Argentina ingresa a la crisis mundial

La transición planteada por la derrota electoral del kirchnerismo y la asunción del nuevo gobierno pone de manifiesto una aguda fractura económica, social y política. El rescate capitalista de la bancarrota que deja el gobierno anterior deberá conducir a graves convulsiones sociales y choques de fondo entre las clases. El régimen que buscó darle una salida a la quiebra y a la rebelión popular de 2001 se ha venido abajo, en el cuadro de un agotamiento más general del peronismo y de sus recursos políticos -el régimen de punteros del conurbano y la burocracia sindical. Otra organización política y económica deberá dar cuenta de la crisis planteada, pero deberá ponerse en pie y cobrar forma a través de crisis políticas sucesivas. La fracción que releva al kirchnerismo en el gobierno es la beneficiaria circunstancial de una extrema volatilidad electoral, y tendrá que probar su capacidad de poner en marcha un rescate que exige una confiscación social de gran alcance. Argentina es parte de una transición más general en América Latina, atravesada por la crisis mundial y por el fracaso de las experiencias nacionalistas o centroizquierdistas. El desarrollo de la izquierda revolucionaria -que contará con una tribuna de agitación privilegiada en el Congreso y las legislaturas- depende decisivamente de una comprensión de fondo de la etapa que se abre, y de presentar -en el terreno del programa y las iniciativas de lucha política- una delimitación implacable respecto del nacionalismo en descomposición.

Bancarrota capitalista y rescate

1. La política de pago serial de la deuda usuraria y rescate de los privatizadores a costa del Tesoro -el corazón de los trece años de gobierno kirchnerista- ha conducido a una nueva bancarrota nacional y a un cuadro de disolución del régimen económico. Los registros ruinosos de las instituciones que sostienen al sistema monetario o al Tesoro nacional no pueden ser considerados como categorías aisladas. Lo que ponen de manifiesto es una quiebra más general del régimen económico y de las relaciones sociales capitalistas. Por caso, los bancos privados tienen hoy una parte sustancial de sus activos en letras o títulos del Banco Central, el cual a su turno es acreedor de un Tesoro nacional también insolvente -ello, después de haber destinado recursos crecientes a subsidiar al capital. Pero, como resultado de esa cadena de potenciales quebrantos, la banca privada sólo capta depósitos a fuerza de ofrecer tasas de interés astronómicas, paralizando el crédito industrial y agravando la recesión. La bancarrota del Estado o sus organismos es sólo una manifestación de que la tasa de beneficio del capital se ha derrumbado y exige un rescate general para su recomposición.

Las medidas de viraje al capital internacional encaradas por el kirchnerismo anticiparon la actual línea de ajuste. Pero, al mismo tiempo, formaron parte de un intento último por evitar el desbarranque y salvar al ‘modelo’ oficial. Ese fue el sentido del acuerdo con Chevron, aun cuando su diseño, en última instancia, conducía a un replanteo general de la orientación económica (libertad para el movimiento de divisas y giro de utilidades, internacionalización de los precios de los hidrocarburos). La pretensión de apelar al gas no convencional para zafar del derrumbe económico fue frustrada, sin embargo, por la marcha de la crisis mundial: el desplome de los precios internacionales del petróleo hundió las perspectivas de Vaca Muerta. El kirchnerismo también buscó abrir un ciclo de endeudamiento a tasas usurarias y financiar al Estado mediante la exacción creciente de los trabajadores (impuesto al salario). Estas tentativas parciales chocaron con la crisis internacional -reflujo de capitales de los emergentes, caída de los precios de las materias primas- y con el agotamiento de los recursos políticos del propio kirchnerismo.

2. El rescate que se plantea ahora debe superar los límites de las medidas de ajuste de CFK-Kicillof. La gran burguesía, que se sirvió del intervencionismo económico para ser salvada de la quiebra anterior, reclama un cambio de frente y un socorro del capital internacional. El planteo del gobierno es gambetear la cesación de pagos mediante una operación de reendeudamiento. Este objetivo explica la adhesión de los economistas PRO a la principal tesis del kirchnerismo, a saber, la del supuesto “bajo endeudamiento” actual -a pesar de que la deuda pública total supera los 250.000 millones de dólares. Uno de los puntos de ese operativo es la conversión a títulos públicos de otras formas de deuda, como la que reclaman los fondos buitre, los importadores y las empresas que tienen pendiente la remisión de utilidades al exterior. Este paquete engrosaría la deuda en unos 50.000 millones de dólares, en forma más o menos inmediata. Pero la principal de estas operaciones es la conversión progresiva a títulos públicos de los pagarés que el Tesoro ha entregado al Banco Central para la cancelación de operaciones de deuda en todos estos años, y que orillan los 70.000 millones de dólares. Las garantías del capital internacional para este socorro son conocidas: una megadevaluación y un tarifazo de los servicios públicos, que libere al presupuesto público del sostenimiento de los subsidios. El tarifazo deberá compensar la reducción de impuestos (retenciones) en beneficio de los exportadores agrícolas. La devaluación buscará licuar la deuda pública en pesos y, desde luego, los salarios y jubilaciones. Pero, al mismo tiempo, acentuará el peso de la deuda dolarizada sobre la economía nacional, en beneficio del capital bancario que cuenta con una gran proporción de esos títulos y -según esperan los devaluadores- de quienes ingresen capitales para invertir en activos en la Argentina.

Pero una pseudocapitalización del Banco Central -que sólo captaría dólares a cambio de crear un nuevo tipo de pasivo- elevaría la deuda pública a niveles cercanos al 80/90% del PBI -o sea, a niveles de defol, ¡y sin que ello signifique nuevas inversiones o incorporación de capital productivo! Para habilitar a un nuevo endeudamiento por encima de la gravosa hipoteca actual, Argentina debería ofrecer mayores garantías de repago -o sea, un remate a gran escala del patrimonio nacional y golpes monumentales a las conquistas históricas de los trabajadores. Está planteada una alteración de fondo de las relaciones sociales. Hay que destacar, por ejemplo, la insistencia de los círculos capitalistas en “elevar la productividad del trabajo” -o sea, el llamado a una reforma laboral que refuerce las tendencias al trabajo precario, a la flexibilización de los jóvenes y la destrucción de las conquistas de los convenios colectivos. La presencia de varios representantes de los fondos de inversión en el nuevo gabinete macrista es sintomática, puesto que el papel de estos cuervos es el armado de ingenierías financieras para la absorción y “racionalización” (despidos) de empresas en quiebra. Esta tarea de liquidación de capital sobrante debe jugar, además, un papel disciplinador sobre la fuerza de trabajo -esto es, imponer el control de las paritarias y de la reacción obrera a los ajustes por la vía de un aumento de la desocupación.

En esto consiste la salida capitalista a la quiebra que deja el kirchnerismo. Argentina ingresa definitivamente en la crisis mundial dentro de la legión de países que están sometidos a grandes operaciones de rescate. Esta caracterización descarta una transición indolora y plantea el ingreso a una etapa de grandes convulsiones sociales y crisis políticas.

Contradicciones del rescate

3. En estas condiciones, está cuestionada la posibilidad un manejo ordenado o armónico de la bancarrota. En el pasado reciente, advertimos que había pasado el tiempo de una “devaluación programada”, y que el monumental impasse económico terminaría reservando esa instancia a un golpe de mercado -o sea, a una corrida. ¿El relevo político de CFK por Macri ha cancelado esa caracterización? El macrismo devalúa con escasas garantías externas (créditos) o nacionales (liquidación de divisas por parte de los exportadores) para el levantamiento del cepo.

Por otra parte, la tentativa de relanzar una escalada exportadora -para la cual se han otorgado enormes concesiones al capital agrario- y de arrancar un rescate financiero internacional deberá chocar con las actuales tendencias de la crisis mundial. En 2002, la devaluación de Lavagna-Duhalde se había apoyado en la salida de la economía mundial de la profunda crisis de 1996-2001 (derrumbe de los tigres asiáticos, de Rusia, devaluación brasileña). En cambio, la actual crisis argentina empalma con un agravamiento de la crisis mundial y su desembarco pleno en los emergentes, a partir del freno económico y la ola devaluatoria fogoneada por China. El flujo de capitales se ha revertido, otra vez, de los emergentes a los centros financieros (Estados Unidos acaba de elevar la tasa de interés). Argentina arriba a esta reversión sin haber usufructuado de la ola especulativa de la fase anterior. Los ajustadores locales deberán mirarse en el espejo de Brasil, donde las medidas devaluatorias han agravado las tendencias a la recesión industrial sin haber podido frenar la fuga de capitales.

El macrismo quiere salir del impasse económico replanteando los alineamientos económicos internacionales de Argentina, algo que va a agravar los choques al interior de la burguesía nacional. Una expresión de ello es el debate sobre el rol de China, y de sus posibilidades de digitar el comercio o inversiones de infraestructura en el marco del auxilio financiero tramitado por el kirchnerismo con ese país. Nada menos que el jefe de Techint salió con los tapones de punta contra estos acuerdos, denunciando sus posibles consecuencias en términos de dislocamiento industrial. Varias fuentes atribuyeron a esas divergencias el apartamiento de Sanz -fuertemente vinculado con Techint- del futuro gabinete nacional. Esta puja se instalará con seguridad al interior del macrismo porque éste no renunciará al salvavidas financiero de Pekín. La apertura económica es otro factor de división en la burguesía: una fracción de ella celebra la posibilidad de normalizar el abastecimiento de insumos -es la industria de armaduría cuya gravitación creció con los “nacionales y populares”- y otro sector teme una avalancha importadora y una ola de quiebras.

Otra expresión de estas pujas tiene lugar en el campo petrolero. Lo que está en el tapete es la continuidad del régimen que concentró en YPF los acuerdos de explotación no convencionales (Chevron) pactados por Galuccio-Kicillof. Este esquema está siendo sostenido por un régimen de subsidios a la extracción de crudo, cuya permanencia había prometido Scioli a los gobernadores petroleros. Por el contrario, el sector patronal que expresa el nuevo ministro de Energía, el ex Shell Juan José Aranguren, defiende un retorno al viejo esquema menemista de federalización de las concesiones petroleras, reduciendo el papel de YPF a expensas de otros pulpos.

En suma, el rescate de la quiebra no sólo plantea una confiscación a las masas, sino que será objeto de fuertes choques al interior de la propia burguesía.

Crisis de régimen político

4. La derrota del kirchnerismo ha significado el derrumbe de un conjunto de aparatos y personeros que encarnaban décadas de dominación política sobre las masas. Es el caso de los Othacehé o Curto, los barones del conurbano que perdieron sus municipios, incluyendo entre ellos a varios representantes de la burocracia sindical. El desmoronamiento del régimen económico anterior impone también una reorganización política en diversos aspectos -por ejemplo, el de la relación entre el Estado nacional y las provincias. El debate sobre el reparto de fondos es parte de esa crisis, incluso porque la progresiva reducción de las retenciones -que el Estado central recaudaba y redistribuía parcialmente- acentuará una “federalización” del sistema de ingresos y de gastos, abriendo un nuevo capítulo de las crisis provinciales y de los choques con el gobierno central.

El nuevo gobierno debe sustituir a un método de cooptación que se ha venido abajo por otro, sin que por ello renuncie a echar mano de los recursos del viejo régimen y que aún permanecen en pie. Pero ¿qué régimen emergerá de todas estas contradicciones? ¿Cuáles son los recursos de Macri para poner en pie un nuevo principio de autoridad estatal?

El macrismo resultó beneficiado por la corriente de rechazo político que fue despertando el kirchnerismo en vastos sectores de la población, a partir del agravamiento de la carestía, el impuesto al salario y, en ese cuadro, el gobierno de poder personal. Este proceso se vivió en los cacerolazos de 2012/2013 e, incluso, en las marchas por la muerte del fiscal Nisman. La explotación derechista de las reacciones populares de carácter democrático, frente a los regímenes nacionalistas o centroizquierdistas en descomposición, no constituye una peculiaridad argentina si se tienen en cuenta las movilizaciones masivas contra el régimen de Nicolás Maduro o las marchas en Brasil contra la corrupción del gobierno petista -ni qué decir de otros procesos internacionales como los de Ucrania o Egipto. En oportunidad de los cacerolazos de Argentina, el Partido Obrero señaló el carácter contradictorio de estos movimientos -o sea, el fermento popular contra las arbitrariedades oficiales, por un lado, y la pretensión derechista de explotar esa reacción popular, por el otro. Por ese motivo, y mientras nos delimitamos políticamente de los organizadores de estas marchas, buscamos siempre interpelar a sus concurrentes, sin la menor solidaridad con el gobierno que era repudiado. El rechazo al autoritarismo oficial -decretazos, cooptación de medios, cadenas nacionales- ha estado presente en el resultado electoral del pasado 25 de octubre.

5. Pero la relación entre esta reacción popular y su canalización derechista debe ser precisada, en sus contradicciones y sus límites. El macrismo no fue protagonista de esas reacciones populares. Más precisamente, ha sido un partido de Estado a lo largo de la década K, desde el gobierno de la capital del país. La gestión macrista de la Ciudad ha seguido la orientación general del ‘modelo’ -acaparamiento inmobiliario, entrega del presupuesto a una camarilla empresarial, Estado de servicios de inteligencia (“Fino” Palacios), regimentación de la clase obrera con el concurso de la burocracia sindical (la paz social que el macrismo se ufana haber conseguido en la Ciudad fue pactada con los sindicatos de la ‘izquierda’ kirchnerista, como el de los docentes o el del subte).

En el proceso político de estos últimos dos años, el macrismo demostró comprender la profundidad de la crisis de la camarilla oficial -y del peronismo en particular- cuando rechazó reiteradamente un frente con Massa, que expresaba al postkirchnerismo -o sea, a una porción del aparato oficial y de la burguesía que se distanciaba del gobierno en reclamo de un viraje económico. Macri, sin embargo, sólo se benefició de esa disgregación política en el último episodio de una serie de batallas electorales que se caracterizaron por su extrema volatilidad. Vale recordar su traspié en las elecciones provinciales de Santa Fe y luego el balotaje de la Ciudad de Buenos Aires, que Rodríguez Larreta estuvo a punto de perder (lo cual hubiera enterrado las pretensiones presidenciales de Macri). En el manifiesto político que editamos después del 25 de octubre señalamos que la misma base social que votó en la Ciudad a Lousteau para que no gane Macri, luego se inclinó por Macri en la general, en repudio al régimen de poder personal de CFK. Finalmente, el balotaje presidencial terminó con una arremetida final de Scioli, cuando comenzó a denunciar a Macri como devaluador y ajustador.

Esta volatilidad da cuentas de la precariedad sobre la que se asienta el conjunto de la transición política. Un sociólogo derechista afín al nuevo gobierno acaba de caracterizar al macrismo como “un movimiento de opinión que se vuelve mayoritario circunstancialmente, pero su victoria no se apoya en un hecho social consolidado” (La Nación, 6/12).

Todo lo anterior desmiente la conclusión que el PTS ha plagiado a los sociólogos del kirchnerismo: que el macrismo habría conquistado “cultural” o “ideológicamente” a todo un sector de la población. Los mismos que se habían deslumbrado con la “Argentina kirchnerista” (2011) y le atribuyeron una “victoria cultural” al gobierno de Chevron y Barrick Gold, se han encandilado ahora con la “cultura macrista”. Pero el macrismo no ha conquistado profundamente a ninguna fracción de los trabajadores o de los explotados, apenas ha canalizado circunstancialmente el hartazgo popular de un régimen agotado. Las crisis y los ajustes que se vienen lo van a poner de manifiesto.

Es esta fragilidad la que explica la tendencia del nuevo gobierno a buscar un pacto y un punto de apoyo con los elementos de la “vieja política” (PJ). Ello se manifestó tempranamente en ocasión de la crisis de Tucumán, cuando Macri rechazó el reclamo de que se volviera a votar y emplazó a los voceros locales de su bloque a aceptar las resoluciones de la junta electoral amañada por el gobierno. Un apoyo al reclamo de nuevas elecciones hubiera empujado a Macri a un choque con la liga de gobernadores, cuando está obligado a cogobernar con ellos. Del mismo modo, Vidal ha colocado al frente de la seguridad bonaerense a un duhaldista, para tender puentes con los barones del conurbano que sobrevivieron a la catástrofe electoral.

6. El macrismo buscará apoyarse en estos elementos para fracturar a la “vieja” coalición kirchnerista y proceder a la tarea de desmantelar el Estado camporista.

Otro terreno de los compromisos políticos será el Congreso, donde Macri carece de una mayoría propia y deberá establecer un sistema de acuerdos. El macrismo tendrá que lidiar con la fractura del aparato de Justicia y la descomposición de las llamadas fuerzas de seguridad o inteligencia, episodios en los cuales él mismo ha sido un nefasto protagonista. El resultado del balotaje es apenas el punto de partida de un conjunto de crisis políticas agudas, que deben ser abordadas con planteos e iniciativas políticas.

Por lo pronto, y de cara a los cimbronazos económicos que se vienen, los “republicanos” de Cambiemos se han volcado muy tempranamente a un régimen de decretos. Macri ha descartado la convocatoria a sesiones extraordinarias, por lo que las medidas nodales del ajuste -eliminación de retenciones, endeudamiento y otras- serán adoptadas por el Ejecutivo. El régimen de camarilla no es un atributo “nac & pop”, sino una imposición de la bancarrota. Es necesario denunciar este temprano autoritarismo político y el carácter encubridor de las convocatorias a la “unidad nacional” en ese marco.

Macri no se va a privar de los rasgos bonapartistas heredados del régimen anterior, aunque al mismo tiempo esté obligado a un relevo del personal que lo puso en marcha (o a su cooptación). De todos modos, los golpes de mano serán episodios en la búsqueda de un pacto político y de un acuerdo de gobernabilidad con el PJ.

Balance del kirchnerismo

7. La salida del kirchnerismo del gobierno sanciona el mayor fracaso del nacionalismo burgués para gobernar el país en términos de los intereses nacionales y de su mayoría trabajadora. En lo esencial, el kirchnerismo trabajó para rescatar a los intereses capitalistas que condujeron a la quiebra de 2001/2002. En primer lugar, el “modelo” re- encauzó a la Argentina en el pago de la deuda usuraria, después del defol de 2001. Los megacanjes de 2005 y 2010, la cancelación de la deuda con el FMI y, más recientemente, con otros organismos, caracterizan al “desendeudamiento” -que el kirchnerismo presentó como un factor de autonomía nacional- como un gigantesco operativo de vaciamiento de la economía nacional en beneficio del capital financiero. Para cancelar los vencimientos de deuda, el kirchnerismo apeló a las reservas del Banco Central, a los fondos de la Anses, del Banco Nación e incluso del Pami. Como resultado de este proceso, Argentina pagó casi 200.000 millones de dólares, al cabo de lo cual la deuda pública en dólares casi duplica a la que se registraba en vísperas del defol de 2001.

Junto a la deuda externa, el kircherismo rescató al otro pilar del menemo-cavallismo: las privatizaciones. El régimen de subsidios compensó a los monopolios privados de servicios públicos por el congelamiento de tarifas y, al mismo tiempo, le aseguró a la burguesía industrial una reducción en el valor de la fuerza de trabajo, que contabilizaba tarifas subsidiadas. El kirchnerismo rescató a las privatizaciones incluso cuando apeló a estatizaciones parciales -como ocurrió en YPF, al resarcir generosamente a Repsol por su salida de la petrolera y, al mismo tiempo, abrir paso a nuevas alianzas con petroleras internacionales.

El “modelo” financió este rescate apelando a las exportaciones de soja, a costa de acentuar la entrega de la producción agraria al capital financiero y a los monopolios de agroquímicos. Del otro lado, el llamado “modelo productivo” acentuó el dislocamiento industrial y el parasitismo -o sea, la industria de armaduría, dependiendo como nunca de las importaciones. La transferencia de riqueza social al capital financiero y a la burguesía industrial fue sostenida sobre la base de la precarización laboral y los bajos salarios. En su mejor momento (2007/8), los salarios reales de la “década ganada” no superaron los ya degradados ingresos de la década menemista. Luego, cuando comenzó el desmadre del régimen económico, la inflación superó a los ajustes paritarios -ni qué decir de la clase obrera en negro, que representa un tercio de la fuerza laboral del país.

La actual quiebra nacional, por lo tanto, no es el resultado de un modelo concesivo a los trabajadores, como se presentan a sí mismos los kirchneristas, sino del pago serial de la deuda y, en términos generales, del rescate del capital.

Desde la puja por las retenciones al “cepo” cambiario, el objetivo estratégico del intervencionismo oficial fue asegurar el pago de la deuda usuraria, que el kirchnerismo engrosó con los acuerdos del Club de París, Repsol y otros. En todos estos enfrentamientos, el gobierno nunca pudo oponerle una referencia nacional o democrática a los llamados “poderes concentrados”. La “democratización de la palabra” (ley de Medios) no pasó de una reasignación de la pauta oficial en beneficio de algunos capitalistas afines al gobierno. Del mismo modo, la supuesta “democratización de la Justicia” fue una manipulación de nombramientos en favor de la impunidad de la camarilla oficial -otra camarilla, la de los jueces y camaristas tradicionales, se encargó de voltearla. Del lado de los explotados, la regimentación oficial se valió del concurso de la burocracia sindical para manipular las paritarias y, a cambio de ello, protegió el unicato sindical y la supervivencia de los Gerardo Martínez o Pedraza. El kirchnerismo concluye su ciclo entregándole el poder a una variante derechista, sin haber podido encarnar nunca una polarización política en términos progresistas.

8. El valor de un balance de la experiencia kirchnerista es que pone de manifiesto sus límites insuperables para levantarse como oposición al macrismo. Los camporistas han sido un producto del Estado y sus prebendas. Su oposición al macrismo estará determinada por la defensa de estas prerrogativas, nunca por la agenda de las necesidades populares. La pretensión del kirchnerismo de levantar una oposición en nombre de la lucha contra el ajuste está cuestionada por su propia naturaleza ajustadora -por caso, cuando anunciaron la “sintonía fina” para la cuestión de las tarifas, una tentativa de tarifazo que se vino abajo después de la masacre de Once. Todo esto debe ser puesto de manifiesto una y otra vez. La disolución política con el nacionalismo en decadencia en nombre de un “frente antimacrista” sería un crimen, en primer lugar, para la propia agenda de lucha contra el gobierno de Macri. La experiencia de ocho años en la Ciudad es demostrativa de los múltiples pactos del kirchnerismo y el PRO, traicionando la agenda popular. Si el movimiento obrero combativo se subordina al kirchnerismo, sólo aportará a un recauchutaje del decadente nacionalismo capitalista, no a su propia agenda de reivindicaciones históricas o inmediatas. La cuestión es crucial porque la izquierda chavista ya se ha sumado abiertamente a esta operación de reconstrucción del kirchnerismo. Lejos de borrar diferencias, la “lucha contra la derecha” debe acentuar la diferenciación política con el nacionalismo que le pavimentó el camino y reforzar los planteos de independencia política y de lucha por una alternativa política propia de los trabajadores.

Argentina en la tormenta de América Latina

9. La situación argentina se inscribe en una transición más amplia que recorre a América Latina, como consecuencia del derrumbe inapelable de las experiencias nacionalistas o centroizquierdistas que gobernaron la última década y media. La llegada de la crisis mundial al continente -con el derrumbe de los precios de las materias primas exportables- colocó sobre el tapete la completa incapacidad de los “nacionales y populares” para poner en pie la autonomía continental y, por el contrario, su dependencia agravada del mercado mundial capitalista. La izquierda desmoralizada del continente caracteriza a los últimos acontecimientos como un “giro a la derecha”, algo que sirve, en primer lugar, para presentar a los gobiernos nacionalistas o centroizquierdistas como la estación terminal en la experiencia política de las masas. Sin embargo, el derrumbe de estas experiencias es la forma que asume una crisis de las relaciones sociales capitalistas y de los mecanismos de contención política que se pusieron en marcha para hacer frente a otro derrumbe -el de los Macri de la década del ’90.

La transición continental ha vuelto a colocar en el tapete un reordenamiento de los alineamientos internacionales. Macri y Rousseff han acordado el acercamiento del Mercosur a la alianza del Pacífico y a la Unión Europea, lo cual podría replantear el ingreso al Alca si Estados Unidos -como reclamaron en su momento los ‘nacionales’ Lula y Kirchner- levanta las barreras a las exportaciones agropecuarias, que el macrismo pretende relanzar. Un replanteo de este tipo sería el acta de defunción definitiva del Mercosur, al tiempo que acentuará el dislocamiento industrial y será fuente de numerosos choques al interior de la burguesía argentina.

El derrumbe del nacionalismo continental reabre una disputa por el liderazgo político de las masas y la orientación social de los países del continente. Las restauraciones derechistas sólo podrían avanzar en sus programas desatando grandes convulsiones sociales y situaciones revolucionarias. Se ha abierto el campo político al impulso de una acción continental por partidos obreros independientes. Una conferencia latinoamericana de la izquierda revolucionaria debería caracterizar la etapa y establecer las consignas y las tareas para ese cometido político.

Movimiento obrero

10. La clase obrera ingresó en esta etapa política habiendo colocado su voto mayoritario a las variantes en pugna de la burguesía. En el acto del 1° de Mayo de 2015, Jorge Altamira señaló que el resultado electoral del Frente de Izquierda estaría fuertemente relacionado con el porvenir de las luchas contra los ajustes del gobierno K. Los límites a nuestra votación son inseparables de un cuadro de reflujo en el movimiento obrero. La recesión industrial, los despidos y suspensiones fueron su telón de fondo. El ajuste llevado adelante por el gobierno kirchnerista ha tenido un impacto mayor en los eslabones más débiles de los trabajadores. Se han producido despidos masivos de contratados o tercerizados en los principales establecimientos fabriles del país. Esta división al interior de la clase obrera ha sido uno de los elementos determinantes para evitar una reacción colectiva. La “vuelta al trabajo”, bajo la década kirchnerista, ha significado más de un 40% de empleo precarizado.

Entre 2013 y 2015, las burocracias -oficial u opositora- se empeñaron en clausurar cualquier perspectiva de lucha contra el ajuste. La reacción contra despidos y suspensiones, que tuvo una amplitud en ciertos gremios -metalúrgicos, la carne-, fue sin embargo controlada por la burocracia sindical, que jugó a fondo para evitar una intervención obrera en el marco de la transición presidencial. También existió una reacción de un sector de los trabajadores contra el impuesto al salario. Claras expresiones de ello fueron las movilizaciones de Fate, Aluar, aceiteros, petroleros y bancarios. En muchos casos, lograron que las patronales tiraran lastre, lo que dio lugar a que luego se extendieran reclamos en otras fábricas.

Por último, estuvieron las batallas de las paritarias, en las cuales una fracción acotada de los trabajadores impuso los métodos de la huelga general y la intervención del conjunto del gremio para defender los reclamos vitales: fueron los casos de la enorme huelga aceitera, de las huelgas docentes en Buenos Aires y Salta, de la Línea 60 y de ATE Mendoza.

Aunque la burocracia de la UOM siguió obediente a los dictados del gobierno nacional, hubo enormes grietas en los mismos plenarios de delegados, con reclamos de paros y movilizaciones que golpearon a la dirección nacional. Junto al freno burocrático, la burguesía optó por realizar concesiones en el proceso paritario, con el fin de evitar cualquier tipo de desborde de la clase obrera durante el proceso de transición electoral

El reflujo, en este cuadro, no significa una derrota, ni para el clasismo ni para la clase obrera en su conjunto. Las tendencias históricas al agotamiento de la burocracia y al surgimiento de una nueva dirección en los sindicatos están más vigentes que nunca.

Los cimbronazos del ajuste van a sacudir profundamente la vida de los sindicatos, que ya están recorridos por una deliberación.

11. Estas luchas que precedieron al año electoral expresaron una falta de preparación para enfrentar las suspensiones y despidos, y pusieron a prueba a buena parte de las direcciones obreras ligadas a la izquierda. Por su parte, las patronales avanzaron hasta el final en aquellos sectores donde percibieron fracturas internas o falta de preparación del cuerpo colectivo de trabajadores. Tal es el caso de las luchas de Lear o Gestamp, donde los activistas despedidos quedaron aislados del resto de los compañeros de las fábricas, aún cuando dirigían la comisión interna. El “petardismo mediático”, que pretendió sustituir con acciones de aparato a una acción unitaria del colectivo de fábrica, agudizó el retroceso de los trabajadores, que rechazaron masivamente esos métodos.

La reciente derrota del PTS en la comisión interna de Kraft es el último episodio de un retroceso que es consecuencia de una política divisionista, autorreferencial y conservadora. En el caso de Kraft, el PTS ganó la comisión interna luego de la huelga de 2009 y, en los seis años siguientes, abortó cualquier tipo de lucha por las reivindicaciones de la fábrica, dejando pasar todo tipo de avance patronal, en nombre de no “poner en riesgo” a la interna. El PCR, junto con elementos del kirchnerismo y de la propia burocracia, ha retomado el control de la organización fabril.

El vaciamiento de Emfer-Tatsa es otro ejemplo, donde una dirección combativa con una gran organización interna, luego de votar en asamblea el proyecto presentado por nuestra bancada por la expropiación y la estatización bajo control obrero, culmina en un acuerdo con el kirchnerismo. Aunque el acuerdo implicó la integración de los trabajadores al ferrocarril, terminó sancionando el vaciamiento de la única fábrica de trenes de la Argentina. En contraste con esto, los intentos de avanzar contra el clasismo fracasaron cuando debieron vérselas con una férrea resistencia del colectivo de trabajadores. Así ocurrió en Ecotrans, Fate, Aluar, Acindar o la 60, por citar algunos casos.

La política de la izquierda en el movimiento obrero está guiada por la autoconstrucción y el faccionalismo. En gremios como gráficos, el neumático, ATE o docentes, este accionar se verifica en forma cotidiana. Esta política, junto con la negativa estratégica a la fusión de la izquierda y el movimiento obrero, ha llevado al fracaso a los encuentros de coordinación del activismo combativo y clasista, que sólo actuaron como factor de presión sobre distintas variantes de la burocracia. Los “encuentros” terminaron en un completo impasse cuando el moyanismo se llamó a cuarteles de invierno.

El surgimiento de sectores independientes a la burocracia que se abren paso en defensa de sus reivindicaciones, como es el caso de Cresta Roja, Bimbo y otras fábricas, debe ser tomado con mucha atención.

12. La etapa que se abre planteará una batalla de fondo, donde los capitalistas y el Estado se empeñarán en alterar las condiciones históricas de explotación de la clase obrera. Entre los elementos que el macrismo tomará del régimen anterior está la incorporación de la burocracia sindical a un sistema de acuerdos para contener al movimiento obrero. También, en el plano de los sindicatos, será archivada cualquier pretensión de una “democratización” desde el Estado.

El planteo de un “acuerdo económico y social”, ya anunciado por Macri y avalado por una importante porción de las direcciones sindicales, apunta a regimentar las paritarias una vez que los “mercados” y los decretazos oficiales -devaluación, tarifazos- hayan dispuesto una colosal confiscación contra el salario. El planteo del nuevo ministro de Trabajo -paritarias sobre la base de la “inflación futura”- delata esta intención, puesto que intentarán desconocer el impacto monumental de la devaluación y tarifazos ya consumados.

La burocracia sindical se propone ser el garante del ajuste contra el movimiento obrero. A cambio, le exige a Macri una normalización de los fondos de las obras sociales, la defensa del unicato sindical y el respaldo contra la izquierda y las direcciones combativas. Los elementos de este acuerdo están presentes en la designación de Triaca como ministro de Trabajo. Macri ya gobernó la Capital en base a acuerdos con Sutecba, UTE e incluso Moyano.

Pero, para avanzar en una regresión histórica de las conquistas obreras, el nuevo gobierno debería imponerle a los trabajadores derrotas equivalentes a las de los ferroviarios, telefónicos o Somisa de los años ’90. Para ello, no bastará con el concurso de la burocracia sindical. Tendrá que enfrentar la experiencia de lucha y la asimilación política de una nueva generación de direcciones clasistas, que tiene su origen en las luchas de finales de aquella década, que continuó con la irrupción del movimiento piquetero y luego con las conquistas de sindicatos y comisiones internas antiburocráticas en la década del kirchnerismo. Desde el punto de vista político, ello significa que debería cerrar el período abierto por el Argentinazo. La lucha de los trabajadores de Cresta Roja es un primer botón de muestra, puesto que el gobierno ha descartado por ahora un rescate estatal y quiere dejar a los trabajadores librados a la suerte de una reconversión empresarial -que un nuevo capitalista se haga cargo de la planta, adquiriéndola a precio de quiebra y procediendo a reducir a la tercera parte la planta de trabajadores.

13. De cara a esta realidad, y en una primera fase de nuestra agitación en el movimiento obrero, tenemos que colocar en primer plano la necesidad de una deliberación de las bases obreras, para elaborar un programa de la clase trabajadora que se oponga al programa de Macri. “Que la burocracia no decida por nosotros”.

El programa inmediato que surge de las medidas ajustadoras del nuevo gabinete es claro: por el bono de fin de año o aguinaldo doble; por el adelantamiento de paritarias a enero; por un salario mínimo igual al costo de la familiar; por un aumento de emergencia para las jubilaciones y el 82% móvil del mejor salario percibido en el último período de la vida laboral; por la integración de los precarizados a planta y el otorgamiento de poder a los cuerpos de delegados para supervisar los contratos laborales y, en el caso de tercerizaciones, la aplicación del convenio más favorable; por la indexación mensual de los salarios ante fuertes saltos de la carestía producidos por los tarifazos o la devaluación; por la prohibición de despidos y suspensiones; por la abolición inmediata del impuesto al salario a los trabajadores convencionados; por la ocupación de toda fábrica que cierre o despida masivamente y su estatización bajo control obrero; por el reparto de las horas de trabajo sin afectar el salario; ningún ajuste: por un impuesto extraordinario al gran capital -bancario, industrial o exportador- por los beneficios originados en la devaluación.

Es necesario abordar esta etapa de reagrupamiento y deliberación haciendo consiente el cuadro de férrea colaboración de la burocracia sindical con el nuevo gobierno. La preparación de un programa y una lucha contra el ajuste es inseparable, por ello, de la batalla por la expulsión de la burocracia de los sindicatos, que en el año que comienza tendrá con grandes episodios (gráficos, neumáticos, alimentación, entre ellos). En los plenarios sindicales que comienzan a agrupar activistas, unimos la necesidad del frente único contra el ajuste a la formación de listas de unidad antiburocrática en todos los sindicatos, y a una estrategia de independencia sindical y política de la clase obrera.

Intervenir en la crisis política

14. Las pujas por el desmantelamiento y relevo del régimen anterior serán otro fuerte terreno de crisis e intervención política. La izquierda revolucionaria no puede abstenerse de estos choques, so pena de entregarle al kirchnerismo un flanco precioso de oposición política al gobierno. Uno de sus puntos fuertes es el control de los organismos o entes que se encuentran presididos por personeros del gobierno anterior, y donde se planteará una pugna para su control. La lucha encierra una contradicción, pues el kirchnerismo es quien ahora alega la institucionalidad -o sea, la permanencia de estos directores hasta que venza su mandato-, cuando hasta ahora reivindicaba el carácter “militante” de los funcionarios. Inversamente, el macrismo apunta a perpetrar un golpe de mano contra ellos, revelando la intención de reemplazar a una camarilla por otra. Un escenario de esta crisis será el de los medios de comunicación del Estado. Al no poder desplazar al titular del AFSCA, el macrismo ha subordinado este organismo a un nuevo ministerio creado en el marco de los decretazos. O sea que, a través de un mecanismo de facto, el gobierno se ha asegurado la paralización de hecho de la ley de Medios, para el caso de que no logre el consenso necesario para derogarla. Los métodos conspirativos del macrismo para desplazar a la claque kirchnerista delatan la intención de avanzar en una mera reasignación de espacios o recursos mediáticos entre lobbies capitalistas. Tenemos que oponerle a este planteo la elección de los responsables del control de medios, las radios y la TV pública a través del voto, su control por parte de representantes electos de los trabajadores de prensa y el reparto de los espacios de los medios públicos entre las organizaciones políticas, sociales y culturales de acuerdo con su influencia.

En el caso de la Justicia se plantea una disputa inmediata por la Procuración General y la Magistratura, lo que se relaciona con las extorsiones a la camarilla kirchnerista por los casos de corrupción, de un lado, y con el blindaje judicial de las medidas de rescate, por el otro. La batalla de fondo, en este punto, es por la nueva composición de la Corte Suprema. A los conjueces y subrogancias del kirchnerismo, el macrismo le ha opuesto nada menos que el nombramiento de dos miembros de la Corte, incluso por decreto. La medida es un emplazamiento al Senado de mayoría pejotista, que deberá optar entre desafiar al macrismo o dar su primera señal de “gobernabilidad”, de cara a las medidas de ajuste que deberá refrendar después. A esta guerra de camarillas judiciales, entre los que buscan la impunidad del kirchnerismo y quienes convalidarán los decretazos del macrismo, le oponemos la elección popular de jueces y fiscales.

La agenda de las libertades democráticas y la lucha contra la impunidad estatal será otro campo de intensa lucha política. La asociación de camarillas capitalistas ligadas al delito organizado y los aparatos de seguridad ha conducido a un nivel inédito de descomposición estatal, que involucra a la Justicia, a las Fuerzas Armadas, a los aparatos policiales y de inteligencia. Por arriba, ello ha tenido expresión en las numerosas crisis policiales que han culminado con el barrido de gabinetes enteros. Por abajo, a través de un fuerte movimiento de lucha contra la impunidad, que integra la agenda popular en numerosas provincias. Este movimiento se liga, a su turno, con el ascenso del movimiento de la mujer contra la violencia de género, que ha tenido expresión multitudinaria en el “Ni una menos”.

Los planteos reaccionarios de los Massa-Macri en relación con la militarización de los barrios también tienen su antecedente en el régimen anterior, cuando los “nacionales y populares” entronizaron a un ex represor (César Milani) para resolver la fractura del aparato de espionaje y delación reforzado por ellos mismos. El nuevo gobierno ha debutado con una “emergencia en seguridad” -o sea, autoasignándose superpoderes en esta materia. Es claro que un planteo de mayor protagonismo militar en la seguridad interior es incompatible con un asedio judicial a los participantes de la represión dictatorial, y a ello apuntó el editorial con el cual La Nación acompañó la asunción de Macri. En esta etapa, el reclamo del juicio y castigo a todos los culpables, de cárcel común y efectiva a los genocidas de Estado, se unirá a la lucha por el derecho a la organización y movilización sin restricciones, y contra la militarización de los barrios. El próximo 24 de marzo será la oportunidad de una gran movilización democrática contra el macrismo, pero también, de delimitación política respecto de los socios políticos de Milani, Berni y Pedraza, hoy devenidos a la oposición.

Carácter de la etapa, programa

15. La burguesía le ha dado un crédito al macrismo que está condicionado a su capacidad de pilotear un rescate financiero internacional. Pero el progreso de ese rescate está supeditado a la marcha de la crisis mundial y, principalmente, a una compulsa de fuerzas con la clase obrera. Una estabilización del nuevo régimen deberá pasar la prueba de crisis políticas y sociales de fondo. Vale el ejemplo del menemismo, que pasó por dos años de crisis de gabinete y grandes huelgas obreras antes de alcanzar un principio de estabilización política. Aunque no podemos prever los ritmos del proceso político, el rescate va a conducir a bruscos virajes en el estado de ánimo de las masas -la “primavera” macrista podría derivar en explosiones sociales e incluso en situaciones revolucionarias. Los propagandistas del gobierno han exaltado la envergadura “técnica” del nuevo gabinete y, en concordancia con ello, la existencia de un supuesto “plan” económico. Este embellecimiento de las medidas del gobierno oculta la verdadera naturaleza del rescate en curso: en verdad, asistimos a una suerte de quiebra o concurso de acreedores, en favor de un puñado de bancos y monopolios cerealeros. Con la devaluación, los exportadores y pooles de siembra lograrán un beneficio extraordinario por la cosecha que acapararon, y cuyos costos afrontaron al “viejo” valor de dólar. Pero a renglón siguiente, podrán colocar los pesos obtenidos a una tasa de interés cercana al 40%. Una estabilización del tipo de cambio, aún de algunos meses, les permitirá obtener rendimientos exhorbitantes en dólares (bicicleta financiera). Esta afluencia de dólares para la liberación del cepo tendrá un enorme costo para los trabajadores y para el país, en términos de carestía, endeudamiento y recesión industrial. La muletilla de que “faltan dólares” es el recurso del gobierno y del capital financiero para montar esta nueva sangría nacional.

Pero el país no necesita nuevas hipotecas, sino sanear su bancarrota financiera a costa de quienes se beneficiaron con ella. Para ello, planteamos la investigación y repudio de la deuda usuraria, la recapitalización del Banco Central a través de un impuesto extraordinario a los grandes capitales, junto a la nacionalización de la banca y del comercio exterior bajo el control de los trabajadores. De ese modo, el ahorro nacional se aplicaría a la industrialización del país, a la mejora material y moral de los trabajadores y al reforzamiento del conjunto de sus derechos. En oposición al reforzamiento del “modelo sojero” -que ha implicado expulsión de campesinos, envenenamiento del suelo y concentración del capital- planteamos la nacionalización de la gran industria de agroquímicos y de la gran propiedad agraria, para establecer una reorganización de la producción agraria en función de las necesidades de la mayoría trabajadora. Frente a la tentativa de rescatar a los pulpos energéticos a costa de los trabajadores y consumidores, planteamos: ningún tarifazo, que se abran los libros y costos de toda la cadena energética y del transporte. Abajo los acuerdos secretos con Chevron. Por la nacionalización integral de la energía y los ferrocarriles, bajo control de los trabajadores.

No hay tal “plan” macrista, sino un remate de la riqueza social del país en beneficio del capital financiero. Le oponemos a ello un plan económico y la reorganización del país bajo la dirección de los trabajadores.

16. Ingresamos en este período con una capacidad de agitación política singular -la presencia de un bloque de diputados nacionales y de numerosas bancadas en las legislaturas y concejos de las principales provincias del país. Pero este registro vale, en primer lugar, para establecer la principal tarea de estas bancadas, como factor de agitación política. Se ha planteado en estos días un primer caso, con nuestro planteo de convocatoria a sesiones extraordinarias, en oposición a los decretazos de Macri.

La intervención en torno de los diferentes episodios de la crisis es un formidable factor de delimitación frente a la oposición patronal, y al kirchnerismo en primer lugar. Pero esto, en la medida en que esa intervención parlamentaria está regida por un programa, es parte de una acción política integral, en los sindicatos y en el movimiento de la juventud, en el impulso a plenarios de activistas, actos callejeros y pronunciamientos políticos. Con el mismo propósito concurriremos a los plenarios convocados por organizaciones obreras combativas.

La circunstancia de que el macrismo no cuenta con mayoría propia en el Congreso no sólo puede conducir a decretazos, sino a recursos plebiscitarios e incluso planteos de reforma constitucional, que sirvan de pretexto para una ulterior renovación completa de las dos cámaras. Bajo ciertas circunstancias de empantamiento político y agudización de la crisis de poder, habrá que evaluar el mérito de plantear una Asamblea Constituyente soberana, con un programa de reivindicaciones políticas y sociales de salida a la crisis en términos de los intereses de la mayoría trabajadora.

Es necesario hacer del debate de estos planteamientos una primera tarea de reagrupamiento político, interesando a activistas y luchadores en la discusión de las perspectivas de esta transición. Vamos a llevar esta deliberación a las reuniones y plenarios de activistas, para politizar sus conclusiones y enlazar las luchas contra el ajuste a un desarrollo político independiente de la clase obrera. Ese desarrollo depende decisivamente de una comprensión de fondo de las posibilidades revolucionarias de la etapa abierta en Argentina y en América Latina, y a ello pretende contribuir el XXIII Congreso del Partido Obrero.

Marcelo Ramal y Juan Pablo Rodríguez son miembros de la dirección nacional del Partido Obrero.

Pablo Rieznik (1949-2015)


Mientras realizábamos las tareas de edición de este número de En defensa del marxismo, fuimos sacudidos por la muerte de Pablo Rieznik, animador permanente de nuestra revista, constructor cabal del Partido Obrero y de la IV Internacional.


 


Pablo fue un representante genuino de la generación del Cordobazo. Se incorporó a Política Obrera (antecesor del Partido Obrero) dos meses y medio después de la gran rebelión de Córdoba, cuando estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas.


 


Su actividad militante, sin embargo, había comenzado unos meses antes, cuando impulsó en Económicas el paro nacional universitario que se había resuelto en repudio al asesinato del estudiante correntino Juan José Cabral. La sanción a un profesor que adhirió al paro, Blas Alberti, reforzó la agitación en esa facultad, que tuvo a Pablo entre sus protagonistas, junto a otra estudiante independiente, Graciela Molle. Poco después, Pablo y Graciela se incorporaban a Política Obrera.


 


Pablo fue un pilar fundamental en la formación de la Tendencia Estudiantil Socialista Revolucionaria (Ters), la primera agrupación juvenil que impulsó nuestra corriente, y que sería un gran semillero de jóvenes revolucionarios. Pablo integró la dirección nacional que, en 1972, en un Congreso de más de 1.000 jóvenes en la Facultad de


Arquitectura, pondría en pie la Unión de Juventudes por el Socialismo (UJS). Simultáneamente, Política Obrera había impulsado un Congreso del Frente Único Clasista, FUC, con más de 400 dirigentes y delegados sindicales.


 


Delimitación del nacionalismo burgués


 


La Ters tuvo importantes desempeños en elecciones universitarias (Económicas, Medicina, Filosofía) hacia el final de la dictadura, y Pablo pasó a ser uno de los 15 integrantes de la dirección nacional de la FUA. En esa instancia, jugó un importante papel en el trabajo de delimitación ideológica y política respecto del nacionalismo burgués, de la Juventud Peronista y Montoneros. En congresos universitarios, donde la voz de la izquierda pretendía ser acallada por la fuerza, Pablo nunca se amilanó: en un recordado episodio de uno de esos congresos, en la Facultad de Medicina, Rieznik tomó la palabra para señalar que, en el día del Ejército, cuando el entonces comandante Anaya prometió “aniquilar a los subversivos”, “el general Perón aplaudía a su lado”. Los jóvenes de la izquierda peronista debieron escuchar lo que sus dirigentes pretendían ocultar: después de hablar, Pablo -y la barra de la UJS- debieron defenderse a brazo partido contra las agresiones. Después de la huelga general de 1975 y en el marco de una creciente diferenciación del activismo obrero y la juventud respecto de la experiencia peronista, la UJS volvió a crecer fuertemente (en frentes de izquierda con otras tendencias) en las elecciones universitarias. Una vez más, Pablo lideraba el nuevo proceso que se abría.


 


Símbolo de la resistencia contra el golpe


 


Con el golpe videliano de 1976, Política Obrera fue ilegalizada y “disuelta” por la dictadura. La militancia pasó a ser clandestina. El partido encaró la nueva etapa contrarrevolucionaria armado de caracterizaciones políticas y templado por la lucha del período anterior contra la Triple A y la represión. En marzo de 1977 se realizó el segundo congreso de Política Obrera, bajo estrictas normas de clandestinidad. Uno de los documentos centrales de dicho congreso fue el balance del gobierno peronista, en cuya elaboración participó Pablo. Pocas semanas más tarde, el 25 de mayo de 1977, Pablo afrontó una prueba crucial de su vida y su militancia: fue detenido -en la vía pública- por una comisión policial y trasladado a la Comisaría 8 a, la que actuaba sobre la vieja Facultad de Filosofía, hoy Psicología, donde tantas veces había intervenido públicamente. Se encontraba junto a Miguel Guagnini, otro dirigente de Política Obrera. Pasó a ser un “desaparecido”.


 


Durante ocho días fue sometido a tremendas y atroces torturas en un campo secreto de la dictadura. No aflojó un instante. Pablo relató que en cierto momento le dieron inyecciones de pentotal (o algún similar) para vencer su voluntad, adormeciendo su conciencia. En esa situación, trató de mantener control sobre su cordura. Recordó la lectura de un libro que Política Obrera había publicado meses antes del golpe: La Tortura, de Henry Alleg, un militante argelino que enfrentó la tortura de los paracaidistas franceses que fueron a quebrar el movimiento revolucionario por la independencia de Argelia. Alleg relataba que, cuando le aplicaban las inyecciones, se pellizcaba la pierna para ver si seguía conciente y podía enfrentar el interrogatorio indirecto, más peligroso para quebrar a un prisionero político que el dolor directo de la tortura. Rieznik lo imitó, derrotando a sus verdugos.


 


Una fuerte campaña nacional e internacional logró su liberación. Entre otros hechos, la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (Unef) se movilizó a la Embajada argentina en París, y amenazó con ocuparla si la dictadura no liberaba a Pablo Rieznik. Finalmente, Pablo fue liberado y arrojado en la vía pública, a merced de otros grupos de tareas. Al salir de su trabajo nocturno, un compañero de la UJS lo encontró casualmente.


 


Semanas más tarde, y desde la clandestinidad, Rieznik fue sacado al exilio para salvar su vida. Pablo nunca ‘usó’ su resistencia a la tortura como instrumento de propaganda: sólo habló de ello cuando declaró frente a los tribunales que juzgaban a los genocidas.


 


Cuartainternacionalista


 


Rieznik fue destacado dirigente de la IV Internacional. En 1972 viajó a Francia a un congreso estudiantil convocado por la Unef. Allí, participó del Comité de Organización por la Reconstrucción de la Cuarta Internacional (Corci), reagrupamiento impulsado por la OCI francesa de Pierre Lambert y el POR de Bolivia.


 


Años más tarde, en el obligado exilio, se integró a la militancia del trotskismo brasileño. También fue uno de los principales animadores de los cursos sobre El capital y la Historia de la Internacional, que Política Obrera realizó en Brasil en 1980 y 1981, con centenares de militantes. Por esos cursos desfilaron y se incorporaron destacados compañeros, como Gregorio Flores.


 


Más recientemente, participó de los encuentros de la dirección de la CRCI en Grecia.


 


Una de sus intervenciones más importantes fue en 1995, en Montevideo, en el Foro de San Pablo. Allí se reunían la mayoría de las corrientes que se reivindicaban de izquierda y antiimperialistas de América Latina. El Partido Obrero había participado desde su fundación en cinco encuentros, siendo el único partido que votaba en contra de los documentos oficialmente aprobados y presentando despachos propios. Fue una gran tribuna del PO, de debate y denuncia de la centroizquierda que se “preparaba para gobernar”, en función de la defensa del orden capitalista. En la sesión inaugural de ese encuentro de mayo de 1995, la delegación del PO, dirigida por Pablo, planteó una ‘moción de orden’: que se discutiera la incompatibilidad de la permanencia del Movimiento Bolivia Libre (MBL), que participaba del gobierno derechista de Sánchez de Lozada. En abril, ese gobierno había decretado el estado de sitio y reprimido fuertemente las protestas populares. Rieznik planteó la exclusión del MBL como primer punto: no se podía discutir con represores del pueblo. Este planteo generó una crisis en el foro: diez organizaciones de Brasil, Uruguay, México, Paraguay y Chile acompañaron una moción escrita en tal sentido. La mesa del foro la bloqueó. El PO se retiró del mismo denunciando que se cerraba toda posibilidad de debate con represores del pueblo, integrados en ese momento a gobiernos defensores del ‘orden’.


 


Tribuno del Partido Obrero


 


En el exilio se recibió de economista. Al volver a la Argentina, después de un tiempo en el que trabajó como bancario, ingreso a la docencia universitaria. Comenzó con otros compañeros a poner en pie el sindicato de los profesores de Sociales, facultad recién constituida, que sería el puntapié inicial para lo que sería Aduba, y luego fue miembro fundador de la AGD-UBA. En 1989 fue detenido junto a la dirección del PO por el alfonsinismo. Cayó preso junto a Cata Guagnini, destacada luchadora por los derechos humanos, también dirigente del PO y madre del compañero con el cual fuera detenido en 1977.


 


En los años ’90, Pablo fue uno de los más destacados tribunos políticos del Partido Obrero. En varias oportunidades fue candidato por la Capital Federal -a jefe de Gobierno y a diputado nacional- y también a vicepresidente, acompañando a Jorge Altamira en las elecciones de 1999.


 


Gran divulgador del marxismo, publicó numerosos libros e innumerables artículos que ayudaron a la formación de las nuevas generaciones. Las polémicas teóricas de Pablo sobre la crisis capitalista marcaron a fuego los debates estratégicos al interior de la izquierda. En esas polémicas, Pablo colocó a las crisis en el lugar histórico de la “fase superior del capitalismo” (Lenin) y, por lo tanto, como manifestaciones insoslayables de su declinación como orden social. La mayor parte de la izquierda, por el contrario, asumió las crisis como una fase del ciclo capitalista; o sea, como una manifestación contradictoria de la tendencia del capitalismo al equilibrio. En uno de los más recordados textos de esa polémica, Pablo señalaba lo siguiente:


 


La elaboración del catastrofismo se encuentra, si se nos permite la expresión, en el alma del marxismo. Marx mismo señaló que no había que ver en la miseria y degradación humana provocada por el capital, no sólo eso, miseria y degradación, sino reconocer en ellos su elemento revolucionario. De la catástrofe, entonces, emana el progreso, y es la civilización que se reconstituye de su negación, es la afirmación del hombre como autocreación por medio del trabajo, superando la alienación de ese mismo trabajo. Marx retomó para su propia cosecha lo mejor de la filosofía de Hegel en la cual se había formado. La catástrofe del capital -o lo que es la tendencia a la disolución social que implica su existencia más allá de las premisas que lo tornaron un fenómeno histórico necesario (y episódico entonces a la escala de la Historia)- es lo que Marx llamó la labor del “viejo topo”, precisamente, porque es la destrucción del capital la que se prepara como resultado de las leyes del movimiento, desarrollo y descomposición… del propio capital”.


 


Este texto, escrito en 2006 y publicado por En defensa del marxismo N° 34, desarrollaba ampliamente los límites y la naturaleza contradictoria de la recuperación de la economía capitalista iniciada en 2002, en el plano de la Argentina y de la economía mundial. Su lectura es crucial para comprender la bancarrota internacional, que se inició un año y medio después, así como la crisis del supuesto “modelo” kirchneriano.


 


Dedicamos la elaboración y las páginas de este número de En defensa del marxismo a nuestro querido compañero, amigo y revolucionario.


 


Libros publicados de Pablo Rieznik:


 


-Endeudamiento externo y crisis mundial: el caso de Brasil. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), 1986.


 


-Marxismo y Sociedad. Editorial Universitaria de Buenos Aires. Eudeba, 2000.


 


-Las formas del trabajo y la historia. Una introducción al estudio de la economía política. Editorial Biblos, 2003.


 


-El mundo no empezó en el 4004 antes de Cristo. Marx, Darwin y la ciencia moderna. Editorial Biblos, 2005.


 


-La revolución rusa en el siglo XXI. Editorial Rumbos, 2008. En coautoría.


 


-Un mundo maravilloso. Capitalismo, socialismo en la escena contemporánea. Editorial Biblos, Buenos Aires, 2009. En coautoría.


 


-1968, un año revolucionario. Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 2010. En coautoría.


 


-La pereza y la celebración de lo humano. Editorial Biblos, 2015.


 

América Latina, la izquierda y la crisis mundial


La bancarrota capitalista internacional no sólo golpea con toda su fuerza a América Latina; además, pone de manifiesto los límites insuperables del nacionalismo de contenido capitalista para sacar al continente de la opresión, el atraso y la miseria social.


 


Durante la primera fase de la crisis internacional, que estalló con la quiebra de Lehman Brothers, el ciclo especulativo, que se había concentrado en las burbujas inmobiliarias de Estados Unidos y parte de Europa, se trasladó a la periferia del mundo. La fabulosa masa de recursos monetarios que los Estados pusieron en circulación para rescatar a la banca en quiebra recreó otra burbuja: esta vez, con la deuda pública y privada de los llamados países “emergentes” y con sus mercancías exportables.


 


En América Latina, las experiencias nacionalistas o ‘progresistas’, que emergieron de las crisis sociales y rebeliones contra el ‘neoliberalismo’ noventista, creyeron ver su oportunidad y alimentaron la ilusión de prolongar sus gobiernos por décadas. Mientras tanto, la contradictoria ‘bonanza’ que llegaba como producto de la crisis mundial era brutalmente dilapidada por las camarillas capitalistas locales: los beneficiarios de los altos precios de las materias primas fueron la boliburguesía venezolana, la patria contratista brasileña -hoy sentada en el banquillo del “Petroláo”-, o Cristóbal López o Lázaro Baez en la Argentina. Los fabulosos ingresos de la exportación actuaban como garantía de un nuevo ciclo de endeudamiento (con excepción del kirchnerismo, que reemplazó al mercado internacional de deuda por el saqueo de los fondos previsiona- les y los bancos estatales). Mientras invocaban al ‘modelo productivo’, las experiencias nacionalistas continentales agravaron la primarización económica y la desindutrialización. De ese boom ficticio, las masas latinoamericanas sólo recibieron la carestía alimentaria, la precarización laboral y un agravamiento de la polarización social, que los gobiernos atendieron con medidas asistenciales.


 


El estallido de las contradicciones de la economía china, con el desinfle de su propia burbuja inmobiliaria y su sobrecapacidad industrial, abrió paso al derrumbe de los precios de las materias primas. En ese cuadro, las ilusiones de prolongar el ciclo anterior con una nueva asociación con el capital extranjero, de la mano de la minería o de la explotación no convencional de hidrocarburos, llega a su fin. América Latina ingresa definitivamente en el vendaval de la bancarrota capitalista, de las crisis políticas y las rebeliones populares.


 


Venezuela, Brasil y los demás


 


Este es el telón de fondo de las crisis y transiciones políticas que envuelven a la región.


 


La descomposición del régimen venezolano no reconoce límites, al compás del derrumbe internacional del precio del petróleo, la carestía, el desabastecimiento y la fuga de capitales. La crisis está arrasando con las propias conquistas bolivarianas, desde el control nacional de PDVSA hasta las medidas sociales sobre los más explotados. La contracara de este proceso es el fabuloso enriquecimiento de la camarilla capitalista ligada al gobierno chavista, que accede privilegiadamente a las divisas que se obtienen en el mercado oficial. El boicot económico derechista que se desenvuelve contra el gobierno -y que tiene una de sus mayores expresiones en el contrabando de petróleo- es consecuencia, sin embargo, del fracaso del intervencionismo estatal, que nunca alteró la base de la gestión capitalista de la economía. Una aguda expresión de esta crisis es el conflicto fronterizo con Colombia, en el marco del intenso contrabando que explota la baratura del petróleo venezolano, de un lado, y la penuria de alimentos en ese país, del otro. La decisión de prohibir el tráfico de personas en la frontera y de deportar más de mil colombianos, por parte del régimen de Maduro, muestra el abandono de cualquier planteo bolivariano o latinoamericanista para abordar la crisis. El chavismo llega a las próximas elecciones parlamentarias de diciembre en medio de un manifiesto inmovilismo, que apenas disimula (como ocurre en Argentina) las medidas de ajuste que se preparan para el período posterior. La derecha, por su parte, aspira a una victoria que la habilite a impulsar un referéndum revocatorio del mandato presidencial. Los próximos meses, por lo tanto, serán decisivos para el desenlace de la crisis venezolana.


 


En Brasil, el nuevo mandato de Rousseff se abocó a contener el reflujo de capitales con medidas de ajuste contra los salarios y el gasto social. Nada de esto impidió la ascendente fuga de capitales y su consecuencia, la devaluación del real. El tobogán económico se ha conjugado con una crisis política de fondo, donde las denuncias de corrupción que apuntan al corazón del aparato estatal delataron el completo entrelazamiento de la cúpula del Partido dos Trabalhadores (PT) con la gran burguesía brasileña. El “petroláo” y sus coletazos, de todos modos, tiene como telón de fondo una disputa entre esa gran burguesía y el capital extranjero, reclamando una apertura económica y comercial que termine con las preferencias del régimen en favor de la gran burguesía. Pero las medidas del gabinete Rousseff en esa dirección no han sido suficientes. En las últimas semanas, y mientras Lula viajaba a la Argentina para expresar su apoyo al candidato oficial Scioli, en nombre de la “unidad latinoamericana”, el neoliberal ministro de Economía de Rousseff buscaba contener una nueva corrida cambiaria con mayores medidas de ajuste contra los explotados brasileños. Hasta el asistencialismo oficial, que contuvo la agudización de los antagonismos sociales del continente bajo el llamado “viento de cola”, amenaza ser desmantelado bajo el impacto de la bancarrota capitalista.


La crisis mundial ha golpeado también la base de sustentación rentista de los gobiernos de Bolivia y Ecuador. En este último país, la caída del precio del petróleo ha colocado en la picota al andamiaje económico y social del gobierno de Correa, y a su régimen monetario dolarizado. En ese cuadro se han producido importantes acciones de lucha contra las restricciones al derecho de huelga y la organización sindical, y los tarifazos en el transporte. En Uruguay, el nuevo gobierno de Tabaré Vázquez ha sido ‘recibido’ con una ola huelguística comandada por la docencia, en un cuadro de intensa delimitación y debate en las organizaciones obreras.


 


En Bolivia, la respuesta del gobierno de Evo Morales a la declinación económica -signada por la caída de las ventas externas de gas y de la exportación minera- han sido los despidos y jubilaciones forzosas. Las huelgas y movilizaciones en la región minera de Potosí, reclamando por las promesas incumplidas en materia de infraestructura social e industrialización, revelaron el carácter parasitario del boom extractivista que atravesó a Bolivia y a toda América Latina: la época de vacas gordas no dejó nada a sus pueblos; la crisis, en cambio, trae medidas de ajuste.


 


Argentina, por su parte, se acerca a una elección presidencial signada por el agotamiento del régimen de emergencia y arbitraje que caracterizó al kirchnerismo. El rescate de la deuda pública y de las privatizaciones en base al presupuesto público, los fondos previsiona- les y las reservas internacionales ha conducido al país a las puertas de una nueva quiebra. La burguesía reclama la vuelta al financiamiento internacional, que exige como condición un ajuste -devaluación, tarifazos, contención salarial-, cuyo alcance supere el que ya ha puesto en marcha la actual administración kirchnerista. Con sus matices, los candidatos que se disputan la sucesión presidencial -Scioli, Macri, Massa- se han comprometido con esta orientación, al igual que la seudoprogresista Stolbizer.


 


Fracaso de la unidad continental


 


Los gobiernos nacionalistas o “trabalhistas” han fracasado también en todos los planteos de unidad continental que pergeñaron en estos años. El Mercosur nunca pudo superar el marco de un conjunto de arreglos comerciales en beneficio de los monopolios capitalistas que operaban en sus propios mercados -en primer lugar, de la industria automotriz. Luego, nació la Unasur, bajo la presión bolivariana y de las contratistas brasileñas que aspiraban al desarrollo de una industria de armamentos bajo su égida. La meta más ambiciosa de esta etapa, el Banco del Sur, fue acariciada al compás del boom especulativo de las materias primas y de los flujos de capitales. Hoy, todos estos planteos se encuentran reducidos a la nada: la crisis mundial ha agravado todas las disputas comerciales al interior del Mercosur. A su vez, las burguesías regionales buscan arreglar por separado con la Unión Europea y otros bloques, para sacar a flote al hundimiento de sus exportaciones. El planteo de la integración regional sólo sirvió para reforzar al gran capital agrario (soja), la expulsión de campesinos, la expoliación minera y el reendeudamiento internacional. Finalmente, la carrera devaluatoria al interior de la región es una competencia por la mayor explotación y precarización de los obreros de sus respectivos países -en esto consiste las invocaciones a la competitividad de los economistas de Massa, Macri o Scioli en Argentina, o el llamado a reducir el “costo Brasil” por parte de sus similares en aquel país.


 


Derecha


 


Un denominador común en la declinación de los gobiernos nacionalistas o ‘progresistas’ es la emergencia de variantes derechistas, que se sirven de la crisis para promover un recambio político y un viraje decidido en favor del capital internacional. Ello está presente en la agitación derechista en Venezuela, aunque el imperialismo apuesta aún a un relevo del chavismo en el marco de los remedios institucionales. Lo mismo ocurre en Brasil, a caballo de la descomposición del PT, e incluso en la Argentina, con la tentativa de levantar una oposición a partir del derechista Mauricio Macri.


 


Las salidas derechistas o de ajuste, sin embargo, tropiezan con los límites de la actual situación internacional, caracterizada por las crisis nacionales, las rebeliones populares y los bruscos desplazamientos políticos. En este cuadro debe consignarse la victoria de la izquierda en Grecia, los traspiés experimentados por la Unión Europea y Estados Unidos en sus intentos por quedarse con Ucrania y la actual catástrofe humanitaria de los refugiados, que agudizó la crisis al interior de la Unión Europea y trasladó a su geografía las consecuencias lacerantes de las guerras de ocupación imperialistas sobre Medio Oriente. Por eso mismo, y por el cuadro internacional que enfrenta, el imperialismo no tiene hoy a la vertiente derechista como su variante principal. En cambio, la orientación central del Departamento de Estado pasa por la política de contención y de acuerdos, como se expresa en el diálogo con Cuba y en el acuerdo con las Farc. La reciente gira del Papa buscó apuntalar esta política. La tentativa de una integración plena de Cuba al mercado mundial capitalista choca, sin embargo, con las tendencias de la propia bancarrota internacional. El imperialismo le exige al régimen cubano el levantamiento de todas las barreras a su penetración y la liquidación de conquistas históricas de sus explotados. Pero tiene muy poco para ofrecerle, en el marco de su propia crisis. La transición que enfrenta Cuba, por lo tanto, debe apreciarse en el conjunto del escenario internacional y del propio continente.


 


La inviabilidad de las salidas derechistas se adivina en las propias medidas de ajuste que están adoptando los nacionalistas o progresistas en respuesta a la crisis, como ocurre en Brasil y otros países de la región, y que han dado lugar a fuertes respuestas populares.


 


El fantasma de la derecha, de todos modos, no deja de ser invocado por los nacionalistas o ‘progresistas’, no para oponerles una orientación antagónica, sino como extorsión contra la clase obrera y los explotados del continente: según ellos, los que viven de su trabajo deberían estrechar filas con los Maduro, Rousseff, Evo o CFK- Scioli, para evitar un nuevo despojo de sus condiciones de vida. El chantaje, sin embargo, no tiene otro propósito que crear las condiciones de ese despojo… a manos de los supuestos ‘progresistas’. Es lo que ocurrió en Brasil, cuando Rousseff ganó su reelección, agitando el fantasma de la derecha para poner en marcha un ajuste feroz apenas asumió.


 


El lugar de la izquierda revolucionaria


 


La crisis continental y el descalabro bolivariano o centroizquierdista abre, por lo tanto, un inmenso campo de intervención política para la izquierda revolucionaria. “A nuestra izquierda está la pared”, una de las frases características de Cristina Kirchner, retrata el esfuerzo del nacionalismo burgués para contener dentro de sus límites a los explotados argentinos. Pero el desarrollo del Partido Obrero y del Frente de Izquierda, como expresión política independiente de los trabajadores, ha desafiado esa pretensión. Como nunca, la crisis mundial -y su desembarco brutal en la región- pone en el orden del día la lucha por partidos revolucionarios, en la perspectiva de la unidad socialista de América Latina.


 


 


* Marcelo Ramal es economista y profesor en la UBA y en la Universidad de Quilmes. Dirigente del Partido Obrero, es actualmente legislador en la Ciudad de Buenos Aires y candidato a diputado del Parlasur por el Frente de Izquierda.


 


 


Referencias


 


Sobre América Latina y la crisis mundial


Osvaldo Coggiola: “América Latina entra en escena”. En defensa del marxismo N° 44, julio de 2015.


Entrevista a Marcelo Ramal: “El Parlasur nonato”. Prensa Obrera N° 1.377, 20 de agosto de 2015.


 


Venezuela


Jorge Altamira: “Golpismo crónico”. Prensa Obrera N° 1.353, 5 de marzo de 2015.


—.—: “Venezuela: crisis bolivariana, crisis continental”. Prensa Obrera N° 1.378, 27 de agosto de 2015.


Gustavo Montenegro: “Venezuela-Colombia: unidad de los trabajadores”, Prensa Obrera digital, 30 de agosto de 2015.


 


Bolivia


Mila Matías: “Hostia y circo para continuar con el ajuste”. Prensa Obrera N° 1.374, 29 de julio de 2015.


Gustavo Montenegro: “El levantamiento de Potosí”. Prensa Obrera N° 1.374, 29 de julio de 2015.


 


Uruguay


Rafael Fernández: “Masivo paro general contra el ajuste del FMI”. Prensa Obrera N° 1.376, 13 de agosto de 2015.


Lucía S.: “Tabaré Vázquez prohíbe huelgas”. Prensa Obrera N° 1.378, 27 de agosto de 2015.


 


Brasil


Jorge Altamira: “Una crisis de elefante”. Prensa Obrera N° 1.377, 19 de agosto de 2015.


 

Puntos para el debate de una resolución internacional

La crisis capitalista internacional ingresa en su noveno año, con sus premisas económicas agravadas. Su recorrido contradictorio implica crisis políticas nacionales e internacionales, y una tendencia hacia luchas y sublevaciones populares.

El potencial revolucionario de la bancarrota capitalista debe ser estudiado y evaluado, en cada momento, de acuerdo con las fuerzas en presencia y a la conciencia y organización de los explotados.

Crisis conjunta

Nuestra corriente presenta una caracterización única que integra todas las contradicciones de una transición histórica con formas propias y específicas.

¿En qué escenario nos encontramos ahora?: 1) ocho años después de la caída de Lehman Brothers, la economía capitalista no ha podido remontar la bancarrota; 2) la política de rescate ha acumulado contradicciones explosivas; 3) China y, en segundo lugar, la ex Unión Soviética, se han transformado en un factor, sino el principal, de agravamiento de la crisis; 4) los “países emergentes” han sido arrastrados al vendaval de la crisis por el derrumbe de los precios internacionales y de la fuga de capitales.

El Estado y la crisis

La intervención estatal para neutralizar o contrarrestar la bancarrota capitalista terminó dándole un nuevo impulso. Esa intervención fue saludada por la izquierda burguesa como una reacción al régimen neoliberal o como una negación estatal del mercado. El Estado, al revés, no intervino contra el mercado, sino en su socorro; no como un poder exterior al capital, sino como un engranaje de la acumulación y la bancarrota capitalista.

En el octavo año desde la aplicación de enormes programas de rescate en Estados Unidos, Europa, Japón y también China, la quiebra financiera, detonada por la crisis bancaria en Estados Unidos, ha llevado a una quiebra de los Estados y a un derrumbe del sistema financiero y del mercado mundial. En Estados Unidos sigue en aumento la cesación de pagos de las hipotecas. El parate industrial no fue superado y la situación de los bancos tampoco ha sido saneada, sino disimulada con la “contabilidad creativa” -que le permite mantener créditos incobrables a su valor original- y la nueva onda especulativa con fondos estatales para lucrar con operaciones de corto plazo en las Bolsas y en los “emergentes”.

Las inversiones no se han recuperado, ni siquiera en Estados Unidos. La recuperación de la tasa de ganancia es limitada y baja, sobre todo, frente a los enormes perjuicios acumulados por el sistema financiero. Las grandes empresas no reinvierten sus utilidades, sino que son derivadas a inversiones u otras operaciones financieras. Estamos frente a una crisis de sobreacumulación de capital que no encuentra posibilidades de inversión lucrativa (o, lo que es otra cara de la misma moneda, de caída de la tasa de ganancia, de la rentabilidad del capital).

La emisión gigantesca de moneda por parte de la Reserva Federal ha creado un bombeo especulativo de dimensiones enormes.

La deuda pública y de las corporaciones ha alcanzado los 100 billones de dólares, un aumento del 30 por ciento respecto de 2008; la deuda pública mundial pasó de 22 billones de dólares en 2008 a más de 70 billones a fines de 2014, y continúa creciendo a ese ritmo; el conjunto del crédito mundial llegó a unos 300 billones y la totalidad del sistema financiero al trillón de dólares -contra un PBI mundial de 60 billones.

Los bancos centrales han intervenido en el salvataje bancario luego de la quiebra de Lehman Brothers. Sólo la Reserva Federal dio préstamos por 16 billones de dólares a los principales bancos mundiales. Han pasado a tener una participación muy activa en los mercados comprando en forma directa acciones de empresas, más allá de ser los principales adquirientes de títulos de la deuda pública de sus propios países. Los bancos centrales de la zona euro y de China son los últimos de la saga. Se trata de una cartera de inversiones de más de siete billones de dólares. Como consecuencia de esto, su capacidad para proceder a nuevos rescates bancarios ha disminuido en forma extraordinaria.

En este escenario se conoce la devaluación del yuan. Representa un salto en la crisis, pues refleja una enorme fuga de capitales por la caída de las exportaciones de China, que se han desplomado, afectadas por el conjunto de la crisis mundial.

La demanda internacional hacia Beijing se encuentra en descenso, la caída de la tasa de ganancia refleja que la industrialización ofrece retornos relativos inferiores a los precedentes.

Las medidas que ha tomado el gobierno chino, para contrarrestar la tendencia recesiva de la economía, han ingresado en la fase declinante de su efectividad -por eso el estallido.

La incorporación del yuan como moneda de reserva ha quedado postergada… hasta finales de 2016.

Es cierto que China cuenta con casi 2 billones de dólares, que tiene invertidos en bonos del Estado norteamericano. Pero su uso implicaría una guerra financiera, precisamente cuando el Banco Central norteamericano está buscando distanciarse del financiamiento del Tesoro de su país. Un retiro del financiamiento de China, Japón y Alemania del mercado de deuda norteamericano sería causa suficiente para una guerra financiera. Pero ningún rescate capitalista depende de la caja del Estado, sino de aplicar una reestructuración completa de relaciones sociales.

Depresión

Para figuras prominentes del establishment capitalista hay una perspectiva de “estancamiento prolongado” -o sea, un horizonte de sobreproducción crónico como alternativa a una sucesión de bancarrotas y a una guerra o revoluciones. En Europa y en Japón hay una tendencia definida: la deflación. La tendencia a la caída de los precios o deflación es la manifestación extrema de la depresión económica.

La Unión Europea ha seguido una política deflacionaria, con la intención de salir de la crisis por la vía de mayores exportaciones -o sea, por medio de la exportación de la deflación interna. La finalidad estratégica de la política deflacionaria es rebajar en forma drástica el valor de la fuerza de trabajo, incluyendo la destrucción de la protección laboral y previsional.

La línea que está abriéndose paso son acuerdos bilaterales y de bloques, como el Acuerdo Transpacífico (conocido como TTP) que se acaba de firmar. El TTP es un acuerdo principalmente entre Estados Unidos y Japón contra China, la gran excluida del tratado. Washington ha trabajado con Tokio para impulsar el acuerdo, a la vez que fomenta la remilitarización de Japón. La Casa Blanca ha estado reforzando sus alianzas diplomáticas y militares en toda la región de Asia- Pacífico para desafiar las reivindicaciones territoriales de China en el estratégico Mar de China meridional.

Crisis de la restauración capitalista

La restauración del capital en los ex Estados obreros se combina con poderosos remanentes de la economía centralizada -es decir que no se ha completado como fenómeno de conjunto. Domina una forma bastarda de capitalismo, constituida por una hegemonía del Estado y por una apropiación de los activos del Estado por parte de una oligarquía sin capital (en una especie de acumulación primitiva de capital tardía o sui generis), que busca introducirse en los intersticios del capital financiero mundial. La distinción entre capitalismo en ascenso, y capitalismo decadente o en declinación, como instrumento de análisis, revela su pertinencia histórica.

La deuda mundial viene creciendo a un ritmo vertiginoso, pero en China ha adquirido un carácter explosivo: pasó de 7 billones de dólares en el año 2007 a 28 billones a mediados del año pasado -es decir, se cuadruplicó en menos de diez años. En relación con el PBI es ahora más grande que la de Estados Unidos -el 282 por ciento del PBI (Informe de la consultora McKinsey Global Institute).

Una tercera parte de la imponente deuda proviene del llamado sistema bancario en las sombras, el cual funciona al margen de las regulaciones legales. Los préstamos a los gobiernos locales han crecido también muy rápidamente sobre una base extremadamente frágil; 1,7 billones de dólares corresponden a instrumentos financieros de dudosa cobrabilidad -se los cataloga como bonos basura.

Las huelgas han sido tan numerosas como espectaculares en China. Cada vez mejor organizados, los trabajadores duplicaron la cantidad de huelgas durante los últimos cuatro años. Estamos frente a “un movimiento de protesta que supone un difícil problema para el gobierno del Partido Comunista, atento a cualquier indicio que pueda amenazar su control del poder” (AP, 8/4/15). A pesar de la persecución, el activismo gremial se está ampliando lentamente. El gobierno ha empezado a tantear otras variantes de contención.

En medio de estas presiones cruzadas y crecientes de las diferentes clases sociales, se ha ido acentuando el papel de árbitro que juega el presidente, que va adoptando una forma bonapartista. La institución presidencial ha ganado poder y autoridad en detrimento de la burocracia estatal y partidaria. Las remociones y las purgas hechas por el primer mandatario son una manifestación de este proceso.

Un razonamiento metodológicamente similar se puede aplicar a Rusia.

La irrupción de Vladimir Putin al gobierno fue un recurso excepcional para poner un límite a la desintegración estatal de Rusia. Putin impuso un régimen de poder personal, promoviendo un nuevo “reparto de la propiedad”, que incluso asumió la forma de una reestatización. La nueva centralización del Estado, precaria en su base económica (exportación de petróleo), estuvo dirigida a salvar el ímpetu de la restauración capitalista. Ahora, la caída de los precios del petróleo ha dado un golpe de gracia a un régimen acosado por el derrumbe económico (retroceso del 5% del PBI, caída del rublo, fuga de capitales).

En China o Vietnam no se ha completado, ni de lejos, la expropiación capitalista del inmenso campesinado de esos países, víctima, según una definición reciente, de un “capitalismo gangster”. La pretensión inicial de restaurar el capitalismo en China mediante una progresiva diferenciación en el campo fue rápidamente abandonada, porque entrañaba una acumulación de capital muy lenta.

Las rebeliones en el campo chino son sistemáticas: hace dos años produjeron una comuna local, que hizo frente al Estado central durante varios meses.

Asistimos a un desarrollo combinado: en China, una nación donde 2/3 de sus 1.400 millones de habitantes se encuentran por debajo del nivel de la pobreza, se desarrolla una especulación inmobiliaria.

La cuestión agraria en Rusia no es menos aguda, porque aún está en juego el destino de decenas de miles de cooperativas agrarias que carecen de capital, pero cuya conversión en empresas capitalistas modernas supondría la cesantía de millones de personas y la destrucción del medio urbano en el campo. Es uno de los puntos cruciales de la crisis de Ucrania.

Crisis de los países emergentes

A diferencia de la crisis de los años ’30, la bancarrota capitalista no debutó con una crisis agraria ni se tradujo inicialmente en una caída de los precios de las materias primas. En lugar de ello, asistimos a un auge de las cotizaciones de los commodities y, a caballo de esto, de un florecimiento económico de los llamados países emergentes. Mientras la economía de los países centrales se hundía en la recesión, aquellos países experimentaban una onda ascendente en su actividad económica. Esto se apoyó en la expansión de China, que le dio un gigantesco impulso estos años a la demanda mundial. Precisamente por esto, los emergentes se vieron favorecidos, asimismo, por el ingreso de capitales.

Este ciclo abrió la ilusión -incluso en la izquierda- de un cambio de paradigmas, de la afirmación de China como nueva potencia hegemónica y la emergencia de un polo alternativo como el de los Brics, capaz de rivalizar con los principales bloques capitalistas. Hoy, estamos de vuelta de este proceso. Estamos frente a una inversión de tendencias. China, en lugar de sacar al mundo de la crisis, terminó siendo arrastrada por ésta. Los precios de las materias primas han caído en picada, empezando por el petróleo, pero la situación se extiende a los metales y a los alimentos, mientras asistimos a una fuga de capitales. Por primera vez, en China, han salido más capitales de los que ingresan.

Algo que no se ha advertido lo suficiente es que el período de bonanza de los emergentes no ha redundado en un desarrollo independiente -ni siquiera se ha insinuado un avance en esa dirección. Por el contrario, la demanda internacional de materias primas ha potenciado la primarización y el carácter rentista de las economías de América Latina. Esto, no solamente en materia de minería metalífera y petróleo, como ocurre en Chile, Perú, Ecuador o Venezuela, sino también en el caso de las exportaciones agrarias, donde nuevamente el capital financiero acapara la mayor parte de la renta del campo, por la vía de los fideicomisos, los pool de siembra y los pulpos proveedores de semillas modificadas e insumos agroquímicos. Más allá de los límites del comercio agrícola, las naciones de la periferia han sido víctimas del estallido de la burbuja especulativa alimentada por la emisión monetaria de Estados Unidos y por el boom del mercado agrario internacional (que sirvió de sustento a esa especulación). Los métodos aplicados para neutralizar la bancarrota capitalista, por parte de los distintos Estados, han potenciado el alcance de esa bancarrota.

Europa

1) La crisis y la evolución política de Grecia constituyen el corazón de los problemas políticos de Europa en la etapa actual. El año 2015 se abrió con un triunfo de Syriza y un gobierno con el partido derechista Anel.

Este gobierno acepta desde el inicio las condiciones de colonización de Grecia por parte de la Unión Europea. La capitulación final de Syriza se produjo luego del monumental pronunciamiento en el plebiscito convocado por el mismo gobierno, donde el 62 por ciento de la población se inclinó contra el ajuste. Esto demostró la excepcional capacidad de maniobra de un gobierno contrarrevolucionario de centroizquierda cuando frente a él no se ha desarrollado un partido revolucionario. Todos los balances que omiten este hecho son inútiles para ofrecer una salida obrera a la crisis. La clase obrera no pudo improvisar una dirección en medio de batallas políticas decisivas. La falta de una preparación previa, por medio de una estrategia política, no puede corregirse con la intervención en las “instancias decisivas”. La definición clásica del abstencionismo propagandista se ha visto refutada.

En el viraje de las masas que pavimentó el ascenso político de Syriza en 2012, el conjunto de la izquierda griega por fuera de Syriza (comenzando por el Partido Comunista, de importante base en los sindicatos) sostuvo una posición abstencionista en relación con la crisis de poder. En ocasión de esas elecciones de 2012, desarrollamos el planteo de que la consigna de Syriza de “un gobierno de izquierda” debía ser tomado por la izquierda revolucionaria, oponiéndolo a la acepción que le da Syriza (gobierno parlamentarista) y definiéndolo en términos anticapitalistas -en primer lugar, como un gobierno de trabajadores que repudia la deuda externa, que revierte todas las medidas de ajuste contra los trabajadores, que plantea la confiscación de la banca y rompe con la Unión Europea. El objetivo era intervenir en una crisis abierta por un viraje de las masas con un planteo de poder, contrastando los objetivos de éstas con las perspectivas de la izquierda democratizante e interviniendo especialmente en la base obrera del Partido Comunista. Planteamos el Programa de Transición como un programa de movilización política de las masas por el poder, en lugar de entenderlo como un sistema de consignas sindicales aisladas entre sí.

Los límites de la estabilización política que ha logrado Syriza ya se encuentran en naufragio. Los gobiernos kerenskistas han probado en, otras experiencias históricas, su capacidad de contención y desmoralización de los trabajadores y que pueden llegar a tener una existencia prolongada en el tiempo, amparados en un reflujo de las masas. Ninguna crisis va a resolver la crisis de dirección, que sólo será revertida por una preparación sistemática de la izquierda anticapitalista con un programa de transición, en especial sobre el gobierno obrero-campesino.

2) La situación en Grecia también ha sido un golpe para la izquierda agrupada con Syriza en toda Europa. Podemos, surgido con posterioridad al movimiento de indignados de España, y que puso énfasis en un cuestionamiento de la ‘casta política’ más que en el ajuste capitalista (frente a lo que se limita a plantear una malla de contención social), ha desarrollado acuerdos de gobierno a nivel regional con el PSOE (o sea, con la ‘casta’). En España, Podemos encaró la elección del 20 de diciembre en un cuadro de retroceso y derechización. Las posiciones de Podemos han ido a la derecha de la mano de la capitulación de Syriza, que Pablo Iglesias acompañó viajando luego de las elecciones que ratificaron a Tsipras. Podemos encaró la campaña golpeado, asimismo, por el retroceso del chavismo, en el cual toda su plana mayor ha abrevado. Críticos de izquierda señalan incluso en este plano una capitulación, porque Podemos ha dejado de reivindicar al chavismo en el marco de su crisis. La campaña contra “la casta” política ha abierto lugar al crecimiento de Ciudadanos, una formación política de derecha, que también explota el eslogan de la “renovación” -mostrando que se presta para una utilización derechista. La campaña de Podemos, por último, plantea una reforma constitucional “de consenso” de las fuerzas parlamentarias luego del 20 de diciembre.

El Bloco de Esquerda y el PC en Portugal han formado gobierno con el PS en nombre de un conjunto limitado de reivindicaciones sociales. La contradicción es manifiesta, porque el sometimiento del Partido Socialista a la Troika coloca a los “trotskistas” como parte de un gobierno ajustador. Esto no ha impedido que este bloque esté sufriendo una dura ofensiva por parte de la derecha portuguesa, frente a la cual es cantada una capitulación política del frente PS-Izquierda en todos los puntos en disputa. En este escenario planteamos el llamado a movilizarse por un gobierno de izquierda, frente único de las organizaciones obreras contra el ajuste y la ruptura de la política de colaboración de clases.

El Secretariado Unificado ha acentuado su línea movimientista. En España, Izquierda Anticapitalista se disolvió para poder ingresar a Podemos, lo que generó una crisis en la organización. Izquierda Unida no ingresó en Podemos, pero encara una campaña marginal con un contenido democratizante acentuado. En Francia, el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) se encuentra en franco retroceso, atravesado por una crisis interna y una división entre los partidarios de subirse a un frente de izquierda dominado por el Partido Comunista y quienes postulan una vía autónoma. Esta crisis ha dejado al desnudo el fracaso de la operación política que llevó a la construcción de un partido amplio y plural que acogiera las “sensibilidades diversas”. Francia tuvo un ascenso de la izquierda, pero no de la revolucionaria. En el último período, incluso la izquierda partidaria de la colaboración de clases ha experimentado un repliegue.

En términos generales, los desafíos que la bancarrota capitalista le ha colocado a la izquierda europea ponen al desnudo, más que nunca, la crisis de dirección del proletariado como problema histórico.

3) Las tendencias disolventes de la Unión Europea tienen otra de sus manifestaciones en el resurgimiento de los movimientos separatistas. El nacionalismo catalán es un resultado directo de la bancarrota capitalista, dado que la burguesía y el autonomismo catalán reclaman una porción mayor de la recaudación tributaria y plantean que Cataluña podría atenuar las consecuencias de la crisis si lograra desembarazarse de los gastos generales que afronta el Estado español para el conjunto del país. Arthur Mas ha armado un cronograma “separatista” para no llegar nunca a la secesión: cada una de las estaciones del proceso está pensada para arribar a una negociación con el Estado español. Pero la pretensión de una redistribución de los ingresos fiscales del conjunto de España a favor de Cataluña acicatea la crisis para el conjunto del Estado. Esto explica los choques políticos y la amenaza de intervención catalana por parte del gobierno central.

La burguesía catalana, que se ha beneficiado de los rescates bancarios del Estado español, defiende una integración a la Unión Europea frente a la inviabilidad de que una Cataluña independiente haga frente por sí sola a los rescates que impone la crisis mundial. La ruptura con España daría pie, en estas condiciones, a una caricatura de Estado, una suerte de protectorado bajo la tutela de la Unión Europea y, en especial, de Alemania.

La cuestión catalana está hundiendo a la izquierda bajo el peso de la adaptación a dos bandas: de un lado, a la burguesía española; del otro, a la burguesía catalana. Podemos sostiene una posición ambigua, reflejando las presiones capitalistas opositoras a la independencia de Cataluña. La izquierda soberanista (CUP) discute el voto a Arthur Mas, representante de la burguesía catalana y ajustador en regla, bajo la presión de tener que convocar nuevas elecciones que podrían “retrasar” el proceso soberanista. La discusión por el voto a Mas va a engendrar una crisis interna en la CUP. Defendemos la autodeterminación catalana, con un programa de unión republicana y socialista de los pueblos de la península ibérica, la ruptura con la Unión Europea, la unidad de los trabajadores del Estado español.

4) La expansión de la Unión Europea hacia el este ha replanteado, a su vez, la cuestión nacional ucraniana.

El trasfondo de la situación ucraniana es un vasto operativo de recolonización imperialista que tiene por objetivo último a Rusia y, más inmediatamente, el desmantelamiento de remanentes agrarios de la ex Unión Soviética. Esta tentativa incluye una posible incorporación a la Otan.

La supuesta resurrección del “imperialismo ruso” constituye un anacronismo: la restauración del capitalismo ha convertido a Rusia en un Estado periférico que no podría ser superado por un régimen putiniano.

5) La catástrofe de los refugiados es un resultado directo de la guerra imperialista y ha incorporado a Europa en un mismo campo geográfico de crisis con el Medio Oriente.

Los ‘cupos’ de refugiados propuestos por Merkel -o sea, la ‘socialización’ de la crisis- han provocado una división en el bloque: Reino Unido le saca el cuerpo, un grupo de países del Este buscan desentenderse (“es un problema alemán”, dijo el primer ministro húngaro) y Grecia e Italia se muestran desesperados ante la impasse por ser los receptores primarios. En este escenario, algunos países optaron directamente por el levantamiento de muros, control de fronteras y una política abiertamente represiva (movilización del ejército).

La catástrofe de los refugiados y la rebelión de mediados de 2015 (marchas de refugiados y solidaridad popular) plantea un programa: asilo incondicional y sin cupos, asistencia estatal integral, abajo las deportaciones y los “centros de traslado”, derecho al trabajo. Y una acción internacional común de los trabajadores contra la guerra y el imperialismo, por un gobierno de trabajadores y los Estados unidos socialistas de Europa y del Medio Oriente.

6) Los atentados fascistas del Estado Islámico en París, como previamente ocurrió con el atentado contra la redacción de Charlie Hebdo, han sido manipulados por los Estados europeos para avanzar en legislaciones de excepción y supresión de libertades constitucionales.

Los socialistas revolucionarios deben denunciar la ‘unidad nacional’ reaccionaria y la guerra imperialista, y plantear la unidad de los explotados y la lucha contra sus propias burguesías. Una parte de la izquierda democratizante europea se está plegando a la ofensiva del imperialismo bajo el pretexto del terror del Estado Islámico.

7) A la par de manifestaciones hacia la izquierda, el agotamiento de los partidos tradicionales se expresa también por derecha. Las variantes de tipo fascista (Ukip británico, Amanecer Dorado, Jobbik húngaro, etc.) se distinguen por el planteo de poner fin a la zona euro y, en algunos casos, por plantear una alianza con Rusia. Son un último recurso para el caso de desintegración de la Unión Europea.

Medio Oriente

La situación actual de Medio Oriente se caracteriza por: 1) la reversión de la Primavera Arabe; 2) el tortuoso desarrollo del intento del imperialismo de reordenar el mapa de Medio Oriente a partir de la intervención en Irak y Afganistán, y proceder a un nuevo reparto de la región en beneficio del Estado sionista, y 3) el agotamiento progresivo, y de larguísimo término, del nacionalismo árabe.

1) El golpe de Estado en Egipto, en 2013, representó un punto de inflexión en la evolución de la Primavera Arabe. El golpe contó con la venia del imperialismo y, fundamentalmente, de Israel.

El golpe derribó al gobierno de los Hermanos Musulmanes, un gobierno de nacionalismo religioso islámico que había canalizado la rebelión popular contra el gobierno de Mubarak, en un primer intento de reconstituir el Estado. Las conexiones de los hermanos Musulmanes con Hamas, que posibilitaban un apoyo a través de la frontera de Gaza, resultaban intolerables para Israel.

El apoyo de la izquierda y de la burocracia sindical fue vital para los golpistas, en la medida que les permitió presentar el golpe como la expresión de una reacción popular laica contra el gobierno islamista. La orientación de la dirección del movimiento popular contra Mursi se volcó hacia el golpismo. En las recientes elecciones del régimen, la izquierda ni siquiera fue a elecciones. Ha quedado totalmente relegada. La lucha contra el golpe no implicaba, por supuesto, ningún apoyo al gobierno de los Hermanos Musulmanes. La contribución decisiva de los bolcheviques en la derrota del golpe de Kornilov fue la antesala de la revolución de octubre contra el gobierno de Kerenski. La derrota al movimiento popular en el golpe de Egipto ha sido un factor fundamental en el revés de la Primavera Arabe.

En Turquía se constata también esta inversión de tendencias. Hemos pasado de la rebelión de Parque Gezi y la revitalización del movimiento nacional kurdo a la victoria de Recep Erdogan en las últimas elecciones. Erdogan ha creado un estado de guerra interna, que oficia de excusa para atacar al movimiento nacional kurdo y quebrar el proceso de convergencia creciente entre éste y los trabajadores y la juventud turca, enfrentada al gobierno. Los atentados, cuya autoría es atribuida al Estado Islámico, se inscriben dentro de este propósito: no podrían haberse consumado sin la complicidad directa del gobierno o, al menos, su apañamiento.

2) La situación en Siria tiene su origen, a su vez, en el callejón sin salida al que han llevado a las rebeliones populares en el mundo árabe las direcciones del nacionalismo árabe, de un lado, y la intervención del imperialismo, de otro. La debilidad relativa del levantamiento popular sirio impidió una victoria frente al régimen de Al Assad de las características que tuvo el derrocamiento de Mubarak, en Egipto, o Ben Alí, en Túnez. Hay quienes siguen sosteniendo, incluso en las filas de la izquierda, que en Siria hay, incluso el día de hoy, una “revolución democrática”, pero las formas de organización populares han desaparecido, vaciadas de contenido, desnaturalizadas o cooptadas al servicio de formaciones militares que actúan de peones del imperialismo o de los principales países árabes que se diputan la hegemonía de la región.

La intervención rusa ha modificado el escenario de la guerra en Medio Oriente. Los frentes abiertos que enfrentan a Putin y Occidente involucran toda la agenda de colonización capitalista del este europeo.

3) El Estado Islámico (EI) se formó sobre la base de una reacción de un sector proveniente del viejo aparato de Estado de Saddam Hussein, en combinación con las milicias provenientes de Al Qaeda.

El EI es la última estación de la descomposición del nacionalismo árabe islámico, que actúa con los métodos del terrorismo y el fascismo. Los enfrentamientos pretendidamente sectarios, en realidad, tienen un carácter de choque entre intereses sociales definidos.

Denunciamos la posición de todo un sector de la izquierda europea que ha llamado a apoyar la ofensiva imperialista con el argumento de la lucha “contra el fascismo”. Pero, la excusa de la guerra “contra el terrorismo” lleva al estado de excepción y al crecimiento de las tendencias fascistizantes en la propia Europa.

Apoyamos a fondo las movilizaciones contra este estado de excepción. La lucha por las libertades democráticas en Medio Oriente, incluso contra el terror fascista del EI, es una tarea de las masas. Los métodos de movilización de las masas de la Primavera Árabe marcaron el camino y no podrán ser borrados de la experiencia de las masas por un largo período.

En este cuadro general hay que colocar la cuestión de Palestina y la larga colaboración política de la Autoridad Nacional Palestina con el imperialismo, su integración colaboracionista con los servicios israelíes, fundamentalmente a partir de los llamados “acuerdos de Oslo”. El Estado sionista cabalga en forma simultánea con Estados Unidos, por un lado, y Rusia, por el otro, para obtener la mayor tajada del reparto, en colaboración con las dictaduras de Egipto y Arabia Saudita.

América Latina

1) La crisis, que tiene su expresión más emblemática en Venezuela y Brasil, pero que sacude a otros países de la región, incorpora, en mayor grado, a América Latina en la crisis internacional en curso. Ingresamos en una nueva etapa política caracterizada por la fractura de los regímenes políticos y una tendencia a la explosión social o situaciones prerrevolucionarias.

La bancarrota del chavismo y del PT brasileño, como el de sus asociados en el continente, está vinculada al derrumbe del precio de las materias primas -proceso, a su turno, íntimamente relacionado con la velocidad que ha adquirido la crisis capitalista en China, a su vez afectada por la profundización de la bancarrota mundial.

Los elevados ingresos por la exportación de commodities actuaron como garantía de un nuevo ciclo de endeudamiento en la región.

Fue un fenómeno generalizado el fuerte crecimiento de las reservas de los bancos centrales de los países latinoamericanos. Esto produjo la ilusión de que la deuda externa de estas naciones latinoamericanas se había finalmente ‘domado’, que estaba bajo control, cubierta por las excedentes reservas de divisas. Estamos, ahora, frente al proceso inverso: fuga de capitales hacia las metrópolis, dejando nuevamente en pie las usurarias deudas externas de las naciones atrasadas con el capital financiero.

En el período de ‘bonanza’, la burguesía latinoamericana no usó los ingresos para avanzar en un proceso de industrialización ni en una mejora drástica de su infraestructura productiva, para sentar las bases de un desarrollo nacional independiente. Estos ingresos extraordinarios fueron usados para ‘honrar’ la deuda y como botín de las oligarquías capitalistas que se formaron en torno de los gobiernos nacionalistas y centroizquierdistas. Nos referimos al régimen de prebendas y corruptelas que beneficiaron directamente a la boliburguesía venezolana, la patria contratista brasileña -hoy sentada en el banquillo del “Petroláo”- o los ‘amigos del poder K’, los Cristóbal López, Lázaro Báez y compañía en la Argentina.

Como balance de conjunto se debe concluir que mientras se invocaban ‘modelos productivos’, las experiencias nacionalistas continentales agravaron la primarización económica y la desindustrialización. De ese boom, las masas latinoamericanas sólo recibieron la carestía alimentaria, la precarización laboral y un agravamiento de la polarización social, que los gobiernos atendieron con medidas asistenciales.

2) Una de las lecturas más extendidas es que estamos asistiendo a un cambio de ciclo -del populismo al ascenso de la derecha. Pero la tarea de la derecha está en pañales: derrotar a las masas en condiciones de bancarrota económica internacional.

3) Venezuela se dirige a una suerte de doble poder entre el Ejecutivo y la Asamblea Nacional en el marco de una crisis económica de características catastróficas. El sector mayoritario de la oposición tiene conciencia de que este panorama podría desembocar en una explosión social y política, y a un “voto castigo” o una victoria por la negativa. Una fracción minoritaria de opositores, que encabezan el encarcelado Leopoldo López y María Corina Machado, plantea pasar a la vía de los hechos. Estamos frente a una división tanto del oficialismo como de la oposición. La llamada “comunidad internacional” presiona por una “salida dialogada”, precisamente porque teme que la situación se desmadre.

El oficialismo y buena parte de la izquierda latinoamericana han atribuido a la ‘guerra económica’ la derrota electoral, encubriendo la responsabilidad de la camarilla gobernante en la desorganización económica. El boicot económico que se desenvuelve contra el gobierno es consecuencia directa del fracaso del intervencionismo estatal, que nunca alteró la base de la gestión capitalista de la economía.

El sabotaje económico que denuncia Maduro tiene una de sus fuentes en la “boliburguesía”, la burguesía amiga, cuyo crecimiento ha promovido el propio gobierno.

Las numerosas nacionalizaciones que ha llevado adelante el chavis- mo no han servido para desarrollar las fuerzas productivas nacionales. Sidor, por ejemplo, trabaja a un mínimo porcentaje de su capacidad. Queda nuevamente de manifiesto que el carácter progresivo de las nacionalizaciones está condicionado a la orientación general del régimen político: el estatismo bajo control de la camarilla chavista y la boliburguesía fue un factor de quiebra de las arcas públicas que no abrió ninguna perspectiva de desarrollo.

Esta política, que fue haciendo aguas por todos lados, fue arrasando las propias conquistas bolivarianas, desde el control nacional de PDVSA hasta las medidas sociales para los más explotados. La contracara de este proceso es el fabuloso enriquecimiento de la camarilla capitalista ligada al gobierno chavista, que accede privilegiadamente a las divisas que se obtienen en el mercado oficial.

El movimiento obrero venezolano, a pesar del creciente desencanto con el régimen, sigue atenazado políticamente al chavismo. La izquierda ha contribuido a reforzar esa tendencia, llamando a cerrar filas con el gobierno en nombre de la lucha contra la derecha.

El impasse que se ha creado pone más al rojo vivo la necesidad imperiosa de una acción política independiente de la clase obrera. Los explotados deberían terciar en la crisis política. Pero, para que ello suceda, es necesaria su independencia política y formar un partido obrero independiente. Las consignas transicionales que apunten a la cuestión de poder deberán ir siendo precisadas en el propio curso de la crisis, teniendo en cuenta la comprensión que la propia clase obrera vaya alcanzando de la crisis planteada.

4) En Brasil, el nuevo mandato de Rousseff se reveló impotente, pese a las sucesivas devaluaciones, para contener la crisis económica y la salida de capitales. El PBI se contrajo más del 4% en 2015. La desocupación superó el 8% y hubo una ola de despidos en la industria y la construcción. La caída del precio internacional del petróleo ha tenido un efecto demoledor sobre el conjunto de la economía, cuyo pivote se encontraba en las inversiones ‘pre-sal’ de Petrobras y su constelación de contratistas. Hasta el asistencialismo oficial, que contuvo la agudización de los antagonismos sociales, amenaza ser desmantelado bajo el impacto de la bancarrota capitalista. La popularidad de Rousseff se desmoronó en tiempo récord.

El declive económico se conjugó con una crisis política de fondo: el “Petroláo” (escándalo de sobrefacturación de obras públicas relacionadas con Petrobras) golpea a los principales partidos e involucra a todos los estamentos del Estado, especialmente al PT y el Poder Ejecutivo. La incapacidad de pilotear el ajuste ha provocado el avance del impeachment contra Rousseff. El juicio político, sin embargo, constituye un mecanismo tortuoso y crítico de reorganización política.

Detrás del “Petroláo” se esconde una pelea entre la burguesía local, empezando por los popes de la patria contratista brasileña (Odebrecht y compañía, cuyos directivos están en la cárcel), que supieron orbitar alrededor de Petrobras, y un sector del capital extranjero que reclama una apertura económica y comercial que termine con las preferencias del régimen en favor de la gran burguesía: pretenden una ola de privatizaciones en el petróleo y en la contratación de obra pública. El agotamiento del régimen petista tiene su epicentro en Petrobras: un “rescate” brasileño pondría en el centro de la agenda el desguace del esquema de explotación petrolera, una cuestión que demandará una reorganización social de fondo de alcance continental.

Los movimientos Sin Tierra y Sin Techo, así como algunos grupos de izquierda, se movilizan a favor del gobierno en nombre del peligro de la derecha. Pero el PT le allanó las puertas: cogobernó con ella, la entronizó en los principales ministerios y le entregó -al PMDB- toda la línea de sucesión presidencial. El PT es responsable también del avance privatista sobre Petrobras. Esto vale también para el PSOL, el cual se ha colocado -con matices- en el campo de apoyo al gobierno, lo cual no impidió que el grupo brasileño del PTS (el MRT) acordara candidaturas comunes para las elecciones municipales del año próximo y reclamara el ingreso al PSOL, en nombre de capitalizar “por izquierda” lo que caracterizan como una “crisis de representación”. De nuevo, quedan de manifiesto los límites insalvables de estas categorías de análisis, cuando lo que se desarrolla es una bancarrota económica y política de fondo.

El Congreso brasileño no tiene autoridad para encarar el juicio político. La podredumbre se extiende a todo el régimen político. Como ángulo de intervención ante la crisis abierta, ponemos a consideración el planteo: que se vayan todos, que la crisis la paguen los capitalistas, combinando la cuestión del ajuste y la crisis política. Es una consigna por la negativa, pero que cumple la función de denuncia política y delimitación de los trabajadores de los bloques patronales en presencia.

5) Los gobiernos nacionalistas o frentepopulistas han fracasado en todos los planteos de unidad continental que pergeñaron en estos años. La Alianza Bolivariana para América (Alba) impulsada por el chavis- mo se ha hundido. El Mercosur nunca pudo superar el marco de un conjunto de arreglos comerciales en beneficio de los monopolios capitalistas -en primer lugar, la industria automotriz- que operaban en sus propios mercados. La Unasur nació bajo la presión bolivariana y de las contratistas brasileñas que aspiran al desarrollo de una industria de armamentos bajo su égida. La meta más ambiciosa de esta etapa, el Banco del Sur, que fue acariciada al compás del boom especulativo de las materias primas y de los flujos de capitales, hoy está abandonada. La incorporación de Venezuela al Mercosur -con el planteo de una integración energética- quedó en la nada: el Gasoducto del Sur no pasó de los planes.

La presión del imperialismo yanqui ha llevado a la firma de un acuerdo de libre comercio -Acuerdo Transpacífico (TTP)- que arrastró a un conjunto de países latinoamericanos (México, Chile y Perú -se habla de que también adheriría Colombia) a una apertura de fronteras comerciales con vistas a una guerra comercial contra China. En las conversaciones mantenidas entre Macri y Rousseff se habría coincidido en la búsqueda de una aproximación a este eje del Pacífico, lo que sería un peldaño más en la defunción del Mercosur.

Entre tanto, se agravan todas las disputas comerciales y enfrentamientos dentro del Mercosur. Las burguesías regionales buscan arreglar por separado con la Unión Europea y con el imperialismo yanqui. La carrera devaluatoria al interior de la región es una competencia por la mayor explotación y precarización de los obreros de sus respectivos países -en esto consisten las invocaciones a la competitividad de los economistas de Massa, Macri o Scioli en Argentina, o el llamado a reducir el “costo Brasil” por parte de sus similares en aquel país.

El desenlace electoral en Venezuela desatará una nueva pugna por el petróleo de ese país -una réplica de lo que ocurre en el Medio Oriente. El destino de PDVSA y el desarrollo productivo del Orinoco replicará lo que ocurre con Petrobras, donde hay una disputa de fondo entre los capitalistas locales y las corporaciones extranjeras por la apropiación de los recursos hidrocarburíferos del país. El derrumbe del nacionalismo y el centroizquierdismo convertirá a América Latina en campo orégano de la disputa por nuevos repartos de recursos y territorios entre las potencias capitalistas.

Oponemos a estos enfrentamientos, y a la guerra de rapiña que se prepara, la unidad de los pueblos latinoamericanos en la defensa de sus recursos y de las necesidades sociales. Impulsamos una acción internacional por la expropiación de los pulpos petroleros y la nacionalización de los principales recursos al servicio de una industrialización y del interés popular. Por gobiernos de trabajadores. Por la unidad socialista de América Latina.

6) Cuba ha entrado en una nueva fase transicional de características contradictorias. Por un lado, la apertura del presidente norteamericano Obama es un reconocimiento de que, en más de medio siglo, no pudo doblegar a la Revolución. Por el otro, la isla protagoniza un pronunciado proceso de diferenciación social, donde la burocracia castrista fogonea y apunta a favor de una restauración capitalista. Pero la tentativa de una integración plena de Cuba al mercado mundial capitalista choca con las tendencias de la propia bancarrota internacional. El imperialismo le exige al régimen cubano el levantamiento de todas las barreras a su penetración y la liquidación de conquistas históricas de sus explotados. Pero tiene muy poco para ofrecerle en el marco de su propia crisis. En este marco, el agotamiento del chavismo ha operado como factor adicional de crisis para el régimen, que depende de las entregas petroleras de Venezuela para mantener su exiguo esquema energético.

Es necesario tener en cuenta todos estos factores a la hora de formular un programa, que debe plantear que el levantamiento del bloqueo sea incondicional, que los derechos de los trabajadores sean defendidos por sindicatos independientes libremente elegidos, que la defensa de la salud y la educación gratuitas sea garantizada por una gestión directa de los trabajadores. La defensa, asimismo, de una economía que aún es planificada, implica el monopolio del comercio exterior y de los bancos.

Muchos en la izquierda descuidan el aspecto contradictorio del proceso en marcha, lo ven como un retroceso histórico fatal. “No hay un signo igual entre el levantamiento del bloqueo y la privatización de la economía; al revés, para imponer esta privatización el imperialismo necesita usar el bloqueo como arma de presión. Una perspectiva revolucionaria haría del levantamiento incondicional del bloqueo un arma de agitación en los Estados Unidos” (Prensa Obrera N° 1.377).

Puerto Rico, la isla hermana, muestra la otra cara de la moneda. Los ‘privilegios’ del colonialismo se vienen a pique con la bancarrota del capitalismo mundial. A través de la crisis -o sea del pago forzado y confiscatorio de una deuda ‘externa’ que ha beneficiado por un largo tiempo a los especuladores-, resurgirá el tema de la independencia en la agenda política. De todos modos, Puerto Rico es el eslabón más débil de una cadena de insolvencias que se prepara en distintos niveles sub-estatales de Estados Unidos, con la consecuente afectación del “orden público” en el territorio continental.

7) Resumiendo, la crisis continental y el agotamiento irreversible de la experiencia bolivariana y centroizquierdista abren un inmenso campo de intervención política para la izquierda revolucionaria. Esta intervención se va tener que desenvolver en un escenario especial dominado por la fractura del Estado y la economía capitalista, y una tendencia a la explosión social o situaciones prerrevolucionarias.

Este escenario pone al rojo vivo y a la orden del día la formación de partidos revolucionarios, de modo de transformar a la clase obrera en un factor político en la crisis que ya está en desarrollo y en una alternativa de poder. En esa perspectiva se inscribe la convocatoria a una Conferencia Latinoamericana que el Partido Obrero impulsa junto al PT de Uruguay.

16 de diciembre de 2015

Pablo Heller y Juan García son miembros de la dirección nacional del Partido Obrero.

Grecia: el eslabón roto

Grecia es el país emblemático de la actual crisis capitalista mundial. Desde el momento en que el país declaró la imposibilidad de pagar su gigantesca deuda y el primer “rescate”, en 2010, de la Comisión de la Unión Europea (UE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) -el primer vergonzoso “Memorando de entendimiento”, que introducía una austeridad draconiana- Grecia pasó a ser el foco de la atención mundial.

Se convirtió en una causa constante de temor y preocupación para las clases dominantes y las instituciones imperialistas, particularmente en la Unión Europea.También, en una fuente de inspiración para todas las víctimas de la misma crisis en todo el mundo, gracias a las movilizaciones sin precedentes -a menudo de carácter insurreccional- de las masas populares que resistían a las bárbaras medidas de austeridad impuestas por la troika UE-BCE-FMI y sus sirvientes voluntarios en los sucesivos gobiernos griegos.

Lo que especialmente ha producido temor y esperanzas, tanto en el país como internacionalmente, fue un poderoso giro a la izquierda de las masas empobrecidas, buscando encontrar una solución política a los explosivos problemas sociales, conduciendo al poder gubernamental a un antes pequeño partido reformista, Syriza.

Ahora, toda esta secuencia histórica de eventos, desde la primera movilización de masas en 2010 a la elección de un “gobierno de izquierda anti-austeridad” liderado por Syriza en enero de 2015 y su ignominiosa capitulación a la troika siete meses después -mediante la firma de un tercer “memorando”, de una austeridad incluso más severa-, ha sido definitivamente clausurada y comienza una nueva.

Para el movimiento de los trabajadores, especialmente para su vanguardia militante en la izquierda revolucionaria, es vital entender esta secuencia no como una sucesión lineal de diversas luchas sociales y elecciones parlamentarias, sino como una invalorable experiencia estratégica que debe ser analizada de manera seria y profunda, y superada dialécticamente.

No es posible ningún análisis ni elaboración de una estrategia revolucionaria como guía para un programa, tácticas, políticas y una organización política práctica en la lucha por una salida de la crisis política y socio-económica, sin entender firmemente y sin profundizar constantemente una comprensión marxista de la dialéctica en proceso entre los desarrollos históricos mundiales y las peculiaridades nacionales, sin disolver la crisis universal en una generalidad abstracta y sin convertir la particularidad nacional en una entidad auto-contenida.

La crisis capitalista mundial y Grecia revisitadas

En diciembre de 2008, tres meses después del colapso de Lehman Brothers y del colapso financiero mundial, surgió en Grecia una revuelta revolucionaria masiva y prolongada, liderada por la juventud, que sacudió a todo el país y al gobierno derechista de Karamanlis, luego del asesinato de un estudiante de 15 años, Alexis Grigoropoulos. El director del FMI en esa época, Dominique Strauss-Kahn, hizo la aguda observación de que esta revuelta representaba “la primera explosión política de la actual crisis económica mundial”(1). Fue el trueno antes de la tormenta mundial y el preludio de una tragedia griega en continuo desarrollo y sin final, donde “todo el mundo es un escenario”(2).

La crisis capitalista global, que hizo erupción con el colapso del mercado de las hipotecas sub-prime estadounidenses en 2007, movió rápidamente su epicentro a la Unión Europea y a la zona euro, donde Grecia, el legendario “eslabón más débil”(3) de la cadena europea, ha sido roto irremediablemente en 2010, bajo el peso de una deuda insostenible sobre las contradicciones específicas de la formación social griega. Los “rescates”, por parte de la troika de la Comisión UE-BCE- FMI, atados a medidas de austeridad draconianas, han devastado la sociedad griega con una catástrofe humanitaria sin lograr resolver -sino más bien exacerbar- la crisis, aplastando a las clases medias, agudizando la polarización social y agregando combustible a la revuelta popular.

La resistencia a la austeridad hizo colapsar el sistema político bipartidista de la burguesía (la derecha de Nueva Democracia y la socialdemocracia de Pasok, vigente en las últimas cuatro décadas luego de la caída de la dictadura militar en 1974), tumbó a sucesivos gobiernos y catapultó a un pequeño partido reformista de izquierda (Syriza) al lugar de oposición oficial en las elecciones de 2012 y, finalmente, al gobierno -en 2015.

Los siete meses de “negociaciones” infructuosas del gobierno de Alexis Tsipras con la troika UE, BE y FMI fueron una verdadera tortura, otra “vuelta de tuerca” sobre Grecia, una coerción sin límite, amenazas de una Grexit (salida de la UE), extorsión mediante de una asfixia de liquidez sobre el quebrado sistema bancario. Mientras tanto, el llamado “primer gobierno de izquierda” pagaba la deuda a todos los usureros internacionales, exacta, completa y puntualmente, vaciando los depósitos de todas las instituciones públicas y los fondos de pensión. Finalmente, contra el deseo de la mayoría del pueblo expresado en el referendo del 5 de julio con una impresionante victoria del No a la austeridad y la extorsión de la troika, el gobierno de la “izquierda radical” convirtió esta victoria en una vergonzosa y humillante derrota: el grupo liderado por Tsipras capituló el 13 de julio de 2015. Firmó un nuevo rescate, vinculado con un tercer “Memorando de entendimiento” de nuevas medidas de austeridad, incluso peores que la previas, descriptas muy acertadamente por el diario alemán Der Spiegel, como “una lista de horrores”. El resultado inmediato fue una crisis política impresionante que llevó a una división en Syriza, a la caída del gobierno y a elecciones inmediatas el 20 de septiembre.

A pesar de la desilusión y la amargura del pueblo ante la capitulación de Syriza, prevaleció la lógica del “mal menor”. La desilusión se expresó en una abstención sin precedentes y la pérdida de cientos de miles de votos para todos los partidos (con la excepción de las listas de la pequeña izquierda anticapitalista). Está claro que la mayoría popular no quería un retorno al desacreditado sistema burgués de partidos del pasado, así que la derecha fue derrotada y se sumergió en una nueva crisis interna. Lo mismo sucedió con todos los otros partidos neoliberales burgueses. Pero, al tiempo que el pueblo no quería retroceder, todavía no veía ningún camino alternativo hacia adelante. Por lo tanto, Syriza ganó nuevamente las elecciones, contra sus oponentes tanto de derecha como de izquierda.

Syriza revivió su gobierno de coalición con los nacionalistas de derecha de Griegos Independientes -Anel- con un claro viraje más hacia la derecha, incluyendo a los ex ministros de Pasok más liberales. Un gobierno esta vez no comprometido a poner fin a la austeridad, sino a implementar una visión mucho más dura de ella, con algunas promesas de “medidas de alivio” y una vaga perspectiva para una futura “reestructuración” de la deuda insostenible.

Surgen cuestiones candentes de naturaleza estratégica que en la actualidad son intensamente debatidas, dentro de la izquierda griega e internacional, en todos sus sectores. ¿Por qué fracasó la primera experiencia de Syriza? Y ¿por qué aquéllos que en Syriza rechazaron la capitulación y se escindieron no pudieron presentar una alternativa de izquierda convincente y se encontraron con una aplastante derrota en las elecciones de septiembre? ¿Por qué otras fuerzas a la izquierda de Syriza están estancadas? (es el caso del stalinista Partido Comunista- KKE o el caso de las listas de la izquierda anticapitalista -las cuales, a pesar de haber incrementado relativamente su votación e influencia, aún no han superado sus limitaciones.

Todas estas preguntas se refieren a la estrategia, no solamente a la táctica; por eso, tienen que ser tratadas adecuadamente, comenzando por el fracaso de Syriza que llevó a su capitulación irreversible.

¿Por qué fracasó Syriza?

El giro de 180 grados del liderazgo de Tsipras en Syriza, desde una retórica de izquierda desafiante, valiente, radical y anti-austeridad a una vergonzosa capitulación a la troika del capital global (ahora un “cuarteto” dado que el Mecanismo de Estabilidad Europeo -ESM- se unió a la Comisión en un nuevo acuerdo de préstamo), fue un impacto para mucha gente, particularmente todos aquellos que depositaron sus esperanzas en Syriza desde 2012 en adelante. Sin embargo, tiene detrás de él una larga “crónica de desastres anunciados”, en particular luego de su ascenso inicial en 2012, como está ahora bien documentado (por ejemplo por el profesor John Milios, ex miembro del Comité Central de Syriza y ex jefe de consejo económico del partido de izquierda gobernante(4).

La capitulación estaba inscripta en la principal línea estratégica declarada oficialmente y seguida firmemente por Syriza: “Ni ruptura ni capitulación (con la UE, el BCE y el FMI), sino un compromiso honesto”.

Detrás existe, como lo señaló Milios, la ilusión de que es posible un retorno al estado anterior a la crisis capitalista de 2008, mediante una mezcla de tibias medidas keynesianas con “reformas estructurales” neoliberales pedidas por la UE y el FMI. Esta ilusión socialdemócrata está combinada con un vínculo estratégico con el proyecto de integración de la UE, un rechazo firme a cualquier idea de ruptura con la UE y un temor paralizante ante la posibilidad de una “Grexit” forzada de la zona euro.

Una búsqueda desesperada de un “compromiso honesto” imposible, con las inflexibles clases dominantes en crisis, tanto en el país como en el exterior.

Mucho antes de la capitulación del 12 de julio de 2015 o, incluso, del Acuerdo inicial del 20 de febrero de 2015 con la troika (o “las instituciones” como amablemente se la ha renombrado), desde el momento en que arribó a las puertas de conducir el gobierno en junio de 2012, Syriza multiplicó todo tipo de reaseguros, ante todo, a la burguesía griega, a la Unión de Industriales Griegos (SEV) o a los navieros y banqueros, de que sus políticas y programa de gobierno no amenazaban al status quo capitalista.

Además de las apariciones y enunciados de los principales cuadros de Syriza en los eventos públicos organizados por los “think tanks” y las asociaciones de los círculos dominantes del capital griego, existen ahora denuncias que vienen del ex entorno de Syriza que revelan lo que había detrás de las escenas: constantes encuentros secretos y discusiones directas entre Tsipras y su círculo más íntimo de consejeros (como Alekos Flambouraris y Nikos Pappas) con grandes y muy conocidos capitalistas involucrados en la construcción y proyectos de obras públicas, así como de los medios de comunicación(5).

El llamado Programa Thessaloniki 2014, abandonado a principios de 2015, era una aún más diluida versión del programa reformista inicial votado en el último congreso partidario.

Como evidencia de sus sinceras intenciones de colaboración de clases “para defender los intereses nacionales”, Syriza, incluso antes de las elecciones del 25 de enero de 2015, hizo un acuerdo para formar una coalición con el derechista Anel, de Panos Kammenos, un amigo de los navieros y la Iglesia Ortodoxa. La decisión se tomó en un encuentro cerrado del Comité Central de Syriza, con sólo dos votos en contra y con la abstención de los miembros de la oposición interna, la Plataforma de Izquierda, liderada por Panagiotis Lafazanis.

Luego, con el mismo espíritu de colaboración de clases, y como una maniobra de reconciliación política con el ala liberal de la derecha que gobernó durante décadas el país, Syriza propuso para el puesto de presidente de la República a Prokopis Pavlopoulos, un muy conocido cuadro de la dirección y ex ministro de Nueva Democracia.

En forma repetida, Tsipras brindó los mismos reaseguros a la UE y el FMI (por ejemplo, cuando estuvo en Texas en 2013) de que los compromisos tomados por los anteriores gobiernos con los prestamistas internacionales oficiales serían respetados. El mantra expresado, tanto a la clase dominante griega como a la troika, era que “la continuidad del Estado” no sería perturbada.

Fiel a la continuidad de la doctrina del Estado burgués, no solamente se respetaron los compromisos internacionales sino también los aparatos represivos del ejército, la policía y los servicios de inteligencia -el “Estado profundo” conectado con Amanecer Dorado nazi y otros grupos paramilitares de extrema derecha permanecieron intactos.

Ni inexperiencia ni ingenuidad política, ni “falta de preparación para un Plan B” ni errores tácticos pueden ser una excusa. La propia línea estratégica de Syriza era una receta para el desastre. Su orientación estratégica para un “histórico compromiso” de clase en Grecia y, sobre todo en el extranjero, estaba condenada a fracasar ignominiosamente: pedía una paz entre clases en condiciones de una abierta guerra de clase. Tsipras y su equipo fueron a Bruselas y Berlín, marchando en un campo minado en una guerra declarada para confrontar a enemigos feroces e inflexibles, levantando la bandera de la paz entre clases -es decir, la bandera blanca de la rendición.

Austeridad y deuda como métodos de control

Si hay algo probado más allá de cualquier duda durante los siete meses de falsas negociaciones con las “instituciones” imperialistas que llevaron a la capitulación incondicional del lado griego, es que esa “austeridad”, particularmente en el período posterior a 2007, no es simplemente una doctrina económica del neoliberalismo, ya sea en la variante alemana de “ordo-liberalismus” o en las versiones anglosajonas o francesa o italiana, y no es sólo un medio para salvar a los bancos y el sistema financiero, es un método político de control social de las poblaciones empobrecidas, en las condiciones producidas por el fracaso del neoliberalismo como estrategia capitalista y la implosión de la globalización del capital financiero.

El círculo vicioso de austeridad que genera más deuda que, a su vez, genera más austeridad, sin resolver -sino exacerbando- la crisis económica y social, produce solamente lo que Maurizio Lazzarato (2014) ha llamado “un mecanismo trasversal de control y captura” bajo la implacable supervisión de todos los aspectos de la vida económica y social de un país bajo un nuevo Panoptikon supranacional, llamado “troika” o, luego de agosto de 2015, un “cuarteto”.

La hostilidad, la brutalidad imperialista y la arrogancia que dominaron el comportamiento, tanto de Schauble como también de todos los líderes de la UE, manifestaron que no sólo Tsipras sino todo el pueblo griego que se atrevió a desafiar los decretos dictatoriales de la troika, que se moviliza y ha elegido en las elecciones un gobierno que prometía poner un fin a la austeridad, tenían que ser aplastados, humillados, “disciplinados”. Debía ser reducido a un ejemplo que convenciera a los otros pueblos europeos de que cualquier resistencia a la austeridad, a un programa de canibalismo social, estaba condenada a ser vencida y que llevaba a una austeridad aún peor. Ningún mandato electoral de ningún pueblo podría ser nunca más respetado, ninguna regla democrática burguesa, sino las que surgían de Bruselas, de Frankfurt o Washington.

Una actitud similar ha sido tomada en Portugal, luego de las elecciones de septiembre de 2015, cuando el presidente de la República de Portugal, de derecha y pro-UE declaró que la formación de un gobierno del (pro-austeridad, pro-UE) Partido Socialista apoyado por el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda, a pesar de su mayoría parlamentaria, moderación política y aceptación de las órdenes de la Unión Europea de pagar la deuda, es “incompatible con los principios de la UE”. Se intentó una clase de golpe presidencial. Si bien fracasó -debido a la debilidad de un esfuerzo demasiado ambicioso para establecer un bonapartismo presidencial en la tierra de la “Revolución de los claveles” de 1974-, la advertencia es clara: en condiciones de la bancarrota capitalista y de la agonía mortal del propio proyecto de la UE, el legado político democrático de la caída de las dictaduras en el sur europeo en 1974-76 es un obstáculo a la estrategia de austeridad de la UE: una barrera que debe ser abolida.

En tales condiciones, hablar -como lo hace Syriza- de “continuidad del Estado” para disipar el temor de la UE, el FMI y de las clases dominantes a nivel mundial y en Grecia, es ceguera política, autoengaño, una ironía histórica o más bien una combinación de todos ellos.

La historia siniestra de los tres memorandos impuestos a Grecia en los últimos cinco años anula, en forma y en esencia, toda soberanía económica y legislativa del Estado griego. Lleva a sus extremos una larga historia de deudas, defol, interferencia política extranjera y dependencia económica del país, incluso desde los tiempos que precedieron a su independencia en 1829. Un resumen basado en evidencias de esta historia trágica fue presentado en septiembre de 2015 por Carmen M. Reinhardt y Christoph Trebesh (muy posiblemente en apoyo de la línea del FMI sobre la deuda griega, contrapuesta a las instituciones de la UE). Los autores citan el comentario del historiador griego T. Lignadis de que la “independencia” de Grecia significó desde el comienzo ser sometida a la esclavitud por sus acreedores extranjeros…

En nuestros días, el Estado griego ha sido reducido a un aparato opresivo de extracción de plusvalía a un pueblo pauperizado y en una crisis humanitaria, que lucha por sobrevivir bajo condiciones draconianas de austeridad permanente y desempleo masivo impuestas por los bancos extranjeros para salvarse de la crisis y resolver el derrumbe de su sistema social en bancarrota. ¿Quién desea ignorar el hecho bien documentado de que el 90% de los préstamos otorgados por la troika a Grecia han retornado a los bancos alemanes y franceses?(6).

Durante el verano de 2015, en plena crisis de la zona euro, Larry Summers llamó a Grecia “El Estado fallido de Europa en espera”. Pero el pueblo pauperizado de este “Estado fallido en espera” europeo no acepta esperar en forma tranquila y pasiva en este “estado de emergencia” que se ha convertido en una regla. Su resistencia desafía desde hace media década las reglas bárbaras de los gobernantes de Europa y de sus dispuestos aliados en Grecia. Esta resistencia es una bomba de tiempo política, que las instituciones del capital no pueden desactivar.

Políticas de desesperación

La ejemplar ferocidad de clase ejercida contra Grecia para imponer un monstruoso “tercer memorando”, que cualquiera puede ver que es insostenible social, económica y políticamente(7), refleja de una forma contradictoria la desesperación de las elites burguesas que gobiernan Europa. Para ver esta desesperación, volvamos a la metáfora de Lenin sobre “el eslabón más débil” mencionada anteriormente.

Generalmente, esta metáfora es utilizada para priorizar la importancia de las peculiaridades nacionales que hacen más vulnerable a un “eslabón” en una cadena internacional. Pero es la fortaleza de la cadena en su totalidad la que es medida por su eslabón más débil. El mismo Lenin, al introducir la metáfora en el caso de Rusia en 1917, insistió en que la propia cadena, no solamente un eslabón, había sido rota.

Toda analogía tiene sus propios límites. En Grecia, por supuesto, la ruptura de la cadena, bajo el impacto de una crisis mundial de dimensiones históricas, no ha producido aún una revolución social como en 1917. Pero ha impulsado movilizaciones populares sin precedentes y una crisis de régimen prolongada. La globalización, la interconexión de la vida socioeconómica es mucho más desarrollada y profunda hoy que en la época de Lenin. En la actual crisis mundial del capitalismo global no es solamente el eslabón griego el que ha sido roto en 2009-2010, sino la propia cadena europea, sin que esto signifique su colapso automático.

Nada puede ser igual en la zona euro, en la UE y a nivel global luego de la bancarrota griega

A pesar de la importancia mínima del tamaño de la economía griega, con relación al PBI de la Unión Europea, debido a la interconexión internacional en la globalización capitalista y a la crucial posición geopolítica de Grecia, las consecuencias son devastadoras. Incluso el gobierno de Obama debió admitirlo durante el clímax de la crisis de la zona euro en junio-julio de 2015, como lo hizo previamente al calor de la crisis de la zona euro en junio de 2012.

No es posible un retorno de la zona euro y de la UE en su totalidad a la situación pre-crisis, antes del defol de Grecia

Primero, el “eslabón” griego no es solamente el más débil, es el eslabón roto. Y permanece irremediablemente roto, como lo prueba lo insostenible de su deuda. La gravedad de las implicaciones para la Europa acosada por la crisis y la economía global es continuamente acentuada por el FMI y Estados Unidos, que exigen a la UE y a Alemania un necesario “alivio de la deuda griega”. Tsipras, al saludar la posición del FMI y Estados Unidos, quiere ignorar u ocultar el hecho de que éstos combinan esta presión sobre la UE con la insistencia en la continuación de la austeridad, sin ninguna moderación del programa de “reformas estructurales” desastroso e inefectivo para la economía griega arruinada.

Segundo, la bancarrota griega reveló inequívocamente y agudizó inmensamente todas las fallas, vulnerabilidades y desbalances de la arquitectura del euro, y todas las contradicciones de la integración capitalista europea. En consecuencia, se exacerbaron todas las divisiones y antagonismos, particularmente entre los protagonistas de esta integración, Alemania y Francia, en otro nivel Italia y una Gran Bretaña en los umbrales de un posible “Brexit” (N. del T.: su salida de la UE).

Tercero, una nueva profundización de la crisis global, anticipada por los problemas financieros de agosto de 2015, ligados a la desaceleración de la economía china, el aumento esperado de las tasas de interés de Estados Unidos y los resultados desalentadores del programa “Quantitative Easing” (Flexibilización cuantitativa), introducido con atraso por el BCE a principios de 2015, hizo a una frágil UE más vulnerable a las tormentas venideras.

Lo último, pero no por ello menos importante, la gigantesca crisis migratoria, las imparables mareas de migrantes provenientes de Siria y Medio Oriente, Asia Central y Africa hacia Europa, a través de una Grecia en ruinas, exacerba enormemente la crisis social, económica y política en la UE, desestabilizándola desde los Balcanes hasta Europa central y del este, golpeando sobre todo a su núcleo duro, Alemania.

Es el trágico regreso de una Némesis, luego del Hubris imperialista de guerras de intervención, primero en Afganistán e Irak, luego de la “Primavera árabe” en Libia y Siria, llevando a un colapso total del orden imperialista, tal como fue establecido por el Acuerdo Sykos-Picot de 1916. Está emergiendo una nueva “cuestión oriental”, en condiciones históricas que han cambiado dramáticamente, de declinación y crisis del imperialismo capitalista.

Grecia como “el Estado fallido de Europa en espera” está situada en el cruce de caminos de toda contradicción internacional: en los Balcanes, en un proceso de desestabilización, en la parte más vulnerable de Rusia, a las puertas de Medio Oriente, en el centro de tres guerras en proceso -Ucrania, Siria-Irak, Libia. Un “agujero negro” geopolítico está en espera en las fronteras más estratégicas de una Unión Europea que enfrenta un verdadero peligro, como advirtió en un reciente artículo Wolfgang Muncheau, “languideciendo y convirtiéndose en un fantasma”.

¿Una “nueva vieja Syriza” o una estrategia revolucionaria alternativa?

La dialéctica de lo global y de lo local, de lo internacional y lo nacional, de la cadena europea y del eslabón roto griego fue ignorada no solamente por la dirección de Syriza, sino también por aquellos ex líderes del partido que rechazaron el tercer memorando, se separaron y formaron la Unidad Popular (LAE).

También fracasaron. No solamente en las elecciones de septiembre de 2015 quedaron fuera del Parlamento, sino que primero -y ante todo- fueron incapaces y reacios a presentar una estrategia socialista alternativa.

El LAE se ha presentado como una nueva “vieja Syriza leal a sus orígenes”, consecuente, esta vez, con sus promesas iniciales anti-auste- ridad, más resistente a las presiones de la UE, preparada para utilizar como una herramienta de negociación la perspectiva de una ruptura con la zona euro y posiblemente con la UE. No se hizo ninguna evaluación crítica de toda la experiencia de Syriza ni ninguna autocrítica del papel jugado, particularmente por aquéllos que fueron miembros del gobierno Syriza-Anel y del liderazgo central del partido de Syriza hasta el final, hasta el momento en que Tsipras llamó a elecciones adelantadas por Tsipras.

El enfoque no clasista de Syriza -de un “compromiso honesto” y en defensa de los “intereses nacionales” por encima de las clases- es continuado por LAE, que llama a formar un “frente patriótico democrático anti-austeridad” sin referencias de clase o programa transicional hacia el socialismo.

El énfasis dado por LAE a un retorno a la moneda nacional -el dracma- sin romper el marco capitalista, no solamente juega para aquéllos que, en la UE y Grecia, utilizan como una trampa y una herramienta de chantaje el falso dilema “¿euro o dracma?”, sino que también contrapone el nacionalismo económico como la única alternativa a la capitulación pro-UE. Esto último es, en la actualidad, una tendencia bastante común y peligrosa en una Europa en crisis, con implicaciones reaccionarias -como lo demuestra el caso del “sobera- nista de derecha” Jacques Sapir flirteando con Marine Le Pen.

Existe un fetichismo de las relaciones monetarias y de la moneda nacional, que ignora la forma valor como el principio regulador universal en el capitalismo y las limitaciones históricas alcanzadas por la forma valor. Las ilusiones fetichistas de beneficiarse mediante un retorno a la moneda nacional están atadas al fetichismo de la Nación-Estado, erróneamente tomado como una barrera contra los efectos desastrosos de la globalización del capital ficticio, el fetiche final.

La “continuidad del Estado (burgués)” impulsado por el liderazgo de Tsipras como un reaseguro a la burguesía griega y las instituciones de la UE toman aquí otra forma: le devuelven al mismo Estado su forma perdida de soberanía nacional, sin cambiar su contenido social de clase, sin romper el viejo aparato del Estado y sin expropiar a los capitalistas.

Pero, en el caso de Grecia, la dependencia está, histórica y estructuralmente, consolidada por el propio Estado burgués. La acumulación griega del capital, desde los tiempos de su acumulación primitiva hasta ahora, no entra en un conflicto relativo con la acumulación de los países centrales, como en el caso de las antiguas colonias, pero está ligada orgánicamente al destino del proceso de acumulación de capital en el centro. La liberación de la dependencia imperialista solamente es posible mediante la liberación del yugo de la clase capitalista griega, a través de una revolución social que se expanda hacia la propia Europa y a nivel internacional.

Correctamente, el pueblo griego reconoce a las instituciones de la UE como responsables de su miseria y la reducción del país a un protectorado sui generis de la UE. Pero duda mucho de que su vida cambiará solamente al cambiar la moneda, mientras sus bolsillos permanezcan vacíos. Teme que su miseria no termine y que empeoren las condiciones de hiperinflación con nuevo dracma, enfrentando los peligros de aislamiento nacional en un país ya arruinado, mientras las otras relaciones sociales (capitalistas) en el país e internacionalmente permanezcan en las mismas condiciones. Si esto es así ¿por qué elegir a una réplica más débil de Syriza, con un perfil nacionalista más pronunciado, y no la original como un mal menor en ausencia de una alternativa creíble?

Obviamente, el nacionalismo económico o “patriotismo de izquierda” no puede dar la respuesta. “Capitalismo en un solo país” no es más prometedor o factible que “socialismo en un solo país”, el dogma del stalinismo. La primacía que se da a romper con el euro y la UE sin, al mismo tiempo, proponer una alternativa socialista internacionalista concreta, el peso que el nacionalismo “de izquierda” todavía tiene en la izquierda griega (incluyendo los sectores de la izquierda anticapitalista, como las organizaciones en el frente de Antarsya, que lo han abandonado para unirse a LAE en las vísperas de las elecciones de septiembre de 2015) tiene mucho que ver con el legado del stalinismo en Grecia y su papel de liderazgo en la lucha revolucionaria de liberación durante la ocupación nazi, que terminó en un desastre y la capitulación al imperialismo en el acuerdo de Varkiza en 1945(8).

El Partido Comunista de Grecia

El propio Partido Comunista estalinista de Grecia (KKE) fue y es incapaz y reacio a sacar conclusiones sobre esta revolución perdida. En la actualidad, en medio de una nueva crisis histórica, su burocracia esclerótica no tiene una verdadera estrategia para enfrentar el desafío de la situación.

Trata de revivir un estalinismo fosilizado expresando un “tercer período” de hostilidad sectaria contra los partidarios de Syriza, así como contra todas las fuerzas de la izquierda, de los movimientos sociales y de los trabajadores. Utiliza una retórica de “poder popular y de los trabajadores” y el socialismo (de un tipo similar, aunque mejorado, de “socialismo real en un solo país” que ya hemos conocido y que ha colapsado en forma ignominiosa en 1989-91). Pero, incluso estos objetivos de poder popular y de los trabajadores y socialismo no están en la agenda, están proyectados y demorados hasta un futuro indefinido.

Las promesas de socialismo y comunismo están combinadas en el día a día con una práctica reformista conservadora de trabajo aislado en los sindicatos, activismo político y campañas electorales. Su estancamiento electoral muestra su impase política y su esterilidad, no “el conservadurismo de las masas” que plantea, culpando al pueblo de sus propios fracasos.

Incluso aquellas fuerzas que permanecen fieles o que han sido atraídas temporariamente al KKE (o más bien a la tradición revolucionaria de la década del ’40, a la idea del comunismo y la revolución socialista de octubre de 1917), se han desilusionado rápidamente.

El KKE no puede capitalizar la capitulación de Syriza y se sumerge nuevamente en una crisis. Esto se debe a que, en todos los momentos cruciales de levantamientos populares, desde la revuelta juvenil de diciembre de 2008 hasta las movilizaciones de masas anti-austeridad de 2010-2012 y las de 2015, incluyendo el inesperado triunfo popular del No en el referendo del 5 de julio de 2015, se ha encontrado siempre en confrontación directa con el verdadero movimiento de las masas hacia la izquierda, “para abolir el orden existente de las cosas”.

La izquierda revolucionaria

La tarea de abrir conscientemente un camino hacia adelante, una salida revolucionaria de la impasse política y de la insoluble crisis capitalista recae, ante todo, en las fuerzas dispersas y aún vacilantes de la izquierda revolucionaria, atrayendo particularmente a la generación más joven de las masas proletarizadas, víctima principal de la crisis pero también la más combativa y hostil a las burocracias y a los dogmas muertos, la fuerza de la emancipación social.

El potencial de la izquierda revolucionaria griega, a pesar de sus debilidades, vacilaciones y errores, no puede ser subestimado como lo hacen algunos sectores de la izquierda internacional, hipnotizados por la “radical” Syriza y su “gobierno de izquierda anti-austeridad”. Las mismas fuerzas (y algunas personalidades en la intelligentzia de la izquierda internacional) maquillaron con argumentos muy débiles la capitulación del liderazgo de Tsipras, para continuar sus actividades como de costumbre, o mudaron su apoyo de la vieja a la nueva-vieja Syriza, el LAE.

La subestimación de la izquierda revolucionaria griega por parte de aquéllos que internacionalmente dicen también ser parte de una izquierda internacional radical o anticapitalista (un ejemplo, pero no el único, es la mayoría del ex Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional) va de la mano de una subestimación de la verdadera capacidad de lucha de la clase obrera europea y de los estratos populares empobrecidos. En realidad, estas clases subalternas se están moviendo mucho más hacia la izquierda que la llamada extrema izquierda, si bien su comportamiento político está aún dominado por la bancarrota política de la izquierda oficial parlamentaria de la socialdemocracia o de los remanentes de los partidos comunistas. El problema es que muchas veces, en su conciencia, la así llamada “extrema izquierda” -que no es muy “extrema” y ni demasiado de “izquierda”- se identifica más o menos con la izquierda reformista (no tan) oficial, burocratizada y parlamentaria.

En Grecia, incluso después el meteórico ascenso en 2012 de Syriza, el rechazo de la mayoría anticapitalista de Antarsya, del EEK y otras fuerzas de la izquierda extraparlamentaria a capitular o adaptarse a la dominación de Syriza y la línea de colaboración de clases no los aisló para nada de las masas. El papel y la influencia de la izquierda revolucionaria en las luchas sociales, en los sindicatos, incluso en las elecciones gubernamentales de 2014, fueron fortalecidos como nunca antes.

En las elecciones parlamentarias, por supuesto, los resultados fueron modestos o muy modestos. Pero un paralelismo mecánico estricto entre los cambios en la conciencia política-social y los resultados electorales es un punto de ventaja falso de electoralismo reformista o, incluso, de lo que Lenin llamaba “cretinismo parlamentario”.

Esto no significa que no sea necesario un balance, así como un amplio y profundo debate dentro de la izquierda revolucionaria y en el movimiento de los trabajadores para una reorientación estratégica. En realidad, es absolutamente vital, es urgente y ya ha comenzado.

¿Y ahora qué?

Todo el último período de crisis y las luchas todavía no ha sido clausurado por una derrota decisiva de las masas populares.

El potencial de resistencia social que ha sacudido a Grecia y al mundo en el período 2010-2015 todavía no ha sido aplastado ni agotado. Numerosas manifestaciones de solidaridad social y núcleos de auto-organización popular para enfrentar la catástrofe social, incluyendo ahora un creciente movimiento de solidaridad hacia los migrantes contra la hostilidad de la UE, el racismo, la xenofobia y la demagogia fascista de Amanecer Dorado, muestra que no prevalece la atomización y la parálisis.

Por el contrario, han comenzado las primeras batallas contra el tercer memorando, como lo ha demostrado la primera y poderosa huelga general de 24 horas del 12 de noviembre de 2015 contra la austeridad y el gobierno de Syriza-Anel, y lo confirmaron las decenas de miles que marcharon días después, el 17 de noviembre, en conmemoración del levantamiento en 1973 de la Universidad Politécnica contra la dictadura militar.

La “capacidad” del gobierno de Tsipras de equilibrarse entre las presiones de abajo y las exigencias desde arriba de las instituciones imperialistas del “cuarteto” UE-BCE-FMI-MSE está disminuyendo día a día. Cuando el gobierno envió al parlamento, el 19 de noviembre, la primera lista de medidas prioritarias solicitadas por los prestamistas internacionales, incluyendo el desalojo de las personas endeudadas de su vivienda única, el gobierno de Syriza-Anel perdió tres parlamentarios que rehusaron votarlas. Un ex consejero muy cercano al propio Tsipras y vocero del gobierno anterior, Gavriil Sakelaridis, renunció, mientras que otros dos diputados votaron en contra y fueron excluidos del grupo parlamentario del gobierno, disminuyendo la escasa mayoría de 155 a 153 (el parlamento griego tiene 300 miembros).

Sería igualmente errado esperar una continuidad lineal del período previo, que también estuvo lleno de zigzags, regresiones e inesperados saltos hacia adelante. Definitivamente tuvo lugar, en el “breve verano caliente” de julio de 2015, una ruptura de la continuidad. Por lo que toda la experiencia hasta entonces debe ser tomada y tratada como una experiencia estratégica a ser superada en el sentido dialéctico de aufheben = superar = terminación = mantener (simultáneamente preservar)(9).

El período de crisis de régimen donde la cuestión política número uno del poder del Estado en sí mismo es disputada, no está detrás sino frente a nosotros. No puede ser dejado dentro de las limitaciones de un movimiento espontáneo, como ya nos ha demostrado la trágica experiencia de Egipto y de la “Primavera árabe”.

Los comentarios de Trotsky en el Prefacio de su Historia de la Revolución Rusa sobre los cambios en la conciencia de las masas durante un período de levantamientos revolucionarios son hoy en día más actuales que nunca:

Los cambios rápidos que experimentan las opiniones y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son productos de la elasticidad y movilidad de la mente humana sino, al revés, de su profundo conservadurismo. El retraso crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente sobre el pueblo es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento rápido de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policíacas se les antoja el mero resultado de la actuación de los “demagogos”.

Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de reconstrucción social, sino con un sentimiento agudo de la imposibilidad de seguir soportando el viejo régimen. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste, precisamente, en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas. Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas por el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más extremos, señalan la presión creciente de las masas hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento tropieza con obstáculos objetivos. Cuando esto sucede, comienza la reacción: decepción de ciertos sectores de la clase revolucionaria, crecimiento del indiferentismo y consiguiente consolidación de las posiciones de las fuerzas contrarrevolucionarias (Trotsky, 1930).

En Grecia, el camino hacia adelante definitivamente pasa ahora por la inevitable lucha contra el tercer memorando y contra el legado de los dos anteriores, sin ningún tiempo de gracia o concesión al nuevo gobierno de Syriza-Anel. Las ilusiones sobrevivientes del pasado deberían combatirse, pero sin sectarismo ni ultimatismo. Es necesaria con urgencia la unidad de acción y un amplio Frente unido de todos los trabajadores y oprimidos, así como sus organizaciones y movimientos.

La lucha lleva necesariamente al conflicto con las burocracias políticas y sindicales que sabotearon las movilizaciones de los trabajadores en el período posterior a 2010 o trataron de disolver su militancia a través de huelgas generales de 24 ó 48 horas, que resultaron inefectivas.

La raíz misma de los movimientos sociales y las formas de auto-organización popular heredadas de las luchas pasadas (asambleas populares de vecinos, fábricas ocupadas bajo gestión de los trabajadores, servicios médicos gratuitos, ollas populares, iniciativas antifascistas, espacios sociales ocupados, etc.) deben ser mantenidos y desarrollados como formas de un contra-poder de los trabajadores y el pueblo empobrecido, independiente del Estado y del gobierno, de cualquier subordinación a las burocracias o manipulación por parte de las ONG.

También es urgente, más allá de las experiencias pasadas, un reagrupamiento de las fuerzas de la izquierda revolucionaria, ya sea en forma de frentes o de organizaciones autónomas. Las vacilaciones centristas hacia el reformismo de izquierda, esta vez en relación con LAE o con el nacionalismo económico o hacia grupos que se separaron del KKE, desde la derecha, como lo hemos visto anteriormente por Antarsya, serían esta vez desastrosas. El reagrupamiento de una izquierda realmente comunista, revolucionaria e internacionalista exige, no una suma mecánica y cuantitativa de fragmentos de Syriza y el KKE para formar una supuesta “tercera fuerza”, sino un crecimiento cuantitativo en las masas mediante un salto cualitativo pronunciado en la teoría y práctica revolucionarias. Para alcanzar este impulso necesitamos una acción común y un debate no dogmático ni sectario, abierto a los camaradas sobre todas las cuestiones de estrategia, táctica y programa.

Necesitamos un programa transicional, que supere la división reformista entre programa mínimo y máximo, el reformismo de Syriza o el estalinismo esclerótico.

La transición es contradicción, desarrollo y superación de las contradicciones en el camino a la revolución. No es un progreso paso a paso de una serie de rupturas “en la dirección al socialismo” como una vieja fórmula heredada por los estalinistas y eurocomunistas y repetida por los centristas.

El Programa de Transición, como Trotsky ya lo expresó en 1934 en ¿A dónde va Francia?, “No es un programa de pasividad sino un programa de revolución”:

La lucha por el poder debe comenzar con la idea fundamental de que si la oposición a un mayor agravamiento de la situación de las masas bajo el capitalismo es aún posible, no es concebible ninguna mejora real de su situación sin una incursión revolucionaria contra el derecho de propiedad capitalista. La campaña política por un frente único debe basarse en un programa de transición bien elaborado -por ejemplo, en un sistema de medidas que, con un gobierno de obreros y campesinos, pueda asegurar la transición del capitalismo al socialismo (…)

Ahora hace falta un programa, no para tranquilizar la propia conciencia sino para guiar la acción revolucionaria.

La crisis social en su expresión política es la crisis del poder. El viejo amo de la sociedad está quebrado. Se necesita un nuevo amo.

¡Si el proletariado revolucionario no toma el poder, el fascismo lo hará inevitablemente!

Un programa de reivindicaciones transicionales para “las clases medias” puede naturalmente asumir una gran importancia si este programa responde, por un lado, a necesidades reales de las clases medias y, por el otro, a las exigencias del desarrollo hacia el socialismo. Pero, una vez más, el centro de gravedad no se encuentra ahora en un programa especial.

Las clases medias han visto muchos programas. Lo que necesitan es tener confianza en que el programa será llevado a cabo. En el momento en que el campesino dice: “Esta vez, parece que los partidos de los trabajadores no retrocederán”, la causa del socialismo ha triunfado.

Pero, para ello, es necesario mostrar en la acción que estamos firmemente preparados para aplastar todo obstáculo en nuestro camino (…)

No es el espíritu de arreglos entre parlamentarios y periodistas, sino el odio legítimo y creador de los oprimidos hacia los opresores, el que constituye en la actualidad el único y más progresivo factor en la Historia. Es necesario dirigirse a las masas, a sus capas más profundas. Es necesario apelar a sus pasiones y a su razón. Es necesario rechazar la falsa “prudencia” que es un sinónimo de cobardía y que, en los grandes momentos de cambios históricos equivale a la traición. El frente único debe tomar como lema la fórmula de Danton: “De l’audace, toujours de l’audace, et encore de l’audace”. Entender completamente la situación y extraer de ella todas las conclusiones prácticas, con valentía y sin temor, y hasta el final, es asegurar la victoria del socialismo (Trotsky, 1936: 28-30).

El programa transicional hace suyas las demandas inmediatas más candentes de las masas y, al mismo tiempo, expone las exigencias que las movilizan en el camino al poder obrero y la autoemancipación social; combina la lucha por la ruptura con todos los organismos imperialistas, la Unión Europea, el FMI y la Otan con un llamado internacionalista a todos los oprimidos en la región, en los Balcanes y en Europa para una lucha común que conduzca a la unificación socialista del continente.

El bloque electoral formado por Antarsya, el EEK y militantes independientes de la izquierda adelantó un esbozo general de tal programa en las elecciones de septiembre de 2015: abolición de la deuda, nacionalización de los bancos y los sectores estratégicos de la economía bajo control y gestión de los trabajadores, ruptura con la UE y todos los organismos imperialistas, por una lucha internacional e internacionalista de todos los trabajadores y oprimidos de Europa por el socialismo y el comunismo.

Este programa no debe ser abandonado sino que debe ser desarrollado en profundidad, ya que estamos confrontando nuevos desafíos en Grecia, en la región, en Europa y a nivel internacional.

Lo último y no por ello menos importante: la cuestión del partido revolucionario y de la Internacional, su interconexión y su interrelación.

No son reliquias de una era antediluviana. Continúan siendo desafíos sin respuesta de nuestra época histórica que exigen ser nuevamente tratados a través de un examen crítico del pasado y presente como Historia, con el deseo y la determinación de imaginar, experimentar y descubrir la organización antiburocrática, internacionalista, comunista, revolucionaria necesaria en las primeras líneas de la necesaria lucha de todos los explotados, los oprimidos y los excluidos para cambiar el mundo.

4 de noviembre de 2015

Savas Michael-Matsas es dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores de Grecia (EEK). Una primera versión de este documento se presentó en la XII Conferencia sobre materialismo histórico, celebrada en la Universidad de Londres del 5 al 8 de noviembre de 2015.

NOTAS

1. Le Monde, 13 de diciembre de 2008. Ver Matsas (2010:54-55).

2. Shakespeare (1599, Acto 2, escena 7).

3. De acuerdo con la metáfora de Lenin a menudo citada (Lenin, 1917).

4. Ver John Milios (2015).

5. Ver por ejemplo el artículo en griego de P. Charalambopoulo y P. Theodoropoulus: “Gobierno de bandidos made in Bruselas” en el ex diario político pro-Syriza Unfollow, N° 46, págs. 34-43, octubre de 2015.

6. Apenas una cita, de Martin Wolf en Financial Times: “En verdad, los préstamos otorgados por la zona euro y el Fondo Monetario Internacional llegan a la enorme suma de 226.000 millones de euros (…) Pero sorprendentemente no fueron para beneficiar a los griegos, sino para evitar la rebaja del valor de los malos préstamos al gobierno griego y a los bancos griegos. Tan sólo el 11% de los préstamos financió directamente las actividades gubernamentales (destacado del autor). Otro 16% fue al pago de intereses. El resto fue a operaciones de capital de varios tipos: el dinero entraba y luego salía nuevamente. Una política más honesta hubiera sido rescatar directamente a los prestadores. Pero esto hubiera sido demasiado embarazoso” (Wolf, 2015).

7. Ver El tercer memorando es insostenible al igual que los dos anteriores, 1° de octubre de 2015, por el Comité para la verdad sobre la deuda pública griega (www.cadtm.org).

8. Sobre el tema hemos publicado en esta revista, ver Osvaldo Coggiola: “Por quién doblan las campanas griegas”. En defensa del marxismo Nº 45, octubre de 2015 (N. del E.)

9. Ver Lenin (1980: 106).

Referencias

Charalambopoulo, P. y P. Theodoropoulus (2015): “Gobierno de bandidos made in Bruselas”, en el ex periódico político pro- Syriza Unfollow, N° 46, octubre.

Comité para la verdad sobre la deuda pública griega (2015): “El tercer memorando es insostenible al igual que los dos anteriores”, www.cadtm.org, 1° de octubre.

Mauricio Lazzarato (2014): El ser humano endeudado.

Lenin, Vladimir Ilich (1917): “Tesis de abril”. Pravda N° 67, 9 de junio (27 de mayo), en Obras Completas, vol. 24 (1964). Progress Publishers.

—.— (1980): Notas filosóficas, Obras Completas, vol. 37, Progress- Moscú.

Milios, John (2015): Un balance sobre la transmutación de Syriza con algunos elementos autobiográficos, artículo posteado en su sitio oficial, 14 de julio.

Matsas, Savas Michael (2010): La revuelta griega, la crisis mundial y la libertad de expresión, Critique, N° 38:1.

Munchau, Wolfgang (2015): “La ampliación y la zona euro son los dos grandes errores que arruinaron Europa”, Financial Times, 1° de noviembre.

Reinhardt, Carmen M. y Christoph Trebesh (2015): Las trampas de la dependencia externa: Grecia 1892-2015, Brookings Papers on Economic Activity, BPEA

Conference, 10-11 de septiembre. Shakespeare, William (1599): Asyou like it. Ediciones varias. Summers, Lawrence (2015): “Grecia es el Estado fallido de Europa en espera”, Financial Times, 20 de junio.

Trotsky, León (1930): Historia de la Revolución Rusa, www.marxists. org/archive/trotsky/1930/hrr/ch00.htm

—.— (1936): “¿A dónde va Francia?”, número especial de Quatriéme Internationale, febrero de 1936, www.marxists.org/archive/ trotsky/1936/witherfrance/ch00.htm

Wolf, Martin (2015): “La deuda griega y un defol de estadistas”, Financial Times, 27 de enero.

Las Paso del Frente de Izquierda


En ocasión de las recientes elecciones primarias, abiertas y obligatorias (las “Paso”) en Argentina, el Frente de Izquierda y de los Trabajadores logró 732.811 votos (3,25%) en la categoría presidencial: la lista del PTS obtuvo 375.874 votos (51,28%) con la fórmula Del Caño-Bregman, contra 356.978 votos (48,71%) de la fórmula Altamira-Giordano correspondiente a la Lista 2 Unidad, que conformaron el PO e Izquierda Socialista y que contó con la participación de otras organizaciones(1).


 


A nivel de candidatos para el Parlasur Nacional esta diferencia se acorta: la Lista 1 del PTS gana por sólo 105 votos -371.176 (1,77%) para la Lista 1 y 371.071 (1,77%) para la Lista 2 Unidad.


 


En la provincia de Buenos Aires, el principal distrito del país, triunfó la Lista 2 Unidad en todas las categorías. En la presidencial ganó la lista de Jorge Altamira con el 56% de los votos, en la Categoría a gobernador la fórmula que encabeza Néstor Pitrola con el 57% y lo mismo en diputados nacionales. Para gobernador, el PTS obtuvo 121.117 votos (1,48% de votos válidos) y la Lista Unidad 160.016 votos (1,98%), lo que hace un total de 281.133 votos (3,44%).


 


En esa provincia, la Lista Unidad ganó siete de las ocho secciones electorales en las categorías de diputados y senadores provinciales. En la restante sección -La Plata-, la Lista 1 ganó por una diferencia de sólo 28 votos. En las categorías a intendente y concejales, la Lista Unidad ganó en 77 de los 87 distritos en los que tiene expresión el Frente de Izquierda.


 


En la Capital Federal también se impuso la Lista 2 Unidad (POIS) en todas las categorías (presidente, Parlasur y diputado nacional). En la categoría diputado nacional se revirtió la derrota relativa sufrida por el Frente de Izquierda en las elecciones locales, con la candidatura de Myriam Bregman a jefe de Gobierno, frente a Luis Zamora (Autodeterminación y Libertad) unas semanas antes. El FIT obtuvo 76.187 votos y Zamora 53.073. Gabriel Solano (PO) encabezará la lista de diputados nacionales del FIT.


 


En Córdoba, el tercer distrito electoral del país, la Lista Unidad también triunfó en todas las categorías. El FIT quedó en el cuarto lugar con un total de 70.650 votos para presidente (Lista 2: 58,22%, Lista 1: 43,43%) y 85.526 votos para diputado nacional (Lista 2: 63,17%, Lista 1: 36,73%). La Lista 2 ganó en la Capital y en 25 de 26 departamentos provinciales.


 


El PTS logró una abultada diferencia en Mendoza, donde se impuso en una relación de 9 a 1 a la Lista Unidad. En la categoría presidencial, la Lista 1 obtuvo 79.745 votos contra 8.294 votos de la Lista 2. Esa diferencia de 71.451 votos resultó decisiva para el cómputo nacional. La Lista 1 ganó también en provincias donde el PTS no tiene personería electoral y escasa o nula presencia política, como Río Negro, Misiones y Tierra del Fuego, donde el PO, por el contrario, cuenta con trabajo político y presentó candidatos locales.


 


Desde el punto de vista nacional, el PTS ganó la interna en 13 provincias que representan el 33% del padrón electoral, mientras que la Lista Unidad 2 (PO-IS) ganó en 11 provincias que representan el 67% del padrón:


 


La votación nacional del Frente de Izquierda ha sido superior en un 40% a las Paso de 2011 y estuvo un 20% por encima de las elecciones generales de ese año para las listas legislativas. Sin embargo, la votación alcanzada en conjunto -730.000 votos- se encuentra ostensiblemente por debajo de la renovación parlamentaria de 2013, cuando obtuvo casi 1.300.000 votos.


 


La derrota de la Lista 2 fue recibida con sorpresa por la inmensa mayoría de los analistas políticos, porque no guarda relación con el desarrollo real de los partidos y de las listas.


 


Desde 2011, el Frente de Izquierda ha superado los topes proscriptivos de la legislación electoral, creció en las legislativas de 2013 y ha consagrado bancadas en el Congreso Nacional y parlamentos locales. En este momento, el Frente de Izquierda tiene presencia en siete legislaturas (Ciudad de Buenos Aires, provincia de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Neuquén, Salta, Santiago del Estero) y en numerosos municipios. Los resultados obtenidos durante la saga de elecciones de 2015 adquieren un carácter más contradictorio. En todas las provincias, sin excepción, estuvimos por debajo de los resultados logrados en las elecciones generales de 2013, aunque no de las Paso de ese año. En varias de ellas, sin embargo, logramos una creciente representación parlamentaria local.


 


Suele admitirse como válida la explicación de que no pueden compararse elecciones presidenciales con legislativas, algo que debe ser tomado con mucha reserva. Ocurre que las diferencias entre una elección y otra no pueden estar por encima de la lucha de clases y, especialmente, de la maduración de un sector de la propia clase obrera. Sería un error invocar las diferencias institucionales entre una elección y otra para ignorar el hecho de que al menos el 40% del electorado del Frente de Izquierda de 2013 votó en las Paso nacionales de 2015 por candidatos de los partidos capitalistas. Estas oscilaciones entre las distintas elecciones ponen en evidencia la relativa inmadurez y heterogeneidad política de la base electoral del Frente de Izquierda, lo cual es un dato que refiere al nivel subjetivo de la conciencia del sector más avanzado de los trabajadores.


 


Una campaña marketinera y democratizante


 


En las recientes Paso del Frente de Izquierda, esta heterogeneidad política se puso de manifiesto en el carácter que revistió la campaña y los ejes desenvueltos por las dos listas, y que concluyó con el ajustado triunfo logrado por la lista presentada por el PTS. La campaña realizada por su lista puso el eje en la “renovación” del propio Frente de Izquierda, en clara alusión al llamado “voto joven”, en el que la lucha de clases es reemplazada por una cuestión generacional (pasamos de Marx y Lenin a Ortega y Gasset). El programa de destrucción del Estado burgués fue sustituido por una denuncia a la “casta política”, abstrayendo artificialmente a ésta de la clase capitalista para la cual gobierna. La distorsión que se introduce tiene consecuencias políticas de fondo. Si la cuestión pasa por eliminar a la “casta política”, se deduce que afrontamos una “crisis de representación” y no una bancarrota capitalista, así como una avanzada tendencia de disolución de los partidos históricos del capital en Argentina.(2) Nos falta solamente que el PTS caracterice el impasse de Argentina y de la política mundial como una “crisis de representación”. En el Argentinazo de 2001, la “crisis de representación” fue utilizada para combatir la necesidad de los luchadores de organizarse en un partido político independiente2.


 


La consigna “que se vayan todos”, que ha sido superada precisamente por el desarrollo del Frente de Izquierda, reaparece en el mismo como un gigantesco retroceso. El carácter despolitizado y meramente marketinero del planteo se advierte cuando el PTS compara la victoria de Del Caño con el ascenso electoral de la derechista María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires(4)(5).


 


Más allá de los límites políticos de estos planteos, lo verdaderamente grave es que el PTS colocó la muletilla de la “renovación”, no contra Vidal o el pejotismo, sino al servicio de la lucha faccional al interior del Frente de Izquierda -en otras palabras, metió a Altamira y a la Lista Unidad en la bolsa de la “casta” y de la “vieja política”. Antes de que se definiera la interna, sin embargo, el mismo PTS había lanzado una campaña de firmas para que Altamira aceptara encabezar una lista presidencial junto a Nicolás del Caño, bajo la forma de una “lista de unidad”, que debía evitar una confrontación en las Paso. En semanas, el PTS pasó de la propuesta de combinar “experiencia y juventud” (sic) al ‘trasvasamiento generacional’. En oposición a la enorme renovación de caracterizaciones y tácticas que fue desarrollando el Partido Obrero en el campo de la lucha por un frente de izquierda, que el PTS combatió en forma sistemática desde el inicio, la Lista 1 apeló al recurso político conservador típico de la burguesía en períodos de crisis: el cambio de ropaje, bajo la etiqueta de la “renovación”. Con ello, el PTS no hizo sino retomar los ataques sistemáticos de los medios de comunicación contra las presentaciones de Altamira a elecciones nacionales, para presentarlos como la perpetuación de una burocracia. En esto ha convertido a la trayectoria política más consecuente de este país; el Partido Obrero, después de todo, es la única corriente histórica en pie de la izquierda, luego del desmantelamiento del Partido Comunista y el viejo MAS.


 


Una “renovación” en oposición a esa tradición política plantea una ruptura con la tradición revolucionaria del Cordobazo, la revolución de Octubre o la IV Internacional, y cuyo programa y conclusiones deben servir para soldar la lucha entre las viejas y nuevas generaciones de revolucionarios. La explotación reaccionaria -y hasta comercial- de la juventud y su natural tendencia a la rebelión pasa, justamente, por cortar ese hilo conductor. La rebelión, sin programa y sin pasado, queda reducida a la “renovación”; o sea, al relevo de los cuadros de la burocracia y el orden social existente.


 


La victoria de este planteo implica una regresión política del Frente de Izquierda, atenuada por la victoria de la Lista 2 en los distritos más importantes.


 


“Casta política”


 


En esa misma línea, la Lista 1 usurpó a Podemos la denuncia contra la “casta política”, que en España apuntó contra el PP y el PSOE y en Argentina contra el principal candidato de la Lista 2. Se podría decir que fue un caso de macartismo de izquierda. Nada menos que Luis Zamora se vio obligado a enfrentar este ataque contra Jorge Altamira, que había desarrollado Myriam Bregman en el programa de televisión “Intratables”, a partir de una provocación del puntero K, Artemio López. De todos modos, la reducción del Estado a la burocracia gobernante representa, incluso en su variante más favorable (lo que no es el caso), es un claro retroceso en una organización que se declara marxista. Que la Lista 1 haya sorprendido con una victoria en base a este planteo, muestra el poder de manipulación que tiene este planteo puramente democratizante, que reemplaza el objetivo de destrucción del Estado burgués por una depuración de su personal. A este propósito ha servido también la insistencia exagerada que se ha hecho del planteo de que los diputados cobren lo mismo que un maestro y que, sustraído de una crítica de fondo al Estado capitalista y sus bases sociales, juega con la idea de un rescate de las propias instituciones a través de un proceso de manipulite. Por eso mismo, ese parche es batido por la izquierda democratizante y hasta por la Iglesia, que celebra las donaciones de los diputados o legisladores ligados a ella.


 


Otro aspecto de lo mismo es la publicidad abusiva que desarrolló el PTS con las donaciones de su banca a aquellas luchas donde tenía un mayor o menor protagonismo, como si los recursos que utiliza un partido para movilizarse por esas luchas no fueran una contribución económica a ellas. Nuevamente, convirtieron este recurso en un maniobra baja contra el propio Frente de Izquierda, cuando denunciaron la ausencia de ese nivel de ‘donaciones’ y dieron a entender, en el caso de Salta, la infamia de que los diputados y senadores del PO se quedaban con la totalidad de la dieta. Bien mirado, el PTS reclama a los partidos revolucionarios una ‘transparencia’ en la utilización de sus recursos económicos, que la convierte en una delación ante el Estado burgués -el cual, de paso, ha sido reducido a “una casta”. Como dijimos, se trata de otra manifestación de macartismo de izquierda. Como el dinero es, en definitiva, fungible, y lo que se dice que sale de un lado puede haber salido de otro, la única prueba que podría ofrecer el PTS de su ‘desprendimiento’ económico es que abra sus libros para el conjunto de la población. Estas ‘donaciones’ del PTS fueron ampliamente publicitadas y usadas contra otras organizaciones de izquierda. O sea que fueron un arma de división y faccionalismo en el propio frente de apoyo a estas luchas. El activismo de la zona norte de la provincia de Buenos Aires conoce hasta qué punto se utilizó este recurso para dividir a los trabajadores y aislar la lucha de Lear, y convertirla en un monopolio mediático- electoral del PTS.


 


Los socialistas que acceden a una banca parlamentaria mantienen el mismo nivel de vida que un trabajador por una cuestión de principios (la oposición al carrerismo político) y porque prefigura la estructuración de un gobierno de trabajadores. Pero no transformamos ese planteo en una propuesta para rescatar al parlamentarismo decadente y corrupto. La dieta ‘ad honorem’ fue combatida por los obreros y socialistas en el siglo XIX: los obreros hacían colectas para solventar a los diputados socialistas para que pudieran dedicar su tiempo y energía a defender sus derechos políticos en el parlamento. La aprobación de un salario para el diputado fue una conquista obrera, al igual que el sufragio universal. La dieta parlamentaria no es siquiera la forma principal de remuneración de los legisladores burgueses, quienes son corrompidos en forma cotidiana por los lobbys que transitan por el Congreso.


 


Cuando por la devaluación de 2001, los legisladores perdieron el 75% del valor de sus haberes, fueron ‘compensados’, selectivamente, mediante el uso de las partidas reservadas.


 


Algunas de nuestras propuestas


 


* Basta de políticos que cobran como gerentes! COMO YA HACEN NUESTROS PARLAMENTARIOS, QUE TODO FUNCIONARIO POLÍTICO COBRE


__


Folleto del PTS donde se destaca la lucha contra el salario de la casta política y no contra el régimen capitalista.


Un recurso igualmente demagógico se echó mano con el llamado a votar a “la única lista con 70% de mujeres”. Con independencia de la tergiversación de los hechos (la Lista Unidad PO-IS encabezó distritos fundamentales como Mendoza, Santa Fe, Neuquén o Córdoba con destacadas compañeras), el PTS coloca la cuestión de la lucha y la intervención política de la mujer en términos numéricos y administrativos. Es lo que hace el Estado y los partidos de la burguesía, que encubren con cupos electorales la política de violencia y desigualdad de derechos hacia la mujer trabajadora. A la luz de esta demagogia democratizante, es difícil no sustraerse al interrogante de qué pasó con el planteo del PTS, en 2011, cuando en los actos públicos llamaba a estudiar a Von Clausewitz y a distinguir las guerras de movimiento de las guerras de posición.


 


Mendoza y Jujuy


 


El carácter de las posiciones y la orientación política que se puso en juego en las Paso del Frente de Izquierda se expresó agudamente en dos distritos donde particularmente triunfó la Lista 1: Mendoza y Jujuy. En Mendoza, bastión de la Lista 1, la campaña en favor de Del Caño enfatizó todos los rasgos de adaptación al electoralismo y al democratismo que señalamos antes. La propaganda mural llamaba simplemente a que “sigamos haciendo historia” (con Del Caño); o sea, no a un programa o a un bloque político definidos, sino a una épica de carácter personal. Mientras el PTS desarrollaba esta campaña despolitizada, la burguesía mendocina y sus medios de comunicación descerrajaban todos sus cañones contra quien encabezaba la Lista 2: Raquel Blas, del Partido Obrero y secretaría general de la Asociación de Trabajadores Estatales de Mendoza. Una semana antes de las Paso, el principal diario de la provincia, Los Andes, calificó a Blas como “el terror de los tres últimos gobernadores”. Luego de las elecciones, estos mismos medios festejaron que la Lista 2 (PO-IS) hubiera recibido un “voto castigo” por esta composición sindical y apostaron a que la victoria de la “renovación” implicara, semanas después, un golpe en las elecciones del sindicato, donde su dirección debía revalidarse contra un frente de la centroizquierda y sectores K. Ese bloque justificó la ruptura con Blas por la “adhesión al Partido Obrero” de su dirigente. Sin embargo, el 55% de los estatales mendocinos apoyaron a la lista promovida por Raquel Blas.


 


Hasta cierto punto, la importante diferencia de votos en Jujuy a favor del PTS (71 a 29%) tiene una similitud con el clima propagandístico de Mendoza. En Jujuy, el PTS hizo campaña abierta en contra de la incorporación al FIT de Carlos “Perro” Santillán, dirigente combativo del Sindicato de Empleados y Obreros Municipales (Seom) de Jujuy, históricamente acusado por acciones huelguísticas y piqueteras, que han volteado a varios gobiernos antiobreros.


En Mendoza y Jujuy, el discurso de la “renovación”, conjugando con la campaña de la burguesía, se batió contra la tradición de lucha y organización de los destacamentos más combativos de los trabajadores y sus referentes, que se alinearon con la Lista Unidad.


 


“Testimonialidad”, propaganda y abstencionismo


 


Es indudable que las tendencias democratizantes en amplios sectores del electorado están planteadas de manera objetiva en la situación actual. En el pasado reciente, las elevadas votaciones que recibieron el Partido Obrero en Salta y el Frente de Izquierda en Mendoza, entre otras, obedecieron a que una parte del electorado consideró positiva una mayor representación parlamentaria de la izquierda. Trotsky señaló que la historia se salta etapas, pero un partido revolucionario no puede saltarse las etapas de maduración de la conciencia de las masas. La cuestión es si se hace de esas expectativas democráticas una explotación revolucionaria -desarrollando sus ángulos de oposición y repudio al régimen- o reaccionaria -esto es, como arma de lucha contra las posiciones revolucionarias. Los planteos del PTS durante la campaña fueron una adaptación a los prejuicios de las masas y delatan su propio electoralismo.


En el tramo final de su campaña, el PTS incorporó en sus comunicados y discursos la muletilla del rechazo a “una izquierda testimonial”. Es la vieja diatriba que siempre se utilizó contra los partidos revolucionarios para justificar, por ejemplo, la participación de la izquierda en gobiernos capitalistas o cualquier otra forma de adaptación al Estado y al régimen social vigente. De un modo general, la participación de la izquierda en la lucha electoral reviste un carácter “testimonial” (propagandístico). Deja de serlo cuando las masas intervienen efectivamente en esos procesos electorales, sea por medio de luchas o manifestaciones, y más aún cuando buscan subordinar esas luchas a los mismos procesos electorales. En cambio, ¿qué significa para el PTS superar la “fase testimonial”? En La Izquierda Diario, del 8 de mayo, se señala que “en 2013, mientras Altamira sacó el 5,6% de los votos en las legislativas como candidato a diputado nacional por la CABA y no logró entrar en el Congreso, Del Caño sacó un 14% en ese momento y se consagró diputado”. Según el PTS, la superación de un estadio propagandístico depende, entonces, de un resultado electoral. De acuerdo con este criterio, Zamora -quien obtuvo un 13% y ocho legisladores porteños en 2003- sería la expresión más alta de la “izquierda no testimonial”, aun cuando ese ascenso electoral se diluyó en cuestión de meses. El debate sobre esta cuestión revela el carácter superficial que el propio PTS tiene respecto del Frente de Izquierda y su desarrollo.


 


Pero si vamos al aspecto negativo de la “testimonialidad” (en tanto propagandismo abstracto), hay que detenerse precisamente en la política del PTS, cuando se escuda en el principismo para renunciar a intervenir en procesos políticos fundamentales. Es lo que ocurrió en 2012 en ocasión de la crisis griega, cuando el PO planteó apoyarse en el planteo de “gobierno de la izquierda” levantado por Syriza, para desarrollar un movimiento de masas y la perspectiva del doble poder. El PTS rechazó el planteo, en nombre de la preparación revolucionaria para “el desenlace” o “el momento decisivo”. En Argentina, una cuestión similar acaba de ocurrir en Tucumán, con el rechazo del PTS a apoyarse en el reclamo contra el fraude y por nuevas elecciones, para luchar por el liderazgo de un movimiento popular transitoriamente encabezado por la oposición burguesa tradicional.


 


Desde 2011, la mayor “renovación” que introdujo el Frente de Izquierda consistió en unir las reivindicaciones más apremiantes de las masas con una salida política de conjunto, a la escala de una propaganda dirigida a millones de personas. En otras palabras, el rescate de “la política electoral para la estrategia revolucionaria”(6). Estrictamente, esa “renovación” no fue más que el desarrollo profundo del método del Programa de Transición a las actuales circunstancias. El PTS ha renunciado a ese método, cuando sustituye a la propaganda revolucionaria por el electoralismo y al método transicional por el ultimátum y el abstencionismo.


 


Los “hijos de Menem”


 


En La Izquierda Diario, un artículo de su principal editorialista señalaba a la militancia, del Frente de Izquierda en particular y de la izquierda en general, que “la decisión que tomó el kirchnerismo de encolumnarse detrás de la candidatura del peronismo conservador de Daniel Scioli abre la posibilidad de que una franja de sus adherentes ‘por izquierda’ se inclinen hacia el FIT. Algunos referentes públicos y periodísticos que representan a ese espacio han manifestado sus simpatías por Nicolás del Caño”(7). En otro artículo, el mismo editorialista dice que por “la bajada de Randazzo (de su candidatura) hay un ‘run- run’ de que sus seguidores apoyarán al PTS”. Lo que el columnista se cuidó de decir explicítamente -pero lo sabe- es que estos elementos votaron a Del Caño sin dejar de ser kirchneristas, con sus consecuencias de cara a las elecciones generales (los que votaron a Del Caño en agosto -contra Altamira y el PO- votarán a Scioli en octubre, como “buenos” kirchneristas). El PTS presenta como un desplazamiento “a la izquierda”, lo que sólo fue la intromisión de un bloque político burgués en las Paso del FIT y en favor de una de sus listas -la del PTS. En nuestra oposición a las Paso, siempre criticamos que la elección de los candidatos quedara expuesta a factores ajenos a la propia militancia del FIT -esto es lo que ocurrió, después de que la ‘interna’ del kirchnerismo dejó de ser ‘competitiva’ y sólo quedó un candidato.


 


Para abonar ese camino, el PTS apeló… al kirchnerismo explícito. En su campaña, describió al elenco político destinado a suceder electoralmente al kirchnerismo como “los hijos de Menem”. El planteo presenta una ruptura de fondo entre el gobierno de Scioli y el actual régimen económico y político. Es cierto que la denuncia del carácter menemo-duhaldista de parte de los que aspiran a suceder a CFK puede ser un arma de lucha electoral, a condición de que no se convierta en un blanqueo del gobierno actual. Por un lado, el ajuste que prepara el futuro gabinete sciolista no es sino una tentativa de superar los límites del inocultable ajuste CFK-Kicillof, que pasa por la carestía, la confiscación impositiva del salario y una recesión que pagan los trabajadores con suspensiones y despidos. Por el otro, la propia fórmula presidencial constituye una coalición entre los “hijos de Menem” y La Cámpora. Esta lavada de cara al actual gobierno tuvo múltiples manifestaciones. Todavía como candidata a jefa de Gobierno, Myriam Bregman señaló que “sabemos a futuro que los jóvenes que vieron bajar el cuadro (de Jorge Videla) en el Colegio Militar no pueden ver bien un candidato como Scioli”(8), una indisimulada reivindicación de la política de “derechos humanos” del kirchnerismo.


 


Esta adaptación era retribuida desde ‘desde arriba’ por la constelación de multimedios kirchneristas, como se notó en la promoción especial que se le dio a Del Caño y a la Lista 1 por parte del Grupo 23 de los empresarios Szpolski-Garfunkel, por Página/12 y la misma agencia de noticias oficial (Télam). Apoyos similares recibieron de importantes portales como la agencia de noticias K Paco Urondo.


 


El comentado incidente de Myriam Bregman en el programa de televisión “Intratables” evidenció que el PTS demandaba estas simpatías de manera pública y sin cuidar las formas (Bregman le respondió, al aire, al opinólogo kirchnerista Artemio López: “entonces votá por Del Caño”, después de que López acusara a Jorge Altamira de ser parte de la “casta política”).


 


El oficialismo alentó al PTS en las internas de las Paso porque caracteriza al Partido Obrero y a Altamira como adversarios estratégicos por su oposición sistemática al nacionalismo burgués desde el lugar de la clase obrera y el socialismo. Con relación al kirchnerismo, no se trata solamente de la extendida experiencia en su provincia de origen (Santa Cruz), donde el PO jugó el papel de oposición obrera y consecuente desde los primeros años noventa. Ya bajo la presidencia de Néstor Kirchner, el PO caracterizó los límites insuperables de la experiencia kirchnerista: su rescate de la deuda externa y de las privatizaciones, su pacto de hierro con la burocracia sindical y la gran burguesía, su tentativa tardía de arbitraje ante la crisis capitalista y ante una tendencia a la autonomía política en el movimiento obrero y en la juventud. Todo ello estuvo jalonado en episodios de la lucha de clases que tuvieron al PO en un lugar protagónico, como la conquistas de centros y federaciones estudiantiles por parte de la izquierda; o la lucha contra las tercerizaciones, que se cobró la vida de Mariano Ferreyra y el combate por el castigo a sus asesinos; y la conquista de sindicatos y seccionales -por ejemplo entre la docencia, los estatales, municipales, la docencia universitaria, el Neumático, la construcción, seccionales de la CTA y cuerpos de delegados y agrupaciones sindicales en gremios de las cinco centrales. Es de notar que, en el año 2010, el PTS se encandilaba frente a los fastos del Bicentenario y lo que llamaba “la Argentina kirchnerista” -o sea que le asignaba al gobierno del pago serial de la deuda una dimensión histórica propia. La máxima expresión de esta política es la caracterización del kirchnerismo como “reformista”: se presenta como un gobierno que ha concedido conquistas sociales o laborales duraderas al régimen que paga la fuerza de trabajo de la clase obrera por debajo de su valor, que sostiene un 35% de trabajo precario y que ha reforzado al asistencialismo ante una miseria social agravada por su propia política.


En relación con el filokirchnerismo del PTS, y desde afuera del Frente de Izquierda, la Corriente Patria Grande, que integra el Frente Popular con De Gennaro y Lozano, trazó un balance significativo de la interna del FIT.


Patria Grande ubica a Altamira y al PO como parte de una izquierda “rígidamente antikirchnerista”. En cambio, el PTS “muestra un matiz interesante (…) de dialogar con la base del kirchnerismo a lo largo de estos años”. Patria Grande valora la adaptación que, todavía más profundamente, caracteriza a su propia política. Además -el PTS-, “incorpora a su discurso la denuncia de la ‘casta política’ haciendo contacto con las simpatías que genera el fenómeno Podemos en España”, continúa.


 


Para “los más memoriosos -señala Patria Grande- pareciera que algún reflejo han heredado de Nahuel Moreno, del cual hoy reniegan, en sus mejores características (…) como interpelar a los fenómenos populares en cada etapa histórica (…) el famoso ‘entrismo’ en el peronismo y más adelante su momentáneo acercamiento a la revolución cubana y al guevarismo”. Patria Grande enlaza al PTS con el carácter orgánicamente oportunista del morenismo, que lo llevó sucesivamente del seguidismo al peronismo, al foquismo y al electoralismo.


 


En La Plata, donde presentó boleta local, Patria Grande votó a Del Caño en el plano nacional. El elogio y el apoyo al PTS por parte de una corriente filokirchnerista dice más que cualquier otra observación respecto de quienes sustituyeron la crítica al gobierno nacionalista por el ataque a los “hijos de Menem”.


 


Antecedentes de las Paso (I): del FIT a… un partido centrista


 


Las contradicciones políticas que condujeron a las Paso recorren toda la breve historia del Frente de Izquierda. Cuando el FIT emerge electoralmente en 2011, quedó situado como una inocultable referencia política para el sector más activo de los trabajadores. En vez de proyectar ese desarrollo hacia las organizaciones obreras, el PTS le opuso la formación de un partido de trabajadores, de tipo centrista. Se trataba de un evidente retroceso programático y político. El planteo de un “Partido de Trabajadores” fue formulado en el pasado por los socialistas, para empalmar con un sector masivo de trabajadores y organizaciones sindicales que tendían a la independencia de clase, pero aún no hacían suyo un programa revolucionario integral. En ese sentido, la formación de un partido de trabajadores era considerado un paso progresivo, aún con un programa centrista. Pero de ningún modo era, ni es la situación que existe en la Argentina. Aunque con un ritmo lento y desigual, la ruptura de los trabajadores con los partidos capitalistas, en la medida en que se desenvuelve, se procesa a través del Frente de Izquierda, que lucha por el gobierno de los trabajadores. La creación de un “partido de trabajadores sin patrones” -que el PTS ponía como condición para una futura “fusión con la vanguardia obrera en un gran partido revolucionario”- sólo contaba con el propio PTS para su formación. No tenía, por lo tanto, una función política definida… a menos que la de reconvertir orgánicamente al propio PTS en un PT centrista. De algún modo, esa tendencia quedó expresada en la salida de publicaciones como Nuestra Lucha y -ahora- La Izquierda Diario, que ha pasado de página web, donde el PTS hablaba de sí mismo en tercera persona, a la condición de órgano partidario(9).


 


Sin terreno propicio en Argentina, el PTS se empeñó en su “partido de trabajadores sin patrones” en Bolivia, en este caso, cuando la burocracia de la Central Obrera Boliviana creyó necesario contar con un instrumento electoral propio. El seguidismo a esa burocracia sustituyó la lucha por una delimitación estratégica respecto del MAS y del indigenismo, como trabajo preparatorio para la creación de un partido obrero. Muy rápidamente, el oficialismo coptó al “instrumento electoral” de la burocracia sindical, que abandonó su construcción, evidenciando el carácter aventurero y superficial de la política del PTS.


 


Antecedentes (II): la usurpación parlamentaria


 


En diciembre de 2013 asumieron los tres diputados nacionales del Frente de Izquierda electos en octubre: Néstor Pitrola (PO), Pablo López (PO) y Nicolás del Caño (PTS). La primera medida que adoptó el PTS fue dividir lo que debía ser un bloque común en el Congreso. Nicolás del Caño, electo por Mendoza, constituyó un bloque unipersonal del PTS, diferenciado de los otros dos diputados del FIT. El bloque Frente de Izquierda quedó constituido entonces por Pitrola -que había encabezado la boleta del FIT en la provincia de Buenos Aires- y por Pablo López -electo por el PO de Salta (los otros partidos del Frente no contaban con personería ni trabajo político en esa provincia).


 


Esta política no sólo se mantiene hasta el día de hoy, sino que fue imitada en otros lugares donde el PTS obtuvo algún legislador: en Mendoza, donde contamos con varios representantes en la Cámara de Diputados y en diferentes concejos deliberantes, el PTS escindió el bloque del FIT y constituyó su propio bloque. Lo mismo ocurrió en el Congreso cuando, producto de los acuerdos de rotación, Néstor Pitrola renunció a su banca de diputado nacional para dar lugar al ingreso de Myriam Bregman. Su primera decisión fue separarse del bloque del FIT -que conformaban Pitrola y López- para unirse al bloque “PTS”. Como resultado de lo anterior, en el actual Congreso se presenta la siguiente paradoja: las dos bancas que son resultado de una presentación electoral frentista de los dos o tres partidos del FIT -Mendoza y Buenos Aires- revistan como “bloque PTS”. Por el contrario, el bloque del Frente de Izquierda se encuentra representado por un diputado electo sólo por el Partido Obrero, el salteño Pablo López.


 


La usurpación y el carácter escisionista de esta decisión es por demás evidente. Por un lado, los trabajadores y la izquierda eligieron a los diputados como parte de un bloque, de un frente único para la lucha parlamentaria. Este mandato político se expresó en las propias consignas que convocaron a votar por el ingreso del Frente de Izquierda al parlamento, tales como “la izquierda tiene que estar” o “por un bloque de izquierda en el Congreso”. Ese ingreso debía reforzar una unidad de acción, para que la presencia parlamentaria y las bancas conquistadas en forma colectiva sirvieran para desarrollar una agenda de movilización política de los trabajadores. Este planteo supera las limitaciones del sindicalismo, por un lado, y del parlamentarismo, por el otro, y los reunifica en una estrategia socialista. El campo de acción de la izquierda revolucionaria, que habíamos ampliado con la agitación política electoral y los resultados obtenidos, tendría ahora una nueva oportunidad de desarrollo. En cambio, la escisión del bloque del FIT es una clara violación de ese mandato de los votantes, que eligieron a parlamentarios del Frente de Izquierda y no de un determinado partido. La usurpación del PTS choca con la gestión colectiva de las bancas del FIT, uno de los principios sobre los cuales se constituyó la alianza. En efecto, si cada banca obtenida será compartida en el tiempo por los diferentes partidos del Frente, ninguno de ellos se puede apropiar de la misma durante su gestión. En el Congreso, y luego de la rotación de Pitrola a favor de Bregman, la banca obtenida en Buenos Aires ha “pasado” del bloque del FIT al del PTS, y “volverá” al FIT cuando asuma el compañero de IS, un verdadero mamarracho.


 


El PTS se autojustifica señalando que, aunque actuamos en bloques separados, “en ninguna cuestión de trascendencia el Frente de Izquierda ha votado dividido, lo que muestra su coherencia interna” (La Izquierda Diario, 24/6). Si esto es así, ello refuerza la pertinencia de constituir un bloque común y demuestra que la escisión responde a razones puramente faccionales u autoproclamatorias. Pero en verdad, hemos tenido votaciones diferenciadas(10), allí donde el PTS elude confrontar con la demagogia pseudodemocrática o nacionalista del kirchnerismo. Un bloque del FIT hubiera permitido un debate previo de las diferencias y arribar a una posición común o, en su defecto, a una delimitación pública. La ruptura de un trabajo parlamentario en bloque, inmediatamente después del mayor ascenso electoral del FIT, ha sido un golpe contra su desarrollo político.


 


Antecedentes (III): sindicalismo sin programa o unidad del movimiento obrero y la izquierda


 


En las elecciones de 2013, que el PO arrancó tempranamente y en soledad dentro del Frente de Izquierda, obtuvimos casi 1.300.000 votos, metimos tres diputados en el Congreso y varios otros en legislaturas provinciales y municipios. La oportunidad de constituir al FIT en un factor político de primer orden para desarrollar el frente único de las tendencias clasistas en los sindicatos y para unir al movimiento obrero que lucha con el programa socialista, estaba planteada.


 


Las divergencias entre las corrientes integrantes, que en el pasado obstaculizaron la formación de un Frente de Izquierda, podían encontrar un marco de superación en el marco de una acción común y del ascenso de la izquierda que protagonizó el FIT. Un ascenso significa la atracción de nuevos sectores sociales y nuevas realidades que influyen al interior de los propios partidos, y pueden permitir la superación de viejas divergencias.


 


Cuando en la mesa del Frente de Izquierda se debatió la posibilidad de convocar a un encuentro sindical, el Partido Obrero sostuvo que éste debía ser explícitamente convocado por el FIT. Entendíamos que, después de la gran elección de 2013, contábamos con la mayor autoridad para dirigirnos al activismo obrero, y para reagruparlo en torno de un programa político definido.


 


En esa misma perspectiva, el Congreso del Partido Obrero de abril de 2014 propone al Frente la realización en común de un congreso del movimiento obrero y la izquierda. La propuesta apuntaba a aprovechar el impulso electoral del FIT para avanzar en la tarea de unir al movimiento obrero que lucha con el programa y la perspectiva de la izquierda, partiendo de la constatación de que buena parte de los luchadores obreros habían votado al FIT o simpatizaban con él. De este modo, el FIT podía pasar a convertirse en un factor político decisivo para que los trabajadores rompan con los partidos patronales, avancen en el proceso de su independencia política y recuperen sus sindicatos, expulsando a la burocracia sindical.


 


El PTS rechazó esta propuesta, a la que le opuso un congreso meramente sindical, sin definiciones políticas precisas. Pero, como ningún planteo sindical de una corriente política gira en el vacío, esa indefinición comportaba la formación de un bloque antagónico al Frente de Izquierda y a su perspectiva política.


 


El objetivo anunciado del llamado “Encuentro sindical combativo” (conocido luego como “Encuentro de Atlanta”) era la “coordinación nacional del sindicalismo antiburocrático y combativo” y avanzar en “un nuevo modelo sindical de lucha, antiburocrático y democrático, para formar un polo sindical combativo”. En esa definición fue excluida la pretensión de impulsar un sindicalismo clasista, que conduce a la lucha por un gobierno de trabajadores. No era un “Encuentro” para apoyar o impulsar una lucha determinada, sino que apuntaba a constituir una tendencia organizada. ¿Que relación tenía con el FIT? Explícitamente ninguna, a pesar de que la mayoría de los convocantes y concurrentes al encuentro pertenecían a dos de sus tres partidos (PTS e Izquierda Socialista). Más allá de éstos, el Encuentro se organizó con algunos pocos sectores que en aquel momento no apoyaban al FIT, como la corriente del “Perro” Santillán. Con ellos, no existió debate ni delimitación alguna, siquiera para establecer los términos políticos del acuerdo. El “Encuentro” nunca llegó a sacar un planteamiento programático constitutivo, lo que lo hubiera obligado a definirse ante el FIT y habría expuesto las concepciones políticas heterogéneas que existían entre sus integrantes. El Encuentro tampoco logró articular una política común en los sindicatos o en las luchas obreras, principalmente por el faccionalismo del PTS. Finalmente, el “Encuentro” estalló por sus contradicciones, y el PTS fue el primero en escindirlo.


 


El balance de esta experiencia arroja luz sobre las visiones contradictorias que existen al interior del Frente de Izquierda en torno de su relación con el movimiento obrero. Para el PTS, el Frente de Izquierda era una construcción meramente “electoral” o parlamentaria (aunque, como ya se vio, en este último aspecto también la escindieron). Del otro lado, y a través de la experiencia del “encuentro”, promovieron un reagrupamiento de luchadores sindicales sin programa ni perspectiva.


 


El Congreso del movimiento obrero y la izquierda, propuesto y llevado adelante por el PO, fue saboteado directamente por el PTS. Al congreso, que culminó con una sesión multitudinaria en el Luna Park, terminaron concurriendo y adhiriendo IS y otros sectores que habían participado del Encuentro de Atlanta, y expresaban una primera aproximación política al FIT. Numerosas delegaciones obreras, sindicales, juveniles, de luchadores por la tierra y la vivienda, por los derechos de la mujer y las libertades democráticas acudieron al mismo. Diez mil trabajadores, jóvenes y mujeres debatieron en comisiones, aprobaron resoluciones y luego desbordaron las instalaciones del Luna Park en un multitudinario y combativo acto.


 


Antecedentes (IV): el debate sobre las Paso


 


Desde su propia constitución, el “ADN” del Frente de Izquierda estuvo marcado por la crítica a las Paso y a su carácter proscriptivo. El Partido Obrero, además, las denunció como una tentativa de estatiza- ción de la vida de los partidos.(11)


 


Cuando se constituyó el FIT, en 2011, las candidaturas se distribuyeron luego de un debate sobre el peso relativo de cada organización. En algunos casos, como Neuquén, el PTS hizo valer su personería electoral exclusiva en ese momento para extorsionar a las restantes fuerzas del Frente y arrancar los dos primeros lugares. Para reclamar mayores posiciones en las elecciones de 2013, el PTS volvió a plantear varias veces que reclamaría definir las candidaturas en las Paso: “ante la posibilidad de no terminar de acordar con un criterio común para la selección de las y los candidatos del Frente, creemos que no debemos descartar la utilización de las Primarias como forma de dirimir las diferencias respecto a las candidaturas, (…), podría, eventualmente, ser una interesante forma de dirimir el orden de las candidaturas que incluso podría motivar la atención de cientos de miles sobre el FIT” (Carta del Comité Ejecutivo del PTS al PO e IS, del 27 de marzo de 2013).


 


El Comité Nacional del Partido Obrero respondió con otra carta: “este planteo -decía- no deja de ser una extorsión, porque el PTS tiene derecho a ellas (las Paso) por una norma legal. Los inconvenientes que presentan las primarias son, sin embargo, evidentes, en primer lugar porque exhibirían una disputa dentro de una fuerza frentista que se reclama alternativa, y porque nos nivelaría con todos los frentes burgueses, que disputarán sus carreras políticas con ese método” (7/4/13).


 


Advertía, además: “hay otros problemas también. ¿Estamos seguros de que ya tenemos el piso del 1,5% de los votos que son necesarios para ir a las generales? En la mayoría de las provincias no vamos a alcanzar ese piso. Una disputa podría comprometer ese objetivo”. Alertábamos: “El recurso a las Paso podría ser perjudicial”.


 


Efectivamente, el FIT, en las Paso de agosto de este año, no superó el piso en siete provincias (la propia Lista 1 del PTS no superó el 1,5% para gobernador en la provincia de Buenos Aires, aún cuando la fórmula quedó habilitada porque la Lista 2 obtuvo casi el 2% y la suma de ambas cerca del 3,5%).


 


Así las cosas, llegamos a fines de 2014 con las bancadas divididas desde el mismo día de su asunción, con la Mesa del Frente de Izquierda paralizada y con el PTS buscando sucedáneos artificiosos (Partido de los Trabajadores, Encuentro Sindical) al desarrollo del FIT. Esta quiebra del frente único por parte del PTS no sólo tuvo lugar en el plano parlamentario y político, sino particularmente en el de la lucha de clases. Es el caso de las listas divididas en las compulsas gremiales y estudiantiles frente a las burocracias. Entre estas escisiones, cabe destacar la que se produjo en el sindicato del Subte de la Ciudad, donde el PTS constituyó una lista con un sector desplazado de la directiva filokirchnerista, rompiendo con nuestra lista clasista. En gran medida, esta parálisis del Frente intentó ser remontada por la iniciativa de nuestro Partido y de sus principales dirigentes públicos.


 


Por qué fuimos a las Paso


 


Fue para romper esta impasse y potenciar la presencia política nacional del Frente que propusimos que el FIT tomara la iniciativa política mediante la convocatoria a un congreso del movimiento obrero y de la izquierda. Después de agotar las discusiones sobre esta propuesta con el PTS, convocamos a un congreso abierto con los resultados que ya comentamos. Para contrarrestar la iniciativa, el PTS lanzó, una semana antes del congreso, la candidatura presidencial de Del Caño, y reiteró sus reclamos por las Paso. De ese modo, tomaba forma precisa la formulación que anunciaron a comienzos de ese año, cuando propusieron, no uno, sino cuatro candidatos presidenciales alternativos del propio PTS. Desde la tribuna multitudinaria del Luna Park rechazamos el planteo del PTS de ir a las Paso e insistimos en formar una lista común para iniciar de inmediato la campaña política presidencial. El propósito era presentar al Frente de Izquierda como una unitaria y masiva alternativa política: “¿cómo lo vamos a hacer? Con un Frente de Izquierda que actúe como frente único. Ponernos a discutir en una interna armada por el Estado capitalista es bastante peor que la acusación que se nos hace de que participamos de las elecciones burguesas (…) En un enfrentamiento contra los capitalistas ¿poner el centro en un debate entre nosotros?” (discurso de Jorge Altamira en el Luna Park).


 


Sin embargo, el PTS saboteó toda posibilidad de acuerdo. Así, buscó la atomización de los acuerdos de constitución de listas, provincia por provincia -Capital, Mendoza, Santa Fe, Neuquén y Córdoba-, mientras daba por cerradas las negociaciones nacionales hasta principios de junio, a pocos días de la oficialización de los frentes y candidaturas. Era clara la intención de arrancar mejores posiciones en las listas, bajo la amenaza de romper el FIT al filo del cierre legal de las alianzas electorales.


 


Así, el Frente de Izquierda quedó paralizado como alternativa nacional, sin una candidatura presidencial y con su presencia atomizada en las diferentes elecciones provinciales. Ello, mientras los candidatos burgueses salían al ruedo, armaban sus frentes y publicitaban sus campañas.


 


En el acto del 1° de mayo de este año se podía constatar que el FIT estaba dividido y paralizado. En su discurso de cierre, Altamira reiteró un llamado: “Todo un campo político está esperando una orientación. El Partido Obrero se compromete, desde esta tribuna, en los próximos días, a tomar todas las medidas prácticas y políticas para impulsar al Frente de Izquierda, por una vigorosa campaña presidencial para enfrentar desde Jujuy hasta Tierra del Fuego la expresión del socialismo y la clase obrera, por un lado, contra las expresiones putrefactas, podridas y en descomposición, por el otro, de la derecha y el capitalismo”.(12)


 


Antes de finalizar dicho acto en Plaza de Mayo, un dirigente del PTS en forma extemporánea volvió a lanzar por micrófono la precandidatura presidencial de Del Caño. Simultáneamente, y como veremos más abajo, el PTS vetaba la participación de nuevos sectores en la campaña electoral del FIT.


 


Frente al bloqueo completo de la campaña presidencial, y ante la negativa del PTS a definir un curso al problema de las candidaturas y al frente único electoral, resolvimos, junto a Izquierda Socialista, lanzar la fórmula presidencial Altamira-Giordano y dirimir el conjunto de las candidaturas en las Paso. Nunca ocultamos ni nos desdijimos de nuestra crítica al método de las internas abiertas. Pero nos vimos obligados a recurrir a ellas como un recurso extremo para romper la parálisis y evitar la ruptura del FIT.


 


¿Cuál fue la respuesta del PTS? En una nota firmada por su dirección nacional, “reunida el domingo 10 de mayo, saluda la decisión de los compañeros del PO e IS de que hayan aceptado dirimir mediante este método las diferencias que hubiere sobre candidaturas. Es una solución que evitaría cualquier posibilidad de ruptura de la gran conquista que significa nuestro Frente de Izquierda y de los Trabajadores ante diferencias de este tipo”.


 


Después, y ya forzados a ir a las Paso, el PTS propuso una negociación de candidaturas, reconociendo a Altamira como candidato a presidente y poniendo ellos a Del Caño como vice. Pero, a su vez, condicionaban esta variante a que Del Caño no rotara de su banca de diputado nacional por Mendoza (en diciembre tiene que asumir Soledad Sosa, del PO), al tiempo que reclamaban para el PTS el primer cargo de diputado por esa provincia. Se trataba, claramente, de una ruptura de los acuerdos de rotación existentes desde la constitución del FIT. En los mismos días en que el PTS hacía sus supuestos “últimos llamados a una lista unitaria”, adoptaba la decisión de separar a la recién asumida Myriam Bregman del bloque del FIT, para sumarse al “bloque PTS” con Del Caño. Era claro que las propuestas ‘unitarias’ del PTS sólo apuntaban a levantar un argumento de campaña para su lista, en el marco de las futuras internas.


 


Quién defendió al Frente de Izquierda


 


El progreso del FIT, como frente único de la vanguardia de los trabajadores en el campo electoral, lo convirtió en un polo de atracción para otras corrientes obreras y movimientos sociales interesados en una lucha política contra el Estado y los partidos del capital. Es lo que ocurrió con el “Perro” Santillán y su corriente, que pasó de sostener posiciones políticas antagónicas al FIT a apoyarlo como alternativa: en un reportaje del portal Prensa Jujuy (23/12/2014), Santillán llamó a “sumar el esfuerzo de todos los sectores hacia el camino político iniciado por el FIT para que el próximo año tenga todavía mejores resultados (…) Sería importante -agregó- poder sumar esfuerzos a esta gran herramienta que ha demostrado ser buena para los trabajadores, para darle más impulso todavía”.


 


El apoyo al FIT se extendió a otros sectores, como la corriente Pueblo en Marcha (agrupamiento de una fracción del Frente Darío Santillán con otros grupos) y la corriente “por la reconstrucción del Comunismo Revolucionario” (ruptura del maoísta PCR). Con estas corrientes, el PO se dio un método: establecer un marco de participación y colaboración junto al FIT, a partir de la unidad de acción, de la explicitación de los acuerdos y de una agenda de debate para las diferencias políticas existentes. Este método se plasmó en el acuerdo que suscribieron Altamira y Santillán en Jujuy, donde se propuso “la discusión del programa del FIT, con el objetivo de una clarificación de las posiciones políticas en presencia y, en segundo lugar, a partir de esa delimitación política, determinar el método de participación y colaboración con las iniciativas del FIT”. Luego, se coincidió en que “la participación en las elecciones y los parlamentos no es un fin en sí mismo, sino que apunta a la preparación de clase obrera y el pueblo para la conquista del poder político, mediante el desarrollo de una conciencia de clase” y finalmente se reivindicó al frentismo de izquierda “como un frente único que debe servir al desarrollo de la lucha de clases de los trabajadores en todos los terrenos”(13). El PTS vetó la incorporación de estos sectores, condicionando el reglamento de la propia interna a que su participación en las listas quedara confinada a lugares subordinados. Ahora, el PTS dice que la diferencia “estratégica” de su lista respecto a la del PO-IS es que esta última “sostuvo que el desarrollo del FIT pasaba por incorporar, sin un debate serio previo y una práctica común, a agrupamientos que no compartían el programa del FIT”. Falso: el PO nunca propuso la integración sumaria de estas corrientes al Frente de Izquierda, sino un proceso de debate y clarificación política en el marco de la unidad de acción en torno de las tareas del FIT.


Concebimos la integración de estas corrientes al FIT como la coronación de una experiencia de trabajo común -y no como su punto de partida.


 


Esto es lo que desarrollamos intensamente con Pueblo en Marcha y otros compañeros en la Ciudad de Buenos Aires, tanto en las elecciones locales como en las Paso posteriores.


 


Al criticar la posición del PTS, señalamos que “el sectarismo es un obstáculo mayor al desarrollo de una clase obrera


revolucionaria que el centrismo. Un frente de luchadores, hecho en la claridad, es siempre un avance para el movimiento obrero real”(14). Para justificar su posición, el PTS le ha colgado el sayo de “chavistas, populistas o evomora- listas”, a quienes reclamaban luchar políticamente con el FIT. La calificación desconoce, sin embargo, que el acercamiento de estas fuerzas al FIT estuvo precedido de delimitaciones políticas y escisiones a su interior, entre quienes viraron a la izquierda y quienes permanecieron en el centroizquierdismo o el filokirchnerismo. No puede perderse de vista que el chavismo continental apoya al gobierno kirchnerista; en cambio, quienes se acercaron al FIT, y aún reivindican al chavis- mo, son antikirchneristas. El ‘maoísmo’ nativo (PCR) lucha contra el FIT desde la centroizquierda tradicional, pero su escisión tomó partido por el FIT en el plano de la lucha electoral. La determinación de prescindir de estos apoyos expulsa a estas fuerzas hacia sus orígenes y atenta contra la posibilidad de reforzar el polo de lucha de izquierda y anticapitalista contra los partidos de Estado. El sectarismo es una señal nefasta para los trabajadores activos que procuran acercarse al Frente de Izquierda, pues revela la negativa a un progreso sobre principios políticos claros a expensas del sectarismo y la autoproclamación.


 


“Desarrollo de los partidos” o autobombo


 


El PTS sostiene que su ajustado triunfo electoral en las Paso sobre la lista del PO-IS fue la expresión del ‘desarrollo de los partidos’ de las respectivas listas. Según esa afirmación, el PTS contaría con mayor desarrollo político-organizativo en Mendoza, Jujuy, Córdoba e incluso “en otras provincias donde también ganamos, como Santa Fe, Tucu- mán, San Luis, La Pampa, Río Negro, Chubut y Entre Ríos”, no por casualidad, sino por “el mayor desarrollo militante del PTS respecto al PO e IS”.


 


La afirmación es insostenible, y el PTS lo sabe. Incluso en Mendoza, donde el desarrollo numérico de ambas organizaciones (PTS y PO) es bastante paritario, el PO ha logrado progresos cualitativos importantes en el movimiento obrero.


 


Pero, ¿qué decir de Santa Fe o de Tucumán? En la primera provincia, el PO cuenta con un desarrollo extendido en toda su geografía, y representación legislativa en el estratégico cordón de San Lorenzo. El PTS, en cambio, sólo puede acreditar una presencia en Rosario. En el caso de Tucumán, la diferencia de desarrollo de los dos partidos es abismal, lo que fue reconocido incluso por el PTS cuando, en la negociación de la lista para la elección provincial, admitió que el PO encabece las candidaturas de gobernador y primer diputado. En la reciente elección provincial, el PO colocó más de 800 fiscales -cubriendo Capital y el interior de la provincia de Buenos Aires- que pelearon a brazo partido contra el fraude, mientras que el PTS puso algunas decenas sólo en la Capital. Jugamos un rol dirigente en el importante sindicato de los docentes universitarios, que protagonizó la huelga más extensa de la historia provincial, luego de la cual ganamos el gremio. En otras provincias, donde la victoria de la Lista 1 también se atribuye a “un mayor desarrollo”, el PTS literalmente no existe. Es el caso de Río Negro o Misiones, donde la Lista 1 venció sin contar siquiera con lista provincial. Finalmente, en esta misma línea se inscribe la afirmación de que se reunieron “1.800 candidatos (…) con mayoría de activistas obreros, del movimiento de mujeres y de la juventud combativa”. Es bueno recordar que, en el caso de Buenos Aires, el PTS debió apelar a la publicación de un aviso en su página para completar sus listas en diversos municipios.


 


¿Cuál es la razón de tan evidente distorsión por parte del PTS? No se trata sólo de una tentativa de magnificar su desarrollo político. Principalmente, se quiere disimular el carácter mediático (superficial) de lo que llaman “el fenómeno Del Caño”.


 


El mismo autor del balance antes mencionado del PTS, Freddy Lizarrague, confirma que “el triunfo de la Lista 1A fue una ‘sorpresa’”. Y continúa: “si todos esperaban el triunfo de Altamira, esto era por ser, de lejos, el candidato más conocido a nivel nacional, por años de presencia mediática y por haber sido postulante a presidente del FIT en el 2011”. Pero esto no es así: no es Jorge Altamira, sino el Partido Obrero (y Altamira como dirigente del PO) quien es reconocido nacionalmente por amplios sectores de la vanguardia obrera y de lucha. Se trata, no de un problema “mediático”, sino de una probada trayectoria de lucha junto a los trabajadores y explotados, y por el planteo programático de la independencia de clase y el gobierno de los trabajadores.


 


En un período de tiempo relativamente breve, el PTS pasó de reivindicar en los actos el estudio del militar prusiano Carl von Clausewitz, como si la lucha de clases en la actualidad hubiera cobrado la forma de una guerra de clases con los ejércitos delineados y sus respectivos generales ya formados, a impulsar un partido basado en las redes sociales; de formular la consigna de un partido de trabajadores, a inspirarse en la experiencia movimientista de Podemos de España; de editar un “periódico de obreros”, a La Izquierda Diario pensado para la clase media; después de estos virajes, siguiendo desde atrás las modas en boga de la política internacional, recayó en su variante ‘renovadora’ del Frente de Izquierda, con un programa contra la “casta política” y por el “voto joven”. El denominador común de estos vaivenes es el sabotaje al desarrollo del FIT como un frente único que lucha por construir una alternativa obrera y socialista.


El PTS ha armado una capciosa codificación de tipos de frentes a construir, manipulable y al servicio del faccionalismo. El Frente de


Izquierda sería un frente que termina el mismo día en que se realizan las elecciones, y no para intervenir integralmente en la lucha de clases. Introduce una división artificiosa que separa la lucha política de la acción directa.


 


El triunfo ajustado de la Lista 1 no implica una nueva etapa del FIT, sino una regresión política.


 


Balance contradictorio de las Paso para el FIT


 


El balance contradictorio de las Paso debe tomar en cuenta, por un lado, que el FIT ha quedado como una de las fuerzas que ha superado el régimen electoral proscriptivo y participará de una elección general donde tiene planteado el desafío de ampliar su representación parlamentaria, principalmente en Buenos Aires, en la Capital, en Mendoza y Córdoba. Por el otro, esa elección se dio en un cuadro general donde la burguesía logró retener en su campo a más del 95% de los votos, si se incluye a Stolbizer. No sólo el FIT, sino el conjunto de la izquierda, retrocedió electoralmente. En este cuadro, en las Paso del FIT triunfó una tendencia de carácter democratizante y autoproclamatoria, que se apoyó en tendencias ajenas a la izquierda -e incluso del Estado- para vencer ajustadamente a la lista que encabezó Jorge Altamira.


 


La campaña de la Lista 2 Unidad estuvo centrada, en cambio, en el ataque al gobierno y a los candidatos del ajuste. Señalamos explícitamente que no haríamos de la interna un campo de disputas con el PTS, sino que presentaríamos a la Lista Unidad como la mejor y más consecuente alternativa para luchar contra los candidatos del capital en las elecciones generales. Por ese motivo, y cuando el PTS salió a reclamar por los medios “debatir con Altamira” y otros candidatos de la Lista Unidad, sin llevar antes la propuesta a la Mesa del FIT, lo rechazamos. No sorprendió, tampoco, que esa posibilidad de confrontación entre las listas de izquierda fuera azuzada por sectores K (como el grupo mediático de Sergio Szpolski), en la expectativa de denigrar al propio Frente de Izquierda y presentarlo como un reñidero, a igual título que el resto de los partidos y coaliciones burguesas.


 


Los alcances de las divergencias que se presentaron en la campaña electoral del Frente de Izquierda no pueden atribuirse a la disputa interna de las Paso, sino que la preceden. El alcance de las mismas deberá verse en el tiempo. Argentina atravesará, en el próximo período, grandes crisis políticas y económicas que pondrán a prueba los programas de los partidos y la fortaleza de su propia estructuración. La izquierda ingresa en esta fase con un lugar conquistado muy superior al que tenía en el Argentinazo de 2001. La campaña electoral del Frente de Izquierda puso de manifiesto una crisis y una delimitación a su interior. Es necesario que todos los luchadores de izquierda asuman la responsabilidad de debatir a fondo las divergencias que se han presentado, para asegurar el desarrollo del Frente de Izquierda como una expresión política de los trabajadores contra el capital y sus partidos.


 


 


* Rafael Santos es militante del Partido Obrero. Es coautor del libro La asamblea constituyente, qué debe hacer la izquierda y autor de numerosos folletos y artículos políticos.


 


 


NOTAS


 


1. La corriente Pueblo en Marcha (integrada por el Frente Popular Darío Santillán, Democracia Socialista y otros grupos); el PSTU y el Comité por la Reconstrucción del Comunismo Revolucionario (CRCR), entre otros.


 


2. En un reciente intercambio de textos, propusimos al PTS un manifiesto que caracterizara que la Argentina enfrenta de nuevo, “una crisis económica y una crisis del conjunto del Estado”. La contrapropuesta recibida reemplaza esa afirmación por “una situación económica crítica y recesiva”. 


 


3. Un reciente texto del PTS presenta el “odio a la casta política” y “a una democracia que ya no puede albergar a estos jóvenes” (precarizados) como continuidad del “que se vayan todos” de 2001 (Paula Varela, “Del Caño y la ‘diferencia’”, Ideas de Izquierda N° 23, septiembre de 2015).


 


4. “Las Paso, el peronismo y el Frente de Izquierda”, www.izquierdadiario.com 


 


5. Ver “Vidal y Del Caño”, nota de Gabriel Solano en Prensa Obrera N° 1.377, 20 de agosto de 2015.


 


6. Este concepto está ampliamente desarrollado en Altamira, Jorge (2011): El ascenso de la izquierda en Argentina, Buenos Aires, Editorial Rumbos.


 


7. Rosso, Fernando: “Las Paso del FIT”, La Izquierda Diario, 24/6/2015.


 


8. El Cronista, 30/6/2015.


 


9. El PTS acaba de anunciar la desaparición de La Verdad Obrera (periódico partidario) y su reemplazo por una edición impresa quincenal de La Izquierda Diario..


 


10. Es el caso de los acuerdos con China o la reciente reivindicación de la política oficial en materia de violencia de género, que fueron criticadas por los diputados del PO y contaron con la abstención del PTS, en el primer caso, y su aprobación en el segundo.


 


11. Una muy importante caracterización sobre el punto puede encontrarse en Altamira Jorge (2013): “Contra las Paso”. En defensa del marxismo N° 41, octubre.


 


12. Reproducido en Prensa Obrera (6/5/2015).


 


13. El texto completo del compromiso suscripto con la corriente del “Perro” Santillán puede leerse en Prensa Obrera N° 1.352 (26/2/2015) y en internet en cor.to/altamiraperro 


 


14. “Incorporemos a la corriente del “Perro” Santillán a la lista de Jujuy”. Prensa Obrera N° 1.373 (23/7/2015).


 

Detrás de la oposición histérica de Israel al Acuerdo Nuclear iraní


Ala luz del hecho de que Israel está en posesión de al menos doscientas ojivas nucleares (subrepticiamente construidas), y teniendo en cuenta que, de acuerdo con dos fuentes de inteligencia, la estadounidense y la israelí, Irán no posee ni busca tener armas nucleares, la campaña histérica e implacable realizada por Israel y su lobby en contra del Acuerdo Nuclear con Irán se puede caracterizar, en forma segura, como la madre de todas las ironías, un caso claro de descaro.


 


Como señalé en un ensayo reciente sobre el acuerdo nuclear, el convenio establece efectivamente el control de Estados Unidos (a través de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) sobre toda la cadena de producción de las industrias nucleares y las relacionadas con Irán. O bien, como el presidente Obama lo planteó (el día de la conclusión del acuerdo), “los inspectores tendrán acceso a toda la cadena de suministro nuclear de Irán, las minas de uranio y los molinos, sus instalaciones de conversión, de almacenamiento y los procesos de centrifugación (…) Algunas de estas medidas de transparencia se mantendrán durante 25 años. Debido a este acuerdo, los inspectores también podrán acceder a cualquier ubicación sospechosa”.


 


Incluso una lectura superficial del texto del acuerdo demuestra que, si es ratificado por el Congreso de los Estados Unidos, el acuerdo, en esencia, congelaría el programa nuclear de Irán a un nivel insignificante e inútil, a un valor de sólo 3,67% de enriquecimiento de uranio. Israel y su lobby, sin duda, deben ser conscientes de esto, del hecho de que Irán no representa una “amenaza existencial para Israel”, como frecuentemente reclaman Benjamin Netanyahu y sus correligionarios.


 


Entonces, la pregunta es: ¿por qué todos los gritos y esos golpes en el pecho?


 


Existe una percepción generalizada de que el acuerdo nuclear se alcanzó a pesar de la vehemente oposición del lobby, por lo tanto, debe significar una victoria para Irán o una pérdida para Israel y sus aliados. Este es un gran error de juicio por lo que representa el acuerdo: significa una victoria, no para Irán, sino para Israel y sus aliados.


Aquí el porqué. En el marco del acuerdo, Irán tiene la obligación de:


 


a) rebajar sus capacidades de enriquecimiento de uranio de 20% de pureza al 3,67%;


b) congelar este nivel mínimo de 3,67% de enriquecimiento durante 15 años;


c) reducir su actual capacidad de 19.000 centrifugadoras a 6.104 (una reducción del 68%);


d) reducir su stock de uranio de grado poco enriquecido desde el nivel actual de 7.500 a 300 kilogramos (una reducción del 96%);


e) aceptar límites estrictos a sus actividades de investigación y desarrollo. Si bien se les promete que algunas restricciones a la investigación y desarrollo van a ser suavizadas después de diez años, otras permanecerán hasta un máximo de 25 años.


 


Además, Irán tendría que aceptar un extenso régimen de vigilancia e inspección, no sólo de los sitios nucleares declarados, sino también de instalaciones militares, y otros no declarados, donde los inspectores pueden presumir o imaginar incidencias de actividad “sospechosa”. El elaborado sistema de vigilancia e inspección fue descripto sucintamente por el presidente Obama el día de la finalización del Acuerdo en Viena (14 de julio de 2015): “en pocas palabras, la organización responsable de las inspecciones, la IAEA, tendrá acceso donde sea necesario y cuando sea necesario. Esa disposición es permanente”.


 


Estas son, obviamente, importantes concesiones, que no sólo vuelven ineficaz a la firme (aunque pacífica) tecnología nuclear iraní, sino que también debilitan su capacidad de defensa y socavan su soberanía nacional.


 


Por lo tanto, la objeción frenética del lobby para el acuerdo nuclear no puede ser debido a que el acuerdo representa una victoria para Irán o una pérdida para Israel. Muy por el contrario, el acuerdo significa un éxito histórico para Israel, ya que tiende a eliminar o debilitar drásticamente el desafío de un Irán independiente, revolucionario, que se opuso sistemáticamente a sus esquemas expansionistas en el Medio Oriente -esquemas coloniales de expansión y ocupación.


 


Por lo tanto, las razones para el pánico del lobby -más probablemente, protestas fingidas- deben ser buscadas en otros lugares. Se pueden identificar dos razones principales a esa vehemente oposición del lobby para el acuerdo nuclear.


 


La primera es mantener la presión sobre los negociadores en la búsqueda de más concesiones por parte de Irán. De hecho, el lobby ha tenido mucho éxito en la búsqueda de este objetivo. Una mirada hacia atrás en el proceso de las negociaciones indica que, bajo presión, los negociadores de Irán han hecho continuamente concesiones adicionales en el transcurso de esas largas negociaciones durante veinte meses.


 


Por ejemplo, cuando se iniciaron las negociaciones en Ginebra, en noviembre de 2013, la discusión sobre la inspección de las industrias iraníes o de sus instalaciones militares de defensa, se consideraron fuera de los límites de las negociaciones. Mientras que, en el acuerdo final, al que se llega veinte meses más tarde en Viena, los negociadores de Irán han acordado lamentablemente tales medidas, altamente intrusivas, otrora tabú de la soberanía nacional.


 


El lobby es consciente del hecho de que las 159 páginas del largo Acuerdo Nuclear está plagado de ambigüedades y lagunas, lo que deja mucho espacio para el regateo y maniobras en los muchos aspectos discutibles del acuerdo, durante su período de ejecución a lo largo de 25 años. Esto significa que, incluso ratificado por el Congreso de Estados Unidos, el acuerdo no significa el final de las negociaciones, sino su continuación durante el largo tiempo venidero.


 


Las estridentes voces obstruccionistas de los operativos del lobby son, por lo tanto, diseñadas para continuar la presión sobre Irán durante el largo período de ejecución con el fin de obtener concesiones adicionales más allá del acuerdo.


 


La segunda razón de la implacable campaña del lobby de sabotear el acuerdo nuclear es que, mientras que el acuerdo, obviamente, representa una victoria fantástica para Israel, no obstante, no está a la altura de lo que el lobby proyectó y luchó; es decir, la devastación por medios militares que lleve a un cambio de régimen, similar a lo que se hizo en Irak y Libia.


 


Esto no es una teoría conspirativa o una especulación ociosa. Está bien documentada la evidencia innegable de que el lobby, como un importante pilar de las fuerzas neoconservadoras en Estados Unidos y en todos lados, se propuso ya en la década de 1980 y principios de 1990 “deconstruir” y rediseñar el Medio Oriente a imagen de los campeones sionistas radicales, para la construcción del “Gran Israel” en la región, que se extienda desde el río Jordán hasta las costas mediterráneas.


 


De hecho, los planes sionistas radicales para balcanizar y rediseñar el Medio Oriente son tan antiguos como el Estado de Israel. Esos planes estaban, en realidad, entre los diseños esenciales de los padres fundadores de Israel para construir un Estado judío en Palestina. David Ben Gurian, uno de los fundadores principales del Estado de Israel, por ejemplo, declaró descaradamente que el acaparamiento de tierras se logra mejor con la expulsión de los nativos no judíos de su tierra y hogares, y la expansión territorial a través del lanzamiento de guerras de selección y creación de caos social, a los que llamó tiempos o circunstancias “revolucionarias”. “Lo que es inconcebible en tiempos normales, es posible en tiempos revolucionarios; y si, en este tiempo, la oportunidad se pierde, y lo que es posible en ese gran momento no se lleva a cabo, se lo pierde para todo el mundo” (citado en Finkelstein, 2003).


 


Mientras que los planes para fomentar la guerra y crear convulsión social en la búsqueda del “Gran Israel” comenzaron con la creación del Estado de Israel, la implementación sistemática de este tipo de planes y la agenda concomitante de cambiar regímenes “hostiles” en la región, comenzó seriamente en la década de 1990; es decir, en el período inmediatamente posterior a la caída de la Unión Soviética.


 


Mientras existía la Unión Soviética como superpotencia de equilibrio frente a los Estados Unidos, los responsables políticos de Estados Unidos en el Medio Oriente se vieron limitados en cierta medida a adaptarse a las ambiciones territoriales del sionismo de línea dura. Esa restricción se debió en gran parte al hecho que los regímenes que gobernaban en ese tiempo en Irak, Siria y Libia eran aliados de la Unión Soviética. Esa alianza, y de hecho el poder de contrapeso más amplio de los países del bloque soviético, sirvieron como una correa de control a los designios expansionistas de Israel y los de adaptación estadounidenses a esos diagramas. La desaparición de la Unión Soviética retiró esa fuerza compensatoria.


 


La desaparición de la Unión Soviética también sirvió como una bendición para Israel por otra razón: se creó una oportunidad para una alianza más estrecha entre Israel y la facción militarista de la elite gobernante de Estados Unidos, cuyos intereses están invertidos en gran medida en el complejo industrial militar, de seguridad y de inteligencia -es decir, en la capital militar-, o de los dividendos de guerra.


 


Desde la lógica de que había sido la “amenaza del comunismo”, la que había originado el creciente gran aparato militar durante los años de la Guerra Fría, los ciudadanos estadounidenses celebraron la caída del Muro de Berlín como el fin del militarismo y el amanecer de los “beneficios de la paz”.


 


Pero, mientras la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos celebró la perspectiva de lo que parecía ser el inminente “beneficio de la paz”, los poderosos intereses invertidos en la expansión del gasto militar-industrial-seguridad-inteligencia se sintieron amenazados. No es sorprendente que estas fuerzas influyentes se movieran con rapidez para salvaguardar sus intereses ante la “amenaza de la paz”.


 


Para acallar las voces que exigían los dividendos de la paz, los beneficiarios de la guerra y el militarismo comenzaron a redefinir metódicamente las “fuentes de amenaza” de la post Guerra Fría en el marco más amplio de un nuevo mundo multipolar, que supuestamente va mucho más allá de la tradicional “amenaza soviética” del mundo bipolar de la Guerra Fría. En lugar de la “amenaza comunista” de la era soviética, la “amenaza” de los “Estados canallas” del Islam radical y del “terrorismo global” aparecían como nuevos enemigos.


 


Del mismo modo que los beneficiarios de los dividendos de la guerra veían la paz internacional y la estabilidad como hostiles a sus intereses, también los sionistas militantes defensores del “Gran Israel”, percibían la paz entre Israel y sus vecinos árabes-palestinos como peligrosa en su meta de ganar control sobre la “tierra prometida”.


 


La razón de este miedo a la paz es que, de acuerdo con una serie de Resoluciones de las Naciones Unidas, la paz significaría el regreso de Israel a sus fronteras anteriores a 1967. Pero debido a que los defensores del “Gran Israel” no están dispuestos a retirarse de los territorios ocupados, miran con temor la paz y, por lo tanto, continúan con sus intentos de sabotear los esfuerzos y/o las negociaciones de paz.


 


Debido a que los intereses de los beneficiarios de los dividendos de la guerra y los del sionismo radical tienden a converger acerca del fomento de la guerra y de la convulsión política en el Medio Oriente, una alianza ominosamente potente se ha forjado entre ellos, ominosa porque la poderosa maquinaria de guerra estadounidense está ahora complementada con las capacidades de relaciones públicas casi incomparables de la línea dura del lobby pro-Israel en los Estados Unidos.


 


La alianza entre estas dos fuerzas militaristas es, en gran parte, no oficial y de facto; se forjó sutilmente a través de una elaborada red de poderosos grupos de especialistas (think tanks) neoconservadores, como: The American Enterprise Institute, Project for the New American Century, America Israel Public Affairs Committee, Middle East Media Research Institute, Washington Institute for Near East Policy, Middle East Forum, National Institute for Public Policy, Jewish Institute for National Security Affairs, y el Center for Security Policy.


 


En el período inmediatamente posterior a la Guerra Fría, estos grupos militaristas y sus operadores neoconservadores de línea dura publicaron una serie de documentos políticos que defendían clara y enérgicamente los planes para el cambio de fronteras, el cambio demográfico y el cambio de régimen en el Medio Oriente. Aunque el plan para cambiar regímenes “hostiles” y balcanizar la región debía comenzar con la eliminación del régimen de Saddam Hussein, como el “eslabón más débil”, el objetivo final era (y sigue siendo) un cambio de régimen en Irán.


Por ejemplo, en 1996, un grupo de influyentes expertos israelíes, el Institute for Advanced Strategic and Political Studies, patrocinó y publicó un documento político, titulado “Una clara ruptura: una nueva estrategia para asegurar el reino”, que argumentaba que el gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu debería “hacer una clara ruptura” con el proceso de paz de Oslo y reafirmar el reclamo de Israel por Cisjordania y Gaza. Presentaron un plan por el cual Israel “daría forma a su entorno estratégico”, empezando por el derrocamiento de Saddam Hussein y la instalación de una monarquía hachemita en Bagdad, que serviría como un primer paso hacia la eliminación de los gobiernos anti-israelíes de Siria e Irán.


 


El influyente Instituto Judío para los Asuntos de Seguridad Nacional (Jinsa) ocasionalmente también emitió declaraciones y documentos políticos que abogaban fuertemente por “cambios de régimen” en el Medio Oriente. Uno de sus asesores de línea dura, Michael Ladeen, -quien también aconsejaba extraoficialmente al gobierno de George


 


W. Bush en temas del Medio Oriente- habló abiertamente de la próxima era de “guerra total”, indicando que los Estados Unidos deberían ampliar su política de “cambio de régimen” en Irak hacia otros países de la región, como Irán y Siria. En su ferviente apoyo a la línea dura, a favor de los asentamientos, de las políticas antipalestinas al estilo Likud en Israel, Jinsa ha recomendado, en esencia, que “el cambio de régimen en Irak debería ser sólo el comienzo de una reacción en cascada que derribe el Medio Oriente” (Hartung, 2003).


 


Se desprenden de este breve esbozo de larga data los planes del lobby del cambio de régimen en Irán. Su oposición al acuerdo nuclear, como se mencionó anteriormente, no es porque el acuerdo no representa una victoria para Israel, o una pérdida para Irán, sino porque la pérdida para Irán no es tan grande como al lobby le habría gustado que fuera -es decir, un cambio de régimen a través de bombardeos devastadores y de agresión militar, como se hizo en Irak o Libia.


 


Lo que el lobby parece pasar por alto o, más probablemente, es incapaz de reconocer o aceptar, es que el cambio de régimen en Irán se está llevando a cabo desde adentro, y es el acuerdo nuclear el que está jugando un papel importante en ese cambio. El lobby también parece pasar por alto o negar el hecho de que el gobierno de Obama también ha optado por un cambio de régimen desde adentro -primero, a través de la llamada “revolución verde” y ahora a través del Acuerdo Nuclear- porque varios líderes estadounidense-israelíes que intentaron un cambio de régimen desde afuera fallaron. De hecho, tales intentos inútiles de cambio de régimen llevaron a Irán a construir metódicamente robustas capacidades de defensa y alianzas geopolíticas, estableciendo así un contrapeso militar y geopolítico a los planes de Estados Unidos e Israel en la región.


 


Por otra parte, el plan de cambio de régimen “de forma pacífica” de la administración Obama parece ser un cambio experimental o táctica de acercamiento a Irán, antes que un verdadero compromiso con la paz, ya que no se descarta la opción militar en el futuro. Si Irán lleva a cabo todas sus obligaciones en el marco del acuerdo, a lo largo de 25 años, el cambio de régimen desde dentro sería completo y la opción militar sería innecesaria en esencia, sería un retroceso sistemático gradual hacia la época del sha. Pero, si en algún momento, en el largo curso de la ejecución del acuerdo, Irán se resiste o no cumple con algunas de esas obligaciones más draconianas, Estados Unidos y sus aliados volverían a recurrir a la fuerza militar, y con más confianza también, porque las posibilidades de éxito de las operaciones militares en ese momento serían mucho mayores, ya que Irán tendría para entonces degradada enormemente sus capacidades militares y de defensa.


 


7 de agosto de 2015


 


 


* Ismael Hossein-Zadeh es un economista y profesor universitario kurdo nacido en Irán y residente en Estados Unidos. Autor de numerosos artículos sobre cuestiones económicas y sobre el mundo musulmán, ha escrito los libros Beyond Mainstream Explanations of the Financial Crisis: Parasitic Finance Capital (Routledge 2014); The Political Economy of U.S. Militarism (Palgrave–Macmillan 2007) y Soviet Non-capitalist Development: The Case of Nasser’s Egypt (Praeger Publishers 1989).


 


 


Referencias


 


Finkelstein, Norman (2003): Imagen y realidad del conflicto entre Israel y Palestina, Madrid, Akal.


Hartung, William D. (2003): ¿How much are you making on the War, Daddy? Nueva York, Nación Book.


 

Trotskismo y guevarismo en la revolución cubana (1959-1967)

A Adolfo Gillyy Gary Tennant


Aunque Cuba fue, junto con Bolivia, uno de los dos países de Latinoamérica en los que el trotskismo tuvo mayor implantación en el movimiento obrero, su historia fue por mucho tiempo ignorada, en parte debido a la creciente adaptación de la dirección de la revolución cubana al estalinismo y en parte debido a la identificación acrítica de las principales corrientes trotskistas internacionales con el castrismo, que hizo que pasaran por alto dicha adaptación. En el presente trabajo repasaremos la historia del trotskis- mo cubano durante el período bajo consideración, que se abre con el triunfo de los revolucionarios cubanos en 1959 e intentaremos mostrar la conexión existente entre la represión y eventual proscripción de los trotskistas cubanos y la marginalización de los partidarios del


Che Guevara dentro del aparato del Estado, como consecuencia de la creciente presión del estalinismo, producto, a su vez, del alineamiento de Cuba con la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría.


 


La historia olvidada del trotskismo en Cuba(1)


 


Los orígenes del trotskismo cubano se remontan a la Oposición Comunista de Cuba (OCC), fundada en agosto de 1932, que dio lugar, en septiembre de 1933, al Partido Bolchevique Leninista (PBL) y, posteriormente, al Partido Obrero Revolucionario (POR), fundado en septiembre de 1940. El PBL dejó eventualmente de funcionar, debido a razones que analizaremos a continuación, y fue reconstituido después de la revolución cubana de 1959 con el nombre de Partido Obrero Revolucionario (Trotskista) – POR(T) en febrero de 1960, hasta su proscripción por parte del Estado cubano en 1965.


 


Los oposicionistas tenían una implantación profunda en el movimiento sindical. Según el testimonio de Robert J. Alexander en su historia del movimiento sindical cubano:


 


Los comunistas y la CNOC [Confederación Nacional Obrera de Cuba] de ninguna manera tenían el control monopólico del movimiento obrero cubano durante el gobierno revolucionario de Grau San Martín [4 de septiembre de 1933 – 15 de enero de 1934]. Este era el caso no sólo en La Habana sino también en algunas ciudades de provincia, e incluso entre los trabajadores azucareros.


 


En La Habana, la Federación Obrera de La Habana, que había sido fundada poco después de la Primera Guerra Mundial y había tomado la iniciativa en el establecimiento de la CNOC [en 1925], estaba por entonces bajo la dirección de una combinación de trotskistas y de algunos socialistas y miembros del Partido Aprista. Su principal dirigente era Sandalio Junco, que había sido uno de los delegados del CNOC al congreso fundador de la Confederación Sindical Latinoamericana en Montevideo en 1925. Había pasado posteriormente por Europa, incluyendo la Unión Soviética, y había sido ganado para el trotskismo por el líder trotskista español Andrés Nin. Al volver a Cuba, había sido expulsado del Partido Comunista en 1932, luego de lo cual había tomado la iniciativa para la creación de un partido trotskista, el Partido Bolchevique- Leninista.


 


La Federación Obrera de La Habana (FOH) todavía contaba con la mayoría de los sindicatos de La Habana. Los comunistas [en el marco de la política sectaria del “Tercer Período”] habían sacado a los sindicatos que controlaban fuera de la organización, para establecer la Federación Regional Obrera de La Habana, que fue reconocida oficialmente como la rama de La Habana de la CNOC en su IV Congreso [celebrado en enero de 1934].




Hubo una contraparte de la FOH en Santiago de Cuba, también bajo control trotskista (Alexander, 2002: 58-59).


 


El mayor sindicato de la Federación Obrera de La Habana, el Sindicato General de Empleados del Comercio de Cuba, era dirigido por los trotskistas. Este sindicato, fundado en 1931, organizaba a los trabajadores de hoteles, restaurantes, bares, tiendas y gráficos, y en enero de 1934 decía tener 7.000 miembros en La Habana. En Matanzas, a través de la Federación Obrera de Matanzas, también dirigida por los trotskistas, el PBL controlaba las filiales locales de los sindicatos de empleados de comercio y panaderos.


 


Fue, sin embargo, en la provincia de Oriente donde los trotskistas cubanos tuvieron su implantación más fuerte en el movimiento obrero. Una característica notable del PBL era su influencia en Guantánamo, considerablemente superior a su membresía e influencia en Santiago de Cuba o La Habana. En Guantánamo, el PBL controlaba la mayor parte de los sindicatos de los trabajadores del café y, a través del Sindicato de Obreros Azucareros de la Región de Guantánamo, siete de las nueve centrales. El Sindicato Nacional de Obreros de la Industria Azucarera (SNOIA), dominado por el Partido Comunista, controlaba sólo dos centrales. Los trotskistas también controlaban el sindicato de los panaderos, y poseían fracciones en el sindicato local de los portuarios, así como en las delegaciones 10 y 11 de la Hermandad Ferroviaria en Guantánamo. La sección de Guantánamo del PBL también se dedicó a organizar una federación obrera local, una central sindical regional que afirmaba agrupar 14.000 trabajadores de diferentes sindicatos. En noviembre de 1933, la pequeña regional del Partido Comunista en Guantánamo estimaba que su contraparte del PBL tenía unos 400 miembros (Informe del Comité Seccional de Guantánamo al Comité Central del Partido Comunista de Cuba, 3 de noviembre de 1933 -en Tennant, 1999).


 


El PBL alcanzó su apogeo inmediatamente después de la huelga general de agosto de 1933, que condujo al derrocamiento de la dictadura de Machado (20 de mayo de 1925 – 12 de agosto de 1933).(2) Para mediados de 1934, el PBL tenía entre 600 y 800 miembros, pero sufrió un rápido proceso de dislocación en los años 1934-35, debido tanto a las políticas represivas implementadas por los sucesivos gobiernos como a su propia heterogeneidad política (el PBL funcionaba, de hecho, como una paraguas para sectores sindicalistas y antiimperialistas repelidos por la política sectaria del estalinismo de aquel entonces, conocida como el “Tercer Período”) y a la incapacidad de su liderazgo para promover una línea clara que separara efectivamente a aquellas corrientes que estaban más cerca de bolchevismo de las que favorecían una estrategia sindicalista o antiimperialista democrática más laxa.


 


Las leyes laborales xenófobas del gobierno de Grau San Martín (10 de septiembre de 1933 – 15 de enero de 1934) golpearon duramente al PBL, porque gran parte de los miembros del Sindicato General de Empleados del Comercio de Cuba controlado por los trotskistas, que eran de origen español, se vieron obligados a abandonar sus puestos de trabajo. Al mismo tiempo, la represión durante el primer gobierno de Batista (1934-1944), que se intensificó brutalmente luego de la huelga general de marzo de 1935, provocó el encarcelamiento, la tortura y la deportación de un gran número de trotskistas cubanos. En octubre de 1935, la sección de La Habana del PBL tenía treinta compañeros en la cárcel, en su mayoría eminentes líderes políticos y sindicales.


 


Con la caída del gobierno de Grau San Martín, en enero de 1934, la aspiración original del trotskismo (en realidad, del marxismo) a que el proletariado estableciera su independencia política y ganara la dirección del campesinado y de la pequeña burguesía revolucionaria en las ciudades para un proceso revolucionario que combinara las tareas democrático-burguesas y socialistas fue crecientemente desplazada por la subordinación de facto del proletariado a movimientos antiimperialistas democrático-burgueses bajo la égida de la clase media, como Joven Cuba, de Antonio Guiteras (asesinado el 8 de mayo de 1935).


 


Gastón Medina, el secretario general del PBL después de la derrota de la huelga general de marzo de 1935 (quien murió de tuberculosis en La Habana el 17 de agosto de 1938, como resultado de las torturas recibidas en las cárceles de Batista), advirtió que el PBL enfrentaba el peligro de disolverse en el interior de Joven Cuba y del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), e intentó impedir dicho proceso redactando las “Tesis políticas” de octubre de 1935, las cuales defendían la tendencia antiimperialista proletaria dentro del PBL.


 


Por otra parte, el PBL tenía ahora que enfrentar la alianza entre el régimen bonapartista de Batista y el Partido Comunista de Cuba a partir de 1937, alianza que duraría hasta 1944. La colaboración de clases bajo la dirección estalinista fue más profunda en la Cuba de Batista que en cualquier otro país de América Latina, y el Partido Comunista cubano terminó proveyendo a Batista de dos ministros “sin cartera”: Juan Marinello, el “jefe” del partido, en febrero de 1942 y, más tarde, Carlos Rafael Rodríguez (Alexander, 2002: 87).(3) El Partido Comunista, rebautizado Partido Socialista Popular (PSP) en enero de 1944, apoyó la candidatura de Batista en las elecciones de 1940 y 1944, y formó parte de su frente electoral, la Coalición Socialista Democrática (Alexander, 2002: 87 y 103).


 


La tendencia de los trotskistas cubanos a diluir el contenido de clase de los sucesivos frentes únicos antiimperialistas en los que participó, fortaleció el estancamiento del número de miembros y determinó su desarrollo posterior en la década de 1940. Así, el Partido Obrero Revolucionario (POR), creado en septiembre de 1940, tendió a subordinarse políticamente al Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), el nuevo partido creado por el ex presidente Ramón Grau San Martín, revisando de este modo su anterior insistencia inequívoca en la primacía de la revolución antiimperialista proletaria en la lucha para derrocar el orden existente. Estas debilidades se vieron reforzadas por los golpes de la represión, en particular con la muerte, en enero de 1944, de Rogelio Benache, el líder obrero más talentoso del POR, la cual tuvo lugar, al igual que la de Gastón Medina, como resultado de las torturas sufridas en las cárceles de Batista.


 


El POR apoyó “críticamente” a los “Auténticos” de Grau San Martín en las elecciones nacionales legislativas del 1° junio 1944, aunque Grau San Martín no había propuesto ninguna medida anticapitalista y antiimperialista. Esto acentuó la sangría de activistas sindicales al Partido Auténtico. Según Robert J. Alexander:


Los sindicalistas Auténticos tuvieron su origen en varias fuentes. Una de ellas eran los trotskistas, que a principios de 1930 habían controlado el Federación Obrera de La Habana, uno de los principales grupos de trabajadores que posteriormente cooperaron en el proceso de unificación del movimiento obrero que llevó a la formación de la CTC [Central Trabajadores de Cuba, fundada en enero de 1939]. Después de la caída del gobierno del presidente Ramón Grau San Martín en enero de 1934, su ex ministro del Interior, Antonio Guiteras, estableció su propio partido político, Joven Cuba, al que la mayoría de los sindicalistas trotskistas pronto se unieron. Después del asesinato de Guiteras en 1935, Joven Cuba se unió a los Auténticos (Alexander, 2002: 101).


 


Los trotskistas cubanos también fracasaron en su objetivo de liderar la construcción de una oposición comunista revolucionaria a la dominación estalinista del movimiento obrero cubano durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Los trotskistas más bien tendían a aceptar la tesis que caracterizaba al estalinismo como el enemigo principal en el movimiento obrero y no pudieron lograr que el POR se distinga de los líderes obreros locales del Partido Auténtico en los movimientos de oposición no-estalinistas. Esto condujo a una desastrosa caída en su número de miembros, el cual no superaba la veintena en el período de la inmediata posguerra.


 


A partir de 1946, el POR inició una política de entrismo en el Movimiento Socialista Revolucionario (MSR), de Rolando Masferrer (1946-1948), con poco análisis o preparación, rápidamente cayendo en la improvisación caótica y en el eventual desaliento. En lugar de tratar de ganar los mejores elementos de la nueva organización para el POR y de intentar exponer el carácter pequeñoburgués del liderazgo del MSR, los trotskistas cubanos en la práctica se disolvieron dentro de la nueva organización. El principio de concertar alianzas temporales con las fuerzas del nacionalismo pequeño burgués con objetivos concretos y cuidadosamente delineados fue sacrificado cuando el POR, de hecho, vio al MSR como la vía para la revolución. La publicación del único órgano público del POR, el periódico Revolución Proletaria, fue suspendida en mayo de 1946 y, sin ningún programa independiente, el POR se hizo responsable de la elaboración de documentos teóricos del MSR -un poco como el POR boliviano se haría cargo de la elaboración de los documentos de Lechín en el MNR.


 


Luego del triunfo de los “Auténticos” de Grau San Martín en las elecciones generales celebradas el 1° de junio de 1944 (que condujo a la escisión de la Central de Trabajadores de Cuba en 1947 y al ascenso del burócrata “Auténtico” Eusebio Mujal, quien se pasaría con armas y bagajes al campo de Batista luego del golpe del 10 de marzo de 1952), los trotskistas cubanos continuaron concentrando su actividad en el interior del MSR, hasta 1948. La chispa que provocó su retirada efectiva fue el acuerdo del MSR para apoyar a Carlos Prío Socorrás, el candidato del Partido Auténtico, en las elecciones presidenciales celebradas el 1° de junio de 1948.


 


Pero la incapacidad de proponer un curso político independiente para la clase obrera continuó. El POR sustituyó su política de entrismo dentro del MSR por otra dentro de Acción Revolucionaria Guiteras (ARG), un grupo de acción con raíces terroristas y poca formación política, durante el período 1948-1949. A mediados de 1949, sin embargo, este intento de trabajar dentro del ARG terminó rápidamente, luego de que el POR reconociera que su “‘sindicalismo revolucionario’ no ha pasado de simple matonismo y guapería” (El VI Congreso Nacional Obrero, culminación de once años de traición y entreguismo en el movimiento sindical, La Habana, 6 de mayo de 1949, pág. 2, citado en Tennant, 1999).


 


La integración de miembros del POR al Movimiento 26 de Julio (M26J) de Fidel Castro


 


En la década de 1950, el abandono del trotskismo por parte de los antiguos miembros POR llevó a su integración al Movimiento 26 de Julio (M26J) en el marco de la guerra insurreccional contra la segunda dictadura de Batista (10 de marzo de 1952 – 1° de enero de 1959). Uno de los líderes del POR, Pablo Díaz González (“Lasalle”), recibió instrucciones de ir a México en octubre de 1956, y se unió a los expedicionarios del Granma como tesorero, llegando a ser uno de los catorce miembros del Estado Mayor de Fidel Castro (Broué, 1982: 23). Sin embargo, después del caos que siguió al desembarco, Díaz hizo su camino de regreso a La Habana y luego a Nueva York, para continuar su trabajo entre los exiliados y emigrados cubanos en el transcurso de la insurrección.


 


La medida en que el trotskismo cubano había abandonado su programa original para enfatizar la lucha del nacionalismo pequeñoburgués por encima de la acción independiente de la clase obrera fue evidente en las tesis que Pablo Díaz presentó al Congreso de los Trabajadores de la Sierra Maestra, en octubre de 1958. En este documento, Díaz postuló que, aunque la clase obrera tenía el potencial de transformar al país política y socialmente, debido a su bajo nivel de conciencia política, el M26J debía asumir la responsabilidad y actuar como agente para el cambio revolucionario, si bien la clase obrera tenía un papel que desempeñar en el derrocamiento del régimen de Batista a través de la huelga general. Tomando prestado el vocabulario trotskista, presentó un programa de acción que llamó programa de transición, pero que, sin embargo, no iba más allá de un programa mínimo de reivindicaciones económicas y democráticas. El programa de acción incluía un llamado a una jornada de trabajo de seis horas en la industria azucarera sin reducción del salario, una semana de trabajo máxima de cuarenta horas, seguridad social y prestaciones por maternidad, y una democracia sindical completa que permitiera la elección de los funcionarios de los sindicatos por los propios trabajadores (Pablo Díaz González, “Tesis para presentar al Congreso Obrero que se efectuará en la Sierra Maestra en octubre de 1958”, New York, 20 de octubre de 1958, pag. 1, citado en Tennant, 1999).


 


De los antiguos trotskistas que se quedaron en Cuba durante el período de la insurrección y se integraron dentro del M26J, Ñico Torres fue el más destacado. Torres, después de convencer al liderazgo del M26J de que ya no era trotskista, fue nombrado segundo jefe de la Sección Obrera del M26J en Guantánamo bajo Octavio Louit Venzant, el 25 de septiembre de 1955. Tanto Octavio Louit como Ñico Torres eran miembros de la Delegación 11 de la Hermandad Ferroviaria de Cuba (entrevista concedida por Octavio Louit Venzant a Gary Tennant, La Habana, 13 de agosto de 1997, en Tennant, 1999).


 


Dado el relativo éxito inicial de la Sección Obrera guantanameña del M26J, sus líderes, incluyendo Ñico Torres, se convirtieron rápidamente en líderes nacionales, llegando a ser actores centrales en el Frente Obrero Nacional y en la reorganización de la Central de Trabajadores de Cuba de 1959. Otros trotskistas o ex trotskistas que estuvieron activos en el M26J en Cuba fueron Alejandro Lamo y Gustavo Fraga, en la provincia de Oriente. Mientras Alejandro Lamo, un ex trotskista de Santiago de Cuba, se incorporó al Ejército Rebelde, Gustavo Fraga fue un líder de la Sección Obrera del M26J en Guantánamo y Yateras. Junto con Ñico Torres y otros, Fraga elaboró el primer borrador de la tesis organizacionales de las secciones obreras en el M26J. Murió en una explosión accidental en una fábrica de bombas del M26J el 4 de agosto de 1957 (entrevista concedida por Mario Mencía a Gary Tennant, La Habana, 30 de julio de 1997, y entrevista concedida por Luis Miyares a Rafael Soler Martínez, Santiago de Cuba, 6 de abril 1996).


 


La radicalización de la revolución cubana y la influencia creciente del estalinismo


 


Fidel Castro y su organización llegaron al poder por una vía empírica, provistos solamente del programa vagamente democrático del chibasis- mo (el ala del Partido Ortodoxo dirigida por Eduardo Chibás, muerto el de agosto de 1951), al que Ernesto “Che” Guevara llegaría a comparar con el programa de la Unión Cívica Radical en Argentina, diciendo:


 


Al fin y al cabo, Fidel Castro era un aspirante a diputado por un partido burgués y tan respetable como podía ser el Partido Radical en la Argentina; que seguía las huellas de un líder desaparecido, Eduardo Chibás, de unas características que pudiéramos hallar parecidas a las del mismo Yrigoyen; y nosotros, que lo seguíamos, éramos un grupo de hombres con poca preparación política, solamente una carga de buena voluntad y una ingénita honradez (carta a Ernesto Sábato del 12 de abril de 1960, reproducida en Martínez Heredia, 1997: 68).


 


Durante un momento de crisis interna en el M26J, poco después de la desautorización del Pacto de Miami por Fidel Castro, el 14 de diciembre de 1957, el Che escribió a René Ramos Latour, quien había sustituido a Frank País en el cargo de jefe de acción y sabotaje:


 


Pertenezco por mi preparación ideológica a los que creen que la solución de los problemas del mundo está detrás de la llamada cortina de hierro.


 


Consideré siempre a Fidel como un auténtico líder de la burguesía de izquierda, aunque su figura está realzada por cualidades personales de extraordinaria brillantez que lo colocan muy por arriba de su clase. Con ese espíritu inicié la lucha: honradamente, sin esperanza de ir más allá de la liberación del país, dispuesto a irme cuando las condiciones de la lucha posterior giraran hacia la derecha […] (Franqui, 1976: 362).


 


Sin embargo, poco después de la toma del poder por los rebeldes, en enero de 1959, el gobierno revolucionario, luego de aplicar justicia sumaria a los esbirros de Batista, experimentó, bajo la influencia directa de Guevara, un proceso de radicalización rápida que llevó desde la adopción de reformas elementales como la reducción de las facturas de electricidad y de los alquileres de las viviendas en febrero-marzo de 1959 a la proclamación de la Primera Ley de Reforma Agraria el 17 de mayo de 1959, la cual confiscó (con compensación sobre la base de valores de la tierra según la evaluación a efectos fiscales) todas las propiedades de más de 402 hectáreas de extensión y entregó la tierra a numerosas familias campesinas. Una nueva agencia gubernamental, el Instituto Nacional de Reforma Agraria (Inra), fue establecida para administrar esta ley, y rápidamente se convirtió en el órgano de gobierno más importante de la nación. El 30 de octubre de 1960 fueron creadas las Milicias Nacionales Revolucionarias, un armamento del pueblo que, aunque llevado a cabo por el Estado revolucionario y no sujeto a ningún tipo de control por parte de las instituciones de la clase trabajadora, tales como sindicatos elegidos democráticamente, permitió a Cuba repeler la invasión de Bahía de Cochinos, organizada por Estados Unidos, el 17 de abril de 1961, y evitó una repetición del final ignominioso del gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala -uno de los eventos más traumáticos en la vida del joven Guevara.(4)


 


Seis meses antes, el 13 de octubre de 1960, el régimen revolucionario había nacionalizado 376 empresas cubanas, y el 24 de octubre de 1960 había estatizado 166 propiedades, total o parcialmente, perteneciente a intereses estadounidenses. En cuestión de días, prácticamente toda la burguesía cubana fue expropiada.


Más tarde, la etapa “socialista” de la revolución fue remontada al 13 de octubre de 1960, aunque Castro no la bautizó oficialmente como tal hasta el 16 de abril de 1961 (Draper, 1966: 113).(5)


 


Este proceso de radicalización, en el sentido de incursiones crecientes en la propiedad privada, fue acompañado por un proceso de burocratización signado por el ascenso de los estalinistas cubanos. En sus memorias, Ciro Bustos relata que en la primera mitad del año 1961 fue invitado a cenar por una pareja de médicos residentes en Cuba, enviados por el Partido Comunista argentino, y que la mujer le dijo: “Te veo muy entusiasmado con la revolución, Ciro. Temo que tu desilusión va a ser muy dolorosa. Los comunistas de este país ya están saliendo, como las ratas, de entre las grietas debajo de la cama y lo van invadiendo todo para quedarse con el queso” (Bustos, 2007: 64).(6)


 


El Partido Obrero Revolucionario (Trotskista) – POR(T)


 


Una víctima temprana del proceso de estalinización fue la pequeña organización trotskista cubana, el Partido Obrero Revolucionario (Trotskista) – POR(T) fundado el 6 de febrero de 1960.


 


Habiendo perdido contacto con la Cuarta Internacional a finales de 1940 y principios de 1950, las relaciones de los trotskistas cubanos con el movimiento trotskista internacional se restablecieron en 1959 después de la llegada de Olga Scarabino (“Miranda”), una representante uruguaya del Buró Latinoamericano del Secretariado Internacional de la Cuarta Internacional encabezado por J. Posadas (Homero Cristalli). Los grupos trotskistas que adherían al Secretariado Internacional liberado por Michel Pablo, en contraste con los afiliados al Comité Internacional de la Cuarta Internacional (ambas organizaciones se habían escindido en 1953), apoyaban formalmente la tesis “pablista” según la cual diferentes partidos estalinistas y movimientos de liberación nacional eran agencias para la revolución socialista (Posadas rompió con Pablo recién en 1962, para crear su propia “Cuarta Internacional Posadista”) (Alexander, 1991: 659-665).


 


Dada una línea tan conciliatoria hacia movimientos policlasistas, no es sorprendente que las relaciones iniciales de Scarabino con los militantes del Movimiento 26 de Julio, en 1959, se caracterizaran por su cordialidad; de hecho, le fue otorgado acceso a la radio y a la televisión. Durante una de esas emisiones, Scarabino hizo un llamado público a los trotskistas cubanos para una reunión. Sin embargo, a pesar de que su presencia aceleró el proceso de reorganización de un partido trotskista en Cuba, fue por iniciativa de los propios trotskistas cubanos que un partido trotskista se reconstituyera a principios de 1960. Además de Scarabino, los principales enviados extranjeros fueron Alberto Sendic (“A. Ortiz”), José Lungarzo (“Juan”), Adolfo Gilly (“H. Lucero”), y Angel Fanjul (“Heredia”) (ver Fanjul, 1979). Posadas mismo estuvo en Cuba sólo por un período de tres semanas, durante el Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, en julio-agosto de 1960.


 


El Partido Obrero Revolucionario (Trotskista) – POR(T) fue propuesto formalmente para su reconocimiento como la sección cubana del Secretariado Internacional de la Cuarta Internacional en su tercer Congreso, celebrado en enero de 1961, al que Scarabino asistió como delegada del POR(T) cubano.(7)


 


Contando con sólo unos cuarenta miembros, el POR(T) abrió sucursales en los tres centros urbanos donde el ex POR había sobrevivido en la década de 1940: La Habana, Santiago de Cuba y Guantánamo. Se alquiló una oficina pública en Guantánamo, su base principal. José Medina, un antiguo trotskista guantanameño, fue el primer secretario general del POR(T).


 


Pablo Díaz González, un alto dirigente del POR(T) en la década de 1940 y uno de los catorce miembros originales del Estado Mayor de Fidel Castro en el Granma, también participó en las reuniones y grupos de discusión del POR(T) en La Habana. Sin embargo, dada su vinculación con la dirección revolucionaria y la creciente influencia de la PSP en ese círculo, esto siempre se llevó a cabo con un grado de discreción, Díaz no participó en las actividades públicas del POR(T).


 


Aunque de modesto tamaño, el POR(T) tenía una composición social abrumadora de clase trabajadora. La mayor parte de la sección de Guantánamo eran dirigentes sindicales locales y activistas conocidos por su compromiso con los derechos y las luchas de los trabajadores. En La Habana, Ricardo Ferrera, después de bajar de la sierra, trabajó en el sector comercial, mientras que Floridia Fraga y Andrés Alfonso trabajaban en el sector del transporte, Alfonso como mecánico en un taller de reparación de autobuses. Uno de los pocos profesionales en las filas del POR(T) era Roberto Acosta, quien, como un ingeniero eléctrico, ayudó a organizar la empresa eléctrica nacionalizada antes de ir a trabajar al Ministerio de Industrias, bajo el Che Guevara como director de Pesas, Medidas y Gestión del Tiempo (Tennat, 1999, capítulo siete).


 


Las primeras actividades del POR(T) a partir de 1960


 


A finales de 1960, poco después de las nacionalizaciones en gran escala de los bancos y la industria, y de la instauración del monopolio estatal sobre el comercio exterior por el gobierno revolucionario, el POR(T) sostuvo que estos pasos por sí mismos confirmaban la validez de la teoría de la revolución permanente.


Argumentaron que la revolución, al saltar etapas de desarrollo, pasando rápidamente de la democracia burguesa a medidas económicas socialistas, había demostrado que no había lugar para una etapa democrática capitalista en la lucha por la verdadera liberación nacional. Teniendo en cuenta que este proceso “ininterrumpido” había sido ejecutado por fuerzas distintas a las de los órganos de la clase obrera, la teoría de la revolución permanente se convirtió de esta manera en un proceso objetivo que guiaba a la revolución, en lugar de ser producto de una estrategia proletaria conciente. A pesar de que las organizaciones de las masas trabajadoras mismas no habían erigido al nuevo aparato estatal ni ejercían un control sobre el mismo, los trotskistas cubanos fueron unos de los primeros en conferir el carácter de “Estado obrero” al nuevo orden revolucionario.


 


Durante la década de 1960, la participación de los trotskistas cubanos en las instituciones revolucionarias de reciente creación sugiere que estaban lejos de tener una actitud sectaria hacia la revolución. Además de tomar parte en el Movimiento de Superación del Barrio Sur de Guantánamo, miembros del POR(T) realizaron trabajo voluntario en el campo, participaron en la campaña de alfabetización, y se unieron a la Federación de Mujeres Cubanas, a los Comités de Defensa de la Revolución y a las milicias recién organizadas. Durante la crisis de los misiles de Cuba, del 14 al 28 de octubre de 1962, todos los miembros del POR(T) estuvieron en sus respectivas unidades militares o de la milicia, y una comunicación enviada al gobierno revolucionario el 24 de octubre 1962 colocaba a la organización en su conjunto a disposición del gobierno (Gilly, 1979).


 


Creyendo que el gobierno revolucionario estaba implementando su propio programa, aunque de una manera burocrática, los trotskistas cubanos limitaban sus críticas a lo que percibían como deformaciones en el nuevo orden revolucionario. Desde la fundación del POR(T) se opusieron a la paternalismo incipiente que, en su opinión, llevaba al gobierno revolucionario a imponer medidas contra la clase obrera de manera autoritaria. Argumentaron, por ejemplo, que el control desde arriba y la exclusión de la clase trabajadora de la dirección de la producción y el Estado eran las causas fundamentales de los problemas de ausentismo y de baja productividad que la revolución enfrentó cuando se instituyó la planificación económica.


 


Los trotskistas cubanos pedían la independencia de los sindicatos del Estado y el establecimiento de la más amplia democracia en el movimiento sindical.


Argumentando que estas medidas eran esenciales para asegurar el libre apoyo de la clase obrera a la profundización de la revolución, exigían la elección de los dirigentes sindicales sin la imposición de listas únicas y sin la intervención de ninguna institución estatal en apoyo de cualquier tendencia revolucionaria.


Asimismo, exigían la elección de los oficiales de la milicia por los milicianos, el establecimiento de consejos obreros que controlaran la administración del nuevo Estado cubano a través de sus delegados, la convocatoria a un Congreso Nacional de la Central de Trabajadores de Cuba Revolucionaria con delegados libremente elegidos, y el derecho de todos los partidos de la clase obrera y de las tendencias que defendieran a la revolución a tener una existencia legal y a la libertad de expresión (Spartacist, 1965a: 13).


 


La democratización y posterior estatización de los sindicatos cubanos (1959-1961)


 


La democracia sindical era un reclamo muy sentido de los obreros cubanos. Luego de la huida de Eusebio Mujal, el máximo dirigente de la Confederación de Trabajadores de Cuba, y de parte de la burocracia sindical mujalista con la caída de Batista, se produjo la toma revolucionaria de los sindicatos por militantes del M26J. Estos nuevos líderes resultarían refrendados en las elecciones sindicales celebradas a comienzos de 1959. En dichas elecciones sindicales,


el M26J triunfó en más de 1.800 sindicatos. Los comunistas pagaron así el precio por su actitud ambigua durante la dictadura de Batista […] La débil posición de los comunistas en el movimiento obrero después de las elecciones en los sindicatos de base y para los congresos de las federaciones sindicales fue revelada con la reunión, en septiembre de 1959, del Consejo Nacional de la Confederación de Trabajadores de Cuba. Sólo tres de los 163 delegados al encuentro eran comunistas (Alexander, 2002: 191).


 


Pero como la mayoría de dirigentes sindicales electos del M26J se oponían a la exigencia del gobierno de “unirse” en listas comunes con los dirigentes sindicales del PSP, en el décimo congreso de la Central de Trabajadores de Cuba, celebrado en noviembre de 1959, Fidel Castro y el nuevo ministro de Trabajo, Augusto Martínez Sánchez, intervinieron personalmente para imponer a la CTC un nuevo Comité Ejecutivo que llevó a cabo una purga sindical masiva, como resultado de la cual “para abril de 1960, los oficiales electos de 20 de los 33 federaciones de la CTC y de casi 2.000 sindicatos habían sido expulsados de los puestos a los que habían sido elegidos en 1959” (Alexander, 2002: 202). Una de las víctimas más importantes de la purga fue el secretario general de la CTC, David Salvador, el dirigente nacional del Frente Obrero Nacional (FON) del M26J durante la dictadura batistiana (Sweig, 2002: 123). Salvador fue removido de su puesto en mayo de 1960 (posteriormente fue encarcelado) y reemplazado primero por Jesús Soto y luego por el líder sindical del PSP, Lázaro Peña. Según Robert J. Alexander:


 


El proceso de reestructuración del movimiento sindical culminó en el XI Congreso del Confederación de Trabajadores de Cuba, que se reunió del 26 al 28 de noviembre de 1961. En el proceso de elección de los 9.650 delegados a esa reunión, la democracia sindical que dos años antes había dado lugar a enérgicos debates en prácticamente todos los sindicatos del país llegó a su fin. Prácticamente no hubo verdaderas elecciones. En la mayoría de los casos, sólo había una lista de candidatos […] Cuando llegó el momento de que el XI Congreso eligiera a los nuevos dirigentes de la CTC, Lázaro Peña, el comunista veterano que había


encabezado la CTC durante el primer período de Batista, fue restituido al puesto de secretario general (Alexander, 2002: 215-216).


 


Cuatro años antes, Fidel Castro había recordado a Lázaro Peña y a Blas Roca, el secretario general del Partido Comunista, su vieja asociación con Batista en las siguientes palabras:


 


¿Qué moral tiene, en cambio, el señor Batista para hablar de comunismo si fue candidato presidencial del Partido Comunista en las elecciones de 1940, si sus pasquines electorales se cobijaron bajo la hoz y el martillo, si por ahí andan las fotos junto a Blas Roca y Lázaro Peña, si media docena de sus actuales ministros y colaboradores de confianza fueron miembros destacados del Partido Comunista? (Fidel Castro, “¡Basta Ya de Mentiras!”, Bohemia, 15 de julio de 1956, pág. 84, citado en Draper, 1966: 47-48).


 


Lázaro Peña se transformó, en marzo de 1962, en uno de los 25 miembros de la Dirección Nacional, inicialmente de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) y luego transferida al Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS), que el 3 de octubre de


1965 se convirtió en el Partido Comunista de Cuba. El ministro del Trabajo, Augusto Martínez Sánchez, también pertenecía a la Dirección Nacional (Draper, 1966: 244, nota 287). Según el testimonio de Adolfo Gilly, escrito en octubre de 1963:


 


Basta vivir un tiempo en Cuba, participar en la actividad de la revolución, convivir cotidianamente con el pueblo cubano, para comprobar que existe un dirigente, hasta hoy parte de la dirección cubana como hasta ayer lo fue Escalante, que goza de la unánime oposición de los trabajadores cubanos: es, nada menos, el secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba Revolucionaria (CTC-R), Lázaro Peña [.]


 


En realidad, el secretario general de la CTC-R está pagando culpas propias y ajenas, pues sobre su cabeza se concentra el descontento de gran parte de los obreros con el estado de los sindicatos en Cuba [.]


 


El secretario general de la CTC-R fue electo en el último congreso de la central obrera, realizado en 1961. Se lo eligió con el sistema de la candidatura única, es decir, que ningún adversario podía competir con él en la elección. Su designación fue mucho más una decisión de arriba que en una elección de abajo [.]


 


Era muy difícil que Lázaro Peña contara con el apoyo obrero, pues su historia como dirigente sindical en Cuba tiene muchos pasajes que hoy no se pueden recordar. Por ejemplo, fue dirigente de la CTC desde 1939, en la época de la alianza de su partido, el PSP (Partido Comunista Cubano) con Batista, y desde allí frenó o desarmó huelga tras huelga en nombre de esa alianza y en nombre del triunfo de la causa de las “democracias” en la Segunda Guerra Mundial, por el cual en Cuba “no había que hacer huelga”. Eso lo recuerda vívidamente cualquier trabajador cubano de 40 años, así como recuerdan -o conservan- las fotografías de periódicos donde en una misma tribuna aparecían Batista y el hoy secretario general de la CTC-R [.]


 


Pero, aunque los pueblos tienen una memoria mucho más larga y segura de lo que los imbéciles suelen creer, no es ése el principal motivo de la oposición actual a Lázaro Peña. La razón central no es su actuación pasada, sino su función presente [.]


 


Los dirigentes sindicales cubanos, a fuerza de actuar como los que llevan a los obreros la orientación de arriba, como los que dejan de lado sus opiniones para aceptar sin discusión todo lo que diga la dirección del Estado, como los encargados de hacer trabajar más a los obreros (cuando ésa es tarea de la administración y de los propios obreros), han perdido autoridad ante la base, porque la base siente que esos dirigentes no dependen de ella, sino del Estado [.]


 


A mediados de setiembre pasado, fue Lázaro Peña personalmente a una asamblea general de obreros de la construcción, del sector de equipos pesados (tractores, grúas, martillos neumáticos, bulldozers, etc.).


 


Fue a pedir que la asamblea aprobara lo siguiente: que cuando se rompe el equipo en el cual opera un trabajador, éste pase a realizar trabajo de otra categoría inferior, con el salario de esta última categoría, hasta que el equipo estuviera reparado, en lugar de seguir cobrando, como hasta ahora, el salario de su categoría.


Esto ya había sido planteado por Fidel Castro, pero los trabajadores no estaban de acuerdo, pues con el desgaste de los equipos y la falta de repuestos, la rotura de una máquina podía significar una disminución considerable en sus entradas. Los dirigentes sindicales de ese sector no se animaron a enfrentar directamente a la base con esa exigencia. Tuvo que ir el secretario general de la CTC-R. En la asamblea estalló un escándalo. Un trabajador le dijo que cuando él dejara su automóvil y fuera a trabajar junto a ellos, entonces aceptarían la propuesta que llevaba. Otro le recordó su anterior colaboración con Batista. Otros lo acusaron de privilegiado. La asamblea fue suspendida en la mayor confusión. La prensa denunció el hecho, primero, como obra de “contrarrevolucionarios”, días después, como obra de “confusionistas”.


 


En asambleas posteriores, mejor preparadas por las direcciones pero mucho menos concurridas por los trabajadores, fue aceptada la proposición llevada por Lázaro Peña (Gilly, 1965a: 17-22).


 


Al año siguiente, el 5 de diciembre de 1964, la situación no había mejorado, como se desprende de la versión taquigráfica de una declaración hecha por el Che en el Ministerio de Industrias:


 


Aquí la democracia sindical es un mito, que se dirá o no se dirá, pero es un perfecto mito. Se reúne el partido y entonces propone a la masa a “fulanito de tal”, candidatura única y de ahí en adelante salió aquel elegido, una con mucha asistencia, otra con menos asistencia, pero en realidad no ha habido ningún proceso de selección por parte de la masa [.] Es algo que a nosotros nos tiene que llamar la atención desde el otro punto de vista institucional, que es el hecho de que la gente tiene necesidad de expresarse, tiene necesidad de un vehículo para expresarse. Eso, nosotros tenemos que reflexionar sobre este asunto (acta de la reunión efectuada en el Ministerio de Industrias el 5 de diciembre de 1964, en Guevara, 2006: 413).


 


El 8 de diciembre de 1964, el ministro de Trabajo Augusto Martínez Sánchez se disparó un tiro después de haber sido destituido de su cargo por “graves errores administrativos” (sobrevivió a su intento de suicidio, pero no volvió nunca más a la vida pública). Lázaro Peña sería entonces el encargado de aplicar la Ley N° 1.166, llamada “Ley de Justicia Laboral”, que fue aprobada el 3 de octubre de 1964 y estuvo vigente hasta 1977. Dicha ley abarcaba todos los casos posibles de “violaciones de la disciplina del trabajo”. La lista de esas violaciones comprendía desde la llegada tarde, el ausentismo y la “falta de respeto a superiores” hasta daños al equipo, fraudes y la “comisión de cualquier delito o contravención”. Las penas iban desde el descuento de salarios al despido. La ley sería aplicada por consejos de Trabajo integrados por cinco miembros, elegidos por períodos de tres años en todos los lugares de trabajo que emplearan por lo menos 25 obreros.


Para poder ser elegido miembro de esos consejos, los candidatos debían reunir ciertas condiciones como la de mostrar “una buena actitud socialista ante el trabajo” y podían ser reemplazados si el Ministerio de Trabajo decidía que eran ineficaces. En la práctica, la nueva ley establecía un sistema de coacción sumamente opresivo para los obreros. “Después de Martínez Sánchez ha sido el dirigente sindical Lázaro Peña, uno de los viejos comunistas, el que ha tenido la nada envidiable tarea de poner en línea a los trabajadores cubanos” (Draper, 1966: 230).


 


El lanzamiento de la campaña contra el trotskismo en julio-agosto de 1960


 


En mayo de 1960, un artículo en Voz Proletaria establecía la oposición de los trotskistas a la creación de un partido único que unificara al M26J, al Directorio Revolucionario y al PSP, afirmando:


 


La formación de tendencias y su lucha dentro del Estado obrero y en sus organizaciones políticas y sindicales no son nada más que la expresión de la heterogeneidad de las clases trabajadoras y dentro de la misma clase obrera, de los distintos intereses y capas dentro de las mismas que se manifiestan en distintas soluciones y vías para resolver los problemas de la época de transición hacía el socialismo. Tratar de ahogar estas tendencias con el argumento dogmático y sectario de una supuesta “unidad” impuesta, del monolitismo absolutista de una “línea oficial” dictada desde arriba, sería querer dar marcha atrás a la rueda de la historia para volver a las condiciones que engendraron la etapa tenebrosa de las represiones stalinistas, ya condenada y superada por el movimiento obrero comunista.(8)


 


La campaña contra el trotskismo y, en particular, contra el POR(T) fue iniciada por elementos de la PSP durante el Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, celebrado en La Habana en julio-agosto de 1960. Con varios delegados trotskistas de toda América presentes, el PSP resucitó las viejas acusaciones según las cuales los trotskistas, usando una fraseología de izquierda, actuaban como provocadores incitando a la agresión estadounidense, y eran instrumentos del FBI y de la CIA. Si bien una comisión especial de investigación en el Congreso encontró que estas afirmaciones carecían de fundamento, fue en última instancia la intervención de Juan León Ferrera, quien habló y distribuyó un folleto trotskista a los delegados, la que silenció a los estalinistas. Ferrera apareció en su uniforme militar de sargento y con el pelo largo que lo identificaba como un guerrillero del Ejército Rebelde (carta de Angel L. Fanjul a Gary Tennant, Buenos Aires, 8 de octubre 1997).


 


En esta etapa relativamente temprana de la revolución, aunque los cuadros de PSP ya estaban ocupando posiciones intermedias en las instituciones del gobierno revolucionario y capitalizando las llamadas de Fidel Castro al establecimiento de listas únicas en los sindicatos, el intento de la PSP de desacreditar a una pequeña organización revolucionaria no había sido sancionado por la propia dirección revolucionaria. Más bien, reflejaba la larga historia de combate de los estalinistas locales contra el trotskismo y su deseo de larga data de suprimir el desarrollo de instituciones clasistas representativas dotadas de autonomía política. Por otra parte, las acusaciones del PSP de que los trotskistas estaban provocando la agresión al pedir una lucha contra los intereses capitalistas nativos y una extensión de las nacionalizaciones contradecían el giro posterior de la dirección revolucionaria contra las propiedades estadounidenses en Cuba. Poco después de la clausura del Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, Fidel Castro, en contra de las expectativas del PSP, aceleró el proceso de expropiaciones y nacionalizaciones al incluir dos servicios públicos de gran escala, la compañía telefónica cubana, una subsidiaria de la International Telephone and Telegraph Corporation (ITT), con sede en los Estados Unidos, y la compañía eléctrica cubana, propiedad de la American and Foreign Power Company, la cual era, a su vez, parte de la Electric Bond and Sharer Company de Nueva York (Paterson, 1994: 44-45). Sin embargo, a medida que el PSP consolidaba su influencia dentro de las instituciones del gobierno revolucionario, la represión contra los trotskistas cobró impulso.


 


La invasión de Playa Girón en abril de 1961 sirvió como catalizador para la primera ronda de represión sistemática contra los trotskistas. En las siguientes semanas, las medidas contra ellos se iniciaron con la confiscación del ejemplar número diez del periódico del POR(T), Voz Proletaria. Como símbolo de su compromiso con la lucha por el derecho a la democracia proletaria dentro de la revolución, entre abril de 1960 y abril de 1961 los trotskistas habían editado ocho números del periódico Voz Proletaria, además de una serie de folletos. El periódico aparecía con el nombre de los editores y con la dirección pública del POR(T), primero la de José Medina y Luciano García en Guantánamo, y luego la de Idalberto Ferrera Ramírez en Monte 12 en La Habana. La existencia de Voz Proletaria también fue dada a conocer por sus editores a la dirección revolucionaria directamente, mediante el envío por correo de copias a las oficinas del Che Guevara y Fidel Castro. Sin embargo, el 26 de mayo de 1961, antes de que la edición de mayo pudiera ser distribuida, un grupo que actuaba en nombre de un funcionario de la Imprenta Nacional, controlada por el PSP confiscó toda la tirada del periódico en las imprentas privadas donde se estaba preparando. Más tarde, ese mismo día, funcionarios estatales de PSP que actuaban bajo órdenes del Ministerio de Trabajo confiscaron las planchas de impresión de una edición del libro de Trotsky, La revolución permanente.(9)


 


El Che Guevara apoya la represión de los trotskistas cubanos en 1961


 


La represión contra los trotskistas había recibido luz verde después de que el Che criticara duramente en la televisión nacional un artículo aparecido en la edición de abril de 1961 de Voz Proletaria. El artículo en cuestión argumentaba que los consejos técnicos asesores establecidos en los lugares de trabajo, con el pretexto de dar a los trabajadores el control sobre el proceso de producción, tenían un carácter burocrático. En dicha ocasión, Guevara dio una conferencia ante las cámaras de televisión en el programa Universidad Popular, el 30 de abril de en la que se refirió en términos despectivos a los trotskistas cubanos con las siguientes palabras:


 


Hace unos días estábamos leyendo un pequeño periodiquito que hay aquí, no vale mucho la pena referirse a él, pero es un periódico trotskista, no sé bien cómo se llama… Voz Proletaria hacía una crítica de los consejos técnicos asesores, desde el punto de vista trotskista. Entonces decía que los consejos técnicos asesores habían sido creados por esta pequeña burguesía timorata que hay en el gobierno como un intento de darle algo a las masas que están reclamando la dirección de las fábricas, sin entregar nada en realidad.


 


eso desde el punto de vista teórico es un absurdo, pero desde el punto de vista práctico es una infamia o una equivocación garrafal. Precisamente el pecado que tienen los comités técnicos asesores es que no fueron creados por la presión de las masas, fue una creación burocrática de arriba hacia abajo para darles a las masas un vehículo que no había pedido, y es donde está el pecado de las masas. Nosotros, “pequeña burguesía timorata”, fuimos a buscar el conducto para poder escuchar la voz de las masas y creamos, bien o mal, con las imperfecciones que muy probablemente tengan porque es idea nuestra, creación nuestra, de gente que les falta experiencia en estos problemas, los consejos técnicos asesores. De lo que sí no hay de ninguna manera es que haya habido presión de las masas y es en lo que quiero insistir. Porque sí tiene que haber presión de las masas en una serie de cosas, porque las masas tienen que tener interés en saber lo que es un plan económico, lo que es la industrialización, lo que le toca hacer a cada fábrica, lo que es su deber, cómo ese deber lo puede aumentar o cómo lo puede disminuir, lo que son los intereses de la clase obrera dentro de cada fábrica. Todos ésos son problemas que tienen que agitar a las masas (Guevara, 1979: 164).


 


El POR(T) presentó de inmediato una serie de protestas al gobierno revolucionario, exigiendo el derecho democrático a la libertad de prensa para todas las tendencias anticapitalistas y antiimperialistas revolucionarias que defendieran incondicionalmente lo que ellos consideraban el Estado obrero de Cuba. Todas estas protestas quedaron sin respuesta.


 


Ante las preguntas de periodistas y académicos extranjeros, el Che Guevara intentó justificar la supresión del periódico del POR(T) argumentando que los trotskistas no tenían papel o permiso para usar papel, y que obstaculizaban el desarrollo de la revolución. Incluso llegó a sugerir que la proximidad de la regional del POR(T) de Guantánamo a la Base Naval de Estados Unidos podría no ser una coincidencia. En una Conferencia de Prensa celebrada en Montevideo el 9 de agosto de 1961, dijo:


 


Periodista (El Heraldo de Florida, Uruguay): Doctor Guevara: ¿me puede decir las razones por las cuales a los trotskistas de Cuba se les han quitado los medios de expresión en Cuba, se les ha confiscado la imprenta?


 


Ernesto Che Guevara: ¿A los trotskistas? Mire, hubo una pequeña imprenta que publicaba un semanario que tuvo algunos problemas con nosotros. Tomamos algunas medidas administrativas, porque no tenían ni papel ni permiso para usar papel, ni imprenta ni nada; y, simplemente, resolvimos que no era prudente que siguiera el trotskismo llamando a la subversión. Porque, entre otras cosas, señor -ya que pregunta eso- resulta que hay un antecedente muy interesante. Nosotros, con los trotskistas, hemos tenido algunas relaciones; uno de los miembros del 26 de Julio que tenía mucha afinidad con el trotskismo, David Salvador, fue el que llevó a la muerte a nuestros hombres el 9 de abril [de 1958], negándose a una acción unida con los partidos de masa en la huelga y tratando de hacer una huelga de tipo putschista, que fue sencillamente destruida por Batista.


 


¿Sabe quién le puede hablar muy bien de esa huelga? Un señor que usted a lo mejor conoce, que se llama Jules Dubois, que estaba presente y era uno de los que conocía de la huelga y, por supuesto, también conocía Batista de la huelga que se iba a realizar, porque fue una huelga clandestina que, apenas se realizó, fueron asesinados grandes compañeros nuestros.


 


Después de eso, el trotskismo nace en Guantánamo. Es una rara coincidencia, pero nace en Guantánamo y tiene su fuerza ahí. Guantánamo es una ciudad que dista unos pocos minutos de la Base Naval Guantánamo, y nosotros sospechamos que podía haber cierta relación entre esa “proximidad geográfica”. Por eso, nosotros tomamos algunas medidas para que gente que no representaba nada y que no sabíamos de dónde sacaba su dinero, siguiera desde las posiciones de extrema izquierda molestando el desarrollo de nuestra Revolución (Bayley, 2002: 103).


 


En una entrevista posterior, concedida el 14 de septiembre de 1961 a Maurice Zeitlin, Guevara afirmó que había sido un error romper las planchas de impresión de La revolución permanente de Trotsky. Sin embargo, repitió nuevamente la acusación del PSP al reiterar que el POR(T) estaba actuando en contra de la revolución y al afirmar que los trotskistas habían actuado objetivamente como provocadores por agitar al pueblo cubano a marchar sobre la base naval estadounidense de Guantánamo:


 


Zeitlin: ¿Cómo serán incluidas las otras tendencias radicales -las organizaciones que no sean el Directorio Revolucionario, el Partido Comunista y el 26 de Julio-, cuyos miembros se unirán? ¿Qué pasa con los trotskis- tas, por ejemplo? Carleton Beals señaló recientemente que su imprenta fue destruida y que se les imposibilitó concluir la impresión de La Revolución Permanente de Trotsky.


 


Guevara: Eso fue así. Fue un error. Se ha producido un error cometido por un funcionario de segundo rango. Rompieron las placas. No deberían haberlo hecho. Sin embargo, consideramos que el partido trotskista está actuando en contra de la revolución. Por ejemplo, estaban tomando la línea de que el gobierno revolucionario es pequeñoburgués y llamaban al proletariado a ejercer presión sobre el gobierno, e incluso a llevar a cabo otra revolución en la que el proletariado llegaría al poder. Esto perjudica la necesaria disciplina de estos momentos.


 


Zeitlin: Usted puede estar interesado en saber que los trotskistas en los Estados Unidos han estado casi completamente detrás de la Revolución Cubana, y su reciente declaración oficial sobre la revolución la aprueba con entusiasmo.


 


Guevara: No tengo ninguna opinión sobre los trotskistas en general. Pero aquí en Cuba -te voy a dar un ejemplo-, tienen uno de sus principales centros en la ciudad de Guantánamo, cerca de la base estadounidense.


 


Y agitaron allí para que el pueblo cubano marchara sobre la base, algo que no se puede permitir. Algo más. Hace algún tiempo, cuando apenas habíamos creado comités técnicos de trabajadores, los trotskistas los caracterizaban como una migaja dada a los trabajadores, porque los trabajadores pedían la dirección de las fábricas.(10)


 


Guevara también confirmó su afinidad con el PSP al afirmar que, debido a que el Partido Comunista y la revolución marchaban juntos, no se podía “estar por la Revolución y en contra del Partido Comunista Cubano”.


 


La acusación de que los trotskistas cubanos eran provocadores ultraizquierdistas se basa en una campaña que el POR(T) supuestamente lanzó desde las páginas de Voz Proletaria exigiendo la expulsión de las fuerzas militares de Guantánamo. La referencia principal a las publicaciones del POR(T) para apoyar esta interpretación era un artículo en el primer número del periódico que discutía el conflicto entre las autoridades estadounidenses y los trabajadores cubanos en la base militar norteamericana (“El conflicto de la base naval de Guantánamo”, Voz Proletaria, La Habana, año 1, N° 1, abril 1960, págs. 4-5). Este artículo -aunque afirmaba que los obreros de la base naval, el pueblo de Guantánamo y Caimanera y las masas cubanas, en su conjunto, debían preparar la lucha por la expulsión definitiva del imperialismo- estaba lejos de ser una incitación provocativa a asaltar la base naval. En lugar de ello, hacía hincapié en la defensa de las organizaciones sindicales dentro de la base. La demanda principal que el POR(T) levantaba era que los trabajadores de Guantánamo no debían aceptar el despido de un solo trabajador o activista sindical. La campaña antisindical, según ellos, era parte del intento de las autoridades estadounidenses para desmoralizar la fuerza de trabajo y permitir el crecimiento de un movimiento sindical pro-Batista en la región. El artículo observaba también que los propios trabajadores habían formado una guardia para proteger la base de los actos de auto-sabotaje patrocinados por Estados Unidos. La frase aislada pidiendo la expulsión del imperialismo de la base era, en realidad, un lema de propaganda similar a la exigencia de la expulsión del imperialismo norteamericano del Canal de Panamá o del imperialismo británico de las Islas Malvinas. No había otros artículos en Voz Proletaria sobre la base naval de Guantánamo.


 


Los choques crecientes entre el Che Guevara y los estalinistas a partir de 1961


 


El proceso de estalinización condujo a una crisis temprana dentro del gobierno revolucionario, cuando Jorge Ricardo Masetti, el periodista que había arriesgado su vida para informar sobre los guerrilleros de Sierra Maestra durante la revolución y a quien le había sido confiada la creación de la agencia de noticias de Cuba, Prensa Latina, fue expulsado de esa institución en abril de 1961, lo que provocó la renuncia de Gabriel García Márquez (Martin, 2009: 262-266).


 


La disputa con el PSP por el control de Prensa Latina tuvo características gangsteriles: según el testimonio de Edgardo Masetti, hermano de Jorge Ricardo, y de su cuñado, Adolfo Jury, Jorge Ricardo Masetti por entonces sufrió un atentado con disparos de armas de fuego mientras conducía un automóvil. A Masetti también le aflojaron las ruedas del automóvil que utilizaba, pero esto fue descubierto antes de que sucediera un accidente. Ambos hechos no tomaron trascendencia pública (Rot, 2010: 111). Según Gabriel Rot, la disputa giraba alrededor de un eje central: la hegemonía política en el nuevo poder revolucionario. En esta lucha por el poder político, la estructura del comunismo cubano -el viejo PSP- se lanzará de lleno a la captación de todas las instituciones estatales, sosteniéndose tanto en su mayor estructura partidaria, como en la fuerza que le otorgaba el apoyo soviético al proceso cubano […] El apoyo soviético tendrá como costo la instalación de hombres de su confianza en puestos clave. La hegemonización de esta línea política provocará una lucha intestina en las filas revolucionarias, que se resolverá con el desplazamiento de aquéllos que no comulgaban con el socialismo, primero, y con la cercanía soviética después (Rot, 2010: 112-113, énfasis en el original).


 


Rot explica que el primer punto en disputa era el rol de las burguesías latinoamericanas y de la lucha armada en la revolución:


Por un lado, los comunistas alineados con Moscú subrayaban la necesidad de estructurar una relación de convivencia con las burguesías nacionales, clase a la que le otorgaban facetas progresistas y hasta revolucionarias. Esta política, ensayada anteriormente por los comunistas cubanos, era oficial en casi toda América Latina, y contaba con el Partido Comunista Argentino como uno de sus principales abanderados. Masetti, como el Che, estaba en las antípodas de esta posición y rechazaba sin medias tintas el supuesto progresismo de la burguesía nacional “y hasta nacionalista en palabras”, puesto que la misma “puede muy bien hacer el juego del colonialismo económico” (Jorge Ricardo Masetti: “Benkhedda en América Latina”, marzo de 1961). Por otra parte, Masetti adscribirá, temprana y públicamente, a las tesis guevaristas de lucha armada, posición que crispaba los nervios de la alta política soviética (Rot, 2010: 116).


 


Otro punto en disputa entre Masetti y los estalinistas cubanos era la apertura temprana de Prensa Latina a escritores que adoptaban posiciones críticas hacia el estalinismo:


 


No es de extrañar que, sosteniendo tales posiciones, Masetti convocara a colaborar en Prensa Latina a intelectuales de manifiesto distanciamiento con Moscú, como el caso del norteamericano Waldo Frank, intelectual de izquierda que había sido expulsado del Partido Comunista de Estados Unidos a fines de los años treinta. No caben dudas de que esta incorporación al plantel de Prensa Latina causará un profundo malestar entre los comunistas cubanos, al igual que la inclusión de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, cercanos entonces a las posiciones políticas sustentadas por Pekín. Recordando estos casos, García Lupo va a señalar que los comunistas cubanos “estaban furiosos con Masetti y jamás se lo perdonarían” (Rot, 2010: 116-117).


 


Como era previsible, su reemplazante, el español Fernando Revuelta, que asumió el 13 de mayo de 1961, era miembro del Partido Comunista. El golpe a Masetti -cuyo nombre sería borrado de la historia de Prensa Latina a la antigua usanza estalinista (Bustos, 2007: 461; Rot, 2010: 123)- fue, en realidad, un golpe al Che:


 


Pero la lucha por la dirección de Prensa Latina no culminaba con Masetti. En el camino había alguien más: su sustento y mentor, el Che.


De alguna manera, la lucha por la hegemonía política en Prensa Latina se convertirá en el primer gran campo de batalla entre los antiguos comunistas y los guevaristas […] La disputa en torno a Prensa Latina se resolverá con la renuncia de Masetti en marzo de 1961, en pleno proceso de avance de los cuadros del PSP, y sin que el Che pudiera evitarlo [.] La crisis suscitada por el control de Prensa Latina pondrá de manifiesto la lucha sin cuartel que las distintas expresiones de la Revolución Cubana librarán en torno a la hegemonía del poder político. Como en toda lucha, la batalla de Prensa Latina dejó vencidos y vencedores. El guevarismo, como expresión radical de la revolución, pagará cara su falta de estructura y organicidad como tendencia. La pérdida de la dirección de la agencia será un golpe durísimo y preludiará inequívocamente la relación enfrentada, y abiertamente hostil en numerosas ocasiones, entre el Che y los viejos comunistas (Rot, 2010: 119, 121, 123, énfasis en el original).


 


Como resultado de este proceso, el Che cambió gradualmente su actitud hacia los trotskistas cubanos, pasando de denunciarlos como agentes del imperialismo yanqui en 1961 a rescatar de la cárcel a aquellos que todavía podía ayudar en 1964.


 


El interludio abierto por la invasión a Playa Girón, en abril de y la purga del estalinista Aníbal Escalante el 26 de marzo de bajo la acusación de “sectarismo”, no detuvieron la burocratización del Estado cubano. El Che intentó revertir este proceso llevando la revolución a otros países:


 


Guevara encarna, pues, la conciencia crítica de la revolución y la convicción de que el proceso revolucionario cubano sólo seguiría su curso si la revolución se extendiese por América Latina. En este sentido, el Che representará al ala revolucionaria de la dirección cubana contra el conservadurismo de la dirigencia del PSP, defensora de una política de repliegue de la revolución fronteras adentro (“tesis del socialismo en un solo país”), de la integración como eslabón menor dentro del bloque soviético y contrario a alterar la “coexistencia pacífica” con intervenciones internacionalistas (Rot, 2010: 245-246).(11)


 


Las posturas internacionalistas de Guevara condujeron a choques públicos con el estalinismo a nivel internacional, particularmente después de la publicación de su ensayo “La guerra de guerrillas: un método” en la revista Cuba Socialista en septiembre de 1963:


El 11 de noviembre de 1963 aparece un artículo firmado por Demetri Levonov en la versión en español de la Revista de la URSS, titulado “La coexistencia pacífica fortalece el frente de la lucha contra el imperialismo”. De acuerdo con la embajada inglesa en La Habana, “el artículo puede ser leído como una réplica al artículo de Guevara sobre la guerrilla publicado en Cuba Socialista en septiembre, al que contradice francamente (Havana Telegram to Foreign Office, Counter-Revolutionary Activities, January 10, 1964 (Confidential), Foreign Office, F0371/174003, Public Record, Office, London, citado en Castañeda, 1997: 293, nota 2).


 


Ante la creciente adaptación del Estado cubano al estalinismo, el Che envió a Jorge Ricardo Masetti al mando de media docena de hombres, entre los que se contaba Ciro Bustos, para que intentaran instalar una base guerrillera en Orán, en la provincia argentina de Salta, a fin de permitir su regreso al país al frente de un movimiento revolucionario que rompiera la dependencia de la revolución cubana de la URSS. Este grupo partió en noviembre de 1962 a Checoslovaquia y realizó un periplo que los llevó por Argelia, Bolivia y Argentina. Durante su estadía en Argelia (enero-marzo 1963), el Che envió a Masetti un mensaje, descifrado por Ciro Bustos, que decía: “Nuestra atalaya se hunde lenta pero inexorablemente” (Bustos, 2007: 120). Según Gabriel Rot:


 


El objetivo del Che no era tan sólo enviar a sus mejores hombres; tenía la intención de incorporarse él mismo [.] Otro elemento que tempranamente evidencia la participación del Che en el proyecto guerrillero tiene que ver con la elección del nombre de guerra que Masetti utilizara en la campana salteña -Comandante Segundo, el cual remitiría a un ComandantePrimero que no sería otro que Guevara (Rot, 2010: 186-187).


 


Pero el intento del así llamado Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) de llevar la revolución a Argentina se frustró, y Masetti mismo murió en abril de 1964, en uno de los grandes fracasos de la estrategia foquista en Latinoamérica.


 


La intensificación de la represión contra los trotskistas cubanos en agosto de 1962


 


Hasta mediados de 1962, el POR(T) sólo había sufrido el arresto y la victimización de un miembro, un trabajador ferroviario en Guantánamo, en el período previo a las celebraciones para conmemorar el 26 de julio en 1961. Sin embargo, los ataques del PSP de junio de 1962 sirvieron como preludio a una campaña sistemática de acoso físico a mediados y finales de 1962. Luego de que el PSP se hubiese apoderado de posiciones de liderazgo más seguras y de una mayor influencia en la dirección de la revolución, los líderes trotskistas fueron sometidos a una ronda de arrestos en el período previo e inmediatamente posterior a la celebración de la Segunda Conferencia Nacional del POR(T) entre el 24 y el 26 de agosto de 1962. Cabe destacar que esta conferencia también ratificó su rechazo a la creación de las ORI.(12)


 


El 18 de agosto de 1962, Idalberto y Juan León Ferrera Ramírez fueron detenidos después de haber distribuido un folleto en un congreso de Cooperativas de la Caña de Azúcar, y el 20 de agosto de 1962, en el aniversario del asesinato de Trotsky, la policía prohibió una reunión conmemorativa en Guantánamo. Inmediatamente después de la Conferencia Nacional del POR(T), el líder del partido en La Habana, Idalberto Ferrera Acosta, fue detenido junto a José Lun- garzo el 30 de agosto de 1962. Al no poder presentar cargos concretos contra el POR(T), los cuatro miembros fueron puestos en libertad el 1° de septiembre de 1962.(13)


 


La Segunda Conferencia Nacional del POR(T), así como el aumento de la tensión en el período previo a la crisis de los misiles entre el 16 y el 28 de octubre de 1962, estimularon a los trotskistas cubanos a producir un boletín quincenal mimeografiado tamaño A4 a partir de septiembre de 1962, bajo el nombre de su antiguo periódico, Voz Proletaria. Los trotskistas afirmaban que tenía una tirada de 1.000 ejemplares. Aunque este boletín mimeografiado no estaba oficialmente prohibido, la solicitud de que fuera impreso en las imprentas estatales fue rechazada formalmente en noviembre de 1962 con el argumento de que no había papel. A pesar de la intensificación del acoso, los trotskistas una vez más rechazaron la opción de publicar su órgano de manera clandestina. Si bien no fueron capaces de influir en la configuración política de ningún sindicato u organización revolucionaria fuera de los centros en los que su pequeño grupo de miembros operaba, la decisión de publicar la dirección pública del partido, así como el apartamento de Idalberto Ferrera Acosta, y de distribuir abiertamente el boletín, fue de nuevo importante como un gesto simbólico. Era parte de la lucha por la existencia legal de todas las tendencias revolucionarias en lo que ellos consideraban el Estado obrero de Cuba (Gilly, 1979).


 


Desde el lanzamiento del boletín Voz Proletaria, en septiembre de 1962, hasta la disolución forzada del POR(T) como un partido organizado, en abril de 1965, la actividad de los trotskistas estuvo marcada por una represión creciente. En el momento de la crisis de los misiles en octubre de 1962, la regional de Guantánamo sufrió la detención de su líder, José Medina, y la transferencia de un número de sus miembros de sus lugares habituales de trabajo. En La Habana, el enviado argentino José Lungarzo fue detenido de nuevo el 30 de octubre de 1962 y finalmente deportado a la Argentina el 21 de diciembre 1962, sin aparente preocupación por su vida o su libertad al llegar allí.(14)


 


El 6 de marzo de 1963, los órganos de Seguridad del Estado confiscaron los equipos de impresión de Voz Proletaria y detuvieron a Idalberto Ferrera Ramírez, su editor, por un día. Aunque este tipo de actos de represión se habían realizado con anterioridad a iniciativa de un sector del aparato policial y estatal influenciado por el PSP, después de que las ORI dieron paso al Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS), los trotskistas cubanos comenzaron a atribuir la responsabilidad por las medidas represivas al gobierno revolucionario. Refutando las acusaciones de “divisionismo”, el POR(T) también se refirió a las medidas represivas como “chantaje y terrorismo político” (“Sobre un nuevo ataque reaccionario antitrotskista”, Voz Proletaria, La Habana, segunda quincena de marzo de 1963, pág. 2).


 


El acoso se intensificó a mediados de 1963. Varios trotskistas fueron trasladados por la fuerza a nuevos centros de trabajo en los que no tenían contactos o influencia. La edición de finales de mayo de 1963 de Voz Proletaria informó cómo se propuso a una reunión de trabajadores la transferencia de Roberto Tejera, acusándolo de ser un “divisionista trotskista”. Si bien esto fue rechazado por la reunión, intentos de poner en práctica las transferencias fueron realizados en otros lugares. El 8 de junio de 1963, Andrés Alfonso fue detenido y amenazado por los Servicios de Seguridad del Estado y, aunque fue liberado al cabo de unas horas, se le impidió de esta manera asistir a una reunión sindical. A pesar de las protestas de sus compañeros de trabajo contra tales intimidaciones, Andrés Alfonso fue trasladado a otro centro de trabajo fuera de La Habana. El POR(T) afirmó que esto constituía un despido de hecho (“Hay que acabar con la utilización de los traslados como represalia burocrática”, Voz Proletaria, La Habana, N° 31, segunda quincena de julio de 1963, pág. 8, en Tennant, 1999).


 


En Guantánamo, una sanción similar de transferencia fue propuesta en el caso de José Medina. Según Voz Proletaria, su traslado de los ferrocarriles a una granja fue propuesto como castigo por la publicación de un folleto llamando a la democracia sindical. Medina fue después suspendido de su trabajo sin goce de sueldo. El despido de los trotskistas de sus lugares de trabajo los apartó del entorno sindical local, en el que tenían un historial probado de dedicación al movimiento obrero (“Atentado burocrático en Guantánamo contra nuestro camarada José Medina”, Voz Proletaria, La Habana, N° 34, primera quincena de febrero de 1964).


 


Después de más de nueve meses de trabajo periodístico y de actividad en Cuba, desde julio de 1962 hasta octubre de 1963, Adolfo Gilly fue detenido y deportado a Europa (Gilly, 1979). Gilly es autor de un excelente informe sobre la Cuba revolucionaria titulado Cuba: Coexistencia o revolución (Gilly, 1965a), originalmente publicado en Partisans y en el periódico uruguayo Marcha, y más tarde en forma ampliada en Monthly Review, cuyos contenidos reflejan, según sus propias palabras, “las posiciones, el análisis, e incluso el pensamiento táctico de los trotskistas cubanos” (Gilly, 1979). Dicho informe partía de la base de que existían dos tendencias en disputa en el seno de la dirección revolucionaria:


 


La tendencia que defiende la coexistencia [pacífica con el imperialismo, impulsada por la burocracia soviética y los cuadros del ex PSP], los incentivos materiales, la pausa en la revolución para la construcción económica, separación de la revolución latinoamericana para no provocar la intervención imperialista, la pacificación, sostiene que es hora de fortalecer las posiciones conquistadas para luego seguir adelante.


 


La tendencia [impulsada por el Che Guevara] que se orienta hacia la revolución en América Latina, la conciencia socialista, el igualitarismo, la extensión de la revolución, sostiene que sólo avanzando con la revolución en el mundo se puede fortalecer la propia revolución cubana y que, al contrario, cortarla de esa fuente de fuerza y energía es debilitarla, aislarla y dejarla indefensa ante sus enemigos (Gilly, 1965a: 85).


 


La expulsión de Adolfo Gilly de Cuba tuvo lugar poco después de la publicación por el POR(T), en septiembre de 1963, del folleto Las tareas económicas y la política del Estado obrero, que Gilly había escrito bajo un seudónimo, y unas semanas después de un Congreso Internacional de Arquitectura en el que los trotskistas habían intervenido como una fracción organizada.


 


Las medidas tomadas contra los trotskistas cubanos llevaron progresivamente a cargos criminales y a un juicio. El 9 de noviembre de 1963, cuando Andrés Alfonso fue a discutir la posibilidad de su regreso a su lugar de trabajo original, fue detenido por distribuir copias de Voz Proletaria a sus compañeros de trabajo (“Por la libertad de los trotskistas presos”, Voz Proletaria, La Habana, N° 40, segunda quincena de diciembre de 1963, págs. 12-13, en Tennant, 1999).


 


Después de que la compañera de Alfonso Floridia Fraga protestara contra su detención en su Comité de Defensa de la Revolución, ella también fue detenida el 1° de diciembre de 1963. Esto fue seguido por la detención de Ricardo Ferrera el 2 de diciembre 1963, después de que fuera a hacer averiguaciones sobre ella (“Luchar por libertar los trotskistas presos es luchar por la revolución contra la burocracia”, Voz Obrera, México, N° 42, primera quincena de enero de 1964, págs. 6-7). Aunque el POR(T) celebró su Tercera Conferencia Nacional de enero de 1964, esta ronda de arrestos anunció el comienzo del fin para el POR(T) como partido organizado (“Se celebró la III Conferencia Nacional del Partido Obrero Revolucionario Trotskista”, Voz Proletaria, La Habana, N° 42, segunda quincena de enero de 1964, pág. 1, en Tennant, 1999).


 


De acuerdo con un informe de la revista trotskista norteamericana Spartacist, basado en una entrevista con Juan León Ferrera, en la primavera de 1964, los tres fueron llevados a un juicio cerrado al público, acusados de: 1) la distribución de un documento ilegal, 2) la promoción del derrocamiento del gobierno cubano y 3) ser críticos de Fidel Castro. Floridia Fraga y Ricardo Ferrera fueron condenados a dos años cada uno, mientras que Andrés Alfonso recibió una sentencia de cinco años (Spartacist, 1965a).(15)


 


La represión continuó cuando Roberto Tejera fue arrestado después de que fuera a preguntar acerca de sus tres compañeros. Entonces, el secretario general del POR(T), Idalberto Ferrera Acosta, fue detenido en su casa. Como su apartamento también servía como oficina del POR(T), fueron confiscados numerosos ejemplares del periódico y otros documentos. Después de un juicio en el que ambos fueron declarados culpables, como los demás, de los cargos de supuesta actividad contrarrevolucionaria, Tejera fue condenado a seis años de prisión y Ferrera recibió nueve años, la sentencia más severa (Spartacist, 1965a: 12-13).


 


Che Guevara y el debate económico en Cuba (junio de 1963 – junio de 1964)


 


En el marco de esta creciente represión tuvo lugar un debate sobre la política económica en Cuba entre junio de 1963 y junio de 1964. El trasfondo al debate económico que comenzó en junio de 1963 fue la crisis que experimentó la economía cubana entre 1961 y principios de 1962, debido a una combinación de factores entre los que se cuentan el embargo comercial norteamericano impuesto en octubre de 1960, la fijación de metas excesivamente ambiciosas de industrialización y diversificación a corto plazo, lo que el Che Guevara llamó la “declaración de guerra a la caña de azúcar” (la zafra se redujo de 6.800.000 toneladas en 1961 a 3.800.000 toneladas en 1963, aunque el azúcar constituía más de las tres cuartas partes de las exportaciones cubanas) y el deseo de crear fábricas “sin pensar en la materia prima para las mismas” (Revolución, 21 de agosto de 1963, citado en Draper, 1966: 192). Guevara había actuado de forma breve como director del Departamento de Industrialización del Inra, a partir del 8 de octubre de 1959. Fue nombrado presidente del Banco Nacional el 26 de noviembre de 1959, cargo que dejó el 23 de febrero de 1961 para convertirse en ministro de Industrias de Cuba.


La crisis económica hizo necesaria la introducción de la cartilla de racionamiento o libreta de abastecimiento mediante la Ley 1.015, promulgada el 12 de marzo de 1962, lo cual a su vez provocó la inflación, porque la población urbana tenía más para gastar pero menos que comprar. La espiral inflacionista atacó a los trabajadores, que ya no tuvieron incentivos para esforzarse en lograr aquello que de todas maneras no podían obtener. El ausentismo comenzó a alcanzar proporciones alarmantes entre los trabajadores, porque éstos descubrieron que dos o tres días de trabajo bastaban para adquirir lo poco que podía obtenerse. También se resintió la calidad del trabajo al decaer la moral y reducirse el poder adquisitivo real (Draper, 1966: 177-178).


 


La rebeldía del campesinado, también producto de la crisis económica, condujo, a su vez, a la adopción de medidas represivas contra la población rural a mediados de 1962 y a la promulgación de la “Segunda Ley de Reforma Agraria” de octubre de 1963, la cual limitó el tamaño de las propiedades permitidas a 33 hectáreas.


 


Finalmente, “a fines de 1961 o principios de 1962, los soviéticos dieron la voz de alto y exigieron una rendición de cuentas”, lo cual condujo en marzo de 1962 a la purga de Aníbal Escalante, cuyo destino “fue pronto compartido por el embajador soviético en La Habana, Serguei Mijailovich Kudryavtsev” (Draper, 1966: 186-187). Pero este cortocircuito en las relaciones con la burocracia soviética fue de corta duración y, un año después, el 27 de abril de 1963, Fidel Castro realizó su primera visita a la URSS, que duró cuarenta días. En el transcurso de esta visita, en la que Guevara declinó participar “a pesar de una invitación explícita al Che del embajador soviético”, Castro firmó una serie de acuerdos que significaron un viraje profundo en la política económica cubana:


 


El principal convenio surgido del viaje de Fidel fue asignarle a Cuba el inevitable y triste destino de productor de azúcar y algunas otras materias primas y agrícolas en la división socialista del trabajo, abdicando ahora explícitamente de lo que en los hechos se había abandonado hace varios meses, a saber, el esfuerzo de industrialización. El Che no perdonará a la URSS tan fácilmente como Fidel su traición de octubre [una referencia a la crisis de los misiles entre el 16 y el 28 de octubre de 1962], y no se resignará tan fácilmente como el caudillo a la dependencia soviética (Castañeda, 1997: 297).


 


Este giro en la política económica cubana se profundizó en los meses siguientes:


 


Durante una segunda visita a Moscú en enero de 1964, Castro firmó un acuerdo a largo plazo para que la Unión Soviética comprara la mayor parte de la cosecha de azúcar de Cuba a un precio superior a la tasa internacional, mientras que Cuba importaba maquinaria industrial y fábricas incluso enteras de la Unión Soviética. Cuba se comprometió a exportar cinco millones de toneladas de azúcar ese año, mientras que, de acuerdo con el plan de cinco años para 1965-70 (elaborado conjuntamente con expertos soviéticos), esta cuota debía aumentar hasta diez millones de toneladas en 1970 (Caistor, 2013: 77-78).


 


En este marco se dio el debate económico en Cuba, poco después del regreso de Castro de su primer viaje a la Unión Soviética. En dicho debate, Guevara se opuso a la descentralización de la economía, preconizó el empleo de estímulos morales en lugar de estímulos materiales a fin de evitar el aumento de las diferencias sociales, así como el “sistema presupuestario de financiamiento” (es decir de la centralización en la planificación) por oposición a la autonomía financiera de las empresas.


 


El debate estuvo viciado por la exclusión de las masas de la toma de decisiones. Según el testimonio contemporáneo de Gilly, de octubre de 1963, “hoy la población cubana no interviene todavía en la decisión de los problemas fundamentales de la planificación y de la economía, salvo bajo la forma de su presión social general y difusa” (Gilly, 1965a: 42). Esto se debía a la censura y a la ausencia de órganos de autogobierno de las masas dirigidos por representantes libremente electos:


 


La prensa cubana es una calamidad nacional que causa más daños que el ciclón Flora. Más que un medio informativo, es una barrera defensiva contra la presión de abajo, un medio uniformativo que se permite discutir sobre crítica de arte o de cine, pero jamás disentir o criticar, o proponer alteraciones en tal o cual decisión del gobierno. Esto es una evidente deformación de los principios socialistas, como lo es la existencia de una oficina, la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR), que controla toda la prensa y todas las ediciones y publicaciones, de modo que en Cuba no se puede imprimir sino lo que la COR autoriza. A esto hay que agregar que tampoco hay hasta ahora cuerpos electivos con delegados o diputados de la población trabajadora, como fueron los soviets en la revolución rusa, que permitan la expresión directa y organizada de lo que piensan los distintos sectores y corrientes de esa población sobre cada problema importante (Gilly, 1965a: 33).


 


Según Gilly, “es la tendencia a la centralización de la economía [representada por el Che Guevara y el Ministerio de Industrias] la que expresa la presión de la base hacia una participación directa en las decisiones económicas centrales. Pero lo expresa indirectamente, porque al mismo tiempo no ofrece a la base los organismos que le permitan esa participación” (Gilly, 1965a: 45). Incluso la tendencia liderada por el Che Guevara se oponía a desarrollar “los organismos que en una democracia socialista manifiestan la voluntad de la población: soviets, consejos obreros, sindicatos independientes del Estado, etc.” (Gilly, 1965a: 45). Esto atentaba contra el equilibrio de la planificación, ya que las masas no sólo carecen de los organismos políticos para opinar y decidir sobre las proporciones y la estructura del plan. Tampoco los tienen para corregir el plan en el curso de su aplicación, para señalar los errores que van surgiendo, para indicar las desproporciones a tiempo. De esto resulta que los errores y desproporciones, cuando se corrigen, ya han estado actuando durante un período mucho más largo del necesario y terminan presentándose bajo la forma de pequeñas crisis en tal o cual sector, con todo el despilfarro que significa siempre una crisis. Pero la dirección carecía de los medios para darse cuenta antes de hechos que desde abajo eran vistos por sectores enteros de la población trabajadora: por ejemplo, los errores cometidos con la matanza de hacienda en el primer período de la revolución, los errores del desmonte de extensiones enormes de caña que luego debieron volver a cultivarse, o los errores más elementales de mala ubicación de fábricas, instalaciones, cultivos, etc., que no se ven desde las oficinas del plan, pero que los obreros y campesinos indicaban en críticas y comentarios que no tenían y no tienen los medios para llegar hasta arriba con peso de decisión (Gilly, 1965a: 46).


 


Gilly sacaba de este análisis la conclusión de que “son fútiles los intentos de presentar la discusión sobre la planificación y los problemas de la planificación cubana como problemas meramente técnicos”, porque “todas las discusiones aparentemente económicas o teóricas” eran “sólo el reflejo invertido y borroso de los problemas políticos de fondo que enfrenta la revolución cubana y todo el campo socialista” (Gilly, 1965a: 52).


 


Debido a la manera deformada en que el proceso de construcción económica tuvo lugar, el régimen viró de una política inicial de industrialización y diversificación al retorno al monocultivo de azúcar para obtener divisas del extranjero:


-En realidad el cambio total de la política cubana a fines de 1963 constituyó en gran medida una derrota para algunas de las ideas favoritas de Guevara. Él había sido el primero en emplear la consigna de la “industrialización acelerada”. Él había desempeñado el papel principal en la negociación de los convenios comerciales con el bloque soviético. Y él había esbozado la teoría de que el “socialismo cubano”, a diferencia de otras variedades, debería basarse predominantemente en incentivos “morales” y no “materiales” (Draper, 1966: 198).


 


Sin entrar en los detalles técnicos del debate (ver los documentos en Guevara, 1969 y Guevara, 2003), señalaremos que detrás de las críticas de Guevara al imperio de la ley del valor se ocultaba su temor a una posible restauración del capitalismo. Lo dice claramente en las conversaciones sostenidas en el Ministerio de Industrias el 5 de diciembre de 1964: “es evidente que donde se utiliza, al hablar de métodos indirectos, la ley del valor, exactamente allí estamos metiendo el capitalismo de contrabando, porque en todo caso en Cuba todavía existe una serie de categorías del capitalismo que estamos reintroduciendo en el sector estatal” (actas de reuniones efectuadas en el Ministerio de Industrias, 5 de diciembre de 1964, en Guevara, 2006: 411). Guevara manifestó el mismo temor en una entrevista concedida al diario El-Taliah (La Vanguardia) de El Cairo, en abril de 1965, en la que afirmó que “los países socialistas, y particularmente en la Unión Soviética”


 


-trataron de darle una oportunidad mayor al desarrollo de la ley del valor, y permitirle que produjera todos sus efectos. Por lo tanto, introdujeron competencias entre los diversos proyectos e introdujeron incentivos materiales, bien en forma individual o de grupo. Pero la definición del capitalismo es: dar libre movimiento a la ley del valor. Cada vez que le damos mayor libertad a la ley del valor, nos acercamos otra vez al capitalismo.


 


Hay un estudio hecho por Huberman y Sweezy en que analizan la crítica china a Yugoslavia y la acusación de que está retornando al capitalismo [Leo Huberman y Paul Sweezy, “¿Transición pacífica del socialismo al capitalismo?”, Monthly Review, N° 8, abril 1964]. Ellos refutan el razonamiento chino y prueban que está basado en el dogmatismo, pero después reafirman que Yugoslavia es, de hecho, un país capitalista, explican cómo el sistema yugoslavo está regresando al capitalismo, y hacen hincapié en que la ley del valor, en realidad, está ganando terreno.


 


El experimento del regreso a la ley del valor comenzó en Yugoslavia y fue entonces adoptada en diversos grados por Polonia y Checoslovaquia, y la Unión Soviética comenzó experimentos similares. Hemos discutido esta idea con algunos representantes de la nueva escuela en la Unión Soviética y les hemos dicho que diferimos de ellos en el terreno metodológico; y hemos expresado nuestra crítica del método de contabilidad que están empleando para aumentar la rentabilidad. En nuestra opinión, ellos buscan caminos que les permitan estimular el progreso técnico, pero no buscan la ley básica del socialismo. Yo hablé personalmente con Kollontai, uno de los economistas de la nueva escuela. El admite que hay asuntos que requieren estudio, y yo creo que no quiso hablar con suficiente franqueza (Guevara, 2006: 429-430).


 


Guevara ya había hecho referencia a este artículo de Baran y Sweezy en el acta de la reunión efectuada en el Ministerio de Industrias el 2 de octubre de 1964, que permaneció inédita hasta el año 2003:


 


Sweezy hace un análisis de los planteamientos de los chinos y los destruye, uno por uno, los va destruyendo diciendo que hay unos planteamientos subjetivos, planteamientos dogmáticos, planteamientos formales, pero después de destruir los argumentos chinos, no obstante dice: “Yugoslavia sí va al capitalismo”. Y va al capitalismo, ¿por qué? Es la primera vez que lo veo, lo veo nombrado así, expresamente, por el reconocimiento y la plena vigencia de la ley del valor. Entonces empieza a explicar cómo el sistema yugoslavo al implantar la ley del valor empieza a crear, es decir a recrear objetivamente, el capitalismo (Guevara, 2006: 380-381).


 


Finalmente, el mismo temor a la restauración capitalista (plenamente fundado, como la historia lo probaría un cuarto de siglo más tarde) se manifiesta en los apuntes críticos de Guevara al Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, redactados en 19651966, pero recién publicados por el gobierno cubano en 2004: “Las últimas revoluciones económicas de la URSS se asemejan a las que tomó Yugoslavia cuando eligió el camino que la llevaría a un retorno gradual hacia el capitalismo. El tiempo dirá si es un accidente pasajero o entraña una definida corriente de retroceso” (Guevara, 2006: 125).16


 


Guevara perdió el debate en torno a la política económica, y sus seguidores y él mismo fueron cada vez más marginados del proceso de fijación de la misma:


 


Cuando, el 3 de julio de 1964, el Che pierde el control de la industria del azúcar, que pasa a conformar un ministerio separado -ciertamente dirigido por Orlando Borrego, uno de sus colaboradores más cercanos- escucha pasos en la azotea. En ese mismo instante, Osvaldo Dorticós sustituye a Regino Boti en el Ministerio de Economía, y es designado jefe de la Juceplan [Junta Central de Planificación]; es un segundo golpe contra el Che, no porque mantenga una mala relación con Dorticós, sino porque se crea un polo alternativo, igualmente poderoso que él, en la conducción de la economía (Castañeda, 1997: 320).


 


Las desavenencias entre Fidel Castro y el Che Guevara sobre la política económica se vuelven públicas, aunque en forma velada, al año siguiente:


 


Empieza el 21 de enero [de 1965], cuando el comandante en jefe anuncia que para la zafra de ese año los mejores cinco mil macheteros recibirán diversos premios, tales como motonetas, viajes al extranjero y vacaciones en hoteles cubanos de primera clase: era el fin de los estímulos morales. Asimismo, desde diciembre del año anterior, el gobierno había anunciado un programa piloto de salarios contractuales, de reparto de utilidades y de premios para los trabajadores en general. Posteriormente, en su discurso del 26 de julio en Santa Clara, con un inmenso retrato del Che de telón de fondo, Castro despotrica contra los estímulos morales y la centralización administrativa (Fidel Castro, discurso del 26 de julio, citado en Bohemia, La Habana, 30 de julio 1965: 35, en Castañeda, 1997: 368).


El 28 de septiembre de 1965, Fidel Castro vuelve a la carga, aseverando en un discurso que es “un defensor del desarrollo de la administración local” (Castro, 1965: 232). Finalmente, el equipo de colaboradores del Che en lo relativo a la política económica cubana fue marginado de los órganos centrales del Estado a fines de 1965:


 


los países imperialistas reciben las migajas de la explotación colonial y se vuelven cómplices de los monopolistas; los obreros de los países dependientes reciben un salario varias veces menor, pero un salario al fin y tienen cierta estabilidad en sus puestos, sobre los que pesa una gran oferta de trabajo de campesinos sin tierra y desclasados; los campesinos de estos países son despojados de sus tierras para crear la posesión latifundista y la oferta de trabajo; su economía natural desaparece y nada la reemplaza, son los auténticos miserables de este momento en la gran mayoría de los países. Son la fuerza revolucionaria” (Guevara, 2006: 93-94).


 


Con el anuncio del Comité Central del Partido Comunista el 1° de octubre [de 1965], estaba claro que Guevara, sus seguidores y sus políticas estaban en desgracia. Los únicos tres ministros excluidos del Comité Central fueron Luis Alvarez Rom (el ministro de Hacienda, que se había puesto del lado de Guevara en la disputa del Banco Nacional), Orlando Borrego (el discípulo más cercano de Guevara) y Arturo Guzmán (el ministro interino de Industrias). Salvador Vilaseca Forné (el ex presidente del Banco Nacional) también fue excluido. Estos cuatro fueron los únicos cubanos de alto nivel no incluidos en el Comité Central -y también eran los únicos que habían estado íntimamente involucrados en las políticas económicas de Guevara. Por otra parte, el nuevo Comité Económico de cinco hombres del partido fue encabezado por el presidente Dorticós y dotado de personal con opiniones económicas “liberales” (CIA, 1965: 8).


Hemos citado el último párrafo de un informe contemporáneo de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense, fechado el 18 de octubre de 1965, que reseña el debate económico en Cuba bajo el título “La caída del Che Guevara y el perfil cambiante de la Revolución Cubana” (CIA, 1965). La última sección de dicho artículo, titulada “Cuba sin Guevara”, concluye que la derrota de Guevara significó el triunfo del ala pro-Moscú del liderazgo revolucionario cubano:


 


No hay duda de que la posición más cautelosa de Castro sobre la exportación de la revolución, así como su enfoque económico diferente, llevaron a la caída del Che. Castro dijo recientemente que la revolución cubana debe encontrar soluciones de acuerdo con su propio “espíritu y peculiaridades”. Pero de ahora en más Cuba probablemente modelará tanto su política nacional y como su política exterior más de acuerdo con los consejos soviéticos (CIA, 1965: 8).


 


El Che Guevara interviene en 1964 para liberar a los trotskistas encarcelados


 


En 1964, el destino de los trotskistas cubanos presos en la primera ronda de juicios políticos estuvo condicionado por la intervención del Che Guevara. Un número de trotskistas latinoamericanos se había incorporado a sus diversos proyectos guerrilleros, y Guevara ya no tenía necesidad de apoyar la represión de los trotskistas con el fin de defender una posición política que había perdido. Según su biógrafo Jorge Castañeda:


 


Durante ese largo 1964, cuando el Che pierde a sus amigos y sus batallas, en el que emprende infinidad de luchas y polémicas sobre innumerables temas conflictivos y cruciales para la revolución cubana, comprueba dos características inconfundibles de su desempeño. Por un lado, Castro lo quiere, lo respalda en sus desorbitados proyectos argentinos, argelinos, venezolanos y, ahora, africanos. Nunca le regatea el lugar que se ha ganado, ni le reprocha sus deslices o exabruptos.


 


No tiene, por tanto, nada que reclamarle. Pero también comprueba que Fidel no toma su partido. Coyuntura tras coyuntura, pleito tras pleito, el Che comienza a entender que está solo; no contra Fidel, pero tampoco con él. La situación del Che es insostenible, como lo es el par de posibles consignas que la resumen: con Castro, ni matrimonio ni divorcio; ni con Fidel ni en contra de él. Nada tan insoportable para Ernesto Che Guevara como esta madeja de ambivalencias, contradicciones y media luz crepuscular. Era hora de marcharse (Castañeda, 1997: 336).


 


Desilusionado con Moscú y derrotado en las luchas internas en el seno del liderazgo cubano, Guevara comenzó a actuar de manera independiente y a expresar cada vez más sus propias convicciones personales. Jugó un papel decisivo en la liberación de varios de los miembros del POR(T) presos en la cárcel de La Cabaña en La Habana. Roberto Tejera fue puesto en libertad por orden de Guevara el día después de haberse entrevistado con el Che. También Armando Machado salió de la cárcel en La Habana por iniciativa de Guevara (entrevista concedida por Roberto Tejera a Gary Tennant, La Habana, 17 de agosto de 1997).


 


Sin embargo, en Oriente, donde Guevara tenía poca influencia, la represión contra el POR(T) continuó y finalmente culminó con la detención de su seccional Guantánamo a finales de 1964 y principios de 1965, menos de un año antes de la fundación formal del nuevo Partido Comunista de Cuba, el 3 de octubre de 1965. Con la mayoría de los miembros del POR(T) en prisión, el boletín mimeografiado Voz Proletaria cesó su publicación y su pequeña pero simbólica intervención en las instituciones revolucionarias fue eliminada. La naturaleza política de esta represión en 1964-1965 fue demostrada por el hecho de que las autoridades no arrestaron a Mary Low Machado, una participante en las reuniones del POR(T), debido a la protección que su pasaporte extranjero le concedía, ni a Juan León Ferrera Ramírez, porque había trabajado para Guevara (entrevista concedida por Idalberto Ferrera Acosta y Juan León Ferrera Ramírez a Gary Tennant, La Habana, el 26 de julio de 1997).


 


En Santiago de Cuba, José Medina Campos, Idalberto Ferrera Ramírez, Luciano García, Elías Suárez, Antonio Medina Campos y Guido Brañas Medina fueron todos acusados de delitos contra el Estado. El tribunal que discutió su causa en marzo de 1965 los declaró culpables de llegar a un acuerdo entre ellos y con terceros aún desconocidos para conspirar contra el gobierno cubano:


 


Organizaron un movimiento contrarrevolucionario al que denominaron “Partido Obrero Revolucionario Troquista”. [….] Siguiendo las orientaciones del Imperialismo yanki formaban un circulo de estudio en el que ventilaban la mayor forma de sembrar el confusionismo y el divisionismo entre la población cubana [….] así como editaron un boletín contrarrevolucionario al que [….] denominaron “La Voz Proletaria” en el que publicaron falsas noticias e informaciones y poniendo en circulación un gran cantidad de propaganda contrarrevolucionaria [….] difamando a los líderes de la Revolución y criticando a las Leyes de la Revolución (Informe de la sentencia N° 124, Santiago de Cuba, 16 de marzo de 1965, pág. 1-2, citado en Tennant, 1999).


 


Según el tribunal, toda esta actividad se llevó a cabo, al parecer, mientras los trotskistas esperaban el desembarco de mercenarios que intentarían derrocar violentamente al gobierno cubano. Idalberto Ferrera Ramírez fue condenado a ocho años de prisión, José Medina recibió cinco años y Luciano García, Elías Suárez, Antonio Medina y Guido Brañas recibieron sentencias de tres años cada uno (Informe de la sentencia N° 124, Santiago de Cuba, 16 de marzo de 1965, pág. 2, citado en Tennant, 1999).


 


En La Habana, Roberto Acosta también fue detenido a principios de 1965 después de que una versión mimeografiada de La revolución traicionada de Trotsky, con una nueva introducción cubana, fuera impresa en su casa. Cuando Guevara regresó de África al parecer se dio cuenta del arresto y la detención de Acosta, debido a la ausencia del trotskista de su puesto de trabajo en el Ministerio de Industrias. Guevara llamó a Acosta a una reunión en abril de 1965. Según Acosta, aunque la reunión se llevó a cabo en presencia de funcionarios del Departamento de Seguridad del Estado (G-2), Guevara expresó la opinión de que Acosta era un revolucionario, de que si los trotskistas creían que tenían razón debían continuar la lucha para alcanzar sus objetivos, y de que en algún momento en el futuro, las publicaciones trotskistas serían legales. Guevara le dijo: “Acosta, las ideas no se matan a palos”. Esta referencia a “Las ideas no se matan” (“On ne tuepoint les idées’), una frase escrita por Domingo Faustino Sarmiento en la Sierra Chica de Zonda, en San Juan, en su paso para el exilio a Chile, confirma la autenticidad del testimonio, que difícilmente podría habérsele ocurrido a un cubano no familiarizado con la historia argentina.(17) Prometiéndole que iba a ser liberado en breve, Guevara aparentemente cerró la reunión con Acosta con un abrazo y las palabras: “Nos veremos en las próximas trincheras” (manuscrito de una entrevista concedida por Roberto Acosta Hechavarría a Tano Nariño, La Habana, 13 de abril de 1990, págs. 1-2, citado en Tennant, 1999).


 


Unos días más tarde, los funcionarios de la Dirección General de Inteligencia volvieron con la propuesta de que todos los trotskistas serían liberados a condición de que acordaran cesar toda actividad organizada y de que se abstuvieran de publicar cualquier material. Si bien durante los períodos anteriores en prisión los trotskistas habían llevado a cabo un trabajo político entre los otros prisioneros, elaborando planes de reeducación que defendían la revolución al mismo tiempo que la defensa de su propio programa y del derecho del POR(T) a la existencia legal, consideraciones políticas diferentes tuvieron prioridad en esta oportunidad. Cuando comenzaron a plantearse preguntas sobre el paradero de Guevara, luego de su desaparición de la vida pública, se hizo evidente para los trotskistas que ya no tenían ningún tipo de protección ante la perspectiva de largos períodos de encarcelamiento.


 


Roberto Acosta e Idalberto Ferrera Ramírez viajaron a raíz de esto a Santiago de Cuba, donde en una reunión en la que participaron los trotskistas encarcelados, sus familiares y simpatizantes, así como los servicios de seguridad, Ferrera habló en nombre del POR(T). Aunque reiteró la posición del POR(T) en defensa incondicional de la revolución cubana, mientras criticaba los aspectos burocráticos de la revolución, también habló de la necesidad de la unidad. Habiendo acordado disolver el POR(T) y dejar de publicar el periódico Voz Proletaria y todo otro material trotskista, los trotskistas encarcelados fueron puestos en libertad hacia finales de abril de 1965 (Spartacist, 1965b).


 


La renuncia del Che a sus cargos gubernamentales y a la ciudadanía cubana en 1965


 


El Che disparó su andanada de despedida contra los estalinistas en su famoso discurso de Argel, el 24 de febrero de 1965, en el cual denunció a los Estados estalinistas por “su complicidad táctica con los países explotadores de Occidente” y a “las nacientes burguesías autóctonas” (con las que los partidos comunistas llamaban a conformar un “Frente Democrático antioligárquico y antiimperialista”), a las que acusó de ser una clase “parasitaria y en estrecha alianza con los intereses metropolitanos” (Guevara, 1969: 160). Este discurso marcó, en palabras de Theodore Draper, “el punto de mayor tirantez entre la URSS y Cuba”:


 


Pero, como sucede con frecuencia en crisis de este tipo, se logró un nuevo modus vivendi y, por lo menos exteriormente, las relaciones soviético- cubanas comenzaron a mejorar de golpe. Alguien debía ceder y esta vez los soviéticos tenían aparentemente las mejores cartas. A medida que la política económica de Castro fue llevando a Cuba más y más hacia un verdadero monocultivo azucarero, su dependencia de la Unión Soviética aumentó hasta convertirse casi en una subordinación absoluta. Hacia mediados de 1965 el precio mundial del azúcar era tan bajo -sólo 1,90 centavos de dólar por libra el 14 de junio- que la mayor producción, poco más de 6.000.000 de toneladas, valía mucho menos que la cosecha de 4.420.000 toneladas obtenida un año antes. Puesto que los soviéticos habían acordado comprar 2.100.000 toneladas a 6 centavos por libra en 1965, estaban subvencionando virtualmente un tercio de la producción cubana y otro tercio tuvo que venderse en el mercado mundial a menos del costo. Sin la cooperación soviética, la economía azucarera de Castro habría provocado una crisis sin precedentes por falta de acuerdos de trueque con el bloque soviético y por falta de divisas en el mercado mundial.


 


Después del 14 de marzo [de 1965] no se oyó hablar más de Guevara durante varios meses. Fue separado de su cargo en el Ministerio de Industrias. Aunque en junio Castro creyó conveniente tranquilizar al pueblo cubano diciéndole que Guevara seguía disfrutando de su favor, resultaba difícil ignorar la extraña coincidencia que había entre el renovado acuerdo soviético-cubano y la “desaparición” pública de Guevara (Draper, 1966: 259-260).


 


El 3 de octubre de 1965, con motivo de la presentación del Comité Central del recién fundado Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro anunció la salida del “Che” Guevara de Cuba y la renuncia a todos sus cargos militares y gubernamentales. “Cuando el Che estaba en el Congo, en vísperas de la derrota, Fidel Castro, incomprensiblemente, publicó la carta de despedida del Che, dejándolo sin retirada posible” (Vázquez-Viaña, 2008: 319).


 


Inmediatamente después de la lectura de la carta de despedida del Che por Fidel Castro, Adolfo Gilly ofreció una interpretación sumamente interesante de la ruptura en el seno de la cúpula cubana, que complementa los análisis ofrecidos en su libro Cuba:


coexistencia o revolución. Según Gilly, la renuncia del Che no era “una cuestión personal, sino un hecho político”, porque “detrás de esta crisis en la cumbre máxima de la revolución cubana” se escondía “la cuestión central”: “cuál es el programa para el avance de la revolución”.


 


La polémica entre el Che y la tendencia conservadora, pro-Moscú, en la dirección de la revolución, es antigua. Si ahora ha salido a luz -aún bajo la apariencia de una decisión personal- provocando el retiro del segundo dirigente de Cuba, es porque las fuerzas que la promovían han acumulado una presión que ya no podía ser contenida en las discusiones interiores. Esas fuerzas no son solamente cubanas, sino mundiales.


 


Sin un programa netamente definido y con expresiones confusas, el Che representaba en la alta dirección la tendencia revolucionaria que se inclinaba hacia la extensión de la revolución a América Latina como vía para consolidar la revolución cubana. El programa de extender la revolución va unido a la defensa de la igualdad dentro del propio Estado obrero, a la lucha contra los privilegios de la burocracia estatal y partidaria, a la idea de elevar la producción, no a través de la [des]igualdad salarial y los estímulos materiales, sino acudiendo al sentimiento y a la conciencia socialista de las masas cubanas.


 


La línea del Che chocaba con toda la política interna e internacional de la dirección de la Unión Soviética y con la que sus representantes y partidarios llevaban dentro de Cuba […] Toda el ala conservadora de la dirección, incluidos los viejos dirigentes del PSP, era hostil a esa línea.


 


Esa ala defiende la política de coexistencia pacífica, de la “consolidación interna” de la revolución renunciando a las “aventuras exteriores”, de los estímulos materiales y la desigualdad salarial como incentivo a la producción y, como consecuencia, del respeto al desarrollo progresivo de privilegios para toda una capa de burócratas dirigentes del Estado y del partido […]


 


Fidel Castro ha llevado constantemente una política de oscilación centrista entre ambos extremos. La salida del Che indica que los marcos para esa oscilación se hacen cada vez más estrechos y que, bajo la presión de la dirección soviética y de las mismas fuerzas interiores que se apoyan en ella, Fidel Castro ha debido tomar una decisión. Como hace tiempo ya venía retirándose de la política de extender la revolución, no le quedaba otro camino en política interior que el que ha tomado (Gilly, 1965b: 2-3).


 


Gilly afirmaba: “el Che tiene un prestigio inmenso en Cuba. Ese prestigio no es del hombre o de sus gestos, sino de la política que él simboliza”. Y se preguntaba: “¿Por qué no ha podido imponerla, teniendo detrás esa fuerza?”. La conclusión a la que llegaba era que


Las masas presionan en Cuba hacia la línea revolucionaria, pero al mismo tiempo demandan intervenir para imponerla. El Che se apoyaba en ellas en lo primero, pero se separaba de ellas en lo segundo. Allí estaba la fuerza que le permitía hacer declaraciones como el discurso del 25 de febrero en Argel -aparente detonador de la crisis- y la debilidad que le impedía después imponer en los hechos esa política.


El Che y el ala conservadora y burocrática divergían en la política interior y exterior, pero estaban unidos en una concepción común: que el conflicto debía debatirse y resolverse encerrado en la dirección, para no lesionar la “unidad”. Al aceptar esa regla del juego, la tendencia del Che automáticamente se colocaba en desventaja, renunciaba a emplear su fuerza, que estaba fuera y no dentro del aparato.


Encerrada la discusión en el aparato, la debilidad de la tendencia burocrática se transformaba en fuerza. En cambio, la fuerza en las masas de la tendencia de izquierda se reflejaba dentro del aparato como debilidad relativa, por el simple hecho de que la presión de afuera se le volvía intolerable al aparato, la veía como una molestia constante para sus ritmos y sus planes, y encarnaba esa molestia en la figura del Che. El aparato buscaba entonces sacarse de encima esa presión eliminando a quien a sus ojos la encarnaba en su seno. Cuanto más fuerte era la presión, más grande la necesidad física del aparato de eliminar el “cuerpo extraño”.


 


Lo que fue derrotado no fue la política del Che, sino su forma de conducir la lucha, encerrado en las cumbres, sin acudir a las masas salvo por alusiones, sin hacer intervenir a las masas. La conclusión más importante de la crisis es que la línea que el Che representaba no puede imponerse y avanzar sin la intervención completa de las masas. Y si no avanza, entonces es eliminada por sus adversarios. [.]


 


El Che sabe de la dirección contra la voluntad de las masas cubanas. Esta vez en forma más clamorosa que nunca se hace evidente que esa voluntad no tiene los medios políticos para expresarse; no hay soviets o consejos obreros, no hay comités de fábrica, no hay direcciones sindicales libremente elegidas. El Che aceptó y contribuyó a imponer esa situación. En ella está su salida [de Cuba] (Gilly, 1965b: 3-4).


Gilly llegaba a la siguiente conclusión:


 


La crisis del Che señala que el nivel alcanzado por la revolución mundial exigía una definición a la dirección cubana, pero que al mismo tiempo no existían, en el seno de la misma dirección, las fuerzas preparadas para dar una respuesta revolucionaria. El resultado ha sido un compromiso entre el centro y la derecha, sólo posible también porque la izquierda dentro de esa dirección aceptó el compromiso bajo la forma de la renuncia del Che, mientras otros representantes de esa tendencia han quedado con puestos destacados en el nuevo equipo (Gilly, 1965b: 6).


 


Este artículo de Gilly, publicado en la revista chilena Araucaria y en el semanario uruguayo Marcha, lo hizo objeto de un ataque personal por parte de Fidel Castro. En un discurso pronunciado el 15 de enero de 1966 en la Conferencia Tricontinental, Castro se refirió a Gilly como “un conocido teórico del trotskismo [.] que de vez en cuando posa entre otros intelectuales norteamericanos en la revista Monthly Review de Estados Unidos” acusándolo de “villanía” (Castro, 1966: 193; ver la respuesta de Gilly a Fidel Castro en Gilly, 1966). Esto fue parte de una denuncia general del trotskismo por parte de la dirección cubana, en el marco de su adaptación al estalinismo soviético.


 


El ataque de Castro al trotskismo en la Conferencia Tricontinental (15 de enero de 1966)


 


Fidel Castro lanzó un ataque público contra el trotskismo en su discurso a la Conferencia Tricontinental, celebrada en enero de 1966, llamándolo “esa cosa desacreditada, esa cosa antihistórica, esa cosa fraudulenta que emana de elementos tan comprobadamente al servicio del imperialismo yanki, como es el programa de la Cuarta Internacional” (Castro, 1966: 97).


 


Esta diatriba contra el trotskismo, lejos de ser un arrebato irracional, estaba íntimamente ligada a la adaptación creciente de Castro a las exigencias de la política de Moscú y señaló su apoyo efectivo al Kremlin en el conflicto chino-soviético. Esto fue demostrado por su denuncia, en el mismo discurso, del Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre (MR-13), una organización guerrillera guatemalteca ligada a la sección mexicana de la internacional posadista (recordemos que Posadas había roto con Pablo en 1962), el Partido Obrero Revolucionario Trotskista (PORT), que se negaba a aceptar la fórmula de Moscú de una lucha en dos etapas, la primera de las cuales debía esta confinada a tareas democrático-burguesas, y que había adoptado el concepto de una “guerrilla socialista” luchando por la instalación directa de un gobierno obrero-campesino. En diciembre de 1964, el MR-13, liderado por Marco Antonio Yon Sosa, lanzó la “Primera Declaración de la Sierra de las Minas”, un “apasionado llamado al programa socialista y al abandono de cualquier forma de alianza con la burguesía. Esta Declaración, escrita bajo influencia trotskista, causó posteriormente el rompimiento con el Partido Comunista en marzo de 1965. Por más de dos años el movimiento guerrillero en Guatemala estuvo dividido en trotskistas y comunistas” (Gott, 1968: 564).


 


En su ataque contra el MR-13, Castro sostuvo que la guerrilla guatemalteca había sido infiltrada por los trotskistas, que eran agentes del imperialismo:


 


Lo que la Cuarta Internacional cometió con eso fue un verdadero crimen, contra el movimiento revolucionario, para aislarlo del resto del pueblo, para aislarlo de las masas, al contagiarlo con las insensateces, el descrédito y la cosa repugnante y nauseabunda que hoy es en el campo de la política el trotskismo. Porque si en un tiempo el trotskismo representó una posición errónea, pero una posición dentro del campo de las ideas políticas, el trotskismo pasó a convertirse en los años sucesivos en un vulgar instrumento del imperialismo y de la reacción (Castro, 1966: 97).


 


Esta denuncia del trotskismo fue seguida por un artículo de Blas Roca, el ex secretario general del PSP, publicado en abril de 1966, que elaboraba las acusaciones de Fidel Castro (Blas Roca, “Las calumnias trotskistas no pueden manchar a la revolución cubana”, Cuba Socialista, La Habana, año 6, N° 56, abril de 1966, págs. 81-82).


 


En Centroamérica, el ataque de los cubanos condujo al aislamiento y facilitó la eventual represión de los trotskistas, incluyendo el encarcelamiento de los líderes posadistas en México y la expulsión de los trotskistas del MR-13 en Guatemala: “La posición cubana expresada por Castro le restó audiencia y apoyos al MR-13 en su experiencia al lado del PORT. A la postre, esta situación le sería del todo negativa en el contexto guatemalteco y en el ámbito latinoamericano más amplio” (Oikión Solano, 2010: 76). Yon Sosa mismo, después de romper con los posadistas, sería capturado y asesinado el 18 de mayo de 1970.


 


En Cuba, la ofensiva antitrotskista lanzada por Castro en su discurso en la Conferencia Tricontinental a principios de 1966 marcó una represión renovada contra los trotskistas que no habían renunciado por completo el proyecto de intervención política con el nombre del POR(T). En marzo de 1966, Idalberto Ferrera Ramírez y Luciano García fueron encarcelados de nuevo en Santiago de Cuba. En virtud de la cláusula legal 133 de 1965, fueron condenados a ocho y tres años de prisión, respectivamente (si bien Luciano García fue liberado a comienzos de 1968), y fueron incorporados a un programa de rehabilitación política para convictos considerados contrarrevolucionarios.(18)


 


El trotskismo en Cuba después de 1966


 


Los adherentes al trotskismo en Cuba fueron nuevamente detenidos en 1973. Las pruebas presentadas en el juicio sostenían que éstos habían comenzado a reorganizar el Buró Político del POR(T), con Idalberto Ferrera Acosta como secretario general, Juan León Ferrera como secretario de organización y Jesús Andrés Vázquez Méndez como secretario de relaciones exteriores. El acta de acusación del Ministerio Público en el Tribunal Revolucionario N° 1 contra Idalberto Ferrera Acosta, Juan León Ferrera (uno de sus tres hijos) y Jesús Andrés Vázquez decía lo siguiente:


 


Los procesados […] formaban parte del buró político del llamado “Partido Obrero Revolucionario Trotskista”, constituyendo su labor principal la elaboración y reproducción de propaganda trotskista de carácter diversionista y difamatoria contra el Partido Comunista de Cuba y el comandante Fidel Castro Ruz […] lo que conlleva como fin el debilitamiento ideológico y crear la confusión en la línea marxista leninista del Partido Comunista Cubano como órgano dirigente de la Revolución Cubana. Así como crear conflictos y divergencias entre Cuba y los países socialistas encabezados por la Unión Sovética, contra los cuales dirigían todo tipo de infundios y calumnias, tachando a los partidos Comunistas, tanto de Cuba como de otros países, de castas burocráticas que gobernaban en función de sus intereses, explotando a la clase obrera (Causa N° 270 de 1973 de la radicación del Tribunal n° 1 de La Habana, 12 diciembre 1973, citada en Toussaint, 2013).


 


Los tres acusados principales fueron nuevamente condenados a largos períodos de prisión. El líder del grupo, Idalberto Ferrera Acosta, recibió una sentencia de doce años, mientras que Juan León Ferrera y Jesús Andrés Vázquez recibieron cada uno nueve años. Mientras que Juan León Ferrera fue puesto en libertad después de haber cumplido sólo dieciséis meses de su condena, como consecuencia de la reducción de pena que recibió por su trabajo ejemplar en los campos de caña de azúcar, Idalberto Ferrera Acosta cumplió cinco años de su sentencia de doce años. Fue liberado en una amnistía a finales de 1970, en el marco de los intentos del gobierno de Fidel Castro de acercarse a la administración Carter en los Estados Unidos (entrevista concedida por Idalberto Ferrera Acosta y Juan León Ferrera Ramírez a Gary Tennant, 16 de agosto 1997). Idalberto Ferrera Acosta murió en La Habana el 2 de julio de 2013, a la edad de 95 años, “convencido de que hay que defender las conquistas de la revolución cubana profundizándolas, lo que implica luchar contra la burocracia” (Toussaint, 2013).


 


La adaptación del Secretariado Unificado y del morenismo al castrismo


 


Los trotskistas cubanos fueron abandonados a su suerte por las principales tendencias dentro del trotskismo internacional, como la tendencia internacional a la que pertenecían el Socialist Workers Party (SWP) de James Cannon y Joseph Hansen en los Estados Unidos y la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) de Pierre Frank en Francia: el Secretariado Unificado de la IV Internacional, creado en 1963. Incapaces de proponer un curso político independiente para la clase obrera, la mayoría de las organizaciones trotskistas del mundo no sólo identificaron al liderazgo fidelista como agente de la revolución socialista, sino que renunciaron a luchar por los derechos de sus camaradas cubanos.


 


Ernest Mandel, el intelectual oficial del Secretariado Unificado, viajó a Cuba invitado por el gobierno cubano a comienzos de 1964. Mandel se quedó en La Habana durante casi siete semanas y se reunió durante cuatro horas con el Che, pero no hay indicios en su biografía de que intentara hacer algo por los trotskistas cubanos perseguidos (Stutje, 2009: 148-154). Cuando, en enero de 1965, Régis Debray publicó un ensayo en Les temps modernes en el que afirmaba que “El castrismo no es más que el proceso de recreación del marxismo-leninismo a partir de las condiciones latinoamericanas”, Mandel lo describió como “un artículo excelente” (Debray, 1964: 158; Stutje, 2009: 161). En junio de 1967, Mandel y su esposa Gisela Scholtz volvieron a visitar Cuba como invitados del gobierno cubano. A pesar de que pasaron más de un mes en la isla, no hicieron nada para ayudar a los trotskistas cubanos encarcelados y perseguidos (Stutje, 2009: 162-163).


 


El SWP estadounidense también permaneció en silencio ante la represión del POR(T). Incluso su supuesta defensa por parte de Joseph Hansen en realidad los desautorizaba: “Me gustaría dejar en claro que no estamos de acuerdo con los trotskistas cubanos en algunas cuestiones […] En general tenemos la impresión de que los trotskistas cubanos han sido demasiado críticos” (Hansen, 1962). El periódico del SWP, The Militant, sólo publicó un comunicado sobre la supresión del POR(T) en 1965, después de que los hechos hubieran sido dados a conocer en los medios de la izquierda de Estados Unidos y de que los trotskistas hubieran sido puestos en libertad condicional. Esta adaptación al castrismo condujo al SWP (US) a identificar a los liderazgos nacionalistas, estalinistas o no proletarios, en Nicaragua, Granada y Cuba como los puntos focales de una nueva Internacional y, finalmente, a renunciar formalmente al trotskismo (Alexander, 1991: 879-898) y a acusar a los trotskistas cubanos de provocadores.(19)


 


La corriente liderada por Nahuel Moreno en la Argentina, que se incorporó al Secretariado Unificado en diciembre de 1964 (Alexander, 1991: 338), también abandonó a los trotskistas cubanos a su suerte, como lo reconoce el historiador oficial de dicha corriente, Ernesto González:


 


EI SI [Secretariado Internacional, dirigido por Michel Pablo], el BLA [Buró Latinoamericano del Secretariado Internacional, dirigido por Posadas], el SWP y otras organizaciones trotskistas reclamaron a Fidel Castro y al Che Guevara la revisión de la medida [por la cual se le quitó a los trotskistas cubanos el permiso para usar la imprenta], y el cese de la persecución al POR, que fue ilegalizado. Sin embargo, en ningún momento cambiaron su caracterización de la dirección cubana. El mismo SI y el BLA pronto dejaron de levantar la defensa del POR. Cuando a fines de 1962 Posadas encabezó una fracción opuesta a la reunificación con el SWP y rompió con el Secretariado Internacional, éste responsabilizó al ultraizquierdismo que por entonces sostenía el posadismo como causante del fin del POR cubano. El SWP y Palabra Obrera [el órgano de la organización que dirigía Nahuel Moreno en Argentina], implícitamente, habían adoptado la misma postura [Nota al pie: véase el prólogo a Ezequiel Reyes, Qué es la izquierda (Respuesta a los compañeros comunistas), Buenos Aires: Andes Editora, Colección Qué Hacer N° 2, agosto 1961, donde justifica la medida del Che (Ezequiel Reyes era el pseudónimo de Juan Pundik, editor de la revista Qué Hacer, y había visitado Cuba a mediados de 1960)].


 


Más allá de que, de manera irresponsable, los militantes posadistas habían entrado en el juego de la provocación del stalinismo [sic], vista en perspectiva, la actitud de las organizaciones trotskistas para con el POR cubano resulta inadmisible. Es demostrativa de que hasta qué punto creían en el carácter revolucionario de la dirección de Fidel Castro y el Che en ese momento, y depositaban en ella una confianza total (González, 1999: 59 y nota 87).


 


Pero las posiciones del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional -y de la corriente liderada por Nahuel Moreno, quien luego negaría haber coqueteado con el foquismo- fueron más allá del abandono de sus compañeros perseguidos en Cuba: representaban también un abandono del programa histórico del marxismo, que es una tendencia política dentro del movimiento obrero (su ala revolucionaria) para adoptar el foquismo entonces en boga, con su vía campesina al socialismo y su propaganda armada como demiurgo de las condiciones subjetivas. En 1963, por ejemplo, Moreno denunciaba el “obrerismo” en su folleto La revolución latinoamericana:


El más grave error sería tener una limitada visión obrerista de las perspectivas y del trabajo. El ejemplo es la revolución cubana, en cuyo anecdotario figura una conocida discusión entre un dirigente sindical y varios militantes revolucionarios, que le preguntaron por su posición cuando el 26 de julio desembarcó en Cuba. El dirigente sindical, sin dudar mucho, contestó: “seguí luchando por la independencia política del movimiento obrero…”. Los revolucionarios rieron a carcajadas y contestaron categóricamente: “Había que haber volcado el mayor esfuerzo para ayudar al Movimiento 26 de Julio”. Aquel dirigente nos enseña con su trágico error, a no hacer un fetiche del movimiento obrero (Moreno, 1963: 43).


 


Rechazando este orientación, los trotskistas que intentaron mantenerse fieles al programa histórico del marxismo contra los foquistas en los años 60 y 70 -ante todo Guillermo Lora, quien escribió una crítica del manual del Che, La guerra de guerrillas (Lora, 1963)(20)– repitieron básicamente los argumentos de los marxistas rusos en las polémicas que éstos sostuvieron contra los narodniks (populistas) y los eseristas (socialistas revolucionarios).(21)


 


Para un balance de la experiencia de las guerrillas de Ñancahuazú, escrito poco después de la muerte del Che, ver Lora 1967. El aporte de Lora consiguió distinguir claramente entre la guerra de guerrillas (un método de lucha aplicable también por el partido proletario en ciertas circunstancias, como por ejemplo la guerra partisana que se desarrolló en las naciones de Europa ocupadas por los nazis) y el foquismo, al cual combatió en conformidad con la tesis marxista adoptada por el congreso de La Haya de la I Internacional: “En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase sino constituyéndose él mismo en partido político propio y opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y el logro de su fin supremo: la abolición de las clases”.


 


Conclusión


 


A pesar de que Cuba fue, junto con Bolivia, uno de los dos países de Latinoamérica en los que el trotskismo tuvo mayor implantación en el movimiento obrero, su historia fue por mucho tiempo ignorada, en parte debido a la creciente adaptación de la dirección de la revolución cubana al estalinismo, y en parte debido a la identificación acrítica de las principales corrientes trotskistas internacionales con la dirección revolucionaria cubana, que hizo que pasaran por alto dicha adaptación, de la cual serían víctimas tanto los trotskistas cubanos como el Che y sus seguidores. Esta situación anómala se refleja en el hecho de que el principal trabajo sobre la historia del trotskismo cubano sigue siendo una tesis doctoral escrita en el Reino Unido y aún no traducida al español (Tennant, 1999). En el presente trabajo hemos intentado hacer disponible en castellano la información contenida en la tesis de Tennant; cotejar dicha información con la contenida en los trabajos sobre la historia de la izquierda y del movimiento obrero cubano que aparecieron desde que fue escrita en 1999; ofrecer una narrativa de la historia del trotskismo cubano durante los primeros años de la revolución, tomando como trasfondo una descripción de la suerte del Che Guevara y de sus seguidores -es decir, del ala radical del liderazgo revolucionario cubano-; mostrar las actitudes cambiantes del Che Guevara ante los trotskistas cubanos y contextualizar las mismas en el marco de los debates que tuvieron lugar en la cúpula cubana hasta 1965; revelar, en base a dicha descripción, la represión y eventual proscripción de los trotskistas cubanos y la marginalización de los partidarios del Che Guevara dentro del aparato del Estado cubano, como consecuencia de la injerencia creciente del estalinismo en la fijación de las políticas de dicho Estado, lo cual fue, a su vez, producto del creciente alineamiento de Cuba con la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría, que finalmente conduciría al apoyo de Fidel Castro a apoyar la invasión soviética a Checoslovaquia en su discurso del 23 de agosto de 1968 (Castro, 1968); y, finalmente, reseñar muy brevemente los debates que tuvieron lugar en el seno de las principales corrientes trotskistas internacionales en torno a la revolución cubana, al foquismo y a la adaptación del castrismo al estalinismo.


 


Aunque los trotskistas cubanos cayeron ante todo víctimas de la represión, no por eso debemos soslayar sus deficiencias, principalmente el no haber sabido ofrecer una estrategia proletaria alternativa al guerrillerismo rural policlasista y al bonapartismo de Fidel Castro. Los trotskistas, como individuos, primero dieron apoyo acrítico e incondicional al liderazgo de la insurrección contra el régimen de Batista a finales de 1950, y luego, en la década de 1960, apoyaron la dirección revolucionaria de Fidel Castro y el Che Guevara, renunciando a la lucha de la clase obrera por el poder, limitando su rol a criticar la creciente influencia de los viejos estalinistas del PSP y tratando de empujar a Castro a la izquierda. El POR(T) estaba de acuerdo, en líneas generales, con el análisis de la mayoría de las corrientes trotskistas de la época, incluyendo al Secretariado Unificado, al morenismo y al posadismo, que transformaba a la teoría de la revolución permanente, de una estrategia proletaria consciente, en un proceso objetivo que supuestamente guiaba a la revolución cubana. Los trotskistas cubanos se diferenciaron de Michel Pablo, el SWP estadounidense y el Secretariado Unificado sólo en la medida en que se mantuvieron fieles a la idea de la construcción de un partido obrero independiente. Este partido, sin embargo, fue visto como un instrumento que meramente reflejaba el “trotskismo inconciente” de la dirigencia castrista y la voluntad revolucionaria de las masas, más que como un requisito previo para una revolución proletaria exitosa.


 


En cuanto al Che Guevara, la historia de su lucha en el Congo, hacia donde partió el 2 de abril de 1965, del boicot de sus proyectos revolucionarios por los partidos estalinistas de Argentina, Perú y Bolivia, y de su eventual muerte al frente de una guerrilla en Ñancahuazú el 9 de octubre de 1967, a la edad de 39 años, ha sido ampliamente documentada (ver el estudio de Vázquez-Viaña, 2008). Luego de la muerte del Che, la atención del Estado cubano se centró en el ‘teórico’ del foquismo Régis Debray, quien no la necesitaba, ya que su madre era miembro gaullista del Parlamento francés y disfrutaba de la protección personal del general Charles de Gaulle. La organización que el Che había montado en Argentina por intermedio de Bustos, Masetti y el grupo Pasado y Presente en Córdoba fue abandonada a su suerte: “La Habana había tomado decidido partido por el apoyo exclusivo a la figura internacional del francés. Nunca más intentaron establecer ningún tipo de contacto con nadie de la organización ciudadana del Ejército Guerrillero del Pueblo en la Argentina, fundada por el Che” (Bustos, 2007: 388).


 


Un último detalle curioso fue la publicación del Diario del Che en Bolivia en Cuba, el 1 de julio de 1968. El Diario del Che fue entregado al gobierno cubano por Antonio Arguedas, el ministro del Interior boliviano en el gobierno del presidente Barrientos, un ex agente confeso de la CIA durante los seis años anteriores: “Arguedas vivió un tiempo en Cuba (como Ramón Mercader, el asesino de Trotsky), fue honrado allí, se lo calificó de ‘compañero’, asistió a los actos del 26 de Julio como invitado en el palco de la Plaza de la Revolución y retornó a Bolivia dos golpes de Estado más tarde” (Bustos, 2007: 430).


 


El epílogo de esta historia puede situarse en agosto de 1968, cuando Fidel Castro apoyó la invasión soviética a Checoslovaquia.(22) Según el biógrafo del Che, Jorge Castañeda:


 


Durante el tiempo de la sobrevivencia del Che en Bolivia, un poco antes y un lapso después, Castro cambió innegablemente de discurso y de ánimo frente a la URSS: volvió a apoyar las tentativas insurreccionales en el continente y, a principios de 1968, atravesó por la peor crisis en sus relaciones con la Unión Soviética, al suspenderse las entregas de petróleo ruso a Cuba. Pero después de la derrota definitiva del Che y de los focos restantes en otros países, la realidad le pasó a Castro la factura. En agosto de 1968, ante la invasión soviética de Checoslovaquia, Fidel se pliega y avala una medida que marcó para siempre el porvenir del socialismo en el mundo y en Cuba. Fue la verdadera consecuencia de la debacle boliviana del Che (Castañeda, 1997: 410).


 


En este trabajo hemos intentado mostrar cómo el destino de una pequeña corriente obrera internacionalista en Cuba coincidió con el ala radical de la dirección revolucionaria, debido a la creciente adaptación del régimen al estalinismo, si bien el castrismo nunca perdió su carácter de “miembro adoptivo” de la familia estalinista (Draper, 1966: 268) y siguió un derrotero propio que lo caracteriza hasta el día de hoy, un cuarto de siglo después de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética. 


 


 


 


* Daniel Gaido, historiador e investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Es autor de The Formative Period of American Capitalism (London: Routledge, 2006) y co-editor, junto con Richard B. Day, de Witnesses to Permanent Revolution: The Documentary Record (Brill, 2009, Haymarket, 2011). [email protected] gmail.com ** Constanza Valera es historiadora y docente en la Universidad Nacional de Córdoba. [email protected]


 


 


NOTAS


 


1. Esta sección y la siguiente se basan en la tesis doctoral de Gary Tennant: Dissident Cuban Communism: The Case of Trotskyism, 1932-1965. Tennant publicó, antes de presentar su tesis, una serie de artículos sobre el tema (Tennant, 1996a, 1996b y 1997), pero en su tesis advierte que “el argumento de la presente tesis se diferencia de estos artículos preliminares en sus proposiciones centrales, la estructura, la longitud y la gama de fuentes” (Tennant, 1999).


 


2. Los trabajos de Rafael Soler Martínez sobre los orígenes trotskismo cubano están todos tomados de su tesis El trotskismo en la revolución del 30, y se centran en la provincia de Oriente (Soler Martínez, 1997). Dichos trabajos han sido objeto de una refutación detallada en Tennant, 1999: “Chapter One: Introduction, 1.2 A Critique of Past Work”. Las conclusiones de Tennant son las siguientes: “La investigación de Soler no sólo incorpora un grado de tergiversación de los aspectos clave del desarrollo organizacional y teórico del trotskismo en Cuba, aunque generalmente no intencional, sino que también encarna elementos de un intento más conciente de falsificación. En suma, Soler subordina la investigación científica a los imperativos políticos. Sus respuestas han sido aparentemente decididas con antelación a su proyecto de investigación y descartan cualquier cuestionamiento. Sus conclusiones claramente no son compatibles con la evidencia y no se detiene a explorar el contenido político de los conceptos ‘sectario’ o ‘trotskismo’, que parece aceptar como meros sinónimos. Lo más revelador de la pobreza del método de Soler es que las fuentes primarias que él mismo cita muestran que la acusación de ‘sectarismo’ es en gran parte infundada […] Soler repite este enfoque metodológico en su artículo ‘Las luchas internas en el Partido Comunista de la URSS después de Lenin: Surgimiento del trotskismo’, Santiago (Santiago de Cuba), números 81-82, 1996-1997, págs. 59-88. Revelando su hostilidad personal hacia el trotskismo, Soler logra concluir, sin presentar una sola prueba, que el trotskismo, a través de sus métodos apasionados y a veces violentos de argumentación, contribuyó a la caída de la Unión Soviética, dando a los enemigos del socialismo argumentos con los que pudieron luchar contra la URSS”. La obra de Soler también es deficiente porque perpetúa la idea de que el movimiento trotskista en Cuba era insignificante después de 1935, y que sólo tenía una presencia en Guantánamo antes de desaparecer totalmente a principios de la década de 1950. La existencia de una organización trotskista en 1960 ha sido establecido por Alexander (Alexander, 1973: 226-229), cuyo trabajo es, de hecho, citado por Soler.


 


3. “El talento de sobrevivencia y diplomacia de Rodríguez opaca el de Talleyrand: medio siglo después, seguía ejerciendo un altísimo cargo de gobierno en Cuba, posiblemente el tercero en la jerarquía revolucionaria” (Castañeda 1997, p. 11, nota 2). Rodríguez fue presidente del Instituto Nacional de Reforma Agraria (1962-1965), viceprimer ministro para Asuntos Exteriores (1972-1976), vicepresidente del Consejo de Ministros (1976- 1997) y miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba desde la refundación de éste en 1965 hasta poco antes de su muerte en 1997.


 


4. Las principales biografías de Ernesto “Che” Guevara son Castañeda, 1997 y Anderson, 1997, en ese orden. En su reseña de ambos libros, Richard Gott señala: “la biografía de Jon Lee Anderson puede razonablemente ser subtitulada ‘la versión de la viuda’. En el curso de su investigación, Anderson fue a vivir durante casi tres años a La Habana y estableció una estrecha relación con Aleida March, la segunda (y cubana) esposa de Guevara. […] El mayor triunfo de Anderson ha sido localizar a Ciro Roberto Bustos [quien desde entonces ha escrito sus memorias: Bustos, 2007]. El rival cercano de Anderson, la biografía marginalmente más delgada escrita por Castañeda, quien también ha investigado cuidadosamente en los archivos y buscado a los sobrevivientes, no es popular con las autoridades de Cuba. Podría ser subtitulada la ‘versión del disidente’. […] Mientras que las principales fuentes de Anderson son cubanos leales al Che y a Castro, Castañeda se basa en gran medida en viejos fidelistas que se volvieron disidentes. En particular, se apoya en la evidencia de Carlos Franqui [Franqui, 1975 y Franqui, 1981] y Dariel Alarcón [Alarcón Ramírez, 1997, cuya veracidad ha sido cuestionada por Vázquez-Viaña, 2008: 284, nota 425] y revela las tensiones de la época revolucionaria temprana, que el régimen cubano se ha esforzado por olvidar en los años desde la muerte de Guevara. El exilio de Franqui a finales de los años sesenta siguió a una larga batalla con los comunistas cubanos; Alarcón salió de Cuba mucho más tarde, a raíz del juicio y ejecución del general Ochoa, supuestamente por contrabando de drogas, en 1989. Castañeda ha aprovechado sus memorias y ha utilizado sus libros con buen efecto. Sus dudas sobre los proyectos de inspiración cubana de la izquierda latinoamericana en los últimos cuarenta años reflejan sus propias dudas y se suman al tono crítico de su biografía. Pero, al igual que Anderson, ha hecho una inmensa cantidad de trabajo de campo” (Gott, 1997).


 


5. El libro de Draper contiene la mejor refutación del análisis de la revolución cubana como una “revolución agraria” o “campesina”, en la que se basaba la teoría del foco rural de Guevara: “según el último censo de 1953 había 327.208 cubanos económicamente activos en la manufactura, 395.904 en los servicios, 232.323 en el comercio, 104.003 en el transporte -o sea, un total de 1.059.438-, y sólo 818.906 en la agricultura. El movimiento sindical cubano indica también la importancia relativa de la clase obrera; en 1953 decía tener cerca de un millón de afiliados, cifra extraordinariamente elevada para un país que entonces tenía menos de 6.000.000 de habitantes” (Draper, 1966: 102). En cuanto a la población rural, “de acuerdo al censo de 1953, la población agrícola se dividía en 596.800 trabajadores agrícolas y 221.900 ganaderos y agricultores. De los primeros, unos 400.000 trabajaban en los campos de azúcar por un salario y no estaban ligados a una parcela de tierra determinada” (Draper, 1966: 98). Para justificar la tesis de la “revolución agraria,” el atraso y el monocultivo de Cuba fueron exagerados hasta el absurdo, “pero lo cierto es que cuatro de cada cinco cubanos no tenían nada que ver con el cultivo del azúcar y que tres de cada cinco no tenían nada que ver con la agricultura en general” (Draper, 1966: 131). Recordando que, “Castro ha dicho que en mayo de 1958 tenía 500 hombres armados y que las ‘batallas decisivas’ se libraron con ‘menos de 500 hombres armados’” (Revolución, 27 de julio de 1963, citado en Draper, 1966: 95), y que en general la guerrilla nunca llegó a contar con más de mil hombres, Draper llegó a la siguiente conclusión: “no hubo ninguna insurrección nacional del campesinado. Fuera de las zonas inmediatamente vecinas a las fuerzas guerrilleras, la actividad revolucionaria en el resto del país fue en gran medida un fenómeno de la clase media, con cierto apoyo de la clase trabajadora, pero sin organizaciones obreras” (Draper, 1966: 99).


 


6. La introducción a la versión inglesa de las memorias de Bustos fue escrita por James Lee Anderson, uno de los principales biógrafos del Che Guevara (Bustos, 2013), y su descripción de la historia del Ejército Guerrillero del Pueblo organizado por el Che en Argentina coincide con la que ofrece el principal libro sobre el tema (Rot, 2010).


 


7. “Cuban P.O.R. Founded” (titular de portada), The Internationalist: Twice Monthly Information Bulletin of the Secretariat of the Fourth International, Vol. IV, N° 6, 15 March 1960, pags. 1, 3.


 


8. “La revolución necesita un partido marxista de masas basado en los sindicatos”, Voz Proletaria, La Habana, N° 11, primera quincena de octubre de 1962, pág. 6, citado en Tennant, 1999.


 


9. Cartas de Roberto Acosta Hechavarría (“R. Carvajal”) a Joseph Hansen, La Habana, 27 de mayo y 8 de junio de 1961, y entrevista concedida por Idalberto Ferrera Acosta y Juan León Ferrera Ramírez a Gary Tennant, 16 de agosto de 1997.


 


10. Las preguntas al Che y sus respuestas son reproducidas en Hansen, 1962.


 


11. “Como marxistas, hemos mantenido que la coexistencia pacífica entre naciones no engloba la coexistencia entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos” (Che Guevara, “Discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas”, 11 de diciembre de 1964, en Guevara, 2004: 342).


 


12. Cuando se crearon las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), en julio de 1961, los trotskistas no pidieron unirse como grupo debido a que no era un partido político en el que pudieran diseminar sus ideas o iniciar una discusión de su programa, sino un aparato de gobierno que operaba a la manera estalinista. Este fue un pronóstico profético: de hecho, el primer congreso del Partido Comunista de Cuba se celebró recién en diciembre de 1975, diez años después de constituido su primer Comité Central.


 


13. Resolución del Buró Político del Partido Obrero Revolucionario (Trotskista): “Sobre la detención de compañeros trotskistas y su posterior liberación”, Voz Proletaria, La Habana, N° 10, septiembre de 1962, pp. 9-11, citada en Tennant 1999.


 


14. A Lungarzo no se le permitió viajar a un tercer país, y sólo por pura casualidad pudo evitar la detención a manos de las fuerzas de seguridad argentinas (e-mail de Adolfo Gilly a Gary Tennant, 4 de abril de 1997).


 


15. Los Spartacists, una escisión del Socialist Workers Party (SWP) estadounidense, tienen el mérito de haber enviado un corresponsal a Cuba para informar sobre la situación de los trotskistas cubanos cuando el SWP se negaban a hacerlo. Pero como en la noche del sectarismo todos los gatos son pardos, los Spartacists hicieron una amalgama de las posiciones del castrismo y del Che, que continuó aún después de la muerte de este último (Workers Vanguard, 1979) y de hecho continúa hasta el día de hoy


 


16. Los apuntes críticos de Guevara al Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS también revelan el abismo que lo separaba del marxismo en su concepción del sujeto revolucionario, el cual era el motivo profundo por el cual los trotskistas cubanos no podían simplemente identificarse con sus posiciones en la disputa en el seno del gobierno cubano en torno al estalinismo: “No hay punto de contacto entre las masas proletarias de los países imperialistas y los dependientes; todo contribuye a separarlos y crear antagonismos entre ellos. También es falso que el proletariado (se distingue claramente el proletariado de estos países de la ideología del proletariado) sea el que cumpla el papel dirigente en la lucha de liberación, en la mayoría de los países semicoloniales. La escala es ésta: los proletarios de los países imperialistas reciben las migajas de la explotación colonial y se vuelven cómplices de los monopolistas; los obreros de los países dependientes reciben un salario varias veces menor, pero un salario al fin y tienen cierta estabilidad en sus puestos, sobre los que pesa una gran oferta de trabajo de campesinos sin tierra y desclasados; los campesinos de estos países son despojados de sus tierras para crear la posesión latifundista y la oferta de trabajo; su economía natural desaparece y nada la reemplaza, son los auténticos miserables de este momento en la gran mayoría de los países. Son la fuerza revolucionaria” (Guevara, 2006: 93-94).


 


17. Guevara había utilizado la expresión en una reunión efectuada en el Ministerio de Industrias el 5 de diciembre de 1964: “Opinión que haya que destruirla a palos es opinión que nos lleva ventaja a nosotros. […] No es posible destruir las opiniones a palos y precisamente es lo que mata todo el desarrollo, el desarrollo libre de la inteligencia” (Guevara, 2006: 402). Luego pasa a criticar al trotskismo, afirmando: “Yo creo que las cosas fundamentales en que Trotsky se basaba estaban erróneas, que su actuación posterior fue una actuación errónea e incluso oscura en su última época. Y que los trotskistas no han aportado nada al movimiento revolucionario en ningún lado”. Y rechaza las acusaciones del maoísmo y trotskismo, de las que era objeto en esos momentos por parte de los estalinistas, con estas palabras: “hay una bronca encendida ahí, muy violenta, muy amarga y como todas las broncas de este tipo poco flexible, poco generosa en el reconocimiento de las opiniones ajenas. Y en toda una serie de aspectos yo he expresado opiniones que pueden estar más cerca del lado chino. En la guerra de guerrillas, en la guerra del pueblo, en el desarrollo de todas esas cosas, el trabajo voluntario, el estar contra el estímulo material directo como palanca, toda esa serie de cosas que también las plantean los chinos, y como a mí me identifican con el Sistema Presupuestario, también lo del trotskismo surge mezclado. Dicen que los chinos también son fraccionalistas y trotskistas, y a mí también me meten el ‘San Benito’” (Guevara, 2006: 402).


 


18. Idalberto Ferrera Ramírez y Luciano García Pellicier, “Les trotskistes emprisonnés à Cuba adressent une Lettre Ouverte”, Lutte Communiste, Paris, N° 68, 15 de septiembre de 1967, págs. 1, 7; Juan León Ferrera Ramírez por el Buró Político del POR trotskista, Carta Abierta, La Habana, 27 de marzo de 1969; ambos citados en Tennant, 1999.


 


19. Ver la refutación a estas acusaciones en Gilly, 1979. Con excepción de los trotskistas Adolfo Gilly y Gary Tennant (Gilly, 1965a; Tennant, 1999), los libros más informativos sobre la revolución cubana han sido escritos por liberales, que no distinguen entre comunismo y estalinismo (Draper, 1966; Alexander, 2002; Castañeda, 1997). La adaptación del castrismo al estalinismo, y del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional al castrismo, hicieron estragos en la historiografía marxista sobre el tema, que raramente se eleva por encima del mito y la hagiografía. La biografía de Guevara por Jon Lee Anderson (Anderson, 1997) flaquea en su descripción de la etapa final de la vida del Che, signada por los conflictos en el seno de la cúpula cubana en torno al estalinismo. Sobre la estalinización (burocratización) de la Comintern y de los partidos comunistas desde 1923, ver Broué, 1997; para una biografía crítica de Stalin escrita por un historiador marxista especializado en historia rusa, ver Marie, 2009; sobre la “desestalinización” de la burocracia bajo Jrushchov, ver Marie, 2010.


 


20. Para un balance de la experiencia de las guerrillas de Ñancahuazú, escrito poco después de la muerte del Che, ver Lora 1967. El aporte de Lora consiguió distinguir claramente entre la guerra de guerrillas (un método de lucha aplicable también por el partido proletario en ciertas circunstancias, como por ejemplo la guerra partisana que se desarrolló en las naciones de Europa ocupadas por los nazis) y el foquismo, al cual combatió en conformidad con la tesis marxista adoptada por el congreso de La Haya de la I Internacional: “En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase sino constituyéndose él mismo en partido político propio y opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y el logro de su fin supremo: la abolición de las clases”.


 


21. “Foquismo y populismo (indiferenciación del proletariado de la masa del pueblo) van de la mano como lo fueron en Rusia el populismo y el terrorismo. Que Moreno no inventa nada con su aberración socialista de los campesinos, puede verse en la siguiente afirmación de Lenin: ‘Para el populista, en una palabra, el movimiento campesino es un verdadero movimiento socialista, auténtica y directamente socialista’ (Lenin, 1905: 442)” (Magri, 1972). “En cierto sentido, Guevara ha representado al mismo tiempo los aspectos más distintivos y los más ambiguos de esta revolución cubana. En nombre del marxismo se ha identificado con ciertas teorías -el campesinado como la clase revolucionaria dirigente, el campo como principal escenario de la lucha revolucionaria, la primacía del ‘incentivo moral’- que están mucho más cerca de la tradición del populismo ruso pre-marxista y de movimientos similares en otros países que del marxismo ortodoxo” (Draper, 1966: 199-200). Sobre los populistas y los socialistas revolucionarios en Rusia, ver Venturi, 1975; Hildermeier, 2000; Gaido y Bosch, 2015; Plejanov, 1895; Zasulich, 1902; Lenin, 1902a y 1902b.


 


22. Esta es la tesis de Halperin (1981). Maurice Halperin fue, desde 1962 hasta 1968, profesor de geografía económica en la Universidad de La Habana. Otros historiadores datan el fin del proceso revolucionario dos años después, en 1970, con el fracaso de la “zafra de los diez millones”, una iniciativa anunciada por Castro con el giro en la política económica cubana en noviembre de 1963: “El objetivo inalcanzado de la cosecha de 10 millones de toneladas de hecho representaba más que un fracaso económico. La revolución había fracasado en el intento de generar recursos económicos y políticos para imprimir una cara cubana al socialismo contemporáneo […] El año 1970 marcó penosamente el final de la revolución” (Pérez-Stable, 1999: 120).


 


 


Bibliografía


 


Alarcón Ramírez (“Benigno”), Dariel (1997): Memorias de un soldado cubano: Vida y muerte de la revolución, Barcelona, Tusquets.


 


Alexander, Robert J. (1973): Trotskyism in Latin America, Stanford, California, Hoover Institution Press.


 


—.— (1991): International Trotskyism 1929-1985: A Documented Analysis of the Movement, Durham, Duke University Press.


 


—.— (2002): A History of Organized Labor in Cuba, Westport, CT, Praeger.


 


Anderson, Jon Lee (1997): Che Guevara: Una vida revolucionaria, Barcelona, Anagrama, 2013.


 


Bayley, Miguel Aguirre (2002): Che: Ernesto Guevara en Uruguay, Montevideo, Cauce Editorial.


 


Broué, Pierre (1982): “Le mouvement trotskyste en Amérique latine jusqu’en 1940”, Cahiers Léon Trotsky, Numéro 11 (septembre 1982),


págs. 13-30.


 


—.— (1997): Histoire de llnternationale Communiste (1919-1943), Paris, Fayard.


 


Bustos, Ciro (2007): El Che quiere verte: La historia jamás contada del Che en Bolivia, Buenos Aires, Javier Vergara Editor.


 


—.— (2013): Che Wants to See You: The Untold Story of Che in Bolivia, traducida por Ann Wright y con una introducción de Jon Lee


Anderson, London, Verso.


 


Caistor, Nick (2013): Fidel Castro, London, Reaktion Books.


 


Castañeda, Jorge G. (1997): La vida en rojo: Una biografía del Che Guevara, México, Alfaguara, 1997.


 


Castro, Fidel (1965): “Discurso pronunciado por el comandante Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Partido Unido de la Revolución


Socialista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, resumiendo los actos del V aniversario de los Comités de Defensa de


la Revolución, en la concentración efectuada en la Plaza de la Revolución, el 28 de septiembre de 1965”, en Política internacional: Revista


del Instituto de Política Internacional, Ministerio de Relaciones Exteriores, 1965, págs. 225-238.


 


—.— (1966): Política internacional de la Revolución Cubana, La Habana, Editora Política, Vol. 1.


 


—.— (1968): Comparecencia del comandante Fidel Castro Ruz, primer ministro del Gobierno Revoluaonario y primer secretario del


Comité Central del Partido Comunista de Cuba, para analizar los acontecimientos de Checoslovaquia, viernes 23 de agosto de 1968, “año


del guerrillero heroico”, La Habana, Instituto del Libro, 1968.


 


CIA (1965): The Fall of Che Guevara and the Changing Face of the Cuban Revolution, Central Intelligence Agency Memorandum [by


Brian Latell], N° 2.333/65 (18 de octubre de 1965), en Peter Kornbluh (ed.): The Death of Che Guevara: Declassified, National Security


Archive Electronic Briefing Book N° 5. nsarchive. gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB5


 


Coggiola, Osvaldo (2006): Historia del trotskismo en Argentina y América Latina, Buenos Aires, Ediciones Razón y Revolución.


 


Debray, Régis (1964): “El castrismo: la gran marcha de América Latina”, Pasado y Presente, N° 7/8, octubre de 1964 – marzo de 1965, págs


122-158.


 


Draper, Theodore (1966): Castrismo: Teoría y práctica, Buenos Aires, Ediciones Marymar.


 


Fanjul, Angel (1979): “The Role of the Trotskyists in the Cuban Revolution”, en Adolfo Gilly, Angel Fanjul y José G. Pérez (1981):


“Trotskyism and the Cuban Revolution: A Debate”, Intercontinental Press, 11 de mayo de 1981. Reimpreso en What Next?


 


Franqui, Carlos (1976): Diario de la revolución cubana, París, Ruedo Ibérico.


 


—.— (1981): Retrato de familia con Fidel, Barcelona, Seix Barral.


 


Gaido, Daniel y Constanza Bosch Alessio (2015): “Vera Zasulich’s Critique of Neo-Populism: Party Organisation and Individual Terrorism


in the Russian Revolutionary Movement (18781902)”, Historical Materialism, Vol. 23, N° 4, págs. 93-125.


 


Gilly, Adolfo (1965a): Cuba: coexistencia o revolución, Buenos Aires, Editorial Perspectivas. (Versión inglesa: Inside the Cuban


Revolution, New York, Monthly Review Press.)


 


—.— (1965b): “La renuncia del Che”, Arauco, Año VI, N° 69, octubre de 1965, págs. 2-9.


 


—.— (1966): “Respuesta a Fidel Castro”, Arauco, Año VII, N° 73, febrero de 1966 (también publicado en Marcha, Montevideo, Año XXVII,


N° 1.293, 18 de febrero de 1966).


 


—.— (1979): “Open Letter to Jack Barnes on Trotskyism in Cuba”, en Adolfo Gilly, Angel Fanjul y José G. Pérez (1981): “Trotskyism and the


Cuban Revolution: A Debate”, Intercontinental Press, 11 de mayo de 1981. Reimpreso en What Next?


 


González, Ernesto (1999), El trotskismo obrero e intemacionalista en la Argentina, Tomo 3: Palabra Obrera, elPRT y la Revolución


Cubana,


 


Volumen 1 (1959-1963), Buenos Aires, Editorial Antídoto.


 


Gott, Richard (1968), “La guerrilla en América Latina”, Mensaje, vol. XVII, N° 174, noviembre de 1968, págs. 557-566.


 


—.— (1997): “The Ribs of Rosinante: A joint review of Che Guevara: A Revolutionary Life by Jon Lee Anderson and Compañero: The Life


and Death ofChe Guevara by Jorge Castañeda”, London Review ofBooks, Vol. 19, N° 16, 21 de agosto de 1997, págs. 3-11.


 


Guevara, Ernesto “Che” (1969): Escritos económicos, Córdoba, Ediciones Pasado y Presente. Cuadernos de Pasado y Presente N° 5.


 


—.— (1979): El socialismo y el hombre nuevo, compilado por José Aricó, México, Siglo XXI.


 


—.— (2003): El Gran Debate: sobre la economía en Cuba, La Habana, Ocean Sur / Centro de Estudios Che Guevara.


 


—.— (2004): Che Guevara presente: Una antología mínima,, Melbourne, Ocean Press.


 


—.— (2006): Apuntes críticos a la economía política, Melbourne, Ocean Press.


 


Halperin, Maurice (1981): The Taming of Fidel Castro, Berkeley, University of California Press.


 


Hansen, Joseph (1962): “Che Guevara and the Cuban Trotskyists”, The Militant, New York, Vol. 26, N° 15, 9 de abril de 1962, pág. 3.


 


—.— (1962): Trotskyism and the Cuban revolution: An answer to Hoy, reimpresa de The Militant, octubre de 1962, New York, Pioneer


Publishers.


 


Hildermeier, Manfred (2000): The Russian Socialist Revolutionary Party Before the First World War, New York, St. Martin’s Press.


 


Lenin (1902a): “Aventurerismo revolucionario”, Iskra, números 23 y 24, 1° de agosto y 1° de septiembre de 1902, en V.I. Lenin: Obras


completas, Madrid, Akal, 1976, Tomo IV: 1898-1901, págs. 218-240.


 


—.— (1902b): “El socialismo vulgar y el populismo, resucitados por los socialistas revolucionarios”, Iskra, N° 27, 1 de noviembre de 1902,


en V.I. Lenin, Obras completas, Madrid, Akal, 1976, Tomo IV: 1898-1901, págs. 291-298.


 


—.— (1905): “Socialismo pequeñoburgués y socialismo proletario”, Nó- vaia Zhizn, N° 9, 10 23 de noviembre de 1905, en VI. Lenin, Obras


completas, Madrid, Akal, 1976, Tomo IX: junio-noviembre de 1905, págs. 440-448.


 


Lora, Guillermo (1963): “Las guerrillas: la concepción marxista contra el golpismo aventurero” (junio de 1963) (reseña del manual del Che


Guevara, La guerra de guerrillas, 1961), en Lora, Revolución y foquismo: balance de la discusión sobre la desviación “guerrillerista”’,


Buenos Aires, Razón y Revolución, 2011, págs. 105-174.


 


—.— (1967): “Revalorización del método de las guerrillas” (octubre de 1967), en Lora, Revolución y foquismo: balance de la discusión


sobre la desviación “guerrillerista”, Buenos Aires, Razón y Revolución, 2011, págs. 175-282.


 


Magri, Julio N. (1972): El revisionismo en el trotskismo (La disolución del PRT-La Verdad), Buenos Aires, Política Obrera, 25 de


septiembre de 1972.


 


Marie, Jean-Jacques (2003): Stalin, Madrid, Ediciones Palabra.


 


—.— (2010): Khrouchtchev: La réforme impossible, Paris, Payot.


 


Martin, Gerald (2009): Gabriel García MárquezA Life, New York, Alfred A. Knopf.


 


Martínez Heredia, Fernando (1997): Che, el argentino, Buenos Aires, Ediciones De Mano en Mano.


 


Masetti, Jorge Ricardo (1958): Los que luchan y los que lloran (El Fidel Castro que yo vi), y otros escritos inéditos, 2da. Edición, Buenos


Aires, Editorial Nuestra América, 2011.


 


Moreno, Nahuel (1962): La revolución latinoamericana, Buenos Aires, Ediciones Palabra Obrera.


 


Oikión Solano, Verónica (2010): “Un encuentro decisivo en la encrucijada revolucionaria. La influencia del PORT en el Movimiento


Revolucionario 13 de Noviembre”, en Alberto Martín Alvarez, coordinador, La izquierda revolucionaria latinoamericana, Colima,


Universidad de Colima, págs. 51-89.


 


Paterson, Thomas G. (1994): Contesting Castro: The United States and the Triumph of the Cuban Revolution, New York, Oxford


University Press.


 


Pérez-Stable, Marifeli (1999): The Cuban Revolution: Origins, Course, and Legacy, 2nd edition, New York, Oxford University Press.


 


Plejanov, Georgi (1895): La concepción monista de la historia, en Ple- janov, Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Quetzal, 1964, tomo


I, págs. 7-276.


 


Rot, Gabriel (2010): Los orígenes perdidos de la guerrilla en la Argentina: la historia de Jorge Ricardo Masetti y el Ejército Guerrillero del


Pueblo, Buenos Aires, Waldhuter.


 


Soler Martínez, Rafael (1997), El trotskismo en la revolución del30, Tesis, Universidad de Oriente, Facultad de Ciencias Sociales y Hu-


 


manísticas, Departamento de Historia, Santiago de Cuba.


 


Spartacist (1965a): “Freedom for Cuban Trotskyists!”, Spartacist, No 3 (enero-febrero de 1965), págs. 1, 12-15.


 


—.— (1965b): “Cuban Trotskyists”, Spartacist, No 5, noviembre-diciembre de 1965, pág. 4.


 


Stutje, Jan Willem (2009): Ernest Mandel,: A Rebel’s Dream Deferred, New York, Verso.


 


Sweig, Julia E. (2004): Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground, Cambridge, MA, Harvard University Press.


 


Tennant, Gary (1996a): “Una historia del trotskismo cubano, primera parte”, En defensa del marxismo No 14, Buenos Aires, septiembre


1996, págs. 46-60.


 


—.— (1996b): “Una historia del trotskismo cubano, segunda parte”, En defensa del marxismo No 15, Buenos Aires, diciembre 1996, págs.


65-80.


 


—.— (1997): “El ‘Che’ Guevara y los trotskistas cubanos”, En defensa del marxismo No 18, Buenos Aires, octubre de1997.


 


—.— (1999): Dissident Cuban Communism: The Case of Trotskyism 1932-1965, Ph.D. thesis, University of Bradford.


 


Toussaint, Eric (2013): “Idalberto Ferrera Acosta (1918-2013), trots- kysta cubano” www.prt.org.mx/node/360


 


Vázquez-Viaña, Humberto (2008): Una guerrilla para el Che, Santa Cruz de la Sierra, Editorial El País.


 


Venturi, Franco (1975): El populismo ruso, Madrid, Revista de Occidente, 2 vols.


 


Workers Vanguard (1979): “In Defense of the Cuban Trotskyists”, Workers Vanguard No 225 (16 de febrero de 1979), págs. 4-5, 10.


 


Zasulich, Vera (2015): “The Terrorist Tendency in Russia (diciembre de 1902)”, traducido y editado por Daniel Gaido y Constanza Bosch Alessio, Historical Materialism, Vol. 23, No 4, págs. 126147. [Versión original: Wera Sassulitsch, “Die terroristische Strömung in Rußland,”


Die neue Zeit, No 21, 1902-1903, 1. Bd. (1903), H. 11 und 12, S. 324-329 und 361-370.]


 

Revolución y guerra en Vietnam


El 30 de abril de 1975, el gobierno títere de Estados Unidos en Vietnam del Sur fue finalmente derrotado por el Frente Nacional de Liberación, dirigido por el Partido Comunista. Fue un hecho de una trascendencia importantísima para el curso de la historia contemporánea: la primera derrota de una intervención militar directa de la principal potencia imperialista de la historia.


 


Las aberraciones perpetuadas por los invasores fueron de una escala inédita. Se estima que el ejército norteamericano arrojó más de siete millones de toneladas de explosivos en Vietnam, dos veces más que todos los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. La utilización de armas químicas (napalm y agente naranja) y la destrucción de poblados enteros fueron la expresión de una barbarie nunca antes vista.


 


La victoria del pueblo vietnamita contra semejante maquinaria de destrucción se enmarca en una época de ascenso revolucionario en todo el mundo. El triunfo de la Revolución Cubana en 1959, el Mayo Francés de 1968, la Primavera de Praga, la Revolución China, la Revolución en Portugal, el Cordobazo en 1969 en Argentina, revueltas en varios países de Europa, el gran movimiento de protesta en Estados Unidos y la revolución colonial(1).


 


Asimismo, la victoria del pueblo vietnamita quebró la política de la Unión Soviética del “socialismo en un solo país” y de “coexistencia pacífica” con el imperialismo.


Estas doctrinas suplantaban la necesidad de la toma del poder en otros países, por la política de presión sobre las burguesías nacionales para mantener el status quo alcanzado en la posguerra. De esta forma, el stalinismo manipulaba la lucha de los oprimidos del mundo según sus objetivos chauvinistas.


 


En Vietnam, esa política, liderada por Ho Chi Minh, condujo a grandes derrotas. Sin embargo, la victoria fue alcanzada por las condiciones objetivas de la lucha de clases en ese país, aunque se expresaran burocráticamente a través del Partido Comunista.


 


Stalinismo y trotskismo en la más próspera de las colonias de Francia(2)


 


La colonia francesa de Indochina (Vietnam, Laos y Camboya) había sido establecida hacia fines del siglo XIX. En un contexto de fuerte persecución, el 3 de febrero de 1930 Ho Chi Minh fundó el Partido Comunista de Indochina (PCI), fusionando distintas organizaciones políticas(3). Su programa estaba inspirado en la teoría de la revolución por etapas del stalinismo: “poner fin al imperialismo francés y al feudalismo de los terratenientes” con una “revolución democrática burguesa” (González Jansen, 1978: 146-148).


 


El comunismo indochino tenía también sus particularidades: entre 1933 y 1937 realizaba un frente único con un grupo trotskista, cuyo principal dirigente era Ta Thu Thau. Este frente se limitaba solamente a actividades legales: participación electoral y la edición de un periódico conjunto llamado La lutte, nombre con el que luego se conocería a esa organización trotskista. También existía otro partido más pequeño que adhería a la Cuarta Internacional conocido como Grupo Octubre, cuyo principal dirigente era Ho Huu Thuong, que a diferencia de La lutte se oponía a la política de frente con el PC.


 


El frente único logró avances importantes. En mayo de 1935, dos trotskistas y dos stalinistas fueron electos al parlamento indochino (Tao, Mai, Tran Van Thach y Ta Thu Thau) consiguiendo cuatro de los seis escaños correspondientes a vietnamitas (Simon Piarini, 1987). Sin embargo, algunas semanas después, el PCI abandonaría la coalición para brindar su apoyo a la administración colonial en consonancia con las directivas políticas del Kremlin.


 


Con la llegada al gobierno francés del Frente popular (1936-1938), sostenido por el comunismo francés, el PCI viró su política hacia la defensa del gobierno colonialista. El ministro de Colonias francés, general Brévié, así lo relataba: “mientras que los comunistas stalinistas comprendieron, como Nguyen Van Tao, que el interés de las masas anamitas los llevaba a acercarse a Francia, los trotskistas, bajo la égida de Ta Thu Thau, no temen empujar a los indígenas a sublevarse con el objetivo de aprovecharse de ello y hacer una guerra de liberación total” (citado en Ngo Van Xuyet, 2001).


 


A pesar de la persecución desatada por la administración colonial y el stalinismo, el trotskismo logró un gran progreso político. En las elecciones de 1939, en la provincia de Cochinchina en el sur, se realizaron elecciones municipales y los candidatos trotskistas Ta Thu Thau, Tran Van Tach y Pan Van Hum fueron electos con el 80% de los votos, derrotando al PC y otros partidos burgueses. Sin embargo, ese mismo año se declararon ilegales todos los partidos políticos y fueron apresados todos los dirigentes trotskistas, generando una severa dispersión de sus fuerzas.


 


Justificando la posición del PCI en este período, Vo Nguyen Giap -futuro comandante del Ejército Popular de Vietnam- afirma: “hubo que esperar hasta 1939-41 para que la lucha contra el imperialismo y por la liberación nacional fuera concebida claramente como una tarea primordial” (Giap Vo Nguyen, 2013: 58). Más que una cuestión de “concepciones claras” lo que sucedió fue la disolución del gobierno del Frente Popular francés y la firma del pacto Hitler-Stalin(4). En este contexto, la URSS incitaba al PCI a atacar al imperialismo francés, ahora su enemigo.


 


La Revolución de agosto


 


En plena Segunda Guerra Mundial, Japón invadió Indochina en septiembre de 1940. En 1941, Hitler rompió unilateralmente el tratado e invadió la URSS, eso llevó a Stalin a unirse a los Aliados contra las fuerzas del Eje. Con el trasfondo del frente de los Aliados, el PCI impulsó, en 1941, la conformación del Viet minh (Liga por la Independencia de Vietnam), cuyo programa establecía: “expulsar a los fascistas franceses(5) y japoneses para restablecer la independencia completa del Vietnam, en alianza con las democracias en lucha contra el fascismo y la agresión” (Ngo Van Xuyet, 2001).


 


De acuerdo con el comandante Giap, el Viet minh: “reunía, en efecto, las fuerzas patrióticas de todas las clases y de todas las capas sociales, hasta los terratenientes progresistas, todas las nacionalidades del país, mayoritarias o minoritarias, los creyentes patriotas de todas las religiones” (Giap Vo Nguyen, 2013: 33).


 


Con el financiamiento de la Unión Soviética y China (tanto del PC como del Partido Nacionalista Koumitang), a partir de noviembre de 1941 el Viet minh organizó un primer grupo guerrillero. También recibió asistencia de Estados Unidos en el marco de la guerra contra Japón en el Océano Pacífico. En 1944, la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos, predecesora de la CIA) proveyó armas y brindó entrenamiento a la guerrilla liderada por el PCI (Hess, 1972: 367).


 


La rendición de Japón, en agosto de 1945, antes de que los Aliados pusieran un pie en la región y un golpe de Estado nipón para mantenerse en el gobierno, generaron un vacío de poder que le planteó al movimiento de liberación nacional una oportunidad única. Lu Sanh Hanh, militante trotskista vietnamita, señaló que “varias horas después [del rendimiento de Japón] (…) desde el norte hasta el sur, desde la ciudad al campo, desde las fábricas a las calles, de una familia a otra, surgió una tormenta social que amenazaba con derrumbarlo todo” (Lu Sanh Hanh, 1947). Se conformaron comités del Pueblo de auto-gobierno y en el campo se inició un movimiento de ocupación de tierras.


 


Las unidades del Viet minh avanzaron hacia Hanoi y, el 19 de agosto, 200.000 personas encabezadas por Ho Chi Minh tomaron el palacio de gobierno. En Saigon, Tran Van Giau, también del PCI, proclamó un gobierno provisional del Viet minh en el sur. Finalmente, el 2 de septiembre, en Hanoi, Ho Chi Minh proclamó la independencia ante medio millón de personas. Nacía la República Democrática de Vietnam.


 


En una parte de la declaración de independencia, redactada por Ho Chi Minh, se decía que “todos los hombres son creados iguales, están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos están el derecho a la Vida, a la Libertad y a la búsqueda de la Felicidad”. Estas palabras textuales de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos eran una clara señal de la política de conciliación con el imperialismo que seguiría el PCI, que conduciría a la primera gran tragedia de esta historia.


 


Una revolución aniquilada con fusiles y ¿aliados? imperialistas


 


Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en la Conferencia de Potsdam, Unión Soviética, Gran Bretaña y Estados Unidos acordaron el reparto del mundo. A Stalin le correspondía la invasión por el este de Europa y el resto se repartía entre las potencias Aliadas. De este modo, Indochina debía volver a manos francesas. Pero, como Francia no tenía recursos, se estableció que las tropas inglesas tomarían el sur y China jugaría el mismo papel en el norte.


 


El cumplimiento de ese plan por parte del stalinismo significó la traición a las posibilidades revolucionarias que se habían abierto en Vietnam en la posguerra.


Asimismo, este alineamiento con el imperialismo francés se fortaleció aún más con la incorporación del Partido Comunita Francés (PCF) al gobierno de Charles De Gaulle (presidente provisional de Francia entre 1944 y 1946).


 


Mientras tanto, en el país asiático la revolución seguía su propio curso. En el trascurso de tres semanas, se habían conformado alrededor de 150 comités del Pueblo de auto-gobierno.


 


Lu Sanh Hanh señala que “graneros, residencias y tierras fueron confiscadas ‘arbitrariamente’ en beneficio de los comités populares. Grandes hacendados y ex funcionarios fueron llevados ante tribunales populares, donde eran juzgados públicamente por los aldeanos. Varios cientos de antiguos servidores, fieles a Francia y al alto mando japonés, fueron decapitados en unos pocos días”. Sin embargo, siguiendo las resoluciones de Potsdam, la acción del Viet minh se orientó a reprimir el alzamiento revolucionario de las masas trabajadoras.


 


En un comunicado del comisario del Interior del gobierno se sentenciaba: “serán castigados sin piedad aquéllos que hayan empujado a los campesinos a apoderarse de las propiedades rurales. La revolución comunista que resolverá el problema agrario aún no tuvo lugar. Nuestro gobierno es un gobierno democrático y burgués, aunque los comunistas estén en el poder” (Ngo Van Xuyet, 2001).


 


En contraposición a esta política, las organizaciones trotskistas fueron a fondo con la lucha popular. En un manifiesto repartido el 24 de agosto, el Grupo Octubre señalaba: “Los stalinistas de la Tercera Internacional ya han abandonado a la clase trabajadora con el fin de dar apoyo miserablemente a los imperialistas ‘democráticos’. Han traicionado a los campesinos y han dejado de mencionar la cuestión agraria. Si hoy marchan con los capitalistas extranjeros, entonces en el próximo período ayudarán a las clases explotadoras nativas a aniquilar al pueblo revolucionario. ‘¡Trabajadores y campesinos! ¡Reagrúpense bajo la bandera del partido de la Cuarta Internacional!’” (Lu Sanh Hanh, 1947).


 


En el norte, como se había acordado, ingresaron las tropas del Kou- mintang chino, recibieron la rendición japonesa en el norte y finalmente reconocieron al Viet minh como gobierno. La generosidad china tenía una explicación: el gobierno provisional había decidido incluir a su hermano, el partido Quoc Dan Dang (el Kuomintang vietnamita).


 


En el sur, el ingreso de las tropas británicas fue mucho más combatido. La ocupación de tierras y los enfrentamientos con los colonos franceses se habían intensificado desde la declaración de independencia. El 7 de septiembre, el gobierno provisional de Tran Van Giau dio la orden de desarmar a todas las organizaciones no-gubernamentales. El decreto sentenciaba: “aquellos que llaman al pueblo a armarse y sobre todo a pelear contra los aliados imperialistas serán considerados provocadores y saboteadores” (Lu Sanh Hanh, 1947).


 


El PCI procedió a la clausura de los comités del Pueblo, asesinando a centenares de luchadores populares. Ta Thu Thau, Tran Van Thach, Phan Van Hum y la mayoría de los dirigentes de La lutte fueron asesinados por el Viet minh entre septiembre y octubre de 1945. A su vez, fueron arrestados y asesinados en masa centenares de militantes trotskistas(6).


 


El general británico Douglas D. Gracey, quien lideró las tropas que desembarcaron en Vietnam, confesaba: “a mi llegada fui recibido por el Viet minh, me dieron la bienvenida… Fue una situación desagradable, y rápidamente les di una patada. Eran todos comunistas” (en Springhall John, 2005: 115). Desde su arribo, el 13 de septiembre de 1945, Gracey tardó pocos días en tomar el control de Saigon. Con sólo tres divisiones de infantería ocupó los edificios estratégicos de la ciudad y decretó el estado de sitio. Finalmente, el 5 de octubre ingresaron las primeras fuerzas expedicionarias francesas al sur de Vietnam equipados con artillería norteamericana. Luego de algunos enfrentamientos el Viet minh se recluía en el Norte.


 


La “Unión Francesa”


 


Justificando al PCI, Giap señala: “¿quién era el agresor?… Al comienzo, dada la participación de elementos progresistas en el gobierno francés, tácticamente teníamos que denunciar como enemigos a los ultracolo- nialistas franceses. Pero después, y sobre todo desde 1947, en que el gobierno francés llegó a ser claramente reaccionario, el agresor extranjero fue, sin ambigüedad posible, el imperialismo francés” (Giap Vo Nguyen, 2013: 75-76).


 


Siguiendo esta política de apoyo a los denominados “elementos progresistas”, la tragedia de Saigon tenía ahora su réplica en el norte. El 6 de marzo de 1946, Ho Chi Minh firmaba un acuerdo autorizando el ingreso de tropas francesas en el norte, y el país galo se comprometía a reconocer a Vietnam como “Estado libre”,


pero dentro de la Unión Francesa.


 


Como había sucedido en el sur, el imperialismo francés no respetó el acuerdo e inició ataques en todo el territorio, expulsando finalmente al gobierno del Viet minh de Hanoi hacia la región montañosa del Viet Bac. La Unión Francesa, para Francia, consistía en la instalación de gobiernos títeres en las colonias, sin intromisión soviética.


 


Esta inmensa derrota forzó al PCI a un cambio de estrategia, pen- dulando ahora entre las directivas soviéticas y la realidad objetiva imperante. Este nuevo rumbo se reforzaba fuertemente con el triunfo de la revolución china de Mao en 1949. Se iniciaban siete años de guerra de guerrillas contra Francia.


 


La reforma agraria y la victoria de Dien Bien Phu


 


La cuestión agraria era un problema fundamental para una población mayoritariamente campesina. Inicialmente, el PCI combatió la ocupación de tierras en agosto de 1945, cuando el Viet minh tomó el poder del Estado. Justificando esta posición, el comandante Giap señala que por “influencia de nociones confusas” la reforma agraria recién fue impulsada en 1952-1953 en los territorios liberados (Giap, 2013: 77).


 


Más que “nociones confusas”, el cambio de punto de vista respecto al pasado se debió al fracaso de la alianza con el imperialismo. O se profundizaba una transformación social de los medios de vida del campesinado o el Lien Viet (homónimo del Viet minh) se aislaba totalmente. Este cambio implicó que en las zonas bajo control el Lien Viet se confiscaron tierras para su repartición y se anularon las deudas de los campesinos. “Gracias a esas medidas, la combatividad de millones de campesinos fue poderosamente estimulada” (Giap, 2013: 77).


 


El afianzamiento logrado por los repartos de tierra contrastaba con la situación de los franceses que, a pesar de constituir un gobierno títere nativo, no lograban consolidar sus posiciones territoriales.


 


Los avances guerrilleros culminaron en la famosa batalla de Dien Bien Phu (1953-1954). Después de 55 días de combate, el Ejército Popular de Vietnam destruyó el campo atrincherado francés más poderoso, apoderándose de toda la provisión de armamento.


 


La conferencia de Ginebra: dividir Vietnam


 


En un cuadro de derrota de las fuerzas de ocupación, se discutió en Ginebra, en 1954, un acuerdo de “alto el fuego”. Las conversaciones de Ginebra formaban parte de negociaciones más amplias entre Unión Soviética, República Popular China y Estados Unidos sobre el fin de la guerra de Corea. Allí acordaron que Laos y Camboya pasarían a ser reinos independientes, y Vietnam se dividiría a la altura del paralelo 17. Asimismo, se acordó que se realizarían elecciones para la reunificación del país, en 1956, y se retirarían las tropas francesas.


 


La URSS y el imperialismo buscaban dividir el territorio como en Corea y en Alemania: realizar elecciones dos años después con el Lien Viet replegado en el norte era una utopía(7).


 


En un artículo del New York Times del 24 de julio de 1954 se señalaba que “varios miembros de la delegación vietnamita declararon abiertamente que la presión del premier comunista (chino) Chou En Lai y del ministro soviético Viacheslavo Molotov, forzaron a su régimen a aceptar menos de lo que legítimamente hubiera podido obtener” (Mandel y otros, 1979: 39).


 


Nuevamente, esta línea de intervención stalinista condujo a un callejón sin salida. El gobierno títere no sólo no cumplió con lo pactado en Ginebra, sino que inició una cacería de todo opositor a su régimen, sostenido directamente por Estados Unidos. Como señaló críticamente Ernesto “Che” Guevara en 1964: “Francia burló todos los acuerdos y llevó a una situación de extrema tensión a todo el país. Los métodos pacíficos y racionales de resolver las controversias fueron demostrando su inutilidad, hasta que el pueblo tomo la vía de la lucha armada” (citado en Giap Vo Nguyen, 2013: prólogo).


 


Estados Unidos ataca Vietnam


 


La fase norteamericana de la guerra tiene su inicio formal en agosto de 1964, con el arribo masivo de tropas, aunque ya desde Ginebra había empezado el relevamiento de Francia.


 


En 1952, el Consejo Nacional de Seguridad norteamericano había hecho una declaración sobre su necesaria incumbencia en la guerra: “la pérdida de cualquiera de los países del sudeste asiático que cayeran ante la agresión comunista tendría graves consecuencias (…) a ello seguiría un progresivo alineamiento con el comunismo del resto del sudeste asiático” (Velásquez, 1989: 462-463).


 


En el punto más alto de la etapa norteamericana de la guerra se contabilizaron medio millón de soldados invadiendo el país asiático. Estas tropas y el financiamiento de Estados Unidos eran el principal sostén del gobierno títere de Ngo Dinh Diem en el sur, que también contaba con el apoyo de toda la clase terrateniente del sur. A cambio, Diem les facilitaba el ejército local para la recolección de la renta que pagaban los campesinos, estimada entre un 40 y 60% de la cosecha (Geier, 1999). Esta situación contrastaba con los territorios controlados por el Frente Nacional de Liberación (FNL) -fundado en 1960 como homónimo en el Sur del Lien Viet-, que sólo recaudaba el 10%, creando un apoyo campesino enorme para la insurgencia comunista (Geier, 1999).


 


La heroica resistencia del pueblo de Vietnam, en contraste con las aberraciones de la ocupación, generó un movimiento mundial en su apoyo, con epicentro en Estados Unidos. Los movimientos de protesta habían ganado terreno en la década de 1960, en la lucha por los derechos civiles de la clase obrera negra. El boxeador Mohamed Ali, quien fue despojado de su título de campeón por negarse a prestar servicio militar, graficó claramente el carácter social y racial de la guerra: “mandan negros a matar amarillos para que blancos se puedan quedar con la tierra que le robaron a los rojos” (citado en García, 1988: 46).


 


La ofensiva del Tet: se quiebra la tropa norteamericana


 


En la ofensiva del Tet.(8), de 1968, el FNL movilizó 100.000 hombres sobre Saigón y 36 capitales provinciales para comenzar una lucha por las ciudades. La ofensiva no fue exitosa militarmente, debido al salvajismo del contraataque norteamericano: “solamente en Saigón, las bombas americanas mataron 14.000 civiles. La ciudad de Ben Tre se volvió emblemática del esfuerzo norteamericano cuando el mayor que la retomó anunció que ‘para salvar la ciudad, tuvimos que destruirla’” (Geier, 1999).


 


Estados Unidos logró reconquistar todas las ciudades, pero había sufrido una derrota política. El Tet demostró que el FNL tenía el total apoyo de la población. El ejército sudvietnamita había entregado ciudades enteras sin disparar un solo tiro, entregado en algunos casos grandes suministros de armas. Pero también fue la gota que rebalzó el vaso dentro del ejército norteamericano.


 


Una contradicción de los ejércitos imperialistas es que se sostienen con tropas de la clase trabajadora, que pese a cualquier confucionis- mo ideológico y/o sentimiento de patriotismo, no tienen un interés material en la conquista. Esta contradicción tiene el potencial para destruir ejércitos.


 


En el año 1968 se registraron 68 motines de soldados. En 1970, solamente en la Primera División de Caballería, hubo 35 actos de rechazo al combate. “En octubre de 1971, la policía militar aeronáutica tomó por asalto una base para proteger a un oficial que había sido el blanco de repetidos atentados (…) La base fue ocupada por una semana antes que el mando fuera restaurado” (Geier, 1999).


 


En total se contabilizaron entre 800 y 1.000 atentados contra oficiales usando explosivos. El impacto político del motín fue sentido muy lejos de Vietnam, como lo reflejara H.R. Haldeman, jefe de equipo del presidente Nixon: “si las tropas se amotinan, no se puede seguir una política agresiva” (Geier, 1999).


 


Los Acuerdos de París: reafirmar la división del territorio


 


El 27 de enero de 1973 se firmó en París un tratado similar al de 1954. Allí se estableció el respeto de las unidades territoriales establecidas en Ginebra, la retirada de las tropas de Estados Unidos en 60 días y que la reunificación de Vietnam se realizaría paso a paso a través de métodos pacíficos sobre la base de acuerdos entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur.


 


Como era de esperar, todo lo firmado fue violado por el gobierno títere del sur, como ya había sucedido con los otros acuerdos del pasado. Simplemente, lo que buscaba Estados Unidos era tiempo para realizar un retiro ordenado de sus tropas y fortalecer el Estado de Saigon por su propia cuenta. A esto lo denominaron “vietnamización” de la guerra.


 


Entonces, ¿qué llevó al comunismo vietnamita a firmar, casi 20 años después, un tratado similar al de Ginebra, con los antecedentes mencionados?


En primer lugar, el gobierno de Estados Unidos inició un bombardeo sin precedentes para inclinar la balanza militar a su favor, llegando incluso a minar el puerto de Haiphong en el norte. Asimismo, impulsó un golpe militar en Camboya instalando un régimen títere similar al de Saigon, para afianzar su incumbencia en toda la región. En segundo lugar, Estados Unidos, en un cuadro mundial caracterizado por rebeliones en muchas partes del globo, realizó un cambio de estrategia política que consistió en un mayor acercamiento y colaboración con la Unión Soviética(9) y China(10).


 


Tres hechos hablan por sí solos: el 21 de febrero de 1972, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, hizo una visita oficial a Pekín, la capital china, en pleno bombardeo de Vietnam; por su parte, la URSS no se quedó atrás y, el 22 de mayo de 1972 se produjo la primera visita oficial de un presidente de los Estados Unidos a ese país. Como gesto soviético, el 18 de junio de 1973, el secretario general del Partido Comunista Soviético, Leónidas I. Brézhnev, realizó también su visita a Estados Unidos.


 


Con la idea stalinista de la “edificación socialista” fronteras adentro, la URSS y China utilizaban la lucha de clases mundial como moneda de cambio con el imperialismo para su propio beneficio, nada les importaba el pueblo del sudeste asiático.


 


El imperialismo es derrotado: conclusiones de una larga lucha


 


En lo que va de 1973 a 1975, a pesar de las directivas del bloque socialista, la unificación de Vietnam se abrió paso por la respuesta popular a la incesante ofensiva del imperialismo y del régimen títere de Nguyen Van Thieu (presidente de Vietnam del Sur entre 1965 y 1975). Más allá de lo que la Unión Soviética pudiera ordenar al FNL, la pujanza vietnamita respondía a presiones objetivas de una realidad más allá de su control.


 


En primer lugar, la “coexistencia pacífica” siempre fue una política exclusiva de Moscú, el imperialismo nunca disminuyó su asedio a los pueblos del mundo. La fase actual del capitalismo se caracteriza por una lucha permanente por el reparto del mundo entre Estados imperialistas y entre monopolios financieros. Es una “tendencia inevitable del capital financiero a ampliar el territorio económico y aún el territorio en general” (Lenin, 1966: 106). La aceptación del status quo por parte de las potencias imperialistas es, por tanto, de carácter temporal, limitado. Este es el trasfondo material, hace utópica a la teoría de la “coexistencia pacífica”; ése es el trasfondo de la imposibilidad de establecer un compromiso con Vietnam del Sur y Estados Unidos.


 


En segundo lugar, la guerra civil en el sur no se podía detener con un expediente diplomático, respondía a intereses de clase irreconciliables. El Estado de Saigón se basaba en el entrelazamiento de la clase terrateniente con el invasor extranjero. Esto generaba un vínculo indisoluble entre la lucha antiimperialista y la más esencial de las reivindicaciones populares.


 


La guerra se convirtió en una revolución social por los intereses materiales de los campesinos y trabajadores que estaban en juego; fue una insurrección popular permanente. El historiador Jonathan Neale relata cómo, en un alzamiento en Ben Tre, las “masas prácticamente desarmadas tomaron en poco tiempo gran parte de la provincia; la tierra fue distribuida durante la revuelta. La fórmula funcionó en todas partes, y pronto dio al Partido una amplia presencia y poder (…) En pocos meses, el poder cambió de manos en Vietnam” (Neale, 1930: 50).


 


La inexistente “coexistencia pacífica” por parte del imperialismo y la propia lucha de clases fueron las condiciones objetivas que empujaron para delante el triunfo sobre el régimen títere de Estados Unidos.


 


El 30 de abril de 1975, el FNL ocupaba Saigón, se producía una victoria definitiva del pueblo vietnamita, aunque la victoria significara el ascenso al poder de una dirección independizada de su control y, por lo tanto, políticamente burocratizada, amén de su ideología stalinista.


 


A pesar de su combatividad, la clase trabajadora vietnamita no podía improvisar en el campo de batalla una dirección distinta a la existente. Inicialmente, el exterminio en masa de las organizaciones trotskistas, en la revolución de 1945, aseguró el control del stalinismo, que condujo la insurrección a su derrota. Posteriormente, cada avance en el campo de batalla fue entregado al imperialismo de acuerdo con el interés chovinista de la burocracia que gobernaba a la URSS.


A su vez, todas estas capitulaciones fortalecían la dependencia de la dirección política de ese fracaso: la soviética.


 


El Estado Obrero que se alzó tras la derrota del imperialismo en Vietnam no duraría mucho tiempo: luego de algunas medidas de colectivización de tierra e industrias -impuestas por las condiciones del propio triunfo-, se encaminó hacia una restauración capitalista a imagen y semejanza de todos los Estados Obreros burocratizados stalinistas. Es decir, a su disolución (Oviedo, 1996). La histórica y decisiva victoria del pueblo vietnamita contra el imperialismo fue conducida, entonces, hacia un callejón sin salida.


 


 


 


* Es historiador de la Universidad de Buenos Aires


 


 


NOTAS


 


1. Para un panorama de ese período, véase Pablo Rieznik, Pablo Rabey, Lucas Poy, Daniel Duarte y Diego Bruno (2010): 1968, un año revolucionario, Editorial de FFyL-UBA, Buenos Aires, 2010. También Chamberlain M. E. (1997): La descolonización. La caída de los imperios europeos, Editorial Ariel Historia, Barcelona, España. 


 


2. El subtítulo hace alusión a las declaraciones del entonces ministro francés de Colonias, Albert Sarraut en 1923 (Chamberlain, 1997: 117). Aunque el arroz era la cosecha más importante de Indochina, también producía caucho, azúcar de caña, algodón y café para exportación, había una significativa industria textil y existían yacimientos de hierro, estaño y carbón. 


 


3. Inicialmente se llamó Partido Comunista Vietnamita. Fue una unificación de tres organizaciones: el Partido Comunista de Indochina, el Partido Comunista de Annamese y la Liga Comunista de Indochina.


 


4. El tratado contenía cláusulas de no agresión mutua. El principal elemento era que ninguno de los países celebrantes entraría en alguna alianza política o militar contraria al otro, lo cual implicaba en la práctica que la Unión Soviética rechazaría integrarse a cualquier bloque formado contra el Tercer Reich.


 


5. La mención de los “fascistas franceses” se debe a que la ocupación japonesa se limitó al ámbito puramente militar, manteniendo la administración francesa que apoyaba al régimen de Philippe Pétain durante la ocupación nazi de Francia.


 


6. Ta Thu Thau, asesinado en Quang Ngai en septiembre 1945; Le Van Vung, asesinado el 16 de septiembre de 1945 con colaboración del Viet minh; Ho Vinh Ky, asesinado por el Viet minh en septiembre de 1945; 210 trotskistas asesinados en Thi Nghe en septiembre de 1945 por tropas británicas; decenas de trotskistas asesinados en un arresto masivo del Viet minh en octubre de 1945; Huynh Van Phuong, asesinado por el Viet minh en 1945; Phan Van Chanh, Tran Van Thach, Phan Van Hum, Huynh Van Phuong, Nguyen Thi Toi, Hinh Thai Thong y otros líderes de La Lutte, asesinados por el Veit minh en octubre de 1945; Tran Dinh Minh, asesinado por tropas francesas en 1946 con la colaboración del Viet minh; Le Ngoc y Nguyen Van Ky, asesinados por el Viet minh en enero de 1946; Nguyen Huong, asesinado por la policía stalinista en julio de 1946. De acuerdo con el registro de Simon Pirani (1986).


 


7. El historiador Jonathan Neale reproduce un testimonio de un desertor comunista, quien sostenía: “tenían la certeza de que las elecciones nunca se celebrarían, pero este tema nunca se discutía en los niveles más bajos para no diezmar la moral y para no contradecir las afirmaciones públicas del Partido de que los Acuerdos de Ginebra habían supuesto una gran victoria para el Partido” (Neale, 2003: 45).


 


8. El Tet era el primer día del año nuevo vietnamita y, hasta 1968, lo habitual era que la guerrilla suspendiese las actividades.


 


9. El líder soviético, Leonidas Brézhnev estaba en la misma sintonía: “sería cosa anormal que suscribiéramos un acuerdo referente a la articulación de nuestras relaciones, conforme a los principios de la coexistencia pacífica, sin fomentar a la vez el comercio y los vínculos económicos de nuestros países” (Godoy, 1974: 31). 


 


10. El acercamiento entre la China y Washington se había iniciado desde 1960. Florencia Rubiolo sostiene que “China, nuevamente con temores de perder su preeminencia en la región, no quería ver un estado de Indochina unificado bajo el poder de Vietnam del Norte, y respaldado por la URSS (Rubiolo, 2007). Asimismo, el Partido Comunista chino comenzó a promover a los sectores más antivietnamitas dentro del comunismo del sudeste asiático, como el grupo de Pol Pot en el Partido Comunista de Camboya (PCK).


 


 


Bibliografía


 


Chamberlain, M. E. (1997): La descolonización. La caída de los imperios europeos. Editorial Ariel Historia, Barcelona.


 


Cohen, William B. (1972): “The colonial policy of the popular front”, French Historical Studies, Vol. 7, N° 3 (primavera de 1972).


 


Declaración de Independencia de Estados Unidos, disponible en: www.libertad.org/declaracion-de-independencia-de-estados- unidos-de-america


 


Furtak, Robert K. (1966): “Revolución mundial y coexistencia pacífica”, Foro internacional Vol. 7, N° 1-2. El Colegio de México, Centro de Estudios Internacionales.


 


García, Daniel (1988): “Protesta y política: los movimientos antiguerra en Estados Unidos 1965-1975”, Historia Crítica N° Bogotá.


 


Geier, Joel (1999): “Vietnam: la rebelión de los soldados”, International Socialist Review N° 9.


 


Giap Vo Nguyen (2013): Guerra del pueblo. Ejército del Pueblo. Editorial Cienflores, Ituzaingó, Argentina.


 


—.— y otros (2013): Los orígenes de la revolución vietnamita: 19301945. Editorial RyR, Buenos Aires, Argentina.


 


Godoy, Horacio H. (1974): “Los acuerdos entre los Estados Unidos y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas”, Estudios Internacionales N° 7.


 


Guevara, Ernesto “Che” (1967): Crear dos, tres… muchos Viet-Nam, es la consigna, disponible en www.marxists.org/espanol/gueva- ra/04_67.htm


 


Hess, Gary R. (1972): “Roosevelt and Indochina”, The Journal of American History, Vol. 59, N° 2, septiembre.


 


Jansen González, Ignacio (1978): “IV Congreso del Partido Comunista de Vietnam”, Estudios de Asia y Africa, Vol. 13, N° 1 (36) (enero-abril de 1978).


 


Lenin, Vladimir Ilich (1966): El imperialismo, fase superior del capitalismo. Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, China.


 


Lu Sanh Hanh (1947): “Algunas etapas de la revolución en el sur de Vietnam”, Quatrième International, septiembre/octubre de 1947.


 


Mandel, Maitán, Feldman, González y otros (1979): ¿Indochina: guerra entre Estados obreros? Editorial Partido Socialista de los Trabajadores de Colombia,


Bogotá, Colombia.


 


Morris, Stephen J. (1999): The Soviet-Chinese-Vietnamese Triangle in the 1970’s: The View From Moscow. Paul H. Nitze School of Advanced International


Studies, Johns Hopkins University, Working Paper N° 25, Washington D.C.


 


Neale, Jonathan (2003): La otra historia de la guerra de Vietnam. Editorial El Viejo Topo, España.


 


Ngo Van Xuyet (2001): “Una guerra de cien años”, Les Cahiers du


 


Mouvement Ouvrier, N° 16, CERMTRI, diciembre de 2001-enero de 2002, disponible en www.marxists.org/espa- nol/ngo/2001/octubre20.htm


 


Oviedo, Luis (1996): “Vietnam, adelante de China”. En defensa del marxismo N° 11, abril.


 


Pirani, Simon (1986-1987): Vietnam & Trotskyism, publicación de la Communist League de Australia, disponible en www.marxists.


org/history/etol/document/vietnam/pirani/blunden.htm


 


Rieznik, Pablo; Pablo Rabey; Lucas Poy; Daniel Duarte y Diego Bruno (2010): 1968, un año revolucionario, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Buenos Aires.


 


Rubiolo, Florencia (2007): China y Vietnam: las conflictivas relaciones, Centro Argentino de Estudios Internacionales.


 


Springhall, John (2005): “‘Kicking out the Vietminh’: How Britain Allowed France to Reoccupy South Indochina 1945-46”, Journal ofContemporary History, Vol.


40, N° 1 (enero de 2005).


 


Trotsky, León (1973): La revolución traicionada. Editorial El Yunque, Buenos Aires.


 


Velásquez, Sebastián Lamoyi (1989): “La teoría del dominó en el sudeste asiático: el caso de Vietnam”, Estudios de Asia y Africa, Vol. XXIV, N° 3.


 

Monetarismo, política K y teoría monetaria de Marx


En una columna de opinión aparecida el 22 de febrero en Pá- ginal12, uno de los economistas K, Andrés Asiain, impugna la caracterización sobre la quiebra del Banco Central desarrollada en las páginas de Prensa Obrera y acusa al Partido Obrero de “monetarista de izquierda”. Cita, al respecto, un extracto de uno de los artículos aparecidos en nuestro periódico, en el que se advertía que la política oficial estaba conduciendo a “un defol de la deuda del Tesoro con el Banco Central y una devaluación del peso. O sea que el reequilibrio financiero pasa por un golpe inflacionario contra los trabajadores” (Ramal, 2014). El análisis que acabamos de transcribir sería, según el columnista, un calco de la derecha. La Nación publicó, seis meses después, un editorial con idéntico título (“La quiebra del Banco Central”), lo cual sería un testimonio de la confluencia de sectores de espectros ideológicos aparentemente opuestos.


 


Andrés Asiain señala que el error fundamental consiste en confundir el Banco Central y los bancos comerciales. El Banco Central, a diferencia de los últimos nombrados, tiene el monopolio de la emisión, que puede utilizar para cubrir los vencimientos de sus deudas. No sería necesario, según el autor, “el cobro religioso de las amortizaciones e intereses de la deuda que el gobierno nacional mantiene con el Central, ya que la institución monetaria puede refinanciarlos hasta la eternidad, sin que ello ponga en riesgo su estabilidad financiera” (Asiain, 2015). En virtud de este curioso razonamiento, la conclusión del autor es que el fantasma de una cesación de pagos que se viene agitando no tiene el menor fundamento.


 


Fetichismo K


 


No hace falta apelar a otras tiendas. Asiain, un hombre del riñón kirchnerista, se encarga de decir que los préstamos otorgados por el Banco Central al Tesoro se van a arrastrar hasta la eternidad -o sea, no se van a pagar nunca. Es la confesión de que los certificados que tiene el BCRA son créditos incobrables y que, por lo tanto, no son más que títulos basura. Su valor tiende a cero. Basta tener en cuenta que el 60 por ciento de los activos del BCRA incluyen estos pagarés para saber que no tiene nada de exagerado plantear que el Central está técnicamente fundido.


 


Pero lo más atrevido es la afirmación del autor de que esto no es relevante porque la capacidad de emisión sería infinita. El Banco Central podría emitir todo lo que se le antojase y con eso cubrir sus compromisos; lo más absurdo de todo es la afirmación de que esto sería inocuo para la economía y que no tendría ninguna consecuencia sobre el nivel de precios.


 


Los economistas K se presentan como enemigos acérrimos de los ambientes académicos tradicionales y hasta se jactan, muchos de ellos, de haber abrevado e inspirado en el marxismo. Esto no impide que terminen transformando el dinero en un fetiche, una de las premisas usuales de la economía burguesa. Es bien sabido que esta última reniega de la teoría del valor trabajo -es decir, independiza el valor con respecto del trabajo, su fuente generadora. A partir de esta premisa han proliferado, a lo largo de la historia, tentativas y proyectos fantasiosos para crear riqueza o aumentar los niveles de ingreso por fuera o al margen del trabajo productivo.


 


Si el Estado pudiera emitir billetes libremente, sin que éstos perdieran su poder de compra, se habría encontrado una forma fácil de generar riqueza haciendo funcionar “la máquina de imprimir”. No hay mucha diferencia con las prácticas primitivas de los brujos o alquimistas, que trataban de encontrar la fórmula para transformar los objetos en oro o metal precioso. La versión antigua y su réplica moderna tienen en común que parten de otorgar al dinero una vida propia y la cualidad intrínseca y milagrosa de crear valor.


 


Los K son tributarios también de esta concepción y sucumben a ella por la sencilla razón de que buscan una vía de crecimiento y distribución del ingreso compatible con el régimen de explotación vigente. La pretensión sería estimular el consumo y el poder adquisitivo sin alterar las relaciones sociales existentes. Se termina convirtiendo la cantidad de dinero en una panacea, a partir de la acción y el arbitraje del Estado. Es por esto que Marx, en El capital, criticaba las fantasías sobre la posibilidad de que el Estado pudiera realizar “curas milagrosas económicas” manipulando la emisión monetaria (Marx, 1999: 1234). Y también advertía contra las falacias de que fuera “posible superar, gracias al incremento de los medios de circulación, las contradicciones que emanan de la naturaleza de la mercancía y que, por consiguiente, se manifiestan en la circulación mercantil” (ídem: 148).


 


La emisión monetaria que viene haciendo el BCRA para financiar el déficit fiscal tiene un carácter retrógrado. Antes de dilucidar sus efectos inflacionarios, tenemos que subrayar que su finalidad es pagar la deuda pública y los subsidios capitalistas. O sea que, con independencia de las consecuencias económicas ulteriores, su función principal es rescatar al capital en desmedro del trabajo. Estamos en presencia de un estatismo reaccionario. Contra lo que los kirchneristas proclaman, la emisión monetaria promueve una distribución regresiva de ingresos.


 


A esto hay que agregar sus efectos inflacionarios, porque la emisión destinada al financiamiento parasitario del déficit fiscal genera la desvalorización de los billetes, de manera que disminuye su poder adquisitivo y, por lo tanto, el de los salarios. Estamos frente a una segunda confiscación de los trabajadores.


 


El enfoque que planteamos está en sintonía con la teoría monetaria de Marx. Cuando los apologistas K de la emisión nos cuestionan y denuncian que abrazamos la teoría cuantitativa del dinero, no saben de lo que hablan.


 


El marxismo se opone por el vértice a la teoría cuantitativa: “los precios no son altos o bajos porque circule mucho o poco dinero, sino que circula mucho o poco dinero porque los precios son altos o bajos” (Marx, 1989: 129). Pero Marx también afirma que la emisión monetaria desvaloriza el billete. Rolando Astarita señala correctamente que “las dos afirmaciones están contenidas en la teoría de Marx y las dos son perfectamente compatibles. La primera afirmación es el eje de la crítica de Marx a la teoría cuantitativa. Esto es, dados los precios y dada la velocidad de circulación y la masa de mercancías, sólo circula la cantidad de dinero necesaria, y el resto se atesora. Sin embargo, Marx también sostiene que la emisión de billetes sin el respaldo correspondiente los desvaloriza” (Astarita, 2011).


 


Marx y sus falsificadores


 


Los economistas K pretenden oponer al supuesto “monetarismo” de la izquierda marxista, incluido el Partido Obrero, lo que sería, según ellos, la auténtica concepción de Marx. Pero, en su afán por tratar de encontrar un respaldo teórico en la obra de Marx, manipulan las citas y confunden conceptos y cuestiones bien diferentes.


Marx distingue las leyes de la circulación del dinero (aquí encaja su crítica a la teoría cuantitativa) de lo que él llama la “ley específica de la circulación de billetes” (Marx, 1999: 156) que dice que la cantidad de papel moneda (estamos hablando del billete de curso forzoso) que ha de circular, representando simbólicamente al oro o la plata, habría de limitarse a la cantidad de oro o plata que circularían si no estuviera el billete. Si la cantidad de papel supera esa medida -o sea, la cantidad de monedas de oro o plata que dice representar-, inevitablemente terminará por representar simbólicamente una menor cantidad de oro o plata. “Esto no tiene nada que ver con la teoría cuantitativa. Aquí lo único que se está diciendo es que el valor del signo depende de la relación entre su cantidad y el dinero mercancía en lugar del cual circula -y que representa. Por eso constituye un grueso error confundir esta relación específica entre signo y respaldo con la teoría cuantitativa. Observemos que la misma relación se puede establecer en el caso en que el billete en circulación sean pesos y el respaldo sean dólares o euros” (Astarita, 2011).


 


Esta distinción queda muy clara en otro pasaje de la obra de Marx: “la cantidad de los billetes de papel está determinada por la cantidad de dinero de oro que los mismos representan en la circulación y, puesto que sólo son signos de valor en la medida en que lo representan, su valor está simplemente determinado por su cantidad. Por lo tanto, mientras que la cantidad del oro circulante depende de los precios de las mercancías, el valor de los billetes de papel circulante depende exclusivamente, por el contrario, de su propia cantidad” (Marx, 1980: 107-108).


 


Marx explica que la emisión parece abolir la ley económica (que dice que los precios de las mercancías no están determinados por la cantidad de dinero): “Es imposible arrojar fuera de la circulación a los billetes que ya se hallan dentro de ella (…) Separados de su existencia funcional, se transforman en indignos colgajos de papel. Sin embargo, este poder del Estado es mera apariencia. Podrá lanzar a la circulación la cantidad de billetes de papel que quiera con la denominación monetaria que desee, pero con este acto mecánico cesa su control. Una vez que la circulación se adueña de él, el signo de valor o papel moneda sucumbe a sus leyes inmanentes” (ídem: 108). Dichas leyes se sintetizan en la premisa de que el valor del billete depende de la relación entre su cantidad y el respaldo en lugar del cual circula. Las leyes de la circulación aparecen invertidas: “En la circulación de los signos de valor, todas las leyes de la circulación real de dinero aparecen invertidas y puestas cabeza abajo. Mientras que el oro circula porque tiene valor, el papel tiene valor porque circula. Mientras que, con un valor de cambio determinado de las mercancías, la cantidad del oro circulante depende de su propio valor, el valor del papel depende de su cantidad circulante. Mientras que la cantidad del oro circulante aumenta o disminuye con el aumento o la disminución de los precios de las mercancías, éstos parecen aumentar o disminuir con el cambio en la cantidad de papel circulante” (ídem: 110).


 


Algo más sobre la teoría cuantitativa


 


La teoría monetarista -o teoría cuantitativa- sostiene que si aumenta la cantidad de dinero aumenta el nivel de precios.


 


Montesquieu lo expresaba así: “La fijación del precio de las cosas depende siempre, y en lo fundamental, de la proporción que existe entre el total de las cosas y el total de los signos” (citado por Marx, 1999:151-152). David Hume, quien postuló la idea de los ajustes automáticos de la balanza de pagos, también consideró que el valor del dinero estaba determinado por la relación entre su cantidad y la cantidad de bienes por los cuales se habría de cambiar. Más tarde, David Ricardo también adhirió a la teoría cuantitativa, aunque defendía la teoría del valor trabajo. Finalmente, la teoría adquirió su formulación clásica con Irving Fisher, a principios del siglo XX. Fisher propuso la fórmula que todavía hoy aparece en los manuales de macroeconomía, para introducir a los alumnos en la teoría monetaria:


 


MV = PT


 


M es la masa de dinero; V es la velocidad de circulación del dinero, T son las transacciones y P el nivel de precios.


Debido a que los mercados tienden al pleno uso de los recursos, T está “dada”, y no se puede modificar; por lo menos, no en el corto plazo. A su vez, y siempre según Fisher, la velocidad del dinero es estable (no rígida, sino estable), porque depende de factores institucionales. Por último, la masa de dinero es exógena a la economía. Esto significa que puede ampliarse “desde fuera”: el dinero “se inyecta”.


 


Establecidas así las cosas, tenemos todos los elementos para comprender las relaciones causales de la teoría cuantitativa. Según ésta, si aumenta la masa monetaria, dado que V es estable, y T está dada, sólo pueden aumentar los precios (para un desarrollo pormenizado de este tema ver Astarita, 2011).


 


Los críticos


 


En oposición a la teoría cuantitativa, hay una larga tradición crítica. Una tradición que podemos remontar a James Steuart Tooke y John Fullarton, y que luego recoge Marx.


 


Steuart ve al dinero como medio de pago y medio de compra, y ambos como demanda de dinero en efectivo; para este economista, la situación del comercio, de la manufactura, del modo de vida y de los gastos tradicionales de los habitantes son los factores que “regulan y determinan” la cantidad de la demanda de dinero en efectivo. El “precio de mercado de la mercancía resulta determinado por la intrincada operación de demanda y competencia totalmente independientes de la masa de oro y plata existente en un país”; ¿qué sucede, entonces, con el oro y la plata que no se requieren como moneda? “Se acumulan como tesoro o se elabora como material de artículos suntuarios”, contesta Steuart.


 


Marx califica de falsa la premisa de Ricardo de que el oro es sólo moneda, “por lo cual todo el oro importado incrementaría el dinero circulante, haciendo aumentar los precios en consecuencia, mientras que todo el oro que se exporte reduciría la moneda, provocando, por lo tanto, la baja de los precios, es una premisa teórica que en este caso se convierte en el experimento práctico de hacer circular tanta moneda como oro existente haya en cada caso (…), la teoría de Ricardo aísla el dinero en su forma fluida como medio de circulación, concluye por atribuirle al aumento y a la disminución de los metales preciosos una influencia absoluta sobre la economía burguesa, tal como jamás la había soñado la superstición del sistema monetario”.


 


Basándose en la investigación de Thomas Tooke, de los precios de las mercancías desde 1793 hasta 1856, Marx señala que “la vinculación directa entre los precios y la cantidad de los medios de circulación, tal como la postula la teoría, es una simple quimera, que la expansión y contracción de los medios de circulación, manteniéndose constante el valor de los metales preciosos, es siempre efecto y nunca causa de las fluctuaciones de precios, que la circulación dineraria en general es sólo un movimiento secundario, y que, en el proceso real de la producción, el dinero adquiere aún muy otras determinaciones formales que la del medio de circulación” (Marx, 1980: 180).


 


Marx es un crítico de Hume y Ricardo con respecto al dinero metálico y su determinación de los precios y se acerca, hasta retomar como suyas, a las posiciones de James Steuart, fundamentadas con la investigación de Tooke. La misma ley que vimos para el oro, con relación a los precios de las mercancías, se aplica para la moneda subsidiaria -es decir, de las monedas de oro o metálicas que entran en circulación en reemplazo del oro o el metálico puro. No hay duda de que Marx determina la cantidad de dinero por los precios de las mercancías, y no los precios por la cantidad de dinero.


 


Es necesario, por último, analizar el papel moneda de curso obligatorio. En los países con circulación desarrollada de mercancías, la necesidad de la circulación de dinero obliga a la desmetalización de la moneda y se adoptan otros símbolos o signos, como el papel, que sin tener valor implícito representa al valor del oro.


 


El papel moneda ya no obedece a las mismas leyes que se aplican en el patrón metálico, las leyes se violan desde fuera con la intervención del Estado y la emisión de billetes de papel, las leyes aparecen invertidas y puestas de cabeza, el papel parece que tiene valor, el poder del Estado es sólo apariencia, el papel moneda sucumbe a sus leyes inmanentes y, finalmente, Marx afirma que los precios de las mercancías “parecen aumentar o disminuir con el cambio en la cantidad de papel circulante” (ídem: 110).


 


Según la teoría cuantitativa, el Banco Central inicia el proceso de creación de dinero y los bancos son transmisores y multiplicadores de esa emisión original. En cambio, para los adversarios del monetarismo, la creación de dinero es un proceso esencialmente endógeno: los iniciadores del proceso de creación de dinero son las empresas, que solicitan créditos a los bancos. Los bancos otorgan los créditos y el Central genera el respaldo a estos créditos. El dinero se genera y aumenta conforme se expande la actividad económica.


 


Reserva, base monetaria y soberanía


 


El monetarismo excluye una política monetaria autónoma. El Banco Central, de acuerdo a este criterio, debería restringirse a actuar como una suerte de caja de conversión. La base monetaria debería ser similar al nivel de reservas, lo cual -como lo admite Andrés Asiain- no blinda al país en caso de una corrida, ya que el dinero en circulación excede holgadamente la base monetaria, si tenemos en cuenta que los bancos comerciales crean también dinero, a lo cual había que agregar las colocaciones e inversiones financieras que rápidamente se pueden hacer líquidas. Pero eso no puede ser un pretexto y pantalla para una piedra libre y una invitación a una emisión ilimitada. Sin embargo, esto es lo que sostiene Asiain sin pelos en la lengua, con el argumento de que “el dinero en circulación es un pasivo sui generis, ya que no es convertible y no debe tener respaldo en reservas”, amparándose en que las razones son sólo “estructurales” (Asiain, 2015). Así, por ejemplo, el Banco Central, en su informe de la programación monetaria para 2013, atribuye las causas de la inflación a “la presencia de desequilibrios en la estructura productiva, los ‘cuellos de botella’ en determinados sectores, la puja distributiva, la formación oligopólica de precios y los shocks exógenos de precios internacionales”.


 


La relación entre reservas y base monetaria no tienen por qué ser del 100 por ciento, como lo proclamaba Domingo Cavallo bajo la convertibilidad, sino que el nivel de ambas variables debería estar subordinado a las necesidades del proceso económico, dirigido a apuntalar un desarrollo independiente y soberano del país. Esto no ocurrió en los ’90, cuando las reservas fueron el reaseguro para que los acreedores pudieran disponer de las divisas necesarias en el momento que decidieran salir del país, que fue lo que terminó sucediendo, provocando el vaciamiento en pocos meses de la arcas del Banco Central. El corralito consecuente tuvo como destinatario al pueblo argentino, que fue el que terminó soportando la confiscación de sus ahorros.


 


Bajo la época K, la política oficial ha consistido en el uso las reservas para pagar la deuda usuraria, incluso al extremo de bloquear las importaciones y paralizar el funcionamiento de la industria y el aparato productivo. La Presidenta se jacta de ser una pagadora serial, admitiendo que el país ha desembolsado 180.000 millones de dólares durante la llamada “década ganada”. Es un precio muy caro para un país que necesitaría esos recursos para satisfacer necesidades sociales apremiantes, como salud, vivienda o educación. El “desendeudamiento” ha tenido como contrapartida un endeudamiento interno, y la principal fuente de financiamiento ha sido el Banco Central. Esto tampoco ha sido gratuito. El costo ha sido un encarecimiento del crédito, que viene siendo acaparado preferentemente por el Estado, minando posibilidades de fi- nanciamiento al conjunto de la economía nacional. Los grandes beneficiados han sido los bancos, los cuales han cosechado utilidades siderales prestándole al Estado. Sólo por sus inversiones en letras de tesorería, se calcula que este año embaldosarían unos 10.000 millones de dólares.


Que la “patria financiera” esté al tope de ranking de beneficios empresarios es un balance lapidario de la gestión K.


La relación entre reservas y circulante no es una relación mecánica. Para sostenerse, la paridad establecida no necesariamente exige la convertibilidad de toda la base monetaria a la moneda respaldo. Se trata de una relación compleja y sometida a múltiples mediaciones, hasta políticas. Esto se aplica incluso al patrón oro. Durante largos períodos, durante el siglo XIX, el Banco de Inglaterra mantenía una reserva en oro relativamente pequeña con relación a la base monetaria. Sin embargo, en tanto se mantenía la confianza en la convertibilidad a la paridad establecida oficialmente, la libra conservaba su valor. Algo similar se aplica a la relación entre las monedas nacionales y las reservas internacionales.


 


En el marco de esta relación compleja, existe la posibilidad de que se desencadenen procesos inflacionarios debido a la pérdida de valor del equivalente doméstico con relación a las divisas de respaldo. Una lectura interesante es la que hace el economista e historiador Guillermo Vitelli, cuando sostiene que las grandes rupturas de la estabilidad de precios en Argentina, al menos a partir de 1948, estuvieron vinculadas con las devaluaciones de la moneda, no a la emisión monetaria. El tipo de cambio inicia la estampida: “Esta fue la mecánica impulsora de la ruptura que tiene validez de carácter universal, ya que en todo quiebre, cualquiera haya sido su explicación (…) el tipo de cambio fue el precio que siempre creció previa o simultáneamente a su inicio, anticipándose en su expansión a los restantes precios” (Vitelli, 1986: 90). Lo mismo se aplica a la inflación que arranca con la devaluación de 2001-2002. De ahí también que en procesos de alta inflación, las funciones del dinero local son cumplidas, en grado cada vez mayor, por el dinero-divisa, refugio último de valor. En cuanto medida de valor, los precios -inmobiliarios, vehículos y otros- se fijan en dólares; los atesoramientos pasan al dólar; se utiliza la divisa como medio de pago (cancelación de deudas hipotecarias y similares) y, en el extremo, la moneda respaldo se utiliza como medio de cambio. En cualquier caso, se profundiza la desvalorización del equivalente local, elevando más y más los precios. Ocurre porque el dinero está perdiendo valor por su relación con el respaldo, y esto se traduce en el aumento de los precios domésticos (Astarita, 2013).


 


Monetarismo nac & pop


 


Por otra parte, si la emisión monetaria para financiar el déficit fiscal -como sostienen Asiain y los kirchneristas en general- no provoca inflación, ¿por qué razón el gobierno se empeña en esterilizar el dinero en circulación? La realidad es que el Banco Central viene aplicando a rajatabla la receta monetarista; a saber: controlar la cantidad de dinero mediante la esterilización monetaria, dando lugar a un negocio excepcional para los bancos.


 


YPF, a su turno, acaba de hacer una emisión propia de deuda externa. Es un calco de lo que hacía Martínez de Hoz, quien endeudó a YPF en dólares a cambio de pesos. Pedir dólares para invertir en pesos es, sin embargo, una práctica característica del monetarismo, que los K venían denostando, atribuyéndola al neoliberalismo. Ambas son manifestaciones de bancarrota política y sometimiento nacional.


 


El monetarismo sostiene que, en una economía abierta, con tipo de cambio fijo, el gobierno no puede tener una política monetaria autónoma. Es lo que se conoce como el trilema: o bien se renuncia al tipo de cambio fijo o a la política monetaria, o a la economía abierta, porque las tres cosas no se pueden tener al mismo tiempo. Si hay excedente en la balanza de pagos y el Banco Central no quiere que la moneda se aprecie y sostiene el tipo de cambio, entonces debe absorber las divisas que entran emitiendo moneda nacional. Pero, si hace esto, crece la base monetaria y, por el principio del multiplicador, también la masa monetaria, lo cual -según el esquema monetarista- generaría inflación.


 


Esta tesis no tiene presente que quienes liquidan dólares a cambio de pesos son empresarios capitalistas, los cuales de esta manera cierran el ciclo de valorización de sus capitales. Por eso es absurda la idea de que “el BCRA emite más pesos de los que la gente quiere tener en sus bolsillos” (Martín Redrado dixit). “Si los exportadores liquidan dólares es porque quieren tener pesos. Y estos capitalistas toman entonces la decisión de relanzar, o no, ese dinero al circuito de valorización. En la medida en que en el siguiente ciclo contraten más mano de obra y medios de producción, se amplía la producción, y no existe una razón particular para que aumenten los precios de los bienes.


Por eso, en este escenario, la creación de dinero a causa del excedente comercial significa el aumento de la masa monetaria que está respondiendo al incremento de la actividad económica” (Astarita, 2013).


 


Además, es importante comprender que los capitalistas lanzan a la circulación el dinero que es necesario para la realización del circuito de valorización, y el resto lo atesoran, como subrayaba Marx. En los sistemas bancarios y monetarios modernos, ese aumento de las tenencias monetarias representa el aumento de los depósitos bancarios y de la capacidad prestable.


 


El ministro de Economía, Axel Kicillof, ha sostenido reiteradamente que la inflación no es un problema para los trabajadores. Esto no resiste el menor análisis de la historia pasada ni reciente. Está claro que el ministro no da puntada sin hilo y hoy tenemos los resultados, porque detrás de estas aseveraciones antojadizas se ha puesto en marcha la cruzada para colocar un techo a los salarios. La inflación (que, mal que le pese a los K, tiene una de sus principales fuentes en la emisión) es reconocida plenamente a los acreedores de la deuda, pero se disimula su alcance a la hora de la negociación salarial. Los K actúan con dos varas muy distintas, según cuál sea el destinatario de las medidas que promueve.


 


Asiain sostiene que otros bancos centrales están en peor estado que el argentino. Habría que desempolvar el viejo dicho, no por eso menos acertado, que dice: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Según Asiain, si nos aferráramos al mismo parámetro que se utiliza para juzgar la situación del BCRA, habría que concluir que “estaría quebrada la mayor parte de los bancos centrales del mundo”. A Asiain no le entra en la cabeza que eso es precisamente lo que está ocurriendo, y en esto estriba la envergadura de la actual bancarrota capitalista, que ha adquirido un alcance internacional. La economía mundial está sentada en un tembladeral, porque el defol inicial de los bancos y empresarios se ha transformado en un “defol soberano” -es decir, un virtual estado de cesación pagos en que han entrado los Estados y sus bancos centrales. Ahí tenemos a Grecia al borde del colapso y el posible contagio que esto podría provocar en todo el continente europeo, llevándose puesta a la Unión Europea. El Estado norteamericano estuvo al borde del defol el año pasado hasta que el Congreso aprobó aumentar los topes de endeudamiento que habían llegado a su techo. Lo mismo se extiende a un conjunto de Estados y municipios norteamericanos. Hay que agregar que, en el último año, esta situación se ha propagado con fuerza a los países emergentes, que sufren por partida doble la caída de los precios internacionales de los commodities y de materias primas, y la fuga de capitales, replanteando un escenario de defol. El libreto K, por más que pretende disimularse con un ropaje distinto, no difiere del que vienen ejecutando los gobiernos y metrópolis imperialistas: rescatar al capital haciéndole pagar la crisis a los trabajadores. Esta política no es novedosa, es la receta que vino aplicado el kirchnerismo a lo largo de todo su mandato. El país, luego de una década K, se aproxima a una nueva bancarrota.


 


 


*Pablo Heller es economista, docente en las carreras de Historia y Sociología de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Instituto Gino Germani. Dirigente del Partido Obrero, fue asesor de numerosos colectivos de trabajadores, como Sasetru Gestión Obrera, Hospital Francés, Parmalat y Transportes del Oeste-Ecotrans. Es autor de Fábricas Ocupadas (Argentina 2000-2004) y coautor de otros libros tales como Contra la cultura del trabajo y Un mundo maravilloso (capitalismo y socialismo en la escena contemporánea). Sus artículos aparecen regularmente en Prensa Obrera y En defensa del marxismo.


 


 


Bibliografía


 


Asiain, Andrés (2015): “‘La quiebra del Banco Central’”. Página/12, 22 de febrero.


 


Astarita, Rolando (2011): “Emisión monetaria y una crítica desafortunada”. Disponible online en www.cor.to/astaritamonetar.


 


—.— (2013): “Debate sobre la inflación en Argentina IV”. Disponible online en www.cor.to/astaritainflaci


Banco Central de la República Argentina (2012): Programación 2013. Objetivos y planes para el desarrollo de la política monetaria, financiera, crediticia y cambiaría. Ciudad de Buenos Aires, diciembre.


 


Marx, Karl (1980): Contribución a la critica de la economía política, México, Siglo XXI.


 


—.— (1989): Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI.


 


—.— (1999): El capital, México, Siglo XXI.


Ramal, Marcelo (2014): “La quiebra del Banco Central”. Prensa Obrera N° 1.320, 26 de junio de 2014.


Vitelli, Guillermo (1986): Cuarenta años de inflación en Argentina: 1945-1985, Buenos Aires, Legasa.


 

El MIR (Praxis) en la historia del movimiento obrero argentino

A propósito de un reportaje a Silvio Frondizi


El libro Las izquierdas en el proceso político (Editorial Palestra, Buenos Aires, 1959) fue una compilación de reportajes a referentes políticos de la izquierda. Uno de ellos, reproducido en el número 43 de En defensa del marxismo (diciembre 2014), le fue hecho a Silvio Frondizi, en ese entonces dirigente del grupo Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Praxis), fundado por él en 1956 y disuelto de hecho antes de una década de existencia. Ese reportaje es el que motiva este comentario. Silvio fue asesinado por la Triple A hace más de cuarenta años, un 27 de septiembre de 1974.


 


Analizar las posiciones de Silvio Frondizi (y de su corriente, en tanto tuvo existencia) tiene una importancia que debe ser explicada. El MIR y su mentor constituyen un capítulo con peso propio en la historia del movimiento obrero y de la izquierda revolucionaria del país. Su aporte histórico fue el intento, absolutamente original para el período, de elaborar un programa revolucionario para nuestro país. Este quedó básicamente planteado en los dos tomos de La


 


Realidad


 


Argentina, aparecidos entre 1955 y 1956, luego reeditada en 1973, un análisis de la fase de desarrollo del capitalismo mundial y nacional y de las tareas democráticas, agrarias, nacionales que debía tomar en sus manos la revolución proletaria. Constituyen, por lejos, sus obras más ambiciosas y textos de referencia sobre la historia política del país y, en particular, de la izquierda. En una Argentina en la que este sector estaba dominado por un Partido Comunista rabiosamente estalinista y donde existían tres organizaciones trotskistas de cierto desarrollo, pero esencialmente sometidas al peronismo y la burocracia sindical, el MIR produjo una delimitación del peronismo, del estalinismo y del “desarrollismo” (nombre que tomaría luego la experiencia llevada adelante durante la presidencia de su hermano Arturo -1958/62), procuró elaborar un programa y, dentro de profundos límites, intentó construir una organización política revolucionaria. Tuvo el indisimulable mérito de trazar una delimitación respecto al nacionalismo burgués -peronismo- que estuvo por delante de la elaboración de la izquierda existente en el país y antes de cualquier otra expresión política.


 


El reportaje a Silvio Frondizi que vamos a comentar fue publicado en 1959. Presumiblemente, fue realizado antes del ingreso de las columnas guerrilleras en La Habana (enero de 1959), porque la Revolución Cubana no es mencionada ni una sola vez.


 


Peronismo: “ni fascista…


 


Silvio Frondizi fue el primero en caracterizar al peronismo como un bonapartismo, “esto es, una forma intermedia, especialísima de ordenamiento político, aplicable a un momento en que la tensión social no hace necesario aún el empleo de la violencia, que mediante el control del aparato estatal tiende a conciliar las clases antagónicas, a través de un gobierno de aparente equidistancia, pero siempre en beneficio de una de ellas -en nuestro caso, la burguesía”, reivindicará en el reportaje.


 


Había sido León Trotsky, veinte años antes, quien había formulado este colosal aporte teórico sobre los regímenes y métodos de gobierno de los países atrasados, analizando la experiencia en México de Lázaro Cárdenas, ejecutor de la expropiación del petróleo a los pulpos ingleses y norteamericanos. En los países industrialmente atrasados, “el gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista, sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases”, planteó entonces (Trotsky, 1974). Podía evolucionar hacia el sometimiento al capital extranjero, bajo la forma de una dictadura policial o representar, a su modo, las tendencias nacionales que entraban en choque con el imperialismo -una peculiaridad que atribuía al gobierno mexicano de entonces.


 


Esta caracterización de Silvio Frondizi lo colocó muy por delante del movimiento político y de la propia izquierda de su tiempo. Desmanteló la caracterización de fascismo hecha contra el régimen peronista por la Unión Democrática y la izquierda que militó en su seno -socialistas y comunistas. Ocurre que el peronismo no se correspondía con un régimen cuyo método no era el aplastamiento físico de las organizaciones obreras por las bandas de la pequeño burguesía como fuerza de choque del gran capital, sino el encierro de los trabajadores en un “flexible pero sólido y eficiente mecanismo de estatización sindical”, como reiterará en el reportaje.


 


Pero, a la vez, se colocó por delante de las corrientes del trotskismo de la época. La mayoría de los grupos que reconocían esta raíz caracterizaron al peronismo como un movimiento reaccionario (entre ellos Abelardo Ramos, antes de consumar el descubrimiento de las virtudes del nacionalismo burgués y pasarse con armas y bagajes a ese campo). Nahuel Moreno asimiló, hasta fines de 1951, a la burguesía nacional con el imperialismo, negando la peculiaridad de los movimientos nacionalistas de masas de contenido burgués. Para su corriente, los roces de la burguesía de los países atrasados con las metrópolis no sólo “no debilitan el frente único imperialismo-burguesía nacional [sino que] la crisis fortalece cada vez más ese frente único” (Moreno, 1951). Silvio Frondizi lo refutaría de modo simple y contundente: “es evidente que aquí se confunden dos cosas: la tendencia de los gobiernos de los países semicoloniales, con los límites de esa política” (Frondizi, 1956). Para Moreno, hasta este período, Perón era un agente inglés, una caracterización compartida por Milcíades Peña. No niega la diferenciación entre los países opresores y oprimidos, ni la progresividad que puede tener el nacionalismo en éstos últimos, pero es incapaz de llevar esta caracterización a un terreno concreto, al caracterizar a todo movimiento nacionalista de contenido burgués como reaccionario : “todo gobierno burgués argentino será el agente de Inglaterra” (Moreno, 1951).


Imposible disociar esta apreciación de otra: para esta corriente, la clase obrera bajo Perón estaba representada por los partidos comunista y socialista, protagonistas, a su vez, de la Unión Democrática, y el 17 de octubre había sido una algarada de lúmpenes, trabajadores confundidos y policías.


 


La percepción política de Silvio Frondizi estuvo a kilómetros luz de estas posiciones. Ya en un texto de 1946 sostenía que el peronismo había llegado de la mano de “la primera rebelión de las masas argentinas (…) de incalculables proyecciones históricas”, y que su advenimiento era revelador del lugar que había adquirido la cuestión social en el país. En el mismo texto va a denunciar a quienes habían sostenido que el 17 de octubre era una creación de la “chusma vomitada por las barriadas fangosas de Avellaneda, Berisso y Alta Córdoba” y que “desde el punto de vista de las fuerzas de izquierda, el saldo de la Unión Democrática es sencillamente desastroso” (Frondizi, 1946).


 


En el reportaje de 1959, Frondizi volverá sobre un punto que reivindicó tempranamente en el peronismo, el desarrollo de la conciencia de clase política del obrero, la incorporación de la masa a la vida política activo. El nacionalismo está obligado, por su naturaleza y su lugar entre las clases, a impulsar el despertar político de las masas y el peronismo no fue la excepción. Abrevó ideológicamente del nacionalismo de derecha y opuso al liberalismo oligárquico -el liberalismo burgués jamás levantó vuelo en la historia del país- el planteo de integrar a los trabajadores al régimen político y al Estado, lo que sin embargo, fue de la mano de la regimentación de las clases sociales por el Estado burgués -allí está el empeño de Perón por disciplinar a los sindicatos y montar una burocracia adicta. Una integración que Silvio Frondizi analiza rigurosamente en la parte final del capítulo dedicado al peronismo en el primer tomo de La Realidad Argentina.


 


…ni movimiento de liberación nacional”


 


“La acusación de fascismo lanzada contra el régimen peronista carece de tanto fundamento como la posición que consideró a este un movimiento de liberación nacional”, dirá Frondizi en el reportaje, desde ya que no por primera vez. Una crítica a la disolución en el peronismo de la llamada izquierda nacional (Abelardo Ramos) y de la corriente orientada por Nahuel Moreno, que dejó atrás su experiencia contra el peronismo, consumando un viraje de 180 grados en 1954, disolviéndose en el Partido Socialista de la Revolución Nacional, sin hacer ascos al hecho de que éste se definía como “una tendencia del movimiento peronista”.


 


Silvio Frondizi no caracteriza al peronismo como un movimiento de liberación nacional ni tampoco como un movimiento nacionalista burgués. En este punto, atribuye al peronismo un carácter bonapartista, lo cual es riguroso, pero esta caracterización se refiere sólo al régimen político y no al movimiento o partido político. ¿Qué es el peronismo?: “la tentativa más importante -y la última- de realización de la revolución democrático-burguesa en la Argentina”, dice en el reportaje, antes de afirmar que “a través de su desarrollo (…) ha llegado a representar a la burguesía argentina en general”. Dicha representación, dice, ha sido ejercida a través de una burocracia que lo independizó parcial y momentáneamente de esa burguesía. En otro texto, intentará definirlo como un movimiento que está determinado por el aumento de la presión popular y se caracteriza por “la acción demagógica directa del propio capitalismo” que conserva la dirección política, juntamente con el poder económico (Frondizi, 1948).


 


Por esta razón, en La crisis política argentina. Ensayo de interpretación ideológica, dirá que un elemento negativo del peronismo es “la falta absoluta de ideología que caracteriza la personalidad política del coronel Perón”, cuya consecuencia es “el lógico temor a las izquierdas” (Frondizi, 1946). Capta aquí que el peronismo es un movimiento sumido en el caos, consecuencia de la falta de programa y de contener a clanes rivales, lo que explica a su vez la necesidad de un caudillo que actúe como árbitro. Sin embargo, los movimientos nacionalistas constituyen un fenómeno político común a las naciones atrasadas, en las que se plantea la resolución de las tareas democráticas y la independencia nacional. El peronismo tiene similitudes con el resto de movimientos nacionalistas -Gandhi, Nasser, Chávez o cualquier otro- con diferencias que no responden a una doctrina particular, sino a las correlaciones diferentes entre las clases sociales que constituyen la nación y su distinto lugar en la economía y la política mundiales. ¿“Lógico temor a las izquierdas”? La experiencia histórica revela que, cuando el movimiento de las masas intenta ir más allá de los tímidos planteamientos de la burguesía nacional, los movimientos nacionalistas burgueses tienden a abandonar su coqueteo con las masas para mutar en instrumentos incondicionales del conjunto de las clases explotadoras y, en particular, del imperialismo.


 


Estos límites no le impiden a Silvio Frondizi delimitarse del peronismo. En el reportaje volverá a reafirmar que “la estructura tradicional de la economía argentina no sufrió cambios esenciales (bajo el peronismo): las raíces de su dependencia y de su deformación no fueron destruidas. Al agro no llegó la revolución, ni siquiera una tibia reforma.


Fueron respetados los intereses imperialistas, a los cuales incluso se llamó a colaborar, a través de las empresas mixtas. Tampoco se hicieron costear las obras de desarrollo económico al gran capital nacional e internacional”. Esta delimitación sobre los límites insalvables del peronismo en cuanto a la realización de las tareas democráticas y nacionales, que apareció en el tomo I de La Realidad Argentina en octubre de 1955, conserva toda su lozanía y su solo cotejo con las posiciones de la izquierda estalinista y trotskista de la época, sometida políticamente al nacionalismo, revela en Frondizi y en el MIR (Praxis) como una tercera fuerza política en ese espectro.


 


Cualquier investigación histórica debe evitar, antes que nada, el anacronismo. Corresponde analizar, no sólo los


niveles de justeza de un pensamiento, sino el escenario histórico preciso en que se desenvolvieron los hechos y la lucha política. Pasado este rasero, la contribución de Silvio Frondizi a la formulación de un programa y una política frente al nacionalismo burgués es indiscutible.


 


En este contexto deben analizarse sus límites. En el reportaje reitera que “durante su primer período de expansión y euforia, el peronismo tuvo también realizaciones en los distintos aspectos de la economía. En materia de transportes, se nacionalizaron los ferrocarriles y se incorporó nuevo material; la marina mercante argentina fue aumentada en sus efectivos (…) Hacia la misma época se fue dando gran impulso a la aviación, se completó la nacionalización de puertos (…) Otra realización recuperadora del peronismo en su período de auge ha sido la repatriación de la deuda pública externa”.


 


Frondizi exaltaba la operación “desendeudamiento” -producida sesenta años antes del matrimonio K- una operación cuya verdadera naturaleza se descubre leyendo el pacto Easy Miranda, suscripto en 1946, entre el gobierno peronista y el de su majestad británica. Allí se establece que los fondos en libras pertenecientes a la Argentina seguirían bloqueados en Londres en igual situación que antes, percibiendo un interés -0,52% anual- para el que la palabra insignificante es poco expresiva. Argentina sólo podía disponer esas libras, decía el acuerdo, para repatriar la deuda pública con los ingleses y rescatar inversiones, como en el caso de los ferrocarriles y otros servicios. Sobre el monto pagado por estos “hierros viejos” hay literatura abundante (lo hemos desarrollado en otro lado: Rath, 2011), por lo que las “realizaciones” quedan al nivel de fuego de artificio respecto a las tareas nodales de la revolución democrática.


 


Frente a otro gobierno “nacional y popular”


 


Cuando Silvio Frondizi responde a este reportaje, el MIR puede jactarse de ser la única corriente de la izquierda no peronista que había llamado al voto en blanco en las elecciones de 1958 que consagran a Arturo Frondizi, hermano de Silvio, como presidente de la Nación. Acompañó, de este modo, el aluvión de más de 600.000 votos en blanco (unos 860.000 si se suman los nulos) en un padrón de poco más de seis millones.


 


En el reportaje, Frondizi impugnará, aludiendo a la concepción que guía la presidencia de su hermano, “la teoría del gobierno nacional y popular, que, a falta de una burguesía nacional que industrialice el país, pretende que Estados Unidos le haga ese servicio gratuitamente”.


 


Arturo Frondizi asumió el gobierno en mayo de 1958, con banderas de resistencia al imperialismo y con el apoyo (negociado) de Perón. Debutó con una contrarreforma universitaria favorable a la creación de universidades privadas (impulsada por la Iglesia Católica), que fue respondida con una gigantesca movilización estudiantil universitaria -y hasta de secundarios- durante dos meses. A pesar de que las movilizaciones fueron derrotadas, dieron lugar a un viraje político en la conducción universitaria: por primera vez en la historia, la Federación Juvenil Comunista asumió la conducción de la Federación Universitaria Argentina (uno de sus puntales era la Fuba, la federación de centros de estudiantes de la UBA), fenómeno que va a perdurar hasta el final de la década (tras la escisión de 1967 que dio lugar a la formación del PCR, que “heredará” de la FJC la conducción universitaria nacional). Tempranamente, Arturo Frondizi encabezó un profundo giro proimperialista -devaluación, acuerdo con el FMI, contratos petroleros e inversiones extranjeras a la medida de los pulpos, privatizaciones. La resistencia obrera y popular, que tuvo su punto culminante en la huelga general de enero de 1959 en apoyo a la ocupación del Frigorífico Lisandro de la Torre contra el intento de privatizarlo, fue derrotada. Pero la derrota abrió también un cuestionamiento a las condiciones que la hicieron posible.


 


El MIR (Praxis), una pequeña organización, descolló en este período. Frente al impasse de las principales corrientes de la izquierda de la época, tuvo una virtud que explica que éste haya sido su momento de mayor influencia. Supo delimitarse de las ilusiones que despertó el frondicismo, en particular en la pequeño burguesía, y enfrentar el apoyo del resto de la izquierda (PC y Palabra Obrera -Nahuel Moreno- habían llamado a votar por el presidente “desarrollista” en función de la “orden” de Perón), en 1958. Silvio Frondizi denunciará esta política: “no creemos que haya sido acertado el apoyo de la extrema izquierda a la candidatura de Arturo Frondizi. Por lo que hace al MIR (Praxis), fue el primero en alertar sobre el peligro que entrañaba este gobierno para el proletariado y para el país. Si algún partido de izquierda apoyó esta candidatura, lo hizo en abandono de las posiciones revolucionarias, cosa que bien caro le estará costando ahora”. La izquierda de la época, con la excepción del MIR (Praxis), apoyó a “un gobierno de la burguesía nacional (que) no tenía otro camino que entregarse al amo yanqui, hegemónico socio” (Frondizi, 1959).


 


.y frente a Cuba


 


Este período coincide con la Revolución Cubana, que es, a su vez, una respuesta al ciclo revolucionario frustrado por las direcciones nacionalistas burguesas y pequeño burguesas en todo el período anterior (derrota de la revolución obrera en Bolivia, en 1952; impotencia del gobierno nacionalista en Guatemala frente al golpe de Estado de la CIA, en 1954; caída sin resistencia del gobierno peronista frente al golpe proimperialista en Argentina, en 1955). En el cuadro internacional, la Revolución Cubana fue el factor dominante y que mayor influencia tuvo sobre la radicalización de la generación de la época. En Argentina abrió una de las décadas más revolucionarias en la historia política del país -si no la más- continuada por el Cordobazo en el escenario histórico del Mayo del ’68 francés y de las derrotas yanquis en Vietnam. En enero de 1959, una guerrilla liderada por jóvenes treintañeros entró victoriosamente en La Habana, incluyendo al argentino Che Guevara, y pocos meses después enfrentaba al imperialismo norteamericano y producía la mayor expropiación de propiedades imperialistas y de la burguesía nacional en la historia de Latinoamérica. En 1960, el gobierno de la Revolución asumía públicamente un rumbo socialista. Las Declaraciones de La Habana no sólo fueron seguidas por millones de cubanos, sino por otros tantos en América Latina. Se trataba de la primera revolución socialista de nuestro continente, liderada por jóvenes que, además, hablaban español. El impacto en la Argentina y en el mundo fue mayúsculo.


 


Silvio Frondizi salió tempranamente en defensa de Fidel y los revolucionarios cubanos, se pronunció por el socialismo y acrecentó la influencia política del MIR (Praxis). La posición contrastó aún más frente al resto de la izquierda: el Partido Comunista había caracterizado a las guerrillas castristas como aventureras y en la isla era un factor contrarrevolucionario (mucho antes había sido aliado del dictador Fulgencio Batista y miembro de su gobierno durante la Segunda Guerra Mundial). Ocho meses antes de la victoria de la revolución, el periódico de Palabra Obrera (Nahuel Moreno) celebraba “dos hechos no decisivos pero sí interesantes: el fracaso del gorila Fidel en lograr la huelga general en Cuba y la resolución de Trujillo (dictador de la República Dominicana, nota nuestra) de conceder permiso de residencia al líder”, esto en referencia al exilio de Perón (las citas han sido extraídas del semanario publicado el 17 de abril de 1958). La caracterización de Fidel Castro como gorila y el dictador Batista como hermano gemelo del peronismo fue rectificada recién a fines de 1959 -o sea que durante dos años la organización liderada por Moreno abordó a la revolución cubana desde la contrarrevolución.


 


Los límites: la “integración mundial capitalista”


 


En el reportaje, Silvio Frondizi vuelve sobre lo que consideraba un aporte teórico suyo de relieve, planteado por primera vez en 1946: la teoría de la integración mundial capitalista. Considera una primera etapa histórica, abordada por Marx, caracterizada por el desarrollo primario del sistema capitalista, basado en la libre competencia, y una segunda, imperialista, desenvuelta por Lenin y expresada en la acentuación de la oposición de clases dentro de los países capitalistas, la oposición de las potencias imperialistas entre sí y la oposición entre éstas y las naciones de tipo colonial. Una etapa “a cuyo fin asistimos”.


 


Su aporte consistiría en advertir sobre una tercera etapa, “cualitativamente diferente del imperialismo”, caracterizada por la tendencia a una integración en el plano internacional, pero en la cual, lo distintivo, lo nuevo, está dado por condiciones históricas que permiten llevar a una potencia -Estados Unidos- al dominio del mundo capitalista y establecen un cambio en la forma de ese dominio. Este cambio, en su mirada, en las condiciones de dominio del país opresor, está caracterizado por la inversión industrial en oposición a lo que era la sujeción a través del intercambio comercial o el financiamiento. Frondizi caracteriza que el capital extranjero ha invertido históricamente en la industria nacional en diversas formas y establece una diferencia tajante entre el modo de actuar del capital británico y el norteamericano. “Por ser gran exportadora de artículos industriales de consumo y el paulatino retraso que fue sufriendo en su capacidad técnica general (…) Gran Bretaña no desarrolló industrias coloniales competitivas, y sí solamente aquellas típicamente coloniales o complementarias de otras inversiones coloniales, por ejemplo, frigoríficos, petróleo, talleres para ferrocarriles y tranvías” (Frondizi, 1955). En cambio, el dominio de Estados Unidos, sin dejar de lado instrumentos tradicionales de explotación -a través de empréstitos, concesiones en servicios públicos, minas, petróleo- habría manifestado una tendencia creciente a implantarse en la industria manufacturera a través de la exportación de industrias, con fábricas que son prolongaciones de grandes establecimientos industriales de las metrópolis. Para Frondizi, “a diferencia de Gran Bretaña, para quien un desarrollo industrial de Argentina -o, en general, de un país dependiente- implicaba la disminución de la demanda de los bienes de consumo, que ocupan un lugar primordial en sus exportaciones, el capital norteamericano (…) mucho podía ganar en un desarrollo industrial que controlaba, que le entregaba mercados dificultosos, que aumentaba la demanda de maquinaria, materiales de construcción, patentes y técnicos norteamericanos.” (Ídem).


 


Frondizi denunciará que la radicación de industrias de los países imperialistas en los países coloniales y semicoloniales -es el tiempo de la instalación en masa de fábricas automotrices en el país, bajo la presidencia de su hermano, Arturo- se produce de acuerdo con un plan riguroso de división del trabajo, con productos que no suponen una competencia seria con el país inversor y que excluye, en todos los casos, como ejemplo, la industria pesada.


 


También caracteriza un mundo polar, con Estados Unidos como potencia directora, y asigna una importancia peculiar a esta inversión industrial. Reiteradamente, va a invocar el giro político que encarna Roosevelt, y su polémica con Churchill, denunciando sus ideas de imperio “arcaicas y medievales” en relación a las colonias, en oposición a su pensamiento: “los métodos del siglo veinte comprenden la introducción de la industria en tales colonias” (Roosevelt, 1948).


 


Esta división tajante, entre las características de la inversión británica y norteamericana, es forzada. Uno y otro país actuaron en todos los órdenes de explotación del capital extranjero, con los límites que impusieron las guerras mundiales, las crisis capitalistas -1890, 1929- y la disputa interimperialista. Como es sabido, Gran Bretaña fue eliminada del podio de naciones avanzadas y su lugar tendió a ser ocupado por los Estados Unidos, aún antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero antes de este desplazamiento, el capital británico había disputado al norteamericano el liderazgo en la poderosísima, entonces, industria de la carne y luego en la textil. La crisis iniciada en 1929 hizo variar todo el escenario, desde el momento que el crecimiento industrial en la Argentina fue limitado al reemplazo de los productos industriales que ya no podían ser comprados en el mercado mundial, fruto de la caída del poder adquisitivo de las exportaciones primarias. Lo que Frondizi atribuye a una peculiaridad de la penetración norteamericana, en realidad comenzó a producirse con la industrialización bastarda de la década del treinta, en la que los países imperialistas, imposibilitados de enviar equipos completos a la Argentina por el derrumbe de los precios de sus exportaciones, optaron por instalar plantas de armado final para asegurar el negocio de la venta de partes (cuando la industria automotriz afincó sus 22 plantas, bajo la presidencia “desarrollista”, la cantidad de piezas importadas era del 70%… como ahora).


 


Lenin, en su obra clásica sobre el imperialismo, ya había refutado, treinta años antes, la caracterización y las conclusiones de lo que Frondizi considera la tercera etapa de “integración mundial capitalista”. El período imperialista no está caracterizado por la implantación de activos industriales en los países oprimidos (capital dinero), sino por el dominio del capital financiero, que expande su dominio en todos los órdenes. Lenin advierte sobre “la tendencia inevitable del capital financiero a ampliar su territorio económico y su territorio en general” (Lenin, 1971). Es decir, el capital que se halla a disposición de los bancos, y que utilizan los industriales, en el período en el que la concentración de la producción y del capital, se ha producido a un nivel tan elevado que ha conducido al monopolio.


 


No estamos en presencia de un período en el que el dominio imperialista mute de naturaleza.


En cualquier caso, Silvio Frondizi denunció las limitaciones insalvables de este tipo de inversiones, destructivas de una genuina industrialización en el país oprimido y, en principio, las va a caracterizar como pseudo (falsas) industrializaciones. Por la misma época, Jorge Abelardo Ramos caracterizaba a estas inversiones como una “contradicción con la política imperialista como tal” e incluso “el fin del imperialismo” en el país (Ramos, 1953).


 


Los límites: ¿atenuación de las contradicciones entre el capital nativo y el imperialismo?


 


De esta supuesta nueva fase de integración mundial, el dirigente del MIR va a extraer dos conclusiones que considera estratégicas.


 


Una, que está planteada la modificación del sistema colonial vigente hasta entonces y su reemplazo por otro en el que el país dominante cede en el aspecto político para arrancar un dominio económico mucho más completo.


 


Dos, que la nueva etapa plantea una atenuación de la contradicción entre el capital imperialista y el capital nacional, en la medida que tiende a conformarse un frente mundial capitalista. En sus palabras: “se atenúan las diferencias nacionales, se universaliza la situación política”.


 


No es cierto que una nueva fase en el desarrollo capitalista “atenúe las contradicciones entre el capital imperialista y el capital nativo, por el domino del primero por el segundo”. La naturaleza del imperialismo implica todo lo contrario. Lenin va a combatir “la idea profundamente errónea, que lleva el agua al molino de los apologistas del imperialismo, según la cual la dominación del capital financiero atenúa la desigualdad y las contradicciones de la economía mundial, cuando en realidad lo que hace es acentuarlas” (Lenin, 1971).


 


Desde el punto de vista económico, el dominio imperialista supone la agudización de las diferencias de nivel en el desarrollo de la economía en las distintas regiones y naturalmente la perpetuación del atraso en la mayoría de los países, lisa y llanamente porque es el origen de los superbeneficios de los monopolios. La opresión imperialista, lejos de unificar a la nación (a sus clases sociales) la escinde. Tiende a quebrar el supuesto “frente nacional” que proclama el nacionalismo burgués entre la burguesía nativa y el proletariado, desde el momento que éste sufre la explotación combinada del capital extranjero y el nacional, en una lucha constante por un mayor plusvalor.


 


En ningún momento Frondizi va a caracterizar que estamos en presencia de una fase de decadencia y descomposición capitalista, habla del capitalismo “en esta etapa de su evolución” (Frondizi, 1948). Cuando Lenin identifica la época del imperialismo como “época de guerras y revoluciones” expresa claramente tanto el fenómeno de la descomposición económica y la tendencia a la opresión (cuyo resultado es la guerra imperialista), como el hecho de que crea las condiciones objetivas para la revolución proletaria como defensa frente a la barbarie. “De todo lo que llevamos dicho más arriba sobre la esencia económica del imperialismo, se desprende que hay que calificarlo como capitalismo de transición o, más apropiadamente, agonizante” (Lenin, 1971).


 


Los límites: el peronismo y la revolución democrática


 


“El peronismo ha sido la tentativa más importante y la última de realización de la revolución democrático-burguesa en la Argentina, cuyo fracaso se debe a la incapacidad de la burguesía nacional para cumplir con dicha tarea”, dirá Silvio Frondizi en el reportaje.


 


Caracterizará que la floreciente situación económica que vivía el país al finalizar la Segunda Guerra fue la base objetiva para la existencia y actuación del peronismo y que éste confió en su continuidad, por las necesidades de los países afectados por la guerra y la creencia en una nueva guerra, que creía inminente. Pero, una nota original en el esfuerzo de Frondizi por caracterizar el peronismo es que éste habría sido posible por una coyuntura internacional propicia: un “interregno”, dirá, en el que un imperialismo -el inglés- se encuentra en retirada y otro, el yanqui, aún no ha podido desplegar todo su dominio. “Una circunstancia excepcional y transitoria”, vale remarcar lo de transitoria, que “posibilitó cierto bonapartismo internacional -correlativo al que se practicó en el orden nacional” (Frondizi, 1959).


 


En esta circunstancia excepcional se aminoró la presión del imperialismo, “haciendo creer al general Perón en la posibilidad de una resonante victoria: la revolución nacional democrático-burguesa sería realizada por primera vez” (Frondizi, 1955). Una circunstancia excepcional y transitoria habría engendrado en casi todas las corrientes políticas del país enormes ilusiones sobre las posibilidades de una revolución que arrancase la autonomía nacional.


 


El razonamiento deja planteado dos contradicciones de importancia.


 


Una: Frondizi caracterizó correctamente la incapacidad de la burguesía nacional y la pequeña burguesía para dirigir la lucha por la liberación nacional y la revolución democrática. Sin embargo, al definir al peronismo como “la última tentativa de revolución democrático- burguesa” le atribuyó la representación de una burguesía interesada en esa revolución.


 


Dos: Frondizi caracteriza correctamente al peronismo como bonapartista. Pero un régimen bonapartista neutraliza la pelea entre las clases en pugna y establece, vía regimentación de las masas, un arbitraje capaz de imponer la estabilidad política para preservar los intereses de las clases dominantes. Es un régimen de excepción, que viene a actuar frente a la completa crisis del régimen político y los partidos tradiciones. La pregunta es: ¿cómo un gobierno bonapartista podía ser capaz de consumar una revolución democrática?


 


Los límites: la revolución política, el trotskismo, la IV Internacional


 


En el reportaje, Silvio Frondizi define, quizá con una claridad que no aparece en otros textos, su caracterización de los Estados obreros degenerados de la época y la entonces burocracia del Kremlin. “Cualquiera sea la falla que presenten los países socialistas, representan una avanzada hacia elprogreso; a la fuerza de éstos -Unión Soviética, Yugoeslavia, las democracias populares, China- debe agregarse la tremenda fuerza que representa el proletariado mundial” (Frondizi, 1959). Critica a la burocracia estalinista, no como una capa expropiadora de la revolución, agente de la contrarrevolución y de la restauración capitalista en los Estados obreros, sino como una dirección que ha errado el rumbo, en la medida que actúa “de acuerdo a su definida política de no llevar adelante el proceso revolucionario mundial, porque es necesario desintegrar el frente capitalista, tratando de abrir una brecha entre Estados Unidos, Inglaterra, Francia” o adopta la teoría del socialismo en un solo país y la coexistencia pacífica (Frondizi, 1956). Reivindica a la burocracia estalinista china, “que marca la terminación de lo que podríamos llamar la era estalinista”, desde el momento que ha roto el monolitismo soviético. Por estas razones no se encontrará una sola línea escrita por Frondizi que postule o defienda la revolución política en los llamados países socialistas.


 


Silvio Frondizi reivindica la teoría de la Revolución Permanente, tal como la planteara León Trotsky, remitirá a él en todo lo que se refiere a la descomposición de la Unión Soviética luego de la muerte de Lenin, pero rechazará tajantemente considerarse trotskista y pretenderá polemizar contra él, sintetizando su posición en una frase repetida: “el esta- linismo es la tesis, el trotskismo la antítesis y no la síntesis superadora”.


 


El trotskismo se considera la continuación (y no la superación) del leninismo. Caracteriza al estalinismo como la negación del bolcheviquismo, por lo que no pretende integrarlo en síntesis superadora alguna, sino destruirlo políticamente.


 


Esta es la limitación fundamental de Silvio Frondizi. Incapaz de establecer una divisoria con el estalinismo -divisoria que es de sangre con la vanguardia obrera mundial-, rompe con una perspectiva revolucionaria en la época. Lo que, de paso, impugna sus pretendidas credenciales de marxista y lo coloca en el terreno del centrismo opuesto a la revolución.


 


Es enemigo de la reconstrucción de la IV Internacional, es decir de la continuidad histórica entre el leninismo y el trotskismo, y de la lucha por la revolución socialista -aunque la proclame- porque rechaza los instrumentos que deben ponerla en pie.


 


Los límites: el partido


 


“Creo que en Latinoamérica están dadas las condiciones para una revolución socialista, pero faltan todavía las condiciones objetivas”, había escrito Silvio Frondizi en La realidad argentina, en 1955. En el reportaje publicado en 1959 se pronunciará por un movimiento socialista revolucionario, con estructura y programa “auténticamente marxistas” y en coordinación con movimientos similares de Latinoamérica con vistas a “una especie de Internacional Latinoamericana”. Un año antes había planteado construir “una fuerza que agrupe a todos los elementos progresistas de los actuales partidos y que canalice las fuerzas obreras, particularmente la peronista” (Revolución, órgano del MIR, agosto de 1958).


 


En todas las variantes, la construcción de un partido obrero revolucionario, internacionalista, estuvo descartada. Por los límites de su experiencia, incluso aproximándose al marxismo no pudo sacar las conclusiones últimas de su aproximación, lo que hubiera significado pronunciarse y empeñarse por la reconstrucción revolucionaria de la IV Internacional. De aquí que sus esfuerzos no estuvieron dirigidos a construir un partido obrero revolucionario, sino a ganar a los elementos defraudados por la experiencia del peronismo y del “gobierno nacional y popular” presidido por su hermano.


 


En este punto encalló la trayectoria promisoria de Silvio Frondizi y el MIR (Praxis). Un grupo político que había elaborado un programa, analizando las tareas agrarias, industriales, nacionales de la revolución proletaria en un determinado estadio del desarrollo del capitalismo mundial y nacional, que había caracterizado correctamente al peronismo como un bonapartismo, que había criticado el seguidismo al peronismo y a la burocracia sindical de parte de los grupos trotskistas del período (orientados por Ramos, Posadas y Moreno), tuvo en este límite su punto de crisis y estallido.


 


A partir de esa disgregación, comenzó un proceso de discusión entre distintas corrientes sobre cómo estructurar una salida política y una clarificación de los problemas políticos principales que iba a enfrentar la Argentina en los veinte años siguientes: la lucha armada, la posición internacional ante el enfrentamiento entre las burocracias de la Unión Soviética y China, la construcción del partido. Un escenario en el que se fue corporizando una tendencia que dio pelea contra la lucha armada elitista, por el desarrollo de la lucha de clases, por la puesta en pie de un partido obrero que agote la experiencia del peronismo, desenvolviendo la conciencia de clase. Una tendencia que dio nacimiento al actual Partido Obrero.


 


El origen del PO


 


La dislocación de Praxis dejó sus huellas. Junto a fenómenos similares, diversos grupos se formaron, se unieron y se dividieron, alrededor de la influencia de la Revolución Cubana y de problemas estratégicos del período: ¿organizarse en función de las acciones inmediatas y el “foquismo” o luchar por un programa político, reivindicando el Programa de Transición?, ¿adaptarse al peronismo o trazar una caracterización sobre los límites insalvables del nacionalismo burgués y la necesidad de fundar un partido obrero revolucionario alineado en la perspectiva de un gobierno de trabajadores?, ¿reivindicar al trotskismo como continuidad histórica del marxismo leninismo y la necesidad de construir la IV Internacional?



Una noche (…) se produjo la última ruptura, donde catorce personas se dividieron en dos bandos de siete: un bando se fue al foquismo y nosotros nos fuimos a lo que es hoy el Partido Obrero”, recordó Jorge Altamira en la Mesa por los 50 años del PO, en el Picnic 2014. Era el plenario de una efímera organización conocida como Reagrupar.


 


En octubre de 1963, siete militantes consumaron una delimitación que es la estación previa a la constitución de Política Obrera en ese entonces, del Partido Obrero después. Estos siete (Jorge Altamira, Marcelo Gramar, Julio Magri, Luis Torres, Alberto Anaya, Mario Dávila) no eran un grupo de advenedizos, sino el producto de una experiencia política. Fue la delimitación respecto de estos problemas estratégicos y al resto de la izquierda lo que va ocupar la atención de los jóvenes redactores -tenían 22 años en promedio, un signo de la renovación política y generacional de la época- de las primeras publicaciones de Política Obrera (revistas 1, marzo de 1964; 2/3, septiembre de 1964; 4, marzo de 1965). Allí se define que “la tarea capital que tenemos por delante es la construcción del partido revolucionario” en oposición a las sectas, a los que “jamás intentaron resolver los problemas concretos, ideológicos y políticos y organizativos que condujeran a su estructuración”, o a los que “resolvieron marchar del brazo de la burguesía mediante la sustitución del marxismo revolucionario”, en referencia “al POR (T) -posadista-, Praxis y a Palabra Obrera e Izquierda Nacional”. Se impugna el foco armado, no sólo por el supuesto rol “impulsador y excitador” que ejercería en la conciencia de las masas sino porque “sustituye y niega la naturaleza del partido” y, “en la medida que se concibe como independiente de toda organización partidaria (…) llega a implicar la negación del proletariado como única clase consecuentemente revolucionaria” (Política Obrera N° 1).


Se reivindican “las tesis fundamentales del bolcheviquismo, es decir del leninismo y del trotskismo” y se enfatiza su “continuidad” (Política Obrera N° 2/3) y se produce la delimitación respecto a la burocracia china, “incapaz de fundar una crítica radical a la burocracia y el Estado Obrero burocratizado, desde que su propia dirección es una dirección burocrática. Su apelación al estalinismo lo demuestra” (Política Obrera N° 4).


 


El grupo fundacional de PO enfrenta, como primera gran experiencia política, el regreso de Perón -noviembre de 1964. Será la organización que planteará que Perón no va a volver porque la burguesía no lo necesita: “la vuelta de Perón no encuentra su apoyo en la descomposición política inmediata del Estado burgués. La burguesía y el imperialismo no necesitan acudir a Madrid para apuntalar su propio poder” (Política Obrera frente al retorno de Perón, folleto, septiembre 1964). Ese año, Perón no volvió. Cuando efectivamente regrese, en 1972, PO va a ser la única organización que va a sostener que la función de este regreso es contrarrevolucionaria, para contener el ascenso abierto en el Cordo- bazo, una definición que tiene aquellos antecedentes y que no es menor en términos históricos. La expresión “¿Qué pasa, General, que está lleno de gorilas el gobierno popular?” sería, en la Juventud Peronista, expresión de incipiente ruptura pero también de impotencia, la huella en la que se asentó la dictadura genocida de 1976.


 


Las posiciones planteadas por Política Obrera sobre el regreso de Perón corren al mismo tiempo que el grupo original desarrolla el comienzo de una militancia sistemática en el movimiento obrero, en las grandes fábricas, y gana conjuntos de militantes de otras tendencias y organizaciones sobre la base de una lucha política clara y rigurosa por el trotskismo y el partido obrero -militantes de Vanguardia Revolucionaria (escisión del PC), de la Juventud Católica, de la escisión del PRT y del grupo El Combatiente, del socialismo de vanguardia. El núcleo original se convierte en una estructura política de trabajo revolucionario y socialista a escala nacional en el movimiento obrero, en la juventud estudiantil y en la militancia combativa.


 


El Partido Obrero, protagonista del Frente de Izquierda, es el resultado de un proceso político que incluye éstos y otros hechos de su historia de 51 años.


 


Pero ésa es otra historia… o la continuidad de ésta.


 


 


* Jens Christian Rath es militante del Partido Obrero. Colaborador habitual de Prensa Obrera y En defensa del Marxismo, es autor también de El convenio Fiat-Smata (1996, junto a Julio Magri), Trabajadores, tercerización y burocracia sindical. El Caso Mariano Ferreyra (2011) y La revolución clausurada, Mayo de 1810-Julio 1816 (2013, junto a Andrés Roldán)


 


 


Referencias bibliográficas


 


Frondizi, Silvio (1946): La crisis política argentina. Ensayo de interpretación ideológica, ADI, Buenos Aires.


 


—.— (1948): La crisis de la democracia. Reeditado en La integración mundial y otros escritos, Peña Lillo, Buenos Aires, 2014.


 


—.— (1955): La Realidad Argentina, Tomo I, Praxis, Buenos Aires. —.— (1956): La Realidad Argentina, Tomo II, Praxis,


Buenos Aires. Lenin, Vladimir Ilich (1971): Obras Escogidas, Tomo III, Editorial Car- tago, Buenos Aires.


 


Moreno, Nahuel (1951): GCI, agente ideológico del peronismo en el movimiento obrero, folleto de noviembre.


 


Política Obrera (folleto de septiembre de 1964): Política Obrera frente al retorno de Perón.


 


Política Obrera (revista): números 1°, marzo de 1964; 2/3, septiembre de 1964; 4, marzo de 1965).


 


Ramos, Jorge Abelardo (1953): entrevista en Democracia, 12 de agosto. Rath, Christian (2011): Tercerización, Trabajadores y burocracia sindical Editorial Biblos, Buenos Aires.


 


Revolución, órgano del MIR, edición del 1° de agosto de 1958. Roosevelt, Elliott (1946): Así lo veía mi padre, Buenos Aires, Sudamericana.


 


Trotsky, León (1974): “La industria nacionalizada y la administración obrera”, Writings 1938/39, Pathfinder, New York.


 

La “Historia de la Revolución Rusa” como manual para el historiador


El objetivo de este trabajo es explicitar los alcances de la Historia de la Revolución Rusa, de León Trotsky, como hito historiográfico. O sea, como modelo metodológico y teórico para una forma de hacer historia, utilizando el método científico del marxismo. La apelación a las herramientas del marxismo para examinar un hecho histórico no agota en sí mismo la forma concreta de hacer historia. El marxismo debe traducirse en criterios metodológicos específicos para aproximarse al análisis de los hechos. Antes de Trotsky, pero sobre todo después, ha habido infinidad de historiadores que han colocado sus obras bajo la bandera del marxismo, pero con aproximaciones disímiles y, en muchos casos, menos satisfactorias que la de Trotsky, frente a los problemas críticos de la historia como disciplina científica.


 


Aún a 85 años de su publicación, esta obra constituye una forma original de encarar su objeto de estudio, que es importante poder desmenuzar para que sirva como punto de partida de una historia como ciencia de la sociedad contemporánea y de sus convulsiones sociales. Sería imposible separar a la Historia de la Revolución Rusa como estudio científico de las condiciones de su aparición, del significado histórico de la Revolución de Octubre y del rol de su autor en la revolución de 1917 y en la historia revolucionaria posterior. El hecho de que su autor sea uno de los dirigentes históricos de la revolución rusa, desterrado por la casta burocrática que, dirigida por José Stalin, se hace del poder en la Unión Soviética, y sometido a una campaña de calumnias que se completaba en el terreno histórico con una falsificación sistemática de los hechos(1), obviamente hace de esta obra un elemento de disputa y lucha política sobre el registro verídico de los hechos, así como de su análisis y valoración. Esta disputa era mantenida por Trotsky en dos frentes, tanto con los políticos y académicos de las clases sociales que dominaron Rusia antes de la revolución de octubre, como con la burocracia que se había instalado después en el poder y lo estaba sometiendo al exilio y la persecución.


 


Sin embargo, lejos está la Historia de la Revolución Rusa de constituir un panfleto de reivindicación individual de Trotsky para salvar su buen honor. Un autor hostil a la perspectiva bolchevique como Robert D. Warth, un importante especialista en historia rusa en las universidades de Estados Unidos durante la etapa de la guerra fría, opuesto a los análisis de Trotsky e incluso a la concepción de que la historia pueda ser considerada genuinamente una ciencia, calificó a “la contribución de Trotsky a la historiografía de la Revolución (Rusa) como una obra maestra literaria” (Warth, 1967: 254), y “una obra que probablemente se mantenga como un clásico de la historia literaria”, que “combina la hábil propaganda política con la historia de primer nivel” (Warth, 1948: 41, 34).(2)


 


Cabe preguntarse si un protagonista directo -además tan central a los hechos en cuestión, presidente del Soviet de Petrogrado en el momento de la toma del poder, luego comisario de Guerra al frente del Ejército Rojo- podría realizar una obra histórica válida, no como fuente sino como análisis. En los textos citados, Warth, historiador crítico de la obra, reconoce que Trotsky ha evitado transformar el libro en unas memorias que generalicen sus experiencias, “ostensiblemente relegando su propio rol protagónico en la revolución, al punto de que se vuelve una clara propensión en el sentido contrario” (Warth, 1948: 35).


 


La historia como ciencia de la sociedad moderna


 


Desde el prólogo de la Historia de la Revolución Rusa, Trotsky hace explícita la pretensión de objetividad científica de la obra y los términos en que la entiende. Aclara que trabajará investigando fuentes y no desde la memoria directa(3), y que su posición política, “en función de historiador, sigue adoptando el mismo punto de vista que en función de militante ante los acontecimientos que relata” (Trotsky, 1997: 10). Distingue la diferencia entre hacer historia desde su posición política revolucionaria y hacer una apología de su posición. Rechaza como valor la “imparcialidad” histórica en boga entre los historiadores tradicionales de las instituciones burguesas y propone juzgar la elaboración histórica por su capacidad para explicar “por qué las cosas se sucedieron de ese modo y no de otro (…) su misión consiste precisamente en sacar a la luz (las) leyes (que gobiernan los sucesos históricos)” (ídem: 10). Este punto de partida se define por oposición directa al historicismo clásico de Leopold von Ranke y sus continuadores, que instalaron a la historia como un contenido científico aceptado y requerido por los ámbitos académicos y estatales, rechazando adoptar posiciones políticas o filosóficas abiertas que “condicionaran” su investigación de fuentes documentales (Iggers, 1995: 27). Esta supuesta imparcialidad mal puede esconder la defensa de la sociedad de clases que conlleva la visión positivista del Estado como organismo de desarrollo social necesario, como la forma de verdadera historia de la sociedad humana, teniendo como único modelo a Europa, y como valores los de la burguesía que constituyó allí el capitalismo (ídem: 28-29).


 


Posiciones similares podrían atribuirse al naturalismo positivista. Hippolyte Taine plantea, en su obra clásica Los Orígenes de Francia, que “el historiador debe conducirse como naturalista (…) como ante la metamorfosis de un insecto” y considera que la caída del Antiguo Régimen en Francia consistió en que “la multitud sublevada rechaza a sus conductores naturales (…) cuando el pueblo prefiere los enemigos de la ley a los defensores de ella, la sociedad se descompone” (Taine: 6, 520, 523). Se podrían citar infinitas muestras del carácter reaccionario de la ideología de los historiadores burgueses que se pretendieron y se pretenden imparciales. Trotsky rechaza expresamente la tendencia de historiadores como Taine a estudiar los grandes movimientos populares excluyendo sistemáticamente las posiciones de estos mismos de las posibilidades de análisis (Trotsky, 1997: 157).


 


La reivindicación de Trotsky de la necesidad de que la historia estudie el proceso social en su conjunto y pueda sacar conclusiones sobre regularidades y leyes choca con los límites que se han impuesto otras corrientes historiográficas. La búsqueda de formular las leyes de nuestra sociedad supera completamente al historicismo clásico, que se limitaba a considerar la tarea científica como la posibilidad de conocer la veracidad de sucesos pasados que no se presencian directamente mediante el análisis y critica de fuentes documentales(4).


 


La preocupación por trascender lo específico del episodio que se está estudiando e indagar el alcance general que pueda tener un hecho universal por definición como es una revolución, diferencia a Trotsky también de aquéllos que sucesivamente han ido cuestionando el carácter científico de la ciencia, la posibilidad de definir leyes, aunque sea aproximadas, que gobiernen la historia. Estas posiciones, cargadas de lo que Pablo Heller (1999) ha llamado con mucha precisión “oscurantismo posmoderno”, dominaron por largos años la disciplina histórica, bajo la forma de “giro lingüístico”, reduciendo la historia al relato literario o el análisis de discursos, planteando que la realidad histórica era absolutamente relativa y, por ende, intangible. Este movimiento anticientífico dio lugar al predominio de micro-historias, donde predomina lo estrechamente local o el estudio de caso aislado, y las historias culturales, dominadas por los intentos de observación antropológica o cultural(5).


 


La obra que estamos examinando, siendo bastante extensa, con sus 800 a 1.000 páginas según su edición, concentra su desarrollo en la examinación detallada de los ocho meses que transcurren de febrero a octubre de 1917, sobre todo en Petrogrado. A pesar de diferir entonces de tratados históricos clásicos mucho más abarcadores (historias universales, de las naciones o los pueblos, etcétera), esta obra está muy lejos de la llamada microhistoria, de un estudio específico de sucesos locales, de estudios de caso que puedan ser abarcados extensivamente, saturando de fuentes una pequeña parcela (de tiempo, población o territorio) de la historia. La amplitud de la obra se la da el hecho de hacer un análisis sistemático de uno de los grandes episodios de la historia universal, y en particular, el estudio de la dinámica de la acción política de las masas en el curso de la revolución.


 


Una historia para la época de la revolución proletaria


 


La singularidad de la Revolución Rusa de 1917 es que marca el pasaje de la época de la revolución burguesa a la de la revolución proletaria, después de importantísimos ensayos generales de revueltas obreras contra la burguesía, como en Francia en junio de 1848, y de embriones de gobiernos obreros, como la Comuna de París en 1871 y los soviets en la Revolución Rusa de 1905. La impronta de la clase obrera como protagonista central de los hechos históricos invalida la forma dominante de hacer historia, llamada “historia política” por ocuparse, casi excluyentemente, de los gobernantes y las instituciones de Estado; es decir, una historia del gobierno de las clases dominantes. La historia de las grandes personalidades y próceres, colocados por encima del pueblo explotado, no podía dar cuenta de la rebelión subterránea que había barrido a todos aquellos de la escena.


 


Trotsky parte de la especificidad de las revoluciones como hecho histórico, “la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos” (Trotsky, 1997: 7). Las acciones y hechos relativos a las masas oprimidas, mucho menos documentadas que las de las clases ilustradas, requieren otros métodos de investigación y otras fuentes. Para poder estudiar la “irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”, Trotsky considera clave poder estudiar la psicología y la conciencia de las masas, de manera que se pueda sondear la contradicción entre la constante histórica que tiende a empujar a las clases explotadas a sostener las instituciones existentes y las condiciones excepcionales (situaciones revolucionarias) en las cuales la ruptura con las instituciones existentes pone en pie un movimiento que va sometiendo a prueba, por aproximaciones sucesivas, los programas y organizaciones que se candidatean como salida a la crisis social.(6)


Trotsky plantea el objetivo de comprender a los partidos y dirigentes en función de su relación con las masas. La actividad de las masas no depende de la existencia de las organizaciones políticas pero, sin éstas, esa energía se disipa, “cual vapor sin ser contenido en una caldera”, según la metáfora que emplea Trotsky (1997: 9).


 


Una historia política para las masas insurreccionales


 


De modo que, si bien la historia de Trotsky rompe con la historia tradicional -en tanto historia de las individualidades sobresalientes del campo estatal- es, sin duda, una historia profundamente política. “Hemos aspirado en estas páginas a demostrar cómo actuaron las fuerzas sociales de Rusia sobre los acontecimientos de la revolución. Hemos seguido la actuación de los partidos políticos en relación con las clases.” La dinámica de la revolución se resume en cómo “antes de que el proletariado subiera al poder, la vida se encargó de someter a prueba y desechar por inservibles todas las demás variantes del proceso político” (Trotsky, ídem: 121). Bien entendido el planteo, la preocupación de Trotsky es cómo se ligan los programas y los partidos a la conciencia de la clase. O sea, cuál es la dinámica con que se integran las condiciones objetivas y subjetivas para que las masas decidan emprender una lucha revolucionaria. Una historia despolitizada, que minimice o se abstraiga de la intervención partidaria, sólo sirve para negar el protagonismo colectivo. Sin el análisis de la conciencia política que permite a las masas transformar su actividad en protagonismo directo, la historia se reduce a individualismo idealista (ciertas personalidades son capaces de producir la historia a su arbitrio) o mecanicismo determinista (los procesos históricos son sólo objetivos, sin que los hombres puedan incidir en ellos).


 


En ese sentido, el eje del estudio es la ligazón entre las condiciones objetivas que quiebran la tendencia general al sostenimiento del régimen y el metabolismo de organización política que esa masa se da mediante lucha de tendencias, selección de dirigentes, programas, acciones y organizaciones. Esto es la antítesis del idealismo individualista de los grandes hombres que hacen la historia, pero también es un inmenso contraste con el determinismo mecanicista que muchos intentan identificar con el marxismo. El estalinismo, por ejemplo, tenía una concepción de determinismo mecánica, con sus modelos de evolución social por etapas prefijadas e invariables, y sus mitos de partidos monolíticos y dirigentes infalibles.


 


En la Historia de la Revolución Rusa tenemos una historia marxista que centra gran parte de su análisis en el desarrollo del factor subjetivo -o sea, político-, del pasaje de la clase obrera de “conciencia de clase en sí” a “conciencia de clase para sí”. Este avance equivale a la ruptura con la ideología de la clase opresora y el pasaje a una oposición revolucionaria frente a ella, desarrollando una comprensión colectiva de la relación entre su opresión económica y el sistema político imperante. Esta forma de consideración del problema subjetivo de la clase obrera coloca el problema en términos de las potencialidades revolucionarias que ésta contiene. Historiadores que se reivindicaron marxistas, posteriores a Trotsky, como el británico E.P Thompson (1989), han pretendido reponer el análisis subjetivo que el stalinismo había archivado, pero sobre la base de rechazar la existencia de objetivos históricos revolucionarios que se desprendan de la situación objetiva de la clase obrera. Esta revisión del marxismo borronea los elementos contradictorios del sometimiento de los obreros a las variantes políticas del sistema bajo el capitalismo y naturaliza el arraigo de la ideología burguesa en la clase obrera como resultado histórico concreto de la “experiencia de la clase obrera”.


 


La idea de que las fuerzas motrices de la sociedad se imponen por encima de la acción subjetiva y la conciencia de los protagonistas es compartida también por la escuela histórica de los Annales, una recomposición de la historia burguesa como una historia social y cultural no marxista, que pretendió competir con la potencia explicativa del marxismo y logró gran predicamento académico e institucional. Aunque existen diversas influencias y líneas de trabajo en las distintas vertientes de Annales a lo largo de varias décadas, las une, entre otras características, el hecho de que “se niega el concepto idealista de la personalidad, del individuo que era fundamental para toda la concepción de la burguesía culta del siglo XIX”. La prescindencia de temas históricos en los cuales los historiadores tuvieran que enfrentar el problema de las individualidades los va llevando a concentrar sus estudios en lo que Ferdinand Braudel llamó el tiempo de espacio geográfico (la longue durée) o el tiempo lento de las estructuras sociales (conjonctures) que predominaron por sobre lo que llamó el tiempo rápido de los acontecimientos políticos. O sea que los procesos de transformación, lucha, divergencias y movilizaciones quedan subsumidas en estudios que se concentran preferentemente en normas, costumbres y religión, o en la construcción de modelos cuantitativos de ciclos económicos y demográficos. Hasta la acción del Estado -ni qué hablar de clases sociales, partidos y movimientos, quedan integrados en una consideración global de la sociedad (Iggers, 1995). Son historias que, para justificar su carácter científico, pierden la capacidad de analizar y hasta considerar los grandes hechos de la historia de los hombres.


 


Trotsky plantea las dificultades que existen para un estudio empírico que pretende recabar fuentes que permitan medir los pensamientos, acciones y estados de ánimo de un sector de la sociedad no acostumbrado a ponerlos por escrito (menos en el fragor de los grandes combates) ni a ser registrado en los documentos oficiales, en la gran prensa, etcétera: “los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos y desperdigados (pero) permiten muchas veces adivinar la dirección y el ritmo del proceso histórico” (Trotsky, 1997: 9). Esta carencia de fuentes se plantea particularmente grave para poder estudiar las jornadas de febrero, donde las organizaciones obreras vienen de la clandestinidad, con el grueso de sus direcciones en el exilio. Trotsky considera que, si el político revolucionario puede observar el humor y la conciencia de las masas como elemento práctico para intervenir en la situación, el historiador tiene que poder indagar el punto (ídem: 119).


 


El enfoque de reflejar en todos los aspectos de la revolución la influencia de la situación objetiva de las clases y el factor político- subjetivo, se desempeña magistralmente en un terreno decisivo para el estudio de las revoluciones, el militar. Las derrotas del ejército zarista se desprenden en gran medida del carácter agotado de las relaciones sociales y las fuerzas productivas de la Rusia zarista. El fracaso del régimen de Kerensky en poner en pie un ejército que sirviera para la guerra es igualmente explicado por la descomposición social y su efecto múltiple sobre el esfuerzo de la guerra (ídem: 240).


 


La descripción del combate callejero durante la revolución de febrero está repleta de datos militares sobre el despliegue de las fuerzas represivas y los matices de los choques producidos con las masas. Lo decisivo en el análisis de Trotsky de la insurrección no es, sin embargo, lo técnico del asunto, sino lo que esos choques van reflejando de la psicología y conciencia de las masas, de su cohesión política, y de cómo van trabajando la cuña colocada para quebrar a los cuerpos represivos y poder triunfar (ídem: 107-114). Lejos del militarismo, Trotsky explica que el problema militar de la revolución se juega estrictamente en el terreno político. Que depende exclusivamente de si las masas populares, mayormente desarmadas, pueden quebrar la disciplina del ejército y que, por esto, es de importancia fundamental el estudio del “punto crítico”, donde los elementos psicológicos, políticos y sociales hacen que se quiebre la capacidad del mando de dirigir las tropas (ídem: 121-125).


 


El lugar donde la primacía de lo político sobre lo militar, para estudiar las revoluciones, llega a su punto culminante es el capítulo “El arte de la insurrección” y los capítulos finales que describen la toma del poder. El eje allí está puesto en la relación entre las masas organizadas en los soviets, que se preparan abiertamente para hacerse del poder, y el partido que es reconocido como dirección y que prepara un plan conspirativo para tomarlo efectivamente de acuerdo con esas masas y como parte de un movimiento común. La relación estudiada allí -entre premisas objetivas y subjetivas de la revolución, y entre insurrección de masas y plan conspirativo- es de lectura indispensable para diferenciar los golpes de Estado que se dan en las crisis políticas internas del régimen capitalista, con los procesos de masas que ponen en pie transformaciones sociales revolucionarias (Trotsky, 1997c: 223). Se han escrito ríos de tinta para asimilar la Revolución de Octubre a un golpe de Estado o putsch minoritario, destacando los aspectos conspirativos por sobre la intervención decisiva de las masas. Este lugar común es propio de toda la bibliografía producida para demostrar el “gen totalitario” de los bolcheviques(7).


 


En términos de recursos metodológicos concretos, el libro parte de definir las condiciones estructurales del país y de las clases. Elabora series de datos cuantitativos ilustrativos, si bien mucho más espaciadamente que algunas tendencias académicas de la historia. Es de interés particular su uso de un cuadro de las huelgas políticas desatadas en Rusia por año entre 1903 y 1917 para establecer una curva de los flujos y reflujos de la revolución (Trotsky, 1997a: 41). Otro elemento cuantitativo que permite estudiar la acción de las masas es su uso de los archivos del gobierno provisional para poder medir la temperatura del movimiento agrario en el interior del país, como elemento de maduración de la revolución de Febrero a la de Octubre (Trotsky, 1997b: 73).


 


Al observar la dinámica de cada movimiento se remite a una variedad de registros (memorias personales, archivos policiales y de inteligencia capturados luego de la revolución, notas periodísticas), donde un recurso frecuente es contrastar observadores de procedencias políticas y sociales opuestas como forma de dar


veracidad a una afirmación o análisis que tenga características polémicas.


 


El ingreso de la revolución rusa en la historia universal es, a su vez, el ingreso en la historia de las llamadas “grandes revoluciones” (Hobsbawm, 1990: 16). Trotsky no busca los nombres y la ideas de la revolución rusa en el pasado, como a menudo ha sucedido(8). La revolución rusa trae consigo nuevos nombres, ideas y organizaciones que van a difundirse con una rapidez inédita por todo el mundo, cautivando a obreros, militantes revolucionarios, y dándole forma a fuerzas que tomarán esos nuevos nombres como propios. Bolcheviques, soviets y comunismo -en el sentido que iba a adoptar el partido ruso y la III Internacional- son términos que entran velozmente en el vocabulario político global. Trotsky no se retrotrae a las revoluciones clásicas buscando categorías para explicar la revolución rusa, sino que usa reiteradamente el contraste de la revolución rusa en sus distintas etapas con las grandes revoluciones que la precedieron (Francia, Inglaterra, 1848, Comuna de París) e incluso sucesos posteriores como la revolución española. La utilidad de la comparación para el trabajo histórico es la realización de contrastes y analogías que muestran lo que es común a la dinámica de las revoluciones y lo que diferencia a la que se estudia del conjunto de las anteriores.


 


Estos contrastes sirven para explicar la concatenación entre guerra campesina y revolución obrera, que se da como rasgo original en Rusia (y luego en China) por oposición a los modelos de desarrollo capitalista de Inglaterra, Francia y Alemania (Trotsky, 1997a: 56-58). En el análisis de la dualidad de poderes, el libro muestra que la coexistencia de poderes enfrentados es parte de la tensión existente entre las distintas clases que intervienen en la revolución y que es una forma de guerra civil latente que puede existir durante los períodos breves en que la revolución ha comenzado, pero no ha terminado de definir el régimen social que quedará constituido. Los períodos donde la revolución inglesa y francesa han coexistido con sus respectivos reyes y sus choques con las alas izquierdas plebeyas luego derrotadas (levellers o sans-culottes) son ejemplos del carácter general del fenómeno de doble poder en la historia de las revoluciones (ídem: 195-202). Los choques que se suscitan entre las clases asociadas en una primera etapa de la revolución, cuando se trata de determinar el régimen social que ha de poner en pie, dan lugar a momentos históricos análogos de represión y desarme de la izquierda plebeya (Trotsky, 1997b: 112). El contraste de las “Jornadas de julio” con las antiguas revoluciones pone de relieve la capacidad del Partido Bolchevique de ponerse al frente de las masas impacientes en un momento prematuro para la toma del poder y poder organizar un repliegue ordenado, achicando los daños de la represión y la persecución contra estas fuerzas (ídem: 191-195). Trotsky encuentra paralelos muy interesantes en el uso, por parte de los sectores reaccionarios, en diversas revoluciones, de la propaganda que presenta a los revolucionarios como financiados por el “oro alemán” o “judío”, la idea del revolucionario como injerto ajeno a las tendencias nacionales. La uniformidad de las calumnias reaccionarias tiene como fuente la necesidad de plantear el carácter extranjero de lo nuevo para poder defender las viejas instituciones e ideas como “nuestras” (ídem: 216-219).


 


Una historia desde la “periferia” del desarrollo capitalista


 


La Historia de la Revolución Rusa parte de presentar, en sus primeros capítulos, un cuadro resumido del desarrollo histórico de Rusia y su régimen social y político. Define el escenario histórico surgido de la relación entre atraso y penetración del desarrollo capitalista; el peso de esto en la estructura de clases del país y el régimen político; la relación con las potencias imperialistas; el desquicio de la guerra; el problema agrario, la transición del feudalismo a la tenencia privada de la tierra.


 


El hecho de que la primera revolución socialista se realizase en un país atrasado rompió todos los esquemas predominantes en el movimiento socialista internacional de la época, que esperaban que el avance al socialismo se diese en los países de mayor desarrollo capitalista. El ala derecha de la II Internacional desprendía de esto que la transición al socialismo sería el fruto de un progreso pacífico, gradual y progresivo. El bolchevismo logró definir las tareas políticas de la revolución socialista, a pesar de que no se presentaran según el orden “natural” que se desprendía de sus esquemas previos. Trotsky parte de un reexamen teórico del desarrollo capitalista en Rusia, para explicar por qué se pudo dar una revolución socialista allí donde el grueso de los socialistas de la época entendían que faltaba la etapa de una revolución burguesa que instaurara la república democrática y el pleno desenvolvimiento de relaciones sociales capitalistas.


 


Para Trotsky, la clave se encuentra en lo que denomina la “ley de desarrollo desigual y combinado”. Rusia, un país atrasado con relación a Europa occidental ya desde el feudalismo, pasa a actuar como semicolonia en la etapa de exportación de capitales que tiene lugar entre la Segunda Revolución Industrial y la Primera Guerra Mundial. Este proceso de instalación directa de un poderoso capital extranjero asociado políticamente a la autarquía rusa, combina una gran concentración industrial -de utilización masiva de mano de obra y baja productividad con respecto a las grandes potencias-, con la persistencia de formas sociales, económicas y políticas precapitalistas, que son defendidas como condición de la dominación del mismo zarismo, garante de las franquicias capitalistas. Esta asimilación de conquistas materiales e intelectuales que se corresponden a las formas avanzadas de capitalismo, salteando las etapas históricas intermedias en las que éstas nacieron (desarrollo desigual) da lugar a una situación de “amalgama de formas arcaicas y modernas” (desarrollo combinado). Trotsky considera que “sin acudir a esta ley (…) sería imposible comprender la historia de Rusia ni la de ningún otro país de avance cultural rezagado” (Trotsky, 1997a: 15).


 


Este análisis sirve de base para el programa político que postula que la clase obrera de los países atrasados puede acaudillar a la población explotada en las tareas de transformación social, barriendo consecutivamente con las formas precapitalistas y capitalistas de su explotación (Trotsky, 1906; Lenin, 1917).


 


Desprendiéndose del terreno estricto de la estrategia revolucionaria, el problema tiene un alcance inmenso para el historiador de la etapa histórica marcada por la expansión del capitalismo a los confines del mundo. En los estudios de esta etapa se han reproducido, bajo diversas formas, la polémica de si existe un camino único de desarrollo de los Estados nacionales, cuyo modelo estaría marcado por las potencias del norte de Europa o Estados Unidos, las cuales desarrollaron en su interior relaciones sociales capitalistas. Habría una contradicción entre las categorías que surgen del estudio de las particularidades nacionales de los países de la periferia del capitalismo y un enfoque a menudo acusado de eurocentrismo -en el sentido de que asimila las estructuras sociales de todos los países y sus etapas de desarrollo a las que habían sido vividas por Francia, Inglaterra o Alemania.


 


La idea mecanicista, etapista, de que todos los países seguirían una progresión lineal única, calcada de la historia europea, donde los que no eran países capitalistas desarrollados, tenían pendiente realizar todavía su revolución jacobina, fue difundida en el mundo por el estalinismo, haciendo que muchos asocien, con buena o mala fe, estos desvaríos con el marxismo(9).


 


Sería equivocado pensar que el eurocentrismo es un cuco construido arbitrariamente. Los maestros del historicismo clásico, como Ranke (1941: 58-62), consideraban que la historia de los pueblos de Europa occidental era la única verdadera historia, que Asia había dejado de ser un centro de cultura desde la época de los mongoles y que el avance histórico podía medirse por la aparición del cristianismo como única verdadera moral y religión. La idea de que todos los países se encuentran en algún punto del desarrollo ya vivido en la historia de las potencias capitalistas, justifica la falacia de presentar a los países que han ingresado al sistema capitalista bajo la explotación económica de esas potencias como países “en vías de desarrollo”, un término académico y diplomático que esconde la realidad de la dominación imperialista.


 


La historia nacionalista, revisionista, contrapuesta a aquélla, tiende a atacar lo que llama “eurocentrismo” descartando así al marxismo en bloque, por su análisis de clase centrado en las categorías que surgen de estudiar el capitalismo surgido en Europa. Estos historiadores, adalides de lo local, suelen rescatar al populismo ruso o latinoamericano, buscando actores burgueses locales que puedan vivir su propia “revolución nacional”… equivalente a la francesa-inglesa. Lejos de superar el modelo eurocéntrico, se ata la posibilidad de desarrollo histórico del mundo al avance de la burguesía, esperando repetir la historia europea.


 


La Revolución Rusa refutó todo esto: el gran salto de terminar con el capitalismo se podía dar en una zona que combinaba acumulación de capital con rasgos de profundísimo atraso. Esto fue posible porque la etapa imperialista combina los desarrollos nacionales aislados con la economía universal capitalista de una forma completamente novedosa. Los historiadores que carecen de una comprensión histórica de la incorporación de los países oprimidos a la economía capitalista mundial están en pobres condiciones para explicar las particularidades de los países semicoloniales. La ley de desarrollo desigual y combinado articula el estudio de la particularidad local (incluido el atraso relativo social y económico) con el momento de ingreso en la economía capitalista mundial. La “particularidad nacional” surge, entonces, de estudiar las condiciones e influencia concreta de la relación entre el país dominado y el (o los ) dominador(es). No se trata de “generalizar” un desarrollo paralelo al europeo, sino de estudiar la particularidad de la asimilación de las relaciones sociales capitalistas, y como éstas afectan la cultura, las clases, el Estado, el programa revolucionario. Sería necio, por otra parte, negar el componente de “universalización” de la economía y la historia que significa la constitución de una economía capitalista mundial (Lenin, 1914; Rieznik, 2003).


 


La individualidad y las fuerzas determinantes de la historia


 


Otro de los temas centrales de la historia como ciencia que es desmenuzado en la Historia de la Revolución Rusa es el del rol del individuo, la determinación por factores históricos objetivos y los procesos de acción colectivos. Trotsky rechaza la historia de grandes hombres propia del historicismo clásico y también rechaza el determinismo histórico (del stalinismo, la historia estadística de largo plazo tipo Annales y otros), rescatando el valor clave de la lucha política y el rol de las direcciones y los partidos en esa disputa. Investiga, a su vez, la relación entre individualidades destacadas de su tiempo y las fuerzas históricas que expresan, incluida la relación concreta entre los dirigentes y sus partidos. Trotsky trabaja bajo los preceptos desarrollados por Karl Marx: “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado” (Marx, 1852).


 


En su impecable estudio de la última generación de la autocracia zarista, Trotsky desdeña la tendencia imperante a reducir los estudios históricos a investigaciones psicológicas y propone estudiar a la monarquía en decadencia como fuerza histórica suprapersonal. Pero, dice, “estas fuerzas actúan a través de individuos. Además, la monarquía hállase consustanciada por esencia con el principio personal” (Trotsky, 1997a: 59). De allí va trazando rasgos de la personalidad del zar Nicolás II, influida por ser el último gobernante de una dinastía agotada, de su mentalidad medieval y a espaldas del pueblo. Su apatía, su mentalidad estrecha, su fatalismo y su crueldad son retrados muy efectivamente a partir de fragmentos de sus diarios personales. Trotsky traza un cuadro muy cercano entre las características del zar Nicolás y la zarina Alejandra y las de Luis XVI y María Antonieta, la última pareja al frente de la monarquía francesa: “en todo, la conducta de Nicolás II era un plagio de la del rey francés. Uno y otro caminaban hacia el abismo ‘con la corona sobre los ojos’ (…) se encontraron con sus papeles históricos trazados de antemano (…) eran ambos los últimos vástagos del absolutismo. Su nulidad moral, derivada del carácter agonizante de su dinastía (…) La personalidad histórica, con todas sus peculiaridades, no debe enfocarse precisamente como una síntesis escueta de rasgos psicológicos, sin como una realidad viva, reflejo de determinadas condiciones sociales, sobre las cuales reacciona” (ídem: 96-98). La historia había agotado las posibilidades de la nobleza y sus últimos gobernantes no podían asomarse ni un milímetro por encima de ese agotamiento.


 


El estudio de las personalidades no incluye sólo a la monarquía, sino también al plantel de individualidades al frente de cada fuerza política. De los partidos burgueses, del bloque conciliador y de los bolcheviques. En el caso del Partido Bolchevique, el libro analiza en varios puntos una dinámica compleja entre la base obrera del partido, los funcionarios del partido de tendencia más conservadora y Lenin. Trotsky muestra cómo la insurrección de febrero fue conducida en gran parte por sectores obreros formados por el bolchevismo(10), mientras el partido -muy golpeado por la represión y persecución- estuvo por detrás de los acontecimientos y no logró imponer una impronta propia al poder surgido de febrero. Los dirigentes bolcheviques que se hacen cargo de la dirección en marzo (Stalin, Kamenev) tienden a contemporizar con el bloque conciliador de mencheviques y socialrevolucionarios y con el régimen de poder dual compartido con los liberales, funcionando como ala izquierda de la democracia. La reorientación del partido, fruto de una lucha feroz librada por Lenin desde su regreso a Rusia(11), coloca a los bolcheviques en la senda que, no sin retrocesos y avances, los llevará a tomar el poder en octubre. Esta lucha es dura, ya que significaba una revisión crítica de la teoría y el programa -que los bolcheviques habían sistematizado desde 1905 como “dictadura democrática de obreros y campesinos”- y por las fuertes presiones a la unidad de las filas socialdemócratas con los mencheviques. La consigna de “Todo el poder a los soviets” y la posibilidad de dar paso a la revolución obrera y socialista sin pasar por una etapa democrática-burguesa coincidía con las posiciones previas de Trotsky, y fue resistida inicialmente por el sector de “viejos bolcheviques”. Trotsky no sólo critica los errores a los que esta política llevó inicialmente al Partido, sino que considera que sin la acción personal y la autoridad de Lenin se hubiera perdido la posibilidad de enmendar el error (ídem: 290). “Su ascendiente personal redujo las proporciones de la crisis”, dice Trotsky, mantener el rumbo oportunista hubiera llevado a un retroceso, posiblemente a divisiones y, si bien no se puede determinar con seguridad qué hubiera sucedido de no mediar la acción de Lenin, se podría haber perdido la oportunidad histórica de la revolución, dando lugar a una derrota:


 


“El papel de la personalidad cobra aquí ante nosotros proporciones verdaderamente gigantescas. Lo que ocurre es que hay que saber comprender ese papel, asignando a la personalidad el puesto que le corresponde como eslabón de la cadena histórica (…) el desarrollo exterior de los acontecimientos contribuyó considerablemente, en este caso, a destacar mecánicamente la persona, el héroe, el genio, sobre las condiciones objetivas, sobre la masa, sobre el partido. Pero este modo de ver es completamente superficial (…) Al formar el partido, formaba en él a su persona. Sus discrepancias con el sector dirigente de los bolcheviques representaban la pugna del partido por la guerra y la emigración, la mecánica externa de aquella crisis no hubiera sido tan dramática ni habría velado a nuestros ojos hasta tal punto la continuidad interna del proceso.


 


De la excepcional importancia que tuvo la llegada de Lenin a Petrogrado no se deduce más que una cosa: que los jefes no se crean por casualidad, que se seleccionan y se forman a lo largo de décadas enteras, que no se les puede reemplazar arbitrariamente, y que su separación puramente mecánica de la lucha infiere heridas muy sensibles al partido y, en ocasiones, puede dejarle maltrecho para mucho tiempo” (ídem, 300-301).


 


De la caracterización del sistema de clases en el país y, en particular de su desgaste bajo las condiciones de la guerra, surgen las contradicciones que detonan la revolución de febrero y los programas políticos que actúan allí, de ahí el rol de cada clase, partido o sector político y su forma de actuar. Cada fuerza social es caracterizada desde su estructura material a sus ideas y a las características personales del elenco que ha podido seleccionar para actuar en sus primeras líneas.


Así como se pinta vivamente a Lenin y Nicolás Romanov como dos arquetipos importantes de sus clases sociales; los burgueses liberales, temerosos de la revolución; los socialistas atados a un bloque con la burguesía; los anarquistas radicalizados; cada uno es descripto y desmenuzado para luego ser visto en acción.


En la puesta en marcha de todas estas fuerzas se busca describir y captar la dinámica íntima de cada etapa de los acontecimientos de febrero a octubre. La Historia de la Revolución Rusa consiste en una aplicación viva del marxismo a un análisis que incluye el problema del Estado, las clases, los partidos, sus dirigentes y las distintas organizaciones creadas por las masas con un nivel de desarrollo y minuciosidad no visto antes. Ni siquiera en El 18 Brumario de Luis Bonaparte o La guerra civil en Francia, los momentos más ricos de análisis histórico concreto de Marx, de los cuales Trotsky toma mucho en términos de método.


 


Todos estos temas están lejos de agotar los aspectos de interés que tiene el estudio de la Historia de la Revolución Rusa para el historiador, pero nos alcanzan para avanzar en definiciones epistemológicas significativas que tienen un alcance más allá de la obra en sí. Podemos coincidir con Lucas Poy y Ludmila Scheinkman cuando plantean que “no hay un Trotsky revolucionario y un Trotsky historiador, sino uno solo” y que si la Historia de la Revolución Rusa es capaz de captar esa “psicología de masas” de manera tal de mostrarnos un análisis de la revolución que adquiere una lógica y un desarrollo “naturales”, es precisamente porque Trotsky no es sólo un historiador de la revolución rusa, sino uno de sus principales protagonistas”. Las virtudes del Trotsky revolucionario no se pierden en el Trotsky historiador(12). Sin embargo, esas conquistas metodológicas les han sido, y les serán, útiles a otros, ocupen o no un protagonismo comparable en la palestra histórica, mientras el objetivo sea el de poder desarrollar una historia de la revolución de nuestra época, de la historia material y subjetiva de las masas que luchan por la transformación social.


 


 


* Guillermo Kane, historiador y militante del Partido Obrero, además es diputado por el Frente de Izquierda en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires.


 


 


NOTAS


 


1. Como escrito más específico de polémica con las versiones de la academia estalinista de la revolución de octubre, ver Trotsky (1929). 


 


2. La hostilidad de Warth hacia Trotsky es explícita en este texto, donde considera que era un “revolucionario frustrado”, con un “odio casi paranoico hacia Stalin”,


que dedicaba sus escritos a “ataques directos o indirectos a la Unión Soviética”.


 


3. Trotsky hace explícito en varios puntos cuál es el cuerpo de fuentes con el que ha trabajado y las referencias a las fuentes particulares son frecuentes en la Historia de la Revolución Rusa. Sin embargo, la lectura del texto, sobre todo para el lector no académico, ha sido mejorada significativamente por su opción de evitar un aparato erudito al estilo académico tradicional.


 


4. Langlois (1913) es uno de los clásicos de la crítica de fuentes como razón de ser de la disciplina histórica, en tanto forma indirecta de conocer hechos pasados. 


 


5. Ver Iggers (1995: 84-105), sobre la influencia del posmodernismo en las tendencias históricas de la última parte del siglo XX; sobre la influencia específica del posmodernismo en la historiografia de la revolución rusa ver el apartado “Perestroika y posmodernismo” en Poy y Scheinkman (2009).


 


6. Trotsky le da un carácter de ley histórica general a la afirmación de que, fuera de la excepcionalidad de las situaciones revolucionarias, prima en las masas un carácter conservador. Esto lo relaciona no sólo con el carácter de irrupción violenta que toma la acción de las masas una vez que se produce el quiebre, sino con el peso de la ideología de la clase dominante en los propios obreros y demás explotados (la versión clásica de este problema puede leerse en La ideología alemana, texto de Karl Marx y Friedrich Engels, de 1846) y con la necesidad de un partido revolucionario que pueda preparar políticamente la ruptura de esas masas en situaciones revolucionarias, pero que actúa a priori en minoría, como vanguardia (para este tema, entre otros, es esencial el ¿Qué Hacer? de Lenin).


 


7. Un ejemplo temprano es La técnica del golpe de Estado (1931), de Curzio Malaparte, periodista vinculado con el fascismo que asemeja el ascenso al poder de Lenin y Trotsky con el de Mussolini u otros, en tanto técnicas para desplazar la democracia. Sobre las corrientes que identifican bolchevismo y totalitarismo desde la Guerra Fría al día de hoy, ver Poy y Scheinkman (2009).


 


8. “En estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795” (Marx, 1852).


 


9. La búsqueda de un burgués progresista en los países semicoloniales se deriva de este dogma estalinista, pero no es patrimonio exclusivo del Partido Comunista. En la Argentina, este prejuicio liberal ha sido desarrollado también por socialdemócratas como Juan B. Justo y José Ingenieros, y por los intelectuales vinculados con el PCR, como Eduardo Azcuy Ameghino.


 


10. Trotsky rechaza especialmente lo que llama “la leyenda de la espontaneidad” de la revolución de febrero, que asimilaba la acción obrera a algo así como un instinto animal o de colmena, vaciándolo de la conciencia de clase, de la capacidad de reflexión y creatividad que ejercieron los obreros en su insurrección contra el zarismo. Para él, la revolución la dirigieron “los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin” (ídem: 147-149). 


 


11. Veáse la presentación de estas posiciones en sus “Tesis de Abril”, ya citadas.


 


12. “Si en el calor de la batalla, el revolucionario fue capaz de formarse una imagen aproximadamente correcta de los pensamientos y sentimientos políticos de millones de personas, no hay razón para que el historiador no sea capaz de formarse una imagen así después de los acontecimientos” (Isaak Deutscher, historiador y biógrafo de Trotsky, citado por Poy y Scheinkman, 2009).


 


 


Bibliografía


 


Heller, Pablo (1999): “El oscurantismo posmoderno”. En defensa del marximo N° 24. Buenos Aires.


 


Hobsbawm, Eric (1990): “La revolución”. En R. Porter y M. Teich (ed.): La revolución en la historia. Crítica, Barcelona.


 


Iggers, George (1995): La ciencia histórica en el siglo XX. Las tenencias actuales. Barcelona, Labor.


 


Langlois, Charles V. y Charles Seignobos (1913): Introducción a los estudios históricos. Daniel Jorro, Madrid.


 


Lenin, Vladimir Ilich (1902): ¿Qué Hacer?, http://www.marxists.org/ espanol/lenin/obras/1900s/quehacer/index.htm


 


—.— (1914): El imperialismo, etapa superior del capitalismo. Ediciones varias.


 


—.— (1917): Las tareas del proletariado en la presente revolución (“Tesis de abril”), http://www.marxists.org/espanol/lenin/ obras/1910s/abril.htm


 


Marx, Karl y Friedrich Engels (1846): La ideología alemana, http:// www.marxists.org/espanol/m-e/1846/ideoalemana/index.htm


 


Marx, Karl (1852): El 18 Brumario de Luis Bonaparte, http://www. marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm


 


Poy, Lucas y Ludmila Scheinkman (2009): “El espejo del siglo. La revolución rusa en la historiografía contemporánea. Apuntes para una guía de lectura”, en Pablo


Rieznik (ed.): Un mundo maravilloso. Capitalismo y socialismo en el mundo contemporáneo. Editorial Biblos. Buenos Aires.


 


Ranke, Leopold von (1941): “Sobre las épocas en la historia moderna”, en Pueblos y Estados en la historia moderna, México, FCE. 1941.


 


—.— (1984): Sobre las épocas en la historia moderna, Dalmacio Negro Pavón (ed.), Madrid, Editora Nacional.


 


Rieznik, Pablo (2003): Las formas del trabajo y la historia. Una introducción al estudio de la economía política. Editorial Biblos, Buenos Aires, 2003. Capítulo 9.


 


Taine, Hippolyte (1910): Los orígenes de la Francia contemporánea. La España Moderna, Madrid.


 


Thompson, Edward P (1989): La formación de la clase obrera en Inglaterra. Editorial Crítica, Barcelona.


 


Trotsky, León (1906): Resultados y perspectivas. Editorial El Yunque, Buenos Aires, 1975.


 


—.— (1929): La revolución desfigurada. Editions Rieder, París, www marxists.org/espanol/trotsky/revdes/index.htm —.— (1997a): Historia de la Revolución Rusa,


Tomo 1. Editorial Antídoto, Buenos Aires —.— (1997b): Historia de la Revolución Rusa, Tomo 2. Editorial Antídoto, Buenos Aires —.— (1997c): Historia de la


Revolución Rusa, Tomo 3. Editorial Antídoto, Buenos Aires Warth, Robert D. (1948): “Leon Trotsky: Writer and Historian”, The Journal of Modern History, Vol. 20,


N° 1.


 


—.—(1967): “On the historiography of the Russian Revolution”, en Slavic Review, Vol. 26, N° 2.

Revolución y elecciones: origen de la política electoral de los bolcheviques


Este artículo tiene su origen en una preocupación actual: el interés por recuperar las campañas electorales como instrumentos de agitación revolucionaria entre los trabajadores, combatiendo tanto las tendencias a la adaptación política de la izquierda a los marcos de la democracia capitalista como el refugio en las posiciones sectarias adaptadas a la marginalidad política. La reivindicación de la lucha electoral como un terreno de la lucha de clases, de la vigencia del frente único y el combate a la integración de la clase obrera a variantes de colaboración de clases, la cuestión de los métodos de lucha parlamentarios y extraparlamentarios, en un cuadro de lucha por un gobierno de los trabajadores, tienen una importancia fundamental para la izquierda actual. Alejada de los métodos del marketing electoral, la política electoral de los bolcheviques parte de un análisis sólido del rol de las clases, y los partidos en la lucha política, una caracterización que sirve de base para orientar la tarea electoral y parlamentaria para desarrollar la conciencia y fortaleza del proletariado en la lucha por el poder político. En una etapa de bancarrota capitalista, crisis políticas y rebeliones populares, donde las tendencias disolventes del régimen social ponen a prueba todas las estructuras políticas tradicionales, se vuelve a produar, como en aquella época, un verdadero laboratorio político para la izquierda. Bienvenido sea.


 


Los partidos de la Segunda Internacional, antes de la Primera Guerra Mundial, recurrieron a la intervención electoral de forma sistemática. Esta intervención posibilitó progresos políticos importantes y, especialmente en Alemania, hizo posible la formación de amplias bancadas parlamentarias de izquierda. La adaptación al parlamentarismo, sin embargo, fue uno de los elementos que contribuyó al abandono del programa revolucionario de la socialdemocracia europea, a partir de la Primera Guerra Mundial. En términos generales, sin embargo, la definición de un ala reformista al interior de la Segunda Internacional es anterior a 1914.


 


En Rusia, en cambio, la intervención electoral bajo la autocracia presentó perfiles particulares. La convocatoria a elecciones a la Duma fue parte de una respuesta de la autocracia frente al proceso revolucionario de 1905. La primera convocatoria, a mediados de 1905 fracasó barrida por la oleada de la revolución. La segunda convocatoria a la primera Duma, que se realizó finalmente, pudo hacerse sólo sobre la base de la derrota de la revolución de fines de 1905, y se llevó adelante en el marco de una fortísima represión contra las organizaciones populares. Las convocatorias a la Duma fueron parte de un intento, finalmente fallido, de modificar el régimen político de la autocracia para establecer un marco de compromisos entre el zar y los liberales, cooptando al ala derecha de la revolución de 1905. Esto determinó que el debate sobre la presentación o no a elecciones y, por sobre todo, sobre con qué política debían intervenir los socialistas, cobrara rasgos novedosos. Este artículo busca reconstruir esos debates y alternativas en el período que va desde la revolución de 1905 hasta las elecciones de enero de 1907, a la II Duma del Estado. Especialmente, nos interesa reconstruir los planteos de Lenin para abordar las elecciones.


 


Nada más contrario al pensamiento político de Lenin que abordarlo como un recetario. Por el contrario, la política de los bolcheviques en la revolución de 1905 es el resultado de una evaluación concreta de la acción de los partidos y tendencias políticas rusas, que estaba condicionada, por supuesto, por la naturaleza histórica de las relaciones sociales y de la revolución en curso en la Rusia zarista. Pero no se trata de derivar en forma mecánica la acción de los partidos de su naturaleza de clases, sino de apreciar la situación concreta para orientarse y orientar a la clase obrera en la acción revolucionaria.


 


Por eso, nos interesa, además de analizar las conclusiones a las que llegaron los bolcheviques al abordar las elecciones, el método de análisis y de intervención política puestos en práctica para llegar a estas conclusiones.


Todas las citas de Lenin corresponden a las Obras Completas publicadas por Editorial Cartago, Buenos Aires, 1960, excepto que se aclare lo contrario.


 


La primera etapa: del boicot a la revolución


 


A principios del siglo XX, Rusia continuaba siendo una autocracia gobernada por el zar y una casta de nobles de naturaleza feudal. Las relaciones sociales en el campo todavía eran más propias del feudalismo que de un país avanzado. El campesinado no tenía la propiedad de las tierras y estaba sometido por todo tipo de relaciones de sojuzgamiento a los nobles y terratenientes. Las reformas agrarias llevadas adelante por la autocracia (las reformas de Stolypin) habían sometido aún más al campesino por el terrateniente, estableciendo mecanismos de “rescates” para acceder a las tierras que habían arruinado al campesinado. El atraso en el campo ruso era proverbial. Al interior de la comunidad campesina existían todavía formas de propiedad comunal.


 


Sobre este trasfondo se fue desarrollando en las ciudades una industria fabril impulsada por inversiones extranjeras, lo cual fue creando un proletariado numeroso y cohesionado. El primer gran desafío a la autoridad del zar y a todo este régimen social en el siglo XX fue la revolución de 1905, que llevaría a las primeras convocatorias electorales a la Duma (un parlamento aunque sin atribuciones soberanas) del Estado.


 


La revolución de 1905 fue preparada por un largo período de agitación y organización entre la clase obrera y el campesinado, que incluyó fases de huelgas y, fundamentalmente, la organización partidaria de la socialdemocracia en dos tendencias principales, pero también de partidos y tendencias de la pequeña burguesía campesina que abogaban por el fin de la autocracia.


 


La revolución comienza con la jornada de movilización del 9 de enero, cuando 140.000 obreros y campesinos se movilizaron en San Petersburgo, abriendo un escenario revolucionario. La movilización, encabezada por el cura Gapón, llevaba un petitorio dirigido al zar, además de imágenes de éste. A pesar de este planteo pacífico, la movilización fue brutalmente reprimida por la policía, dejando como saldo cientos de muertos en las calles. Se trató del primer acto de la gran revolución rusa; por así decirlo, su bautismo de fuego.


 


La movilización se produjo en un cuadro de crisis del gobierno, que se fue agudizando durante ese año, con las derrotas en la guerra ruso-japonesa. La dura represión del 9 de enero, en lugar de contener la situación, creó las condiciones para movilizaciones más masivas y conscientes. El desarrollo de la crisis política fue agudizando la movilización popular, tanto entre los trabajadores como también entre los sectores medios y la burguesía liberal.


Los levantamientos de tropas jugaron también un rol importante: en junio se produjo la insurrección del acorazado Potemkin, un botón de muestra de todo el estado de ánimo de las guarniciones zaristas, que sufrían condiciones terribles de opresión durante la guerra con los japoneses. En este contexto, el gobierno lanzó la convocatoria a la Duma.


 


La primera convocatoria a elecciones para la primera Duma, la llamada “Duma de Bulygin”, se produjo a mediados de 1905. Fue un intento de respuesta al desarrollo revolucionario. La forma de elección era totalmente antidemocrática y prácticamente no permitía la presentación de los partidos socialistas ni la intervención del movimiento obrero. Los bolcheviques y todos los partidos socialistas y socialrrevo- lucionarios convocaron al boicot a la elección.


 


Sin embargo, la unanimidad en cuanto al boicot se produjo en el marco de un debate estratégico entre los socialistas sobre las perspectivas de la revolución. El centro del debate era la cuestión de la consigna, levantada por los bolcheviques, de “gobierno provisional revolucionario”.


 


Lenin oponía, a la participación electoral, el llamado a la clase obrera a la insurrección y la preparación sistemática de la misma. La preparación de la insurrección incluía, por supuesto, la cuestión del armamento de la clase obrera, un tema en el cual Lenin insiste especialmente en diversos artículos durante 1905, antes de la huelga general de octubre -en el lapso de la cual se forman por primera vez los soviets. Para Lenin, el objetivo de la insurrección debía ser la conformación de un gobierno provisional revolucionario.


 


La posición de Lenin centraba el problema en la cuestión del poder y no en la creación de organismos parlamentarios ni en la convocatoria a una asamblea constituyente. ¿Qué poder soberano podría tener una asamblea constituyente convocada en el marco del régimen zarista, con la represión, las tropas y los servicios velando a favor del gobierno zarista, sin siquiera libertad de reunión y de prensa? Lenin hacía especial hincapié en esta consigna, para cortar con las ilusiones de que una apertura democrática podría ser compatible con la subsistencia del régimen zarista.


 


En realidad, la cuestión del gobierno provisional revolucionario se combina con otra cuestión, que nos lleva directamente al problema de la naturaleza y las tareas de la revolución: ¿la clase obrera debía participar del gobierno provisional?


 


En este punto comienzan a dividirse con especial claridad las posiciones de las dos alas de la socialdemocracia rusa. Los mencheviques sostenían una posición contraria a la participación de los partidos de los trabajadores en el gobierno. Para esta tendencia, la revolución rusa era una revolución burguesa y que, por lo tanto, la clase que debía encabezarla era la burguesía, a través de sus propios partidos. La participación de la clase obrera en el Gobierno Provisional llevaría una “colaboración de clases” con la burguesía. ¿Cuál debe ser, entonces, el rol de la clase obrera? Organizarse para la insurrección, pero, inmediatamente luego de la caída del zar, pasar inmediatamente a la oposición, para preparar una oposición de clase al gobierno encabezado por las diferentes alas de la democracia burguesa (Lenin: “Sobre el Gobierno Provisional Revolucionario”, T. VIII, pp. 461 y ss.).


 


En opinión de Plejanov, la clase obrera debía organizar una oposición “por abajo” al nuevo gobierno, y desde allí presionar por el logro de sus objetivos, pero no transformarse ella misma en un factor de poder. Para ello habría que esperar a la fase de la revolución socialista, que vendría precedida de un largo desarrollo de la democracia burguesa.


Desde el principio, todas las variantes de la socialdemocracia rusa admitían que la revolución sería una revolución burguesa. Rusia era un país atrasado, donde el desarrollo capitalista en las ciudades, que había dado origen a una clase obrera numerosa, se combinaba con el atraso en el campo, donde pervivían relaciones de servidumbre y un campesinado (90 millones) empobrecido y sumido en el atraso.


 


Sin embargo, Lenin defendía la participación de los trabajadores en el Gobierno Provisional Revolucionario, en el bloque de fuerzas junto a la “masa del pueblo” con aspiraciones democráticas, cuyas reivindicaciones son las de la revolución democrático-burguesa. Lenin se delimitaba, así, tanto de quienes niegan la necesidad de la participación de la clase obrera en el poder, como de quienes, como Trotsky o Parvus, sostenían ya que “el gobierno provisional será, en Rusia, un gobierno de la democracia obrera” (“Socialdemocracia y Gobierno Provisional Revolucionario”, T. VIII, pp. 275 y ss., “Sobre el Gobierno Provisional Revolucionario”, T. VIII, pp. 461 y ss.).


 


Según Lenin, el Gobierno Provisional Revolucionario debía convocar una asamblea constituyente y llevar adelante un pliego de reclamos: el otorgamiento de la tierra a los campesinos, sin rescates de ninguna clase, el establecimiento de todas las libertades de reunión y asociación, y la libertad para el movimiento obrero para pelear por sus reclamos.


 


La posición de defensa de la consigna del Gobierno Provisional revolucionario también apuntaba a otro debate: Lenin se oponía a la consigna menchevique de la creación de organismos de “auto-organización” u organismos parlamentarios “de bases” que no tuvieran una ligazón directa con la lucha por el poder. Esta polémica se desarrolla luego fuertemente en ocasión del balance de la acción de los soviets, sobre los cuales sostiene Lenin, en 1906: “El encarcelamiento de los soviets dio una lección muy importante a los obreros: mostró cuán peligroso es confiar en el pseudo constitucionalismo, cuán poco sólida es una ‘autoadministración revolucionaria’ sin el triunfo de las fuerzas revolucionarias, cuán insuficiente es una organización temporaria sin partido, que algunas veces puede complementar -pero nunca sustituir- una organización partidaria de combate firme y centralizada” (Lenin, “La Duma del Estado y la táctica socialdemócrata”, T. X, p.100).


 


¿Por qué debía participar entonces la clase obrera en el Gobierno Provisional? En primer lugar, por ser la clase más avanzada y tenaz en la lucha contra la autocracia, para defender al gobierno revolucionario, afianzarlo y extender sus conquistas. Esto implicaba llevar adelante la “dictadura revolucionaria de obreros y campesinos” para aplastar a la contrarrevolución y garantizar la puesta en pie de un nuevo régimen social. En segundo lugar, para pelear, desde el poder, por las reivindicaciones del “programa mínimo”: los reclamos obreros compatibles con el desarrollo burgués, que al no ser todavía socialistas, debían llevarse adelante en el marco de una revolución burguesa. La participación de la clase obrera en el gobierno no ponía así en cuestión el carácter burgués de la revolución.


 


La posición concreta de Lenin sobre este problema se va desarrollando conforme la burguesía liberal y sus partidos van dando pasos concretos en torno de la búsqueda de un entendimiento con el zar. En junio de 1905, una asamblea de representantes de los zemstvos y de la burguesía liberal encomienda a una comisión el pedido de audiencia con la corte para solicitar la convocatoria a una representación popular electa (“Los primeros pasos de la traición de la burguesía”, Lenin, T. VIII). Posteriormente (“Revolucionarios de guante blanco”, Lenin T. VIII), la reunión se produce y el zar promete la convocatoria a elecciones.


 


Estas negociaciones de la burguesía liberal con el zar van de la mano con el desarrollo de otra posición, cardinal y de clase: la negativa a conformar una milicia con el armamento general de la población. Esta milicia hubiera implicado armar a la clase obrera, algo que la burguesía liberal rusa no estaba dispuesta a llevar adelante bajo ningún punto de vista. Trotsky, en su obra Resultados y perspectivas (ediciones varias, capítulo “1789, 1848, 1905”) saca de esta situación la conclusión fundamental de que el triunfo de la revolución rusa está indisolublemente atado a la lucha por el poder para la clase obrera, en una etapa en la cual, a diferencia de su fase de ascenso revolucionario, la burguesía se destaca por su conservadurismo político.


 


Lenin condensó estas conclusiones sobre el rol de la burguesía liberal en la Revolución Rusa en su obra Dos tácticas de la socialdemocracia en la Revolución democrática, de mediados de 1905 (Lenin, T. IX).


 


Se va configurando así un escenario en donde la clase obrera recurre a medidas de lucha cada vez más avanzadas, mientras la burguesía liberal busca una salida por medio de la negociación con el gobierno. La “constitución” de Buligyn, que promovía la convocatoria a esta primera Duma del Estado, se produce en el marco de estas negociaciones, y la burguesía liberal convoca a elegir representantes. Por eso, la posición del boicot y la preparación de la insurrección se combinan, en los momentos previos a la gran huelga de octubre, con la denuncia de este regateo entre la burguesía liberal y el zar sobre el carácter de la nueva constitución.


 


Sin embargo, en su intento de buscar una salida “ordenada” a la crisis política abierta, la burguesía liberal fracasa. Por un lado, la constitución de la constitución de Buligyn no satisface a nadie, no garantiza la libertad de reunión ni asociación e incluso los periódicos liberales son clausurados. Por otro lado, y esto es lo más importante, la insurrección de octubre barre con este intento de componenda. El boicot a la convocatoria electoral farsesca del zar, la agitación en pos de la insurrección y el Gobierno Provisional revolucionario, al empalmar con la movilización política de las masas, contribuyó a crear las condiciones para la revolución de octubre de 1905.


 


La insurrección de octubre es detonada por un reclamo menor del gremio de los tipógrafos y se extiende como huelga general revolucionaria a toda Rusia. En este cuadro, la clase obrera crea sus propios organismos de deliberación, los soviets de diputados obreros, campesinos y soldados, que actúan como un “centro político” de la insurrección, los cuales agrupan al conjunto de los partidos y tendencias revolucionarias en las principales ciudades.


La huelga general de octubre obtiene, por parte del zar, lo que no había obtenido el regateo de los constitucionalistas: un documento escrito comprometiéndose a garantizar la libertad de reunión, de asociación y de prensa, la convocatoria a elecciones libres y comprometiéndose a satisfacer un conjunto de reclamos de la revolución.


 


El zar se compromete en octubre a convocar a la II Duma del Estado. Sin embargo, toda su política durante octubre y noviembre se encamina a quebrar el movimiento revolucionario. El movimiento huelguístico, sin fuerza suficiente para imponer una salida política propia, se va desgastando y dando la ocasión a la autocracia de volver a tomar la iniciativa. En diciembre, una nueva insurrección, la insurrección de los bolcheviques de Moscú, es nuevamente derrotada. En forma posterior a la derrota de la revolución, en un marco de detenciones políticas generalizadas, ilegalización de los periódicos opositores y otras medidas represivas, se convocan las elecciones a la primera Duma del Estado.


 


Durante el transcurso de esta primera fase, la posición original de Lenin sobre la dictadura democrática de obreros y campesinos (en la cual, recordemos, no se desarrolla a fondo el problema del rol de la burguesía liberal en el curso de la revolución) se va clarificando con el transcurso de los sucesos revolucionarios hasta cristalizar en una caracterización de los partidos políticos de la burguesía liberal rusa y de sus tendencias a la negociación con el gobierno. Luego de la insurrección de diciembre, Lenin escribe, en un texto sintomático, que, una vez el proletariado en el poder, la burguesía pasará a la contrarrevolución arrastrando tras de sí a un sector del campesinado acomodado y medio, y que la derrota de esta contrarrevolución, unida al desarrollo de la revolución en Europa, conducirá a una nueva revolución, esta vez de carácter socialista. Con estas posiciones, el balance de la revolución de 1905 acerca a Lenin a las posiciones de Trotsky sobre la naturaleza de la Revolución Rusa (“The Stages, the trends, and the prospects of the revolution”, Lenin, T. X, en www.marxists.org).


 


El boicot a la Duma de Witte


 


No es el objetivo de este texto hacer un balance exhaustivo de las jornadas revolucionarias de octubre y diciembre de 1905. Baste tener en cuenta, por un lado, que fue la experiencia revolucionaria más avanzada de la clase obrera y los campesinos rusos en el marco de la revolución y, por otro, que el movimiento no encontró fuerzas para derrotar a la monarquía. En efecto, en diciembre de 1905 fue derrotada la insurrección bolchevique en Moscú, que representó el último gran episodio de esta etapa de la revolución. Interesa analizar cómo, a la luz de esta experiencia, se va forjando la posición de ambas fracciones de la socialdemocracia rusa frente al problema electoral.


 


Como dijimos, la convocatoria a la Duma de Witte se produjo luego de derrotada la insurrección de diciembre y de nuevo buscando una salida de estabilización política frente a las enormes presiones revolucionarias que enfrentaba el zarismo. El zarismo buscaba, por otro lado, una fachada democrática frente a una presión del capital internacional, que para garantizar créditos exigía normalizar la situación política -lo cual implicaba integrar al régimen político, al menos, a los partidos de la gran burguesía.


 


En la socialdemocracia, que atravesaba un proceso de unificación, se produjo un debate: estando de acuerdo en que la tarea central era la denuncia del carácter manipulador de la representación de la Duma y de la necesidad de volver a preparar las condiciones de la insurrección contra el gobierno, los bolcheviques proponían boicotear las elecciones, en tanto los mencheviques propusieron presentarse, aunque sólo para la primera fase de las elecciones, en las que se elegían compromisarios, y no para la segunda, donde se elegían electores a la Duma.


 


La táctica de los mencheviques estaba fundada sobre una concepción según la cual la socialdemocracia debía apuntar a formar autogobiernos locales, en cada uno de los distritos. Esta táctica fue siempre combatida por Lenin, quien la consideraba distraccionista respecto del objetivo de la formación de un Gobierno Provisional -que implicaba el fin de la autocracia- y, por sobre todas las cosas, utópica. El contrapunto se produjo durante los debates preliminares de convocatoria al congreso de unificación.


 


Los bolcheviques convocaron a boicotear la elección en la Duma. El boicot tenía motivos precisos. En primer lugar, la Duma no era un parlamento europeo, sino una institución cuasi consultiva cuya autoridad estaba limitada por el monarca. En segundo lugar, tampoco había, en un período contrarrevolucionario, condiciones de libertad de agitación para participar con banderas propias en la campaña electoral. Por ello, el rol central de los socialdemócratas debía diferenciar con claridad la Duma de la verdadera representación popular, y sobre esa base, llamar a organizarse para la lucha contra la autocracia. Por último, la participación electoral, en opinión de Lenin, hubiera llevado agua al molino de la burguesía liberal, que quería utilizar la Duma como una plataforma para un acuerdo con la monarquía zarista.


 


Mientras que los bolcheviques convocaban al boicot, los mencheviques llamaron a participar eligiendo compromisarios, que luego deberían concurrir a las asambleas para elegir electores (que, a su vez, elegían a los parlamentarios, en un sistema de tres niveles de elección) para desarrollar una posición revolucionaria y llamar a formar un auto-gobierno. Bajo la presión de la represión, sin embargo, los compromisarios mencheviques, en diversas localidades, violaron las directivas partidarias y, siendo forzados por la situación, votaron electores. De esta forma, a partir de la intervención menchevique, se terminó formando un bloque parlamentario en la primera Duma del Estado.


 


El debate sobre el boicot se conecta con un intercambio sobre la situación concreta. ¿Cual era el alcance del triunfo contrarrevolucionario del gobierno? Si el triunfo de la contrarrevolución tenía un carácter permanente, abría la posibilidad de un período de larga estabilidad política, o si, por el contrario, se trataba de un episodio en una etapa de características revolucionarias que continuaba abierta. Si se trataba de un período de estabilidad política parlamentaria, correspondía adaptar las consignas políticas dejando de lado los planteos insurreccionales. Si, por el contrario, se trataba de una etapa revolucionaria abierta, la contemporización con un intento de seudo constitucionalismo seria distraccionista respecto del objetivo de preparar a las masas para la lucha por el poder.


 


En este debate Lenin fija posición en favor de la segunda variante: la de que la etapa de la revolución no está cerrada (Lenin, “La revolución Rusa y las tareas del proletariado”, T. X, p. 135). Como en general ocurre, entre ambas variantes previstas, la realidad escogió su propio camino: un largo período de represión con contragolpes y movilizaciones, luego la guerra y, finalmente, la revolución de 1917, que validó en forma tardía la caracterización política bolchevique de 1905.


 


El resultado de las elecciones: la Duma cadete y la intervención de la social democracia


 


El Partido Democrático Constitucional -cadete- fue el gran ganador en las elecciones de la I Duma del Estado, triunfando ampliamente sobre todas las variantes monárquicas (los centurionegristas y los octubristas). Como resultado, se formó una Duma con mayoría cadete. Los electores socialdemócratas resultaron electos sobre la base de acuerdos con los cadetes, en contra de los representantes directos de la autocracia en las asambleas de electores.


Los cadetes eran miembros de uno de los dos partidos en los cuales se había dividido la burguesía rusa. En octubre de 1905 se divide el viejo partido de los oszbovozdenistas, en octubristas y cadetes. Los octubristas eran directamente el partido de la gran burguesía, los propietarios fabriles. Los cadetes, en cambio, agrupan a la pequeña burguesía liberal, los abogados, intelectuales, escritores, periodistas. Este partido, como partido opositor al zar, manejaba una gran cantidad de periódicos legales y ejercía una enorme influencia sobre la pequeña burguesía y los trabajadores “de cuello blanco” de las ciudades. Los octubristas, un partido legalizado por el régimen, tenían acuerdos mucho más firmes con la nobleza y el zar que los cadetes. Los cadetes oscilaban entre la pequeña y la gran burguesía, entre los acuerdos con el zarismo y el movimiento revolucionario, en la búsqueda de una reforma de la autocracia que, a mediano plazo, se demostró incompatible con las bases sociales del zarismo.


 


Los cadetes obtuvieron una victoria electoral por amplio margen al canalizar el voto de todos los elementos descontentos con el gobierno, en ausencia en las elecciones de los partidos revolucionarios. En las elecciones de San Petersburgo, los cadetes obtuvieron los 160 escaños en juego (Lenin, T. X, p. 297). Se trataba, en este carácter de una representación parlamentaria que se ubicaba marcadamente a la derecha de las fuerzas sociales que habían votado por ella. Contrariamente a los fuertes choques sociales característicos de la etapa, la posición de los cadetes -y de un ala del gobierno- tendía fuertemente a un compromiso político con el zarismo.


 


La formación de este bloque en la I Duma tuvo importancia en la táctica socialdemócrata. La Duma comenzó pronto a chocar con el zar respecto a diferentes problemas. El período de sesiones coincidió con una reanimación de la lucha de clases extraparlamentaria, especialmente en las provincias. Los diputados socialdemócratas electos apuntaron a transformar a la Duma en una tribuna para una agitación política por el fortalecimiento de las luchas obreras y el derrocamiento del gobierno por medio de una movilización extraparlamentaria (ver, por ejemplo, “La Duma y el pueblo”, T. XI).


 


La política de la mayoría cadete dentro de la Duma no fue ésa. El punto fundamental del reclamo de los cadetes dentro de la Duma fue la exigencia al gobierno de la formación de un gabinete electo por la propia Duma. Se trataba de un intento de transacción entre el zarismo y la burguesía liberal para formar un cogobierno, respetando en lo fundamental los poderes de la autocracia. Dentro del propio bloque socialista se dio un importante debate respecto de la posición a adoptar frente a esta exigencia, dado que un sector de la fracción parlamentaria apoyaba la posición cadete. Lenin desarrolló toda una pelea política en contra de que el bloque socialdemócrata aceptara reclamar el Gabinete surgido de la Duma.


 


Paralelamente, los cadetes apoyaron medidas represivas del gobierno contra el ala izquierda, tanto en el plano extraparlamentario (votando a favor de proyectos represivos, por ejemplo, contra la libertad de reunión) como también en la propia Duma, apuntando a limitar la posibilidad de debate.


 


El otro punto central en el balance de la acción de la Duma del Estado es la formación del llamado grupo trudovique (Partido del Trabajo). Estos eran los representantes de los partidos cercanos al campesinado, los socialrrevolucionarios, también llamados “eseristas”. El grupo trudo- vique osciló en la Duma entre el apoyo a los cadetes y el bloque con los socialdemócratas.


 


¿Qué importancia tiene la formación del grupo trudovique? Lenin había previsto, en su obra Dos tácticas… la delimitación progresiva de la burguesía rusa en dos alas, una revolucionaria, constituida por el campesinado, y otra de conciliación: la burguesía liberal. El grupo trudovique, oscilante entre los cadetes y los socialistas, representaba para Lenin, políticamente, esta burguesía revolucionaria, que debía ser una aliada irremplazable, por su peso social, de la clase obrera en la revolución democrática, pero que, en ausencia de una posición firme del ala izquierda, caía bajo la influencia cadete. El hecho de poder formar un bloque con este grupo en la Duma, para Lenin, mostraba la posibilidad de delimitar, en los hechos, a este sector, para arrancarlo de la influencia de la burguesía liberal.


 


Las posiciones de los cadetes sobre la formación de un Gabinete surgido de la Duma no llegaron a prosperar. Nuevamente, la autocracia pegó un golpe de mano y disolvió la Duma, haciendo uso de atribuciones legales. Esta disolución de la Duma tuvo consecuencias importantes, porque dejó nuevamente al desnudo la endeblez de la idea de combinar una representación electa “constitucional” con la monarquía zarista.


 


Los límites para un acuerdo eran fuertes de ambos lados. Por el lado de los cadetes, un acuerdo exitoso con el gobierno hubiera implicado romper con la base popular que los había llevado a la Duma. Por el lado del gobierno, implicaba hacer concesiones que la nobleza y la corte no estaban dispuestas a hacer, porque consideraban que una ampliación de las libertades democráticas condicionaba su propia supervivencia.


 


En última instancia, el progreso de este tipo de cogobierno sólo hubiera sido viable a largo plazo con la derrota de la revolución. La evolución “burguesa” de Rusia, bajo esta forma de dictadura monárquico-liberal, podría haber seguido el rumbo de un desarrollo capitalista organizado “desde arriba”. Pero como vemos, esta variante de colaboración política implicaba la derrota de las perspectivas de la revolución y la adaptación del zarismo a concesiones que, por su propia base política y social, no estaba dispuesto a llevar adelante.


 


El balance de la disolución de la Duma es instructivo políticamente: los cadetes, luego de las elecciones, aparecían en el centro de la situación política. Su táctica de negociación con el gobierno, su negativa a convocar a movilizarse en forma directa, los hizo perder la iniciativa. Bajo la idea de “cuidar la Duma”, para evitar provocar, mediante la movilización popular, un choque con el gobierno, desarmaron su propia posición e hicieron posible la disolución de la Duma. No hubo una respuesta general a la disolución de la Duma y nuevamente quedaba planteado el problema de la incapacidad de los métodos parlamentarios para enfrentar al zarismo. Este fracaso ponía nuevamente en el orden del día el debate sobre los métodos para enfrentar al gobierno y, fundamentalmente, la vigencia de la huelga general y la insurrección.


 


La convocatoria a la II Duma y el debate sobre el frente electoral


 


En este cuadro, y en un artículo central, Lenin considera que el balance de la I Duma del Estado hace necesario revisar la táctica del boicot electoral. Las elecciones, la formación de la Duma y el debate en su interior produjeron una clarificación de posiciones y una tribuna parlamentaria de la cual la clase obrera no podía renunciar. En este cuadro, los bolcheviques resuelven presentarse nuevamente a elecciones en el caso de una nueva convocatoria (“Disolución de la Duma y las tareas del proletariado”, Lenin, T. XI). La experiencia del fortalecimiento electoral del bloque de los liberales, arrastrando tras de sí a la masa del pueblo que había protagonizado las grandes jornadas revolucionarias, junto al balance de la acción de los diferentes bloques legislativos en la primera Duma, abonó la conclusión de la necesidad de una intervención electoral para presentar un bloque de fuerzas liderado por la socialdemocracia.


 


El debate se trasladó inmediatamente a qué política se debe llevar adelante y con qué métodos abordar la nueva campaña electoral para la II Duma del Estado, que se produce pocos meses después. El dilema central es el siguiente: ¿qué bloques de fuerzas debían enfrentarse en las elecciones? Como hemos visto, los cadetes ganaron con amplitud las primeras elecciones a la Duma, superando a las centurias negras, el partido monárquico -zarista. ¿Debían los socialdemócratas formar un bloque común con los cadetes contra los partidarios de la monarquía o presentar listas propias?


 


Los argumentos en pos de la primera opción, presentados fundamentalmente por Plejanov al interior del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata Ruso) Unificado, pasaban fundamentalmente por la necesidad de enfrentar un posible triunfo electoral de los centurionegristas si se presentaban dos listas separadas de oposición: social-demócratas y liberales. Siendo éste el argumento central, había también otros factores, por ejemplo, la posibilidad, en un frente con los cadetes, de facilitar la agitación electoral e incluso la distribución de la boletas de sufragios, cuyo reparto estaba prohibido incluso antes de las elecciones. El Bund (Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia), integrado también al POSDR, defendió asimismo el frente con los cadetes como un frente “técnico”; es decir, un frente consumado en torno de las candidaturas, y sin una plataforma común, con el sólo sentido de triunfar frente a las fuerzas del zar. Los mencheviques, con Plejanov a la cabeza, sin embargo, defendieron el frente mediante una línea de adaptación política: proponiendo reemplazar la consigna central del POSDR -la asamblea constituyente convocada por un Gobierno Provisional- por el de la “Duma con plenitud de poderes”. El último argumento para defender el frente con los cadetes, especialmente en San Petersburgo, era el de la posibilidad de obtener una cantidad mayor de bancas por medio de una negociación que si se presentaban candidaturas propias.


 


En última instancia, la posición de Plejanov estaba condicionada por la aplicación de un esquema: la revolución rusa era una revolución burguesa, la clase obrera debía entonces presionar desde afuera del gobierno y ayudar a que la burguesía llegara al poder y, por lo tanto, el frente con los cadetes era políticamente necesario. Sin embargo, este esquema contradecía todo el desarrollo previo de los acontecimientos, durante el transcurso de los cuales los cadetes habían mostrado a las claras sus límites políticos para enfrentar a la monarquía.


 


La posición de Lenin


 


Lenin, consecuentemente, defendió la necesidad de presentar candidaturas propias. Sostenía que la política electoral tiene que ser una continuación de la política general de un partido. La política electoral de los bolcheviques debía ser la continuación de la política revolucionaria, en la arena de la disputa electoral. Entonces, de lo que se trataba era de desarrollar, a partir de la campaña electoral, la conciencia de clase, la cohesión de la clase obrera, su firmeza de principios y su voluntad de lucha. Y los principales enemigos de estas cualidades no eran las cárceles zaristas, sino los discursos cadetes y las ilusiones constitucionales.


 


¿En qué consiste, para Lenin, el peligro de las Centurias Negras? El peligro central no se halla en su posibilidad de acción parlamentaria, sino en la acción fuera del parlamento, en la represión gubernamental, el encarcelamiento de los opositores, la censura y la cárcel. Sin embargo, para enfrentar este peligro, la clase obrera debía prepararse para dar una respuesta organizada en el terreno de la movilización extraparlamentaria. Las candidaturas en común con los cadetes eran contrarias a esta posición, dado que los cadetes eran enemigos de las formas de lucha más avanzadas del movimiento obrero para derrotar a la reacción.


 


Por otro lado, señala Lenin, la posición “frentista” con los cadetes sobreestima el rol de la Duma, que sigue sin ser una representación popular soberana. Por lo tanto, cobra aún mayor importancia la campaña electoral como medio para llamar a la clase obrera a organizarse por la vía extraparlamentaria.


 


Con esta premisa, se echa luz a otro problema. Los mencheviques, con su posición, sostenían que, de presentar listas unificadas, podía formarse una Duma totalmente liberal, con un bloque de izquierda fuerte. ¿Vale la pena sacrificar la independencia política del partido obrero en pos de este objetivo? Responde Lenin:


 


“Se trata de dos tipos de Duma: o 200 centurionegristas, 280 cadetes y 20 socialdemócratas, o 400 cadetes y 100 socialdemócratas. Nosotros claramente preferimos la primera opción y consideramos pueril creer que eliminar a las centurias negras de la Duma equivale a eliminar el peligro centurionegrista” (“Sobre los bloques con los cadetes”, T. XI).


 


En ausencia de bloques con los cadetes, ¿se debían concertar otro tipo de alianzas? La posición de Lenin sobre este punto sufre variaciones. En un primer momento, considera estéril cualquier tipo de alianza electoral con los partidos trudoviques en la primera fase electoral. Para la segunda, la elección de los representantes a la Duma llevada adelante por los compromisarios, Lenin admite los frentes incluso con los cadetes, sobre la base de representación proporcional, para derrotar a los partidos monárquicos.


 


En un segundo momento, especialmente a partir de la resolución de la conferencia electoral de Petersburgo de enero de 1906, Lenin defiende ardientemente la conformación de un bloque único del conjunto de la izquierda, para enfrentar a los cadetes. La lucha, en este punto, aparece colocada por atraer a los partidos de la pequeña burguesía y el campesinado a un campo revolucionario común junto a los socialdemócratas. La condición, evidente, era que estos partidos no conformaran, a la vez, bloques electorales con los cadetes. O sea, que se mantuvieran las “tres listas” electorales: los monárquicos, los cadetes y las izquierdas.


 


La lucha por este frente de izquierda tenía además un objetivo de clarificación política. El Partido Socialista Revolucionario se había escindido, durante la fase previa, en tres tendencias distintas. La tercera de las tendencias, los llamados “enesistas”(agrupados en la Unión por la Regeneración de Rusia), buscaba activamente un bloque con la burguesía liberal. El objetivo de Lenin, en este punto, era una ruptura de los trudoviques que clarificara posiciones entre el sector partidario de una alianza con el proletariado revolucionario y los aliados de los cadetes.


 


Para nosotros, sólo existe una línea, siempre y donde quiera: tanto en la lucha electoral como en la lucha librada dentro de la Duma y en los combates en las calles, con las armas en la mano: la socialdemocracia lucha en todas partes con la burguesía revolucionaria, contra los cadetes traidores (ídem).


 


Por último, cabe remarcar que, además de estos argumentos de fondo, Lenin nunca subestimó el problema de una victoria electoral de la derecha zarista. Dedicó abundantes páginas y folletos a demostrar, con números en la mano, que esta victoria no era posible, dado que en las elecciones de 1906 y en las de 1907 en los distritos en los que se votó antes que en San Petersburgo, los votos a los cadetes más que duplicaban a los de los monárquicos, con lo cual, incluso en la peor de las variantes (una división en dos de los votos antimonárquicos, por la presentación independiente de la izquierda) no había ninguna posibilidad de que triunfaran las centurias negras.


 


Una vez establecido esto, quedaba por ver cómo debía ser la campaña electoral en San Petersburgo. En este punto, los materiales de campaña redactados por Lenin buscaban explicar a los electores las diferencias de clase de las tres opciones en disputa y su posición respecto a las reivindicaciones populares más urgentes: el reclamo de la tierra (para el otorgamiento de la cual los cadetes exigían el pago a los campesinos de un rescate), el problema de la libertad política y la actitud y posición respecto a los reclamos fundamentales de los trabajadores.


 


La evolución de las negociaciones


 


Estando así planteadas las posiciones políticas, se convocó a una conferencia en San Petersburgo para decidir la táctica a seguir por el POSDR. La conferencia se escindió porque los mencheviques cuestionaron la representación de los mandatos. La ruptura fue provocada por motivos políticos, porque incluso tomando los criterios mencheviques para los mandatos la posición bolchevique contaba con mayoría en la conferencia.


 


Los “31 mencheviques” escindidos de la conferencia formaron un bloque común con los trudoviques para negociar una candidatura común con los cadetes. Esta negociación se rompió por un acuerdo de cargos. El bloque de los eseristas y mencheviques reclamaba tres lugares de seis en la Duma. Uno para los SR, uno para los mencheviques y el tercero para la curia obrera (los representantes de los obreros, que votaban por separado). Los cadetes ofrecieron sólo dos cargos, con lo cual la negociación se rompió y colocó en crisis al bloque (“La táctica del POSDR frente a la campaña electoral”, Lenin, T. XII, pp. 134 y ss.).


 


¿Por qué los cadetes no accedieron a incorporar a estos partidos? Durante la campaña electoral se emprendieron negociaciones con Sto- lipyn, el primer ministro zarista, para obtener la legalidad del partido. Estas negociaciones, según Lenin, los llevaron a bloquear un acuerdo con la izquierda.


 


¿Y por qué, por otra parte, la izquierda no aceptaría un acuerdo por dos bancas? Aquí viene una argumentación demoledora de parte de Lenin: si el peligro es el ascenso de la derecha, habría que aceptar el bloque con los cadetes, incluso con dos bancas. La negativa de los Partido Social Revolucionario (eseristas) y mencheviques a aceptar este acuerdo ponía de manifiesto que el problema central, más allá de las centurias negras, era asegurar un puesto en la Duma. Con dos bancas, no había forma de asegurar este ingreso a todos los partidos en disputa.


 


En medio de este debate, se realizaron en San Petersburgo las elecciones en la curia obrera. En ellas, se esperaba un triunfo aplastante de los socialdemócratas; en efecto, triunfaron éstos, pero la novedad de la elección fue el progreso de los socialrrevolucionarios, los partidos más ligados a la pequeña burguesía campesina. En las grandes fábricas de una cantidad de distritos, derrotaron a los candidatos socialdemócratas, especialmente a los mencheviques. Los socialrrevolucionarios recurrieron a un ardid: esconder las negociaciones con los cadetes, comunes con los mencheviques, y denunciar, como una posición menchevique, el reclamo de un frente con los cadetes. Las elecciones en la curia obrera fueron un golpe a los socialdemócratas (por el avance de los eseristas), que Lenin intentó asimilar atribuyendo la derrota al rechazo proletario a los bloques con los cadetes.


 


El desenlace


 


La crisis del bloque menchevique y socialrrevolucionario por la dureza de los cadetes en la negociación de los cargos hizo su propio trabajo, y los social revolucionarios terminaron concertando un bloque de izquierdas con los bolcheviques en San Petersburgo. Los mencheviques llamaron a votar a este frente, excepto en los distritos en donde existía peligro del triunfo de las centurias negras. Incluso así, fue un enorme triunfo político del bolchevismo, en su esfuerzo de separar al campesinado de la burguesía liberal y atraerlo a un campo común junto con la clase obrera revolucionaria, que Lenin atribuyó a la consistencia de la acción política, en base a la caracterización de la burguesía liberal, desde su obra Dos tácticas.


 


El balance de las elecciones confirmó las previsiones del bolchevismo. La derecha zarista obtuvo una votación marginal. La extorsión del “triunfo de la derecha” se reveló como tal: un ardid de los liberales para impedir una presentación independiente de la izquierda y asegurar su propio liderazgo de la lucha contra el gobierno. La izquierda progresó en votos, sobre elecciones anteriores (por ejemplo, las de Moscú, realizadas previamente), y obtuvo el 25% de los votos, a pesar de las condiciones proscriptivas hacia sus organizaciones.


 


Pero además de este balance, las elecciones proporcionan un material adicional para un balance, porque otorgan datos sobre la penetración de cada partido en las diversas clases de la sociedad. En este sentido, el balance de Lenin, luego de un análisis distrito por distrito, también es instructivo:


 


Las elecciones han refutado categóricamente ese punto de vista, terriblemente desalentador, de que las ideas de la socialdemocracia son inaccesibles al oficinista y al empleado de comercio (…) • Podemos arrebatar al Partido Cadete, que regatea con Stolipyn, a centenares de oficinistas, empleados de comercio, etc., en cada distrito. Si trabajamos en este sentido, podemos quebrar la hegemonía de los cadetes sobre los pobres de la ciudad (“Resultados de las elecciones en San Petersburgo”, Lenin, T. XII).


 


Algunas reflexiones


 


Generalmente se acepta que la revolución de 1905 fue el ensayo general para la revolución de 1917, que nutrió de experiencias, tanto a la clase obrera y al movimiento popular en su conjunto como a los partidos socialdemócratas. Es indudable que el balance de este enorme proceso popular contribuyó decisivamente a la victoria del bolchevismo en 1917. Es menos remarcado, sin embargo, que la lucha política posterior a la revolución de 1905, sus debates, el intento de mantener las posiciones revolucionarias en un momento de reflujo, la crítica a las posiciones democratizantes, las experiencias de lucha electoral, resultaron también decisivas para forjar la conciencia que llevó al primer gobierno obrero del siglo XX. La revisión de la política electoral de la socialdemocracia ayuda a comprender aspectos fundamentales que llevaron luego a delimitar posiciones durante la revolución de 1917.


 


Este análisis conserva una enorme actualidad. En primer lugar, por el método político, de no poner por delante un esquema, a la hora de planificar la acción política, sino el análisis concreto de las relaciones entre los partidos y tendencias políticas, que Lenin llevó adelante desde 1905 y conforme al cual formó sus puntos de vista. En segundo lugar, porque proporciona un ejemplo de lucha política para defender un punto de vista revolucionario frente a los procesos electorales, que son un terreno habitual de adaptación política a los puntos de vista burgueses por parte de los partidos revolucionarios. En tercer lugar, porque muestra que, a diferencia de lo que plantearía una mirada superficial, la política bajo la Rusia zarista luego de 1905 marca una realidad compleja, de lucha de tendencias, intentos de cooptación, maniobras gubernamentales y, por sobre todo, de una intensa pelea de partidos, donde se fue forjando la experiencia política que luego llevó a la revolución de octubre. En cuarto lugar, porque muestra el valor de la pelea electoral para atraer, politizar y ganar para la lucha a capas cada vez más amplias de la población.


 


 


*Juan García es historiador (UBA) y dirigente del Partido Obrero de la provincia de Chaco.


 

Las leyes laborales de la Rusia soviética

Una crítica y una respuesta*


Crítica de William C. Redfield, presidente de la Cámara de Comercio ruso-americana


 


En el ejemplar de Rusia Soviética del 21 de febrero, la Oficina Soviética publica en su totalidad el nuevo Código de leyes laborales de la Rusia Soviética. Aparentemente, se trata de propaganda para impresionar a los obreros estadounidenses con sus ideas avanzadas en cuanto al derecho al trabajo, la jornada de ocho horas, la protección de las mujeres y los niños en la industria, y el seguro de desempleo y de discapacidad.


 


En los hechos, sin embargo, muestra un estado de cosas con relación al trabajo, que es cualquier cosa menos algo avanzado. Con dicho código, el trabajo se pone nuevamente en un estado de servidumbre y opresión no conocido desde hace un siglo. Si cada trabajador estadounidense pudiera leer este código de trabajo cuidadosamente, quedaría totalmente desilusionado en cuanto a la afirmación de que el gobierno soviético de Rusia es el gobierno del hombre trabajador, o que se ha interesado en el bienestar del trabajo. Por el contrario, impone una tiranía que ha privado al trabajo de todos los derechos y privilegios alcanzados hasta ahora.


 


En primer lugar, todos los ciudadanos de la Unión Soviética entre los 16 y 50 años que no estén incapacitados por lesión o enfermedad están sujetos a la obligación de trabajar.


 


Todos los trabajadores están divididos en categorías determinadas por las autoridades y están sujetas a las escalas salariales y las condiciones de trabajo establecidas por ellas. Cada trabajador debe llevar un cuadernillo de trabajo, que es como un pasaporte. En éste se debe ingresar cada pago que recibe, las horas que trabaja o está ausente, el grupo y la categoría a la que ha sido asignado por la Comisión de Valoración, y cualquier otro detalle de su vida y actividad. Un asalariado debe presentar su libreta a solicitud de cualquiera de las autoridades o instituciones.


 


Un asalariado no tiene permitido cambiar de un trabajo a otro, excepto con el permiso debidamente certificado por la autoridad laboral, en virtud de los cuales se convierte prácticamente en un siervo industrial ligado a su trabajo. Si un hombre desea dejar de trabajar, debe asegurarse un certificado de la oficina de expertos médicos que acrediten su discapacidad, y si la misma es temporal o permanente. Las licencias podrán concederse por acuerdo entre la dirección de las empresas y los comités de obreros, pero un asalariado no tiene permitido trabajar en forma remunerada durante su licencia.


 


Ningún trabajador estadounidense debería aceptar ni por un momento tal sistema tiránico y opresor. Una lectura de este código muestra claramente hasta qué punto la autocracia en Moscú ha ido en dirección de la reacción y la destrucción de la libertad y el derecho de los individuos.


 


 


Nuestra respuesta al Sr. Redfield


 


El señor Redfield opina que bajo la ley soviética “la mano de obra se pone de nuevo en un estado de servidumbre y opresión no conocido desde hace un siglo”. Que el gobierno soviético ha “impuesto una tiranía que ha privado al trabajo de todos los derechos y privilegios alcanzados hasta ahora”. El trabajador se ha convertido “virtualmente, en un siervo atado a su trabajo”.


 


“Una lectura de este código muestra claramente -exclama el Sr. Redfield- hasta qué punto la autocracia en Moscú ha ido en la dirección de la reacción y la destrucción de la libertad y el derecho de los individuos”.


 


Las acusaciones del señor Redfield a la tiranía soviética se pueden enumerar en cinco puntos:


 


1. Todos los ciudadanos sin discapacidades de Rusia soviética de entre 16 y 50 años están sujetos a la obligación de trabajar. 


 


2. Todos los trabajadores están clasificados por las autoridades y están sujetos a las escalas salariales y las condiciones de trabajo establecidas por las autoridades. 


 


3. Un asalariado no tiene permitido cambiar de un trabajo a otro, excepto con permiso especial de las autoridades laborales. 


 


4. Un trabajador no tiene permitido trabajar en forma asalariada durante su licencia. 


 


5. Cada trabajador debe llevar una libreta de trabajo, que es como un pasaporte.


 


Examinemos cada uno de estos cargos.


 


1. El Sr. Redfield cree que “ningún trabajador estadounidense debería (o sea que podría, N. del autor) aceptar a tal sistema tiránico y opresor”. Redfield parece no ser consciente de la existencia de leyes contra la vagancia en la mayoría de los Estados Unidos, por no hablar de las leyes promulgadas en muchos estados durante la última guerra, que requieren que todos los hombres aptos trabajen un cierto número de horas por semana. La única diferencia entre la legislación soviética y la americana sobre el tema es que, bajo las leyes de la Rusia soviética, el deber de trabajo tiene su correlato en el derecho al trabajo, mientras que, en Estados Unidos, un trabajador que no puede encontrar empleo puede ser enviado a prisión por vagancia.


 


¿Ha escuchado el señor Redfield acerca de las chain gangs (grupos de prisioneros encadenados y sometidos al trabajo forzado) en los Estados del Sur, donde los desempleados negros son condenados a penas de prisión por vagancia y contratados por las autoridades a los contratistas privados para trabajar en la vía pública? En Rusia soviética, en virtud del artículo 10 del Código de Leyes Laborales, “todos los ciudadanos capaces de trabajar tienen derecho a un empleo de acuerdo con sus vocaciones”. Esto no es un mero derecho teórico. En virtud del artículo 3 del código, el derecho al trabajo se hace cumplir a través del aparato estatal del gobierno soviético. Cada asalariado desempleado es provisto de trabajo por el Departamento de Distribución del Trabajo.


 


En caso de que no se le pueda encontrar ningún trabajo, tiene derecho a un beneficio al desempleado, que debe ser igual a su salario regular, fijado por el comité de escala salarial de su sindicato (artículo y apéndice a la sección 79: Reglas relativas al desempleado y pago de subsidios, secciones 5 y 6). En la medida en que el gobierno soviético se compromete a proporcionar a cada desempleado un trabajo y pagarle una prestación por desempleo, si no se puede encontrar un empleo para él, el gobierno exige a todos los trabajadores a aceptar un empleo de su propio oficio, siempre que los salarios y las condiciones de empleo se ajusten a normas sindicales (sección 24). Sin embargo, en el caso de que no pueda encontrar trabajo en su propio oficio y se le ofrezca un trabajo de grado inferior, se le paga con cargo al fondo de desempleo la diferencia entre la escala regular de su oficio y los salarios recibidos por él en su empleo temporal.


 


Sospechamos fuertemente que muchos hombres del sindicalismo americano podrían estar inclinados a someterse a esta forma de “tiranía”.


 


2. Los trabajadores se clasifican por las autoridades y la escala salarial es proporcionada por las autoridades de cada clase de trabajo, objeta el señor Redfield.


Parece ignorar el hecho de que prácticamente todas las “fábricas” (según la definición de la Oficina del Censo de Estados Unidos) han sido nacionalizadas en la Rusia soviética.


 


En la práctica, entonces, esta regla significa que el gobierno de la Rusia soviética clasifica sus funcionarios y fija su remuneración. ¿Es el ex secretario de Comercio conciente del hecho de que los empleados del gobierno de Printing O&E y del Bureau of Engraving and Painting en Washington DC son clasificados por el Congreso, y que sus sueldos y salarios son igualmente fijados por éste? ¿Ha olvidado la existencia de la War Labor Board, cuyo objetivo era ajustar los salarios en las fábricas privadas que trabajaban con contratos del gobierno? ¿No eran los asalariados de estos establecimientos también clasificados con la aprobación de la War Labor Board? ¿No son los trabajadores de la United States Steel Corporation clasificados por la administración de la corporación? Fue informado a la prensa pública que el Sr. Gary hizo excepción al reclamo de los trabajadores de tener voz en la fijación de sus salarios.


 


Veamos, a continuación, cómo las escalas salariales se fijan en la Rusia soviética. Bajo las secciones 8 y 9 del Código de leyes laborales, las normas que rigen los salarios y las condiciones de trabajo en todos los establecimientos, ya sean públicos o privados, están enmarcadas por los sindicatos y aprobadas por el Comisariado del Pueblo de Trabajo, que es el equivalente ruso del Departamento del Trabajo estadounidense. “En los casos en que es imposible llegar a un entendimiento con los directores o propietarios de establecimientos”, las escalas salariales son elaboradas por los sindicatos y sometidos a la aprobación de Comisariado del Pueblo de Trabajo: es de público conocimiento que los voceros de la clase patronal estadounidense se han negado con demasiada frecuencia a hablar con los representantes de los sindicatos, así como también de las condiciones de empleo.


 


En la Rusia soviética, si los directores o propietarios de establecimientos industriales no logran llegar a un acuerdo con el sindicato de los empleados, la controversia es resuelta por el Departamento de Trabajo del gobierno soviético, que es elegido por los trabajadores y los campesinos.


 


3. El Sr. Redfield afirma que bajo el Código soviético de leyes, el asalariado puede cambiar de un trabajo a otro sólo con el permiso expreso de las autoridades laborales. Al asalariado no se le permite dejar de trabajar hasta que se acepte su renuncia. Si desea dejar su trabajo, las razones de su renuncia deben pasar por el Comité de la rama de los trabajadores a la cual pertenece. Si dicho comité, tras la investigación, encuentra que la renuncia es injustificada, el asalariado debe permanecer en el trabajo, pero puede apelar la decisión del comité de su sindicato. La sanción prevista por la desobediencia de esta regla es la pérdida de beneficios de desempleado durante una semana (secciones 51, 52 y 53). No hay nada en las reglas que evite que, después de que se registre en la Oficina de Trabajo de Distribución, se le proporcione otro trabajo.


 


Es inútil negar que, en abstracto, estas normas implican una reducción de “la libertad y el derecho de la persona”, como dice el señor Redfield. Sin duda, en los países capitalistas, el asalariado está en la libertad de dejar de trabajar a voluntad. Lo hace, sin embargo, a riesgo de verse obligado a pasar hambre, a mendigar o robar. Por el contrario, en la Rusia soviética cada trabajador que está fuera de un puesto de trabajo tiene derecho a obtener de las arcas públicas sus salarios regulares hasta que el gobierno le provea de otro trabajo. ¿No es razonable que el gobierno, en tales circunstancias, tenga algo que decir en cuanto a si el trabajador debe dejar su empleo? El gobierno ejerce este poder de supervisión delegándolo en los compañeros de sector del trabajador. ¿Podría el señor Redfield sugerir cualquier otro acuerdo más favorable para el trabajador?


 


Supongamos, por el contrario, que todos los trabajadores están en libertad de dejar su trabajo a voluntad y aprovechar el tesoro público mientras están fuera de la órbita laboral. ¿No sería una tentación para muchos transformarse en un holgazán con fondos públicos? Hay que tener en cuenta, además, que esta reducción teórica del derecho del trabajador a renunciar a su trabajo a voluntad es compensada por la abolición del derecho del empleador a “despedir” al trabajador a voluntad. En virtud del artículo 46, un trabajador puede ser licenciado: 1) en caso de liquidación total o parcial de la empresa o de la cancelación de ciertas órdenes; 2) en caso de suspensión del trabajo durante más de un mes; 3) en el caso de evidente ineptitud del trabajador para el trabajo. En todos estos casos, el trabajador debe ser notificado con una antelación de dos semanas (artículo 47).


 


El despido de un trabajador por “ineptitud evidente” requiere la aprobación de su sindicato, y aquél puede apelar la resolución a la Oficina local del Trabajo. En caso de que la decisión final sea desfavorable para el trabajador, es introducido en las listas de desempleados por el Departamento de Distribución del Trabajo, el cual le debe proporcionar otro empleo o pagarle el beneficio regular de desempleado (sección 47) que, como se recordará, es igual a su salario.


 


El presidente de la Cámara de Comercio ruso-americana se unió en mostrar su aversión al trabajo obligatorio en la Rusia soviética a través del presidente de la Federación Estadounidense del Trabajo (American Federation of Labor -AFL). Sin embargo, de acuerdo con el Sr. Lincoln Eyre, corresponsal especial del New York World, en su edición del 13 de marzo, las leyes que rigen el trabajo obligatorio se han “originado con los sindicatos”, los cuales, según su testimonio, han sido “facultados para regular en conjunto con el Comisariado del Trabajo, todas las escalas de salarios, horas de trabajo y otros asuntos relacionados con el empleo”. La decisión final en todas estas cuestiones -dice el Sr. Eyre- es establecida por el gobierno. “En la práctica, sin embargo, es muy improbable que el gobierno soviético pueda negar cualquiera de las demandas de los poderosos sindicatos, a menos que sean terriblemente exorbitantes”.


 


4. El Sr. Redfield se lamenta por el hecho de que en la Rusia soviética no se permite a un asalariado trabajar por un salario durante su licencia (secciones 106 y 107). Las leyes soviéticas aseguran a cada asalariado un mes de vacaciones cada año, siempre que todo el tiempo que estuvo en paro y obtuvo su salario regular en forma del beneficio al desempleado, se le imputen a sus vacaciones anuales. Si estuviera permitido realizar un trabajo remunerado durante sus vacaciones, en efecto, se le estaría pagando doble. Podría esperarse que un ex secretario de Comercio debiera saber que bajo las normas departamentales existentes en Washington DC, ningún empleado del gobierno tiene permitido tener dos puestos y recibir dos sueldos al mismo tiempo, a pesar de que puede hacer su trabajo durante el momento de sus vacaciones anuales. Así, el gobierno soviético ha introducido en sus instituciones simplemente la norma impuesta en el gobierno de Estados Unidos desde “tiempos inmemoriales”.


 


Hay muy buenas razones para esta norma en la Rusia soviética. En caso de enfermedad, el gobierno paga al trabajador una prestación que es igual a su salario regular (apéndice de la sección 5, normas relativas al pago de los subsidios de beneficios por enfermedad a los asalariados durante su padecimiento, las secciones 1, 2 y 3). Con el fin de que el trabajador pueda mantenerse vital, el gobierno soviético le concede un mes de licencia para que pueda descansar durante ese tiempo. Lógicamente, el gobierno espera que el trabajador pueda aprovechar ese descanso. Por otra parte, en la medida en que el gobierno debe proporcionar un trabajo a cada persona sin discapacidad o pagarle un beneficio de desempleo, sería ilógico permitir a un trabajador recibir paga doble, mientras que otros tienen que ser puestos en la lista de desempleados y recibir los subsidios por paro.


 


5. Lo último, pero no menos importante, que la libreta de trabajo “es como un pasaporte”, en la que se debe introducir “cada detalle de su vida y actividad” del trabajador.


 


Las normas relativas a las libretas de trabajo (apéndice de la sección 80) limitan las anotaciones en la libreta a los siguientes elementos:


 


1. Nombre y edad del trabajador. 


 


2. Nombre y dirección de su sindicato. 


 


3. El grupo de trabajo al que ha sido asignado por el Comité de escala salarial de su sindicato. 


 


4. El trabajo realizado por él -ya sea pagado por tiempo o por pieza, así como el trabajo extra, y todos los pagos recibidos, como los salarios o beneficios por desempleo o enfermedad.


 


5. El tiempo tomado de sus vacaciones anuales, así como las licencias por enfermedad. 


6. Todas las multas que le hayan sido impuestas.


 


Estos son todos los “detalles de su vida y actividad” que se pueden introducir en la libreta de trabajo.


 


El presidente de la Cámara Americana de Comercio, probablemente se sorprenderá al saber que las normas anteriores relativas a los cuadernos de trabajo no son más que una recreación, con mejoras, de la ley imperial sobre el tema. El código industrial que es una porción de Vol. II, parte 2, de los Estatutos compilados del Imperio Ruso, contiene disposiciones relativas a las libretas de trabajo en las secciones 92, 136, 137 y siguientes. La sección 137 dice lo siguiente: “en la libreta se debe introducir: 1) el nombre, patronímico y apellido del trabajador; 2) el término del empleo y la vigencia de su pasaporte; 3) el importe de los salarios, que especifica los métodos para su cálculo y las condiciones de pago; 4) el importe de la renta para el uso por parte del trabajador de las viviendas, baño, etc., proporcionado por la fábrica o molino; 5) otras condiciones de empleo que las partes contratantes consideren necesario escribir en la libreta; 6) entradas de las cantidades devengadas, con una declaración de la cuantía de las multas impuestas a los trabajadores, y la causa del mismo; 7) un extracto de las leyes y normas de la administración interna, que definen los derechos, deberes y responsabilidades de los trabajadores”.


 


El objeto principal de la libreta de trabajo es proporcionar al trabajador, en caso de litigio, una evidencia del trabajo realizado y el pago recibido por él.


Todo aquel que conoce la situación laboral en Estados Unidos sabe que los tribunales inferiores en todos los centros industriales están repletos de casos referidos a salarios. Con bastante frecuencia, el trabajador no puede probar su afirmación “por la preponderancia de la evidencia”. En la corte, la palabra del empleador es tan buena como la palabra del asalariado. La ley rusa lo ha previsto, a fin de evitar litigios interminables.


 


 


Traducción: Silvia Gabay.


 


* Extractado de Russian Soviet Government Bureau (New York): The labor laws of Soviet Russia; with an answer to a criticism by William C. Redfield. Soviet Russia pamphlets, N° 1 (New York, 1920).

Los orígenes del Programa de Transición


En un artículo anterior publicado en esta revista (Gaido, 2014) señalamos que la táctica del frente único, plasmada en las “Tesis sobre la unidad del frente proletario” adoptadas por el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista (AA VV., 1973: 191-200) se originó en una iniciativa del líder del Partido Comunista de Alemania (Kommunistische Partei Deutschlands, KPD), Paul Levi, conocida como la “Carta abierta” de la Zentrale del Partido del 8 de enero de 1921. En este artículo mostraremos que el método de demandas transicionales se originó en el KPD en el período inmediatamente posterior a la expulsión de Paul Levi, después de su crítica al putsch conocido como la “Acción de marzo” de 1921 (ver Paul Levi, “Nuestro Camino: contra el putschismo”, en Fernbach, 2011: 119-165). Según el principal historiador de la revolución alemana, Pierre Broué:


 


Fue la iniciativa de los trabajadores metalúrgicos de Stuttgart, en su lucha contra el socialdemócrata de izquierda Dissmann, la que inspiró la “Carta Abierta” de enero de 1921. Aquí encontramos, por primera vez, claramente formulada la política de frente único de los trabajadores. Esta había sido aplicada en Rusia en 1917, pero todavía no era una parte integral de la doctrina bolchevique, y fue la lucha para organizar el frente único de los trabajadores, comunistas y no comunistas por igual, en Alemania, la que iba a llevar a la aparición, primero en los debates de la Internacional y después en su programa, de la idea de consignas y reivindicaciones transicionales, cuyo objetivo era llenar, en el arsenal de la teoría comunista, el lugar que había quedado vacío por el colapso de la vieja separación entre programa máximo y mínimo, separación que se remontaba al Programa de Erfurt del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) de 1891 (Broué, 2005: 855, énfasis mío).


 


El Tercer Congreso de la Internacional Comunista (22 de junio – 12 de julio de 1921)


 


El Tercer Congreso de la Internacional Comunista centró sus debates en el reciente (y fracasado) intento de putsch, conocido como la “Acción de Marzo” en Alemania, como la excepcional edición inglesa de las minutas del congreso por John Riddell deja claro (Riddell, 2015). En el curso de los debates, Lenin y Trotsky, con la ayuda de los delegados de la minoría alemana encabezada por Clara Zetkin, lograron sacar a la Internacional de su curso ultraizquierdista anterior, conocido como la “teoría de la ofensiva”, la cual contaba inicialmente con el apoyo de la mayoría de los delegados, incluyendo a Zinoviev, Bujarin, Béla Kun, Karl Radek y August Thalheimer. El congreso reorientó el trabajo de la Internacional a ganar el apoyo de la mayoría de la población para el Partido Comunista antes de lanzar una insurrección, una estrategia que fue resumida en el lema del congreso: “¡A las masas!”. El precio que los dirigentes bolcheviques tuvieron que pagar por esta reorientación de la estrategia de la Internacional fue a un acuerdo por el cual el congreso declaró la “Acción de Marzo” -cuyo resultado llevó a que la Internacional perdiese 200.000 trabajadores en el corazón industrial de Europa- como un “paso adelante” (Adler, 1980: 290), aunque en términos más bien incoherentes.(1) La táctica del frente único, a su vez, fue rescatada al precio de sacrificar a la persona que originalmente la desarrolló, Paul Levi (Gaido, 2014).


 


En cuanto a las reivindicaciones transicionales, la sección quinta de las “Tesis sobre la táctica” adoptadas por el Tercer Congreso, titulada “Combates y reivindicaciones parciales” (el original en alemán dice “demandas parciales”: Teilforderungen), declaraba:


 


En lugar del programa mínimo de los reformistas y centristas, la Internacional Comunista plantea la lucha por las necesidades concretas del proletariado, por un sistema de reivindicaciones que en su conjunto destruyan el poder de la burguesía, organicen al proletariado y constituyan las etapas de la lucha por la dictadura proletaria, cada una de las cuales, en particular, sea expresión de una necesidad de las grandes masas, aún si esas masas todavía no se ubican conscientemente en el terreno de la dictadura del proletariado (AA.VV., 1973: 45, cita alemana tomada de Kommunistische Internationale, 1921: 6).


 


Y en el Informe sobre la táctica y la estrategia, Radek afirmó:


 


Camaradas, nos damos cuenta de que los partidos comunistas tienen que comparar lo que están haciendo en este campo e intercambiar sus experiencias. Hasta ahora, esto no se ha hecho. Hasta el momento, los partidos no han presentado sus programas a la Internacional Comunista, y el intercambio de experiencias de agitación y de organización entre nosotros ha sido bastante limitado. Cuando este intercambio tenga lugar, esto nos permitirá crear un sistema concreto de acciones y demandas transicionales (ein konkretes System dieser Aktionen und Übergangsforderungen). Su rasgo característico es que no tienen como objetivo reformar al capitalismo, sino fortalecer la lucha contra el capitalismo. Este no es el programa mínimo de los social- patriotas. Tampoco es un programa específico con respecto a lo que nuestra dictadura va a hacer en el día de su victoria. Comprende todas las demandas que movilizan a las masas para la lucha por esta dictadura (Riddell, 2015, cita alemana en Kommunistische Internationale, 1921: 479).


 


La expresión reaparece en el Informe de Radek a la Comisión de Táctica y Estrategia: “El contenido de las medidas transicionales (Übergangsmaßregeln) como etapas en la lucha por la dictadura del proletariado” (Riddell, 2015, cita alemana tomada de Kommunistische Internationale, 1921: 912). Así, en el Tercer Congreso vemos el concepto de un Programa de Transición todavía en estado fluido. Se hace referencia a él en la vieja terminología como un sistema de “demandas parciales” (Teilforderungen) para el período de transición (Übergangsperiode) y, en la nueva nomenclatura, como un programa de “demandas o medidas transicionales” (Übergangsforderungen o Übergangsmaßregeln).(2)


 


La comisión del programa


 


El 11 de junio de 1922, un Comité Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista señaló que sus partidos miembros más grandes todavía no habían adoptado programas. Se estableció una comisión de treinta y tres miembros, procedentes de quince países, para ayudarlos en esta tarea. La Comisión del programa incluía a los cinco dirigentes del PC ruso asignados al trabajo de la Internacional (Lenin, Trotsky, Zinoviev, Bujarin y Radek), además de Clara Zetkin, August Thalheimer y Ernst Meyer, del KPD. Zinoviev pensaba que la comisión podría presentar un proyecto de programa para el Cuarto Congreso. Esta esperanza no se cumplió, pero la consideración de un programa de la Internacional Comunista y sus principales partidos miembros sería uno de los puntos importantes de la agenda del congreso.


 


Cuando la Comisión del programa se reunió, el 28 de junio de 1922, surgieron diferencias sobre el alcance apropiado de un programa del Comintern. Bujarin se opuso a incluir en el programa reivindicaciones transicionales, como el gobierno de los trabajadores (Arbeiterregierung, es decir un gobierno de coalición con partidos obreros reformistas, en particular el Partido Socialdemócrata, como una etapa hacia la dictadura del proletariado) y el frente único, que él veía como asuntos tácticos. En respuesta, Bohumír Smeral, del PC checoslovaco, argumentó que el programa debía abarcar la táctica y la línea de acción de los comunistas durante un período transicional posiblemente prolongado antes de la revolución. Clara Zetkin, del KPD, dijo que el programa tenía que ser “lo suficientemente amplio como para abarcar todo lo necesario en la situación dada” (Riddell, 2015: 35).


 


El debate programático en Die Internationale Kommunistische


 


Los proyectos de programa de los partidos comunistas nacionales disponibles para la discusión en el IV Congreso de la Internacional Comunista fueron publicados finalmente en dos números de Die Kommunistische Internationale, el órgano del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, de septiembre a noviembre de 1922 (N° 22 y 23).


 


El N° 22 de Die Kommunistische Internationale, publicado el 13 de septiembre de ese año, incluía tres ítems bajo el epígrafe Diskussion zur Frage des Programms der Kommunistischen Internationale: un artículo de Varga -“¿Cómo debería redactarse el programa de la Internacional Comunista?”- polemizaba contra la negativa de Bujarin a incluir cuestiones “tácticas” en el programa, un artículo del líder comunista checoslovaco Bohumír Smeral titulado “Sobre la discusión programática” y, finalmente, otro artículo escrito por el francés Charles L. Rappoport titulado “Pensamientos sobre el Programa”.(3)


 


De estas tres contribuciones, la mejor, así como la más relevante para nuestro tema, fue la de Bohumír Smeral, quien dirigía uno de los mayores partidos comunistas del mundo.(4) Smeral argumentó que el programa debía incluir “demandas concretas que los partidos comunistas individuales consideren como las más importantes para su lucha inmediata”, y agregó:


 


Esta parte del programa será la expresión de lo que ya es el contenido de la práctica general de los partidos comunistas. La práctica de unirse a la lucha diaria de las masas por reivindicaciones parciales, y convertirlas en el punto de partida para un nuevo aumento en la actividad de las masas proletarias, recibió su primer estímulo con la Carta Abierta de Alemania.


 


Un paso más en su desarrollo fue el Frente Unico. En el programa, esta práctica debe ser perfectamente planeada y elaborada sistemáticamente.


 


De esta manera, el congreso establecerá el plan de acción de los partidos comunistas en el período de transición, hasta el momento de la confrontación decisiva para la toma directa del poder (Smeral, 1922: 87).


 


Entonces, Smeral explicó cómo se originó la idea de reivindicaciones transicionales:


 


Nuestra práctica de partir de las demandas parciales concretas del día comenzó a formarse empíricamente. Dimos por sentado que debemos tomar parte en las luchas de la clase obrera contra la ofensiva del capital, por la jornada de ocho horas, en contra de la reducción de los salarios, por el derecho de asociación. ¿Hay que transferir nuestra actividad a otras áreas, debemos avanzar en las demandas que no son nuestras demandas programáticas máximas, sino demandas para el período de transición, para el período de existencia de los Estados democráticos, demandas concretas en el ámbito de los impuestos y del presupuesto del Estado, del Poder Judicial, de la administración pública, del suministro de alimentos, de los derechos civiles? Todas estas cuestiones están ahora planteadas agudamente en la vida política práctica de Alemania. En mi opinión, estas reivindicaciones transicionales podrían y deberían ser formuladas en partes específicas del programa. En cuanto a las cuestiones fiscales, por cierto, las tesis en cuestión ya han sido preparadas por el Ejecutivo [Varga, 1921], y la mera consecuencia lógica exige que también las otras cuestiones, incluyendo las relacionadas con el avance de la reacción, sean incluidas como demandas de transición en una parte especial del programa comunista (Smeral, 1922: 88).


 


Incluso las viejas demandas democráticas del programa de Erfurt habían adquirido un nuevo significado revolucionario, porque el capitalismo decadente era incapaz de satisfacerlas. El punto principal, sin embargo, era la forma en que los partidos comunistas planteaban estas demandas: “El objetivo de nuestras demandas parciales, incluso de aquellos que son casi idénticas a las demandas anteriores de la socialdemocracia, es que para nosotros no son el camino a la democracia, sino el camino de la democracia a la dictadura del proletariado” (Smeral, 1922: 92).


 


El ejemplar pre-congreso de Die Kommunistische Internationale (N° 23, 1° de noviembre de 1922, págs. 114-55), de nuevo bajo el epígrafe Diskussion zur Frage des Programms der Kommunistischen Internationale, incluía los proyectos de programa de los partidos comunistas de Italia y Alemania, las críticas del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista al proyecto de PC italiano, además de las contribuciones a la discusión hechas por Varga, Thalheimer y Wera Kostrzewa, del PC polaco, sobre la cuestión agraria.(5) La contribución principal desde el punto de vista del desarrollo de un programa de transición fue el artículo de August Thalheimer, “Sobre el Programa Comunista”, que aparece como Apéndice I del presente artículo (Thalheimer, 1922).


 


El proyecto de programa del Partido Comunista de Alemania (15 de octubre de 1922)


 


En la revista Die Kommunistische Internationale, el texto de Thalheimer aparece como introducción al “Programa del Partido Comunista de Alemania (sección de la Internacional Comunista) (borrador)” (KPD, 1922). La Zentrale del KPD había considerado que el partido requería un nuevo programa, que se basaría en la experiencia acumulada desde 1919 y sustituiría al programa de la Liga Espartaco, aprobado en el Congreso Fundacional del Partido. Una comisión especial que comprendía a August Brandler, Wilhelm Koenen, Ludwig, Zetkin y August Thalheimer fue encargado de redactarlo. El proyecto fue presentado al Comité Central los días 15 y 16 de octubre de 1922, y aprobado por 24 votos contra 23, con el voto en contra de la (ultra) izquierda liderada por Ruth Fischer y Arkadi Maslow, que lo consideraba un documento oportunista y revisionista. Los líderes del Partido luego acordaron presentar el proyecto de programa para su discusión a la Internacional Comunista (Broué, 2005: 648).


 


El proyecto de programa del Partido Comunista de Alemania comenzaba con una sección dedicada al “Auge y decadencia del capitalismo”, que incluía las subsecciones “La era del imperialismo”, “La Guerra Mundial”, “Los tratados de paz imperialistas”, “La era de la revolución mundial” y “La crisis del capitalismo”. La Sección II, que trataba de “La conquista del poder político,” incluía las subsecciones “El proletariado como potencia activa y clase dirigente de la revolución socialista”, “El papel del Partido Comunista y su relación con los sindicatos, las cooperativas y otras organizaciones proletarias”, “El papel de la violencia”, “La democracia burguesa” y “La dictadura del proletariado”. La parte más relevante a los efectos del presente artículo era el inciso VI, titulado “Medidas transicionales antes de la conquista del poder político” (Übergangsmaßregeln vor Eroberung der politischen Macht).


 


Después de señalar la incompatibilidad entre los consejos de delegados obreros (Räte, soviets) y el parlamento, el proyecto de programa argumentaba que la transición de un sistema de gobierno al otro estaría marcada por un período de doble poder. El Partido Comunista tendría que contrarrestar la coalición de gobierno burgués-socialista con la consigna del frente único de los partidos de la clase obrera, cuya condición era la plena libertad de crítica y de propaganda y la independencia organizativa incondicional del KPD. A esta etapa correspondería la consigna de “gobierno obrero” Arbeiterregierung, es decir, una coalición del Partido Comunista con los partidos obreros reformistas), cuya función principal sería el armamento del proletariado y el fortalecimiento de los consejos. Este gobierno obrero implementaría “una serie de medidas económicas y financieras revolucionarias”:


 


Estas medidas transicionales aún operan formalmente en el marco del régimen burgués de propiedad, de las relaciones de producción y del sistema financiero burgués, pero, en realidad, son ya intervenciones del poder estatal proletario, constituido como un gobierno de los trabajadores, que limita de manera consciente y despiadada el derecho de los capitalistas a disponer de sus bienes y el afán de lucro capitalista, en interés y en beneficio del proletariado y de las masas trabajadoras más amplias (KPD, 1922: 140).


 


El proyecto de programa luego enumeraba una serie de medidas económicas transicionales que serían llevadas a cabo por un gobierno de los trabajadores, como la confiscación de los valores reales en Alemania (una demanda relacionada a la depreciación del valor del marco) y la participación mayoritaria del Estado en todas las empresas; la sindi- calización o trustificación de la industria bajo control de los trabajadores a través de los comités de fábrica; la abolición del secreto bancario, industrial y comercial; el establecimiento de un monopolio estatal del suministro de alimentos y la introducción del racionamiento bajo control obrero; y el monopolio estatal del comercio exterior y de la banca bajo control obrero, ejercido sobre todo por los empleados de bancos.


 


Todas estas medidas de transición -aunque formalmente aún en el marco de la propiedad burguesa-, de hecho, ya están en realidad en fuerte contradicción con los intereses de la clase capitalista, y sólo pueden ser implementadas mediante la lucha más aguda y más amplia contra la burguesía. La resistencia amarga y sistemática de la burguesía naturalmente forzará al gobierno de los trabajadores, finalmente, a ir más allá de estas medidas semicontradictorias. En lugar de la incautación parcial de la propiedad burguesa y la mera restricción del derecho capitalista a disponer de ella, dicho gobierno se verá obligado a abordar la abolición completa de la propiedad burguesa sobre los medios de producción (incluyendo las materias primas) y la abolición total del derecho de propiedad capitalista (KPD, 1922: 140).


 


Finalmente, los dos últimos capítulos del proyecto de programa del KPD trataban de ‘”La transformación del capitalismo en un orden económico socialista” y de las tareas internacionales del partido.


 


El Cuarto Congreso de la Internacional Comunista (5 de noviembre al 5 de diciembre de 1922)


 


La discusión en el Cuarto Congreso sobre el programa se abrió con informes de Bujarin y Thalheimer, que presentaban los dos puntos de vista contrapuestos existentes en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Bujarin condenó la idea de que “cuestiones tácticas como la incautación de los valores reales en Alemania, la táctica de frente único o la cuestión del gobierno obrero deban incluirse también en el programa” y agregó que Smeral estaba equivocado “cuando, junto con Varga y Radek, pide que estas cuestiones, como la del ‘gobierno de los trabajadores’ y la ‘Carta Abierta’, se incluyan en el programa” (Riddell, 2011: 497, 500).


 


Thalheimer, por el contrario, sostuvo que “la cuestión de las medidas transicionales, las demandas por etapas, o como se las quiera llamar, antes de la conquista del poder” era “la cuestión central para la redacción exitosa del programa, tanto a nivel general como en términos de las partes individuales” (Riddell, 2011: 504), aunque inmediatamente procedió a estropear su argumento añadiendo una crítica luxemburguista de la teoría del imperialismo de Lenin (sobre este tema, ver Gaido y Quiroga, 2013). Apoyado por Radek, Thalheimer consideró como “un grave error” la separación de los “principios tácticos de los otros principios y objetivos”, lo que abría las puertas a una recaída en el re- formismo (Riddell, 2011: 510). Thalheimer hizo hincapié en la necesidad de “establecer directrices tácticas”, de las cuales “todas las demandas individuales específicas pudieran ser derivadas de manera segura y sin ambigüedades”, mencionando entre los “temas de transición” que debían ser incluidos en un programa comunista “la cuestión del control de la producción, del capitalismo de Estado, de las directrices para cada partido sobre la política fiscal y financiera” (Riddell, 2011: 515).


 


Tres días más tarde, Bujarin leyó una breve declaración de la delegación rusa que, en esencia, respaldaba la posición Thalheimer-Radek. Decía lo siguiente:


 


Teniendo en cuenta que el debate sobre la manera de formular demandas transicionales y sobre dónde colocarlas en el programa ha dado una impresión totalmente errónea de un desacuerdo de principios, la delegación rusa confirma por unanimidad que no puede ser considerado como oportunismo incluir demandas de transición en los programas de la secciones nacionales, ni formularlos en términos generales y motivarlos teóricamente en el segmento general del programa. En representación de la delegación de Rusia: Lenin, Trotsky, Zinoviev, Radek, Bujarin (Riddell, 2011: 631).


 


Luego, los delegados adoptaron, con el voto en contra de la delegación italiana (que representaba los puntos de vista sectarios de la tendencia de Bordiga), una “Resolución sobre el Programa” que instaba a “las secciones nacionales de la Internacional Comunista que aún no cuentan con programas nacionales” a “comenzar a trabajar en ellos de inmediato, para que puedan ser presentadas al Ejecutivo a más tardar tres meses antes del V Congreso, con el fin de ser aprobados por el próximo congreso” (este material se publicó finalmente en Kommunistische Internationale, 1924). Los tres últimos puntos de la resolución, que se ocupaban específicamente de la cuestión de las demandas de transición, decían lo siguiente:


 


Los programas de las secciones nacionales deben motivar clara y decisivamente la necesidad de luchar por demandas transicionales (Übergangsforderungen), con la condición de que estas demandas se deriven de las condiciones reales del momento.


 


El programa general debe proporcionar definitivamente un marco teórico para todas las demandas transicionales o parciales (Übergangs-oder Teilforderungen). Al mismo tiempo, el IV Congreso condena enérgicamente los intentos de describir como oportunismo la inclusión de demandas transicionales en el programa, así como los intentos de emplear las demandas parciales para ocultar o suplantar nuestras tareas revolucionarias fundamentales.


 


El programa general debe representar claramente las variantes históricas básicas de demandas transicionales (Übergangforderungen) planteadas por las secciones nacionales, correspondientes a las diferencias fundamentales en la estructura económica y política de cada país, por ejemplo en Gran Bretaña en contraposición con la India, etc. (Riddell, 2011: 632, las citas en alemán fueron tomadas de Lenin, 1922b: 450-451).


 


El IV Congreso de la Internacional Comunista fue también la ocasión para la formulación del proyecto de programa


de transición de Radek. Según Pierre Broué, “Radek redactó algunas observaciones preliminares para los delegados” que “originalmente no estaban destinadas para su publicación, pero que terminaron apareciendo en Bulletin communiste, N° 14, 5 de abril de 1923, págs. 126-8, bajo el título ‘La cuestión del programa de la IC’”. Radek “sugirió que se redactara un programa de transición, que establecería consignas que contribuirían a movilizar a las masas trabajadoras en la perspectiva de la lucha por la dictadura del proletariado” (Broué, 2005: 648-650 y nota 1). Este documento se ha añadido como Apéndice II al presente artículo.


 


Del Cuarto Congreso de la Internacional Comunista (1922) a la conferencia de fundación de la IV Internacional (1938)


 


La Oposición de Izquierda al régimen estalinista, que surgió originalmente en 1923 como oposición a la “troika” Zinoviev-Kamenev-Stalin (ver los documentos en Jeffries, 1975), recibió una articulación programática definitiva en los “once puntos” de la Oposición de Izquierda en diciembre de 1932. En el plano teórico, la Oposición de Izquierda pensaba que el legado de la Internacional Comunista no provenía por completo de Lenin y que no se debía buscar todo en sus escritos. Consideraba erróneas las decisiones adoptadas por el quinto y el sexto congreso, y quería reescribir el programa escrito por Bujarin y aprobado en el sexto congreso. Por lo tanto, su base programática eran las resoluciones adoptadas por los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista. En nombre de la independencia necesaria del partido obrero, la Oposición de Izquierda condenaba como oportunista la política llevada a cabo en China hacia el Kuomintang, el mantenimiento del Comité Sindical anglo-ruso tras la derrota de la huelga general de mayo de 1926, así como los “partidos obreros y campesinos”. En nombre del carácter internacional de la revolución proletaria, rechazaba la teoría de la “construcción del socialismo en un solo país” y corolarios como el “bolchevismo nacional”. Abordaba la “cuestión rusa”, la teoría de la “construcción del socialismo en un solo país”, como una cuestión de clase, como la refracción en el mundo soviético de la lucha de clases internacional. Consideraba a la Unión Soviética como un Estado obrero degenerado que era necesario defender contra el imperialismo. Condenaba la política económica de Stalin como un todo, en todas sus variantes y en todas sus formas -tanto el oportunismo de los años 1923-1928 (no la NEP misma, como lo haría más tarde el Che Guevara) como el aventurerismo económico de la industrialización y la colectivización forzosas a partir de 1928. Como Lenin, la Oposición de Izquierda se pronunciaba por una presencia activa en las organizaciones de masas, principalmente en los sindicatos reformistas, y denunciaba el papel nefasto de los “sindicatos rojos”. Rechazaba la fórmula de la “dictadura democrática de los obreros y campesinos” que la Internacional Comunista había planteado en lugar de la “dictadura del proletariado”. Retomando las fórmulas de Lenin sobre el frente único obrero, la oposición condenaba su interpretación como “frente único desde abajo”, así como la pseudo-teoría del estalinismo acerca de la transformación de la socialdemocracia en “social-fascismo”. Contra el control de los partidos comunistas por la burocracia estalinista, afirmaba que era necesario el restablecimiento de la democracia en el partido. Finalmente, abogaba por el uso de consignas de transición, para que las masas aprendieran por su propia experiencia, y en particular de las consignas democráticas. La sección séptima de los “once puntos” decía lo siguiente:


 


Reconocimiento de la necesidad de movilizar a las masas mediante consignas transicionales que correspondan a la situación concreta de cada país y, en particular, mediante consignas democráticas cuando se trate de luchar contra las relaciones feudales, la opresión nacional o la dictadura imperialista descarada en sus diversas variantes (fascismo, bonapartismo, etcétera).


 


Los “once puntos” de la Oposición de Izquierda fueron escritos en diciembre de 1932. El ascenso de Hitler al poder en enero de 1933 como resultado de la desastrosa política ultraizquierdista conocida como el “tercer período”, así como la falta de debates en el seno de la Internacional Comunista sobre las causas de dicha derrota, condujeron a Trotsky a plantear la necesidad de construir un nuevo partido mundial de la revolución socialista. El 15 de julio de 1933, Trotsky escribe el artículo “Es necesario construir nuevos partidos comunistas y una nueva Internacional” y el 26 de agosto de 1933 se da a conocer la “Declaración de los Cuatro: sobre la necesidad y los principios de una nueva internacional”, firmada por E. Bauer por la Oposición de Izquierda Internacional, J. Schwab por el Partido Socialista Obrero de Alemania (SAP), Peter J. Schmidt por el Partido Socialista Independiente de Holanda (OSP) y Henricus Sneevliet por el Partido Socialista Revolucionario de Holanda (RSP) (Trotsky, 1933). Dicha iniciativa no prosperó debido a la heterogeneidad política de los firmantes (Sneevliet apoyaría la política de colaboración de clases conocida como frente popular en España), por lo que el lanzamiento de la nueva organización internacional se pospondría aún por cinco años.


 


Entretanto, el método de las demandas transicionales fue codificado por Trotsky en su “Programa de acción para Francia” de junio de 1934, que fue diseñado para proporcionar contenido político y objetivos a la propuesta de frente único contra el fascismo, luego de que una demostración armada de grupos fascistas y reaccionarios derrocara al gobierno radical de Edouard Daladier y lo reemplazara por el gobierno “fuerte” de Gaston Doumergue (Trotsky, 1934a). En el folleto “¿Adónde va Francia?”, escrito a fines de octubre de 1934, Trotsky describió al “Programa de acción para Francia” como un proyecto de un programa de transición:


 


La lucha por el poder debe partir de la idea fundamental de que, aún si es posible oponerse a un agravamiento futuro de la situación de las masas en el terreno del capitalismo, no puede concebirse ninguna mejora real de su situación sin una incursión revolucionaria contra el derecho de propiedad capitalista. La campaña del frente único debe apoyarse sobre un programa de transición bien elaborado, es decir sobre un sistema de medidas que -con un gobierno obrero y campesino- deben asegurar la transición del capitalismo al socialismo. [Nota: no nos detendremos aquí sobre el contenido del programa propiamente dicho, y remitimos al lector al Programa de acción editado por la Liga Comunista en 1934, que es el proyecto de un programa de transición semejante] (Trotsky, 1934b: 46-47).


 


Finalmente, en un artículo escrito en conmemoración del noventa aniversario de la publicación del Manifiesto Comunista, Trotsky escribió lo siguiente acerca de las diez demandas transicionales contenidas en el mismo:


 


Concebido para una época revolucionaria, el Manifiesto Comunista contiene (al final del capítulo II) diez reivindicaciones que corresponden al período de transición directa del capitalismo al socialismo. En su prefacio de 1872, Marx y Engels declararon que estas reivindicaciones quedaban en parte anticuadas y que, en cualquier caso, sólo tenían una importancia secundaria. Los reformistas se asieron a esta valoración interpretándola en el sentido de que las reivindicaciones revolucionarias transicionales habían cedido el sitio para siempre al “programa mínimo” socialdemócrata, que, como se sabe, no rebasa los límites de la democracia burguesa. De hecho, los autores del Manifiesto indicaron con toda precisión la principal rectificación de su programa transicional, a saber: “la clase obrera no puede simplemente apoderarse de la maquinaria estatal existente y manejarla para sus propios fines”. En otras palabras, la rectificación estaba dirigida contra el fetichismo de la democracia burguesa. Posteriormente, Marx contrapuso al Estado capitalista el Estado del tipo de la Comuna [de París]. Este “tipo” adquirió más tarde la forma mucho más vívida de los soviets. Hoy no puede haber un programa revolucionario sin soviets y sin control obrero. Por lo demás, las diez reivindicaciones del Manifiesto, que parecían “arcaicas” en una época de pacífica actividad parlamentaria, han recobrado actualmente su verdadera significación. El “programa mínimo” socialdemócrata, por su parte, ha quedado irremisiblemente anticuado.


 


Conclusión


 


Las raíces del Programa de Transición en los escritos anteriores de Trotsky han sido rastreadas en la literatura secundaria (Alexander, 1991: 251-281). Se ha prestado mucha menos atención a los orígenes del Programa de Transición en los debates de la Internacional Comunista entre su tercer y cuarto Congreso, y en particular a la contribución de su sección nacional más grande fuera de Rusia, el Partido Comunista de Alemania, que había sido el origen del giro hacia la táctica del frente único en 1921. En este artículo hemos analizado las raíces del Programa de Transición en los debates de la Internacional Comunista. Esta tarea es importante porque muestra que las consignas del Programa de Transición no son dogmas sectarios, sino el resultado de la experiencia revolucionaria colectiva de la clase trabajadora durante el período considerado, desde la revolución bolchevique hasta la conferencia de fundación de la IV Internacional (1917- 1938).


 


 


 


Apéndice I


 


Sobre el programa comunista


 


August Thalheimer Octubre de 1922


 


Fuente: August Thalheimer, “Zur Kommunistischen Programm”, Die Kommunistische Internationale, N° 23 (1° de noviembre de 1922), págs. 118-122.


 


I


El Manifiesto Comunista desarrolló los objetivos históricos y los principios del comunismo, pero también contiene, en forma breve y fragmentaria, demandas transicionales (Übergangsforderungen) -no hay demandas mínimas-, junto con algunas demandas para la protección de los trabajadores (protección del trabajo infantil).(6)


 


En el Programa de Erfurt, el énfasis práctico es en demandas para una reforma democrática y social. El texto básico establece los objetivos [socialistas] sólo en forma abstracta y general. No indica ni la forma concreta del ejercicio de la dictadura del proletariado (su forma de gobierno) ni las medidas transicionales hacia el socialismo.


 


El Programa de la Liga Espartaco se limita a la formulación de las formas concretas y los métodos de la dictadura del proletariado y de la transformación socialista. Ese es su foco. Las demandas democráticas del Programa de Erfurt desaparecen completamente. Lo que queda es sólo la demanda sumaria de una “legislación social radical”, etc. El Programa Espartaco no contiene ni un programa mínimo ni “demandas transicionales”.


 


El programa comunista que debemos redactar, debería volver en su forma (en el plan básico), pero no en su contenido, al modelo del Manifiesto Comunista, en el sentido de que debe contener, al lado de la descripción y justificación de los objetivos y principios comunistas, las demandas transicionales (Übergangsforderungen), las medidas políticas y económicas transicionales que, partiendo de la base de la democracia burguesa y del sistema de producción y de propiedad capitalista, “se sobrepasan a sí mismas”.(7) Estas “demandas transicionales”, en su carácter general, coinciden con las del Manifiesto comunista, aunque, naturalmente, no en cuanto a su contenido, porque 1) el punto de partida es diferente, y 2) el punto final puede ser comprendido de una manera mucho más concreta a la luz de las experiencias pasadas de revoluciones proletarias.


 


Estas demandas transicionales difieren marcadamente en su carácter general de las demandas democráticas del Programa de Erfurt. El objetivo de las demandas mínimas del Programa de Erfurt era profUndizar la democracia burguesa; es decir, eliminar los restos militares- burocráticos-feudales del absolutismo en Alemania y aliviar la presión de la explotación capitalista. El objetivo de las demandas transicionales del programa comunista es el derrocamiento de la democracia burguesa -que en forma más o menos desarrollada es la condición previa real [de la revolución proletaria]- y del sistema capitalista, cuya presión ya no puede ser aliviada por meras reformas, sino sólo mediante medidas parciales (Teilmaßregeln) ya revolucionarias. El Programa Espartaco ignoró esas reivindicaciones transicionales, ya que su punto de partida no era la república burguesa, sino los consejos de obreros y soldados, y la profunda conmoción experimentada por el orden capitalista [después de la revolución de noviembre de 1918 en Alemania], y su objetivo inmediato era la expansión y el fortalecimiento del sistema de consejos y la transformación socialista.


 


¿Debe el programa contener explicaciones extensas, así como material de propaganda y polémica? El Manifiesto Comunista contenía también una presentación de la concepción materialista de la historia, a partir de material concreto, y polémicas (contra el socialismo “verdadero”, el socialismo pequeñoburgués, etc.). Esto era necesario porque en la época del Manifiesto comunista no existía una presentación unificada integral de la concepción comunista de la historia y de su método histórico (las obras de Marx y Engels de la época anterior al Manifiesto Comunista son obras preparatorias.) Por el contrario, están ahora disponibles en las tesis de los congresos de la Comintern, presentaciones propagandísticas y polémicas detalladas de los principios y objetivos de comunismo. Por ello, el programa [de la Internacional Comunista] y los programas [de los partidos comunistas individuales] deben limitarse, como los programas de los partidos socialdemócratas clásicos (el Programa de Erfurt, el Programa de la Socialdemocracia francesa), a resumir los resultados en una forma concisa y llamativa.


 


Ver la crítica de Engels al borrador del programa de Erfurt de 1891: “I. Exposición de los motivos en diez párrafos: hablando en términos generales, esta parte tiene el defecto de que trata de conciliar dos cosas inconciliables: servir de programa y, a la vez, de comentarios de ese programa. Se tiene miedo de no quedar bastante claro si se escriben fórmulas breves y convincentes, por cuya razón se insertan comentarios que hacen la exposición larga y locuaz. A mi modo de ver, el programa debe ser lo más breve y preciso posible. Poco importa, incluso, que se encuentre alguna vez una palabra extranjera o una frase cuyo sentido no se capte íntegramente de golpe. En este caso, la lectura pública en las reuniones y la explicación escrita en la prensa harán lo necesario, con lo cual, la frase corta y expresiva, una vez comprendida, se graba en la memoria y se convierte en consigna, lo que jamás ocurre con una explicación más larga. No se pueden hacer demasiadas concesiones en aras de la popularidad; no se deben subestimar las facultades intelectuales y el grado de cultura de muchos obreros, ya que han comprendido cosas mucho más difíciles que lo que les puede presentar el programa más conciso y más corto; y si el período de la ley de excepción contra los socialistas hizo más difícil y, en algunos lugares, impidió por entero la propagación de conocimientos universales entre las masas recién con quistadas, bajo la dirección de los viejos, será ahora fácil de recuperar lo perdido, ya que se puede otra vez guardar y leer libremente nuestras publicaciones propagandísticas” (Friedrich Engels:


“Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemócrata de 1891”, Die neue Zeit, XX. 1, 1902, págs. 5, 6).


 


Los comentarios a un programa comunista ya están presentes en las tesis. El programa en sí debe ser memorizado y, por lo tanto, debe ser “breve y preciso”.


 


II


La pregunta es: ¿debe un programa comunista incluir demandas tran- sicionales? Nos opusimos a los miembros de la ex KAG.(8)., que querían incluir en el programa las consignas por un gobierno de los trabajadores, etc. Pero aquí hay una diferencia fundamental. Ellos tenían en mente demandas mínimas en el sentido del Programa de Erfurt, como las únicas demandas que entraban en consideración en el futuro inmediato, mientras que los objetivos y principios del comunismo aparecían sólo en forma teórica, ideal, de otro mundo; es decir, no tenían ninguna importancia práctica. Queremos formular las demandas de transición exclusivamente en el sentido de reivindicaciones transicionales; es decir, como posibles puntos de cruce (Durchgangspunkte), no como puntos de parada (Haltpunkte) en el futuro previsible; es decir, queremos formularlas en el sentido de las demandas transicionales del Manifiesto Comunista. Esa es una diferencia de principios.


 


La KAG, al unirse al USPD, al mostrar su disposición a entrar en un gobierno de coalición socialista-burgués, al cubrir previamente la política de la coalición anónima del USPD, al unirse, por último, a la fusión del USPD con el SPD, demostró que había abandonado los principios y objetivos comunistas, como preveíamos correctamente.


 


¿No se encuentran los partidos comunistas amenazados por un riesgo similar si incluyen demandas de transición en sus programas? No, en absoluto, si se adhieren estrictamente a su carácter transicional.


 


III


Otra pregunta: ¿es posible formular demandas transicionales generales (válidas para todos los países) y en qué medida puede un programa comunista universal ser válido?


 


Lo que el Manifiesto Comunista afirma, se aplica aquí absolutamente: “Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los diversos países”. Sin embargo, el Manifiesto Comunista formuló demandas transicionales para los “países más avanzados” de entonces.


 


Hoy en día existe un círculo mucho más amplio y variado de países donde el movimiento revolucionario juega un papel. Encontramos, además de los países capitalistas desarrollados -con diferentes formas de Estado, en diversas etapas de desarrollo de la lucha de clases, en diferentes etapas de decadencia económica-, países en diferentes etapas del capitalismo temprano, con producción mercantil simple, con formas patriarcales de producción, países coloniales y semicoloniales con constituciones más o menos absolutistas, etc.


 


El curso más adecuado a seguir, nos parece, por lo tanto, es el siguiente:


 


1. El programa general debería incluir una parte fundamental junto con demandas transicionales, según grupos de países, divididos de la siguiente manera:


 


a) los países donde el proletariado ha conquistado el poder; 


 


b) los países capitalistas desarrollados, con una democracia burguesa más o menos desarrollada y que experimentan fuertes perturbaciones económicas y financieras, como Alemania, Austria, Checoslovaquia, Polonia, Suiza, Italia, Francia, los países de los Balcanes; 


 


c) los países capitalistas con regímenes, por el momento, más estables: Inglaterra, Estados Unidos; 


 


d) los países como Japón, con un capitalismo desarrollado, pero aún así Estados más o menos absolutistas; 


 


e) países coloniales y semicoloniales: India, Egipto, Persia, China, etc. Las demandas transicionales generales para los países individuales deben, por supuesto, como en el Manifiesto Comunista, ser elásticas, dejando suficiente margen para las diferencias reales. Los programas de los distintos países deben incluir la parte básica del programa general, junto con demandas transicionales diseñadas específicamente para el país en cuestión.


 


2. Las demandas transicionales del programa general deben servir como punto de partida, como un marco general para las demandas transicionales de los países individuales.


 


 


Apéndice II


 


La cuestión del programa de la Internacional Comunista


 


Karl Radek Noviembre de 1922


 


Fuente: Karl Radek: «La Question du programme de l’IC», Bulletin communiste, N° 14 (5 de abril de 1923), págs. 126-128.


 


[Nota del editor del Bulletin communiste, Boris Souvarine:] Contrariamente a lo que algunos tontos creen, los miembros del partido bolchevique no están sujetos a la regla acperinde cadaver (“[bien disciplinado] como un cadáver”), sino que discuten apasionadamente todas las cuestiones planteadas por el movimiento revolucionario. En el Cuarto Congreso Mundial, Bujarin y Radek se vieron momentáneamente en desacuerdo sobre si el “programa de transición” debe tener un lugar en el programa general y teórico de la Internacional: la delegación rusa, después de un debate sustancial, decidió que Bujarin (que lo tomó con muy buen humor) estaba equivocado. Estas “observaciones preliminares” de Radek, escritas para la intimidad del congreso y no destinadas a la publicación, ayudarán a nuestros camaradas a orientarse en la discusión.


 


En la primera reunión de la Comisión del programa se llevó a cabo una discusión general sobre si un programa de la Internacional Comunista es posible y necesario, así como sobre los puntos que debe contener. Traté de presentar mis puntos de vista en las observaciones introductorias. Naturalmente, no podían tener la forma precisa de una declaración escrita. Las siguientes explicaciones son más precisas de lo que un discurso podría ser, pero el argumento no está todavía lo suficientemente desarrollado, un defecto que será reparado en un artículo que será publicado en Die Kommunistische Internationale.(9) Envío estos comentarios a los miembros de la Comisión del programa y a los camaradas que habían solicitado el consejo de la redacción de Die Kommunistische Internationale para dar una opinión tan pronto como sea posible sobre este asunto de la mayor importancia. Estas observaciones no estaban destinadas para su publicación, pero deberían acelerar y facilitar la discusión de la Comisión del programa, formulando claramente las diferentes posiciones.


 


Un programa de la Internacional: ¿es posible y necesario?


 


La Internacional hasta ahora no ha tenido un programa escrito; es decir, no ha formulado en términos generales sus puntos de vista sobre las fuerzas vivas de la evolución del capitalismo al comunismo y sobre el camino que la Internacional Comunista tiene la intención de seguir, a pesar de que ha definido claramente su punto de vista en numerosas resoluciones separadas. Baste recordar las tesis de Lenin [sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado] en el Primer Congreso de la Internacional Comunista, el llamamiento programático del mismo congreso, las tesis del Segundo Congreso sobre el parlamentarismo, los sindicatos y el papel del Partido, las tesis del tercer Congreso sobre la táctica. En la medida en que [la elaboración del programa] es una cuestión de la concepción general de la evolución del capitalismo al comunismo, no tenemos más que codificar y reunir; éste es un trabajo, es necesario y hay que hacerlo. Además, es fácil, debido a que las cuestiones relativas al carácter general de la época de la revolución social no producen la más mínima divergencia en nuestras filas.


 


Pero ésta es sólo la parte más fácil del trabajo. Todos los partidos comunistas se han dado cuenta, durante su actividad práctica, de que las concepciones generales de la época no son suficientes, ya sea en su agitación y propaganda o en su acción política. La era de la revolución social a escala mundial, un período que con toda probabilidad habrá de durar décadas, requiere, aunque sólo sea por su duración, algo más que un punto de vista general. Plantea ante los partidos comunistas una serie de preguntas concretas que se han resuelto hasta ahora de una manera puramente empírica; por ejemplo, cuestiones económicas y políticas, tales como la actitud hacia la defensa de la democracia burguesa, hacia la política económica y fiscal de la burguesía, hacia la política mundial capitalista (ver las diferencias entre los partidos comunistas de Francia y Alemania sobre la cuestión de las reparaciones, la cuestión de la política exterior de la Rusia soviética). Por encima de todas estas cuestiones, está la cuestión de la naturaleza particular de la fase actual de desarrollo de la revolución mundial, la cuestión de decidir si debemos plantear demandas transicionales que aún no encarna la dictadura del proletariado, como lo hacían las demandas concretas del programa de la Liga Espartaco, sino que deben conducir a la clase obrera a una lucha que tendrá como objetivo directo la dictadura del proletariado sólo después de ser profundizada y generalizada.


 


¿Podemos resolver estos problemas de una manera general, válida para todos los países, o es imposible debido a las diferencias en las condiciones?


 


No hay duda de que, si bien el desarrollo del mundo sigue un solo curso general, por lo que es fácil caracterizar la ruta general del capitalismo al comunismo, este desarrollo se realiza en la práctica en condiciones muy dispares en diversas partes del mundo. Diferentes países se encuentran en diferentes grados de desarrollo de la revolución mundial y plantean ante los partidos comunistas tareas diferentes.


 


Recordemos las muy diferentes situaciones de los partidos comunistas en los Estados Unidos y Gran Bretaña, en Alemania y en Italia, en Francia, los países escandinavos, los Balcanes y, por último, en la Rusia soviética. Está claro que es imposible determinar todos los detalles de las consignas de lucha para todos estos países y utilizar las mismas demandas como palanca para la movilización de la clase obrera. Pero, en principio, las cuestiones pendientes ante los partidos comunistas de todos los países son iguales. Las preguntas a responder son:


 


1. ¿Podemos plantear ante los gobiernos burgueses demandas tran- sicionales que no corresponden a lo que haríamos si tomáramos el poder en nuestras manos?


 


2. ¿Qué actitud debemos tener hacia la cuestión del capitalismo de Estado, que surge tanto de las tendencias monopólicas de los trusts capitalistas como de nuestra lucha defensiva contra nuevos impuestos (por ejemplo, la demanda de confiscar los valores reales en Alemania) o, por último, de nuestra lucha en contra de la reducción de los salarios (por ejemplo, la demanda de la nacionalización de las minas británicas, en respuesta al intento de los magnates del carbón de reducir los salarios de acuerdo con los beneficios de cada mina)?


 


3. ¿Cuál debe ser nuestra actitud hacia la ofensiva de la reacción? Esto plantea la cuestión de los gobiernos de coalición. Rechazamos la coalición con la burguesía, pero ¿rechazamos también a los campesinos que luchan contra la burguesía urbana, como por ejemplo en Bulgaria, aunque no actúen en modo alguno como campesinos semiproletarizados?


 


La cuestión del frente único -es decir, políticamente hablando, el bloque con los partidos socialdemócratas y los sindicatos, así como el tema de gobierno de los trabajadores- entra en esta categoría. Se podrían enumerar toda una serie de cuestiones similares, como la muy diferente situación militar en los distintos países. Todas ellas plantean la cuestión de si, además de las exigencias económicas generales de la transición al capitalismo de Estado y del control de la industria por las organizaciones de trabajadores, también debemos plantear las correspondientes demandas políticas de transición, tales como el gobierno obrero.


 


A menudo se dice que se trata de cuestiones de táctica y no de cuestiones programáticas. No aceptamos esta respuesta. Tal separación clara de las cuestiones tácticas y programáticas era hasta ahora una de las características del oportunismo, que de buen grado observaba la “pureza” del programa con el fin de permitir todo tipo de porquerías en el trabajo práctico, volviendo así al programa ilusorio y sin fuerza.


 


La actitud de la clase obrera hacia otras clases, o de la vanguardia hacia el proletariado, la actitud del Partido Comunista hacia la clase trabajadora en general, son cuestiones de táctica. A fin de que la táctica no degenere en un empirismo lleno de contradicciones, debe basarse en una clara comprensión de la especificidad de la situación general en la que la Comintern se encuentra en el período comprendido entre la segunda y la tercera ola de la revolución mundial.


 


Nuestro programa, por tanto, debe proporcionar a la Comintern en su conjunto, así como a sus diversas secciones nacionales, la oportunidad de adoptar sin vacilar una actitud coherente con nuestros principios; es decir, con los intereses generales de la clase obrera, en las cuestiones concretas que constantemente cambian, apareciendo en formas siempre nuevas.


 


Y será así sólo si, además de la caracterización general de las tendencias que conducen al comunismo, presentamos, después de la caracterización de nuestro primer gran objetivo de la dictadura del proletariado y del régimen soviético, una imagen concreta del desarrollo de la revolución mundial y de las cuestiones planteadas por él.


Esta imagen debe caracterizar las tendencias contradictorias; los tipos y las formas concretas en los diferentes países o grupos de países no sólo deben ser identificados por sus nombres comunes, sino descritos en sus rasgos característicos. De tal manera, el terreno en el que surgen las cuestiones de transición estaría claramente preparado y el método para su solución sería indicado. Entonces, sólo restaría tomar postura en el programa sobre los principales temas concretos descritos anteriormente. Esto será más que suficiente para dotar a los partidos comunistas de un hilo de Ariadna, que les permita encontrar su camino en el laberinto de tendencias contradictorias y situaciones cambiantes. Esto nos lleva a la respuesta: no necesitamos sólo una caracterización de las principales tendencias generales del capitalismo al comunismo, sino también una caracterización de los caminos particulares de desarrollo y de los problemas especiales que éstos plantean a los partidos comunistas.


 


El contenido concreto del Programa de Transición


 


Una vez que hayamos no sólo descrito sino también analizado el curso hasta ahora seguido por la revolución mundial, aún tendremos que determinar las principales consignas que constituyen, en este período de transición, los medios para la movilización masiva de los trabajadores en la lucha por la dictadura del proletariado.


 


Estas son, en el campo económico, las consignas del capitalismo de Estado y el control obrero de la producción; en el campo político, en los países agrícolas, la consigna del gobierno de coalición con los partidos campesinos de la oposición para la victoria sobre la burguesía; en los países industrializados, la consigna del gobierno de los trabajadores -es decir, la coalición con los partidos socialdemócratas y otras organizaciones y partidos obreros.


 


En cuanto a la primera pregunta, no es necesario que la trate en detalle aquí, basta con referir a los lectores a las “Tesis sobre las cuestiones fiscales durante la era del capitalismo consolidado y durante su ruina”, que la comisión, integrada por los compañeros Heckert, Koritschoner, Skata, Varga, Kuusinen y yo, ha desarrollado en el otoño del año pasado. Estas tesis se discuten en el artículo del camarada Varga sobre cuestiones fiscales publicado en Die Kommunistische Internationale, y en mi folleto, publicado bajo el seudónimo de “Bremer”, sobre el colapso de la burguesía alemana y las cuestiones más apremiantes del Partido Comunista alemán, que fue reimpreso en Die Kommunistische Internationale.(10) Este folleto también analiza la relación entre las demandas económicas de transición y la cuestión del gobierno de los trabajadores.


 


He aquí algunas breves observaciones que me gustaría añadir: la ruina industrial y el creciente caos económico se ve acompañado por la cartelización continua de la industria en todos los países capitalistas. Esto coloca en la agenda la cuestión: ¿monopolio capitalista privado o monopolio estatal? El monopolio estatal bajo la dominación de la burguesía es el Estado capitalista. Esto significa, en el período de estabilización de la burguesía, la consolidación de su dominación, pero, al mismo tiempo, se extiende el frente de batalla del proletariado. En el momento actual, en que se socava constantemente la dominación de la burguesía, su tendencia hacia el monopolio privado se enfrenta a las tendencias simultáneas a establecer el control de la industria por la clase obrera. Si la revolución mundial crece lentamente, por lo que la destrucción de la economía capitalista continúa lentamente, la lucha contra la anarquía capitalista, incluso en el marco del capitalismo, se convertirá para el proletariado en una cuestión vital.


 


Esta lucha se verá reforzada por la defensa contra la presión fiscal, y de estas dos fuentes brotará la lucha por la subordinación de la industria al Estado y por el control de la industria por las organizaciones de trabajadores. En los países donde la industria está poco desarrollada, esta cuestión adquiere una gran importancia, desde el punto de vista de los impuestos y de la influencia [del Partido Comunista] sobre los campesinos.


 


Estas demandas económicas transicionales conducen a la cuestión del poder del Estado, porque no hay duda de que la burguesía toma, en el período de posguerra, una postura muy enérgica hacia las tendencias a un capitalismo de Estado. Si es posible, en teoría, que, bajo la presión del movimiento obrero, los gobiernos burgueses capitalistas o socialde- mócratas se vean obligados a avanzar hacia la política del capitalismo de Estado, es por lo menos muy probable que las grandes luchas sociales en desarrollo en torno de este tema conduzcan, en muchos países, a gobiernos formados por una coalición de partidos de la clase obrera, como una etapa en el camino hacia la dictadura del proletariado y el gobierno soviético. Sin afirmar en abstracto que el desarrollo en Occidente debe pasar necesariamente a través de la etapa de los gobiernos de los trabajadores, tenemos muchas razones para conducir la lucha de esa manera, porque facilita para nosotros en el mayor grado posible la táctica del frente único.


 


En este marco, también es fácil de resolver la cuestión de la actitud hacia la república burguesa y su defensa, así como hacia la fuerza armada del Estado. En los países donde la situación aún no es revolucionaria, donde prevalece en la burguesía la tendencia a convertir el año de servicio militar obligatorio general en un ejército mercenario, debemos mantener el servicio militar obligatorio para todos, para que los trabajadores puedan conservar las armas. Es evidente, por otro lado, que debemos lanzar en todas partes, como corolario de la consigna del gobierno de los trabajadores, la consigna de la milicia obrera.


 


Una vez que el actual período de transición esté así caracterizado y las principales demandas de transición sean así establecidas, el escenario estará listo para los programas de transición concretos de cada partido de la Internacional Comunista, para los cuales el programa de la Internacional Comunista debe constituir una especie de introducción requerida.


 


Conclusiones


 


Algunos compañeros adujeron contra los puntos de vista expuestos anteriormente que pronto podrían ser superados por los acontecimientos; es decir, por la marcha más rápida de la revolución mundial. Estos compañeros argumentan que tal curso volvería inmediatamente obsoleto al programa, y que el programa no debe interponerse en las curvas inesperadas del desarrollo. Así, por ejemplo, el Partido Comunista de Rusia había convertido sus medidas de comunismo de guerra en un programa que, en esta coyuntura histórica [con la transición a la NEP], ya no formula con claridad los objetivos inmediatos del Partido.


 


A estos argumentos podemos responder que, en su práctica del comunismo de guerra, el Partido Comunista de Rusia necesitaba un principio rector, y que habría sido una desgracia mayor no tenerlo en la lucha, que haberlo visto volverse obsoleto con el tiempo. Que este principio rector llevara el nombre de una resolución sobre la táctica no cambia el hecho de que se trataba de un programa de partido.


Pero esta comparación, además de ser infundada, no está relacionada con los temas que nos ocupan. El desarrollo de la revolución mundial puede tener un curso más rápido en el período que viene, pero sólo en algunos países; nuestro programa no debe perder de vista este hecho.


 


La revolución mundial no puede triunfar con un solo golpe.


 


Sea cual sea el ritmo de su desarrollo, necesitamos un programa de transición.


 


La tarea de un programa consiste en trazar una línea de demarcación entre la conducta de un determinado partido y la de todos los demás. Nos distinguimos de todos los demás partidos obreros, no sólo por las consignas de la dictadura del proletariado y el régimen soviético, sino también por nuestras demandas transicionales. Mientras que las demandas transicionales de los partidos socialdemócratas no sólo están destinadas ser realizadas dentro del capitalismo, sino que también sirven para reformarlo, las nuestras tienen como objetivo facilitar la lucha para la conquista del poder por la clase obrera, para la destrucción del capitalismo.


Esto es lo que debemos expresar claramente en nuestro programa de transición.


 


 


* Daniel Gaido es historiador y profesor de la Universidad Nacional de Córdoba, autor o coautor, entre otros libros, de Theories of Business Cycles and Capitalist Collapse: The Second International and the Comintern Years; The Mass Strike Debate in German Social Democracy y The Formative Period of American Capitalism: A Materialist Interpretation.


 


 


NOTAS


 


1. “El debate sobre la táctica y la estrategia, el siguiente en el orden del día, se prolongó durante cinco sesiones. El extenso informe de Radek, presentado el 30 de junio, evaluó la ‘Acción de marzo’ como un ‘paso adelante’, acompañado por errores que, de repetirse, llevarían a ‘derrotas aún mayores’” (Riddell, 2015).


 


2. Rosa Luxemburgo ya había empleado la expresión “medidas transicionales en la dirección del socialismo” (Übergangsmaßregeln im Sinne des Sozialismus) en su folleto de 1899, Reforma Social o revolución, pero para hacer referencia a las medidas que serían adoptadas por el proletariado después de la toma del poder.


 


3. Eugen Varga: “Wie soll das Programm der Kommunistischen Internationale beschaffen sein?”, Die Kommunistische Internationale, N° 22, 13 de septiembre de 1922, págs. 80-84; Bohumír Šmeral, “Zur Programmdiskussion”, ibíd., págs 84-92; Charles L. Rappoport, “Gedanken über das Programm”, ibíd., págs. 92-96. Cf. el comentario de Bujarin: “En cuanto al artículo del camarada Rappoport, a pesar de mis mejores esfuerzos, no he sido capaz de encontrarle ningún tipo de sentido” (Riddell, 2015: 500). 


 


4. Según Pierre Broué: “El checoslovaco PC, entonces, tenía más de 130.000 miembros, incluyendo a casi el 90% de los trabajadores de la industria” (Broué, 2005: 372).


 


5. Eugen Varga: “Entwurf des theoretischen Telis des Programms der KI (Die Nachkriegszeit)”, Die Kommunistische Internationale (1º de noviembre de 1922), N° 23, págs. 114-117; August Thalheimer: “Zur Kommunistischen Programm”, ibíd., págs. 118-122; “Programm der Kommunistischen Partei Deutschlands (Sektion der Kommunistischen Internationale) (Entwurf)”, ibíd., págs. 122-142; Das Präsidium des Exekutivkomitees der Kommunistischen Internationale, “Zum Programmentwurf der Kommunistische Partei Italiens”, ibíd., págs. 142-146; Wera Kostrzewa, “Thesen zur Agrarfrage”, ibíd., págs. 146-155.


 


6. Una referencia al Manifiesto Comunista, capítulo II: Proletarios y comunistas: “1. Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos del Estado. 2. Fuerte impuesto progresivo. 3. Abolición del derecho de herencia. 4. Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y sediciosos. 5. Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un banco nacional con capital del Estado y monopolio exclusivo. 6. Centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte. 7. Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes al Estado y de los instrumentos de producción, roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras, según un plan general. 8. Obligación de trabajar para todos; organización de ejércitos industriales, particularmente en la agricultura. 9. Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la diferencia entre la ciudad y el campo. 10. Educación pública y gratuita de todos los niños; abolición del trabajo de éstos en las fábricas, tal como se practica hoy, régimen de educación combinado con la producción material, etc., etc.” (Nota del traductor).


 


7. Otra referencia al Manifiesto Comunista, Cap. II: Proletarios y comunistas: “Esto [‘la centralización de todos los instrumentos de producción en manos del Estado -es decir, del proletariado organizado como clase dominante’], naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción; es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para transformar radicalmente todo el modo de producción” (Nota del traductor).


 


8. Una referencia a la Kommunistische Arbeitsgemeinschaft (KAG), una escisión del Partido Comunista de Alemania que se desarrolló en 1921, como resultado del golpe de Estado conocido como la “Acción de marzo”. Fue dirigida por el ex presidente del Partido Comunista, Paul Levi, y luego se unió al Partido Socialdemócrata Independiente (USPD) en 1922.


 


9. No hemos podido ubicar el artículo en cuestión (Nota del traductor).


 


10. Una referencia a Karl Bremer: “Der nahende Zusammenbruch der deutschen Bourgeoisie und die KPD”, Die Kommunistische Internationale, N° 19, 1921, págs. 58-70 (Nota del traductor).


 


 


Referencias


 


AA.VV. (1973): Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista: Segunda Parte, Buenos Aires, Ediciones Pasado y Presente.


Adler, Alan, ed. (1980): Theses, Resolutions and Manifestos of the First Four Congresses of the Third International, London, Ink Links.


Alexander, Robert J. (1991): International Trotskyism 1929-1985: A Documented Analysis of the Movement, Durham, Duke University


Press. Broué, Pierre (2005): The German Revolution 1917-1923, Leiden, Brill. —.— (1997): Histoire de l’internationale Communiste, 1919-1943, Paris, Fayard.


 


Fernbach, David, ed. (2011): In the Steps of Rosa Luxemburg: Selected Writings of Paul Levi, Leiden, Brill.


 


Gaido, Daniel y Manuel Quiroga (2013): “The Early Reception of Rosa Luxemburg’s Theory of Imperialism”, Capital & Class, Vol. 37, N° 3,


octubre, págs. 437-455.


 


—.— (2014): “La Internacional Comunista y el surgimiento de la política de frente único”, En defensa del marxismo N° 43.


 


Jeffries, Peter, ed. (1975): Documents of the 1923 Opposition, London, New Park Publications.


 


Kommunistische Internationale (1921): Protokoll des III Kongresses der Kommunistischen Internationale (22 de junio al 12 de julio de


1921), Hamburg, Verlag der Kommunistischen Internationale, Auslieferungsstelle für Deutschland: Carl Hoym Nachfolger.


 


—.— (1924): Materialien zur Frage des Programms der Kommunistischen Internationale, Hamburgo, Verlag der Kommunistischen


Internationale, Carl Hoym Nachfolger, 1924. Milano: Feltrinelli reimpresión, 1968.


 


KPD (1922): “Programm der Kommunistischen Partei Deutschlands (Sektion der Kommunistischen Internationale) (Entwurf)”, Die


Kommunistische Internationale. Organ des Exekutivkomitees der Kommunistischen Internationale, N° 23 (noviembre), págs. 122-142.


 


Lenin, Vladimir I. (1922b): “Entwurf einer Resolución des IV. Kongresses der Frage zur Komintern des Programms der Kommunistischen


Internationale. Vorschläge, angenommen auf der Beratung der Fünfergruppe des ZK (Lenin, Trotsky, Sinowjew, Radek, Bujarin)


(20/11/1922)”, en Lenin, Werke, Ergänzungsband II, octubre 1917 – marzo 1923, Berlín, Dietz Verlag, 1973, págs. 475-476.


 


Radek, Karl (1923): “La question du programme de l’IC (Remarques préliminaires)”, Bulletin communiste, vol. 14, N° 5 (abril), págs.


126128.


 


Riddell, John, ed. (2011): Toward the United Front: Proceedings of the Fourth Congress of the Communist International, 1922, Leiden,


Brill. —.— (2015): To the Masses: Proceedings of the Third Congress of the Communist International, 1921, Leiden, Brill.


 


Smeral, Bohumír (1922): “Zur Programmdiskussion”, Die Kommunistische Internationale, N° 22, (13 de septiembre), págs. 84-92.


Thalheimer, August (1922): “Zur Kommunistischen Programm”, Die Kommunistische Internationale. Organ des Exekutivkomitees der


Kommunistischen Internationale (noviembre), N° 23, págs. 118-122. Trotsky, León (1932): “Tareas y métodos de la Oposición de


Izquierda Internacional” (diciembre de 1932), The Militant, 6, 8, 10, 18 y 25 de marzo de 1933 [“The International Left Opposition, Its


Tasks and Methods (December 1932)” in Writings of Leon Trotsky 1932-33, New York, Pathfinder Press, 1972, págs. 48-63].


 


—.— (1933): “La declaración de los cuatro: sobre la necesidad y los principios de una nueva internacional” (26 de agosto de 1933), The


Militant, 23 de septiembre de 1933. [“The Declaration of Four: On the Necessity and Principles of a New International (August 26, 1933)”,


Writings of Leon Trotsky 1933-34, New York, Pathfinder Press, 1972, págs. 49-52].


 


—.— 1934a: “Un programa de acción para Francia”, La Vérité, junio de 1934 [“A Program of Action for France (June 1934)” in Writings of


Leon Trotsky 1934-35, New York, Pathfinder Press, 1974, págs. 2437].


 


—.— 1934b, ¿Adónde va Francia?, Buenos Aires, Editorial Antídoto, 2005.


 


—.— 1937, “A 90 años del Manifiesto Comunista” (30 de octubre de 1937) [“Ninety Years of the Communist Manifesto” (October 30,


1937), in Writings of Leon Trotsky 1937-38, New York, Pathfinder Press, 1976, págs. 18-27].


 


Varga, Eugen (1921): Steuerfrage und Steuerpolitik, Hamburg, Verlag: der Kommunistischen Internationale; Carl Hoym Nachfolger


(reproducido como “Steuerfrage und Steuerpolitik”, en Die Kommunistische Internationale. Organ des Exekutivkomitees der


Kommunistischen Internationale, N° 22, 13 de septiembre de 1922, págs. 19-29)


 

Orígenes del movimiento obrero y del socialismo en Brasil


Es común afirmar que el movimiento obrero brasileño tiene un carácter “tardío” (incluso considerado en el marco histórico latino-americano, tan tardío como el propio capitalismo en el país. Tanto el movimiento obrero brasileño como las manifestaciones ideológicas modernas de los oprimidos, socialistas o anarquistas, comenzaron cuando aún estaba vigente la esclavitud en el país (fue abolida en la última década del siglo XIX). En contraste con eso, en la Argentina, por ejemplo, en 1857 nació la “Sociedad Tipográfica Bonaerense”. En Chile, la “Sociedad de Artesanos” fue fundada en 1858, en Valparaíso. En Brasil, las primeras noticias de luchas obreras se remontan a 1858, cuando los tipógrafos de Río de Janeiro entraron en huelga reclamando aumento de salarios, lo cual invalidaría la percepción apuntada al comienzo. Esas luchas tuvieron por protagonistas a trabajadores extranjeros recientemente emigrados al país.


 


En la misma época, también se registraron en el Brasil experiencias “comunitarias” socialistas impulsadas por inmigrantes e inspiradas en el socialismo utópico europeo. Una de ellas se produjo en los márgenes de Bahía de Babitonga, puerto de la ciudad histórica de San Francisco do Sul. En 1842, Benoit Jules Mure, inspirado en las teorías del socialista utópico francés Charles Fourier, instaló el Falansterio de Saí o Colonia Industrial de Saí, que reunió a colonos llegados de Francia a Río de Janeiro en 1841. Hubo disidencias entre aquellos colonos; un grupo, al frente del cual estaba Michel Derrion, organizó otra colonia a algunas leguas de Saí, en un sitio llamado Palmital: fue la denominada “Colonia de Palmital”. Benoit Jules Mure consiguió el apoyo del coronel Oliveira Camacho y del presidente de la provincia de Santa Catarina, Antero Ferreira de Brito. Esos respaldos fueron fundamentales para, posteriormente, conseguir ayuda financiera del gobierno imperial de Brasil para aquel proyecto.


 


No fue una experiencia única, pues el gobierno imperial persistió en esa política hasta su derrocamiento. Durante el Imperio, como parte de su política migratoria, Pedro II y los poderes estatales estimularon la instalación de colonias y de núcleos de inmigrantes, incluso de anarquistas y socialistas, a los que auxiliaron con recursos financieros y materiales para la formación de comunidades. Se llegó al punto en que todas las deudas de los colonos fueron transferidas al Estado, en Paraná, por la ley 3.396 del 24 de noviembre de 1888. En 1889, el anarquista italiano Giovanni Rossi intentó fundar en Palmeirca, en el interior de Paraná, una comunidad de trabajo en la que se negaba reconocimiento civil y religioso al matrimonio, denominada Colonia Cecilia.(1) Aquella experiencia tuvo, relativamente, corta duración.


 


“Modernización” y revuelta social


 


El proceso económico brasileño en las últimas décadas del Imperio se caracterizaron por la paulatina penetración de las relaciones capitalistas de producción, las cuales, no obstante, no quebraban el marco de las actividades tradicionales (producción primaria y gran agricultura con vistas a la exportación): “En la segunda mitad del siglo XX los emprendimientos empresariales serían mejor vistos, a medida que los propios estancieros se convirtieran, en ciertas áreas, en una especie de empresarios al introducir mejoramientos en sus haciendas e intentando sustituir al esclavo por el trabajador libre, perfeccionando sus modos de obtener beneficios al asociarse con empresas industriales, con inversiones en ferrocarriles y organizaciones bancarias y asumiendo actitudes progresistas en materia política, viendo con simpatía las ideas emancipadoras y adhiriendo a las ideas republicanas” (Viotti da Costa, 1979).


 


Ese proceso acabó por generar un espacio económico crecientemente incompatible con el sistema social (oligárquico y esclavista) y político (monárquico) vigente. En lo inmediato, sus efectos fueron el crecimiento de las ciudades y una progresiva disolución de las viejas relaciones agrarias patriarcales, y el surgimiento de una clase media urbana. Los sectores medios urbanos, según la autora citada, no “llegaron a asumir una posición autónoma o fundamentalmente renovadora, a pesar de que sus aspiraciones, vagas y contradictorias, divergieran a veces de la visión del mundo característica de las oligarquías. Sus representantes ocupaban cargos burocráticos o de servicios dentro de un régimen clientelar. De esa forma asimilaban los valores de los grupos dominantes, más progresistas, que actuaban frecuentemente, en los centros urbanos más importantes, como soporte de las demandas en favor de la abolición, de la República, de la reforma educacional, de la separación de la Iglesia del Estado y otras medidas progresistas”.


 


El clientelismo y el paternalismo, que eran la base del sistema político vigente, no hacían sino acentuar sus características antidemocráticas, que en sus instituciones “representativas” se basaba en el “voto censitario”(2) y en organismos políticos vitalicios. Ellos hacían también que las grandes mayorías de la población agraria (esto es, la gran mayoría de la población del país), sin contar a los esclavos, se encontraran marginadas políticamente, sin canales de expresión y de presión, incluso sobre las decisiones políticas que les preocupaban. El poder fáctico ejercido por los jefes locales en la mayor parte de las regiones del país contribuía, aparentemente, a mantener el equilibrio social, pero en coyunturas de crisis y cambios sociales se veía superado por la actuación del poder central, dejando a las poblaciones sin representación política y sometidas por completo al arbitrio gubernamental.


 


En esas condiciones, la reacción de los afectados y excluidos por el sistema político no podía sino adoptar trazos de explosión y violencia social. Fue lo que sucedió en ocasión de dos revueltas: la de los “quebra quilos” (comenzada en Borborema, Alagoas, se extendió a gran parte del Nordeste del país) en 1874; y la de los “muckers” en Río Grande do Sul (entre 1868 y 1874). Existen puntos de semejanza entre ambas revueltas. Los “quebra quilos”, un movimiento acerca del cual se coincide en señalar su carácter popular y espontaneo, fue dirigido contra una serie de medidas del poder central de la Nación: imposición de tasas e impuestos, de listas de reclutamiento para el Ejército y la uniformidad del sistema de medidas(3).


 


La identificación del estamento gobernante o dominante como el enemigo a ser derrotado -fue la llamada “revuelta de los matutos (aldeanos del Nordeste) contra los doctores”- derivó en la adopción, por parte de los rebeldes, de la consigna “abajo los masones”, en referencia a una organización, la masonería, identificada con los graduados en distintas disciplinas que ejercían las principales responsabilidades gubernamentales (ministros, diputados, senadores). Las medidas gubernamentales estaban determinadas por necesidades derivadas del proceso económico: aumentar los recursos financieros del Estado para modernizar la infraestructura nacional (puertos, ferrocarriles, correos), unificar el mercado interno (para lo cual era necesaria la unificación del sistema de pesos y medidas), reclutar soldados para el Ejército nacional (necesario para la Guerra de la Triple Alianza -Brasil, Uruguay, Argentina- contra el Paraguay, la cual, por ser muy impopular, agravaba el carácter arbitrario con que esas medidas eran recibidas por la población agraria.


 


El gobierno central, al ser principalmente una representación indirecta de los propietarios de tierras, no podía dejar de hacer recaer los costos de las transformaciones necesarias sobre los sectores subalternos, sin representación ni fuerza política. Las medidas, por otro lado, servían para expandir la gran propiedad agraria. La unidad entre ambos procesos no dejó de ser advertida por los revoltosos, que destruían los documentos oficiales de registro inmobiliario:


“La destrucción de actas notariales tocaba un punto de conflicto central entre los grandes propietarios y los campesinos, la cuestión de los títulos legales de posesión de la tierra” (Barman, 1977).


 


En varios de los movimientos llamados “mesiánicos”, tradicionalmente considerados como arcaicos o “pre-políticos”, encontramos elementos de conflicto social vinculados con el pasaje de Brasil a la llamada “modernidad capitalista”. En la revuelta “mesiánica” de los muckers, en Santa Catarina, tanto o más violenta que los “quebra quilos”, intervino un proceso de valorización de las tierras (vinculado con la expansión económica), ligado a la extensión y el profundización de las funciones políticas del Estado. La región de San Leopoldo, base geográfica de la revuelta, había sido municipalizada en 1831. El grupo religioso que se rebeló, del cual participaba, sobre todo, un sector de la población de origen inmigrante más o menos reciente, arruinado crecientemente por la expansión de las relaciones mercantiles, fue constituido a partir de 1840. Las formas que asumió el movimiento dependieron en buena parte de las tradiciones culturales de la comunidad de origen alemán que le dio origen, tradiciones que tenían fuertes raíces debido al aislamiento político y social en fuera mantenida durante muchos años. La resistencia de los muckers contó con el concurso de colonos veteranos de la Guerra del Paraguay. Ellos ocuparon Ferrabraz, en el centro del triángulo marcado por Nueva Hamburgo, Tacuara y Gramado, poblado por inmigrantes alemanes agricultores. Entre los colonos alemanes sin asistencia médica ni educacional despuntaron los liderazgos de Johann Maurer, un curandero a quien los colonos le confiaban su salud. Su esposa, Jacobina, a falta de curas y pastores, se encargó de interpretar la Biblia y disfrutó de gran credibilidad, que aumentó con sus ataques epilépticos, tenidos por encuentros con Dios. Los colonos llegados para poblar la región eran originarios de la región de Hunsrück, en el sudoeste de Alemania, donde en esa época había una gran miseria.


 


Después de varios enfrentamientos con la policía y las tropas, el 2 de agosto de 1874, transcurridos 35 días desde el comienzo de las operaciones militares contra los muckers, el capitán Santiago Dantas atacó el último reducto de los rebeldes y mató a 17 de ellos, 13 hombres y 4 mujeres ¿Era solo una revuelta de “religiosos fanáticos, como insiste en decir cierta historiografía? (Petry, 1957). El rechazo al uso del dinero por parte de los muckers reflejaba la repulsión que los sectores afectados experimentaban frente a la creciente mercantilización de las relaciones de producción, que hacía que la riqueza de algunos significara la expropiación, y la consecuente explotación, de los otros. El punto en común de los muckers con los “quebra quilos” fue el rechazo a la presencia dirigente del Estado en las relaciones sociales, destinada a reglamentar, en desfavor de los sectores subalternos, la creciente mercantilización de las actividades productivas. Ese rechazo se manifestó como una repulsa a la ruptura, por parte del Estado, de rituales sociales tradicionales que, para la clase dirigente del país, debían ser desterrados por la fuerza bajo pena de ver comprometido el proceso de valorización de las tierras y de unificación del mercado interno. Otro punto en común es la represión violenta e impiadosa de que fueron objeto esos movimientos, que llegó a sorprender a los contemporáneos de aquellos hechos.


 


El periodista y juez Geraldo Joffily, por ejemplo, criticó la “innecesaria actuación de las tropas de línea” y la “crueldad de los métodos empleados” contra los “quebra quilos”, puesto que la revuelta no constituía “una amenaza grave para el orden social”. No relacionó la violencia represiva con la marginación política a la cual el propio sistema sometía a los revoltosos, efectivos o potenciales (Joffily, 1976). La represión estatal, por otro lado, era ejecutada sin mucho costo político, en la medida en que no afectaba a ningún sector con representación política, y beneficiaba a los sectores políticamente representados (los propietarios) en su conjunto.


 


Diferente naturaleza política, aunque tuviese cierta semejanza social con las mencionadas antes, tuvo la “Revuelta del Vintén”, en la ciudad más populosa de Brasil, Rio de Janeiro. Desencadenada en 1880 contra una nueva forma de impuesto sobre la población desposeída (el “vintén” exigido para el uso de los tranvías), dio lugar a una protesta dirigida al emperador. La intransigencia de Pedro dio motivo a la convocatoria de grandes manifestaciones populares, las primeras de esa naturaleza en una gran concentración urbana. El cobro de un tributo de veinte reis en el pasaje de los tranvías, instituido por el ministro de Hacienda, Alfonso Celso de Assis Figueiredo, futuro vizconde de Ouro Preto, produjo esa primera protesta social urbana. Al grito de “¡fuera el vintén”! la multitud enfrentó a los conductores, apuñaló a los burros, dio vuelta tranvías y arrancó los carriles a lo largo de la avenida Uruguaiana. El valor aproximado del tributo podría haber estado en torno del costo de 140 gramos de azúcar o 30 gramos de manteca de cerdo, relevante si se considera que los usuarios del transporte público eran personas de bajos ingresos. La estadística de heridos y muertos no es precisa, pero se estima que hubo no menos de tres muertos. Desgastado, el ministro cayó y el nuevo ministerio revocó el tributo: “Las demostraciones afectaron profundamente la vida política de la ciudad y del Imperio, redefiniendo los actores, la audiencia y el palco de la cultura política” (Lauderdale Graham, 1980).


 


La intransigencia gubernamental y la represión policial dieron motivo a dos concentraciones populares, con cinco y cuatro mil participantes, la última de las cuales derivó en enfrentamientos violentos con la policía, el uso de armas de fuego y roturas generalizadas en la ciudad. Cinco días después de comenzada, la revuelta había terminado. Para la autora mencionada, el “Vintén” significó “un nuevo estilo político”, “nuevas formas de participación”. Las roturas (“quebra-quebras”, sin embargo, solo podrían haber sido novedosas en Río de Janeiro, puesto que ya habían sucedido en otras ciudades. La “novedad”, en la “Revuelta del Vintén”, fue el elemento social participante: “Personas de ingresos modestos pero regulares, burócratas asalariados y vendedores”. El aumento de tarifas perjudicaba, sobre todo, a los trabajadores libres y, por lo tanto, también a sus empleadores. El papel dirigente en la revuelta le correspondió a sectores con representación política, y corresponde dudar de que esas franjas (republicanos y abolicionistas) no establecieran, como sostiene Graham, una relación entre esa participación y su agitación política.


 


La negativa del dirigente de la revuelta Lopes Trováo de comparecer en una audiencia con el emperador, concedida por éste para tratar de resolver el conflicto, fue una clara actitud política de ruptura con el sistema vigente. Lopes Trováo se declaraba “socialista” desde mucho antes. Varimeh Chacon identifica un “ala republicana radical de Silva Jardim, Lopes Trovao, Benjamin Constant, Floriano Peixoto, Raul Pompeia” (Chacon, 1981). Fueron las autoridades de la época las que se empeñaron en calificar de “no política” la revuelta. Pero la actitud del emperador antes de la represión fue distinta, más conciliadora, que la que adoptara en ocasión de las revueltas agrarias mencionadas antes.


 


Abolicionismo


 


La campaña por la abolición contrastó, por su continuidad y organización, con las revueltas agrarias, esporádicas, localizadas y sin continuidad clara o explícita. Llevada adelante al principio por medios legales (parlamentarios), no tardó en ir a vías de hecho -movilizaciones callejeras, organización de fugas de esclavos, enfrentamientos físicos con los capitanes de la tierra, protección a las revueltas agrarias y urbanas que significaban una ruptura con el sistema político imperial. Políticamente se constituyó un “ala abolicionista radical”, que rompió con el sistema del mecenazgo, aunque algunos tenían su origen en ese mismo sistema. Los mítines abolicionistas reunían miles de personas en las calles e incorporaban a la lucha a los sectores más humildes de los trabajadores libres (mozos de café, lecheros, camareros y otros). La lucha contra la esclavitud, por tanto, se combinó con las primeras manifestaciones de lucha originadas por la introducción de las relaciones capitalistas de producción.


 


Un hecho importante: las incipientes organizaciones feministas se involucraron activamente en la campaña abolicionista. En esa misma época, en la Argentina, grupos feministas se preparaban para ser uno de los cimientos de las primeras agrupaciones socialistas y del Partido Socialista de la Argentina, fundado en 1892 (o en 1896, según el signo cronológico de cada autor). La campaña popular por la abolición comenzó alrededor de 1880, después de dos décadas de acciones abolicionistas, sobre todo parlamentarias. El “Club de Cupim”, en Recife, estimulaba y organizaba fugas de esclavos, y protegía a los escapados. En Sao Paulo, los caifases pusieron al servicio de la causa abolicionista una organización digna de un partido clandestino: “Que los abolicionistas vayan siempre armados, vade in pace, porque están siempre en riesgo de vida”, decía La Redención, periódico de los caifases, el 2 de enero de 1887.


 


En pos de su objetivo, no vacilaron en hacer las apelaciones más extremas: “La libertad debe conseguirse incluso con una revolución”. La campaña de los caifases fue particularmente importante por producirse en la región donde se radicaban los sectores propietarios más dinámicos de la época (los cafeteros paulistas). Encontraban respaldo en franjas urbanas nuevas, profesionales liberales no comprometidos con el sistema esclavista. La participación de sectores urbanos fue determinante en la naturaleza del abolicionismo: “La aceleración del proceso urbano explica el abolicionismo en Santos, que alcanzó todas las formas del radicalismo emancipador” (Barros de Aguiar Fontes, 1976). Era el propio desarrollo capitalista promovido dentro del sistema esclavista el elemento que generaba paulatinamente las bases para su destrucción. La irracionalidad económica de la producción cafetera esclavista, que intentó imponer durante un periodo la convivencia de la mano de obra esclava al lado de la fuerza de trabajo libre, y la paulatina transformación del hacendado en empresario, concluirían por minar el orden esclavista. La actividad de los caifases tendió no solo a promover la fuga de negros (por medio de su “concientización” y de la preparación de la fuga propiamente dicha), sino también su inserción en el mercado de trabajo asalariado.


 


Para eso, combatieron también los prejuicios raciales de los empleadores (con cierto éxito). A diferencia de los antiguos esclavos liberados por el Club de Cupim, en Recife, los huidos de Jabaquara, por ejemplo, respaldados por los caifases, no tuvieron poder de decisión sobre sus vidas, pues fueron empujados al trabajo asalariado.


 


Los caifases imaginaban que ese tipo de trabajo era portador de todas las virtudes de la redención social: “El trabajo libre produce prosperidad y bienestar en las sociedades donde es instaurado”, escribía La Redención el 1° de setiembre de 1887. Después de la Ley Áurea, los caifases, y principalmente su jefe, Antonio Bento de Souza e Castro, fueron gradualmente considerados como héroes. Ellos continuaron la publicación de su periódico durante cierto tiempo, temerosos de un retroceso de la República en la abolición de la esclavitud. La campaña abolicionista fue exitosa porque convergió con exigencias urgentes del desarrollo económico y social. Puede decirse que la cuestión de la abolición dominaba casi totalmente las luchas sociales; por eso, en su etapa final, se discutía cada vez menos su validez para debatir en cambio la manera en que sería ejecutada: “A medida que la acción de los caifases progresaba, el abolicionismo legal se intensificaba como una forma de oposición a ellos. La campaña abolicionista apareció como reflejo de otras cuestiones prioritarias, la de la mano de obra para dar continuidad y organización a una producción en crecimiento” (ídem).


 


Así, al convergir con las necesidades de los sectores más dinámicos de las clases dominantes, la campaña abolicionista fue una de las vanguardias de la transformación capitalista de Brasil: “Con la organización del trabajo asalariado de los fugitivos, con el patrocinio de los caifases, estos acabaron por probar que la emancipación era viable y practicable” (ídem). Distinta fue la suerte de la lucha de las clases trabajadoras en el Imperio. Las revueltas sociales, urbanas y agrarias que mencionamos inicialmente, no traían bajo el brazo una transformación radical del sistema político y de las prácticas sociales vigentes: si bien sus protagonistas fueron clases sociales políticamente marginales (o semimarginales), estaban de algún modo integradas en las prácticas sociales propias del clientelismo dominante.


 


Puede decirse que eran clases sociales ligadas a formas pre o semi- capitalistas de producción, no interesadas, por tanto, en una transformación capitalista de la sociedad, incapaces de superar el nivel local y, por eso, de presentar sus intereses como nacionales, como sí era el caso de los abolicionistas. Eso era debido al hecho de que eran las fuerzas productivas capitalistas las determinantes en la dinámica del mercado mundial y, en consecuencia, también las impulsoras de transformaciones sociales en un país cada vez más integrado en ese mercado. La abolición y la instauración de la República no resolvieron los conflictos entre las diversas formas de producción social ni la ausencia de integración política de los sectores pobres, como lo demuestran las revueltas de cuño semejante (Canudos), producidas después de aquellas transformaciones políticas.


 


Pero, ¿qué se puede decir de las camadas sociales nacidas de las nuevas fuerzas productivas, basadas en el trabajo libre (asalariado)? Edgar Carone (1975) indicó la cifra de 54.164 obreros en 1889. En esa época, la población brasileña era de 14 millones de personas, lo que significa que el asalariado moderno era apenas una minoría social ínfima. En contraste con ese número exiguo, el número de esclavos en 1885 era de 153.864.


 


La concentración social del proletariado era, sin duda, también muy baja. La “clase obrera” era, pues, no solo una franja de escaso peso social relativo; también era una fracción minoritaria de la fuerza de trabajo. Solo en 1910 llegaría, según Carone, a la cifra de 159.600 personas, aunque otros autores presentan cifras bastante superiores; de cualquier modo: “Su insignificancia numérica y estructural en el cuadro general de la nación, y de los obstáculos antepuestos a su organización, como la dificultad de obtener apoyo en otros sectores de la población, redujeron las expresiones de movimientos de trabajadores esencialmente urbanos. A los ojos de la elite, la cuestión obrera era un asunto policial, no de política, al ser el movimiento industrial poco significativo y circunscripto a ciertas áreas, el movimiento obrero, inorgánico y poco expresivo, no llegaba a representar una fuerza política de renovación, encontrando escasa repercusión en las demás franjas de la población” (Viotti da Costa, 1979).


 


Industrialismo


 


A pesar de los obstáculos hubo, en la etapa final del Imperio, un importante desenvolvimiento industrial. Después de la construcción del primer ferrocarril brasileño, otros se desarrollaron rápidamente, acompañando siempre la saga del café. La construcción de 57 caminos de hierro hasta 1885; el progreso de los transportes terrestres, aliado al gran desarrollo que registró la navegación a vapor, concurrieron a la mejora y al abaratamiento de la distribución de los productos en el mercado interno y, por consiguiente, al establecimiento de bases para el advenimiento de la industria nacional. A partir de 1850, considerables recursos provenientes de la exportación fueron movilizados como capitales para emprendimientos en la industria y el comercio. Entre 1850 y 1865 se fundaron 180 sociedades comerciales e industriales en el Brasil. La organización del crédito acompañó la evolución del movimiento financiero y, en 1854, se instaló el Banco de Brasil (Villana, 1967).


 


Ese movimiento se aceleró en la última década del siglo XIX; antes de 1880 había apenas 200 establecimientos fabriles en el país; en el último año del Imperio su número llegaba a 636. El sector industrial de Brasil pasó de esas 636 fábricas con un total de 54.169 operarios en 1889, a 3.250 fábricas con un total de 150.841 obreros en 1907. Ya se usaban bastante el vapor y la electricidad, además de la energía hidráulica. Según datos de ese año, el 30 por ciento de la producción industrial estaba situado en Rio de Janeiro, el 16 por ciento en Sáo Paulo, el 7 por ciento en Rio Grande do Sul y el 4 por ciento en Minas Gerais. La hegemonía paulista tuvo que esperar el brote industrial de la I Guerra Mundial.


 


Al analizar el brote industrial de 1880-1895, Maurício Vinhas de Queirós concluye que más de la cuarta parte de los capitales invertidos en Brasil en actividades industriales (exactamente el 26,2 por ciento) lo fueron en el periodo comprendido entre 1880 y 1894; antes de esas fechas, desde el periodo de la Colonia y pasando por todo el Imperio, solo se había invertido el 6,4 por ciento de ese total (Vinhas de Queirós, 1975). El ritmo del desenvolvimiento industrial, sin embargo, no acompañó la velocidad de la disolución de las viejas relaciones precapitalistas, lo que informa de la naturaleza de la clase obrera en ese periodo. Estadísticas de 1882 muestran que en seis de las mayores provincias del país, justamente aquellas que más estaban desarrollando actividades manufactureras -Río de Janeiro, Minas Gerais, Sao Paulo, Bahía, Pernambuco y Ceará- más del 50 por ciento de la población de entre 13 y 45 años de edad estaba compuesto por desocupados. Ese porcentaje aumentó después de la abolición, cuando el esclavo quedó a la deriva en el mercado laboral.


 


Se vivían tiempos de “gran depresión” en la economía mundial, con la desaceleración del ritmo de crecimiento y del volumen del comercio mundial (que había alcanzado su auge en la década de 1860) en el último tercio del siglo XIX. En 1888, la población esclava de Brasil (compuesta por 600 mil personas) constituía el 4 por ciento de la población total del país, mientras que, en 1840, medio siglo antes, 2 millones de esclavos componían el 40 por ciento del total de los habitantes. La masa de libertos, mayoritariamente desempleados, aumentó con los 2 millones de campesinos nordestinos desplazados por la gran sequía de 1877-1880. Por otro lado, 200 mil inmigrantes extranjeros llegaron al Brasil en el decenio comprendido entre 1880 y 1889. El desempleo imperante permitía pagar salarios mucho más bajos, al tiempo que se formaba un enorme ejército industrial de reserva.


 


Ciertas estadísticas indican, hacia 1872, la presencia de 282 mil personas empleadas en “actividades industriales”. La mayoría, sin embargo, debía tener ocupaciones artesanales, incluso permanentes, como lo demuestra el hecho de que existieran en Sao Paulo (uno de los dos polos del desenvolvimiento industrial), en la última década del siglo XIX, solo 52 establecimientos industriales. Aunque, en relación con Sao Paulo, “ya en la década de 1870, el kilometraje de ferrovías abiertas al tráfico pasó de casi 150 a cerca de 1.200, y subió a 2.239 en la década siguiente y a 3.507 en 1889 (…) Entre 1873 y 1890, la cantidad de talleres subió, por lo menos, de 94 a 184; y el de talleres, sin especificación del número de personal ocupado, se elevó de 13 a 164. Entre 1871 y 1875 se instalaron con éxito las cinco primeras fábricas de tejidos de algodón, número que subió a 13 en 1887. Las estadísticas de 1872 y otras de fin de siglo no son utilizables por ser incompletas. Se consideró entonces instalada una fábrica de tejidos solo si tenía al menos 100 operarios, lo que justifica esos reparos. Lo que importa destacar es el hecho de que ya en el último tercio del siglo pasado un proletariado urbano comenzaba a diferenciarse en el cuadro de la economía regional” (Simáo, 1966).


 


La importancia de la inmigración en la formación del proletariado brasileño no es desechable. Leoncio Martins Rodrigues calcula que, hacia 1920, los inmigrantes constituían el 95 por ciento de los trabajadores llegados al estado de Sáo Paulo. La inmigración fue importante antes de la proclamación de la República, y no fueron pocos los inmigrantes italianos que llegaron a trabajar en las haciendas de café paulistas al lado de trabajadores negros esclavizados. Un viajero llegado a Sáo Paulo en 1900 después de 30 años de ausencia (Alfredo Moreira Pinto, en su escrito “La ciudad de Sáo Paulo en 1900”), exclamaba: “Era entonces una ciudad puramente paulista, ahora es una ciudad italiana”.


 


Se ha destacado la importancia de la inmigración en la disolución de las viejas relaciones de trabajo: “Sin ella, habría sido imposible poner fin a la esclavitud negra, como finalmente sucedió” (José de Souza Martins, 1981). En la medida en que la inmigración quebraba las viejas relaciones sociales de trabajo, pero no se producía una quiebra simultánea de la vieja estructura de propiedad (el desenvolvimiento industrial coexistía con ella), contribuyó mucho menos al movimiento industrial propiamente dicho por medio de una ampliación significativa del mercado interno (como ocurrió, por ejemplo, en los Estados Unidos) y creando, por consiguiente, una mayor necesidad de mano de obra industrial.


 


En 1850 fue promulgada una ley imperial, conocida como “Ley de Tierras”, que prohibía toda forma de acceso a la tierra, incluso de tierras no reclamadas, que no fuese por medio de la compra con dinero. Era un paso decisivo en la dirección de la mercantilización (valorización) de todo el territorio brasileño. Y también de consolidación de una estructura latifundaria de propiedad y posesión de la tierra, originada en las antiguas sesmarias (concesiones de tierras; nota del traductor) coloniales. Así se instalaban los criterios de asimilación del trabajador extranjero por la sociedad brasileña; si era inmigrante pobre, debía trabajar primero para los hacendados y así obtener su peculio para, después, comprar la tierra que anhelaba si quería transformarse en trabajador autónomo, que era la razón que lo había traído desde regiones tan remotas. En cierto modo, para volverse campesino libre, el inmigrante debía brindar, durante determinado tiempo, al gran propietario de tierras, como una especie de tributo, su trabajo y el de su familia.


 


Cuando fue proclamada la República funcionaban en Brasil 600 establecimientos industriales. El desenvolvimiento del capitalismo trajo consigo el surgimiento de la clase obrera. En 1907 el primer censo industrial realizado en Brasil señalaba la existencia de 3.258 empresas en las que trabajaban 150.841 operarios, con un alto grado de concentración incluso para los parámetros internacionales de la época. En 222 fábricas de tejidos se encontraban 52.656 operarios, más de un tercio de los obreros industriales. En cuanto a la localización del parque industrial, el 33 por ciento se situaba en Río de Janeiro, el 16 por ciento en Sao Paulo y el 15 por ciento en Río Grande do Sul. El estado de Río de Janeiro aparecía con el 7 por ciento de la producción industrial. El crecimiento industrial se aceleró con el transcurso de la Gran Guerra entre 1914 y 1918, que redujo drásticamente las posibilidades de importación y, consecuentemente, el mercado interno insatisfecho determinó la aceleración del ritmo de industrialización. El censo de 1920 indicó la existencia de 13.336 establecimientos industriales en los que trabajaban 275.512 operarios.


 


En la medida en que el trabajador extranjero era preferido al nativo, en especial al negro liberto, para los empleos industriales -en condiciones en que el desenvolvimiento industrial no cubría la oferta de fuerza de trabajo liberada por la quiebra de las viejas relaciones esclavistas y patriarcales- se creaba un elemento fundamental de la formación de la clase obrera brasileña. La inmigración corría paralela a los primeros brotes industriales. Se presentaba entonces el problema de la “nacionalización” de la clase obrera, pues la condición de extranjero de la mayoría del proletariado se apoyaba en la exclusión de los potenciales trabajadores industriales nativos, intensificando, de manera suplementaria, la competencia por el empleo industrial, debilitando a la clase obrera como un todo.


 


Industrialistas


 


La industrialización hizo surgir en Brasil un nuevo perfil social con el surgimiento del obrero fabril. Las condiciones de vida de los trabajadores extranjeros estaban lejos de ser envidiables. Un informe (de 1891) del cónsul italiano sobre las condiciones de trabajo de sus compatriotas inmigrantes en el medio rural, hace constar que “el colono que vive en las haciendas generalmente se encuentra en malas condiciones higiénicas en lo que concierne a habitación. No se libra de los métodos usados durante siglos con los negros. Los hacendados no dan ninguna importancia a las previsiones educacionales, higiénicas y humanitarias. Gastos como los derivados de atención médica o remedios, fantásticamente incrementados en el interior, están todos a cargo del colono. Encontré colonos que tuvieron que pagar la visita de un médico hasta 50 mil reis, equivalentes a lo que gana en un año con el tratamiento de mil pies de café. En muchas haciendas hay un cura, en pocas una escuela. El cura, pagado por el hacendado para dar misa, recibe también del colono una tasa especial y arbitraria por cada acto de su ministerio ejercido de modo particular”.


 


Y continuaba: “Una causa principal de penuria continua para el colono frecuentemente está dado por el sistema, seguido casi siempre, de comprar, como si fuera un tributo obligatorio, en los almacenes que en general son una especulación personal del propio hacendado, en las cuales los géneros son vendidos al doble y hasta al triple de los precios de las ciudades o del pueblo más próximo. Cuántas veces tuve que ocuparme de los reclamos de los colonos que, en el momento de la cosecha de cereales, se veían expulsados de la hacienda con algún pretexto fútil, sin derecho al fruto directo de su trabajo. Les era impedida la cosecha, que era de su propiedad, y quedaban privados de los animales que ellos habían criado… Los contratos entre el hacendado y el colono, o la costumbre o el arbitrio a falta de contratos, imponen al colono numerosas multas, que a veces llegan a la mitad de la ganancia bruta del colono”.


 


La mano de obra era abundante para una capacidad productiva restringida. En las industrias, el 79 por ciento de la fuerza de trabajo ocupada en las manufacturas de Sáo Paulo (en 1893), y el 39 por ciento en Río de Janeiro, estaba compuesta por extranjeros. Las ganancias en esas industrias semiartesanales se sustentaban en la intensificación de la explotación de la fuerza de trabajo (producción de plusvalía absoluta). Al estar la producción agrícola orientada a la exportación, era difícil introducir un abaratamiento de la reproducción de la fuerza de trabajo. Si las inversiones en maquinarias (que aumentarían la productividad del trabajo) eran pocas, las ganancias provenían principalmente de la reducción del salario real, de la explotación de mujeres y niños, de la intensificación del ritmo de trabajo y de la extensión de la jornada laboral.


 


El nivel de la acumulación de capital estaba determinado también por las relaciones de fuerza existentes entre patrones y operarios. Estos tuvieron, en los primeros estadios de la industrialización brasileña, la desventaja dada por el gran número de desempleados o subempleados y, además, por la política estatal. Si el estado de Sao Paulo no intervenía para proteger la simple reproducción de la fuerza de trabajo (ausencia de salarios mínimos legales y de francos remunerados, pésimas condiciones de trabajo en general), su policía sí intervenía cada vez que un movimiento huelguístico “perturbaba el orden público”. Latifundio agrario, capitalismo (industrial) tardío y Estado oligárquico (monárquico o republicano) cerraban el círculo de las condiciones dentro de las que se formaba la clase obrera brasileña. Un círculo dentro del cual irían a vaciarse las esperanzas de los abolicionistas radicales de “redención por medio del trabajo libre”. En ese atraso general, la política migratoria era un aspecto orgánico, enlaces de una corriente.


 


Industriales y operarios se posicionaban ante la situación económica del Imperio. En 1881, la Asociación Industrial, presidida por Antonio Felício dos Santos, dio a conocer un “Manifiesto”, en el cual, además de denunciar la situación en que se encontraban las primeras tentativas industriales en Brasil, enfrentaba con rara claridad los problemas históricos de la estructura política y económica del país en relación con su transformación industrial. El eje del Manifiesto era la demanda de protección aduanera para las industrias brasileñas, contra la política librecambista practicada por el gobierno: “Se llaman librecambistas los que se han mostrado realmente proteccionistas. de lo extranjero”: esa frase del Manifiesto resumía las protestas de los industriales.


 


En otro tramo, el Manifiesto decía: “Como todos los factores de riqueza pública, sin embargo mucho más que cualquier otro, también la industria se desenvolvió casi absolutamente sin el auxilio directo del centro gobernante, casi ignorada y a veces ridiculizada por los hombres políticos. Solo se manifiesta la acción de gobierno en las pesadas contribuciones y en los impuestos para socorrer las dispensas públicas distribuidas exclusivamente entre las otras clases sociales. De tiempo en tiempo un acto desastroso de los altos poderes del Estado, con la finalidad de obtener de súbito algunas migajas para el Tesoro, ven herir, tal vez de muerte, a esta o aquella industria que prosperaba”.


 


Pero ¿por qué los hombres políticos actuaban de ese modo? El “Manifiesto de los industriales” ensayaba una explicación: “Los hombres involucrados hace 50 años en la gestión de los negocios públicos en Brasil se han ocupado de una política partidaria, estrecha, agotando las fuerzas intelectuales de esta generación en discusiones estériles, en exclusivismos personales sin objetivos ni ideales en nombre de resultados positivos de progreso. En ello se consume la actividad nacional que debería empeñarse en competir con las industrias de otros países, creando las condiciones más adecuadas para la satisfacción de las necesidades y aspiraciones de la humanidad en el presente siglo (. ) Tamaño error proviene en línea recta de una educación viciosa, absorbida en las academias por quienes dirigen el país, teóricos puros sin conocimientos positivos, más literatos que hombres de ciencia”.


 


El “Manifiesto” criticaba el que las clases latifundistas fueran bene- ficiarias de la política gubernamental; el gobierno, sin embargo, no era criticado como expresión de esas clases sino como un gobierno incapaz, de “bachilleres” falsamente cultos, que actuaban de ese modo debido a su condición intelectual y a su formación académica. Se señalaba que el monocultivo y la ausencia de una inmigración masiva tenían las mismas causas: “El Brasil, a pesar de tantas ventajas naturales y tantos recursos para el desenvolvimiento progresivo de un gran pueblo, ve tristemente huir de esas plagas a oleadas de hombres laboriosos, emigrados continuamente a Europa. Por otro lado la ausencia, la emigración de capitales, actuando como una corriente esterilizadora que lava el humus del suelo y prepara una consumición lenta, cuyos efectos se dejarán sentir en todo el organismo social a la menor perturbación económica. Basta una baja en el valor de la producción de nuestro casi único rubro de exportación, para determinar una crisis de consecuencias incalculables”. Se comparaba esa situación con el proteccionismo adoptado por Inglaterra en las primeras etapas de su desenvolvimiento industrial, y con el rumbo tomado por los Estados Unidos: “Se considera atrasados en civilización a los Estados Unidos de América del Norte, que afirman su riqueza en un régimen protector, recorriendo el camino de su antigua metrópoli, y por eso atraen a su seno una perenne inmigración de operarios y pequeños capitalistas (…) Allí los productos industriales ya exceden largamente a los otros rubros de exportación”.


 


La situación en Brasil era muy diferente de la de los dos modelos mundiales de industrialización: “¿No es el Brasil una simple factoría comercial y una colonia explotada por los traficantes europeos, que con raras excepciones no se identifican sino con sus propios intereses? Solo un Parlamento como el de Brasil, sin representantes de las clases productoras, podría adoptar sin examen una Ley de Presupuesto como la del año pasado, que mandó reformar las tarifas aduaneras alterando los valores oficiales de los objetos importados, prohibiendo en todo caso el aumento (pero no la disminución) de los porcentajes de los derechos fiscales


(. ) En un país joven no puede prosperar la industria sin el aliento de los altos poderes del Estado. Todos los gobiernos civilizados comenzaron así, favoreciendo el desenvolvimiento de la organización industrial, cuyos elementos las grandes ciudades, principalmente, encierran en su seno. La moralización de las clases pobres por el trabajo es, cuando más no sea, una cuestión de alta política. La producción para el consumo, al menos, es una noción de economía elemental”.


 


Se pedía, en consecuencia, una política industrial nacionalista, al mismo tiempo que los pobres eran calificados de “inmorales”, aunque “moralizables” por la explotación fabril. Las aspiraciones industrialistas, por otro lado, se limitaban a una industria de consumo bienes-salario. El “Manifiesto” agregaba que la ausencia de desarrollo industrial comprometía no solo la soberanía económica sino también la soberanía nacional pura y simple. Ponía de ejemplo la falta de un servicio nacional de cabotaje, de una “escuela de marina mercante”, lo que dejaba a Brasil, en caso de guerra o desastre naval, con el único “triste y peligroso recurso de los mercenarios extranjeros”.


 


Primeras manifestaciones obreras y socialistas


 


En esa época, la escasa y raquítica representación obrera, todavía transitando el camino desde la fase corporativista a la fase de organización sindical, se posicionaba ante las grandes opciones de la política económica del país en términos semejantes a los de las asociaciones industriales patronales, estableciendo con ellas una especie de “frente único por la industrialización del país”, lo que indicaba una escasa diferenciación social y una nula independencia política. Así, en la misma época del movimiento industrialista, algunas de las primeras organizaciones obreras se colocan en la perspectiva de los industriales.


 


En 1877, un “Manifiesto de los obreros sombrereros”, dirigido a las autoridades imperiales, decía: “Los abajo firmantes, artesanos sombrereros, siempre incansables en el trabajo para el engrandecimiento del país, promoviendo y auxiliando los diversos ramos de la industria nacional, se toman la libertad de exponeros la decadencia de esta industria (que) no proviene de la imperfección con que por ventura el sombrero fuera acabado, sino por los insignificantes derechos a que está sujeto el mercader que importa del extranjero (…) Los pelos, las drogas para tintas, la goma laca, las planchas y cintas tanto de lana como de seda, todo aún lo recibimos del extranjero, sujetos a derechos más o menos pesados, que junto con la mano de obra y muchas otros gastos que demanda una fábrica en Brasil, hace que el fabricante no pueda terminar el sombrero, por su precio, de modo de competir ventajosamente con el extranjero (…) Protegida de este modo la fabricación nacional, no será irrazonable esperar que esta industria genere otras, como sería la crianza de liebres, conejos, carneros y otros animales que nos provean pelo, y esto, por cierto, traerá consigo resultados muy benéficos para el país. La fabricación de sombreros es por ahora diminuta, pero es de esperar que aumente, luego que cese de venir lo extranjero”.


 


El “Manifiesto del Cuerpo Colectivo Unión Operaria”, de 1885, se dirigía a Pedro II con el título de “V.M. Imperial, protector de la clase obrera” (los industriales empleaban un tono semejante para dirigirse al emperador), y pedía la provisión de una serie de artículos para obtener los fines siguientes: “Centralización de los trabajos de manufacturas para el Estado en el país; auxilio al desenvolvimiento general de manufacturas ahora importadas desde puertos extranjeros; auxilio al desarrollo general de manufacturas en el Imperio (…) Banca Auxiliar de la Industria en el Imperio de Brasil (…) Estadística profesional”.


 


Las reivindicaciones propias de la clase obrera estaban situadas en segundo plano en aquellas peticiones. La situación de la industria en el Imperio y la debilidad de la organización obrera, contribuían a abrir la perspectiva de una posición de unidad de los empresarios industriales con los operarios en torno de un programa de nacionalismo económico y político, con lo cual se inauguraba una de las dos vertientes de la política brasileña en el siglo XX. Ni la difusión de ideas prevalecientes en proletariado europeo, de donde provenía buena parte de la clase obrera brasileña, ni la propia situación de la clase trabajadora en el país, hacían colocar la necesidad de una organización y de una política independientes del movimiento obrero.


 


Esa necesidad se expresó en las ideologías de pequeñas organizaciones que se declaraban “socialistas” y “laboristas”. Las primeras expresiones socialistas en el Brasil datan de la década de 1840, y corresponden al socialismo filantrópico de intelectuales ilustrados, que tenían una influencia importante en Europa. En el libro El socialismo, de Abreu de Lima, el autor definía al socialismo como “un designio de la Providencia”. En 1845, Eugene Tardonnet (discípulo del conde de Saint Simon, temporariamente radicado en Brasil) fundaba en Río de Janeiro la Revista Socialista. M.G. de S. Rego comenzó a publicar ese mismo año El Socialista de Río de Janeiro, trisemanario que salió hasta 1847. En él se decía: “El vocablo ‘socialista’, denominación con la cual sale a la luz nuestra hoja, define con exuberancia el objeto principal con que ella es publicada: la conservación y el mejoramiento de lo poco de bueno que existe entre nosotros; la extirpación de abscesos y vicios provenientes de la ignorancia, de la falsa educación y la imitación sin criterio; la introducción de novedades del progreso universal (…) El Socialista tratará de agronomía práctica, de economía social, didáctica, política preventiva y medicina doméstica y, sobre todo, del socialismo, ciencia recientemente explorada, de la cual baste decir que su fin es el de enseñar a los hombres a amarse unos a otros”.


 


Poco después, sin embargo, otro tipo de expresión de los trabajadores, surgido de ellos mismos, hacía su estreno. El Jornal de los Tipógrafos fue fundado en 1858, en el mismo año en que los operarios de ese ramo se organizaban en una entidad propia y declaraban una huelga en Río de Janeiro. La huelga de 1858 unió a los tipógrafos de los diarios Correio Mercantil, Jornal do Comércio y Diário do Rio de Janeiro, quienes, insatisfechos con los míseros salarios que recibían, declararon la huelga exigiendo un aumento de 10 peniques diarios. Esa huelga duró varios días. Los tipógrafos editaron su propio jornal, para lo cual, como contribución, una de las primeras organizaciones obreras surgidas en Brasil, la Imperial Asociación Tipográfica Fluminense, donó 11 centavos de reis por cada uno de sus socios. La huelga fue victoriosa. Tuvo la solidaridad de los tipógrafos de la Imprenta Nacional, que se negaron a romper la huelga como les exigía el gobierno. Los tipógrafos, desde entonces, fueron la vanguardia, no solo de las luchas sino de la organización de la clase obrera de Brasil.


 


El movimiento obrero brasileño se manifestó inicialmente, por lo tanto, en la misma época que el argentino o el chileno; otra cosa es que sus manifestaciones independientes fuesen ulteriormente apagadas, en el escenario general del país, por la fuerza y la cobertura que tuvo la campaña abolicionista, un hecho único en América Latina en la segunda mitad del siglo XIX. En el número 14 del Jornal de los Tipógrafos podía leerse: “Ya es tiempo de acabar con la opresión de toda casta; ya es tiempo de guerrear por los medios legales a la explotación del hombre por el hombre”. Nacía un movimiento obrero claramente clasista.


 


Las primeras tentativas de organizar un partido socialista como expresión política de los intereses independientes del proletariado, debieron, entretanto, aguardar hasta la década de 1880. En general, se trató de tentativas frágiles, temporarias y localizadas, que no tuvieron alcance nacional, pero debe señalarse que lo mismo sucedía con los partidos políticos en general, incluso con los representativos de las clases dominantes. Aun así, un Partido Obrero (de Brasil) se dirigió en 1890 a la Internacional Socialista, mostrando la intención de vincular al proletariado brasileño con el proceso que recorría entonces al movimiento obrero europeo:


 


“Innumerables dificultades impedirán la construcción de un partido obrero a nivel nacional. Además, las clases dominantes tampoco conseguirán dar vida real sino a partidos republicanos estaduales (…) Tener en cuenta el minúsculo peso social especifico del proletariado en relación con el conjunto de la sociedad es fundamental para entender la situación concreta vivida por nuestros primeros socialistas. La estructura y la composición étnica del proletariado de la época, compuesto por trabajadores de las más variadas nacionalidades y razas, que hablaban diferentes idiomas, crearon dificultades suplementarias. Sin hablar aún del factor geográfico, que impidió el contacto frecuente, debido a las grandes distancias que separaban a los pequeños núcleos, dispersos y fragmentados en un territorio inmenso. Agréguese el hecho de que la industria en general estaba poco desarrollada, con un número reducido de grandes fábricas y muchos pequeños talleres, tanto en Río de Janeiro como en Sáo Paulo. En los demás Estados la industria era aún más raquítica, y el movimiento sindical y obrero no pasaba de una vida molecular” (Foot y Leonardi, 1982).


 


En la medida en que los “partidos socialistas” se proponían progresar en el plano electoral como vía para su implantación, no podían superar por sí solos la fragmentación geográfica de la vida política brasileña. El establecimiento de la República, con su énfasis en el federalismo, agravó este problema en vez de aliviarlo. De cualquier modo, las tentativas de crear un partido socialista aumentaron en los primeros años de la República. En el marco de la República oligárquica, los socialistas se presentaban menos como los portadores de intereses de clase y más como los defensores de la modernidad y la moralidad públicas, lo que evidencia la diferente función que un partido socialista debía llenar, en Brasil y en el mundo periférico en relación con sus pares de Europa. En Brasil sobrevivía la hegemonía de un sector latifundista, ahora principalmente en el sudeste del país. Jurídicamente, la inexistencia de Justicia Electoral, el voto abierto y la falta de mecanismos eficaces de control aseguraban la más completa impunidad para la dominación política de los latifundistas, jefes invariablemente de la política local.


 


El jurista Evaristo de Moraes, miembro de la generación de socialistas de las primeras décadas del siglo XX, escribía: “Contribuiría sin duda a la realización de este propósito (la organización política del proletariado) una posibilidad única de edificación de nuestra supuesta democracia, hasta ahora entregada a la dominación absoluta e interesada de politiqueros profesionales, sin programa y sin ideas. Solo han prosperado, hasta el presente, con el nombre de ‘partidos’, las agremiaciones de intereses electorales y de apetitos individuales que, en torno de un hombre más o menos enérgico y mañero, aprendieron a apoderarse de los presidentes y aprendieron a ponerlos a su servicio (…) De ideas, de principios, nunca se han preguntado seriamente. Todo siempre fue cuestión de personas, de arreglos, de maniobras o de exhibiciones de despotismo para inutilizar adversarios o convencer a vacilantes” (De Moraes Filho, 1978)(4).


 


¿Exotismo socialista?


 


El socialista ítalo-brasileño Antonio Piccarollo apuntó una diferencia y una dificultad suplementaria: “La razón de estos fracasos para el socialismo, y para la organización operaria, se debe buscar en la naturaleza y el carácter anacrónico que se le quería imponer. Olvidando que vivían en Brasil, país que hacía poco había salido de la esclavitud, propagandistas y organizadores quisieron crear un socialismo y una organización basados en los moldes de los países económicamente más adelantados. Los socialistas, en su mayoría italianos, en su congreso aprobaron un magnifico programa de socialismo italiano. Las organizaciones obreras, bajo la influencia de elementos generosos pero con la cabeza en las nubes, dirigían sus proas a Francia, imitando a los sindicalistas y traduciendo obras de Sorel y de otros revolucionarios. Los hechos, entretanto, en su divina austeridad, se vengaron del desprecio al que eran sometidos, condenando al fracaso al socialismo y a la organización operaria”.(5)


 


La tesis del exotismo de la ideología socialista “europea” en la fase inicial de la formación de la clase obrera brasileña (y latinoamericana) fue retomada, después, por historiografías de las más diversas tendencias. Insistiendo en el carácter “europeo” o “europeizante” del viejo socialismo, se pretendió explicar su fracaso incluso por parte de analistas marxistas: “El problema no es tanto el origen europeo de los precursores (alemanes, italianos, españoles, sino el espejismo, la asimilación mimética de la experiencia europea de los primeros dirigentes socialistas autóctonos, que no advirtieron las particularidades propias de las formaciones sociales del continente en cuanto países dependientes, explotados y dominados por el imperialismo (…) Fue muy comprensible que, con excepción de la Argentina, el país más ‘europeo’ de América latina, ese tipo de corriente socialdemócrata haya tenido poca penetración al sur del Río Grande, donde muy temprano la reivindicación nacional, en su dimensión antiimperialista, ha sido un eje esencial en las luchas populares” (Lowy, 1980).


 


Distinta es la opinión de Evaristo de Moraes Filho: “No acordamos con los que dicen que la visión de futuro de nuestros programas, manifiestos socialistas y reivindicaciones eran extrañas a la realidad brasileña, como si fueran meras traducciones o ecos de las exigencias extranjeras. Aunque inspirados, con mayor o menor énfasis, en las doctrinas y las teorías que se habían formado en los países europeos, jamás dejaron esos partidos de tener en cuenta las necesidades del trabajador nacional. Sumidos hasta el pescuezo en la vida miserable que llevaba el obrero brasileño, habían sido portavoces de sus angustias y anhelos. Reformistas en su mayoría, a la espera de que la conquista del poder se produjera indirectamente, por la conquista del Congreso, por el voto, por la ley, por los cambios institucionales y por la presión popular; no por eso dejaban otros de llegar a las apelaciones revolucionarias o a la propia acción directa, por la huelga y demás instrumentos de hecho conexos” (De Moraes Filho, 1981).


 


No es de extrañar que la insistencia en el carácter europeo y no adaptado a la “realidad nacional” del socialismo de la Segunda Internacional, la Internacional Socialista, sea mayor en el caso de Brasil. En este país, la base migratoria del proletariado se extendió más tiempo que en otros de América latina, lo que se refleja en el hecho de que la prensa obrera en lengua extranjera abarca un período de tiempo mayor. Pero esa prensa, e incluso las organizaciones obreras basadas en las minorías nacionales, cumplían una función necesaria: la de unir y defender una comunidad que sufría una doble opresión (la “normal” del trabajo asalariado y la exclusión de los derechos políticos y sociales debido a su condición de extranjeros -una legislación específicamente discriminatoria contra los extranjeros fue usada a comienzos de siglo contra socialistas y anarquistas, principalmente en la Argentina y en Brasil). En cualquier caso, la diversidad “cultural” y de lengua al interior del proletariado fueron una dificultad suplementaria para la organización política de la clase obrera, en la medida en que esa organización implica la elevación a una concepción del mundo de tipo universal y un programa de alcance nacional, dirigido a toda la población, perteneciente a las clases más diversas.


 


Dentro de los diversos grupos del socialismo “reformista” de Brasil, el Centro Socialista de Santos, fundado en 1895, fue uno de los primeros. A Questao Social, su órgano de divulgación, era dirigido a la clase obrera. En la práctica, sin embargo, parecía orientada hacia una platea bien diferente, interesada solamente en las cuestiones intelectuales y “prolijas” del socialismo. Su primer número divulgó los objetivos del Centro: promover la creación de cooperativas, organizar un partido obrero y divulgar las ideas socialistas. Para Silverio Fontes,(6) intelectual más importante de la organización, adhirió a un modelo marxista despojado de intenciones revolucionarias, según el cual el proletariado debía evitar la violencia. El Centro Socialista creó el Partido Obrero Socialista en 1986, proyectado, según sus fundadores, no para “provocar el odio entre los individuos”, sino para cambiar las instituciones por medio de reformas: “Los círculos operarios y centros socialistas creados durante la primera década republicana en varias ciudades del país, principalmente en la región centro-sur, el que más se destacó, por su organización y orientación fue, sin duda, el Centro Socialista de Santos, fundado en 1895 por Silverio Fontes y sus compañeros de círculo de 1889” (Pereira, 1962).


 


El partido consiguió poca influencia junto a la fuerza de trabajo inmigrante de Santos. Tuvo vida corta, pero sus fundadores continuaron activos. El propio Silverio Fontes fue uno de los líderes del Congreso Socialista realizado en Sáo Paulo del 28 de mayo al 19 de junio de 1902. El “Manifiesto del Partido Socialista” de 1902 tiene una fecha discutible. Atrojildo Pereira supone que el texto original data del año de la proclamación de la República (1889), “con una segunda redacción en 1895 y la redacción final de 1902”. Al Congreso Socialista asistieron 44 delegados que supuestamente representaban a diversos grupos esparcidos por Brasil. En verdad, la gran mayoría venía de Sao Paulo, la capital federal no fue representada, aunque Mariano García, editor de la Gazeta Operária, se había aprovechado de los principios establecidos por el Congreso para tratar de crear un partido semejante, con el mismo nombre, en Rio de Janeiro.


 


Aquel Congreso creó el Partido Socialista Brasileño, diseñado sobre las bases del Partido Socialista Italiano (la mayoría de los delegados pau- lista estaba compuesta por italianos). Su programa inicial se preocupaba particularmente de la acción de los sindicatos. Convocaba a sus miembros a estimular la creación de Ligas de Resistencia para apoyar huelgas y conseguir el apoyo de grupos externos al partido, y los convocaba a involucrarse directamente en la lucha por la mejoría de las condiciones de trabajo. Durante el único año de vida del partido muchos de sus organizadores (como Valentín Diego, gráfico nacido en España) continuaban participando en la dirección del movimiento obrero en Sao Paulo. Las metas del partido eran divulgadas en el periódico socialista Avanti, fundado en 1900 y publicado en lengua italiana. Todas esas tentativas socialistas tuvieron un carácter local y efímero.


 


Colaboración de clases


 


Otra vertiente, la tentativa más exitosa, o por lo menos la más espectacular, de apoyarse en el naciente proletariado brasileño como base para una acción política, fue la que Boris Fausto llamó “laborismo”. En 1890, el Centro Artístico de Rio de Janeiro se transformó en Partido Obrero, bajo la presidencia del teniente de marina José Augusto Vinhaes. Su acción “obrerista” obtuvo (gracias a las buenas relaciones de Vihaes con el general Deodoro da Fonseca, primer presidente de la República) un cambio en las disposiciones del Código Penal de 1890, que consideraban un crimen la paralización del trabajo. Pero también combatió las tentativas de los obreros de poner en pie una organización creada por ellos mismos, boicoteando, por ejemplo, el Congreso Obrero de 1892. “El teniente diputado trató de vincularse con las luchas obreras nacientes, al tiempo que buscaba colocarlas al servicio de determinadas facciones políticas, en disputa durante los primeros e inciertos años de la República (. ) (el Partido Obrero) expresó embrionariamente dos fenómenos significativos: la existencia dentro del movimiento obrero de un núcleo dispuesto a la colaboración de clases y a aceitar la dependencia respecto del Estado; y la presencia de sectores sociales propensos a algún tipo de alianza con la clase obrera. Por frágil que fuese el proletariado, por contaminado que estuviese por las ideologías revolucionarias, era siempre posible intentar algún tipo de alianza “hacia abajo”, en busca de introducir brechas en el sistema (…) La heterogeneidad de los grupos en los que Vinhaes se apoyaba y la reducida importancia de la clase obrera impedirían que su política llegase a fructificar” (Fausto, 1979).


 


Las tentativas de usar la organización obrera para una política de colaboración de clases y, al mismo tiempo, para oponerla al sector más clerical y reaccionario de la clase dominante, habrían de continuar. El gobierno del Distrito Federal mantenía relaciones estrechas, y tal vez hasta contribuía financieramente, con O Operario (El Obrero), periódico anticlerical que en 1909 declaradamente apoyaba a los candidatos del Partido Republicano y defendía la candidatura de Hermes da Fonseca para la presidencia de la República. El noviazgo con el proletariado se basaba en el hecho de que los trabajadores carecían de musculatura política propia. Aunque fuera el primer candidato a la presidencia de Brasil que incluyó el trabajo urbano en su plataforma, la consideración de Hermes da Fonseca hacia el proletariado era vaga y genérica. Apenas reconocía la existencia de sus problemas, pero no ofrecía propuestas concretas para solucionarlos. Llegó a impulsar un proyecto de construcción de viviendas de bajo costo para los trabajadores durante su administración, pero apenas algunas decenas fueron efectivamente terminadas. Los presidentes que lo sucedieron descuidaron la continuación del proyecto y, a la vuelta del año 1921, la Villa Obrera iniciada por Hermes languidecía y el gobierno de la época ya pensaba en venderla.


 


En 1912, el gobierno patrocinó una Liga de los Trabajadores en el Distrito Federal y apoyó los preparativos del Cuarto Congreso Obrero. Aunque el gobierno se dispusiera a pagar los gastos de los delegados, solo algunos sindicatos grandes enviaron sus representantes a ese Congreso, realizado en noviembre de 1912. Solo algunos sindicatos menores de Río de Janeiro comparecieron allí. La única organización importante que mandó delegados fue la Federación Obrera de Rio Grande do Sul, que luego se retiró alegando que se trataba de mera política. Los sindicatos de Santos no fueron; para ellos, el Congreso no pasaba de una maniobra política.


 


En esa convención, los delegados acordaron formar una Confederación Brasileña del Trabajo, cuyo programa incluía la constitución de un partido obrero con asiento en Río de Janeiro y representaciones locales esparcidas por el país, la naturalización de inmigrantes, la jornada de trabajo de ocho horas diarias, la obligatoriedad de la instrucción primaria, la elaboración de leyes para mejorar las condiciones de trabajo en la industria y beneficios jubilatorios para los empleados públicos. Pinto Machado fue nombrado secretario general de la nueva organización; Mario da Fonseca, hijo del presidente de la República y patrocinador del congreso, fue presidente honorario. Al cerrarse las deliberaciones, los delegados realizaron un desfile en honor de Mario Hermes da Fonseca. Como ninguno de los dos homenajeados concedió lo que la recién creada central obrera necesitaba para empezar su funcionamiento, la Confederación murió apenas nacida.


 


Otro Partido Obrero (aquel que se dirigió a la Internacional Socialista) combatió al grupo colaboracionista de Vinhaes y a otros semejantes: “El Partido Obrero no deja de combatir esa astucia y de orientar a los trabajadores para salir de ese callejón sin salida, sinuoso, y mostrar el horizonte puro, el socialismo liberador de los oprimidos” (Hall y Pinheiro, 1979). Se retomaba así el camino del socialismo como expresión autónoma de la clase. Sin demasiado éxito, sin embargo, pues no conseguirían superar la dispersión geográfica y la discontinuidad política, lo que llevó a uno de los creadores del Partido Socialista de 1902, Antonio Piccarollo(7), a escribir: “Al estar el movimiento actual de la economía agrícola dirigido hacia la pequeña propiedad, los socialistas favorecen y propugnan todo lo que sirva para aumentar el número de estos trabajadores independientes (. ) Observando con simpatía el desenvolvimiento industrial que lleva en sus entrañas al proletariado socialista, se esfuerza para dar a los obreros una conciencia clara y exacta de lo que será el mañana (…) Todo eso no es rigurosamente socialismo, pero es todo lo que de bueno y práctico podemos hacer aquí los socialistas, si no queremos perder tiempo en discusiones teóricas prematuras y de ningún valor”.


 


Nuevamente, se colocaba delante de los obreros la necesidad de una alianza de hecho con el sector industrial. Lo que era más dudoso es que ese sector estuviera dispuesto, como aparentemente pensaba Piccarollo, a favorecer el advenimiento de la pequeña propiedad agraria (o sea, a afectar la gran propiedad). El Manifiesto del Partido Socialista Brasileño, de 1902, se situaba en esa línea: “El Consejo General del Partido hace un llamado a las diferentes clases, a los poseedores y a los desposeídos, en que la población de este país se halla dividida como en todas partes, para que se compenetren de la urgente e indeclinable necesidad de atender a lo que ocurre en otros países civilizados en referencia a la cuestión social (…) A los dirigentes, a los que componen la clase poseedora y opresora, en este país, le corresponde no cerrar los ojos a la miseria, que aparece por todas partes, ni cerrar los oídos al clamor que por todas partes se levanta”.


 


Más de una década después de proclamada la República, no quedaba aparentemente otro recurso a los socialistas que el de apelar al buen sentido de la clase dirigente. Si la República no había resuelto la “cuestión social”, los socialistas, por su parte, no parecían poder elevarse por encima de la fragilidad social de la clase que pretendían representar, ni estructurarse como expresión política estable. Piccarollo acertaba con su diagnóstico: la debilidad de los socialistas echaba sus raíces en el atraso social y político del país. El movimiento obrero y socialista brasileño experimentaba, por lo tanto, a comienzos del siglo XX, grandes dificultades para superar, social, sindical o políticamente, el plano de la política de colaboración de clases. El movimiento ya tenía un buen camino recorrido al final del siglo XIX, pero fue con la industrialización acelerada de comienzos del siglo XX que se transformó en una de las principales fuerzas sociales y políticas de su época. Solo pasó a ser considerado en cuanto tal, en la historiografía corriente, a partir de 1888 o 1889 (fechas de la abolición de la esclavitud y de proclamación de la República, respectivamente), lo que constituye un error. Para Theotonio Junior, por ejemplo, la primera fase del movimiento obrero en Brasil se extiende de 1900 a 1930 (Júnior, 1962). Hay, sin embargo, como acabamos de ver, movimientos sociales de trabajadores asalariados en la etapa final del Imperio. Las aspiraciones republicanas, por su parte, eran llevadas adelante por su soporte, por así decir, “natural”: las clases medias urbanas. El clientelismo y el “mecenazgo” vigentes excluían de la participación política a la inmensa mayoría de los trabajadores, no solo de los esclavos.


 


Una industrialización compulsiva


 


El primer paso hacia la industrialización brasileña fue dado con la sustitución de la pequeña producción artesanal por unidades industriales mayores. Eso comenzó a suceder hacia el final de la década de 1870, cuando la abolición de la esclavitud se encontraba en el orden del día y la solución por la inmigración comenzó a ser considerada como alternativa. A partir de la abolición de la esclavitud, en 1888, el desenvolvimiento económico de Brasil siguió un estándar marcadamente capitalista, tanto en el segmento agrícola (el café) como en el urbano (industrialización). Por debajo de ese proceso se alteró también la estructura del mercado, con la gradual eliminación del “comisionado” como intermediario del comercio exportador/importador: los exportadores (extranjeros) pasaron a vincularse directamente con los productores, y los importadores enviaban representantes al interior del país. Hasta fines del siglo XIX la economía brasileña era esencialmente agraria y exportadora. En la región amazónica se producía y se exportaba caucho. En el Norte y el Nordeste predominaban el azúcar, el algodón, el tabaco y el cacao. En Rio de Janeiro, Minas Gerais, Espirito Santo y Sao Paulo, el café ocupaba el primer lugar. En Rio Grande do Sul se producían cueros, pieles o yerba mate, y se exportaba charque a otras regiones de Brasil.


 


Hacia el final del siglo XIX ese cuadro, dominado por la economía agroexportadora, comenzó a transformarse. Entre 1886 y 1894, la industrialización ganó impulso, aunque su origen fuese anterior a 1880. El surgimiento y desenvolvimiento de las industrias estuvieron íntimamente relacionados con el desempeño de la economía primaria exportadora, por lo menos hasta la crisis de 1929. La industrialización no se produjo en todo el país con la misma intensidad. Su polo dinámico se situaba en el sudeste, particularmente en Sao Paulo, donde se localizaba la más poderosa economía exportadora: el café. La economía cafetera paulista, desenvolviéndose en el contexto de la transición del trabajo esclavo al trabajo libre, y con amplias posibilidades de expansión hacia las tierras fértiles del Oeste, se convirtió en la más próspera de las economías agroexportadoras: fue allí donde la industrialización se desarrolló más rápidamente. Desde su inicio, la industrialización paulista era parte de la economía cafetera, o del “complejo cafetero”, pues la producción y exportación del café dependían de una compleja organización de factores. Además de su producción propiamente dicha, ese complejo incluía aún su procesamiento, un sistema de transporte (ferrovías), comercio de importación y exportación, bancos y, por fin, industrias.


 


Se trataba de una industrialización “a saltos”, fuertemente condicionada por el mercado internacional. El proceso de industrialización acompañó el ritmo del conjunto del sector exportador, no solo del cafetero. En momentos de expansión, las inversiones industriales aumentaban, o se contraían en momentos de retracción del mercado mundial. Al resumir sus conclusiones acerca de la industrialización brasileña anterior a la crisis de 1929, Wilson Suzigan anota que, en el período anterior a 1914, y en menor grado hasta 1929, el desenvolvimiento de la industria brasileña de transformación puede ser considerarse inducido por la expansión del sector exportador, y hace una clara distinción entre el crecimiento industrial anterior a la I Guerra Mundial y el que se registra a partir de ésta.


 


El periodo anterior a la I Guerra, particularmente en el siglo XIX, puede ser explicado, según Suzigan, en términos de la “teoría del crecimiento económico inducido por productos básicos”. La expansión del sector exportador impulsó inversiones no solo en las industrias de bienes de consumo, sino también en las productoras de insumos, incluidas maquinarias e implementos para el sector exportador; el procesamiento ulterior de productos de exportación (por ejemplo, el del café y la refinación de azúcar), y otras actividades económicas complementarias o subsidiarias, tales como el transporte (principalmente ferrocarriles y navegación), bancos, comercio de exportación e importación, comercio interno, etc. (Suzigan, 1986).


 


Además de eso, y con recursos derivados indirectamente de las exportaciones de productos básicos, el gobierno brasileño financió inversiones (o dio garantías sobre ellas) en infraestructura (ferrovías, puertos, lí