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1 de agosto de 2018

Mayo francés, sólo el comienzo

Por Jorge Altamira
Con el Mayo francés ocurre lo que con otros tantos acontecimientos que marcaron su época: para unos, ha sido
una falsa salida, el choque de la utopía contra el muro del realismo; para otros, un giro histórico, el preludio o el ensayo general de virajes históricos subsiguientes, que serán la consecuencia de las contradicciones insuperables de la sociedad presente.
 
En este caso vale la muletilla de tantos analistas mediocres: las tomas de posición, en uno u otro sentido, no distinguen derecha de izquierda. Para un sector representativo de la derecha francesa, como ha sido el caso de Sarkozy y es el de Macrón, la vigencia del Mayo francés se manifiesta en el empecinamiento con que la clase
obrera resiste a las ‘reformas’ que apuntan a una ‘modernización’ -otra más- del capitalismo. Esta versión contrasta con la que, por el contrario, adjudica, al Mayo francés, un efecto ‘modernizador’, que
habría expandido las reformas capitalistas -fundamentalmente, el establecimiento del euro y la Unión Europea. Uno y otro, sin embargo, vienen sufriendo los embates de la bancarrota capitalista de 2007/8, cuyas ondas expansivas están alterando todo el orden político mundial y acicateando rebeliones populares en un número creciente de países.
 
Por el otro lado, para un sector de la izquierda, aquellas jornadas del ‘68 están “políticamente muertas”, como acaba de precisar Alain Krivine, un líder de aquellos acontecimientos y dirigente, en la actualidad, del Nuevo Partido Anticapitalista. Krivine y su corriente, en realidad se repiten, porque ya habían sentenciado el “agotamiento” del ciclo abierto por la Revolución de Octubre. A medio siglo de aquel Mayo, este balance ha provocado un giro copernicano, de sustituir la necesidad de un partido revolucionario de la clase obrera, por la promoción de formaciones ‘amplias’ que mezclan, como en un potpourri o guiso francés, al guevarismo, el ecologismo, el feminismo y el animalismo-para citar sólo algunas tendencias en boga. Sin embargo, la
crisis revolucionaria que, cincuenta años atrás, provocaron las movilizaciones de la juventud y la mayor huelga general de toda la historia del capitalismo, incluida la ocupación de fábricas, no arribó a su conclusión, por la ausencia de un partido realmente independiente del proletariado.
 
“El ’68 largo”
 
El Mayo francés no fue de ningún modo un rayo en cielo sereno ni se limitó a las fronteras nacionales. Medio siglo más tarde, debe ser considerado desde al ángulo de una crisis mundial -y su vigencia histórica actual desde el desarrollo de esa crisis mundial. Fue la culminación del agotamiento de las condiciones de desarrollo capitalista de la posguerra, que encontraría su expresión mayor en la declaración de la inconvertibilidad del dólar y en la gran crisis mundial de 1973/85.
 
Recibió el impulso de la guerra revolucionaria en Vietnam, en la que se involucró gran parte de la juventud europea y estadounidense; meses antes, la guerrilla había estado peleando, calle por calle, en Saigón, la
ciudad capital. Europa misma había atravesado ensayos previos, como la huelga general en Bélgica, en 1960, o el enorme militantismo obrero en Gran Bretaña.
 
El año 1968 inaugura un período político revolucionario -e incluso contrarrevolucionario: en ese mismo 68 se produce la masacre de millones de militantes en Indonesia y de la Plaza de las dos Culturas, en México, y años más tarde, el golpe de Pinochet en Chile.
 
Es el período del Cordobazo, en Argentina, de las grandes huelgas generales en Uruguay, de la Asamblea Popular en Bolivia, del giro antiimperialista en Perú, la victoria de la Unidad Popular en Chile y el subsiguiente desarrollo de los “cordones industriales” (formas de poder obrero), y del ascenso combativo de la juventud y el movimiento negro en Estados Unidos. En Europa asistimos a los veranos calientes en Italia y a un cambio de etapa en España, con la expectativa de que una onda de luchas obreras ponga fin a la dictadura de Franco.
En abril de 1974 estallará la revolución portuguesa, que liquidará en un par de horas el Estado construido por la larga dictadura de Salazar. Una caracterización del Mayo francés, por cierto el punto más alto alcanzado por la acción de masas en ese período, al margen del conjunto de este mismo período, lleva necesariamente a conclusiones distorsionadas.
 
Este período potencialmente revolucionario registra el agotamiento de los partidos comunistas, incluso en el marco de la guerra de Vietnam, conducida por un partido comunista. La generación que se moviliza en esta etapa, a diferencia de las precedentes, ha aprendido que los partidos comunistas son un freno para la revolución y un instrumento de la colaboración de clases. Reconocen los choques que, en diversos momentos, oponen al PC de Vietnam con la burocracia china o la rusa.
 
Lo caracterizan como una fuerza política independiente. Se observa, en este proceso, la influencia de la Revolución Cubana, cuya victoria es atribuida, precisamente, a que no fue dirigida por el stalinismo de las Antillas. En forma empírica o deformada, la nueva generación se plantea la construcción de partidos revolucionarios independientes de la burocracia stalinista. Es esto lo que va imprimir un aire libertario a
los acontecimientos de Mayo, caracterizado por discusiones infinitas sobre política, arte, cultura y sociedad. El ’68 agarró a esta generación sin todavía la necesaria maduración política y una insuficiente, muy
insuficiente, ligazón con las masas.
 
En este marco, la acción potencialmente más revolucionaria se desenvuelve en Checoslovaquia, en el mismo año ’68, donde es derribada la dictadura burocrática de Novotný y comienza un proceso de democratización
sumamente contradictorio, donde al lado de la burocracia de reemplazo, que propugna la integración al mercado y la política mundiales, se desarrolla un movimiento vigoroso en la clase obrera de la Europa controlada por la burocracia del Kremlin. Se desenvuelve, en estas condiciones, un fenómeno revolucionario original, a saber, la posibilidad de la unión de la lucha de las clases obreras del oeste y este de Europa -de la revolución social y de la revolución política. Una crítica al Mayo francés, si cabe esta expresión, ha sido la falta de unión internacional
de estas luchas, la falta de una política internacional de la clase obrera, la falta de la Internacional.
 
El conjunto del sistema mundial de ‘coexistencia pacífica’ se ve amenazado. Es el principio del viraje que va a llevar al acuerdo mundial entre el imperialismo y la burocracia rusa a considerar la restauración del capitalismo en los Estados que procedieron a la expropiación del capital. A principios de agosto de 1968 se reúne un
congreso extraordinario del Partido Comunista de Checoslovaquia, en una fábrica de Praga, con delegados libremente electos por la base, lo cual marca una ruptura definitiva con el aparato stalinista. El ejército
ruso invade el país, bajo la mirada complaciente del imperialismo, menos de tres meses después del levantamiento de la huelga general en Francia, pero en el marco de continuación de luchas parciales. La
discusión sobre el “ensayo general” de hace cincuenta años, no debería confinarse al Mayo francés sino a la misma revolución europea.
 
El horizonte revolucionario abierto por este período es la fuerza propulsora más importante que llevará al capital (y a las burocracias rusa y china) a plantearse una reorganización de las relaciones sociales de alcance mundial. El “’68 largo” es también el período de la Revolución Cultural en China, una verdadera conmoción histórica, en el
que la fracción de la burocracia encabezada por Mao Tse-tung librará una batalla contra-corriente para frenar una restauración capitalista en el país más poblado de la tierra, y el más acuciado por la crisis y los antagonismos sociales. La Revolución Cultural desata un desmantelamiento gigantesco del Estado, que tendrá dos consecuencias fundamentales: una, el propio Mao restablecerá el ‘orden’ y pactará con Nixon las condiciones de una restauración capitalista; dos, el desmantelamiento parcial del viejo Estado ofrecerá a la burocracia los instrumentos políticos para iniciar esa restauración -de una amplitud sin precedentes.
 
La “crisis conjunta” del orden mundial gestionado por el imperialismo, de un lado, y las burocracias rusa y china, del otro, determina la contraofensiva del capital contra las masas del período subsiguiente, no sin nuevos choques y nuevas crisis. En 1962, el semanario The Economist había saludado a su estilo, en su tapa, con un Marx convocando a los “proletarios de todos los países, desuníos”, la posibilidad de una guerra entre las burocracias de China y Rusia, que alegaban conflictos fronterizos. El Mayo francés y el “’68 largo” refutaron esta perspectiva, que recobraría su carácter estratégico, a partir de la década siguiente.La crisis conjunta de la burocracia y el imperialismo daría paso a una colaboración estratégica de alcance internacional. 
 
El viraje de la etapa va a tener lugar en la década crucial del ’73 al ’85, en primer lugar con los golpes de Pinochet y Banzer -en Chile y Bolivia. Este resultado va a ser esgrimido para justificar el ‘compromiso histórico’ del eurocomunismo con el imperialismo mundial. La batalla fundamental, que se va a librar en Gran Bretaña,
ahora bajo el gobierno de Margaret Thatcher, es muy instructiva. Es que contra el relato en boga, este gobierno, que asumió en 1979, estaba agotado en 1982; las luchas obreras, de un lado, y la crisis en el partido ‘tory’, del otro, hacían prever su caída. La tentativa thatcheriana de reorganización capitalista fue rescatada por la guerra
de Malvinas, la cual se desenvolvió también en medio de grandes crisis, dentro de la burguesía británica, que temía un fracaso epocal, y con el gobierno norteamericano de Reagan, que apoyaba a la dictadura de Argentina. El rearmado del frente interno, incluido el partido Laborista, y el internacional, con el pacto Thatcher-Reagan, dio al régimen inglés una oportunidad excepcional de rearme político, que luego usaría con toda tenacidad para derrotar la huelga minera, de un año de duración, en 1985. Los que entierran al Mayo francés y al “’68 largo”, incluso, digamos, prematuramente, es obvio que no advierten su vigencia, al menos como espectro. Para asegurar que aquella irrupción revolucionaria ha caducado como posibilidad histórica es necesario, primero, demostrar que el capitalismo ha superado sus contradicciones históricas (y que no las ha convertido aún en más
graves); que los explotados no reaccionan ni van a reaccionar cada vez a las manifestaciones y consecuencias de este agotamiento, y que una nueva revolución volverá a ser una salida falsa.
 
El derrumbe de Wall Street, en 1987, la crisis asiático-rusalatinoamericana de 1997/2001; el desplome de los grandes fondos norteamericanos en 2000; la bancarrota de 2007/8; trazan un claro agotamiento de las expectativas abiertas por la restauración capitalista en China y Rusia, del mismo modo que la desintegración de la Unión Europea y el Brexit, y la ruptura del orden financiero internacional, en especial a partir de Trump. Los agoreros aseguran que el desenlace lo capitaliza la derecha, lo que es manifiestamente parcial, tanto política
como territorialmente. Pero como la dictadura de Primo de Rivera, España 1930, ellas también caerán por la marcha de la propia crisis.
 
La actualidad del ’68 largo enfrenta un desafío, que es la dirección de las masas, o sea la estrategia política: adaptación a un capitalismo decadente de militarismo y guerras crecientes, o un ’68 internacional
y definitivo. En suma, la crisis de dirección.
 
El gallo francés
 
El Mayo francés reúne varios rasgos originales. El primero es que fue un ‘segundo’ ensayo general, luego de la huelga general, con ocupaciones de fábrica, en 1936. Es decir que responde a una tradición anclada
en la conciencia o en el subconsciente del proletariado francés -la clase obrera que dejó al mundo el legado de la Comuna. Con diez millones de trabajadores en huelga, durante veinte días, superó al junio- julio del ’36. El segundo es que tuvo lugar en una metrópoli imperialista, durante un período de revoluciones confinado a las colonias y semi-colonias. Abolló la descalificación del aburguesamiento de la clase obrera metropolitana, a partir de la reconstrucción económica de pos-guerra. Finalmente, y el rasgo de mayor importancia, fue que revirtió
las secuencias golpistas que, entre 1958 y 1962, llevaron al poder al bonapartista De Gaulle y quebraron su proyecto de establecer un régimen corporatista -o sea, de estatización del movimiento obrero.
 
El ascenso de De Gaulle, primero como primer ministro y luego como presidente, constituyó una derrota política fundamental para el proletariado; el Mayo francés, la réplica de la clase obrera. El referendo a favor del régimen presidencialista-bonapartista fue apoyado por los partidos Comunista y Socialista, que diez años más tarde se iban a esforzar en preservar, y 13 años después, cuando triunfa la Unidad de Izquierda, la base de gobierno de François Mitterand.
 
1958/68 fue una década de luchas, algunas de mucha envergadura, como la de los mineros de Lorraine. Los recules y derrotas acentuaron la convicción de los trabajadores de que era necesaria una lucha de conjunto -‘tousensemble’. “Francia se aburre”, la frase que caracteriza que el Mayo fue inesperado, solamente es válida para el régimen político: había entrado en el completo inmovilismo. Un bonapartismo que vegeta se inclina a la caída. Los grandes combates del movimiento estudiantil contra la represión, entre el 3 y el 10 de mayo,  encendieron la pradera: el paro de ‘protesta’ de 24 horas de la CGT se convirtió a partir de la ocupación de una gran empresa en Nantes en huelga general -que la burocracia nunca iba a declarar como tal, con la intención de guardar las manos libres para un arreglo sin principios con el gobierno.
 
El Mayo francés fue un acontecimiento social y político; creó una situación revolucionaria y planteó la cuestión del poder. Disolverlo en un fenómeno “cultural” cumple una función distorsionadora doble: por un lado, convertir un evento de alcance histórico en un ‘discurso’ o más bien en una cháchara, un anticipo de la tesis que
pregona la revolución ‘sin tomar el poder’, algo que el bolchevismo había combatido en la revolución de 1905 contra los mencheviques que proponían desarrollar un sistema de autogestión en lugar de derrocar al zar. Por otro lado, desnaturaliza los debates políticos que involucraron a la juventud obrera a instancias de la juventud
estudiantil, que eran bloqueados por el partido Comunista. El empuje que conoció el movimiento de la mujer en el ’68 largo sólo puede ser encapsulado como un ‘despertar cultural’ por parte de quienes enseguida lo convertirían en un asunto de ‘género’, que podría resolverse por medio de una igualdad de derechos, la discriminación positiva y el empoderamiento femenino -todo esto sin cuestionar la dominación del capital y el Estado. La emancipación de la mujer de la doble opresión capitalista es una cuestión fundamentalmente política,
o sea de poder -capitalista u obrero. 
 
Las direcciones obreras establecidas habían perdido la autoridad que la Revolución de Octubre les confería aún en 1936, pero no por eso dejaban de controlar las grandes organizaciones del proletariado de Francia. Es así que se esforzaron por copar la huelga general; pretendieron convertirla en ‘dominguera’; deformaron la consigna de comité nacional de huelga en el comité de los propios burócratas; y se esforzaron, incluso por medio de la violencia, en bloquear el contacto entre los grupos revolucionarios y los trabajadores. Del ensayo general del ’36 habían aprendido a terminar una huelga política de masas a cambio de concesiones salariales -pero esta vez no sucedió. Lo que pudieron décadas antes los acuerdos de Matignon, no lo pudieron esta vez los de Grenelle -fueron rechazados y la huelga se radicalizó, mostró en forma abierta su carácter político. El gabinete de De
Gaulle nunca perdió sus contactos con el PC, con el cual ya había gobernado entre 1945 y 1947; el joven Chirac de entonces negociaba, entre otros ‘emisarios’, con los stalinistas en secreto, en una cocina, el levantamiento de la huelga.
 
La creciente precariedad del poder obligó a la oposición de centroizquierda a reclamar la partida de De Gaulle, en medio de la huelga general, pero nunca presentó un frente unido; el partido Comunista apoyó estas propuestas como furgón de cola. Era claro que se buscaba el desemboque electoral de la huelga. De Gaulle advirtió, mejor que nadie, que el piso se abría bajo sus pies, por eso desapareció durante 24 horas, cuando fue a consultar al alto mando militar, instalado en las bases francesas en Alemania. Nadie en el gabinete apoyaba
un golpe, pero el 30 de mayo, De Gaulle insinuó lo contrario en un discurso en cadena, cuando también convocó a la movilización a la pequeña burguesía patriotera y antiobrera. Ella también había ensayado a partir de la huelga del ’36, cuando acabó pactando con los nazis la ocupación alemana de Francia. En lugar del golpe, De
Gaulle convocó a elecciones parlamentarias, rápidamente aceptadas por la oposición. La huelga fue desarmada políticamente. Al año siguiente de ganar estas elecciones, un referendo lo echó del gobierno, que sin embargo seguirá en manos del ‘gaullismo’ hasta la victoria de la Unidad de Izquierdas, en 1981. Efecto retardado, que se convirtió en farsa.
 
Los sucesos políticos describen una crisis de poder, aunque el gobierno no hubiera perdido el control del Estado. Una situación revolucionaria puede no desembocar en una revolución, pero no por eso la alternativa es la derrota -sea ‘pacífica’ o violenta. La reunión de la clase obrera en Consejos de Trabajadores y en un Comité Central de Consejos; la caída del gobierno y el ataque a sus instituciones antidemocráticas y represivas, como el gobierno personal, la disolución de las fuerzas de represión, el establecimiento de una Asamblea Constituyente, el control o supervisión obrera en las empresas, el salario mínimo igual al costo de la canasta familiar; todo esto no es aún una revolución, no gobierna todavía la clase obrera, pero establece un desarrollo transicional, que abre perspectivas más amplias. Nada de esto intentó el stalinismo, ni tampoco preparó, antes o durante los acontecimientos, ninguna organización revolucionaria. Es una lección poderosa para lo que viene.
 
Los ensayos generales se repiten hasta que los actores creen haber reunido las condiciones necesarias para anunciar el estreno, y no por eso dejan de perfeccionarse en cada representación. Hay estrenos que revelan una preparación general insuficiente. Habrá entonces nuevos ensayos e incluso nuevos actores -o sea, partidos. El Mayo francés y el ’68 largo son las claves para caracterizar la etapa siguiente que impuso el capitalismo, por medio de crisis y ataques sin paralelo. Es una etapa largamente agotada, que abre nuevas y grandes perspectivas, porque es el Socialismo o la Barbarie.

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