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El planteo político de Silvio Frondizi

Por Partido Obrero

Lo que va a leerse es un extenso reportaje a Silvio Frondizi publicado en el libro Las izquierdas en el proceso político argentino, Editorial Palestra, Buenos Aires, 1959. En ese momento era el dirigente indiscutido del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) Praxis, que había formado hacia 1956 y entró en una virtual diáspora y disolución hacia 1964. De una de las corrientes de esa crisis emergió el núcleo fundador de Política Obrera, la organización predecesora del Partido Obrero. En octubre de 1955 había visto la luz la primera edición del primer tomo de La realidad argentina, dedicado al análisis del capitalismo mundial y nacional, un año después se editó el segundo, volcado a los problemas de la revolución socialista en el país y Latinoamérica. Constituyen, por lejos, sus obras más ambiciosas. En el próximo número de En defensa del marxismo haremos una crítica a este reportaje, que resume sus posiciones políticas fundamentales. Silvio Frondizi fue asesinado por la Triple A hace cuarenta años, el 27 de septiembre de 1974. 

1 -¿Qué es la izquierda y cuándo se está en la izquierda?

-Aunque la palabra “izquierda” carezca de mayor valor científico, su uso le ha conferido el sentido de una posición revolucionaria crítico-práctica frente a la sociedad capitalista actual, tendiente a la transformación de ésta en la venidera sociedad socialista. Por lo tanto, está en la izquierda todo aquél que bregue por la más rápida y lúcida ascensión del proletariado al poder.

 

-En líneas generales, ¿cuál ha sido la posición de las izquierdas en el proceso político argentino, desde 1916? Una breve opinión sobre las presidencias de Yrigoyen.

-Hasta la aparición del Partido Comunista, el Partido Socialista fue el único partido político argentino de bases científicas. Sin embargo, la contradicción entre su programa relativamente revolucionario y sus métodos reformistas o evolucionistas, lo condujeron paulatinamente a un desencuentro con nuestra realidad histórica.

El Partido Comunista pudo convertirse en una salida a la crisis del socialismo; pero al abandonar el camino revolucionario para actuar en función de los intereses nacionales de la burocracia stalinista, perdió la oportunidad de ganar la dirección política de nuestro proletariado. Recuérdese al respecto su actitud frente al imperialismo angloyanqui durante la segunda guerra mundial, su alianza a la Unión Democrática y sus vaivenes frente al peronismo.

En cuanto al trotskismo, creemos que es la antítesis simétrica pero no la síntesis superadora del stalinismo.

El primer gobierno yrigoyenista significa el ascenso de la clase media al poder, con todos los defectos y virtudes que ello implica. Virtudes, en cuanto democratizó el aparato del Estado, dando mayor participación en la vida política a capas cada vez más vastas de la población, etc. Defectos, determinados por el carácter pequeño-burgués del yrigoyenismo que le impidieron librar una gran batalla frontal contra la oligarquía y el imperialismo, a los que en última instancia se respetó, etc. En este sentido, cabe afirmar que el golpe de Estado de 1930 -verdadera revancha de las fuerzas reaccionarias del país- está ínsito en la frustración de 1916.

 

Peronismo

Para nosotros, el peronismo ha sido la tentativa más importante y la última de la realización de la revolución democrático-burguesa en la Argentina, cuyo fracaso se debe a la incapacidad de la burguesía nacional para cumplir con dicha tarea.

A través de su desarrollo, el peronismo ha llegado a representar a la burguesía argentina en general, sin que pueda decirse que ha representado de manera exclusiva a uno de sus sectores -industriales o terratenientes. Dicha representación ha sido directa, pero ejercida a través de una acción burocrática que lo independizó parcial y momentáneamente de dicha burguesía. Ello le permitió canalizar, en un sentido favorable a la supervivencia del sistema, la presión de las masas, mediante algunas concesiones determinadas por la propia imposición popular, la excepcional situación comercial y financiera del país y las necesidades demagógicas del régimen. Precisamente, la floreciente situación económica que vivía el país al término de la segunda gran guerra, constituyó la base objetiva para la actuación del peronismo. Éste contó, en su punto de partida, con cuantiosas reservas acumuladas de oro y divisas, y esperó confiadamente que la situación que las había creado mejorara constantemente, por la necesidad de los países afectados por la guerra y por un nuevo conflicto bélico que se creía inminente.

Una circunstancia excepcional y transitoria más contribuyó a nutrir ilusiones sobre las posibilidades de progreso de la experiencia peronista. Nos referimos a la emergencia de una especie de interregno en el cual el imperialismo inglés vio disminuir su control de la Argentina, sin que se hubiera producido todavía el dominio definitivo y concreto del imperialismo norteamericano sobre el mundo y sobre nuestro país. Ello posibilitó cierto bonapartismo internacional -correlativo al que se practicó en el orden nacional-, y engendró en casi todas las corrientes políticas del país grandes ilusiones sobre las posibilidades de independencia económica y de revolución nacional.

La amplia base material de maniobra permitió al gobierno peronista, en primer lugar, planear y empezar a realizar una serie de tareas de desarrollo económico y de recuperación nacional, con todas las limitaciones inherentes a un intento de planificación en el ámbito capitalista. La estructura tradicional de la economía argentina no sufrió cambios esenciales; las raíces de su dependencia y de su deformación no fueron destruidas. Al agro no llegó la revolución, ni siquiera una tibia reforma. Fueron respetados los intereses imperialistas, a los cuales incluso se llamó a colaborar a través de las empresas mixtas. Tampoco se hicieron costear al gran capital nacional e imperialista las obras de desarrollo económico. El Primer Plan Quinquenal, en la medida en que se realizó, fue financiado, ante todo, con los beneficios del comercio exterior. Por otra parte, a consecuencia de una serie de factores, aquella fuente primordial de recursos pronto se tornó insuficiente, y debió ser complementada con las manipulaciones presupuestarias y el inflacionismo abierto. A través de la inflación, los costos de la planificación económica peronista no tardaron en recaer también sobre la pequeña burguesía y el proletariado de las ciudades.

Pero, durante su primer periodo de expansión y euforia, el peronismo tuvo también realizaciones en los distintos aspectos de la economía. En materia de trasportes, se nacionalizaron los ferrocarriles y se incorporó nuevo material; la marina mercante argentina fue aumentada en sus efectivos y en el tonelaje total trasportado. Hacia la misma época se fue dando gran impulso a la aviación, se completó la nacionalización de puertos, etc. Otra realización recuperadora del peronismo en su período de auge ha sido la repatriación de la deuda pública externa. Se pretendió solucionar el problema de la energía en general y del petróleo en particular, pero sin atacar las cuestiones de fondo. Se tomaron una serie de medidas favorables a la industria y se apoyaron los rudimentos de una industria pesada estatizada, heredados del gobierno precedente, aumentando la participación estatal en la industria. La intervención directa del Estado en la industria tuvo una doble finalidad: tomar a su cargo tareas económicas necesarias, que la endeble burguesía nacional no era capaz de realizar por sí sola, y proporcionar a la burocracia bonapartista un nuevo resorte de poder y una importante fuente adicional de beneficios. La generosidad del crédito estatal fue otra de las formas de favorecer al capitalismo nativo-extranjero.

El mantenimiento de un grado apreciable de paz social ha sido una de las contribuciones más importantes del Estado peronista a la prosperidad de la burguesía agro-industrial argentina durante el primer período de expansión. La propia prosperidad general fue factor fundamental en la atenuación transitoria de las luchas clasistas argentinas. A ello se agregó la acción del Estado, la cual por un lado promovía una política de altos salarios, a la vez que subsidiaba a las grandes empresas para evitar que éstas elevaran exageradamente sus precios y, por otra parte, encerraba a los trabajadores en un flexible pero sólido y eficiente mecanismo de estatización sindical.

Este balance realizado -que es nuestra posición desde hace varios años- nos ha evitado caer en los dos tipos de errores cometidos respecto del peronismo: la idealización de sus posibilidades progresistas, magnificando sus conquistas y disimulando sus fracasos, y, por el otro lado, la crítica negativa y reaccionaria de la “oposición democrática” que, por ejemplo, tachó al peronismo de fascismo.

El resultado de tal balance es la entrega del capitalismo nacional al imperialismo, a través del peronismo, su personero gubernamental. En efecto: trascurridos los primeros años de prosperidad, entró a jugar con toda fuerza el factor crítico fundamental de los países semicoloniales: el imperialismo. Éste logró, por diversos medios (dumping, relación de los términos de intercambio, etc.), ir estrangulando paulatinamente a la burguesía nacional y su gobierno. Los diversos tratados celebrados con el imperialismo -verdaderamente lesivos para el país- culminaron el proceso de entrega. En fin, el balance de la experiencia nacional-burguesa del peronismo ha sido la crisis: estancamiento y retroceso de la industria, la caída de la ocupación industrial y de los salarios reales, el crónico déficit energético, la crisis de la economía agraria y del comercio exterior, la inflación, etc.

Yendo ahora a su aspecto político, el rasgo fundamental del peronismo estuvo dado por su aspiración de desarrollar y canalizar simultáneamente la creciente presión del proletariado en beneficio del grupo dirigente primero y de las clases explotadoras luego. De aquí que nosotros hayamos calificado al peronismo como bonapartismo; esto es, una forma intermedia, especialísima, de ordenamiento político, aplicable a un momento en que la tensión social no hace necesario aún el empleo de la violencia, que mediante el control del aparato estatal tiende a conciliar las clases antagónicas a través de un gobierno de aparente equidistancia, pero siempre en beneficio de una de ellas, en nuestro caso la burguesía.

El capitalismo, frente a la irrupción de las masas populares en la vida política, y sin necesidad inmediata de barrer con la parodia democrática que lo sustenta, trata de canalizar esas fuerzas populares. Para ello necesita favorecer, por lo menos al comienzo, a la clase obrera con medidas sociales, tales como aumento de salarios, disminución de la jornada de trabajo, etc. Pero, como estas medidas son tomadas, por definición, en un período de tensión económica, el gran capital no está en condiciones materiales y psicológicas de soportar el peso de su propia política. Lógico es, entonces, que lo haga incidir sobre la clase media, la que rápidamente pierde poder, pauperizándose. Con ello, se agrega un nuevo factor al proceso de polarización de las fuerzas sociales.

La política de ayuda obrera referida se realiza, en realidad, en muy pequeña escala, si es que alguna vez se realiza, dándosele apariencia gigantesca por medio de supuestas medidas de todo orden.

Las consecuencias de este demagogismo son fácilmente previsibles: dislocan aun más el sistema capitalista, anarquizándolo y, por lo tanto, acelerando su proceso crítico. Además, la política demagógica relaja la capacidad de trabajo de los obreros, lo que explica que, cuando el capitalismo necesita readaptarlos para el trabajo intenso, tenga que emplear métodos compulsivos. Esta es una nueva causa que explica el totalitarismo y una nueva demostración de que, en el actual periodo, el Estado liberal carece tanto de posibilidad como de valor operativo.

El proceso demagógico presenta algunos resultados beneficiosos, particularmente en el orden social y político. Al apoyarse en el pueblo, desarrolla la conciencia de clase política del obrero. Creemos que el aspecto positivo fundamental del peronismo está dado por la incorporación de la masa a la vida política activa; en esta forma la liberó psicológicamente. En este sentido Perón cumplió el mismo papel que Yrigoyen tuvo en relación con la clase media. Hizo partícipe al obrero, aunque a distancia, en la vida pública, haciéndole escuchar, a través de la palabra oficial, el planteamiento de los problemas políticos de fondo -tanto nacionales como internacionales.

Estos aspectos representados por el peronismo fueron los que lo volvieron peligroso a los ojos del gran capital. De aquí que nosotros hayamos dicho en el primer tomo de La realidad argentina, escrito en 1953, que Estados Unidos “necesita un gobierno de personalidades más formales” que las peronistas, permitiéndonos predecir “que llegado este momento (de profundas convulsiones sociales) el general Perón, instrumento del sistema capitalista en una etapa de su evolución, será desplazado”.

La pérdida de la base material de maniobra del país y del peronismo restó a éste la posibilidad de continuar con su política y fue la que condujo, en última instancia, a su caída.

La acusación de fascismo lanzada contra el régimen peronista carece tanto de fundamento como la posición que consideró a éste un movimiento de liberación nacional. Para demostrar que el mismo fue bonapartista y no fascista, será suficiente con indicar que se apoyó en las clases extremas, gran capital y proletariado, mientras la pequeña burguesía -y en general la clase media- sufrió el impacto económico-social de la acción gubernamental.

Por el contrario, en el fascismo, la fuerza social de choque del gran capital, está constituida por la pequeña burguesía. Esta circunstancia explica que las persecuciones contra el proletariado bajo el régimen fascista, encierren tanta gravedad, ya que la acción represiva está a cargo de toda una clase. Es necesario distinguir entre dictadura clasista y dictadura policial. La torpe y reaccionaria acusación de fascismo partió de la Unión Democrática, de triste recordación. Las fuerzas más oscuras de la política argentina, coaligadas en la Unión Democrática, en la que no faltó el apéndice izquierdista, no quisieron o no supieron comprender en su hora toda la importancia del nuevo fenómeno representado por el peronismo, y de su desprestigio e incapacidad cosechó éste para conquistar el poder. Así, nosotros pudimos predecir el triunfo del coronel Perón en nuestro trabajo La crisis política argentina.

El gran odio que le profesó la “oposición democrática” se debió a que su régimen destapó la olla podrida de la sociedad burguesa, mostrándola tal cual es. La juridicidad burguesa y la sacrosanta Constitución Nacional, perdieron su virginidad, poniendo al descubierto su carácter de servidoras de una situación. Se destruyó la unidad del Ejército y se colaboró en la descomposición de los partidos políticos, etc. En efecto, no fueron los rasgos negativos del peronismo los que verdaderamente separaban a la “oposición democrática”, como se ha visto después: el aventurerismo y la corrupción política, administrativa, etc., la “pornocracia”; la estatización y burocratización del movimiento obrero; la legislación represiva, hoy en vigor con más fuerza que nunca, etc. Asimismo, con la caída de Perón no se trató de corregir esos defectos, sino de terminar con los excesos de su demagogismo, demasiado peligroso ya en un período de contracción económica. El golpe de Estado de 1955 cumple ese objetivo del gran capital nativo-extranjero.

 

Frondizismo

Hace seis años concluimos el examen de la intransigencia radical, realizado en la primera parte de La realidad argentina, diciendo: “¿Está el radicalismo en condiciones doctrinarias, políticas y morales de dar una solución a la crisis que aqueja al país? La respuesta es obvia. Lo único que puede dar el radicalismo es un cada vez mayor entendimiento con la reacción”. Lo que está ocurriendo actualmente, por lo visto, no nos toma de sorpresa.

A la UCR Intransigente, como partido pequeñoburgués, le alcanzan directamente las consecuencias de la descomposición de esta clase social: disminución de la clase media productiva, mayor gravitación de la no productiva y parasitaria: burócratas, dependientes del gran capital, intelectuales, profesionales, etc.

La gran burguesía emplea en función de gobierno, sobre todo en el país, a las fuerzas centristas pequeñoburguesas, entre otras ventajas, por cuanto suelen confundir a las fuerzas de izquierda.

En un momento dado de la evolución moderna, la clase media representó un papel sobresaliente, pero en la actualidad, por obra de factores objetivos inherentes al sistema, está perdiendo rápidamente su poderío. Lógico es, entonces, que las fuerzas políticas que la representan vayan perdiendo a su vez posiciones. No debemos olvidar que los partidos políticos son representantes de fuerzas sociales determinadas, y nacen, se desarrollan y mueren con ellas. Esta es la explicación lisa y llana del proceso sufrido por los partidos socialistas y moderados de todo el mundo, como representantes de la pequeña burguesía.

Estos partidos -entre los cuales se contaba la UCRI- atacan las consecuencias inevitables del sistema capitalista, pero defienden a muerte la perpetuación del sistema mismo, origen primordial de todos los males que atacan. Los resultados de su acción, cuando alcanzan el gobierno, están a la vista.

La UCRI soñó con el desarrollo del capitalismo nacional, porque creyó en la posibilidad de la independencia económica y política dentro de un mundo capitalista, sin ver el problema de la integración imperialista de éste en manos de Estados Unidos, la cual conduce al fracaso de las revoluciones nacional-burguesas. Además, el radicalismo, huérfano de apoyo popular, siempre lo ha buscado en los elementos de fuerza de la sociedad argentina: el imperialismo, la burguesía nacional, las Fuerzas Armadas y la Iglesia. En relación con el primero, la UCRI, durante sus años de oposición, centraba su ataque en el imperialismo inglés, dejando a un lado al imperialismo yanqui; en esta forma, hacía aparente anti-imperialismo, atacando a un moribundo, sin caer en desgracia frente a la fuerza internacional con cuyo apoyo contaba para tomar el poder. Por otra parte, como gobierno al servicio de la burguesía nacional, no tenía otro camino que entregarse al amo yanqui, hegemónico socio de aquélla.

En cuanto al aspecto político del problema, no tenemos más que repetir lo que decíamos en 1953: “La posición pequeño-burguesa comprende una extensa gama que abarca desde el auténtico liberal al fascista declarado. Podemos agregar aquí que, en lo que se refiere al político profesional, tiene de todo ello; por regla general va perdiendo su liberalismo a medida que se aproxima a la función pública, que le impone una posición concreta frente a la realidad capitalista. Entonces el centrista, que es un derechista vergonzante, debe mostrar la cara”.

Por eso, no creemos que haya sido acertado el apoyo de “la extrema izquierda” a la candidatura de Arturo Frondizi. Por lo que hace al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Praxis), fue el primero en alertar sobre el peligro que entrañaba este gobierno para el proletariado y para el país. Si algún partido de izquierda apoyó esa candidatura, lo hizo en abandono de las posiciones revolucionarias, cosa que bien caro le estará costando ahora.

 

Imperialismo inglés y norteamericano

El problema planteado en el cuestionario referente a las diferencias entre el imperialismo inglés y el norteamericano, y a la posibilidad de que este último pueda ayudar al desarrollo industrial y económico general del país, se resuelve claramente aplicando la teoría de la integración mundial capitalista formulada por nosotros en 1946.

Las nuevas condiciones, que explican la transformación de la política mundial del capitalismo, son fundamentalmente las siguientes.

Ante todo, el enorme desarrollo de las fuerzas productivas mundiales y la consiguiente interdependencia económica. Debemos agregar la enorme intensidad alcanzada por las contradicciones internas en los países capitalistas, especialmente en Estados Unidos.

Otra condición está dada por la franca ruptura del equilibrio entre las principales potencias capitalistas, equilibrio que era uno de los fundamentos del periodo anterior y cuya ruptura es consecuencia de la ley del desarrollo desigual de las potencias que integran el sistema. Esta desigualdad en el desarrollo permite al capitalismo realizar su postrer avance por medio de la potencia directora, Estados Unidos, y en su propio beneficio. Así como la dinámica interna del sistema tendió, en un momento dado, a integrar la producción en el orden nacional, podríamos decir a socializarla, a través de la división del trabajo, hoy tiende por gravitación natural a realizar dicha integración en el plano internacional.

Esta tentativa no es la primera, pues su objetivo siempre constituyó el sueño dorado de las potencias capitalistas. Lo único nuevo está dado por las condiciones históricas actuales, favorables para llevar a una potencia al dominio del mundo capitalista. Para ello es necesario someter a revisión el principio de soberanía y modificar la política seguida con las demás potencias. La realidad de la política internacional de Estados Unidos se ha amoldado a esta nueva situación. Lo demuestra, entre otras cosas, la nueva orientación de los acuerdos internacionales, así como la política de tipo “progresista” iniciada por Roosevelt, tendiente a estimular cierto desarrollo industrial de las potencias menores. Por supuesto que este desarrollo tiene límites perfectamente claros, fijados por el interés del país director. De aquí que la industrialización de los países coloniales y semicoloniales se produzca de acuerdo con un plan de división del trabajo impuesto, y se refiera a productos que no significan una competencia seria con la del país imperialista. Por ello, en casi todos los casos, se excluye la industria pesada.

Esta nueva orientación, ajustada a las necesidades de la situación presente del capitalismo, exige la modificación del actual sistema colonial, es decir, la sustitución de un sistema colonial por otro sistema colonial, en el que el país dominante cede aparentemente en un aspecto -el político- para ganar en otro -el económico.

La anterior política colonial, seguida en general por todas las potencias capitalistas -especialmente por Inglaterra-, se basaba más que nada en su limitada capacidad económica y en la falta de desarrollo de los movimientos nacionales de las colonias.

La situación actual se ha modificado; por un lado, Estados Unidos ha adquirido una capacidad financiera y técnica extraordinaria, y, por el otro, el grado de madurez alcanzado por los países sojuzgados no permite continuar con la vieja política colonial y obliga a someterla a revisión para colocarla sobre nuevas bases.

Íntimamente unida al problema de la política colonial seguida hasta el presente, se encuentra nuestra afirmación de que, al integrar un frente mundial capitalista, se atenúa la contradicción entre el capital imperialista y el capital nacional, por el dominio del primero sobre el segundo. En consecuencia, se atenúan las diferencias nacionales, se universaliza la situación política y queda señalada cuál debe ser la posición de las fuerzas de izquierda: integrar un frente mundial y lanzarse a la batalla definitiva; y, más particularmente para el caso argentino, queda invalidado el argumento de la necesidad de que nuestro país cumpla la llamada revolución democrático-burguesa. Los intentos frustrados del peronismo y el actual gobierno prueban esta última afirmación.

Examinemos ahora otra fase de la nueva situación imperialista. Al iniciar el examen de la integración partimos del carácter autocontradictorio del capitalismo. Pues bien, este carácter explica que las fuerzas integradoras actúen también como fuerzas desintegradoras, las que en última instancia habrán de prevalecer si perdura el sistema. Porque, si bien el capitalismo tiene la virtud de tender siempre a la expansión económica destruyendo todas las barreras que se le oponen, todos los aislamientos, realiza esta tarea de acuerdo con su propia dinámica interna; es decir, desarrollando sus propias contradicciones y destruyendo en parte su tarea de avance.

Esta característica puede ser explicada con una comparación de corte leninista. Así como los monopolios produjeron y producen, como consecuencia del carácter autocontradictorio del capitalismo, una acentuación de la anarquía de la producción, la integración actúa también al mismo tiempo como fuerza desintegradora y anarquizante. La característica del momento actual, dado el estado crítico del capitalismo mundial, el parasitismo de la potencia dominante, es una tremenda lucha por la supervivencia entre las potencias menores. Esta lucha queda al descubierto, por ejemplo, en la total dislocación del comercio mundial.

En ese proceso de integración imperialista bajo comando de los Estados Unidos, tiene un papel importante el fenómeno que nosotros hemos caracterizado como pseudoindustrialización.

La intervención del capital extranjero en la industria nacional se opera -simultánea o sucesivamente- en diversas formas y ramas:

1. Actividades extractivas, que operan sobre materias primas nacionales -frigoríficos, minería, fábricas de cemento, subproductos agropecuarios.

2. Industrias de montaje -automóviles, ascensores, aparatos radiotelefónicos-, con piezas total o parcialmente importadas, o bien producidas total o parcialmente en el país.

3. Industrias manufactureras y semimanufactureras, fraccionadoras y de envasamiento, que trabajan con materia prima e incluso productos semiterminados importados.

 

Desde el punto de vista jurídico financiero, el capital extranjero ha intervenido en la industria nacional, sucesiva o simultáneamente, en diversas formas. Una, la primera históricamente, y que ha sido típica del capital británico, consiste en la financiación pura y simple, por capitales extranjeros, de empresas establecidas para operar en el país: talleres ferroviarios, usinas eléctricas, compañías petroleras.

Otra modalidad, en la que Estados Unidos ha tenido un destacadísimo papel, consiste en la exportación directa de industrias; grandes establecimientos industriales de las metrópolis imperialistas instalan en el interior de un mercado nacional dado -por diversos motivos- fábricas que son simples prolongaciones del establecimiento inversor. Podríamos decir que, así como el capitalismo de libre competencia se caracterizó por la exportación de manufacturas, y el imperialismo en su primera etapa por la exportación de capital financiero, en la actual etapa de integración se caracteriza también por la exportación directa de industrias.

Los mismos factores que estimularon la exportación de industrias a la Argentina, unidos al deseo de “camuflar” la penetración del capital foráneo y de controlar toda empresa puramente nacional que puede surgir en la industria, han producido otras formas de “naturalización” de aquél. Por ejemplo, sociedades de capital extranjero se organizan bajo el régimen legal argentino, incluso admitiendo capital y personal nativos, pero sin que desaparezcan ni el control foráneo ni -en la medida posibilitada por el control de cambios- la exportación de dividendos; o bien, accionistas extranjeros de compañías argentinas bajo control foráneo venden o permutan sus acciones a gerentes o accionistas nativos residentes en el país; o finalmente, inversores nativos, inducidos por las favorables perspectivas abiertas a la industria, forman -por sí solos o con la participación foránea- compañías que establecen manufacturas domésticas. Esta participación directa, total o parcial, en las empresas, el manipuleo de la palanca crediticia, la concesión del uso de patentes, el dominio de los mercados internacionales, dan al capital imperialista un control decisivo de la industria nacional.

Asimismo, creemos conveniente señalar brevemente las características principales y los rasgos diferenciales de las inversiones británicas y yanquis.

En sus relaciones económicas con la Argentina, el capital británico empezó por intercambiar mercancías: materias primas contra manufacturas. Siguieron luego las inversiones en grandes obras y servicios públicos. Simultáneamente, se fueron desarrollando las inversiones agropecuarias, forestales, mineras, de colonización. Las inversiones en la banca y en el gran comercio exterior argentino fueron resultado lógico de este desarrollo general.

Por ser gran exportadora de artículos industriales de consumo, y por el paulatino retraso que fue sufriendo en su capacidad técnica general -lo que le impidió conservar el monopolio mundial en la industria pesada y en la producción de maquinarias-, Gran Bretaña no desarrolló industrias coloniales competitivas, y sí solamente aquellas típicamente coloniales o complementarias de otras inversiones coloniales.

En síntesis, las inversiones británicas han sido casi siempre indirectas -empréstitos, ferrocarriles-, o en industrias típicamente coloniales. Comparado con el capital norteamericano, fue escaso el papel británico en las migraciones de industrias. Lo expuesto se aplica plenamente en lo relativo a la Argentina.

Las inversiones yanquis, sin dejar de explotar las ramas tradicionales, han manifestado una tendencia creciente a dirigirse hacia las industrias manufactureras, así como hacia actividades que, como el petróleo, las minas y la electricidad, de una u otra forma estimulan la propia producción norteamericana.

A diferencia de Gran Bretaña, para quien un desarrollo industrial de la Argentina implicaba la disminución de la demanda de los bienes de consumo que ocupan un lugar primordial en sus exportaciones, el capital norteamericano poco o nada perdía, y mucho podía ganar, con un desarrollo industrial que controla, que le entrega mercados dificultosos, que aumenta la demanda de maquinarias, materiales de construcción, patentes y técnicos norteamericanos, que permite incrementar la producción bajo control yanqui de materias primas importantes. La introducción de capital imperialista tiene como fundamento y presupuesto necesario el atraso del país, y lo agrava, puesto que está en su interés mantenerlo, pese a la existencia simultánea de formas enormemente tecnificadas, que es lo que se ha dado en llamar desarrollo combinado.

Creemos con esto haber contestado la teoría del gobierno “nacional popular” que, a falta de una burguesía nacional que industrialice el país, pretende que Estados Unidos le haga ese servicio gratuitamente.

De acuerdo con lo visto, podemos afirmar que la burguesía nacional no está en condiciones de realizar la revolución democrático-burguesa, por su alianza con el imperialismo, con la oligarquía y por su profundo odio y temor a la clase obrera. Si de ella tenemos que depender no sólo no avanzaremos un paso, sino que retrocederemos en el desarrollo alcanzado y caeremos en las peores formas de atraso y dictadura. Apenas un año de gobierno “nacional y popular” es un anticipo suficiente de lo que decimos.

Tampoco la pequeña burguesía puede cumplir un papel dirigente en un proceso revolucionario debido a su posición intermedia y fluctuante, a su composición heterogénea, a su pérdida de posibilidades y a su desintegración. La tarea de la izquierda es contribuir a rescatar los elementos y sectores de esa clase que puedan secundar la lucha del proletariado.

Si ninguna de estas dos clases sociales -gran y pequeña burguesía- es capaz de cumplir con las tareas elementales de nuestro desarrollo, debemos dedicarnos entonces al proletariado.

 

-¿A qué se debe el carácter minoritario de los partidos de izquierda en nuestro país? ¿Qué perspectivas tienen en cuanto a crecimiento de su caudal de votos?

-El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Praxis) considera que la actual crisis de la sociedad argentina sólo puede ser resuelta por la revolución socialista. Pero, para determinar sus posibilidades en un país determinado, es necesario examinar la situación mundial y la relación de fuerzas dentro del país estudiado. Debe tenerse en cuenta el estado general del mundo en su avance hacia el socialismo para determinar las posibilidades de revolución en nuestro país. Pues bien, la situación actual del mundo pone a la orden del día la revolución socialista mundial, la que debe comenzar, como en el pasado, por los países coloniales y semicoloniales; es decir, por los eslabones más débiles de la cadena internacional, entre ellos nuestro país. En efecto, hemos dicho que el mundo está maduro para el socialismo, y lo está tanto en lo que se refiere al estado actual de la economía, como a la correlación de fuerzas en el campo social.

La economía mundial está madura para el socialismo; es suficiente para demostrarlo el alto nivel de la producción social a que ha llegado la economía mundial; tan alto, que hace posible la sustitución de las relaciones de producción capitalistas por las relaciones de producción socialistas.

Si quedara alguna duda, piénsese en la jerarquía demostrada en la producción de armamentos y en las consecuencias de salvar toda esa capacidad productiva dedicándola exclusivamente a la industria de paz para el progreso del hombre.

Lo mismo pasa con la correlación de fuerzas entre el campo capitalista y el socialista. Cualquiera sea la falla que presenten los países socialistas, representan una avanzada hacia el progreso; a la fuerza de estos países -la Unión Soviética, Yugoslavia, las democracias populares, China- debe agregarse la tremenda fuerza que representa el proletariado mundial. Contemplando el panorama desde este punto de vista no cabe duda sobre el futuro.

Dentro de este cuadro debe ser estudiado el problema argentino.

Sus fuerzas productivas tienen enormes posibilidades de desarrollo, tanto en la agricultura, la minería, la energía y la industria. A esto debemos agregar el elemento humano, de excelentes cualidades de inteligencia, competencia, etc. Otro aspecto importante es el referente al desarrollo cultural general a que ha llegado el país y, dentro de él, el desarrollo científico, de un elevado nivel.

Todas las condiciones enumeradas no han sido desarrolladas y aprovechadas por el mal sistema social que nos rige. En efecto. Si las condiciones del país son las que hemos bosquejado, cabe preguntar, ¿cuáles son las causas de su estancamiento y crisis? La respuesta no es otra que la caducidad de la burguesía argentina como fuerza progresista.

En nuestro país, las relaciones de producción capitalistas se han transformado en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas que la época contemporánea está poniendo en marcha. Frente a esta constatación cabe una sola solución: el remplazo de las relaciones de producción, tarea que deberá cumplir la nueva clase progresista, el proletariado, ayudado por otros elementos sociales. Creemos en la colaboración de elementos de otras clases sociales que han abandonado su propia posición social en virtud de la universalización de la crisis. Esta circunstancia hace que la alienación de la situación actual alcance, además del proletariado, a la pequeña burguesía productiva pauperizada y a miembros esclarecidos de la inteligencia.

Corresponde, por tanto, que examinemos brevemente los caracteres de estas nuevas fuerzas sociales, ante todo del proletariado. Esta clase, la fundamental en la revolución de nuestra época, posee los caracteres necesarios para llevar a cabo su elevada función.

El proletariado es la clase que siente con mayor fuerza y en forma directa la alienación que implica la vida contemporánea. Su esfuerzo por librarse de esta situación, lo lleva a liberar a la humanidad. Debemos anotar también el elevado y decisivo papel que cumple el proletariado en el proceso productivo, circunstancia que lo coloca a la cabeza del desarrollo económico-social del país. Además, debe tenerse presente el número de obreros con que cuenta el país, que constituyen la clase social más numerosa. Por último, no puede olvidarse la jerarquía político-social que está conquistando la masa obrera.

La única falla que puede indicarse es cierta falta, aún sufrida, de plena y lúcida conciencia de clase y de capacidad organizativa de lucha. Esta falta proviene de varias causas; una de las principales está dada por la inexistencia de una dirección consciente. Creemos que en Latinoamérica están dadas las condiciones para una revolución socialista, pero nos faltan todavía algunas condiciones subjetivas. Claro está que el análisis de esta situación significa resolver el grave problema -tal vez el más grave que enfrenta la revolución socialista en el mundo- sobre las relaciones entre masa, partido y dirección.

El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Praxis) ha enfrentado y buscado solucionar estos problemas, mediante la formación de cuadros medios obreros, manuales e intelectuales, que puedan llegar a ser grandes conductores sociales. En esta forma, si algún día llega -como llegará- el ascenso revolucionario en el país, no se irá al fracaso, tal como sucedió en Bolivia, por ejemplo, donde las condiciones objetivas están maduras y poco o nada se hizo ante la ausencia de una dirección numerosa y consciente.

El primer requisito de una dirección consciente reside en la firme creencia en la jerarquía de la masa obrera y en la necesidad de acatar los dictados de la magnífica capacidad creadora de las masas populares.

Debemos ahora dedicar la atención a los elementos de las otras clases que pueden integrarse con el proletariado en la lucha por la liberación del hombre. Ante todo, corresponde el estudio de la pequeña burguesía pauperizada.

Ésta sufre directamente las consecuencias de la concentración económica monopolista. La situación de esta subclase debe ser tenida especialmente en cuenta, por cuanto su posición intermedia la hace apta para cualquier desplazamiento social. Es necesario hacerle comprender que su porvenir está ligado a los intereses del proletariado, que puede liberarla de la opresión económica y social que sufre.

Junto a los elementos sociales examinados, debemos tener en cuenta también a sectores o individuos de la intelectualidad, que han esclarecido el problema social y se pasan al campo revolucionario.

La toma del poder por el proletariado, con la colaboración de los demás elementos sociales tratados, produce un salto cualitativo. Aunque esta opinión es suficientemente clara, no siempre es bien comprendida, por la deformación social, intelectual y moral realizada a través de toda suerte de propaganda que empieza en la escuela primaria y acompaña al individuo durante toda su vida. De aquí que, cuando se piensa sobre las posibilidades y consecuencias de un cambio social, se lo hace dentro de los viejos moldes mentales y de acuerdo con las acostumbradas posibilidades. Y no es así: la toma del poder por el proletariado produce un salto cualitativo que abre inmensas posibilidades, no dadas en la formación anterior,

La clase obrera puede realizar dicha transformación gracias a su mayor independencia frente a la deformación producida por la sociedad capitalista. Por otra parte, el proletariado, al no compartir ciertas ventajas de la sociedad burguesa, tiene la suerte de no compartir muchas de sus deformaciones; tal es el caso de los convencionalismos sociales que, por ejemplo, aplastan la vida de la pequeña burguesía.

Debemos indicar un elemento más: la tremenda y creciente alienación sufrida por los trabajadores bajo el capitalismo crea en ellos una legítima, y a menudo inconsciente, resistencia a todo posible esfuerzo productivo o creador, aun cuando ello implique mejoras inmediatas.

La transición a la nueva sociedad socialista encierra un problema importante porque es evidente que en el país no se han cumplido todos los aspectos de la revolución democrático-burguesa. Establecida esta conclusión, y la de que la burguesía ha caducado como fuerza capaz de realizarla y que es el proletariado como fuerza rectora el que debe encargarse de esta misión, el problema se resuelve pensando que ya no se trata de realizar la revolución democrático-burguesa como etapa cerrada en sí misma, como fin, sino de realizar tareas democrático-burguesas en la marcha de la revolución socialista.

Entre esas tareas inmediatas figura: la lucha contra el imperialismo, que sólo puede ser realizada por un partido marxista revolucionario que se fundamente en las masas. Además, será necesario resolver los graves problemas que impiden el desarrollo industrial y agrario del país. En el primer aspecto, deberán colocarse las grandes fuentes de producción en manos de la colectividad, dando en esta forma poderoso impulso a la acumulación económica. En el otro aspecto, el agrario, las fuerzas socialistas deberán realizar, no ya un paso o un salto adelante, sino la revolución agraria integral, cuya primera manifestación es la nacionalización de los latifundios. Esta nacionalización deberá realizarse, no para distribuirlos en forma de pequeña propiedad, sino para ser colectivizados, medida que permitirá, entre muchas otras cosas, el empleo masivo de la maquinaria agrícola.

Por supuesto, para la realización de tales tareas se requiere un cambio cualitativo en el aparato estatal. Éste no podrá estar en manos de un sector privilegiado de la sociedad, sino en manos de la colectividad social como tal; en otras palabras, implica el cambio del Estado por la Comunidad.

Solamente una organización socialista podrá resolver el problema de la libertad de conciencia, separando efectivamente la Iglesia del Estado, impidiendo que los intereses confesionales se entrometan, como lo pretenden, en los problemas político-sociales, en una tentativa de imposible regresión a la Edad Media.

En fin, la organización socialista de la sociedad es la única que puede asegurar al hombre su libertad, que no ha podido ser dada por los partidos tradicionales, ni al país ni a sus propias organizaciones. Para ello la nueva fuerza tendrá que asegurar al hombre la libertad política y espiritual.

Pero la revolución socialista tiene un sentido más, que es su internacionalización. Esto es importante porque distintas tendencias de izquierda propugnan aparentemente lo mismo, pero en realidad con un contenido y resultado totalmente distintos.

En efecto, los representantes de las corrientes pequeño-burguesas, ya sea en el campo burgués o en el marxista, sostienen también la tesis de la integración latinoamericana. El problema se circunscribe a saber si tal tarea puede ser realizada por las burguesías nacionales o, por el contrario, si es una tarea que cabe exclusivamente a las fuerzas que actúan en la revolución socialista. Sostenemos la última alternativa, dado que, desde el punto de vista general, las burguesías nacionales son, por definición, nacionales, y han nacido, vivirán y morirán como tales. Y esto es tanto más válido en nuestra época, en que las burguesías, para poder sobrevivir, deben luchar a dentelladas entre ellas. A esta acción disociadora debe agregarse la función disolvente del imperialismo, creando o avivando antagonismos. Además de lo dicho, podría agregarse el aspecto histórico; es decir, la no realización de ninguna unidad internacional en manos de la burguesía, dado su carácter fundamentalmente competitivo.

La única posibilidad de realizar la unidad latinoamericana está dada por la toma del poder por las fuerzas socialistas. Solamente una clase libre de los intereses nacionales e internacionales que envuelven a la burguesía, puede realizar tal tarea. Tanta importancia asignamos a la internacionalización de la revolución, para la supervivencia de un intento de socialismo en cualquier país latinoamericano, que creemos que debe ser una de las tareas centrales de toda revolución. Buena parte de sus energías y recursos debe ser destinada a esta finalidad. Los recursos que las burguesías nacionales y sus Estados substraen a la comunidad y despilfarran sin sentido, deben ser destinados por la primera revolución socialista para la extensión y el triunfo revolucionario en los demás países latinoamericanos.

No es posible indicar dónde o en qué país se iniciará la lucha, pero es evidente que esta lucha ha de comenzar pronto. En cualquier forma nuestro país tiene una tarea importante y decisiva que cumplir: la consolidación de la revolución socialista latinoamericana se producirá, en efecto, con la revolución argentina. Esto será así por el poderoso desarrollo relativo y el consiguiente peso específico que hemos adquirido en todos los órdenes de la actividad económica, ideológica, etc. En este orden de ideas, piénsese solamente en lo que significarán las vastas praderas argentinas, junto con las zonas montañosas ricas en yacimientos minerales de Brasil, Chile, Bolivia, Perú, etc., y se tendrá una idea de las enormes posibilidades que tiene esta parte del mundo para realizar una integración de carácter económico. Y decimos integración, porque, al quedar suprimida la competencia, tiende a ir dejando de funcionar la ley del desarrollo combinado.

Dicha integración económica centuplicará las fuerzas originales de los países que la realizarán. Por otra parte, todo nuevo país que se va sumando al proceso revolucionario asesta un golpe mortal al imperialismo desde varios puntos de vista. Lo obliga a dividir los recursos financieros y militares disponibles para la represión internacional. Le reduce el mercado para la producción e inversión, agudizando sus contradicciones sociales y políticas internas al restarle las bases materiales para el equilibrio relativo que varios imperialismos han gozado, en distinto grado, durante décadas.

Tal es, a grandes rasgos, la perspectiva estratégica determinante de la enorme tarea que se ha impuesto el MIR (Praxis), a la que ha dado principio de ejecución mediante un trabajo práctico y teórico incansable. Creemos que ya es hora de que la izquierda, abandonando viejas rivalidades y falsas posiciones, se decida a formar, por fin, un gran frente para librar la batalla definitiva contra la opresión capitalista.

Si las viejas direcciones, que durante décadas han marchado separadas del proletariado argentino, insisten en optar, no entre los movimientos de izquierda, sino entre las distintas fracciones de la burguesía, llámense éstas Unión Democrática, peronismo o frondizismo, serán entonces sus propias bases las que les den la espalda, cansadas de seguir dando vuelta una noria que no conduce a ninguna parte. El dilema de la hora es bien claro: o socialismo revolucionario o dictadura burguesa. Que cada uno elija su lugar en la lucha.

 

-¿Es necesaria la formación de un frente popular? ¿Sobre qué bases? ¿Es viable?

-De acuerdo con el examen que venimos realizando, surge que la formación de un frente popular no sería una salida a la crisis que vive el país, por varios motivos: ante todo, por la profunda y total divergencia de intereses entre la política obrera y la burguesa. La creciente polarización social y política impide armonizar, así sea sólo momentáneamente, ambas posiciones.

Además, la trágica experiencia de los frentes populares, que siempre han sido la antesala de los regímenes fascistas, desaconseja su aplicación a nuestro país. Hay otro elemento más, también, que debe considerarse. La participación de partidos o individuos de izquierda en movimientos o gobiernos de contenido burgués, acarrean el desprestigio y la impopularidad de aquéllos, que cargan con todas las culpas a los ojos de las masas.

Dado el carácter transitorio y circunstancial de los frentes populares, una vez alcanzado el gobierno por ellos, el capitalismo, que se siente desalojado en parte de la conducción política, prepara una furiosa embestida que siempre termina por barrerlos. Y, por el otro lado, esos gobiernos, aplicando medidas de tipo reformista sin tocar las bases de la estructura económica, provocan en las masas una total apatía y descreimiento frente a su ineficacia, dejando la puerta abierta a la actividad de los partidos de extrema derecha que saben explotar ese estado social.

De aquí que, para nosotros, la política de frentes populares, de alianza entre la izquierda y las fuerzas centristas pequeño-burguesas, sea una de las formas más peligrosas de demagogia, con consecuencias funestas para la clase obrera.

Más particularmente para nuestro país, la evidente caducidad de los partidos políticos burgueses opera como freno a todo movimiento de izquierda que intente marchar a su lado, aparte de lo que esto significaría para las masas que tienen plena conciencia de esa caducidad. De aquí que, a la formación de frentes populares, condenados históricamente al fracaso, nosotros opongamos la formación de frentes de izquierda.

 

-¿Qué opina del movimiento estudiantil reformista y sus organizaciones?

Para comprender los problemas que aquejan a la universidad argentina, es necesario encararlos desde un punto de vista general; es decir, en función de la situación político-social del país. Mal puede pretenderse una solución integral al problema universitario, sin resolver el referente a la situación general de la sociedad argentina. Sería lo mismo que pretender instalarse y vivir tranquilamente en el primer piso de una casa, cuando la planta baja se está incendiando.

Creo que no habrá universidad libre y progresista mientras no se haya conseguido la independencia frente al imperialismo, no se haya desarrollado una poderosa industria pesada y no se haya realizado la revolución agraria integral, tareas éstas que esperan al proletariado para su realización.

Precisamente es este papel dirigente del proletariado, el punto crucial que explica el desajuste de la universidad en relación con los problemas generales. Este desajuste se debe al hecho de que, mientras en la vida política del país va pesando cada vez más la masa obrera, la universidad es prácticamente coto cerrado de la clase media.

Esta situación produce un mayor distanciamiento y una incomprensión cada vez mayor, por parte de la juventud universitaria, de la realidad económica, política y social del país. Para demostrarlo es suficiente con indicar que aún en la actualidad se continúan agitando los principios de la Reforma de 1918. Esta tuvo una causa perfectamente definida y cumplió una magnifica misión. A comienzos del presente siglo, el ascenso de la pequeña burguesía adquirió poderoso impulso económico y social, que culminó con el ascenso del radicalismo al poder político. La universidad siguió lógicamente este impulso y la pequeña burguesía, particularmente la socialista, sentó sus principios en los claustros universitarios; tal fue el significado histórico de la Reforma.

En la época actual, la situación económica, social y política se está modificando y, como la universidad no sigue el ritmo ascendente, se retrasa. La única forma de salvar la universidad para el progreso es ajustarla a la realidad del país, con la consiguiente unidad obrero-estudiantil. La tarea es seria y su necesidad se hace más imperiosa en el caso argentino que en cualquier otro latinoamericano. En efecto, la Argentina ha contado hasta hace poco con una poderosa clase media que vivió, actuó y sintió en forma absolutamente independiente de la clase obrera, situación que desarrolló cierto antagonismo entre dichas clases.

Esta situación no se da en países como Bolivia, Chile, Perú, en los que la clase media, particularmente la pequeña burguesía, ha sido pobre y sin jerarquía, circunstancia que le ha permitido vivir íntimamente ligada a la clase obrera. Esta unidad explica que las huelgas obreras y estudiantiles marcharan al unísono.

La objetividad de nuestro país está empujando hacia la unidad, al producirse el empobrecimiento de amplios sectores de la clase media. Es necesario cooperar a ese acercamiento con un doble impulso; por un lado, llevando a la pequeña burguesía a comprender al proletariado y a actuar en su favor y, sobre todo, llevando a la masa obrera a la universidad. Al decir que debe llevarse la masa obrera a la universidad, no me refiero a floreos tan caros a la pequeña burguesía como las “mesas redondas”. Llevar la masa obrera a la universidad significa impregnar totalmente la institución con dicha clase; para ello nada mejor que liberalizar la entrada a la enseñanza superior. El mejor método consiste en establecer cursos preparatorios de ingreso, en los que pueda inscribirse cualquier habitante del país que haya cumplido 18 años, por ejemplo. Estos cursos preparatorios cumplirían para el obrero la misma función que cumplen los estudios secundarios para la burguesía. Más aún: dada la deficiencia en la enseñanza secundaria creo que la cumplirían con mayor jerarquía. Esta sugestión, que no puede asustar a nadie que sea progresista y no quiera en el fondo detener el ascenso proletario, ha sido propuesta a los centros estudiantiles para su consideración por militantes del MIR (Praxis).

Se suele atacar proyectos como éste con el argumento de la falta de cultura de la masa popular. Creo que esta argumentación es falsa: ante todo tengo plena confianza en la capacidad creadora de las masas y en su posibilidad de sortear cualquier obstáculo para ponerse a la altura de cualquier investigador y conductor. Tengo presente a este respecto un ejemplo de la URSS: debe recordarse que, en la Segunda Guerra Mundial, los campesinos soviéticos llegados a generales batieron, tanto en el terreno estratégico como en el táctico, a los famosos mariscales alemanes que provenían de escuelas militares centenarias.

Además, el mayor número de personas que aspiren a seguir cursos universitarios, dará un porcentaje mayor de cabezas sobresalientes.

Con la solución propuesta quedarla resuelto también el problema de la autonomía universitaria, introduciendo al pueblo en las universidades.

 

-¿Qué opinión tiene acerca de la construcción socialista en la URSS? ¿Y en China? ¿Y en las democracias populares? ¿Y en Yugoeslavia?

-a) Incluso con las graves fallas de toda índole que presenta, la Unión Soviética es una demostración palpable de las ventajas de una sociedad en marcha hacia el socialismo. La nación a la que en 1917 se consideraba, con justicia, como una de las más atrasadas de Europa, en 40 años se ha puesto en condiciones de competir por la conquista de los espacios siderales con el sector más desarrollado y poderoso del capitalismo mundial.

Sabemos bien que ese proceso no se cumple de manera rectilínea, indolora ni absolutamente eficaz sino, por el contrario, en forma irregular y convulsiva, con multitud de rasgos negativos y reaccionarios, por medio y a costa de una cantidad inmensa de errores, fracasos y sufrimientos. Y todo ello a raíz no sólo de las dificultades objetivas, sino también de los vicios y fallas de la burocracia stalinista. Pero, no obstante todo ello, el balance total del experimento soviético está dando, en última instancia, una muestra de las posibilidades que se abren al género humano si las fuerzas de la naturaleza y de la sociedad son puestas a su servicio, de manera plena e irrestricta, por una transformación revolucionaria del régimen capitalista en escala internacional. Con la URSS ha quedado demostrada, no la genialidad de los burócratas stalinistas, sino la tremenda potencia creadora de las masas y de la economía planificada.

Además, las conquistas técnicas de la Unión Soviética -como el lanzamiento de los satélites artificiales- está contribuyendo a determinar una verdadera revolución mental, comparable -pero superior- a la producida en Europa por los descubrimientos geográficos de los siglos XVI y XVII. Revolución mental que se configura, entre otras cosas, por la nueva y espectacular afirmación de las fuerzas creadoras a disposición del hombre, y de las posibilidades renovadoras por encima y más allá de las trabas actuales; y por la demostración práctica de que el capitalismo no es la única, ni la superior, base social para el progreso humano. Dijimos muchas veces, repitiendo algo sabido por el marxismo, que la economía mundial ya está objetivamente madura para el socialismo, y que la única tarea pendiente es la de cumplir la transformación posible y necesaria por medio de un hecho social, la Revolución. Pues bien, las hazañas del régimen de producción socialista, contribuyen a que se desarrolle una tremenda revolución mental en centenares de millones de personas, facilitando así el desarrollo de la revolución social y política. Que los grupos de vanguardia, limitados por su sectarismo y por la confianza pasiva en su propia excepcionalidad mesiánica, tengan cuidado de no quedarse nuevamente atrás, como tantas veces les ha sucedido en las últimas décadas.
 
Finalmente, los adelantos científicos y técnicos de la URSS no sólo trabajan contra la burguesía como sistema, sino también contra la propia burocracia dirigente, producto del atraso en que se desarrolló la primera revolución socialista.
 
La importancia fundamental de la revolución china reside en que, además de restarle esa inmensa región del mundo al mercado capitalista, quebró la hegemonía única e indiscutible de la Unión Soviética. Nosotros diríamos que la aparición de China marca la terminación de lo que podríamos llamar era stalinista, caracterizada por la subordinación absoluta de las fuerzas comunistas a los intereses de la URSS, en virtud de la absurda teoría del “socialismo en un solo país”. Esta nación tiene ahora un socio de tanto peso y gravitación como ella y, quiéralo o no, debe tener en cuenta sus intereses. Verdad es, sin embargo, que la influencia de China no se hace sentir aún con mucha fuerza en la acción de los partidos comunistas occidentales, como el nuestro.
 
En otro sentido, el caso chino también demuestra las ventajas del sistema económico y social socialista -pese a la traba que significa la burocracia política- aun aplicado a un país que vivía un régimen precapitalista.
 
Después de la Segunda Guerra Mundial, el stalinismo desarrolló, desde el punto de vista político, una nueva concepción tan desgraciada como la famosa colaboración y convivencia pacífica de los Estados y las clases, y que es su lógico corolario. Nos referimos a las llamadas democracias populares.
 
Terminada la guerra, la URSS ocupó militarmente una serie de Estados vecinos de la Europa Central y Sur Oriental, a los que “socializó”, desde arriba y sin acción de masas, a su manera, creando un supuesto estado intermedio de colaboración entre el capitalismo y el socialismo.
 
Debemos indicar que la supuesta colaboración entre las clases se hace cada vez más imposible, por la creciente profundización social que se está desarrollando en el mundo entero. Esta circunstancia explica que las democracias populares no hayan podido establecerse sino por medio de la acción militar de la URSS, cuyas tropas impiden que la subsistencia de la apropiación capitalista y el comercio privado realicen de nuevo el camino ya recorrido hacia una forma capitalista neta.
 
Tan difícil resulta el mantenimiento de la forma de las democracias populares, que la misma URSS se vio en la necesidad de realizar en los países satélites un cierto viraje a la izquierda y echar mano de numerosas purgas, para contrarrestar la influencia imperialista (Plan Marshall) en los sectores capitalistas de dichos países.
 
Los sucesos de Hungría, Polonia y Alemania Oriental, confirman lo que nosotros habíamos previsto en 1954, en el segundo tomo de La realidad argentina, y se explican por lo dicho más arriba.
 
Si ésta es la realidad de los países que han implantado las democracias populares bajo el dominio militar de la URSS, piénsese en la situación de aquellos países como el nuestro, para establecer una democracia popular sin un auténtico proceso revolucionario de masas, estando sometidos nada menos que a la acción directa del imperialismo yanqui, como han propuesto algunos.
 
Debido a las dificultades de todo tipo con que ha tropezado la Revolución Yugoeslava -el vacío y la enemistad de la Unión Soviética, en primer lugar- la misma ha incurrido en peligrosas desviaciones, como su jugueteo con Estados Unidos, su neutralismo, etc. La URSS nunca vio con buenos ojos la experiencia independiente de Yugoeslavia, la cual se negaba a aceptar su hegemonía; y este país debió sufrir un aislamiento demasiado fuerte para su débil desarrollo, el que explica los errores y fallas de su experimento. Pese a ello, se logró un notable crecimiento en todos los órdenes, poniéndose en práctica métodos de autogestión obrera con buenos resultados. Una de las enseñanzas más importantes de la experiencia yugoeslava, precisamente, se refiere a las formas de autogobierno obrero.
 
-¿Puede admitirse un camino nacional, particular, hacia el socialismo?
 
-El altísimo grado de interdependencia que han alcanzado las relaciones económicas, sociales, políticas e ideológicas dentro de los marcos generales del capitalismo, y la madurez de la economía mundial para el socialismo -aspectos a que me he referido más arriba-, suprimen de hecho toda posibilidad y perspectiva ciertas de “un camino nacional, particular, hacia el socialismo”.
 
Pero ello no significa tampoco que la marcha argentina y latinoamericana hacia el socialismo deba comenzar fatalmente por el sometimiento inicial y sin condiciones a los intereses y exigencias de la Internacional stalinista, ni a las pretensiones al liderazgo de alguna de las dos ficciones trotskistas de Internacional. El camino debe partir de la construcción de un poderoso movimiento socialista revolucionario, con estructura y programa auténticamente marxistas, que revele su fuerza y eficacia en todos los aspectos -sindicales, políticos, ideológicos, etc.- de la lucha contra el sistema; que sea capaz de enraizarse en las masas y de influir realmente en sus experiencias concretas.
 
Esta tarea debe ser planteada simultáneamente, y desde el principio, en coordinación con movimientos similares de Latinoamérica, para ir sentando -sin menosprecio de las particularidades nacionales y regionales- las bases de una especie de Internacional Latinoamericana, tarea ya posible y en la cual trabaja activamente el Movimiento Izquierda Revolucionaria (Praxis). La concreción de este primer objetivo contribuirá realmente a dar bases efectivas -no imaginadas o mistificadas para autoengañarse y/o dar satisfacción a determinados centros burocráticos europeos- al surgimiento de una nueva Internacional revolucionaria en escala mundial, sin la cual será problemático o imposible el triunfo definitivo de la Revolución Socialista Mundial.
 

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