La ultraderecha y el fascismo hoy: ¿cómo enfrentarlos?

En el último tiempo asistimos a un fenómeno político en desarrollo. Diferentes grupos y formaciones que se inscriben en la extrema derecha -incluso algunas que se reivindican fascistas- han logrado salir de la marginalidad política y convertirse en actores relevantes del escenario político. En el terreno electoral, lograron conquistar representaciones de peso y hasta meterse en la pelea por el gobierno. Sus campañas, sus proclamas y sus acciones levantan perspectivas reaccionarias de ofensiva contra las masas. Aunque, contradictoriamente, logran adhesiones significativas en concentraciones obreras y populares.

Las filiaciones de estos grupos son muy diversas. Algunas apelan a una continuidad -más o menos abiertamente- con las experiencias fascistas del pasado. El caso más emblemático es el de la premier italiana Giorgia Meloni y sus “Hermanos de Italia”, quienes se reclaman herederos político-organizativos del Movimiento Social Italiano, el partido de los fascistas en la posguerra. Pero también el AfD de Alemania y los Demócratas de Suecia -nazis-, o el culto al franquismo practicado por Vox en España.

Otros, tienen su arraigo en los grupos sociales más conservadores y represivos. Un ejemplo es José Antonio Kast, el excandidato a la presidencia de Chile, identificado con quienes reivindican el pinochetismo; también en aparatos militares o de choque, como Jair Bolsonaro, Ben-Gvir -apodado el fascista judío-, o los grupos trumpistas que propiciaron el asalto al capitolio estadounidense en 2021.

A pesar de existir algunas simpatías comunes, no son corrientes necesariamente solidarias entre sí. Los intentos de coordinación, como el lanzado por el grupo español Vox en 2022, no tuvieron continuidad. Los bloques de la ultraderecha en el parlamento europeo, por su parte, no presentan ni pretenden una homogeneidad política sobre temas claves, como la postura ante la Unión Europea o la guerra en Ucrania. De momento, persisten matices y divergencias.

Un hecho distintivito de esta etapa es que una inmensa porción de estos grupos combinan acciones reaccionarias callejeras con un notorio esmero electoral. Detrás de las proclamas contra “el sistema” y “la casta”, como vocifera Javier Milei, los vasos comunicantes con las fuerzas tradicionales del régimen fluyen a plena luz del día. Sus planteos políticos y económicos inmediatos implican golpes duros contra los trabajadores y choques interburgueses, pero enmarcados en el orden formal existente. Son iniciativas que entroncan con fracciones capitalistas, quienes a su vez promueven -directa o indirectamente- a estos grupos.

Los ataques contra los derechos obreros y de todas las minorías, el uso de retórica autoritaria o la conformación -aún incipiente- de grupos de choque despiertan, no obstante, una saludable aversión del activismo y de los luchadores más concientes, que repudian, con los recursos a mano, estas formaciones. Para los revolucionarios, corresponde organizar la lucha contra la ultraderecha y reflexionar sobre las condiciones actuales de este fenómeno reaccionario, sin omitir el fracaso de los regímenes políticos burgueses que le abrieron paso.

¿Un “fascismo con democracia”?

Los progresos obtenidos por grupos de ultraderecha o fascistas no deben ser confundidos con un apoyo decidido del régimen a una salida fascistizante. De momento, la mayor parte de la clase capitalista privilegia el “juego democrático” y el uso de sus mecanismos para disciplinar a los trabajadores, incluida la cooptación y la integración de las organizaciones obreras y movimientos sociales al Estado. Esto no quita que la crisis capitalista mundial, que se agravó con la pandemia y, ahora, con la guerra, venga haciendo su trabajo de topo. La erosión de las bases de la democracia -no solo de la periferia, sino en los países imperialistas- abre la posibilidad de que irrumpan jugadas más extremas, tanto a derecha como a izquierda. Estamos frente a un abanico muy amplio de posibilidades.

La tendencia hacia un pasaje en masa de la burguesía, como clase y con sus cuadros políticos, hacia variantes fascistas está condicionada por la lucha de clases. Es una variante atada a la correlación de fuerzas entre las clases sociales, y no específicamente con el carácter del fascismo, más o menos autoritario, violento o reaccionario.

En la actualidad, la burguesía no enfrenta una fuerza consistente y autónoma del lado de los trabajadores. El rol de las direcciones de colaboración de clases en el movimiento obrero y en los sectores que se reclaman populares ha sido decisivo para evitar esta confrontación. Más aun, cuando estás direcciones se han hecho con el control del Estado, evitaron por todos los medios desmontar las fuerzas represivas o revertir las legislaciones contra la clase obrera. Figuras como Gabriel Boric en Chile o Lula en Brasil practican una coexistencia con los sectores fascistas de sus países, muchos de ellos enquistados no solo en la oposición, sino directamente en el aparato estatal.

La aparición en escena de grupos políticos de corte fascista no significa que se hayan entronizado regímenes fascistas. Por supuesto, asistimos a gobiernos de ofensiva contra los trabajadores, pero no es posible afirmar que su llegada al gobierno, con casos como el de Bolsonaro en Brasil, Viktor Orbán en Hungría o Meloni en Italia, haya dado lugar a la instauración de regímenes fascistas a la usanza de un Hitler o un Mussolini, con su destrucción de las organizaciones obreras, de reemplazo de las instituciones de la democracia liberal burguesa con medidas de excepción y el establecimiento de un nuevo orden político de naturaleza corporativa.

Algunos sectores de la izquierda, de los cuales la revista Jacobin es una de las principales usinas ideológicas, ven en esta diferencia la emergencia de un fascismo de nuevo tipo, que sería capaz de coexistir con el sistema democrático. El siglo XXI habría alumbrado una suerte de “fascismo con democracia”1“Asistimos al nacimiento de un nuevo fascismo, un fascismo incompleto en esta fase (sobre todo en su capacidad de movilizar a las masas), pero ajustado a las nuevas condiciones económicas y políticas, y también a las sociales y culturales, o emocionales si se quiere: un fascismo posfordista que aprovecha los nuevos modos de politización (en particular a través de las redes sociales) y sueña menos con un futuro radiante que con el retorno a una edad de oro evidentemente mitificada, que aspira menos a conquistar el mundo a costa de las potencias competidoras que a imponer un mundo cerrado a costa de los grupos percibidos como «enemigos internos» (extranjeros, inmigrantes, minorías).” Palheta, U. (2023, enero). Jacobin América Latina. https://jacobinlat.com/2023/01/29/la-etapa-infantil-de-un-neofascismo-internacional/ 2“Sin embargo, a diferencia de los regímenes de la primera mitad del siglo pasado, no se propone hoy una institucionalidad alternativa, como fue el corporativismo y la dictadura de partido único. El sistema representativo no es para ellos anatema, como sí lo era para el fascismo original. Se conforman con restringir la vigencia de las instituciones, hostigar y buscar el desplazamiento de los gobiernos que no se ajustan por completo a sus pautas o son vistos como no confiables y con eliminar por la vía judicial a candidatos percibidos como «indeseables»”.Campione, D. (2020, noviembre). De Franco a Bolsonaro: fascismos y extremas derechas. Jacobin América Latina. https://jacobinlat.com/2020/11/06/de-franco-a-bolsonaro-fascismos-y-extremas-derechas/

Hablar de un fascismo de nuevo tipo es problemático y abre un gran peligro. El hecho de que las expresiones fascistas se mantengan, de momento, en el ámbito de la democracia burguesa no responde a un cambio de su naturaleza, sino a los condicionamientos impuestos por la lucha de clases y la correlación de fuerzas. Lo contrario es lavarle la cara a los fachos, y bajar la guardia contra la amenaza fascista.

La tesis de que estamos en un conflicto entre “democracia” (burguesa) y fascismo tiende a encubrir el hecho de que las fuerzas de ultraderecha y fascistas actúan con el apañamiento y complicidad de los gobiernos “democráticos” de turno. Su impunidad está sustentada en infinidad de vasos comunicantes con el aparato del Estado en todos sus estamentos y poderes, incluyendo las fuerzas de seguridad y la justicia.

La amenaza de la derecha es utilizada para contener a los trabajadores dentro de los límites del régimen democrático burgués y para hacer pasar las ofensivas antiobreras propiciadas por los regímenes democráticos -que ha pegado un nuevo salto con el desarrollo de la bancarrota capitalista-. Como contrapartida, cuando los golpes efectivamente ocurren, los representantes de la democracia tienden a no enfrentarlos. Algo que ya se vio en los episodios de Dilma Rousseff en Brasil o de Evo Morales en Bolivia.

Que las expresiones fascistas se mantengan en el ámbito de la democracia burguesa no responde a un cambio de su naturaleza, sino a los condicionamientos impuestos por la lucha de clases y la correlación de fuerzas.

El fracaso de los regímenes democráticos pavimenta el camino a la ultraderecha y a los grupos fascistas, cuyas acciones y propósitos no deben ser subestimados. Pero la lucha contra el fascismo debe hacerse desde una perspectiva de independencia de clase, apelando a los métodos propios e históricos de la clase obrera.

¿Dónde nos encontramos?

Un elemento descuidado en muchos análisis sobre el fascismo, y que es muy notorio en el viejo continente, es la voracidad de alzar a la propia nación sobre las rivales. Es un tema de tal importancia que, en referencia al fascismo histórico, distanció durante años a Hitler de Mussolini por pretensiones territoriales contrapuestas.

Pero, volviendo a la actualidad, ¿cómo imponerse sobre las burguesías rivales manteniéndose en el marco común de la Unión Europea? La fundación de esta alianza, a principios de los 90, al igual que la acuñación del euro -y antes la Comunidad Europea- significó el intento de las principales economías de Europa para establecer un contrapeso con la subordinación que Estados Unidos había impuesto al continente tras la Segunda Guerra Mundial. Se trató, asimismo, de un esfuerzo de rescatar a los Estados nacionales en crisis por medio de la creación de un estado supranacional. De este modo, se esperaba favorecer la estabilidad política en Europa y evitar una fractura mayor, incluyendo la posibilidad de que se desencadenen situaciones revolucionarias. Esto indica la dimensión de la crisis en el viejo continente y, visto en retrospectiva, los límites de sus burguesías para resolverla.3Un resumen de algunos de los ejes del debate sobre la Unión Europea y de los posicionamientos del PO al respecto puede encontrarse en Rieznik, P. (6 de diciembre de 2012). La izquierda revolucionaria y la Unión Europea. Prensa Obrera, 1251. https://prensaobrera.com/internacionales/la-izquierda-revolucionaria-y-la-union-europea

No es el caso, como plantea la revista Jacobin, de un triunfo póstumo del planteo del “ultraimperialismo” enunciado por Karl Kautsky a principios del siglo XX, sobre la posibilidad de expansión del capitalismo hacia una nueva etapa basada en la cooperación e integración entre los Estados. Sino de su contrario: una medida defensiva, de resguardo de la influencia ejercida por Estados Unidos tras la caída de la Unión Soviética y de un intento limitado de obtener su tajada en la colonización del antiguo espacio soviético. Es decir, de choque interimperialista, no de armonización.4Para profundizar en este debate, ver la nota de Andrés Roldán en esta misma edición y Kane, G. (2020, marzo). Manifiesto Socialista de Bhaskar Sunkara: ¿Cuáles son las tareas de los revolucionarios en Estados Unidos? En Defensa del Marxismo. https://revistaedm.com/edm/54/manifiesto-socialista-de-bhaskar-sunkara-cuales-son-las-tareas-de-los-revolucionarios-en-estados-unidos/

El rol desenvuelto por los países europeos en la actualidad, en primer lugar Alemania, se basa en su control de la Unión Europea, más precisamente de sus finanzas (Banco Central Europeo). Pero Alemania no logró colocar ni a Europa ni al capital alemán, “por sobre el resto” (“Deutschland über alles”, como pregonaban los nacionalistas germanos). La UE continúa siendo un socio menor de Estados Unidos en el terreno económico y en el militar.5Ver: Comité Nacional del Partido Obrero (1 de junio de 2022). Informe Internacional para el XXVIII Congreso del PO. Prensa Obrera. https://prensaobrera.com/internacionales/informe-internacional-para-el-xxviii-congreso

En términos históricos, la llegada de los nazis al poder representó la concreción de las aspiraciones de la gran burguesía germana. El usufructo de los recursos naturales de Alemania y de los territorios ocupados, tanto como el desarrollo de la industria en asociación con el Estado, se concebían como medios para barrer con sus competidores imperialistas -el capital inglés, pero también el estadounidense-. En menor escala, la misma tentativa fue impulsada por la burguesía italiana durante el régimen de Mussolini. No es la situación de hoy día, con un desarrollo nacional en Alemania o en Italia con un peso específico menor comparado con el de 80 años atrás.

Más cerca en el tiempo, tampoco tuvo éxito la vía -democrática- ensayada por la burguesía inglesa para recuperar la gloria de antaño. El brexit, la propuesta de salir de la Unión Europea para proseguir una relación más directa -aunque siempre subordinada- con Estados Unidos, no trajo el florecimiento esperado. Al contrario, Inglaterra quedó golpeada tras la pandemia, y la inestabilidad económica se tradujo al terreno político con la caída de quien ejecutó la salida, el primer ministro Boris Johnson, y el ostracismo de los impulsores originales del brexit.6Ver: entre otros artículos: Heller, P. (29 de noviembre de 2018). Brexit: Gran Bretaña y Europa convulsionadas. Prensa Obrera, 1530. https://prensaobrera.com/internacionales/brexit-gran-bretana-y-europa-convulsionadas

El fracaso del brexit en Inglaterra cuestiona la idea de que una asociación directa con Estados Unidos, sin la mediatización del escudo de la Unión Europea, permitiría un renacer de la burguesía local. Esta experiencia caló hondo en las actuales formaciones de extrema derecha europeas, que prácticamente bajaron su bandera histórica de romper -por derecha- con la UE. Los grupos fascistas en Europa aún deben sortear el obstáculo de que, si bien la permanencia en la UE atenta contra las posibilidades de la burguesía local de levantar cabeza, la ruptura del marco Europeo amenaza con ser contraproducente. Los límites del experimento de Meloni en Italia, y de otros grupos que aspiran a reproducir este modelo en sus países, está dado por este condicionante histórico.

Si la UE se encuentra subordinada a Estados Unidos, el devenir de las formaciones fascistas en Europa y la posibilidad de que la burguesía imperialista europea se sirva de ellas va a estar ligada al desarrollo del fascismo en Estados Unidos, como un nuevo intento de erguirse y someter con más rigurosidad a Europa, a la par de sus posibilidades de avanzar en una injerencia más directa en el viejo continente -todo lo cual no puede ser llevado a cabo sin grandes choques sociales y golpes de fuerza-. De fondo, lo que está latente es el riesgo de una confrontación entre EE.UU. y las potencias europeas. La guerra en Ucrania y la posibilidad de que Estados Unidos delinee el mapa europeo atiza situaciones como las de Polonia, donde un gobierno de extrema derecha colocó su territorio como peón yanki, tanto contra Rusia como contra los propios países líderes de la UE. La burguesía italiana, ¿está dispuesta a replicar este modelo?.7Ver: Arienti, L. (29 de septiembre de 2022). Giorgia Meloni, una fascista en la Unión Europea. Prensa Obrera, 1654. https://prensaobrera.com/internacionales/giorgia-meloni-una-fascista-en-la-union-europea

A lo que asistimos es a un resquebrajamiento de la Unión Europea producto de la crisis mundial y de la inviabilidad de las burguesías imperialistas para hacer frente a ella en los términos regulares. En la reciente reunión del Banco Mundial, se describe la situación actual de la siguiente manera: “Aumento de la pobreza. Escasez de alimentos. Crisis energéticas. Crisis de deuda. Cambio climático. Inflación. Guerra” 8Revisar informe “Reuniones Anuales de 2022: El desarrollo en crisis”. https://www.bancomundial.org/es/news/feature/2022/10/16/annual-meetings-2022-development-in-crisis Estas son las bases materiales del ascenso del fascismo, por un lado, y la apelación a gobiernos de frente popular, por el otro. Ambos son recursos extremos del imperialismo para sostener su dominio ante la crisis en curso.

De momento, el fascismo aparece como una carta demasiado arriesgada, en especial cuando todavía la democracia le ofrece a la burguesía una partida más segura y barata para contener a las masas. El debate en los círculos de poder sobre la utilización de recursos de excepción habla de tendencias a una polarización política, producto de la bancarrota capitalista, las tensiones de la guerra imperialista y la descomposición de la democracia, pero que todavía tiene un sendero por recorrer.

Así, hablar de derechización del panorama mundial -como irradia desde algunas usinas del imperialismo y hasta del campo progresista- no solo no se compadece con la realidad, surcada por tendencias contradictorias, sino que es una tesis interesada. Apunta a una extorsión contra los trabajadores. Bajo la idea de que, en la vereda de enfrente, se encuentra el monstruo invencible del fascismo, “todo vale”. Esto incluye tanto apoyar a uno de los campos burgueses o imperialistas en disputa, como la vista gorda frente a la “derecha fascista” que convive en el campo “democrático”.

De momento, el fascismo aparece como una carta demasiado arriesgada para la burguesía. Todavía la democracia le ofrece una partida más segura y barata para contener a las masas.

Durante la campaña electoral en Italia de 2022, que le dio el triunfo a Meloni, quienes más enfatizaron la advertencia genérica contra el fascismo fueron los medios de comunicación del imperialismo “democrático” europeo, como la cadena alemana DW, en línea con los planteos de la Comisión Europea (órgano directivo máximo de la UE). Pero la insinuación de sanciones contra Italia se disipó cuando la premier electa confirmó que honrará sus compromisos con el Banco Central Europeo. Por el momento, la Comisión Europea parece dispuesta a convivir con quienes ellos mismos señalan como fascistas -siempre y cuando paguen las cuentas-.

En Francia, la acusación de “fascismo” a un rival electoral, con el fin de impugnar la totalidad de su candidatura, fue concretada durante el balotaje entre Emmanuel Macron –un empresario europeísta- y su contendiente Marine Le Pen, de la ultra derecha francesa. Pero este no fue el foco de la campaña de Macron, sino de los sectores de la izquierda del régimen, que encontraron en la invocación al fascismo de Le Pen una cobertura “combativa” a su apoyo a Macron.9Ver: Arienti, L. (2022, 21 de abril). Francia: la izquierda ante la segunda vuelta presidencial. Prensa Obrera. https://prensaobrera.com/internacionales/francia-la-izquierda-ante-la-segunda-vuelta-presidencial ; Arienti, L. (2022, 13 de abril). Elecciones en Francia: ni Le Pen, ni Macron. Prensa Obrera, 1642. https://prensaobrera.com/internacionales/elecciones-en-francia-ni-le-pen-ni-macron Durante las protestas y huelgas de 2023, la izquierda que rechazó cuestionar a Macron y al régimen de la V° República quedó diluida, mientras que la derecha se reposicionó golpeando la tibieza presidencial.

En América Latina, el PT de Brasil y el PC y el Frente Amplio de Chile fueron quienes más insistieron en el fascismo de sus rivales, pero sin tomar ninguna medida de peso para combatirlos. La vociferación sobre el fascismo, seguida de inacción política, denota que la “democracia” no eligió como rival a los fachos -les deja pasar todas-, sino a los trabajadores, contra quienes busca forzar una suspensión de la lucha de clases.

Que no se trata de una derechización sino de una polarización también lo revela la presencia de recursos donde prima la política de contención frente a la insurgencia: el frente popular. 

El estallido chileno en octubre de 2019 y las rebeliones que atravesaron el continente derrotaron la apuesta represiva del golpe de Temer y el gobierno Bolsonaro en Brasil, la tentativa de incursión militar en Venezuela, el golpe en Bolivia o el retorno al uribismo en Colombia. Las rebeliones condicionaron el proceso. Quienes oficiaron como diques de contención durante los alzamientos, como Gabriel Boric en Chile o Gustavo Petro en Colombia, fueron ungidos en el gobierno de sus respectivos países.10Ver: Giachello, P. (2021, junio). Colombia, Chile, Perú: los desafíos de la izquierda latinoamericana. En Defensa del Marxismo, 57. https://revistaedm.com/edm/57/colombia-chile-peru-los-desafios-de-la-izquierda-latinoamericana/

En Europa, a la par del progreso de grupos fascistas, empieza una incipiente reactivación del movimiento obrero. Hemos asistido a grandes huelgas en Inglaterra, Grecia, Francia, España y Bélgica. Los gobiernos impulsores de la guerra tambalean y algunos caen. Es cierto que, en Italia, Mario Draghi fue reemplazado por Meloni, pero los laboristas repuntan en Inglaterra, y Jean Luc Mélenchon consolida su posición en Francia: dos casos en los cuales direcciones burguesas tienen que guiñar un ojo a las demandas populares.

Mientras tanto, en Estados Unidos asistimos a un empantanamiento, donde ni demócratas ni republicanos logran una mayoría estable. La emergencia de nuevos liderazgos republicanos, tanto o más reaccionarios que el de Trump, y su avance en distritos que eran bastiones de los demócratas, debe ser matizada con el reverdecer sindical a escala nacional, un correlato del progreso de los candidatos de la izquierda demócrata (DSA).

Contra el fascismo, debe impulsarse el frente en torno a acciones concretas de lucha, no discursivas, y convocar a todos los movimientos de lucha.

“¿Y ahora?”

La izquierda revolucionaria tiene un desafío por delante. La agudización de la polarización política pone de relieve la importancia de la intervención de los trabajadores con medidas de acción directa (huelgas, piquetes, movilizaciones, asambleas). Solo así se podrá enfrentar efectivamente a la derecha. El lanzamiento de convocatorias de frente único no puede ser hecho en base a la indiferenciación, sino en la claridad de que es necesario reagrupar a la totalidad de las fuerzas obreras para darle impulso a iniciativas con arraigo de clase.

Si está planteado el combate contra el fascismo, los revolucionarios deben impulsar el frente en torno a acciones concretas de lucha, no discursivas, y convocar a todos los movimientos de lucha. 

El frente único va acompañado de la defensa de la independencia de clase. El éxito político está asociado a desoír el llamado de la burguesía de suspender la lucha de clases en aras de enfrentar al “enemigo común”. Para combatir al fascismo y a la ultraderecha, es necesaria una delimitación con la burguesía “democrática” –la misma que le abre las puertas con sus ataques contra el pueblo, y sostener en alto la defensa de las reivindicaciones obreras. Lo mismo vale para las direcciones obreras de conciliación de clase. Cualquier tentativa de acción común debe tener por norte desatar las fuerzas obreras, no contenerlas.

La izquierda debe volcarse a intervenir y liderar propuestas en defensa de los derechos sociales y democráticos que la ultraderecha quiera cercenar. La militancia en favor del aborto legal en los plebiscitos locales de Estados Unidos de 2022, por ejemplo, jugó un papel en las luchas. Lo cual no debe opacar que, bajo la dirección de DSA, este impulso haya sido contenido y utilizado, al igual que el movimiento Black Lives Matter, como moneda de cambio en las pujas internas del Partido Demócrata -todo lo cual limitó el alcance de estas peleas y les birló la posibilidad de conquistar plenamente sus reivindicaciones. Las luchas por derechos sociales democráticos también deben ser bajo la perspectiva de la independencia de clase.11Ver: Kane, G. (2023). La crisis del imperio norteamericano, lucha de clases en tiempos de Trump y Biden. Buenos Aires, Argentina: Milena Caserola.

Una intervención audaz de la izquierda debe apuntar también a aquellos seguidores de fuerzas derechistas que, en fases iniciales, adscriban a sus planteos como una forma de hartazgo contra el régimen, sin suscribir necesariamente sus postulados ideológicos, como lo que ocurre con fenómenos como Milei en Argentina o “Payo” Cubas en Paraguay.

La emergencia de variantes derechistas pone a prueba la inserción real de los partidos revolucionarios, que deben echar raíces en la clase obrera. De no ocurrir, podríamos asistir a una generalización de la situación francesa con Marine Le Pen -y a su medida de Meloni en el norte italiano-, que arrasan en núcleos obreros tradicionales, muchos de los cuales adherían históricamente al Partido Comunista. Si la izquierda no capitaliza el derrumbe de las direcciones tradicionales, la ultraderecha, con planteos demagogos y reaccionarios, buscará allí sus fuerzas.12Ver artículos sobre Javier Milei en esta misma edición y Solano, G. (2023). ¿Por qué fracasó la democracia? Buenos Aires, Argentina: Planeta.

El fascismo y la ultraderecha deben ser nombrados y combatidos como tales, evitando tanto la desestimación de su alcance como la tendencia a sobreseer a la burguesía “democrática” que pavimenta su ascenso. En Argentina, la temprana caracterización y combate del Partido Obrero contra Javier Milei y sus “liber-fachos” constituye una preparación para las batallas que se vienen.


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