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Un año que se las trae

Por Jorge Altamira

Los últimos meses de 2018 han sido marcados por acontecimientos sociales y políticos que dejan ver el inicio de una nueva etapa en la crisis capitalista mundial. La rebelión de los “chalecos amarillos” y la crisis política que ha abierto en el régimen de Emmanuel Macron, fue seguida por las movilizaciones en Hungría contra la “ley esclava”, en referencia a una reforma laboral que duplica las horas extras obligatorias, así como su remuneración en cuotas. En Túnez, Sudán e Irán se ha reavivado un ciclo de luchas, cuyo punto de arranque se encuentra en las revoluciones árabes de 2011. En América Latina se han destacado la rebelión popular en Nicaragua y la marcha de migrantes a partir de Centroamérica, pero también las huelgas generales en Haití y Costa Rica, y las renovadas luchas del movimiento de la mujer. En Argentina se desarrolla una crisis de conjunto, que amalgama la debacle del macrismo con grandes, aunque intermitentes, luchas obreras, una vigorosa movilización en defensa de la educación y otra de alcances internacionales por el derecho al aborto. Se refuerzan los indicadores de una acentuación de la lucha de clases internacional, a partir de la bancarrota capitalista de hace una década.

Hacia el cierre de 2018 se ha precisado la tendencia a una debacle financiera internacional. Lo puso de manifiesto el derrumbe y la volatilidad de Wall Street, y la sostenida desvalorización de la deuda pública de Estados Unidos. Asimismo, la creciente vulnerabilidad del sistema financiero de China y la desaceleración de su actividad económica refuerzan la tendencia a una nueva recesión mundial. La guerra económica entre las principales potencias capitalistas ha alcanzado un nuevo pico con el arresto de la principal ejecutiva de la tecnológica china, Huawei. Los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea han lanzado una ristra de interdicciones a la adquisición de empresas nacionales por parte de China. En la misma línea de desintegración del mercado mundial se inscribe la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y la crisis que atraviesa el propio Brexit en el propósito de alcanzar una separación concertada.

Donde la crisis política tiene un alcance mayor es en Estados Unidos. La salida del jefe del Pentágono del gobierno de Trump no es un episodio más en el notorio “caos” político de esa gestión. Este choque declarado con el establishment militar ha llevado a varios voceros tradicionales de la política norteamericana a reclamar el juicio político a Trump, incluidos un cierto número de legisladores. Por otro lado, el rechazo a la financiación del muro que Trump quiere levantar en la frontera con México, por parte de la bancada del Partido Demócrata, ha desencadenado un impasse político-institucional. La crisis afecta a las dos novedades políticas de América Latina -Bolsonaro en Brasil y López Obrador en México. Para el primero significa un peligro de quiebra de su articulación internacional y, por lo tanto, de su gestión de gobierno. López Obrador, por su lado, enfrenta un desafío político mayúsculo porque pone en el centro de la agenda el tema migratorio, que ya lo ha forzado a la adopción de medidas excepcionales. El tándem Bolsonaro-López Obrador pone de manifiesto la volatilidad de la crisis latinoamericana, pues ambos son resultantes contradictorias del derrumbe del sistema político tradicional -dos formas relativamente opuestas de semi-bonapartismo y de bonapartismo. El anuncio del retiro de tropas del norte de Siria, por parte de Trump, es una maniobra vinculada con la crisis política interna. Ha acentuado la crisis internacional al provocar una reversión de alianzas políticas en el Medio Oriente y Asia Central. Las rivalidades y choques de naturaleza ‘geopolítica’ aparecen cada vez más condicionados por la lucha de clases y las crisis de los regímenes políticos establecidos. En China crece el número de explosiones populares y en forma paralela se refuerza la represión contra los activistas que luchan por un movimiento obrero independiente del Estado y las patronales.

La nueva etapa pone en escena fenómenos como tendencias al fascismo, de un lado, y a situaciones revolucionarias, del otro. Aunque las principales fuerzas en presencia continúan encubriendo sus propósitos con el ropaje parlamentario, la crisis mundial va poniendo en cuestión la ‘primavera parlamentarista’ pos-‘guerra fría’ y se orienta hacia los regímenes bonapartistas, de un lado, y la acción directa de masas, por el otro.

Chalecos amarillos

La irrupción de los Chalecos amarillos en Francia puede haber sorprendido en lo relativo a sus características, no en cuanto a la posibilidad de una rebelión popular. Nuestro compañero Savas Matsas, del EEK de Grecia, lo advirtió en ocasión del movimiento ‘Nuit Debout’, en alusión a las concentraciones políticas nocturnas en París en 2016. También se manifestó en el voto en favor de la huelga de los ferroviarios, a principios de 2018, contra la privatización, aunque bajo la forma “rotativa” planteada por la burocracia sindical, que buscaba un compromiso con Macron. Cuando el régimen de Macron, sin embargo, se convenció de que había logrado cerrar todas las compuertas a un estallido del descontento social, la costura del Estado se rompió por un lugar del todo imprevisible: un movimiento espontáneo pluri-clasista de la periferia política del país. Los ‘rond-points’, bloqueos en cruces de rutas y caminos se han mantenido durante tres meses y las movilizaciones generalizadas sábado tras sábado, hasta el mismo 30 de diciembre último. Fue la respuesta a un tarifazo de la nafta y el diésel destinado a disminuir el déficit fiscal que desborda los parámetros establecidos por la Comisión Europea. El desarrollo de la crisis mundial se abría paso inexorable por los poros de la sociedad. El gobierno de la petrolera Total pretendió encubrir lo que no era sino un impuestazo con el pretexto del combate al uso de combustibles fósiles.

A una velocidad fenomenal, el movimiento de los “chalecos” dejó expuesta una enorme crisis política, incluida la posibilidad de la renuncia de Macron. El régimen movilizó todos los recursos de cooptación en su poder para evitar la salida a la calle de la población pobre de la periferia de París y de las grandes ciudades. Ni qué decir de la convocatoria a la burocracia sindical y de los partidos de centro-izquierda para que frenen cualquier irrupción obrera. En los círculos de poder se comprendió enseguida que el recule inevitable impuesto al gobierno en la cuestión tarifas y en el objetivo del ‘déficit cero’, ponía en entredicho el conjunto de la estrategia del gran capital -o sea, que declaraba inviable la hoja de ruta del gobierno. En el marco de los reveses políticos de la alemana Angela Merkel y la crisis del Brexit, y del gobierno británico, el golpe asestado a Macron asumía claramente el carácter de una crisis de poder en términos potenciales.

La crisis francesa dejó al desnudo el problema capital que recorre y recorrerá cada vez más a la crisis mundial en curso: el carácter de las fuerzas políticas que actúan en el seno de la clase obrera y de la pequeña burguesía empobrecida. Es una lección que 2018 deja, en forma más aguda que en el pasado reciente, a 2019. Es comprensible que un movimiento socialmente abigarrado como el de los “chalecos” desafiara una caracterización adecuada en el curso mismo del movimiento. La hostilidad que le demostró el centro-izquierda y la misma izquierda mostró todo lo contrario, o sea una caracterización correcta acerca de su potencial revolucionario, que devendría de una intervención política huelguística de la clase obrera. El Partido Comunista y su brazo sindical, la CGT, lo plantearon abiertamente: “no a la violencia”, sí a una ‘concertación democrática’ con Macron y el régimen político. En el caso del partido ‘insumiso’ de Jean-Luc Mélenchon, solamente el lenguaje fue diferente, pues la oposición a convertir esta movilización en una huelga política de masas con reivindicaciones de conjunto fue integral. Los ‘insumisos’ han envenenado a los trabajadores con un programa chauvinista, que consiste en defender el derecho de los inmigrantes en tanto no afecten el puesto laboral de los establecidos. Al final, las concesiones que ofreció Macron dejaron a salvo todos los intereses directos del capital, puesto que desde la anulación del tarifazo a otras medidas de aumento de los ingresos de los trabajadores fueron de naturaleza fiscal, que pagarán esos mismos trabajadores en calidad de contribuyentes o por intermedio de la inflación. Las patronales no han puesto un solo euro. La ‘extrema izquierda’, por su lado, optó por lanzar consignas de aumentos de salarios, dirigidas a la burocracia de los sindicatos, y dar la espalda a la crisis política.

La posibilidad de que los “chalecos” encarnaran una movilización de derecha y potencialmente fascista fue esgrimida por la izquierda para justificar la desconfianza e incluso la hostilidad. Influyó, destacan distintas fuentes, en disuadir a las barriadas empobrecidas a salir a la calle, por la supuesta hostilidad con que serían recibidos por los “chalecos” que, aunque amarillos, tienen una composición abrumadoramente blanca. Adicionalmente, el inmovilismo frente a la crisis creada se justificaba a sí mismo en un reflujo que atribuían al movimiento obrero -como si una movilización popular insurgente, con una composición mayoritaria de trabajadores desorganizados, no fuera una oportunidad para ponerle fin a ese reflujo. La izquierda, en especial la internacionalista, no podía, sin embargo, alegar sorpresa. Es que en forma contemporánea un proceso similar había tenido lugar en Brasil, primero en 2013, con el movimiento de “passe livre”, que protestaba contra la tarifa del transporte y los servicios, y el derrumbe de la salud, y en 2018 con la huelga de camioneros, contra el aumento del diésel, que le costó el puesto al mandamás del petróleo, Pedro Parente, presidente de Petrobras -un Aranguren brasileño. En ambos casos, definidos sectores de izquierda fijaron posición de rechazo -en el caso del “passe livre” porque chocaba con el gobierno de Dilma Rousseff; en el segundo, por una alegada afinidad con el entonces candidato Bolsonaro o la presencia de algunos de sus punteros. Si el boicot a estas movilizaciones tenía como objetivo evitar la victoria político-electoral de la derecha, es claro que fracasó miserablemente. En ambas ocasiones, la CUT y el PT se opusieron a aprovechar la brecha abierta en el régimen político por esas movilizaciones, por medio de una lucha independiente del proletariado -y por esa vía pelear por poner a esas movilizaciones bajo la dirección de la clase obrera. El Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) de Francia se acogió a estos antecedentes para adoptar posiciones oscilantes entre el semi-apoyo y la hostilidad a los “chalecos amarillos”. La derecha francesa (Frente Nacional) encabeza ahora las intenciones de voto para las elecciones parlamentarias europeas de abril próximo, con índices módicos, pero no por los “chalecos amarillos” sino, como en Brasil, por la capitulación en las palabras y en los hechos por la izquierda y la extrema izquierda.

La movilización amarilla ha dejado al desnudo la crisis política en el campo de la clase obrera y de la izquierda, aunque no solamente en Francia. Desde el punto de vista de la estrategia y del programa, estas direcciones o semi-direcciones han adherido a la tesis de la dominación ‘neo-liberal’, en tanto política del capital financiero, en oposición a la de la decadencia del capitalismo, que se refiere a un estadio histórico irreversible y no a una política capitalista que pueda ser cambiada por otra en forma arbitraria o super-estructural. La reacción de las clases medias contra una ruina impresionante y la del proletariado precario contra una pauperización extrema no pueden ser identificadas ‘a priori’ como una movilización fascista, que podría emerger en forma espontánea, sin una preparación previa concreta o de hecho. Es cierto que el movimiento está cruzado potencialmente y efectivamente por las corrientes políticas que quieren sacar partido de él, incluida la derecha en primer lugar. Pero el curso de los acontecimientos llevó a la jefa derechista, Marine Le Pen, a unir su voz y su política a Macron y a la policía contra lo que llamaba “los violentos”, en un contrapunto perfecto con el del jefe de la CGT -Phillipe Martínez. La izquierda revolucionaria no puede, por cierto, plantearse el objetivo de pelear por la dirección de un movimiento no proletario sin desvirtuar su naturaleza política, pero sí tiene la obligación de explicar al proletariado el alcance histórico de esta ruina social y la crisis provocada por la movilización de los “chalecos”, para llamar a la clase obrera a convertirse, a través de sus propias iniciativas de lucha, en la dirección de todas las luchas y movilizaciones provocadas por esa ruina, en oposición al Estado burgués y al capital.

La actualidad de esta cuestión y del debate correspondiente pone de manifiesto la actualidad creciente que va cobrando la perspectiva de una revolución socialista internacional en la etapa en curso.

La guerra económica

La guerra económica que tiene a Estados Unidos y a China como protagonistas centrales no es de naturaleza arancelaria -como tampoco lo fueron, si se las examina en serio, las del pasado. No es de naturaleza comercial, sino el resultado de un impasse histórico de conjunto. Si nos limitamos al choque de Estados Unidos con China, plantea una reorganización social y política de ambos contendientes. La consideración vale para la economía y la política mundiales en su conjunto.

Un reciente editorial del Financial Times lo planteó de esta manera: lo que está en juego es producir un retiro estratégico del Estado chino del proceso de acumulación capitalista de China. Planteado en forma prosaica se trata de poner a la competencia desleal que presuponen los subsidios oficiales, la manipulación de la divisa y, por supuesto, la intervención directa de las empresas y bancos estatales del mercado. Menos prosaicamente, significa el desmantelamiento de un Estado que tiene su origen en su revolución social rearticulada por una burocracia ‘sui géneris’. El mismo diario da cuenta de un debate que está en curso en este momento acerca de si el desarrollo capitalista espectacular de China, en las últimas cuatro décadas, es el resultado de una intervención históricamente singular del Estado o ha tenido lugar a pesar de las trabas que supondría ese mismo Estado para el capital. El debate acerca de la historia reciente es un camuflaje de la discusión acerca del rumbo a seguir. Un debate de estas características no podría tener lugar en otra sociedad que no estuviera atravesando una transición sin los precedentes y peculiaridades de China y, para el caso, de Rusia. A diferencia de la penetración del capitalismo en China a fines del siglo XIX y principios del XX, la restauración capitalista no llevó a la desintegración estatal o nacional, a pesar de que el alcance de esta penetración ha sido en la actual etapa de una escala infinitamente mayor. Una transición capitalista en China sin el arbitraje excepcional y extraordinario del Estado habría seguramente dislocado el conjunto del tejido social o acelerado una cuarta revolución. Precisamente por este motivo, el régimen político de China ha pasado de la gestión colectiva de la cúpula del Partido Comunista al poder político personal de Xi Jinping. El Partido Comunista es un aparato gigantesco que ata entre sus tentáculos a todas las clases sociales.

 En el tope de la disputa entre Trump y Xi se encuentra precisamente este punto. En China, la posición de Trump, como lo revela el debate mencionado, tiene promotores desde antes de desatada la guerra económica, a saber, el capital que ha crecido bajo el paraguas de la burocracia comunista y que pretende ahora, con el desarrollo que ha alcanzado, emanciparse de esa tutela. De acuerdo con una información que provee Jorge Castro en el suplemento económico de Clarín, Xi habría ofrecido al capital norteamericano e internacional un papel de financista del proyecto gigantesco de infraestructuras conocido como la ‘ruta de la seda’. Se han tomado también medidas para abrir las bolsas de Shangai y Shenzen a la banca internacional. El régimen chino, sin embargo, no puede avanzar por este camino sino por medio de dosis reguladas. Es que en algunos terrenos decisivos, el capital chino protegido por el Estado ha pasado a posiciones de liderazgo internacionales, como es el caso de la tecnológica Huawei, la primera en el campo de las telecomunicaciones 5G. El papel excepcional del Estado ha permitido, en China, que la restauración capitalista no se convierta en una restauración colonial, por eso juega un rol insustituible en la defensa de sus capitales en la competencia internacional. Enfrenta de este modo, por un lado, la presión (externa e interna) para abrir el mercado a la penetración extranjera y obtener por medio de ella el financiamiento para un desarrollo capitalista ulterior y conservar el acceso al mercado mundial y, por el otro, la necesidad de reforzar la intervención estatal para no perder la capacidad de arbitraje en medio de una transición social gigantesca y para apoyar a su burguesía en la rivalidad capitalista internacional. Mientras acentúa el discurso librecambista, en oposición a las diatribas nacionalistas de Trump, Xi ha reforzado la presencia de las células estatizadas del Partido Comunista en las principales empresas, con la finalidad de controlar la gestión y en especial el endeudamiento internacional.

Estados Unidos, por su lado, atraviesa su propia transición histórica, que es exactamente lo opuesto al repliegue nacional que se le atribuye a Trump. El imperialismo norteamericano ha agotado los recursos económicos y políticos para sostener el orden internacional de pos-guerra y el mucho menos ‘ordenado’ que siguió a la etapa de restauraciones capitalistas. Al mismo tiempo, sin embargo, es un régimen social encadenado a ese orden agotado. Como se vio en el caso del tratado del norte de América y también con China y el sudeste de Asia, el repudio a los acuerdos y tratados establecidos, desde el Nafta a la Organización de Comercio, o los acuerdos acerca del cambio climático o el nuclear firmado con Irán, se encontró con la oposición de un sector dominante del capital de su propio país, al cual tuvo que seducir con una rebaja extraordinaria en el impuesto a las ganancias, ante la incapacidad de financiar, como había prometido, un enorme plan de renovación y ampliación de la estructura física de Estados Unidos. Asistimos en el momento a un choque político sin precedentes entre la democracia norteamericana, tal como se asentó a principios del siglo XX, y a una evidente tentativa bonapartista de gobierno, que podría convertirse en una tentativa bonapartista de régimen político. El régimen político actual es inapropiado para encarar una modificación radical del orden internacional, que simplemente supondrá una carga enorme para los trabajadores norteamericanos, como ya viene ocurriendo. Una simple mirada a la evolución de los regímenes políticos a nivel mundial, en el último cuarto de siglo, muestra un pasaje sistemático al bonapartismo, que en el lenguaje convencional se denomina como ‘autoritarismo’, desde Putin y Xi, hasta los Trump y el filipino Duterte, pasando por los gobiernos de Europa oriental y en América Latina. Trump, el colombiano Duque y el brasileño Bolsonaro han asegurado que formarán un eje político para empujar hacia la derecha a toda América Latina, sin excluir la militarización y los llamados ‘estados de excepción’. Este desarrollo no puede sino disipar el espejismo de la democracia y del ‘american way of life’, que ha funcionado como una atracción política por largas décadas.

Los gobiernos y regímenes bonapartistas constituyen, por regla general, la expresión del derrumbe de los métodos tradicionales de arbitraje del Estado capitalista. Ponen de manifiesto el golpe político que ha provocado la bancarrota capitalista internacional y expresan, por otro lado, una agudización de los antagonismos de clase y una tendencia a la acentuación de la lucha entre las mismas. Que esto envuelva a países de dimensiones históricas como Estados Unidos y China, así como a Rusia y Europa, a todo el Medio Oriente y América Latina, muestra la magnitud de la presente transición histórica.

Bolsonaro y López Obrador

La caracterización del llamado ‘giro a la derecha’ en América Latina se ve contrastada con el triunfo electoral de López Obrador, un histórico del nacionalismo pequeño burgués, en México. Derrotó a todas las poderosas maquinarias electorales sin contar con un verdadero aparato propio, sin segundas vueltas, por mucho más que la mitad de los sufragios activos. Estos factores lo convierten en un bonapartista en la plenitud del término, y cuenta con la mayoría del Congreso y de las gobernaciones de los estados. México enfrenta, por lejos, una crisis que supera a lo que ocurre en Brasil, en primer lugar en el tema de “seguridad”, que tanto fue meneado por los militares y por Bolsonaro. La cuestión de la ‘guerra contra el narcotráfico’ y las represalias políticas ha convertido al país en una máquina de masacres; sin embargo, López Obrador se impuso con un programa ‘pacificador’, en contraste con el del fascista brasileño.

El planteo de conjunto de López Obrador se caracteriza por un esquematismo sorprendente, que hace de la eliminación de la corrupción la llave maestra de lo que se supone debería ser una transformación profunda de conjunto. La bandera histórica de la nacionalización del petróleo se ha transmutado en una lucha contra los ‘robos’ en Pemex y una vía libre a la entrega al capital extranjero iniciada por sus predecesores. En nombre de la estabilidad monetaria, el nuevo gobierno ha presentado un Presupuesto de ajuste, que choca, en última instancia, con una larga lista de reparaciones sociales que López Obrador anunció en su discurso inaugural. La crisis migratoria ha recibido como respuesta la promesa del desarrollo económico de una franja de 25 kilómetros en la frontera con Estados Unidos, para retener allí a migrantes, tanto mexicanos como centroamericanos. El nuevo acuerdo económico con Estados Unidos y Canadá consolida un sistema industrial de armadurías que ya ha dado todo lo que podía, y está sujeto a la ratificación del Congreso norteamericano -o sea, que es rehén de la crisis política en ese país. A diferencia de lo ocurrido con su predecesor, Peña Nieto, México se convertirá en un polo opositor a las tentativas del eje Estados Unidos-Colombia-Brasil contra Venezuela. López Obrador será un protagonista fundamental en la crisis latinoamericana, con independencia de su esfuerzo por sacarle el cuerpo. El ataque de Trump a la presencia de China en la región alcanza plenamente a México, un mercado de las exportaciones de autopartes de ese país. El eje tripartito de derecha empezará su cerco a Venezuela apretando a Bolivia y Evo Morales en torno de la renovación de acuerdos de provisión de gas, por parte de Brasil, y a una presión creciente de Trump sobre Centroamérica. En esta labor pone sus fichas la diplomacia militar de Netanyahu. América Latina está dando los primeros pasos hacia la crisis más intensa de toda su historia, vinculada en forma estrecha a la crisis mundial y a la desarticulación del orden imperialista.

A pesar de su triunfo abrumador y de la mayoría que ha conquistado en la representación política, López Obrador está decidido a gobernar por medio de referendos, lo que significa que busca ponerse por arriba de sus propios apoyos. Es una suerte de imitación del chavismo, si excluimos la base militar del régimen de Chávez. Exhibe la fragilidad del régimen político mexicano. López Obrador ha dicho que someterá a ratificación su presidencia a mitad de su mandato. Se ha lanzado a obtener el apoyo de los maestros y del sindicalismo del magisterio, que ha sido objeto de ataques violentos por parte de los gobiernos recientes. Lo mismo deberá ocurrir con el resto del movimiento obrero, en momentos en que la clase obrera de México brilla por su ausencia política.

El contrapunto que representan los desenlaces políticos recientes en México, de un lado, y Brasil, del otro, es una expresión de las contradicciones violentas que atraviesan al continente. El relegamiento del proletariado en el cuadro de esta crisis, cuando no de su ausencia, demuestra la importancia del diseño político de conjunto, que debería discutir la izquierda revolucionaria en América Latina. En oposición a los frentes democráticos contra la represión y el fascismo, que se recluyen en el reducto parlamentario, es necesario desarrollar un frente de masas basado en la acción directa. En un caso como en otro, sea el bonapartismo popular o el semi-bonapartismo reaccionario, el conjunto de la crisis mundial apunta en dirección al desarrollo de situaciones revolucionarias. Se trata de prepararlas metódicamente -o sea, construir partidos obreros revolucionarios.

La bancarrota capitalista

Como se ha dicho, el final del año pasado se ha caracterizado por derrumbes de Bolsa y depreciación de la deuda pública (aumentos de tasas de interés), que señalizan un proceso de bancarrotas financieras e industriales. La capacidad de rescate de los bancos y los Tesoros estatales se ha agotado; no solamente tienen carteras enormes de deuda pública, sino, como en el caso del Banco Central Europeo y el de Japón, un importante volumen de capital accionario privado. Es lo que previó Marx en su estudio de las crisis y de las consecuencias del rescate del capital por parte del Estado, a saber, que, al final, emerge una situación límite en que el rescatista deberá ser rescatado. Este es el punto principal del desarrollo presente de la crisis mundial. La circunstancia de que la deuda pública de Japón y Alemania se hayan valorizado, en las semanas recientes, demuestra la envergadura de la salida de capitales en Asia -o sea China-, por un lado, y en Europa, por el otro.

El derrumbe en desarrollo ha quebrado varios mitos. De un lado, ha puesto de manifiesto el carácter ficticio de la recompra de acciones, en especial por las compañías de punta, como una modalidad de remuneración a los accionistas. La debacle en curso ha pulverizado la cotización de esas acciones y de los beneficios correspondientes. Es decir que la recompra de acciones, o sea la disminución de su oferta, no ha evitado el desplome de sus precios. El retiro de acciones en circulación significa, en el límite, un abandono del mercado de capitales, o sea que derrumba la construcción globalizadora de las últimas décadas. El afán de defender la cotización bursátil de las compañías, una modalidad para defender el control de las compañías contra las ofertas agresivas de adquisición, por parte de grupos rivales, también ha fracasado. Los bancos centrales que poseen acciones privadas en sus carteras deberán registrar las pérdidas resultantes.

La crisis bursátil tiene al frente a las llamadas compañías de punta, es decir, aquéllas que, por su innovación tecnológica, todavía podían ofrecer tasas de beneficios extraordinarias a sus accionistas. El derrumbe de ellas, Apple en particular, expresa la saturación del mercado respecto de sus productos -es decir, su sobreproducción e incluso su capacidad de defender precios de monopolio para impedir las caídas de las ganancias. La estampida fue disparada por la retracción del mercado chino, debido a las tendencias recesivas que atraviesa la economía de China. Sin embargo, no es un factor menor el ascenso de Huawei, la compañía perseguida por Trump, competidora de Apple, que demuestra una capacidad de renovación que no tienen sus rivales internacionales. La guerra económica no es la causa de este derrumbe, sino su consecuencia.

La caída del precio del petróleo es un reflejo de toda la crisis, porque responde a una sobreproducción fomentada por subsidios en las tasas de interés de Estados Unidos a las productoras del gas no convencional, que ahora enfrenta la alternativa de la quiebra, por un lado, o una guerra comercial internacional que abra el mercado europeo a los hidrocarburos norteamericanos. Se ha visto acentuada por la tendencia a una recesión internacional y por la crisis política en torno de Irán y a la cuestión de Ucrania, con Rusia. En el caso de Vaca Muerta, la plataforma de gas no convencional de Argentina, la caída del precio internacional inviabiliza su futuro y fomenta una crisis fiscal como consecuencia de los cuantiosos subsidios que las petroleras han impuesto al gobierno kirchnerista, primero, y ahora al macrismo.

A la luz de estos desarrollos, la crisis que afecta el retiro de Gran Bretaña de la Unión Europea adquiere otra dimensión, porque su principal protagonista es el mercado de capitales de Londres -la City. Un acuerdo significaría que Gran Bretaña conservaría su acceso al mercado europeo, lo que equivaldría a un retorno parcial al status quo previo, sin recuperar por ello el derecho a intervenir en las decisiones de política económica. Una ruptura plantearía una enorme desorganización de las relaciones económicas, que redundaría, según el Banco de Inglaterra, en una caída catastrófica de la actividad económica. Una salida u otra tendrían lugar en medio de un violento ajuste contra los salarios, el empleo y los derechos sociales, ya enormemente deteriorados, de los trabajadores. El tarifazo de fin de año aplicado a los ferrocarriles británicos podría redundar en una exhibición de “chalecos” a la inglesa, más tarde o temprano. En las primeras semanas de enero, el Parlamento británico deberá votar una política concreta, que dejará al desnudo la división de la burguesía y el impasse del régimen político. Podría haber un llamado a otro referendo, con la intención de cancelar el Brexit, pero es claro que ello no sería una vuelta atrás, en especial en Gran Bretaña. El llamado a elecciones pondría en el gobierno al Partido Laborista, que presenta un programa de nacionalizaciones de diverso carácter y un incremento de la demanda por la vía del gasto público. En Estados Unidos existe una tentativa de emular al laborismo inglés a través de candidatos demócratas como Elizabeth Warren y Bernie Sanders. Un estallido del Brexit, que los observadores presentan como la variante más probable, abriría una crisis de conjunto en toda Europa.

Internacionalismo

La omisión de la clase obrera en varias de las crisis políticas en curso no significa que no ocupe un lugar estratégico o fundamental en su desenvolvimiento a escala mundial, como ocurre en China, en distintas naciones de Asia, en Argentina y varios países de América Latina, o que la deliberación política no esté presente entre los maestros y metalúrgicos norteamericanos, en la clase obrera de Francia y Alemania, ahora en Hungría, y de que se reanude en cualquier momento en México y Brasil. No es casualidad que la burguesía internacional se esfuerce por contener la polarización política y procure reconstruir, una y otra vez, el ‘centro’, alimentando de este modo la crisis política que pretende contener. La guía un manifiesto temor a la intervención de la clase obrera. Una intención similar persigue cuando alienta las manifestaciones chovinistas e identitarias, que sirvan para oponer a los trabajadores entre sí.

La izquierda revolucionaria tiene el desafío de promover un plan de acción internacional en el marco de una deliberación acerca de la estrategia de la revolución proletaria. Las tareas incumplidas por la Revolución de Octubre están hoy aún más vigentes, por la evidente maduración de la decadencia capitalista. La restauración del capitalismo en los países que atravesaron revoluciones sociales y transiciones históricas vigorosas ha cancelado conquistas vitales de las masas, pero, al mismo tiempo, ampliado el área y una nueva etapa de la revolución mundial. La crisis de dirección de la clase obrera frente al derrumbe capitalista tiene un alcance internacional y debe ser encarada con los métodos del internacionalismo proletario.

En este empeño, la Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional ha desarrollado una conferencia internacional, varias conferencias euromediterráneas y tres conferencias latinoamericanas. Las caracterizaciones y conclusiones de todas ellas han servido como una guía de acción en todos los campos de su actuación política.

 

3 de enero de 2019

 

* Jorge Altamira es fundador y dirigente nacional del Partido Obrero y de su corriente internacional, la CRCI. Fundó y dirigió Prensa Obrera y esta revista. Autor entre otros libros de La estrategia de la izquierda en Argentina, El Argentinazo, el presente como historia y No fue un martes negro más.

Sobre el Autor

Jorge Altamira

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