Presentación del libro El marxismo y la lucha por la liberación de las mujeres trabajadoras

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Presentación del libro El marxismo y la lucha por la liberación de las mujeres trabajadoras

El 24 de mayo se organizó una mesa-debate en el Congreso Nacional con motivo de la presentación del libro “El marxismo y la liberación de las mujeres trabajadoras”, de Cintia Frencia y Daniel Gaido. A continuación, las intervenciones de los tres disertantes, Olga Viglieca, Cintia Frencia y Jorge Altamira.

Tenemos el privilegio de vivir un período de grandes luchas de las mujeres y somos testigos de algo que no sucedió ni durante el auge del movimiento sufragista ni durante la llamada segunda ola del feminismo en los años ’60: es el curioso empeño por fundir en uno solo al movimiento de mujeres -incluidas las mujeres socialistas- y al movimiento feminista. Y en renombrar al primero como segundo.

Del mismo modo, existe el propósito de categorizar a toda lucha de las mujeres por sus propias reivindicaciones como una “lucha feminista”. Sin embargo, el feminismo es sólo una de las fragmentadas corrientes políticas que existen dentro del movimiento de mujeres.

Este intento de apropiación olvida que los caminos de las mujeres trabajadoras y del movimiento feminista no sólo no fueron siempre coincidentes sino que muchas veces han sido enfrentados. Un ejemplo clarísimo es el de las socialistas y anarquistas en relación con el sufragismo a principios del siglo XX. O el de las huelguistas del Centenario y el Primer Congreso Internacional Feminista, realizado en Buenos Aires en 1910. O el de las trabajadoras y el feminismo ruso entre febrero del ’17 y después. Y vale la pena detenerse un minuto en esto, porque el documento que se leyó en Plaza Congreso el 8 de marzo afirma que la revolución de febrero en Rusia fue una revolución “feminista”. Y no es verdad: La Liga Rusa por la Igualdad de las Mujeres, que agrupaba decenas de grupos feministas o sufragistas en todo el Imperio, estaba a favor de continuar la guerra, porque sostenía, como gran parte del movimiento sufragista, que la oportunidad de entrar al mercado de trabajo y ocupar puestos en la gestión del Estado le iba a garantizar más tarde a las mujeres el derecho al voto, los derechos políticos. Las obreras rusas, en cambio, y las soldatki -las mujeres que tenían a los hombres de la familia en el frente- anhelaban desesperadamente que volvieran a casa, que la guerra se terminara, que se terminara la carestía. Y en el camino para conseguir esto, lograron derribar, como sabemos, un milenio de zarismo.

También hubo diferencias entre el amplio movimiento de mujeres y el movimiento feminista en la segunda ola. Un ejemplo es la relación de las feministas norteamericanas y las mujeres negras de Estados Unidos, que denunciaron el racismo y el clasismo del “feminismo blanco”.

Otro ejemplo son los pequeños grupos en Buenos Aires de los años ’70, como la Unión Feminista Argentina, que llegaron al extremo -según cuentan dos de sus integrantes, la psicoanalista Nancy Caro Hollander o la poeta Hilda Rais-, de negarse a repudiar la masacre de Trelew o el golpe de Pinochet en Chile porque los hombres de izquierda también tenían prácticas patriarcales.1

Tampoco las organizaciones feministas se sintieron atraídas por el alza del movimiento de mujeres que se expresó con el movimiento piquetero. ¿Y la incomodidad que generó el ingreso de miles de piqueteras en los Encuentros Nacionales de Mujeres, donde se pretendió que hablaran como individuas, controlar sus intervenciones para que hablaran “de cuestiones de género y no sociales” y se despojaran de sus identificaciones políticas? ¿Alguien vio a grupos feministas en la Comisión de mujeres de la III Asamblea Nacional de Trabajadores, que elaboró el más acabado programa de género de la clase obrera desde fines del siglo XIX a la fecha?

Sin embargo, las diferentes corrientes feministas suelen reivindicar como propia la lucha de todas las mujeres. Un ejemplo es el de las hermanas Mirabal, asesinadas por su resistencia a la dictadura de Trujillo en República Dominicana. No por reivindicaciones específicas de género.

Todas las corrientes feministas sostienen que las mujeres tenemos intereses comunes, estamos unidas por la sororidad, por el sisterhood, más allá de nuestra pertenencia de clase. La unidad de género, y consecuentemente el enfrentamiento sexo contra sexo y no clase contra clase, está colocada por encima de la lucha de clases y, a veces, hasta por encima de nuestra expresa voluntad.

Para que la noción de sororidad sea creíble es necesario borrar -¿resignificar?- la historia de las explotadas. La de la socialista utópica franco-peruana, Flora Tristán, y en su llamado a construir partidos obreros que integraran a las trabajadoras a la lucha por el socialismo en la primera parte del siglo XIX.

Para que la sinonimia lucha de las mujeres/lucha feminista sea posible tenemos que olvidar 150 años de militancia de las socialistas, desde la I Internacional a la anarquista Luisa Mitchel, en la Comuna de París y, por supuesto, al programa de liberación de las mujeres, llevado a la práctica por la clase obrera rusa en la Revolución de Octubre.

Y por último, pero no menos importante, travestir a las ideólogas y protagonistas de esas batallas de la clase obrera. Por eso muchos historiadores “con perspectiva de género” presentan como feministas desde las obreras rusas que iniciaron la revolución de Febrero hasta Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, o Alexsandra Kollontai, Inessa Armand, la propia Krupskaia. Todas militantes socialistas que han escrito lo suficiente como para disipar cualquier confusión respecto de cuál era su compresión sobre la opresión de lax mujeres y el camino de su emancipación.

Y por casa, también se han convertido en feministas post mórtem a las obreras anarquistas de la época heroica -Virginia Bolten, Juana Rouco Buela, Pepita Guerra-, militantes de la clase obrera, juzgadas por la Ley de Residencia, oradoras de actos del 1° de mayo desde 1890 y durante las dos primeras décadas del siglo XX. ¡Ninguna de ellas -a diferencia de las dirigentes del Partido Socialista- participó del Primer Congreso Internacional Femenino, celebrado en Buenos Aires durante los fastos de 1910. Estaban ocupadas en las huelgas del Centenario.

Este tipo de confusiones son las que el libro de Cintia Frencia y Daniel Gaido viene a reparar. Un libro que salda una deuda pendiente con Clara Zetkin, seguramente la constructora más importante del movimiento de mujeres socialistas de los siglos XIX y XX. No hemos trabajado lo suficiente para rescatar ni su historia militante ni sus aportes teóricos. Eso permitió que algunas biógrafas definan como una “feminista sin fronteras” a la informante de la Tesis para la propaganda entre las mujeres en III Congreso de la III Internacional.

La iniciativa de Cintia Frencia y de Daniel Gaido reubica a Zetkin, a Kollontai, a Armand, en el lado de la vereda de donde tienen que estar y no donde las colocaron las corrientes feministas, que quisieron ver en ella feministas socialistas, como si las socialistas no fuéramos socialistas y las feministas, feministas. Muchas veces, mujeres muy combativas, mujeres claramente compañeras de ruta, pero que creen que la opresión femenina se resuelve por la vía de la conciliación de clases hacia adentro del universo de mujeres, y en lucha, por lo tanto, contra los hombres, sean de la clase que fueren, que serían los ejecutores universales de la opresión de un sistema social transhistórico, el patriarcado.

Cintia y Daniel rescatan una definición luminosa de Zetkin: “separación tajante” entre las mujeres de las clases explotadoras y explotadas, y este principio -dicen los autores- sentó las bases programáticas para el desarrollo de un movimiento de masas de trabajadoras. Porque la condición de existencia de un movimiento de las mujeres trabajadoras es su conciencia de clase, la autonomía política, la delimitación “tajante” de las corrientes que promueven el enfrentamiento entre explotadas y explotados, y la alianza de explotadas y explotadoras.

Clara Zetkin no cuestiona la demanda de las mujeres feministas de las clases acomodadas, su deseo de no vivir encerradas -dice ella- como si fuera en una casa de muñecas. Considera que sus aspiraciones de participar en el desarrollo de la cultura, tanto en el aspecto económico como desde el punto de vista moral o espiritual, están totalmente justificadas. Pero destaca que“la lucha por la liberación de la mujeres proletarias no tiene nada que ver con la lucha por la liberación de la mujeres burguesas contra el hombre de su clase. No tiene nada que ver con la libre competencia. El objetivo final de la lucha de las trabajadoras -dice la alemana- es la conquista del poder político por parte del proletariado, y la mujer proletaria combate, codo a codo, con el hombre de su clase”.

Y hace hincapié en los límites infranqueables de la igualdad legal y la democracia para sacar a las mujeres de la doble opresión. Sus análisis son de una actualidad feroz: “En este período revolucionario, las ideologías feministas de todos los partidos y poderes burgueses son utilizadas para impedir que las mujeres del pueblo trabajador se agrupen bajo las banderas del comunismo, para el asalto contra el capital y su Estado. Las concepciones feministas que los partidos burgueses solían repudiar antes como una herejía, son hoy en día atesorados como una piedra basal del muro ante el cual se romperá la marea roja del bolchevismo. El feminismo les sirve para inocular entre las masas más amplias de mujeres, la fe supersticiosa en la democracia burguesa” (Zetkin, 1921, pág. 665). Casi un siglo después, el feminismo de la igualdad sigue reclamando que el capitalismo le otorgue “una ciudadanía de mujeres” y se reconvierta a un capitalismo con cara de mujer -¿de qué clase sería esa mujer -por la vía de la “perspectiva de género”?

El libro parte de analizar la traición de la burguesía a las mujeres a pesar de que fueron protagónicas en el derrocamiento de absolutismo: la prohibición de participar en la cosa pública, la privación al derecho a trabajar, a estudiar, a la herencia, sobre sus hijos. Muestra una burguesía que encerró a las hermanas de clase en la minoridad, la salita, el bordado, la obediencia. Pero arrojó a las obreras a los talleres y al socavón, y en el mismo acto en que instauró la doble opresión, les dio, nos dio, la llave maestra para intervenir en la producción social, combatir el capital, avanzar en la construcción de un régimen sin opresores ni oprimidos.

Desde allí, Cintia y Daniel nos llevan a la Comuna de París y a las Luisa Mitchel -otra feminista post mortem-, a los debates respecto de cómo acercar a las mujeres trabajadoras en las distintas Internacionales. Zetkin, Luxemburgo, el periódico La Igualdad, las conferencias anteriores a la guerra, las bolcheviques, la delimitación socialista con el sufragismo y con la misma dirección del Partido Socialdemócrata, la revolución de Febrero, el Octubre rojo, el Estado obrero.

En El marxismo y la liberación de las mujeres trabajadoras, Gaido y Frencia trabajaron en la reconstrucción de nuestro linaje, del linaje de las trabajadoras socialistas construyendo una visita guiada por nuestro pasado, pero que habla y ordena las tareas de nuestro presente. Esas discusiones son el fundamento de una organización como el Plenario de Trabajadoras. Y estamos frente a un trabajo meticuloso y medular que viene con regalo incluido, porque los compañeros tradujeron textos que ni siquiera se hallan en inglés. Ante los reproches -algunos de mala fe, otros pura ignorancia- de que la izquierda se acerca como recién llegada y de forma oportunista a medrar de la lucha “feminista” por los derechos de las mujeres, podemos responder que la cuestión de la mujer recorre la historia entera de las corrientes socialistas desde su génesis.

La diferencia es que, para los marxistas, la doble opresión y la esclavitud doméstica son la marca distintiva de la situación de las mujeres bajo este el capitalismo, que devolvió a mujeres a la producción social como parte de la clase obrera pero sin relevarnos de la esclavitud doméstica. Al trabajo asalariado se sumó el trabajo en el hogar para la reproducción de la fuerza trabajo -o sea, también en beneficio del capital- aunque el hombre sea un beneficiario indirecto de esta situación.

Tempranamente, Marx advierte, en las Cartas al Dr. Kugelmann que “la mujer se ha convertido en parte activa de nuestra producción social. Alguien que sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la agitación entre las mujeres”. Un protagonismo evidente en todas las revoluciones de la edad época: en la Revolución Francesa, en la Primavera de los Pueblos en el ’48, en la Comuna de París y, desde luego, en las revoluciones de Febrero y Octubre.

Cintia y Daniel hacen un relevamiento riguroso de los debates en las Internacionales sobre el lugar de las trabajadoras, cómo ganarlas a una perspectiva revolucionaria, las formas organizativas que debe adquirir este propósito.

El Tercer Congreso de la III Internacional, la de Lenin y Trotsky, en 1920, es una respuesta ejemplar a esas preguntas. Las tesis sobre la mujer, presentadas por Zetkin y defendidas por Lenin, son de una actualidad estremecedora. Las tesis “deben subrayar con rigor que la verdadera emancipación de la mujer sólo es posible a través del comunismo. Es preciso esclarecer profundamente el nexo indisoluble entre la situación de la mujer como persona y miembro de la sociedad y la propiedad privada sobre los medios de producción. Así delimitaremos con toda precisión los campos entre nosotros y el movimiento burgués por la ‘emancipación de la mujer’”.

Sus resoluciones “proponen educar a las mujeres en las ideas comunistas, atraerlas a las filas del partido”, “luchar contra los prejuicios existentes entre el proletariado masculino hacia las mujeres, e incrementar la conciencia de los trabajadores y trabajadoras para hacerles comprender que tienen intereses comunes”, “poner el tema en el orden del día del partido”, “llevar adelante una lucha organizada contra el poder de la tradición, las costumbres burguesas y las ideas religiosas, preparar el camino para unas relaciones entre los sexos más sanas y armoniosas, garantizando la vitalidad física y moral de la clase obrera” .

La revolución de Octubre, va a decir Trotsky, cumplió honradamente el programa de la mujer. El termidor estalinista hizo añicos estas conquistas y disolvió los organismos que debían ocuparse de organizar y orientar la lucha de las mujeres trabajadoras. Eso explica la fuerza del feminismo de la segunda ola en el alza impresionante de las mujeres en los años ’60. La politización de la sexualidad, de la estructura familiar, de la vida cotidiana, los derechos de la diferencia sexual, la impugnación de la biología como un destino, la impugnación de la maternidad como función social primordial de las mujeres, no hubieran sido novedad ni para Zetkin ni Kollontai, ni Inessa Armand ni Eliazarova. Tampoco para las anarquistas, pioneras en los debates sobre esos aspectos de la opresión femenina desde fines del siglo XIX.

El marxismo y la emancipación de las mujeres trabajadoras es una hoja de ruta, una reconstrucción de nuestra historia que yo invito a leer, a discutir y también a completar, porque mucha parte de nuestra historia necesita ser restaurada. Los debates que tenían lugar en París, en Londres, en Berlín, también estaban siendo dados en la clase obrera argentina en 1890, en 1900. Las organizaciones sindicales fundacionales en la Argentina, como la Fora y la UGT, no establecían un distingo entre el programa general de la clase obrera y el programa de las mujeres: la lucha contra la trata, el derecho al divorcio, la lucha contra la prostitución, por la salud, por la educación, estaban presentes y sólo se perdieron en el proceso de burocratización de los sindicatos y de la injerencia del Estado y del clero en ellos.

Lo que está en discusión, hoy como entonces, es si la opresión de clases es la dominación sobre la que se levantan cualquiera de las otras dominaciones. O si, como sostiene el feminismo y explicó taxativamente Shulamith Firestone: “El patriarcado es un sistema de dominación sexual, que es el sistema básico de dominación sobre el que se levanta el resto de las dominaciones, como el de la clase y de la raza”. El libro de Cintia y Daniel es una sólida respuesta a esa pregunta.

* Olga Viglieca es periodista y escritora, fundadora y dirigente nacional del Plenario de Trabajadoras. Guionista de La cena blanca de Romina y de Nenina.

1. Verónica Giordano: La celebración del Año Internacional de la Mujer en Argentina
(1975). Ed. Estudios feministas, Florianópolis, pág. 80 y ss. Entrevista a la psicoanalista
Nancy Caro Hollander. http://www.psicomundo.com/foros/genero/ddhh.htm.

2. Elvira López, en el discurso de apertura: con respecto al congreso expresó: “En su programa se ha dado cabida a todos los asuntos de interés humano y para proponerlos no se necesita estar afiliado a ninguna secta determinada, ni profesar ningún credo… No es católico ni liberal, ni socialista ni conservador (…) es simplemente femenino, lo que
significa que se propone exponer los intereses de la humanidad por boca de las mujeres”. 

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Recuperar la historia de la organización socialista de la mujer

Cintia Frencia

Como señaló Olga Viglieca, este libro intenta hablar del pasado, pero sobre el presente, teniendo en cuenta de que muchos de los debates que se tratan de recuperar en este libro, tienen mucha vigencia en la actualidad. Este libro recoge la experiencia de la organización del movimiento sufragista y particularmente del movimiento socialista de mujeres en Europa durante las últimas décadas del siglo XIX y principios del siglo XX, que coincide con la primera ola feminista, en donde la lucha por los derechos democráticos se habían convertido en una cuestión política de primer orden para las mujeres, por eso todo el movimiento va a estar atravesado por la lucha por el derecho al voto.

Los debates que atraviesan el conjunto del movimiento de mujeres para nada tenían un carácter marginal, porque estamos hablando de movimientos de características de masas, por un lado, el movimiento sufragista era efectivamente un movimiento de masas, con epicentro en Inglaterra y presencia en toda Europa y, por el otro, el movimiento socialista de mujeres, organizado fundamentalmente por la socialdemocracia alemana y por Clara Zetkin, que llegó a tener más de 120 mil mujeres organizadas en 1914, que se reivindicaban no solamente luchadoras por los derechos democráticos de las mujeres, sindicalistas, etcétera, sino que abrazaban la causa del socialismo. Estamos hablando de movimientos de masas en torno de los cuales incluso se logró estructurar una experiencia de organización internacional, con al menos tres reuniones internacionales de mujeres socialistas, a las que se convocaba al conjunto de las mujeres organizadas en distintas organizaciones que reconocían el principio de la lucha de clases y que todas tuvieron una importancia crucial en el momento de su desarrollo.

Entonces, teniendo un movimiento de mujeres en ascenso, a nivel internacional, y con nuestro país también en el centro de la escena política, porque, sin dudas, el movimiento NiUnaMenos en Argentina es referencia para muchas de las luchas que están desarrollando las mujeres a nivel internacional. Me parece fundamental que podamos recuperar no solamente esta tradición de organización de las mujeres a estos debates, sino sacar las conclusiones para poder mejor emprender ese camino hacia su liberación.

Dicho esto, éste es nuestro aporte, junto con Daniel, que no ha podido participar de esta presentación, y que apostamos que sea materia de estudio y que sea completado, como decía Olga.

Las mujeres socialistas alemanas, que es donde se origina esta experiencia más fuertemente, tenían un bagaje teórico muy importante en ese momento. Ya, en 1879, August Bebel, uno de los líderes de la socialdemocracia alemana, había editado un libro, La mujer y el socialismo, previo al libro de Engels y Marx, por todos conocido, pero, dice Zetkin, “más allá de las lagunas teóricas que pueda tener este libro, es la primera vez que, desde el socialismo, desde las organizaciones de los trabajadores, se intenta sistematizar una definición en torno de cuál es el origen de la opresión de la mujer y cuál debería ser la estrategia para emprender la lucha por su liberación”. Esto, naturalmente, va a ser completado y desarrollado más acabadamente con El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Engels y Marx, en 1884, y que eran los insumos con los que contaban en general las mujeres socialistas y las organizaciones obreras para poder enfrentar y pararse frente al problema de la mujer y al problema de la mujer trabajadora en particular. Sin embargo, la cuestión de la mujer no era una cuestión nueva que hubiera aparecido a mediados del siglo XIX, sino que -como dijo Olga- las mujeres habían sido protagonistas en las principales revoluciones burguesas, tuvieron un rol importantísimo en la Revolución francesa, una intervención política muy activa en la Comuna de París, aunque no haya sido registrado como tal, pero sí tuvieron una participación muy activa y hubo un intento, un esfuerzo, por establecer una equiparación entre los derechos de las mujeres y de los trabajadores en esa breve experiencia obrera. Sin embargo, el problema de la mujer aparece como cuestión política con el desarrollo y la irrupción de la revolución industrial. Con la incorporación de grandes capas de mujeres al mercado laboral se establece lo que Marx y Engels señalaron, el principio base para poder avanzar en la liberación de las mujeres, devolviéndoles su rol dentro de la producción social. Este aspecto es de suma importancia, porque es lo que convierte que una reivindicación de derechos civiles, que venían levantando las mujeres, generalmente de la pequeño burguesía o de la burguesía durante períodos anteriores, adquiera características de masas y sea un problema no solamente de la pequeño burguesía y la burguesía, sino fundamentalmente de las trabajadoras, que habían sido arrastradas al mundo del trabajo, pero que estaban excluidas de derechos políticos y civiles, y privadas de poder organizarse política y sindicalmente frente a las condiciones de explotación que les imponía el capital.

Es sobre esas bases que Clara Zetkin va a hacer un esfuerzo por dirigirse a esas mujeres y va a establecer la necesidad hacia los partidos socialistas de tomar fuertemente la organización de la mujer trabajadora, particularmente de las de sectores industriales, que se habían ganado un lugar en la industrial textil y en la alimentación. Esto trajo muchos debates, dentro del movimiento obrero en general, pero también dentro de la I Internacional; es decir, no todos los que se reclamaban defensores de organizaciones obreras entendían que el rol de la mujer estaba dentro de la producción y que se debía organizarlas junto con los hombres trabajadores. Uno de los ejemplos más claros son los dichos de Proudhon, quien consideraba que la mujer tenía dos destinos, ser cortesana o ser ama de casa, por tanto, las organizaciones obreras y socialistas de ninguna manera debían apoyar la inclusión de la mujer al mundo laboral ni mucho menos organizarlas. Marx y Engels van a polemizar fuertemente con esto y ya en la II Internacional no solamente se va a ver superada esta discusión sino que también, a iniciativa de los líderes de la socialdemocracia alemana, se va a incluir el reclamo de los derechos civiles, del derecho al voto, universal, libre y secreto para todos los y las trabajadoras, con lo cual se da un salto enorme, porque se entiende que no solamente hay que organizarlas políticamente sino que hay que luchar abiertamente por la conquista de los derechos civiles. Sin embargo, no consideraban que la conquista de los derechos civiles y democráticos de las mujeres, dentro de los marcos del sistema capitalista, permitieran efectivamente una liberación de las condiciones de opresión en que vivían. Entonces, todo el proceso de desarrollo de la organización de mujeres de la socialdemocracia alemana y posteriormente de la Internacional Socialista de mujeres va a estar atravesado por un fuerte debate, que está expresado en el folleto de delimitación tajante, que escribió Clara Zetkin desde el exilio, y va a polemizar con las feministas porque considera que, a diferencia de éstas, no existe una única cuestión de la mujer sino que existen varias cuestiones, y que la cuestión de la mujer va a estar determinada por la clase social a la que pertenecen. Para graficar esto va a tomar el ejemplo del análisis de la lucha por el sufragio universal, no es lo mismo el reclamo del sufragio universal para la pequeña burguesía, para la gran burguesía y para la clase trabajadora. En la gran burguesía, las mujeres que lideraban de hecho el movimiento sufragista estaban reclamando, en última instancia, el derecho a administrar sus propiedades, es decir, tener los mismos derechos de explotación que tenían los hombres de su clase.

De ninguna manera, el reclamo del derecho al voto para estos sectores de mujeres tenía que ver con mejorar las condiciones de explotación infrahumanas que tenían las trabajadoras en los talleres textiles o en las fábricas, o los trabajadores en general, sino que era la última etapa de la liberación de la propiedad privada, de emancipación de la propiedad privada. La pequeña burguesía tenía otros problemas, la mujer necesitaba incorporarse al mercado laboral, dentro de las profesiones liberales, entonces, tampoco el derecho al voto o la lucha por los derechos democráticos implicaba lo mismo que para la gran burguesía ni para las mujeres trabajadoras; finalmente, lo que ellas estaban reclamando era la igualdad de competencia en el mercado laboral que los hombres, que se les permitiera, por supuesto, el derecho a la educación, el acceso a las profesiones liberales, que tuvieran los mismos derechos que los hombres para poder acceder a estas profesiones, demandaban la ‘libre competencia’. Ahora, las mujeres trabajadoras ya tenían las mismas condiciones que los hombres para acceder al mercado laboral, porque estaban siendo explotadas en las mismas o en peores condiciones que los hombres dentro de las fábricas, su problema no era la independencia económica, ellas ya la habían conquistado, su problema era tener derechos civiles y políticos para luchar contra la explotación capitalista que les imponía el régimen laboral de las fábricas, de los talleres textiles y otros. Es decir que para ellas no era un fin último sino una herramienta, una herramienta muy necesaria para organizarse política y sindicalmente en iguales condiciones, junto a sus compañeros trabajadores.

“Al menos hay tres cuestiones de la mujer -dice Clara Zetkin-, naturalmente, nos une que todas queremos el derecho al voto, entonces podremos marchar separadas pero golpear juntas”, y es así que las mujeres socialistas y las sufragistas se encontraron en muchos momentos en instancias decisivas y en movilizaciones masivas. También hay que rescatar acerca de los métodos con los que luchaban las sufragistas, que eran de movilización, de acción directa y de lucha callejera. La virulencia con las que ellas defendían el derecho al voto era algo que nos encontraba en las calles junto a las socialistas en muchas oportunidades; sin embargo, la estrategia o el fin que sufragistas y socialistas entendían por el derecho al voto tenían diferencias abismales, y esto también se vio en algunas polémicas en relación de cuáles eran las tácticas que debían desarrollar en determinados momentos. Hubo un debate en el seno de la socialdemocracia alemana por la publicación de una petición a la monarquía alemana por el reconocimiento de los derechos civiles, democráticos y políticos de las mujeres, de las que estaban excluidas; un grupo de feministas hizo esta petición en nombre de todas las mujeres alemanas. Esto fue reproducido por Vorwärts, que es como la Prensa Obrera de la socialdemocracia alemana, llamando a firmar la petición y a defenderlo, todas las mujeres de todos los partidos políticos pidiéndole el derecho al voto a la monarquía. Clara Zetkin lo reprodujo en su periódico, La Igualdad, que fue el estructuró todo el movimiento de mujeres, y llamó a cualquier compañero y compañera que reconozca la lucha de clases a no firmar dicho petitorio. Para Zetkin, la columna vertebral de la lucha de la mujer no podía acompañar esta petición a la monarquía alemana, en primera instancia, por no haber sido producto efectivamente de un debate de las trabajadoras y, segundo, marca una diferencia sustancial en la táctica, “nosotros no vamos a ir a pedir a la monarquía, que viene proscribiendo a la socialdemocracia alemana y a las mujeres de la vida política y civil de este país desde hace años, permiso para obtener derechos civiles y políticos, nosotros tenemos que arrancarlos, organizando a las fábricas, a los centros de trabajadoras, organizando sindicalmente y políticamente a las mujeres en una perspectiva independiente y así imponer el derecho al voto. Fue rechazado por Clara Zetkin y, finalmente, fue rectificada esta posición, es decir que la posición sobre el cual fue estructurado el movimiento de mujeres de la socialdemocracia alemana permitió inclusive ubicar en muchos casos las propias direcciones, en este caso, del Partido Socialdemócrata alemán, que cedía frente a las presiones de la burguesía y la pequeño burguesía en torno de los derechos democráticos.

Esta experiencia permitió poner en pie, como dije al principio, tres conferencias internacionales socialistas de mujeres, en 1907, en 1910 y en 1915, las tres tuvieron un rol muy importante. En 1907, que fue la primera conferencia, se resolvió hacer propia una legislación para la protección laboral de las mujeres trabajadoras, esto había sido un punto de debate muy fuerte también con las feministas, particularmente con la pequeño burguesía, quienes consideraban que una legislación laboral protectora para las trabajadoras iba a poner trabas en esta aspiración del ingreso a las profesiones liberales; es decir, “si ustedes nos ponen licencia por maternidad, igual salario a igual trabajo, jardines maternales -una legislación que hoy estaríamos discutiendo en cualquier gremio-, una serie de medidas protectoras a la maternidad, esto implicaría dificultades en la competencia del mercado laboral respecto del hombre”. En principio, las feministas rechazaron esta legislación. Otilie Baddier va a señalar esto como el punto de inflexión o de quiebre definitivo con el feminismo pequeño burgués, porque dice “si no reconocemos las condiciones de sobre-explotación que tienen las mujeres trabajadoras y no batallamos por una protección, no solamente en su condición de trabajadoras sino también de madres, estamos admitiendo la explotación capitalista sin resguardo”.

En la primera Conferencia Internacional Socialista de Mujeres se hizo propio este programa de legislación laboral de protección para las trabajadoras; en la Conferencia de 1910 se va a votar el problema del día internacional de la mujer trabajadora, que se vota a raíz de una iniciativa de las socialistas estadounidenses, que ya habían desarrollado una experiencia de organización de un día específico para salir a batallar por los derechos de las mujeres trabajadoras. Hacen propia esta experiencia y lo interesante de la votación en relación con el día internacional de la mujer trabajadora es que si bien se da colocando como eje, como centro, la lucha por el derecho al voto, se hace en la perspectiva de entender que la lucha por el derecho al voto era una lucha democrática, parcial, en la perspectiva de dotar a las mujeres de las herramientas necesarias para sumarlas a una lucha por el socialismo; entonces, entendían que era necesario establecer una jornada particular de organización por los derechos de las mujeres, pero no desligadas de organizarlas bajo las banderas del socialismo. Esto luego va a ser abrazado por el conjunto del movimiento de mujeres. Y la de 1915 fue clave, entiendo yo, porque fue justo un año después del estallido de la guerra y también del estallido en la II Internacional. La II Internacional, que había resuelto la declaración contra el militarismo y rechazar las tendencias a la guerra mundial, finalmente, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, va a estallar ella misma también en mil pedazos y los partidos agrupados allí se van a volcar a votar créditos de guerra de las burguesías de sus propios países, no solamente las sufragistas, en muchos casos salieron a defender a sus partidos nacionalistas, sino también muchos de los partidos que se reclamaban socialistas. A raíz de una propuesta de las socialistas rusas se va a convocar a una Tercera Conferencia Internacional, muchas de sus participantes tuvieron que hacerlo clandestinamente y contra las propias direcciones de sus partidos socialistas que, en ese momento, estaban apoyando las guerras de sus burguesías nacionales; esta tercera conferencia va a votar un rechazo a la guerra, va a haber un fuerte debate, las rusas con una posición de guerra a la guerra y vamos al derrotismo revolucionario; las inglesas, las alemanas, con posiciones más moderadas, pero finalmente se vota por el rechazo categórico a la guerra y hacen un llamado a recuperar la unidad socialista internacional de los trabajadores en rechazo a la guerra imperialista.

La ubicación y la experiencia de la socialdemocracia alemana en la estructuración de ese movimiento, que tuvo características de masas y expansión mundial, no solamente fue un aporte enorme al movimiento de mujeres, sino que fue un aporte a la propia organización socialista del movimiento de trabajadores en general, que permitió ubicar a los partidos socialistas siempre en una posición de vanguardia revolucionaria, de unidad del proletariado, incluso cuando muchas de sus organizaciones habían claudicado frente a la Primera Guerra Mundial. Todas las aspiraciones del movimiento socialista de mujeres, inclusive el movimiento feminista, fueron concretadas en la Revolución Rusa, el primer país en legalizar el aborto, en facilitar el divorcio, en despenalizar la homosexualidad, una revolución que no solamente otorgó todos los derechos democráticos que reclamaban las sufragistas y el movimiento de mujeres socialistas, sino que intentó llevar a la práctica, lo que entendían los socialistas, era la base necesaria para establecer efectivamente la eliminación de la opresión que pesa sobre las mujeres, que es la socialización de las tareas domésticas y de la crianza de los niños. Fueron experiencias del tipo de comedores comunitarios, guarderías comunitarias, etcétera. Las condiciones propias de la revolución en cuanto al límite de su desarrollo estaban atravesados por la guerra civil, por la guerra mundial y, luego, la asunción del estalinismo terminó llevando al fracaso todos estos intentos por establecer la socialización del trabajo doméstico, de la crianza de los niños y, por ende, las bases materiales para avanzar en la liberación efectiva de la mujer, no solamente en el terreno formal, democrático, civil hacia la ley, sino que el estalinismo produjo un gran revés en todas estas conquistas, volvió a penalizar la prostitución, volvió a penalizar el aborto, volvió a empujar a las grandes masas de trabajadoras a la miseria y, por ende, hubo un resurgimiento de la prostitución; toda una serie de retrocesos, pero creo que lo más dañino del estalinismo es borrar toda la experiencia de organización mundial que tuvieron las socialistas durante el final del siglo XIX y principios del siglo XX, que habían hecho aportes teóricos y prácticos enormes al movimiento de mujeres en general y al movimiento de trabajadores en particular. Muchas veces, cuando de repente leemos a teóricas de la segunda ola recoger cosas como si fuesen una novedad del movimiento de mujeres, uno dice: “Estas mujeres en 1907, en 1910, ya estaban discutiendo el problema de los derechos sexuales, de los derechos reproductivos, de la autonomía sobre nuestros cuerpos, etcétera”.

Creo que recuperar esta historia es clave, nosotros tenemos un desafío enorme, estamos nuevamente frente a una lucha por un derecho democrático, porque el derecho al aborto lo es. No derrocaremos al capital con el derecho al aborto, pero sí lograremos poner en pie un gran movimiento de mujeres contra el Estado, contra el gobierno, capaz de levantar una estrategia política de organización independiente que no solamente nos permita, por supuesto, conquistar el derecho al aborto sino fundamentalmente avanzar en la organización política y sindical de las mujeres contra el Estado, contra el gobierno, contra la opresión capitalista.

* Cintia Frencia, ex legisladora del Partido Obrero en Córdoba y dirigente del Plenario de Trabajadoras, es docente en la Universidad Nacional de Córdoba y co-autora del libro El marxismo y la liberación de las mujeres trabajadoras: de la Internacional de Mujeres Socialistas a la Revolución Rusa.

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Una delimitación clara con el feminismo de género

 

Por Jorge Altamira

 

Buenas noches.

Es muy frecuente, en los programas de televisión y en los diarios, ver que los periodistas subrayan, cuando hay una reunión de carácter político y, a veces, de carácter cultural, el escaso número de mujeres y, a veces, la ausencia completa de mujeres. Lo señalan como una expresión del lugar subordinado de la mujer.

Entonces señalan ese hecho como una manifestación, según el diario, de distintas cosas, como puede ser el patriarcado, el machismo, etc.

En esta reunión nuestra de hoy, por el contrario, hay una escasez de varones. En un marco de politización de la clase obrera, en Argentina, revela un atraso político. La cuestión de la mujer y de su lucha tiene una importancia política enorme para la clase obrera. Existe una acción política organizada de la Iglesia, en el movimiento obrero, para apartarla de esa lucha. La burocracia de los sindicatos es, en este país, clerical. De otro lado, el abordaje del movimiento femenino desde el “género” opera en la misma dirección, a veces incluso en forma explícita, de separar a la clase obrera de esta lucha, cuya misma unidad pondría de manifiesto su carácter social y político.

La exposición que sigue está dirigida a desarrollar, en forma polémica, las bases de una estrategia socialista para la clase obrera en un marco de ascenso de la lucha de la mujer y también de proliferación de tendencias que caracterizan a esta lucha en un marco ajeno a la lucha de clases, a la decadencia de la sociedad capitalista y a las crisis políticas.

Las colas de Febrero del ’17

En el libro de los compañeros Cintia [Frencia] y Daniel [Gaido] se hace un relato que debo haber leído mil veces. Tiene que ver con la historia, archi-conocida, de que las obreras rusas salieron a la huelga el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en febrero del año ‘17, contra la opinión, la advertencia y la posición de todos los partidos políticos. Citan hace una descripción de los hechos por parte de un participante -creo que del comité del barrio Viborg- que me llamó la atención de un modo especial. Este testimonio explica que las mujeres salieron a la huelga desoyendo a todo el mundo, agobiadas por las colas interminables que debían hacer frente a las panaderías en las madrugadas del invierno ruso -y muchas veces cargando a sus niños.

Una partidaria de la lucha de la mujer con perspectiva de género habría reclamado, ante semejante situación, que los hombres compartieran el sacrificio que demandaba la situación -y no habría estado equivocada. Habría dicho: “Vayan a la fábrica donde están los hombres y repártanse la cola, un día uno, un día el otro”. No es lo que se les ocurrió a las mujeres rusas: decidieron tomar el ‘atajo’ de ir a la huelga y marchar a las fábricas colindantes, con predominio masculino, para desatar una movilización política de masas, que desató una revolución y el derrocamiento del zar. En la revolución más grande de la historia, la cuestión de la mujer fue encarada, en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, con el método de la lucha de clases y de la revolución social. Triunfante en octubre de ese año (nueve meses de embarazo), dictó la legislación femenina y de derechos más radical y abarcadora de la historia.

Este es el debate que tenemos aquí. Si hay que decirle a los hombres que vayan a hacer la cola -como corresponde-, como un objetivo estratégico que pondría fin a la subordinación de la mujer o unir a la clase obrera y a los trabajadores, varones y mujeres fusionados, para preparar metódicamente una revolución socialista -en el ejemplo que tomamos, la huelga general y, a término, la insurrección, para terminar con el zar, o más en general la dictadura del capital y de la burguesía. De aquí que la atención que reclama el libro de Cintia y Daniel, hacia la fórmula de Clara Zetkin, la líder socialista, luego bolchevique y enseguida comunista, a favor de “una ruptura clara” de la vanguardia de la mujer obrera y socialista con el feminismo de género -o sea, con la estrategia que propugna un frente pluriclasista de la mujer y que confina al movimiento femenino al marco del Estado burgués y la sociedad capitalista. La expresión ‘rupturas claras’ es también muy poderosa, porque no hay progreso político posible sin el ejercicio de la delimitación de estrategias y programas -o sea, sin claridad.

De clases y géneros

La idea de Clara Zetkin de que el movimiento de mujeres trabajadoras debía separarse del movimiento de mujeres burguesas, ya está inspirada históricamente en la Circular [del Comité Central a la Liga Comunista] de 1850, de Carlos Marx, que llama al proletariado a construir un partido independiente de la burguesía.

Porque Marx había participado, como comunista que era, en la Revolución de 1848, como ala izquierda del movimiento burgués. Después de la derrota de esas revoluciones y de la masacre que se cometió en París, en junio de 1848 contra los obreros franceses, concluye que “hay que romper”, con ‘absoluta claridad’, en particular con el ala “socialista” de esa burguesía, representada por Louis Blanc y otros, por el centro-izquierda francés, que quería ser el representante de todas las clases, en una suerte de Estado social, sin la necesidad de derrocar al capitalismo.

Este es el punto de vista fundamental también en relación con el movimiento de la mujer. Como bien han dicho Olga y Cintia en sus exposiciones, la cuestión de la condición de la mujer en una sociedad explotadora, donde una minoría se apropia del trabajo de la mayoría, atraviesa a las mujeres de todas las clases. Es por eso que estamos discutiendo el problema de la mujer y el carácter de los movimientos feministas.

Pero esta comunidad tiene que ser vista en forma concreta. Para arrancar con un ejemplo, las mujeres de la burguesía y las mujeres de la clase obrera no asumieron una posición homogénea frente al golpe del ’76; la condición de clase, no de género, marcó la conducta de unas y otras, tomadas en su conjunto. El desarrollo político escinde en campos irreconciliables a las mujeres que, por otro lado, comparten algunos y ciertos intereses comunes. La lucha de clases y los procesos políticos que engendran prevalecen en el conjunto de la sociedad y definen los campos en disputa. El feminismo, como movimiento policlasista, es un movimiento condenado a la división, ante los problemas de la sociedad tomada en su conjunto.

 

Militante del socialismo

Por eso, Clara Zetkin no sólo desarrolla el punto de vista marxista sobre la cuestión del feminismo y de la mujer, sino que parte del punto de vista del proletariado internacional y del punto de vista del Partido. La cuestión de la revolución proletaria enmarca la política frente a la cuestión de la mujer -no es una derivación de ella. El libro demuestra que hay un esfuerzo sistemático de las mujeres socialistas para que las mujeres se incorporen al Partido y el Partido se fortalezca en el seno del movimiento de la mujer. La mujer debe militar para ensamblar la lucha por la emancipación de la mujer con la lucha por la emancipación de la explotación social. Para eso debe convertirse en militante política y en líder política socialista. Ella es una mujer socialista desde el socialismo, no desde el feminismo.

Del libro uno se lleva la conclusión de que examina la cuestión de la mujer como socialista y no que examina el socialismo, digamos, como mujer; aunque hay una relación dialéctica que enriquece la lucha por el socialismo como lo que realmente es y debe ser: una lucha por la emancipación universal. La emancipación particular, en este caso de género, es una contradicción en términos.

Es muy importante este libro como una recuperación crítica de una historia, pero en especial si uno tiene la capacidad de leerlo en clave actual. Resuenan fuertemente en el libro debates actuales, e incluso diría que en aquel momento tuvieron mayor nivel o envergadura que los de ahora. Porque de las citas que se hacen -de los contendientes en esta lucha política-, los textos del feminismo burgués o pequeño burgués del pasado superan en a los actuales. Ocurre con el movimiento feminista lo que ocurre con la burguesía en general: intelectualmente vigorosa en su época de ascenso, tiende a descomponerse en su época de decadencia. Lo cual nos lleva al carácter desigual del desarrollo político.

Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Nadezhda Krúpskaya, Aleksandra Kollontai, para mencionar a aquéllas que aborda el libro, se adelantaron intelectual y políticamente en los temas que abordaban, como en este caso la condición de la mujer, en un período de luchas revolucionarias y de organización revolucionaria. Tiene una etapa de ascenso a partir del ’68 mundial. Estamos asistiendo a un nuevo período y a nuevas tentativas, como se vio en las manifestaciones últimas del 8 de Marzo, en numerosos países del mundo. O las grandes manifestaciones de la mujer en Estados Unidos. Es en este marco de rebelión popular que encaramos las nuevas/viejas polémicas.

Género

El punto de vista fundamental que nos separa, de este otro feminismo, o de las concepciones burguesas y pequeño burguesas de la mujer, es esta tesis de la teoría del género. Que no es una tesis basada en una diferenciación social producto del desarrollo histórico de la sociedad, sino que es una ideologización de una condición femenina.

Como muy bien dicen ellas mismas: el género es una construcción cultural. El método de la “construcción cultural”, en contraposición al desarrollo histórico antagónico de la condición humana, atraviesa a la pseudo-ciencia actual en la mayor parte de sus ramas.

Estamos frente una definición. Es un a priori. No es la historia real de la mujer y, por lo tanto del hombre, a través de la historia y de sus relaciones recíprocas en distintas sociedades de explotación, sino que es el descubrimiento de algo, como construcción cultural, como una ideología, ‘de lo que es la mujer’, no de lo que la mujer realmente es a través de su práctica, sino de lo que la mujer es por este artificio ideológico. Varias corrientes que reclaman su condición de marxistas se han apropiado de estas ideologías, como una manifestación del carácter ‘abierto’ del materialismo histórico. Estamos ante una confusión vulgar entre el carácter abierto de la ciencia y la mistificación ideológica, porque el marxismo simplemente parte del carácter infinito de la capacidad de conocimiento humano y de la consiguiente condicionalidad del conocimiento actual, pero no admite status científico para la representación especulativa. El planteo de género recoge la aspiración a la igualdad social de la mujer, no solamente en derechos, dentro del marco de una sociedad explotadora que se distingue por el crecimiento exponencial de la sociedad. Esa igualdad se manifiesta, por eso, solamente en una parte de la burguesía y la pequeña burguesía, y de una manera irregular e inestable.

En lugar de acabar con la sociedad explotadora y abrir el paso a las mujeres y a los hombres, dicen, “conservemos esta sociedad y luchemos para que la mujer se integre a ella de acuerdo con nuestras definiciones”. Entonces, por ejemplo, una obrera que consigue un aumento de salario se estaría desarrollando como mujer a igual título que una mujer que es nombrada en el directorio ejecutivo de General Motors. Mañana, sin embargo, la directora de General Motors le va a bajar el salario a la obrera de la General Motors.

Estamos en presencia de una construcción a-histórica.

Las sufragistas inglesas del siglo XIX, de donde descienden las corrientes de género de la actualidad, adoptaron un punto de vista directamente político, que recogía una lucha que había inaugurado el primer partido obrero de la historia, el cartismo inglés. Era una lucha por los derechos de las mujeres, que habían rechazado los líderes de la Revolución Francesa. Era una lucha entre el sufragio censitario y el universal -dos desarrollos del Estado burgués. Este mismo movimiento sufragista se convirtió, en la Primera Guerra Mundial, en una corriente defensora de la burguesía imperialista de su propio país. La conquista del derecho al voto y a ser elegido no debe confundirse con la paridad de género en las instituciones del Estado, que apunta a reforzar al personal político de la burguesía y cooptar a una fracción del feminismo. El empoderamiento de la mujer -un punto central del programa de género- sustituye la conquista del poder político, por parte de la mujer trabajadora, en el marco de un gobierno de trabajadores, por un escalafón restringido a las mujeres burguesas o profesionales. La conquista del sufragio universal tiene lugar cuando el Estado se ha asegurado la colaboración de la clase obrera a través de los partidos reformistas y la burocracia de los sindicatos.

La Organización de las Naciones Unidas tiene distintos programas de desarrollo, que es anunciado ‘con perspectiva de género’, en alusión a la integración de la mujer. Es instructivo este lenguaje mistificador de parte de una organización cuyos programas tienen por base la explotación social y privilegios económicos para las corporaciones. Los llamados Cascos Blancos han sido denunciados en forma sistemática por los abusos contra mujeres y niños. Porque cualquier programa de desarrollo de las Naciones Unidas es un programa de explotación social, que incluya a la mujer, ‘con perspectiva de género’.

Un plan de educación sexual ‘con perspectiva de género’ atiende a las diversas orientaciones sexuales, pero hace abstracción de la condición social de esa relación, condicionada por la explotación y la pobreza, la falta de horizonte humano. Es curioso que se publicite una educación sexual con adjetivos, en una sociedad alienada. La educación sexual “con perspectiva socialista” atendería a esta alienación, en primer lugar, y a la lucha revolucionaria para acabar con ella.

La educación es propaganda -explica Trotsky-, es una lucha de clases en el plano cultural, incluida la educación política. Bajo el capital sirve a la reproducción de la ideología dominante. La educación soviética también es propaganda, porque todavía es una sociedad que no ha abolido la explotación, pero donde el poder ha sido tomado por el proletariado para destruir la opresión de la burguesía. Entonces, la educación es una educación anti-capitalista, socialista. Los partidos revolucionarios tenemos que defender la educación, la educación sexual, el desarrollo, etc., en la perspectiva del gobierno obrero y del socialismo.

Patriarcado

Del mismo modo, hay una mistificación con el tema del patriarcado.

El capitalismo proclama, ya desde la Revolución Francesa, su condición de sistema de igualdad formal. El patriarcado es un sistema de dominación personal. Las revoluciones burguesas liquidan todas las formas de dominación personal. Por lo tanto, el patriarcado se distingue claramente, como principio de construcción social, de la explotación capitalista. Ahora, los procesos históricos no son puros, no es que se hace un corte, como decía Clara Zetkin, una ruptura, con la claridad. Cualquiera sabe que en Brasil la esclavitud se abolió a finales del siglo XIX. Los descendientes de esclavos, y no sólo ellos, se encuentran más esclavizados hoy que bajo el régimen esclavista. Pero ya no pueden darse por objetivo la lucha para abolir la esclavitud, sino el capitalismo. Lo mismo ocurre en Estados Unidos, con los negros y los inmigrantes (‘ilegales’).

Entonces, en muchas familias, las mujeres son tratadas peor que cuando no tenían ningún derecho, ahora que tienen derechos, ¿por qué? Porque un régimen de explotación tiende, por sus tendencias conservadoras, a perpetuar los elementos de explotación que fueron formalmente sustituidos por otra forma de explotación social. Pero ya no se trata del patriarcado, sino de la disolución de la familia como unidad económica y del patriarcado como dominación personal.

Una cosa que llama la atención en los textos relativos al género es la falta de consideración sobre la familia -a la cual Marx y Engels le prestan toda la atención: la propiedad privada, la familia y el Estado, la Santísima Trinidad. Porque la familia es donde se produce o se desarrolla la esclavitud doméstica de la mujer.

¿Es decir que la mujer va a salir de esa esclavitud doméstica «por medio de una construcción cultural», y no por medio de la abolición de la familia, o sea, la socialización de la actividad doméstica? El salario doméstico para la mujer reproduce esta forma de esclavitud, más allá de la perspectiva de los salarios en un sistema capitalista que tiende a liquidar las conquistas obtenidas. Allí donde rige como una asignación especial, no ha detenido el avance de la miseria.

Entonces, nuevamente, la abolición de esta familia opresiva, en cuyo seno ocurren cosas atroces, requiere la abolición del capitalismo. Porque con la abolición del capitalismo se socializan todas las actividades económicas, y se le quita base económica a la relación entre el hombre y la mujer, que pasa a ser una relación auténticamente personal.

El Estado

Ahora, aquí tenemos un problema que es muy interesante. En esta ‘construcción cultural’ se producen deformaciones instructivas.

El 8 de Marzo, en las marchas en el País Vasco, muchas jóvenes marchaban cantando las canciones de la Revolución Española o las canciones de la Resistencia al franquismo. Lo cual me provocó una viva emoción. Tuve la sensación de que las ‘instituciones revolucionarias’ -y la música forma parte, la música revolucionaria, es una institución- volvían al frente. Pero cuando presté más atención, la canción decía ‘al Estado machista’.

Es decir que en esta ‘construcción cultural’, el Estado viene a jugar el papel del varón, y entonces tenemos una organización política de los varones asentada enteramente en el sojuzgamiento de las mujeres, y no un Estado capitalista asentado enteramente en la explotación, por parte de una oligarquía capitalista, de la masa de los proletarios.

El hecho de que se oscurezca el carácter de clase del Estado, en estos términos, muestra la función del feminismo de género en la teoría social, como una absolución del carácter de clase que explica la existencia del Estado, en una época de guerras y barbaries. ¿La finalidad de estas guerras es producir atrocidades de género o reforzar el poder punitorio del Estado para el cumplimiento de objetivos imperialistas?

Ahora, si ‘todo es una construcción cultural’, ¿cómo luchamos contra la violencia contra la mujer? Que me digan cuál es la herramienta cultural para luchar contra la violencia a la mujer.

Todas las propuestas de protecciones de las mujeres, post-violencia, no funcionan; y pre-violencia, por definición no van a funcionar porque están en la matriz del presente régimen social.

En nuestro Partido hemos llamado sistemáticamente, hace mucho tiempo, a la organización socialista de las mujeres trabajadoras con características militantes, de manera que están en los barrios, en las fábricas, etc., movilizadas contra la violencia. Movilizadas desde el punto de vista de la propaganda y movilizadas desde el punto de vista de la acción directa. Digo ‘de la propaganda’ porque hay que persuadir a muchos obreros a que el camino de la emancipación pasa, en primer lugar, por el respeto a su compañera y por el respeto a cualquier mujer en general. Los socialistas tenemos que librar una lucha política dentro de nuestra clase y, en primer lugar, movilizar al proletariado en apoyo a la lucha de la mujer trabajadora y de la mujer ‘tout court’.

Mujer, clase y partido

Ahora, ustedes fíjense que ¿cuál es la diferencia que tenemos en este enfoque de género con lo que explicaron Olga [Viglieca] y Cintia [Frencia]?

Había un Partido Socialista en Alemania que crecía a raudales, y prácticamente era un Estado dentro del Estado. Tenía cinco periódicos por Estado (está dividida Alemania en varios Estados), tenía cooperativas, sindicatos, periódicos, corales, orquestas sinfónicas… Había dos Estados: la monarquía y el Partido Socialista.

Y estaba la organización socialista de las mujeres, que entró rápidamente en conflicto -cuentan ellas- con la burocracia del Partido y con la burocracia de los sindicatos socialistas. Lo mismo que tiempo después protagonizaría la juventud con el aparato del Partido. En las discusiones entre las obreras del PS y las feministas, en más de una oportunidad el aparato del Partido apoyó a las feministas, en especial cuando se trataba de tejer una alianza entre socialistas y feministas -o sea a desarrollar un frente policlasista sobre la base de las reivindicaciones femeninas. La organización de la mujer del PS se identificó con la izquierda del Partido. La colaboración de clases se explicitó antes en el movimiento de la mujer, y luego en la guerra se va a explicitar en la colaboración política en el Estado con el capital alemán, los feudales alemanes, contra el proletariado de los otros países y contra el proletariado alemán. Pero comenzó como una propuesta de colaboración de clases en el movimiento de la mujer.

Es decir: detrás de esto está el problema de convertir al movimiento de la mujer en el punto de partida de un Frente Popular. El feminismo de género representa, en este punto, una vía de desvío político para las masas en su conjunto. Los obreros más avanzados deben disputar este terreno, convirtiéndose, en primer lugar, en los sostenedores más enérgicos de la lucha de la mujer.

Tenemos acá, para terminar, el siguiente punto: en la izquierda argentina están completamente asentadas la teoría de género, la construcción cultural, la alianza con la mujer burguesa y la colaboración de clases. Inclusive en el Frente de Izquierda. Como en esa película de Julia Roberts, dormimos con un adversario ideológico y estratégico potencial. La deliberada acción de evitar la delimitación clara del feminismo de género, así como la adopción de su método teórico, es un rasgo común del izquierdismo trotskista, que debe ser combatido en la teoría y en la acción política. El izquierdismo de la paridad de género como la vía para la igualdad de derechos es un planteo completamente antagónico al punto de vista de aquellas socialistas, y nada en la historia ha desmentido a aquellas socialistas. Aquellas socialistas hicieron la Revolución de Octubre.

La conciliación entre el marxismo y el feminismo de género se manifiesta en forma directa en el campo político de la izquierda con la promoción de los partidos amplios, ideológicamente ‘plurales’, que incorpora a ese feminismo. Desde el campo del género, la pequeña burguesía ha impuesto su posición de clase: no al partido obrero, sí al partido plural y al movimientismo.

Los partidos amplios -en Europa se llaman así -no tienen una ideología ni un programa. Aglutinan construcciones identitarias. ¿Qué quiere decir ‘identitarias’? Que se ordenan por un criterio ajeno al desarrollo social en el campo del trabajo -étnicos, géneros, naciones. Todo lo que no es una entidad generada históricamente por la lucha de clases, sino definida al margen de esa lucha de clases. Aunque está condicionada por la lucha de clases -y los marxistas la toman como parte de la lucha de clases-, en cambio, es definida por otros como no vinculantes a ella -que lo justifican como una superación del reduccionismo. Entonces, se forman partidos feministas, ecologistas, “con perspectivas plurales. Cada uno tiene una perspectiva diferente.

Obviamente, con una perspectiva diferente de todo el mundo, el capitalismo puede quedarse tranquilo: nunca se va a reunir la fuerza necesaria para poder derrocar al sistema capitalista. Ya este concepto, esto que estamos criticando y que el libro de Frencia y Gaido tan bien desarrolla, lo vemos en partidos trotskistas que se disuelven en formaciones ajenas o practican en ellas un seguidismo estratégico. En lugar de esto, es necesaria una campaña con este libro, para desarrollar una conciencia de clase en el proletariado acerca de la lucha de la mujer. Con una gran concurrencia de varones.

¿Cuál es el punto de cierre de esta exposición? La lucha por el derecho al aborto.

Un elemento decisivo en esta lucha es que la clase obrera intervenga a favor del derecho al aborto. En particular, por el hecho de que la Iglesia y la burocracia sindical están en contra. Acá tenemos un fenómeno un poco inverso al que estuvimos describiendo con Cintia y Olga. Ahora no se trata de que hay mujeres burguesas y mujeres socialistas, ahora se trata de que hay obreros que siguen a la burocracia y obreros con independencia de clase frente al movimiento de la mujer por el derecho al aborto.

El movimiento de la mujer por el derecho al aborto es un movimiento masivo, pero entre los obreros, una parte sigue a la burocracia, en forma pasiva o no tomando partido, porque tampoco la burocracia lo incita a que tome partido en contra del derecho al aborto, porque tiene miedo que si los incita a tomar partido, los obreros van a empezar a discutir, alguien va a venir con alguna idea, y en el camino va a volver a casa o en donde sea, le va a decir a la mujer: “Vieja, hoy tuve todo un debate político: me sumo a la lucha ésta”. Y descubre una nueva aproximación política.

El que el obrero se interese por la lucha de la mujer y la tome como propia equivale a la conciencia de clase. Es un obrero con una conciencia de clase porque ha salido de sí mismo y ha comprendido que su propia emancipación es una lucha de carácter universal, y que tiene que ver con la emancipación del género humano, como dice la canción de “La Internacional”.

Entonces, hay muchas tareas por realizar.

Impulsar este movimiento para que triunfe o para que sea muy masivo. Interesar, digamos, a los trabajadores. Y desarrollar una intensa propaganda. Porque la construcción de la mujer -cultural, psicológica, humana- será obra de las mujeres mismas, en las condiciones de la libertad que ellas mismas contribuyan a crear, luchando por el gobierno de los explotados y por el socialismo internacional. No hay nadie que les vaya a decir cómo es una mujer. Es la experiencia de la vida; y nosotros luchamos para que esa experiencia de vida no tenga obstáculos, pueda desarrollarse con amplitud, para descubrir su personalidad femenina, su personalidad humana, su personalidad social, a través de su propia experiencia.

Jorge Altamira es fundador y dirigente nacional del Partido Obrero y de su corriente internacional, la CRCI. Fundó y dirigió Prensa Obrera y esta revista. Autor entre otros libros de La estrategia de la izquierda en Argentina, El Argentinazo, el presente como historia y No fue un martes negro más.

 

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