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“1880-1982: Historia de las Crisis Argentinas”

Por Juan Carlos Crespo
“¿Qué día es hoy?" Aureliano le contestó que era martes. “Eso mismo pensaba yo”, dijo José Arcadio Buen- día. Pero de pronto me he dado cuenta que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes..." Al día siguiente, miércoles, volvió al taller. “Esto es un desastre —dijo— Mira el aire, oye el zumbido del sol. Igual que ayer y antier. También hoy es ¡unes ".
 
La cita de García Márquez -incluida al comenzar el texto- es un buen anticipo de la conclusión del autor sobre las distintas crisis planteadas en el país desde 100 años atrás. Según su visión, Argentina ha sido testigo de una larga pugna entre "intervencionistas” y "liberales”, aquéllos, intérpretes de la burguesía industrial, estos últimos, de la hermandad entre los banqueros internacionales, la sub-oligarquía financiera (gestora del capital financiero en el país) y la oligarquía terrateniente. En esta pugna, el último sector ha salido ganancioso una y otra vez: "en los noventa años siguientes (a la crisis de 1890), el mismo sector social que se benefició con esta crisis intentará repetir la experiencia, aún al precio de provocar nuevas crisis, aludiendo siempre a la memoria de los preclaros varones de la Generación del 80”. Como en la ficción del escritor colombiano, en la Argentina siempre sería "lunes”.
 
En la Argentina las crisis y los protagonistas tienden a repetirse. Partir de este punto es un acierto del autor. Porque si la historia se repite es la comprobación de problemas no resueltos desde la misma formación del Estado nacional. Si aún hoy es materia de discusión la Vuelta de Obligado es porque la cuestión de la soberanía nacional frente a las metrópolis del mundo capitalista sigue planteada: somos un Estado dependiente que ha delegado atributos esenciales de la soberanía (declarar la guerra) a entidades supranacionales sujetas al dominio de los Estados Unidos.
 
Pero señalar y estudiar las analogías históricas es útil a condición de precisar lo que no se repite, los rasgos diferenciados, pues son estos elementos nuevos los que serán capaces de resolver los viejos problemas no resueltos en el pasado.
 
Brailovsky traza el paralelo, en particular, entre la crisis de 1890 y la actual, y señala los componentes comunes: el colosal endeudamiento externo, la especulación financiera, la caída del salario de los trabajadores, la trenza financiera que surge como beneficiaria del proceso que llevó a la crisis. Sin embargo, la crisis bajo Martínez de Hoz tendría un matiz diferencial respecto de otras, pues aquí no estuvo presente el ahogo del sector externo, sea provocado por una sequía, por una crisis internacional o la baja de los precios de exportación. "Esta vez (por M. de Hoz) no se trata de una crisis importada. Las dificultades por las que atravesó el país... aparecieron y parecen ser consecuencia de una cierta política económica antes que causa de ella”. Es decir, la crisis argentina no tiene relación con la crisis mundial.
 
El autor impugna el carácter aventurero del endeudamiento externo propiciado por la oligarquía financiera y es partidario de encauzarlo a partir del Estado. Contrapone el caso de Brasil: “a principios de la década del 70 se criticó en los medios académicos inter-nacionales la política de Brasil, de endeudarse excesivamente en el exterior. Pero ese endeudamiento tenía por lo menos la contrapartida de los dólares aplicados al crecimiento industrial. Con una política aparentemente similar, Brasil salió con una industria fortalecida y la Argentina con una estructura industrial en franco retroceso”.
 
Brailovsky esboza una salida: reivindica la gestión económica del primer gobierno peronista (1945), en particular la nacionalización del Banco Central y de los depósitos bancarios, la estatización del comercio exterior. Estas medidas restablecían un equilibrio roto por la concentración en favor de los grandes pulpos "particularmente en el sistema financiero y en el exportador, parte de cuyas utilidades provienen del ofrecimiento de créditos costosos al agro y a la industria -en el primer caso- o de la adquisición de cosechas a precios bajos -en el segundo-”.
 
¿Qué hacer hoy? Recurrir al viejo arsenal de las políticas instrumentadas por el peronismo en los años más osados de intervención estatal. ¿Quiénes? Brailovsky hace un elogio al levantamiento de "toda la ciudadanía” contra la política de la dictadura y coloca en la primera línea de esta protesta a la Multipartidaria, a la CGT, a la Federación Agraria. Allí apuntan sus expectativas: a la resurrección del nacionalismo burgués de la mano de los políticos burgueses democratizantes.
 
1890-1980: la ley del capital financiero
 
Es un hecho que, como sostiene Brailovsky, el desenfrenado endeudamiento externo y la especulación son rasgos comunes a las diferentes grandes crisis económicas argentinas y, en particular, de aquellas en que centra su análisis, las de 1890 y la actual. Pero el autor no va más allá de una interpretación subjetiva: la existencia de un "sector social” que aparece como el demiurgo y el beneficiario de las crisis sin que nadie pueda explicarse cómo es posible que esta fracción pueda imponer una y otra vez su ley a la nación. Sin embargo es la repetición de la historia lo que invalida aquella visión subjetiva y plantea hallar el por qué en la conformación particular del país.
En el período 1880-90 la valorización de la pampa húmeda por la expansión del comercio mundial de granos y carnes planteó el ingreso masivo del capital extranjero y la incorporación plena de la clase explotadora del país al circuito capitalista mundial. Esta inserción tuvo características profundamente parasitarias, con el Estado haciéndose cargo de la mayor parte de los compromisos con los acreedores extranjeros. "Los capitalistas dispuestos a correr riesgos en nuevos campos de empresa, como la comercialización de la carne, eran difíciles de encontrar y se invitaba al estado a que diera seguridades en ese terreno. Un estudioso ha calculado que el 60 por ciento de las nuevas inversiones hechas en los ferrocarriles durante los años 1885-90 se hicieron en títulos con interés fijo. Las cédulas eran también títulos con interés fijo. En suma, las inversiones hechas en la Argentina, se hacían de un modo preponderante en una forma que exigía que la economía argentina produjera y compensara en seguida” (Ferns, “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX”).
 
Es decir, el endeudamiento crecía en una proporción muy superior a la capacidad de realización de las inversiones. El capital ferroviario, por ejemplo, aumentaba con mayor rapidez que las entradas ferroviarias, al momento de producirse el colapso financiero. La expansión vertiginosa 1885-90 incubaba así la crisis posterior. Brailovsky trata de resolver esto volviendo a una interpretación subjetiva: critica la forma desordenada” en que se desarrolló e expansión, “un crecimiento rápido e algunas actividades que deja atrás otras" y que provocó mayor importación de insumos y la quiebra del balance pagos. Impugna la violenta inflación que acompañó la expansión, que redujo Poder de compra de los consumidores y condujo a la recesión posterior. Todo se reduce así a una simple elección Circunstancial de políticas económicas: “Lo que estaba en cuestión era si el progreso beneficiaba al conjunto del país o a una minoría de especuladores”.
Bajo el capitalismo la expansión económica no puede ser sino “desordenada” porque lo que “ordena” es la búsqueda del beneficio en un régimen de propiedad privada. Tan inútil como esto es considerar la política inflacionaria como un simple problema de opciones, siendo que allí estaba expresándose la impotencia del régimen para frenar las tendencias a la crisis. Con la ley de Bancos Nacionales Garantizados de 1887, Juárez Celman buscó supeditar de modo definitivo las emisiones de billetes a las existencias de oro en los bancos. Esto fracasó en toda la línea y no sólo por renuencia de la oligarquía terrateniente, que quería papel moneda para pagar los sueldos y créditos fáciles, sino también porque el pago de la creciente deuda externa (una gran proporción de la cual había que pagar en oro) más las compras de insumos, más la corrupción, ponían en dificultades cada vez mayores al Tesoro del Estado. Este precario equilibrio terminó por derrumbarse con la caída de los precios agropecuarios a raíz de la crisis económica internacional.
 
Todos estos elementos, con su forma propia, volvieron a plantearse en la crisis actual. La dictadura, pretendió poner en pie un mercado de capitales otorgando avales a las deudas con el exterior, utilizando títulos públicos indexados para mantener el proceso especulativo y formando una reserva de divisas mediante el endeudamiento de empresas estatales que no necesitaban esos fondos. La deuda externa creció sin relación alguna con la capacidad de realización de las inversiones. Hubo que abandonar la política de sobrevaloración del peso frente a la necesidad de reacomodar las exportaciones del país.
 
¿Qué revela esta historia repetida? La profunda debilidad de la burguesía industrial frente al capital financiero. Si el Estado debe salir de garante de cada operación con los acreedores, si el beneficio industrial no puede respaldar un proceso amplio de endeudamiento se debe al raquitismo de la industria por referencia al mercado mundial.
 
La burguesía industrial nace, en gran parte, como una prolongación de la clase terrateniente. Y nace y se desarrolla en la época del imperialismo, en momentos en que el desarrollo de la técnica exige de las empresas grandes masas de capital. Esto impide que la industria crezca desde abajo como en Inglaterra o Estados Unidos. La burguesía industrial se une desde el vamos con el gran capital proveniente de actividades extraindustriales: comercio, banca, y en particular con el capital imperialista. La burguesía industrial se une así al imperialismo desde su primer vagido y crece en constante dependencia del capital y la técnica imperialistas. Esta conformación determina otra diferencia con los países imperialistas: en éstos la gran burguesía financiera surgió de la capitalización del beneficio industrial, de la fusión de la banca con la industria. En nuestro país, como en el resto de países oprimidos, el capital financiero no se sustenta en la gran burguesía industrial sino en otras formas capitalistas paralelas a la industria (comercial, intermediaria del capital extranjero, terrateniente).
 
El capital financiero es el capital de los monopolios y como tal ha perdido todos los rasgos progresivos de su juventud. No liquida las viejas clases poseedoras, sino que se asocia a ellas. No impone la libre competencia, sino que pasa a controlar ramas enteras de la producción nacional. La con-secuencia de todo esto es la liquidación de los sueños de dominio de la burguesía industrial y la preponderancia de la oligarquía, la burguesía financiera y el capital imperialista en el terreno económico y social.
 
Si no fuera así, ¿como se explica el poder de esta fracción ultra-minoritaria de banqueros y gestores? Brailovsky se niega a abordar la cuestión, porque significaría cuestionar la principal conclusión de su libro: que un frente nacionalista burgués sea capaz de acometer un programa de desarrollo nacional independiente.
 
¿Endeudamiento productivo vs endeudamiento especulativo?
 
Brailovsky ha hecho suya una conclusión repetida por Aldo Ferrer y otros teóricos del nacionalismo burgués. El endeudamiento de Brasil sería productivo, habría permitido fortalecer la industria y el de aquí no ha tenido otro fin que la especulación. Va de suyo que una conclusión de este tipo permite hacer creer que el problema no reside en el capital financiero internacional, que puede ser utilizado para un endeudamiento “productivo”, sino en los ejecutores de la política económica en el país. Queda así un único culpable: M. de Hoz y la trenza financiera.
 
El origen del endeudamiento argentino y brasileño debe encontrarse en la crisis de la economía capitalista mundial a partir de los años 70, fin del ciclo de expansión asentado sobre la colosal destrucción de fuerzas productivas en la segunda guerra. La crisis es producto de una sobreacumulación de capital que no encuentra canales para la inversión productiva. Esto se expresa en el colosal desarrollo de los mercados financieros internacionales en el último período (euromercado).
 
Es la fenomenal presión de la banca internacional para la colocación de estos fondos ociosos lo que llevó a la dictadura a impulsar un plan de concentración industrial apoyado en este financia- miento y en la reducción del nivel de vida histórico de las masas. El propósito era potenciar una serie de sectores -agroindustria, petroquímica, acero- y se perseveró en esta línea hasta que se fundió el plan de M. de Hoz. En realidad si se quiere comprender la crisis en el país hay que trazar la analogía con el proceso brasileño. La experiencia de ambos países es casi un calco: en ambos casos fracasó en toda la línea el intento de poner en pie un mercado de capitales sin la intervención del Estado. A partir de la política eco-nómica del golpe de 1964, se montó un endeudamiento “aventurero” (un manejo “monetario” del balance de pagos) y un “bicicleteo”, que culminó en la crisis de 1967. Pero aquí Brasil halló una salida momentánea en el ciclo de expansión especulativo del comercio mundial en 1969-73 (y es del caso recordar que M. de Hoz tuvo como contrapartida sólo una pequeña “primavera” de reactivación en un largo período recesivo). Además Brasil tiene una tercera parte de su frontera agrícola sin colonizar, lo que significa una vía de acumulación propia del capitalismo de la primer época y la expulsión de campesinos, es decir de mano de obra barata para la industria (en nuestro país este proceso, vía inmigración europea, culminó hacia principios de siglo y el de la inmigración interna provocado por la crisis agraria de 193045, terminó en 1950).
 
Estos rasgos diferenciales no anulan la crisis, que se presenta descomunal. Dos complejos siderúrgicos -Acominas y Vibasa, éste el más grande proveedor de aceros especiales de Brasil -van camino del desmantelamiento porque no tienen a quien venderle su producción.
El conjunto de la industria del acero tiene una capacidad ociosa del 60 por ciento. Complejos enteros en otras ramas van camino de la liquidación. Aquí puede decirse que cuanto mayor sea el gigante de pies de barro, mayor será el desastre. Por haber alcanzado un cierto nivel de industrialización la crisis será más profunda. Llevará al desmantelamiento efectivo de toda una parte de la industria a miles de desocupados, a una hecatombe económica y social.
 
En el caso de Argentina, debe tomarse en cuenta el agudo proceso de desinversión industrial que se remonta a la crisis de 1962, luego del ciclo de inversiones imperialistas bajo el frondicismo.
 
La burguesía industrial se orientó hacia los activos financieros, el oro y los títulos públicos (uno de los primeros intentos fue el bono oro de Alsogaray). Esto se expresó en el fracaso de los sucesivos planes de equipamiento y reactivación industrial bajo Illia, Onganía y Perón (Plan Trienal). Los datos de inversión industrial son brutos, es decir, están inflados porque incluyen las variaciones de inventarios y no tienen en cuenta la amortización del activo fijo. Los fondos de amortización empresarios son inexistentes y en la estimación de su cálculo debería incluirse el costo de reposición, más alto que el valor de depreciación.
 
La desinversión industrial significa que el capital productivo se metamorfosea en dinero, que hay un proceso de desvalorización del primero (caída de la tasa de ganancia) que el capitalista busca superar huyendo hacia el oro (garantía universal del valor). Dada la existencia de activos financieros de alta rentabilidad y garantía del Estado, el oro es sustituido por la formación de un capital de papeles, es decir, ficticio.
 
El punto más alto de este proceso se produjo a partir del “rodrigazo”: la fuga del capital hacia los títulos. La acción del Estado en este sentido respondía plenamente a la necesidad de salvar al capital de la quiebra, constituyendo una enorme hipoteca sobre el conjunto de la nación.
 
En condiciones “normales” este proceso debe culminar en la catástrofe por la desvalorización de los títulos. Esta tendencia se dio a nivel mundial, cuando la onza de oro se acercó a los 1.000 dólares. Para contrarrestarla se produjo una nueva emisión de títulos y papeles, que llevó al mercado del eurodólar a cifras impresionantes. Lo mismo hizo M. de H. en Argentina: dar toda clase de oportunidades para “bicicletear” como la forma capitalista más rentable de evitar la fuga de capitales y la catástrofe instantánea.
 
Hacer la crítica al plan de M. de H. es hacer la crítica a la lógica capitalista que expresó; cualquier otra cosa es subjetivismo, es formular opiniones arbitrarias sobre el remedio a los males del presente.
 
Un recurso de emergencia como el plan de M. de H. (que seguía toda una línea de comportamiento mundial del capital y que se insertaba dentro de la más grande expansión del capital ficticio en toda la historia mundial) sólo puede encontrar salida en una recuperación del comercio mundial. M. de H. supuso que la masa de capital -dinero inflado por la política estatal-podría ser la base de un nuevo proceso de concentración industrial (agro, industria, acero, petróleo, papel), y que permitiría a- la burguesía industrial una inserción mayor en las corrientes del comercio internacional. El “boom” comercial esperado no se produjo nunca y el plan se fundió a partir de 1979. Es a todas luces un despropósito señalar, como dice Brailovsky, que esta crisis “no fue importada”.
 
Para Brailovsky la crisis actual tuvo su punto de partida en 1974 bajo el gobierno de Isabel Perón, pero, a diferencia de otras crisis, ésta no tuvo origen en un estrangulamiento económico -“no había crisis del balance de pagos" sino en una determinación política del gobierno de ese entonces: no adoptar medidas de intervención del Estado en la economía para que el régimen no fuera acusado de socializante.
Brailovsky recoge aquí una novedosa “teoría” que ha alcanzado importante difusión en sectores peronistas. Según ella, la Argentina ha dejado atrás el período de crisis de su balance de pagos. Esto por las tendencias deficitarias que estarían operando en el mercado de alimentos -demanda de la URSS- y en contrapartida la lenta capitalización del agro, que ha permitido un aumento de la productividad agrícola por hombre a partir de la década del 60.
 
Lo decisivo es que se ignora aquí la actual crisis económica mundial. Estamos en presencia de una crisis de sobreproducción y de un crecimiento de la banca mundial a una tasa que no tiene parangón en la historia, fruto de la imponente masa de capital ficticio (especulativo) acumulado en estos últimos 10 años. Es un hecho que la presión de la banca mundial va dirigida a reclamar el endeudamiento por la necesidad de colocar lucrativamente el capital-dinero que va a sus arcas, movilizando los excedentes acumulados por la crisis. Brailovsky, como los fallecidos peronistas Armando Braun y Ber Gelbard, que participaron en su momento de la misma idea, se plantea un modo de integración al mercado mundial pero esto imposible sin los banqueros y la coyuntura actual del capital financiero.
Un signo del período actual son los países petroleros, superativos con holgura tiempo atrás, luego endeudados y actualmente con déficits en el balance de pagos. Sin ir más lejos, México e Irán. La “teoria” sobre el balance de pagos es, en definitiva, un espejismo.
 
1880-1980: La Multipartidaria, ayer y hoy
 
En la Unión Cívica –que dirigió la oposición al régimen juarista en la revolución del 90— confluyeron la oligarquía terrateniente, la burguesía ganadera y la propia burguesía comercial (Mitre), y se trató por lo tanto de un frente único de sectores distintos y antagónicos. Fue la burguesía comercial la que ofició de bisagra para un acuerdo con el juarismo y el roquismo, y militó desde el primer momento para neutralizar toda radicalización del movimiento en tomo a las denuncias antiimperialistas del ala Alem-Del Valle.
 
Brailovsky dedica a la revolución del 90 dos frases (Allí se enfrentan) “los que perciben rentas legítimas contra los que perciben rentas ilegítimas” y “fracasó en el terreno militar”. Pero no arriesga explicación alguna sobre este fracaso, que invariablemente los historiadores de cuño radical atribuyen a la traición de uno u otro jefe militar o a razones técnicas. El propio Alem, uno de los jefes de la asonada del 90, sostuvo en su balance: “Por el cambio de plan, de dueños de la ciudad que debíamos ser tan luego como llegaran las fuerzas al Parque y atacaran inmediatamente a la policía y las tropas del gobierno, apenas dominamos la plaza del Parque y sus adyacencias, dejando la ciudad en poder del enemigo, que reaccionó enseguida de la sorpresa y nos sitió más tarde. . . Reconozco que fue un error de graves consecuencias el haber aceptado yo esas modificaciones al plan militar" (impuestas por el General Campos, ligado a la oligarquía terrateniente y en componenda con la trenza financiera a través de Roca) (Alem, carta al Dr. Barroetaveña).
 
La Unión Cívica fue un movimiento burgués de defensa nacional frente al imperialismo, bajo la dirección de la oligarquía, y es esto lo que determino su fracaso. La oligarquía intentaba poner un límite a las concesiones en beneficio del capital extranjero, pero era orgánicamente incapaz de formular una política de desarrollo nacional que planteaba como condición una ruptura en toda la línea con el imperialismo británico, su socio mayor desde la primera hora. Por eso al revolución del 90 no estuvo dirigida a provocar un alzamiento revolucionario de las masas y las reivindicaciones de los trabajadores no fueron consideradas, si bien interesaba a éstos la reivindicación del sufragio universal, levantada en particular por Alem-Del Valle. Por eso se trató de restringir el movimiento a los militares y un puñado de civiles. 
 
Sobre el fracaso del golpe cívico-militar, se armó un nuevo acuerdo nacional que preservo los intereses del capital financiero internacional del primer movimiento antiimperialista en la historia argentina. Como bien dice Peña "Roca y Pellegrini llegaron en el momento oportuno para salvar los intereses generales del imperialismo en base a concesiones parciales a los productores nacionales, de cuyo programa nacional del 90 tomaron algunas consignas -como la anulación de la venta de las obras de salubridad, que se llevó a cabo indemnizando al imperialismo con una millonada de oro" (Peña, “Alberdi, Sarmiento, el 90”). Fruto de esta “concertación” el capital inglés consiguió aumentar la deuda pública del Estado a su favor, que era de 115 millones de pesos oro en 1887, a 425 millones en 1893.
Si Brailovsky se hubiera detenido en este punto hubiera podido establecer una legítima comparación histórica: la Unión Cívica de ayer, enterradora de las aspiraciones antiimperialistas de las masas, jugó la misma función política que la Multipartidaria hoy. Es decir, sacar a la oligarquía y a la gran burguesía industrial de la bancarrota a que ha sido conducida por la crisis mundial y el gobierno de los intermediarios de la banca internacional, preservando el dominio del capital financiero sobre el país. 
 
El autor adopta el ángulo del nacionalismo burgués frente a la crisis. Pero la historia también se repite con el nacionalismo burgués!! Este ha sido incapaz de romper con los mecanismos de exacción imperialista. No se trata de negar la eventualidad de un desarrollo de las fuerzas productivas en ciertos países y ramas, ni que puedan aparecer tendencias políticas que levanten banderas de desarrollo planteando la intervención del Estado. Lo que sí debe ser señalado es el fracaso inevitable de estas propuestas en un período de destrucción de fuerzas productivas a nivel mundial y de acentuada presión del imperialismo. Y su limitación, dado que el primer paso del Estado como impulsor del desarrollo nacional es la confiscación de la banca, y la investigación y correspondiente desconocimiento de la fraudulenta deuda externa (sobre lo que ninguna fracción del peronismo o la Multipartidaria o el propio Brailovsky, acuerdan).
 
El autor señala que la solución en 1974 pasaba por la centralización de los depósitos bancarios para continuar con una política de reactivación.
 
Esta era, ciertamente, una alternativa, igualmente capitalista, bastante menos rentable para los capitalistas que lo de M. de H. Pero era también una alternativa inviable, porque no respondía a sino que chocaba con, las tendencias del conjunto de la burguesía. Brailovsky quizá identifica la centralización de los depósitos por el BCRA como una real centralización forzada del capital por el Estado. Cuando el Estado burgués choca con las tendencias del capital (y esto ocurre, a veces, con los gobiernos de unidad popular, o pequeño burgueses nacionalistas); el conjunto de las formas del capital se metamorfosean a su forma primitiva, dinero (oro, divisas), se desplaza al campo de la .usura, se enriquece con el intercambio no equivalente (mercado negro), y descompone el mecanismo del Estado burgués hasta obligarlo a capitular, generalmente por medio de la fuerza intacta de éste: el ejército.
 
Las medidas de 1945/46 pudieron ser sostenidas durante un cierto tiempo, dada la solidez financiera del Tesoro. No debe olvidarse que sirvió para que el Estado rescate a las ramas capitalistas en quiebra (ferrocarriles, frigoríficos) y, más adelante, para subsidiar a la oligarquía (el déficit del IAPI). No tuvo la función progresiva que le adjudica Brailovsky. El experimento fue aniquilado por el movimiento de conjunto de la burguesía, en 1955, en 1973 no se volvió a repetir.
 
La “estatización” no siempre es sinónimo de antiimperialismo. M. de H. impuso un encaje mínimo del 50 por ciento de los depósitos (con cuenta de regulación monetaria), lo que es una forma de estatización (como los avales), y sirvió a la finalidad de organizar la transición al nuevo sistema financiero. Hay que precisar el contenido de clase de la estatización y su función histórica y política. Bajo Perón 1945/55 la nacionalización del Banco Central como la centralización de los depósitos bancarios no alteraron en su fundamento el tradicional conglomerado de intereses nacionales y extranjeros que controlaban la economía argentina. Además, cuando llegó la crisis -1952- como el propio autor reconoce: “las herramientas existían, pero faltaba la voluntad o quizás el poder político necesario para aplicarlas”. Es cierto, no había voluntad política siquiera para aplicar las leyes vigentes, pero las “herramientas” no servían.
 
1890/1982: el partido obrero
 
La crisis del 90 se resolvió con los métodos clásicos del capitalismo: caída de la tasa de ganancia, caída del salario real de los trabajadores. En 1892, un obrero carpintero cobraba, en términos reales, el 55 por ciento de su salario de 1886. La caída era aún mayor en el caso de los peones rurales. Los explotadores nativos habían consumado el proceso de colonización interna del país y se habían integrado plenamente al circuito capitalista mundial. El rasgo progresivo de esta asimilación era el surgimiento de la clase obrera, única capaz de liquidar el atraso junto al propio capitalismo. La gran tarea planteada ya en 1890 era la conquista de la independencia política para el proletariado, la construcción de un partido obrero. Es en relación a esta gran crisis que surge el Partido Socialista en la década del 90.
 
A noventa y dos años, aquella tarea sigue planteada. Pero con una gran diferencia a favor del proletariado: el desarrollo de la clase obrera es hoy, infinitamente mayor que en 1890 y se ha forjado una importante vanguardia revolucionaria. En este sentido, en la Argentina ya no es "lunes". No ha variado, sin embargo, la tesis central que debe presidir su construcción: la conquista de la democracia política y de la emancipación nacional sólo será posible bajo la conducción política de la nación oprimida por el proletariado. Esto significa independizarse de la tutela burguesa del peronismo y lanzarse a construir un poderoso partido de la clase.
La Multipartidaria transita hoy, con mucha menos osadía, el mismo camino de la Unión Cívica. Es un frente de agitación cuyo programa máximo es lograr un reordenamiento interno de la burguesía dentro del Estado en detrimento relativo de un sector de la fracción financiera, sin alterar las bases de dominio del capital extranjero y la casta de oficiales. Su perspectiva no es otra que el acuerdo con la camarilla militar y el imperialismo yanqui, que reeditaría en el tiempo, el pacto Roca-Pellegrini.
Es legítimo comparar las distintas crisis y este propósito es un mérito de Brailovsky. La analogía histórica permite sacar a la superficie la similitud de problemas no superados: el atraso del país, la subordinación de las clases dominantes al imperialismo, la inviabilidad del nacionalismo burgués para resolverlos. Estos problemas se concentran en uno: la dirección del movimiento revolucionario de las masas en el próximo período, la construcción de un partido obrero que oponga el programa democrático, antiimperialista y anticapitalista contra la burguesía nacional en todas sus variantes. Es el modo de superar históricamente la frustración de los líderes radicales de la revolución del 90, expresada vivamente por Alem al momento del suicidio: “Mis fuerzas, tal vez gastadas ya, han sido incapaces para detener la montaña y la montaña me aplastó. Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir" (Testamento de Alem, "La Revolución del 90").

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