Llamamiento Internacional del XXVIII Congreso del Partido Obrero

Enfrentemos la guerra imperialista y la catástrofe capitalista

Por la unidad de los trabajadores de todo el mundo. Abajo el imperialismo, los gobiernos capitalistas y los regímenes restauracionistas. Por gobiernos de trabajadores y el socialismo. Por una internacional obrera y revolucionaria.

A la clase obrera de Argentina y del mundo:

La guerra en Ucrania ha marcado un nuevo punto de inflexión en el desarrollo de la crisis mundial.

A diferencia del pasado reciente, la guerra imperialista se desenvuelve hoy en el corazón de Europa. La invasión rusa a Ucrania -que ha colocado en la agenda internacional la perspectiva de una tercera guerra mundial incluidos enfrentamientos nucleares- no sólo refleja el carácter insoluble de los antagonismos capitalistas. Confirma, por sobre todo, la decadencia mortal del régimen imperante.

La tentativa del gobierno de Zelensky de alistar a Ucrania en la OTAN -como parte del cerco militar que el imperialismo ha montado contra Rusia- fue el detonante de la guerra en curso. Es que en el trasfondo de esta guerra subyace la pretensión de las principales potencias imperialistas, agrupadas en la OTAN, de colonizar económica y financieramente todo el antiguo espacio soviético.Es lo que EE.UU. y la Unión Europea ya han logrado con la propia Ucrania, cuando en 2014 desplazaron a un gobierno pro-ruso reaccionario y ungieron a un gobierno, también reaccionario, pero títere del FMI.

El papel del imperialismo en el desarrollo mismo del conflicto –impulsando sanciones económicas contra Rusia, financiando con miles de millones de dólares en armamento pesado al ejército ucraniano y, por sobre todo, condicionando el curso general del combate y las negociaciones de paz- es lo que confirma que, en esta guerra, Ucrania no lucha por su liberación nacional sino que actúa como un peón de la OTAN.

En el otro campo de la trinchera, la Federación Rusa, con su reaccionaria invasión de Ucrania, no solo busca prevenirse de la avanzada implacable de la OTAN en el Este europeo. Putin intenta, enalteciendo y reivindicando al zar Pedro el Grande, recuperar lo que considera “un terreno propio perdido”.

Es que Rusia, en tanto potencia militar, actúa como un Estado opresor no solo del propio pueblo ruso sino también de numerosos pueblos y países, especialmente de aquellos que lo circundan. Fue lo que se evidenció en la guerra de Rusia contra Chechenia a principios de este siglo y, recientemente, con la colaboración de Putin y el ejército ruso en la represión de las rebeliones populares de Bielorrusia y Kazajistán durante 2020 y 2021.

El propio desarrollo de la guerra ha dejado más en claro lo que era evidente desde un comienzo: los principales enemigos de los pueblos ucranianos y rusos están en sus respectivos países.

De un lado, el enemigo principal del pueblo ucraniano es el gobierno de Zelensky, que actúa en función de reforzar las aspiraciones colonialistas del imperialismo yanqui y europeo. Del otro, el enemigo del pueblo ruso es Putin, que lejos de liderar una lucha antiimperialista opera como un representante general de los intereses de la oligarquía capitalista rusa y su expansionismo militarista.

En definitiva, la lucha contra la guerra significa desenvolver a fondo la lucha por tirar abajo a los gobiernos que la impulsan, para instaurar gobiernos de trabajadores y avanzar en la confraternización de los pueblos, en primer lugar los de Ucrania y de Rusia.

En oposición al descuartizamiento y la repartición de Ucrania entre las potencias en pugna, reivindicamos el derecho a la autodeterminación de los distintos pueblos y naciones como parte de una Ucrania unida y socialista, en los marcos de una Federación de Repúblicas Socialistas de Europa, incluida Rusia.

¡Guerra a la guerra!

La ofensiva colonizadora del imperialismo no se limita al antiguo espacio soviético. China es, en realidad, su objetivo principal. El imperialismo yanqui, que ve con preocupación el extraordinario desarrollo y crecimiento de China durante los últimos 20 años, desde hace más de un lustro ha puesto en la mira al gigante asiático.

Pero la guerra en Ucrania confirma que ni la colonización de los ex estados obreros por parte del imperialismo -en detrimento de las oligarquías capitalistas y las burocracias restauracionistas de esos países- ni la tentativa de China de imponerse sobre EE.UU. como potencia hegemónica mundial se pueden concertar en términos pacíficos.

Es este choque de fondo lo que coloca en la agenda la perspectiva de una tercera guerra mundial. Por eso han crecido, durante todo el último período, los presupuestos militares de los países imperialistas y potencias, lo que se ha intensificado aún más con el estallido de la guerra en Ucrania.

El imperialismo yanqui ha creado una nueva alianza militar en Asia, con Australia y el Reino Unido (el AUKUS), con el objetivo de cercar el Mar de la China Meridional. Recientemente, en su gira por Japón, Biden se comprometió a intervenir militarmente si Beijing “atacaba” a Taiwán. China y Rusia, que también han aumentado sus gastos en defensa, respondieron realizando un ejercicio conjunto de bombarderos nucleares cerca de Japón.

Biden ha propuesto para 2023 el presupuesto militar más alto de la historia de Estados Unidos. Por el mismo rumbo se encamina el Reino Unido. Alemania, dando un giro histórico desde la Segunda Guerra, avanza en su rearme y en la misma dirección pretende avanzar el partido de gobierno de Japón. Italia, Francia y España aumentan sus presupuestos militares, cumpliendo con los requerimientos de la OTAN. Suecia y Finlandia se alistan para incorporarse a la organización militar del imperialismo y Turquía, otra gran potencia militar euroasiática, se vale de ese pedido para reforzar su política de aniquilamiento del pueblo kurdo.

En la carrera armamentista se cierran todas las “grietas”: entre los Republicanos y los Demócratas norteamericanos; entre los renegados de la Unión Europea, como Gran Bretaña, y los partidarios de ella; entre los derechistas, como Macron, y los “progresistas” del PS y Podemos de España. Todas las principales fuerzas políticas de Norteamérica y Europa, de derecha a “izquierda”, se revelan como fieles representantes del capital imperialista.

La carrera armamentista anticipa los tiempos que se avecinan. Sería aventurado intentar predecir cuándo estallará una nueva conflagración mundial o cuáles serían los alineamientos de las principales potencias. El actual alineamiento de la UE con EE.UU. en el conflicto de Ucrania no es definitivo; un cambio de régimen en Rusia, por ejemplo, podría abrir una puja de fondo entre las potencias por quien usufructúa la colonización del antiguo espacio soviético. Sea como fuese, aún estableciéndose treguas entre los actores en pugna en el futuro inmediato, es claro que serían compromisos precarios y que la tendencia general apunta a un choque de fondo en términos militares.

La lucha por ganar a la clase obrera, especialmente la de los países imperialistas, a la pelea contra las guerras imperialistas y el armamentismo, aparece entonces como una cuestión de primer orden. Al armamentismo y al chauvinismo pro-imperialista es necesario oponerle la unidad internacional de la clase obrera, la lucha por la disolución de la OTAN, por la expulsión del imperialismo yanqui y europeo y el retiro de las tropas rusas de Ucrania, el derrocamiento de los gobiernos capitalistas y restauracionistas, y por gobiernos de trabajadores.

La bancarrota capitalista

La política colonizadora que desarrolla el imperialismo, que escala desde la guerra comercial y monetaria a la guerra militar, es la vía por la cual el capital pretende superar su crisis inherente. A través del pillaje de nuevos mercados para su dominio y usufructo exclusivo, el capital imperialista pretende sortear la caída de su tasa de beneficio.

Justamente, la baja de la tasa de ganancia capitalista y el cuadro general de sobreproducción de mercancías y capitales es lo que explica que la desenfrenada emisión monetaria –lanzada por las principales potencias imperialistas en 2008 y a una mayor escala en 2020- no haya revertido la “huelga” de inversiones productivas. Por el contrario, los capitales optaron por refugiarse en la especulación financiera.

La lucha contra la guerra significa desenvolver a fondo la lucha por tirar abajo a los gobiernos que la impulsan, e instaurar gobiernos de trabajadores.

Ahora, como resultado de todo eso, asistimos a una gigantesca liquidación de capital ficticio y a un elevado proceso inflacionario internacional. El inicio de la guerra en Ucrania no solo disparó los precios de las materias primas, estimulando la inflación mundial, también instaló una gigantesca crisis alimentaria y energética, que amenaza con desabastecer a países enteros y producir una crisis humanitaria extraordinaria.

En un cuadro de huelga de inversiones, el aumento de las tasas de interés de la Reserva Federal norteamericana y el que proyecta la Unión Europea -promovidas con el objetivo de contener los índices inflacionarios- ya están desacelerando el crecimiento económico y terminarán por producir una nueva recesión, con sus consecuente ola de despidos y cierres de empresas.

China, lejos de poder funcionar como una locomotora que evite la caída de la economía mundial en una recesión, está ella misma sumida en la crisis, con una gigantesca burbuja inmobiliaria y fuertemente afectada por el parate económico que generó los confinamientos represivos del PC chino, con su la política de “Covid cero”.

La bancarrota capitalista vuelve a mostrar la actualidad y vigencia del programa transicional. El aumento sistemático del costo de vida plantea la lucha por la escala móvil de salarios. La amenaza de despidos masivos y cierres de establecimientos plantea la pelea por la apertura de los libros de contabilidad de los capitalistas y la ocupación y puesta en producción de las fábricas por parte de los trabajadores. El alza de la desocupación instala la lucha por el seguro al parado y el reparto de las horas de trabajo sin reducir los salarios. La desorganización general de la economía plantea la pelea por la expropiación de los bancos, de los pulpos energéticos y cerealeros y el control obrero general.

Este programa transicional une la lucha por las reivindicaciones urgentes de las masas trabajadoras contra el capital y su Estado con la pelea por el gobierno propio de la clase obrera.

Un régimen en descomposición

El agudo proceso de descomposición del régimen capitalista no solo queda expuesto por sus tendencias guerreristas, que implican reemplazar cada vez más el desarrollo de las fuerzas productivas orientadas al progreso de la humanidad por el impulso de las fuerzas destructivas de la industria armamentista. La depredación ambiental, que pone en cuestión la perspectiva de la devastación del planeta Tierra, es también una expresión inconfundible del carácter putrefacto del capitalismo.

El capital, en aras de maximizar sus beneficios, se vale de los métodos más contaminantes y depredadores de la naturaleza. Las inundaciones, sequías e incendios, o el proceso de derretimiento de los hielos árticos y antárticos, son una expresión concreta del progreso del calentamiento global, como resultado de la emisión desenfrenada de gases contaminantes. La depredación ambiental amenaza con la generación de nuevas epidemias y pandemias. Las regulaciones ambientales son violadas sistemáticamente por los capitalistas y la propia crisis recrudece las presiones del capital a los gobiernos por su derogación definitiva.

La lucha en defensa del ambiente conlleva, necesariamente, una lucha por poner fin al sistema capitalista de producción. Solo una planificación económica, bajo la dirección de la clase obrera, puede reorganizar el proceso productivo sobre la base del cuidado de la naturaleza y el planeta.

La descomposición capitalista fue puesta en evidencia también por la pandemia, cuando los estados nacionales se demostraron incapaces de dar una respuesta coordinada a la crisis sanitaria y los laboratorios que monopolizaron las patentes de las vacunas pusieron el lucro capitalista por encima de la vida de millones de personas.

Durante los dos primeros años de pandemia, los diez hombres más ricos del mundo duplicaron sus fortunas, pasando de tener 700 mil millones de dólares a más de 1,5 billones. En simultáneo, el 99% de la humanidad vio deteriorarse sus ingresos y 160 millones de personas fueron empujadas a la pobreza extrema.

Así, la defensa de la salud y la vida de las personas también se han revelado incompatibles con el capitalismo. La pelea por la expropiación de los laboratorios y monopolios farmacéuticos y el reforzamiento de los sistemas sanitarios públicos, que garantice el acceso a la salud al conjunto de la población, son reivindicaciones que mantienen una enorme actualidad y que solo podrán ser llevadas adelante por gobiernos de trabajadores.

La lucha de los pueblos

El agudo proceso de descomposición del capitalismo -razón por la cual se recrudecen las crisis sociales y ambientales, la violencia represiva y contra las mujeres y diversidades- es el terreno en el cual florecen las rebeliones populares. Y es, también, el terreno en el que empieza a emerger la intervención combativa de la clase obrera.

Las rebeliones populares y las luchas obreras se desatan en todos los confines del mundo. La rebelión popular que estalló en Estados Unidos en plena pandemia, contra el racismo y la violencia policial, precedió al importante proceso de huelgas y sindicalización que está en desarrollo actualmente, y que involucra al principal proletariado del mundo. En la principal potencia imperial se desarrolla también un importantísimo movimiento de mujeres contra la tentativa reaccionaria de abolir el derecho al aborto.

En Europa, ante el alza del costo de vida, se empieza a despertar su enorme proletariado, con procesos huelguísticos en Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y España. La clase obrera jugó también un gran papel en la rebelión popular en Bielorrusia. En Asia, la reciente rebelión popular en Sri Lanka fue precedida por las rebeliones de los pueblos del Líbano, Kazajistán y Tailandia, y por las grandes huelgas obreras en Indonesia y la India.

La crisis alimentaria invoca al fantasma de la Primavera Árabe, que ya sobrevuela el norte de África. Así lo confirma el paro general de los obreros tunecinos contra el aumento del costo de vida y la ofensiva privatizadora del gobierno.

Todo el subcontinente latinoamericano -golpeado por la crisis de las deudas soberanas, el derrumbe social y los ajustes fondomonetaristas- se regó de rebeliones populares en los últimos años: en Ecuador y Chile en 2019, en Bolivia, Perú y Guatemala en 2020, en Paraguay y Colombia en 2021. Actualmente, Ecuador está nuevamente conmovido por la movilización combativa de los campesinos y trabajadores de nacionalidades indígenas.

En la mayor parte de los países latinoamericanos, luego del fracaso de los gobiernos derechistas, fuerzas políticas centroizquierdistas o nacionalistas capitalistas se han hecho del poder político o se preparan para ello. En muchos casos, logrando canalizar las rebeliones populares por la vía institucional burguesa.

El agudo proceso de descomposición del capitalismo es el terreno en el cual florecen las rebeliones populares.

Estas fuerzas -lideradas por Gabriel Boric en Chile, por Pedro Castillo en Perú, por Arce en Bolivia, por Gustavo Petro en Colombia, por AMLO en México, por los Fernández en Argentina o por Lula Da Silva en Brasil- son incapaces de proceder a una ruptura con el imperialismo y satisfacer las grandes reivindicaciones populares. Representan, incluso, una versión devaluada de la ya frustrada experiencia del nacionalismo burgués surgido en América Latina a principios de este siglo.

Se confirma, nuevamente, que una emancipación nacional y social de los países latinoamericanos es una tarea enteramente reservada a los obreros y campesinos del subcontinente, que a través de la ruptura con el imperialismo y la puesta en pie de gobiernos de trabajadores procederán a fundar una Federación de repúblicas socialistas de América Latina.

Por una Internacional obrera

La época convulsiva a la que ha ingresado la humanidad -signada por la guerra imperialista, el derrumbe capitalista y rebeliones populares- le ofrece a la izquierda revolucionaria una renovada oportunidad para postularse como alternativa de poder.

Sin embargo, la propia crisis ha puesto al rojo vivo también las dificultades que los trabajadores y los revolucionarios enfrentan para encarar este desafío. Es que la mayor parte de la izquierda mundial -subjetivamente oprimida por la conquista política e ideológica lograda por el imperialismo de grandes sectores populares- se ha pasado con armas y bagajes al campo del capital.

Es lo que se evidencia con la guerra en Ucrania, donde la política independiente, que señala que el “enemigo principal” de cada pueblo está en su propio país, ha sido una expresión minoritaria dentro de la paleta de la izquierda mundial. Pues un amplísimo sector de la izquierda se ha parado objetivamente en el campo de la OTAN, en nombre del apoyo a la “resistencia ucraniana”. Y otro sector se ha ubicado en el campo del gobierno de Putin.

La capitulación política de la mayor parte de la izquierda había sido anticipada por un largo proceso de adaptación al régimen en la vía de un oportunismo político y organizativo. La integración de la izquierda a los llamados partidos “amplios”, como el NPA de Francia o el PSOL de Brasil, significó su disolución política en sellos liderados por camarillas con meros apetitos electorales y partidarias de la colaboración de clase.

Pero el período de guerras, crisis y rebeliones en el que estamos inmersos no puede ser afrontado por aparatos electorales, ni tampoco por grupos de propaganda. Por el contrario, reclama la puesta en pie de partidos de combate de la clase obrera en cada país y una Internacional revolucionaria, para luchar -por medio de la agitación, la propaganda y la organización- por gobiernos de trabajadores y el socialismo. Es más urgente que nunca la refundación de la IV Internacional.

Llamamiento

El Partido Obrero de Argentina, que trabaja incansablemente por la estructuración política independiente del proletariado como labor preparatoria en la lucha por el gobierno de la clase obrera, defiende todos los acuerdos prácticos con las fuerzas en presencia cuando se trata de impulsar la lucha de masas. Así lo confirma nuestro papel en el movimiento piquetero, sindical, de la mujer y de la juventud en la Argentina.

Desde estas concepciones, el XXVIII Congreso del Partido Obrero convoca a las organizaciones del movimiento obrero, de los movimientos populares de lucha y de la izquierda revolucionaria de todo el mundo a poner en pie una campaña internacional contra la guerra imperialista, la barbarie capitalista y sus gobiernos.

El contenido específico de esa campaña internacional está resumido en las siguientes consignas: abajo el armamentismo pro-imperialista, por la disolución de la OTAN, por la expulsión del imperialismo yanqui y europeo y el retiro de las tropas rusas de Ucrania, abajo los gobiernos de la guerra, por la unidad internacional de los trabajadores. Por una lucha común para que la crisis la paguen los capitalistas y por gobiernos de trabajadores y el socialismo.

Una campaña de este tipo será el marco propicio en el cual se podrán desarrollar las polémicas y avanzar en una clarificación política al interior de la vanguardia revolucionaria. Solo de un proceso de esas características podrá surgir una verdadera Internacional obrera, socialista y revolucionaria. La Internacional encargada de sepultar al capitalismo.

19/06/22

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