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La Revolución alemana de 1918

Por Andrés Roldán

Alemania en la Primera Guerra mundial

A principios de agosto de 1914, Alemania tomó la iniciativa de desencadenar la Primera Guerra Mundial, confiada en que una victoria sobre Francia, en una guerra “rápida y alegre”, evitaría una larga contienda. La campaña arrancó exitosamente. Pero a orillas del río Marne, una contraofensiva francesa obligó a los ejércitos alemanes a retroceder y atrincherarse. Y comenzó una larga guerra de posiciones. Comenzó una guerra de agotamiento, y en ese terreno los recursos del bloque anglo-francés, con su dominio de los mares y sus posiciones en los cinco continentes, eran muy superiores a los de Alemania.

Gran Bretaña puso en marcha un cerrado bloqueo marítimo que impidió a Alemania abastecerse de ultramar. Las condiciones de vida en Alemania se deterioraron aceleradamente, el racionamiento comenzó a hacer estragos en el ánimo de la población

La socialdemocracia apoya la guerra

La socialdemocracia alemana, el partido más importante de la Internacional Socialista, votó el presupuesto para la guerra el 4 de agosto de 1914. La noticia provocó una conmoción en el movimiento socialista internacional. Lenin, cuando recibió el ejemplar del diario socialdemócrata anunciando el voto, lo consideró inicialmente una falsificación del gobierno alemán. Pero no fue un caso aislado. Además del laborismo inglés, cuyo apoyo era previsible, los grandes partidos europeos, el francés y el austríaco se encolumnaron detrás de sus burguesías imperialistas y apoyaron la guerra. Sólo una minoría, los bolcheviques en Rusia y pequeñas fracciones de los otros partidos denunciaron la traición de los principales dirigentes de la Internacional.

En el bloque parlamentario socialdemócrata alemán se impuso el voto a favor de la guerra por 78 a 14. La minoría incluía una diversidad de posturas desde un centro pacifista (Karl Kautsky, Hugo Haase) hasta una izquierda militante contra la guerra (Karl Liebknecht). Pero “los revolucionarios alemanes se encontraban en un estado de atomización total. En un partido al que todavía consideraban suyo, recibieron una represión que doblaba la de Estado y su policía. Si el Estado prohibía la expresión política de los adversarios de la guerra, el ejecutivo del partido iba a extender este estado de sitio al mismo partido” (Broué, p. 35).

Liebknecht, que había votado acatando a la mayoría, se arrepentirá, y decidió votar contra su propio partido en diciembre de 1914. El 1° de mayo de 1915 redactó su famoso volante donde afirmaba “El enemigo principal está en nuestro propio país”, que Lenin destacará como la fórmula revolucionaria por excelencia frente a la guerra. El ejemplo de Liebknecht impactó. En marzo de 1915 fueron más de 30 los diputados que no estaban de acuerdo en votar los créditos de guerra, y la dirección se vio obligada a contemporizar y concederles la autorización para que se abstuvieran. Era un primer paso.

Zimmerwald y Kienthal

En setiembre de 1915 se reunió, en la localidad suiza de Zimmerwald, la conferencia socialista internacional contra la guerra. Lenin y un pequeño grupo de delegados formaron la izquierda de Zimmerwald, que no sólo denunciaba a la derecha socialdemócrata social-patriotera y proimperialista sino también al centro cómplice y encubridor, cuyo mejor representante era Kautsky en la socialdemocracia alemana. De los diez miembros de la delegación alemana, la más numerosa, dos votaron con Lenin y el resto con una mayoría que se negaba a llamar a romper con el centro. De todos modos, la declaración acordada fue repartida masivamente en Alemania causando una gran conmoción. En abril de 1916, una nueva conferencia se celebró en Kienthal. “Las autoridades alemanas (tanto las militares como las civiles) no podían dejar de tener en cuenta que Zimmerwald y Kienthal habían tenido su mayor éxito precisamente en Alemania” (Tarle, p. 379).

Crece la oposición en Alemania. Comienza a estructurarse la izquierda

Las protestas comenzaron a extenderse por todo el país. El 1° de mayo de 1916, la oposición de izquierda convocó a un acto en Berlín al que concurren algunos miles de obreros y jóvenes, en el que Liebknecht tomó la palabra. Fue detenido, pero el día de su juicio, 55 mil obreros de Berlín realizaron una huelga de protesta. Kautsky admitió en una carta a Víctor Adler en agosto de 1916: “El extremismo corresponde a las necesidades actuales de las masas no educadas (...) Liebknecht es el hombre más popular en las trincheras” (Broué, p. 42).

En la oposición de izquierda se perfilan tres corrientes. Liderada por Liebknecht y Rosa Luxemburgo se funda, en marzo de 1916, la Liga Espartaco. Criticaban tanto la “paz civil” de la derecha como las ilusiones pacifistas del centro, y afirmaban que la paz no resultaría más que de una acción revolucionaria del proletariado. La segunda corriente, surgida de los sindicatos de Berlín y conocida como los “delegados revolucionarios”, era una “red elástica, que descansa sobre contactos de confianza entre militantes de organizaciones legales, y es, de hecho, candidato al papel de dirección de los trabajadores berlineses” (Broué, p. 48). Encabezados por Richard Müller, conviven dirigentes de la izquierda y del centro. Ellos protagonizaron la huelga en solidaridad con Liebknecht. La tercera corriente, más inorgánica, algunos influidos por el bolchevismo, eran partidarios de formar un partido revolucionario independiente.

Era un debate entre los opositores de izquierda. Los bolcheviques habían defendido, en Zimmerwald y Kienthal, la necesidad de constituir un partido revolucionario independiente frente a la bancarrota de la Segunda Internacional, separado no solamente de la dirección derechista sino también del centro pacifista y vacilante que la encubría. Rosa Luxemburgo, en cambio, consideraba que se debía permanecer en el partido todo el tiempo posible, evitar romper prematuramente, intervenir y actuar para arrastrar a los obreros a la lucha, que sería la mejor escuela para recuperar el partido. Los espartaquistas se rehusaban a romper con el Partido Socialdemócrata. La tarea era enderezarlo.

La escisión la producirá la derecha. Y escindirá no a la izquierda sino al centro. La izquierda, que no la previó ni se preparó, tendrá que tomar posición frente a los hechos consumados.

La formación del Partido Socialdemócrata Independiente y la división de la izquierda

El centro liderado por Kautsky y Haase mantenía una “oposición leal” a la dirección derechista. Pero con el deterioro de la situación social y el empantanamiento de la guerra se acrecentaron los síntomas de descontento en el seno del partido. En marzo de 1916, Haase denunció el estado de sitio y los diputados del centro votaron en contra de su renovación. La réplica fue inmediata, la fracción parlamentaria socialdemócrata los excluyó. Así, durante el resto de 1916, convivieron en el mismo partido dos grupos parlamentarios separados y tres corrientes políticas.

Las dos oposiciones, la pacifista y la revolucionaria competían por ampliar sus bases en el partido. La dirección las aproximará. Por iniciativa de los diputados centristas, se convocó a una conferencia de toda la oposición, en enero de 1917, a la que concurrieron los espartaquistas. Nadie propuso la escisión. La conclusión fue defenderse de las agresiones de la dirección. Fue el Ejecutivo derechista quien tomó la iniciativa. Acusó a la oposición de colocarse fuera del partido y comenzó una purga implacable por todo el país. La oposición se vio obligada a sacar las conclusiones. La escisión era un hecho. Una nueva conferencia, durante la pascua de 1917, decidió la formación del Partido Socialdemócrata Independiente.

El partido se partió de arriba abajo. Unos 170.000 militantes se quedaron en el viejo partido, mientras que el nuevo reivindicaba 120.000. Entre éstos, los dirigentes más conocidos de todas las tendencias de antes de la guerra, Liebknecht y Luxemburgo, Haase y Ledebour, Kautsky y Hilferding, e incluso Eduard Bernstein. Ni buscada ni preparada por la oposición, la escisión resultó de la doble presión de la cólera obrera y de la determinación del ejecutivo, al servicio de la política de guerra, de impedir cualquier resistencia. Los dirigentes del nuevo partido, que habían luchado durante años con el objetivo declarado de evitar la escisión, se encontraron, paradójicamente, a la cabeza de un nuevo partido.

Los espartaquistas ingresaron al nuevo partido, que estaba liderado por los centristas. Los espartaquistas ni siquiera formaron una fracción dentro del nuevo partido, del que alababan su falta de centralismo, al que identificaban con el burocratismo que tantos males había causado en el Partido Socialdemócrata. Una consecuencia del ingreso de los espartaquistas al nuevo partido fue consumar la división de la oposición revolucionaria. En agosto de 1917 se celebró una conferencia de grupos radicales de izquierda con el objetivo de crear un “partido socialista internacional”. Otto Rühle, todavía diputado, se les unió con los militantes que le siguen.

El viraje de 1917. La Revolución Rusa y huelgas y agitación en Alemania

El hecho que marcó un viraje en 1917 fue la Revolución Rusa. La caída del zar, la formación de los soviets, la comprobación de que las penurias de la guerra podían movilizar a las masas en una revolución que liquidó en una semana a un régimen milenario, provocaron una profunda impresión en todos los países beligerantes.

Un informe del prefecto de policía al comandante militar de Berlín, fechado el 23 de febrero de 1917, declaraba: “Actualmente, casi todos los militantes sindicales metalúrgicos que se imponen en las fábricas son miembros de la oposición, y una gran parte del grupo Espartaco, que ha tomado por consigna ‘Poner fin a la guerra mediante las huelgas’” (Broué, p. 61).

En abril se desarrolló en Berlín una huelga impulsada por los “delegados revolucionarios” que englobó a más de 300 mil obreros con reclamos reivindicativos. La burocracia sindical y la dirección del Partido Socialdemócrata asumieron formalmente la dirección de la huelga y maniobraron para levantarla sin que se incluyeran reivindicaciones políticas y con algunas concesiones menores. Pero no lograron derrotarla. Una primera valla había sido superada. Las masas habían librado su primer combate. Los socialdemócratas independientes habían ganado un gran prestigio. En numerosas fábricas se lanzó la consigna de formar consejos obreros como en Rusia.

En junio y julio se puso en marcha un movimiento entre los marineros de la flota en Kiel. Formaron una liga clandestina de marinos y soldados que llegó a agrupar a cinco mil miembros. El movimiento que se desenvolvía con acciones de masas fue duramente reprimido. Los líderes fueron ejecutados en setiembre de 1917. Poco después, Lenin escribía que este movimiento revolucionario marcaba “la crisis de crecimiento de la revolución mundial” y constituía uno de los “síntomas de un despertar de la revolución, a escala mundial”.

La Revolución de Octubre y la agitación obrera en Alemania y Austria-Hungría

En noviembre de 1917, los bolcheviques tomaron el poder. Hicieron un llamamiento por la paz y contra la guerra. Los bolcheviques, con León Trotsky a la cabeza de la delegación, supieron utilizar las negociaciones de Brest Litovsk como una tribuna desde donde llamar a sus hermanos de los países beligerantes. El llamado fue escuchado: el 14 de enero de 1918 estalló una huelga en Budapest. En pocos días se extendió a todas las empresas industriales de Austria y de Hungría.

En este clima, el 27 de enero, la asamblea de los torneros de Berlín, a propuesta de Richard MüIler, decidió por unanimidad desencadenar la huelga al día siguiente y celebrar asambleas generales que eligieron 414 delegados, que designaron la dirección de la huelga: las lecciones de abril de 1917 no habían sido olvidadas. El número de huelguistas llegó a 500.000. Los socialdemócratas de la mayoría intervinieron otra vez para frustrar el movimiento. En sus memorias, el dirigente socialdemócrata Friedrich Ebert, futuro presidente, explicó su rol: “En las fábricas de Berlín, la dirección radical había tomado las riendas. Algunos afiliados a nuestro partido fueron obligados a dejar el trabajo atemorizados y vinieron al ejecutivo a suplicar que se enviasen algunos miembros a la dirección de la huelga (...) Yo entré a la dirección de la huelga con la intención bien determinada de ponerle fin lo más deprisa y evitar así al país una catástrofe”.

Para una minoría revolucionaria, esta derrota es rica en enseñanzas. Richard Müller describía el sentimiento dominante entre los proletarios: “Nos hacen falta armas. Nos hace falta hacer propaganda en el ejército. La única salida es la revolución”. Los espartaquistas difundieron cientos de miles de volantes durante la huelga, pero tomaron conciencia de que no estaban organizados ni claramente orientados. Leo Jogiches, uno de sus mejores organizadores escribía: Parece que ha habido entre los delegados (...) muchos de nuestros partidarios. Sólo que estaban dispersos, no tenían un plan de acción y se perdían entre la muchedumbre. Además, la mayor parte de las veces, ellos mismos no tuvieron perspectivas claras” (Broué, p. 69-73).

La izquierda alemana frente a la Revolución de Octubre

Los socialdemócratas independientes estaban divididos sobre la actitud a adoptar frente a la Revolución de Octubre. La derecha del Partido Independiente (PSI), encabezada por Kautsky y Haase, era crítico de los bolcheviques, denunciaba la “dictadura proletaria”, daba lugar en su prensa a los mencheviques y anticipaba el seguro fracaso de la “aventura bolchevique”. Por el contrario, los espartaquistas y los sectores de izquierda que permanecieron fuera del PSI se mostraban partidarios de una revolución de consejos de obreros y soldados, como en Rusia.

Para los bolcheviques, la cuestión de la revolución alemana fue desde un primer momento una prioridad. Más aún, para ellos, la Revolución rusa era la iniciadora, mientras que la alemana, que debía seguirla, era considerada como el puente que empalmaría con la revolución mundial.

No estaban errados como perspectiva, teniendo en cuenta que la revolución alemana va a desencadenarse más temprano incluso que lo que muchos imaginaban.

Tanto los espartaquistas como los radicales de izquierda de Bremen apoyaron la toma del poder por los bolcheviques sin reservas. Johann Knief, dirigente de la izquierda no espartaquista, explicaba que la revolución rusa había podido progresar vencer: “Unica y exclusivamente porque existía en Rusia un partido autónomo de extrema izquierda que, desde el principio, ha desplegado la bandera del socialismo y luchado bajo el signo de la revolución social”. Franz Mehring, el “decano” de la izquierda espartaquista, dirigió, el 3 de junio de 1918, una “carta abierta” a los bolcheviques, en la que se declaraba solidario de su política. Clara Zetkin desarrollaba los temas del poder de los consejos, la forma “soviética” que debía revestir en Alemania la revolución proletaria. Pero esta evolución de referentes espartaquista no fue compartida ni tuvo efectos organizativos.

La postura principal de crítica a la idea de un partido independiente la desarrollaba Rosa Luxemburgo que reiteraba su oposición a formar un partido independiente, y confiaba que la evolución de las masas permitiría superar las limitaciones del PSI. Pero esto colocaba a los espartaquistas como rehenes de la dirección derechista del PSI y privaba al numeroso activismo de la izquierda socialdemócrata de una dirección independiente y de un cuadro orgánico que le permitiera intervenir colectivamente en la lucha de clases e ir sacando sus enseñanzas y balances.

La revolución proletaria y el renegado Kautsky

Para Lenin, la principal batalla política debía ser dirigida contra los centristas que lideraban el PSI y particularmente contra Kautsky, a quien juzgaba como el adversario más peligroso, ya que había roto oficialmente con los “social-chauvinistas”, mientras que defendía, de hecho, su política; todos los esfuerzos de Kautsky, señalaba Lenin, se dirigían a impedir al proletariado alemán el acceso a la vía del bolchevismo. Por Estocolmo y por Suiza, penetraban en Alemania miles de ejemplares de El Estado y la Revolución.

Dirigido a los revolucionarios alemanes, Lenin redactó, en 1918, su folleto “La Revolución proletaria y el renegado Kautsky”: “La táctica de los bolcheviques era correcta; era la única táctica internacionalista (...) ya que hacía lo máximo, de lo que era realizable, en un sólo país, para el desarrollo, el sostén, el despertar de la revolución en todos los países (...) Las masas proletarias de todos los países se dan cuenta, cada día más claramente, que el bolchevismo ha indicado la vía a seguir para escapar de los horrores de la guerra y del imperialismo, y que el bolchevismo sirve de modelo de táctica para todos”.

En octubre, ante la preocupación de que la situación alemana madurara más rápido que la impresión de su folleto, redactó un resumen para difundirlo lo más rápidamente posible en Alemania. El texto subrayaba el eje de sus preocupaciones: “El mayor mal para Europa, el mayor peligro, es que no existe partido revolucionario. Hay partidos de traidores como los Scheidemann (...) o de almas serviles como los Kautsky. No hay partido revolucionario. Ciertamente, un potente movimiento revolucionario de masas puede corregir este defecto, pero este hecho sigue siendo un gran mal y un gran peligro. Por esto debemos, por todos los medios, desenmascarar a los renegados como Kautsky y sostener así a los grupos revolucionarios de los proletarios verdaderamente internacionalistas, como los que hay en todos los países. El proletariado dejará rápidamente a los traidores y renegados para seguir a estos grupos en cuyo seno formará a sus jefes”.

La socialdemocracia ingresa al gobierno

Después de imponer la paz de Brest Litovsk, en marzo de 1918, el alto mando alemán lanzó una nueva y desesperada ofensiva sobre el frente occidental. Hasta junio obtuvieron algunas victorias aunque ninguna decisiva. En agosto, el ejército francés retomó la ofensiva. El ingreso de los tanques, esa nueva maquinaria infernal que Estados Unidos producía masivamente terminó por desbalancear los combates. A partir de entonces, la derrota alemana era sólo cuestión de tiempo.

El alto mando alemán (Hindenburg y Ludendorff) venía reclamando, desde setiembre, una urgente oferta de paz y, a principios de octubre, impulsó un nuevo gobierno de base parlamentaria. El príncipe Max de Bade, un “progre” de la época, asumió y formó un gabinete con los partidos parlamentarios, incluyendo a la socialdemocracia, que se incorporó al gobierno. Cuando el régimen burgués se sintió amenazado buscó la ayuda de la socialdemocracia para salvarlo. El ingreso de Philipp Scheidemann al gabinete significó un salto estratégico en el compromiso de sostenimiento del orden burgués, en un recorrido que había arrancado en agosto de 1914.

La percepción de la debacle del ejército alemán provoca en las masas (incluyendo a los propios soldados) una mezcla de estupor, frustración y una enorme bronca. La prioridad para el alto mando y las cabezas del régimen como para los dirigentes socialdemócratas pasó a ser evitar el bolchevismo, el espectro de la revolución.

Los ministros socialdemócratas se ven venir el peligro revolucionario y logran convencer al gabinete de liberar a los presos políticos. Reconocían que era una medida peligrosa, pero necesaria, si se quería convencer a la opinión pública obrera de la voluntad de democratización de los nuevos dirigentes. A partir del 21 de octubre, cientos de presos políticos, incluyendo a Liebknecht y Rosa Luxemburgo, son liberados.

El amotinamiento de la flota

La chispa que va a detonar la revolución se produjo en la flota anclada en Kiel. El mando naval intentó sacar los buques. Los marineros se negaron y extendieron el movimiento a los obreros de la zona. Karl Artelt, un sobreviviente del movimiento de 1917, se puso a la cabeza, y el 4 de noviembre se formó el primer Consejo de marineros al que siguió un Consejo obrero. Las huelgas y manifestaciones son masivas y la falta de tropas dispuestas a reprimir define la partida. La mecha ya estaba encendida.

En pocos días, las huelgas y movilizaciones se extienden por los cuatro puntos cardinales. Sólo falta la capital. Para la noche del 8 al 9 de noviembre, en las vísperas del estallido en Berlín, las noticias que llegan de todas las regiones de Alemania confirman que el impulso revolucionario es imparable: aquí los marinos, allí los soldados, lanzan manifestaciones, mientras que los obreros se ponen en huelga. Se designan consejos de obreros y soldados. Las cárceles son tomadas por asalto. La bandera roja, emblema de la revolución mundial, flota sobre los edificios públicos.

Berlín, 9 de noviembre de 1918

El 8, a la noche, el bloque de los socialistas independientes y los delegados revolucionarios se deciden a lanzar la insurrección en Berlín. Redactan un volante llamando a la insurrección para el derrocamiento del régimen imperial y el establecimiento de la república de los consejos. Llevará diez firmas, dos espartaquistas, tres socialistas independientes y cinco delegados revolucionarios. La revolución estaba lanzada. Los que la querían y buscaban prepararla, los que la deseaban pero no creían en ella y aspiraban a que fuese provocada, los que no la querían y la habían combatido hasta el último momento, van a tomar el tren en marcha, todos juntos. El paso de los batallones obreros hace resonar las calles: decenas de miles, radicales, independientes, socialistas de la mayoría, todos mezclados.

La socialdemocracia mayoritaria se pone a la cabeza

Los dirigentes socialdemócratas no enfrentarán la revolución inevitable, sino que se pondrán a su frente para mejor contenerla. Sus hombres de confianza, reunidos de madrugada en torno de Ebert, han sido categóricos: las masas siguen a los independientes, escapan totalmente a los mayoritarios. Lo que hay que evitar es la resistencia de los cuarteles y combates en las calles; si así ocurriera, lo peor sería posible, es decir una revolución sangrienta, y el poder en manos de los extremistas. Un oficial de Estado Mayor hace saber a Ebert que el comandante en jefe ha dado la orden de no disparar. El Vorwärts lanza un volante especial: “No se disparará”.

En el Vorwärts se constituye a toda prisa un comité de acción rebautizado “consejo de obreros y soldados”, que lanza, en la edición del mediodía del Vorwärts, un llamado a la huelga general y a la insurrección para el establecimiento de una república social. La fraseología de los mayoritarios sólo intenta ponerse a tono de lo que saben inevitable.

El pacto de la socialdemocracia con el Alto Mando y la burguesía industrial

A diferencia de la burguesía rusa, socialmente débil y con escasa experiencia política como clase dirigente, la burguesía alemana, poderosa económicamente, contaba con una vasta experiencia política que le permitía disponer de dos recursos valiosos ante la amenaza revolucionaria. Un cuerpo de oficiales fiel a sus intereses estratégicos y con cintura política, y un partido obrero domesticado en la defensa del régimen social, la socialdemocracia “mayoritaria”. Y logró que ambos trabajaran estrechamente asociados desde el 9 de noviembre y durante las críticas jornadas de los meses siguientes.

El general Wilhelm Greoner se comunicaba todas las noches telefónicamente con Ebert y consensuaban las acciones de común acuerdo. Años después, Greoner declaró: “Nos aliamos contra el bolcheviquismo. Yo le propuse a Hindenburg que el Alto Comando se aliara a los socialistas mayoritarios porque no había en ese entonces otro partido con suficiente influencia sobre las masas para restablecer un poder gubernamental con ayuda del ejército”. También Ebert explicó que mantuvo ese contacto “para, con su ayuda, formar un gobierno capaz de restablecer el orden” (Badia, p. 102).

La burocracia sindical socialdemócrata jugó también su rol. Había acordado con los industriales una serie de concesiones preventivas para evitar una oleada reivindicativa en las fábricas. El objetivo, aquietar la caldera social.

El nuevo gobierno paritario

La reunión de hombres de confianza socialdemócratas ha confirmado una propuesta de Ebert, que era necesario proponer a los independientes el reparto de las responsabilidades gubernamentales. Entonces, propusieron un Consejo de Comisarios del Pueblo (seguía la fraseología revolucionaria) paritario, con tres miembros por partido para hacerse cargo del ejecutivo, con Ebert como presidente.

Los independientes discutieron largamente la posición a tomar. Liebknecht puso seis condiciones para acordar: proclamación de la república socialista alemana, entrega de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial a los representantes elegidos por los obreros y soldados, no a los ministros burgueses, participación de los independientes, limitada al tiempo necesario para la conclusión del armisticio, ministerios técnicos sometidos a un gabinete puramente político, paridad en la representación de los partidos socialistas en el seno del gabinete.

Los dirigentes del partido de Ebert sólo suscriben las dos últimas condiciones y rechazan las cuatro primeras. Para ellos, sólo una Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal podría decidir la naturaleza del régimen alemán, y el gobierno provisional debía permanecer en su puesto hasta su convocatoria y elección. Sobre todo, afirmaban su hostilidad hacia toda “dictadura de clase”. Liebknecht hizo saber que no participará en el gobierno si el partido independiente renuncia a sus condiciones. Las conversaciones prosiguen sin él y, finalmente, los representantes de los dos partidos socialdemócratas se ponen de acuerdo: el gabinete estará formado exclusivamente por socialdemócratas, que son comisarios del pueblo con derechos iguales. El poder político está en manos de los consejos de obreros y soldados, que serán pronto convocados a una reunión representando al conjunto del Reich. La cuestión de la Asamblea Constituyente no será planteada antes de la consolidación del orden actualmente establecido por la revolución, y será objeto de discusiones ulteriores.

Esta componenda entre la dirección de los independientes y los mayoritarios constituye uno de los mayores fraudes de esta fase de la revolución alemana. Pretende presentar al gabinete como puramente socialista, como si emularan la consigna bolchevique de abril-mayo de 1917, “Abajo los ministros capitalistas”. Pero el Partido Socialdemócrata mayoritario, de socialista tiene sólo el nombre. Ha probado su fidelidad al orden burgués desde el 4 de agosto de 1914 y lo ratificó con su reciente incorporación al gabinete de Max de Bade.

Congreso de los Consejos de obreros y soldados de Berlín, manijeado y patoteado por los mayoritarios

Paralelamente, la noche del 9, los delegados revolucionarios, a los que se han unido varios centenares de representantes obreros insurrectos, se reunieron en asamblea, considerada como el consejo provisional de obreros y soldados de la capital. Decidieron convocar reuniones en las fábricas y cuarteles al día siguiente para elegir delegados para la asamblea general, prevista para las 17 horas en el circo Busch, a fin de designar el nuevo gobierno revolucionario. Los socialdemócratas mayoritarios, a los que amenazaba esta decisión (aún no habían acordado el gobierno paritario con los independientes), se van a dedicar toda la noche a preparar la batalla.

Superados en las fábricas rehacen en los cuarteles el terreno perdido. Otto Wels, nombrado por Ebert comandante militar orienta “a los hombres de tropa que sostienen la política de Vorwärts”. Los comandantes reciben órdenes para que los hombres de Wels tengan libre acceso a los cuarteles. La consigna presentada por el Vorwärts es “No a la lucha fratricida”. La colaboración con el alto comando para favorecer delegados de los soldados fieles a los mayoritarios está en marcha.

Wels prepara la reunión del circo Busch. Explica que, contra los partidarios del poder de los obreros, se deben defender los derechos del “pueblo entero” y reclamar la elección de una asamblea nacional constituyente. En el ínterin, ambos partidos habían llegado al acuerdo de gobierno paritario.

En la asamblea, Wels anuncia que los dos partidos socialdemócratas se han puesto de acuerdo para constituir juntos un gobierno paritario sin ningún ministro burgués. Haase confirma el acuerdo. Liebknecht, calmado, pero incisivo, no tiene la tarea fácil: la aplastante mayoría de los soldados está contra él, con interrupciones, injurias, amenazándolo incluso con las armas, gritando: “¡Unidad, Unidad!” a cada uno de sus ataques contra los mayoritarios. Pone en guardia a los delegados contra las ilusiones de la unidad, recuerda la colaboración de los mayoritarios con el Estado Mayor, denuncia las maniobras para utilizar a los soldados contra los obreros, repite: “¡La contrarrevolución ya está en marcha!”.

La elección del comité ejecutivo de los consejos de Berlín es otra batalla perdida. Contra la propuesta de Richard Müller, que comprende a los miembros del núcleo que ha preparado la insurrección, un delegado mayoritario reclama la representación paritaria de los dos partidos obreros para la representación obrera. El reclamo es exorbitante, pues los socialdemócratas están lejos de tener en las fábricas una representación comparable a la de los independientes. Los soldados agitan sus armas, gritando “¡Paridad!”. Un delegado de los soldados dice que éstos formarán su propio ejecutivo si no hay paridad. Emil Barth termina por ceder y se elige un ejecutivo formado por doce delegados de los soldados, socialdemócratas mayoritarios o influenciados por ellos, y doce delegados de los obreros, seis “mayoritarios” y seis independientes. Liebknecht, cuyo nombre está en la lista, junto a Wilhelm Pieck y Rosa Luxemburgo, rehúsa indignado. Finalmente, Richard MüIler, en nombre de los elegidos, propone a la asamblea la ratificación de la lista de los seis comisarios del pueblo ya designados por sus partidos respectivos y la sesión se levanta.

La segunda jornada de la revolución alemana ha visto a los socialdemócratas, que habían trabajado por impedirla, conseguir una victoria categórica: su jefe, Ebert, canciller del Reich por gracia de Max de Bade, comisario del pueblo por la de los Estados Mayores de los dos partidos socialdemócratas, ve su posición ratificada en la primera asamblea de los consejos de la capital y se convierte simultáneamente en jefe del gobierno legal y del gobierno revolucionario. Sin embargo, no se debe exagerar la importancia de la derrota de los revolucionarios al segundo día de la revolución: ésta sólo ha comenzado.

El doble poder: república de Consejos o Asamblea Constituyente

Los Consejos obreros, de soldados y marineros, se desarrollan masivamente en todo el país. Son miles y cubren todo el país. Por su parte, el gobierno Ebert mantiene en funcionamiento todo el aparato del Estado burgués. Su punto más débil es la carencia de un aparato represivo dispuesto a poner orden. Las tropas que vuelven del frente al tocar territorio alemán se desvanecen. Los soldados vuelven a sus hogares. Los trenes son asaltados y banderas rojas flamean sobre ellos.

La postura de los mayoritarios la explicaba uno de sus dirigentes en el Vorwärts, del 13 de noviembre: “Hemos triunfado; pero no hemos triunfado para nosotros sino ¡para el pueblo todo! Por esa razón nuestra consigna no es ‘Todo el poder a los soviets’ sino ‘todo el poder al pueblo entero’”.

En la lucha por una rápida convocatoria de una Asamblea Constituyente, que consolidará el poder de la burguesía amenazado por los consejos, la socialdemocracia mayoritaria es la punta de lanza de una vasta coalición que agrupa la casi totalidad de las viejas fuerzas políticas y, detrás de ellas, a las clases poseedoras. Con rapidez las autoridades y el personal político se funden en este movimiento “democrático” para combatir a la revolución y defender el orden y la propiedad. Conservadores y reaccionarios se proclaman, de la noche a la mañana, republicanos y demócratas, partidarios de una “soberanía popular”, que jamás les preocupó. Junkers y burgueses se visten con disfraces democráticos; lo esencial es primero apartar a los consejos. No hay sobre esta cuestión divergencias importantes en el seno del gobierno: Max de Bade y Ebert se habían puesto de acuerdo, y la declaración del 10 de noviembre preveía la elección de una Constituyente. Los comisarios del pueblo independientes elevarán objeciones técnicas y discutirán la oportunidad de las fechas, reclamarán tiempo para “preparar” la campaña electoral, pero ya han escogido, contra el sistema de los consejos y la dictadura del proletariado, la república parlamentaria.

Por el lado de los Consejos y de la propia izquierda de los independientes, incluyendo a los espartaquistas y la izquierda radical, reina una gran confusión. La ausencia de una organización revolucionaria que procure la mayoría en los consejos y el poder de los consejos mediante una lucha consecuente, deja el campo libre a los adversarios de los consejos en su mismo seno.

Hay una gran diversidad de posiciones entre los independientes. Mientras que Haase y los comisarios avalan desde el gobierno la perspectiva de la Asamblea Constituyente, los elementos de izquierda, los responsables del partido en Berlín y los delegados revolucionarios están a favor del poder de los consejos y, en ese punto, al menos están de acuerdo con los espartaquistas. La dirección espartaquista es la que presenta la defensa más elaborada de los Consejos frente a la Constituyente. Escribe Rosa Luxemburgo en Die Rote Fahne (Bandera Roja): “No se trata ahora de escoger entre democracia y dictadura. La cuestión puesta por la historia en el orden del día es: democracia burguesa o democracia socialista. Porque la dictadura del proletariado es la democracia en el sentido socialista del término. La dictadura del proletariado no significa bombas, putschs, rebelión o ‘anarquía’, como pretenden los agentes del capitalismo, sino el empleo de todos los medios del poder político para la edificación del socialismo, para la expropiación de la clase capitalista, conforme al sentimiento y la voluntad de la mayoría revolucionaria del proletariado”.

Los realineamientos políticos

Después de la revolución, las posiciones de los partidos obreros y las de sus corrientes internas incrementan la confusión. En principio, dos organizaciones, llamándose las dos socialistas, se ofrecen en noviembre y diciembre a los trabajadores alemanes. Los dos están en el gobierno, en el consejo ejecutivo. Las divergencias entre ellos no son, a primera vista, importantes: casi todas las decisiones del gabinete son tomadas por unanimidad.

En el interior del partido independiente está la Liga Espartaco. Desde el 10 de noviembre, el rechazo de Liebknecht a entrar en el gobierno Ebert-Scheidemann-Haase los ha convertido en una tercera dirección, una oposición a la línea seguida por las otras dos. En el interior del Partido Socialdemócrata, además de la derecha de Ebert-Scheidemann, aliada de hecho con el Estado Mayor y en lucha consciente por la liquidación de los consejos, en contra del “bolchevismo”, hay una izquierda, desorganizada, formada por numerosos miembros del Partido Socialdemócrata, para los que tal alianza, si conociesen su existencia, sería inconcebible y que creen de buena fe en las perspectivas socialistas pacíficas. Se manifestarán, durante las semanas siguientes, con la hostilidad mostrada por muchos militantes e incluso responsables frente a una política marcadamente derechista.

La “derecha” del partido independiente formada esencialmente por el núcleo dirigente (Haase y compañía) está muy próxima a la “izquierda” mayoritaria. Desea una democracia parlamentaria, pero sueña con conciliarla con la existencia institucionalizada de los consejos obreros, poseedores de una “parte” del poder. Igual que la izquierda socialdemócrata, cubre la política de Ebert y de la derecha.

La izquierda de los independientes, con Ernst Däumig, Georg Ledebour, y el círculo de delegados revolucionarios de Richard MüIler, no tiene la actitud intransigente de un Liebknecht, pero mantiene las posiciones del radicalismo de antes de la guerra, y añade la reivindicación del poder de los consejos como perspectiva concreta. Los dirigentes de Espartaco están de acuerdo con la izquierda independiente para luchar contra la derecha en el partido, por el refuerzo del poder de los consejos y contra la perspectiva de convocatoria de una Asamblea Nacional. Pero no están tan vinculados con la militancia en el interior de los sindicatos tradicionales, a los que muchos militantes vuelven la espalda. Y, si bien los dirigentes prevén participar en las elecciones de la Constituyente en caso de celebrarse, no tienen para ello el apoyo de la mayoría de los militantes de la Liga.

Una conferencia reunida en Bremen, el 23 de noviembre, decidió la fundación de una nueva organización, los “comunistas internacionales de Alemania”. Hostiles a la adhesión de los revolucionarios al Partido Socialdemócrata Independiente, estiman haber recibido de los hechos una confirmación. Son conscientes de que no tienen, a escala nacional, las fuerzas suficientes para constituir por sí mismos el embrión de un nuevo partido revolucionario. Como en 1917, sostienen frente a Espartaco un apoyo crítico y afirman estar decididos a apoyar cualquier iniciativa suya en el sentido de una organización independiente de revolucionarios, mediante la ruptura definitiva con los centristas.

En las filas de Espartaco, como en las filas de las comunistas internacionalistas, se manifiesta cada vez más la tendencia “izquierdista”, que rechaza en bloque cualquier trabajo en común con los “social-traidores” y sus cómplices -un concepto muy ambiguo- y piensa finalmente que el poder político está al alcance de los fusiles de los trabajadores en el plazo de algunas semanas como máximo.

El problema es que los elementos revolucionarios no supieron o no pudieron provocar una clarificación a tiempo. Después de la revolución de noviembre, una parte importante de la vanguardia obrera se apartó del viejo partido, y los cuadros organizadores de la clase se unieron, en muchos casos, al Partido Socialdemócrata Independiente, que ejerce una influencia predominante entre los obreros de las grandes empresas. La gran mayoría de los cuadros obreros se encuentran prisioneros del partido de Haase, cuya política encubre la de Ebert, pero que, al menos formalmente, es también el partido de Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

El Congreso Nacional de los Consejos

El 16 de diciembre se reúne en Berlín el Congreso de los Consejos de obreros y soldados de todo el país. El congreso refleja la amplitud del retroceso político sufrido por los revolucionarios en seis semanas. De los 489 delegados, los representantes del aparato son muy superiores sobre los obreros de las empresas. Los socialdemócratas mayoritarios tienen la mayoría absoluta con 288 delegados, contra 90 independientes -de los cuales diez son espartaquistas-, once “revolucionarios unidos”, veinticinco demócratas, y setenta y cinco sin partido.

Los espartaquistas, en conjunto con los delegados revolucionarios, el día de su apertura organizan un gigantesco acto, seguido de un desfile y del envío de una delegación en nombre de los 250.000 trabajadores berlineses reunidos. El congreso va por otro camino. La propuesta que fija la fecha del 19 de enero para las elecciones de la Constituyente vence por 400 votos contra cincuenta. Alrededor de la mitad de los delegados independientes han seguido a Haase con su voto a favor, mientras que los otros seguían a la oposición con Ledebour, Däumig y Richard Müller. El Congreso de los consejos se definía contra el “poder de los consejos” y Däumig podrá calificarlo sarcásticamente como el “club del suicidio”.

La única sorpresa se produjo, nada menos, que en relación con las reivindicaciones de los soldados, que defienden sus delegados, incluidos los socialdemócratas, y que Ebert había secretamente asegurado al Estado Mayor que no serían abordadas en el congreso. La aprobación de los “siete puntos de Hamburgo” será el origen de la gran crisis de diciembre, abierta por la descomposición del ejército.

Un agitado diciembre y el enfrentamiento de Navidad

En toda Alemania, los revolucionarios organizan actos, manifestaciones, y votan resoluciones y protestas contra la decisión del Congreso de los consejos. El 21 de diciembre en Berlín, Pieck, Liebknecht, Hermann Duncker, Paul Scholze, representando a los delegados revolucionarios, llaman a la lucha contra estas decisiones, al combate implacable contra el gobierno Ebert-Scheidemann.

La lucha económica de los obreros rompe la máscara “democrática” de la revolución de noviembre y pone ante los ojos de las masas menos conscientes los problemas cotidianos en términos de clase. A pesar del acuerdo de la burocracia con los líderes patronales, las luchas económicas se incrementan fuertemente en diciembre.

El otro signo de radicalización es la descomposición del ejército que priva al aparato de Estado y a las clases dirigentes de su mejor arma. El 8 de diciembre, por pedido de Hindenburg, Ebert acepta la entrada en la capital de diez divisiones procedentes del frente, perfectamente controladas por sus oficiales. Su jefe el general Lequis, se ha trazado un programa para imponer “el orden”: desarme de civiles, limpieza de barrios poco seguros, ejecución inmediata de toda persona que “ejerza ilegalmente funciones de autoridad”.

Pero los generales deben renunciar a aplicar su plan, porque las tropas se les escapan de las manos. El general Greoner lo explicará así: “Las tropas tenían tal avidez de volver a casa, que nada se podía hacer con aquellas diez divisiones. El programa que consistía en depurar Berlín de los elementos bolcheviques y ordenar la devolución de las armas no podía realizarse”.

Las decisiones sobre el ejército del congreso, tan dócil a Ebert, mostraban el sentimiento de amplias masas de trabajadores, que los delegados sólo reflejaban parcialmente. Aún los delegados que sostienen la política de Ebert, porque quieren un socialismo que sea democrático, no están dispuestos a seguirlo en la colaboración con el cuerpo de oficiales, una fuerza antidemocrática. Se aprobaron, a pesar de Ebert, los “siete puntos de Hamburgo”. Son una verdadera condena al ejército tradicional: abolición de las insignias de grado, del uniforme, de la disciplina fuera del servicio, de las señales exteriores de respeto, elección de los oficiales por los soldados y entrega del mando por los consejos de soldados. Hindenburg hace saber a Ebert que no aceptará el asesinato del ejército alemán y rehusará la aplicación de la decisión del congreso. Envía una circular en la que afirma que la decisión del congreso no será aplicada. Hasta Haase protestará contra la capitulación de Ebert y la no aplicación de las decisiones del congreso. La agitación crece en Berlín, donde corren rumores sobre la preparación de un golpe de Estado militar.

El choque se producirá alrededor de la división de marineros de Kiel que se acantonó en la capital después de la revolución. Inicialmente utilizados por Wels como fuerza de policía, quedaron instalados en el Marstall. Pero se fueron radicalizando y participaron en la manifestación de espartaquistas y delegados revolucionarios frente al Congreso de los Consejos. Wels pretendía reducirlos de 3.000 a 600 y los amenazaba con cortarles los sueldos. Los consejos de soldados de la capital, por el contrario, reclamaban el incremento de sus efectivos. El clima se puso tenso porque los marineros acusaban a Wels de amenazarlos con utilizar contra ellos las fuerzas militares de Lequis. Entre el 21 y 23 de diciembre parecía que se llegaba a un arreglo, pero los marineros se sintieron traicionados y tomaron rehenes, entre ellos al propio Wels. Las tropas de Lequis se movilizaron con órdenes de disolver la división, pero Barth y Ebert consiguieron evitar el enfrentamiento. Los marinos se retiraron al Marstall y a las 3 de la madrugada liberaron a los rehenes, salvo Wels.

Pero la orden de atacar al Marstall y liberar a los rehenes ya estaba en marcha y a las 7 de la mañana comenzaron los bombardeos y el sitio al Marstall. Cuando el capitán que lideraba el asalto creyó que ya estaba por caer, dio 20 minutos de tregua. Pero los bombardeos habían alertado a los obreros de Berlín, que se dirigieron en masa hacia el Marstall. Durante la tregua tomaron a los soldados por la espalda. Un testigo relató: “La multitud avanza como una marea y tropieza con la barrera de soldados colocada por Lequis para defender a las tropas de choque. Se les pregunta a los soldados si no sienten vergüenza de unirse a los oficiales en contra del pueblo. Los soldados titubean y son desbordados rápidamente. Unos arrojan sus armas, otros son desarmados por los manifestantes. En un abrir y cerrar de ojos, la barrera se rompe y las masas, gritando, se precipitan por detrás sobre los jinetes de la Guardia colocados frente al Marstall” (Broué, p. 151).

Para los oficiales es un desastre, con gran dificultad lograrán evitar que los linchen. El gobierno no sólo ha tenido que pagar el sueldo a los marinos, sino también retirar la división Lequis de Berlín. Wels deja la comandancia. Ebert es el gran derrotado. Para los trabajadores berlineses aparece como cómplice de los militares. En el gabinete, los comisarios independientes son presionados por su base para romper con los “traidores” y los “encubridores de la contrarrevolución”. El 29, Hugo Haase, Emil Barth y Eilhelm Dittmann renuncian.

La crisis del Partido Socialdemócrata Independiente

El 11de noviembre, los responsables espartaquistas de Berlín improvisan una conferencia y trazan un programa. Para ellos, la revolución no ha superado hasta entonces el nivel de un motín de militares. Ha dejado en segundo plano el “contenido social”. Es cierto que contribuyó a romper el ejército como arma de la contrarrevolución; pero ésta dispone aún de los “socialistas del gobierno”, un arma muy importante, ya que conservan la confianza de una fracción importante de la clase obrera. El papel de los revolucionarios es esclarecer a las masas con su agitación y su propaganda, ayudarlas a conocer el papel real de la socialdemocracia, empujándolas a las luchas, a las huelgas, en particular las de carácter económico sobre las cuestiones candentes del abastecimiento, de la desocupación y del “verdadero caos económico, consecuencia necesaria de la guerra”.

Toda colaboración con los socialdemócratas mayoritarios sólo haría más difícil la experiencia de las masas. Para Rosa Luxemburgo, históricamente hablando, el momento en que debemos tomar el mando no se sitúa al principio, sino al final de la revolución. Sobre la base de este análisis, defiende que los espartaquistas deben permanecer todo el tiempo posible en el partido independiente para reclutar, primero, simpatizantes y militantes, con el objetivo de conseguir la mayoría. Su opinión prevalece; la Liga Espartaco sigue siendo un grupo de propaganda dentro del Partido Socialdemócrata Independiente. Pero esta vez se da también un embrión de organización y forma una Central (Zentrale).

La lucha entre los partidarios del poder de los consejos y los impulsores de la Constituyente pronto atravesará el corazón del Partido Socialdemócrata Independiente, a pesar de los esfuerzos de sus dirigentes por contemporizar. Rosa Luxemburgo, en las columnas del Die Rote Fahne, del 29 de noviembre, critica la posición del partido, reclama la necesidad de una clarificación total y la convocatoria de un congreso extraordinario, única forma de solucionar esta cuestión capital.

La capitulación final de Haase y de sus colegas frente a Ebert, al fijar la fecha de las elecciones el 16 de enero, refuerza la posición de los partidarios de un congreso extraordinario. Die Rote Fahne se esfuerza en movilizar a los militantes para que impongan el congreso. Los espartaquistas podrían efectivamente tomar la dirección, en una batalla en la que reuniesen a todas las fuerzas de izquierda del partido. La dirección se niega invocando que el congreso impediría la preparación seria de la campaña electoral. Y acusa a los espartaquistas de sabotear la acción del partido. Queda claro que se va hacia la escisión, casi con el mutuo consentimiento.

El 15 de diciembre, víspera de la reunión del Congreso de los consejos, se celebra la conferencia berlinesa del Partido Socialdemócrata Independiente convocada para pronunciarse sobre el congreso extraordinario. Haase, en nombre del ejecutivo, defiende la política de colaboración con Ebert-Scheidemann. Justifica la decisión gubernamental sobre la Constituyente. Invita a los delegados a tomar conciencia del hecho de que la mayoría del país está ahora detrás de Ebert y que hace falta entrar en el juego de la democracia para construir un nuevo orden social. Invita a los partidarios de Espartaco a sacar las conclusiones que se imponen de sus divergencias con el resto del partido y a dejar la organización en la que ya no tienen sitio.

Rosa Luxemburgo presenta un contrainforme que es una violenta requisitoria contra la acción del gobierno Ebert. Según ella, Haase no está equivocado cuando explica que las masas están detrás de Ebert. Pero, lo que no dice, es que lo están, entre otras razones, porque los independientes lo sostienen y porque Haase forma parte del gobierno. Las masas podrán, sin duda, comenzar a ver más claro y comprender qué fuerzas se disimulan -cada vez peor- detrás de Ebert, si Haase y sus camaradas rompen con él y abandonan el gobierno. Ironizando sobre la fe democrática de Haase, reclama: “si se trata del principio de democracia, apliquémoslo primero en nuestro propio partido. ¡Y antes convoquemos al congreso, para que las masas digan si aún desean este gobierno!”. En la votación final, la resolución de la dirección vence por 485 votos a la resolución de Luxemburgo por un congreso extraordinario, que obtiene 185. La izquierda fue vencida en Berlín, que consideraba su bastión.

El 21, los delegados revolucionarios se reúnen con los hombres de confianza de las grandes empresas de la capital. La Asamblea, casi por unanimidad, reclama la celebración de un congreso extraordinario antes de fin de diciembre, la dimisión de Haase y de sus colegas del gobierno, y la organización de una campaña electoral anti-parlamentaria. Eligen un comité de acción de cinco miembros, donde coexisten los independientes de izquierda y los espartaquistas. Todo empuja hacia el nacimiento de un nuevo partido, apoyándose, a la vez, en Espartaco y en los delegados revolucionarios y arrastrando numerosos elementos de los independientes.

La fundación del Partido Comunista Alemán (Espartaco)

Los preparativos y negociaciones para la posible fundación del nuevo partido coinciden con la llegada a Berlín de tres delegados enviados por Moscú, para representar a los soviets en el Congreso de los consejos de Berlín. Entre ellos, Karl Radek, muy ligado a la historia de la izquierda alemana, vinculado con los comunistas de Bremen y con una relación algo conflictiva con Rosa Luxemburgo desde la época del comunismo polaco. Paul Levi, que tiene una muy buena relación con ambos (Radek y Rosa), actúa de moderador.

Las tres corrientes que pueden confluir en el nuevo partido, espartaquistas, comunistas internacionalistas y el grupo de delegados revolucionarios de Berlín están atravesadas por una divergencia transversal sobre la actitud a tomar frente a la convocatoria de la Constituyente, sobre la actitud hacia los sindicatos y más en general qué tipo de partido formar; lo que Pierre Broué define como “vanguardia o minoría de acción” (Broué, p. 128). Una vanguardia que esclarece y organiza a las masas (como lo aprobó la conferencia de Espartaco del 11 de noviembre) o una minoría actuante que interviene en nombre de las masas, pero sin ellas, posición que tiene numerosos adeptos, tanto en las filas de Espartaco como entre los comunistas internacionales.

La segunda conferencia de los comunistas internacionales se celebra en Berlín, del 15 al 17 de diciembre. La mayoría de los delegados admiten que la próxima ruptura de los espartaquistas con los independientes hace desaparecer el obstáculo para la constitución de un partido unificado. Johann Knief ha intervenido para proponer la participación de los revolucionarios en la campaña electoral, pero sólo le apoya una minoría. Paul Frölich, partidario del boicot, recibe el encargo de representar a los comunistas de Bremen en el Congreso de unificación.

Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches parecen haber estado inicialmente opuestos a la fusión con los comunistas, e incluso Jogiches la ha combatido con vigor hasta el final. Pero la intervención de Radek, con el respaldo del prestigio de los vencedores de Octubre, es decisiva, y Rosa Luxemburgo se deja convencer de no esperar al congreso independiente para romper con él. Ella mantiene divergencias sobre el nombre que debe adoptar el nuevo partido. Hugo Eberlein, resume la posición de Rosa: “El partido comunista ruso aún está solo en la Internacional. Los partidos de la II Internacional van a combatirlo sin tregua. El deber de los comunistas es arrancar a los partidos socialistas de Europa Occidental de la II Internacional para fundar una nueva Internacional revolucionaria. El partido comunista ruso no lo conseguirá nunca él solo. El foso es profundo entre él y los partidos socialistas de Occidente. Nosotros, los revolucionarios alemanes, debemos convertirnos en el nexo entre los revolucionarios del Este de Europa y los socialistas aún reformistas de Occidente. Nosotros hemos de apresurar la ruptura de estos socialistas con el reformismo. Nosotros cumpliremos mejor con nuestro deber en calidad de ‘partido socialista’. Si nos presentamos como un ‘partido comunista’, la estrechez de nuestros lazos con los rusos complicará nuestra tarea en Occidente” (Broué, p. 137).

Finalmente, la central rechaza por cuatro votos contra tres -Paul Levi se abstiene- la propuesta de Rosa Luxemburgo para llamar “socialista” al nuevo partido. El 29 de diciembre de 1918 (el mismo día de la dimisión de los independientes del gobierno Ebert), la conferencia de Espartaco aprueba por ochenta votos contra tres la propuesta de abandonar el Partido Socialdemócrata Independiente, para fundar un partido comunista. El congreso se reúne finalmente el 30 de diciembre y sesionará ese día y el siguiente. Contará con 83 delegados espartaquistas y 29 de los comunistas. El debate principal no se dará entre los espartaquistas y los comunistas, sino que es transversal a ambos, e incluso también involucrará a los delegados revolucionarios.

Por un lado, Rosa Luxemburgo desarrolla en el Die Rote Fahne, las posturas de la central, según la cual las clases dirigentes agrupadas detrás de Ebert dominan provisionalmente, lo que significa que los trabajadores tendrán que librar la batalla de la campaña electoral, utilizándola como una tribuna para movilizar a las masas. Rosa Luxemburgo, con Leo Jogiches y Paul Levi, que comparten su punto de vista sobre la cuestión de la Constituyente, son netamente minoritarios en el seno de la Liga Espartaco, donde la corriente izquierdista en favor de un boicot a las elecciones vence por mucho.

Lo mismo ocurre en el seno de los comunistas internacionalistas. Johann Knief se pronuncia por la participación en la campaña, pero es desbordado por los partidarios del boicot, a la cabeza de los cuales están Paul Frölich y Felix Schmidt. Y las mismas divergencias existen en el círculo de delegados revolucionarios. Sólo por 26 votos contra 16 se pronunciará por la participación en las elecciones bajo la forma de una lucha electoral anti-electoralista. Entre los representantes de las fábricas aparece más netamente la preocupación de evitar las aventuras y las iniciativas izquierdistas.

La (ultra) izquierda triunfa en el congreso

Después de aprobar a propuesta de Liebknecht, la fundación del nuevo partido que se llamará Partido Comunista de Alemania (Espartaco), el informe en nombre de la central de Paul Levi sobre la posición frente a la Asamblea Constituyente es interrumpido y cuestionado por numerosos delegados. La mayoría de los delegados están convencidos que “el poder está en la calle” y no toleran la expresión de la más pequeña duda sobre ello. El informe de Levi abre un debate tumultuoso que divide en dos partes desiguales al congreso. Rosa Luxemburgo confiesa su amargura frente al “extremismo” de la mayoría. Afirma que las masas alemanas, que no han tenido suficiente tiempo para desarrollar el poder de sus consejos, no están maduras para derribar a la Asamblea Constituyente. Fritz Heckert subraya que, incluso donde son más fuertes, los comunistas aún están en minoría y que la mayoría de los trabajadores sigue a Ebert y Scheidemann. Propone la participación en las elecciones con una lista única para toda Alemania, con los nombres de Liebknecht y Rosa Luxemburgo solamente. Todas estas intervenciones, cuando no son interrumpidas, son aceptadas sin entusiasmo por los delegados.

En cambio, aplauden largamente a los oradores más izquierdistas, como Otto Rühle, quien afirma que nosotros tenemos ahora otras tribunas. La calle es la tribuna grandiosa que hemos conquistado y que ya no abandonaremos, aunque se dispare sobre nosotros. La participación en las elecciones significaría, para este partidario del “poder en la calle”, la renuncia a la revolución. Al final del debate, el congreso rechaza la resolución de Levi y adopta, por 62 votos contra 23, la que ha propuesto Otto Rühle. El Partido Comunista no participará en las elecciones.

El segundo día, al debatirse las luchas económicas, los delegados que aprobaron el boicot se oponen a los sindicatos. Rieger, de Berlín, estima incompatibles la pertenencia al partido comunista y, a la vez, a una organización sindical. Paul Frölich afirma que es imposible reconquistar los sindicatos desde el interior y que hace falta lanzar la consigna de “¡Fuera de los sindicatos!”. Así, después de decidir boicotear las elecciones de la Constituyente, el congreso se pronuncia por enfrentar a los sindicatos. Tengamos en cuenta la gravedad de esta posición en un período en que los afiliados sindicales pasarían de 2,8 millones en 1918 a 7,3 millones en 1919.

Más tarde, el congreso adopta el proyecto de programa publicado en el Die Rote Fahne y que precisa, sin ambigüedad: “La Liga Espartaco rehusará acceder al poder en el lugar de los dirigentes actuales cuando Scheidemann-Ebert hayan quemado su tiempo. (...) Si Espartaco toma el poder, será bajo la voluntad clara, indudable, de la gran mayoría de las masas proletarias, en toda Alemania y sólo bajo la forma de su adhesión consciente a las perspectivas, a los fines y a los métodos de lucha propugnados por la Liga (...) La victoria de Espartaco no está situada al principio, sino al final de la revolución”. El hecho de que el congreso haya podido, simultáneamente rechazar la proposición de la central, de participar en las elecciones y adoptar el programa presentado por Rosa Luxemburgo, era claramente una manifestación de inconsecuencia política. La fundación del Partido Comunista alemán se produce en una atmósfera de confusión política en el seno de la vanguardia revolucionaria.

 

Los delegados revolucionarios no ingresan al PCA (E)

Otra grave consecuencia de las decisiones del Congreso es el fracaso de las conversaciones con los delegados revolucionarios berlineses, que se celebraban en paralelo al congreso. Lo que estaba en juego era decisivo. Las discusiones se desarrollan entre una delegación espartaquista, encabezada por Liebknecht, y una delegación del núcleo de delegados revolucionarios. Los líderes espartaquistas se han mostrado llenos de esperanza sobre las conclusiones de las negociaciones. Se sabe que estos militantes, formalmente miembros del partido independiente, están próximos a los espartaquistas y que de hecho constituyen un grupo autónomo, con su línea política y disciplina propia. La principal cuestión para ellos es la participación en las elecciones a la Constituyente. Piden el abandono de la decisión del boicot a las elecciones, el establecimiento de una comisión de programa sobre una base paritaria, la definición precisa, elaborada en común, de las “tácticas en la calle”, el acceso de sus representantes a los comités de redacción de prensa y de volantes, la desaparición, en fin, en el nombre del nuevo partido de cualquier referencia a Espartaco. Sin duda, estas condiciones son las que un viejo bolchevique aceptaría sin dudar, y sobre las que un viejo espartaquista tendría poco que decir. Pero son inaceptables para la mayoría de los congresistas, cuya actitud irónica hacia las negociaciones es uno de los síntomas que le parecen más alarmantes a Radek. No hay sobre esta cuestión capital ningún debate en el congreso, de hecho, hostil desde el comienzo a la fusión con los delegados. Sin duda, éste era el mayor fracaso de los comunistas alemanes. La fundación de un verdadero partido comunista en la Alemania de 1919 era difícilmente concebible sin la participación de estos delegados obreros, que tenían la confianza del proletariado berlinés, que habían dirigido las luchas durante la guerra y durante las jornadas revolucionarias.

El Partido Comunista, nacido apenas y ya aislado de las masas, se había condenado a sí mismo a la impotencia antes de haber comenzado a actuar. Lenin, que conocía la celebración del congreso, pero ignoraba aún su contenido y su carácter, el 12 de enero, en una “Carta a los obreros de Europa y América” que estaba terminando de redactar, proclama: “Cuando la Liga Espartaco alemana, conducida por estos jefes ilustres, conocidos en todo el mundo, estos fieles partidarios de la clase obrera, que son Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Franz Mehring, rompió definitivamente cualquier lazo con los socialistas como Scheidemann (…) cuando la Liga Espartaco se llamó partido comunista alemán, entonces la fundación de la III internacional, la internacional comunista, verdaderamente proletaria, verdaderamente internacional, verdaderamente revolucionaria, se convirtió en un hecho. Formalmente, esta fundación no se ha realizado, pero, en realidad, la III Internacional existe desde ahora”.

La fallida insurrección de enero de 1919

Tras los enfrentamientos de Navidad, la renuncia de los socialdemócratas independientes al gobierno y la fundación del partido comunista, el año 1918 finaliza en un clima tenso. Del lado de los dirigentes revolucionarios campean las dudas. Los delegados del Congreso del PCA (E) han rechazado el análisis de Paul Levi y Rosa Luxemburgo y son partidarios de la acción. Los que deben dirigir, dan indicaciones contradictorias y muestran sus propias divergencias a las masas que quieren dirigir.

La contrarrevolución tiene lo que les está faltando a los revolucionarios, una dirección centralizada y un instrumento en fuerzas entrenadas y disciplinadas. Su jefe ya no es Ebert, sino Gustav Noske, que tiene la confianza del cuerpo de oficiales. Entra en el gobierno para reemplazar a los independientes renunciados. Y declara: “Uno de nosotros debe hacer de verdugo”. No puede contar con el ejército tradicional desde el desastre de Lequis. Pero los oficiales se han dedicado desde hace algunas semanas a salvar algunas unidades de élite. Han formado un “cuerpo franco de voluntarios” destinado a la guerra civil, organizado, armado e instruido para este fin. Los hombres que las componen, voluntarios con pagas altas, están preparados para tareas precisas. El 24 de diciembre, durante el fallido asalto al Marstall, ya son 4.000, pero están aún fuera de Berlín. El 4 de enero, Ebert y Noske pasan revista a estos hombres a los que consideran maravillados como “los verdaderos soldados”. Noske le dice a Ebert “Tranquilízate; verás cómo las calles cambiarán”.

El caso Eichhorn será el disparador del enfrentamiento. Emil Eichhorn era, desde el 9 de noviembre, el jefe de policía de Berlín. Como independientes, los mayoritarios lo toleraban como parte de los acuerdos entre ambos partidos, pero desde su renuncia se sienten con las manos libres. El 4 de enero, lo remueven. Eichhorn lo rechaza con el apoyo de los independientes, los delegados revolucionarios y los comunistas. Para los trabajadores berlineses, él y sus tropas, reforzadas últimamente con militantes seguros, son una de las últimas garantías contra las acciones contrarrevolucionarias. La noticia provoca una explosión de cólera, que se convierte en resoluciones, huelgas y manifestaciones. Los delegados revolucionarios, reunidos en la tarde del día 4, están por una vez de acuerdo, hay que resistir. Según relata Paul Levi, “el 4 de enero por la tarde, la Central del PCA deliberó sobre la situación creada. Había completa unanimidad. Sería insensato lanzarse hacia el gobierno. Eran unánimes en que se debían evitar todas las consignas tendientes al derrocamiento del gobierno actual. Nuestras consignas debían ser precisas: anulación de la revocación de Eichhorn, desarme de las tropas contrarrevolucionarias, armamento del proletariado. Ese mínimo de consignas debía ser defendido con la mayor energía posible. En este sentido, lanzamos nuestras consignas para la manifestación”. Pero Liebknecht confiaría a uno de sus camaradas, fuera de la reunión, otra visión: “Nuestro gobierno es imposible aún, pero un gobierno Ledebour, apoyado por los delegados revolucionarios, sí es posible”. Rosa Luxemburgo estimaba, en cambio, que si el derrocamiento del gobierno Ebert en Berlín fuera posible, tal iniciativa estaba desprovista de sentido, ya que las provincias no están preparadas para seguirla. Las circunstancias se encargarán de agravar esta divergencia.

Es la mañana del 5 de enero, los independientes, los delegados revolucionarios y el Partido Comunista convocan en común a una manifestación a las 14 horas: las organizaciones berlinesas llaman a una manifestación y nada más. Pero la protesta toma una amplitud que sorprende a los mismos organizadores. El centro de la capital es ocupado por centenares de miles de manifestantes, muchos de ellos portando sus armas. Mientras las masas manifestaban, aguardaban y finalmente se retiraron, los dirigentes deliberaron un larguísimo rato. Están los dirigentes berlineses del Partido Socialdemócrata Independiente, Ledebour, Däumig; los delegados revolucionarios, Scholze y otros, y dos miembros de la central comunista, Karl Liebknecht y Wilhelm Pieck. El problema que discuten es verdaderamente complejo. Todos tienen el sentimiento que una retirada en el asunto Eichhorn sería para los berlineses una grave decepción, que no sería comprendida y, sin duda, abriría el camino al desaliento y a la desmovilización. Consideraban también que no podían luchar a medias, y que si hubiera combate, éste será decisivo. Muchos de ellos piensan que la mejor manera de defenderse es atacar.

Ledebour está convencido y Liebknecht opina también que para ellos ya no es suficiente protestar contra la revocación de Eichhorn. Es necesario, ya que es posible, lanzar la lucha por el poder. La novedosa alianza entre Ledebour y Liebknecht tiene un gran impacto. Richard Müller no cree que haya llegado el momento de lanzar en Berlín un ataque que, en el mejor de los casos, sólo lograría la victoria de la vanguardia en la capital, aislada del resto del país. Däumig lo apoya; para él, no se trata de obtener el poder por unos días solamente, mediante una efímera Comuna de Berlín, sin vencer definitivamente y a escala de todo el país. Pero, esta vez, Richard Müller y Däumig están en minoría, y en la votación sólo obtienen seis votos. Casi por unanimidad, la asamblea decide intentar el derrocamiento del gobierno. Para ello designa un “comité revolucionario” de cincuenta y dos miembros y, a su cabeza, hay tres presidentes con iguales derechos, representando las tres tendencias aliadas, Ledebour, Liebknecht y Paul Scholze.

Si bien a la noche hay algunas ocupaciones, entre ellos el emblemático Vorwärts, ya en la tarde del día siguiente, 6 de enero, el movimiento aparece para muchos en retroceso y la idea de tomar el poder como un grave error. Noske, instalado en el Estado Mayor de los cuerpos francos, prepara su contra-ofensiva. En la central comunista todo entra en crisis. Radek, a instancias de Rosa Luxemburgo, se ha escondido desde el comienzo de la acción, envía a la central un mensaje en el que sugiere llamar a la vuelta al trabajo y a emprender inmediatamente una campaña para la reelección de los consejos obreros. Rosa Luxemburgo le responde que los independientes se disponen a capitular y que los comunistas no deben facilitarles la tarea dando la señal de una retirada, que ella juzga también innecesaria. Jogiches querría que la central desautorizara a Liebknecht y a Pieck, que han actuado sin mandato y fuera de cualquier disciplina de partido a partir de la noche del 5, pero la central duda frente a una desaprobación en pleno combate que tal vez no sería comprendida. Los independientes no están menos divididos y el ejecutivo nacional intenta convencer a los berlineses, en particular a Ledebour, de la necesidad de negociar, postura que es finalmente lo que el comité revolucionario termina por decidir por amplia mayoría.

El gobierno está envalentonado y las negociaciones fracasan, mientras Noske se hace cargo del comando de operaciones con sus cuerpos francos. El gobierno lanza entonces un llamado a “poner término a la opresión y a la anarquía”. El 9, los delegados revolucionarios, los representantes del PCA (E) y los del ejecutivo berlinés de los independientes responden a la provocación gubernamental: “¡Adelante en la huelga general! ¡A las armas!”.

Los trabajadores de Berlín, en su mayoría, no están dispuestos a tomar parte, ni siquiera a resignarse a esta guerra civil, que está a punto de estallar entre los dos bandos, que se dicen, los dos, socialistas. En las fábricas se celebran reuniones y asambleas, que se pronuncian casi siempre por el fin inmediato de los combates, de la “lucha fratricida”; se reclama y aclama la “unidad” de todas las corrientes socialistas. El movimiento es, en gran medida, espontáneo, y bajo su presión, las negociaciones reclamadas por los independientes se reanudan la noche del 9 de enero. Seguirán hasta el 11.

Durante este intervalo, el tiempo ha favorecido al gobierno, decidido de todas maneras a golpear con dureza. Las tropas gubernamentales detienen y ejecutan durante los desalojos, sin respetar ni rendiciones ni banderas blancas.

La brutalidad de la ofensiva de los hombres de Noske y el empuje del movimiento en las empresas para el fin de los combates fratricidas han terminado por desorganizar la dirección del comité revolucionario. La central del PCA (E) también está totalmente desorganizada. Desde hace varios días no tiene ningún contacto con Liebknecht, que está con los dirigentes independientes.

El asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo

Los cuerpos francos están decididos a golpear la cabeza del movimiento y buscan activamente a los dirigentes revolucionarios. Varios abandonan la capital, pero Liebknecht y Rosa Luxemburgo permanecen en Berlín. Levi le insiste a Rosa que corre peligro y que debe esconderse. Liebknecht es igual de inconsciente e insiste en que se tomen las disposiciones para una reunión pública en la que Rosa y él mismo tomarán la palabra en nombre del partido. Tanto uno como otro aceptarán finalmente esconderse, pero rehúsan abandonar Berlín en el momento en que la represión golpea. Se refugian en el apartamento de un simpatizante. Allí, Rosa Luxemburgo descubre al leer el Vorwärts, que Liebknecht ha puesto su firma bajo el famoso texto del comité revolucionario. Ella le dice: “Karl, ¿es éste nuestro programa?”. El silencio se hace entre los dos.

En la tarde del 15 de enero son detenidos, con Wilhelm Pieck, que les llevaba documentos falsos. Los tres son trasladados al hotel Eden, donde se ha instalado el cuartel general de la división de la Guardia. Durante la noche, Liebknecht, primero, y Rosa Luxemburgo después, abandonan el hotel bajo escolta, para ser asesinados.

La prensa del mediodía del 16 anuncia la noticia bajo grandes titulares: Liebknecht y Rosa Luxemburgo han muerto, el primero, al intentar huir y la segunda, linchada por desconocidos, que habían detenido su automóvil durante el traslado a Moabit. El cadáver de Liebknecht está en la morgue, y el de Rosa Luxemburg no ha sido encontrado.

La verdad se conoce poco a poco, los militares han matado a sus prisioneros, después de maltratarlos con dureza durante los interrogatorios, Liebknecht que salió primero, fue golpeado de un culetazo por el soldado Runge y lanzado dentro de un auto; ensangrentado, es trasladado al Tiergarten, donde la escolta lo ha eliminado. Rosa Luxemburgo, ya muy mal, ha sido golpeada por Runge en las mismas condiciones, trasladada sin conocimiento y asesinada. Su cuerpo, lastrado con piedras, ha sido lanzado al canal, que no lo devolverá hasta algunos meses después.

A pesar de los esfuerzos de Jogiches y Levi, que dedican a la investigación grandes esfuerzos, no se descubre la responsabilidad directa de ningún dirigente socialdemócrata. En cambio, su responsabilidad moral es aplastante; dos días antes, el Vorwärts había publicado un verdadero llamado a muerte contra “Karl, Rosa y consortes, ningún muerto, ni uno, entre los muertos”, y los hombres reunidos, armados y encubiertos después por Noske y los ministros socialdemócratas, han perpetrado el asesinato. Entre socialdemócratas y comunistas alemanes se cruzará en adelante la sangre de Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Las consecuencias del doble asesinato son incalculables. El joven Partido Comunista se ve privado simultáneamente de su mejor cerebro político y de su tribuno más prestigioso. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht eran conocidos por todos los obreros alemanes y apreciados por todo el movimiento internacional. El doble asesinato no sólo crea una fosa entre mayoritarios y revolucionarios, sino que convence también a muchos de que la única táctica errónea ha sido contemporizar demasiado. Muchos meses de cruel experiencia necesitarán los destacamentos comunistas aislados para convencerse de que los errores eran de otro orden.

Los balances: Radek, Luxemburgo, una apreciación de conjunto

Decíamos al completarse el segundo día de la revolución que no debía exagerarse la importancia de la derrota de los revolucionarios en ese momento, dado que la revolución sólo había comenzado. Rosa Luxemburgo insistirá desde Die Rote Fahne que el triunfo espartaquista está al final de la revolución y no al comienzo. Ahora bien, la fundación del Partido Comunista a fines de diciembre con sus resoluciones y las jornadas de enero, ¿cómo deben ser evaluadas, mejoraron las perspectivas de los revolucionarios?

Veamos, en primer lugar, cómo juzgaban los hechos sus protagonistas. A Radek ya le había parecido alarmante la actitud despectiva de la inmensa mayoría de los delegados al congreso de fundación del PCA ante las negociaciones con los delegados revolucionarios, que tenían la confianza del proletariado berlinés y habían conducido todas sus luchas durante la guerra y durante la revolución. El 9 de enero, en una carta a la central comunista, Radek traza un balance de las jornadas de enero y formula un intento de rectificación: “En vuestro folleto sobre el programa, ‘¿Qué quiere la Liga Espartaco?’, declaráis que no queréis tomar el poder si no tenéis detrás a la mayoría de la clase obrera. (…) Hoy, las únicas organizaciones de masas que hay que considerar, los consejos de obreros y soldados, sólo tienen fuerza en el papel. En consecuencia, no los domina el partido de la lucha, el partido comunista, sino los socialpatriotas o los independientes. En tal situación no hay que pensar en absoluto en una eventual toma del poder por el proletariado. Si el gobierno cayese en vuestras manos después de un golpe de Estado, estaríais separados de las provincias y seríais barridos en algunas horas”. También considera un grave error la iniciativa que se ha tomado y que cuenta con la aprobación de los representantes del partido: en esta situación, la acción que decidieron el sábado los delegados revolucionarios como réplica al ataque del gobierno socialpatriota contra la prefectura de policía, sólo debería tener el carácter de una protesta. La vanguardia proletaria, exasperada por la política gubernamental, mal dirigida por los delegados revolucionarios, cuya inexperiencia política los hace incapaces de captar la relación de fuerzas en el conjunto del Reich, con su empuje, han transformado el movimiento de protesta en una lucha por el poder. Esto permite a Ebert y a Scheidemann dar el golpe al movimiento berlinés para debilitarlo por completo. Apoyándose en el ejemplo bolchevique de julio de 1917, Radek se pronuncia categóricamente para que los dirigentes comunistas tomen sus responsabilidades y la iniciativa de un llamado a una retirada al frente de las masas: “la única fuerza capaz de frenar e impedir el desastre sois vosotros: el partido comunista tiene suficiente perspicacia para saber que éste es un combate sin esperanza; lo sabéis (...). Nada puede impedir al más débil batirse en retirada frente a una fuerza superior. En julio de 1917, cuando éramos infinitamente más fuertes de lo que sois ahora vosotros, intentamos retener con todas nuestras fuerzas a las masas, y como no lo conseguimos, las condujimos con esfuerzos inauditos, hacia la retirada, huyendo de una batalla sin esperanza”.

Las posiciones de Radek, si las hubiera adoptado la central, habrían permitido al Partido Comunista no aparecer como responsable directo o indirecto de la continuación de los combates y arrastrar hacia una necesaria retirada a los independientes y a los delegados revolucionarios dispersos. Con ello aislaban también en el seno del Partido Socialdemócrata a los partidarios de la represión contra la extrema izquierda, aliados conscientes del Estado Mayor.

Pero los dirigentes espartaquistas, incluida Rosa Luxemburgo, juzgarán de otra forma la situación, harán de la resistencia y del mantenimiento de la ocupación del Vorwärts una cuestión de honor, prosiguiendo con los delegados revolucionarios y los independientes de izquierda una competencia nociva por ver quién aguantaba más en la calle.

En un último artículo, “El orden reina en Berlín”, Rosa Luxemburgo intentará hacer el balance de la “semana espartaquista”. No tiene duda, insiste, de que era imposible esperar una “victoria decisiva del proletariado revolucionario”, una caída de los Ebert-Scheidemann y la “instauración de la dictadura socialista”. La causa es la falta de madurez de la revolución, la ausencia de coordinación entre los diversos núcleos revolucionarios -“la acción común daría a los ataques violentos y a las réplicas de la clase obrera berlinesa otra eficacia”- y también el hecho que “las luchas económicas sólo estén empezando”. En estas condiciones hay que preguntarse si la última semana es un “error”. Ella no lo cree, porque estima que los obreros han sido provocados.

Frente a la provocación violenta de los Ebert-Scheidemann, los obreros revolucionarios estaban forzados a tomar las armas. Para la revolución era una cuestión de honor rechazar el ataque inmediatamente, con toda la energía, si no se quería que la contrarrevolución se envalentonase, si no se quería ver cuarteadas las filas del proletariado revolucionario y el crédito de la revolución alemana en el seno de la Internacional. Es “la contradicción entre las tareas que se imponen y la ausencia, en la etapa actual de la revolución, de las condiciones previas que permitan resolverlas”. Pero la Historia enseña que la vía al socialismo está “plagada de derrotas” y que éstas conducen a la victoria a los que saben sacar enseñanzas de ellas: la dirección ha estado paralizada, pero se puede y se debe construir una nueva dirección, una dirección que emane de las masas y que elijan las masas (...) Las masas han estado a la altura de su tarea. Han hecho de esta “derrota” un eslabón de la serie de derrotas históricas que constituyen el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Por eso, la victoria florecerá sobre esta derrota. Hay que tener en cuenta, de todos modos que Rosa Luxemburgo defiende una conducta ya asumida.

Si además tenemos en cuenta que el 11 de enero señalaba que “la ausencia de dirección, la inexistencia de un centro encargado de organizar a la clase berlinesa debe terminar. Si la causa de la revolución debe progresar, si la victoria del proletariado y el socialismo deben ser algo más que un sueño, los obreros revolucionarios deben construir organismos dirigentes para conducir y utilizar la energía combativa de las masas”, queda la sensación de que bajo la influencia de estas jornadas, Rosa Luxemburgo parecía aproximarse a la concepción del partido revolucionario que hasta entonces no compartía. Su asesinato impide conocer el alcance de estas reflexiones que se complementan con su crítica a Liebknecht por su impulso a la prematura insurrección.

Esta primera fase de la revolución había mostrado el enorme potencial de una evolución de las masas en defensa de sus intereses de conjunto, con escasa comprensión de las diferencias entre los partidos. Por eso, la propuesta de Radek era muy pertinente. Un solo ejemplo entre muchos. En medio de los combates, unos 40.0000 obreros de las fábricas AEG y otras se reúnen y eligen una comisión de ocho miembros (dos de cada partido y dos delegados revolucionarios), encargada de organizar una campaña con las consignas: dimisión de los actuales dirigentes, apoyo a dirigentes no “comprometidos”, disolución del gran cuartel general, supresión de los grados y desmovilización del ejército. Durante los días siguientes se multiplican las resoluciones en este sentido, todas reclaman la retirada de Ebert y de Scheidemann, el nombramiento de otro independiente para el puesto de prefecto de policía y la formación de un gobierno de los tres partidos. El hecho que muchos militantes socialdemócratas se unan a esas posiciones muestra la profundidad del sentimiento unitario, la hostilidad de la masa obrera berlinesa a lo que le parece un combate fratricida, pero también una total desconfianza en quienes pactan con el Estado Mayor.

Las resoluciones del congreso boicoteando las elecciones a la Constituyente y planteando que hay que destruir los sindicatos, sumado al asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y, poco después, de Leo Jogiches y Eugen Leviné, van a condicionar fuertemente la evolución del PCA que, perseguido por la represión, no logró desarrollarse ampliamente. En cambio, la evolución de la izquierda independiente fue mayoritariamente hacia la izquierda. A fines de 1919 se pronunciará por la incorporación a la III Internacional y al año siguiente, ya como mayoría partidaria, se unificará con el PCA que alcanzará un carácter masivo.

Las corrientes ultraizquierdistas serán posteriormente depuradas del partido. Lenin dedicará la mayor parte de su folleto “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, en abril de 1920, a criticar a la “izquierda” alemana. Trotsky, en su discurso de cierre del Tercer Congreso de la III Internacional (Trotsky, p. 86), también critica que después del “julio de 1917”, vivido en enero de 1919, se hubieran repetido actuaciones semejantes en marzo de 1920 y de 1921.

El primer período de la revolución deja enormes enseñanzas al proletariado y a la vanguardia revolucionaria alemana de cara a un período revolucionario que se extendió hasta 1923. No todas serán aprovechadas y, en el final, las tensiones dentro del partido bolchevique, tras el forzado retiro de Lenin, lo afectarán.

 

Bibliografía

Eugine V. Tarle: Historia de Europa, Editorial Futuro, Buenos Aires, 1960.

Pierre Broué: Revolución en Alemania.

Gilbert Badia: Historia de Alemania contemporánea, Tomo I, Editorial Futuro, Buenos Aires, 1964.

León Trotsky: "Una escuela de estrategia revolucionaria", en Bolchevismo y Stalinismo, Editorial Yunque, Buenos Aires, 1975.

 

* Andrés Roldán es militante del Partido Obrero, escribe en Prensa Obrera y En Defensa del Marxismo. Coautor junto a Christian Rath de "La Revolución clausurada. Mayo 1810 - Julio 1816".

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