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La izquierda brasileña y el Partido de los Trabajadores

Por Ricardo Guerra Vidal – Mario Dos Santos
Este artículo fue publicado en la revista Internacionalismo N° 4, de enero-abril de 1982, la revista de la Tendencia Cuartainternacionalista, de la que formaba parte Política Obrera. En él se discute las perspectiva del, en ese entonces, recientemente fundado Partido de los Trabajadores de Brasil. Uno de los autores de este artículo es Pablo Rieznik, nuestro compañero recientemente fallecido, quien en ese entonces se encontraba militando contra la dictadura militar que gobernaba Brasil, luego de haber sido arrancado de las catatumbas de la dictadura de Videla en nuestro país.
 
Pero la pertinencia de la inclusión de este artículo no termina ahí: hoy Brasil se encuentra en medio de una gigantesca crisis del régimen político, crisis que incluye especialmente al PT. Llega así a un final lamentable lo que representó una de las mayores tentativas de desarrollar un partido obrero independiente en América Latina, incluso con la fuerte traba potencial de una dirección constituida por una burocracia sindical en formación -aliada a una pequeña burguesía que se estaba reconvirtiendo del stalinismo y del castrismo. Todas estas cuestiones son analizadas y anticipadas en este trabajo, cuyas conclusiones para la lucha por un partido obrero siguen vigentes.
 
El régimen militar brasileño es el más antiguo del continente. En su momento, el golpe militar que se produjo en 1964 constituyó no sólo una respuesta a la conformación de una situación prerrevolucionaria en el país; significó, también, un triunfo de la contrarrevolución y el imperialismo a nivel latinoamericano contra el ascenso de masas que acompañó la victoria de la revolución cubana a fines de la década del ’50 y comienzos de la siguiente. Este mismo régimen se encuentra ahora en una situación de agotamiento, y en Brasil se reúnen los elementos que conforman el desarrollo hacia una situación revolucionaria. El desenlace de la misma tendrá también, como 17 años atrás, una repercusión que trasciende las fronteras de esta nación.
 
El proceso de agotamiento del régimen brasileño viene desarrollándose, lenta pero sistemáticamente, desde algunos años atrás. La recuperación del movimiento obrero -iniciada con las huelgas de la periferia industrial paulista (el llamado ABC) en mayo de 1978- cerró un período de amplio retroceso, y es la característica básica que marca, en última instancia, la etapa política actual. La apertura de esta nueva fase de la lucha de clases en el país fue preparada, por un lado, por la acumulación de fuerzas de todo un período de resistencia de las masas (movilización estudiantil contra la represión, movimientos moleculares y trabajo a reglamento en las fábricas) y, por otro lado, por la disgregación del frente burgués, que se desarrolló a partir del agotamiento del período del llamado “milagro económico” (1968-1973).
 
La curva del desarrollo capitalista se ha ido ahora a pique y el régimen del ‘‘milagro’’ se encuentra hoy frente a la más grave crisis económica de los últimos cincuenta años. El crecimiento del producto bruto interno el año pasado fue negativo, la producción industrial retrocedió prácticamente un 10 por ciento con relación al ’80 y la caída fue todavía mayor en las ramas tradicionalmente más dinámicas -la producción automovilística sufrió un retroceso superior al 30 por ciento. La crisis económica se encuentra en la base del impase político del gobierno militar, que no consigue conciliar a los diversos sectores del capital, agudizando el abismo frente a las masas, sobre las cuales se descargan los efectos de la crisis. Los mismos órganos de información del gobierno reconocen que en las elecciones estaduales y parlamentarias, previstas para noviembre, el partido oficialista perderá la mayoría de los gobiernos estaduales y la mayoría parlamentaria. Esta última fue mantenida, hasta ahora, con una serie de medidas arbitrarias y proscriptivas que se han agotado, y con esto el Alto Comando militar perdería la posibilidad de digitar al presidente, que debe ser refrendado por el Congreso en 1984.
 
La impase política del régimen involucra al conjunto de las clases sociales de la nación oprimida. Uno de sus aspectos más agudos es la crisis agraria actual: los choques armados entre los ocupantes precarios de las tierras y los grandes propietarios se suceden cada vez con mayor frecuencia y en los más diversos puntos del país se vive un clima de guerra civil en el campo. Este es el resultado de un vastísimo proceso de concentración de tierras -el 1,8 por ciento de los establecimientos rurales controlaban el 57 por ciento de las tierras ocupadas en 1978- y de expropiación de las masas pobres del campo. La dimensión de este proceso puede verificarse en el hecho de que, en el lapso de apenas una década (1970-1980), el 5 por ciento de los más ricos aumentaron su participación en la renta rural del 27,7 al 44,2 por ciento, un reflejo de la enorme concentración provocada por el avance del latifundio y del gran capital. La contrapartida de este proceso ha sido también un crecimiento enorme de la proletarización en el campo, la organización de una gran cantidad de sindicatos rurales y el surgimiento de huelgas entre la enorme masa de trabajadores agrarios que forman parte del ascenso del movimiento obrero brasileño.
 
Una manifestación decisiva del avance del imperialismo en Brasil, en los años del régimen militar, es la total dependencia de la gran banca internacional. Brasil es el más grande deudor del mundo, el monto del endeudamiento supera los 70.000 millones de dólares, una hipoteca equivalente al 30 por ciento de todo lo que se produce en el país en un año, un volumen poco inferior al conjunto de la producción industrial anual. El pago del servicio de la deuda está llevando a la quiebra a sectores enteros de la burguesía nacional, los cuales comienzan a reclamar la renegociación de la deuda y una política de disciplinamiento del capital extranjero.
 
El cuadro político y social del país se encuentra marcado, así, por una serie de factores potencialmente explosivos, cuya combinación plantea la estructuración de una situación revolucionaria. En este contexto, y como uno de sus componentes fundamentales, se ha materializado una propuesta planteada en 1979 por Lula da Silva, el líder de las huelgas del centro industrial del país: construir un Partido de los Trabajadores, al margen del Estado y de los partidos burgueses tradicionales. Hoy, este partido ha conseguido quebrar la draconiana legislación vigente y obtuvo su registro legal, luego de formar directorios regionales en, por lo menos, un quinto de los municipios de nueve estados brasileños. La caracterización del PT y, por lo tanto, la finalidad política de su participación en él, se convirtió en una piedra de toque para el conjunto de los grupos de izquierda que lo integran (todos, con excepción del stalinismo: PCB moscovita, los ex foquistas castristas del MR-8, PC do B albaneses).
 
La Organización Cuarta Internacional -sección brasileña de la Tendencia Cuartainternacionalista- señaló desde un inicio que la propuesta de construir el PT, una organización política de masas separada de la burguesía, planteaba el problema de definir la estrategia de clase para la revolución brasileña. El carácter del partido, sus objetivos y métodos de construcción están, en definitiva, determinados por esta cuestión: cuál es la clase capaz de tomar en sus manos la dirección de ese vasto movimiento social que tiene por punto de partida reivindicaciones cuyo contenido inmediato es democrático, antiimperialista y de transición (contra un régimen dictatorial, contra la opresión imperialista, por reivindicaciones democráticas en el medio agrario, por la expropiación de los grandes trusts y el control obrero).
 
En relación con esto, la historia brasileña ha probado la total impotencia del nacionalismo burgués para arrancar al país del atraso y la miseria en la que vive; su incapacidad para realizar la revolución agraria y para promover la unidad e independencia nacionales contra la opresión imperialista. La burguesía nacional es una clase históricamente caduca, incapaz de llevar a cabo las tareas democráticas de la nación oprimida; éste es el balance de la Revolución del ’30 y del varguismo.
 
Pero resulta que el PT rechaza este punto de vista y su dirección considera que, dado el carácter minoritario de la clase obrera, el partido debe definirse en función de una representación formal de todas las clases y capas explotadas en torno del objetivo común de la lucha por la democracia formal:
 
“Democratizar realmente la sociedad y el Estado significa crear formas de organización y mecanismos de representación para que las grandes mayorías del país puedan mandar de hecho en el país (Punto para la elaboración del Programa; Comisión Nacional Provisoria del Movimiento Pro-PT, febrero de 1980).
 
“El PT nace en una coyuntura en que la democracia aparece como una de las grandes cuestiones de la sociedad brasileña. Para el PT, la lucha democrática concreta de hoy es la de garantizar el derecho a la libre organización de los trabajadores en todos los niveles. Por lo tanto, la democracia que los trabajadores proponen tiene un valor permanente, es aquélla que no admite la explotación económica y la marginalización política de los muchos millones de brasileños que construyen la riqueza del país con su trabajo” (Programa del PT).
 
Para la dirección del PT, el carácter del partido se desprende de lo que entiende son las características de la transformación social necesaria en el país, la democratización formal del Estado y la sociedad impuesta por el frente común de las diversas capas explotadas:
 
“El PT pretende ser una real expresión política de todos los explotados por el sistema capitalista” (Manifiesto del PT).
 
En este punto, el PT es una reedición del viejo nacionalismo que se presenta como representación del conjunto de los explotados y postula la inviabilidad de una revolución proletaria socialista en un país atrasado (conceptos que ni siquiera figuran en los documentos programáticos del PT). La experiencia histórica ha demostrado, sin embargo, no la inviabilidad de la revolución obrera, sino la de la democracia, como un período de florecimiento histórico necesario en el desarrollo de los países atrasados. Los regímenes políticos en estos países pueden llegar a adoptar una fachada parlamentaria, pero nunca llegaron ni llegarán a instituir un régimen de democracia burguesa. La base de la revolución es el pleno cumplimiento de las tareas nacionales que la débil burguesía nacional es incapaz de ejecutar y que, resueltas por el proletariado -como vanguardia de la nación oprimida- conducen no a la democracia burguesa, sino al gobierno obrero y campesino y al Estado obrero. Ya en su propuesta de programa para el Partido de los Trabajadores, la Organización Cuarta Internacional señalaba, casi dos años atrás, que el PT debía definirse como partido obrero, inscribiendo en su programa que la satisfacción de las aspiraciones más elementales del conjunto de la población trabajadora es imposible en los marcos de la sociedad capitalista y del Estado burgués:
“Omitir -en nombre de la necesidad de defender los intereses comunes de las diversas clases explotadas- que la plena satisfacción de esos intereses sólo es posible con la expropiación del capital, significa colocar al PT a remolque de la burguesía, de una propuesta que no supera los límites del Estado capitalista y que siembra la ilusión de que es posible satisfacer las aspiraciones de la mayoría oprimida con un cambio en la forma del Estado” (ver revista Internacionalismo N° 1, junio de 1980).
 
El porvenir del PT depende enteramente de su capacidad para dirigir la movilización de la mayoría nacional en dirección a la revolución porque éste será el desafío que le plantea el propio desarrollo de los acontecimientos. Procurando sobrevivir en una tercera vía, será irremediablemente aplastado bajo la presión del choque entre la revolución y la contrarrevolución. Por esto, la tarea de los marxistas en el PT es la de luchar por un programa transicional que, partiendo de las reivindicaciones mínimas de las masas, establezca un puente hacia la única salida capaz de reconstruir la nación sobre un nuevo eje: la revolución acaudillada por el proletariado, el gobierno obrero y campesino.
 
Renunciando a esta perspectiva, el PT ha renunciado inclusive al democratismo consecuente, como lo revela el hecho de que ha renunciado a plantear de una manera acabada las reivindicaciones de la democracia: acabar con el Estado dictatorial, fin de la camarilla militar, derecho a la sindicalización de la tropa, elegibilidad y revocabilidad de los puestos de comando, el armamento de la población trabajadora, etc. Este es un primer punto de un programa en defensa de la soberanía popular contra la dictadura, por una Constituyente Democrática y Soberana: una reivindicación democrática cuya función es la de organizar el movimiento de las masas independiente de la burguesía, la cual procura por infinitas vías la conciliación y el compromiso con el gobierno militar.
 
El PT ha castrado a las consignas democráticas de su contenido revolucionario, y a eso se debe la vaguedad con que las formula. Pregona la reforma agraria amplia, pero no la nacionalización de la tierra, no la confiscación del gran capital agrario, ni tampoco la formación de comités de trabajadores rurales y campesinos pobres, los únicos capaces de asegurar el impulso a la insurrección en el campo, así como el cumplimiento cabal de la reforma agraria. Se pronuncia contra la dominación imperialista, pero no plantea el desconocimiento de la deuda externa que expropia a la nación oprimida, ni la confiscación de todos los grandes monopolios y la gestión obrera colectiva. No parte de que, allí donde el capital ya ha dado todo lo que tenía que dar conformando trusts gigantescos, el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas es inconcebible fuera de la gestión obrera de los medios de producción y del plan económico estatal único. En las ramas en las que el capital ha abolido ya todas las condiciones de desarrollo correspondiente al régimen burgués democrático -libre competencia, funcionamiento del mercado-, la única tarea progresiva es la expropiación de los expropiadores, de los capitalistas -lo que no es más que trascender la revolución democrática a partir de la solución de los problemas efectivos de las masas del país.
 
El problema esencial en relación con el programa es el siguiente: si la peculiaridad de los países atrasados consiste en su desarrollo desigual y combinado, en el cual se mezclan los resabios del atraso y de las relaciones de producción precapitalistas con los adelantos de la técnica y de la última palabra del capitalismo, el programa de su transformación revolucionaria debe integrar las reivindicaciones democráticas y nacionales no resueltas con las exigencias de la gestión estatal de la economía por la clase obrera, planteadas por el avance del gran capital que ya ha agotado totalmente su progresividad histórica.
 
El PT, su programa y su perspectiva, plantea un desafío formidable para la izquierda, pero frente al cual ha naufragado ya el conjunto de los grupos que optaron por una acomodación acrítica en su seno, desarrollando todos los argumentos posibles para justificar el abandono de la lucha por la política y el programa revolucionario. Como si un PT pequeño burgués democratizante pudiera ser un instrumento para organizar al proletariado como clase para sí y para conducir el movimiento de los explotados a su emancipación nacional y social. Esta es, sin embargo, la esencia de los planteos de los principales grupos de izquierda, cuyo análisis se desarrolla, a continuación, en el presente trabajo.
 
Organización Socialista Internacionalista
 
La Organización Socialista Internacionalista de Brasil (OSI)1 caracteriza al Partido de los Trabajadores (PT) como “partido obrero independiente”. Originalmente, sin embargo, sus planteamientos fueron radicalmente diferentes. La propuesta de construir un partido de los trabajadores fue lanzada por Lula, entonces presidente del Sindicato Metalúrgico de San Bernardo do Campo (periferia industrial de San Pablo), en 1979. En ese momento la OSI lo condenó sin términos medios:
 
“surgido en el interior del sindicato corporativo, aglutinando viejos y nuevos pelegos2, el PT viene mostrando en cada huelga su verdadero papel: mantener la estructura sindical corporativa, quebrar el movimiento huelguístico (...), es una articulación burguesa que juega, al lado del PCB, un papel de apoyo a la dictadura” (Luta de Classe, N° 2, setiembre 1979, pág. 27).
 
¿Tenía algo que ver con la realidad este planteo de la OSI? Absolutamente nada. La OSI había quedado atrapada fatalmente en un callejón sin salida, debido a un doctrinarismo esquemático, importado de París, que reducía a los sindicatos brasileños a una de sus características, su reglamentación y control por el Estado, lo cual no es, por otra parte, lo mismo que corporativismo, ya que ni los sindicatos eran formalmente parte del Estado ni sus dirigentes formalmente funcionarios de éste. Los sindicatos brasileños eran, además, la única organización obrera de masas del país, eran un resultado histórico de fantásticas victorias y derrotas de la clase obrera (es decir, que no eran un simple engendro administrativo) y fueron, aún en los peores momentos de sometimiento y represión, el único canal para el planteamiento de las reivindicaciones de los asalariados contra el capital. Hay que llamar la atención sobre el hecho de que la dictadura iniciada en 1964 debió dictar leyes de excepción de congelamiento salarial (arrocho), lo que prueba que no había una integración corporativa, sino una legislación antisindical contra esos concretos sindicatos, reglamentados y controlados por el Ministerio de Trabajo. Cuando se consideran a estos sindicatos en todos sus aspectos, y no en uno arbitrariamente distorsionado, se puede comprender y -ya antes de eso- prever que, con la reversión del período de derrotas iniciado en 1964 y el comienzo del ascenso obrero, aquellos sindicatos sometidos a una presión obrera mayor, se irían a convertir en un canal de lucha y a alterar la política o la composición de sus direcciones. Esto ocurrió no sólo en San Bernardo y no sólo en la industria; en un congreso sindical realizado a principios de 1981 (Conclat), el ala izquierda liderada por Lula, tenía mayoría contra el ala derecha liderada por el PC3.
 
La propuesta de construir un partido de trabajadores no partió del “interior” de ningún sindicato, sea “corporativo” o no. Esta es otra unilateralidad. Partió de todo un proceso de recomposición política, no sólo en el seno de la clase obrera, sino también del ala izquierda de la pequeña burguesía (esto se puede ver en los virajes fantásticos en las posiciones de todos los sectores de “izquierda” entre 1977 y 1981, como, en parte, se comprobará en este artículo).
Un único intento de hacer votar la formación de un partido de trabajadores, en el congreso de los metalúrgicos del Estado de San Pablo, en 1979, fue rechazado, en particular por la acción tenaz del PC. Política Obrera, en Argentina (y luego Causa Operaria de Brasil, que se fundó a mediados de 1979), fue la única organización que pronosticó con detalle toda esta evolución política desde su periódico (1978-1979) y en la polémica contra la OCI francesa y la OSI brasileña, desde fines de 1977. Fue sobre esta base que nuestras organizaciones pudieron trazar desde el inicio una línea de intervención revolucionaria frente al PT y batallar sistemáticamente en torno de la misma, a diferencia del conjunto de la izquierda brasileña. Cuando los movimientos huelguísticos recién despuntaban, toda la izquierda se encontraba en el PMDB4 -y la OSI en el limbo sectario-; Política Obrera, en setiembre de 1978, señalaba:
 
“El proletariado, para participar como clase en el actual proceso político, necesita de su propia organización, un partido obrero independiente, planteo que debe ser desarrollado bajo la forma de un programa, y que debe ser levantado como exigencia a la burocracia sindical que rompe con la dictadura” (Política Obrera N° 288, 22/9/78).
Cuando grupos de izquierda como el MEP (ver análisis en este mismo artículo), intelectuales y diputados que hoy ocupan posiciones en el PT defendían construir un “Partido Popular”, que integrara a direcciones sindicales y la izquierda burguesa del MDB, Causa Operaria, que recién aparecía, planteaba: “si queremos un auténtico partido de trabajadores, el camino es claro: partir de las masas obreras organizadas para proyectar su movilización en el plano político (...) Si ya llegó el momento de construir un partido obrero, esto quiere decir que ninguna de las clases dominantes ni sus partidos, es capaz de re- agrupar a la sociedad detrás de objetivos históricamente progresistas. Si un llamado partido obrero se limita a repetir, en una versión un poco mejorada, los planteos de los partidos burgueses, seguramente fracasará en crear un polo de militancia política independiente para la vanguardia obrera. Será incapaz también de forjar, bajo su dirección, la alianza obrero campesina. Para ser un real partido proletario debe definir en su programa la estrategia de transformar el país bajo el gobierno obrero y campesino, esto es, un gobierno de los explotados, independiente de la burguesía” (Causa Operaria, N° 2, octubre 1979).
 
Desde el inicio, por lo tanto, una estrategia y una práctica clara, apoyada en una caracterización precisa del movimiento obrero y sindical.
 
Mientras tanto, ¿cuál era el eje de los planteos de la OSI?: la “destrucción” de los sindicatos, posición doblemente aberrante, porque no pasaba de ser un grupo minúsculo y pequeño burgués. Ni en Rusia, donde habría de eclosionar un movimiento de masas contra los sindicatos “oficiales”, la oposición antiburocrática dejó de plantear la utilización de todos los resquicios que podían aprovecharse de esos sindicatos, para hacer avanzar el trabajo preparatorio de organización para imponer los sindicatos independientes (ver La renaíssence du mouvement ouvrier polonais, editado por el Comité Internacional contra la Represión, París).
 
La OSI se lanzó a la aventura de los sindicatos paralelos que en París eran anunciados como “syndicats libres partout” (sindicatos libres en todas partes), mientras en Brasil no los conocía nadie.
 
Es así que la OSI llegó tarde al PT y buscó luego quemar etapas acelerando una aproximación sin principios, pero su organización quedó marcada por una ausencia brutal de penetración obrera y, por lo tanto, por una composición aplastantemente estudiantil.
 
¿En qué consiste la progresividad del PT? El viraje de la OSI se produjo cuatro meses después de la radical condena primitiva. Así, en enero de 1980 se afirmaba que:
 
“el PT es una respuesta al movimiento del proletariado en el sentido de su organización independiente (... ) el PT nace como una articulación de agentes de la burguesía en el movimiento obrero, pero no evolucionó como un pilar de la dictadura. La fuerza motriz de su articulación es la lucha de los trabajadores y no los partidos burgueses ni la dictadura militar” (Revista Luta de Classe N° 3).
 
¿Qué es esto? Que una criatura de la dictadura pueda ser aprovechada para organizar a las masas, a condición de luchar contra los agentes de la dictadura dentro de la organización así creada, puede ser; pero que esta criatura “evolucione” como una fuerza política consciente, no ya contra la dictadura, sino contra el capital, esto sí que es puro charlatanerismo.
 
¿Cuándo y qué produjo tal “salto cualitativo”?
 
Si la respuesta es el ascenso obrero, diremos, antes que nada, que las grandes huelgas de San Bernardo son anteriores a la propuesta del PT y, en los cuatro meses que van de la posición inicial a esta nueva formulación, no hubo ningún acontecimiento significativo para el movimiento obrero. Por lo tanto, no se trata de un juicio sobre una nueva situación, por parte de la OSI, sino de una revisión de sus posiciones pasadas. Así, invirtiendo totalmente su razonamiento pasan a considerar que el PT es una expresión del movimiento huelguístico de 1978-1979 y, por esto, afirman que su “fuerza motriz es la lucha de los trabajadores”. Sin embargo, esto es también una verdad a medias, una unilateralidad en la cual prevalece el elemento oportunista.
 
¿Qué significa que la “fuerza motriz del PT es la lucha de los trabajadores”? ¿Que el PT es un canal para la movilización de los trabajadores en su lucha cotidiana? Esto, hasta el momento, el PT no lo ha probado. El PT no dispone de fracciones organizadas en los centros obreros del país, no interviene orgánica y centralizadamente como partido en las luchas obreras y ha formulado una política explícitamente abstencionista en relación con el movimiento sindical, en nombre de la “autonomía” de los movimientos populares. En la misma revista de la OSI que citamos, se afirma que “si ese movimiento (obrero) utilizará al PT como instrumento transitorio o si pasará por encima de sus ruinas, es una cuestión que no nos cabe resolver de antemano” (Luta de Classe N° 3, pág. 11).
 
Entonces, ¿cómo puede afirmarse que la fuerza motriz del PT es la lucha de los trabajadores, si todavía es una incógnita su relación con el movimiento obrero real?
 
Si por “lucha de los trabajadores como fuerza motriz del PT”, se quiere decir que surgió de las huelgas y del ascenso obrero, esto también es unilateral. De una huelga o de una lucha surge una victoria o una derrota, un sindicato o una nueva tendencia sindical, un soviet o un comité de huelga, pero no un partido. Un partido es un programa y un programa, a su vez, una determinada elaboración de las experiencias históricas de la lucha obrera. El PT no surgió de las huelgas en el sentido de que las huelgas y el ascenso obrero no pueden parir por sí mismas un programa y un partido.
 
La forma correcta de plantear el problema con cierto rigor es diferente. Las huelgas que se iniciaron en 1978 marcaron el despertar de la clase obrera brasileña frente a la dictadura y proyectaron la figura de sus dirigentes a nivel nacional, fundamentalmente a Lula. El llamado de esta dirección a construir un partido de los trabajadores le da una importancia nacional a la propuesta y plantea, coloca en pie, la cuestión de construir un partido independiente -sus métodos y estrategia. Esto reviste un carácter enteramente progresivo, en un país que carece de una organización política de masas de la clase obrera y en el cual no existe un partido revolucionario desarrollado. Pero plantear la cuestión no significa resolverla ni tampoco la construcción de un partido de los trabajadores -es decir, que agrupa asalariados y pequeño burgueses-, se identifica automáticamente con un partido obrero realmente independiente. Se puede tratar de un primer paso en este sentido, pero solamente esto, un primer paso: eso sería construir una organización separada de los partidos burgueses actuantes y del Estado. Pero existen todavía una serie de pasos a dar: actuar en forma independiente en el plano electoral y parlamentario y -fundamentalmente- en el de la agitación y la propaganda, en el conjunto de la situación política, a partir de una estrategia y una táctica realmente obrera, independiente. Para caracterizar al PT es necesario tomar todos estos elementos como un todo orgánico, no negar la progresividad de un paso hacia un partido obrero independiente ni dar por completa la tarea con el mismo. Desde otro ángulo, entonces...
 
¿Es el PT un partido obrero independiente?
 
Para la OSI la respuesta es afirmativa. De la caracterización inicial de Lula como “agente de la burguesía” ya no quedan rastros. En junio pasado se afirmaba que: “Lula y los que lo cercan están hoy marcados por las relaciones con el movimiento obrero independiente (...) Lula cumple un papel enorme, progresivo (...) después de más de un año de construcción de ese partido obrero independiente que está siendo el PT” (Luta de Classe, N° 6, junio 1981, pág. 36).
 
Si se buscan las razones por las cuales la OSI fundamenta esta caracterización se verá que se resumen en lo siguiente: basta que el PT sea organizativamente independiente de la burguesía para que deba ser considerado como partido obrero independiente. Esto sólo puede ser el partido revolucionario, porque puede ser independiente desde el punto de vista político. Así, en un reciente documento preparatorio del V Congreso de la OSI, se lee:
“Preguntamos: ¿existe algún tipo de partido obrero independiente organizativamente y políticamente? La posición de la OSI es de que ese partido sólo puede ser aquel cuya dirección no defienda la colaboración de clases sino los intereses históricos del proletariado, esto es, sólo puede ser el partido revolucionario y ningún otro” (Boletín N° 2, 30/10/81, pág. 16).
 
De aquí se deduce que la dirección del PT defiende la colaboración de clases y, sin embargo, la OSI no ve ningún inconveniente en definir al PT como partido obrero independiente. En realidad, el criterio en el cual la OSI basa su caracterización de partido obrero (independencia “organizativa”) es absolutamente inconsistente.
 
En 1920, en un debate similar, Lenin intervino en el Congreso de la III Internacional para criticar la posición de algunos comunistas ingleses que calificaban al Partido Laborista británico como la “expresión del movimiento sindical”, caracterización con la cual -afirmaba- “es imposible concordar”. Y agregaba: “Por supuesto, la mayoría del Partido Laborista está compuesta de trabajadores, pero este hecho no cabe deducir lógicamente que todo partido de trabajadores, que agrupa trabajadores, es al mismo tiempo, un partido político de los trabajadores; esto depende de quién lo dirige, del contenido de sus actividades y de su táctica política. Sólo esto determina si es un partido realmente proletario. Desde este punto de vista, que es el único punto de vista correcto, el Partido Laborista no es un partido de los trabajadores sino un partido político burgués” (“El partido comunista y el partido laborista”; discurso en el Segundo Congreso de la III Internacional, 6/8/1920).
 
La pregunta pertinente para el caso brasileño es: ¿por su programa, por su dirección, por su táctica política, el PT es un real partido obrero independiente, o es un partido no proletario, que agrupa a trabajadores (y no, como el Laborista, al proletariado organizado en los sindicatos)? La OSI no se formula la pregunta porque se plantea el problema de tal manera que el interrogante ni siquiera surge. Para calificar a una organización como obrera independiente, la OSI juzga que basta examinarla “organizativamente”. Por esto, la OSI nunca, en sus textos, se plantea un análisis sobre el programa y las ideas dominantes en el PT.
 
Desde el punto de vista del conjunto de su actividad y de su concepción política integral, el PT, que carece tanto de una agitación y propaganda propia como de una estrategia política de clase, no puede ser calificado como un partido realmente obrero independiente.
 
En sus documentos programáticos, el PT plantea la lucha por la democracia y en ningún momento se levantan los objetivos históricos del proletariado -dictadura de la clase trabajadora y destrucción del Estado burgués. El sociólogo Francisco Weffort, ideólogo del PT y autor de sus principales documentos programáticos, declaró recientemente que la “destrucción del aparato del Estado no corresponde a la realidad del mundo moderno”, que lo que está planteado es “someterlo al control de las organizaciones sociales y del pueblo” (Em Tempo, diciembre de 1981). Esta declaración ya nos está diciendo que el PT no es siquiera un partido consecuentemente democrático, ya que no se plantearía la destrucción del “aparato del Estado” brasileño -es decir de la dictadura militar y el conjunto del régimen político presente. No se coloca, siquiera, a favor de una revolución contra el despotismo.
 
Es cierto que la dirección del PT se ha pronunciado recientemente por el “socialismo que será definido por la lucha diaria del pueblo brasileño”; pero esto es demagógico, porque se rechaza explícitamente una definición del socialismo como régimen político de clase -basado en la expropiación del capital, la liquidación de su Estado y el gobierno obrero y campesino- y se lo diluye en consideraciones subjetivas sobre la “participación de las masas”, “formas de control social”, etc., etc. Por otra parte, a pesar de gozar de una simpatía generalizada entre los trabajadores, la base militante del PT está integrada en su mayoría por la juventud pequeño burguesa de los grupos de izquierda que lo apoyan, amparados en el prestigio de la figura de Lula.
 
Por su programa y su estructura militante, el PT es un partido democratizante de las organizaciones pequeño burguesas de izquierda, de una parte de la intelectualidad burguesa y de una fracción de dirigentes sindicales “independientes”, que se han agrupado sobre la base, no de una delimitación de posiciones, sino de la confusión más completa, que hacen el panegírico de esta confusión, que combaten todo intento de demarcación política como “sectario”, y que esperan prosperar y llegar a las masas por medio del “atajo” de la popularidad de Lula. La clase obrera no está presente en el PT como clase políticamente conciente, ni tampoco físicamente, sino que es indirectamente representada por su caudillo sindical. El PT es, a lo sumo, un primer paso en la ruptura con la burguesía y los viejos mecanismos de regimentación de los explotados -esto es indiscutible-, pero es una ruptura embrionaria, completamente inacabada y, lo que es más importante, conscientemente bloqueada por el conjunto de sus tendencias. Como sólo es organizativamente independiente, el contenido de su política es extraño al punto de vista del proletariado y la lucha de clases, y esto debe ser combatido. Esta es la esencia de la cuestión, y es aquí donde la OSI ha tirado la esponja.
 
Función oportunista de una caracterización
 
La función que cumple la caracterización del PT como partido obrero independiente, por parte de la OSI, es la de justificar el abandono de la lucha por el programa, por la política revolucionaria. Esto resulta de sus propios planteamientos: dicen luchar para que el PT se desarrolle como partido obrero independiente, pero entienden esto apenas como una lucha por su delimitación organizativa. A partir de este razonamiento, se postula que si se lucha por un programa proletario en el PT, en realidad, se estarían confundiendo las cosas, ya que esto sería combatir por un partido revolucionario y no por un partido obrero independiente. La OSI presenta la cuestión como si el PT fuera apenas un campo de reclutamiento para la organización revolucionaria que ellos representarían y no como una realidad con vida propia, como una objetivación en donde predominan tendencias extrañas al proletariado. Por esto, definen su táctica en el PT como “entrista” y, en el documento preparatorio del Congreso antes citado, afirman:
“nuestro objetivo con el entrismo es construir el partido revolucionario; el entrismo es una táctica aplicada por tiempo limitado, siendo que el momento preciso de su término será decidido en función de la construcción del partido revolucionario; la construcción del PT, partido obrero independiente, no es contradictoria con la construcción del partido revolucionario” (pág. 30).
 
En principio, es evidente que la lucha por el partido obrero independiente no es contradictoria con la lucha por la construcción del partido revolucionario. Pero, es justamente la OSI la que hace entrar en contradicción una cosa con la otra, cuando define al partido obrero independiente desde el punto de vista organizativo: si éste no es políticamente independiente, es políticamente burgués o pequeño burgués y, por lo tanto, contradictorio con el partido revolucionario. En la realidad, la cuestión se presenta así: la fracción marxista no puede luchar por el partido revolucionario si no combate por la transformación del PT en un real partido obrero independiente -es decir, que asuma el punto de vista de la revolución social dirigida por la clase obrera. En este sentido, y sólo en este sentido, la lucha por la construcción del PT “no es contradictoria” con el partido revolucionario. Pero, la construcción del PT, tal como se desarrolla en la actualidad, sí presenta un elemento contradictorio, un obstáculo a la construcción del partido revolucionario. Con esta política de “aprovechar al PT como es”, se benefician las tendencias enemigas de la revolución social e incluso de la democracia. La OSI establece compartimentos estancos, por un lado, lucha por el PT sólo organizativamente independiente; por el otro, lucha por el partido revolucionario, por lo tanto fuera del PT. Es decir, es un centrismo sin finalidad política, como trabajar en un club de ping-pong (¡y aún aquí hay que combatir a los que quieren hacer de las asociaciones deportivas un factor de corrupción estatal!).
 
La intervención en el PT no es “entrismo” tal cual lo define la OSI en el párrafo citado.
 
La comparación con la táctica entrista en el PS francés, en 193436, recomendada por Trotsky, es muy instructiva. Este “entrismo” tenía una finalidad política cristalina: permitió a los trotskistas “estar adentro” del frente único PC-PS, para influir en su desarrollo, para combatir contra su transformación en frente popular con la burguesía y para que asuma una orientación revolucionaria. Sólo en la medida en que se impulsase esta “finalidad política” los trotskistas podían crecer a expensas de los reformistas.
 
Pero el PT brasileño es, precisamente, esa especie de frente único: la fracción revolucionaria sólo puede crecer a expensas de los reformistas si lucha para que el PT intervenga revolucionariamente (programa de transición) y para ayudar a delimitar al proletariado conciente de la pequeña burguesía. Es notable que, unas páginas antes en el mismo documento, se plantee la cuestión desde otro ángulo (el cual, bien entendido, no tiene nada que ver con la propia política de la OSI):
 
“por el hecho de ser una organización oportunista no centralizada, que tiene un curso centrista, puede evolucionar positivamente en el sentido de una transición para el partido revolucionario (lo que sólo puede suceder si los marxistas se tornasen su dirección) y, en este caso, la organización marxista ‘se disolverá en ese partido obrero’, Trotsky nunca diría esto refiriéndose a la socialdemocracia” (pág. 28).
 
Si admitimos como correcta la posibilidad teórica -poco probable- aquí anunciada, es evidente que la “táctica del entrismo por tiempo limitado” no corresponde al PT, en el cual “puede ser” que nos disolvamos. De todos modos, esto es accesorio, lo fundamental es lo siguiente: cómo el PT puede teóricamente evolucionar hacia el partido revolucionario, cómo su dirección puede tornarse una tendencia revolucionaria, si no se declara conscientemente que ésta es la transformación que se quiere operar, que no hay partido realmente independiente sólo en el “plano organizativo”, que el programa y la política actual del PT es pequeñoburguesa democratizante; o sea, todo lo que la OSI no hace desde que se puso a embellecer al PT como el partido obrero independiente en el Brasil, se trabaja para la disipación del proletariado y no por su transformación en caudillo nacional.
 
Una concepción bernsteiniana
 
No sólo la OSI, sino también los morenistas y los seguidores brasileños de Mandel han hecho uso y abuso de dos cartas de Engels, dirigidas a militantes marxistas norteamericanos en la década de 1860. Engels, entonces, los estimulaba a participar de los movimientos que se orientaban a la organización política propia de los trabajadores -los Knights of Labour (Caballeros del Trabajo)-, de los cuales se encontraban apartados por consideraciones sectarias. En una de esas cartas -a Friedrich Sorge- afirma que “el primer gran paso a ser dado en todos los países que hayan recientemente entrado en movimiento es la constitución de los obreros en partido político independiente, no importando como (...), que el primer programa de este partido sea confuso y de los más incompletos, es un inconveniente inevitable pero, mientras tanto, pasajero”. Son estas líneas fuera de contexto las que han justificado ‘‘teóricamente” un planteamiento revisionista sobre el movimiento obrero:
 
“Se trataba -afirma la OSI, luego de citar a Engels- que los militantes aceptasen el movimiento tal cual existía, sin colocar ninguna restricción de orden programática (...) no existe ninguna contradicción entre las reivindicaciones elementales y el objetivo final que es la transformación del proletariado en clase dominante; todo forma parte de un único movimiento, que procede del lugar ocupado por el proletariado en la producción” (Luta de Classe N° 5, pág. 45).
 
La conclusión de la OSI es totalmente arbitraria y no se desprende para nada de lo que Engels afirmaba. Desde el punto de vista histórico, la OSI retrocede a la posición de los revisionistas alemanes y de los economicistas rusos criticados por Kautsky y Lenin a principios de siglo. La esencia del planteo revisionista consistía, justamente, en plantear que no existían “contradicciones” entre el movimiento reivindicativo y revolucionario de la clase. En contrapartida, la mitad del ¿Qué hacer? de Lenin está dedicado a demostrar que la lucha por “las reivindicaciones elementales” conduce “sin contradicciones” al sindicalismo y no a la política revolucionaria, a la constitución del proletariado en clase dominante:
 
“la conciencia política de clase no se le puede aportar al obrero más que desde el exterior, esto es, desde fuera de la lucha económica, desde fuera de la esfera de las relaciones entre obreros y patrones. La única esfera en que se pueden encontrar estos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y capas con el Estado y el gobierno, las esferas de las relaciones de todas las clases entre sí”.
 
El movimiento de la clase en la órbita de la lucha “por las reivindicaciones elementales” conduce, en sí misma, a la perpetuación de la relación obrero-patrón. No hay tal movimiento “único”, como afirma la OSI.
 
En lo que se refiere a los consejos de Engels a los marxistas americanos debe decirse, además, que el compañero de Marx señalaba que no se plantearan “restricciones programáticas” para integrarse al movimiento real de la clase, pero no para adaptarse a toda su ambigüedad y amorfismo programático (que es lo que la OSI hace). Mientras la OSI señala que el programa y la política revolucionaria no forman parte de la construcción del partido obrero independiente, porque la esencia de su construcción es delimitarse sólo en el plano organizativo, Engels indicó con toda claridad, en el caso de los Estados Unidos, que:
 
“Los Knights of Labour [son] un factor muy importante para el movimiento, que no debería ser vilipendiado desde afuera, sino revolucionado por dentro (...) [se trata] de caminar junto a todo movimiento real del conjunto de la clase, aceptar el punto de partida como un hecho concreto y conducirlo gradualmente al nivel teórico, resaltando que cada falta cometida, cada derrota sufrida, consiste en una consecuencia necesaria de los errores teóricos del programa original” (carta a F. Kelly, 28/12/1866, subrayado nuestro).
 
La OSI, en cambio, reveló un desprecio olímpico por la lucha programática y jamás declaró su propósito de revolucionar al PT por dentro, lo que sí plantea Engels.
 
¿Son las elecciones el momento “por excelencia” para construir el PT?
 
El último número de la revista de la OSI (Luta de Classe, N° 7), de noviembre pasado, incluye un artículo sobre las elecciones de 1982 y la participación del PT en las mismas. Se desarrollan aquí una larga serie de consideraciones sobre la importancia de saber utilizar las elecciones y en torno del significado del sufragio universal, que realmente no vienen al caso, y se falla en lo fundamental: en la caracterización concreta de las elecciones brasileñas previstas para noviembre próximo. De acuerdo con la OSI, “podemos prever que la profundización de la crisis política de la dictadura militar, las fuerzas del movimiento de los trabajadores, después de más de un año de recomposición (...) apuntan hacia enfrentamientos de peso con la dictadura militar, enfrentamientos que tendrán en las elecciones uno de sus grandes momentos” (pág. 42).
 
Esta es la lógica que preside el análisis: las elecciones como el “gran momento” del enfrentamiento de los explotados con la dictadura. De esta manera, se dirige toda la atención hacia el estrecho campo electoral y se restringe la actividad revolucionaria, estimulada por la crisis política hacia unas elecciones que no son la materia combustible de la crisis, sino una de sus expresiones.
 
El punto de vista del “gran momento” es el punto de vista de la oposición burguesa, que busca paralizar todo movimiento real contra la dictadura para presentar a las elecciones como el “gran momento” para proceder a una modificación del régimen actual. Las elecciones se encuentran sobredeterminadas por la marcha de la crisis política y omitir esto es desbarrancarse hacia el electoralismo -es decir, hacia el terreno más viable para el entendimiento entre la burguesía dictatorial y la burguesía democratizante.
 
El análisis debe ser concreto. Estas elecciones forman parte del contexto más amplio de crisis del régimen militar. Para este régimen en crisis, las elecciones constituyen una pieza de la maniobra política para su sobrevivencia, y es por esto que resolvió que los gobiernos estaduales sean elegidos directamente -por primera vez en los últimos 16 años. El objetivo es incorporar al poder a sectores burgueses marginalizados y negociar, a partir de aquí, la elección de un nuevo presidente para 1984, que es elegido por el Congreso. Pero el desarrollo de la más grande crisis económica de los últimos cincuenta años mina las posibilidades de compromiso entre las diversas fracciones burguesas y el imperialismo y -también- estrecha el margen de maniobra de la burguesía en su conjunto en relación con las masas.
 
En este sentido, el planteo de la OSI de que, “para el régimen militar fundado en la sofocación de las libertades, las elecciones sólo pueden ser un estorbo” (pág. 63), es una fantástica falsedad, porque, evidentemente, no son “sólo” un estorbo, son, también, una vía de salida. La teoría de que son “sólo” un estorbo es la del PMDB, porque para éste son su “único” método de lucha. Tampoco es correcto afirmar que, “la necesidad del régimen es la de fraudar las elecciones, pero el problema es encontrar una forma de fraude aceptable para la oposición burguesa” (pág. 64).
 
En primer lugar, porque las elecciones, bajo el control de todos los recursos del poder militar, encuadradas en una legislación represiva monstruosa, ya son en sí mismas un fraude. En segundo lugar, porque el “problema” no es la oposición burguesa, con la que existen enormes posibilidades de un acuerdo o, en su defecto, grandes posibilidades de que acepte el milésimo paquetazo. El problema es que la crisis supera la dimensión puramente electoral y la dictadura se encuentra tremendamente bloqueada para encontrar una solución que, además de satisfacer a las diversas fracciones burguesas, sirva, principalmente, como recurso político para frenar el desarrollo de las luchas obreras y campesinas. Todo el análisis de la OSI se realiza desde una óptica formal, electoral, como si estas elecciones fueran algo opuesto, externas e irreconciliables con el régimen.
 
Si tomamos las cosas como son, concretamente, el problema no consiste en señalar que el régimen quiere “fraudar” las elecciones -¡cómo si una dictadura pudiera hacer otra cosa!- sino destacar que no puede haber elecciones realmente libres con el régimen militar en pie.
 
Las elecciones no son “sólo” un estorbo al régimen. Todo el fraude ya establecido por la legislación y la intimidación responde al carácter dictatorial del régimen que busca perpetuarse. Se habla de la eliminación de las elecciones parlamentarias y la prorrogación de mandatos de diputados y senadores, la posibilidad de disolución de los partidos y la realización de los comicios con candidatos sueltos, sin filiación partidaria, la proscripción de Lula, etc. Pero, entonces, en estas condiciones, ¿qué sentido tiene repetir una y mil veces la importancia de participar en las elecciones y considerarlas como el “gran momento” de enfrentamiento con la dictadura? Esto es -parafraseando un viejo refrán- como ver pasar un entierro y saludar a los pasantes diciéndoles “menos mal que tienen algo para llevar”. Es apuntar fuera del blanco y asociarse a toda la estrechez de la dirección petista, que ha hecho del terreno electoral el centro exclusivo de su actividad. En lugar de abrir los ojos de los trabajadores para toda la dimensión de la crisis actual, se busca conducir sus expectativas al mezquino embudo de una vía electoral.
 
La presencia del PT en las elecciones constituiría un segundo paso en su delimitación de los partidos burgueses y esto, en sí, es enteramente progresivo. Pero, los problemas planteados por la situación actual van más allá de la cuestión de participar en las eventuales elecciones. ¿Qué hacer frente a nuevas medidas arbitrarias del gobierno? ¿Cómo aprovechar la agudización de la crisis actual y los cambios bruscos en la situación política? ¿Cómo organizar el combate contra el descargue de la crisis económica sobre los trabajadores, contra la carestía y el desempleo? El problema central que se plantea es cómo acabar con la dictadura y dar a la crisis actual una salida desde el punto de vista de la clase obrera, que es lo que corresponde a un partido obrero. En este sentido, la utilidad de la campaña electoral consistiría no en prepararse para el “gran momento” del comicios y la mera recolección de votos, sino, esencialmente, en la posibilidad de armar tribunas a lo largo y ancho del país, agitando en torno de un programa de movilización y propagandeando los objetivos históricos de la lucha de los trabajadores contra el imperialismo y el capital:
 
-Campaña nacional del PT por una Constituyente Soberana y Democrática en total oposición al arbitrio dictatorial; definir un programa de reivindicaciones democráticas, superando las mezquinas limitaciones de la oposición burguesa; fin de la camarilla militar, derecho a la sindicalización de la tropa y carácter electivo de los puestos de comando de las fuerzas armadas, formación de milicias populares, etc.
 
-Poner en pie a los sindicatos en el combate contra la carestía y el desempleo; apoyo a todos los movimientos huelguísticos e impulso a la formación de comités de fábrica, por una central sindical independiente de la burguesía y del Estado.
 
-Impulsar la formación de comités de trabajadores agrícolas y campesinos para garantizar la ocupación de la tierra, por la confiscación del latifundio y el gran capital agrario.
 
-Expropiación del imperialismo y de todo el capital monopolista que expolia a la mayoría nacional; desconocimiento de la deuda externa; ruptura de todos los pactos militares y diplomáticos; confiscación de los grandes monopolios; control obrero de la producción; nacionalización del comercio exterior y del mayorista interior.
 
En este terreno, organizando el movimiento real de los explotados es que el PT debe construirse. En cambio, toda la caracterización unilateral de la OSI sobre las elecciones, embelleciéndolas, concluye con un planteo acabadamente oportunista:
 
“las elecciones de 1982 polarizarán las atenciones de las masas y pueden constituirse en un momento por excelencia en que un partido obrero como el PT atraiga millones y millones de votos, construyéndose como un partido de masas” (pág. 66).
 
Se identifica la construcción de un real partido obrero con el número de sus votos. El PT puede llegar a juntar muchos votos, puede ser, pero que juntando votos se construya como un real partido obrero esto es una mistificación total. La construcción de un partido obrero reposa en su capacidad por organizar realmente a la vanguardia del movimiento obrero, elevar su conciencia y orientarla hacia el cumplimiento de sus objetivos históricos, transformarla en efectivamente dirigente en todos los terrenos de la lucha.
 
El voto es un instrumento pasivo, activado de años en años, por el cual la burguesía ha creado la ficción de que la sociedad dirige sus propios destinos. No sirve para modificar la sociedad y mucho menos es el método propio para construir el instrumento de su radical transformación: el partido de la clase obrera. La participación electoral puede ser una poderosa línea auxiliar, pues puede ayudar a ampliar la agitación política y la organización, pero nunca es el método privilegiado -“por excelencia”- de la construcción del partido. No existe momento “por excelencia” para la construcción de un partido obrero, pues esto es consecuencia del aprendizaje en el dominio de todas las formas de lucha y de la capacidad de relacionarlas al objetivo final. La OSI borra toda frontera con las ideas burguesas predominantes en el PT, que también consideran a las elecciones como el momento “por excelencia” para la construcción del partido, en la medida en que reniegan de la revolución y de la intervención del partido en la lucha reivindicativa de las masas.
 
Conclusión
 
La lucha por convertir al PT en un real partido obrero independiente debe desarrollarse en todos los planos. Apoyándole en cada paso de delimitación real, no para considerar la tarea acabada, sino para esclarecer el camino que aún falta recorrer. En este sentido, la lucha por el programa revolucionario debe ser considerada en su conjunto, como una actividad integral, práctica, ideológica y política. Especialmente, en la lucha por la intervención del PT en todos los movimientos que se desarrollan a partir de reivindicaciones mínimas, que conservan vigencia y vitalidad, organizando las fábricas y lugares de trabajo hasta el combate ideológico por la teoría revolucionaria.
 
El PT puede transformarse en un partido de masas si se convierte en un canal de las luchas obreras y democráticas; y, en este caso, el trabajo marxista por revolucionarlo por dentro encontraría un terreno fecundo. Esta es una de las posibilidades de desarrollo del PT; la otra es que concluya como frustración total. En cualquier caso, lo que está planteado es un combate por una política revolucionaria, de clase, sea para transformar al PT, sea para ayudar a la vanguardia a superar esta experiencia si concluye como frustración. Este es el camino que la OSI no ha sabido encontrar; su trayectoria puede resumirse así: del sectarismo al oportunismo, una ausencia completa de principios revolucionarios, una incomprensión mayúscula de la teoría y la política marxista.
 
Los orígenes de Convergencia Socialista
 
La introducción del morenismo en Brasil se dio por contrabando, bajo el disfraz del socialismo reformista y no bajo la bandera de la IV Internacional y del trotskismo. Un pequeño grupo morenista comenzó a organizarse en el país al final de la década del ’70 y pasaron a conformar el llamado “Movimiento de Convergencia Socialista”, que se proponía construir en el país un Partido Socialista “amplio y democrático”, que reuniese todas las figuras que se reclamasen del socialismo y se propusiesen luchar por un “socialismo con libertad”. La propuesta de construir un PS en Brasil fue concebida como una propuesta de “concretar la síntesis de las varias corrientes que aspiran al socialismo”, lo que apuntaba a juntar varias figuras burguesas remanentes del viejo nacionalismo burgués del PTB varguista (que, por supuesto, “aspiran” al socialismo), como Almino Affonso, ex ministro de Joáo Goulart o del antiguo PSB, como Edmundo Moniz y otros “socialistas”, para crear un amplio y democrático Partido Socialista en Brasil, usando para eso inclusive las leyes vigentes en el país (Versus N° 22).
 
A la política de buscar substitutos del partido revolucionario, se junta otra igualmente negativa que es su frentepopulismo. Así es que, al final de la década del ’70, la tentativa de los morenistas de crear un partido “socialista” fue paralela a su participación en el MDB, partido burgués de oposición permitido por la dictadura militar. La participación de los “socialistas” en el MDB, pensando en un “frente electoral o frente de oposiciones democráticas”, que tenía como objetivo la “unidad de todas las fuerzas democráticas” para luchar por el “fin del régimen dictatorial (...) a partir de un programa mínimo y democrático hace tanto tiempo asumido y defendido por el MDB”. Es decir, por “el programa mínimo del MDB”, lo que equivale al compromiso con la dictadura para la “apertura”. Se planteaba que “el régimen militar debe ser substituido por un gobierno provisorio, elegido por el frente democrático, y éste tiene que tener un plazo, que debe ser el más corto posible, suficiente para la convocatoria de una Constituyente libre y democrática” (Versus N° 22, pág. 19, “Documento presentado por la Coordinadora Nacional del movimiento de Convergencia Socialista a la Convención Nacional de MDB”). Se omitía el pequeño detalle de cómo iría a ser sustituida la dictadura “a partir del programa mínimo del MDB”, el cual, ni qué decir, no contemplaba esta “sustitución”; de otro modo, cómo sería derrocado el régimen militar sin la organización de la insurrección; Convergencia Socialista ni lo planteaba.
 
En las elecciones de 1978, Convergencia Socialista lanzó la consigna de votar por los “candidatos obreros y socialistas del MDB” y, al mismo tiempo, coquetea con la candidatura “alternativa” del general Euler Bentes Monteiro, que articulaba un “Frente Nacional de Redemocratización” en el seno de la oposición burguesa, para “disputar” con el general Figueiredo la presidencia de la república en el Colegio Electoral. Convergencia Socialista mantuvo conversaciones y envió una carta al general donde expresaba su esperanza de que “sobre los puntos de acuerdo podamos unir fuerzas y luchar juntos para que las libertades democráticas sean una realidad para nuestro pueblo” (Versus N° 22, ídem).
 
A esa política burguesa y oportunista del morenismo se une un planteo que oculta el carácter burgués democrático de la Asamblea Constituyente burguesa, convocada a partir del programa mínimo del MDB y lo presenta como alternativa socialista.
 
Esta estrategia está ejemplificada en las resoluciones aprobadas en el II Congreso de Convergencia Socialista. “Nosotros, militantes de Convergencia, somos socialistas, por eso en la Asamblea Constituyente lucharemos para que los trabajadores consigan votar una Constitución que organice el país en un nuevo cuadro, bajo una planificación socialista. O sea, lucharemos para que en la Constituyente se vote un Gobierno de los Trabajadores y una Constitución Socialista, que cree las bases para la construcción de un Brasil Socialista” (Convergencia Socialista N° 5, noviembre de 1978, pág. 4).
 
Aquí se combinan el oportunismo y la demagogia. Los “trotskis- tas” de Convergencia Socialista se proponen luchar en la Constituyente burguesa por una constitución socialista y un gobierno de los trabajadores. Así, la reivindicación de la Asamblea Constituyente, que debe ser instrumento de movilización del proletariado y los campesinos pobres en una etapa de lucha democrática, es distorsionada, y se la formula como la forma política de realización del socialismo. La más mínima lógica debería concluir, por lo tanto, que la agitación por la Constituyente debe hacerse en nombre del socialismo. Pero en este caso: ¿dónde está el carácter democrático de las consignas dirigidas contra la dictadura y el imperialismo? Las consignas deben servir: a) para ayudar a las masas a golpear unificadamente a la dictadura; b) denunciar a la burguesía por darle la espalda a la democracia (¡no se la denunciará por darle la espalda a la dictadura del proletariado!); c) delimitar el programa socialista del proletariado, del democrático de las clases intermedias, de manera de desarrollar la fisonomía propia y la independencia política de aquél, es decir, evitar que en la lucha por la democracia el proletariado se disuelva en el frente burgués e identifique la realización del programa democrático como igual a su propia emancipación social. Otra cosa más es que la demagogia “socialista” (demagogia porque no dice cuáles son las condiciones que debe imponer el proletariado para luchar por su realización, es decir: ponerse a la cabeza de la lucha por la libertad política y separarse políticamente de la burguesía, con una organización y programas propios) oculta el contenido social burgués-democrático de la lucha contra la dictadura, que está representado por las reivindicaciones contra el imperialismo y por la revolución agraria.
 
La agitación por la Constituyente debe hacerse alrededor de estas banderas: derrocamiento de la dictadura, expulsión del imperialismo y liquidación de la gran propiedad agraria. Es sobre la base de la diferenciación política entre la burguesía y el proletariado, que se establecerá en el desarrollo de esta lucha, que emergerán las condiciones subjetivas para poner a la orden del día práctico la dictadura del proletariado.
 
Estas características de frentepopulismo -reformismo y búsqueda de un sustituto del partido revolucionario- son las que orientarán la actuación del morenismo en relación con el PT. Esta política de Convergencia Socialista no dejó de tener sus efectos en el seno del partido, ocasionando un gran número de divisiones y crisis. Cuando la construcción del PS se malogra, los articuladores de Convergencia Socialista van a encontrar en el PT “el embrión del Partido Socialista que está naciendo” y se propondrán luchar “con todas las fuerzas para que ese embrión crezca rápidamente y se transforme en la verdadera opción de la democracia” (Versus N° 26, noviembre de 1978) y buscarán influenciar la construcción del partido en los moldes de la tentativa fracasada del PS.
 
La “propuesta original” del Partido de los Trabajadores
 
El primer documento programático del Partido de los Trabajadores -una síntesis de concepciones liberales que propone la “participación política de los trabajadores” y la “democratización de la sociedad”, y que en ningún momento plantea las concepciones fundamentales de la independencia de clase del proletariado y sus objetivos históricos- fue, en parte, inspirado por los morenistas de Convergencia que, hasta hoy, reivindican las “propuestas originales” del PT.
 
Dada la realidad del PT, surgido de las grandes movilizaciones obreras de los últimos años, pero dentro de las restricciones impuestas por la reformulación partidaria de la dictadura militar y con un programa y una política pequeño burguesa, el deber elemental de los revolucionarios es luchar para que prevalezca el programa revolucionario y para impedir que el PT se cristalice como un partido pequeño burgués. La adaptación pasiva a las tendencias oportunistas existentes dentro del PT sólo puede contribuir a consolidar un aparato burgués y una traba para la revolución proletaria. Debe emprenderse un duro combate para que las masas realicen una profunda experiencia con el PT: esto significa, no sólo la lucha en el interior del partido sino también junto a las masas, ayudándolas a avanzar en el sentido de cumplir con sus objetivos históricos. La adaptación y la pasividad frente al actual curso del PT sólo puede contribuir a la construcción de un aparato burgués que, con la agudización de la movilización de las masas, se constituirá inevitablemente en un bloqueo a su desenvolvimiento revolucionario.
 
La intervención de Convergencia Socialista dentro del PT se guió, siempre, por la adaptación a las tendencias oportunistas existentes en el partido, pues lo consideraban el “embrión” del Partido Socialista “amplio” y “democrático” -es decir, de adaptación al régimen burgués. Convergencia Socialista no se planteaba una adaptación transitoria a las características del PT como una forma de luchar por la construcción de un partido de clase realmente independiente, pues compartía la finalidad del PT de ser un partido de la democracia. De ese modo, consecuente con su posición de defender la “propuesta original” del PT, intervinieron con la propuesta de defender el partido como había surgido, abdicando de dar la lucha programática y adoptando la posición vigente:
“Para Convergencia Socialista sólo hay un PT -el que lanzó Lula frente a 80.000 metalúrgicos en abril de 1979.
Defendemos y vamos a defender siempre este PT. Que sepamos no existe otro. Defendemos este PT y sus banderas de lucha. Y vamos a combatir a los que quieren modificar los objetivos trazados desde el inicio por los compañeros Lula, Bitar, Cicote, Ibrahim, Skromov y otros dirigentes sindicales. No queremos que el PT tenga todo nuestro programa” (Convergencia Socialista N° 9, marzo 1980, subrayado nuestro).
 
O sea, dice Convergencia Socialista, no luchamos por nuestro programa dentro del PT (y tampoco fuera, ya que ¿cómo entenderían los obreros una lucha por el programa que se consume en sí mismo, en el proselitismo individual y no tiene trascendencia en la lucha pública por influenciar a los trabajadores?), sino por otro programa que no es el nuestro, no queremos modificar las características oportunistas y combatir la confusión política existente en el PT, sino defenderla y, más todavía, vamos a combatir a quien quiera modificarlo. Estas son concepciones que conforman un evangelio de oposición a la construcción de un partido obrero y profesan la intención clara de estructurar un partido oportunista. Los que elaboraron tal estrategia parecen creer que los rumbos que va a tomar la construcción del PT no tienen ninguna relación con la organización de la clase obrera como clase para sí -o sea con la construcción del partido obrero.
 
Gobierno de los trabajadores y partido sin patrones
 
Una de las características del morenismo es su intento constante de ocultar su política oportunista, presentando consignas ambiguas, como el modelo del clasismo y de la independencia de clase, cuando es esa ambigüedad la prueba misma de su política oportunista. Así es que la política de los morenistas en el PT estuvo delineada por la defensa de dos reivindicaciones consideradas como la síntesis del partido: “por un partido sin patrones” y “por un gobierno de los trabajadores”. La defensa de estas consignas fue considerada como una “defensa intransigente del carácter de clase del PT” (Convergencia Socialista N° 14, junio de 1980, “¿A dónde queremos llegar?”).
 
Lo que distingue estas dos consignas no es, al revés de lo que quiere creer Convergencia Socialista, la “defensa intransigente del carácter de clase” del PT, sino su ambigüedad. ¿“Partido sin patrones” define acaso el carácter de clase del partido obrero? La ausencia de patrones implicaría que es suficiente que la burguesía no esté presente físicamente en el partido para que éste no sea burgués, olvidando que la política de la burguesía puede estar presente a través de sus agentes pequeñoburgueses o del propio movimiento obrero.
 
En segundo lugar, si la definición es puramente negativa (“sin patrones”), no llega a definir cuál de las clases sociales, no patronales, sería la dirección del partido -campesinado, pequeña burguesía, proletariado, todos son “trabajadores”-, sería como decir: un partido del pueblo. Si ésta es una defensa del “carácter clasista” del PT, no estaría de más decir a qué clase el “clasista” está refiriéndose. Este tipo de “defensa intransigente” es perfectamente aceptable para muchos de los que defienden un partido policlasista -“frente de los explotados”- y son enemigos de la construcción de un partido obrero (MEP AP).
 
La propuesta de que el PT se definiese por un gobierno de trabajadores causó en el PT un gran barullo. Pero, a pesar del odio que muchos sectores en el seno del PT le dedican a esta consigna, ella no deja de ser ambigua y es opuesta a la de gobierno obrero y campesino, entendido como un gobierno revolucionario que arma a los trabajadores y no se detiene en los límites de la propiedad privada. Gobierno de los trabajadores, y así con varias consignas levantadas por la izquierda en el PT, son una tentativa de escaparle a una definición clara del carácter de clase del partido y su programa. ¿Cuál es el carácter de clase de “un gobierno de los trabajadores”?, ¿en qué se diferencia de la reivindicación de “gobierno popular”?, ¿cuáles son las clases que van a gobernar?
 
La tendencia a oscurecer el contenido de clase de los objetivos y del carácter del partido que está presente en la política de Convergencia Socialista tiene una sola función: obstruye la construcción de un partido real de la clase obrera y lo substituye por otra cosa, una unidad oportunista que abriga indiferenciadamente a griegos y troyanos, y permite a cada uno desarrollar sus propios objetivos que nada tienen que ver con el desarrollo político de la clase obrera.
 
Un giro izquierdista y sectario
 
A mediados de 1981, las concepciones de Convergencia Socialista con respecto al Partido de los Trabajadores van efectuar una curva de 180 grados en relación con sus posiciones anteriores. Esta vez, el cambio será para el polo sectario y ultraizquierdista, asumiendo posiciones muy semejantes a las defendidas originalmente por la OSI. Las nuevas posiciones de Convergencia Socialista surgen en su debate con la OSI, buscando la unificación de las dos organizaciones. En el proceso de unificación, las posiciones en relación al PT no podrían dejar de desempeñar un papel fundamental y las concepciones sectarias van, irónicamente, a chocarse con las posiciones oportunistas de los lambertistas brasileños (a las que llegaron también mediante un viraje de 180 grados), obstaculizando la unificación.
El núcleo de las nuevas posiciones morenistas es la caracterización de los sindicalistas que lanzaron la propuesta del PT, la corriente lulista, como “una ‘burocracia de izquierda’ y como tal históricamente contrarrevolucionaria”.
Aclarando que “cuando hablamos de burocracia lulista estamos refiriéndonos exactamente a esto. A la concepción marxista de esta categoría. Nosotros nos estamos refiriendo a una casta privilegiada que tiene su origen en la clase obrera, que surgió de ella, [pero que] sin embargo no pertenece más a ella. Que tiene intereses diferentes y contrapuestos a ella; a un sector que está unido con la burguesía nacional e imperialista, para frenar un proceso de movilización permanente de las masas; a un sector que considera el trotskismo como su enemigo fundamental y que los trotskistas consideran como su principal enemigo dentro de la clase obrera. Porque definir una corriente como burocrática significa decir que ella constituye un aparato burgués en el seno de las instituciones obreras y significa decir, que por más que pueda, en determinados momentos, jugar un papel progresivo y que los trotskistas deben saber utilizar, ella es históricamente contrarrevolucionaria” (Documento de polémica con la OSI, septiembre de 1981, pág. 3).
 
¿Y el “partido de Lula, Bittar, Cicote, etc.?
 
¿Pueden los camaleones del morenismo construir un partido revolucionario?
 
¿Qué significa decir que la burocracia lulista es “históricamente contrarrevolucionaria”? Si entendiésemos por el término los aparatos contrarrevolucionarios consolidados históricamente, que tienen una historia de traiciones a la clase obrera y cuyo pasaje al campo de la contrarrevolución es un hecho definido históricamente, como los partidos comunistas y los partidos socialistas -y es la única manera como lo podemos entender- de ninguna manera puede ser aplicado al lulismo. La burocracia lulista no sólo no tiene una historia de traición al movimiento obrero y al servicio de la contrarrevolución, sino que no tiene ninguna historia. Esta es una camada de activistas jóvenes del movimiento obrero que surgieron en la década del ’70 y se proyectaron a través del movimiento huelguístico de los tres últimos años.
 
El problema reside aquí en que “históricamente” es una abstracción.
 
¿A qué historia se están refiriendo?
 
Por ejemplo, en el curso de una guerra nacional contra el imperialismo, las masas campesinas pueden jugar un papel altamente progresivo, lo que no ocurre, por su apego a la propiedad privada, cuando se trata de desarrollar la socialización en el campo. La propia burguesía nacional juega un papel progresivo en la medida que choque con el imperialismo y sus agentes, y facilite ampliar la agitación democrática y nacional, y sólo en esa medida, aunque al mismo tiempo siga su papel contrarrevolucionario de someter al movimiento obrero y pactar con sus adversarios. El proletariado, en este caso, debe procurar aprovechar las contradicciones del régimen burgués.
 
¿Cuál es la “historia” concreta por la que pasa Brasil? Las masas pasan por un período de lucha democrática y antiimperialista, y por poner en pie un partido obrero independiente. En relación con su actitud ante el régimen burgués en general, a su actitud ante la dictadura del proletariado, entre Lula y un político burgués o un burócrata metido a político burgués, sólo hay una diferencia de grado, y por eso no son realmente independientes del Estado burgués. Pero, en relación con la lucha por poner en pie un partido obrero independiente de los partidos burgueses actuales y a la lucha por conquistar condiciones democráticas apropiadas al desarrollo de tal partido, la diferencia es cualitativa. En este aspecto, y sólo en este aspecto, Lula no es contrarrevolucionario sino progresivo. Es en la medida en que Lula se opone, conscientemente o por confusión, a la construcción de un real partido de clase (y en esto no es él -sino el ala filo-stalinista de los MEP, AP, “intelectuales”, etc.- el agente fundamental) que tiende a jugar un papel de freno, potencialmente reaccionario, etc. Se trata, para los revolucionarios, de reflejar en su política ambos aspectos, luchando por el desarrollo del PT como un partido ligado a las masas y, al mismo tiempo, por un programa revolucionario. El destino final de todo un sector de la burocracia obrera del PT estará determinado por las condiciones y el desarrollo que tenga esta propia lucha, principalmente por el nivel de intervención de las masas y por la calidad de la política de los cuartainternacionalistas.
 
Pero, para Convergencia Socialista, la burocracia “históricamente contrarrevolucionaria” puede “jugar un papel progresivo”, lo que implica sacarle todo el sentido a las palabras. ¿Cómo pueden los “agentes de la contrarrevolución” -como se dice en otra parte del texto- realizar cualquier cosa progresiva? Este tipo de planteo no es un error casual, sino una demostración, por la prestidigitación que hacen con los conceptos, de que el debate con la OSI tiene un carácter profundamente oportunista pues, al mismo tiempo que utilizan una verborragia ultraradical contra la burocracia, los “trotskistas” van a tratar de aprovechar los “aspectos progresivos” de la contrarrevolución. Esta incoherencia con las caracterizaciones tiene la función de dejar a los morenistas con las manos libres para maniobrar en el seno del PT y para adaptarse a los planteos oportunistas de la burocracia y de la dirección del PT, como lo hicieron hasta ahora.
 
Estos planteos sectarios conducen al oportunismo también por otro camino, cuando dicen que “Lula es un burócrata (...) igual a Joaquim (burócrata sindical pelego, ex interventor de la dictadura militar en el sindicato de los metalúrgicos de San Pablo, durante varios años, quien se mantuvo en el período de ascenso a través del fraude sistemático en las elecciones sindicales). ¿Qué es esto sino una apología del peleguismo? No se trata de calificar ambos como burócratas y profetizar que finalmente ambos acabarán traicionando igualmente a la revolución o cosa parecida, sino evaluar el papel que cada cual desempeña concretamente hoy en el desarrollo de la lucha de clases.
¿Cómo explica Convergencia Socialista que las direcciones de las huelgas del ’78/’79/’80 sean equiparadas, en relación con estas huelgas y a sus consecuencias políticas, a las direcciones que en este mismo período hicieron lo imposible por contener el ascenso de las masas y se colocaron abiertamente contra él? Es simple, se trataría de una “división de tareas” (“Documento...”, pág. 15): la dirección lulista se coloca a la cabeza de las mayores movilizaciones obreras en las dos últimas décadas y crea el Partido de los Trabajadores, mientras la burocracia pelega quiebra huelgas y busca hacer que los obreros entren en los partidos de la burguesía, pero ambos “con una política diferente” están actuando al servicio de la burguesía y del imperialismo contra el movimiento obrero. Todo es postulado dogmáticamente por medio de una caracterización sociológica general (es decir, que se convierte en una muletilla): la dirección lulista es una burocracia y, como burocracia, “no pertenece a la clase obrera” y, por lo tanto, no puede defender los intereses de la clase obrera.
 
Las características de la burocracia lulista, que la distingue del peleguismo, es justamente que no se colocó contra el ascenso del movimiento de la clase obrera iniciado en 1978, sino que buscó acompañarlo, dividiendo así a la burocracia sindical en dos alas. En la resolución política de nuestro primer Congreso señalábamos:
 
“La diferencia entre la llamada burocracia ‘auténtica’ y la ‘pelega’ es sólo una cuestión de grado, porque no son direcciones realmente independientes del Estado (...) Con todo, por pequeña que sea esta diferencia de grado entre pelegos y auténticos, ella tiene una importancia fundamental: los últimos reflejan la inversión de la tendencia en la situación de la clase obrera (del reflujo al ascenso) y expresan la tendencia a la independencia de clase del movimiento de masas (...) Dejada a su voluntad -esto es, de acuerdo con su propia orientación política-, la burocracia auténtica acabará como agente directo del Estado burgués dentro de las relaciones políticas previstas en la apertura, y así lo mostraron efectivamente en la huelga del ’78 y en toda su conducta posterior (...) Sin embargo, esta dirección no actúa a su libre voluntad, sino que está sujeta a una fuerte presión de las masas (...) El balance histórico de esta nueva tendencia no está agotado y sus posiciones son un eje de referencia obligatorio para todas las otras tendencias sindicales minoritaria. La llamada tendencia auténtica, además de todo, está lejos de ser homogénea y es una obligación seguir atentamente todas sus diferenciaciones y orientar a los trabajadores acerca de todos los problemas de principios en cuestión” (págs. 16 y 17).
 
Para Convergencia Socialista, sin embargo, no es correcto decir que la burocracia lulista sufre presión del movimiento de masas o que tiene una actuación empírica en función de esa presión, pero considera que ella tiene un proyecto propio: “Lula y la corriente sindical que dirige, en el cuadro de crisis de la dictadura, con un movimiento de masas que tiende a cuestionar el orden burgués, quiere construir un partido y un aparato sindical para controlar a las masas y salvar a la burguesía” (“Documento...”, pág. 15).
 
El proyecto de Lula es, por lo tanto, construir un partido, el PT, para salvar a la burguesía del movimiento de masas. Lo más curioso aquí no es la afirmación de que la construcción del PT tiene como objetivo salvar a la burguesía, sino el hecho de que los “trotskistas” de Convergencia Socialista se hayan metido con todo a construir el PT. ¿Cuál es el sentido de colaborar en la construcción de un aparato contrarrevolucionario? Naturalmente, Convergencia Socialista hace la salvedad de que se trata de una táctica de “entrismo”, pero la función del entrismo en un aparato burgués sería la de, simplemente, ganar un sector de las masas que esté preso en él y trabajar para destruirlo. Si lo que Convergencia Socialista hace en el PT, llamando a las masas a apoyarlo, no haciendo ningún tipo de oposición a la dirección del partido y trabajando para construirlo sin cuestionar los rumbos que está tomando, es entrismo; entonces, se trata de un entrismo muy original, que aparenta ser lo contrario de lo que es. Este tipo de entrismo ya lo hacían los morenistas argentinos en el peronismo, cuando se colocaron “bajo la dirección del general Perón” (sus propias palabras) y se adaptaban total y completamente al nacionalismo burgués.
 
Es preciso señalar que las posiciones actuales de Convergencia Socialista -sectarias y ultraizquierdistas, al punto de la provocación- son estrictamente para uso interno, afuera, para las masas y la base del partido, no existe esa chachara de Lula como “contrarrevolucionario” y “agente de la burguesía nacional y del imperialismo” y otras maravillas morenistas, y sí una adaptación a la dirección del PT que se trata de esconder con críticas superficiales. Ni antes ni ahora, Convergencia Socialista cuestionó el programa del PT. Hasta llegó, después de la última vueltacarnero, a saludar la declaración de Lula como que el PT sería socialista, o inclusive su política. En la última convención del PT, Convergencia Socialista no se colocó claramente contra las coaliciones y llegó a saludar una convención que sacó una serie de deliberaciones negativas como “un paso al frente”, criticando única y exclusivamente la elección de la dirección -de la cual fueron excluidos.
 
Más que analizar las actuales estupideces de Convergencia Socialista, sobre que Lula paraliza el movimiento de masas “en función de sus acuerdos con la dictadura” (“Documento”, pág. 8), que es un agente del capital extranjero e igual a los peores pelegos y el enemigo fundamental de los trotskistas en el movimiento obrero, es preciso mostrar el abismo que va de las concepciones teóricas a las prácticas. Si el PT es una maniobra para contener el movimiento de masas, lanzada por agentes de la dictadura, enemigo jurado del movimiento obrero, ¿qué sentido tiene la participación de los “trotskistas” en el PT, en el ala del movimiento sindical encabezada por Lula? Más todavía, ¿qué relación existe entre las actuales posiciones sectarias de los morenistas y su práctica oportunista anterior y actual en el interior del PT?
 
El actual giro político de Convergencia Socialista -que, como se puede ver, es una reedición empeorada de las viejas posiciones sectarias de la OSI- cumple objetivos precisos, no desde el punto de vista de los principios políticos, sino desde el de las ganancias de aparato. En el seno del PT, el sectarismo será utilizado para establecer una diferenciación superficial con la dirección, mientras que su oportunismo implícito dejará las manos libres para todo tipo de maniobras, en la lucha para conquistar posiciones en el seno del aparato del partido; en segundo lugar, es utilizado como un arma en su lucha faccional contra la OSI, por los despojos del ya muerto Comité Internacional5, oponiendo a las características marcadamente oportunistas de la OSI, su política “principista”. Pero, con la misma seguridad de que dos y dos son cuatro, el morenismo, cuando sus objetivos se agoten, cambiará su actual piel sectaria por una nueva versión del viejo oportunismo.
 
MEP: del foquismo al partido de los trabajadores
 
El Movimiento por la emancipación del proletariado (MEP) surgió en la década del ’70. Su origen está en las diversas “divisiones”’ del PCB que se metieron en una experiencia foquista en el inicio de los años ’70. Aunque nunca haya participado directamente del guerrillerismo de este período, y su aparición sea posterior a él, el MEP nunca renegó su filiación al foquismo castrista. Su planteamiento característico está en negar toda lucha por las reivindicaciones democráticas -como las “libertades democráticas” o una “Asamblea Nacional Constituyente, soberana y democrática”- las cuales creía incompatibles con la lucha por el socialismo.
 
A pesar del revolucionarismo aparente de estos planteos, el abandono de las reivindicaciones democráticas lo llevó al abandono de toda lucha política contra el Estado burgués, pues al concluir que “no hay condiciones para la implantación del socialismo en este momento”, pasaron a apegarse exclusivamente a las reivindicaciones económicas e inmediatas de los trabajadores. Por otro lado, este purismo socialista se reveló como un mero ejercicio teórico pues, en la práctica, apoyaron en las elecciones del ’78 a los candidatos del partido burgués de oposición, el MDB, mero apéndice del régimen durante el período más duro de represión y que, luego del inicio de la llamada “apertura democrática”, trabajó siempre en el sentido de tapar la brecha abierta entre el régimen militar y las masas. Por esto es que entendemos que se trata de una tendencia filostalinista y filomenchevique (revolución por etapas, apoyo a la burguesía progresista).
 
La lucha por la construcción de un partido obrero independiente nunca fue parte del programa del MEP. La construcción de un partido que separase el proletariado de la burguesía, la construcción de un partido revolucionario no era uno de sus objetivos. El partido revolucionario en Brasil sería, para el MEP, el producto de la aglutinación de las diversas organizaciones de la izquierda pequeñoburguesa en una organización cuyas fronteras podrían extenderse hasta abarcar al PCB que, a pesar de ser criticado por el MEP, aparece como un “desvío” y no como un aparato contrarrevolucionario. Este no es un proyecto de construcción de un partido revolucionario de la clase obrera, sino de un partido de revolucionarios pequeñoburgueses, un partido pequeñoburgués radical.
El lanzamiento de la propuesta del PT fue recibido, por esto mismo, con desconfianza por el MEP. Los dos primeros números de su periódico legal no hacen ninguna referencia al PT, aunque su articulación ya existiese desde hace algún tiempo. En su tercer número se publica un artículo titulado “¿La Clase Obrera encontró su Partido?”, donde contrapone a la construcción del PT un partido obrero socialista -o sea, de acuerdo con las concepciones del propio MEP, un partido radical. En esa época, la articulación del PT es encarada apenas como “un lugar más para discutir y debatir la necesidad y los caminos para la construcción de un partido obrero y socialista” (Compañero N° 3, mayo de 1979).
 
Esta contraposición entre el PT y un partido obrero y socialista se muestra puramente formal, ya que irán a adherir al PT y abdicar completamente de la lucha en su seno por la construcción de un partido obrero.
 
Esta postura reticente en relación con el PT es abandonada rápidamente, sin mayores explicaciones, en favor de la concepción de que el PT sería una “composición partidaria más amplia”, donde se reunirían diversas fuerzas de la izquierda clandestina con la Iglesia y parlamentarios pequeñoburgueses para formar un “frente de masas explotadas y oprimidas” (Compañero N° 11, agosto de 1979).
 
¿Sólo “una composición partidaria más amplia”?
 
Para el MEP, así como para la mayoría de las organizaciones de izquierda que actúan en el interior del PT, el PT sería “una composición partidaria más amplia (que) puede desempeñar un papel importante en las actuales luchas y en el enfrentamiento de la reforma en el cuadro partidario oficial” y “tiene necesariamente un carácter frentista” (MEP, “Cuestión partidaria”, octubre de 1980).
 
El significado de la idea de que el PT es una “composición partidaria amplia”, “legal”, es el de que no tiene realidad propia, que es apenas un espacio neutro donde las organizaciones de izquierda actúan, pero que no tiene dinámica propia, de manera que su evolución no tiene importancia, sólo importan los logros que los grupos que actúan en su seno puedan conseguir. El PT, sin embargo, no es de ninguna forma neutro; al contrario, en la medida que busca estructurarse como alternativa de dirección para las masas, se torna una realidad que, si se cristaliza como partido pequeñoburgués, se constituirá en un poderoso obstáculo al desarrollo del movimiento de masas y a la construcción del partido revolucionario.
 
Por otro lado, definir un partido por su carácter amplio, por su legalidad, tiene la función de evitar cualquier caracterización real del mismo, su contenido de clase y su programa. ¿Se trata de un partido burgués, obrero o qué? ¿Cuál es el contenido de clase expresado en su programa? Sobre estas cuestiones fundamentales, ninguna definición. Un partido puede ser amplio o no, legal o clandestino, y con eso no definimos ninguna de sus características esenciales. En una sociedad dividida en clases no hay lugar para un partido neutro, siempre alguna clase acabará por prevalecer.
 
Esta “definición” busca preservar la falta total de límites, la ambigüedad reinante en el PT en relación con las cuestiones esenciales, su carácter de clase, el contenido de su programa, etc.
 
Las corrientes que actúan en el interior del PT y lo consideran como un espacio neutro donde desplegar su actividad hacen apología e incentivan la ambigüedad y la indefinición del PT, ya que le permite agrupar a cualquiera indiscriminadamente y, por ese motivo, abdican de la lucha por una estrategia obrera en el seno del partido. Sin embargo, esa ambigüedad, que hoy aparece como la fuerza del partido, mañana se mostrará como su principal debilidad. El PT se construye como alternativa de dirección para el movimiento de masas en contraposición con los demás partidos y, en los momentos cruciales de la lucha de clases, cuando el movimiento de masas en su desarrollo revolucionario exija una dirección firme; o sea, con ideas claras y una estrategia definida, el PT, lo desamparará o, peor, lo traicionará abiertamente.
 
La cuestión reside, por lo tanto, en saber si la ambigüedad y la indefinición política pueden ser un arma de lucha para la clase obrera y las masas explotadas o si, al contrario, el arma que puede llevar al proletariado a la victoria, como dirección de la mayoría nacional explotada, serán las claras ideas programáticas de las cuales el partido sacará la orientación para toda su actividad.
 
La estrechez del programa revolucionario
 
Para el MEP, la construcción del PT y la construcción del partido revolucionario son cosas distintas, “que no deben ser confundidas” y, por eso, consideran “un grave error” la lucha por dotar al PT de un programa revolucionario: “querer imponer a toda costa un programa revolucionario en el PT o solamente aceptar ese partido como algo que interesa a la lucha del pueblo cuando él adopte ese programa, representa una ceguera política que sólo interesa a aquéllos que están contaminados de una postura pequeño burguesa sectaria” y es “una concepción que contribuye a estrecharlo” (MEP, Cuestión Partidaria, octubre de 1980, pág. 32 y 35).
 
Antes que nada, no se trata aquí del falso problema de “imponer a cualquier precio” el programa revolucionario en el PT. En primer lugar, porque la cuestión no fue introducida artificialmente por los revolucionarios en el partido, sino que fue planteado por su propio desarrollo, el programa fue debatido y aprobado por una conferencia partidaria. El resultado de este debate, en segundo lugar, no fue un programa neutro sino pequeño burgués, una reedición del viejo nacionalismo burgués con ropa nueva, que propone como objetivo de la lucha de la clase obrera la democracia burguesa, y no el fin del capitalismo.
 
La intervención de los revolucionarios en el interior del PT, luchando por una estrategia obrera, no tiene como objetivo imponer nada, y sí busca estructurar una alternativa de independencia de clase que pueda convertirse en la dirección revolucionaria de las masas y, en los momentos críticos, mantener el ascenso e impedir que la dirección pequeño burguesa expropie el ascenso obrero y la revolución.
 
Para grupos como el MEP, el programa revolucionario, en vez de contribuir a desarrollar la conciencia de las masas y agruparlas bajo la dirección de la clase obrera, armándolas para la conquista del poder político, tiene la facultad de estrechar el partido. ¿El programa revolucionario limita al PT? Si tomamos como “amplitud” lo que ocurre hoy en el Partido de los Trabajadores, su ambigüedad, la confusión política imperante, la aglutinación indiferenciada de elementos ajenos a la perspectiva de la clase obrera, entonces sólo podremos considerar la actual “amplitud” como una ficción sin ningún valor positivo.
 
El programa revolucionario, en esta situación, sería un factor fundamental de homogenización política, de clarificación, de mayor centralización del partido sobre una sólida base política que aumentaría la eficiencia de la acción partidaria entre las masas. Si eso se entiende por “limitación”, entonces el programa revolucionario tomará con certeza el PT más “limitado”, en oposición al tipo de “amplitud” que existe hoy. Ahora, si grupos como el MEP consideran que el programa revolucionario tiene sólo la virtud de “estrechar”; entonces, para ellos, el programa de la revolución proletaria no tiene ninguna utilidad, pues no es capaz de ganar la conciencia de las amplias masas y ser un factor dinámico en la revolución o, dicho de otra manera, las masas no tienen la capacidad de entender el programa revolucionario y de apropiarse de él; por lo tanto, la conquista del poder por la clase obrera es una utopía.
 
Por otro lado, es evidente que la actual indefinición del PT no ha ampliado su base. El PT se apoya actualmente en una base militante que proviene casi exclusivamente de la pequeño burguesía y de una pequeña camada de activistas ligados a ella. Su implantación en el movimiento obrero se reduce prácticamente a la representación de líderes sindicales en su dirección. Es, por lo tanto, absolutamente necesario no confundir las simpatías que el PT consiguió despertar entre la pequeño burguesía y los trabajadores, con una real inserción en la clase obrera y en las masas; lo primero es accesorio y superficial, solamente lo segundo representará un verdadero y sólido crecimiento -y es fundamental. El PT sólo echará raíces fuertes, y duraderas, en las masas en la medida en que se ponga a la cabeza de sus movilizaciones y levante las reivindicaciones fundamentales de los explotados, bajo la base de una estrategia obrera definida y despojada de sus actuales ambigüedades.
 
La defensa del programa revolucionario en el PT no es entendida por los revolucionarios como la repetición académica de la doctrina, sino como la utilización de las ideas como base para la movilización de las masas. Todas las reivindicaciones a levantar en el movimiento de masas y las consignas de la lucha cotidiana sólo tendrán un sentido revolucionario, y sólo harán a la clase obrera acercarse a su objetivo histórico, si son formuladas a partir de una estrategia revolucionaria obrera clara y forman un todo orgánico con ella.
 
Cuando un partido renuncia a la lucha por su programa y sus ideas, lo que en realidad está haciendo es concederle a otro partido el derecho y la posibilidad de imponer sin lucha su programa y sus ideas. Si la izquierda se niega a luchar por su programa, alguien tendrá que llenar ese vacío, y es eso lo que pasa inevitablemente.
 
Para los que defienden esta posición, la construcción de un partido obrero sólo puede significar la construcción de un partido que exprese los intereses económicos inmediatos de la clase obrera, sólo podría ser un partido obrerista y, consecuentemente, “limitado”. La idea de que el PT no debe ser un partido obrero, sino “un frente de las masas explotadas” supone que los intereses de las diferentes clases explotadas sólo pueden ser expresados a través de una amalgama o fusión de los intereses de esas clases.
 
Sin embargo, la realidad es exactamente la opuesta, solamente la clase obrera puede expresar los intereses del conjunto de los explotados, pues solamente ella lidera la mayoría nacional explotada en la lucha contra el imperialismo y el capital nacional, que condenan al país al atraso y mantienen la explotación de la gran mayoría de la nación.
 
Sólo bajo la dirección del proletariado -o sea, bajo una estrategia de liquidación del capitalismo y del imperialismo-, las diferentes clases explotadas pueden ver atendidas sus reivindicaciones fundamentales.
 
Los que se colocan contra la lucha por una estrategia obrera en el PT, lo hacen porque consideran que el programa revolucionario es muy “radical” y no tiene en cuenta las necesidades políticas de las masas en ese momento. Sin embargo, el MEP, que se coloca contra ese “radicalismo”, se opone a la lucha por las reivindicaciones democráticas como, por ejemplo, la lucha por una Asamblea Constituyente Democrática y Soberana, mientras que los defensores del programa revolucionario colocan la lucha por las reivindicaciones democráticas como una cuestión fundamental del programa. ¿Qué podría ser más limitado y lejano a las necesidades de las masas?
 
El Secretariado Unificado
 
La sección oficial del Secretariado Unificado se expresa a través del periódico quincenal Em Tempo. Hace cuatro meses publicaron un folleto en el cual desarrollan el conjunto de sus posiciones en relación con el Partido de los Trabajadores (“El PT y el partido revolucionario en Brasil”, Cuadernos de Em Tempo N° 1, setiembre de 1981). Consideran al PT como un “partido obrero independiente, clasista”, pero en ningún momento se da una explicación del porqué de esta definición, que constituye una especie de axioma, a partir del cual se tejen una serie de consideraciones. Ahora bien, desde el momento en que se dice también que “no es un partido revolucionario”, que “no ha asimilado la lucha de clases” y que “no ha hecho casi nada en el sentido de centralizar y dirigir las luchas obreras” (pág. 25 y 30) está implícito que la definición -partido obrero independiente- corresponde a una apreciación puramente formal. Es decir, como el PT se organizó separadamente de los partidos burgueses y del Estado, esto lo tipificaría ya como partido obrero independiente. Se trata de un punto de vista formalista que oculta, precisamente, la hegemonía política, programática y también organizativa de la pequeño burguesía (incluyendo a los dirigentes sindicales).
 
Lo correcto y revolucionario es apoyar el paso al frente que significa el planteo de poner en pie una organización independiente de la burguesía, como un primer paso hacia el objetivo último -esto es, un partido proletario. Pero es incorrecto y antirrevolucionario meter en la misma bolsa todos los pasos hacia atrás que bloquean y traban la obtención de ese objetivo, y que se han dado concretamente bajo la forma de un programa democrático burgués inconsecuente. Esto que nosotros calificamos como un “primer paso” del PT en la ruptura con la burguesía, Em Tempo lo toma como indicador de su carácter “obrero clasista”, a pesar de que, según Em Tempo mismo, no sea revolucionario, no centralice al movimiento real de la lucha obrera ni asuma el punto de vista de la lucha de clases.
Nuestra caracterización del PT como “un primer paso” de ruptura con la burguesía subraya esencialmente lo que falta para la construcción de un partido realmente independiente, la necesidad de combatir en sus filas la confusión política existente y de luchar por una política y un programa revolucionario. El planteo de reconocer el PT como un “partido obrero independiente clasista” subraya lo contrario, la necesidad de evitar este combate en las filas del mismo por la clarificación política y programática desde el punto de vista marxista. Em Tempo lo dice textualmente cuando, luego de afirmar en general que “es necesario luchar por un partido marxista revolucionario de masas”, plantea a renglón seguido: “no podemos defender esto para el PT desde ya, esto sería estrecharlo.
 
Por lo tanto, los marxistas defienden sus posiciones, organizan una corriente, y procuran construir una organización. Con un avance cualitativo del grado de conciencia y de movilización de las masas, en una situación revolucionaria o prerrevolucionaria, ahí sí será posible luchar para que el PT adopte el programa del marxismo revolucionario” (pág. 31).
 
Aquí se ve que la incorrecta caracterización del PT como “partido obrero independiente” cumple invariablemente una función de adaptación oportunista, cuya única lógica es la de acomodarse a la opinión pública reinante en el PT para conquistar algunos puestos en el mismo. Porque, en cualquier otro plano, la posición carece de la más mínima lógica: ¿cómo “los marxistas van a defender sus posiciones y construir una organización” si en este momento -“desde ya”- no corresponde luchar por el programa marxista revolucionario? Si en el PT “no podemos defender la necesidad de luchar por un partido revolucionario”, ¿dónde vamos a luchar por el mismo, en la redacción, entre los que escriben el periódico? ¿De dónde han sacado los simpatizantes del Secretariado Unificado que la lucha por el programa revolucionario sólo debe darse en “situaciones revolucionarias”? Entonces: ¿cómo se prepara a la vanguardia obrera y a la clase toda para esas situaciones revolucionarias? Por otro lado, si en la actualidad no se debe luchar por un programa revolucionario para el PT, ¿debe lucharse por qué cosa? ¿por un programa no revolucionario o no luchar por nada?
 
En realidad, sólo la lucha permanente y sistemática por el programa marxista revolucionario en cualquier época puede preparar y templar una organización para los cambios bruscos y las nuevas situaciones que se presentan en una coyuntura revolucionaria. Si recién se empieza sobre el final, no sólo puede ser demasiado tarde, sino ¿cómo se explicaría que durante todo el período anterior preparatorio se luchó por un programa no revolucionario o no se hizo nada?, ¿qué forma es ésta de construir una dirección y educar a la vanguardia obrera? El peligro actual -“desde ya”- para el PT no es la supuesta “estrechez” del programa revolucionario sino su ambigüedad, que da cabida no sólo a planteos incompatibles con un papel de dirección en la lucha directa del proletariado y los campesinos, sino apolíticos enemigos del democratismo consecuente y del socialismo. Para qué sirve esta amplitud si, como reconoce Em Tempo, ni siquiera es útil para que centralice y dirija las luchas reivindicativas de los trabajadores. En este sentido, ¿en qué consistiría la “estrechez” de un programa definido y de una estrategia realmente clasista, que le daría la fuerza y la cohesión que el PT “amplio” carece totalmente?
 
Los “trotskistas” del Secretariado Unificado “olvidan”, cuando así les conviene, la experiencia histórica. La Asociación Internacional de Trabajadores, la I Internacional, también surgió de un movimiento práctico de los obreros de diversos países, y también había un enorme peso de tendencias pequeño burguesas anarquistas y de otro tipo. Marx no sacó de esto la conclusión de que había que someterse al mediocre y antiobrero común denominador de las tendencias en pugna, sino que combatió -y triunfó- por un programa proletario, que se concretó en el Manifiesto de la Internacional. ¿Y en qué estrechó esto a la Internacional, como le imputaban los bakuninistas? Al contrario, amplió su base de clase y evitó los intentos de disolverla en una Internacional liberal.
 
La lucha por el programa proletario es un proceso permanente, una actividad cotidiana que debe ser capaz de traducirse en una intervención práctica bajo la forma de reivindicaciones democráticas, antiimperialistas y transicionales al socialismo, tomando también en cuenta las consignas que corresponden a la situación política, la experiencia de la clase, etc. Pero el principio mismo de no luchar por el programa proletario es, como concepción del trabajo, un principio oportunista destinado a la pura acomodación en el PT “amplio”; es decir, no revolucionario, no realmente clasista, encubierto con el mote de “partido obrero independiente” y que, librado a esta tendencia, deberá volver al redil de la gran burguesía.
 
¿Es el PT un partido revolucionario?
 
Según Em Tempo:
“Por el propio hecho de representar una expresión política del movimiento sindical clasista, el PT contribuye para su avance, para que pase a niveles superiores de lucha. Ofrece una posibilidad de organización para millones de trabajadores. Hoy, no es un partido revolucionario. Aunque cumpla un papel revolucionario” (pág. 18).
 
Lo que aquí se afirma, sin embargo, no corresponde a la realidad. Es cierto que el PT agrupa a una serie de sindicalistas que, bajo la presión del ascenso obrero, se enfrentaron con la dictadura y con la burocracia pelega -esto es, agente directa de la dictadura. No obstante, estos sindicalistas, que se denominan genéricamente como “auténticos” no conformaron un movimiento sindical propio, no constituyen una tendencia, no se organizan en torno de una plataforma ni tienen un programa definido en el plano de los sindicatos (esto se ve cada vez que hay alguna conferencia sindical). Su movimiento es, en este sentido, absolutamente empírico, carece de todo tipo de unidad y centralización, y de fronteras nítidas en relación con el stalinismo y a una serie de burócratas aliados al mismo, enemigos del PT. Una de las limitaciones básicas de los “auténticos” consiste justamente en su incapacidad para crear un auténtico “movimiento clasista”; es decir, una tendencia sindical basada en la lucha consciente contra el colaboracionismo clasista, en la organización del proletariado a nivel fabril -inexistente en Brasil-, en la acción directa por la completa independencia de los sindicatos de la burguesía y el Estado. Los “auténticos” guardan, en relación con el movimiento sindical clasista, la misma relación que el PT en relación con el partido obrero independiente; constituyen un primer paso -todavía extremadamente diluido, sin estructuración ni objetivos claros- hacia la conformación de una tendencia clasista en los sindicatos. En este caso, el PT es la “expresión” de los “auténticos”, en la medida en que expresa toda su confusión, la incapacidad de romper con el empirismo y estructurarse como tendencia sindical en torno de ideas propias, a una estrategia de clase.
 
Por otra parte, no se puede afirmar que el PT haya contribuido a que el movimiento sindical pase a niveles superiores de lucha (¿no era que, en relación con “la capacidad de centralización y de dirección de las luchas, el PT no ha hecho casi nada”?). Es que uno de los aspectos más negativos del PT es que se niega a intervenir como tal en el movimiento sindical, orientando el combate de los trabajadores y combatiendo por la dirección de sus organizaciones de masas, contra stalinistas y pelegos. Existe una tremenda confusión en este plano, y la dirección del PT entiende que no corresponde hacer política en los sindicatos, que ella está reservada sólo a los dirigentes sindicales en tanto que tales, sin injerencia del partido (lo que, de paso, es una prueba de la desconfianza de estos dirigentes en todo el peso pequeño- burgués, estudiantil y “politiquero” que predomina en el PT).
 
Pero un auténtico partido obrero tiene la obligación de pugnar por la dirección de las organizaciones obreras de masas e integrar a los sindicatos al movimiento revolucionario de las masas (¡si no en qué consiste su carácter de partido obrero!). Esto es imposible sin tener una línea de intervención en las organizaciones sindicales, organizando una agitación y propaganda propia, estructurando a los militantes de forma centralizada, etc. Este es justamente uno de los pasos que el PT no ha dado, que lo limita a un parlamentarismo sin diputados y que mantiene la completa vigencia de la lucha, en su seno, por la formación de fracciones sindicales de masas del PT, por una organización juvenil de combate del partido, etc.
 
La afirmación de que el PT no es todavía un partido revolucionario, aunque cumpla un papel objetivamente revolucionario, es un puro juego verbal con apariencia dialéctica, pero completamente sin sentido. Si un partido cumple un papel revolucionario, entonces es revolucionario en la medida de ese papel (ese papel se limita a una organización separada de los partidos burgueses existentes). Si además es obrero, se trataría de un partido obrero revolucionario. Y si todavía no es obrero revolucionario marxista, entonces hay que hacer lo que el Manifiesto Comunista decía en 1848:
 
“Los comunistas luchan por la conquista de los objetivos inmediatos, por la realización de los intereses del momento de la clase obrera: pero, al mismo tiempo, defienden y representan, en el movimiento presente, el futuro de este movimiento (...) Los comunistas no dejan por un solo instante de insuflar en la clase obrera el reconocimiento más claro posible del antagonismo hostil entre la burguesía y el proletariado (...) En síntesis, los comunistas apoyan en todos lados todo movimiento revolucionario contra el orden social y político existente. En todos estos movimientos ellos destacan, como la cuestión principal en cada uno de ellos, la cuestión de la propiedad, con independencia de su grado de desarrollo en ese momento (...) Los comunistas desprecian ocultar sus puntos de vista y objetivos. Declaran abiertamente que sus fines sólo pueden ser alcanzados por el derrocamiento por la fuerza de todas las condiciones sociales existentes” (Karl Marx, Manifiesto Comunista, Ed. Ched, SP, 1980, págs. 53/55).
 
Pero el Secretariado Unificado no quiere saber nada de “estrecheces” del futuro de este movimiento, “del antagonismo hostil entre la burguesía y el proletariado”, “de la cuestión de la propiedad”, “del derrocamiento por la fuerza de todas las condiciones sociales existentes, etc.”, y esto cuando estamos en presencia de un partido pequeño burgués democratizante liderado por dirigentes sindicales.
 
Em Tempo prosigue: “(el PT) tiene un significado esencial desde el punto de vista de la construcción de un partido revolucionario, representa una alternativa política visible, viable, confiable, para millones de trabajadores, para toda la vanguardia social emergente” (pág. 18).
 
Esta afirmación está sacada en línea recta del arsenal “teórico” del Secretariado Unificado, quien plantea “alternativas creíbles” para todos los países del planeta (el ERP, por ejemplo, reunía esa característica de “visible”). Esto prueba que la línea de Em Tempo no tiene nada que ver con las particularidades del PT, y que su interés no es hacer visible y convincente una línea revolucionaria, sino declarar como tal a una línea que parezca, momentáneamente, popular. En el caso del PT, se puede ver lo nocivo de esta tesis, porque la realidad es que los “millones de trabajadores” no están en el PT y sus militantes obreros son, hasta el momento, una abrumadora minoría. En todo caso, esto revelaría que existe una desconfianza por parte de numerosos sectores obreros en relación con el PT y su viabilidad. Por otra parte, la viabilidad del PT depende de su posibilidad de desarrollarse en un sentido revolucionario y ganar realmente la confianza de millones de trabajadores, caso contrario corre el riesgo de un rápido aborto. En el propio folleto de Em Tempo se dirá, páginas más adelante, que “el PT no está acabado ni podemos garantizar que llegue a un buen resultado” (pág. 27). Pero, entonces, a qué viene lo de alternativa política “visible, confiable”, subrayado como “esencial (...) desde el punto de vista de la construcción del partido revolucionario”. Lo que se quiere decir aquí es que el PT es grande, amplio, tiene una audiencia a diestra y siniestra, y esto permitiría a los revolucionarios “romper el círculo vicioso de la pequenez”, como se afirma algunas líneas arriba en la misma página. Este es el argumento de mayor “peso” que se le ha ocurrido a Em Tempo para justificar una conducta contemplativa y acomodaticia en el PT: permite participar de algo grande, visible para millones de trabajadores y hacerse la ilusión de que la falta de principios y la confusión, la amplitud oportunista de una organización puede facilitar el avance del marxismo, negándose a defenderlo “desde ya”. Se engañan a sí mismos. Pero examinemos brevemente, para concluir, esta particular teoría sobre el “círculo vicioso de la pequeñez”.
¿El círculo vicioso de la pequeñez o la pequeñez del círculo vicioso?
 
En el capítulo introductorio del folleto del Secretariado Unificado se busca una explicación para justificar la crisis del movimiento revolucionario y la inexistencia, desde la degeneración de la III Internacional, de organizaciones revolucionarias de masas. Precisamente, la explicación se encontraría en el “círculo vicioso de la pequeñez”. Siendo extremadamente reducidas, estas organizaciones no atraerían a los obreros de vanguardia porque su “eficacia en la lucha de clases no es clara”. Así, “es el ‘círculo vicioso de la pequeñez’ que explica la paradoja de que las organizaciones que aseguran la continuidad de la experiencia histórica proletaria y de su programa no sean en su mayoría organizaciones de composición predominantemente obrera: es claro que los militantes obreros dan una importancia muchas veces mayor al problema de la eficacia de los partidos obreros en la conducción de sus luchas” (pag. 14).
 
Tenemos así un expediente simple -numérico- para justificar la bancarrota de las organizaciones del Secretariado Unificado y de sus amigos de la nueva vanguardia. Ella sería el resultado ineluctable del reducido número de militantes -y no de sus errores políticos propios, de su debilidad teórica y de su incapacidad para penetrar en el movimiento obrero. La degeneración teórica y programática del Secretariado Unificado estuvo frecuentemente dictada por la búsqueda de vías ficticias para salir del “círculo vicioso de la pequeñez”. Para esto fue que el Secretariado Unificado se acomodó al foquismo castrista en la década del ’60 y ahora al sandinismo; Moreno al peronismo y a todas las variantes frentistas populistas en la Argentina desde hace una década; la Organización Comunista Internacionalista (OCI) a una política de adaptación al gobierno Mitterrand; y el propio Em Tempo, que se lanza ahora a la apología sin principios del PT. ¿Y salieron de la pequeñez? No, añadieron al número insignificante una completa falta de autoridad política.
 
La “eficacia” de una organización revolucionaria no puede analizarse en general. Puesto que una organización revolucionaria se prepara para ser “eficaz” en la revolución, es absolutamente natural que en diversas circunstancias aparezca como “ineficaz” frente a la masa de los trabajadores: tiene que navegar contra la corriente, cuestionar las ilusiones dominantes en el movimiento obrero, etc. Además, lo que para los trabajadores puede ser eficaz en un momento determinado, no puede ser elevado a principio estratégico y, a la larga, se torna ineficaz en relación con el desarrollo de la situación política, de su propia experiencia, de los cambios en el ánimo de las masas, etc. Por lo tanto, la búsqueda abstracta de la eficacia no es un parámetro que sirva para guiar la construcción de una organización revolucionaria y puede ser la fuente del más craso oportunismo. Si la “pequeñez” fuese un “círculo vicioso”, las organizaciones revolucionarias estarían condenadas a vegetar como sectas toda su vida. Ahora, si el temor a la pequeñez es substituido por la aceptación oportunista de lo grande, de lo amplio, de las organizaciones que tienen una mayor audiencia indiscriminada, pero carecen de una perspectiva revolucionaria, lo que está cuestionado es la eficacia de estas organizaciones para dirigir la revolución. La eficacia del PT actual para agrupar en la confusión a dirigentes sindicales, intelectuales pequeño burgueses y sectas de izquierda es “desde ya” totalmente ineficaz para preparar al partido frente a cambios bruscos en la situación, frente a la necesidad de orientar a la clase ante la agudización de la lucha de clases en Brasil y trazar un rumbo revolucionario para el desarrollo de las luchas obreras. Para esto, el PT no se encuentra preparado en absoluto.
 
Flaco favor le hacen a la revolución posiciones como las de Em Tempo, que plantean que la lucha por el programa marxista debe ser guardada en un cajón para un futuro impredecible. Se puede salir así del “círculo vicioso de la pequeñez”, pero sólo para integrarse al gran círculo del oportunismo.
 
 
NOTAS
 
1. La Organização Socialista Internacionalista (OSI) fue una organización trotskista brasileira, precursora de la Corriente O Trabalho del PT de Brasil, sección brasileña de la organización internacional liderada por Pierre Lambert, dirigente de la Organisation communiste internationaliste (OCI) (nota del editor). 
 
2. Pelego: sindicalista que sostiene los intereses del gobierno o de los patrones (n. d. e.).
 
3. Como las aberraciones de los pseudotrotskistas deforman considerablemente el desarrollo de la nueva generación, que no conoce la tradición histórica del marxismo, nos parece muy útil citar in extenso la posición de Lenin y la socialdemocracia rusa frente a la política del zar y de la policía rusa de crear sindicatos legales, que permitiesen sustraer a los obreros rasos de la influencia socialdemócrata: “La legalización de los sindicatos obreros no socialistas y no políticos ha comenzado ya en Rusia, y no cabe la menor duda que cada paso de nuestro movimiento obrero socialdemócrata, que crece en progresión rápida, alentará y multiplicará las tentativas de legalización realizadas, sobre todo por los partidarios del régimen vigente, pero también, en parte, por los mismos obreros y los intelectuales liberales. Los Vasiliev y los Zubatov han izado ya la bandera de la legalización, los señores Ozerov y Worms ya les han prometido y facilitado su concurso, y la nueva corriente ha encontrado ya adeptos entre los obreros. Y nosotros no podemos dejar de tener en cuenta esta corriente, Sobre la forma en que hay que tenerla en cuenta, difícilmente puede existir entre los socialdemócratas más de una opinión. Nuestro deber consiste en desenmascarar de continuo toda participación de los Zubatov y los Vasiliev, de los gendarmes y los popes (sacerdotes) en esta corriente, y revelar a los obreros las verdaderas intenciones de estos elementos. Nuestro deber consiste en desenmascarar asimismo toda nota conciliadora, de ‘armonía’, que se deslice en los discursos de los liberales en las reuniones obreras públicas, ya se deban estas notas a que dichas gentes abriguen el convencimiento sincero de que es deseable una colaboración pacífica de las clases, ya a que deseen congraciarse con las autoridades, o simplemente a inhabilidad. Tenemos, en fin, el deber de poner en guardia a los obreros contra la policía, que en estas reuniones públicas y en las sociedades autorizadas observa a los ‘más despiertos’ y trata de aprovecharse de las organizaciones legales para introducir provocadores también en las ilegales. ”Pero, hacer todo esto no significa en absoluto olvidar que la legalización del movimiento obrero nos beneficiará, en fin de cuentas, a nosotros, y no, en modo alguno, a los Zubatov. Al contrario, precisamente con nuestra campaña de denuncias separamos la cizaña del buen grano. Ya hemos indicado cuál es la cizaña. El buen grano está en interesar en las cuestiones sociales y políticas a sectores obreros aún más amplios, a los sectores más atrasados; en liberarnos, nosotros, los revolucionarios, de las funciones que son, en el fondo, legales (difusión de obras legales, socorros mutuos, etc.) y cuyo desarrollo nos dará infaliblemente cada vez más y más materiales para la agitación, En este sentido, ‘podemos y debemos decir a los Zubatov y a los Ozerov: ¡Trabajen ustedes, señores, trabajen! En cuanto ustedes tienden una celada a los obreros (mediante la provocación directa o la corrupción ‘honrada’ de los obreros con ayuda del ‘struvismo’), nosotros ya nos en cargaremos de desenmascararles; en tanto ustedes dan un paso efectivo hacia adelante (aunque sea en forma del más “tímido zigzag”, pero un paso hacia adelante), les diremos: ‘¡Sigan, sigan!’ Un paso efectivo hacia delante no puede ser sino una ampliación efectiva, aunque minúscula, del campo de acción de los obreros. Y toda ampliación semejante ha de beneficiarnos y precipitará la aparición de asociaciones legales en las que no sean los provocadores quienes pesquen a los socialistas, sino los socialistas quienes pesquen adeptos. En una palabra, ahora nuestra tarea consiste en combatir la cizaña. Nuestra tarea no consiste en cultivar el grano en pequeños tiestos. Al arrancar la cizaña, desbrozamos el terreno para que pueda crecer el trigo” (Lenin, Vladimir (1974); Qué hacer, Editorial Akal; págs. 113-115). Fueron precisamente los sindicatos legales zaristas del policía Zubatov los que, con el cura Gapón a la cabeza, declararon la huelga general y la confrontación que produjo el estallido de la revolución de 1905 (nota de los autores).
 
4. Partido del Movimiento Democrático Brasileño: uno de los mayores partidos brasile- ños, surgió en la dictadura como MDB, el partido de oposición “tolerada” por los militares; con la vuelta de la institucionalidad, se transformó en uno de los partidos clave del régimen político, ocupando un papel destacado en todos los gobiernos (n. d. e.)
 
5. El Comité Internacional de la Cuarta Internacional (1979-1980) fue un acuerdo entre la corriente acaudillada por Pierre Lambert y la fracción del argentino Nahuel Moreno (recién salida del Secretariado Unificado), que postuló nada menos que la “reproclamación de la IV Internacional”. Como se trataba de un acuerdo sin principios, donde cada uno borraba con el codo lo que había escrito hasta el día anterior, el Comité Internacional se rompió en menos de un año, tan estrepitosamente como se había formado. Puede leerse nuestra crítica a las “Tesis del CI” en Internacionalismo N° 3, de agosto de 1981 (republicada en No fue un “martes negro” más, de Jorge Altamira), y un balance de su disolución en Internacionalismo N°4, de enero-abril de 1982 (n. d e.)
 

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