«La prensa obrera», de Mirta Lobato

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A la memoria de Lisandro Suriano y Elisa Lorenzatto

La presente es una demorada reseña de uno de los últimos libros de Mirta Lobato, publicado en 2009 por editorial Edhasa. Se trata de un trabajo concentrado en analizar un amplio corpus de periódicos obreros, editados en Buenos Aires y Montevideo entre la última década del siglo XIX y fines de los años cincuenta del siglo XX. Dividido en cuatro capítulos, además de una introducción y un epílogo, el libro incluye también dos apéndices con una ficha de cada periódico consultado en la investigación, en la cual se indica su ubicación en distintos archivos y bibliotecas para consulta de futuros investigadores. Lobato, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires y autora de un amplio conjunto de trabajos sobre la historia del movimiento obrero, advierte que si bien muchas de las problemáticas que aborda en el libro se enmarcan en una investigación que ya lleva varias décadas, el origen específico de este libro, y su propio título, están directamente vinculados con la muerte de su hijo, Lisandro Suriano, fallecido junto a su compañera Elisa Lorenzatto en un trágico accidente a fines de 2001.

En una conmovedora introducción, la autora recuerda una de las imágenes de su hijo, con su actividad constante, redactando, difundiendo y vendiendo diferentes publicaciones políticas y gremiales: su trabajo con el boletín estudiantil El Agite, cuando organizó a los estudiantes secundarios del Colegio Nacional Tomás Guido del partido de San Martín, con el periódico La Caldera, más tarde, y «los días en que madrugaba para repartir la Prensa Obrera en la puerta de los lugares de trabajo, en el Hospital Eva Perón de San Martín, acompañando a su comisión interna, en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (Inti), en los talleres gráficos y en las pocas fábricas zonales que sobrevivieron a la aplicación de políticas neoliberales» (pág. 22). Ese recuerdo de Lisandro, dirigente de la UJS y del Partido Obrero, en el cual se destaca su actividad tenaz y sistemática de difusión y militancia con periódicos proletarios, enmarca todo el trabajo de reconstrucción de esa «prensa obrera» que tiene más de un siglo de historia en nuestro país y en el Río de la Plata.

El eje del libro de Lobato, y su principal mérito, es ubicar a los periódicos proletarios como un factor fundamental para el desarrollo y la estructuración de la propia clase obrera. En efecto, plantea que el estudio de la prensa proletaria «es crucial en una historia social, cultural y política sensible a la experiencia de las clases trabajadoras», en tanto desde fines del siglo XIX y, sobre todo, en la primera mitad del siguiente «la prensa obrera se fue convirtiendo en una herramienta fundamental para construir las identidades de los trabajadores en el Río de la Plata» (pp. 10-11). El periodismo proletario, de gran desarrollo en Montevideo y en Buenos Aires en el período estudiado, fue un fenómeno extendido a nivel mundial: según Lobato, «la prensa obrera fue una herramienta considerada fundamental para construir a los trabajadores como una clase social con derechos» (pág. 201). Si, por un lado, el desarrollo de los periódicos obreros se inscribió en el marco del «proceso más general de avance de la comunicación escrita», profundizó, por el otro, un proceso de delimitación de una identidad propiamente obrera, en contraposición y enfrentada al mundo de la burguesía y de sus medios de difusión. El trabajo de Lobato viene, en este punto, a llenar un vacío, dado que mientras algunas grandes empresas periodísticas, como La Nación o Crítica, han sido objeto de investigaciones históricas relativamente recientes, la prensa obrera no ha recibido una atención semejante, más allá de las clásicas «historias militantes» de los orígenes del movimiento obrero o de referencias dispersas en trabajos más recientes, sin contar con una obra que analice su importancia desde una perspectiva global.

¿Cuál es el recorte de la «prensa obrera» examinada en el trabajo? En el inicio del libro Lobato traza una distinción entre, por un lado, aquellas publicaciones editadas por agrupamientos políticos, ya sea anarquistas, socialistas, sindicalistas o comunistas, que si bien «se pueden englobar bajo la denominación de obreras (…) se dirigían también a un público más extenso, debatían con los otros partidos y grupos políticos que actuaban en la sociedad y eran producidas por militantes políticos o intelectuales vinculados con cada una de esas ideologías». Por el otro, la prensa propiamente «gremial», que, según la autora, «no puede escindirse de la prensa partidaria, pero puede considerarse como estrictamente obrera, pues era realizada por los asalariados de una rama de la producción industrial o del sector servicios, y expresaba las aspiraciones de sus organizaciones» (pág. 17). Es este último grupo, el de las publicaciones editadas por sociedades de resistencia, sindicatos, comisiones de fábrica y federaciones de gremios en Buenos Aires y Montevideo entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, el que constituye el objeto de estudio de Lobato en su libro.

El primer capítulo traza un cuadro general del contexto en el cual se desenvolvió la aparición y desarrollo de esa prensa gremial: Lobato destaca que, desde fines del siglo XIX, Buenos Aires y Montevideo constituían «ciudades proletarias», en las cuales la profunda transformación económica y social que acompañó a la consolidación de una estructura capitalista dependiente dio lugar a la conformación de una clase obrera dispuesta a movilizarse y organizarse en defensa de sus reivindicaciones. La expansión de la prensa gremial, según Lobato, debe analizarse en estrecha relación con este proceso de estructuración de la clase obrera en las metrópolis rioplatenses: «la relación entre organización obrera y prensa», señala, «fue fluida y dinámica, pues la organización gremial y política se produjo en parte como consecuencia de la acción de la prensa obrera y, al mismo tiempo, el desarrollo de la prensa gremial fue posible porque los trabajadores organizados le dieron forma, la sostuvieron y la utilizaron para informar, educar, concientizar y denunciar las injusticias y la opresión» (pág. 33). La autora analiza la «geografía de la prensa» en ambas ciudades y pone de manifiesto que, en casi todos los casos, «la distribución espacial de las redacciones de los diarios obreros era la de sus organizaciones» (pág. 52). Ubicados por lo general en distritos obreros, cerca de las fábricas y talleres, los locales donde se redactaba -y, en muchos casos, imprimía- la prensa obrera eran los mismos en los cuales los trabajadores se reunían para sus actividades políticas, sociales y culturales. Los alcances de la distribución de los periódicos son más complejos de rastrear, debido a la falta de documentación: la autora señala en cualquier caso que la circulación de la prensa obrera era amplia desde fines del siglo XIX y que los periódicos editados en las capitales de ambos países alcanzaban también a diferentes ciudades del interior. Las «hojas de fábrica», que comenzaron a editarse, sobre todo, en la década de 1920 a instancias de la militancia comunista, tenían un carácter mucho más clandestino y su distribución se concentraba en determinados establecimientos fabriles y su periferia barrial más cercana.

Lobato destaca el modo en que la prensa obrera buscó constituirse como una alternativa a las empresas periodísticas que también por esos años estaban en pleno desarrollo y transformación, en parte superando el viejo periodismo faccioso que había caracterizado a la prensa del siglo XIX y dando lugar a emprendimientos periodísticos comerciales de carácter moderno. «A las manos de un trabajador o trabajadora -plantea la autora- llegaba como mínimo una o dos veces al mes un periódico que creaba un mundo diferente, que buscaba hablarle de sus problemas, que se lo entregaban sus compañeros de trabajo y ello implicaba, posiblemente también, un reconocerse como parte de un mundo diferente» (pág. 51). Los periódicos obreros debieron enfrentar en numerosas ocasiones la persecución y represión estatal, defendiendo la posibilidad de expresar libremente sus ideas, aún en el marco de contextos fuertemente represivos. Además de «contrainformar», la prensa de los trabajadores tenía un permanente objetivo pedagógico: según Lobato, «tenía la misión de iluminar a los trabajadores, de rescatarlos de las garras del oscurantismo y de la ignorancia» (pág. 47). A lo largo de todo este período, «ilustrarse y conocer fue un binomio clave en la propuesta de comunicación de los gremios porque consideraban que el conocimiento era imprescindible para cambiar la situación de las clases laboriosas» (pág. 48).

En el capítulo 2, Lobato examina las características fundamentales de esta prensa gremial -de la cual se incluyen numerosas reproducciones facsimilares a lo largo del libro- que más allá de sus diferencias por lugar de edición, orientación política o rama de actividad, mostraba algunos rasgos comunes a lo largo de todo el período. Las publicaciones solían estar divididas en dos partes principales: mientras en la primera se desarrollaba el «debate de ideas», con editoriales y artículos de fondo, la segunda se concentraba en brindar información sobre las organizaciones obreras y los movimientos de protesta. Si bien resulta difícil trazar un promedio general, la autora señala que los periódicos gremiales tiraban aproximadamente mil ejemplares de cada número (con una periodicidad que podía ser semanal, quincenal o mensual), aunque en ocasiones ese número podía reducirse a sólo un par de centenares -particularmente en el caso de las «hojas de fábrica»- y en algunos casos excepcionales podían llegar a cifras más altas superiores a los dos mil ejemplares. Recién en la década de 1940, estos números se elevaron hasta llegar a 4 ó 5 mil ejemplares en el caso de algunos sindicatos industriales. Lobato desarrolla un análisis sobre las características editoriales de la prensa gremial, poniendo de relieve el modo en que los recursos tipográficos y de diagramación solían modificarse asiduamente antes que mantener un estilo unificado, como en la prensa comercial, debido al carácter militante de su edición: «el periódico tenía que ser construido cada vez, pues buscaban impresionar al lector, aún en un contexto de limitados recursos tecnológicos» (pág. 88). ¿Quiénes estaban detrás de esta prensa gremial? Lobato destaca la tenaz actividad de «un mundo de militantes-periodistas que se convirtieron en los productores de un artefacto cultural y político que buscaba tanto confrontar con el resto de la prensa como combatirla para incidir en la formación de una opinión pública proletaria» (pág. 62).

Dentro de ese mundo de «propagandistas» era posible advertir la figura de los llamados «redactores», que se ponían al hombro la tarea de elaborar, editar y publicar los periódicos, así como los «corresponsales», que informaban en forma anónima de las vicisitudes de un determinado conflicto gremial. También era habitual que los periódicos incluyeran artículos de figuras reconocidas del movimiento obrero, según la filiación política de cada publicación, con artículos de fondo de carácter teórico o propagandístico, además de secciones literarias y culturales. En tanto constituían «un proyecto político, ideológico, cultural que no persigue la conquista de un beneficio económico», los periódicos gremiales debían darse una política activa para financiar su aparición regular, que habitualmente iba de la mano con la lucha de las propias organizaciones gremiales por asegurar su financiamiento en un período en el cual las sociedades de resistencia no contaban con ningún tipo de sostenimiento al margen de los aportes voluntarios de los propios trabajadores. «Organización y prensa -señala Lobato- estaban unidas, y cuando la primera se debilitaba, el periódico comenzaba a salir esporádicamente hasta desaparecer» (pág. 73). Las dificultades para sostener la regularidad de un periódico quedan de manifiesto en el carácter efímero de muchas publicaciones, e incluso en la existencia de distintas «épocas» en la vida de una publicación, que ponían de relieve la intención de mostrar una continuidad con un periódico que había dejado de editarse en el pasado.

El capítulo 3 se concentra en un análisis de algunos de los rasgos comunes a toda la prensa gremial: la autora destaca que es posible encontrar algunos «tópicos» que se repiten en las publicaciones obreras a lo largo de todo el período. Lobato insiste aquí en la metáfora del «infierno», planteando que era así como solía presentar la prensa gremial a las condiciones de trabajo en fábricas y talleres; en efecto, en primer término es la crítica y la denuncia de la explotación lo que permite trazar un elemento común entre toda la prensa gremial, más allá de sus diferencias por oficio o por orientación política.1

Las denuncias sobre las condiciones de trabajo incluían referencias a los bajos salarios, las penosas condiciones de seguridad e higiene, las extensas jornadas laborales, las múltiples enfermedades y accidentes que sufrían los obreros en fábricas y talleres, así como la cuestión del trabajo infantil y femenino, analizado en detalle por la autora. Se trataba de un papel de denuncia que sólo podían llevar adelante los periódicos proletarios: tal como señala Lobato, «las imágenes que los periódicos obreros construían eran la cara negativa de los espacios laborales limpios y ordenados que muchas compañías mostraban en propagandas, fotografías y films con el objetivo de revelar un mundo moderno, racional y organizado» (pág. 120). La prensa obrera constituyó en ese sentido un factor decisivo para «contrainformar» y es, al mismo tiempo, una fuente indispensable para los historiadores que pretendan reconstruir la experiencia de los obreros, oculta y silenciada en las fuentes elaboradas por la patronal.

Ese «infierno» que eran las condiciones de trabajo «podía convertirse por la acción mancomunada de todos los trabajadores en el paraíso». El capítulo 4 cierra el libro analizando el modo en que la prensa gremial planteaba una serie de caminos para enfrentar esas condiciones gravosas de explotación y miseria que sufrían los trabajadores en el período. Un rasgo común al conjunto de la prensa gremial, según Lobato, era la importancia otorgada a la organización, considerada una herramienta fundamental para el enfrentamiento con los patrones y como base para la acción común.

Esa acción colectiva era difundida en las páginas de la prensa gremial: huelgas, llamados a boicotear a diferentes empresas, manifestaciones públicas, asambleas y meetings tenían su lugar en los periódicos, tanto en el momento de su convocatoria y difusión como a posteriori, en forma de crónica de lo sucedido. La apelación a la necesidad de organizarse era una constante que actuaba como un factor de impulso de la acción de los trabajadores. Lobato muestra cómo se repetían en los periódicos obreros las críticas a los trabajadores que actuaban con «frialdad, apatía, desdén o indiferencia», al tiempo que se insistía en la importancia de desenvolver una actividad solidaria y colectiva. El llamado a la «unidad» era una constante: todos los periódicos la proclamaban como una necesidad imperiosa, tanto para enfrentar las luchas cotidianas como para derrotar a un régimen social que garantizaba y perpetuaba la explotación.

Desde nuestro punto de vista, es aquí donde se ponen de manifiesto algunos problemas vinculados tanto con el recorte elegido por la autora -que concentra su examen en las publicaciones de organizaciones gremiales y deja de lado las editadas por los diferentes partidos y agrupamientos políticos- como con su explícita intención de priorizar un análisis de los rasgos comunes de esta prensa a lo largo de un extenso período antes que sus transformaciones en el tiempo. Ocurre que, a la hora de examinar el modo en que la prensa buscaba el camino para superar ese «infierno», las respuestas eran lógicamente divergentes. Más allá de algunos planteamientos comunes, correctamente señalados por Lobato, que atraviesan las publicaciones gremiales a lo largo de todo el período, resulta evidente que las características de la organización que debían darse los trabajadores para enfrentar un régimen de explotación fueron objeto de amplios debates y divergencias en el seno del movimiento obrero.2

Lobato admite que la cuestión «dio lugar a numerosas confrontaciones para definir cuál era la organización más adecuada, quiénes, cómo y dónde se tomarían las decisiones y cuáles eran las formas de lucha más apropiadas» (pág. 157). No profundiza, sin embargo, en estas divergencias, salvo en algunas cuestiones como las discusiones en torno del «federalismo» o «centralismo» de las organizaciones gremiales que buscaban nuclear a las sociedades de resistencia y sindicatos de diferentes oficios y ramas industriales, así como en el modo en que los cambios tecnológicos en la organización industrial capitalista pusieron en primer plano la necesidad de fortalecer los sindicatos por rama de actividad y promovieron un debilitamiento de ciertas solidaridades corporativas que estaban vinculadas con la vieja estructura de oficios.

El lector interesado en profundizar en la cuestión de la orientación política de esa prensa gremial que es examinada en el libro no encontrará en este sentido más que algunas referencias en una sección incluida hacia el final del último capítulo, donde la autora incluye una sección titulada «Trabajadores y política». Allí admite que «las relaciones de las organizaciones gremiales con las prácticas políticas de los llamados partidos ‘tradicionales’ han sido siempre un tema conflictivo» (pág. 180) y analiza, por un lado, el vínculo de los trabajadores con partidos y fuerzas políticas de carácter policlasista y «bajo fuertes liderazgos políticos personales», pero también, por el otro, la relación con los partidos provenientes de la propia clase obrera, que tuvieron casi siempre «una relación poco apacible» con las organizaciones gremiales (pág. 180). Si bien la cuestión no es problematizada en este trabajo, Lobato advierte las profundas implicancias que tendría para la clase obrera argentina el peso de una orientación que se concentraba en la actividad sindical y se declaraba «prescindente» en el terreno político.

Según Lobato, en efecto, «los reclamos de autonomía de estas tendencias de la clase trabajadora frente a los partidos políticos fueron consolidando una cultura de defensa cerrada de la independencia sindical, lo que algunas veces colocaba a los trabajadores al margen de la representación parlamentaria» (pp. 180-181). La autora llega a caracterizar el vínculo entre la orientación contraria a la participación política de numerosos gremios y el alineamiento posterior de muchos de ellos con el gobierno peronista: señala, en efecto, que muchos sindicatos habían desarrollado una línea para la cual «era indiferente quién gobernara porque el mal estaba en el sistema capitalista», y que luego de 1945, «en la práctica rearticularon la noción de prescindencia y la convirtieron en apoyo al líder del justicialismo» (pág. 187).

Las profundas transformaciones que sufrieron las organizaciones sindicales desde la década de 1940, con la estrecha vinculación al aparato estatal y la cristalización de una burocracia sindical que pasaría a ser un actor insoslayable en el movimiento obrero del país, no son analizadas en particular en el trabajo, si bien algunas referencias a los cambios que adoptaría la prensa gremial a partir de entonces son señalados en varios pasajes. Resulta evidente que esa «prensa gremial» editada por los sindicatos que es analizada en el libro, con un fuerte carácter de clase e independiente tanto financiera como políticamente de las patronales y los recursos del aparato estatal, conoció grandes cambios en la segunda mitad del siglo XX. Lobato señala que «el fortalecimiento de las organizaciones gremiales, que se hizo visible a partir del período interbélico, y la paulatina pero continua intervención de las instituciones estatales en la regulación de las relaciones laborales entre capital y trabajo significaron una mayor complejidad de las estructuras sindicales». Esa «mayor complejidad» implicó «una fuerte concentración del poder en los organismos directivos y hasta una menor aceptación de los disensos y pluralismos internos», así como «la organización de una densa red de servicios» que implicó el manejo de sumas de dinero mucho más importantes (pp. 188-189). Estos cambios «modificaron el papel de las organizaciones gremiales, incluso de aquellas que habían sido más refractarias a la aceptación de la intervención del Estado o a las realizaciones de los diferentes gobiernos» (pág. 193) y tuvieron un impacto en la prensa gremial, que la autora vincula con cambios más generales en el plano de la comunicación.

Desde su perspectiva, «los periódicos gremiales se oponían doctrinaria e ideológicamente a las empresas, disputándoles los lectores, pero en esa confrontación la prensa obrera terminó arrinconada no sólo por la superioridad económica y técnica sino también por la potencia de la creación de sentidos en una sociedad en permanente transformación» (pág. 96).

De conjunto, el trabajo de Lobato constituye un aporte a la historiografía del movimiento obrero argentino y rioplatense, en la medida en que ofrece una sistematización de la experiencia de la prensa gremial porteña y montevideana que hasta el momento no había sido encarada. Son numerosos los aspectos cuyo análisis podría profundizarse, particularmente el problema de la relación entre las sociedades gremiales y los agrupamientos políticos activos en el movimiento obrero; en este sentido, sería especialmente importante un trabajo que incluyera en el análisis a los periódicos de los diferentes agrupamientos políticos de la izquierda, que también son parte de ese mundo obrero y estaban en permanente diálogo con la prensa gremial.

Esta reivindicación de la prensa proletaria, elaborada y distribuida por y para los trabajadores, cobra, en cualquier caso, especial relieve en el actual contexto político, marcado por discusiones acerca de una «prensa militante» que, en realidad, hace referencia a emprendimientos capitalistas, tanto en su orientación política como en su estructura comercial y periodística. El examen y la recuperación histórica de la amplia experiencia de publicaciones obreras editadas en el Río de la Plata contribuye a poner en primer plano el peso de una fuerte tradición histórica de periodismo obrero, independiente de la patronal y de su Estado y, por ello, auténticamente «militante”, que miles y miles de activistas, entre ellos Lisandro, construyeron a lo largo de más de un siglo.

Referencias

1. La referencia al uso de metáforas religiosas en el discurso de la prensa gremial también es señalada con referencia a las intervenciones de diferentes corrientes políticas: según la autora tanto el anarquismo como el sindicalismo, el socialismo y, más tarde, el comunismo «designaban al capital y a los capitalistas con palabras en las que se mezclaban elementos provenientes muchas veces del cristianismo y otras del romanticismo como egoísmo, mezquindad, hipocresía» (pág. 160)

2. Lobato reconoce la dificultad de trazar en este sentido generalizaciones que incluyan a toda la prensa gremial, en la medida en que «es muy importante identificar no sólo el contexto en el cual se produce la noticia sino también la ideología hegemónica en cada periódico» (pág. 183).

Indica expresamente que no es el tema que quiere profundizar en el libro, en el cual no busca «examinar las tensiones de ese tipo sino (…) mostrar lo que los periódicos gremiales comunican y los modos en que lo hacen desde una perspectiva general» (pág. 188).

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