTA, que organizó reclamos, discutió paritarias y hasta paró la mina hasta lograr la reincorporación de su dirigente, José Leiva, el 17 de diciembre de 2009.

En las varias entrevistas a José Leiva relatadas en el libro se describen los ritmos inhumanos de trabajo con turnos de 14 días por 14 de descanso que si se descuentan los dos de viaje quedan 16 contra 12. Y además trabajan 12 horas por día, una semana de noche y otra de día. Y a 5.000 metros de altura y con temperaturas muy extremas, calor de día en verano y mucho frío, 20° bajo cero de noche. Y pese a eso no se los considera insalubres. Esta organización sindical de base se opone al sindicato burocrático patronal, Aoma, que es una agencia de la cámara empresaria, aunque últimamente y a partir de los cambios en la organización de los trabajadores mineros en todo el país, están comenzando a obtener aumentos más significativos en las paritarias.

Como denuncia Bonasso, entre los bajos salarios y los elevados rindes, Veladero y Pascua Lama tienen costos operativos entre 50 y 80 dólares la onza, cuando ésta cotizaba el escribirse el libro a más de 1.700 dólares.

La ley de Glaciares y el «veto Barrick»

Bonasso le dedica bastantes páginas de su libro a reivindicar su labor al frente de la Comisión de Recursos Naturales que presidió desde 2004 y en la que fue reelecto con la nueva composición de la Cámara de 2009. Dos fueron sus principales contribuciones. La ley de defensa de los bosques, para evitar el desmonte acelerado que, como él reconoce, hace estragos especialmente en el NEA y el NOA, y la ley de protección de Glaciares.

De la ley de bosques Bonasso denuncia que, si bien fue aprobada en noviembre de 2007 y promulgada de hecho el 19 de diciembre de ese año, recién se reglamentó el 12 de febrero de 2009 (14 meses después a pesar de que la propia ley ordenaba hacerlo en 90 días) (pág. 285). Y que tampoco se cumple. «Hasta hoy sigue siendo violada, en el lecho presupuestario, por el propio gobierno». En marzo de 2010, el entonces jefe de Gabinete, Aníbal Fernández desvió 144 millones de pesos de los bosques para destinarlos al «Fútbol para Todos».

La ley de protección de Glaciares fue una iniciativa de Marta Maffei, por entonces diputada del ARI que era la vicepresidenta de la comisión. Lo aprobaron por unanimidad tanto en diputados como en senadores (donde el miembro informante fue Filmus) el 22 de octubre de 2008. Sin embargo, el 10 de noviembre, mediante el decreto 1837/08, Cristina la vetó totalmente.

Bonasso comenta: «El veto a la ley de glaciares me separó definitivamente del proyecto K» (pág. 299). Digamos que esto tiene motivos muy simples. Tanto la operación de Veladero como el proyecto de Pascua Lama operan en zonas donde hay glaciares y periglaciares. Una evaluación científica podría obligar a rediseñar o suspender los proyectos. Y esto Barrick no lo iba a permitir. Y el gobierno de Cristina, fiel defensor del pulpo canadiense y del resto de los pulpos mineros radicados o a radicarse en el país, tampoco. Bonasso denuncia el rol del gobierno de San Juan y de todo el clan Gioja en la defensa de la Barrick, así como del resto de los gobernadores que conviven y protegen la minería en sus provincias, como Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja y Santa Cruz.

La nueva ley y la «trampa»

A partir del veto que fue rápidamente caracterizado como el «veto Barrick» comenzó una campaña por insistir con el proyecto. Maffei había completado su mandato y no fue reelecta. Bonasso tuvo que esperar al recambio parlamentario de 2009 y con la nueva composición del congreso volver a la carga. El oficialismo que inicialmente intentó con éxito bloquear un tratamiento en diputados para insistir con la ley vetada, logró aprobar en senadores, donde mantenía la mayoría, una nueva ley de glaciares que desprotegía las zonas periglaciares y fijaba mecanismos ambiguos e ineficaces para su control.

El esfuerzo de Bonasso fue mantener un proyecto lo más parecido al vetado por Cristina. El tema se empezó a discutir ampliamente en la prensa y la televisión. El lobby de empresarios mineros (con el sindicato patronal Aoma de ladero) y los gobernadores afines lanzaron una campaña contra la ley. En un esfuerzo final, Filmus cedió ante la posición de mantener la ley bastante parecida a la vetada y tanto el gobierno como el radicalismo dieron libertad de voto en el Congreso. Como resultado y por una votación muy apretada sobre todo en senadores se aprobó la nueva Ley de Glaciares, el 30 de septiembre de 2010, promulgada de hecho el 28 de octubre.

El gobierno y las mineras, con los gobernadores afines -con Gioja a la cabeza-, se dieron un plan para burlar la ley, lo cual hasta ahora (septiembre de 2013) han logrado. Con medidas cautelares (que, en este caso, a Cristina le parecen muy adecuadas) lograron que en San Juan no se aplique. Y, mientras tanto, Pascua Lama se siguió construyendo. Si no se terminó, no fue por la ley de glaciares argentina, sino por los desastres ambientales que Barrick provocó del lado chileno y que llevaron a la Justicia chilena (habitualmente amigable con la minería) a suspender la obra del lado chileno a fines de 2012, ratificado este año en dos instancias judiciales. Esto, sumado a los incesantes incrementos de precios en dólares del lado argentino -que han llevado los costos de construcción de los iniciales 3.000 mil millones de dólares a 8.000 a 9.000- han decidido a Barrick a paralizar las obras también del lado argentino.

Las provincias cordilleranas, a su vez, dictaron todas sus propias leyes de protección de glaciares, todas iguales y más permisivas. Como su argumento es que los recursos naturales son de las provincias, dictan sus propias leyes y no cumplen la ley nacional. En esto se apoyan en la reforma constitucional de1994, votada por todo el arco progresista que facilitó la entrega de los recursos naturales, tanto petroleros como mineros o forestales a los pulpos, como complemento de las leyes mineras de la época de Menem.

El gobierno nacional que debió encarar el inventario de glaciares en 180 días, demoró inicialmente la reglamentación de la ley y luego encargó el inventario a una institución ligada al Conicet y que trabajó para la Barrick y sin darle un presupuesto adecuado. Como reconoce el propio Bonasso. «Si alguien había pensado ingenuamente que la guerra de los glaciares se acababa con la victoria en el Parlamento debía borrar esa ilusión de su cabeza» (pág. 436).

Un hombre de Estado

Cuando se discutía las presidencias de las comisiones a partir de la nueva composición del Congreso a principios de 2010, un dirigente oficialista le preguntó a Bonasso si necesitaba ayuda para mantener la presidencia de su comisión y, a cambio, recibir apoyo para mantener las que el oficialismo pretendía. Bonasso comenta: «Le agradecí su oferta y la rehusé. No era necesario un quid pro quo, yo estaba convencido como hombre de Estado que ciertas comisiones debían quedar en manos del oficialismo, pero era convicción, no pedía nada a cambio» (pág. 383).

Más adelante y relatando sus acuerdos con Filmus después de agotadoras discusiones, saca la siguiente reflexión: «Era un signo de madurez política que un opositor y un oficialista pudieran ponerse de acuerdo en una política de Estado y no mediante una maniobra oscura como suele suceder, sino a la luz del día, de cara a la sociedad» (pág. 397).

¿Creerá realmente Bonasso dos años después de sancionada la ley de Glaciares que había una política de Estado para defenderlos? ¿O por el contrario, llegará a reconocer que quedó entrampado en sus ilusiones en que puede haber una política ambientalista compatible con la apetencia de beneficios de los pulpos y sus «servidores» como los llama en el título de su libro?

Balance

Un balance del libro es, a la vez y necesariamente, un balance político del propio Bonasso, ya que ése es, entendemos que premeditadamente, su objetivo. Debemos partir de evaluar las razones que lo alejaron del kirchnerismo y de su reciente comprobación, tal como lo afirma en el libro de que la lucha ambiental es la lucha antiimperialista y contra toda forma de explotación en el tercer milenio.

Entendemos que en ambas cuestiones están las limitaciones principales de los planteos de Bonasso. La corrupción, la manipulación de los poderes (Bonasso menciona al Parlamento pero podría extenderse a la Justicia) por parte del Ejecutivo y la cuestión medioambiental deben ser explicados como parte de una política de conjunto. Y criticadas y superadas también como una alternativa de conjunto. De no ser así pueden perfectamente ser utilizados por la oposición de derecha, que pugna por la devaluación y el tarifazo. Bonasso, asumido como hombre de Estado, distribuye elogios, medidos claro, a la «seriedad» de Pinedo (líder parlamentario del PRO), a las denuncias de Carrió, a la valentía y autonomía de Filmus (no casualmente las tres fuerzas que hoy disputan los primeros lugares en las elecciones porteñas). Es cierto que en algunas partes del libro, Bonasso roza la crítica social al señalar la tendencia del gobierno hacia una alianza con sectores «extractivistas» como el minero. Pero eso es un callejón sin salida. Suponer que un capitalismo «industrialista» sería la superación del «extractivismo» y de la «especulación financiera» es querer volver la rueda atrás. Hace muchas décadas que el capitalismo entró en su senectud, pasó a su etapa imperialista que conjuga las actividades rentísticas, financieras e industriales bajo el comando unificado del capital financiero (que además agregó el narcotráfico, la trata de personas y los negocios armamentísticos como otras ramas de las cuales obtener superbeneficios).

La limitación principal de Bonasso es no hacer una crítica de conjunto al régimen kirchnerista y el fracaso de su intento de reconstruir una burguesía nacional y «desendeudarse». Y esto tiene que ver con postularse como hombre de Estado. Bonasso denuncia el crimen de Mariano Ferreyra imputando al gobierno que «ciertas alianzas condicen inevitablemente a una suerte de complicidad con el delito», pero éstas no comenzaron en 2010. Para Bonasso, restablecer la figura presidencial fue un rasgo destacable del primer Néstor. Pero esa reconstrucción de la autoridad del Estado es lo que lleva a restablecer la represión, propia o tercerizada. Porque es la autoridad del Estado, defensor de los explotadores y también de los destructores del medio ambiente, que son una y la misma clase.

El fracaso de Diálogo por Buenos Aires debería llevar a sacar otras conclusiones.

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