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Engels: La dialéctica materialista en la Historia y en la Naturaleza

Por Tiziano Bagarolo
No es justo responsabilizar a Engels por el uso distorsionado que el stalinismo ha hecho de sus escritos. A Engels el marxismo le debe algunas reflexiones extraordinariamente estimulantes y anticipadoras sobre el valor de las ciencias naturales y sobre la relación entre el hombre y la naturaleza.
 
“Los escritos de Engels sobre la naturaleza, y no solamente éstos, han sido mal usados, sin ningún escrúpulo, por parte de charlatanes y de gangsters”, ha escrito Benno Muller-Hill, el famoso genetista alemán (1), en referencia a Lysenko y al uso hecho en la época staliniana de Engels y del ‘materialismo dialéctico’. “Engels sin embargo, agrega, es el único pensador europeo del Siglo XIX que ha meditado de una manera racional sobre la historia de la naturaleza y del hombre” (2). Muller-Hill ha dado plenamente en el centro de la valoración de Engels y de sus escritos teórico-filosóficos. Muy a menudo han sido descargadas sobre sus espaldas culpas que él no tiene, y esta desenvuelta operación ha servido para sacar de su lugar el sentido de su reflexión, discutible quizás en algunas de sus afirmaciones y en algunos desarrollos particulares, pero sólida de conjunto; rica en todo caso de señalamientos extremadamente estimulantes con relación a un tiempo, como el nuestro, marcado por los triunfos de la ciencia y de la técnica, conjuntamente con la emergencia de gravísimos problemas ambientales.
 
No es casual que incluso en los escritos de Engels se encuentre una primera reflexión original explícita sobre los temas ‘ecológicos’ que puede colocarse a la par con la de G.P. Marsh (3). Bastan estas breves indicaciones para comprender que esta contribución de Engels deba ser considerada como uno de sus aportes originales al marxismo.
 
‘Visión comunista del mundo’
 
Ha sido bastante señalado que Engels pudo dedicarse con una cierta continuidad a los temas de los que estamos hablando, solamente por cerca de una década, a partir de los primeros años de los setenta, es decir, despues de su completo retiro de los negocios y de su transferencia a Londres y hasta la muerte de Marx (1883). Los resultados de este asiduo trabajo de estudio y de reflexión sobre las ciencias de la naturaleza y sus problemas teóricos y políticos conexos, son principalmente el Anti-Duhring y, sobre todo, La Dialéctica de la naturaleza. Eugen Duhring, docente libre de la Universidad de Berlín, había adquirido popularidad a inicios de la década del setenta del siglo pasado en las filas del movimiento obrero (entonces en rápida expansión, pero todavía inseguro en cuanto a sus referentes políticos-teóricos), proponiendo un sistema filosófico 'socialista’y seudo-cien-tífico, que abarcaba desde la filosofía a la economía, de las ciencias naturales a la política, y en las cuales se atacaba, entre otras cosas, al autor del Capital y a sus ideas. Solicitado por Guillermo Liebknecht, Engels decidió a contragusto responderle a Duhring, para contrarrestar su influencia que llegaba a algunos dirigentes socialdemócratas de primer plano (entre los que se encontraba el futuro prototeórico de la ‘crisis del marxismo’ Eduardo Bemstein). Tener que “seguir a Duhring en ese vasto campo en el que trata de todas las cosas posibles, además de las otras”, obligó a Engels a transformar la crítica negativa en positiva, y la polémica “en una exposición más o menos unitaria del método dialéctico y de la visión comunista del mundo” (del prefacio al ‘Anti-Duhring'). Engels utilizó con este objetivo los materiales que había estado desarrollando hasta aquel momento en forma privada y que habrían de confluir en 'La Dialéctica de la Naturaleza. El Anti-Duhring se presenta, en efecto, como una ‘síntesis enciclopédica’ que abarca desde la filosofía a las ciencias, desde la ética a la economía, desde la teoría política a la historia y a la perspectiva del socialismo. Por primera vez, el marxismo se mide explícitamente con varios temas científico-filosóficos, entre los cuales el problema del estatuto ontológico de lo real.
 
En verdad, ya en los escritos de los años 1944-46, después de la conversión filosófica del hegelianismo propiciada por Feuerbach, Marx y Engels se habían pronunciado claramente por el materialismo y contra el idealismo. Pero la nueva concepción había sido desarrollada de aquí en más sobre todo con relación a la historia humana. Según la concepción materialista de la historia, expuesta en extenso en La Ideología Alemana, la historia es determinada, en última instancia, por las condiciones materiales de producción de la existencia, por las relaciones sociales que se establecen como consecuencia de esta producción, por el conjunto de las fuerzas sociales y de sus conflictos que corresponden a estas relaciones sociales. En general, no son la conciencia y las ideas las que determinan el ser social, sino, por el contrario, es el ser social el que determina la conciencia.
 
Esta concepción, por otra parte, refiere a una visión materialista más amplia. Los seres humanos son en primer lugar seres naturales; la especie humana ha salido por la evolución de la naturaleza y permanece indisolublemente ligada a esta relación; incluso si la dependencia de la sociedad respecto a la naturaleza es modificada por el desarrollo de las fuerzas productivas, aquélla no puede nunca ser suprimida. Ahora bien, esta prioridad de la naturaleza —en tanto de una naturaleza que es objeto, al menos en parte, de la acción de transformación del hombre— equivale en términos ontológicos a una concepción materialista de la naturaleza y del ser. Sea lo que fuere lo que hayan escrito en nuestro siglo los teóricos del ‘marxismo occidental' no hay ninguna duda de que ésta era la convicción no solamente de Engels sino también de Marx.
 
Cuáles, pues, deberían ser los contenidos determinados de esta visión materialista del mundo, es algo que les interesaba mucho, pero que ellos no afrontaron de un modo sistemático, juzgándola, con razón, materia de competencia de las ciencias empíricas. En este sentido, el materialismo marasta es un ‘materialismo científico' por completo antiespeculativo.
 
La reflexión sobre las ciencias
 
También por este motivo, Marx y Engels acompañaron siempre con vivo interés los prodigiosos desarrollos de las ciencias naturales de su tiempo, prontos a recoger el alcance cognoscitivo de los nuevos descubrimientos, pero también a poner de relieve las formas ideológicas espurias que los acompañaban a menudo (5). Estaban profundamente convencidos del valor de las nuevas adquisiciones científicas, pero también eran conscientes de su carácter parcial y transitorio. De Hegel habían aprendido a mirar con escepticismo el empirismo y el mecanicismo, dos rasgos constitutivos de la ideología científica de ese tiempo. De los progresos de las ciencias, valoraban, por este motivo, los elementos que iban en la dirección de su visión de la naturaleza y del ser como un perpetuo devenir que todo lo abraza: no, sin embargo, como una totalidad indistinta y confusa, sino como totalidad articulada, compleja, proceso que se produce sin solución de continuidad, impulsado por sus contradicciones e interacciones íntimas, desarrollos cualitativamente diferentes, caracterizados por leyes y dinámicas específicas. De aquí el rechazo de ocultar un ámbito sobre el otro y, en particular, de transferir mecánicamente los caracteres del mundo natural al mundo humano-social, cuyas “leyes de desarrollos son históricamente relativas y se modifican en relación a los diversos “modos de o producción”.
 
Es, por consiguiente, con este espíritu que ellos juzgan (sobre todo en la correspondencia) los descubrimientos más llamativos de la época, como la conversión y la equivalencia de las diferentes formas de energía (o sea el principio de la conservación de la energía, enunciado hacia mitad de siglo por R. Mayer y J.P. Joule); el descubrimiento por obra de M.J. Schleiden y T. Schwann de la célula como unidad elemental de todos los seres vivientes; y, sobre todo, la teoría de la evolución enunciada por C. Darwin en el Origen de las especies (1859), que introducía en la naturaleza viviente la dimensión histórica que E. Kant había ya introducido en el cosmos y C. Lyell en geología, y eliminaba todo residuo de explicación teleológica del mundo orgánico. “Aquí está el libro que contiene los fundamentos histérico-naturales de nuestro modo de ver, comenta significativamente Marx” (carta a Engels del 19 de diciembre de 1860). Retomando a mediados de los años ochenta estos progresos revolucionarios, Engels escribía: “La ciencia empírica de la naturaleza tomó tal empuje y alcanzó resultados tan espléndidos, que hace posible no solamente una completa superación de la unilateralidad mecánica del siglo XVIII, sino que transforma a la ciencia natural —con la demostración de los nexos entre los diferentes campos de investigación (mecánica, física, química, biología, etc.) existentes en la naturaleza misma— de una ciencia empírica en una ciencia teórica y, con la síntesis de los resultados, en un sistema del conocimiento materialista de la naturaleza” (Dialéctica de la naturaleza).
 
El materialismo dialéctico
 
La defensa de una concepción materialista de la naturaleza no era entonces para Engels (y en mi opinión no es siquiera hoy) una elucubración filosófica sin importancia sino que correspondía a una necesidad teórica, así como a una exigencia político-ideológica: bayo el primer aspecto, era la continuación de la batalla por la concepción materialista de la historia emprendida a mediados de los años 40; bajo el segundo aspecto, era una batalla para conquistar las mejores mentes del proletariado: correspondía a la necesidad de liberar al movimiento obrero de los modos de pensar que los sometían de un modo u otro al adversario de clase. Los prodigiosos progresos de las ciencias no carecían, de hecho, de desenvolvimientos ideológicos peligrosos. El prestigio de las ciencias naturales contribuía a alentar lecturas del mundo humano según cánones naturalistas, como en el caso del socialdarwinismo burgués, que veía a la sociedad como un campo de lucha por la vida en el que sobrevivía el más fuerte; o directamente determinístico, como la interpretación evolucionista de la historia como progreso lineal y obligado de las formas sociales inferiores a formas sociales superiores, hasta el socialismo, con lo cual venia justificada la táctica social-demócrata de espera pasiva de la 'inevitable' mayoría parlamentaria.
 
La batalla por el materialismo tenía por tanto, un sentido bien preciso: concientizar a los hombres de que podían ser los dueños de su propio destino. ni menos en la medida en que se liberaran de las formas de conciencia alienada que lo subordinan a fuerzas externas y de que comprendieran exactamente la propia situación y las condiciones para cambiarla.
 
En este sentido, el materialismo correspondía también a la comprensión y a la valoración de la potencialidad de liberación humana que representaba el prodigioso desarrollo de las ciencias y de las fuerzas productivas, que sólo la revolución socialista podría poner a disposición de todos. Por otra parte, los científicos eran ellos mismos a menudo prisioneros de las ideas inadecuadas que sobreponían y mezclaban al resultado de su trabajo científico, influenciando en el mismo sentido a un público más amplio.
 
De aquí la exigencia para los ‘socialistas’ de intervenir en el asunto (como lo demostraba el caso Duhring).
 
A continuación, la concepción engelsiana será indicada por Plejanov con el nombre de 'materialismo dialéctico’ fórmula utilizada también por Lenin y Trotsky. Esta fue transformada después en una verdadera y propia doctrina con sus fórmulas catequísticas e intérpretes autorizados, en la época staliniana (el así llamado Diamat, en la expresión rusa). Corresponde recordar, con relación a esto, que el materialismo de Engels no afirma la reductibilidad de los real a la 'materia’ como dato físico, como sostenían el mecanicismo del Siglo XVIII y el materialismo 'vulgar' del Siglo XIX, sino una opción a favor de la unidad de lo real —hombre-naturaleza y materia-espíritu— en la cual el hombre es la parte y la naturaleza el todo, y el pensamiento es el dato derivado y no el originario.
 
La dialéctica (en la) naturaleza
 
Como ya se ha observado, la instancia teórica antimecanicista y antiempirista toma en Engels (y la correspondencia nos dice que Marx pensaba como él) la forma de la recuperación de la dialéctica de Hegel como el instrumento más adecuado para pensar y comprender los lazos del conocimiento y de lo real (7). Para Engels, sólo el método dialéctico logra apoderarse del conjunto de los progresos científicos en los varios campos y de satisfacer mejor la exigencia de la sistematización teórica que brota de estos mismos progresos empíricos. Es precisamente esta convicción la que lo empuja a emprender un trabajo sistemático que solamente en parte desemboca en una propuesta teórica lograda y satisfactoria. No tenemos aquí el espacio para extendernos en esto. Me limito por esto a algunas breves consideraciones sobre algunos de los problemas más discutidos de esta empresa engelsiana. 
 
La dialéctica es sobre todo un método del pensamiento, el más adecuado para comprender téoricamente a la naturaleza en cuanto proceso y devenir; ella es la 'lógica de la cosa misma’. Incluso si esta propuesta parte de la presunción (que tal vez es más ‘una hipótesis de trabajo’) de que subsista una 'analogía’ y una 'consistencia ’entre los modos del devenir de la naturaleza, de un lado, y los modos de construcción del pensamiento y de la ciencia, del otro (analogía y consistencia ya puestas a prueba positivamente por Marx y Engels en el análisis del mundo humano); ella no pretende ser en realidad un esquema a priori del movimiento de la naturaleza. Ciertamente, Engels busca demostrar, a veces con alguna ingenuidad, que esta hipótesis de trabajo está fundada y es indesligable del desarrollo mismo de la ciencia moderna de la naturaleza y de sus resultados analíticos; que las 'leyes’ de la dialéctica (“la conversión de la cantidad en calidad y viceversa”, “la compenetración de los opuestos”, “la negación de la negación”) se pueden investigar tanto en el pensamiento como en la naturaleza. Pero la dialéctica es por sobre todo 'la ciencia de las relaciones1, el modo de pensar las conexiones de lo que se encuentra aparentemente alejado y separado, la transformación de lo que parece inmutable, la transformación incesante de las formas naturales, la emergencia de nuevas posibilidades del curso mismo de la evolución natural e histórica, así como el lazo de unidad y distinción, de solidaridad y de lucha, que subsiste entre el hombre y la naturaleza.
 
Son instancias análogas a las que atraviesan los debates contemporáneos sobre la ciencia: la contraposición entre pensamiento holístico y reduccionismo, entre pensamiento complejo y pensamiento lineal; la visión del hombre como parte de la naturaleza pero tambieI1 amenaza para ésta, que emerge con la ecología y los problemas ecológicos actuales. Ciertamente, Engels razona con los instrumentos conceptuales y los datos de conocimiento a disposición de un pensador de la segunda mitad del siglo pasado. Por otro lado, él era perfectamente consciente de la relatividad de sus reflexiones: “el progreso de la ciencia teórica de la naturaleza hará en gran parte, o completamente, superfino mi trabajo’’, escribía en 1885, en el prefacio a la segunda edición del Anti-Duhring.
 
El hombre y la naturaleza
 
Entre los resultados de mayor validez y actualidad de la reflexión engel-siann se encuentran las páginas sobre In relación hombre-naturaleza, tema que merecería mucho espacio pero sobre el cual me limito aquí a algunas indicaciones.
 
El problema de la relación entre el hombre y la naturaleza vuelve muchas veces en los escritos de Engels, pero aquí recuerdo sólo el ensayo (incompleto) de 1876 sobre el origen del hombre, titulado 'El popel del trabajo en el proceso ele humanización del mono’. En polémica con los científicos que bajo el influjo de las concepciones idealistas no lograban hacerse una idea clara del origen del hombre, en tanto no consideraban la función del trabajo en este proceso, Engels avanza una interpretación propia (que será inmediatamente ratificada por los descubrimientos paleontológicos) (8). Se detiene entonces sobre las transformaciones históricas de la relación entre la humanidad y la naturaleza y sobre el poder de nuestra especie para intervenir sobre su ambiente. Las últimas páginas del escrito son probablemente las de inspiración ‘ecológica’ más clara que se puedan rastrear en los textos de los ‘clásicos’. Discutiendo acerca de los efectos de las acciones del hombre sobre la naturaleza, Engels desenvuelve consideraciones que suenan muy contemporáneas. Observa, por ejemplo, que a menudo los hombres no tienen la percepción clara de los efectos indirectos de su propia actividad. De aquí la exigencia de una actitud de prudencia y de modestia en relación a la complejidad de la naturaleza (“ no nos jactemos demasiado aún de nuestra victoria humana sobre la naturaleza. La naturaleza se venga de cada victoria nuestra”). Además, encontramos una reflexión ‘ecológica’ de uno de los conceptos decimonónicos más universalmente compartidos, o sea el concepto del “dominio sobre la naturaleza” ("a cada paso se nos recuerda que no dominamos la naturaleza como un conquistador domina un pueblo extranjero sometido, etc.”).
 
Analizando entonces las causas de la destrucción del ambiente, Engels pone de relieve toda una serie de elementos que serán redescubiertos y valorizados un siglo después por la cultura ecológica: las consecuencias de nuestra ignorancia, o la infravaloración, de los nexos complejos que enlazan entre sí a las diversas partes de la naturaleza; la responsabilidad de una concepción ‘predatoria’ o ‘imperialista’ de la técnica en relación con la naturaleza; la contraposición entre hombre y naturaleza y entre espíritu y materia heredada del cristianismo. El meollo del problema se particulariza aún, sobre todo en el caso del capitalismo, en las formas en que las relaciones sociales inadecuadas condicionan la actitud de la sociedad hacia la naturaleza, sobre todo en el campo productivo. El capitalismo, en particular, con su búsqueda miope del beneficio privado a corto plazo, así como ignora las consecuencias sociales de la producción, ignora igualmente las consecuencias sobre la naturaleza (“el industrial o comerciante individual se considera satisfecho si vende la mercancía fabricada o comprada con el beneficio habitual y no le preocupa lo que le ocurrirá enseguida a la mercancía o al comprador. Lo mismo vale para los efectos de tal actividad sobre la naturaleza...”).
 
Es una lección más que nunca actual, sobre la que muchos comunistas y muchos ambientalistas no han reflexionado todavía.
 
 
NOTAS:
1. En 1966 con el premio Nobel Walter Gilbert. Muller-Hill aisló el primer 'represor', o sea una proteína que regula la expresión del Dna.
2. B. Muller-Hill. Los filósofos y el ser viviente. Es quizás una paradoja de esta época de arrepentidos que el reconocimiento del Engels teórico de la naturaleza llegue más al campo de los científicos (entre los que han expresado un juicio positivo sobre las inspiraciones o aspectos particulares de su pensamiento señalo aquí solamente al biológo Ernst Mayr y al paleontólogo Stephen Jay Goulil). que al de los filósofos marxistas, por no hablar de los dirigentes de izquierda, que a Engels lo ignoran completamente. 
3. El estadounidense George Perkins Marsh (1801-1882). figura multiforme de estudioso, político y naturalista.es autor de una obra. Man and Notare (El hombre y la naturaleza. 1864). que es probablemente la primera reflexión sistemática sobre las consecuencias negativas de la actividad del hombre sobre el ambiente.
4. El ’Diamat'. por el contrario, se presentaba como una filosofía materialista vulgar de la naturaleza y con pretensiones de autoridad Mibre los resultados de la ciencia empírica: véase el caso de la persecución en los años 30-40 de la genética, de la mecánica quantica y, aunque menos observado no menos importante, de la ecología.
5. Véase la polémica contra el social darwinismo y contra la transposición mecánica de las categorías de las ciencias naturales al mundo humano y viceversa.
6. “La materia como tal es una pura creación del pensamiento, una abstracción", escribe Engels en La Dialéctica de la Naturaleza.
7. “Incluso la dialéctica es para la ciencia natural presente la forma de pensamiento más importante, ya que ella sola ofrece la analogía, y con esto los métodos de interpretación, para los procesos de desarrollo que tienen lugar en la naturaleza, los nexos generales, los pasajes de un campo de la investigación al otro". La Dialéctica....
8. “El método hegeliano. en la forma en que él mismo se presentaba, era absolutamente inutilizable... Esto no obstante, de todo el material lógico existente este método era la única cosa la cual al menos uno se podía conformar" (recensión de La Crítica de la Economía Política. de Marx, por Engels.
9. Al respecto véase S. J. Gould. Esta Idea de la Vida. Editori Riuniti, 1977.

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