A 20 años del Argentinazo: la vigencia de la rebelión popular

Apuntes sobre el Argentinazo

Desde una experiencia de lucha

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Hubo un debate nunca saldado sobre el carácter espontáneo o no de la rebelión popular de 2001 que entre el 19 y el 20 de diciembre terminó con el gobierno de De la Rúa y Cavallo. Si por no espontáneo entendemos que su ejecución fuera decidida en la mesa de una dirección política, deberíamos aceptar su espontaneidad. Si, por el contrario, buscamos entender el proceso político objetivo y subjetivo en la lucha de clases que llevó a la rebelión, encontramos un rico proceso de preparación política.

Ante todo, bien mirado, fue todavía más profundo que la ya gigantesca obra popular de poner en el helicóptero al gobierno de la Alianza. Porque Cavallo, ministro estratégico de la burguesía argentina, había sido parte de la dictadura desde el Banco Central, el superministro de Menem y luego ministro de la Alianza de De la Rúa y Chacho Alvarez. O sea que una rebelión popular asestaba un golpe mortal al hombre emblemático de la Fundación Mediterránea, la consultora cordobesa manejada por los pulpos automotrices, que había piloteado la “transformación argentina” para pasar, según el lenguaje de la época, del “estatismo populista” a las privatizaciones de las llamadas “joyas de la abuela”: YPF, Entel, los FF.CC., las eléctricas, Aerolíneas Argentinas, Aguas Sanitarias y, por sobre todas las cosas, la privatización del sistema jubilatorio mediante las AFJPs. Al mismo tiempo, fue el ejecutor de los despidos en masa y de la flexibilización laboral de los ’90 que derivó en 27 tipos de contratación precaria en su mejor momento, abriendo el curso de la tercerización laboral hasta nuestros días. Cavallo fue el hombre que antes de todo eso había ganado el favor de la clase capitalista desde el Banco Central, conduciendo la estatización de la deuda privada mediante un seguro de cambio en los finales de la dictadura. La operación de Estado que sería en buena medida el origen de la deuda que, creciendo como una bola de nieve, es el hilo conductor de las sucesivas crisis y defaults que caracterizan la decadencia de la Argentina constitucional. Una rebelión popular puso en fuga hacia una cátedra en Estados Unidos al gran ministro convocado de emergencia por el gobierno de la coalición del radicalismo y la centroizquierda del “bloque de los ocho” -fundador del Frepaso-, con expreso apoyo de esta fracción centroizquierdista.

La rebelión popular voltea a una coalición armada con mucha dificultad por la burguesía, apelando a un gran protagonismo de Alfonsín con los restos de su autoridad política de 1983, poco menos que demolida tras la hiperinflación de 1989 y el pacto de Olivos, que habilitó la reelección de Menem. Es decir que a los dos años -1999/2001- fracasaba la salida bordada con ahínco tras el derrumbe del menemismo que hacia 1998, con el “Tequila” y su impacto mundial, hundía el país en una desocupación del 18%, al tiempo que en una brutal caída del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones, cuando los precios se habían “deslizado” en un 70% en medio del uno a uno que congeló rabiosamente los salarios. Semejante experiencia política fue un shock de magnitud histórica a las ilusiones del pueblo argentino en los partidos políticos tradicionales. La expresión de semejante maduración fue el grito que tronó en las calles de Buenos Aires aquel 19 de diciembre: “Que se vayan todos”.

Es decir que si los ’90, con la experiencia menemista, abrieron una nueva etapa en la larga crisis del peronismo, para transformarlo en un dúctil partido de Estado de origen nacionalista, pero adaptado a los mandatos de la defensa última del capitalismo y a la adaptación al thatcherismo de los ’80/’90 -algo que ya se había expresado con enorme potencia en la vuelta contrarrevolucionaria del Perón de los ’70-, el Argentinazo destruyó con un golpe de las masas a todo el proceso de la centroizquierda engendrada en los ’90. O al menos abrió paso a su crisis más o menos definitiva hasta nuestros días, hoy asimilada a la derecha de Juntos por el Cambio o a la coalición conservadora del Frente de Todos. 

Si no, miremos a Elisa Carrió, otrora ARI que integraba el Frente Nacional contra la Pobreza (Frenapo) junto al degennarismo, a Margarita Stolbizer, del GEN, integrados en Juntos, por un lado. Por otro lado, a Encuentro Popular de Heller, presidente la Comisión de los Presupuestos del FMI, a la Unidad Popular con Claudio Lozano como director del Banco Nación, al PCR integrado a las listas del Frente de Todos, a Patria Grande, a Somos (ex Libres del Sur) o al viejo y semidesaparecido PC, todos integrados al Frente de Todos, de este peronismo siglo XXI socio del FMI. Este es un capítulo fundamental de la experiencia política que llevó a la maduración de la rebelión popular y al “que se vayan todos”.

El movimiento obrero y el Argentinazo

Es un hecho fáctico que la rebelión popular ocurrida hace veinte años fue protagonizada por un sector de la clase media cuyos ahorros fueron confiscados por el corralito y otros sectores populares urbanos en Buenos Aires y otras ciudades del país el día 19, desafiando el estado de sitio decretado por De la Rúa. También que al otro día confluyó con un desembarco de juventudes desocupadas desde el conurbano que chocaron durante horas con la policía hasta la renuncia del gobierno.

Es decir que el poderoso movimiento obrero argentino, capaz de paralizar el país y que de hecho lo había paralizado el día 13, seis días antes del 19, no participó físicamente, con sus organizaciones, del levantamiento popular reprimido por el gobierno de la Alianza, que se cobró 38 víctimas en la represión en todo el país, nueve de ellas en la Santa Fe del gobernador peronista Carlos Reutemann.

Puede considerarse al día 13 como parte del proceso que una semana después acabaría con el gobierno, pero también es cierto que de no producirse el levantamiento popular del 19 y 20 no caía el gobierno. Y en ese levantamiento no participó el movimiento obrero organizado, por mucho que ahora varios quieran apropiarse de la gesta popular. De hecho, la marea popular del 19 y 20 obligó a la CTA a declarar un paro de 24 horas el día 20, pero que expresamente excluyó la movilización -es decir, que en medio del levantamiento popular la CTA llamó un “paro dominguero”. En el caso de las CGTs de Daer y Moyano fue todavía peor, llamaron a un paro a las 18 horas, definitivamente un saludo a la bandera para tratar de acomodarse de alguna manera a la irrupción popular.

¿Cómo llegamos a semejante situación y qué derivaciones tuvo y tiene esto a veinte años del Argentinazo?

La génesis de este desenlace hunde sus raíces en el rol de las direcciones sindicales durante los ’90, la llamada “década infame menemista”. En los ’90 hubo al menos nueve paros generales y/o marchas federales, incluso hubo uno muy fuerte el 9 de noviembre de 1992 por parte de la CGT y algunos sindicatos de la CTA (con la oposición de Ctera), en medio de la ofensiva inicial del gobierno privatizador y flexibilizador. Pero se trató de un paro general que convivió con la entrega del movimiento obrero a los despidos masivos en los ferrocarriles, YPF, Entel y tantas otras en el marco de la ley de reforma del Estado. Tenaces huelgas de distintos gremios como telefónicos, ferroviarios o petroleros fueron derrotadas ante un Estado que mostró una decisión absolutamente férrea del gobierno menemista con el concurso de toda la burguesía -y de la oposición radical que tibiamente había intentado comenzar con la tarea durante el gobierno de Alfonsín bajo inspiración de Terragno-: “ramal que para, ramal que cierra”.

Todas esas huelgas fueron entregadas por la burocracia sindical que las aisló y trabajó para su desgaste y levantamiento una por una. En todos los casos, de distinta forma, la burocracia sindical se plegó de lleno a las privatizaciones como un destino fatal ante el cual no solo se resignó: entró, como hemos conocido ampliamente en el caso Pedraza, de la Unión Ferroviaria, en el negocio de la tercerización como empresaria socia de las privatizaciones, algo a lo que no escapa el moyanismo que tuvo y tiene injerencia en tercerizadas de contratación de personal. También mediante la integración de algunos directores sindicales en los directorios de las nuevas compañías que harían de comparsa de los nuevos patrones y, como lubricante para hacer pasar la entrega, las famosas Propiedades Participadas o Participación en las Ganancias que fueron sistemáticamente desconocidas, lo que dio origen a reclamos judiciales y políticos hasta hoy -recordemos la ley de reparación a los exypefianos que conquistamos con nuestra iniciativa parlamentaria, acompañada de la movilización de afectados en oportunidad de la indemnización a Repsol por parte del kirchnerismo.

Esta burocracia sindical asociada a los negocios de la privatización es lo que el centroizquierda ceteísta llamó “el sindicalismo empresarial”. El extremo fue la gigantesca privatización del sistema jubilatorio: todas las alas de la burocracia sindical se pusieron a vender afiliaciones a las AFJPs, por el ejemplo el Sindicato Gráfico, vendiendo las afiliaciones a Activa del Grupo Clarín o en el caso de Luz y Fuerza y otros gremios constituyendo la AFJP Futura. En el caso del centroizquierda fue el colmo de la duplicidad porque a través del Credicoop de Carlos Heller y el PC constituyeron la AFJP Previsol. En tanto, nosotros elaboramos el folleto “La Bolsa o la Vida” contra la privatización jubilatoria e impulsábamos la permanencia en el sistema de reparto para mantener la lucha por la recuperación del sistema jubilatorio, logrando por ejemplo, que debatiendo y votando en asamblea de fábrica, el 97% de la Editorial Atlántida permaneciera en el sistema estatal.

Las luchas desde el Santiagueñazo y la burocracia sindical

En 1993 se producirá el Santiagueñazo, un levantamiento popular con centro en una huelga activa de los estatales de esa provincia contra una “ley ómnibus” que dejaba en la calle a 10.000 empleados estatales y reducía al 50% el sueldo de los que conservaban el trabajo. La movilización arrastró a vastos sectores populares en la capital y en La Banda, donde los manifestantes atacaron todas las instituciones del sistema y aún la casa de los políticos capitalistas responsables de los ataques a las masas. El Partido Obrero lo llamó, como recordamos en muchos de nuestros trabajos, “el Cordobazo de los ’90”. Aquel había iniciado la caída de una dictadura y el mayor proceso clasista de nuestra historia, este iniciaría una serie de luchas que se extenderían a lo largo de los años hasta el Argentinazo.

¿Se trató de un ascenso obrero desde 1993 que desembocaría en el Argentinazo, como sostienen algunos historiadores? Creemos que no. Algunos de los nueve paros generales que señalamos fueron de enorme alcance, como el de 36 horas del 26 y 27 de setiembre de 1996, con movilizaciones en Plaza de Mayo de más de 50 mil personas y movimientos aún más importantes en el interior del país. Por ejemplo, el paro activo también de 36 horas en Córdoba del 12 y 13 de setiembre, que fue antecedente del que se haría en todo el país unos días después. La CGT San Lorenzo protagonizó huelgas y piquetes que conmovieron todo el cordón industrial rosarino, con una profusión de piquetes y cortes de ruta que le valieron a su dirigente principal, Edgardo Quiroga, más de treinta procesos penales. El ATE neuquino protagonizó importantes luchas.

Pero la ofensiva flexibilizadora del menemismo seguía su curso: en ese primer lustro de los ’90 se imponen los convenios Fiat-Smata o GM, ejemplos de flexibilización laboral y una importante lucha de Fiat es derrotada. En el ’97 se ocupa la Editorial Atlántida en una de las grandes luchas del período, de impacto internacional en todo el gremio gráfico, afectado por la reconversión tecnológica y la flexibilización laboral. Pero esta lucha que se extendió durante 80 días, como otras de la etapa, fue criminalmente aislada por la burocracia de Ongaro y recibió una solidaridad formal de la CTA, el MTA y el Bloque de los Ocho -la ruptura del peronismo de Chacho Álvarez, Juan Pablo Cafiero y otros-, pero sin que ello significara medida de lucha alguna para llevarla a la victoria.

En resumen, las luchas huelguísticas y ocupaciones de fábricas destinadas a quebrar la ofensiva capitalista fueron sistemáticamente aisladas. Y los paros generales y las Marchas Federales -especialmente organizadas por el degennarismo- fueron un expediente de descompresión periódica de las tendencias a una lucha de conjunto para no darla. La cuestión de la huelga general, en el verdadero sentido de huelga política de masas, de tipo indeterminada, del conjunto de la clase obrera, de carácter movilizadora y piquetera, estuvo no solo fuera del radar de la burocracia, sino que la política de la burocracia estuvo enderezada conscientemente a conjurar ese planteo realizado desde el clasismo, y clara y expresamente desde nuestro partido. Al régimen menemista había que oponerle la huelga general para que los trabajadores acaudillaran al resto de los sectores populares contra el gobierno. El saldo de la década fue que el peronismo garantizó la entrega de las compañías estatales por centavos, aceptando como pago los devaluados bonos de la deuda a su valor nominal (Plan Brady), se removieron las leyes laborales habilitando los convenios por empresa, la multifunción y la polifuncionalidad, se violentó la jornada de ocho horas que arrancaron las grandes huelgas generales de principio del siglo XX, se acabó con el sistema jubilatorio estatal y se despidieron centenares de miles de trabajadores, se provincializaron la salud y la educación y, con la reforma constitucional del ’94, al quedar las provincias a cargo del subsuelo, se dio un primer impulso a la megaminería y se acentuó la entrega del petróleo, que todos los gobiernos posteriores continuaron.

Algunos historiadores opinan que las luchas de los ’90 impidieron a la burguesía llegar más lejos y se basan en que De la Rúa y Cavallo en el gobierno encararon una nueva reforma laboral. Es cierto, pero también es cierto que hoy, veinte años después, otra vez está en la agenda una nueva reforma laboral de la mano del FMI, a pesar de que el convenio por empresa, el trabajo en negro y la precarización se han prolongado y profundizado. El capital es insaciable en su pulsión de descarga de su propia crisis sobre las espaldas de las masas.

El sindicalismo opositor, socio de la salida devaluacionista

El proceso de los ’90 incluye no solo el pase del moyanismo a la oposición junto a Palacios de la UTA (años después apartado del gremio por tal corrupción que lo hizo terrateniente), sino la propia ruptura de la CGT por Hugo Moyano que logra plegar al Smata y otro grupo de gremios para constituir una central, digamos, “antimenemista”, pero recién en el año 2000 -o sea después de Menem. Como parte de ese proceso se forma la “Mesa de Enlace” en la que participan la CTA y la CCC del “Perro” Santillán. 

Esta división y posterior ruptura de la CGT creó expectativas en sectores del activismo en la medida que se presentaba como un posible canal para las luchas contra la permanente ofensiva capitalista que tenía al gobierno de Menem a la cabeza, y a Daer y los “gordos” definitivamente plegados a ella. Por ello y porque objetivamente era necesario desplegar el proceso político de la ruptura de la CGT contra Rodolfo Daer y su completa asimilación al régimen menemista para tender un canal de lucha, los congresales de la Lista Naranja de la Federación Gráfica Bonaerense participamos del congreso de ruptura junto a 150 congresales opositores de gremios que permanecían en la CGT oficial. Con nosotros participaron los congresales de la CGT San Lorenzo y muchos otros. Desde luego, lo hicimos acompañados de una declaración que impulsaba un plan de lucha, al mismo tiempo que asambleas en todos los gremios para quebrar la integración de los sindicatos al gobierno.

Pero el moyanismo manejó la ruptura en términos muy precisos, indudablemente discutidos con el Smata de José Rodríguez, viejo burócrata peronista del gremio mecánico. Nada menos que con la burocracia autora de los convenios Fiat-Smata, un caso histórico de un convenio flexibilizador sin obreros, o sea para futuros trabajadores, o el convenio de General Motors que fueron convenios modelo de la época para emulación de todas las patronales del país. Esos términos tuvieron que ver con un acuerdo con el duhaldismo, que reforzaba para entonces la presión por una salida devaluacionista de la convertibilidad que De la Rúa y Cavallo mantenían.

Todo un sector de la burguesía, capitaneado por Paolo Rocca, del grupo Techint, y otros sectores exportadores estaba en la movida devaluatoria “para salir del corsé del uno a uno”. La denuncia de Moyano de la “ley Banelco”, como él mismo la llamó, fue muy importante en la crisis política del gobierno aliancista. Recordemos que a partir de este caso emblemático (e impune por completo) de la corrupción capitalista y de la descomposición del peronismo -porque fueron senadores suyos los que fueron coimeados con los fondos reservados de la Side por De la Rúa y su ministro Flamarique, proveniente de la centroizquierda frepasista-, renunció el vicepresidente Chacho Alvarez.

Y mientras Moyano se iba asociando al duhaldismo, que a la postre tomaría el gobierno para pilotear la devaluación pos Argentinazo, la CTA de Víctor De Gennaro y Claudio Lozano iba hipotecando a los trabajadores a la salida aliancista. Más aún, De Gennaro fue un actor fundamental como celestino de la Alianza. Su plan estratégico de “otro modelo sindical no empresarial” no estaba asociado a un sindicalismo de clase y de ruptura con la dependencia de los sindicatos del Estado, tan estructural en todo el armado de la ley sindical argentina. Su “modelo” era otra variante de integración de los sindicatos al Estado mediante el “gobierno popular de la Alianza”. Muchos, no sin razón, llamaron a la CTA “la CGT de la Alianza”.

Esta política tuvo consecuencias letales en oportunidad de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre. Porque si bien el centroizquierda sindical de la CTA después de la renuncia del Chacho se fue pasando a la oposición, cuando llegó la rebelión contra el estado de sitio y contra todo el estado de cosas, de hambre, pobreza, bancarrota nacional y confiscación del bolsillo popular, cuando esa rebelión llegó, levantaron toda lucha para “defender las instituciones de la democracia” ¿Defenderlas de quién? De los trabajadores y el pueblo rebelados. Esto lo vivimos en carne propia por parte del Partido Obrero y el Polo Obrero, quienes organizábamos la jornada de movilización del día 20 en frente único con la CTA y la CCC, convocados al mediodía en el Congreso para marchar a la Plaza de Mayo. Nosotros, con la consigna Fuera De la Rúa-Cavallo, con la que habíamos militado largo tiempo e impulsado las dos Asambleas Piqueteras de La Matanza en común con ellos, ellos con las suyas. A la medianoche del 19, a horas de aquel histórico 20 de diciembre, nos llamaron los representantes de ambas corrientes para decirnos que no iban: Lozano, De Gennaro, el PCR y D’Elía mostrarían sus límites definitivos poniendo por delante del pueblo en la calle, al capitalismo, sus instituciones y sus políticos. El saldo fue una victoria popular después que “la democracia” se cobrara 38 víctimas.

Comenzaba la debacle definitiva de un centroizquierda que hoy está en ruinas y es parte del Frente de Todos, la coalición del peronismo del FMI. Es un derrotero que no se puede separar de un planteo estratégico sistemático de la CTA de aquella etapa, que fue la alianza con la Federación Agraria (FA) y las Pymes, un puente hacia el conjunto de la burguesía. No hace falta recordar que la FA desde 2008 es parte integrante de la otra “mesa de enlace”, la que integra con la Sociedad Rural, poniendo en claro sus intereses últimos de clase, lo mismo podríamos decir de la Came (Confederación Argentina de la Mediana Empresa), asociada todo el tiempo a la causa de una mayor flexibilización laboral. Pero notablemente en el momento histórico de confluencia de sectores de la pequeña burguesía (ahorristas) con los trabajadores (piqueteros) en las jornadas del Argentinazo, se borraron. Aquello de “piquete y cacerola, la lucha es una sola” les fue ajeno. Lo serían también el desarrollo de las Asambleas Populares y sus acciones y deliberaciones comunes con el movimiento piquetero que fueron las Asambleas Nacionales de Trabajadores que empezaron a reunirse desde 2002.

Habría otros capítulos enormes de esta debacle del centroizquierda sindical y político. El siguiente 26 de junio, ya ejecutada la brutal devaluación, con un gobierno ilegítimo en el poder como Duhalde, se tramó otra operación represiva para disciplinar al ascendente movimiento piquetero de la etapa, que se desarrolló geométricamente después de la caída de De la Rúa. En ella asesinarían a Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Esa tarde, con la sangre aún caliente de los compañeros, en la sede de Lomas de Zamora del MIJD de Raúl Castells, convocamos una conferencia de prensa en la que, a instancias del Polo Obrero, anunciamos la movilización al día siguiente. Junto a referentes del MTD Aníbal Verón recorreríamos esa noche los medios denunciando el asesinato, la masacre de Avellaneda preparada por fuerzas conjuntas en la que hirieron de bala de plomo a 33 compañeras y compañeros. Marta Maffei, secretaria general de la CTA, al otro día diría por todos los medios: “no convocamos manifestaciones que no controlamos”.

El degennarismo no actuó así de casualidad. Ya integraban el Consejo Consultivo constituido por Duhalde junto a la Iglesia. Su “defensa de las instituciones” en oportunidad del Argentinazo los llevaba ahora a practicar una política colaboracionista con el gobierno devaluacionista, provisional, ilegítimo y represivo de Eduardo Duhalde. Duhalde tuvo que apurar su salida como resultado de las grandes movilizaciones que desnudaron el crimen de Maxi y Darío y obligaron a encarcelar a sus autores. La operación represiva fue derrotada. La CTA y el centroizquierda de Claudio Lozano (actual director del Banco Nación) y De Gennaro, modesto concejal de Lanús, integran el Frente de Todos que ajusta hace dos años a los trabajadores y se apresta a entregarlos a un nuevo pacto con el FMI, como los de Cavallo en 2001 y Macri más recientemente, apoyado por toda la burguesía y sus partidos.

Previo a este derrotero, recordemos que la integración al kirchnerismo produjo la división de Yasky y la Ctera de De Gennaro y ATE, los dos grandes gremios de la central. La integración al Estado hizo el implacable trabajo de la historia, desnudó los límites insalvables del “modelo sindical no empresarial”, pero igualmente integrado a variantes políticas diversas de la burguesía.

El desarrollo del clasismo al calor de las ocupaciones de fábrica y del rol combativo del movimiento piquetero, es decir de la fracción desocupada del movimiento obrero que se dio tras el Argentinazo, no es ajeno a esta crisis del centroizquierda sindical (y piquetero). La victoria del clasismo en el Sutna y las seccionales clasistas que se expanden en la docencia, en los ferrocarriles en los Metrodelegados y en infinidad de delegados fabriles y sindicales son la superación concreta de esta variante de la burocracia sindical que explica, junto a los límites todavía más evidentes del moyanismo, la ausencia del movimiento obrero organizado en el Argentinazo. Explican también lo que hoy vemos. Cuando otro Daer (Héctor) y otro Moyano (Pablo) integran la CGT unificada que se ha propuesto como pata sindical del apoyo al pacto con el FMI y han acompañado el ajuste contra los jubilados y el conjunto de los trabajadores practicado hasta hoy.

La fundación del Polo Obrero

Para el Partido Obrero, la cuestión de las cuestiones a partir de las caracterizaciones sobre las crisis capitalistas y su alcance es cómo intervenir en ellas. Para ser más precisos, cómo promover la intervención de la clase obrera en ellas y sobre esa base fundar el desarrollo del partido -o sea, la lucha por una nueva dirección de los explotados que pueda conducirlos a la victoria. Escapamos como a la peste a la tendencia izquierdista autoproclamatoria a considerar que debido a la claridad propia, la historia deberá llamarnos a su puerta.

Desde este lugar acompañamos desde los inicios la formación de las primeras comisiones de desocupados en los cortes de ruta de Mosconi, Tartagal y Cutral Có. Esas luchas que derivaron en puebladas de miles de obreros despedidos, particularmente de la industria petrolera, le presentaron al régimen la batalla que no presentaron los sindicatos, a través de los obreros que fueron abandonados por sus sindicatos a su suerte, muchos de ellos activistas. Para nosotros se trató de un movimiento de alcances revolucionarios en el sentido de que apeló a la acción directa para organizar a miles de trabajadores con los métodos de la acción directa y apelando al acompañamiento de la población. Por eso llegaron las puebladas y contra ellas las represiones que quedaron inscriptas en la historia y hasta hoy vivas en los nombres de sus mártires inscriptos en distintos movimientos de lucha como Teresa Rodríguez, Aníbal Verón y otros.

En la izquierda de origen trotskista se abrió un debate con diversas corrientes que siguen hasta hoy ajenas por completo al movimiento piquetero. Lo consideraron lumpen, asistencialista o punteril, como si se tratase de una réplica de la práctica tradicional del peronismo y el radicalismo explotando la pobreza para el sometimiento político, como sigue ocurriendo hasta el día de hoy. El centroizquierda de Luis D’Elía a través de la Federación de Tierra y Hábitat, integrada a la CTA, y de la Corriente Clasista y Combativa estuvo a la izquierda de esas posiciones porque entró de lleno en el movimiento con sus propias características y perspectivas ligadas al recambio burgués, a la Iglesia y a diversas formas de la conciliación de clases en el terreno político y sindical, pero cortando rutas por los reclamos -y sufriendo la represión y miles de procesos penales de criminalización de la protesta. También es cierto que con el correr del tiempo, esa perspectiva ligada al recambio de “modelo” capitalista y de subordinación al Estado reprodujo dentro de esas organizaciones de lucha las deformaciones propias del asistencialismo estatal, del mismo modo que el centroizquierda sindical reproduce las prácticas de la burocracia más rancia al interior de los sindicatos.

Este oído pegado al proceso real de lucha de los trabajadores nos llevó a participar de las primeras comisiones de desocupados en Neuquén, en Salta y en Berazategui, al igual que de la asamblea de delegados del norte de Salta con 180 delegados que, por iniciativa del PO, votó la propuesta de un congreso piquetero nacional. Esa concepción nos llevaría en el 2000, un año antes del Argentinazo, a fundar el Polo Obrero. Un nombre y una organización que veinte años después es algo popular y su sola mención es un factor de organización en las barriadas empobrecidas de todo el país, aún en provincias donde no está formalmente constituido el Partido Obrero, siendo a veces la piedra fundacional para la construcción del partido a partir del movimiento de desocupados. En aquel momento le valió la consideración del ministro del Interior, el racial Federico Storani, de “congreso conspirativo contra la democracia”. Claro, era el ministro que debutó con las muertes de dos manifestantes en el puente que une Resistencia con Corrientes.

La rareza del nombre ya es historia, hoy decir Polo Obrero es sinónimo de piquete, de lucha de clases, de unidad de ocupados y desocupados, de independencia política de los gobiernos capitalistas que se suceden, de apoyo a toda causa justa de los explotados, desde una ocupación de fábrica hasta una pueblada por un gatillo fácil o a la movilización popular contra un femicidio, en apoyo a una ocupación de tierra por familias sin techo, como a las reivindicaciones propias del movimiento de desocupados en torno de sus reclamos de alimentos, trabajo y subsistencia.

Pero ese nombre tuvo su origen en la idea de un “polo clasista” de ocupados y desocupados. Por eso, de su fundación en los salones de la Federación de Trabajadores de Prensa (Fatpren) participaron una delegación muy importante de piqueteros de Mosconi, con un líder de la época llamado “Pepino” Fernández (que después evolucionaría hacia el cooperativismo y la integración al Estado vía su condición peronista) y Edgardo Quiroga, líder de la combativa CGT San Lorenzo que mencionamos más arriba, junto a compañeros de las comisiones de desocupados neuquinas, del Gran Buenos Aires y otros que proveníamos de agrupaciones del movimiento obrero orientadas por el PO. 

Esa idea sigue presente hoy en la integración del Polo Obrero a la Coordinadora Sindical Clasista y al Plenario del Sindicalismo Combativo. Mientras que la CGT y las CTAs se alejaron cada vez más del movimiento piquetero y sus luchas. Pero el sustrato principal se expresa en el programa y los métodos del Polo Obrero que en otros trabajos de esta serie sobre los veinte años del Argentinazo de En Defensa del Marxismo están ampliamente desarrollados. La lucha por trabajo genuino a través del planteo de plan de viviendas y obras públicas, del reparto de las horas de trabajo, etc. La cuestión del seguro al desocupado de tipo universal con un fundamento: el trabajo es un derecho y es, por lo tanto, responsabilidad de quienes dominan los medios de producción y los resortes del Estado proveerlo. Por ello siempre, siempre, nos dirigimos al Estado y “hemos pasado de largo” de los supermercados para dirigirnos al poder político. En todos los planteos anticapitalistas transicionales referidos a la tierra y la vivienda, entre tantos otros. Y, por el lado de los métodos, al rescate y la práctica de las mejores tradiciones de la clase: la asamblea, el o la delegada revocable, el congreso de los delegados, el principio movilizador, la unidad con la lucha del otro explotado que nos llevó a apoyar las seis horas del subte, a las fábricas ocupadas por decenas y, aún en nuestros días, al apoyo a los obreros del Neumático en sus horas más difíciles.

En fin, desde este lugar, el 20 de diciembre de 2001 a las 12 horas exactamente nos concentrábamos frente al Congreso para marchar a Plaza de Mayo a pesar del estado de sitio, ya desafiado por el imponente cacerolazo del día anterior. En la cabecera nos alineamos ocupados y desocupados, Gustavo López y Romina Del Plá, del Suteba La Matanza; Néstor Correa, de la AGD UBA; Nina Pelozo, del Mijd, ATE Sur y otras compañeras y compañeros, con los movimientos del Bloque Piquetero que ya había ganado la calle pocas semanas ante con la consigna “Fuera De la Rúa-Cavallo”, con el Partido Obrero y otras corrientes de la izquierda arrancábamos hacia la Plaza que ya había sido reprimida por la caballería. Fuimos al encuentro de la guardia de infantería, algunos con bolitas para la caballería, como los compañeros docentes de La Matanza, otros con algún limón a mano y en pocos casos con alguna gomera. Después de la primera represión, durante siete horas, la columna del PO avanzó y retrocedió hacia una Plaza de Mayo que no alcanzamos en ningún momento, por distintas calles, en medio de los gases, las balas de goma y, lo sabríamos con las horas, también las de plomo que partían desde los autos policiales de civil que iban y venían. A eso de las 19 horas, recuerdo, un grupo de compañeros del PO momentáneamente parados en las cercanías del Obelisco escuchábamos por una radio que De la Rúa había renunciado.

Se acababa de escribir una enorme página de nuestra rica historia que abriría un proceso, una transición que tuvo distintas alternativas. Que se expresaría en las fábricas ocupadas, en el Puente Pueyrredón el 26 de junio de 2002, en el acampe del 7 de agosto de ese año y en la Plaza de masas del primer aniversario. Pero que está presente sin duda en el ascenso de la izquierda obrera y socialista del último período, en el crecimiento exponencial del Polo Obrero de nuestros días, al igual que los del Frente de Lucha y la Unidad Piquetera, en la dura lucha y los avances del sindicalismo clasista contra la vieja burocracia y contra la cooptación kirchnerista, en las grandes luchas del movimiento estudiantil de estos veinte años expresados en la conquista de la Fuba Piquetera y en los métodos de todos los grandes movimientos populares, como el movimiento de la mujer.

Y, digámoslo, en la descomunal Plaza de Mayo contra el pacto con el FMI del 11 de diciembre pasado. Testimonio de una fuerte corriente política que prepara las grandes luchas que seguramente volverá a dar la combativa clase obrera y el pueblo argentino.

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