Tres miradas sobre «La Revolución clausurada. Mayo 1810 – Julio 1816», de Christian Rath y Andrés Roldán

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Tres meses después de la primera, apareció la segunda edición de La Revolución Clausurada, el libro que Christian Rath y Andrés Roldán escribieron sobre la década inicial de la Revolución de Mayo.

Ofrecemos al lector tres miradas sobre ese texto.

Dos son cartas dirigidas a los autores. La primera es de Eduardo Grüner, autor del prólogo, para la presentación que tuvo lugar en la Facultad de Sociales de la UBA el 10 de mayo. La segunda de Felipe Pigna, para la presentación en la Biblioteca Nacional, el 30 de agosto.

Finalmente, la tercera mirada es el comentario que publicó Juan González del Solar en la sección Cultura del diario Perfil en su edición del 15 de setiembre.

Para quien quiera acercar preguntas, inquietudes, sugerencias o aportes a los autores: www.laclausurada.com.ar

«En 1816 se declaró la Independencia para terminar con la Revolución»

Diputruchos», dirá en un rato Christian Rath, y estará hablando de algunos de quienes levantaron la mano en la Casa de Tucumán, allá en 1816. «El festejo del Bicentenario fue el festejo de la unión nacional, es decir de las clases que han gobernado el país en los últimos 200 años», arrojará Rath, con una sonrisa cómplice, como quien muestra lo que está a la vista. «¿Por qué lo digo? Porque los lazos que construyeron a este país como un país oprimido están más férreos que nunca: tenemos una economía cuyo nivel de primarización -el comercio de materias primas- es más alto que en 1910». Christian Rath es uno de los autores de La revolución clausurada, el libro que escribió con Andrés Roldán, para dar una versión de la Historia que no es la liberal -la que, en general, aprendimos en la escuela- ni la revisionista, que defiende las figuras de los caudillos -Juan Manuel de Rosas en particular- y traza una continuidad entre San Martín, Rosas y Perón. Lo que quieren mostrar Rath y Roldán es que, entre 1808 y 1820, se produjeron en estas tierras planteos políticos más federales, más laicos, más igualitarios que los que terminaron triunfando. Y cómo fueron las luchas que nos trajeron a donde estamos.

-Ustedes hablan de una revolución clausurada. ¿Hacia dónde iba y qué pasó?

-La junta de Mayo -dice Andrés Roldán- es un frente heterogéneo. Moreno plantea una expropiación temporaria de las minas para desarrollar la industria nacional. Y envían una misión al Alto Perú, que comanda Castelli, y produce un hecho notable: la proclama de Tiahuanaco. Allí se declara de liberación de los indígenas, la independencia respecto del clero y la supresión de los tributos y del trabajo servil. Esto genera una reacción contraria de las clases propietarias y comerciantes, que son los dueños de ese trabajo esclavo. Eso es 1811 y ahí hay una primera clausura.

-Ustedes discuten la idea de que la Asamblea del Año XIII haya sido progresista.

-La Asamblea -dice Rath- estaba en condiciones de declarar la Independencia y fundar la República, y no lo hizo. En 2012, el Parlamento declaró un feriado para el día que se cumplieron 200 años de su inicio. Es decir, lo consideraron un hito histórico. Pero ahí no se declaró la independencia porque así se había pactado con la diplomacia británica, que necesitaba comerciar libremente, pero no podía enfrentarse a España, que era su aliada contra Napoleón. En sesión secreta, la Asamblea decidió oponerse a la incorporación de los diputados de la Banda Oriental, que venían a declarar la independencia y establecer una confederación en la que cada provincia retuviera su soberanía. Y, lo que no es menor, a abrir los puertos, para frenar el poder de Buenos Aires. Además, querían proclamar la libertad civil y religiosa.

-¿Y qué pasó?

-La Asamblea -dice Roldán- mantuvo la organización económica del Triunvirato, que colocaba la producción y el comercio dentro del libreto inglés.

-¿Y la liberación de los esclavos?

-Cuando se reglamentó esa ley -sigue Roldán- se estableció que los niños esclavos estarían con sus patrones hasta los 20 años, y saldrían de allí preferentemente para integrar ejércitos patrios: el Ejército de Los Andes convocó a diez mil negros. La resolución más revolucionaria establecía que cualquier esclavo de un país limítrofe que pisara la Provincias Unidas era libre. Esto provocó una reacción en la corte de Portugal en Brasil y la Asamblea dio marcha atrás. Lo que sí hizo fue eliminar la tortura como parte de los procesos judiciales, lo que no impidió que se siguiera aplicando.

-Por qué hablan de diputruchos en el Congreso de Tucumán?

-Hacia 1814 -dice Rath- hay una segunda oleada revolucionaria. Se forma la Liga de los pueblos libres, con Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, la Provincia Oriental, Santa Fe y pueblos de Misiones, liderados por Artigas. Comienza el proceso que va a dar lugar a una revolución agraria en la Banda Oriental. La idea fue expropiar estancias y dividirlas en lotes de 7.500 hectáreas. Aun estancias en manos de hacendados patriotas fueron pasibles de expropiación. Esto generó una conmoción, porque entre las familias expropiadas estaban los Mitre, los familiares de Belgrano, el suegro de San Martín. También se establecieron barreras arancelarias frente a las exportaciones y se permitió a Paraguay acceder a los puertos. Entonces se calificó al artiguismo de anarquismo. Se armó el Congreso de Tucumán y para él se eligieron diputados por el Alto Perú. Pero como el Alto Perú estaba ocupado por los españoles, se tomaron algunos emigrados que estaban en Buenos Aires y se los designó diputados. Ellos, más Buenos Aires, generaron una mayoría automática en el Congreso. E impidió que asistieran los diputados de las provincias agrupadas en el sistema de los Pueblos Libres. Allí mismo se pactó la invasión portuguesa a la Banda Oriental, que terminó con la política artiguista. Había caído Napoleón, ya no había opción: se declaró la Independencia para terminar con la Revolución.

-Ustedes contraponen a Rosas y Artigas.

-En el llamado «federalismo» entran cosas muy diferentes. Rosas es el hombre de los hacendados bonaerenses que se benefician de la apropiación de tierras que establece Rivadavia. Es el hombre del latifundio, no el del reparto de la tierra. Es el hombre del puerto único. Es el que logra que les devuelvan a los hacendados porteños las tierras que Artigas habían expropiado en 1815.

Patricia Kolesnicov (Clarín, 27 de agosto de 2013)

«La Independencia para poner fin a la Revolución»

Entrevista con Christian Rath y Andrés Roldán, autores de La Revolución Clausurada, Mayo 1810 – Julio 1816 (Editorial Biblos); donde analizan el proceso revolucionario desde el marxismo (extracto).

-¿Cómo surge la idea del libro?

Christian Rath: Siempre que uno emprende una tarea de este tipo y existe una elaboración tan vasta, uno se tiene que preguntar qué es lo nuevo que pretende aportar, para que no sea de alguna manera una reelaboración de cosas ya dichas.

Originariamente, pensábamos llamar a nuestro libro «El cuarto relato de la Revolución de Mayo», en contraposición a la historia mitrista, a un segundo relato que es el revisionista, y a un tercero, con peso académico. Nuestro relato parte de tres constataciones. Una, la apreciación del contexto internacional como un período de crisis de régimen social, es la agonía del feudalismo y el período de la revolución burguesa. Nuestro análisis pretende ser una historia de la lucha de clases en lo que eran las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Dos, exhumamos una lucha social que se va a desenvolver desde los primeros momentos de la Junta de Mayo y que después va a tener una continuidad en la gesta de Artigas.

Tercero, la polémica de Marx sobre Bolívar, porque la crítica de Marx demuestra que Bolívar no es un jacobino. Cuando nosotros hablamos de este proceso de lucha social en las Provincias Unidas del Río de la Plata, estamos identificando a un sector jacobino, los Jacobinos de Mayo, los Jacobinos Indígenas. Y la denuncia de Marx, que es lapidaria y rigurosa, es la siguiente: Bolívar es un representante de los mantuanos, y además en el terreno internacional, un representante del bonapartismo, del agotamiento del proceso revolucionario.

-Es, sin dudas, un libro polémico.

Andrés Roldán: Coincidimos que es un libro polémico. No es que busquemos la polémica, pocas veces polemizamos directamente. Son los conceptos planteados en forma polémica contra otras interpretaciones que hoy existen.

Una idea fundante es el análisis del plano internacional que incluye la Revolución Española, que en general es ocultada, y sólo se menciona la ocupación de España por las tropas napoleónicas.

Lo que hay que destacar es que la ocupación napoleónica da lugar como reacción a una revolución. Nadie esperaba en Europa que los «atrasados españoles» fueran a provocar semejante fenómeno. Durante años, 300 mil efectivos de las mejores tropas napoleónicas quedan atrapados en España. Esto colapsa la estructura militar española, gran parte de la cual se reconstituye sobre la base de las fuerzas guerrilleras que han combatido contra los ejércitos napoleónicos. Estamos frente a una potencia colonial en decadencia, y sacudida por una profunda revolución.

Esto lleva a la reconstitución de las alianzas internacionales. Los ingleses consideraban al Río de la Plata como un objetivo central para su expansión americana. El cuero era uno de los productos más demandados. La producción industrial lo requería para las maquinarias, correas para las poleas. Inglaterra preparó la tercera invasión al Río de la Plata con fuerzas gigantescas, pero en 1808 se alió al nuevo gobierno español surgido de la revolución para enfrentar a Napoleón, y en vez de venir al Plata se dirigió a Gibraltar para reconquistar la península.

-También remarcan la importancia, como antecedente revolucionario, del alzamiento de Tupac Amaru.

AR: Sí, Tupac Amaru, también Nueva Granada, e incluso Haití. Hubo una mecánica de clases en la cual el movimiento campesino indígena liderado por Tupac Amaru, que va a enfrentar a todas las formas de opresión que sufre en ese momento el pueblo americano, va a intentar llegar a un acuerdo con los sectores acomodados criollos del Alto y Bajo Perú, para enfrentar a los españoles. Y hasta limitan ciertas reivindicaciones para lograrlo. En un momento parece que se alcanza porque en Oruro, un sector de la dirección criolla se pone a la cabeza del movimiento. Pero fue una maniobra, y entregan a los indígenas a los españoles. A partir de allí se produce una gran escisión social, en la cual, los criollos blancos van a temerle a todo lo que huela a revolución popular y los indígenas van a desconfiar de las direcciones criollas.

-Este año se cumplió el bicentenario de la Asamblea del año XIII. El libro tiene una mirada muy crítica de la misma. ¿Cuál es su lectura de lo que significó la Asamblea?

CR: La ley que habilitó el último día de enero de este año como feriado nacional por el bicentenario de la Asamblea tuvo la votación unánime de todos estos bloques políticos que ahora se están enfrentando en la lucha política electoral, destacando a la Asamblea como un hito de la independencia y de la representación política de las Provincias Unidas. Esto es un fraude. La Asamblea no declaró la independencia por presión de la diplomacia británica, aliada con España contra Napoleón. Y, en materia de representación política, los únicos delegados que realmente provinieron de asambleas con un mandato surgido de ellas (las conocidas instrucciones de Artigas a la Asamblea del año XIII) no fueron reconocidos. Porque en esas instrucciones se planteaba un ordenamiento político para las Provincias Unidas que excedía en mucho los propósitos políticos de los convocantes. Ahí se planteaba la independencia inmediata, un sistema confederacional, con habilitación de todos los puertos en igualdad de condiciones, con unidad arancelaria, con el traslado de la capital para que el Puerto de Buenos Aires no monopolice la aduana y el funcionamiento comercial y productivo de esas Provincias Unidas.

En realidad, la Asamblea es, en términos de conformación de la nación, un paso atrás. Y lo que trascendió, como la famosa libertad de vientres de los esclavos, fue una impostura. Porque luego vino la reglamentación que va a determinar que hasta los 18 años van a quedar en manos de sus «propios dueños». Y un trato preferencial sólo para los que se integren a las milicias. Y una resolución que se podría llamar casi revolucionaria, que decía que cualquier esclavo que viniera de Brasil, pisaba el territorio de las Provincias Unidas y estaba libre, ante la protesta británica y portuguesa, quedó anulada. Es una de las grandes mistificaciones nacionales.

-Eso también es distintivo del libro, remarcan fuertemente la figura de Artigas.

AR: Un elemento clave en nuestra visión es que las masas que habían ayudado a abatir al viejo régimen para construir un nuevo régimen, luego se enfrentan a él porque no lograron lo que ellas aspiraban, en una «segunda oleada revolucionaria». Un fenómeno que es muy común en los procesos revolucionarios. El jacobinismo, muchos lo identifican como un planteo afrancesado, intelectual, propio de jóvenes idealistas que nada tenían que ver con la verdadera raíz nacional. Nosotros cuestionamos esto, y así como un historiador habla de los jacobinos negros en Haití, acá teníamos gauchos jacobinos, indios jacobinos. En el Reglamento de Tierras de Artigas, aparece la frase «Que los más infelices sean los más privilegiados», es un término tomado de los decretos robesperianos durante la etapa más radical de la Revolución Francesa, y no es una casualidad. La primera ola jacobina, con Castelli en Tiahuanaco llamando a terminar con la opresión HACIA los indígenas, le cuesta a Castelli sufrir el ataque de los conservadores porteños. La segunda oleada del jacobinismo va a tener al artiguismo como su máxima expresión.

A comienzos de 1815 se va a vivir una situación revolucionaria de esta segunda oleada, fenómeno clave para entender la década que termina en 1820. Alvear cayó abatido por un movimiento popular que sacudió en pocas semanas a gran parte del país. A partir de 1815, el artiguismo pasa a tener una acción de gobierno en una vasta región que se reagrupa como el Sistema de los Pueblos Libres. En general se lo considera a Artigas un idealista, pero sin capacidad de ejecución. Nosotros mostramos justamente lo contrario.

Este momento revolucionario de 1815 genera terror en las camarillas porteñas que a partir de entonces van a tomar la decisión política de acabar con este proceso revolucionario, al que llaman anarquismo. Otro factor importante es que cuando el Reglamento de Tierras se aplica, el equilibrio que Artigas y su equipo intentaron buscar con los hacendados patricios se quiebra. Las fuerzas sociales desbordan, y lo que tenía que ser una expropiación de las tierras de «los malos americanos y peores europeos», termina siendo la ocupación y distribución de muchas estancias de «patriotas», que se refugian en Buenos Aires y que piden desesperadamente el apoyo del gobierno directorial para acabar con esa experiencia. Una política agraria que permitía darle tierra a los gauchos, ganado, un acceso al mercado. Y una política arancelaria de protección para que la industria pudiera desenvolverse.

Acá hay una confusión, con la idea de que eran partidarios del librecambio. Una cosa es acabar con el monopolio español y otra cosa es dejar abiertas las fronteras a la importación indiscriminada. En ese sentido, Artigas era contrario al monopolio español, comerciar con todo el mundo sí, pero mediante la política arancelaria de fomentar la producción local.

CR: El proceso de la Revolución de Mayo abre un gigantesco desarrollo de fuerzas productivas. Lo que significa el saladero, la industria del cuero, va a significar que las Provincias Unidas en un lapso increíblemente corto tenga un salto en la exportación. Este desarrollo de las fuerzas productivas va a tener gran influencia en el origen del latifundio. Este es el gran factor de confusión sobre Juan Manuel de Rosas, el latifundio está prefigurado previamente porque de alguna manera, el acceso a la tierra disponible no era fácil ni igualitario. El latifundio se va a convertir en el gran factor de bloqueo del mercado interno. Por lo tanto, la clase estancieril bonaerense no puede considerarse una clase progresiva. Está en la cima de ese desarrollo de las fuerzas productivas pero también es el factor de bloqueo a partir del latifundio.

-Otro de los puntos que analizan con una mirada muy crítica es el Congreso del 9 de julio de 1816.

AR: El Congreso de Tucumán es una gran conspiración. La oligarquía porteña y los tenedores de la deuda, que son comerciantes británicos, toman la decisión política de armar un Congreso fraudulento, con diputruchos inventados para el Alto Perú, ocupado por los españoles. Mucho se habla de Juana Azurduy, pero no fueron los luchadores de las guerrillas de las republiquetas los que representaron al Alto Perú en el Congreso, sino elementos exiliados cooptados por la camarilla porteña.

De ese modo armaron una mayoría automática que aceptó pactar a escondidas con los portugueses la invasión de la Banda Oriental. La declaración de la independencia es utilizada para cubrir esto, para acabar con la revolución. Caracterizamos una especie de troika de esa época que es la diplomacia británica, la Logia Lautaro y el Directorio. La camarilla porteña está dispuesta a entregar una parte del territorio nacional, la Banda Oriental, a cambio de asegurar sus privilegios sociales.

Esto es lo que lleva a una clausura de la revolución, que se va a procesar en una lucha política y militar, desde 1816 hasta su consumación en 1820. En 1820, luego de Cepeda, las tropas federales que avanzan sobre Buenos Aires, son cooptadas por Sarratea y los porteños para armar un bloque anti-artiguista. En el Tratado de Pilar, un sector que era parte fundamental del bloque federal (Ramírez y López) pacta con los porteños el aplastamiento de Artigas.

El Tratado de Pilar es el tercer elemento reivindicado por las principales corrientes historiográficas junto a la Asamblea del año XIII y el Congreso de Tucumán, y que nosotros impugnamos. Según Mitre, fundó la Nación y el federalismo; y según los revisionistas el federalismo y la Nación. En realidad, ni funda la Nación (ya que no enfrentó a los portugueses y acepta el desmembramiento nacional) ni tampoco fundó el federalismo porque su función fue acabar con el artiguismo.

No se puede poner un signo igual entre el federalismo de 1813-1820 con Artigas a la cabeza y el seudo-federalismo con Rosas, que no toma ni su programa ni sus expectativas, ni su base social.

-A veces algunas de las críticas, un poco más a la militancia marxista internacionalista, PROVIENEN DE su desconocimiento de la historia nacional. ¿Cómo analizan esta postura? ¿Cómo ven hacia el pasado esa construcción de la historia y hacia el futuro en esta óptica política?

AR: En algunas presentaciones nos dicen «pero, entonces, ¿tenemos que aplicar el programa de Artigas?». No, lo que decimos es que ese programa era el más revolucionario en un momento de ascenso del capitalismo. Pero hoy estamos en la decadencia del capitalismo. Hoy está en crisis el régimen que en su momento había que construir. Se trata de señalar cuáles fueron sus límites.

Juan Ciucci (Agencia Paco Urondo – Cultura – 19 de julio de 2013)

En el campo de batalla

«Finalmente, el propósito es contribuir a hacernos cargo de la tarea pendiente: apropiarse de la Argentina dando vuelta a un régimen social que ha conducido a su postración histórica». De esta manera finaliza la introducción que los autores anteponen al libro, entre una Guía de Lectura que delineará el camino del texto y un lucidísimo -e imperdible- prólogo de Eduardo Grüner. Militantes del PO, Rath y Roldán dejan claros el punto de partida y las intenciones: rescatar la historia «no como un ejercicio académico, sino de conformación de la clase obrera de este país al día de hoy».

Dicho esto, al contrario de lo que podría esperarse, nos encontramos con un texto que estudia lo ocurrido al servicio del conocimiento y no del discurso, un texto que puede dar respuestas al binarismo que nos ha parido y enfrentarse incluso con expectativas y deseos propios: La Revolución Clausurada tiene la extrañísima virtud de leer el pasado, separándolo de la cosmovisión crítica del presente y de narrar los derroteros de hombres reales para contar la historia, con sus contradicciones, luces y equívocos, sin que por esto dejen de ser héroes.

El lector no acostumbrado a textos académicos agradecerá el estilo diáfano y ágil, los capítulos breves y una vasta información que elige profundizar en el contexto -para contar seis años toma los hechos de más de treinta- antes de explicar lecturas propias: el prisma está claro desde el comienzo, y quien está seguro de sí no necesita contar por qué.

Por último, resulta insoslayable un repaso por los anexos – en particular el texto de Marx sobre Bolívar-, por la tabla cronológica y por el acento en la figura de Artigas, libertador que nuestro chauvinismo tiende a dejar de lado.

Juan González del Solar (Perfil – Domingo, 15 de septiembre de 2013)

Carta de Felipe Pigna

Estimados amigos:

Les escribo, en primer lugar, lamentando no poder estar presente y para hacerles llegar algunas breves palabras que consideran este importante trabajo que presentan.

Como sabrán, uno no necesita suscribir todo cuanto se escribe en un libro para poder afirmar que se trata de un ensayo muy meritorio. Y esto por varios motivos: el primero de ellos es volver a discutir la Revolución de Mayo y plantear, más allá de quienes pretenden clausurar las discusiones, que aquella década revolucionaria sigue presentándonos problemas para discutir, nuestro pasado.

Y también resulta meritorio que la discusión esté planteada tratando de pensar por qué han sido frustradas en aquellos años las aspiraciones más progresivas encarnadas en el morenismo y el artiguismo, preocupados también por destacar el anhelo de los sectores populares. Como plantean Rath y Roldán, los proyectos de estas corrientes fueron mucho más federales e igualitarios que los que terminaron consolidándose.

Otro mérito del libro al explicar estas frustraciones, o como titulan, la «clausura» de la revolución, es el de plantear como pocas veces se ha hecho el entramado internacional que se cierne sobre el proceso revolucionario, la competencia y las intrigas de las diplomacias británicas, españolas, francesas, brasilera, en torno a los destinos de las provincias unidas. Sobre estos temas aún queda mucho por investigar y discutir.

Y también se debe destacar que vuelven a plantearse con claridad aquellos problemas que se resolvieron de la peor forma: como el de los recursos financieros y el uso y distribución de las inmensas tierras existentes. Con su consecuencia de consolidación de la burguesía terrateniente y la marginación y exclusión social, económica y política de los sectores populares.

Y de actualidad son otras preguntas que también recorren al libro y que también preocupaban a un gran historiador como fue el autor de la Historia del pueblo argentino, Milciades Peña: ¿Era posible dar mayor profundidad a la revolución? ¿Estuvieron limitados los patriotas más esforzados por los límites naturales del desarrollo de las provincias? ¿O se trató de una derrota que se explica por las contingencias de la lucha revolucionaria? Estos son los interrogantes siempre interesantes que de alguna forma se van abordando y que el transcurrir del libro va iluminando. Y por supuesto habilita a la pregunta subsiguiente y mucho más interesante, porque hace de un libro de historia un debate sobre el presente: ¿quiénes deberían hoy asumir aquellas tareas pendientes?

Otro punto que me ha parecido más que importante es la reivindicación del proyecto artiguista, muchas veces relegado o limitado a partir de su condición geográfica, pero cuyas proyecciones políticas en verdad imprimían a la revolución una dinámica fundamental, porque las fuerzas del Directorio se terminaron concentrando en un peligro que desnudaba una lucha profunda por los sentidos y proyectos concretos de los destinos de las Provincias Unidas. Mientras San Martín desde Mendoza y desde Chile iba a sufrir el retaceo de fuerzas enviadas por el gobierno central para combatir a las fuerzas españolas, Buenos Aires concentraba sus recursos para combatir las fuerzas federales en la Banda Oriental y su proyecto revolucionario permitiendo incluso fomentando la avanzada de las tropas portuguesas. Antes incluso, se le prohibió a los diputados artiguistas llevar a la Constituyente de 1813 las bases de un proyecto progresista alternativo, el más avanzado de los que se enunciara en aquel momento clave de nuestra historia. Fue en aquella Asamblea en la que la burguesía terrateniente porteña, liderada por Alvear, demoró el avance independentista y concentró el poder con la creación de un poder ejecutivo unipersonal, Directorio, defensor acérrimo de sus intereses, declarado enemigo de Artigas a quien llamó «infame traidor a la Patria», pocos meses antes de ofrecerle a Gran Bretaña estas provincias en protectorado.

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo que hoy se presenta ha sido el minucioso análisis que han prestado a las acciones de los distintos sectores sociales que participaron de la revolución y de los revolucionarios que aglutinaban en sus personas los anhelos e intereses colectivos, porque sólo de esta forma se puede intentar comprender con exactitud y sin categorías vacías que hablan por sí mismas los procesos revolucionarios, y creo que este libro, más allá de algunas discrepancias naturales que podríamos tener, intenta recorrer este camino. Y esta dinámica le permite también a los autores considerar los distintos momentos de la revolución con suma precisión y también observar los cambios de sentido en los discursos y en las acciones, que son mucho menos que inmutables en períodos tan convulsionados, como las tendencias centralistas de Moreno y las del Directorio, que son valoradas de forma sustancialmente diferente, así como habrá luego que considerar el federalismo de un Artigas con el que proclama Rosas.

Estimados amigos, los felicito sinceramente por la iniciativa. Lamento nuevamente no poder estar presente, pero estoy seguro que habrá otra oportunidad en que podamos debatir estos temas -nunca está de más decirlo- que son de tanta actualidad.

(30 de agosto de 2013)

Carta de Eduardo Grüner

Estimados Christian y Andrés:

Ante todo, este libro viene a inscribirse en una corriente de bienvenida renovación que se ha producido en los últimos años, y en la cual la historiografía marxista demuestra una igualmente renovada preocupación por lo que en altri tempi se llamaba la «cuestión nacional». Con las excepciones que todos conocemos, esa cuestión quedó durante décadas enteras acantonada, encerrada, verdaderamente secuestrada a modo de rehén de, por un lado, las pinzas de la historiografía liberal «mitrista» (incluyendo su variante «de izquierda» del PC estalinista) y, por el otro, el nacionalismo revisionista, fuera también de izquierda o de derecha.

Este libro se suma a una tradición radicalmente diferente de esas otras: la representada por un marxismo abierto, complejo y profundamente crítico -incluso de sí mismo, como corresponde- que en su momento alcanzó su culminación en el nombre de Milcíades Peña. Ustedes, como también corresponde, no se privan de hacer una serie importante de señalamientos críticos a esa propia tradición, pero al mismo tiempo recuperando lo que se me ha ocurrido denominar un modo de producción de conocimiento que busca escapar tanto al falso objetivismo «cientificista», que oculta por detrás de los «hechos» su propia posición ideológico-política, como a la producción apresurada de nuevos «mitos» ideológicos (en el mal sentido) que se proponen como inversión especular de la historiografía dominante, pero sin alterar la lógica básica de los binarismos interpretativos. En esa búsqueda, me permito enumerar los que me parecen ser los principales aportes que hace este libro:

1) una atención detallada y profunda al contexto internacional de las rivalidades interimperialistas y neo-colonialistas que, dependiendo de las coyunturas, facilitaron u obstaculizaron el movimiento independentista, así como sobredeterminaron (para decirlo a lo Althusser) los cambios de alianzas entre fracciones de las clases dirigentes, tanto como con fracciones de las masas populares; pero cabe aclarar al mismo tiempo que esta necesaria referencia no va en detrimento -todo lo contrario: se trata de la especificidad de esa articulación- de una igualmente intensa atención a la problemática de una cuestión nacional que muchos marxistas han despachado un poco a la ligera en aras de un internacionalismo abstracto o retórico (que no es lo mismo que el irrenunciable internacionalismo estratégico que supone la perspectiva marxista);

2) esta preocupación rigurosa por la situación internacional -y probablemente sea éste uno de los hallazgos más originales del texto- no se limita a la política de las clases dominantes de las potencias colonialistas en juego, sino también (y principalmente, como corresponde a las premisas teórico-políticas de los autores) al examen de los movimientos populares dentro de las sociedades coloniales, muy particularmente el movimiento de resistencia del pueblo español (incluyendo la novedad entonces inédita de la estrategia «guerrillera») contra la invasión napoleónica. Desde el colegio secundario estamos habituados a que se nos hable de esa invasión como una de las causas externas de nuestro despertar independentista; pero, primero, esa «explicación» se limitaba a una versión elitista, centrada en las pujas entre aquellas clases dominantes, y segundo, ésa era precisamente una «causa» puramente externa; Rath y Roldán invierten esa convencional (y muy «burguesa») causalidad, y la complejizan introduciendo la praxis de los sectores populares y su contradictoria pero innegable expresión en las «juntas», que «desigual y combinadamente» se convierten en una componente externa-interna del movimiento independentista en el Río de la Plata; y de paso, ello implica una crítica ajustada del descuido que otras interpretaciones -insistimos: incluso algunas marxistas- han hecho de esta cuestión. Repito: es un notable hallazgo;

3) por lo tanto, las masas y la lucha de clases (la que podía haber en la época y las circunstancias) es un hilo rojo de los razonamientos del texto. Es especialmente importante -otro hallazgo- el rol que los autores le hacen jugar en su análisis del «ciclo artiguista» (denominación ya clásica que titula el exhaustivo estudio de los uruguayos Reyes Abadie, Bruschera y Melogno), y en el agudo análisis del propio gobierno de Artigas y su política económica y social, que no se detuvo, expresando las necesidades y deseos de esas masas (y, según los autores, contradiciendo la idea de Peña de que al «gauchaje» no le importaba un ápice la propiedad de la tierra), ante una potencial revolución agraria -otra vez dentro de los constreñimientos de la época y la situación, se entiende- que en buena medida motivó la abyecta «traición» (aquí sí se puede hablar de revolución traicionada) cometida contra un Artigas que sin duda fue por muy lejos la dirección más avanzada que el Río de la Plata podía dar en una orientación revolucionaria que la defenestración del líder oriental contribuyó decisivamente a «clausurar». El capítulo correspondiente viene pues a reparar una falta capital en otras corrientes de interpretación que, aún con las mejores intenciones, condenan a Artigas a una comparativa «marginalidad», cuando él y las masas que representaba fueron protagonistas centrales de lo que pudo haber sido;

4) otra intervención originalísima que hace el texto es el reexamen crítico -en un Apéndice de gran importancia- de las rutinarias imputaciones que se le hacen a Marx (y Engels) por el presunto apresuramiento, cuando no la crasa equivocación «eurocéntrica», de sus análisis históricos sobre América Latina, y en particular sobre la figura de Bolívar. Los marxistas «tímidos», como es sabido, han querido, en todo caso, «disculpar» a Marx esos «errores», atribuyéndolos a un producto de escritura coyuntural o de urgencia en artículos periodísticos por necesidades económicas. Los autores de este libro, una vez más, no se pierden en tales timideces: para ellos no hay tales dislates, y más aún, esos artículos -lejos de ser marginales piezas de circunstancia- son esenciales para entender acabadamente la concepción historiográfica marxista, incluida la hipótesis capital sobre el «desarrollo desigual». Es una de las secciones más controversiales del libro: y en buena hora. Más allá de acuerdos o desacuerdos que se puedan tener con tal reinterpretación, viene a romper críticamente con un perezoso sentido común al propio interior del canon marxista, y eso no es menos que para celebrar. Sin dejar de señalar, además, que es un gran tema de debate en la más estricta actualidad, cuando la monumentalización acrítica de la figura del Libertador tiende a impedir una discusión más seria y rigurosa del hoy tan a la page emblema del progresismo «bolivariano».

Todo esto, entonces, no solamente permite replantear desde un punto de vista realmente radical el debate historio- gráfico sobre la Revolución de Mayo y sus consecuencias inmediatas, sino que representa un posicionamiento rigurosamente político en las controversias del presente argentino y latinoamericano. Y quien habla del presente, por supuesto, habla asimismo de las proyecciones de ese presente sobre el futuro. Por eso creo que este libro debe ser saludado -no importa cuáles sean los matices y diferencias que alguien pueda tener con alguna de sus tesis- como una contribución decisiva, en la Argentina de hoy, a aquello que postulaba Walter Benjamin en tanto «recuperación de las ruinas del pasado tal como relampaguean en este instante de peligro».

Les deseo la mejor de las suertes al libro, y les envío un fraternal abrazo.

(10 de mayo de 2013)

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