Brasil: a 20 años del ascenso de Lula al gobierno

El panorama político en vistas a la segunda vuelta.

El proceso electoral en curso en Brasil se desarrolla exactamente a 20 años del ascenso de Luiz Inácio Lula da Silva al gobierno de ese país, una coincidencia propicia para analizar el panorama actual a la luz de lo sucedido en estas dos décadas.

En octubre del 2002 Lula, del Partido de Trabajadores (PT), ganaba las elecciones a presidente sobre el candidato del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), José Serra, por 46,44 a 23,29% en la primera vuelta y 61,27 a 38,72% en el ballotage definitivo. Serra era continuador del gobierno vigente de Fernando Henrique Cardoso, que había llevado la situación económica a un grave deterioro, producto de un agravamiento de la crisis mundial.

El crecimiento de Lula en las encuestas previas, que lo colocaban por encima de Cardoso-Serra, fue visto con aprensión por importantes sectores de las clases dominantes. La maquinaria de propaganda del gran capital desarrolló una campaña en la que pintaba un panorama de catástrofe económica si Lula triunfaba. Este pegó entonces un volantazo: publicó una “Carta al Pueblo Brasileño” en la que, para aliviar los temores del gran capital, renunciaba a que el suyo fuera un “gobierno de transición hacia una economía socialista” –algo que planteaban viejas plataformas del PT.

Para dar más seguridades, Lula eligió como candidato a vicepresidente José Alencar, un millonario empresario textil que había apoyado activamente el golpe de 1964 y era en ese entonces Vicepresidente de la Confederación Nacional de la Industria y senador federal asociado al Partido Liberal (PL), bajo cuya sigla se presenta en la actualidad Jair Bolsonaro. La elección de Alencar no era “casual”, sino una garantía extra de que, en caso de falta de confianza del capital en su gestión, Lula podría ser “constitucionalmente” reemplazado por un hombre del establishment. De hecho, es lo que sucedería años después con la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, destituida y suplida por Michel Temer, el vice derechista que ella había puesto como “garantía”. Para las actuales elecciones, Lula vuelve a dar la “garantía renovada”, nombrando como compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, líder del PSDB y hombre ligado al Opus Dei, partícipe del golpe que destituyó a Rousseff y apoyo luego de Temer.

Volviendo al 2002: tras su triunfo en la primera vuelta, Lula redobló la adaptación a la derecha entreguista. Previo al ballotage aceptó firmar, presionado por el gobierno norteamericano y junto al presidente Cardoso y los candidatos de los demás partidos, un compromiso público con el Fondo Monetario Internacional (FMI) de respetar los “contratos” existentes. Léase: la renuncia a cualquier tipo de nacionalización y el juramento de pagar la deuda externa.

Deuda y militarización

Lula aseguró que impediría en Brasil un “Argentinazo”, en relación con el levantamiento popular que meses antes, en el país vecino, había llevado a la destitución del presidente Fernando De la Rúa. Se presentó como el hombre que podía garantizar el “orden” burgués, y vaya que se empeñó en ello. En diciembre del 2005, anunció que “avanzaba en la descolonización” … pagando el total de la deuda brasilera con el FMI, de 15.500 millones de dólares. Se adelantaba así a su par Néstor Kirchner, quien un mes después se comprometería al pago del total de la deuda argentina con el Fondo (9.800 millones de dólares).

Asimismo, el líder del PT alentó la creciente militarización de la vida política y social brasilera. En el 2004, a pedido del imperialismo yanqui y con el sello del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, constituyó una fuerza militar para ir a “pacificar” las revueltas populares en Haití: la Mission des Nations Unies pour la STAbilisation en Haïti (Minustah), que se mantuvo activa hasta el 2017. Al frente de esta fuerza eminentemente latinoamericana, de la que participó también el gobierno de Néstor Kirchner, estuvo el general Augusto Heleno Ribeiro Pereira. En la Minustah se “foguearon” ​un conjunto de mandos militares, apologistas del golpe de 1964, reaccionarios, que luego volcarían lo “aprendido” en Haití en operativos especiales de represión sobre las favelas cariocas.

Ese núcleo de militares belicistas fue el que manipuló la destitución golpista de Rousseff, el ascenso posterior de Temer a la presidencia y luego el de otro militar golpista, Bolsonaro, en el 2018, metiendo preso a Lula para que no pudiera presentarse como candidato. Hoy día conforman gran parte del staff ministerial de Bolsonaro, y muchos de ellos se hicieron elegir para el parlamento, constituyendo una bancada de “la bota” militar. La carrera del propio Heleno es ejemplar: integrante del régimen parido por el golpe de 1964, tras su paso por la Comandancia de la Minustah, impulsaría el golpe pseudo parlamentario contra Rousseff y más tarde integraría el gabinete de Bolsonaro, primero como ministro de Defensa y luego en otros cargos como Jefe del Gabinete de Seguridad Institucional. También Hamilton Mourao, vicepresidente de Bolsonaro, contaba en su haber con una operación de “paz”, en su caso en Angola.

Viento de cola, Mensalão y reformas

Las primeras presidencias de Lula se vieron favorecidas por el “viento de cola” que fue el auge de los precios y volúmenes de exportación de las materias primas de los países atrasados (al igual que Kirchner y otros gobiernos de América Latina que se reclamaban anti neoliberales). Pero los mayores ingresos resultantes no fueron para impulsar un plan de desarrollo nacional, sino que sirvieron para poner en marcha sistemas de corrupción generalizados como el famoso “mensalao”, nombre asignado a la distribución permanente de una “mensualidad” clandestina entre diputados y senadores afines y cómplices. Por su parte, como ha destacado el propio Lula, grandes grupos empresarios como Odebrecht y Petrobras se llenaron de plata, también corrupción mediante.

En lo que respecta a las conquistas y condiciones de vida de los trabajadores, Lula se atrevió a poner en práctica la primera reforma reaccionaria de las jubilaciones contra los trabajadores estatales. Reducir sus jubilaciones era un reclamo del FMI para contener el déficit fiscal y garantizar el pago de la deuda pública, y fue la gota que colmó el vaso para producir una crisis en el PT, que culminó con la ruptura de una parte constituyendo el Partido Socialismo e Liberdade (PSOL) a su izquierda. Lula se jacta de que sacó de la pobreza a millones, cuando lo que realizó fue una política asistencial (Bolsa Brasil) similar a la que realizaron Duhalde y Kirchner en Argentina y otros regímenes latinoamericanos, ante la amenaza de masas hambrientas y con fuertes tendencias a la irrupción combativa.         

¿”Defensor de la democracia”?

Una de las banderas con la que Lula más se ha ataviado es la de “defensor de la libertad y la democracia”. Lo cierto es que, más allá de la verborragia, fue el mejor exponente de cómo detrás de la pantalla de la democracia parlamentaria, los que toman las decisiones son el gran capital, el imperialismo y las fuerzas armadas -con corrupción incluida.

Por su parte, cuando hubo que defender a la presidenta Dilma Rousseff de la ofensiva golpista se escudó en maniobras y palabras. Mientras una presidenta elegida por más de 50 millones de brasileros era volteada por el voto de 61 senadores, fue incapaz -teniendo el dominio de la central sindical, el movimiento de los Sin Tierra, la unión de estudiantes, los Sin Techo y las grandes organizaciones de masas- de resistir. Más allá de algunos actos simbólicos, Lula no llamó a movilizar y rechazar el golpe, que terminó consumándose sin mayor resistencia. Repitió la actitud de cobardía política de muchos líderes que se proclamaban como nacionalistas, empezando por Juan Domingo Perón, que en 1955 huyó de la Argentina cuando la clase obrera quería la huelga general contra el golpe gorila y pedía armas para defender al gobierno.

La misma actitud pusilánime tuvo cuando la “Justicia” golpista lo decretó culpable de corrupción (sin pruebas contra su persona) y lo mando a la cárcel, anulando sus “derechos políticos” para que no pudiera presentarse como candidato. Frenó todo intento de movilización de masas, entregó las calles a la derecha golpista y acató “con buena conducta” la resolución judicial amañada por las Fuerzas Armadas, que hicieron sentir sus amenazas de lo que pasaría si no se excluía a Lula de la contienda electoral.

Tras pagar con 580 días de prisión su docilidad al sistema, fue liberado por el mismo Tribunal Superior que lo había condenado, ahora declarando “errores de procedimiento” y habilitándolo para ser candidato. Se trató de una medida preventiva frente a un volcán social bullente en Latinoamérica (recorrida por grandes levantamientos de masas) y en Brasil. La burguesía ha tomado nota de que en las peores condiciones materiales (prisión), Lula siguió teniendo una conducta “cívica” irreprochable como defensor del “orden” burgués. 

Ataques y contención

Temer y Bolsonaro llevaron adelante un fuerte ataque a las condiciones de vida de los trabajadores, con dos episodios fundamentales en las reformas laboral y previsional. Junto a ello, avanzaron en materia de privatización de empresas estatales y de recorte de gastos sociales. También en el aspecto represivo, dando mayores márgenes a la policía y las fuerzas armadas y creando en algunos casos, como en Río de Janeiro, “milicias” de lúmpenes protegidos por la policía.

La pandemia de Covid evidenció el desastre de la salud pública y la cortedad reaccionaria del presidente Bolsonaro, que ninguneó la amenaza, se opuso a la cuarentena e impugnó las vacunas, defendiendo caprichosos “remedios” sin sustento alguno. Casi 700 mil muertos por Covid colocaron a Brasil en el tope de víctimas. ¿Por qué no hubo una reacción popular a tanto desastre social, sanitario y de todo tipo del gobierno tutelado por las FFAA? Porque Lula y el PT crearon un corset de freno a todo intento de resistencia general de las masas, usando su dominio burocrático de la Central Única dos Trabalhadores (CUT) y demás organizaciones de lucha de las masas para frenar toda irrupción de luchas obreras y populares.

En ciertos momentos se realizaron concentraciones, aunque de algunos pocos miles; “Fora Bolsonaro” fue la consigna de una de estas campañas. Como, a pesar del boicot y sabotaje del PT y la CUT, estas movilizaciones iban creciendo de una a otra, la dirección lulista redobló sus esfuerzos y logró desactivarlas, temerosa de que se transformaran en un canal de movilización de masas. Junto a ello, aisló y saboteó luchas obreras, como la fuerte huelga de los trabajadores del Correo en 2020

Lula planteaba que había que impedir “provocaciones” de Bolsonaro. Así fue como le cedió la calle a manifestaciones de la derecha bolsonarista en diversas oportunidades. Se opuso a la consigna de “Fora Bolsonaro”, derivando la repulsa popular al presidente derechista a la presentación de pedidos parlamentarios de impeachment (juicio político por el parlamento) sin resultados, al punto de que hay más de 150 pedidos de apertura de impeachment presentados que duermen el sueño de los justos. Luego, Lula apuntó a direccionar toda oposición combativa a Bolsonaro hacia el recambio presidencial de 2022. Así como el kirchnerismo en Argentina, luego de la fuerte irrupción de lucha contra la reforma previsional en el 2017, buscó contener con la consigna “Hay 2019” (por las elecciones presidenciales de ese año), Lula hizo lo propio con el 2022. Durante año y medio casi cualquier tipo de movimiento de lucha de las masas fue aplacado y sometido al aislamiento y desgaste, para “no provocar”.

Bolsonaro sacó su “fuerza” de la parálisis del movimiento de lucha de las masas. La burocratización de las organizaciones de masas alcanzó niveles nunca vistos, con la CUT impidiendo cualquier coordinación que pusiera en marcha al gran gigante social del movimiento obrero. El reconocido y otrora combativo movimiento agrario Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST) se ha convertido en algo adocenado, tramitando “cooperativas” y reclamando solo por tierras improductivas que no estén en manos de los terratenientes. En verdad, este proceso data de la primera presidencia de Lula, con un acelerado proceso de cooptación mediante: en su momento, Lula constituyó dos ministerios de asuntos agrarios, poniendo al frente del más importante, el que define la política agraria, a un funcionario afín al “agropower”, y dejando como regente del otro, de “colonización agraria”, a un izquierdista; con ello buscó contener al MST y a los movimientos de los pequeños campesinos y trabajadores de un campo donde aún perviven, en algunas zonas, situaciones de esclavitud o servidumbre laboral. En la campaña electoral actual, Lula ha salido a reivindicar este nuevo MST aggiornado, planteando que si se ocupa alguna tierra que tenga propietario serán desalojados por las fuerzas del “orden”.

El punto más reciente han sido las movilizaciones en oportunidad del 200° aniversario de la independencia del Brasil. El 7 de septiembre, a tres semanas de las elecciones generales, Bolsonaro organizó grandes movilizaciones de masas en Río de Janeiro, Brasilia y otras capitales, con apoyo propagandístico de las Fuerzas Armadas. En cambio, Lula bloqueó cualquier posibilidad de salir a la calle para… “no provocar”.     

El “frente de la esperanza” constituido por Lula ha desarrollado una campaña anodina, en la que se dedicó a pregonar contra la grieta del “odio” de Bolsonaro y a favor del “amor” y la vuelta a la “alegría”. Los problemas sociales fueron no solo dejados de lado en la campaña, sino que Lula se cansó de repetir que no pensaba derogar los avances reaccionarios en temas como la reforma laboral o previsional antiobreras. Asimismo, señaló que no iba a tomar ninguna medida que no fuera por “consenso” con las cámaras patronales. Esas negociaciones tendrán por encargado al vicepresidente Alckmin… el mismo que apoyó las reformas antiobreras originalmente. Es poner al zorro al cuidado del gallinero. La burocracia petista de la CUT resigna su papel de organizador del movimiento obrero detrás del apoyo a este derechista devenido en candidato de la “Esperanza”. Cuando Lula lo presentó ante un plenario sindical como su candidato a vice, recibió chiflidos por su trayectoria. Pero la dirección de la CUT puede vanagloriarse de logra que sea tolerado.

El centro de la campaña electoral del “Frente de la Esperanza” reside en plantear la disyuntiva entre fascismo (Bolsonaro) y democracia (Lula). Los problemas sociales y nacionales antiimperialistas han sido desplazados por la “lucha” por la “democracia”, que pasaría por el voto a Lula. Como en 1983 en Argentina, cuando a la salida de la dictadura Alfonsín hizo del centro de su campaña la promesa de que toda “urgencia social” sería resuelta por la democracia, Lula tuvo la preocupación de no azuzar -ni siquiera con promesas electorales- ningún reclamo popular. Consciente de la explosividad de los reclamos contenidos, no quería crear ilusiones que pudieran impulsar, al día siguiente de las elecciones, movilizaciones de las masas trabajadoras.

Tampoco hubo masivas concentraciones y movilizaciones de campaña, que fueron reemplazadas por el apoyo de artistas reconocidos y la realización de actos-festivales relativamente pequeños. En lo que Lula sí se empeñó fue en participar de todo tipo de encuentros con embajadores y cámaras patronales, dando allí examen y garantías de que un eventual gobierno suyo no iba a producir cambios trascendentales. Anunció que prácticamente no iba a haber nacionalizaciones de las empresas privatizadas, ni siquiera enfrentando la entrega de la gigantesca Petrobras, que quiere mantener como empresa “mixta”. Así termino recibiendo el apoyo de la industria (Fiesp), de la banca (Fepraban) y de numerosas cámaras empresarias.

También el gobierno estadounidense de Joe Biden y la mayoría de las representaciones diplomáticas europeas le han un espaldarazo directo a Lula. El imperialismo yanqui y europeo y el gran capital desconfían de la capacidad de Bolsonaro para contener y canalizar la creciente presión popular, salvo por el peligroso camino de la represión directa, con intervención incluso de las Fuerzas Armadas (último recurso de defensa de la dominación del Estado burgués). Bolsonaro se alineó con Donald Trump y mantiene esta afinidad; fue su hombre de gobierno en América Latina, impulsando los acuerdos de la “mesa de Lima” contra el régimen venezolano y sosteniendo el golpe derechista que destituyó a Evo Morales. Pero ese golpe trump-bolsonarista (apoyado también por Mauricio Macri en Argentina) se demostró como una aventura, provocando finalmente una huelga general y la caída del gobierno golpista de Jeanine Añez. El imperialismo desconfía, ahora, del carácter bonapartista y aventurero de Bolsonaro y de la fracción militar que lo apoya y cogobierna (hay más de 6000 militares en actividad y/o retirados que participan en cargos decisivos del Poder Ejecutivo, entre ministros, secretarios y demás). Ha apostado abiertamente por apoyar a Lula y su política de Frente Popular, de “colaboración de clases” para bloquear cualquier irrupción independiente de las masas y defender el “orden” del estado burgués. En las semanas previas a la última elección, se desarrolló una impresionante campaña publicitaria de los grandes medios de difusión brasileros y extranjeros en apoyo a Lula, que llevó a las encuestadoras a pronosticar que Lula no solo iba a mantener la brecha de 10 puntos que lo separaban de Bolsonaro (45 a 35%) sino que se iba a acrecentar, imponiendo el triunfo en primera vuelta (para lo que hace falta el 50% de los votos).

Las elecciones

Pero los resultados marcaron una nueva realidad. Lula obtuvo 57.257.473 votos contra 51.071.106 de Bolsonaro. Una diferencia de más de 6 millones de electores, que dejó a Lula a una distancia de más de 5 puntos (48,43% de los votos contra 43,20%) de su rival, pero que no le permitió obviar la segunda vuelta del ballotage. Lo más notable fue que Lula creció unos 3 puntos (de 45 a 48%) entre las encuestas preelectorales y la realidad del escrutinio, pero Bolsonaro aumentó 8 (35 al 43%). Más importante aún es la nueva realidad política en el parlamento y en las gobernaciones, con avances del bolsonarismo y la derecha (que ganó importantes gobiernos estaduales como Río de Janeiro y Minas Gerais, y disputa otros como San Pablo y Rio Grande do Sul).

Bolsonaro ha pasado a tener 99 diputados directos, la bancada más grande de la Cámara Baja, que uniendo a sus aliados da una fuerte mayoría de 273 parlamentarios, contra 138 de Lula y sus afines. En Senadores, por su parte, fueron electos 14 bolsonaristas contra 8 lulistas y 5 independientes.

Ministros bolsonaristas, reconocidos reaccionarios que renunciaron a sus puestos para poder presentarse como candidatos, han sido en su mayoría elegidos para los parlamentos, como el actual vicepresidente Hamilton Mourão, el ministro de Medio Ambiente Ricardo Salles (acusado de complicidad en la deforestación patronal del Amazonas) y el general Eduardo Pazuello, que ofició de ministro de Salud durante la pandemia con los catastróficos resultados señalados. Las Fuerzas Armadas mantienen un fuerte bloque de legisladores, al igual que la derecha del agropoder y el bloque evangélico -las llamadas “3 B:” Botas, Buey y Biblia, trípode basal del ascenso de Bolsonaro.

En caso de triunfar Lula el próximo 30 de octubre estará fuertemente condicionado y deberá convivir con la derecha, sin excluir al bolsonarismo mayoritario en el Congreso y al frente de importantes y estratégicos distritos.

Campaña y análisis

A 20 años de su ascenso al gobierno, Lula vuelve a las elecciones para presidente encabezando un “frente amplio” con sectores de la burguesía, que abarca desde la centroizquierda hasta la centroderecha (con izquierdistas incluidos).

Una parte de los analistas políticos y de la izquierda atribuye el repunte no previsto de Bolsonaro a la existencia de una corriente intrínsecamente conservadora y reaccionaria en una gran masa de la población. Acusan así a una parte del pueblo de lo que es consecuencia directa del accionar político de Lula, el PT y el frente centroderechista que lo acompaña. El pueblo no ha sido convocado y menos movilizado a luchar por la recuperación de las conquistas arrebatadas por Temer y Bolsonaro, por la derogación de las reformas laboral y previsional reaccionarias ni por la expropiación de Petrobras, cuyos accionistas privados se están llenando de plata como nunca, alimentados por los aumentos de precios que paga el pueblo y por los subsidios “al consumo” del gobierno. Tampoco por la expropiación de los monopolios de la salud privada y la constitución de un sistema sanitario estatal que deje atrás el desastre que significó la matanza de la pandemia de Covid y pueda enfrentar eficientemente los males que atacan especialmente a los pobres (chagas, hepatitis, dengue, zika). O por la derogación de la reforma constitucional de 2016, que bloquea el incremento de los gastos sociales (vivienda, educación y salud) en el presupuesto nacional (y en la que se acaba de apoyar la Corte Suprema para rechazar por “anticonstitucional” la fijación de un salario mínimo para los trabajadores hospitalarios).

En la semana previa a las elecciones, las cámaras empresarias mostraron preocupación porque Lula anulara esta ley, que busca contener el déficit fiscal a costa del nivel de vida de las masas. Para ahuyentar todo fantasma, el candidato dijo que pensaba colocar en su gabinete a Henrique Meirelles, prócer del capital financiero, fue ministro del gobierno golpista de Michel Temer y promotor de esta ley antigasto social. Este anuncio, publicado de primera mano por la columna Radar Económico, “dejó al mercado emocionado”, al punto de que el principal índice bursátil, el Ibovespa, “alcanzó un pico de 110 mil puntos, un aumento de más del 2%, aproximadamente una hora después de que se diera a conocer la noticia, reflejando el optimismo con el nombre”.

Pero en segundo lugar, hay que escaparle al impresionismo. La elección fue altamente polarizada entre Lula y Bolsonaro (91,6% entre ambos), dejando al tercer y al cuarto candidato con apenas 4,16% (Simone Tebet, del Movimento Democrático Brasileiro) y 3,04% (Ciro Gomes, del Partido Democrático Trabalhista). Bolsonaro aspiró todos los votos de las fuerzas derechistas que han retrocedido notablemente y están en estado de desintegración.

El actual presidente, por otra parte, implementó -en el período preelectoral- un amplio programa asistencial-social otorgando un incremento de los subsidios a los desocupados en más de un 50%, eliminando impuestos sobre el consumo y disminución del precio de las naftas y dando, subsidios a taxistas y camioneros, entre otras medidas. Debió violar para ello las limitaciones antipresupuestarias, con una enmienda especial, que el “Frente de la Esperanza” de Lula se vio obligado a votar, pero denunciando que se trataba de medidas “demagógicas”.

Ahora, en la campaña para la segunda vuelta, Bolsonaro ha vuelto a enviar nuevos proyectos de contenido social, como la creación de un 13° pago (un aguinaldo) del subsidio a las madres desocupadas, que nuevamente el frente lulista debió apoyar. También otorgó otros subsidios como el consumo de gas domiciliario, e incorporó casi medio millón más de brasileños a los planes del Auxilio Brasil (una extensión que el gobierno kirchnerista se niega a realizar con su equivalente argentino, pese al aumento de la miseria social).    Bolsonaro ha planteado, demagógicamente, que la campaña electoral le ha permitido tomar nota de la difícil situación del pueblo, que él pretendería ahora revertir.

Por su parte, a Lula no se le cae una propuesta movilizadora. Una parte de su actual campaña está centrada en la lucha por ganarse el voto de los evangélicos demostrando que él “no es el diablo”. Lula afirma en varios de sus últimos videos de campaña que es guiado por Dios: “No hubiera llegado a donde estoy si no fuera por la mano de Dios dirigiendo mis pasos y guiando mi comportamiento”. ¿La “mano de Dios” lo lleva a levantar un “programa” gatopardista, de cambiar algo superficial para mantener en pie las conquistas reaccionarias impuestas por Temer y Bolsonaro?

El nacionalismo burgués y la centroizquierda frentepopulista a nivel continental cuentan con que el eventual triunfo final de Lula sumaría a Brasil a la “ola rosa” de gobiernos frentepopulistas de conciliación de clases (Boric en Chile, Petro en Colombia, Castillo en Perú, Fernández en Argentina) que viene reemplazando a los regímenes derechistas y neoliberales en el continente. Pero el neoliberalismo está dentro del “Frente de la esperanza” lulista y de su próximo gobierno. De conjunto, esta “segunda ola rosa” es mucho más conservadora que la primera; incluido especialmente Lula, que fue protagonista de la primera y ahora evidencia, y evidenciará más nítidamente, el papel desmovilizador que juega el frente de conciliación de clases, el llamado “frente popular”, que maniata la lucha obrera y de los explotados con su subordinación a la burguesía pseudoprogresista y/o “democrática”.

La centroizquierda oportunista utilizará todo el tiempo el espantapájaros de la amenaza fascista para frenar la organización y la lucha independiente de las masas y subordinarlas a un próximo eventual gobierno frentepopulista. El PSOL, que rompió hace 15 años con el PT y Lula por la derechización de estos, ha pegado un viraje que lo lleva nuevamente a la integración con el lulismo. Decidió sumarse al Frente de la Esperanza, apoyando la candidatura de Lula y renunciando a presentar candidato propio, independiente. Y ello no solo en la presidencial: en la importante elección por la gobernación de San Pablo, dio un paso atrás con la candidatura de Guilherme Boulos (que había tenido una alta votación en las elecciones municipales de hace dos años), permitiendo su reemplazo por Fernando Haddad del PT, que entró en balotaje, pero como segundo candidato, con muchos menos votos.

El PSOL, alguna vez tomado como modelo de “partido amplio” por sectores de la izquierda internacional, está culminando su trayectoria,  básicamente electoralista, sumándose a las listas del Frente de la Esperanza con Lula. La izquierda que se reclama socialista y hasta trotskista, y que se mantuvo década y media (haciendo una especie de entrismo) dentro del PSOL, no termina de romper con esto. Una parte (integrante de la Liga Internacional Socialista, del Movimiento Socialista de los Trabajadores -MST- argentino) presentó algunas candidaturas en las listas del PSOL.  Otro sector (enrolado en la Unidad Internacional de Trabajadores) presentó a último momento candidaturas en el Polo Socialista y Revolucionario, pero se mantiene dentro del PSOL; un oportunismo electoralista que fue permitido por el constructor del Polo Socialista y Revolucionario, el Partido Socialista de Trabajadores Unificado. La pequeña corriente adherida a Socialismo y Barbarie, del Nuevo Mas argentino, se integró al Polo caracterizando que el problema central era derrotar a Bolsonaro, con lo cual llamaba indirectamente a votar por Lula.  

A 20 años del primer ascenso de Lula al gobierno, la historia vuelve a repetirse pero en forma más bastarda. De ganar el candidato del PT, el neoliberalismo estará directamente dentro del gobierno.

La necesidad de luchar por la independencia política de la clase obrera y los explotados no solo respecto a la derecha, sino también –y fundamental- de Lula y un eventual gobierno frentepopulista, es esencial. Se trata de luchar porque los sindicatos y las organizaciones de masas rompan con su subordinación al PT y las variantes estatales y patronales, por la independencia política y organizativa de la clase obrera y los explotados, con vista estratégica a la lucha por un gobierno de los trabajadores. Preparar -desde ahora- un congreso de trabajadores que fije la plataforma de lucha de los explotados y avance hacia un plan de lucha nacional con paros y movilizaciones. El frente popular de conciliación de clases lleva a las masas a la derrota y la entrega de su programa reivindicativo. Los reclamos de las masas serán impuestas por la acción directa de los explotados.

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