El hundimiento del Partido Socialdemócrata austríaco en febrero de 1934

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Testimonios


El lunes 12 de febrero de 1934, hacia las ocho y media de la mañana, el Dr. Otto Leichter, redactor del Arbeiter Zeitung (1) de Viena, telefoneaba a las oficinas del periódico para preguntarle al jefe de redacción, su amigo el Dr. Oscar Pollak, si había alguna novedad. Leichter estaba en ese momento en su casa, a medio vestir, a punto de desayunar. En una mano tenía el teléfono, en la otra su taza de café, pero todo su cuerpo, dotado por naturaleza de una singular movilidad, daba signos de la mayor impaciencia. En boca de Leichter, la pregunta no era una simple forma de hablar. Conocer las novedades del mundo era no sólo su oficio, sino también (más allá de las necesidades de su profesión) una necesidad vital de su espíritu, atormentado por una curiosidad insaciable. El deseo de saber a toda hora lo que se decía, se proyectaba, se pensaba y se hacía, constituía la más evidente de sus innumerables pasiones. Para él resultaba desconcertante cuando la jornada comenzaba sin haber podido conocer, antes del desayuno, la eventual escena que había tal vez transformado el mundo en el curso de la noche. Ni bien se levantaba, se aferraba al teléfono para compensar rápidamente las lagunas de información imputables a un profundo sueño.


 


Pero en verdad la atenta curiosidad que Leichter experimentaba esa mañana del 12 de febrero de 1934 tenía otras razones, más allá de su temperamento y su profesión. El movimiento obrero socialdemócrata austríaco, del cual este hombre de 36 años, de una actividad sin tregua, extraía su razón de ser y su subsistencia, se encontraba bajo la amenaza de destrucción violenta desde hacía meses. El choque decisivo que fascistas y socialdemócratas, extremistas y conciliadores de todas las tendencias profetizaban desde hacía mucho tiempo, para acusar, intimidar o para llamar al orden, se podía producir cualquier día, y las frases de guerra civil, que para los jefes sólo eran medios de intimidación, podían transformarse para sus hombres en un sangriento destino. Armados por las milicias fascistas de la Heimwehr (2), los "cristianos" descendidos de los Alpes se habían reunido desde pocos días antes en varias cabezas de provincia, a fin de provocar con sus amenazas de violencia la caída de los gobernantes de los Länders, mientras vieneses "respetables" despachaban por el "bello Danubio azul" metralletas y municiones llegadas de Checoslovaquia. Ni las amenazas abiertas, ni los tratados de paz secretos de los jefes socialdemócratas parecían poder modificar la mentalidad de los hombres del gobierno federal, quienes prefiguraban un futuro político desastroso para Austria. Estaban resueltos a instaurar su dictadura.


 


A la cabeza de este gobierno se hallaba el canciller federal Engelbert Dollfuss. Salido de los medios dirigentes de las zonas rurales de la Baja Austria, este doctor laborioso, por su constancia y su sentido del poder, se había elevado rápidamente por encima de la pesadez intelectual y de la estrechez aldeana de una y otra fracción de los jefes socialcristianos, cuyo arte de gobernar ya no respondía, desde hacía tiempo, a las exigencias de sus adherentes y de sus mandantes. Impresionada por el desarrollo del nacional-socialismo alemán, la burguesía austríaca se persuadía poco a poco de que eran necesarios métodos nuevos y radicales para superar la crisis económica y proteger su propia posición social contra los peligros del "comunismo". Cuanto más difícil era conciliar las reivindicaciones económicas y las necesidades sociales de las diferentes capas de la población, se tornava más vivaz el deseo de las clases poseedoras, de mentalidad clerical y tradicionalmente autoritaria, de abolir las restricciones y las barreras que la acción del Partido Socialdemócrata había impuesto a su expansión política desde la fundación de la República en 1918.


 


Favorecido por la agitación internacional, Dollfuss, poco después de su asunción como jefe del gobierno federal, se aprestó a aplicar los planes hasta ese momento no ejecutados de su predecesor y maestro, el prelado Ignaz Seipel, jefe de los socialcristianos. Este último no sólo había adoctrinado a Dollfuss con su sistema de democracia autoritaria, sino que además le había trazado el camino a seguir favoreciendo a las milicias fascistas y creando un frente de unidad burguesa "anti-marxista". Pero a diferencia de Seipel, muerto en agosto de 1932, Dollfuss no estaba a la altura de las tareas que se había impuesto y de las responsabilidades que iba a asumir. Estas sobrepasaban sus fuerzas y su capacidad de desarrollo. Su tendencia a lucirse y su hipocresía aparecían como un esfuerzo dirigido a compensar las desventajas de su pequeñez física. La falta de audacia, el temor de manifestarse partidario abierto de la violencia, sin la cual sus proyectos no podían ser ejecutados, empujaron a Dollfuss a tomar ese hábito de mentir que los aficionados benevolentes de las reformas, no menos que los conservadores empedernidos, tienen por la cima del arte de la política.


 


Llevado por el flujo de violencia que pronto habría de desencadenarse sobre Europa, Dollfuss creció rápidamente, pero su éxito fue de breve duración, y su asesinato, en julio de 1934, no fue más que el prólogo de la destrucción posterior de todo lo que estaba asociado a su nombre.


 


El 27 de mayo de 1932 el parlamento austríaco proclamó el gobierno formado por Dollfuss con el apoyo de los jefes de la milicia fascista, pero sólo con un voto de mayoría, si bien hay que reconocer que cada voto en el futuro próximo iba a poner su existencia en peligro. Por añadidura, debía esperarse con certeza la caída de este gobierno al día siguiente de las elecciones federales que se estaban preparando. Desde abril, las elecciones provinciales en Viena, en la Baja Austria y en Salzburgo, habían revelado que una fracción considerable de los tradicionales electores del Partido Socialcristiano se había pasado al nacional-socialismo. Durante un año Dollfuss discutió con el parlamento nacional; una tarea impropia para sus designios personales, antes de decidirse a dar el primer paso serio para su eliminación. El 1º de octubre el gobierno dictó una autoproclamada ordenanza de necesidad (Notverordnung) que fue su primer decreto sin aprobación del parlamento. Se justificó esta violación flagrante de la constitución por una ordenanza imperial de 1917 que había reglamentado el racionamiento durante el último año de la Gran Guerra, y que según la interpretación de algunos juristas no había sido derogada por la revolución y la constitución republicana. El 17 de octubre Dollfuss nombró secretario de Estado de Seguridad al mayor Emil Fey, caballero de la orden de María Teresa, jefe de la Heimwehr, el hombre más propenso claramente a tomar medidas de fuerza. Pero fue necesaria la desastrosa situación producida en Alemania, en la primavera de 1933, con el advenimiento de Hitler (quien comienza la danza de muerte de la vieja Europa con la destrucción del movimiento obrero alemán) para que Dollfuss ose dar el paso siguiente. Con el pretexto más falaz que conozca la historia de los golpes de Estado, eliminó totalmente el parlamento nacional hacia mediados de marzo: puesto que la clausura de la última sesión no había podido ser formalmente pronunciada en razón de la dimisión del conjunto del presidium, la convocatoria a una nueva sesión sería "ilegal". Contra la única tentativa de sus adversarios parlamentarios de abrir una sesión a pesar de la decisión gubernamental, Dollfuss se impuso con las fuerzas de policía. Por otra parte, ese mismo día, hizo desplegar las milicias de la Heimwehr y llegó incluso a movilizar el ejército federal para intimidar a los jefes socialdemócratas que, por su lado, habían movilizado sus propias formaciones de combate, el Schutzbund republicano. Pero más eficaces que las medidas de fuerza para quebrar su vacilante voluntad de resistencia, se revelaron las promesas confidenciales que les hizo Dollfuss a raíz de consultas ulteriores destinadas a "desenredar la situación".


 


Un día después el gobierno decretó la disolución del Schutzbund socialdemocrata en el Tirol, y dos semanas más tarde, el 31 de marzo, en toda Austria. Mientras tanto, el órgano central del Partido Socialdemócrata, el Arbeiter Zeitung, había sido sometido a censura previa. En abril, la Corte constitucional fue paralizada, y en mayo prohibida toda campaña electoral en el conjunto del territorio. El 20 de mayo de 1933, Dollfuss creó una organización con dirección autoritaria, la Vaterländische Front, partido único que sustituía a todos los demás. Fey, gracias a una reforma del gobierno, se había transformado en ministro de Seguridad. En el curso del verano, una parte de las milicias fascistas fue integrada al aparato de la fuerza pública, proclamándose "Freiwilliges Schutzkorps" (cuerpos de protección de voluntarios). En el mes de agosto, Dollfuss se encontró por tercera vez con su "gran amigo" Mussolini, cuyos consejos hasta ese momento habían sido confirmados con tan buenos resultados, y a quien le había escrito después de su segunda visita, en una carta del 22 de junio de 1933: "Estamos resueltos a expulsar a los marxistas de las posiciones de fuerza que aún mantienen, desde el momento que la situación lo permita". En el congreso católico de Viena, el 11 y 12 de septiembre, Dollfuss anunció ya abiertamente que se comprometería con la "vía autoritaria" (autoritären Kurs), dándole licencia definitiva a la democracia parlamentaria, mientras que por esta misma época, en Viena, conmemorando la victoria libertadora lograda contra los turcos, su "amigo y compañero de armas", Ernst Rüdiger von Starhemberg, a la cabeza de las milicias fascistas de la Heimwehr, exhortaba al canciller a expulsar a la socialdemocracia del edificio de la municipalidad de Viena. A través de una nueva reforma de gobierno, Dollfuss se desembarazó de algunos colaboradores recalcitrantes y, a instancias de Mussolini, para ejercer el poder concentró en sus propias manos los ministerios más importantes y nombró a Fey vicecanciller. El 27 de septiembre, la Heimschutz se unió al Frente Patriótico, atendiendo a que, como lo declaraban sus jefes, "el canciller federal, a partir de la nueva reforma de gobierno, ha abandonado conscientemente el terreno de la democracia parlamentaria".


 


Como cabía esperar, Dollfuss reconoció "el dedo de Dios" en el fracaso de un atentado con arma de fuego cometido contra él el 3 de octubre de 1933, y se volcó de allí en más con un renovado ardor a la parte más difícil (y aún incumplida) de su tarea. Comenzó por la destitución de las direcciones elegidas de las cámaras sindicales para obreros y empleados e hizo que estas corporaciones, a partir del 1º de enero de 1934, fueran administradas por comisiones formadas por sus partidarios, nombrados a dedo, siendo una ínfima minoría de esas cámaras. A continuación, con una ordenanza del 1º de febrero, su gobierno se arrogó el derecho de crear comisiones de seguridad en los Länder, los distritos y las comunas del conjunto del país. Y como si hubiera querido disipar toda duda sobre la naturaleza de sus intenciones, el 3 de febrero de 1934, en ocasión de una requisa llevada de manera provocadora y sistemática en los hogares y los locales del Partido Socialdemócrata, procedió al arresto de los viejos jefes del Schutzbund, de allí en más prohibido; al mismo tiempo, hacía reunir en diferentes capitales de los Länder a los miembros armados de sus propias formaciones de combate. El vicecanciller Fey, que Dollfuss había colocado una vez más a la cabeza del Ministerio de Seguridad el 12 de enero, organizó el 7 de febrero una vasta movilización de voluntarios del cuerpo de protección. Ese mismo día, desde Budapest, donde acababa de encontrarse con un emisario de Mussolini en el curso de una conferencia diplomática, Dollfuss anunció que era "ahora un deber absoluto poner orden con toda la energía requerida, en nuestra situación de política interior". El 8 de febrero, en Viena, Fey procedió a una requisa en la casa del PSD y en la redacción del Arbeiter Zeitung. El 9, el canciller, de retorno de Budapest, deliberó con los jefes de la Heimwehr sobre el "movimiento de regeneración patriótica" (Vaterländische Erneuerungsbewegung) en las provincias, donde la Heimwehr, lista para el golpe de Estado, exigía en forma de ultimatum la destitución de los gobernadores elegidos de los Länder. Su ministro de la Constitución, Dr. Ender de Voralberg, "demócrata convencido", declaraba al día siguiente que la "transición hacia el Estado corporativo se haría de manera autoritaria, incluso dictatorial".


 


En respuesta a un debate de conciliación, entre socialdemócratas y socialcristianos, que había tenido lugar en el Consejo comunal de Viena, el viernes 9 de febrero Dollfuss se explayó en una entrevista acordada el 10 a la Reichspost, órgano gubernamental católico. Rechazaba toda tentativa de arreglo con los socialdemócratas, se solidarizaba con los movimientos subversivos de la Heimwehr en las provincias y manifestaba que, aunque fueran pronunciados por políticos de su propio entorno, los discursos conciliatorios no tenían nada en común con sus concepciones. Ese mismo día le retiró toda atribución relativa a la seguridad al intendente municipal y jefe del Länder socialdemócrata de Viena. A la vez, nombró jefe de la policía a Seydel, director de Seguridad de la misma ciudad. Todo indicaba que el gobierno había terminado sus preparativos. El vicecanciller Emil Fey podía declarar en una reunión, el domingo 11 de febrero: "Mañana iremos al trabajo y haremos todo lo que hay que hacer".


 


Cuando el lunes 12 de febrero por la mañana Leichter telefoneó a su colega en las oficinas de redacción del Arbeiter Zeitung, era perfectamente consciente de las palabras y los actos de hostilidad que acababan de acelerar la marcha de los acontecimientos por la vía autoritaria. Con mayor atención que la que ponían decenas de miles de responsables del Partido Socialdemócrata y del Schutzbund que a esa misma hora se interrogaban sobre el flagelo que les reservaba el futuro, Leichter había seguido y comentado la evolución de esos acontecimientos con ardor sin par. Su significado se había hecho evidente, por más que por ese sesgo deformante que caracteriza las nociones y los juicios de las épocas de convulsiones políticas, la evaluación de las cosas ocultas, calculadas, aún poco desarrolladas, resulta incierta; que el acontecimiento visible y los deseos, tomados como realidades, ejercen una influencia destructiva sobre el pensamiento; que se rechaza provisoriamente lo que importa, se sobrestima lo que importa poco, e incluso se atribuye a menudo a aquello sobre lo que se tiene una justa apreciación un lugar equivocado por el caos espiritual en que se está, con tanta complacencia por la "clara conciencia de la situación".


 


Ni Leichter, ni Pollak, quien acababa de pasar la noche en la redacción para preparar el número del lunes del Arbeiter Zeitung, sabían aún a las ocho y media de la mañana lo que, en ese mismo momento, pasaba en Linz, sobre el Danubio. Allí un tal Kunz, miliciano del Schutzbund, a través de una ventana que daba al patio del Hogar obrero, hacía fuego, con una ametralladora bien posicionada, sobre la policía que había ocupado la parte del inmueble que daba a la calle; la misma policía tenía a su alcance las salidas, ventanas y puertas de la parte interior del edificio donde, desde hacía dos horas, se habían parapetado cuarenta milicianos del Schutzbund.


 


Por una singular coincidencia de azar y de proyectos, de astucias y de pasiones, estos cuarenta obreros de Linz habían creado el incidente histórico, que se operaba desde hacía tanto tiempo y fue tan a menudo aplazado, en el que los fusiles del partido iban a cumplir su destino.


 


A las dos de la madrugada, en la oficina del Hogar obrero, Richard Bernascheck, secretario del partido y comandante del Schutzbund para la Alta Austria, había recibido el siguiente telegrama desde Viena: "Ernst y Otto gravemente enfermos, diferir empresa". Tal era la respuesta del jefe del partido, Otto Bauer, a una carta que Bernascheck había hecho llegar a Viena el domingo a la tarde por dos de sus camaradas. "Si mañana, lunes, una requisa de armas se efectuara en cualquier ciudad de la Alta Austria", decía él en esta carta, "o si los responsables del partido, incluso del Schutzbund, fueran arrestados, la resistencia se hará por la fuerza". Los dos emisarios no encontraron a Otto Bauer hasta pasada la medianoche, cuando volvía del cine con su mujer; y no dejaron de informar a este hombre, que decidía en última instancia los destinos del partido, sobre la gran cantidad de milicianos del Schutzbund arrestados por la policía, las posiciones estratégicas ocupadas por la Heimwehr y las incontables ocasiones que la dirección del partido malogró para pasar al ataque. Pero la elocuencia de Otto Bauer pudo torcer la opinión de los emisarios de Bernascheck. Todo indicaba, les explicó Bauer, que en breve el gobierno pasaría a la agresión abierta. Ni bien llevara adelante el golpe de fuerza, anunciado por las milicias de la Heimwehr, contra la municipalidad vienesa, sería para la clase obrera la señal irresistible y estimulante de una lucha defensiva con éxito asegurado. De ninguna manera era el momento de perder la cabeza. Era necesario que Bernaschek retirara la orden de resistir dada a sus lugartenientes y a los grupos locales de la Alta Austria.


 


Desde la sombría jornada del 15 de marzo de 1933, durante la cual el partido había aceptado sin discusión la eliminación del parlamento, Bernaschek había combatido con una vehemencia creciente la política de esperar una ocasión favorable para resistir. "¿Deberíamos esperar hasta que todos seamos arrestados? ¿Acaso Fey no ha puesto ya en prisión a todos los jefes del Schutzbund? ¿No ve Otto Bauer que la confianza de las masas disminuye con cada retroceso frente al fascismo, y que todos los días aumenta el número de personas que se retiran amargadas, desconcertadas o indiferentes? ¿Los vieneses son incapaces de ver lo que sucede en Linz o en Innsbruck a plena luz del día?" Durante meses, Bernaschek y sus hombres se habían estado comunicando, mutuamente, sus crecientes emociones. Nunca este hombre apasionado se había sentido cómodo en el rol de temporizador que la política del partido reducía a todos sus subordinados, tanto a los temerarios como a los tímidos, a los audaces como a los pusilánimes. A menudo tentado de transgredir la disciplina del partido, de algunos meses a esta parte había resuelto actuar según su propia conciencia, dando la orden de desenterrar las armas y tenerlas listas para usar. Pero una vez que había tomado esta decisión con tanto trabajo, el telegrama de sus amigos reavivó su odioso desgarramiento. ¿Será posible, se preguntaba, que en Viena supieran algo que pudiese justificar ahora esta absurda espera de la destrucción segura? Lo avanzado de la noche le sirvió como pretexto para aplazar una decisión inmediata. Hacia las cuatro de la mañana se retiró a una habitación del hotel del Hogar obrero para ocultar con el sueño sus torturantes reflexiones.


 


Sin embargo, el telegrama dirigido al jefe del Schutzbund de la Alta Austria no había dejado de llamar la atención de los servicios de seguridad. Fey olfateó la ocasión. ¿De qué empresa intentaban disuadir al intempestivo Bernaschek? Lo más seguro era enviar a la policía. Por otra parte era un buen momento para poner a la sombra a este provocador. Si eso llevaba a un incidente, tanto mejor. Si a esa chusma cobarde se le ocurría resistir, daría el pretexto necesario al canciller y a algunas viejas mujerzuelas del gobierno, para terminar con los marxistas. El ministro de Seguridad concluyó ordenando para el lunes a la mañana una requisa de armas en la casa del partido en Linz y el arresto de Bernaschek.


 


Este último había vuelto a su oficina a las seis de la mañana. Estaba allí apenas hacía media hora, cuando un centinela de guardia en la puerta del Hogar le anunció que llegaba un destacamento de la policía. Era necesario decidirse ahora o nunca. ¿Se trataba solamente de una requisa? ¿La aparición de la fuerza policial no significaba acaso el arresto de todos los jefes, la ocupación de todos los locales del partido y al mismo tiempo su disolución? En el piso superior se encontraban las armas, llevadas allí durante la víspera por orden suya. Indefectiblemente la policía se apoderaría de ellas, arrestaría la guardia del Schutzbund y probablemente la encarcelaría con todos sus jefes conocidos. Una flaqueza de su parte en ese momento crítico lo cubriría de una vergüenza imborrable. Era necesario actuar en ese instante. Pero aún entonces Bernaschek se sometió una vez más al imperativo que, desde el origen, determinaba la lucha antifascista de la socialdemocracia austríaca: ordenó efectivamente a las milicias presentes del Schutzbund correr a las armas, pero se precipitó al teléfono para suplicarle a un representante moderado del campo enemigo que prevenga la catástrofe. El socialcristiano Schlegel, jefe del Länder, a quien Bernaschek sacó de su sueño, había sido él mismo amenazado por la Heimwehr de destitución pocos días antes; además, descalzo y en ropa de dormir, lo único que podía ofrecer era tomar "conciencia de la gravedad de la situación".


 


Bernaschek interrumpió los lamentables balbuceos del impotente gobernador cuando por la ventana de su oficina vio avanzar a la policía; eso le bastó para librarse por fin de sus escrúpulos de socialdemócrata, durante los últimos minutos de su carrera de militante. Rápidamente echó el cerrojo de su puerta; mientras la policía entraba a la casa, en el piso superior los milicianos del Schutzbund maldecían encontrar cerradas las puertas detrás de las cuales estaban los fusiles. Apenas Bernaschek se puso en comunicación telefónica con algunos de sus subordinados, cuando la policía golpeaba ya su puerta. Altivamente dio sus órdenes: "¡Alerten a Viena! ¡Huelga general! ¡Avisen a Steyer!". La puerta estaba mal cerrada y la policía entró en la habitación. "Entre seis y ocho pistolas me apuntaron", escribirá Bernaschek más tarde. "Tuve tiempo de sacar una pistola de mi bolsillo y tirar. Durante algunos segundos deseé morir. ¡No tener que asistir a ese final! Y sin embargo, yo no abandono la partida". Mientras tanto, pasando al exterior por una puerta de servicio, los milicianos del Schutzbund consiguen llegar a su depósito de armas. En la ansiedad del instante, los temores de los últimos días se transforman en certezas: el gobierno le va a dar el golpe de gracia al partido. Desde su atrincheramiento, los milicianos ven a su jefe Bernaschek arrastrado por el patio a las patadas y golpeado con la culata de los fusiles. Una hora más tarde, avanzando a través del patio, la policía abre fuego: así comenzó la sangrienta fase final de la lucha de los obreros austríacos contra las fuerzas de un nuevo Estado fascista.


 


Hundimiento de un partido


 


"Ciertamente algo está ocurriendo", fue toda la información que obtuvo Leichter de su amigo Pollak. "Ven a la redacción lo más rápido posible".


 


A esa hora, hacia las ocho y media de la mañana, el Ministerio de Seguridad ya había dado la orden a la dirección de la policía del Schottering de ocupar el inmueble del Arbeiter Zeitung durante la mañana.


 


Había "algo en el aire"; el joven secretario del partido, del distrito Saint-Veit del Glan, en Carintia, lo había escuchado una hora antes en boca de un miembro del comité director, poco antes de su partida hacia Viena. Allí esperaba obtener por fin del secretariado central la entrega efectiva de los explosivos prometidos desde hacía largos meses al Schutzbund de Carintia. Una vez más se había tenido que contentar con vagas promesas; en contrapartida, había tenido la preocupación de llevar a su casa una dirección secreta y una receta para la preparación de una tinta que se hacía invisible, medios conspirativos que le habían acercado sus amigos Ilse y Leopold Kulczar, la "pareja opositora". Ahora, él volvía a su provincia con la certeza de que las últimas horas del partido se estaban por vivir en el curso de esa semana. "Tengo la sensación de que será hoy mismo", le había dicho Rose Jochmann, la más joven entre los miembros del comité directivo, mientras se encontraban en la estación del Sur para tomar vacaciones por un tiempo indeterminado. Y el destino quiso en efecto que Rose Jochmann no encontrara a este camarada hasta dos años más tarde, bajo el nombre de Gustav Richter, cuando ella misma salía de una larga detención.


 


Eran las nueve y media cuando Leichter llegó a la redacción, bastante desierta, en razón del servicio de media jornada de los lunes; pero la excitación de las pocas personas presentes colmaba el edificio. Se sabía que algo estaba sucediendo en Linz. El Comité de Combate creado por el Comité Directivo del partido se había reunido, decían, y acababa de lanzar la orden de huelga general. Nadie tenía informaciones precisas, y ya los falsos rumores disimulaban como carne podrida el invisible esqueleto de los hechos. Formando un singular contraste con la inquietud de los redactores, los ejemplares del número del lunes del Arbeiter Zeitung, recién salidos de la imprenta, rodaban sobre los escritorios, perfectamente olvidados. Ni una línea de este número dejaba traslucir la más ligera sospecha de la catástrofe inminente, que iba a interrumpir por once años la aparición legal del principal órgano del partido.


 


Permanecer allí, inactivo, lamentándose, no se correspondía en absoluto con el carácter de Leichter. "¡Hace falta hacer algo inmediatamente!", gritaba, "Publiquemos una edición especial, ¡o al menos un volante!".


 


Un burócrata del secretariado del partido, cuya falta total de imaginación lo volvía impermeable a la agitación de las personas presentes, le remarcó tranquilamente a Leichter que Danneberg, el todopoderoso secretario del partido, no permitiría jamás que se corriera el riesgo de hacer una publicación ilegal en la imprenta del partido, "sobre todo en un momento tan crítico". No poder actuar en la hora más dramática de su carrera (él se desesperaba por la imposibilidad de escribir algo para publicar inmediatamente) era más de lo que Leichter podía soportar. "Negarse a advertir a la redacción del órgano del partido del acontecimiento más grave de su historia, ¿no es acaso escandaloso? ¿Por qué el comité no nos da una directiva? ¿Por qué la dirección de combate no se mueve? ¿Dónde está Bauer? ¿Dónde se escondió Deutsch (3)?"


 


Cuando Bauer supo a las siete de la mañana la novedad del incidente de Linz, enseguida se dio cuenta de sus consecuencias: el gobierno explotaría sin escrúpulos el pretexto buscado desde hacía tanto tiempo; al incidente de Linz le sucederían disturbios en otras localidades de Austria; la efervescencia que reinaba en numerosas empresas vienesas, desde el anuncio de los tiroteos de Linz, provocaría huelgas, mientras que en Viena el nerviosismo de los miembros del Schutzbund y la actitud provocativa de la Heimwehr y de la policía también daría lugar, infaliblemente, a tiroteos. Esto daría al gobierno el pretexto para la disolución del partido, decidida tiempo atrás.


 


Tratar de evitar la lucha armada, táctica que Bauer había preconizado hasta la madrugada de ese último día, se había vuelto imposible desde el primer disparo efectuado en Linz. Sin duda Bauer, conforme a esta táctica, no haría nada por impedir la lamentable comedia de negociaciones, que llevaba adelante otra fracción del comité directivo, dirigida por Karl Renner, para poner fin a su existencia. Pero en cuanto al mismo Bauer, no le quedó otra salida que movilizar el Schutzbund y lanzar la orden de huelga general. Cuando su resignación a una dimisión dolorosa no estuvo ya en condiciones de salvar la vida comprometida del partido, los preparativos y las amenazas de resistencia del Schutzbund le ahorraron al menos hundirse en una capitulación voluntaria.


 


Bauer convocó asimismo al Comité Directivo, que se reunió desde las nueve de la mañana en la que sería su última sesión, a pesar de la ausencia de algunos miembros. Políticamente, Bauer ya estaba muerto. Lo que todavía subsistía de la pujanza del partido, una acción aparentemente desprovista de plan, lo había hecho pasar a las manos del autoproclamado Comité de Combate, creado hacía algún tiempo por el Comité Directivo. Incluso el hecho de que Bauer, con su convocatoria a la huelga general y a la movilización del Schutzbund, estuviera a punto de encontrarse en minoría en el seno del Comité Directivo, no tendría consecuencias. Los acontecimientos se precipitaban sin tener en cuenta las resoluciones de la dirección del partido.


 


Bauer ordenó al Comité de Combate ocupar los locales que le habían sido designados de entrada. Hizo llegar a los secretariados sindicales la orden de huelga general. Encargó al jefe de propaganda Félix Kanitz que sacara, en una imprenta prevista para ello, el "Llamado al combate", redactado hacía largo tiempo. A su vez se acercó hacia las diez a la redacción del Arbeiter Zeitung, pero sin dar a los redactores ninguna directiva en cuanto a la resistencia armada.


 


Mientras Leichter, en la redacción, despotricaba contra la ociosidad a la cual se veía súbitamente condenado, Bauer se enfrentaba ya con el primero de esos imprevisibles obstáculos técnicos por los cuales su Comité de Combate se fracturaría rápidamente: los locales preparados por Otto Glöckel sobre el Wienerberg *algunas salas de las oficinas del Consejo Escolar municipal* no estaban disponibles.


 


En Linz, mientras tanto, un disparo certero había abatido al obrero Kunz, apostado tras la ametralladora de los hombres del Schutzbund, sitiados en el Hogar obrero. Desde las diez de la mañana un destacamento del ejército federal participaba del sitio del edificio. A las once y media, unos morteros fueron colocados sobre la ruta y apuntados hacia la tropa perdida de los defensores.


 


A esa misma hora, en Viena, la policía irrumpía en la casa del Partido Socialdemócrata. Decididos a salvaguardar todo el tiempo que fuera posible su libertad de movimiento personal, en previsión de las tareas aún desconocidas que les reservaba la nueva situación política, Leichter y Pollak habían abandonado la redacción algunos minutos antes de la llegada de la policía. Alejándose del edificio, dejaban detrás suyo no sólo el taller, a partir de ahora perdido, de su actividad, sino también ese vasto mundo político que desde su adolescencia los había alimentado y formado. Mientras ellos dos se dirigían hacia el Gürtel, atravesando el barrio Margareten, en Linz la guarnición proletaria del Hogar obrero capitulaba frente a las fuerzas del Estado, superiores en número.


 


Cuando Leichter y Pollak habían franqueado la distanc ia que separaba la casa del partido, sobre la calle Wienzeile, del domicilio de su amiga Lucia Loch, en el Margaretengürtel, hacia donde se encaminaban, fueron conscientes que entraban de allí en más en la ilegalidad. Desde marzo de 1933, en efecto, este departamento de la secretaria del sindicato de enfermeras había sido previsto como lugar de cita de la redacción en caso de una eventual disolución del partido.


 


En ese momento, los obreros de las centrales eléctricas municipales habían comenzado la huelga y se había detenido el tráfico de tranvías. Bajo el pretexto de que "una fracción de la organización obrera socialdemócrata había cesado de trabajar en la central eléctrica", el gobierno federal proclamó el estado de sitio en Viena. "El gobierno federal, teniendo listo el conjunto de su dispositivo de fuerza, ha tomado todas las medidas para ahogar en sus comienzos estas agresiones concertadas de los elementos bolcheviques".


 


Apoyada por los destacamentos de la Heimwehr, la policía cercaba progresivamente las ciudades obreras, los barrios y los edificios proletarios de la comuna de Viena, los secretariados del partido y los talleres en huelga, a fin de ocupar los diferentes centros donde, según sus informaciones y sus conjeturas, debían reunirse y armarse las milicias obreras del Schutzbund. Por su lado, los "elementos criminales", reunidos en el departamento de Lucia Loch, en el transcurso de un intercambio de opiniones agitado, procuraban darse cuenta de su propia situación en medio de los angustiantes acontecimientos que recién comenzaban a desatarse. Desde la una de la tarde, el tiroteo se desencadenó en el barrio Sandleiten, en Ottakring. A la una y media, la policía tomó por asalto la usina de gas de Leopoldau; a las dos, el primer choque entre policías y huelguistas se produjo en el Reumannhof, en el barrio Margareten. Durante todo este tiempo, el partido, acusado de "agresión concertada", vio cómo se rompían una a una las habituales conexiones entre sus jefes y sus subordinados. Cuando la necesidad de directivas se hacía sentir con urgencia, la ruptura de las comunicaciones entre jefes y tropas era ya un hecho consumado. En la hora más crítica de su carrera política, los miembros activos del Partido Socialdemócrata se vieron privados, por el brusco giro de los acontecimientos, de la voz de sus jefes, de la protección de su comunidad y de la consoladora autoridad de sus instituciones, a las cuales se habían acostumbrado a someterse en toda ocasión, como en todas las circunstancias en las que se había requerido su pensamiento y su actividad social. Reunidas en millares de pequeños grupos, formados menos por la organización de su vida política en común que por los vínculos de amistad personal, las tropas súbitamente decapitadas intentaron desde entonces, a través de los discursos confusos y de las tentativas desordenadas, desembarazarse de este inhabitual aislamiento. La única posibilidad que quedaba a los miembros y a los responsables del partido para retomar la iniciativa era librar una actividad extraordinaria en el acto, apropiada a esos acontecimientos extraordinarios, que les permitiera identificarse nuevamente con su partido, comprometido de aquí en más en la guerra civil. Fue una carrera, una búsqueda enloquecida. Durante 24 horas, pequeños portavoces del partido, por millares, se esforzaron en sostener la ilusión, a través de su agitación creciente, de preparar la movilización para el combate. Por decenas de miles, miembros del Schutzbund y de las asociaciones deportivas (Wehrsportler), obreros de empresas, conductores de tranvías, ferroviarios, jóvenes del Jungfront, adolescentes, empleados, durante la tarde del 12 de febrero y la noche siguiente, corrieron de un centro al otro (cuando el centro previsto ya había sido ocupado por la policía), en busca de su tarea, de su lugar de reunión o de un agrupamiento armado susceptible de incorporarlos.


 


Experimentando la misma necesidad, Leichter y Pollak habían llegado a la conclusión de que "en la fase de la lucha armada" ellos igualmente tenían que cumplir su deber de periodistas del partido. En qué consistía este deber, sólo se lo podía elucidar tomando contacto con los órganos directivos del partido y del Schutzbund. Por ello, hacia las tres de la tarde, deciden buscar al Comité de Combate.


 


A esa hora, el presidente del partido, intendente y jefe del Länder de Viena, Karl Seitz, diestro en esa inactual resolución democrática de no ceder más que frente a la fuerza, esperaba el momento de su propio arresto en la Municipalidad desde hacía dos horas. Otro "elemento criminal", Roberto Danneberg, informante de la Comisión de Finanzas de la Comuna de Viena, primer secretario y delegado del partido, acababa de abandonar el departamento del ministro de Finanzas del gobierno federal, a donde había ido cerca del mediodía por cuestiones financieras relativas a la Confederación y la Comuna de Viena; antes de retirarse, el ministro Dr. Buresch le informó de las medidas tomadas por el gobierno para "ahogar en sus comienzos" las "agresiones bolcheviques" del partido de Danneberg, quien al llegar a su casa era prendido por la policía. Karl Renner, jefe del ala derecha del partido, que había sido el primer canciller federal de la república austríaca, comenzaba a la misma hora su tentativa para entrar en el Landhaus de la Baja Austria, en la calle Herrengasse, en la primera circunscripción, ahora cercada por la policía. Su objetivo: ofrecerse nuevamente al cargo para canciller federal, frente al "valiente y democrático" Reither, gobernador del Länder y jefe de los campesinos socialcristianos; en nombre, claro, de la socialdemocracia, que acababa de ser disuelta. Renner, de naturaleza cada vez más inclinada a la pereza y a la comodidad, ese día fue víctima de uno de esos asombrosos ataques de actividad juvenil que, por intervalos, venían a interrumpir sus largos períodos de abstención. Llegó a ver a Reither, pero el arte de transformar un personaje de trapo en un hombre decidido, Renner tampoco lo dominaba. Dollfuss y Fey quisieron que Renner abandonara el Landhaus no como vicecanciller de un nuevo gobierno austríaco, sino como detenido de la policía vienesa.


 


Aunque Leichter y Pollak no hubieran sido consultados por la eventualidad de una guerra, Leichter, con la curiosidad propia de aquel a quien ningún secreto del partido le era ajeno, se había enterado que el cuartel general del Comité de Combate se iba a establecer en el Wienerberg. Los dos periodistas se dirigieron de prisa hacia ese lado de la capital, a lo largo del Gürtel, remontando la calle Trister. Este camino, que los llevaba de sus habituales trabajos de redacción, a una actividad periodística de guerra civil que aún ignoraban, lo realizaron en un estado de agitación que reveló el contraste físico de estos dos hombres: Otto Leichter, pequeño, rechoncho, robusto, masa compacta de una materia sólida y tensa, la cabeza y el torso inclinados hacia adelante, sirviéndose de sus brazos como de una hélice, para adelantarse con paso raudo a su camarada, como si tratara de llegar primero al objetivo a cualquier precio; Pollak le llevaba casi una cabeza, levantaba a veces la nariz en el aire turbio de ese día hostil de febrero, como si quisiera husmear los peligros cuya existencia acababa de negar. Su marcha era rígida, sus gestos sin gracia, su rostro inexpresivo, animado solamente por los reflejos de sus anteojos y atravesado por un bigote inglés. Las resplandecientes frases finales imaginando un artículo que comentara la situación, como solía sucederle habitualmente desde hacía años en el Arbeiter Zeitung ante cada acontecimiento importante, brotaban en su mente listas para la redacción. En verdad Leichter tenía en su bolsillo el manuscrito ya preparado de un "Llamado a la población", que había escrito en el curso de la jornada.


 


En una sala del barrio de Wienerberg, Leichter y Pollak dieron por fin con los auxiliares técnicos del Comité de Combate; pero les fue imposible esperar al Comité mismo que finalmente había improvisado un local en el departamento del portero de un edificio, en la calle Akazienhof. Los auxiliares del Comité de Combate no sabían en qué emplear a los redactores del diario. Cuando Leichter, excitado y preocupado, sacó de su bolsillo el manuscrito de su "Llamado", se le informó, con esa superioridad que los militares ensayan no solamente en las horas graves frente a los escribas, que Deutsch ya había dado satisfacción a todas las necesidades propagandísticas del Comité, gracias a sus relaciones con el señor Lang, de la imprenta Inva. De hecho, el encargado de propaganda del partido, Felix Kanitz, había enviado a las nueve de la mañana al miliciano del Schutzbund, Charlie Peutl, a una imprenta del Margareten, con la orden de tener todo listo para la impresión del "Llamado". Una hora más tarde, a las diez, Kanitz y Peutl se habían allegado al Wienerberg, cruzando los campos entre Meidling y Favoriten. Allí, después de una larga búsqueda, descubrieron el local improvisado de los órganos auxiliares del Comité de Combate, y fue entonces que, pasadas las once, Kanitz envió a su emisario a la imprenta, ya con el texto del "Llamado". Durante el trayecto, dirigiéndose hacia la calle Triester, Peutl se sorprendió al ver en un albergue, en un extremo del barrio, al "jefe militar" de la resistencia, Julius Deutsch, sentado ante la gran ventana, mirando hacia afuera con aire ausente, contemplando el día gris. Cuando Peutl llegó al Gürtel, los tranvías estaban todos detenidos. En la imprenta constató que el "imprevisto" corte de energía había inmovilizado todas las rotativas; y retornó al advertir que era imposible imprimir el "Llamado" al combate.


 


Pero no es éste el último episodio de la historia del "Llamado" del partido al combate de febrero. Hacia la una de la tarde, como habían convenido, Peutl se reunió con el encargado de propaganda en el Café Westbahn, en la calle Mariahilfer. Allí rodeaba a Kanitz una masa de jóvenes funcionarios del partido y de los sindicatos. El secretario de los obreros de la madera, Holowatij, que va a ser el más desenvuelto de todos los militantes en la ilegalidad, reveló desde ese momento *proponiendo reproducir la hoja manuscrita por medio de una linotipia desafectada de su oficina* que él no retrocedía frente a una empresa aún absurda. Bruno Kreisky, de la dirección vienesa de las juventudes obreras socialistas, dictó el texto; Paula Mraz, del secretariado del partido, escribió en las linotipias; Charlie Peutl y el responsable de la Juventud, Millwisch, operaron la máquina. Como el texto parecía demasiado largo para dos páginas, entre los cuatro decidieron acortarlo.


 


Poco antes de las cinco de la tarde, Peutl y Millwisch, cargados con algunos miles de ejemplares del "Llamado", se encontraban frente a la puerta del establecimiento del Comité de Combate, donde Leichter y Pollak acababan de entrar. Holowatij, que también estaba presente, informó de qué forma había tenido que liberar al "tímido Kanitz" de la responsabilidad de imprimir el "Llamado". Lo que no hizo otra cosa que acrecentar el sentimiento de amargura y de vergüenza que los dos principales periodistas del partido experimentaban frente a la impericia de la propaganda de combate. Veinticuatro horas antes el partido poseía ocho imprentas, siete diarios y dieciocho semanarios; para el funcionamiento de los miles de aparatos de difusión en las oficinas del partido, de los sindicatos y de las organizaciones culturales, otros miles de hombres habrían estado disponibles, como los mismos Leichter y Pollak, que en vano se habían apurado para ser útiles en una actividad cualquiera. ¿Qué había pasado? ¿Por qué nada funcionaba? ¿Qué se había hecho de la pujante organización del partido?


 


En el momento en que se planteaban estas amargas preguntas, Leichter y Pollak fueron interrumpidos por murmullos que ganaban la sala: el Comité de Combate, en ese mismo instante *cuatro horas después de que el primer tiroteo estallara en Viena*, acababa de dar la orden de disparar. Pero apenas los dos redactores terminaban de experimentar la singular emoción que les causaba la novedad, Gronemann, funcionario del Schutzbund, llegado en una motocicleta, gritó en la sala que la policía había identificado el local. Enseguida se apagaron las velas y se evacuó la sala de gimnasia en la mayor confusión.


 


Tal fue el fin del Comité de Combate de Viena, provocado, como se sabe ahora, por una falsa alarma. Gronemann, en su nerviosismo, había tomado por dos policías a los dos emisarios, Peutl y Millwisch, que estacionaban delante del edificio.


 


En el camino de retorno, por la Spinnerin am Kreuz, Leichter y Pollak observaron que un destacamento del ejército federal estaba preparado para ocupar el Wienerberg. En nueve de las veintiuna circunscripciones de Viena ya corría sangre, cuando los dos periodistas retornaban, amargados y ansiosos, a su asilo del Margaretengürtel, designado esa mañana como "cuartel general de la redacción". El intento de cumplir alguna tarea en relación a los combates había fracasado.


 


La resistencia armada de los obreros austríacos, que quedaron sin jefes y que, derramando su propia sangre, transformaron la caída del partido de un incidente lamentable en un acontecimiento heroico, duró tres días. En Viena, los combates más duros se libraron en Margareten, Ottakring, Favoriten, Simmering, Döbling y Floridsdorf. En provincias *con excepción de Saint-Pölten, en la Baja Austria, y Wörgl, en el Tirol*, los combates se limitaron a la Estiria y a la Alta Austria, con enfrentamientos de diversa duración y de diversa violencia en Brück del Mur, Kapfenberg, Eggenberg (cerca de Graz), Judenburg, Saint-Michael, Voitsberg, Linz, Steyer y en las minas carboníferas de la Alta Austria. Más de veinte mil miembros del Schutzbund se reunieron el lunes por la tarde y al anochecer, en los hogares obreros, en las ciudades obreras o en las fábricas, para obtener a la vez directivas y armas, pero la mitad al menos se quedó sin armas y sin jefes.


 


Alrededor de diez mil hombres del Schutzbund participaron en la resistencia armada contra la destrucción violenta del Partido Socialdemócrata, pero combatieron en grupos aislados, sin vínculos entre sí, sin dirección central y sin plan estratégico alguno. No eran insurgentes ni en sentido político ni militar: la policía, el ejército federal y las milicias fascistas se ensañaron con el Schutzbund antes de que pudiera reunirse y recibir la orden de atacar. Los combates sólo estallaron allí donde los miembros del Schutzbund habían podido conseguir armas antes de la intervención de las fuerzas gubernamentales y fascistas. En el curso de la lucha, el Schutzbund no pasó a la ofensiva más que en pocos sitios. Es por eso que los combates de febrero se redujeron esencialmente a los esfuerzos de las tropas gubernamentales por desalojar a los diferentes grupos del Schutzbund de los lugares donde se atrincheraron, pelearon y se defendieron con obstinación, a veces dos o tres días, hasta que una fuerte intervención de la artillería los obligaba a la rendición o a la huida. Los combates más violentos y más extendidos causaron estragos en Floridsdorf. La posición defendida más tiempo por el Schutzbund fue la de Goethehof, cerca de la Reichsbrücke, que el ejército federal no llegó a ocupar hasta el jueves. Pero que la guerra civil estaba perdida, los jefes del partido, así como Leichter y Pollak, lo sabían desde el martes.


 


A pesar de su alta posición en el partido, Leichter y Pollak, que no habían llegado todavía a los 40 años, pertenecían a esa numerosa generación de responsables, en su mayoría más jóvenes, que desde hacía largo tiempo venían expresando su malestar, su necesidad de actuar, su confusión y su temor por el descontento de las masas, tomando una posición extremista. Estos hombres habían esperado el día del golpe de fuerza para librarse del repugnante deber que los obligaba desde hacía años a sosegar las críticas que compartían; a combatir a los pesimistas con los cuales simpatizaban a menudo; y a reñir a la masa cada día más grande de abstencionistas, con frases vacías de contenido. Sus propias críticas, dirigidas desde hacía años al Comité Directivo del partido, y su insistencia en una acción oportuna y a tiempo, habían sido ineficaces. Tenían conciencia, o bien presentían, que la gran hora había sonado demasiado tarde. No obstante, la mayor parte entre ellos aspiraba siempre a combatir. Quedarse vegetando en algún siniestro departamento, totalmente aislados de los acontecimientos decisivos, era lo que hería su sentimiento moral e insultaba su necesidad de actuar. Junto a toda esta generación, Leichter y Pollak también habían esperado que la explosión de la guerra civil los arrancara, por la naturaleza misma de las cosas, de la monotonía cotidiana y aportara a su trabajo el emocionante significado que prefiguraban para esa jornada. Pero esa espera había sido cruelmente defraudada. Leichter y Pollak ignoraban aún que su desconcierto, ese 12 de febrero, no sólo era un malestar personal, sino la triste experiencia de toda su generación. El 90 por ciento de los jefes y de los responsables del movimiento clandestino que se iba a desarrollar de allí en más compartía con ellos la depresión moral de ese día. Todos lo habían comenzado con buenas intenciones, todos habían actuado a tontas y a locas y, para terminar, habían debido renunciar a tomar parte en el último impulso de vida y de violencia de su partido. Parecía como si las penosas circunstancias de una sola jornada hubieran bastado para arruinar los principios elaborados en el curso de largos años. Sin duda, los mejores de estos hombres se opondrían a la actuación de la dirección del partido. Pero aún con el recurso de las armas, no compensaron las desventajas de una posición política contradictoria.


 


Con más evidencia que el simple desconcierto de los dos periodistas, este estado de cosas se revela en la forma en que el camarada Schorsch y sus amigos viven los acontecimientos de febrero. Schorsch era empleado de la Unión de Bancos de Viena. Era miembro de la comisión interna y tenía importantes funciones sindicales. Desde el momento que un llamado telefónico a la Unión Federal de Empleados Bancarios confirma la decisión de ir a la huelga general, Schorsch deja su puesto precipitándose en las oficinas del sindicato. Allí el consejero nacional Allina, jefe responsable de la Unión, con un cigarrillo en la mano, recorría a lo largo y a lo ancho su gabinete de trabajo. "¿Soy yo quien debe saber lo que usted tiene que hacer? ¡A usted sólo le toca decidir!", gritó en tono de increpación a su colega y subordinado Schorsch, que juzgó útil consultarlo en esa circunstancia crítica.


 


Desde allí, corrió a la central sindical obrera, donde dio con un viejo amigo del movimiento de juventudes de Favoriten, Svitanic, secretario de esa central. Schorsch ignoraba entonces que Svitanic, perfectamente al corriente de la orden de huelga lanzada a la mañana por el Comité Directivo, respondía desde hacía dos horas todos los llamados telefónicos que le dirigían desde diversas empresas, afirmando que él personalmente, no sabía nada de un llamado a la huelga general. Frente a las preguntas impacientes de Schorsch, no pudo más que balbucear turbado: "Aquí, en la central sindical, no soy una instancia política". Schorsch, colérico, le volvió la espalda y gritó alejándose: "No, tú no eres una instancia política, ¡tú eres un idiota!". De la cámara sindical, Schorsch se fue en taxi a su casa, donde se puso su uniforme del Schutzbund, bebió el café que su mujer le sirvió de prisa, y cerca de las dos de la tarde, cubierto con el más largo de sus sobretodos para disimular el uniforme, corrió al lugar de reunión de su compañía: un restaurante en las proximidades del viaducto de las vías férreas del Sur. De camino hacia allí, tuvo el penoso sentimiento de que "algo andaba mal".


 


Cerca de las seis de la tarde, un centenar de hombres *más del 80 por ciento de la compañía* se había reunido, pero el comandante del regimiento estaba paralizado. Lentamente, una "insinuante inquietud" se difundió en el seno del grupo, cosa que Schorsch advirtió a su amigo Richard Platzer quien, en calidad de ayudante del comandante del regimiento, se encontraba en otro café. Las tres cuartas partes del regimiento se componían de desocupados; cada vez que un tren pasaba por el viaducto aledaño, estos hombres, que aparentemente jugaban distraídamente a las cartas, intercambiaban miradas de indignación, sin que ninguno de ellos osara expresar su estupor ante el hecho de que los ferroviarios no habían respondido al llamado a la huelga.


 


A las seis y media, un emisario de Platze se aproximó a Schorsch para decirle en voz baja que "esto olía mal en todas partes". El comandante permanecía como invisible; el camión de transporte para las municiones, era inhallable; y el enlace con el Comité de Combate, "que se encontraba probablemente en Favoriten" *en verdad, a esta hora había dejado de existir*, resultaba imposible establecerlo. Hacia las siete, Platzer hizo saber que todos los esfuerzos por encontrar a alguien capaz de indicar la dirección del depósito de municiones para el II Regimiento habían sido vanos. Era igualmente imposible estabecer un enlace con el I Regimiento que, a las órdenes de su comandante Spanner, habría ocupado el Hertahof. Bruscamente, a las ocho, llegó la orden de tratar de procurarse armas en la casa de cada uno de los presentes o en la casa de amigos *o "de cualquier otra forma". Schorsch corrió a su casa y volvió con un revólver y un puñal; sólo estaba seguro del puñal. Algunos hombres consideraron inútil volver al lugar de la reunión.


 


Cerca de las nueve, la compañía recibió la orden de ocupar el Hogar obrero de Favoriten. Fue necesario que los hombres se deslizasen aisladamente en el edificio. Fue allí que a las once de la noche apareció el camarada Kowa, miembro de la dirección del partido en Favoriten, para pedir que la compañía, ahora reducida a 60 hombres, se retirara inmediatamente. Afirmó "haber dado su palabra a la policía de que el Hogar sería evacuado por el Schutzbund antes de medianoche, para evitar cualquier efusión de sangre". Pálidos de furor, los hombres intercambiaban miradas en silencio. Schorsch sintió la necesidad de gritar, sin poder proferir un solo sonido. El camarada Steiner, que estaba desocupado, y a quien Schorsch había tenido por el más valiente y el más calmo de los milicianos del Schutzbund, avanzó hacia el consejero comunal y lo abofeteó.


 


"Ese fue el más bello momento que conoció nuestra compañía durante los combates de febrero", relató Schorsch más tarde a su amigo Richard Platzer. Los hombres de su compañía rehusaron evacuar el hogar, pero no obtuvieron órdenes ni armas.


 


La singular disposición que confiere a los hombres la fuerza de resistir un instante a la horrorosa realidad, con la loca esperanza de un milagro, permitió a la pequeña tropa permanecer durante tres noches y dos días. El miércoles, de manera inexplicable, corrió el rumor de que los checos habían invadido Austria para apoyar al Schutzbund, y alguien sostuvo que la "Internacional", según sus informaciones, disponía de una aviación cuya intervención cabía esperar de un momento a otro. Recién el jueves 15 de febrero, a la madrugada, los últimos se arriesgaron furtivamente a volver a sus casas.


 


La noche ya había caído, el 12 de febrero, en el departamento de Lucia Loch; Leichter y Pollak deliberaban aún sobre sus próximas tareas. Estaba fuera de duda para ellos que era necesario hacer algo. Se reencontrarían temprano a la mañana siguiente para ponerse en contacto con otros redactores e intentar hacerse una idea precisa de la evolución de los combates en Viena y de la situación en las provincias. Cuando abandonaron su "cuartel general", el ministro de Justicia, Schuschnigg, ya había anunciado por radio la disolución del partido socialista y declarado que el gobierno era "dueño de la situación". Leichter durmió esa noche en casa de sus padres, mientras que Pollak encontraba asilo en casa de Otto Mänchen, colaborador del Arbeiter Zeitung. En el Landhaus de la Baja Austria, donde habían sido arrestados, Renner y algunos jefes del partido pasaron una noche tranquila, bastante más apacible que la de los combatientes del Schutzbund. Como la policía pasada la medianoche no parecía querer llevarlos, se procuraron un mazo de naipes y jugaron al tarot para matar el tiempo.


 


Al día siguiente Leichter fue el primero en llegar al "cuartel general". Como no encontró a nadie y no tenía paciencia para quedarse sin hacer nada, se dirigió a uno de los cafés elegidos como lugar de cita de los redactores, como alternativa a la vivienda de Lucia Loch. Pronto reparó que varios de sus colegas, habiéndose levantado a una hora desacostumbrada, acosados por la inquietud y la curiosidad, erraban de un café a otro. Una llamada telefónica a su suegra le permitió a Leichter tomar contacto nuevamente con su mujer. Acompañados por sus esposas, Leichter y Pollak intentaron una vez más cumplir con su "deber partidario"; la víspera habían pensado que éste consistía en sostener el combate a través de la información periodística. Hoy les parecía más urgente transmitir al extranjero las informaciones sobre la evolución de los combates y los acontecimientos en el resto del país. "El gobierno engaña a los extranjeros; tenemos que oponer a la propaganda de ellos, nuestras propias informaciones."


 


En el transcurso de los días siguientes, pudieron disponer de una buena docena de trabajadores del partido para realizar esta tarea. En la calle, en los cafés y en el "cuartel general" concertaron con amigos y colegas, a fin de conocer mutuamente y estar al corriente de lo que habían visto o se habían enterado por otros. El más ágil y emprendedor en este trabajo fue Hans Pav, redactor de deportes que, asistido por varios colegas jóvenes, exploraba en los lugares de combate en Viena y corría él mismo en taxi de una punta a la otra de la capital.


 


Pollak y Leichter transmitieron sus informes y sus opiniones sobre los acontecimientos a algunos corresponsales extranjeros, con los cuales Pollak, en calidad de jefe de redacción del Arbeiter Zeitung, había intercambiado información constantemente, y también lo hizo con los delegados de los partidos obreros extranjeros llegados a Viena en el curso de la crisis.


 


Sin embargo, el gobierno había quebrado la resistencia de los hombres del Schutzbund cuya lucha, a pesar de la ausencia catastrófica de sus jefes políticos y militares, no había dejado de ganar en extensión y en violencia desde el martes.


 


El miércoles y el jueves Leichter y Pollak se reencontraron para deliberar en otro departamento, pues parecía que el de Lucia Loch no ofrecía tantas seguridades. También les pareció peligroso continuar sus conversaciones en los cafés. Su propia seguridad estaba seriamente amenazada, visto que la policía ya había procedido a arrestar a los jefes de segundo grado. Convinieron en transferir el centro de sus actividades a un apartamento de la Piaristengasse. Desde ese momento eran perfectamente conscientes del fracaso de la lucha y de la desaparición del partido legal.


 


Desde el lunes, Liechter y Pollak eran asediados por la siguiente pregunta: "¿Qué va a ser del partido ahora?". "Primero se trata de saber qué está sucediendo", se habían respondido. E incluso el miércoles por la noche, cuando la derrota era ya indudable, habían tratado de satisfacer las preguntas más apremiantes de sus colaboradores y amigos, que encontraban por docenas en su camino: les explicaban que lo primero era poner en claro las razones del fracaso de la huelga general, en tanto distritos enteros, así como la mayor parte de las provincias, se habían abstenido de participar en la lucha. Esta averiguación era necesaria para establecer, en el porvenir, las responsabilidades y evaluar justamente las faltas y los actos del partido; y también porque se trataba de dar al "mundo" y a los camaradas del partido la verdadera imagen de los acontecimientos y refutar las deformaciones del gobierno.


 


Ahora bien, veinticuatro horas más tarde, en su nuevo apartamento de la Piaristengasse, Leichter y Pollak sabían ya que esta restricción de su acción a tareas periodísticas no respondía en absoluto a las exigencias polítiacs de la clase a la que ellos mismos pertenecían. Los acontecimientos, aunque estimulaban violentamente su voluntad de actuar, hacían que esta misma voluntad quedara desprovista de todo objetivo y de todo campo de acción a partir de la destrucción del partido. "¿Qué podemos hacer?", era la pregunta que todos se hacían; "¿qué le podemos decir a la gente?", insistían los demás. Y eso era sólo el comienzo. Desde ese momento, Leichter y Pollak *así como todos los otros jefes y miembros del partido que habían eludido el arresto*, tenían que hacer frente a centenares de preguntas de ese tipo. Y de este modo, acuciados por exigencias apremiantes, comenzaron a desinteresarse de un puro y simple sondeo periodístico sobre los motivos de la derrota, para preocuparse resueltamente por lo que les reservaba el porvenir.


 


Preparando la acción ilegal


 


Leichter, Pollak y todos los que estaban en la misma situación, en verdad no estaban preparados más que de una manera muy general para este porvenir. "Si el fascismo vence, el partido entrará en la clandestinidad y proseguirá la lucha en la ilegalidad." La idea de que el partido pudiera dejar de existir absolutamente como consecuencia de un decreto de disolución, era tan inadmisible para ellos como para un cristiano la duda sobre la inmortalidad del alma.


 


Entre los numerosos fenómenos de la vida política de las masas en la Europa prefascista, la firme creencia de centenares de miles de socialistas austríacos en la inmutable existencia de su partido no era una singularidad desprovista de fundamento. La socialdemocracia austríaca no sólo se había transformado desde 1918 en un movimiento político de una amplitud y de una actividad sin precedentes, sino que además había llegado a ser una fuerza dotada de una influencia espiritual profunda. Formaba, mucho más allá de sus simples preocupaciones políticas, la vida y el pensamiento de sus miembros activos. La policía de Viena anunció, el 28 de marzo, la disolución de 1.500 asociaciones, que caían junto a la prohibición del Partido Socialdemócrata. Centenares de miles de hombres y mujeres, adolescentes y niños habían pasado por esas asociaciones la más bella mitad de su vida, alimentados con sueños y actividades que tenían su origen en la "idea" del partido. Sus vastas organizaciones ofrecían un espacio vital a todas las profesiones, a todas las condiciones; en efecto, allí todas las generaciones encontraban cómo satisfacer sus necesidades de diversión y sus pasatiempos, sus necesidades de educación y sus aspiraciones culturales, así como sus juegos y entretenimientos, libres para conciliarlos en forma seria o jocosa, en una Weltanschauung (cosmovisión) compatible con los objetivos del partido. Obreros y bohemios, empleados y "reformadores" de vida, viñadores y abstemios, soldados y enfermeros, médicos y guardianes de prisión, abogados y policías, escritores y hoteleros, periodistas y criadores de conejos, actores y generales, educadores y acróbatas, filósofos y jugadores de fútbol, librepensadores, católicos y nudistas, economistas y psiquiatras, pacifistas y traficantes de armas, arregladores de radios y sepultureros, todos ellos seguían siendo lo que eran y hacían lo que tenían que hacer en su oficio, no en forma simple y aislada, sino conforme al "espíritu", a los intereses reales o imaginarios del partido y del "socialismo".


 


Cualquiera que fuera capaz, en el seno de esta masa, de una elevación interior, encontraba en el partido un sentido a la vida, dotado de la fuerza y de la duración que caracterizan a una religión. Ningún decreto gubernamental habría podido "disolver" lo que el partido significaba para sus miembros.


 


El partido no podía desaparecer: esa era, para sus miembros más dinámicos, una certeza que procedía también de su concepción "marxista" fundamental, según la cual la realización de sus objetivos era una necesidad histórica.


 


Por inverosímil que parezca, el proceso de declinación del movimiento obrero en Alemania, cuya real significación sin duda era todavía mal interpretada en esa época, no hizo más que reforzar esta creencia en Austria y contribuyó a limitar las reflexiones y las iniciativas respecto al alcance local del acontecimiento, y no como una conmoción universal. En todo el país, estos hombres *en su mayoría militantes más jóvenes y menos cargados de responsabilidades que sus mayores* habían reclamado desde 1933 una preparación del partido para la existencia ilegal. Aparentemente con éxito. Paralelamente a las medidas de represión gubernamental *prohibición de reuniones, disolución del Schutzbund, restricciones a la libertad de prensa*, una actividad clandestina se desarrolló espontáneamente y se combinó con múltiples y diversas acciones prohibidas. Estas fueron aprobadas por el Comité Ejecutivo del partido con tanta prisa, que se reconoció allí de forma más precisa una vía de salida para los más descontentos y los más recalcitrantes. Con la continuación del trabajo prohibido del Schutzbund, el manejo de armas prohibidas y la difusión de un semanario clandestino que, hacia mediados de 1933, el partido había hecho difundir en la organización para estímulo y entrenamiento de sus miembros, grupos más amplios se vieron familiarizados con la idea de la ilegalidad. Máquinas de escribir, material de linotipia, matrices, stocks de papel, fondos del partido, fueron retirados de las oficinas y talleres de numerosas asociaciones, y extraídos de los libros de contabilidad, para evitar que fueran arrebatados por el gobierno en caso de disolución.


 


Sin embargo, se tropezaba con poca comprensión política sobre el carácter de la actividad en una situación semejante. La ilegalidad no parecía más que la modificación de circunstancias habituales. La actividad normal proseguía sin que el ejercicio de ciertos actos, hasta ayer permitidos pero ahora vedados brusca y arbitrariamente, suscitara un sentimiento de ilegalidad. Así, las formas de actuar ilegales se desarrollaron en el marco de condiciones políticas apenas modificadas.


 


Pero con el tiempo creció el número de los que comprendían poco a poco que la ilegalidad efectiva sería la consecuencia de un hundimiento total del partido legal y de una perturbación completa de todas las condiciones políticas.


 


Ilse y Leopold Kulczar fueron los únicos, entre los jóvenes intelectuales y cuadros del partido que ambicionaban imitar en Austria a los instigadores del grupo clandestino alemán "Neu Beginnen". La sola intención de fundar una agrupación original debía inspirarles satisfacción a su amor propio, en relación a la posición política marginal a la cual, a pesar de sus destacables talentos, habían sido reducidos en el seno de la socialdemocracia. Habían colaborado durante años en la prensa sindical del partido y publicado folletos por instigación del Comité Directivo (Leopold Kulczar se encargó de preparar el semanario clandestino mencionado). Pero habían sido siempre descartados del ejercicio del poder, cuyas sensaciones y placeres los dos ambicionaban impetuosamente. Durante su actividad comunista pasada, habían adquirido conocimientos que, en las condiciones de la clandestinidad, les daban un sentimiento de superioridad con relación a cualquier otra persona o grupo. Desde la primavera de 1933 habían captado algunos adherentes a su propia agrupación y los habían adoctrinado política y técnicamente en "círculos", en vistas de la "ilegalidad" que ya parecía ineluctable. Tomaron contacto con la dirección, en el extranjero, del grupo "Neu Beginnen" y, desde mucho antes del 12 de febrero, habían abandonado la idea de ganarse la simpatía de Otto Bauer.


 


El pedagogo Fritz Kolb *muy apreciado en el seno de un ámbito restringido por sus esfuerzos con respecto a una "educación socialista", pero conocido sobre todo en medios más amplios por la expedición de los "Naturfreunde" (amigos de la naturaleza), dirigida por él, por las cadenas montañosas inexploradas del Cáucaso* demostró insistentemente a algunos educadores socialistas las razones por las cuales nada podía ya salvar al partido de un hundimiento, y que esto arruinaría la obra de muchas décadas. La reputación de Kolb se había desarrollado por sus concepciones sobre educación, que lo oponían a la pedagogía oficial del partido, representada por Félix Kanitz, Anton Tesarek y Alois Jalkotzy. Estos últimos dominaban la asociación pedagógica socialista de los "Kinderfreunde", con sus 100.000 miembros, sus 400 grupos locales, sus 300 educadores asalariados, sus miles de educadores, asistentes, bibliotecarios, voluntarios, innumerables estadios de juego, hogares, jardines de infantes y campos de vacaciones. Fue en este vasto taller de trabajo cultural que nacieron las disensiones ante la proximidad de la catástrofe.


 


Las discusiones sobre el porvenir del partido llegaron a los resultados más diversos y grotescos. El escritor y sociólogo Franz Borkenau, por ejemplo, llegó a ocuparse de la elección de los doce jefes particularmente destinados a dirigir el movimiento ilegal. Cuando quiso nombrar a Fritz Kolb entre los doce apóstoles, éste se negó sin rodeos. También fracasó con el "pequeño Otto Bauer", nombre con el que se designaba entonces al jefe de la Liga de los Socialistas Religiosos (Bund des religiösen sozialisten), por oposición al "gran Otto Bauer", jefe del partido. Es verdad que el "pequeño" podía jactarse de haber previsto la catástrofe inexorable antes que el "grande" y de haber preparado con anticipación a los mejores miembros de su Liga, pero no por ello encontró de su agrado la vocación apostólica propuesta por Borkenau.


 


Para Ernst Fischer, periodista-poeta de Graz, llamado por Otto Bauer a la redacción del Arbeiter Zeitung, la preparación para la ilegalidad se transformó en la de su pasaje al Partido Comunista. En su pieza Lenin, había revelado su corazón político; en sus artículos del Arbeiter Zeitung, su talento periodístico; en la reunión de un grupo de intelectuales y militantes del Frente de la Juventud, su ambición política para transformarse en jefe. Apenas los combates del 12 de febrero acababan de estallar, se apresuró a dirigirse a Praga, como si hubiera tenido que ocupar el sitio de su futura actividad de "escriba" del comité central de los comunistas austríacos emigrados, antes de la llegada de incontables competidores, que no iban a tardar en amenazarlo en su nueva situación.


 


Karl Holoubek, de Rudolfsheim, buscaba en vano, desde meses antes, un círculo donde las izquierdas fuesen razonables, los extremistas objetivos, los críticos fieles, los reflexivos activos, pero todos unánimemente devotos a la causa, bajo la dirección de los mejores de cada grupo. Pero no se le ocurrió la idea de formar él mismo una agrupación, aun cuando en su calidad de funcionario de la central cultural vienesa del partido frecuentaba constantemente a hombres que comenzaban, poco a poco, a preferir las incertezas de la ilegalidad futura, antes que las certezas deprimentes de su acción cotidiana.


 


Por otra parte, Manfred Ackermann, secretario y administrador de la juventud de la asociación central de empleados de comercio, estaba lejos de una prudencia semejante. Desde fines de 1933 les explicaba a sus colaboradores más próximos que en caso de disolución del partido "convendría permanecer unidos y proseguir el trabajo de cualquier manera". En el transcurso de sesiones y entrevistas, él apremiaba a los jefes de otras organizaciones sindicales a preparar la ilegalidad "por arriba". Porfiado en sostener este punto de vista y animado por su éxito decisivo en la agitación entre los jóvenes funcionarios, atrajo a los responsables de otras asociaciones de la misma tendencia a su propio ámbito, que se transformó en una especie de agrupación de envergadura, aunque ninguna actividad concertada pudo asegurar la cohesión.


 


Pero, con todo su celo exclusivamente organizativo, Ackermann no podía compararse con un hombre del temperamento como el de Holowatij, el secretario de los obreros de la madera. Impulsado por una insaciable necesidad de ser admirado, totalmente desprovisto de autocrítica y de discernimiento político, apasionadamente enamorado de los aspectos de la conspiración que rozan el juego y la aventura, este hombre buscaba en la ilegalidad, con una avidez infinita, el tipo de sensaciones que no había encontrado hasta ahora en su carrera de secretario sindical.


 


En este embrollo de personas, agrupamientos y aspiraciones, con una conciencia más o menos clara y objetivos de organización bien determinados, era necesario que el círculo de redactores, reunidos por Pollak y Leichter y que compartían sus preocupaciones, adquiriera una importancia particular, a pesar de la hostilidad envidiosa de los competidores no menos celosos *Ernst Fischer y Leopold Kulczar a la cabeza*. Pollak, en su calidad de jefe de redacción del órgano central del partido, era miembro del Comité Directivo. El y Leichter se encontraban más próximos al hombre más poderoso del partido, Otto Bauer, como ningún otro grupo de militantes de su generación. Su papel en la formación de la opinión pública socialista era considerable. Aun cuando su influencia sobre las decisiones del partido, por su trabajo periodístico y sus artículos en la revista mensual, Der Kampf (La Lucha), así como por sus contactos con los dirigentes, no era de primera importancia, era sin embargo más grande que la de otras personas u otros grupos que estaban fuera del Comité Directivo. Los dos reforzaban su posición por el trabajo de sus esposas, quienes por su actividad como oradoras y escritoras habían adquirido una notoriedad tan grande como la de sus maridos. Además de su posición central, la ventaja de este grupo sobre los demás consistía en que su cohesión no dependía de ninguna incómoda improvisación y se derivaba espontáneamente del trabajo de redacción en común. Esto permitía un intercambio ininterrumpido de opiniones, mientras que la firmeza de su núcleo, basada en viejas amistades (la "pandilla" del Arbeiter Zeitung descripta por Ackermann y Kulczar), daba a este grupo una consistencia durable y aseguraba su preponderancia con las opiniones de Leichter y de Pollak.


 


Pero precisamente el contacto tan próximo con los dirigentes del partido, la dependencia de todos los redactores con respecto al Comité Directivo, cuya política tenían que justificar cotidianamente, así como la importancia de las posiciones que ocupaban Leichter y Pollak, imponían estrechos límites a la acción de este grupo, preocupado por preservar su porvenir. No sólo los hábitos del periodismo cotidiano los trababa en su preparación para la ilegalidad, sino que también las maneras de pensar y de trabajar de su vida política anterior se contraponían a las exigencias de esta tarea. Sin duda Pollak y Leichter discutirían con una audacia sólo aparente sobre los diversos métodos de conspiración, sobre los cuales buscaban instruirse incluso mediante lecturas, como estaba ahora de moda; pero ningún pedido, llegado desde las profundidades del partido, hubiera podido arrancarles la confesión de que ellos también habían llegado a una amarga convicción, el móvil de todos los preparativos para la ilegalidad en Kulczar, en el "pequeño" Bauer, en Ernst Fischer, en Fritz Kolb e incluso en una docena de grupitos de jovenes y milicianos del Schutzbund en Viena y en provincias: la convicción de que el hundimiento del partido se había vuelto inevitable. Al contrario, Leichter y Pollak protestaban con indignación ante la sola idea de tal eventualidad.


 


Además, reprocharles una falta de consecuencia habría sido desconocer completamente la naturaleza y el impasse trágico de la política socialdemócrata que este círculo compartía no menos que el conjunto de la dirección del partido. A sus ojos, creer en el hundimiento habría significado provocarlo; y creerlo inevitable no habría significado otra cosa que invitar al gobierno a proceder lo más rápido posible a la disolución del partido. Si, en consecuencia, una apreciación justa de la situación política les hubiera hecho comprender que un combate, último episodio de una política de repliegue, los llevaría necesariamente al hundimiento, la exactitud misma de esta apreciación los habría obligado tanto más a negar esa certeza. Leichter y Pollak habían resuelto, de una vez por todas, la contradicción entre la justa apreciación de su situación y la coacción de las circunstancias, de la misma manera que todos los jefes democráticos acosados por el fascismo: es justo lo que conviene decir a las masas y a los adversarios, para realizar los objetivos inmediatos. Y por esta razón, decían: somos demasiado fuertes para que el gobierno ose alguna vez atacarnos; el gobierno no sabría si su victoria es segura; si la clase obrera se bate valientemente, el gobierno sucumbirá.


 


Si a pesar de esto los redactores tomaban en consideración una preparación para la "ilegalidad", no era por derrotismo sino simplemente con el fin de estar "pertrechados contra toda eventualidad"; por lo tanto, no admitían sino a título de hipótesis la suposición del hundimiento del partido, que consideraban prácticamente nefasta y en consecuencia prohibida.


 


Sin superar de ninguna manera, por esas razones, los preparativos hacia la ilegalidad de los dirigentes del partido, ellos creían no obstante que un abismo profundo los separaba de esos dirigentes. Para Leichter y Pollak, la idea de ilegalidad no tenía nada de terrorífico. Desde el momento que exigían la resistencia armada, aceptaban, con la posibilidad teórica de la derrota, los riesgos de la existencia clandestina. La aceptación de estos riesgos los separaba de los hombres del Comité Directivo, pero el rechazo a creer en la fatalidad de la derrota los oponía a Kulczar y al "pequeño" Otto Bauer. La originalidad política de Leichter y Pollak consistía en declararse en todo momento por la "lucha" como único medio de salvar al partido. Mantener el "espíritu de combate" era, por esta razón, según ellos, no solamente el mejor medio de prevenir el peligro de una derrota, sino también la mejor manera de preparar la eventual ilegalidad. Aunque el partido sucumbiera en el curso de una prueba de fuerza, no por eso el combate debería ser evitado. Si los jefes renunciaran, el partido no haría nada. Legal o ilegalmente, por medios pacíficos o violentos, seguirían combatiendo, en toda circunstancia y "mucho más" en caso de derrota.


 


¿Pero, cómo los jefes socialdemócratas, tan violentamente criticados, habrían podido prepararse para un estado de cosas que no les aportaría otra certeza que la del fin de su actividad habitual? En tanto sus actos ejercían todavía una influencia sobre los acontecimientos, sus aspiraciones no tenían otro objetivo que el de salvar la existencia del partido a no importa qué precio. Setenta y un consejeros nacionales, 24 miembros del Consejo Federal, 171 diputados de legislaturas provinciales, 387 intendentes, algunos centenares de secretarios del partido, funcionarios y redactores, un número todavía más grande de secretarios y empleados sindicales, docenas de jefes de organizaciones culturales del partido, el conjunto de los dirigentes y funcionarios de las cooperativas, directores de empresas del partido, la mayor parte de los directores de institutos de seguros sociales, los secretarios de las centrales sindicales obreras y una multitud considerable de titulares de otros mandatos y otras funciones públicas que el partido solía distribuir: era un clan de algunos millares de personas que con su afán y su trabajo, su amor al partido, sus hábitos de vida, sus intereses, sus necesidades de prestigio, sus prejuicios y sus instintos de conservación decidían la política del partido. La perspectiva de ilegalidad significaba para ellos el fin de su carrera política, la inseguridad personal, el aniquilamiento de la obra de su vida; ninguna persuasión, incluso una mejor apreciación de la situación, habría podido convencer a la mayor parte de estos hombres a aceptar la idea de que tal desenlace era ya ineluctable. Por eso no se prepararon en absoluto para una existencia ilegal en el futuro. Además, cuando el gobierno hubo quebrado la resistencia del Schutzbund, arrestado a los jefes más importantes y demolido la gigantesca estructura legal del partido, el Comité Directivo del Partido Obrero Socialdemócrata había desaparecido para siempre de la escena política austríaca.


 


 


 


* * *


 


 


Nota: Después de este hundimiento y de la huida o el arresto de los principales jefes socialdemócratas, algunos militantes *particularmente Leichter, Pollak, Sailer y Richter (seudónimo de Buttinger)* reconstruyeron un nuevo partido, clandestino, que bajo el nombre de "Socialista Revolucionario" proseguiría la lucha hasta el Anschluss (anexión que Hitler hiciera de Austria en 1938). Esta historia fue narrada por Joseph Buttinger en su libro A lexample de lAutriche ("A ejemplo de Austria"), publicado por la editorial francesa Gallimard.


 


(*) Extraido de "Les Temps Modernes", marzo / abril, 1954.


 


 


NOTAS:


 


1. Arbeiter Zeitung: gran diario de Viena, órgano central del Partido Socialdemócrata.


 


2. Organización política y militar de los fascistas austríacos, dirigida por el príncipe Starhemberg y el mayor Fey.


 


3. Julius Deutsch: jefe del Schutzbund, la organización paramilitar socialdemócrata.


 

Artículos relacionados

Deja un comentario