1492-1992 El Capitalismo festeja su senilidad (3° parte)

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La fragmentación de la América Hispana Independiente


 


“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola Nación en la que todas las partes estén unidas entre sí y en conjunto por un mismo eslabón. El origen es uno solo, así como la lengua, las costumbres y la religión. ¿No deberían, entonces, obedecer a un solo gobierno que confederara a los diversos Estados? Sí. Pero no es posible, porque la distancia de los países, la diversidad de las situaciones, la disimilitud de los caracteres hacen que América se divida” (Simón Bolívar, mensaje de Angostura, 1819).


 


Sólo en la escala señalada por Bolívar, como una gran nación latinoamericana, América Latina, podría haberse afirmado como una sociedad económica y políticamente independiente. Lo que lo impidió fue, en primer lugar, la ausencia de un esbozo de desarrollo económico común (mercado interno continental preexistente, el cual, como vimos, sí existía en las colonias inglesas del Norte).


 


Nadie puede decir con seriedad que la América colonial fuera una ‘gran nación latinoamericana, porque eso equivaldría a afirmar que la India y Norteamérica eran una misma nación por pertenecer ambas a la Corona británica. Las colonias americanas de España tenían en común eso: ser colonias de la misma monarquía y poseer un idioma y una religión comunes. Pero no existía unidad económica — base sustancial de la nación, sin la cual el idioma y otros elementos subjetivos son impotentes— y ni siquiera unidad administrativa. ‘La unidad existente en el Imperio hispanoamericano’ era, desde el punto de vista de la unidad nacional, prácticamente nula. España, a pesar de la unidad de su soberanía en América, no pudo fundar un solo gobierno, ni hacer un solo virreinato de todas sus posesiones en América, porque la enorme extensión y variedad del territorio se lo impidió” (1).


 


Pero la fragmentación de la América española no se limitó a la no constitución de una o dos grandes naciones desde Méjico hasta Argentina. Las unidades nacionales proyectadas durante la lucha por la independencia — la Federación Centroamericana, la Gran Colombia de Bolívar, la Confederación Peruano-Boliviana, las provincias Unidas de Argentina y Uruguay— también se dividieron. La tendencia a la constitución de grandes unidades nacionales fue vencida durante y después de la lucha por la independencia. La ausencia de base económica no es todo, pues si existe el proyecto y la dirigencia dispuesta a ejecutarlo, ésta puede imponerlo dictatorial mente (como el Norte de los Estados Unidos impuso la unidad y la lucha por la independencia a los tories y al Sur). Pero la dirigencia de la independencia latinoamericana sufría de las limitaciones de la clase que le dio origen, la aristocracia criolla, aunque estuviera un paso más al frente que ella: era incapaz de apoyarse en otras clases, las cuales en diversos momentos de la guerra de independencia tenderían a darle un contenido social (Haití, Méjico 1819, Paraguay o el Uruguay de Artigas).


 


“Los planes de Bolívar no fracasaron simplemente porque no contaban con una poderosa clase social que los hiciera suyos, sino porque no existiendo tal clase las fuerzas sociales que se aglutinaban en torno al proyecto bolivariano y que debían haber ‘sustituido’ la ausencia de aquélla, carecían de la voluntad revolucionaria suficiente para hacer avanzar el proceso hastaun punto en el que un posible retomo a la situación anterior resultara imposible. En otras palabras, se volvió irrealizable por la debilidad propia de las fuerzas que debían encamarlo y por el profundo temor que sentían ante la violencia destructiva de las masas populares. El recuerdo traumatizante de las rebeliones en la época colonial, la reacción conservadora y realista provocada en la élite criolla por la presencia amenazante de masas ‘dispuestas a ser agitadas por cualquier demagogo y lanzadas contra los centros del orden, la cultura y las finanzas* corroía el débil jacobinismo que caracterizó aún a los más radicalizados representantes del movimiento revolucionario. La perspectiva de hacer depender de la profundización de la movilización popular el triunfo del nuevo orden revolucionario era temida ‘no sólo por los individuos de mentalidad conservadora, sino también por muchos de formación liberal, como Bolívar, que veían que la masa popular tenía más capacidad destructiva que constructiva’” (2).


 


Dejando de lado la oposición metafísica que el autor hace entre “constructividad” y “destructividad” (la revolución social “construye” un nuevo orden justamente porque “destruye” e 1 antiguo), la “falta de voluntad revolucionaria" (que analizada aisladamente remitiría a una especie de carencia cultural) remite a la ausencia de una clase revolucionaria, capaz no sólo de oponer revolucionariamente sus intereses al antiguo régimen sino también de modelar una nueva sociedad de acuerdo a esos intereses.


 


Las burguesías francesa e inglesa realizaron su revolución no directamente sino a través de las dictaduras revolucionarias de Cromwell y de los jacobinos. Pero Cromwell y Robespierre expresaron la voluntad de la burguesía de movilizar revolucionariamente a la Nación para barrer con el Antiguo Régimen en todos los planos (no para beneficiar a las masas populares). En ese sentido, hubo en América Latina ausencia de una burguesía revolucionaria interesada en poner fin a las formas precapitalistas de trabajo y al latifundio, creando un amplio mercado interno: por lo tanto la revolución democrática se realizó de manera incompleta e inacabada. Los líderes revolucionarios tradujeron la impotencia de la burguesía criolla. Así, Miranda ante la revuelta de Haití y las rebeliones campesinas dijo: “Mejor sería que las colonias permanecieran un siglo más bajo la opresión bárbara y vergonzosa de España” (Carta a Turnbull, 12/11/1798). Y Miranda fue "el precursor déla independencia”. Bolivar, más osado, heredó sin embargo de él el miedo a la “revolución de los colores” (negra, mulata y mestiza). “El miedo de que de la emancipación de los esclavos naciera un Haití continental, paralizó a la mayor parte de la oposición criolla” (3).


 


Prevalecieron entonces los intereses localistas de la aristocracia criolla, dirigidos al monocultivo primario para el mercado mundial y sin interés en la constitución de fuertes unidades nacionales basadas en el mercado interno (como era el caso de la burguesía del norte en Estados Unidos). Pero la fragmentación política fue un factor de crisis de las nuevas naciones. Interesaba a los nuevos señores del mercado (como ya había ocurrido en el pasado) obtener dinero líquido y no productos. Ahora bien, la fragmentación del antiguo imperio colonial había aislado regiones enteras de sus fuentes de metal precioso (es, por ejemplo, el caso del Río de la Plata, privado de casi todo metal circulante durante casi 15 años). También en las zonas de producción el ritmo de exportación era más rápido que el ciclo productivo y sólo podía llevar al mismo resultado: así sucedió en Chile después de la independencia. El nuevo Estado, productor de plata y oro, no conseguía conservar el volumen de dinero líquido (aunque modesto) que necesitaba para su comercio interno. La crisis económica y financiera exacerbó las disputas internas, lo que facilitó la intervención, no ya de la extenuada España, sino de la dinámica Inglaterra, en la conformación política de América Latina.


 


Contra la leyenda que atribuye exclusivamente a Inglaterra la responsabilidad por la división de América Latina (leyenda que tiende a absolver a la aristocracia criolla y a los líderes de la independencia), se puede decir que la intervención inglesa tendió a veces a evitar una mayor división de los nuevos países. “Cuando poco después de la caída de Rosas en la Argentina llega al país Sir Charles Hotham, primer enviado británico en la nueva etapa que se abre, éste comprueba de inmediato la necesidad de evitar la disgregación del territorio argentino en insignificantes republiquetas. Tratar y discutir por separado —alega a sus superiores— con los gobernantes que surgirían en cada una de ellas era oneroso, pesado y fatigante. Se hacía necesario —argumentaba— apoyar la unidad del país en torno de un polo que mereciera confianza. En consecuencia, la política británica primero apoyaría al General Urquiza… Los propósitos separatistas de los caudillos regionales —y Urquiza fue uno de ellos— fueron desaprobados, así como toda injerencia excesiva del Imperio de Brasil en los asuntos argentinos” (León Pomer).


 


La razón para esto es simple y bien resumida por Tulio Halperín Donghi: “La aspiración de Gran Bretaña no es obtener un dominio político directo, que implicaría gastos administrativos y la comprometería en las violentas luchas de las facciones locales. Al contrario: se propone dejar en manos de los americanos, juntamente con la producción y buena parte del comercio local, los honores y la carga de gobernar aquellas vastas extensiones de tierras. Todo eso no quiere decir falta de puntos de vista bien claros y firmes ni timidez en la imposición de su voluntad” (4).


 


No obstante, la "energía” inglesa fue más necesaria cuando había que oponerse a la constitución de unidades nacionales potencialmente fuertes. Fue el caso de la separación de Uruguay de la Argentina, debida a la influencia inglesa, en ocasión de la Guerra entre Argentina y Brasil (1828). “La actitud británica ante el conflicto entre Argentina y Brasil fue diferente: Inglaterra impuso otra solución apoyando la constitución de un Estado-tapón que retiraba al gobierno de Buenos Aires el control político del sistema fluvial más importante de América del Sur” (5). Y así nació el Uruguay “independiente”. No por casualidad dos veces (1838 y 1846) la flota inglesa bloqueó Buenos Aires para imponer "sin timidez” sus puntos de vista (lo que, en aquella ocasión, fracasó). La intervención inglesa invadiendo Georgetown en Nicaragua (1848) fue también decisiva para impedir la formación de una unidad nacional más amplia en América Central.


 


En cualquiera de los casos y a diferencia de los Estados Unidos, vemos en Hispanoamérica independiente a una potencia europea interviniendo abiertamente para determinar la conformación de los espacios nacionales. Inglaterra comprendió bien que los cambios introducidos por las Revoluciones de la Independencia eran irreversibles (sólo España y Francia a mediados del siglo XIX intentarían recomponer parcialmente su imperio colonial americano) y se dispuso a imponer sus intereses adaptándolos a la nueva situación.


La propia “Doctrina Monroe" de los Estados Unidos (cuando éstos todavía eran, según Marx, “una colonia económica de Inglaterra”, 1823) que sería posteriormente (con su "corolario Roosvelt”) pretexto ideológico para el intervencionismo yanqui en América Latina, atendió primariamente a los intereses ingleses: “La doctrina Monroe constituye, de hecho, un instrumento que ayudó notablemente a la política inglesa en América (no casualmente la declaración americana fue adoptada gracias a la presión del primer ministro inglés) pues sirvió para mantener lejos del continente americano a todos los que no estaban subordinados a los intereses ingleses, pero no ciertamente a estos últimos. La doctrina no jugó contra Inglaterra cuando ésta intervino entre 1830 y 1840 en América Central para extender las fronteras de la Honduras británica, igualmente cuando en 1833 Inglaterra ocupó las Islas Malvinas, ni cuando en 1845 el Río de la Plata fue bloqueado por la anglo-francesa. En la primera mitad del siglo EE.UU. estaba esencialmente interesado en sistematizar su frontera meridional: el primer paso fue dado con la compra de Lousiana a Francia (1803), Florida comprada a España (1819). En 1845 se anexó Tejas, que en 1836 se había separado de Méjico. Recién en 1845 EE.UU. comienza una política de franca agresión sacándole a Méjico, güera mediante, Nuevo Méjico, Arizona, California, Nevada y Colorado. Pero hasta mediados del siglo XIX Inglaterra se encontró sin rivales ni oposición” (6).


 


La incapacidad para realizar revoluciones democráticas, creadoras de verdaderos Estados Nacionales dejó a los países latinoamericanos, desde sus inicios, a merced del colonialismo inglés (aunque bajo independencia política formal) y, posteriormente, del imperialismo norteamericano. El atraso económico, social y político produjo directamente la opresión nacional la que, a su vez, reforzó las bases de ese atraso.


 


Brasil: la unidad… del atraso


 


A diferencia de la América española, las excolonias portuguesas mantuvieron su unidad después de la independencia, en 1822. Pero eso no evitó (al contrario, agravó) las consecuencias del atraso económico y político, desmintiendo la tesis de Jorge Abelardo Ramos (y de los nacionalistas en general) de que la sola unidad produciría la independencia, el desarrollo de las fuerzas productivas y la modernidad capitalista. De la unión del atraso sólo surgió un país atrasado de dimensiones continentales, que sofocó los intentos de crear centros más dinámicos de desarrolo (como la Confederación del Ecuador en el norte o la "República Farrouppilha” en el sur). La preservación de la unidad se debió a las peculiaridades de la independencia brasileña, nacidas de las peculiaridades de su metrópoli (Portugal, la más débil de las naciones colonialistas europeas), independencia que fue proclamada por la propia monarquía portuguesa (instalada en Brasil debido a la invasión napoleónica), estableciendo una continuidad directa entre la administración colonial y la independiente, "peculiaridad” que debe ser vista sólo como un caso extremo en el contexto de las independencias latinoamericanas (pues esas características conservadoras /continuistas estuvieron presentes en todas partes). La "unidad” no salvó al Brasil del colonialismo inglés (llegó a tener el territorio invadido por la flota inglesa en el siglo XIX) del que se convirtió en peón en el ataque contra el gobierno argentino de Rosas o en la guerra contra el Paraguay.


 


Del mismo modo que en la América española, la independencia brasileña (si la entendemos como proceso de constitución de una nación independiente, y no como simple acto formal de declaración) tiene antecedentes en movimientos anteriores, especialmente durante el siglo XVIII: la revuelta en Salvador contra el cobro del impuesto de importación y el monopolio de la sal (1711), la de Vila Rica contra los impuestos extorsivos (1720) y, finalmente, la célebre "Inconfidencia Mineira” (1789) donde el programa —"Independencia y República”— es formulado explícitamente, iniciando la serie de "inconfidencias” —Río (1794), Bahía (1798), Pernambuco (1801)— que muestran la extensión de la agitación independientista en sectores de las capas superiores de la sociedad colonial.


 


“Los colonos que al principio se consideraban los ‘portugueses de Brasil* creyendo que la única diferencia entre los habitantes del Imperio era de zona geográfica, se dan cuenta cada vez más claramente que existe incompatibilidad entre sus intereses y los de la metrópoli. La lucha, que inicialmente se manifiesta como una lucha de vasallos contra el rey, cambia de sentido convirtiéndose en lucha de colonos contra la metrópoli”^).


 


La formación de sociedades independientistas (Areopago, Caballeros de la Luz, actividad conspirativa de la Sociedad Literaria de Río) demuestran que la independencia existe como movimiento político a principios del siglo XIX. El proceso "sui generis” en que ella se produciría se debe más a la situación especial de Brasil en el sistema colonial que a contingencias políticas.


 


“Desde el siglo XVII Portugal tiene una colonia principal: Brasil. Y el África portuguesa se convierte más en colonia de Brasil que de la madre-patria, para la cual no constituye sino una subcolonia. En efecto, Guinea y Angola y hasta cierta época África Oriental, fueron los abastecedores de esclavos del Brasil. No podían vivir sin éste, ni éste sin ellas” (8).


 


La transferencia de la Corte portuguesa a Brasil en el momento de las invasiones napoleónicas es operacional para el sistema colonial debido a ese hecho (sería mucho más difícil imaginar a la Corte española en Lima o en Buenos Aires). La apertura de los puertos brasileños "a las naciones amigas” (1808) sucede al estancamiento de mercaderías debido a la crisis europea, pero asesta un golpe mortal al Pacto Colonial que, mostrando su anacronismo, trasciende aquella circunstancia. Pero el tratado comercial de 1810 con Gran Bretaña derivado de la situación de semi-protectorado inglés en que Portugal se había colocado fija una pauta general del 24% sobre las importaciones de los países extranjeros, del 16% para las de Portugal y del… 15% para Inglaterra (tarifa preferencial). Brasil se volvía colonia económica inglesa, “y necesitó varios decenios más para eliminar el tutelaje que gracias a sólidos acuerdos internacionales mantenía Inglaterra sobre él”. La llegada en masa de comerciantes ingleses desfavorece a numerosos portugueses que habían quedado desconectados de sus proveedores en la metrópoli ocupada por Napoleón. La aristocracia latifundista se siente solidaria con los burócratas desplazados y viceversa.


 


Si el movimiento por la independencia ampliaba así sus bases, ganaba también en profundidad. “El año de 1817 registra para el Nordeste un amplio movimiento insurreccional, en relación al cual no fueron indiferentes las masas populares. Ya no se trata de movimientos circunscriptos a los núcleos urbanos o a las elites insatisfechas con el peso tributario. Fue esbozado un proyecto revolucionario y se intentó la desarticulación del orden esclavista, sin éxito: el poder fue tomado el 6 de marzo, y en Recife, polo dinamizador del vasto hinterland, los insurgentes permanecieron 74 días dirigiendo la “república’” (9).


 


Con el retomo de la Corte a Portugal (1821), Brasil, declarado reino en 1815, se veía bruscamente disminuido a la antigua categoría de colonia. La reintroducción de las viejas normas del Pacto Colonial configuraba un mercantilismo doblemente anacrónico: 1) porque era ejecutado por una potencia en retroceso, tributaria económica de Inglaterra, 2) porque estaba en contradicción con la expansión del comercio mundial, consecuencia de la consolidación del capitalismo industrial en los países europeos más adelantados. El cuadro mundial es definido así por María Odila Silva Días: “La lucha entre los intereses mercantilistas y del liberalismo económico se procesaría de forma intensiva en Inglaterra de 1815 a 1846, afectando drásticamente la política de todos los países coloniales directamente relacionados con la expansión del imperio británico del comercio libre”. Brasil era uno de ellos.


 


En menos de un año las clases poseedoras se rebelarían contra esa situación. La convocatoria de las Cortes por la Revolución de Porto daría ocasión a la convergencia de la agitación de los grandes propietarios con la administración colonial, inclusive en la figura de su jefe (Don Pedro), declarado emperador del Brasil independiente (octubre de 1822). Las características del acto independientista —continuidad de la administración colonial— han servido de base a la tesis que opone la independencia brasileña a la de la América española — conseguida luego de sangrientas luchas— como procesos radicalmente disímiles. Se olvida: 1) que también en la América española, como vimos en los casos de Guatemala y Méjico hubo continuidad entre el orden administrativo de la Colonia y de la Independencia; 2) que hubo enfrentamiento militar con tropas que permanecieron fieles a Portugal —celebrado aún hoy en la historiografía oficial — en Bahía, Marañon, Para y en la Cisplatina (actual Uruguay).


 


Es verdad, sin embargo, que el imperio colonial portugués en América se desmoronó mucho más fácilmente que el español. Esto se debe tanto a la debilidad relativa de Portugal, como a la tendencia general de la época: “la explotación colonial, cuanto más opera, más estimula la economía central, que es su centro dinámico. La industrialización es la columna dorsal de ese movimiento, y cuando alcanza el nivel de una mecanización de la industria (Revolución Industrial), todo el conjunto comienza a verse comprometido porque el capitalismo industrial no se siente cómodo ni con las barreras del régimen de exclusividad colonial ni con el régimen esclavista del trabajo” (Fernando Nováis).


 


El “centro dinámico” del Brasil colonial era, como vimos, Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial. Pero el mantenimiento de la esclavitud en el Brasil independiente basta para desmentir la tesis de la Independencia como un reflejo automático del expansionismo comercial inglés, del que las clases poseedoras de Brasil serían apenas un instrumento. El Brasil independiente era una sociedad esclavista, o sea, una sociedad donde la relación de producción socialmente dominante era la que oponía a señores y esclavos (2 millones en 1800).


 


“Independencia o Muerte" fue la respuesta de la burocracia colonial al grito lanzado 30 años antes por los “inconfidentes" (Independencia y República). La muerte en el lugar de la República, la República muerta. Pero el movimiento de independencia era más vasto que el compuesto por los burócratas, comerciantes y por la aristocracia hacendada, la que, a su vez, se subdividía en fracciones, frecuentemente regionales. La crisis y la disolución de la Asamblea Constituyente de 1823 reflejó esa diversidad y abrió definitivamente el juego de contradicciones políticas internas en Brasil. La impasse se resolvió a través de la “Carta Otorgada” (Constitución elaborada desde arriba por el poder imperial) y de la monarquía (semi) constitucional, donde una representación limitada de las clases poseedoras (derecho de voto a partir de un cierto nivel económico —la Cámara— era controlada por dos organismos vitalicios —Senado y Consejo de Estado— en las cuales estaban representados los sectores más tradicionales de la oligarquía (los ligados a la explotación del oro y del azúcar): todo bajo el poder de veto del Emperador. Si en una ciudad latifundista la democracia plena —ciudadanía para todos los habitantes— no tenía raíces, en una latifundista y esclavista, menos todavía.


 


La peculiaridad de la independencia brasileña, debida a la originalidad de su antigua situación colonial, está en la base de su sistema político, nítidamente diferente del de las ex-colonias españolas, donde los proyectos monárquicos fueron derrotados en el curso de la guerra de la independencia. La presencia de un fuerte poder central, en la figura del Emperador, apoyado por los sectores económicamente más fuertes de las clases poseedoras, impidió la fragmentación política de la ex-América portuguesa. Esto, repetimos, no es garantía de mayor independencia política o económica: en los dos aspectos Brasil es más dependiente de Inglaterra que los países de la ex-América española. Si el resultado de la crisis de 1822-23 hubiera sido otro, tal vez Brasil también se habría dividido en diversos Estados. En cambio, desde los comienzos del Brasil independiente, los conflictos internos de las clases poseedoras tendieron a tomar la forma de separatismo y de sublevaciones regionalistas, la primera de ellas se produjo en 1824 en Pemambuco (la “Confederación del Ecuador"). El poder central aparantemente se fortalecía más cuando más era puesto en jaque en el interior. La presión inglesa también debilitaba al Estado: en 1827 el gobierno brasileño le reconoció a Inglaterra su situación de potencia privilegiada, autolimitando su propia soberanía. “Los privilegios concedidos a Inglaterra crearon serias dificultades económicas… por un lado reducían la capacidad de acción del poder central y, por el otro, debido al descontento, creaban focos de desagregación territorial”. La configuración del Estado en Brasil se desarrollaría bajo esa doble presión.


 


En 1842 expiró el acuerdo con Inglaterra. Ya se ha dicho que, con eso, “el pasivo político de la colonia portuguesa estaba liquidado” (en EE.UU. como vimos, ese pasivo se liquidó en la lucha por la independencia). Pero la presión inglesa continuó, y en 1845, con el decreto Aberdeen, Inglaterra prohibía unilateralmente el tráfico de esclavos. La prohibición no fue acatada por los hacendados (el tráfico llegó a ser mayor después de esa fecha), pero encontró aliados en Brasil, multiplicando los frentes de conflicto social.


 


“La burguesía comercial se esforzaba por ampliar el círculo de los consumidores que pagaran en moneda y, en consecuencia, trataba de debilitar la servidumbre y la esclavitud. Trataba de debilitar el lazo entre los señores y los dependientes, a la caza de clientes. De allí surge su abolicionismo de apariencia humanitaria al que se entregó después de 1850. Le interesaba romper los vínculos de servidumbre, preocupada en hacer de la propiedad rural un objeto libre de negocios, sin los estorbos de lealtades personales que sostenían el buen rendimiento agrícola” (10).


 


En los conflictos internos de las clases poseedoras se cuestionaba la esclavitud, la distribución de la renta nacional y hasta las características del sistema político, pero no la base de la economía nacional: el latifundio, del cual todos (hacendados y señores, comerciantes y burocracia estatal) sacaban provecho. El latifundio no se vio afectado sino consolidado (a diferencia de Estados Unidos y de igual forma que en la América española) por la independencia. Según Emilia Viotti de Costa “como toda la extensión del latifundio no se utilizaba con fines comerciales, el propietario podía mantener un cierto número de arrendatarios ligados a la economía de subsistencia, lo que creó una red de relaciones personales entre arrendatarios, propietarios y la Corona. Esto contribuyó a aumentar el prestigio personal del propietario, dado que poseía poder sobre los hombres libres que vivían en sus tierras y también sobres sus esclavos” (11).


 


“Uno de los grandes obstáculos que se han opuesto en esta provincia al desarrollo de la agricultura e inclusive al de la población es la existencia de grandes estancia o mejor, de grandes desiertos, cuyos dueños, ocupándose solamente y del ganado, tienen derecho a echar de sus campos familias desamparadas que no tienen adonde ir. El hacendado que posee una “sesmaria” tiene por cuenta propia un desierto de tres leguas cuadradas. Si posee dos, tres o más “sesmarias”, es dueño de seis, nueve o más leguas de desierto en donde ya nadie vivirá. Unos pocos hacendados vecinos transforman en desierta una porción de terreno mayor que la ocupada por algunos estados de Alemania y las familias pobres andan errando pidiendo techo por todas partes sin que nadie los proteja” (Teniente General Francisco José de Sou-za Soares e Andrés, Presidente de la provincia de Río Grande, en el informe a la Asamblea Legislativa, l2 de Junio de 1849).


La economía de exportación primaria, agilizada por la Independencia (quiebra del monopolio) consolidó el latifundio. El valor de los productos brasileños exportados, que en 1812 fue de 1.233.000 libras esterlinas de oro, se elevó en la década de 1821 a 1830 a un promedio anual de 3.190.000; en la década de 1831a 1840a4.921.000yenlade 1841 a 1850 a 5.468.000. Las importaciones, a su vez, pasaron de 770.000 en 1812 a un promedio de 5.429.000 de 1831 a 1840. En estas condiciones, la Ley de Tierras de 1850 tendió a dar una base jurídica definitiva a la gallina de los huevos de oro: el latifundio, donde a partir de la década de 1831 a 1840, el café es el principal cultivo.


 


Así, en vez de favorecer el acceso a la tierra y a la pequeña propiedad (como en EE. UU.), la Ley de Tierras favoreció a la gran propiedad. La ley norteamericana propiciaba la ocupación de tierras, la brasileña la dificultaba. “Los medios tradicionales de acceso a la tierra, co-propiedad, arriendo, ocupación, fueron proscriptos, las tierras no utilizadas volvieron al Estado que, por su parte, vendía las tierras por un precio más alto”( 12).


 


En EE. UU. surgieron instituciones de crédito para facilitar el acceso a la pequeña propiedad, y ésta, una vez consolidada, da lugar a instituciones regionales autónomas para defenderla. De esta forma se contrapesa al poder central, ya restringido por el principio federativo.


 


En Brasil, la normativa para la ocupación de la tierra (la ley) no da lugar a pequeñas propiedades sino que simplemente favorece el abastecimiento de trabajo libre (y barato) a los latifundios, por medio de la evacuación de los pequeños ocupantes instituciones de crédito a las que recurrir, sin organismos regionales para defenderlo, sin poder instalarse en forma independiente, no hay otra salida para el campesino que colocarse bajo la protección del señor (“clientela”). Con este sistema –“coronelismo”- coexisten el poder central de la monarquía y un fuerte poder regional de hecho de os dueños de la tierra: esta “descentralización” atenúa en la práctica la contradicción –poder central versus poderes regionales – que presidió el nacimiento del Brasil independiente.


 


Pero acentúa también las características de por sí antidemocráticas del régimen político. En Brasil, la “democracia” se vuelve cada vez más formal, cada vez menos real.  “La ciencia política, en Brasil, encuentra su límite en la bala del ‘capanga’” (Machado de Assis). El clientelismo atraviesa también las relaciones dentro y con el Estado, por medio del patronato, que podría ser definido como “la práctica social consistente en el intercambio de favores entre individuos o sectores desiguales” (protectores y protegidos). El ascenso social y político no sigue el camino de la competencia económica o de la lucha política abierta, sino que está condicionado al respaldo de un “padrino” poderoso. De esta forma no sólo se refuerza el poder político de los sectores poderosos tradicionales sino que también se bloquea la diferenciación interna de las clases poseedoras, dificultando el surgimiento de sectores basados en la acumulación de capital industrial que podrían amenazar el poder de la aristocracia latifundista o de la burguesía comercial. He aquí el proceso en las palabras de un político y de un industrial financista de la época del imperio:


 


“Desde el principio, el calor, la luz, la vida para las mayores empresas había venido del Tesoro. Siempre las grandes figuras financieras, industriales del país habían crecido bajo la influencia y protección que les dispensaba el Gobierno: ese sistema sólo podía dar como resultado la corrupción y la gangrena de la riqueza pública y privada”. (Joaquín NabucO, Un estadista del Imperio, Tomo II).


 


“Protestan porque en Brasil se espera todo del gobierno y porque la iniciativa individual no existe. ¿Y cómo no ha de ser así si todo cuanto se refiere a la acción del capital en cuanto éste se acumula para cualquier fin de utilidad pública o privada en el que la libertad contractual debía ser el principio regulador, choca de inmediato con pésimas leyes preventivas y cuando éstas no bastan hay intervención indebida del gobierno en calidad de tutor? (Vizconde de Mauá, Autobiografía).


 


El régimen político y el régimen de propiedad de la tierra forman una unidad. Los resultados de los diferentes regímenes de EEUU y de Brasil independientes pueden ser medidos en cifras: mientras en el primero el número de manufacturas pasa de 123.000 a 354.000 entre 1848 y 1870, en este último año tenemos en Brasil… sólo 200. Mientras en EE. UU., en 1861, 32.000 millas de vías férreas unifican el territorio, ya casi totalmente ocupado, en el mismo año estaba comenzando la construcción de la primera vía de ferrocarril en el Brasil de los latifundios semideshabitados.


 


En resumen: si en EE. UU. la unidad de las 13 ex-colonias inglesas se obtuvo por medio de una Federación, debilitando el poder central pero fortaleciendo la constitución política de la Nación; en Brasil, la unidad fue producto de un poder central fuerte que debilitó políticamente a la Nación (sometida a los poderes regionales de hecho y a la presión extranjera). Si en EE. UU. la ocupación de tierra fue resuelta, por la presión de la burguesía industrial del norte, en favor de la pequeña propiedad (y por lo tanto, de la ampliación del mercado interno), en Brasil fue resuelta en favor de latifundio (o sea de la reducción del mercado interno), por la ausencia de una burguesía industrial o de una clase social suficientemente fuerte como para luchar contra el latifundio (como los granjeros de EE. UU.), inexistentes en la época colonial.


 


América en la historia


 


Hemos visto que los diversos modos de producción con que las regiones de América se incorporan al mercado mundial, constituyen la base de los destinos divergentes de los países americanos (los EE.UU y la América Latina, divergencia ésta que sorprende a los primeros sociólogos que se ocuparon de nuestro continente: “En tanto las 13 colonias inglesas, únicamente unidas por su común repudio a la autoridad metropolitana, conseguían superar duros rencores históricos y profundas diferencias de estructuras económicas y sociales para federarse y constituir una nación libre de cualquier barrera interior, el vasto imperio español se resquebrajaba, y en el curso del siglo XIX, 16 naciones hispano-americanas, un Brasil luso-americano y un Haití muy africano cuidaban apenas de la defensa de su propia soberanía… mientras las antiguas colonias inglesas del Norte se apresuraban en diversificar sus propias actividades y se disponían a hacer de los EE.UU. una gran potencia industrial, cada uno de los países latinoamericanos, entonces apenas 18, continuaban llevando adelante sus antiguas actividades coloniales de exportación de productos del sector primario y de importación de productos industriales, contentándose con diversificar los países con los que procedían así y que seguían siendo sus metrópolis económicas. Al tiempo que, después de haberse ligado unas a otras, por vías interiores de comunicación, las 13 antiguas colonias, el gobierno federal norteamericano se disponía a abrir un poblamiento de los territorios despoblados del Oeste, construyendo caminos y vías férreas que, en la segunda mitad del siglo XIX irían a unir el Atlántico al Pacífico, los países latinoamericanos perpetuaban su aislamiento, cada cual abriendo solamente vías de comunicación en dirección al mar para ligarse a las metrópolis económicas ultramarinas. En cuanto las estructuras sociales abiertas de los EE. UU. del Norte, sus diversas actividades económicas y la abundancia de las tierras por ocupar en el Oeste, unidas por vias de comunicación al mercado nacional, permitirían a la América anglosajona atraer a decenas de millones de emigrantes venidos de Europa, la inmigración europea fue durante mucho tiempo desviada de América Latina por la ausencia casi completa de empleos industriales, por la apropiación de tierras accesibles en provecho de inmensos dominios improductivos. Mientras la población de los EE. UU. se multiplicaba por veinte entre el censo de 1790 y el de 1900, la de América Latina no se multiplicaría por más de cuatro en idéntico intervalo de tiempo: cuatro veces más numerosa que la de los EE. UU en el final del siglo XVIII, esta población era sensiblemente menos numerosa a fines del siglo XIX” (13).


 


Hemos visto también que la unidad (o la división) de los antiguos imperios coloniales, en sí, no explica ese destino divergente, si no es considerada junto a otros factores que remiten a los diversos modos de producción (o sea, a la existencia o no de una burguesía capitalista). Lo mismo cabe decir del latifundio (apuntado por muchos autores como causa unilateral del atraso de América Latina, pero que también existía en EE. UU.). Es la presión de la burguesía industrial, en el sentido de reducir los beneficios de los terratenientes, para apropiarse de una porción mayor de plusvalor social, lo que acaba transformando —como ocurrió en Inglaterra— la agricultura en una rama de la producción capitalista. La ausencia de esa clase hace que el latifundio sea una fuente estrecha de acumulación capitalista, y no la extensión en sí de la propiedad agraria (si no fuera así, la estructura latifundista de vastas regiones norteamericanas habría impedido el desenvolvimiento del capitalismo industrial en los EE. UU.). En los EE. UU. (a diferencia de América Latina) ocurrió que “durante toda una época, se mantuvo un equilibrio-aproximado entre la agricultura y la industria: sus intereses fuera de las fronteras eran episódicos y bastante insignificantes. EE.UU. siguió entonces una política aislacionista que se tornó más fácil por una situación geográfica única” (14).


Finalmente el “aislacionismo” norteamericano, confrontado con la apertura primario-exportadora latinoamericana (explicación cara a los “dependientistas” latinoamericanos) tampoco fue por sí solo factor de atraso y pertenece más al ámbito de la ficción: “La independencia de España no transformó a América Latina en una región exportadora importante de productos alimenticios y materias primas, ni la hizo ingresar en el mercado internacional como importadora de productos manufacturados. Europa Occidental, sus colonias, Europa meridional y Oriental y EE. UU. se encontraban totalmente abastecidos con sus propios productos alimenticios y materias primas industriales. América Latina no consiguió vender nada a Europa que le permitiera comprar algo a cambio. Después de una primera y febril actividad que coincidió con la reapertura de los mercados, que hasta entonces estaban cerrados, América latina se retiró del mercado mundial y permaneció fuera de éste durante los primeros 50 años de su independencia política … Durante esos 50 años se mantuvo ajena a las corrientes del comercio y a las finanzas mundiales. Los países europeos comerciaban entre sí, con sus colonias, con sus proveedores tradicionales y con EE. UU. El capital europeo se encontraba totalmente comprometido con las finanzas de Inglaterra y del resto de Europa, principalmente en lo referente a vías férreas. Cuando cruzó el Atlántico encontró su nueva morada en EE. UU” (15).


En los procesos americanos de independencia, la administración colonial fue reemplazada por las clases económicamente dominantes de las colonias.


 


Es verdad que esas clases ya participaban en cierta medida del poder en la época colonial, pero también en Europa la burguesía ya participaba limitadamente del Estado absolutista monárquico antes de derribarlo. La gran excepción de la época colonial fueron las “colonias de poblamiento” de Nueva Inglaterra, que generaron una formación económico-social exactamente opuesta a las otras (pequeña propiedad, producción dirigida en primer lugar al mercado interno, trabajo libre, producción diversificada y precozmente industrial) favorable al desarrollo de una burguesía capitalista y de un capitalismo industrial precoz. Al luchar por sus propios intereses desde antes de la Guerra de la Independencia, consiguió imprimirle a ésta su propia dinámica y fue una cuestión de sobrevivencia (a riesgo de ser expropiada por los hacendados del Sur) continuar la expansión de su sociedad en los Estados Unidos independientes. Esto produjo una dinámica de desarrollo totalmente diferente desde el comienzo de la era independiente en EE.UU, en relación a otras ex-colonias americanas.


 


La inmigración europea, favorecida desde las primeras décadas por EE.UU, aliviaba el peso del desarrollo industrial, porque era Europa la que había soportado la responsabilidad de la infancia inactiva de estos inmigrantes adultos: América Latina, mientras tanto, conocía un crecimiento demográfico mucho menos rápido, que no por eso dejaba de pesar fuertemente sobre su desarrollo económico y social pues éste se debía solamente al gran número de hijos que era necesario mantener y que habría sido necesario poder educar para emplearlos en otros trabajos que no fueran los de una agricultura rudimentaria, que era la gran proveedora de mano de obra barata para los latifundistas. Para tener una idea de lo que esto significó diremos que en EE.UU entraron de 1820 a 1860 más de 5 millones de inmigrantes mientras que en Brasil se registra hasta esa fecha menos de 50.000. Cuando en el cono sur latinoamericano y en Brasil el desarrollo capitalista favorecía la inmigración, el desarrollo industrial de EE.UU hace que las distancias sigan creciendo: entre 1870 y 1914 10 millones de personas entran en la Argentina, Uruguay y Brasil (26 millones en EE.UU en el mismo período).


 


Pero la política inmigratoria es una consecuencia de la estructura de la propiedad de la tierra. El gobierno de EE.UU favoreció con su política de inmigración la ocupación de las tierras del oeste y, con menos éxito, la extensión en ellas del sistema de pequeña propiedad. En América Latina, por el contrario, de las tierras se ha apropiado, o espera hacerlo, la clase dirigente de los latifundistas, a veces con fines exclusivamente especulativos. La estructura latifundista, aliada al atraso industrial es responsable por la inexistente o tardía política inmigratoria (en la más que despoblada Argentina empieza recién en la segunda mitad del siglo XIX). Y las dos, como veremos son la base del bloqueo al desarrollo capitalista industrial. Antes debemos decir que esto no se debía a un bloqueo de la producción mercantil por parte de los países latinoamericanos sino de su desarrollo, de la única manera que su clase dirigente (aristocracia criolla y hacendados) la concebía: como producción primaria en gran escala para el mercado mundial. Por eso impide el acceso a la propiedad de la tierra e inclusive favorece su despoblamiento, como ya lo había notado en 1845, refiriéndose a la Argentina y a las grandes extensiones de los propietarios de ganado, uno de los principales intelectuales y hombres políticos de nuestro continente: “La procreación espontánea forma y aumenta indefinidamente la fortuna; la mano de obra está demás; su trabajo, su inteligencia, su tiempo no son necesarios para la conservación y para el aumento de los medios de vida” (Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Civilización y Barbarie).


 


Estas condiciones estructurales originadas en la época colonial y preservadas por las revoluciones de la independencia serán el obstáculo decisivo para el desarrollo de los embriones de capitalismo industrial. Este requiere tres condiciones: 1) la existencia de un mercado libre de trabajo, obstaculizado por la relativamente baja densidad demográfica de los países latinoamericanos, por la ausencia de inmigración y por la sobrevivencia de institutos de trabajo forzado (“esclavitud por deudas” en Méjico, esclavitud lisay llana en Brasil); 2) la existencia de un mercado de consumo interno, trabado por el nivel rudimentario de vida de poblaciones restringidas a una agricultura de subsistencia (el limitado mercado de las aristocracias dirigentes se satisfacía plenamente con las importaciones de manufacturas que se habrían encarecido, en un principio, si hubieran sido producidas en el país); 3) la existencia de un mercado de capitales dispuestos a la inversión industrial, insignificante, debido a las mayores ganancias producidas por la producción primaria y por la especulación agraria.


 


En EE.UU! las condiciones estructurales consolidadas por la independencia (ausencia en la mayor parte del territorio de monopolio de la tierra, pequeña propiedad agraria como factor dominante, libre competencia generada por la acumulación de capital dirigida hacia la más rentable producción industrial) fueron campo propicio para una sociedad civil igualitaria (sin más desigualdades más que las generadas por la competencia) que fue la base para prácticas políticas crecientemente democráticas, pues las prácticas oligárquicas y de patronato —aunque existían se tomaban incompatibles con su base económica. En América Latina las independencias, consolidando condiciones opuestas, terminaron creando prácticas opuestas: “No existe una sociedad civil relativamente homogénea en la que los individuos se encuentren en una interacción general. La unidad administrativa del Estado engloba un archipiélago de unidades sociales relativamente aisladas. La heterogeneidad de las relaciones de producción se manifiesta en la fragmentación del proceso de producción y de circulación. No existe una esfera única de circulación, y por lo tanto, falta base material para la existencia de ciudadanos libres e iguales. Si el mercado es el ámbito en el que surge la ‘sagrada familia* de libertad, igualdad y propiedad privada resumida en la noción de ciudadano, entonces la falta de un mercado nacional quita a la democracia burguesa su fundamento económico. El desconocimiento de las raíces terrenas de los sagrados principios de la democracia liberal vuelve estériles las intenciones de realizar la ideología democrático-burguesa en América Latina” (Norbert Lechner).


 


Esto a pesar del hecho de que algunos líderes liberales de la lucha por la Independencia (Mariano Moreno en la Argentina, Simón Bolívar, los republicanos en Méjico) se hayan propuesto con ella, dictatorialmente si fuera necesario (como fue el caso de la dictadura contra los tories en EE.UU.) sentar las bases para una sociedad democrática. En este carácter frustrado de la revolución democrática (la democracia es proclamada como principio formal pero no encuentra bases económico-sociales en las que asentarse) está el origen de la cuestión nacional latinoamericana. “La conciencia nacional surge más como determinación externa (reconocimiento de Londres y Washington) y como conciencia estamental que como experiencia común de los ciudadanos. El recurso a la 'patria' no crea una identidad que identifique el territorio como una nación. Así se explican los dos procesos complementarios en las primeras décadas de la independencia: lucha prematura entre conservadores y liberales por la forma del Estado y rápida preponderancia del gobierno central como principal mecanismo unificador” (Lechner). En EE.UU., por el contrario, como vimos, fueron las fuerzas económicas las unificadoras de la nación, que surgió a partir de los reclamos democráticos de los ciudadanos, lo que redujo el poder del Estado y volvió compatible a la Nación con un federalismo que otorgaba amplia autonomía a sus componentes.


 


La prematura victoria de los liberales en la América hispánica, que excluye los proyectos monárquicos de los conservadores, no resuelve la cuestión, pues detrás de ella “se oculta una doble ambigüedad: en las relaciones exteriores, el liberalismo como soberanía de las partes es contradictorio con la dependencia económica. En las relaciones internas el liberalismo como democracia es contradictorio con la dominación oligárquica. El Estado ni es plenamente soberano (dominación externa) ni es plenamente nacional (ciudadanía restrigida)… se constituye como contradicción entre un contenido oligárquico y una forma democrática” (Lechner). En el Brasil imperial esa contradicción se verifica por la coexistencia de un liberalismo aparente que no puede tapar la esclavitud, el “coronelismo” y el patronato que sostienen su sistema político.


 


La economía primario-exportadora, la gran propiedad latifundista, la temprana dependencia económica, la revolución democrática frustrada (victoria apenas formal del principio democrático), la inexistencia de una burguesía y un capitalismo industriales son los eslabones que arman la cadena de la debilidad constitutiva de la Nación en los países latinoamericanos, debilidad que se expresa en primer lugar ante las naciones extranjeras. La fragmentación política “en si” significa poco pues como señala Tulio Halperín Donghi “Inglaterra no tenía motivos para oponerse a la formación de unidades políticas más amplias, en las que su penetración comercial encontrara grandes espacios ya sólidamente pacificados: el ejemplo brasileño demuestra satisfactoriamente como las relaciones de fuerza permiten enfrenté con tranquilidad las veleidades autonomistas que podrían haber surgido en el seno de las llamadas grandes potencias”. Otra cosa es que esa fragmentación fuera utilizada, como fue, para debilitar todavía más a las jóvenes naciones y para usarlas a unas contra las otras como guardianas de los intereses extranjeros, intereses que se consolidan no debido a la fragmentación sino a la debilidad estructural de las naciones. De esta manera Inglaterra ya plenamente capitalista va multiplicando no sólo su penetración económica sino también su intervención política en la antigua quintita ibérica. Desde 1823 con la “Doctrina Monroe” (América para los americanos), dirigida en primer lugar contra las intervenciones de las potencias europeas unidas en la Santa Alianza (1815), la joven democracia norteamericana proclama también su interés estratégico en América Latina. Y no es porque sí: 20 años más tarde anexaría casi la mitad de Méjico, 10 años más y Nicaragua se vería obligada, bajo la presión de los cañones yankis a firmar un “Acta de Amistad” que consolida los intereses norteamericanos en América Central. Puede parecer paradójico que el “débil” gobierno norteamericano, de poder limitado y con problemas en su interior, sea capaz de imponer su voluntad a las “fuertes” dictaduras latinoamericanas. Es que el juego de las apariencias no debe ocultar las contradicciones: la “débil” democracia yanki se basaba en el poderoso desarrollo interno de la nación (base de la fuerza de su Estado); en América Latina, la misma contradicción que daba un contenido oligárquico a la democracia liberal causa la debilidad de contenido de las “fuertes" dictaduras (lo que, por otra parte, el siglo XX llevó al paroxismo), que no hacían más que expresar la debilidad del Estado y de la Nación que lo sostenía.


 


Otro signo de la debilidad constitutiva de las naciones latinoamericanas es el hecho de que las potencias capitalistas europeas más débiles hayan intentado reconstruir sobre ellas sus imperios coloniales. Así fue con Francia, que en la segunda mitad del siglo XIX trató de hacerlo invadiendo Méjico (apoyada por España y por la interesada Inglaterra que, más cauta, prefería actuar disimuladamente).


“El destino manifiesto de Francia estaba puesto, por tanto, en su declarado propósito de contribuir a la conquista de la unidad nacional y de su independencia estatal por parte de los países europeos divididos. Y en función de esta tarea, que ocultaba detrás de las grandes consignas de la revolución de 1789 los oscuros designios de un capitalismo retrasado con ínfulas de poder, Francia debía reivindicar para sí la dirección y la protección de las razas 'latinas’. Tal fue … el fundamento ideológico de la desafortunada intervención en México…el descubrimiento del carácter ‘latino’ que mancomunaba a las repúblicas americanas del sur no era otra cosa que una expresión ideológica bonapartista para conquistarlas económica, política y culturalmente (16).


 


Intentona fracasada pero pagada con sangre mejicana. En la segunda mitad del siglo fracasarían también los intentos de España de recomponer el Imperio (a partir de la incorporación de Santo Domingo y de la conservación de Cuba y Puerto Rico) que fueron sostenidas tanto por la monarquía como por la oposición liberal (lo que dice bastante de la naturaleza del liberalismo español). Como dijo Engels: “Sería un error suponer que los liberales españoles comparten las opiniones del liberal inglés Mr. Cobden en lo que hace a la renuncia de España a sus colonias. Uno de los objetivos de la Constitución de 1812 era la con serla Guerra de Secesión, con una verdadera contrarrevolución: la guerra del Paraguay, expresión concentrada de las limitaciones, del cáracter antinacional y antidemocrático de las oligarquías latinoamericanas.


 


En nuestro continente, Paraguay, independiente desde 1811, fue una especie de “Japón de América Latina”, valiéndose del proteccionismo industrial y organizando un capitalismo de Estado basado en el monopolio estatal de la tierra y de la renta aduanera, haciendo así florecer fundiciones, astilleros, telégrafos y ferrocarriles con una renta nacional muy inferior a la de sus vecinos Brasil y Argentina. En pequeña escala una política similar a la de la “Revolución Meiji” (1868) en Japón que viabilizó en este país el desarrollo capitalista a partir de su organización por el Estado imperial. La excepción —Paraguay— confirma, sin embargo, que semejante desarrollo era posible en América Latina independiente, lo que la habría llevado a una unidad mayor contra las potencias extranjeras y a un desarrollo mayor y más autónomo de la industria, o sea del capitalismo en su forma más progresiva. La masacre del Paraguay fue una verdadera destrucción de fuerzas productivas y de la posibilidad de su desarrollo amplio en América Latina, al mismo tiempo que dio forma acabada a los principales estados del continente: Paraguay con un millón de habitantes “después de 1870 (guerra) no llega al cuarto de millón del cual apenas 30.000 son hombres útiles” (21).


 


El resultado final del desarrollo latinoamericano del siglo XIX fue un retroceso relativo de las fuerzas productivas que determinará su estatuto semicolonial en el contexto mundial del capitalismo imperialista, que se desarrolla a partir del último cuarto del siglo XIX. América Latina tenía el 11% del comercio mundial en el siglo XVIII: a fines del siglo XIX ese porcentaje había bajado al 5% (22).


El atraso y la desunión de América Latina se constituyeron así en la contracara dialéctica del avance y de la unión de EE.UU. y fueron la base histórica del imperialismo norteamericano cuyo primer paso independiente fue declarar a América Latina como su “patio trasero”. Aunque a lo largo del siglo XX las bases del imperialismo yanki hayan alcanzado carácter mundial, nunca perdieron su base histórica latinoamericana ni la característica de que América Latina fuera su “sector privilegiado”.


 


Durante el apogeo del imperialismo yanki en la segunda pos-guerra (1950-1965), las cifras que damos a continuación ilustran lo que hemos dicho:


 


La penetración imperialista en América Latina aceleró el desarrollo capitalista, pero sin cambiar el raquitismo social de la burguesía nativa. EN el siglo XX esto va a dar al proletariado latinoamericano un papel central en la historia de continente al tiempo que va a acentuar todas las características antidemocráticas de la vida política. En la célebre formulación de León Trotsky: “En la medida en que (en los) países atrasados el papel principal es desempeñado por el capitalismo extranjero, la burguesía nacional ocupa, por su propia posición social, una situación inferior a la que corresponde el desarrollo de la industria. En la medida en que el capital extranjero no importa trabajadores sino que proletariza a la población local, el proletariado nacional desempeña rápidamente un papel decisivo en la vida del país. En estas condiciones el gobernó nacional, en la medida en que intenta ofrecer resistencia al capital extranjero, se ve forzado a apoyarse, en mayor o menor escala, en el proletariado.


 


“Por el contrario, los gobierno que consideran inevitable o incluso más provechoso ir de la mano con el capital extranjero, destruyen todas las organizaciones obreras e instauran un régimen más o menos totalitario. Por lo tanto, la debilidad de la burguesía nacional, la falta de tradición de gobierno anterior, el crecimiento más o menos rápido del proletariado, amenaza los fundamentos de todo régimen democrático estable. Los gobiernos de los países atrasados, o sea coloniales o semicoloniales, asumen un carácter bonapartista o semibonapartista y difieren unos de otros en el hecho de que algunos tratan de orientarse en una dirección más democrática y tratan de buscar apoyo en los trabajadores y campesinos, mientras otros instauran una forma de dictadura militar y policial. Esto determina de igual manera el destino de los sindicatos. O bien se colocan bajo la tutela del Estado o bien son sometidos a una cruel persecución. La tutela del Estado está dictada por dos exigencias que se contraponen: primero, la necesidad del Estado de acercarse a la clase obrera como un todo y ganar de esa forma apoyo para resistir a las pretensiones excesivas del imperialismo. Y en segundo lugar disciplinar a los trabajadores, colocándolos bajo el control de una burocracia” (23).


 


El pasado histórico nos dejó una herencia que define exactamente el rol y las tareas de la revolución latinoamericana en nuestro siglo: “Ningún país de América Latina o del Pacífico situado bajo la dominación del imperialismo norteamericano puede alcanzar su total liberación limitándose a sus propios esfuerzos. Sólo la unión de los pueblos de América Latina, orientada hacia una América Socialista consolidada, aliada al proletariado revolucionario de EE.UU., sería lo suficientemente fuerte como para enfrentar con éxito al imperialismo norteamericano. Del mismo modo que los pueblos del Viejo Mundo no pueden resistir con éxito a la presión del coloso norteamericano que los lleva a la guerra más que con el establecimiento de los Estados Unidos de Europa bajo la forma de la dominación socialista del proletariado, los pueblos del hemisferio oriental no pueden alcanzar la verdadera independencia nacional, la posibilidades de desarrollo ilimitado, la liberación de la dominación de los tiranos extranjeros y nativos, sino unificándose mediante la unión de repúblicas socialistas de América” (24).


 


La liberación de América Latina, su unión contra la presión externa, no es sin embargo tarea de la burguesía latinoamericana, heredera de la oligarquía colonial que frustró los procesos de independencia y mantuvo el atraso a lo largo de todo el siglo XIX. Como ya había planteado la IV5 Internacional en 1934: “América del Sur y Central no podrán liberarse de su atraso y de su dependencia mientras no reúnan a todos sus estados en una poderosa federación. Esta grandiosa tarea histórica está destinada a ser resuelta no por una burguesía sudamericana retardataria agente totalmente prostituido del imperialismo extranjero, sino por el joven proletariado sudamericano, jefe elegido por las masas oprimidas. De esta forma, la consigna de la lucha contra la violencia, contra las intrigas del capitalismo mundial y contra el trabajo sangriento de las camarillas de compradores indígenas es: los Estados Unidos Soviéticos de América del Sur y de América Central”.


 


A mediados del siglo XIX Marx afirmó que la revolución irlandesa era la clave de la revolución inglesa, clave a su vez de la revolución europea. La sobrevivencia del capitalismo nos obliga a constatar, a fines del siglo XX, que la revolución latinoamericana es la clave de la revolución norteamericana, clave a su vez de la revolución socialista mundial. Así, América Latina, que fue a través de la acumulación capitalista primitiva, la placenta uterina del capitalismo mundial, tiene ahora en compensación, en el período senil del capitalismo, el privilegio histórico de ser también su tumba.


 


 


Notas:


(1) Milcíades Peña, “El paraíso terrateniente”, Buenos Aires, Fichas, 1973.


(2) José Arico, “Marx y América Latina”, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1982.


(3) Manfred Kossok, “El contenido burgués de las revoluciones de Independencia en América Latina”, Historia y Sociedad, 4, Méjico, 1974.


(4) Tulio H. Donghi, '‘Historia contemporánea de América Latina”, Madrid, Alianza, 1976.


(5) IbidemRuggiero Romano, “Le rivoluzioni borghesi”Milan, 1973. CF también Dexter Perkins, “Historia de la doctrina Monroe”, Buenos Aires, EUDEBA, 1964.


(6) Emilia Viotti de Costa, “Da Monarquía a República”, San Pablo, DIFEL, 1966.


(7) Fréderic Mauro, “Nova História e Novo Mundo”, San Pablo, Perspectiva, 1982.


(8) Carlos Guilherme Mota, “Nordeste 1817”', San Pablo, Perspectiva, 1975.


(9) Raymundo Faoro, “Os dorios do poder”, San Pablo, Global/EDUSP, 1967.


(10) Emilia Viotti da Costa, op. cit.


(11) Ibidem


(12) Jacques Lambert, aAmérica Latina", San Pablo, Companhia Editora Nacional, 1979.


(13) IV Internaciona, “Le rdle mondial de l’impérialisme américain”, Quatrieme Internacionale, N5 1, París, 1938.


(14)


(15) UoJ D.C.M. Platt, “Observaciones de un historiador a la teoría de la dependencia en América Latina en el siglo XIX”, Desarrollo Económico, N° 76, V. 19, Buenos Aires, Enero-Marzo 1980.


(16) de) José Arico, op. cit.


(17) F. Engels, “New York Daily Tribune”, 1Q de setiembre de 1854.


(18) Cit. in Miklós Molnar, “Marx, Engels et la politique internationale”, París, Gallimard, 1975.


(19) F. Engels, “A propósito de la cuestión irlandesa”, In: Marx-Engels, Acerca del colonialismo, Madrid, Jucar, 1978.


(20) 20. J. Warley y H. Díaz, “La civilización y la barbarie de Sarmiento”, Prensa Obrera, N8 244, Buenos Aires, 6 de octubre de 1988.


(21) Raúl Larra “Historia de América 1824-1914”, Bs As, Ediciones Argentinas, 1978


(22) Gláucio A. Dillon Soares, “A questao agraria na América Latina”, Rio de Janeiro, Zahar, 1976.


(23) León Trotsky, "Os sindicatos na época da decadencia imperialista”, Polémica, N° 1, Belo Horizonte, Vega, 1978.


(24) IV5 Internacional, op. cit.


 

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